martes, noviembre 14, 2006

El oro de Moscú

Diciembre de 1956. Estación de tren de Austerlitz, en París. Dos parejas ya maduras toman el tren que une la capital de Francia con Madrid. Bueno, en realidad no. Una de las dos mujeres, probablemente por nervios, tomará un tren con destino a Madrid que no es, sin embargo, aquél en el que las cuatro personas tienen billete. Finalmente podrán reunirse en Burdeos y terminar viaje todos juntos.

Los dos hombres son Mariano Ansó, ex ministro de Justicia del presidente Juan Negrín durante la guerra; y Antonio Melchor de las Heras, abogado del Estado y asesor jurídico del ministerio franquista de Asuntos Exteriores. Ansó lleva, más o menos, veinte años sin poder pisar España. Va a Madrid a entregar algo. Un legado.

El viaje es continuación de una gestión realizada el día 18 de diciembre de ese año, unos días antes pues, por Rómulo Negrín, quien comparece ante Enrique Pérez-Hernández y Moreno, cónsul adjunto de España en París, para hacer entrega de todos los documentos que su padre, Juan Negrín, fallecido algunos días antes en París, atesoraba sobre el oro español entregado en depósito en el Comisariado del Pueblo de Hacienda de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El viaje a Madrid viene a completar esta gestión.

Antes de ese día, y también después, los mitos y leyendas en torno al llamado oro de Moscú han sido constantes y, de hecho, a pesar del paso del tiempo es un asunto que aún da bastante que hablar.

Hagamos un poco de historia.

Con el estallido de la guerra, una de las cosas que se rompió fue el Banco de España. Y no sólo por la decisión de la Generalidad de Cataluña, que ya hemos visto, de intervenir sus sedes en la región. Además, entre su cúpula hubo deserciones, sobre todo la del subgobernador, Pedro Pan, que se pasó a la zona nacional. Asimismo, uno de los más reputados miembros de su Servicio de Estudios, Fernández Baños, fue trasladado en diciembre de 1936 a Valencia, desde donde gestionó la salida de España de toda su familia y de él mismo, incorporándose también el Banco de España franquista. Con esto la gestión del Banco, en un momento en el que toda gestión pasó a ser política, no se pudo, en modo alguno, independizar del proceso.

Ya el 13 de septiembre de 1936, Manuel Azaña, presidente de la República; y Juan Negrín, ministro de Hacienda, aparecen como firmantes de un decreto semiclandestino (su facsímil puede consultarse en el libro de Ansó, Yo fui ministro de Negrín, Madrid, Espejo de España, 1976) que autoriza al gobierno, ante el hecho palmario de que las tropas nacionales avanzan hacia Madrid, a trasladar el oro existente en el Banco de España a lugar seguro. Antes incluso de esa fecha, el ministro de Hacienda anterior a Negrín, Enrique Ramos, ya había solicitado autorización al gobierno para que el banco vendiese unos 25 millones de pesetas en oro, aunque en este caso se trataba de defender a la peseta en los mercados internacionales.

Los cálculos más afinados consideran que, en el momento de estallar el conflicto, hay en el Banco de España oro por valor de 5.295 millones de pesetas (para que os hagáis una idea, y apoyándonos en datos que ya he escrito en pasados post, eso viene a ser más o menos el gasto de guerra de Cataluña entre 1936 y 1939, multiplicado por cuatro).

El gobierno de Largo Caballero toma la decisión, que siempre será polémica, de trasladar el oro a Moscú. Y digo que es polémica porque será interminable la discusión sobre si, como defienden quienes apoyaron la medida, Moscú era el único destino posible; o existían otras alternativas. La primera, obviamente, es Suiza. Sin embargo, Suiza presentaba el problema de que el oro debería atravesar físicamente Francia, y Francia había mostrado ya cierta hostilidad hacia el uso exterior de divisas y metales preciosos por parte de la República, así que una incautación siempre era posible; de hecho, el gobierno español tenía de tiempo atrás un oro depositado en Mont de Marsans, también con el objetivo de utilizarlo para defender la peseta, y ahora el gobierno francés se negaba a movilizarlo a petición de sus legítimos dueños (los franceses, siempre tan amigos de decidir por otros). Por su parte, la fría actitud de Reino Unido lo descartaba como objetivo. Moscú presentaba la ventaja de que el viaje era posible, entre Cartagena y Odessa, por un mar relativamente controlado en el que no se produciría la intercepción de mercantes rusos. Algunos críticos con la medida apuntan que se pudo pensar en Nueva York. Ahí queda la duda.

Por cierto, que hubo un voluntario: el gobierno catalán. La Generalidad se ofreció para que Barcelona fuese el destino, entonces seguro, del oro español. Su idea, que yo sepa, no fue nunca considerada ni medio en serio.

Entre julio de 1937 y enero de 1937 comenzó a salir oro de España, aunque no por la vía ni con el destino que se ha hecho famoso. Entre dichas fechas, la República vendió al Banco de Francia (sí, al presunto incautador) 194 toneladas de oro que valdrían, según mis cálculos, unos 1.500 millones de pesetas. Es sólo en una segunda fase que las reservas restantes (sigo con mis cuentas: unos 3.900 millones) fueron trasladadas a Cartagena, donde la mayoría sería embarcada con destino a Rusia. En total, 7.800 cajas por un valor de unos 518 millones de dólares (los mentados 3.900 millones de pesetas).

El traslado a Cartagena fue realizado por carabineros, miembros por lo tanto de un cuerpo de orden público que dependía directamente del propio ministerio de Hacienda. Hay testimonios de que todos eran militantes socialistas. No obstante, algunos puntos del transporte fueron vigilados por una unidad del denominado Quinto Regimiento, al mando de Valentín González, El Campesino, entonces furibundo comunista. Este detalle labró la leyenda de que el traslado del oro fue también controlado por los comunistas, leyenda que parece ser eso mismo más que otra cosa.

