viernes, septiembre 07, 2007

Puto Jueves

La Historia está llena de misterios sin resolver. Cosas que nadie sabe a ciencia cierta cómo ocurrieron. Conforme nos vamos más atrás en el tiempo, más densidad de misterios encontramos, y más historiadores que, muchas veces, son fundamentalmente especuladores, interpretadores de los signos de la realidad, que les llegan en forma de mitos, cuentos, canciones, leyendas, restos arqueológicos o versiones absolutamente parciales.

Los misterios, en todo caso, no son exclusivos de la Historia Antigua. De hecho, a día de hoy no hace ni ochenta años de uno de los episodios históricos que más inquietud ha despertado y sobre el que, en el fondo, menos consenso hay: la Gran Depresión americana. Por increíble que pueda parecer en un hecho ocurrido hace tan poco tiempo, además en el país más desarrollado del mundo, hoy es el día que sigue habiendo una discusión abierta sobre por qué ocurrió.

Sabemos, por supuesto, qué ocurrió. Todo empezó el 24 de octubre de 1929, el día que ha pasado a la Historia como el Jueves Negro; y su tremenda continuación, cinco días después, en el conocido como Martes Negro. Como siempre cuando hablamos de asuntos relacionados con la cotización financiera, en realidad estamos hablando de expectativas.

Los economistas, cuando no les escucha nadie y no pueden ser acusados de ser políticamente incorrectos, suelen decir que para un elevado crecimiento económico no hay nada mejor que una gran catástrofe natural o, mejor, una guerra. Sobre todo si la ganas, claro. Ambas situaciones son susceptibles de generar fuertes destrucciones que generan reconstrucciones lo cual, paradójicamente, funciona como revulsivo económico. En los felices años veinte del siglo ídem, las economías ganadoras de la primera guerra mundial, y sustancialmente los Estados Unidos que, además de ganarla, no había tenido pérdidas en su territorio, experimentaron un crecimiento extraordinario; a costa, por cierto, de los países perdedores y los neutrales, que habían hecho su agosto durante la guerra. Es el caso de España, que se forró de pasta mientras el resto de Europa se daba de hostias, pero para la que el final de la guerra fue un desastre económico de primera magnitud, especialmente en el caso de Cataluña.

En los años veinte se generó cierta expectativa de crecimiento interminable. La fiesta no parecía ser capaz de parar. Entonces la ciencia económica era puramente liberal, así pues tenía una creencia ciega en que el mercado se autorregula sin problemas. Especialmente, los economistas clásicos creían que el gran tridente de la economía (esto es: precios, salarios y tipos de interés) tendía, de forma natural, al equilibrio. Por ejemplo: si los precios caen, los salarios ganan poder adquisitivo, luego las personas incrementan la demanda, lo cual eleva los precios: reequilibrio. O: si los precios caen los tipos de interés, que no son sino un precio (del dinero) caerán también; pero entonces será más barato invertir, con lo que la inversión productiva crecerá, crecerá el empleo, aumentarán los salarios, con ellos la demanda, y con ella los precios: reequilibrio.

La consecuencia fundamental de creer en las teorías del reequilibrio es que permite creer en situaciones de crecimiento constante, esto es, el sistema se va reequilibrando en niveles de producción y renta cada vez superiores. Esta convicción hizo a muchos inversores financieros muy descuidados. Invertir en los mercados de capitales (la Bolsa es uno de ellos, y es el ejemplo que casi siempre se toma) se parece un poco a jugar al ajedrez: importa tu movimiento, pero también importan los movimientos que tu contrincante hará después de ese movimiento tuyo. Cuando compramos una acción a 1.000 estamos comprando la expectativa de que se ponga a 1.000 y algo (a menos que seamos un inversor gilipollas, que también los hay); si nuestra expectativa es que baje a 990, en lugar de comprarla, la venderemos. Tenemos, pues, que tener una expectativa de crecimiento del valor, expectativa que, además, debe superar a la rentabilidad libre de riesgo, que es la que podemos obtener sin mancharnos las manos. Por ejemplo, si una letra del Tesoro español, que es un activo fidelísimo con alta calificación crediticia, nos da un 3,5% de interés, entonces nuestra inversión con riesgo (compra de acciones) debe poseer una expectativa de revalorización del 3,51% o superior.

