sábado, marzo 28, 2009

Putas (1)

Siempre me ha costado entender eso de que la de puta es la profesión más vieja del mundo. Hasta donde yo sé, las putas cobran por sus servicios. Si alguien cobra por sus servicios, entonces quien le paga algo tiene que haber ganado para poder satisfacer el precio. Pero si alguien ha ganado algo, algún tipo de oficio debe tener.

miércoles, marzo 25, 2009

Fútbol (y 4)

España se consagró como un miembro más del variopinto universo futbolístico europeo en 1964, cuando se hizo perdonar la espantá de Moscú en 1960 y consiguió ser sede de la Eurocopa. La roja ya ha hecho el relevo generacional de sus primeros jugadores eternos (Basora, Kubala, Gainza, Pahíno, o Zarra, que hay quien dice que es el Manolete del fútbol español, es decir una estrella no superada por nadie) y presenta en su once algunos jóvenes valores que inscribirán sus nombres en el imaginario colectivo con letras de oro: el gallego Amancio Amaro, el navarro Zoco, el rojiblanco Isacio Calleja, el sobrio defensa culé Fusté, Marcelino, el Chopo José Ángel Iríbar (que años después se destacaría como batasunero de pro) y el otro genio galaico, Luis Suárez, uno de los primeros españoles que triunfó en una liga entonces tan exigente como el scudetto italiano.

La suerte, el esfuerzo y el factor campo quieren que España haga un campeonato de ídem y gane en las semifinales a Hungría. Por lo tanto, llegamos a la final, donde nos espera Rusia.

El Madrid de 1964 se hace lenguas con cuál será la actitud de Franco. Para el Caudillo, acudir a la final no es trago de gusto; supone, de por sí, tener que escuchar reverentemente el muy bello himno soviético, y ver alzarse delante de sus barbas la bandera roja con la hoz, el martillo y toda la pesca. Pero había un escenario peor y, además, altamente probable: que Rusia ganase. ¿Franco, entregando la copa a unos comunistas? ¡Eso habría que verlo!

Fue, al parecer, don José Solís Ruíz, más conocido como La sonrisa del régimen, un político falangista que con los años se haría famoso por decir imbecilidades como aquélla de «menos latín y más deporte» (y así nos va en los informes PISA); fue él, digo, quien convenció a Franco de que acudiese a la final. Una vez que lo consiguió, se fue escopetado a ver a Benito Pico, presidente de la FEF, al que sugirió que no estaría mal que los hombres del comandante Villalonga (el entrenador nacional tenía galones) se partiesen los huevos con tal de ganar. Algunos rumores señalan que incluso hubo jerifaltes de la Federación, falangistas puros y duros, que pensaron echarle en la comida a los rusos algún tipo de tranquilizante para que jugasen un poco drogados.

España salió muy motivada al campo. Aunque sólo sea por la espontánea demostración de adhesión patria que realizaron los 120.000 espectadores que abarrotaban el Bernabéu, coreando al unísono el apellido de su Caudillo. Marcamos en el minuto seis. Pero tres minutos después Jusainov aprovechó un mal despeje para equilibrar las cosas. El partido se consume en dominios alternos pero sin realización. Hasta que, en el minuto 84, Pereda corre la banda derecha casi hasta el final, centra hacia el punto de penalty y allí Marcelino, de soberbio cabezazo, coloca la pelota donde la Araña Negra, el portero Yashin, no puede alcanzarla.

Para hacerse una idea del ambiente que generó aquella victoria, que hemos tenido que esperar hasta el 2008 para ver repetida, he aquí el texto de cómo la saludó el ABC: «Al cabo de 25 años de paz, detrás de cada aplauso sonaba un auténtico y elocuente respaldo al espíritu del 18 de julio. En este cuarto de siglo, diríase que nunca había rayado más alta la intencionada y entusiasta adhesión popular al Estado nacido de la victoria sobre el comunismo y sus compañeros de dentro y de fuera».

Y dos huevos duros.

Otra anécdota jugosa de aquellos años de franco-madridismo, anécdota muy querida de los culés entendidos en Historia, se produce en la final de la copa de 1968, en la que el Barça le ganó al Madrid por 1-0. El partido fue una batalla campal. El árbitro, señor Rigo, se comió con patatas un penalty cometido por el defensa blaugrana Torres sobre Serena, lo que originó una auténtica cascada de botellas sobre el campo, una de las cuales impactó en la cabeza de un jugador barcelonista y otra estuvo a punto de alcanzar al árbitro. Y eso que Franco estaba en la tribuna.

Finalizado el partido, la mujer del ministro Camilo Alonso Vega, hombre de la máxima confianza de Franco y al que tan sólo estar más cascado que él le impidió sucederle, se acerca en el palco a Santiago Bernabéu y le dice: «¡Santiago, qué desgracia, hemos perdido!». El general Alonso Vega, que se da inmediata cuenta de lo impolítico de la exclamación delante de los directivos culés, le ordena: «¡Ramona, por Dios! ¡Felicita ahora mismo al presidente del Barcelona!»

La buena señora se acerca a Narcís de Carreras, presidente culé, y le dice: «¡Ah, claro que le felicito! Porque Barcelona también es España, ¿verdad?»

A esta boutade, más debida a la torpeza que a la mala intención, De Carreras responde con un sincerísimo, y más bien escaso de seny: «¡Senyora, no fotem!» (Señora, no jodamos)

Días después, Bernabéu echará gasolina en la hoguera con unas declaraciones a la prensa en la que asevera que «quiero y admiro a Cataluña, a pesar de los catalanes». Así eran las cosas entonces (¿entonces?)

Ahora bien, si un hecho hizo correr toneladas de tinta, a pesar de la censura, sobre el asunto de la relación entre madridismo y franquismo, ese algo fue el Barça-Madrid jugado en el Camp Nou el 6 de junio de 1970. Dentro de nada, pues, hará 39 añitos.

En el primer tiempo, Rexach aprovecha el rechazo de un córner y perfora la portería de Junquera. En el minuto 14 del segundo tiempo, Amancio centra sobre Velázquez, que se escapa hacia el área. A un mundo del área (no menos de dos metros), Rifé, uno de los defensas más inteligentes que han jugado en España, le hace una falta táctica. Velázquez, que es un pillo, comienza a dar trompicones y se las arregla para caer en el área. El árbitro Guruceta pita penalty. Y se monta la de Dios es Cristo y habla catalán en la intimidad. Guruceta expulsa a Eladio, lateral culé, porque directamente le llama sinvergüenza y madridista (y, por cierto, en el acto de expulsar a Eladio, y por accidente, le calza una hostia al madridista Grosso). Caen almohadillas a cientos. Amancio, claro, era como Gerd Müller: no fallaba un penalty ni recién operado de cataratas en ambos ojos. Gol. Uno a uno.

Minutos más tarde, Rifé cae dentro del área madridista. A Guruceta la acción le pilla observando las nubes de Magallanes. En todo el segundo tiempo, apenas hay momentos en los que dejan de caer almohadillas, hasta dar la impresión de que el catalán medio tiene cosa de seis o siete culos. En el minuto 85, a las almohadillas se han unido espontáneos que saltan al verde con la intención de saludar efusivamente al colegiado. El partido se suspende. Al entrenador del Madrid, Miguel Muñoz, le arrean un botellazo en todo el cabolo.

El aftermath del partido deja sentir que aquéllos eran otros tiempos. Agustí Montal, presidente del Barça, hace pública una nota en la que justifica la reacción del público; hoy que eso de la violencia en los campos se toma en serio, sería seguramente cesado por incitar a la violencia. El gerente del Real Madrid contesta afirmando que «estas cosas sólo ocurren en los pueblos», lo cual pone a los catalanes todavía más de canto. Bernabéu dice haber recibido hasta 300 amenazas de muerte.

El fútbol, como vemos, da para mucho. Cuesta saber si el fútbol es nosotros o nosotros somos fútbol. Pero es lo cierto que el deporte del balón tiene la virtud de no dejar a nadie indiferente.

En eso, no es por nada, se parece a Franco.

lunes, marzo 23, 2009

Fútbol (3)

La temporada 1950-51, hace por lo tanto ahora más de medio siglo, comenzó, a su manera, la Liga de las Estrellas. Aquel año, el fúbol comenzó a ser un espectáculo en España, o más bien el espectáculo. Y lo hizo de la mano de aquel húngaro rubio, aquel tipo que cuando se inclinaba alrededor de un balón convertía la misión de quitárselo en misión imposible, llamado Ladislao Kubala.

En la primavera de 1950, Kubala había llegado a España formando parte de un equipo de exiliados húngaros. En junio de aquel mismo año firmó con el Barcelona. Fue una jugada muy arriesgada por parte de los catalanes, pues resultaba muy dudoso que Kubala pudiera llegar a jugar competiciones internacionales, toda vez que las federaciones del Este comunista lo consideraban un desertor. El asunto fue oro molido para el régimen de Franco (y esto lo deberían recordar todos aquellos, culés en no pocos casos, que consideran que el franquismo siempre estuvo al lado del Real Madrid) por los interesantísimos matices que presentaba aquella historia de un futbolista huído de un país comunista que quería rehacer su vida en aquella España que perdía el culo por caer bien en las cancillerías occidentales.

En 1951, el doctor Muñoz Calero, representante de España ante la FIFA, consigue arrancar de ésta el permiso para que Kubala juegue en España. Inmediatamente, el húngaro solicita la nacionalidad española. E, igual de inmediatamente, Franco se la concede. Con Kubala en el once, el Barcelona gana la copa del 51, del 52 y del 53, así como la liga del 52 y del 53. Da la impresión de que el reinado blaugrana va a ser eterno, y eso a pesar de que en los otros equipos juegan deportistas que no son mancos, como el madridista Pahíno. Pahíno, que consiguió arrebatarle algún año el pichichi a Kubala, es un casi desconocido precedente de Jorge Valdano, pues era un futbolista que gustaba de leer libros profundos e intelectuales. De hecho, el defensa barcelonista Biosca, tras sufrir una tarascada del delantero blanco, se levantó exclamando: «¡Que se puede esperar de un delantero que lee a Dostoievsky!»

De aquellas temporadas de los primeros cincuenta es la anécdota de Pardo de Santallana; anécdota que, por supuesto, el amanuense que estas notas pergeña ha escuchado alguna que otra vez. Pardo era un falangista enorme y ancho, sanguíneo y echado para delante, aparte de, cómo decirlo, un poco simplón. Siendo como era un miembro conspicuo del partido único, era miembro de su nomenkatura de cargos intermedios, por lo que ocupó diversos gobiernos civiles. Y, aficionado que era al fúbtol, tenía una manía o deseo: que el equipo de la zona donde se ubicase su mando estuviese en primera.

El Deportivo de La Coruña estuvo a punto de joderle la estadística. Siendo Pardo de Santallana gobernador civil de mi tierra, temporada 52-53, el equipo de La Coruña tuvo una de sus habituales pájaras (en mi infancia lo llamábamos El Ascensor, por la facilidad que tenía para subir y bajar) y se fue al pozo de la clasificación de primera. En Oviedo tenía un partido a vida o muerte. Todo parecía indicar que el torreón azul, de aquella, iba a tener que irse al infierno con el equipo.

Pero Pardo de Santayana era como era.

Reunió a los jugadores (sí; el gobernador civil reunió a los jugadores. No habéis leído mal) y les soltó una arenga, al final de la cual anunció a la plantilla que, de no conseguirse al menos el empate en Oviedo, ordenaría afeitar la cabeza de todos los jugadores, además de administrarles aceite de ricino (la ingestión de aceite de ricino, a veces mezclado con sidol, era un castigo inventado por Ramiro Ledesma en los tiempos de la República, que fue adoptado por Falange tras la fusión con las JONS).

El Deportivo conservó la categoría. No te jode. Yo mismo la habría conservado jugando solo.

En todo caso, el gran cambio de aquellos años, como ya se ha dicho, fue el fichaje de Kubala. Algo ante lo cual el Real Madrid tenía que reaccionar; reacción que provocó el grave conflicto en torno al argentino Alfredo di Stefano.