El 25 de octubre de 1936, el oro se cargó en cuatro barcos rusos: el Jruso, el Neva, el Kim y el Volgores. En dichos barcos viajaban funcionarios del Banco de España y de la Dirección General del Tesoro, encargados de comprobar el recuento del oro a la llegada a Rusia.

A partir de ahí, todo parece indicar que las cosas dejaron de funcionar.

En primer lugar, el oro fue utilizado, durante toda la guerra, como pago por el material de guerra y auxiliar con que la URSS proveyó a la República. Sin embargo, la calidad de esa ayuda está sometida a duda. En su inicio, los pedidos de armas deberían ser realizados por una institución centralizada, la Comisión de Armamento y Munición, y repartidos en el ejército republicano por una unidad de la misma que se estableció en Albacete, cuyo presidente era Diego Martínez Barrio (presidente de las Cortes, asimismo) y su comisario político el diputado Ángel Pestaña, máximo representante del anarquismo trientista, de carácter más moderado que el de la CNT o la FAI. Esta oficina central de entregas, sin embargo, nunca llegó a funcionar adecuadamente, según testimonio del gobernador civil de Albacete en aquellos tiempos (Justo Martínez Amutio: Chantaje a un pueblo, Madrid, G. del Toro, 1974). Un aspecto todavía no demasiado estudiado es la influencia que tuvo en la eficiencia bélica de la República esta distribución ineficiente de los recursos que llegaban, los cuales, según Amutio, se dedicarían preferentemente a unidades comunistas. El referido memorialista se queja, además, de algo que también refieren otras fuentes, que es la escasa calidad del material vendido por los rusos a alto precio. Incluso, en el colmo de la ineficacia, se queja de entregas de aviones en los que el fuselaje fue desembarcado en Levante y los motores en Bilbao. Gerald Howson, probablemente el estudioso más serio y sólido de la ayuda militar soviética a la República, ha calculado que, sólo mintiendo en el tipo de cambio (usando cambios erróneos peseta-dólar), la URSS le pudo chulear a la República unos 50 millones de dólares. Los rusos, por cierto, exigían el pago previo al envío del material; cosa que no le pasó a Franco, el cual, por ejemplo, en 1944 todavía estaba cerrando pufos con los alemanes. Y eso a pesar de que la garantía del pago (el oro) estaba bajo su custodia.

En paralelo, los funcionarios que hemos dejado en los mercantes camino de Odessa llegaron allí y pronto comprobaron que los rusos eran insultantemente lentos realizando una operación coñazo, pero al fin y al cabo fácil, como es contar 7.800 cajas. A los funcionarios se les había dicho que estarían más o menos un mes fuera de España (habían calculado diez días de curro para el arqueo) y, transcurrido dicho mes, fueron a quejarse al embajador español en Moscú, Marcelino Pascua, pues tenían la sensación de que ni en cuatro meses iban a terminar ( o sea: cuatro meses son como 100 días laborables, que para 7.800 cajas salen a 78 cajas por día; trabajando 10 horas, nos sale que los rusos venían tardando en contar 8 cajas a la hora).

Consecuencia de las protestas: a los dos meses, fueron realojados, cada uno en solitario. Se les colocó un policía de escolta que no les dejaba ni para orinar y se les censuró la correspondencia con sus propios familiares. Algunos de ellos, en realidad, no regresarían a España en toda la guerra.

El 1 de agosto de 1938, según comunicación recibida por Negrín, las reservas de oro estaban ya prácticamente agotadas. Como la República.

El oro de Moscú no fue dilapidado ni tampoco fue, como pretendió la propaganda franquista, utilizado por los republicanos exiliados para vivir como curas en París o en México. Según las cuentas entregadas por Rómulo Negrín y Mariano Ansó, y que han sido estudiadas por el historiador económico Pablo Martín Aceña (El oro de Moscú y el oro de Berlín, Madrid, Taurus), el que fuera presidente del Gobierno republicano durante la guerra se guardó mucho de custodiar los comprobantes que, básicamente, demuestran el uso del oro para la compra de material militar. Que ese material fuese, como dicen testigos como Martínez Amutio, para comprar no el material necesario, sino el que los consejeros soviéticos consideraban necesario; que fuese o no distribuido de una forma equitativa entre las unidades que lo necesitaban; que fuese de buena o mala calidad, ya es otra historia.

No obstante lo dicho, los republicanos en el exilio tienen, a mi entender, un borrón no demasiado aclarado a día de hoy, sobre el cual las cuentas de Negrín, obviamente, no dicen nada. Porque si las operaciones con el oro se hicieron con recibos y libramientos de por medio, las incautaciones no se hicieron así. Durante la guerra ambos bandos procedieron a incautar bienes de sus enemigos, o los que ellos consideraban que lo eran. Franco, por ejemplo, incautó las sedes de los partidos políticos y centrales sindicales. Y la República se hizo con joyas, obras de arte, dinero y otras riquezas cuyo monto no se puede fijar como el del oro de Moscú, porque cuando llegan a tu casa y te quitan un collar de oro a punta de pistola, no sueles pedir recibo. Ni quien te lo quita ofrecértelo.

Este punto de la Historia permanece más bien oscuro. Pero basta por hoy. He redactado esta entrada con un monumental dolor de cabeza, aunque a mí consultar libros me relaja, así pues estos párrafos me han hecho el efecto que a mi mujer le hace la valeriana. Os he utilizado de terapia ;O)

Pero lo de las incautaciones deberá quedar para otro día, otro post.