El cadillac de la operativa bursátil es la compra a crédito: yo compro un paquetón de acciones el 1 de enero con un dinero que no tengo; alguien me lo presta al 6% anual. Pero yo hago eso porque tengo la expectativa de que, en un año, las acciones que compro van a revalorizarse, digamos, un 20%. El 31 de diciembre vendo las acciones, que son mías, pillo el 20%, le devuelvo a mi acreedor sus seis puntitos, y con los 14 que me sobran me compro un buen juego de palos de golf. Tutti contenti.

Pero no hay más que expectativas. ¿Qué es lo que ocurre cuando no se cumplen?

Una historia, probablemente falsa, nos dice que Joseph Kennedy, el patriarca de la familia que acabaría dando a los Estados Unidos un presidente, un casi presidente y un senador voceras, no se pilló los dedos en la crisis bursátil del 29 porque algunas semanas antes, mientras le lustraban los zapatos en la Quinta Avenida, su limpiabotas le dijo: «Eh, señor Kennedy, ¿quiere un buen soplo para Wall Street? Me han dicho que es seguro». Kennedy, al instante, pensó: de una Bolsa donde hasta los limpiabotas meten dinero lo mejor que se puede hacer es marcharse.

La anécdota, ya lo he dicho, es probablemente falsa. Pero, al mismo tiempo, cierta. Porque lo que es un hecho es que, en los Estados Unidos de 1929, había una confianza ciega en el avance permanente de las cotizaciones bursátiles (como he dicho, una especie de teoría del reequilibrio insinuada), y ese era un fenómeno del que participaba la sociedad americana entera. También los limpiabotas. Pero, claro, un limpiabotas, para comprar en Bolsa, tiene que comprar a crédito.

El 3 de septiembre de aquel año, el índice Dow Jones encontró su cima: 381,17 puntos. A partir de ahí, empezó a caer y en un mes perdió cosa de un 17%. Esto disparó la inquietud del personal, y llegó el Jueves Negro. Ante la caída en picado de aquel día, los grandes banqueros americanos se reunieron, juntaron su pasta y al día siguiente, viernes 25, se presentaron en el parqué haciendo ofertas de compra de grandes paquetes de acciones de empresas señeras del mercado, a precios por encima de las cotizaciones oficiales. Esto calmó los ánimos, aunque sólo durante un par de días.

El fin de semana fue un constante bombardeo periodístico. La prensa, siempre tan amiga de describir las cosas con tintes dramáticos, le calentó la cabeza de tal forma a los norteamericanos durante el fin de semana que el lunes todos los traders del mercado se presentaron en el parqué con los bolsillos llenos de órdenes de venta como sea, a cualquier precio: el americano medio había decidido irse de najas de la Bolsa.

El lunes 28, las cotizaciones cayeron un 13% y el Martes Negro un 12% más, lo cual es, con perdón de la expresión, la puta leche. En esa semana se volatilizó un valor equivalente de 30.000 millones de dólares. Lo cual lo mismo no nos da ni frío ni calor pues hoy, en Wall Street, un día de bajada normalita, «desaparecen» 100.000 millones de dólares sin que los informativos televisivos siquiera se hagan eco. Sin embargo, para que podáis valorar la magnitud del hostión, os diré que Estados Unidos no había llegado a gastarse 30.000 millones de dólares en el esfuerzo bélico de la primera guerra mundial.

O sea: 17% en el mes previo, más o menos un 10% el jueves, un 13% el lunes y un 12% el martes. Eso es una caidita del 43%, más o menos. Ahora pensad en el limpiabotas. Con unas ganancias de, digamos, 500 dólares mensuales, entró en la Bolsa el 3 de septiembre comprando 1.500 dólares en acciones a crédito, con dos meses de plazo: debe devolverlo el 3 de noviembre. Le prestaron el dinero al 6% anual, pero como son dos meses, o sea la sexta parte del año, debe pagar un 1%: el 3 de noviembre debe devolver 1.515 dólares. Y… ¿qué tiene? Pues acciones que valen 1.500 x 0,43 = 645 dólares... y bajando. El 29 de octubre, nuestro limpiabotas necesita encontrar, en cinco días, 355 dólares, lo cual es el 70% de lo que gana en un mes, es decir, él tarda 21 días en ganar tanto dinero (eso suponiendo que no coma, que duerma en la calle y que se fume, como cantaba Moncho Alpuente, los pelillos del sobaco).

Aquí tenéis, mutatis mutandis, el triste rostro escondido de la compra bursátil a crédito.