Di Stefano jugaba en el Millonarios de Bogotá después de haberse marchado sin permiso del River Plate argentino, lo cual generó un conflicto en torno a la propiedad del jugador o, lo que es lo mismo, quién podía transferirlo. En 1953, el Congreso Americano de Fútbol decide que la propiedad es del River, pero Di Stefano prosigue en la disciplina del club colombiano esa temporada, que es la que aprovecharon los directivos del Madrid para alcanzar un acuerdo con ellos, acuerdo que es previo en el tiempo al que alcanza el Barcelona con el River.

Ante el conflicto debe mediar la Delegación Nacional de Deportes, la cual lo primero que intenta es quitarse el marrón de encima de una forma tan expeditiva como es la suspensión de la autorización para fichar jugadores extranjeros. Pocas semanas después, la Federación de Fúbtol toma la famosísima y salomónica decisión de decretar que Di Stefano pertenece a los dos clubes, de forma que el Madrid lo disfrutará en las temporadas 53-54 y 56-57, mientras que será culé en la 54-55 y la 57-58, tras lo cual ambos clubes deberán llegar a un acuerdo consensuado con el jugador.

El Barcelona, que como vemos por el acuerdo es el que pierde el uso del jugador en el más corto plazo, reacciona poniendo pies en pared. La directiva del club dimite en pleno (obsérvese el detalle de que hace medio siglo las directivas de los grandes clubes dimitían) y es sustituida por una gestora, que decide no compartir al jugador; por una compensación de unos cuatro millones y medio de pesetas, el Madrid se hace con la propiedad total del argentino. En todo caso, todo hace pensar que al Barcelona aquel jugador no acababa de convencerle. Los directivos catalanes tenían encima de sus mesas un informe el entrenador culé, Daucik, que desaconsejaba a Di Stefano por un problema de mal carácter. Impresión que, quizá, no sea del todo descaminada. No hay que olvidar que Di Stefano se vio envuelto, poco tiempo después, en un pequeño escándalo después de que fuera acusado de haber golpeado a un periodista en la cabeza con una toalla en unos vestuarios.

Di Stefano es hoy presidente de honor del club blanco. Y no es para menos. Su llegada supuso que automáticamente el Madrid rompiese, en la temporada 53-54, una serie de nada menos que 21 años sin ganar la liga. Y, por supuesto, cinco copas de Europa, que se dice pronto.

En el año 54 nos quedamos fuera del Mundial tras un sorteo, pues habíamos quedado empatados con Turquía. Pero lo importante de dicha eliminación no es en sí el resultado sino el extraño telegrama que se recibió antes del partido de desempate, por el cual la FIFA decretaba la imposibilidad de alinear a Kubala con la roja. Lo cierto es que días después del partido la FIFA declararía que no sabía nada de dicho telegrama; más aún, que nunca había prohibido la alineación de Kubala y nadie le había exigido dicha prohibición. Nunca, que yo sepa, se supo a ciencia cierta quién envió aquel telegrama. El franquismo, por cierto, hizo mucha leña con aquel árbol. Habló, desde luego, de conspiración comunista. Pero también se echó la culpa a los masones e incluso se insinuó que podían haber sido los turcos como venganza... ¡por Lepanto! ¿Suena ridículo? Pues no tanto. Al fin y al cabo cuando, en plena guerra, España jugó contra Portugal y perdió, la prensa portugesa saludó la gesta de su selección calificándola de «la más grande victoria portuguesa desde Aljubarrota».

Los años que siguen son los de las grandes victorias del Madrid, los de las cinco copas de Europa seguidas, logros que fueron jaleados por el régimen con un favoritismo que está fuera de toda duda. Toda la plantilla del Madrid del año 55, por ejemplo, fue condecorada con la Orden del Yugo y las Flechas (la pregunta es: Ley de Memoria Histórica en la mano, ¿estarán obligados los supervivientes de aquel once, entre ellos Di Stefano, a devolverla?); Bernabéu recibió la Gran Cruz del Mérito Civil; Di Stefano, la Encomienda de Isabel la Católica. Datos éstos que abonan la tesis de la consideración del Real Madrid como equipo del régimen; tesis en la que, sin embargo, no casan otros datos, como que ese mismo Real Madrid se pasara los primeros 15 años del franquismo a dos velas, sin ganar la liga, y estando a punto de descender un año incluso. Más parece, como dije en la primera toma de estas notas, que fue el franquismo el que se aprovechó de los éxitos del Madrid, como habría hecho con otro club que hubiese ganado la copa de Europa cinco años seguidos.

En mayo de 1960 teníamos que jugar el partido de ida de los cuartos de final de la Eurocopa de naciones. Nos tocaba la URSS y el partido tenía que haberse celebrado en Moscú. Las entradas se agotaron pronto en Moscú mientras en Madrid se mascullaban los escasos pros y las toneladas de contras que se veían en dicho partido. A ello se une la rumorología periodística. Se habla de la posibilidad de que los jugadores españoles sean drogados o detenidos y llevados a un campo de concentración. Finalmente, el franquismo anunciará que, ante la negativa de los soviéticos de jugar en un campo neutral, España no jugaría el partido. En el libro de Franco Salgado Araújo sobre sus conversaciones con su primo nos informa de que el Caudillo tomó personalmente esta decisión ante las noticias que tenía de que el partido en Moscú se iba a convertir en un acto de repulsa al régimen franquista. Todo parece indicar que fueron los elementos más reaccionarios del gobierno, probablemente sus teóricos sucesores naturales Camilo Alonso Vega y Luis Carrero Blanco, quienes lo convencieron.

Cuatro años después, en la nueva edición eurocopera, volvimos a cruzarnos con la URSS. Pero esa vez sí que jugamos. E incluso marcamos un gol épico: el gol de Marcelino.

Pero todo a su tiempo. A bientôt.

viernes, marzo 20, 2009

Fútbol (2)

Con el final de la guerra civil llegó, como decíamos, la normalidad teórica al fútbol. Y digo teórica porque al fútbol del franquismo siempre le perseguirá la interminable discusión sobre si el franquismo favoreció al Real Madrid por ser el equipo del régimen o no. Cuestión en la que hay opiniones para todos los gustos en las que, además de intervenir la ciencia histórica , también tienen su papel, y no desdeñable, los amores deportivos de cada uno.

Son los primeros años de posguerra años de débiles campeonatos de liga y de escaso brillo de la selección española, la cual sólo se bate con equipos de su cuerda política como la Francia de Vichy, Italia, Alemania o Portugal. Italia era, de todas estas selecciones, la más potente, pues había sido por entonces ya dos veces campona del mundo. En el estadio de San Siro nos metieron un 4-0 sin paliativos, tras el cual la autoridad federativa sancionó a los jugadores por no haber puesto en el campo toda la garra que se esperaba de ellos. Es, pues, obvio, que a los jerarcas del deporte, o tal vez al mismísmo Franco, aquella derrota les sentó fatal.

Es en esos años cuando se produce un verdadero hecho histórico que llena hoy de solaz a los madridistas que lo conocen, así como de una recíproca mala leche a todo el que por culé se tiene. Hecho que, además, tiene su historia. Se trata de la eliminación del Barcelona en la copa a manos del Real Madrid, tras un partido en la capital de España en la que los blaugranas fueron vencidos nada menos que por 11-1.

El partido de ida había sido en el campo de Les Corts y en él habían ganando los catalanes por 3-0, tanteo tras el cual la prensa de Madrid clamó por una remontada histórica y esas cosas.

Sin embargo, lo más importante del partido de Les Corts fueron los incidentes que se produjeron. Hoy por hoy se vigila, no podía ser de otra manera, la violencia en los estadios. Pero aquel franquismo tenía el listón mucho más bajo. No tengo yo la sensación de que nadie pasara por un peligro para su integridad física en el partido de Barcelona, pero lo que sí está claro es que los aficionados culés se desempeñaron con esa capacidad suya de abuchear a fondo al rival. La Federación, por toda respuesta, sancionó al Barcelona e incluso impidió el desplazamiento de un tren de culés a Madrid para el segundo partido. El presidente del Barcelona envió al Madrid una misiva en los mejores tonos que pudo redactar. Una misiva en la que la voluntad de dorar la píldora a los blancos es tan acojonante que incluso asevera una cosa que ni era verdad entonces, ni lo es ahora ni lo será nunca. Aseveraba el presidente del Barcelona que el Real Madrid era «el club que, después del nuestro, goza de las preferencias de nuestros socios». La verdad es que esa figura, o sea el tipo que es del Barça y que tiene al Real Madrid por segundo equipo, es una figura de ficción. De serie B, más bien.

Aquel partido de vuelta de la copa del Generalísimo es, quizá, el primer partido multitudinario que en España provoca medidas especiales de seguridad. Se prohibió, por ejemplo, vender bebidas con casco en el campo (lo cual sugiere que algún botellón debió de caer al verde en Barcelona). Y, en un acto que, que yo sepa, no tiene precedentes, la policía visitó el vestuario del Barcelona antes del partido, conminando a sus jugadores a no provocar violencia alguna bajo amenaza de sanción. Es fácil de estimar, por lo tanto, que los jugadores del Barça salieron a jugar más bien acojonados y que, en consecuencia, es posible que ello tuviera algo que ver en el abultado tanteo de que fueron objeto.

No fue sólo la policía. Hasta la prensa de Madrid, y la madridista también, reconoció que la actitud del público madrileño había sido tan intimidatoria como la del catalán en el partido de ida. Sin embargo las autoridades, que habían impuesto al Barcelona la multa máxima por registrar incidentes en su estadio, impusieron al Madrid la mínima para, acto seguido, probablemente para dar una impresión salomónica que estaba lejos de ser cierta, volver a multar a ambos equipos con 25.000 pesetas cada uno.

En la liga 44-45, el Barça se tomaría cumplida venganza asestándole en Barcelona al Madrid una «manita»: 5-0.

La liga 47-48 es aquélla en la qu ese producen hechos que forman parte de la leyenda urbana del fútbol pero que, al menos en el estado de conocimiento que tengo al escribir estas notas, son eso, una leyenda urbana.

Se dice mucho (casualmente un amigo mío sacó esa conversación en un almuerzo hace unos días) que el mayor favor que le hizo Franco al Real Madrid fue ampliar el número de equipos de primera división el año que el club blanco había quedado para descender. Es, ya digo, una historia muy conocida; yo, cuando manos, la he oído un puñado de veces.

Las clasificaciones que he podido consultar dicen que esta temporada 47-48 es la temporada en que el Real Madrid quedó en peor puesto durante los años de Franco; y al año siguiente no hubo ampliación alguna de la primera división. Tengo por mí, pues, que esta historia es, como digo, una leyenda urbana.

Lo que pasó fue que el Madrid se jugó la permanencia en un último partido contra el Oviedo, que en la visita de los blancos al norte les había dado un baño importante. Se mascaba, pues, la tragedia. Y, sin embargo, el Madrid ganó. También hay quien dice que ganó con malas artes. Podría ser, aunque ciertamente no sería ni el primer ni el último equipo que se salva de descender en el último momento. Además, hay que tener en cuenta que el Oviedo, perdiendo con el Madrid, condenó a la segunda división al Sporting de Gijón. Así pues, lo mismo pudo ser una manipulación del Madrid que una putada entre asturianos. Y no parece que Franco interviniese mucho.

A finales de los cuarenta, asimismo, la selección española comienza a ampliar el rango de oponentes y a obtener resultados algo más aseados. Consigue, por ejemplo, empatar a 3 con Suiza en Zurich. Este partido fue en el que fue designado representante de la delegación española el general Gómez Zamalloa, futbolero y sanguíneo como pocos, el cual arengó a sus muchachos en el vestuario y terminó su filípica con una famosa frase: «Y ahora, muchachos, ya lo sabéis: cojones y españolía». O sea, igual que viva el semen español, pero en franquista.

