lunes, marzo 02, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (4)

Bueno, pues ya tenemos a nuestro buen condestable de Castilla desterrado y muerto políticamente. Sin embargo, Álvaro de Luna no es alguien a quien podamos dar de lado fácilmente, pues sus aptitudes para la política son innegables. Un político inteligente sabe dar pasos atrás para conseguir pasos adelante. El de Luna llevaba años comiéndole la oreja al rey desde que era un niño y es muy probable que calculase que una derrota parcial, lejos de hundirle, lo que haría, a la larga, es favorecerle. El rey castellano, tras su destierro, quedaba en manos de gentes en las que no confiaba y a las que sabía seriamente comprometidas con el otro gran poder operante en la península, que era la corona de Aragón. Así las cosas, falto del consejo de su hombre de confianza, no tardó en echarlo de menos.

Aunque el destierro incluía la obligación de permanecer ajeno al rey, es más que posible que, entre gentes notables, el valido se las ingeniase para hacer llegar su criterio al monarca. Esto, a mi modo de ver, es posible imaginarlo dado el cambio de humor que se produjo en el monarca respecto de los infantes de Aragón. Juan II siempre había tenido inquina hacia Enrique, quien, como hemos visto, era el más brutote, el más echado para delante de los tres hermanos. Juan, en cambio, era más taimado y negociador; como buen político, y lo era en grado superlativo, dominaba el arte del disimulo. Sin embargo, si para algo había servido el affaire de la expulsión del condestable, era para desenmascararlo. Después de aquello, el rey castellano ya no volvió a confiar en Juan de Navarra.

Pero no fue ésa la única fuerza centrífuga que se presentó. Porque en política hay que saber perder pero, sobre todo, hay que saber ganar y administrar la victoria. Los infantes habían ganado pero, la verdad, ganar y empezar a enfrentarse entre ellos, fue todo uno. Álvaro de Luna, desterrado en Ayllón, dejaba que creciese su imagen como personaje más allá de esos enfrentamientos y con capacidad de convicción en la Corte, con lo que las diferentes capillas lo buscaron para ganárselo.

Los enfrentamientos entre las facciones de Enrique y Juan de Aragón, unidas al hecho de que la de gobernar no era la principal habilidad del rey Juan, sumieron Castilla en cierto caos; lo suficientemente grave como para que, finalmente, los mismos que habían pedido el apartamiento de Álvaro de Luna, solicitasen su rehabilitación. Que el de Luna esperaba esta jugada lo demuestra el hecho de que hasta tres veces se negó a volver. Volvemos pues, como en el lejano caso del casorio amañado, a encontrarnos con el perfil del hombre decidido que resiste las mayores tentaciones.

Como Roma no paga traidores, lo primero que hizo Álvaro de Luna nada más regresar a la diestra del rey fue convencerle de algo por otra parte obvio: un reino sólo tiene un rey y lo que no puede ser es que haya dos en uno y ninguno en otro. La crítica iba por Juan de Navarra, el cual se había asentado en Castilla como si fuese su casa. Así que el rey castellano acabó por indicarle amablemente a su cuñado la puerta que llevaba al norte.

Estamos en 1429. Si las condiciones geopolíticas de la península ibérica hubiesen sido otras, tal vez hoy estaríamos estudiando que no más tarde de 1460, o bien el propio rey Juan o bien su hijo Enrique perpetraron la toma de Granada. Las cosas con el moro estaban agraces, los musulmanes debilitados y dando sus últimas boqueadas en España, y las armas de Castilla ya forjadas para la empresa. Pero, tal es la tesis que trato de demostraros con estas notas, España estaba de parto y apenas se le veía la cabeza al bebé saliendo. Antes de culminar la Reconquista, era necesario consolidar el proyecto nacional. Eso, 63 años antes de la toma de Granada, no estaba hecho ni de lejos. Álvaro de Luna, en 1429, esperaba el fin de las treguas con los moros para emprenderla contra ellos. Pero no fue contra Granada contra quien haría guerra.

Castilla, Aragón y Navarra acordaron un pacto de paz perpetua. Los castellanos, que algo se olerían, dijeron que no se conformaban con que por parte de Aragón firmase un plenipotenciario. Querían la firma del mismo Alonso en el papel. Para ello, enviaron al oídor Gómez Franco a Zaragoza para que exigiese la firma. El rey Alonso tuvo a este ilustre visitante con él varias semanas, pretextando historias pero sin firmar. Finalmente, cuando siguiendo instrucciones de la Corte castellana Gómez Franco exigió la inmiediata firma, Alonso se negó a hacerlo. Este detalle hizo bien evidente para Álvaro de Luna que, con toda probabilidad, Aragón y Navarra se habían concertado para atacar a Castilla. Algunos movimientos lo dejaron más claro aún en forma de acciones por parte de nobles castellanos en realidad acordados con los infantes; así, el conde de Castro, declarado enemigo del rey castellano, quien tomó y abasteció Peñafiel, donde se reunió con Pedro de Aragón, el tercer infante.

