miércoles, noviembre 19, 2008

Bretton Woods

Los medios de comunicación dicen muchas gilipolleces cada día. Pero si tuviera que escoger una en el pasado más reciente no lo dudaría: eso de que la cumbre del G-20 del pasado fin de semana iba a refundar el capitalismo se lleva la palma.

Históricamente hablando, que es como hablamos en este blog, la gilipollez se ha concentrado en establecer comparaciones entre una cumbre que sólo aspiraba a un comunicado final y a instilar confianza a los mercados con las reuniones de Bretton Woods. Esto es, con perdón, como comparar al Real Unión de Irún con el Real Madrid (estando el Real Madrid en condiciones normales, claro). O a la Bruja Avería con Angelina Jolie. Bretton Woods sí que fue un acuerdo con antes y después, aunque tampoco refundó el capitalismo. Se ocupó de algo que ha existido desde mucho antes que existiese el capitalismo liberal; de algo que, en realidad, ha existido siempre desde que existen relaciones económicas más allá del trueque, esto es: el sistema monetario.

Veamos. De toda la vida de Dios, los metales preciosos, y especialmente el oro, han sido utilizados como medio de pago. La necesidad del medio de pago surge desde el momento en que no puedes ir cargando con todo lo que posees para cambiarlo, así pues necesitas algo que represente tu riqueza para poder comerciar con ella. El oro tiene la ventaja de que es relativamente escaso, así pues es capaz de reproducir la propia escasez de la riqueza (por esta razón, y porque no se ven, los átomos de oxígeno no pueden ser utilizados como moneda); y tiene la capacidad de valer mucho pesando y ocupando poco.

Así pues, la plata y el oro son utilizados para los intercambios desde hace muchos siglos (desde luego mucho antes de que el capitalismo fuese, no refundado, sino fundado) y, posteriormente, registraron la novedad de que eso que hoy llamamos los poderes públicos, es decir reyes, emperadores y sátrapas varios, acabaron por descubrir el chollo de abrogarse el monopolio de acuñarlo, esto es establecer el valor de sus piezas.

A partir de mediados del siglo XIX, y ahora sí con el surgimiento de las economías capitalistas pero por otras razones como la mejora de las comunicaciones que permitió un comercio trasnacional que hasta entonces había sido imposible, las transacciones económicas globales se generalizan y se plantea el problema de que exista un sistema monetario que afecte a todas las naciones, para que así todos estemos de acuerdo de cuánto valen los papelitos o monedas que cualquiera recibe a cambio de sus mercancías. En realidad, el patrón-oro no lo inventó nadie, sino que lo creó el mercado (entonces no existía el G-20 y no había que pelear por silla alguna).

El sistema de patrón oro tiene un corte absolutamente liberal, es decir tiene una confianza ciega, excesiva, en que el mercado va a reequilibrar siempre las cosas. Según el sistema de patrón-oro, los países formulan su moneda de acuerdo con el oro que poseen; así, cada moneda, cada billete emitido por España es como un cachito de trozo de mitad de uñita de alguno de los lingotes de oro que España posee. Esto hace que las monedas tengan un valor en oro y que, asimismo, el oro tenga un valor en sí.

Imaginemos dos naciones que comercian entre sí; por ejemplo Francia y España (en los tiempos antes del euro, claro, es decir con dos monedas distintas). En un determinado momento, España tiene déficit comercial, lo cual quiere decir que compra a Francia más de lo que le vende. Teniendo en cuenta que el comercio internacional se pagaba en divisa o en oro, lo que pasará es que crecerá la demanda de francos franceses para pagar esas importaciones. Por pura ley de la oferta y la demanda, el precio del franco (la cotización) se apreciaría, hasta superar el valor del franco-oro. En ese momento, lo que harían los empresarios españoles sería dejar de comprar las importaciones en francos y pasar a pagarlas en oro, pues les saldría más barato. Pero eso supondría que España drenaría oro hacia Francia, restringiendo la masa monetaria española (recordad; en este sistema, cada país tiene tanta moneda como oro; menos oro, menos moneda), lo cual originaría deflación: menos dinero es menos demanda y menos demanda supone que la oferta se tiene que desplazar, bajando sus precios. Pero si los precios bajan, entonces los productos españoles se hacen más atractivos en Francia; a muchos franceses les resulta más barato importar la producción española que comprar la francesa. En ese momento la balanza comercial cambia de signo, luego son los franceses los que pasan a importar más de lo que exportan, y el sistema se reequilibra.

El patrón oro se fue a la mierda con la primera guerra mundial y su posguerra, durante las cuales las naciones, por motivos bélicos, se orinaron convenientemente en la relación moneda-oro y comenzaron a emitir papel a lo bestia, generando hiperinflaciones que derrumbaron las relaciones de cambio e hicieron imposible el retorno del sistema de patrón-oro. La segunda guerra mundial fue la guinda del pastel. Así pues, a principios de la década de los cuarenta se comenzó a hablar de alternativas para el sistema, y se manejaron dos.

La primera era debida al famoso economista británico John Maynard Keynes, y se basaba en la creación de un megabanco central mundial que otorgaría créditos a los países con problemas de déficit, en una moneda mundial que se inventó y que llamaba bancor.

La segunda la diseñó H. B. White, alto representante del Tesoro USA, el cual propugnaba la creación de instituciones financieras internacionales de carácter voluntario, rechazando por lo tanto la existencia de una supraautoridad monetaria y por supuesto una moneda mundial; y la elevación del dólar a la condición de moneda de referencia.