En 1949, entre otros partidos, Italia sigue exhibiendo superioridad (1-4) pero ya comenzamos a ganar algún que otro partido a domicilio, como el 1-3 que le escasquetamos a Irlanda, partido en el que Gaínza actuó tan bién que se ganó el sobrenombre de «el gamo de Dublín». A la semana siguiente, se ganana 1-5 a Francia en París. Allí el verdadero animal es el culé Basora (el mismo que en canción de Serrat completa delantera con César, Kubala, Moreno y Manchón), que tras su hat trick se ganará el derecho a ser conocido como «el héroe de Colombes».

Claro que para apoteosis la de 1950 en Brasil. Los muy puristas suelen recordar que aquel partido contra Inglaterra en el Mundial no era de vital importancia dada la clasificación del fútbol; los muy puristas, por lo tanto, entenderán mucho de fútbol, pero no tienen, con perdón, ni puta idea de lo que el fútbol puede llegar a significar para una nación que, hasta dos días antes, había estado aislada y que seguía teniendo un papel internacional que sin recato cabe reputar de putomiérdico.

Ramallets, Alonso, Parra, Gozalvo II, Gozalvo III, Puchades, Basora, Igoa, Zarra, Panizo y Gainza. Ésta es la lista de héroes de Brasil. A los tres minutos de la segunda parte, Ramallets saca de portería con la mano hacia Gozalvo II. El defensa avanza unos metros y pasa a Gainza, y éste a Panizo. El delantero no lo ve claro y retrasa la pelota hacia Puchades y éste trata de enervar de nuevo el ataque pasando a Gainza. El medio inglés Wright corta ese pase, pero la pelota vuelve a los españoles, concretamente a Gabriel Alonso, quien se da cuenta de que el despeje ha descolocado al inglés y vuelve a apostar por Gainza, que de cabeza le pasa a Zarra, quien remata.


Gol.


Un gol que, en la voz de Matías Prats senior, dura más de un minuto. Tratad de hacerlo, a voz en grito, a ver si podéis.

Si estás leyendo estas líneas y naciste más allá de, digamos, 1970, debes entender una cosa. Los españoles de los tiempos del franquismo éramos una puta mierda. Nunca ganábamos nada. Ganó cosas Joaquín Blume, pero se murió. Ganó cosas Manolo Santana, para qué negarlo; pero, al lado de Rafa Nadal, los triunfos de Santana empalidecen. Nuestros jugadores parecían en muchos casos haber soltado el arado media hora antes del partido, mientras que, a partir de la década de los cincuenta, las selecciones de Inglaterra, de Francia, de Alemania, de Italia, comenzaban a verse trufadas de bien alimentados deportistas urbanos. Nosotros tendíamos a ser retacos, anchotes y de piernas arqueadas; ellos ya querían parecerse a David Beckam. Además, en 1950 alguno de los grandes planetas de la galaxia fubtolística estaba en plena formación. El propio Brasil es un ejemplo. Por aquel entonces, Inglaterra, inventora del fútbol y tan importante en este deporte que es la responsable de que digamos cosas como córner, penalty o gol, era el no va más del fútbol. Y estaba, también la idea imperial de España, que la ideología del país y su Educación para la Ciudadanía consolidaban día a día en las mentes de los españoles; idea imperial que tenía algunos enemigos muy concretos y, muy especialmente, esa Inglaterra que le había encendido el pelo a nuestra Armada Invencible.

Todo eso se condensó en la famosa frase del doctor Muñoz Calero, presidente de la FEF: «hemos vencido a la pérfida Albión». Frase que sentó a los británicos como si le hubiéramos mentado la madre a su majestad británica, que provocó algún que otro sudor en El Pardo y que obligó a una estúpida rectificación según la cual el doctor Calero había dicho pérfida cuando en realidad quiso decir rubia.

En la temporada 50-51 se producen dos hechos de larga recordación. El primero es el descenso a segunda del Alcoyano, tras defenderse durante todo el año con un pundonor tan ejemplar que, a decir de muchos, es entonces cuando se forma esa frase tan española de «tienes más moral que el Alcoyano». La segunda cosa es la integración en la plantilla del Barcelona de Ladislao Kubala; el cual, sin saberlo, estaba inaugurando la primera gran etapa de fichajes del fútbol español.


... y me vais a disculpar, pero esta noche me espera The front page; quizá, una de las dos o tres comedias más divertidas jamás filmadas.

lunes, marzo 16, 2009

Fútbol (1)

Pues sí. En este país nuestro, no hay nada que genere tanta pasión como el fúbol. Consecuentemente, el fútbol es parte de nuestra Historia e Historia misma, motivo por el cual sólo era cuestión de tiempo que le dedicásemos algún espacio en este rincón de la red. Eso sí, debo decir que, como siempre, mis amables lectores han demostrado lo poco que necesitan recibir conocimientos que obviamente ya tienen, al menos los que contestan con mensajes.

viernes, marzo 13, 2009

Football History Quiz

Bueno, pues ha llegado el momento de hablar de fútbol. Seguro que piensas que sabes la hostia de fútbol. Y no seré yo quien te lo niegue. Lo que es prácticamente seguro es que me superas. Fíjate si seré yo ignorante en esto del fútbol, que durante muchos años creí que un medio volante se llamaba así porque llevaba la dirección del juego. En fin.

Pero escribo estas líneas con la sana intención de pillarte. Porque lo mío es la Historia y el fútbol, en buena medida, es Historia. Así que vamos a ver si eres tan bueno en mi terreno.

Preguntas:


1.- Guerra civil. Un famosísimo jugador de la liga española pasó por la cárcel Modelo madrileña, la misma donde algún tiempo después se produciría una matanza de presos. ¿Quién fue?

a. Jacinto Quincoces.

b. Ricardo Zamora.

c. Santiago Bernabéu.

d. Eduardo Samitier.


2.- ¿Qué equipo fue especialmente premiado en 1938 por la «heroica contribución de sus hombres a la Cruzada de Liberación»?

a. El Real Madrid.

b. El Real Unión de Irún.

c. El Deportivo de La Coruña.

d. Osasuna.


3.- En marzo de 1939, recién caída Barcelona, los jerarcas franquistas decidieron reactivar la actividad del fútbol catalán. Sus planes, al parecer, incluyeron cambiar la camiseta y el nombre del Barcelona. ¿Cuál era el nombre que quisieron ponerle?

a. España.

b. Real Cataluña.

c. Flechas Azules de Cataluña.

d. Sporting Hispania.


4.- El primer presidente de la FEF tras la guerra civil fue, por supuesto, un militar. El teniente coronel Troncoso. Días después de su nombramiento, Troncoso envía una circular imponiendo una curiosa regulación en los clubes de fútbol de primera división. ¿Cuál fue?

a. Deberían tener al menos tres jugadores en la plantilla que fuesen militares en activo.

b. Todos los jugadores deberían tener cuando menos el equivalente de graduado escolar.

c. Se limitaban los sueldos para que no pudiesen ganar menos que un militar de carrera.

d. Se establecía un examen público sobre su conocimiento del «Cara al sol» y otros himnos patrióticos.


5.- En la temporada 1942-1943 se produjo un hecho histórico. El Real Madrid eliminó al Barcelona en la copa tras un partido en Madrid que permanece insuperado, pues los blancos ganaron por 11-1. A ver si sabes quién visitó el vestuario blaugrana antes del partido.

a. Franco.

b. Serrano Súñer.

c. El general Moscardó

d. La policía.


6.- A ver si sabes terminar esta frase, pronunciada con ocasión de un Suiza-España en Zurich: «Y ahora, muchachos, ya lo sabéis: cojones y ....»

a. visión de juego.

b. voluntad nacionalsindicalista.

c. españolía.

d. vergüenza torera.


7.- ¿Quién fue bautizado «el gamo de Dublín»?

a. Gaínza.

b. Zarra.

c. Artigas.

d. Venancio.


8.- El 2 de julio de 1950 se produce el histórico partido de Brasil entre España e Inglaterra. La verdad, si no sabes que les ganamos gracias a un gol de Zarra, no sé qué haces leyendo este cuestionario. Pero preguntarte eso sería muy sencillo. A ver si sabes, no quién lo marcó, sino quién le dio el pase.

a. Gaínza.

b. Panizo.

c. Puchades.

d. Gabriel Alonso.


9.- Jorge Valdano tuvo un antecesor en el Madrid. Un jugador que, como él, era muy intelectual y que, de hecho, fue públicamente criticado por la prensa falangista por leer a Dostoievsky. ¿Sabrías decir quién fue?

a. Puskas.

b. Molowny.

c. Pahíno.

d. Di Stefano.

10.- También supongo que algo sabrás sobre el rocambolesco fichaje de Di Stefano por el Madrid y la salomónica decisión de la FEF de que jugaría primero en el Madrid y luego en el Barcelona. Sin embargo, el Barça renunció al argentino. Muchas cosas pudieron incidir en dicha decisión pero, al parecer, una de ellas fue un informe del entrenador blaugrana, el húngaro Daucik (cuñado de Kubala) en el que se expresaban serias dudas sobre el jugador por un motivo. ¿Cuál?

a. Sus excesivas ambiciones económicas.

b. Su mal carácter.

c. Su presunta propensión a las lesiones.

d. Su incompatibilidad personal con Kubala.


Nos vemos...

miércoles, marzo 11, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (y 7)

Bueno, como hoy esto se acaba, es el momento de recordarte que las líneas siguientes sólo son la continuación de otras tantas que están en unos cuantos capitulitos: el primero, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto y el sexto. Así los tienes todos aquí juntos.

¿Cuál fue el motivo de la huida de Enrique de Castilla? Pues, simple y puramente, la pasta. Alguno de los terratenientes que había perdido en aquella pelea, como el almirante de Castilla, había solicitado de Enrique que se encargase de sus haciendas en tanto en cuanto durase su desgracia política; algo que todo el mundo, conociendo a Juan II El Pendular, tampoco esperaba que durase mucho. Enrique, a la menor insinuación que pudo haber (y lo decimos así porque las crónicas contemporáneas no son prístinas al respecto) de que tal vez alguno de los activos embargados no iba a caer en sus zarpas, resolvió volverse contra su padre y poner la disponibilidad de las riquezas como condición necesaria, y tan sólo quizás suficiente, para apoyar a su padre.

Esta anécdota tiene su importancia, a mi modo de ver, para entender un poco mejor a Isabel de Castilla. Que Isabel y Fernando se desempeñaron con sus competidores, nobles y coronados, con una notable crueldad, es algo que está fuera de toda duda. Pero también hay que tener en cuenta que este tipo de cosas estaban al cabo de la calle y que los católicos reyes, de alguna manera, resolvieron acabar con ellas. En una nación moderna, un hijo no se vuelve contra su padre, poniendo con ello en peligro la estabilidad de la nación y de la propia corona, por un quítame allá esas tierras. Y, pensaría Isabel algunos años más tarde, si para hacerlo entender hay que dar una mano de hostias, pues se da, y punto.

Juan II, en fase Deep, Deep Blue, se bajó los gayumbos y acabó resolviendo incluso el perdón del almirante de Castilla, lanzando una vez a sus enemigos el mensaje claro de que una represalia castellana duraba menos que un mantero en la acera de la calle Fernando el Santo.

En 1447 el rey Juan, que ha enviudado ya de María de Aragón, concierta una nueva boda-alianza. Como la cosa con Aragón no ha ido bien precisamente, prueba con el punto cardinal que le queda y concierta con Joao de Portugal su boda con la hija de éste, Isabel. Probablemente, Álvaro de Luna fue muñidor de este acuerdo, cuyas ventajas en materia de política exterior hasta Moratinos muerto de sueño sería capaz de ver. Sin embargo, lo que él no sabía es que esa boda, a la larga, le costaría el cuello.

