viernes, enero 30, 2009

La (in)solidaridad catalana (1)

Primera parte
Segunda parte
Tercera parte


No creo concitar la oposición de nadie si digo que el asunto de nuestra Historia Económica que más encono político e ideológico ha generado ha sido la batalla del proteccionismo. Es un asunto que tiene mucho que ver con el debate regionalista, o autonomista como se dice hoy en día, porque el gran campeón del proteccionismo español ha sido, tradicionalmente, Cataluña. Y es habitual que quien quiere atacar a esta región (o comunidad autónoma, como se dice ahora) por el flanco de su pretendida insolidaridad, recuerde los muchos beneficios que le reportó el proteccionismo a costa de presuntos beneficios no producidos en otros lugares de España.

miércoles, enero 28, 2009

Joder con la cita, again

Bueno, pues la cosa ha quedado tal que así.


Antonio Maura, dos votos.

Cánovas, Romanones, Azaña, Alcalá-Zamora y Dato, un voto cada uno.

Tiburcio Samsa no se moja y hace una etérea apuesta por la época.



And the winner is...

¡The Count of Rome-No Way!


En efecto. Nuestro ganador es ese aristócrata que en su título niega vehementemente la posibilidad de visitar la Ciudad Eterna (Roma-Nones; es que hoy es el Día Internacional del Chiste de Mierda).

Veo que habéis interpretado bien las pistas que el ejercicio portaba. En efecto, como bien nos decía el lado budista de este blog, regionalismo es una palabra que no utilizaría un político moderno. Cabe aducir, únicamente, que sí se utilizó, generalmente, durante la República, así pues Azaña o Alcalá-Zamora son candidatos racionales.

Otra pista que habéis sabido ver es que la frase transmite claramente la impresión de estar escrita por alguien que ha sido ministro o presidente del Gobierno un montón de veces. Esto, a mi modo de ver, hace difícl optar por Cánovas, que no lo fue tantas veces; y curiosamente a Maura, quien no gobernó tanto como puede parecer porque fue el Aznar de su época, y con esto quiero decir que concitó tantas oposiciones que, en realidad, para muchos políticos conseguir que Maura no gobernase se convirtió en objetivo principal. También invalida a Alcalá, que tampoco gobernó tantas veces.

El colocar el proteccionismo en la lista de las reivindicaciones catalanas también da una pista de la época a la que se refiere la frase.

Con todo, no veo que nadie haya interpretado la pista que dejé yo. Porque si por algo es conocido Romanones en el mundo de las frases célebres es aquella de: ¡Joder, qué tropa! (véase la última línea y el título de este post, sin ir más lejos). Así pues, el título del post no era en modo alguno inocente.

Ya veis, a veces meto una trampa, a veces ayudo... Los gallegos, ya se sabe.

En fin, ya que estamos, os contaré que de Romanones se cuentan muchas cosas, pero no se suele destacar que era un personaje caracterizado, por decirlo elegantemente, de hábitos extremadamente ahorrativos. En el curioso libro de memorias del otorrino Mateo Jímenez Quesada (pues sí; leo memorias de otorrinos. Como hay gente que se pirra por la música House, no te jode), que lo trató, el médico nos cuenta que, cuatro años de morir el conde, es decir en 1946, llegaron a España los primeros sonotones, a un precio prohibitivo: 6.000 pesetas de la época.

Según Jiménez, el conde de Romanones fue el primer español que se puso un audífono moderno. Fue necesario el concurso de un técnico para ajustar el aparato. El otorrino, que sabía perfectamente de qué palo iba su cliente, le advirtió al dicho técnico que sería conveniente que le hiciera una rebaja por el aparato.

Cuando el conde hubo portado el sonotone, y comprobando que funcionaba, preguntó lo que costaba.

- 5.500 pesetas -respondió el técnico, aplicando disciplinada rebaja.

Entonces el conde sacó la chequera y extendió un cheque... por 5.000 pesetas. Cuando el técnico le indicó, suavemente, que el documento estaba erróneo, el conde le dio la respuesta más castiza que he leído nunca:

- El cheque está bien. Es que yo no pago fracciones.

Pocos días después de aquello, el conde "estrenó" su aparato en una representación teatral, en medio de la cual, en gesto propio de los sordos, casi detuvo la representación al prorrumpir con su vozarrón:

- ¡Casilda, Casilda, oigo muy bien, este aparato es estupendo!

Romanones fue un maniobrero acojonante y uno de los grandes beneficiarios de una época del parlamentarismo español presidido por la corrupción y el caciquismo. Pero hemos de reconocerle que, en el momento climático de su vida política, le echó un par. Don Álvaro resultó elegido en las primeras Cortes republilcanas, donde apenas quedaba nadie de su época y los que quedaban, como Santiago Alba, Alcalá Zamora y me parece que Melquiades Álvarez, ya no compartían sus visiones políticas. Romanones estaba solo, pero eso no le arredró a la hora de defender al rey en el pleno en el que se le juzgó. Dicen las crónicas que su discurso fue unos cuantos cienes de veces mejor que el del acusador, que ahora mismo no recuerdo bien quién fue pero pudo ser Ángel Galarza. En algunos momentos la montó bien montada, como cuando le recordó a los diputados catalanes que habían aplaudido con las orejas cuando Primo de Rivera dio su golpe de Estado.