En realidad, estos dos planes buscaban objetivos distintos. La obsesión de Keynes era permitir que la libra siguiese teniendo una existencia propia e independiente. White quería exactamente lo contrario: la implicación a fondo del dólar como activo de referencia monetario.

En Bretton Woods, New Hampshire, ganó White. Se crearon el Fondo Monetario Internacional y el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo, más conocido como Banco Mundial. Bretton Woods, contra lo que se dice muchas veces, no abandonó el sistema de patrón-oro totalmente. Se basó en el compromiso de que Estados Unidos, que en ese momento tenía 70 de cada 100 kilos de oro atesorados en el mundo, vendería dicho oro a un precio delimitado (35 dólares por onza). Pero lo realmente importante de Bretton Woods es que se permitió la posibilidad de que las naciones estableciesen el valor de su moneda, no respecto del oro, sino respecto del dólar (pues se consideró que, estando la barriga del dólar hasta el culo de oro, valorar una moneda respecto de la moneda USA equivalía a valorarla frente al oro). Asimismo, las naciones firmantes de Bretton Woods se comprometían a intervenir en los mercados, bien vendiendo o comprando divisas, bien tocando los tipos de interés, para mantener la paridad de sus monedas dentro de bandas estrechas. Eso sí, las intervenciones monetarias se realizarían contra dólares, esto es: si el problema es que la moneda nacional se estaba apreciando demasiado, la nación correspondiente debería comprar dólares; si el problema fuese el contrario, debería venderlos.

¿Por qué colapsó Bretton Woods? Pues por lo que colapsan siempre los modelos económicos (y no digamos los monetarios): porque el mundo cambia.

Bretton Woods es un calcetín que se adapta perfectamente al pie del mundo de los años cuarenta: una Europa descojonada que reconstruye carreteras, fábricas y de todo a marchas forzadas, en buena parte con financiación americana (Plan Marshall); y que, en consecuencia, es clara importadora neta del país que emite la moneda de reserva y referencia del sistema. Para Estados Unidos, que el dólar se convirtiese en moneda mundial no era problema, dado que los billetes acababan volviendo a casa a través de la gran demanda de dólares que los países escogorciados hacían para pagar sus milmillonarias exportaciones.

Pero, claro. El niño fue al colegio, luego a la universidad, salió arquitecto y empezó a ganar dinero; más aún: fundó la Comunidad Económica Europea. En ocasiones, el niño ganó mucho, mucho dinero, como ocurrió con la economía británica y, sobre todo, el conocido como «milagro alemán». En 1958, la situación cambia de signo; es el año en que Estados Unidos registra por primera vez déficit comercial o, dicho de otra forma, el dragón comienza a ver cómo los dragoncitos se lo están empezando a comer por las patas. A ello hay que unir que en los años sesenta, Estados Unidos se mete en Vietnam y, para financiar la guerra, expansiona su masa monetaria, generando un proceso inflacionario cuya lógica conclusión debiera haber sido la devaluación del dólar; no ocurrió así porque los bancos centrales, en cumplimiento de los acuerdos del Sistema Monetario Internacional, intervinieron para mantener las relaciones de cambio. Pero rápidamente les quedó claro a todos que el sistema empezaba a no funcionar. En los años sesenta, el presidente francés, Charles de Gaulle, con ese puntito antiamericano que siempre han tenido los franceses, decidió cambiar sus reservas de dólares por reservas en oro, mientras criticaba muy duramente que en el mundo hubiera un país que tuviese el, por así decirlo, privilegio de emitir una moneda que valía como el oro.

Al comenzar los años setenta, y tras dos décadas de salidas masivas de dólares fuera de los Estados Unidos como consecuencia de haberse convertido en un país que compraba más de lo que vendía, la confianza en el dólar cada vez era menor, y comenzó a pasar algo hasta entonces impensable, y es que los especuladores del mercado se atreviesen con la moneda estadounidense. Y eso que, en 1970, había otro efecto que apenas había comenzado, que era el despertar de Asia. Se podría decir que por aquel entonces la única potencia económica asiática era Japón (como si eso fuera poco) pero, en cualquier caso, el nacimiento de los dragones asiáticos generaba un problema añadido. No pocas de estas economías basaron su modelo de crecimiento durante año en un coste muy bajo del factor trabajo y en eliminar el riesgo de cambio respecto de su principal mercado de exportaciones, que era Estados Unidos y, en general, las transacciones en dólares. Esto lo hicieron mediante una técnica de shadowing, es decir, manteniendo una paridad estricta de sus monedas respecto del dólar, moviéndose con él; de esta forma, las únicas diferencias competitivas de los productos coreanos respecto de los americanos era la tecnología (y por eso los asiáticos la absorben con tanta facilidad) y el coste del factor trabajo (en el que los productos americanos, por supuesto, salían perdiendo). El colapso del modelo japonés tiene mucho que ver con el hecho de que no se puede mantener eternamente a un país moderno ganando un montón de pasta sin transferir bienestar a los trabajadores vía salarios más elevados (ergo menos competitividad); y es el elemento que, a mi modo de ver, no tienen en cuenta los economistas que hoy sostienen que la economía china será la misma dentro de 25 años que ahora mismo (defender esto, en mi opinión, equivale a defender la idea de que los chinos son todos tontos del culo).

Bretton Woods murió el 15 de agosto de 1971, fecha en la que el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, dio una alocución radiada en la que anunció que el dólar abandonaba la convertibilidad con el oro. Hubo que inventar, pues, otro sistema monetario.

Pero ésa es otra historia.