De hecho, es más que probable que esta boda fuese cosa del privado, pues sabemos que Juan se cogió un mosqueo del 42 cuando supo lo de la boda, pues él, en realidad, quería casarse con la hija del rey de Francia, de nombre Regunda, que al parecer estaba más buena; bueno, lo que nos dicen las crónicas es que estaba como para dejar un rastro de baba masculina desde La Coruña hasta Vladivostok. Fruto del casorio real del rey (obsérvese la aliteración) con Isabel de Portugal sería Isabel de Castilla, la reina católica; así pues, de haber hecho el rey lo que su glande le dictaba, Isabel habría sido Regunda y quien sabe si no habría reinado en Castilla también, también casándose con Fernando. En ese caso, ¿cuál sería el lema que habríamos aprendido en la escuela? En lugar de «tanto monta monta tanto, Isabel como Fernando», quizá sería, «sea Fernando o sea Regunda, da igual quién te funda».

Todos sabemos que Isabel de Castilla era mujer recia a la que le gustaba mandar más que a mí el chorizo cular. Y conste que yo, por un buen chorizo cular, soy capaz de muchas cosas, un tercio de ellas humillantes. La pregunta es: si padre era un péndulo agilipollado y el más resolutivo de sus cortesanos estaba muerto cuando ella empezó a dar sus pasos de razón, ¿de dónde pudo haber sacado ese carácter?

Pues de quién va a ser. De Lisbeth La Lusa. Que era de armas tomar.

Isabel de Portugal llegó a la corte castellana para mandar. A la tercera o cuarta vez que el De Luna se le intentó imponer, se dijo: hasta aquí has llegado, chaval.

Mi reconstrucción de las cosas es tal que así. Juan de Castilla era un rijoso. Uno de esos tipos que comen y beben a lo bestia, y cuando le dan descanso a la circulación sanguínea por ambos motivos les gusta sacar a pasear el fornicio, y no precisamente para hacer aguas. Esto Isabel de Portugal lo sabía y, ambiciosa que era, quería aprovecharlo para poner sobre la tierra un infante, o en su defecto una infanta, que tuviese tiempo y posibilidad de pelearle a Enrique el liderazgo de Castilla. Para eso necesitaba embarazarse y, por eso, nada más casarse, empeñó sus fuerzas en que su señor esposo, aún siglos antes de inventarse el ferrocarril metropolitano, soñase cada noche con la estación de Empalme, no sé si me explico. Álvaro de Luna, sin embargo, andaba preocupado con la salud de su rey, así pues le aconsejaba morigeración. Cual trigonometra meticuloso, se pasaba el día salmodiando al oído de su señor: «deje en paz los senos, mi Señor». Pronto comprendió la portuguesa que su problema era el condestable, así que resolvió quitarlo de en medio.

Curiosamente, esto es algo que suele pasar, el momento de decadencia de Álvaro de Luna viene a coincidir, engañosamente, con tiempos que parecen los mejores para él. Por esos años, en efecto, el condestable logra la detención masiva de la mayor parte de los nobles que en Olmedo estaban frente al rey, todos ellos protegidos del príncipe Enrique, lo cual inmediatamente malquistó a éste con su padre.

Isabel ya está en fase de diseñar asesinatos en la persona de Álvaro de Luna. Lo intenta en Madrigal de las Altas Torres, donde simula una pelea para hacerle salir a mediar para ser asaeteado, pero el condestable se lo huele y hace salir a uno de sus parciales en su lugar. Aunque los escritores pro-De Luna quieren pintar aquí a un viejo de unos sesenta años que todo lo que trata es de esquivar su destino, yo creo que esa visión es demasiado positiva. Doy por cierto que De Luna intentó acuerdos con los privados del príncipe Enrique, el marqués de Villena y Pedro Girón, maestre de la orden de Calatrava, para intentar algo así como un golpe de Estado desde dentro para, mediante la concertación, controlar a los coronados desde la privanza.

Terreno resbaladizo, pues. Sólo cuestión de tiempo que se cometiese un error.

En 1453, en Burgos, llega el Viernes Santo y la corte se va a misa, como es de ley. Allí, un fraile dominico se encarga de la homilía, en la que, aún sin nombrarle, se dedica a poner al condestable de tonto del culo para abajo. El mosqueo que se coge el apelado es fortísimo y, en las averigüaciones que hace llega a la conclusión, quién sabe si cierta o falsa, de que su criado Alonso Pérez de Vivero, que hasta ha sufrido prisión por él, estaba concertado con el fraile. Al parecer, tenía unas cartas que demostraban la traición. Así que citó a su criado en la alta torre de su posada y, una vez allí, lo tiró por la ventana, haciendo papilla de subalterno.

La muerte de Alonso Pérez de Vivero fue el hecho que necesitaba Isabel de Portugal para vencer las últimas resistencias del rey Juan, el cual, de todas formas, no era ningún hacha manteniendo su opinión. Se dictó cédula contra el condestable. Éste fue cercado en su posada burgalesa, después de haber cometido el segundo error fatal, que fue no huir a Escalona a tiempo. Al parecer, estando ya sitiado logró huir, pero volvió a la posada, probablemente por darse cuenta de que estaba demasiado viejo, y era demasiado principal, como para ser un fugitivo del rey. Además, ¿quién le daría asilo? Todo en derredor de Castilla, no había sino enemigos suyos.

Vuelto a la posada, y con el mismo rey conminándole a rendirse desde la plaza de la Carnicería, plenamente consciente de lo que iba a pasar, Álvaro de Luna se despide de su lujoso vivir con una comilona a la que invita a todos sus parciales. Luego reparte los dineros que allí tiene, que son muchos. Signo de que el condestable no era ningún santo es que reserva veinte mil florines (un pastón) para lavar su conciencia «por cosas adquiridas y habidas sin entera justicia»; o sea, que bien sabía que las había robado.

Esta comida se celebró, en parte, porque el rey había firmado a favor del De Luna un seguro a favor de su integridad física y la seguridad de los suyos. Nada más entregarse el condestable, sin embargo, Juan de Castilla se cagó y se meó en sus propios compromisos, prendiendo a los hombres del condestable y quitándoles el dinero que éste mismo les había dado. Ole con ole la honradez coronada.

El proceso de Álvaro de Luna fue una chapuza. No hubo declaración del acusado, ni gestiones probatorias. Bastó con la palabra del rey para condenarlo. El rey, su amigo. Lástima para don Álvaro que el proceso le pillase con la ciclotimia a la remanguillé.

Por la vallisoletana calle de Francos, luego por Esgueva, la Plazuela Vieja, Cantarranas y Costanilla fue la comitiva con el rey. Sin mostrar emociones especiales, se acostó boca abajo, y el verdugo, experto segador de cuellos, hizo el resto.

El bachiller Cibdareal, personaje probablemente de ficción que esconde a algún notable de aquella Corte, cuenta en su crónica de aquellos tiempos que al año siguiente de la ejecución, en el momento de sentirse morir, Juan II de Castilla habría de confesarle que «naciera yo fijo de un mecánico, é oviere sido fraile del Abrojo, é no Rey de Castilla». Desde luego, macho. Que eres uno más de los que en nuestra Historia demuestran que la presunta eficiencia de la herencia de sangre es algo que hay que tomarse con muchas, pero muchas, prevenciones, está más que claro. Qué gran fraile rijoso se perdió Castilla, y qué enorme cantidad de problemas ganó a cambio.

De los momentos jodidos, sin embargo, los listos aprenden. Esto lo sabe casi cualquiera que alguna vez haya estado casado, y las naciones no son muy distintas. Castilla alcanzó, con Juan II, y muy a pesar de que Álvaro de Luna fue un estadista no exento de amplitud de miras, un punto crítico de disolución y debilidad. Por el mosaico que en estas notas os he querido pintar habéis visto pasar nobles que se sienten más fuertes que su rey, naciones menores que quieren arremeter contra sus potencias, pueblos levantados en ira, familias rotas que en su ruptura reflejan la ruptura de la nación de la que se supone son la quintaesencia.

Pero ya lo he dicho: hay gentes que aprenden.

Juan de Navarra, el hermano de Enrique de Aragón, AKA Tú Date La Vuelta Que Yo Te La Meto, eterno jugador del Teto dinástico, era mucho más listo que su hermano. Maniobrero, lo era un rato. Pero también era un estadista ya moderno, capaz de entender que las naciones tenían que ser algo más que pedazos de tierra que los leones se disputan a base de matarse entre ellos. En 1453, el mismo año que desaparece su gran enemigo político, Álvaro de Luna, nace en la única villa española con nombre de arroz su gran proyecto, a quien pondrá por nombre Fernando. Fernando de Aragón se criará a los pechos de su padre, en crianza que no será nada fácil porque imponerlo como rey de Aragón no fue nada fácil. Pero todas las dificultades fueron vencidas por Juan, todo voluntad, que por llevar adelante sus proyectos fue capaz de sacrificios tan brutales como someterse a una operación de cataratas (ojo: sin anestesia ¡Aaaaay!) para recuperar la vista.

Fruto de ese concepto moderno, renacentista, de estadista cabrón, despiadado, pero estadista al fin y al cabo, nacerá España. Para bien, o para mal. Eso, cada uno según le vaya el viento.

Nación que enterró en sus cimientos a la que quizá fue la última víctima del mundo de ayer, de la desestructurada y demasiado sencilla visión medieval de las cosas: Álvaro de Luna, condestable de Castilla, privado del rey. Esta opinión es una imposible ucronía, pero al menos yo pienso que Álvaro de Luna, de haber vivido más y sobre todo haber podido dejar en la Corte castellana la impronta de su saber, jamás habría sentado las bases para una unión de las coronas castellana, aragonesa y navarra. Su mundo era un mundo en el que los leones no cazaban en manada, sino que se mataban entre ellos.

Si yo fuese un historiador marxista de ésos que ven la Historia como una especie de engranaje que se mueve siempre hacia donde ha de moverse, diría pues que Álvaro de Luna, más que víctima de las ambiciones de una reina lista, fue víctima de los tiempos. Murió porque tenía que morir. España estaba de parto y había que hacerle sitio al bebé.

lunes, marzo 09, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (6)

A lo largo de estas notas que ya van durando creo haber destilado varias veces mi opinión de que Juan II de Castilla era de natural caprichoso y variable, hecho éste que lo hizo impredecible y que convirtió la presencia de Álvaro de Luna a su lado en prácticamente imprescindible. En 1437, y sin que sepamos a ciencia cierta por qué, el rey da una nueva prueba de que va a su puñetera bola todo el día: ordena el arresto del adelantado Pero Manrique, a quien, en pasadas tomas de esta historia, hemos visto romperse los cuernos por su rey, bien es verdad que debiendo lavar el pecado de haber apoyado al de Aragón en lo de Tordesillas.

Aquello de don Pero fue, además de difícil de entender, políticamente erróneo. Manrique estaba largamente emparentado con la alta nobleza castellana y, por otra parte, marqués que no era su primo, era su amigo. Con la detención, para empezar, el rey castellano se ganó la enemistad del Almirante de Castilla, que siempre le había sido fiel. Para como el adelantado se fugó de su prisión de Fuentidueña y puso los pechos de su caballo en dirección a Medina de Rioseco, donde se había encastillado don Fabrique. El rey respondió juntando lanzas y sacándolas al campo. Una vez más, Castilla en clave de guerra civil.

Aquel enfrentamiento vino a coincidir con el regreso desde Italia de los aragoneses, ya sin el infante Pedro que murió de un tiro junto a las murallas de Nápoles. Como ya hemos dicho que esta familia es ya una familia de príncipes al estilo maquiavélico, al instante urdieron una trama para engañar al rey castellano. De modo y forma que Alonso se quedaría en Zaragoza como si la cosa no fuese con él, Juan de Navarra haría como que apoyaba al rey, y a Enrique le reservaron el papel que más le gustaba, es decir el de rebelde que apoyaba a los nobles alzados.

En medio de esta tela de araña, y hemos de suponer que para desesperación del condestable que es imposible que no se diese cuenta de jugada (y también es de suponer que alucinaba al comprobar cómo el rey se la tragaba), el monarca castellano fue progresivamente embaucado y convencido de eso de la paz ante todo y tal. Tal cosa se pactó en el llamado Seguro de Tordesillas, pacto que consiste, básicamente, en una nómina de humillaciones del rey castellano, el teóricamente más poderoso, y que prácticamente se baja lo pantalones en cada página del superferolítico documento. Entre las cesiones reales figura una que deja bien claras las intenciones de los firmantes: el apartamiento de Álvaro de Luna de la Corte durante seis meses.

