miércoles, febrero 18, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (1)

Álvaro de Luna, o el parto de España.


He pensado en titular así esta pequeña serie de artículos que comienza hoy porque pienso que don Álvaro, su vida bastante plena y su desgraciada muerte, son todas ellas consecuencia del tiempo que le tocó vivir; el tiempo en el que un proyecto geopolítico llamado España estaba gestándose. Un nacimiento que, como casi todos, fue doloroso y complicado. España es un engranaje de varias ruedas que costó mucho encajar, por mucho que la conciencia de lo hispano fuese algo evidente desde mucho tiempo atrás y ya Hispania fuese una realidad desde muchos siglos antes que aquél en que vivió el aristócrata protagonista de nuestra historia de hoy. En medio de esos engranajes quedó Álvaro de Luna y, muy especialmente, su cuello quebrado por el verdugo. Por lo demás, como ocurre con todos los seres poliédricos que protagonizan la Historia, la peripecia de Álvaro de Luna puede contarse muchas veces y de distintas formas. Ésta que hoy vas a comenzar a leer es, tan sólo, la mía. Y si lo haces, será por placer pues Álvaro de Luna, su historia, su circunstancias, no son cosas que, me da a mi la impresión, ni se cuenten hoy en día ni sean, faltaría más, motivo de examen.

El de Luna es hijo del siglo XV español. Un siglo en el que ocurrirán muchas cosas y que terminará de forma imperial, pues será en el tiempo de descuento de esta centuria, en 1492, cuando los reyes católicos, Isabel y Fernando, se marquen los dos innegables tantos históricos de terminar la Reconquista y descubrir América.

Pero en 1406, en Castilla, aún falta mucho para eso. En dicho año, en Castilla muere un rey, Enrique III, que es sucedido por su hijo Juan II. Juanito no tiene entonces ni dos años de edad, así pues es un niño apenas destetado. Son esas cosas que tienen las monarquías; puesto que puede más la sangre que el mérito, los destinos de países enteros se colocaban en manos de bebés casi recién nacidos. En el caso de Juan, el rey quedó al cuidado de su madre y del infante Fernando de Aragón, a quien no hay que confundir, desde luego, con ese Fernando que formará dúo dinámico monárquico precisamente con una hija de este niño al que, de momento, apenas vemos babear en su cuna.

Enrique III murió muy joven, a los 27 años. Por eso su hijo era apenas un proyecto de persona cuando comenzó a reinar. Lo cual fue oro molido para quienes, de verdad, estaban acostumbrados a mandar en Castilla. En el siglo XV apunta el Renacimiento, pero la sociedad es, en buena parte, medieval. Y, en lo que atañe al poder, eso quiere decir que la clase noble está acostumbrada a mandar, y mucho. Enrique intentó ponerle barreras a las ambiciones nobles y construir un poder centralizado basado en la prelación de la corona; pero murió, como hemos dicho, muy joven para conseguirlo. Su hijo menos parecía que lo fuese a conseguir, siendo como era un bebé.

Fernando de Aragón no fue un mal regente. A pesar de que en su apellido quedaba clara su procedencia, miró por los intereses de Juan y de Castilla e incluso continuó la Reconquista, tomando poblaciones como Antequera. Sin embargo, como todo lo bueno se acaba, llegó el día en que él mismo fue reclamado para ser rey de Aragón, que al fin y al cabo era su nación.

El rey tenía tres años y quedaba solo. Un día, estando la Corte en Guadalajara, llegó de Roma el arzobispo Pedro de Luna, trayendo consigo a Álvaro de Luna, que entonces tenía 18 años. Alvarito era hijo de un pariente de don Pedro, de nombre también Álvaro, y que tenía muy buena posición, aparte de sangre aragonesa muy principal, pues tío abuelo suyo fue el papa Luna, Benedicto XIII; era señor de Cañete, de Jubera y de Comargo. Pero el chico era bastardo, lo cual quiere decir que de todo aquello no podía aspirar a quedarse nada.

Obviamente, el pasado pesa como una losa al tratar de hacernos una idea cabal de este Álvaro de Luna. Dicen las crónicas que era más bien chaparro, que se quedó muy prontamente calvo y que era muy hábil en los torneos usando las lanzas. Pero lo que más nos importa para el momento en que estamos es que, nada más llegar a la Corte, consiguió ganarse el favor del rey. Juan II era un niño y a los niños, o por lo menos a algunos, es fácil embaucarlos. Claramente, el de Luna consiguió hacer que el chaval bebiese los vientos por él, desarrollando una dependencia que duraría muchos años, con los altibajos normales en una persona caprichosa y ciclotímica como Juan II, comenzando con ello a construir ese mito tan español del valido real.

Otra característica de la juventud de Álvaro de Luna fue su éxito con las mujeres. Es bastante probable que durante su mocedad se dedicase a matar a polvos a más de una (simultáneamente). De hecho, las crónicas nos relatan un suceso tras el cual quizá se adivina el torvo ogro de los celos.