Álvaro de Luna juntó 2.000 lanzas con la intención de ir a la raya de Aragón para contener la entrada de las tropas enemigas. Por el camino, sentó sus reales en Rábano, muy cerca de Peñafiel, forzando la rendición de la plaza. Por esos días, por cierto, Garci Manrique, un enriquista confeso, hizo juramento solemne de fidelidad al rey castellano, en su nombre y en el del infante aragonés; lo que resulta increíble es que el rey todavía diese credibilidad a las promesas de tamaño chaquetero.

Las crónicas de la época nos dicen que el ejército navarroaragonés se estableció «cerca de la Huerta hariza»; lo cual, más que probablemente, serán los campos que rodean la actual villa de Ariza, muy cerquita de Santa María de Huerta. Los castellanos pararon en Almazán. Visto lo visto, los invasores cortaron por Hita, tratando de esquivar el ejército castellano, pero éste los avistó en Cogolludo. La armada aragonavarra estaba en cierta inferioridad de condiciones, algo que intentó equilibrar Enrique uniéndoseles, apenas días después de haberle jurado fidelidad al que estaba enfrente.

El listo en esta operación fue Álvaro de Luna. Y el tonto Alonso de Aragón. Cuesta creer que un hombre tan avezado en hechos de armas como él, que tenía los huevos pelados de luchar en Nápoles, cometiese la gilipollez que cometió. Por no ser avistado en Ariza hizo el quiebro de Hita que queda contado; pero haciendo eso, se internó en Castilla. Visto lo visto, el condestable situó sus ejércitos entre el enemigo y la raya de Aragón. Esto situó a los aragoneses y navarros ante la gran putada guerrera que vivirían otros generales, como Hitler o Napoleón: lo importante no es avanzar, sino ser capaz de seguir avanzando. Tan importante en la guerra es tener espadas como tener bocadillo para que se los zampe el que lleva la espada; y cuanto más está uno en tierra extraña, más difícil se le hace allegar esos pertrechos. El 19 de julio de 1429, los aragoneses decidieron pelear contra los castellanos, a pesar de su inferioridad; se dieron cuenta de que el tiempo jugaba en su contra y necesitaban provocar las hostias lo antes posible.

Mascándose ya la batalla, llegó la mediación eclesial. La Iglesia, en ese momento tan comprometido, supo jugar el papel que le correspondía de institución representativa de la embrionaria unión de la patria. Ya sé que estos discursos que ligan lo español con el catolicismo suenan rancios. Pero es que no es lo mismo que diga cosa tal, un suponer, José Antonio Primo de Rivera en el siglo XX, que el cardenal Fox en el XV. 500 años antes, la fuerza moral eclesial existía, pues todas las coronas eran católicas. Y todos parecían ser conscientes del peligro que traía prendida una guerra abierta entre castellanos y aragoneses, que no era otro que la ruptura de España y un destino histórico en el que ambos pueblos vivirían avecindados pero tan ajenos como hemos vivido, y seguimos viviendo, hispanos y lusos.

In extremis, los curas arrancaron de ambas partes el compromiso de un último parlamento. Éste se llevaría a cabo entre Enrique de Aragón y el adelantado Pero Manrique. La elección de los contertulios lo dice todo; no son, ninguno de los dos, personajes principales de la trama. Eso nos habla de lo enconadas y difíciles que estaban las posturas.

El diálogo, tal y como lo recoge la Historia, fue éste [coloco entre corchetes una traducción libre actual]:

ENRIQUE: Maldito sea aquél por quien tanto mal ha venido [Me cago en la puta madre que parió al Álvaro de Luna éste de los huevos].

PERO: Señor, así plega a Dios [es lo que hay, julay].

ENRIQUE: No perdamos tiempo: ved si hay algún remedio porque España no perezca el día de hoy.

PERO: Señor, sabe Dios quel condestable é nosotros queríamos servir á vosotros guardando el servicio del Rey nuestro señor; pero pues así vos plugo de nos venir á buscar, forzado es que nos defendamos [Aquí, macho, el que ha faltado a su palabra eres tú; y ya va siendo hora de que te demos una buena mano de hostias], é si no venciéremos, mucha merced nos hará Dios; é si la muerte pasáremos, nuestras ánimas serán en gloria, muriendo por servicio de Dios y de nuestro Rey, y en defensa de sus Reynos [y para qué pactar; cualquier cosa que pase porque mandéis vosotros nos la suda].

ENRIQUE: Pues que así es, pártalo Dios como a él le placerá [pues si a vosotros os la suda, no te digo a nosotros].

La entrevista, la leais en español medieval o en idioma malsonante jotadejotajiano, siempre os dará el mismo resultado: ninguno. Así pues, estaba escrito que, al amanecer del siguiente día, España habría de partirse en dos, quizá para siempre.

La cosa estaba tan jodida que ya ni la Iglesia podía arreglarla. Ya sólo quedaba una esperanza.



La mujer.