Ya por aquel entonces aparece en escena un personaje más. Si hasta ahora hemos llenado esta página de mentirosos, hipócritas, traidorzuelos y gilipollas, aún nos faltaba uno a quien, sin embargo, a menudo la Historia no trata demasiado mal: Enrique de Castilla, el futuro Enrique IV.

Hay mucha gente a quien Enrique IV le cae bien. No es algo que sea criticable, porque estas cosas van por gustos. De Enrique se destaca, a veces, su presunto talante democrático por gastarse una simpatía hacia los musulmanes (gustaba, al parecer, de vestir a la manera mora) que obviamente su medio hermana Isabel no tenía. Además, Enrique es querido por todos aquellos que consideran que la movida de Isabel contra su hija, La Beltraneja, fue un sucio montaje.

Yo no digo, desde luego, que Isabel de Castilla fuese una santa y, es más, tengo mis dudas de que La Beltraneja no fuese hija del rey (así como las tengo de que lo fuese). Pero eso no mueve ni un ápice ni la imbecilidad ni, sobre todo, la endeblez de palabra de este Enrique de Castilla tan, tan capullo. No desplegó la menor fidelidad hacia su padre y hacia la institución que representaba, se despachó con una falta de escrúpulos tan notable como burda y fue, en general, uno más de los malos reyes que trufan la Historia de España.

En este punto de la guerra civil, Álvaro de Luna, quien como sabemos está desterrado, decide que no es momento de andarse con gollerías, y abandona Escalona para poner sus armas en defensa del rey. Se dirige contra Enrique de Aragón, tomándolo por el núcleo de la rebelión y, tras infligirle una seria derrota cerca de la propia Escalona, lo acorrala en Torrijos. Enrique reacciona pidiendo ayuda, lo cual desenmascara a Juan de Navarra, el cual se ve obligado a acudir en su apoyo desde Arévalo.

Fue Álvaro de Luna, al fin y a la postre, el que cambió las tornas de aquella guerra, que pintaban mal para su rey. Tanto éste como sus enemigos estaban en las inmediaciones de Medina, con notable inferioridad para el ejército castellano. Sin embargo, el condestable consiguió entrar en la ciudad de noche, con más de 1.500 efectivos, convirtiendo dicha inferioridad en todo lo contrario.

No obstante, en Medina había un montón de agentes del rey Juan de Navarra, que fueron los que, una noche de junio, rompieron desde dentro la muralla por dos sitios para facilitar la entrada de los confederados.

Conocedores de la traición, el rey y Álvaro de Luna se colocan en la plaza de San Antolín de la villa, esperando la llegada de unos parciales que, sin embargo, no se juntan en demasiado volumen, por lo que parece imposible que sean capaces de enfrentarse a los dos hermanos, Juan y Enrique, que ya están dentro, buscándole. El rey, viéndose perdido, primero ordena a Álvaro de Luna que se ponga a salvo y, después, llama a parlamentar a don Fabrique, el almirante, que está con los aragoneses como sabemos a causa de la mamonada real de haberla tomado con Pero Manrique.

En la reunión de San Antolín se vuelven a decir por ambas partes palabras dulces relacionadas con los íntimos vínculos familiares que tienen todos los presentes de sangre real. Pero los aragoneses, que saben que han ganado, exigen su pieza mayor. Ésta no puede ser la corona y lo saben. Juan II deberá seguir siendo rey. Eso sí, tampoco es que les pueda parecer mala cosa que sigua al frente del país un tipo tan débil e inconsistente. Lo que exigen es una limpieza étnica en la Corte castellana, limpieza de la cual habrán de ser víctimas Álvaro de Luna y sus parciales. En julio de 1441, se pronuncia la sentencia por la cual el condestable queda desterrado durante seis años.

Esta sentencia supone una victoria sin paliativos para el bando aragonés y la prisión de facto del rey castellano en manos de sus captores. Sin embargo, como ya ha ocurrido en el pasado, también tiene sus contravenciones. Como digo, ya hemos tenido ocasión de ver que el único gran problema de los aragoneses no era que no supieran perder; lo que no sabían era ganar. Era la de los infantes de Aragón una alianza coyuntural, totalmente estratégica. Nadie ha pensado seriamente en lo que hay que hacer una vez que se venza. Y a eso hay que añadir el factor de que ya tiene uso de razón (por llamarlo de alguna manera) el príncipe Enrique de Castilla, otro importante marmolillo que añadir al horizonte real español, ya de por sí preñado de ambiciosos, los más de ellos cortos de miras.

De hecho, la sentencia contra el De Luna nunca llega a aplicarse en su totalidad. Según la misma, debía entregar su stronghold de Escalona, cosa que no existe traza que hiciese nunca. Además, también muy pronto reingresan en la Corte algunos de sus allegados, como Alonso Pérez de Vivero; todo ello signo inequívoco de que al bando ganador, ante el Patio de Monipodio en que se ha convertido Castilla bajo su desgobierno, no tienen más remedio que pactar, siquiera parcialmente, con el odioso exiliado. No obstante lo dicho, el bando ganador parece arrepentirse de su propia debilidad y actuar mediante rabotazos violentos, como la detención del propio De Vivero a cuenta de unos presuntos crímenes que habría cometido. Pero estos rabotazos son, precisamente, los que dejan ver su natural dictatorial y colocan a no pocas gentes de Castilla del lado del condestable.

El muñidor de la coalición contra los aragoneses fue el obispo de Ávila, Lope de Barrientos, quien se empeñó en ganar para su causa al príncipe Enrique, y acabó consiguiéndolo. Así, los partidarios del rey reunieron en Burgos más de 7.000 efectivos, y con ellos avanzaron hacia Pampliega, donde estaba acampado el verdadero ejército que sustentaba el poder sobre el rey castellano, que no era otro que el de Juan de Navarra. Cuando el rey norteño tuvo noticia de lo que se le acercaba y echó cuentas de lo que tenía, se dio cuenta de que no podía ganar y, mucho más listo que su hermano Enrique, pasó de mariconadas de encastillarse y tal y, directamente, pasó a Navarra. Pero fue sólo una retirada táctica. En 1445 se concertó en Navarra con su hermano Enrique para formar un ejército y presentar batalla. Entraron en Castilla y se juntaron con sus aliados castellanos: el almirante de Castilla, el conde de Benavente, Pedro Quiñones, merino mayor de Asturias, Juan de Tobar, Rodrigo Manrique, el conde de Castro y otros nobles. Todos juntos tomaron Olmedo.

Para entonces el rey estaba en El Espinar. Cruzó el puerto de Guadarrama y acampó a cosa de kilómetro y medio de Olmedo. Tenía a su lado a su hijo Enrique, a Álvaro de Luna, al conde Alba, Íñigo López de Mendoza, Juan Pacheco, privado del rey, el conde de Haro y Lope de Barrientos, obispo de Ávila.

Don Lope es el listo de esta parte de la Historia. El taimado obispo era la cabeza más dotada para la diplomacia del lado castellano (y del contrario también), como ya ha demostrado ganándose al príncipe Enrique. Cuando, en un consejo, los castellanos le dijeron que esperaban la llegada en unos días del maestre de Alcántara con tropas que harían a los castellanos decididamente superiores (las fuerzas estaban entonces muy igualadas), De Barrientos se ofreció para parlamentar con los aragoneses una falsa salida negociada que los tuviera unos nueve días ocupados. Y así lo hubiera hecho; no sólo les hizo perder el tiempo, sino que consiguió que, durante toda la negociación, estuviesen convencidos de estar prontos a conseguir una solución satisfactoria. La verdad, no debía de costarle mucho al señor obispo amagar con presuntas cesiones del rey Juan II, pues éste había cedido, de verdad, millones de veces ya.

La batalla de Olmedo se produjo, sin embargo, el 19 de mayo de 1445; días antes de lo que cualquiera de los dos bandos hubiese deseado. Lope de Barrientos era un tipo listo pero, claro, tenía que contar con tener en su bando un tonto del culo como Enrique de Castilla. Enriquito El Voluble (marca de la casa) gustaba de dirigir en las pausas de la batalla pequeñas escaramuzas a las que entonces eran muy aficionadas las gentes de armas. Aquel día se acercó a Olmedo para buscar alguna pequeña pelea. Pero se acercó demasiado, lo que generó la sobrerreacción de los que estaban dentro. Cuando Enrique vio que le perseguía gran tropa (unos cien jinetes) salió echando leches hacia su campamento y el rey, al verlo, lo tomó por un ataque en toda regla, con lo que hizo sonar todas las sirenas que aún no se habían inventado.

En la batalla de Olmedo muere uno de los personajes principales de esta historia. De una forma bastante gilipollas, además. Enrique de Aragón recibe un puntazo de espada en una mano. Es curado de urgencia en Olmedo, pero acto seguid, y dado el signo que adoptó la batalla de Olmedo, tiene que salir para Aragón. Mala decisión. Horas y horas cabalgando camino de la patria chica mientras que los microbios hacen su agosto en la palma de su mano. En Calatayud es ya malamente curado, pues la cosa está fea. La herida, teóricamente poca cosa, le cuesta la vida a este maniobrero candidato eterno al poder, rey sin corona, vasallo de nadie.

La misma noche de la batalla ya se sabe que las huestes de Juan y Enrique de Aragón han vuelto grupas hacia el reino de su hermano Alonso. Los castellanos deciden no perseguirlos.

Castilla ha ganado. Los ejércitos castellanos levantan el campo de Olmedo y recalan en Simancas. Allí se hacen planes sobre qué fuerzas enviar para someter los predios de los nobles que se han juntado con los aragoneses en la batalla. Los hombres de Estado de Castilla piensan sólo en pacificar y consolidar el país.

Pero no cuentan con que hay un ambicioso en sus filas.

Aprovechando la noche, y no se sabe muy bien ni por qué ni para qué, el príncipe Enrique se escapa de la Corte.

jueves, marzo 05, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (5)

Pues sí. No resulta exagerado decir que en aquella batalla, cerca de la raya de Aragón, pudo acabarse España como proyecto. Aquel enfrentamiento de armas muy bien pudo haber generado entre castellanos y aragoneses inquina suficiente como para llamarlos en el futuro a seguir destinos distintos, cambiando los mapas de Europa. Y, sin embargo, todo eso lo salvó una mujer. Una mujer llamada María. María de Aragón.

María era hermana del rey castellano Juan y esposa de Alonso. Estaba, pues, en medio. Dicen las crónicas del tiempo que se desplazó al lugar de la batalla «en jornadas no de Reyna, sino de trotero»; lo cual quiere decir, claramente, que fue a toda leche. Una vez que estuvo ahí, pidió una tienda para establecerse y la colocó justo entre los reales de ambos ejércitos, tratando con ello de impedir que se atacasen. Con ese gesto, María de Aragón consiguió detener la batalla y ganar tiempo para trabajarse a su marido y a su hermano, buscando que aceptasen tres condiciones de paz. María se comprometía a conseguir de su hermano que volviese grupas sin hacer guerra, a cambio de que Juan de Navarra no fuese desposeído de sus tierras castellanas y que su hermano Enrique no fuese perseguido.

Hay que decir, no obstante, que aún este acuerdo estuvo a punto de irse al carajo. Ya hemos dicho que Juan II de Castilla era ser voluble y ciclotímico. Todo aquello de Cogolludo y la mediación de su hermana le pilló con el biorritmo empalmado y en fase supermán, así pues no quería oír hablar de nada más que no fuese apiolarse a sus enemigos. Así pues, mientras María negociaba con Álvaro de Luna, el rey, por su cuenta, daba orden a las ciudades fronterizas de hacer la guerra, juntaba un montón de tropas y entraba en Aragón, tomando Ariza y llegándose hasta Calatayud. Sin embargo los aragoneses, sabiendo que había encima de la mesa una propuesta de paz que tampoco estaba tan mal, reaccionaron con inteligencia. Los castellanos pensaban encontrarlos en Ariza dispuestos a la batalla, pero en Ariza no había nadie. Juan II estaba guerreando contra el viento. Así las cosas, Álvaro de Luna y sus generales consiguieron, por fin, convencerlo de que no sería prudente internarse en Aragón, donde podrían ser objeto fácilmente de una celada.