Los limpiabotas, en todo caso, no se suicidaron. Los que se tiraron desde los balcones de sus casas y de sus oficinas fueron los grandes especuladores del mercado, ya que ellos eran como el limpiabotas, sólo que donde éste había pedido 1.500 dólares, ellos habían pedido un millón, o diez, o cien millones de dólares. Pero, con todos los respetos hacia los financieros, la Gran Depresión fue mucho más que eso. De todas las fotos que he visto que hacen la crónica de aquellos tiempos hay una que siempre me ha enternecido especialmente y, como ocurre hoy con casi todo, la podéis ver en Internet, reproduce la cena de Navidad en casa de un granjero de Iowa. Fijaros en la imagen. El granjero tiene cuatro hijos (no sabemos si su mujer ha muerto o simplemente no posa) que comen de pie, porque en esa casa sólo hay una silla. Las vestimentas de los niños en la cena más importante del año lo dicen todo. Y la comida no se ve, ellos la tapan, pero se adivina magra y escasa. A la derecha de la foto se adivina el hornillo sobre el que se calienta el café.

Es de justicia reconocer que, probablemente, los grandes paganos de la Depresión fueron los granjeros estadounidenses, los trabajadores agrícolas. Buena parte de ellos eran propietarios y dejaron de serlo. Toda crisis financiera (bursátil) acaba siendo pronto una crisis bancaria, porque los bancos son, al fin y al cabo, los que están detrás de todos esos préstamos que, repentinamente, pasan a ser fallidos. Cuando un banco va mal, llama a retreta a todo dinero y lo pone a formar en su caja fuerte; esto quiere decir que se aplica a una política de recuperación de créditos como sea y, cuando no los puede recuperar o cobrar, ejecuta la garantía inherente al préstamo, que suele ser hipotecaria.

En 1932, el comercio mundial era la mitad que en 1929. La primera consecuencia de la Gran Depresión fue una paralización brutal de la actividad económica que afectó a los intercambios, lo cual afectó directamente a la agricultura. Los agricultores perdieron negocio y, en esas condiciones, no pudieron servir los créditos que tenían, y los bancos se quedaron con sus granjas. Cualquiera que se siente un sábado por la tarde delante del televisor a ver pelis americanas verá que, en cuanto a la acción transcurre en los estados agrícolas, la figura del banco buitre que se queda con la granja del prota sigue, aún hoy, presente en los guiones.

El segundo gran pagano fue el obrero industrial. En el mes y medio que siguió al Martes Negro se perdieron en Estados Unidos unos 15.000 empleos diarios, creando un ejército de parados casi coincidente con la cifra actual de asalariados de la economía española (ahí es nada).

¿Qué pasó en la Gran Depresión? Bueno, ya he dicho que eso no es tan fácil de contestar. Para mí está claro, desde luego, que la teoría del reequilibrio falló y que quien tenía razón era John Maynard Keynes. En una serie de cartas abiertas que le escribió al presidente Roosevelt durante la Depresión, este conocido economista dejó claro que la Gran Depresión demuestra que una economía puede llegar a generar ingresos tan bajos que no merece la pena producir más, y equilibrarse en esa situación, sin ser capaz de salir de ahí. La teoría de Keynes, y de muchos después de él, es que ese «empujoncito» que necesita la economía tiene que venir del gasto público. Lo cierto es que FDR le hizo bastante caso pues la política que sacó a Estados Unidos de la Depresión, el conocido como New Deal, se basó, sobre todo, en un programa bestial de obras públicas que permitió al Estado dar curro a un montón de parados.

También se ha dicho que la Gran Depresión fue una crisis de sobreproducción, y probablemente es cierto. En un entorno de optimismo total, de expectativas siempre crecientes, la generación de capacidad productiva tiende a no tener fin. Sin embargo, quien genera capacidad productiva está actuando en la oferta, pero luego está la demanda. De alguna forma, la economía estadounidense, y mundial, en los años veinte, cayó en lo que muchos llaman la situación de la bicicleta: mientras sigas pedaleando no hay problema; pero si te paras, te esmorras la jeta contra el suelo. Una vez más, la teoría del reequilibrio opera aquí. Esa teoría nos dice, o decía, que si el consumo decrece, también lo harán los tipos de interés, con lo que las inversiones serán más baratas y crecerán. Fue también Keynes quien explicó algo por otra parte muy obvio: quien invierte, el empresario, lo hace porque la inversión es barata, sí. Pero necesita otra cosa, que es la expectativa de beneficio.