El momento más triste de la vida de Romanones fue, supongo, el 14 de julio de 1931. Le tocó ir a la casa de Gregorio Marañón a negociar con Alcalá-Zamora; a negociar nada, más bien, pues Alcalá le exigió la marcha del rey esa misma noche. El conde acompañó a Alfonso XIII hasta el último momento y en ese último momento, cuando el rey se despedía de Madrid y de España, ya nadie reparó en el conde, que se quedó sentado en una esquina, solo.

lunes, enero 26, 2009

Joder con la cita...

Hoy es uno de esos días en los que me cuesta encontrarme el culo con ambas manos, así pues no puedo dedicaros el tiempo que me gustaría.

No obstante, algo sí me queda para dejaros esta adivinanza. Simple: se trata de decir quién escribió la siguiente frase (frasecita que tiene sus bemoles):


En mi frecuente paso por el Gobierno, he aprendido que la atención de los ministros ha estado constantemente absorbida por Cataluña; cuando no era una cosa, era otra; huelgas, regionalismo, separatismo, sindicalismo, proteccionismo. Si el resto de España hubiera originado iguales preocupaciones, la vida ministerial habría sido imposible.



Bueno, no os desaniméis. En el texto hay varias pistas que estoy seguro que sabréis ver. Por ejemplo, sabemos que el autor de la frase no es Josep Lluís Carod Rovira. Esto lo sabemos porque él nunca habría escrito En mi frecuente paso por el Gobierno, sino en mi frecuente paso por el Gobierno Catalán. ¿O no?

En fin. Fuera coñas, hay varias pistas. Alguna de ellas muy clara , diría yo. Pero, claro, yo sé la respuesta.

Hala, a pensar...

viernes, enero 23, 2009

La Puerta





Estas dos fotos que presiden hoy el comentario son antitéticas. Pertenecen a un mismo momento histórico y a sus dos extremos. En una, la Puerta de Alcalá aparece adornada con los retratos de Stalin y de otros conspicuos líderes comunistas. Es una foto tomada durante la guerra. La segunda foto está tomada al final de dicha guerra, y se corresponde con una misa que se celebró a los pies de esa misma Puerta, presidida por una imagen de Cristo seriamente dañada por las violencias de aquellos años; misa en la que los vencedores de la guerra dieron gracias por su victoria.

Dos situaciones tan extremas en el mismo lugar sirven para definir la importancia que la Puerta de Alcalá, como lugar de encuentro y de Historia, ha tenido para España y para Madrid. Quizá el momento principal vivido por esta puerta fuese el malhadado día en que hubo de ser testigo de un magnicidio en la persona del presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, quien vivía allí mismo y allí mismo fue asesinado por dos anarquistas que se acercaron a su coche en una moto con sidecar.
Indudable es, pues, que nuestra Puerta tiene mucha historia. Quizá entretenga un poco contar algunos de los elementos de la misma.
El 27 de mayo de 1769 se fijó en diversos puntos de Madrid un anuncio por el que se anunciaba el concurso para construir la Puerta según los diseños del arquitecto real Francisco Sabattini. Especial énfasis ponía Sabattini en dejar claro que la obra debía ser del mejor material, estipulando que el ladrillo fino debería ser de la Rivera; la piedra blanca, de Colmenar de Oreja y Navarredonda, desechando la piedra de Mingorrubio, toda ella sin ojos, sin agujeros ni pelo alguno. Como se puede ver, la obra es una obra madrileña cien por cien (salvo por el detalle de que su diseñador nació en Palermo, y su impulsor venía de ser rey de Nápoles, claro).

La construcción de la Puerta de Alcalá forma parte de un proyecto más genérico y ambicioso, a la par que muy caro, cuyo principal elemento era la urbanización del paseo del Prado. E, incluso, podríamos decir que hasta la urbanización del Prado formaba parte de otro proyecto aún mayor que se concretó con la construcción de la Puerta de San Vicente, el acabado definitivo del Palacio Real, la construcción de la Casa de Aduanas (actual Ministerio de Hacienda, en Alcalá, 9), el palacio del conde de Altamira en la calle de la Flor, la Casa de Correos (sede de la Comunidad de Madrid), la fábrica de porcelana del Retiro (hoy inexistente), el Banco y el Colegio de San Carlos, la Imprenta Real...

Carlos III, el mejor alcalde de Madrid como le dicen algunos, tuvo desde luego la visión de que Madrid, ciudad apolillada y sucia, debía de mejorar su aspecto y convertirse en una capital europea de relumbrón, y para ello se embarcó en una serie de obras faraónicas, probablemente más aún de lo que lo son las que hoy aborda nuestro alcalde. La reinvención del área incluía la sustitución de la vieja puerta, que estaba un poco más abajo, a la altura de la calle Alfonso XI.
Hay que hacer notar que las medidas de Carlos III alcanzaron hechos más primarios, puesto que el rey se impuso la tarea de que Madrid dejase de ser una ciudad cuyas calles estuvieran literalmente llenas de mierda. El personal de aquel Madrid simplemente tiraba sus desechos y detritus por la ventana, razón por la cual no era muy buena idea andar por la calle de noche, pues no sólo se corría el peligro de ser atacado por los felones, sino también alcanzado por el contenido de los orinales castizos. En una ciudad donde la limpieza pública prácticamente no existía, toda aquella basura quedaba en las calles, se pudría y le daba a la villa, digamos, personalidad. Bajo la inspiración y el impulso de Carlos III, se inventó la conocida como La Marea, que eran unos carros que llevaban unas piezas que servían para arrastrar la mierda, y que iban seguidos de barrenderos que completaban la tarea.