El problema que se planteó de seguido fue el de siempre. Hemos dicho que los aragoneses reaccionaron con inteligencia. Pero nos referíamos a los aragoneses listos, o sea el rey Alonso y el rey Juan de Navarra. Los otros dos, los hermanos Enrique y Pedro, eran mucho más fogosos y gilipollas. Cualquier persona con dos dedos de frente, en esa situación, habiendo estado días atrás frente a una batalla final que afortunadamente no se produjo, habría dejado pasar el tiempo sin dar por culo. No obstante, nada más volver grupas los castellanos, Enrique y Pedro de Aragón tomaron a sus hombres, cruzaron Castilla, se presentaron en Extremadura, y allí se dedicaron al pillaje y la mala leche.

Álvaro de Luna solicitó, y obtuvo, la merced de ser el general que acudiese a las dehesas extremeñas a encenderles el pelo a estos dos reyezuelos sin corona.

Del De Luna se podrán decir muchas cosas; pero una de ellas no es que no dominase los resortes del poder. Con su primer movimiento labró su victoria sobre los dos aragonesitos. Le recordó al rey de Portugal los acuerdos de tregua que tenía firmados con Castilla, lo cual automáticamente secó a los infantes, pues éstos se dedicaban, sobre todo, al robo de ganado, que hacían pasar a Portugal; ahora, en cambio, el rey luso se encargó de que las vacas y los cerdos volviesen a sus propietarios. Álvaro de Luna, mientras tanto, armó su campaña militar, alcanzando a los infantes en Trujillo, de donde salieron con el rabo entre las piernas para refugiarse en Alburquerque. Allí, viéndose más o menos perdidos, los infantes intentaron la jugadita medieval propia del que va perdiendo, y ofrecieron solventar lo problemas mediante un enfrentamiento personal entre ambos infantes, por un lado; y Álvaro de Luna y el conde de Benavente, por otro. Los castellanos aceptaron; pero los infantes nunca encontraron tiempo para organizar definitivamente la pelea. Finalmente llegó el rey, hemos de suponer que con el biorritmo decubito prono, porque se avino a ofrecer a los infantes el perdón si salían del castillo y se rendían. Los aragoneses o eran tan imbéciles como yo me supongo, o no se fiaban de la palabra de los castellanos (y es que cree el ladrón...); pero el caso es que respondieron a la oferta con una salva de disparos. Era el 2 de enero de 1430.

Este episodio de Alburquerque demuestra lo lila que podía llegar a ser Juan II cuando estaba con la ciclotimia en fase recesiva. Lejos de reaccionar llevándose por delante a los que osaban recibirle a arcabuzazos, reiteró su oferta de perdón unos pocos días después, con igual resultado. Y aún así les dio a los infantes 30 días para que se lo pensaran bien.

Volvió el rey a Medina y convocó en consejo a los grandes, a los que ya había comunicado por carta las putadas de los infantes, y entre todos deliberaron que lo mejor era desposeer a toda la familia de sus posesiones castellanas (again). Así pues, las tierras castellanas de Juan de Navarra y Enrique AKA El Acojonao de Alburquerque, fueron repartidas entre los nobles fieles a la corona.

El inteligente Alonso, mucho más dueño de sus tiempos que sus hermanos los echaos p'alante, resolvió en ese momento aprovecharse. De hecho, la guerra entre Castilla y Aragón nunca se había dado por terminada; los castellanos habían vuelto grupas, pero no se había firmado paz alguna. Aprovechando dicha situación, Alonso penetró en Castilla obteniendo algunas conquistas, como Deza. Castilla reaccionó movilizando tropas al mano de Pedro Manrique que entraron en Navarra y tomaron el castillo de Asa. Allí en la raya de Navarra, por cierto, también combatiría, y muy bien, Íñigo López de Mendoza, a quien el personal conoce más por haber sido el primer marqués de Santillana y haber escrito algunos versos que no pueden faltar en un libro de literatura escolar que de tal se precie.

Esto, sin embargo, apenas duró unas semanas. Y es que Alonso de Aragón tenía un problema: la guerra con Castilla no era en modo alguno popular en Aragón. A los aragoneses, los castellanos no les habían hecho nada. Creo que estas notas os habrán podido explicar con bastante claridad que el teatro de las leches no era Aragón, sino Castilla; y venía provocado por el enorme error del anterior rey aragonés de dejar en herencia tierras castellanas a alguno de sus hijos, especialmente el levantisco Enrique. Así pues, en los pueblos de Cataluña, en Valencia, en Baleares, en las montañas oscenses y en las leridanas, no se alcanzaba a entender aquella guerra que, además, era una guerra entre hermanos. Las guerras civiles necesitan de un odio muy neto y muy definido para estallar y durar. No era el caso. Esto Alonso lo supo pronto y, por eso, a finales de julio, acabó por firmar la paz con Castilla, paz en la que se consiguió que los infantes no fuesen perseguidos, pero a cambio de que Aragón se comprometiese a no darles refugio si contravenían las condiciones de la tregua.

Así las cosas, hecha la paz en Castilla, en 1431 los castellanos hicieron guerra al moro, enfrentamiento en el que el principal mojón fue la victoria cristiana de Sierra Elvira. Pero que, sin embargo, no fue efectiva, primero porque los granadinos opusieron más fuerza de la esperada; y, segundo, porque no pocos combatientes castellanos, un poco hasta los huevos de tanta batallita, le dijeron al rey que qué tal si se volvían a casa. Y el rey, al que al parecer le tocaba el Momento Soy Una Mierda, accedió.

¿Hubo respiro? Seldom. Hemos de recordar, en este punto, que Henry & Peter siguen en Alburquerque encastillados. Y no sólo eso; espías castellanos descubren en Lisboa que en Portugal se está buscando mercenarios para ellos. Así pues, de nuevo se envía allí a embajadores para parlamentar. A uno de ellos, el doctor Franco, lo hace preso el infante don Pedro en Alcántara; pero el taimado embajador se las arregla para poner de su parte a las gentes de la orden que lleva el nombre de dicha población y prender él al aragonés. Enrique, en Alburquerque, una vez que supo lo de su hermano, se rinde.

Hemos de consignar aquí otro hecho. Tras su rendición, los infantes se fueron a casita, donde su hermano Alonso se los llevó a Italia a hacer la guerra en defensa de las posesiones aragonesas. Pero aquella guerra fue de puta pena para los españoles. De hecho, en la batalla de la isla de Ponce, las naves de Génova le dieron tal mano de hostias a los aragoneses que apresaron a toda la familia (Juan no estaba) salvo el infante don Pedro, que debía de nadar como un pez.

La pregunta es. Si en ese momento Castilla invade Aragón, ¿exactamente quién le habría presentado oposición? Apenas Juan de Navarra. Y habría perdido, seguro.

¿Por qué Castilla no acabó todo aquello? Pues las hipótesis pueden ser muchas. Lo que yo pienso honradamente es que la fidelidad castellana a las treguas tiene mucho que ver con la visión política moderna, quizá de Álvaro de Luna. Como demostrará bien décadas después la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, la hora en que las naciones se forjaban a fuerza de invasiones había pasado. Las naciones ya no se compraban; se fusionaban. La invasión castellana no habría servido de nada, en realidad. Pero lo que es más que probable es que, además de ser así, alguien en aquel círculo fuese capaz de verlo; lo cual, hay que decirlo, tiene su mérito.

miércoles, marzo 04, 2009

Adivinanza con dos imágenes: la solución

Pues sí. Era fácil. La foto era del bautizo de Francisco Franco y la otra es una copia del pleno que el dictador se marcó en 1967. No es ningún mito y, de hecho, ese boleto estuvo durante mucho tiempo enmarcado y expuesto en el Patronato de Apuestas Mutuas; ahora mismo, ya no sé si lo está. De hecho, es pregunta curiosa si las provisiones de la Ley de la Memoria Histórica le afectan.

Francisco Franco ha sido, probablemente, el jefe de Estado español más futbolero que ha existido nunca. Hay testimonios de que jamás se perdía un partido de fútbol en la tele; y, de hecho, hay quien piensa que su episodio tromboflebítico de 1974 se debió a lo poco que se movió del sillón durante el Mundial de Munich. Como todo españolito que se precie, rellenaba la quiniela. Eso sí, la mayoría las firmaba Francisco Cofrán, por aquello de no ser descubierto.

En la jornada que nos ocupa, un compromiso de la selección española obligó a rellenar el boleto con partidos del scudetto italiano. En realidad, el pleno no fue de 14, sino de 12, porque hubo varios partidos que se aplazaron.

Sabemos que Franco envió a un asistente suyo a cobrar el boleto a toda pastilla.

En fin. Ya he dicho que era fácil. Pero eso no durará. Desde aquí lo digo: pronto, muy pronto, pienso edulcorar vuestras lecturas sobre don Álvaro de Luna con un Spanish Football History Quiz. Avisaos quedáis.

martes, marzo 03, 2009

Adivinanza con dos imágenes

Bueno, esta adivinanza es fácil. O eso creo yo. Al menos, no tiene una pista, sino dos. Quien lo pille por una foto, lo pillará por la otra. Sólo hay que ser observador para pillarlo. Todo está escrito.

Los más talludos de entre los lectores de este blog no tendrán problema en reconocer la primera imagen. Es el resguardo de una quiniela de los antiguos; llevaban una especie de sello que era de diferente color según el tipo de apuesta que hubiera hecho el apostante. Si la leeis con atención, comprobaréis que corresponde a la jornada celebrada el domingo 28 de mayo de 1967.




Esta quiniela guarda una estrecha relación con la foto de aquí abajo. Que se comenta por sí sola. Dos orgullosos padres posando en un estudio de fotografía con su reciente retoño, o tal vez retoña, que yo, por lo menos, por la imagen no sé distinguirlo.


¿Cuál es la relación?

PS1: Esto siempre es discutible. Pero, en mi modesta opinión, el bebé sale a su madre. Salvo en los ojos, que sale a su padre.

PS2: Al loro con el anuncio del Barreiros. ¡Más potente! ¡140 km/h! ¡Wow!

lunes, marzo 02, 2009

Dos gráficos coruñeses

Bueno, como de todos los que pacen por este blog de vez en cuando es sabido que soy coruñés, y dado que ayer hubo elecciones autonómicas en Galicia, parecía casi obligado asomar la manita para decir un par de cosas.

A los gallegos de la diáspora corta no nos queda más remedio que echar cuentas para ligarnos a las autonómicas. Hay que ser gallego de diáspora larga, o sea residir más allá de la raya de Francia, para poder votar. En fin, como decimos en mi tierra, es lo que hay.

Pero, bueno, el caso es que, en cuanto he podido, me he ido a la página de la Xunta para pillar algunos datos electorales. Alquien debería decirle algún día al personal que hace estas webs de información pública tan bonitas que a las personas que gustan de los datos, el Adobe Illustrator, con todos los respetos ante dicho programa, no nos gusta . Pero ná de ná. Los datos hay que darlos en Excel o, mejor, en Access, que es cuando se pueden marear a gusto.

Como no tengo mucho tiempo, me he limitado a echar un vistazo a la provincia de La Coruña, o sea la mía; limitándome, asimismo, al voto mayoritario, es decir PP, PSOE y BNG. Lo que he hecho ha sido clasificar los municipios coruñeses por tamaño (voto escrutado) en percentiles. O sea: he hecho cien montoncitos. Una vez que he hecho eso, he visto cuáles son los votos conseguidos por las tres formaciones en dichos percentiles.

Tal y como cabía imaginar, el PP supera el 50% del voto mayoritario en la mayoría de los percentiles, aunque su posición tiende a ser más débil cuanto más grande es la población. Tanto el Bloque Nacionalista como el PSOE, aunque yo diría que en mayor medida el primero, tienen una posición muy elevada en los pueblos de más pequeño tamaño.

