jueves, marzo 05, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (5)

Pues sí. No resulta exagerado decir que en aquella batalla, cerca de la raya de Aragón, pudo acabarse España como proyecto. Aquel enfrentamiento de armas muy bien pudo haber generado entre castellanos y aragoneses inquina suficiente como para llamarlos en el futuro a seguir destinos distintos, cambiando los mapas de Europa. Y, sin embargo, todo eso lo salvó una mujer. Una mujer llamada María. María de Aragón.

María era hermana del rey castellano Juan y esposa de Alonso. Estaba, pues, en medio. Dicen las crónicas del tiempo que se desplazó al lugar de la batalla «en jornadas no de Reyna, sino de trotero»; lo cual quiere decir, claramente, que fue a toda leche. Una vez que estuvo ahí, pidió una tienda para establecerse y la colocó justo entre los reales de ambos ejércitos, tratando con ello de impedir que se atacasen. Con ese gesto, María de Aragón consiguió detener la batalla y ganar tiempo para trabajarse a su marido y a su hermano, buscando que aceptasen tres condiciones de paz. María se comprometía a conseguir de su hermano que volviese grupas sin hacer guerra, a cambio de que Juan de Navarra no fuese desposeído de sus tierras castellanas y que su hermano Enrique no fuese perseguido.

Hay que decir, no obstante, que aún este acuerdo estuvo a punto de irse al carajo. Ya hemos dicho que Juan II de Castilla era ser voluble y ciclotímico. Todo aquello de Cogolludo y la mediación de su hermana le pilló con el biorritmo empalmado y en fase supermán, así pues no quería oír hablar de nada más que no fuese apiolarse a sus enemigos. Así pues, mientras María negociaba con Álvaro de Luna, el rey, por su cuenta, daba orden a las ciudades fronterizas de hacer la guerra, juntaba un montón de tropas y entraba en Aragón, tomando Ariza y llegándose hasta Calatayud. Sin embargo los aragoneses, sabiendo que había encima de la mesa una propuesta de paz que tampoco estaba tan mal, reaccionaron con inteligencia. Los castellanos pensaban encontrarlos en Ariza dispuestos a la batalla, pero en Ariza no había nadie. Juan II estaba guerreando contra el viento. Así las cosas, Álvaro de Luna y sus generales consiguieron, por fin, convencerlo de que no sería prudente internarse en Aragón, donde podrían ser objeto fácilmente de una celada.

El problema que se planteó de seguido fue el de siempre. Hemos dicho que los aragoneses reaccionaron con inteligencia. Pero nos referíamos a los aragoneses listos, o sea el rey Alonso y el rey Juan de Navarra. Los otros dos, los hermanos Enrique y Pedro, eran mucho más fogosos y gilipollas. Cualquier persona con dos dedos de frente, en esa situación, habiendo estado días atrás frente a una batalla final que afortunadamente no se produjo, habría dejado pasar el tiempo sin dar por culo. No obstante, nada más volver grupas los castellanos, Enrique y Pedro de Aragón tomaron a sus hombres, cruzaron Castilla, se presentaron en Extremadura, y allí se dedicaron al pillaje y la mala leche.

Álvaro de Luna solicitó, y obtuvo, la merced de ser el general que acudiese a las dehesas extremeñas a encenderles el pelo a estos dos reyezuelos sin corona.

Del De Luna se podrán decir muchas cosas; pero una de ellas no es que no dominase los resortes del poder. Con su primer movimiento labró su victoria sobre los dos aragonesitos. Le recordó al rey de Portugal los acuerdos de tregua que tenía firmados con Castilla, lo cual automáticamente secó a los infantes, pues éstos se dedicaban, sobre todo, al robo de ganado, que hacían pasar a Portugal; ahora, en cambio, el rey luso se encargó de que las vacas y los cerdos volviesen a sus propietarios. Álvaro de Luna, mientras tanto, armó su campaña militar, alcanzando a los infantes en Trujillo, de donde salieron con el rabo entre las piernas para refugiarse en Alburquerque. Allí, viéndose más o menos perdidos, los infantes intentaron la jugadita medieval propia del que va perdiendo, y ofrecieron solventar lo problemas mediante un enfrentamiento personal entre ambos infantes, por un lado; y Álvaro de Luna y el conde de Benavente, por otro. Los castellanos aceptaron; pero los infantes nunca encontraron tiempo para organizar definitivamente la pelea. Finalmente llegó el rey, hemos de suponer que con el biorritmo decubito prono, porque se avino a ofrecer a los infantes el perdón si salían del castillo y se rendían. Los aragoneses o eran tan imbéciles como yo me supongo, o no se fiaban de la palabra de los castellanos (y es que cree el ladrón...); pero el caso es que respondieron a la oferta con una salva de disparos. Era el 2 de enero de 1430.