Inés de Torres, mujer archiinfluyente en aquella Corte, era una de las desmayadas admiradoras del jovencito. Pero, sin embargo, en un determinado momento la vemos entrar en la estancia de la reina para contarle que otra mujer de la Corte, Costanza Barba, está liada con el bastardo, y sugiriéndole que les ordene casarse para así guardar el natural decoro. Pueden ser muchas cosas, cierto; pero huele de lejos a putada de pava despechada.

El final de la anécdota revela otra característica psicológica de Álvaro de Luna que debemos tener en cuenta al estudiar su vida: a todas luces, tenía las bragas muy, muy bien puestas. La reina convoca en su gabinete a la Barba y mamá Barba; las cuales parecen ser bastante proclives al casamiento. A Álvaro de Luna le dice que espere fuera. El de Luna se cosca de que lo van a casar. Muchos se habrían conformado con su destino: si la reina lo dice... Pero no Álvaro de Luna. Él, a pesar de no tener fortuna, a pesar de no tener más oficio que medrar en la Corte, coge el portante y se larga varios días de la misma, hasta que consigue deshacer el presunto casamiento. Es posible que obrase con esa seguridad porque para entonces ya tuviese bastante ganada la voluntad del niño Juan. Probablemente pensó que si no le dejaban volver a la Corte, sería él quien lo reclamase.

La muerte de Fernando de Aragón (1416) sirve para aflorar las tensiones en la Corte castellana y, sustancialmente, la existencia de dos partidos. Por un lado están Juan Velasco y Diego López de Estúñiga, dos nobles que aspiraban a dominar al rey y que ahora que éste queda al solo cuidado de su madre, se postulan para ser sus vigilantes (y de paso controladores, porque un rey niño es un chollo). Del otro lado está la nomenklatura cortesana del momento, formada sobre todo por Alonso Enríquez, Almirante de Castilla, el condestable Rui López Dávalos y el Adelantado Pero Manrique, los cuales son obviamente partidarios de mantener la situación.

En 1418 muere la reina doña Catalina, esposa del anterior rey Enrique. A partir de ese momento comienza la libertad del rey Juan, quien hasta entonces ha sido estrechamente vigilado por su madre, en medio de una Corte donde quien más quien menos mira por lo suyo y ve a Juan II como un metro instrumento para conseguir sus ambiciones. Ese mismo año, Juan se casa con María, hija de Fernando de Aragón.

En 1419, cuando el rey tiene ya 14 años, las tensiones entre las diferentes banderías de la Corte, en gran parte animadas por lo hijos de Fernando de Aragón que pretenden mangonear al rey, llevan a la necesidad inexcusable de que el rey empiece a reinar. Así pues Juan, que como he dicho es un tipo cuya voluntad es una montaña rusa y con un carácter caprichoso, se coloca a las riendas de Castilla en un momento de la vida en la que uno apenas piensa en otra cosa que en la Xbox y las cosas que se le ocurren a la vista de un póster de Angelina Jolie.

La cosa estaba tan hirviente que los nobles, tras protestar por el excesivo poder del mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza, fuerzan un acuerdo acojonante por el cual el gobierno de Castilla serán tres, y gobernarán por turnos. Algo así como si en la España actual gobernase medio año Zapatero y medio año, Rajoy (y Cayo Lara un par de días festivos). La leche, vamos.

Elemento fundamental de todas estas movidas son los infantes de Aragón, hijos de Fernando. Ya hemos dicho que este rey no era malo; pero hasta al más listo se le escapa un cuesco y la verdad es que a Fernando de Aragón, en el momento de la muerte, se le olvidaron bastantes lecciones de geopolítica. La familia real aragonesa poseía muchos predios y lugares en Castilla. Si Fernando hubiese querido dotar a su otrora pupilo Juan II de un entorno razonablemente pacífico para crecer, lo que habría hecho habría sido alejar a sus propios hijos, de cuyo natural ambicioso es de suponer estaba informado, de los terrenos castellanos, dotándolos por herencia con las también numerosas propiedades en Aragón. Pero hizo lo contrario. Pedro, Juan y Enrique de Aragón, los tres infantes de marras, fueron generosísimamente dotados con terrenos en Castilla, con lo que ahora tenían todos los motivos para andar por las tierras de Juan II dando por culo. Y velay que lo harían.

Enrique, el más maniobrero de los infantes, tenía como amiguitos a Rui López, a Pero Manrique y a Garci Fernández Manrique, todos ellos conspicuos cortesanos. Además de maniobrero, Enrique era muy echado para alante. En 1420, decidió que, ahora que no estaba su padre, lo mejor era dejarse de leches, y dar un golpe de Estado.

Aunque, probablemente, no contó con el de Luna.

Seguiremos informando.