Para pagar todo esto, se embargó el arbitrio o impuesto que pagaban las tabernas madrileñas. Así pues, eso de esquilmar al personal para hacer grandes obras no es ni de coña cosa moderna. Aunque el dinero movilizado fue mucho, no dio para hacer todo lo que se pensó. Sin ir más lejos, el arquitecto Ventura Rodríguez diseñó un pórtico, que quería situar junto a las caballerizas del Casón del Buen Retiro, con capacidad para unas 3.000 personas y que podría albergar cafetines y tabernas. Es curioso imaginarse qué aspecto tendría hoy la zona de haberse llevado a cabo.

Don Ventura, por cierto, fue arquitecto reputado y sus obras pueden verse en muchos lugares de España. Pero hay que reconocer que con la Puerta y el tándem Carlos III-Sabattini, pinchó en hueso. Hasta cinco diseños presentó de la obra, y todos le fueron amablemente rechazados.

La información disponible nos dice que hubo catorce contratistas interesados en hacer la obra. La decisión final se tomó a las cuatro de la tarde del martes, 6 de junio, y fue en favor de Francisco de la Fuente. Las condiciones de De la Fuente eran las que más placían a Sabattini pero, no obstante, el arquitecto consideraba los precios pedidos por el asentista excesivos. Se negoció con él, sin llegar a ningún arbitrio, por lo que el constructor final fue Santiago Feijoo y Compañía.
Siete años después, en 1777, el Ayuntamiento de Madrid tuvo que darle al señor Feijoo un par de cachetadas, pues la obra, al parecer, iba como el culo. El contratista se comprometió a terminar la Puerta en un año, y lo cumplió.

Las crónicas nos dicen que la Puerta, pronto, estuvo rodeada de chabolas e, incluso, unos cien años después el Ayuntamiento tuvo que aprobar un presupuesto de rehabilitación, pues estaba hecha una braga. No ha de extrañar esto pues, entonces, la Puerta de Alcalá era un monumento de extrarradio, tanto que junto a la misma estaba situada la verja fiscal en la que las mercancías que entraban en Madrid pagaban fielato y un poco más allá, la plaza de toros; existen testimonios, además, que se quejan de lo difícil que era apreciarla, rodeada como estaba de chabolas.
El primer hombre que, después de Carlos III, se interesa por la Puerta, es José I, o sea Pepe Botella, el rey Bonaparte que llegó impuesto por su hermano y la fuerza de las armas y que dejó un breve reinado y el odio, en buena parte inmerecido, de muchos españoles. A José Bonaparte le llamaban Pepe Plazuelas por la cantidad de plazas que construyó en Madrid; se le decía así para insultarlo, pero lo cierto es que a esas obras debe el Madrid de siempre su liberación de la naturaleza abigarrada, oscura, amogollonada, que tenía hasta entonces la ciudad. Una plaza que le debemos a José, sin ir más lejos, es la de Oriente; obra para la cual se apioló dos conventos, la biblioteca y jardín de la reina, y 56 casas.

José era un Bonaparte. Y pensaba como un Bonaparte. Igual que un ilustre descendiente de su sangre acabaría imaginando una gran avenida parisina que hoy se llama de los Campos Elíseos, José ideó algo que, de haber sido realizado, habría hecho que Madrid, hoy, no fuese Madrid como lo conocemos. Entre otras cosas, hubiera hecho innecesaria la construcción de la Gran Vía. Soñaba José Bonaparte con una gran avenida, un gran bulevar, ancho y claro, que comenzase en el Palacio Real y terminase en la Puerta de Alcalá, haciendo pues que ambos monumentos y símbolos se mirasen en la distancia. Dejo a la imaginación del lector el aspecto que habría tenido tan imponente obra.

Hasta ese momento tenemos Puerta, pero no tenemos plaza. La plaza de la Independencia es muy posterior a la Puerta de Alcalá y se basa, también, en un modelo muy francés, que no puede ser otro de la plaza de L'Etoile. Es Fernández de los Ríos quien, tras su acceso al Ayuntamiento ya en la segunda mitad del siglo XIX, propone la creación de una plaza de cien metros de radio, cuyo centro será la Puerta, dedicada a los defensores de Zaragoza. Eso sí, el proyecto final fue más modesto que el que pretendía el concejal.

Fernández de los Ríos, inspirándose en París o tal vez envidiándolo, quería que a la plaza confluyesen ocho calles. Propuso que se llamasen: Numancia, Sagunto, Covadonga, Granada, Padilla, Bravo, Maldonado y Lanuza. Todo un pastiche de orgullo patrio. Una de las calles, entiendo yo por los testimonios que he leído, vendría a coincidir con la avenida arbolada que hay tras la puerta del Retiro que da a la plaza. Justo frente a ésta, es decir entre Serrano y (creo que se llama así) Salustiano Olózaga, otra calle que terminaría en un monumento al 2 de mayo. En la actual calle de Alfonso XII se situaría, frente al Casón, una estatua de Quevedo. Otra calle tiraría por lo que hoy es la calle de Alcalá hacia las Escuelas Aguirre. Otra comunicaría con el barrio de Salamanca, entonces en construcción, y tendría una estatua de Pelayo. A otra, desde la plaza hasta Recoletos (debe de ser la de Salustiano Olózaga), se trasladaría desde el Retiro la llamada fuente de las Cuatro Estaciones. Y otra calle conectaría la plaza con unos llamados jardines de los Campos Elíseos (cómo no) que se querían construir más o menos en el actual emplazamiento del inicio de la calle Velázquez.