Este episodio de Alburquerque demuestra lo lila que podía llegar a ser Juan II cuando estaba con la ciclotimia en fase recesiva. Lejos de reaccionar llevándose por delante a los que osaban recibirle a arcabuzazos, reiteró su oferta de perdón unos pocos días después, con igual resultado. Y aún así les dio a los infantes 30 días para que se lo pensaran bien.

Volvió el rey a Medina y convocó en consejo a los grandes, a los que ya había comunicado por carta las putadas de los infantes, y entre todos deliberaron que lo mejor era desposeer a toda la familia de sus posesiones castellanas (again). Así pues, las tierras castellanas de Juan de Navarra y Enrique AKA El Acojonao de Alburquerque, fueron repartidas entre los nobles fieles a la corona.

El inteligente Alonso, mucho más dueño de sus tiempos que sus hermanos los echaos p'alante, resolvió en ese momento aprovecharse. De hecho, la guerra entre Castilla y Aragón nunca se había dado por terminada; los castellanos habían vuelto grupas, pero no se había firmado paz alguna. Aprovechando dicha situación, Alonso penetró en Castilla obteniendo algunas conquistas, como Deza. Castilla reaccionó movilizando tropas al mano de Pedro Manrique que entraron en Navarra y tomaron el castillo de Asa. Allí en la raya de Navarra, por cierto, también combatiría, y muy bien, Íñigo López de Mendoza, a quien el personal conoce más por haber sido el primer marqués de Santillana y haber escrito algunos versos que no pueden faltar en un libro de literatura escolar que de tal se precie.

Esto, sin embargo, apenas duró unas semanas. Y es que Alonso de Aragón tenía un problema: la guerra con Castilla no era en modo alguno popular en Aragón. A los aragoneses, los castellanos no les habían hecho nada. Creo que estas notas os habrán podido explicar con bastante claridad que el teatro de las leches no era Aragón, sino Castilla; y venía provocado por el enorme error del anterior rey aragonés de dejar en herencia tierras castellanas a alguno de sus hijos, especialmente el levantisco Enrique. Así pues, en los pueblos de Cataluña, en Valencia, en Baleares, en las montañas oscenses y en las leridanas, no se alcanzaba a entender aquella guerra que, además, era una guerra entre hermanos. Las guerras civiles necesitan de un odio muy neto y muy definido para estallar y durar. No era el caso. Esto Alonso lo supo pronto y, por eso, a finales de julio, acabó por firmar la paz con Castilla, paz en la que se consiguió que los infantes no fuesen perseguidos, pero a cambio de que Aragón se comprometiese a no darles refugio si contravenían las condiciones de la tregua.

Así las cosas, hecha la paz en Castilla, en 1431 los castellanos hicieron guerra al moro, enfrentamiento en el que el principal mojón fue la victoria cristiana de Sierra Elvira. Pero que, sin embargo, no fue efectiva, primero porque los granadinos opusieron más fuerza de la esperada; y, segundo, porque no pocos combatientes castellanos, un poco hasta los huevos de tanta batallita, le dijeron al rey que qué tal si se volvían a casa. Y el rey, al que al parecer le tocaba el Momento Soy Una Mierda, accedió.

¿Hubo respiro? Seldom. Hemos de recordar, en este punto, que Henry & Peter siguen en Alburquerque encastillados. Y no sólo eso; espías castellanos descubren en Lisboa que en Portugal se está buscando mercenarios para ellos. Así pues, de nuevo se envía allí a embajadores para parlamentar. A uno de ellos, el doctor Franco, lo hace preso el infante don Pedro en Alcántara; pero el taimado embajador se las arregla para poner de su parte a las gentes de la orden que lleva el nombre de dicha población y prender él al aragonés. Enrique, en Alburquerque, una vez que supo lo de su hermano, se rinde.

Hemos de consignar aquí otro hecho. Tras su rendición, los infantes se fueron a casita, donde su hermano Alonso se los llevó a Italia a hacer la guerra en defensa de las posesiones aragonesas. Pero aquella guerra fue de puta pena para los españoles. De hecho, en la batalla de la isla de Ponce, las naves de Génova le dieron tal mano de hostias a los aragoneses que apresaron a toda la familia (Juan no estaba) salvo el infante don Pedro, que debía de nadar como un pez.

La pregunta es. Si en ese momento Castilla invade Aragón, ¿exactamente quién le habría presentado oposición? Apenas Juan de Navarra. Y habría perdido, seguro.

¿Por qué Castilla no acabó todo aquello? Pues las hipótesis pueden ser muchas. Lo que yo pienso honradamente es que la fidelidad castellana a las treguas tiene mucho que ver con la visión política moderna, quizá de Álvaro de Luna. Como demostrará bien décadas después la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, la hora en que las naciones se forjaban a fuerza de invasiones había pasado. Las naciones ya no se compraban; se fusionaban. La invasión castellana no habría servido de nada, en realidad. Pero lo que es más que probable es que, además de ser así, alguien en aquel círculo fuese capaz de verlo; lo cual, hay que decirlo, tiene su mérito.