Pero lo que a mí me llama más la atención de este gráfico es un dato: cada vez que la brecha entre el PP y sus perseguidores se ensancha más, cosa que ocurre sobre todo una vez superada la segunda décila y la mediana, parece que se aprecia un acercamiento entre PSOE y BNG o, si se quiere ver coloquialmente, un enfrentamiento cainita por el voto de izquierdas. Da la sensación, por lo tanto, de que, allí donde el liderazgo de la izquierda coruñesa está más en cuestión; o, si se prefiere, allí donde el BNG consigue acariciar el sueño de ser alternativa líder de izquierdas al PSOE, el PP se beneficia obteniendo sus mejores tasas.

Otro grafiquín:

La diferencia de votos obtenidos por el PP sobre la suma de PSOE y BNG, medida como porcentaje sobre el total de votos de las tres formaciones, es especialmente elevada en las poblaciones más pequeñas y, otra vez, entre las medianas. A partir, aproximadamente, de la mediana, desciende hasta hacerse prácticamente inapreciable en la cola de la distribución. En las ciudades más grandes, y especialmente en La Coruña, los adultos que han votado se han distribuido, fifty-fifty, entre izquierda y derecha. Pero, quizá, ha habido visiones que han tendido a cometer un error muy común entre los que vivimos en ciudades grandes: pensar que todo el mundo es nosotros o que, por lo menos, es como nosotros.

Esto es Galicia, señores. Son las villas que ni suben ni bajan, las ciudades que no son ni grandes, ni pequeñas, las que han decidido quién se sentaba en la Xunta.

¿Lo hice bien, Wonka? :-D

Álvaro de Luna, o el parto de España (4)

Bueno, pues ya tenemos a nuestro buen condestable de Castilla desterrado y muerto políticamente. Sin embargo, Álvaro de Luna no es alguien a quien podamos dar de lado fácilmente, pues sus aptitudes para la política son innegables. Un político inteligente sabe dar pasos atrás para conseguir pasos adelante. El de Luna llevaba años comiéndole la oreja al rey desde que era un niño y es muy probable que calculase que una derrota parcial, lejos de hundirle, lo que haría, a la larga, es favorecerle. El rey castellano, tras su destierro, quedaba en manos de gentes en las que no confiaba y a las que sabía seriamente comprometidas con el otro gran poder operante en la península, que era la corona de Aragón. Así las cosas, falto del consejo de su hombre de confianza, no tardó en echarlo de menos.

Aunque el destierro incluía la obligación de permanecer ajeno al rey, es más que posible que, entre gentes notables, el valido se las ingeniase para hacer llegar su criterio al monarca. Esto, a mi modo de ver, es posible imaginarlo dado el cambio de humor que se produjo en el monarca respecto de los infantes de Aragón. Juan II siempre había tenido inquina hacia Enrique, quien, como hemos visto, era el más brutote, el más echado para delante de los tres hermanos. Juan, en cambio, era más taimado y negociador; como buen político, y lo era en grado superlativo, dominaba el arte del disimulo. Sin embargo, si para algo había servido el affaire de la expulsión del condestable, era para desenmascararlo. Después de aquello, el rey castellano ya no volvió a confiar en Juan de Navarra.

Pero no fue ésa la única fuerza centrífuga que se presentó. Porque en política hay que saber perder pero, sobre todo, hay que saber ganar y administrar la victoria. Los infantes habían ganado pero, la verdad, ganar y empezar a enfrentarse entre ellos, fue todo uno. Álvaro de Luna, desterrado en Ayllón, dejaba que creciese su imagen como personaje más allá de esos enfrentamientos y con capacidad de convicción en la Corte, con lo que las diferentes capillas lo buscaron para ganárselo.

Los enfrentamientos entre las facciones de Enrique y Juan de Aragón, unidas al hecho de que la de gobernar no era la principal habilidad del rey Juan, sumieron Castilla en cierto caos; lo suficientemente grave como para que, finalmente, los mismos que habían pedido el apartamiento de Álvaro de Luna, solicitasen su rehabilitación. Que el de Luna esperaba esta jugada lo demuestra el hecho de que hasta tres veces se negó a volver. Volvemos pues, como en el lejano caso del casorio amañado, a encontrarnos con el perfil del hombre decidido que resiste las mayores tentaciones.

Como Roma no paga traidores, lo primero que hizo Álvaro de Luna nada más regresar a la diestra del rey fue convencerle de algo por otra parte obvio: un reino sólo tiene un rey y lo que no puede ser es que haya dos en uno y ninguno en otro. La crítica iba por Juan de Navarra, el cual se había asentado en Castilla como si fuese su casa. Así que el rey castellano acabó por indicarle amablemente a su cuñado la puerta que llevaba al norte.

Estamos en 1429. Si las condiciones geopolíticas de la península ibérica hubiesen sido otras, tal vez hoy estaríamos estudiando que no más tarde de 1460, o bien el propio rey Juan o bien su hijo Enrique perpetraron la toma de Granada. Las cosas con el moro estaban agraces, los musulmanes debilitados y dando sus últimas boqueadas en España, y las armas de Castilla ya forjadas para la empresa. Pero, tal es la tesis que trato de demostraros con estas notas, España estaba de parto y apenas se le veía la cabeza al bebé saliendo. Antes de culminar la Reconquista, era necesario consolidar el proyecto nacional. Eso, 63 años antes de la toma de Granada, no estaba hecho ni de lejos. Álvaro de Luna, en 1429, esperaba el fin de las treguas con los moros para emprenderla contra ellos. Pero no fue contra Granada contra quien haría guerra.

Castilla, Aragón y Navarra acordaron un pacto de paz perpetua. Los castellanos, que algo se olerían, dijeron que no se conformaban con que por parte de Aragón firmase un plenipotenciario. Querían la firma del mismo Alonso en el papel. Para ello, enviaron al oídor Gómez Franco a Zaragoza para que exigiese la firma. El rey Alonso tuvo a este ilustre visitante con él varias semanas, pretextando historias pero sin firmar. Finalmente, cuando siguiendo instrucciones de la Corte castellana Gómez Franco exigió la inmiediata firma, Alonso se negó a hacerlo. Este detalle hizo bien evidente para Álvaro de Luna que, con toda probabilidad, Aragón y Navarra se habían concertado para atacar a Castilla. Algunos movimientos lo dejaron más claro aún en forma de acciones por parte de nobles castellanos en realidad acordados con los infantes; así, el conde de Castro, declarado enemigo del rey castellano, quien tomó y abasteció Peñafiel, donde se reunió con Pedro de Aragón, el tercer infante.

Álvaro de Luna juntó 2.000 lanzas con la intención de ir a la raya de Aragón para contener la entrada de las tropas enemigas. Por el camino, sentó sus reales en Rábano, muy cerca de Peñafiel, forzando la rendición de la plaza. Por esos días, por cierto, Garci Manrique, un enriquista confeso, hizo juramento solemne de fidelidad al rey castellano, en su nombre y en el del infante aragonés; lo que resulta increíble es que el rey todavía diese credibilidad a las promesas de tamaño chaquetero.

Las crónicas de la época nos dicen que el ejército navarroaragonés se estableció «cerca de la Huerta hariza»; lo cual, más que probablemente, serán los campos que rodean la actual villa de Ariza, muy cerquita de Santa María de Huerta. Los castellanos pararon en Almazán. Visto lo visto, los invasores cortaron por Hita, tratando de esquivar el ejército castellano, pero éste los avistó en Cogolludo. La armada aragonavarra estaba en cierta inferioridad de condiciones, algo que intentó equilibrar Enrique uniéndoseles, apenas días después de haberle jurado fidelidad al que estaba enfrente.

El listo en esta operación fue Álvaro de Luna. Y el tonto Alonso de Aragón. Cuesta creer que un hombre tan avezado en hechos de armas como él, que tenía los huevos pelados de luchar en Nápoles, cometiese la gilipollez que cometió. Por no ser avistado en Ariza hizo el quiebro de Hita que queda contado; pero haciendo eso, se internó en Castilla. Visto lo visto, el condestable situó sus ejércitos entre el enemigo y la raya de Aragón. Esto situó a los aragoneses y navarros ante la gran putada guerrera que vivirían otros generales, como Hitler o Napoleón: lo importante no es avanzar, sino ser capaz de seguir avanzando. Tan importante en la guerra es tener espadas como tener bocadillo para que se los zampe el que lleva la espada; y cuanto más está uno en tierra extraña, más difícil se le hace allegar esos pertrechos. El 19 de julio de 1429, los aragoneses decidieron pelear contra los castellanos, a pesar de su inferioridad; se dieron cuenta de que el tiempo jugaba en su contra y necesitaban provocar las hostias lo antes posible.

Mascándose ya la batalla, llegó la mediación eclesial. La Iglesia, en ese momento tan comprometido, supo jugar el papel que le correspondía de institución representativa de la embrionaria unión de la patria. Ya sé que estos discursos que ligan lo español con el catolicismo suenan rancios. Pero es que no es lo mismo que diga cosa tal, un suponer, José Antonio Primo de Rivera en el siglo XX, que el cardenal Fox en el XV. 500 años antes, la fuerza moral eclesial existía, pues todas las coronas eran católicas. Y todos parecían ser conscientes del peligro que traía prendida una guerra abierta entre castellanos y aragoneses, que no era otro que la ruptura de España y un destino histórico en el que ambos pueblos vivirían avecindados pero tan ajenos como hemos vivido, y seguimos viviendo, hispanos y lusos.

In extremis, los curas arrancaron de ambas partes el compromiso de un último parlamento. Éste se llevaría a cabo entre Enrique de Aragón y el adelantado Pero Manrique. La elección de los contertulios lo dice todo; no son, ninguno de los dos, personajes principales de la trama. Eso nos habla de lo enconadas y difíciles que estaban las posturas.

El diálogo, tal y como lo recoge la Historia, fue éste [coloco entre corchetes una traducción libre actual]:

ENRIQUE: Maldito sea aquél por quien tanto mal ha venido [Me cago en la puta madre que parió al Álvaro de Luna éste de los huevos].

PERO: Señor, así plega a Dios [es lo que hay, julay].

ENRIQUE: No perdamos tiempo: ved si hay algún remedio porque España no perezca el día de hoy.

PERO: Señor, sabe Dios quel condestable é nosotros queríamos servir á vosotros guardando el servicio del Rey nuestro señor; pero pues así vos plugo de nos venir á buscar, forzado es que nos defendamos [Aquí, macho, el que ha faltado a su palabra eres tú; y ya va siendo hora de que te demos una buena mano de hostias], é si no venciéremos, mucha merced nos hará Dios; é si la muerte pasáremos, nuestras ánimas serán en gloria, muriendo por servicio de Dios y de nuestro Rey, y en defensa de sus Reynos [y para qué pactar; cualquier cosa que pase porque mandéis vosotros nos la suda].

ENRIQUE: Pues que así es, pártalo Dios como a él le placerá [pues si a vosotros os la suda, no te digo a nosotros].

La entrevista, la leais en español medieval o en idioma malsonante jotadejotajiano, siempre os dará el mismo resultado: ninguno. Así pues, estaba escrito que, al amanecer del siguiente día, España habría de partirse en dos, quizá para siempre.

La cosa estaba tan jodida que ya ni la Iglesia podía arreglarla. Ya sólo quedaba una esperanza.



La mujer.

viernes, febrero 27, 2009

Rizar el rizo futbolero: la solución


Bueno, pues éste es el equipo de marras. De izquierda a derecha: Blasco, Zubieta, Muguerza, Lángara, Cilaurren, Egusquiza, Barcos, Roberto, Larrinaga, Aedo, Gorostiza y Areso.

Estos jugadores eran el tronco de la selección de Euskadi. Un equipo que, como os dije, hoy sigue existiendo; aunque en realidad no existe, porqueno tiene presencia federativa como para jugar competiciones internacionales.