El proyecto, como sabemos, se realizó reduciendo ligeramente la superficie de la plaza y suprimiendo calles y monumentos.
Por último, Juan Álvarez Mendizábal, el ministro de la desamortización, terminó, eso sí sin desearlo ni imaginarlo, por poner el broche de esta inspiración francesa que parece perseguir a la madrileña puerta. Igual que en París se han acabado por construir dos arcos, el de L'Etoile y el de La Défense, que están igualmente orientados, Mendizábal quiso construir una especie de segunda puerta de Alcalá que, según las crónicas, iba a estar junto a la Montaña Rusa del Retiro. En el Retiro nunca ha habido una montaña rusa según lo que todo el mundo entiende por la expresión. Es que ése era uno de los nombres que recibía la Montaña Artificial. Así pues, probablemente la puerta de Mendizábal, de haberse levantado, habría estado situada más o menos donde están las Escuelas Aguirre.

La última gran polémica que ha vivido la Puerta de Alcalá fue ya durante el franquismo, cuando a algún arquitecto con ganas de especular y dar por saco se le ocurrió levantar la torre de Valencia, en el inicio de la calle O'Donell. No pocas voces se levantaron aseverando, con absoluta certitud en mi opinión, que ese palitroque ahí colocado destruía la armonía de la imagen de la puerta y que, seguro, en Madrid habría muchos sitios donde colocar la puñetera torrecita sin necesidad de andar jodiendo con ello las postales. No hubo indulto para nuestra puerta que, por lo tanto, desde entonces tiene una especie de pariente tonto del culo que se asoma por detrás en las fotos, con la sonrisa de bobalicón que suelen tener los bobalicones.

martes, enero 20, 2009

Voces animales

Bueno, pues hoy parece que es el día de los off topic. Just for fun.

He encontrado hoy, en una de mis lecturas, referencias a un libro de mucho mérito. Se publicó en Sevilla en 1490 y su título es Vocavulario collegido por el cronista Alonso de Palencia. Este libro se publicó cuando Antonio de Nébrija todavía estaba dando los últimos toques a su Gramática y, por lo tanto, es una fuente interesantísima sobre el español barroco. En el pasaje que yo he leído, De Palencia ejemplifica la variedad del español desplegando la totalidad de los verbos que el español tenía para designar las voces de los animales.

Aquí os copio la lista. Yo creo que os va a molar y os servirá para epatar algún día delante de algún diletante que se las dé de listillo. Honradamente, no sé cuántas de estas voces se usan hoy (bueno, algunas sí, pero no muchas). El vocabulario, en todo caso, tiene todos los variados sabores semánticos y fonológicos de unos tiempos en los que la cultura del español medio incluía la habilidad de conocer a un animal con sólo escuchar su voz.

Os recomiendo que os busquéis alguna voz complejilla y os la aprendáis. Imaginaos mañana, cuando estéis tomando café con ese compañero del curro que sólo sabe escucharse, si le decís en voz alta: "Ya estás otra vez, tetrisitando como un ánade en celo". Si os contesta, es que es un crack.

Las voces son:

Águila: clamar.

Halcón: plipiar.

Buitre: pulpar.

Cuervo: croarar.

Milano: vilvinar.

Cisne: dreasar.

Grulla: gruar [éste es el más lógico de todos]

Cigüeña: crotorar.

Gallo: cantar o curcusitar.

Ánade: tetrisitar.

Tortuga: gemir.

Paloma: pausitar [tengo la sensación de saber que hay otro verbo moderno para lo que hace la paloma, pero ahora mismo no lo recuerdo]

Perdiz: Cácabar no cátabar.

Grajo: fringuliar.

Lechuza: cutubiar.

Tordo: trotilar o sucitar.

Estornino: pasitar.

Golondrina: minurar.

Abeja: bombialar [para mí que la abeja moderna se limita a zumbar]

Cigarra: fricinir.

León: fremer [sic]

Tigre: jachar [sic]

Pantera: couriar.

Oso: uncar o soviar.

Puerco montés [entiendo que se refiere al jabalí]: frender.

Lince: urcar.

Lobo: asillar.

Elefante: barritar.

Caballo: relinchar.

Asno: rebuznar.

Cerdo: gruñir.

Berraco: churritar.

Carnero: oretar.

Oveja: balar.

Cabrón: mitar. [Aunque yo opino que el cabrón, más que mitar, lo que más hace es dar por culo]

Cabrito: vezar.

Perro: ladrar.

Vulpeja: gañir.

Liebre: vagir.

Gato: maullar.

Rana: croar o vamir.

Ratings

Hoy voy a pecar. Resulta que, a pesar de lo que yo pude pensar en algún momento, mantener dos blogs no es algo fácil, así pues he tenido que dejar a la deriva mi segunda marca, Oikonomia. Actualmente, ese blog está en lo que los sajoparlantes llaman un run-off de visitas. Ya casi no tiene ninguna, y a quienes han dejado de visitarlo no les culpo pues, al fin y al cabo, hace meses que no registra novedad.

A veces, sin embargo, se presentan ocasiones de comentar alguna cosa. No me parece legal escribiren el blog porque eso puede generar la falsa impresión de que le dedico un tiempo que no le dedico. Así pues, pensando gilipolleces, se me ocurrió la posibilidad de abrir una etiqueta nueva aquí, Off Topic, y, consecuentemente, escribirlo aquí. No pega ni con cola, lo sé. Pero tampoco pegaban Spencer Tracy y Katharine Hepburn, y les funcionó.