Todos tememos a la inflación. Sobre todo aquellos de nosotros, que somos legión, que hemos vivido o vivimos inflaciones de dos dígitos (10% anual o más). Pero hay algo peor que la inflación, y es la deflación. El descenso generalizado y continuado de precios se produce por un derrumbe de las expectativas que detrae el consumo hasta tan punto que la oferta no se sostiene a los precios en los que fue inicialmente formulada. El problema de la deflación es cuando genera una espiral en la que oferta y demanda se responden la una a la otra con apuestas cada vez más a la baja; en esa situación, los precios caen, pero también caen las rentas (fundamentalmente, porque lo que es precio para el comprador es renta para el vendedor), generándose una espiral de pobreza, una contracción del consumo, en la que cada vez más producción sobra, luego cada vez hacen falta menos trabajadores, luego cada vez hay más paro, luego vuelve a caer la renta, luego los precios reaccionan cayendo de nuevo, luego la producción desciende, luego sobran de nuevo trabajadores…

Y así mucho, como decían del Bolero de Ravel.

Y, eso, sin tener en cuenta que estés endeudado. Porque, en un entorno deflacionario, será difícil que el interés de tu deuda caiga al mismo ritmo que lo hacen tus ingresos, por lo que, a mayor deflación, más deuda real tienes, luego eres más pobre, luego consumes menos, luego los precios bajan, luego sobran más trabajadores…

Y así mucho, again.

Hay, no obstante, más dudas. Se discute mucho, por ejemplo, sobre si la política monetaria fue la adecuada pues, de hecho, tras la primera guerra mundial la política monetaria (es decir, la que controla los efectivos que tiene a su disposición el sistema) tendió a ser claramente deflacionaria. En todo caso, lo que está más claro es que, desde el punto de vista monetario, una vez que la Depresión estalló, no se hizo gran cosa por pararla. Digo esto porque en un entorno deflacionario, el pánico hace que muchas personas, en realidad, intensifiquen su pobreza, al malvender los activos de que disponen (inmuebles, acciones, bonos, etc.) que en ese momento no valen gran cosa. Muchos economistas piensan que la Reserva Federal debería haber tomado una medida bastante parecida al famoso Corralito argentino, impidiendo estas disposiciones durante un tiempo.

¿Y España? Pues España fue pagano de aquella situación, como el resto del mundo, porque la Depresión fue rápidamente exportada por su inventor. Europa estaba saliendo aún de una guerra muy cruel, reconstruyéndose a crédito americano, y a todos nos pasó un poco lo que al granjero de la foto. Muchos bancos norteamericanos reaccionaron a la situación repatriando masas de capital, con lo que exportaron el problema. A principios de la década de los 30, España tenía tasas de paro pavorosas en muchas áreas, que fueron el caldo de cultivo de la mayor parte de los grandes conflictos de orden público que se produjeron durante la República.

Y la pregunta habitual es: ¿puede volver a pasar? Y yo os respondo: si los economistas, que son muy leídos, no se atreven a contestar esa pregunta, ¿por qué narices me pedís a mí que lo haga?

Teóricamente, la crisis bursátil no puede volver a ocurrir porque los mercados, hoy, tienen disciplinas más estrechas que hace ochenta años y hoy no se pueden producir caídas de esta magnitud sin que se intervenga en el mercado o incluso se cierre. Eso sí, teóricamente. Porque, al final, estamos hablando de expectativas. Si el personal tiene malas expectativas y quiere pirarse del parqué, lo hará. Le podrás cerrar el parqué un día, dos, un mes o dos. Pero si en ese tiempo no les tranquilizas, en cuanto vuelvas a abrir las puertas, allí estarán para vender.

Hay, en mi opinión, una parte sustancial de la Gran Depresión que sigue viva: las expectativas excesivas, a veces incluso alimentadas por quienes menos deberían hacerlo, es decir los políticos. Tener buen feeling del futuro no es malo; pero sí lo es que ese feeling, en realidad, no se sustente en nada. Hace veinte o treinta años, todo el mundo estaba acostumbrado a ver la economía como una especie de gráfica sinusoidal, con ciclos expansivos y recesivos más o menos regulares. Desde la primera guerra del Golfo, más o menos, vivimos un periodo continuamente expansivo, lo cual es ya mucho tiempo (unos quince años) y nos puede llevar a considerar que la fiesta ya no va a parar.

Más o menos lo mismo que pensaron nuestros abuelos y bisabuelos.