El 24 de abril de 1937, apenas unas semanas antes de la caída definitiva del País Vasco en manos de franco, la denominada selección de la República de Euskadi tomó un avión con dirección hacia París, con la intención de hacer una gira que tenía tanto de política como de deportiva. En Francia no se les permitió jugar (cosas de la neutralidad), así que salieron hacia Checoslovaquia, donde sí jugaron varios partidos. Luego jugaron en Polonia, aunque al menos un partido previsto fue suspendido por presiones del gobierno alemán, hemos de suponer que conchabado con Franco.

Luego pasaron a Rusia, donde fueron muy bien recibidos y luego a Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca. En Copenhague, por cierto, se produjo la anécdota que vivimos hace bien poco en una competición de tenis, sólo que al revés. Hace cosa de un par de años, en un enfrentamiento de Copa Davis en Australia, hubo un error y, a la hora de tocar el himno español, los australianos tocaron el himno de Riego (el republicano). Pues bien: en Dinamarca lo que le tocaron a la selección de Euskadi fue... ¡la Marcha Real! O sea, el himno de España actual, entocnes himno de los franquistas. Se desconoce que si los jugadores vascos lo corearon a golpe de «Lo lo, lo lo , lo lo...»

Después de eso consiguieron jugar en Francia. Durante una serie de viajes sin partidos que hicieron después, fueron contactados por los franquistas, ofreciéndoseles desertar y pasar al bando nacional. Dos miembros de la expedición se apuntaron.

Después, a las Américas. Recalan y juegan en México, luego en Argentina. Luego jugaron en Chile y atravesaron el continente en tren hasta Centroamérica. Jugaron más de dos meses en Cuba e, inmediatamente después, regresaron a México, donde, y a causa de los problemas que estaba causando Franco con la FIFA y la connivencia prorrepublicana del país, se convirtieron en un equipo mexicano que jugó la liga del país 1938-1939, en la que quedaron segundos.

La mayoría de los jugadores que veis en la foto o que jugaron con el equipo no regresó a España. Ficharon por equipos mexicanos o argentinos. Así, Zubieta, Iraragorri, Emilín y Lángara ficharon por el San Lorenzo de Almagro; Areso fichó por el Racing de Avellaneda; Blasco, Aedo y Cilaurren ficharon por el River Plate. Eso sí, Lángara regresó a España en 1946, fichando por el Oviedo; y Zubieta, en 1953, fichó por el mejor equipo de España.

jueves, febrero 26, 2009

Rizar el rizo furbolero

De Historia sólo saben un par de mataos. Pero de fúbol sabe todo dios. Entre eso y que los lectores de estas adivinanzas han demostrado ya suficientemente que pueden con todo, no tengo muchas esperanzas de pillaros. Pero, bueno, por intentarlo que no quede.

Fútbol, pues. El deporte patrio. Un deporte en el que hemos hecho casi de todo, salvo ganar el mundial (aunque todo se andará). Las salas de trofeos de nuestros equipos son auténticos museos y a algunos de ellos no hay quien les supere. El Madrid es, dicen, el mejor equipo de la Historia. El Barcelona es un club que es más que un club (para lo cual tiene la ventaja de estar radicado en una ciudad que también es bastante más que una ciudad). El Valencia da miedo (o eso dicen los valencianistas). El Atlético de Madrid es una forma de entender la vida. Como el Athletic de Bilbao. El español medio puede no tener preferencias musicales, o cinéfilas, o políticas. Pero, sin dudarlo, tiene un equipo de sus amores. Yo recuerdo mi niñez coruñesa, en la que vivía al lado de la playa de Riazor. Fueron años en los que el Atlético de Madrid jugó varios torneos Teresa Herrera, en medio de la canícula veraniega. Y veía a los atléticos que, en la mañana, bajaban a la playa, plantaban sus sillas y, antes de sentarse en bañador en ellas a mirar el mar, plantaban en la arena, a su lado, la bandera rojiblanca.

El fútbol es una obsesión poliédrica, tan fácil de entender como inaprehensible. Sólo hay dos tipos de homo sapiens: el bético, y el sevillista. Si en Sevilla se encuentra uno solo que escape a esta taxonomía, ello servirá para demostrar que los extraterrestres existen.

He dicho: nuestros equipos patrios han hecho de todo. Y sé lo que escribo. Porque hay uno, uno solo que yo sepa, que ha conseguido rizar el rizo de lo imposible y participar, qué digo participar, quedar segundo, en una liga extranjera. Muy extranjera (y esto es una pista; la cosa no tiene nada que ver ni con Andorra, ni con Gibraltar, ni con cosas de ésas).

De vosotros espero que seais capaces de decirme cuál.

¿Pista? Bueno, os daré una un poco a lo oráculo de Delfos. Ese equipo existe aún en la actualidad; aunque, en realidad, no existe.

martes, febrero 24, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (3)

La defección y teórico control del infante Enrique de Aragón llevó a Castilla al convencimiento de que acababa de resolver el problema del incómodo vecino. Sin embargo, éste sólo era un espejismo que tendía a olvidar, con excesiva facilidad, cómo la casa real aragonesa establecía, dentro ya de los cánones de la política renacentista, una tupida tela de araña de poderes; una auténtica estrategia moderna de poder y penetración de la que se considera representante canónico a Fernando de Aragón, el marido de Isabel; consideración que, en mi opinión, es notablemente injusta con su padre Juan, de quien tendremos ocasión de hablar en estas notas.

Enrique estaba vencido, sí. Pero Juan, merced a su boda, ascendería a la categoría de rey consorte de Navarra, la tercera gran pieza del futuro puzzle español. La familia, además, tenía colocada a María, otra hermana, en el tálamo del variable Juan II de Castilla; y muy pronto, a través de otra hermana, Leonor, pondría una pica importante casándola con el rey de Portugal. En otras palabras, en aquella península ibérica, si se hablaba de legitimidad estricta, nadie discutía que Juan de Castilla era la hostia más hostia de todas las hostias. Pero, cuando la cosa iba de juntar parientes, los aragoneses le montaban al castellano un cuatripartito (Aragón, la corona consorte de Navarra, el princesado de Castilla y el de Portugal) que haría a cualquier persona medianamente lista dudar de esa pretendida prelación castellana.

Alonso, rey de Aragón, fue requerido por los castellanos para que entregase a los conjurados proenriquistas que habían huido a sus predios. El rey aragonés, no obstante, se negó, pretextando que sus fueros otorgaban a aquellas gentes plena cobertura (o sea, que no había tratado de extradición entre Aragón y Castilla) y ofreciéndose a entrar en Castilla para parlamentar con el castellano la situación. Eso sí, quería entrar armado y protegido pues, decía, en Castilla había gentes principales que querían matarlo. Para mostrarle los dientes al rey aragonés en este movimiento fue por lo que el monarca castellano se dirigió a Palenzuela con un huevo de paracaidistas y toda la artillería pesada que pudo juntar. Pero estando en Palenzuela ocurrió algo que ya hemos anunciado y que estaba destinado a cambiar radicalmente el mapa político de la zona: muerto el rey don Carlos de Navarra, Juan de Aragón heredó el mando en aquella nación.

El hecho de que Juan de Aragón se encuentre al frente de un reino y con Corte propia cambió radicalmente su actitud hacia su hermano Fernando. Si hasta entonces lo hemos visto enfrentado a él, juntando hombres de armas en Olmedo con la declarada intención de introducírselos a su hermanito, uno por uno, por el ano, ahora Juan se da cuenta de que, con su nueva posición, le trae más a cuenta aliarse con sus hermanos el rey de Aragón y el tocahuevos de Castilla. ¿Por qué? Pues porque, como explicamos en la primera toma de estas notas, Juan de Aragón, como Enrique, tenía enormes, pero enormes, intereses en Castilla, y de Juan II/Álvaro de Luna tiene la sensación, probablemente cierta, de que no va a sacar mucho. Pero sin embargo, de su derrotado hermano, derrotado y ávido de aliados, sí puede obtener compromisos jugosos.

Y, además, aunque eso en el Renacimiento no signifique gran cosa, son hermanos. Verde y con asas, pues.

De todas estas cosas, Juan de Castilla ni se cosca; y Álvaro de Luna, lejos de coscarse, está encantado con ellas, por confiar todavía en la confluencia de pareceres entre los dos juanes. Llegados a Palenzuela los embajadores, se le insta al rey castellano a liberar al infante Enrique, cosa que él acepta siempre y cuando el hasta ahora prisionero caiga en manos de un hombre bueno. Y es que aún confía en Juan de Aragón. Mala decisión. Tanto confiaban en él que, en realidad, en las negociaciones Juan de Navarra tuvo amplias representaciones del rey castellano, que utilizó, por cierto, para levantar embargos sobre bienes de su hermano.

Enrique fue liberado de su prisión en Mora. En la puerta se encontró con su hermano Juan y juntos cabalgaron hasta Tarazona, donde les esperaba su otro hermano, Alonso.

Perpetrado el engaño, los florentinos estadistas aragoneses se quitaron la careta y fueron a por el objetivo que en el fondo seguían, que no era otro que Álvaro de Luna.

Hallándose la corte en Zamora, en 1427, la situación se hizo explosiva. Los infantes afloraron su animadversión hacia el condestable, sin recato. Las resistencias de la Corte se hicieron tan fuertes que en dos meses fue imposible celebrar un solo consejo de notables. Allí estaba Juan de Navarra. Álvaro de Luna y los suyos se negaban a ir al palacio que ocupaba el rey navarro, por puro miedo a ser asesinados allí. Las pocas reuniones informales que hubo tuvieron que celebrarlas en el puto campo.

¿Quién falta en la historia? Pues quién va a faltar: el tocacojones. Kike Balls-Living Fly, que está en Ocaña quieto y parado por orden del rey castellano, lo cual significa que, en teoría, no puede moverse de ahí sin permiso, le hace una higa (una más) a la orden y se dirige a Zamora para presionar a Juan II. El rey castellano es, no lo olvidemos, el Centinela de Occidente peninsular del momento. Se le reconoce prevalencia y poder, siquiera teórico. Eso obliga mucho. Obliga, por ejemplo, a decirle a su vasallo que se esté quieto y que, si no se está quieto, lo va a sentir. Pero nada de eso hizo el debilucho Juan, no sabemos si siguiendo consejos de su condestable o a pesar de ellos. En lugar de plantar cara a Enrique, lo que hace es moverse de Zamora a Valladolid; un movimiento que se parece al de mi perro cuando no quiere salir a la calle y mete la cabeza debajo de las patas delanteras, como diciendo: «ya no estoy». Juan y Enrique, los dos hermanos, que ven a la pieza débil, se hacen un guiño y se dirigen los dos a la ciudad castellana.

Desde las cercanías de Valladolid, le mandan una carta a Juan II indicando que todo el problema es Álvaro de Luna y su excesivo poder en la Corte. Órdago a pares, pues.

¿Se negó el rey? ¿Dijo el rey aquí mando yo y se hace lo que yo digo? Pues va a ser que no. Para que luego digan los que, probablemente por saber apenas un par de cositas de una Historia que es muy compleja, venden la idea de una Castilla eternamente orgullosa y dominanta, aquí tenemos al rey castellano envainándosela por fases. La primera fase es admitir que eso que dicen los infantes es negociable. La segunda es no dirimir la negociación. La tercera es nombrar un tribunal arbitral para que decida. La cuarta es admitir una composición para el tribunal susceptible de decidir contra los deseos del rey (Luis de Guzmán, maestre de Calatrava; Pero Manrique; Fernán Alonso de Robles y Alonso Enríquez; con el prior del monasterio de San Benito, donde se reunieron, como último voto de calidad si no llegaban a un acuerdo).

En justicia hay que decir que este tribunal estaba teóricamente equilibrado, pues los dos primeros miembros eran partidarios del infante y los dos segundos del de Luna. Pero lo que también es un hecho es que, reunidos, votan por unanimidad (incluyendo al prior) por la expulsión de Álvaro de Luna de la Corte.

La estella del condestable se había apagado. Pero sólo por el momento.

No hemos dicho, ni de coña, la última palabra de esta historia.