En fin. Los historiomaníamos, que sepan que la etiqueta Off Topic no va con ellos. Esto no va de Historia. Pero es que con esta historia de la calificación crediticia de España, que si rating por aquí rating por allá, he pensado que sería bueno escribir un par de cosas. Porque esto de los rating puedes pensar que no te afecta, pero te equivocarás. Esto de los rating, como espero demostrarte, se parece bastante a eso que se dice tanto hoy en día de que si una mariposa base sus alas en Colombia provoca un huracán en Japón.



Supón que compras una letra del Tesoro a un año al 3,1%. Esto quiere decir que hoy, digamos 1 de enero, tú pagas 1.000 euros; y el emisor, en este caso el Tesoro español, te pagará, el 31 de diciembre, 1.031 euros.

Pensemos que la inflación esperada es del 2%. Para conocer el valor de tu letra, tienes que descontar el valor futuro de la misma a euros de hoy en día. Calcular su valor actual. Esto se hace dividiendo el flujo que vas a recibir por 1+ la inflación esperada en tanto por 1 (o sea, 0,02). Así que divides 1.031 por 1,02 y te da 1.010,78. Ése es el valor real de tu letra hoy en día o, si lo prefieres, tienes una ganancia esperada, en valor actual, de 10,78 euros o, si lo prefieres, un 1,078%. El resto, hasta 3,1%, propiamente no lo vas a ganar, porque entre el momento en que tú pagas y el momento en que cobras, la inflación se come parte de la retribución.

Ahora entra a jugar el asunto del rating. La pregunta es sencilla: si el compromiso de pagar 1.000 euros es del Estado español, ¿te fías de que va a pagar? Supongo que sí. Y, ¿te fías lo mismo si el emisor es el Estado de Uganda? Probablemente, no. Técnicamente, te dirán que la deuda pública ugandesa tiene un riesgo de crédito muy superior a la deuda española.

Riesgo de crédito quiere decir probabilidad de default, es decir que el emisor no pague, o no en la medida que se ha comprometido; por ejemplo que en lugar de dar un 3,5%, dé solamente un 2%, o incluso no devuelva todo el principal (principal se llama a lo que tú le prestaste). Todos los activos financieros, cualquiera que sea su emisor, tienen una probabilidad de default, por pequeña que sea. Se considera que hay activos de seguridad total, como la deuda de Estados Unidos el bono alemán, pro ejemplo el Bund (bueno, en realidad el Bund es un derivado sobre los bonos a diez años, pero bastante liado está ya esto).

Los estados más ricos y poderosos han hecho default en la Historia. El caso más claro es el Imperio español que, en época de Felipe II, declaró varias veces la quiebra en el pago de juros, que eran la deuda pública de la época. En años más modernos se ha dado el caso de países que, ante dificultades financieras extremas, han declarado la deuda perpetua, lo cual quiere decir que devuelven los intereses (los 31 euros de cada 1.000) pero no el principal (los 1.000 euros). Jode, ¿eh?

Los inversores en bonos, que son fundamentalmente banqueros, necesitaban un mecanismo para poder medir ese riesgo. Para guardar pasta suficiente como para hacer frente al default si se produce. Sucintamente, se trata de multiplicar tu riesgo (el valor actual de los pagos que tienes pendientes) por una determinada probabilidad. Por ejemplo, en nuestro viejo bono al 3,1%, cuyo valor actual era de 1.010,78 euros, deberíamos multiplicar dicho valor por una determinada probabilidad de default, o sea de impago.

Pongamos que es 0,001, o sea una probabilidad del 0,1% o, lo que es lo mismo, de cada 1.000 euros de deuda emitida por este emisor, dejará de pagar 1. Esto quiere decir que, por el mero hecho de comprar el bono al 3,1%, tienes que provisionar 1,01078 (1.010,78 por 0,001) euros, por si acaso esta emisión hace default. Pero eso, naturalmente, cambia tu rentabilidad. Porque tú ya no te estás gastando 1.000 euros, sino 1.001,01078 euros (el precio del bono más el precio del riesgo de crédito). Por lo tanto, tu rentabilidad ya no es del 3,1%; ahora tienes que calcular qué rentabilidad hacen 1.031 euros sobre 1.001,01078. Esto te dará el 3%. Hay una diferencia de 0,1 puntos porcentuales o, como se dice más en el ámbito financiero, 10 puntos básicos (un punto básico es un 0,01%).

Si los tipos están al 3,1% y viene el Estado español a venderte una letra al 3,1%, tú, si has hecho las cuentas del párrafo anterior, le contestarás: ah, no. No puede ser. Si acepto tus condiciones, entonces no tendré un 3,1% de rentabilidad, sino un 3% (es decir, estoy perdiendo diez puntos básicos que podría obtener invirtiendo a precios de mercado). Así pues, para yo comprar tu bono, me tienes que ofrecer, no un 3,1% de rentabilidad sobre 1.000, sino un 3,1% de rentabilidad sobre 1.001,01078: al correr de 365 días, me tienes que pagar 1.032,04 euros. Pero yo te voy a pagar 1.000, así pues, aunque el mercado esté en 3,1%, tú tienes que ofrecerme un 3,204% o, lo que es lo mismo, 9 puntos básicos más.

Esos 9 puntos básicos es lo que se denomina prima de riesgo. Es el precio que tiene que pagar el emisor, en este caso el Tesoro español, por tener una probabilidad de default de 0,001. Y, ¿quién dice que la probabilidad es ésa? Bueno, en esto cada maestrillo bien puede tener su librillo, y es lo que se llaman modelos internos de control de riesgo, basados habitualmente en la experiencia contrastada del banco. También puede ser una probabilidad prescrita por el supervisor (por ejemplo, el Banco de España). Pero siempre, o casi siempre, depende del rating.

El rating es una nota. A mejor nota, menor probabilidad de default. Así de simple. La banca y otros inversores institucionales inventaron los rating para que hubiese alguien que se tomase el trabajo de ponerle una nota a las emisiones y a los emisores, valorando un montón de aspectos que influyen en la probabilidad de que haya un impago total o parcial. Como os he dicho antes, existen emisores que se consideran con un riesgo cero o muy cercano a cero, como el bono alemán. Alemania es un país grande que lo flipas y con altos niveles de estabilidad. El mercado toma entonces la rentabilidad del bono alemán como rentabilidad libre de riesgo. De esta manera, el inversor sabe que si quiere hacer una inversión sin riesgo de crédito, una inversión que se va a pagar sí o sí, lo que hace es comprar bonos alemanes. El resto de emisores, por ejemplo el Tesoro español, tendrán que ofrecer una rentabilidad superior (prima de riesgo) al bono alemán, para así conseguir que comprar sus títulos sea más atractivo que comprar los alemanes.

¿Qué es lo que pasa cuando hay un downgrading? Pues, sencillamente, que la probabilidad de default se incrementa. Ya no es de 0,001 sino, por ejemplo, de 0,005. Ahora multiplicamos el valor actual de 1.010,78 euros por 0,005, lo cual nos da 5,05 euros. Ahora, si el bono alemán está al 3,1%, reclamaremos al Tesoro español que sea capaz de darnos el 3,1% sobre 1.005,05 euros, lo cual es 1.036,21 euros, o sea un tipo de interés nominal del 3,62%. Así pues, los 9 puntos básicos que eran antes mi prima de riesgo son ahora 52 puntos básicos (3,62%-3,1%).

Os invito a que observéis una cosa. Si la probabilidad de default es de 0,001 y pasa a ser de 0,005, se multiplica por 5. Pero si la prima de riesgo es de 9 puntos y pasa a ser de 52, se multiplica por 5,7. La relación no es lineal, pues. En realidad, el downgrading empeora las cosas más que lo que superficialmente cabría esperar.

Cuando el Tesoro español tenía una calidad crediticia tan buena o incluso mejor que el alemán, nuestra probabilidad de default era nula y la prima de riesgo cero. Luego, cuando nuestra probabilidad pasó a ser (me refiero al ejemplo) de 0,001, se generó una prima de riesgo de 9 puntos básicos. Y ahora, que nos han hecho downgrading, y según estas cifras inventadas, la prima de riesgo ha pasado a ser de 52 puntos básicos. Esto quiere decir que para conseguir el dinero que consigue el Estado alemán ofreciendo pagar 10.000 euros, nosotros tenemos que prometer pagar 10.052. Endeudarnos nos sale más caro.

Por lo tanto, un mismo coste, es decir si suponemos que Alemania y España se van a gastar el mismo dinero en un plan de rescate financiero financiado con deuda; un mismo coste, digo, nos saldrá de hecho más caro a nosotros que a ellos. Los economistas suelen decir que deuda hoy son impuestos mañana, y es cierto. El Estado no se diferencia de una familia. En un Estado, como en una familia, no puedes estar eternamente gastando más de lo que ingresas o debiendo dinero; la diferencia entre un Estado y una familia es que con un Estado se suele tener más paciencia. Mucha más.

Este asunto de la prima de riesgo explica, además, la honda tragedia de los países endeudados del Tercer Mundo. Un país endeudado genera serias dudas sobre su viabilidad económica. En consecuencia, las agencias de rating le otorgan a sus emisiones notas muy bajas. Como consecuencia los inversores, para comprarlas, exigen primas de riesgo muy elevadas. Esto encarece la deuda del emisor, quien se ve obligado a comprometer cada vez tipos mayores. Pero si ofrece tipos mayores la deuda le sale más cara y, en realidad, sus probabilidades de pagarla pasan a ser menores. Entonces las agencias le bajan el rating. Y así mucho.

Así pues, esto del downgrading del rating se parece a eso de la mariposa y el huracán. Porque alguien en la otra parte del mundo, en un sitio con un nombre tan poco financiero como Pobre y Del Montón (Standard & Poor’s), decide que va a bajar la calificación del Estado español; y aquí, en tu casa, suben tus impuestos. Puede que no ahora. Pero subirán.

Y ahora repite conmigo: jodida mariposa de los c….

sábado, enero 17, 2009

Cómo admirar a la vez a Marx, Lenin, Mao, Hitler y Franco (y 5)

A la altura del año 1972, cuando por lo tanto Macías llevaba tres años en el poder, no quedaba en Guinea ni un solo político anterior a la independencia o que hubiese ostentado algún cargo de importancia en el país en los primeros tiempos de su existencia. Al que no estaba exiliado, Macías lo había ejecutado, en una represalia sangrienta que había alcanzado, no sólo a los propios políticos, sino a sus familias, a sus amigos e, incluso, a sus vecinos. Macías, como muchos africanos, tenía un fuerte sentido localista y tribal. El país, en sí, estaba en manos del clan de Mongomo; y, en justa correspondencia (justa según su forma de ver, se entiende), los lugares de donde eran oriundos sus enemigos debían de sufrir las consecuencias. Los oriundos de Evinayong, Río Benito, Acurenam, Kogo o Fernando Poo, eran sistemáticamente perseguidos por el régimen. Para entonces, y como consecuencia de esta política tan liberal, aproximadamente uno de cada seis guineanos estaba exiliado.

Macías decretó que los desplazamientos por el interior del país sólo podrían realizarse de mediar un certificado de autorización expedido por el Gobierno. De hecho, pues, convirtió Guinea en una inmensa cárcel. Para algunos lo fue con más claridad. En 1973, todos los sacerdotes católicos y protestantes fueron colocados en arresto domiciliario y les fue prohibido separarse de la cocina de su casa más de tres kilómetros. Los seminarios fueron cerrados, en una medida que fue dramática para el nivel cultural de la clase, llamémosla, intelectual de Guinea, por la mayor parte de los ciudadanos alfabetos salían precisamente de los seminarios.

1973 fue también el año en el que se produjo un cambio sustancial en la estructura de poder española con el acceso de Luis Carrero Blanco a un puesto que Franco, jefe del Estado, se había reservado hasta entonces para sí: presidente del Gobierno. Si la presidencia de Carrero puede interpretarse de muchas formas en relación con el régimen franquista, desde el punto de vista de Guinea Ecuatorial la lectura está muy clara. Carrero era un colonialista, opuesto en gran medida a las posturas algo más pro tercermundistas de Castiella, y una persona aliada de los grandes empresarios que habían tenido intereses en el país. No es extraño, pues, que la llegada de Carrero viniese casi a coincidir en el tiempo con el inicio por parte de estos empresarios de acciones ante el Tribunal Supremo, exigiendo indemnizaciones por las expropiaciones de que habían sido objeto por Macías, en unas cantidades, más de 100 millones de pesetas, que Guinea no quería pagar y, probablemente, no podía.

El hecho de que España pusiese pies en pared hizo ver a Macías, quien de todas formas ya se consideraba rodeado de conspiradores, lo solo que estaba. Un tiempo antes había tenido un gravísimo conflicto con Gabón del que salió perdedor, en gran parte por su aislamiento internacional (acentuado por el detalle de que el embajador que envió a Naciones Unidas ni siquiera sabía hablar inglés).

En aquel mundo, sin embargo, siempre había una salida para quien se sintiese aislado: los otros, o sea el llamado bloque del Este.

La Unión Soviética y sus satélites aceptaron encantados. Para entonces, 1973 como decimos, lo de Vietnam era cosa pasada y gran parte del enfrentamiento geopolítico de la Guerra Fría se había desplazado a África (véase, por ejemplo, Angola).

Las Juventudes en Marcha por Macías adoptaron en su uniforme el cuello Mao (cabe hacer notar que Macías logró, no se sabe muy bien cómo, ayuda simultánea de la URSS y de China). En sus discursos comenzó a aparecer la palabra revolución y se inició por todo el país una campaña para destruir todos los libros editados en Occidente. Fue al inicio de esa etapa, en un mitin en Bata, donde Macías expresó que las personas que, en su opinión, habían hecho más en favor de la Humanidad, habían sido Marx, Lenin, Mao, Hitler, Franco y el dictador ugandés Idi Amín. Todos ellos, como sabemos, están hoy muertos y en el Cielo.

Los actos oficiales terminaban con la siguiente letanía: «En marcha con Macías, siempre con Macías, nunca sin Macías, todo por Macías». Luego, un poco en plan de la canción esa tan coñazo del pumpun y abre la muralla y cierra la muralla y tal, se coreaban una serie de «abajos»: abajo el colonialismo, el imperialismo, el neocolonialismo, los golpes de Estado, los ambiciosos, el colonialismo tecnológico y el colonialismo comercial. Y se terminaba con un «arriba» para la revolución.

En las escuelas se comenzó a enseñar el mito de Macías. Se decía que era una persona con poderes mágicos y que las balas no podían herirle (por eso, una vez ejecutado, mucha gente no creyó su muerte). También se enseñó, como en la Camboya de Pol Pot, que un niño debe ser más fiel al Estado que a su familia, así pues, si cree o sabe que sus padres son subversivos, debe denunciarlos. Los nombres propios y la toponimia se africanizaron, en un movimiento parecido a la deslatinización del alemán llevada a cabo por Hitler. Para valorar lo centrado que para entonces estaba el muchacho, tras una noche de pesadillas, en la que tal vez soñó que se lo apiolaban, construyó una muralla en derredor suyo en Malabo, dentro de la cual vivía solo con su familia.

En el verano del 73 se celebró, a culatazos, el referéndum sobre la reforma de la Constitución. Se ha dicho muchas veces que Franco hizo trampas en sus referenda haciendo votar a los muertos. Macías casi aplicó el sistema: dejaba medio muertos, si no del todo, a los que no votaban. La reforma constitucional fue aprobada por el 99% de los votos. El III congreso nacional del PUNT, en sus resoluciones, califica a Francisco Macías Nguema Biyogo de: Único Líder y Héroe Nacional, Honorable y Gran Camarada, Presidente Vitalicio de la República, General Mayor de las Fuerzas Armadas Nacionales, Gran Maestro en Educación, Ciencia y Cultura, Presidente del PUNT e Incansable Trabajador al servicio del Pueblo.

Las resoluciones del PUNT son para orinar sin dejar caer la más mínima gota. Una de ellas, por ejemplo, prohíbe a los ministros del Gobierno dedicarse al comercio, pero advierte, en la misma frase, que «este precepto no se extiende a los familiares de las autoridades señaladas».

No parece que hagan falta muchas opiniones para valorar que la nueva Constitución es un texto que no tiene la más mínima intención de mostrar tintes democráticos. Pese a admitir el principio general de que el pueblo es soberano, añade, en un ribete típicamente fascista, que dicha soberanía sólo se podrá ejercer a través del Estado y el partido único. Ese mismo partido tiene la potestad hasta de revocar el mandato de los diputados (art. 60), y el presidente puede disolver la Asamblea cuando quiera. Los jueces eran, asimismo, de mandato directo presidencial (art. 68).

En junio de 1974, más de cien personas fueron asesinadas en Bata, acusadas de preparar un golpe de Estado. Sus familiares fueron obligados a acudir al juicio a pronunciar, ellos mismos, la sentencia de muerte.

En 1974 Macías, cuya paranoia ahora se dirigía contra los cooperantes enviados por otros países africanos, los expulsó. También hizo lo propio con el delegado de las Naciones Unidas para el programa de desarrollo del país. El presidente guineano estrechó sus relaciones con la URSS, aportando con ello una base interesante para tropas cubanas presentes en Angola. No obstante, esto no arregló su enfermiza manía persecutoria. En 1975, durante el aniversario de la independencia, tan sólo consintió estar fuera de su palacio 16 minutos, dado que, como aseveró en una intervención radiada desde su despacho, sabía que la oposición había comprado mercenarios para matarlo.

Su decisión de dar la espalda a los vecinos africanos le salió cara a Macías. Gabón, que había aceptado realizar una política de devolución de exiliados, cesó en la misma, convirtiéndose en un santuario para los huidos. Otros países, como Egipto o Nigeria, se negaron a devolver a los estudiantes guineanos que tenían en su territorio, como les demandó el Gobierno ecuatorial. Por su parte, los que estaban en países del Este aprovechaban que tenían que pasar por Madrid para coger el avión a Malabo, y lo «perdían». Naciones Unidas solicitó de España que diese a estos guineanos el estatuto de refugiado político. Pero España, probablemente porque luchaba asimismo para que algunos españoles no obtuviesen dicho estatuto en Francia, se negó, por lo que los guineanos fueron declarados apátridas. Detallito que alimentó notablemente la desconfianza de los guineanos hacia España. En 1975, Macías Nguema Biyogo Ñegue abolió la enseñanza privada, generando el monopolio estatal de la enseñanza que ya tenía en la economía, pues los artículos de primera necesidad sólo podían adquirirse mediante autorización; lo cual, por cierto, condenaba a la hambruna a los parientes de cualquiera considerado subversivo. En abril de aquel año, asimismo, quedó prohibida en Guinea la expresión «Dios guarde a usted muchos años».

La charlotada de Macías llegó a puntos tan increíbles como un mitin en el que anunció que había averiguado (se jactaba de saberlo todo, como Dios, y mucha gente lo creía) que le habían puesto una granada debajo de la tribuna desde la que hablaba. Acto seguido se agachó, se levantó, mostró al público una granada y, acto seguido, acusó al vicepresidente Miguel Eyegue, que estaba a su lado, de haber preparado el complot. Allí mismo lo destituyeron y se lo llevaron, no precisamente a jugar al mus. Incluso se dice que hizo abortar a hostias a una de sus esposas, que osó transmitirle la inquietud por los problemas de hambre del país.

A finales de 1975, Malabo se quedó sin luz por falta de combustible para los generadores. A principios de 1976, los 15.000 jornaleros nigerianos del cacao, hartos de putadas y de hambre, pidieron la repatriación. La guardia guineana intentó impedirlo, pero el envío por parte de Nigeria de barcos de guerra los tranquilizó bastante. Macías huyó al interior. A la salida de los barcos, hubo disturbios con varios muertos por la cantidad de guineanos, muchos de ellos incluso policías, que se tiraron al mar para intentar subirse a los barcos.

En febrero de 1976, EEUU rompió sus relaciones diplomáticas con Guinea. Para entonces, ya no había ni embajador guineano en Madrid, que fue expulsado tras los fusilamientos de los militantes del FRAP y de ETA y unas declaraciones suyas al respecto; ni embajador español en Malabo, puesto que fue expulsado en represalia.

Francisco Macías Nguema Biyogo Ñegue Ndong fue responsable, según diversas fuentes, de unas 90.000 muertes. Es una cifra parecida a la que se estima de personas desaparecidas durante la dictadura argentina. Guinea, sin embargo, no ha tenido ni un Costa Gavras que le haya hecho una película, ni un Sabato que haya hecho notaría de sus bestialidades. Sus muertes, a juzgar por los conocimientos del enterado medio (incluso del español) es como si nunca se hubiesen producido.

Él creía que con su régimen de terror, desarrollando un país en el que mandaban, de hecho, las partidas de la porra de su Juventud en Marcha con Macías, solventaba su único problema, que era la oposición exterior. Pero en eso se equivocó. Con su aislamiento internacional, que para 1976 era ya pavoroso, Macías dejó de ser útil incluso para los suyos. Por eso fue de su propio entorno de donde partió el golpe de Estado que acabó con él; eso sí, buscando soldados extranjeros para fusilarlo, pues los guineanos no se atrevían.

El 3 de agosto de 1979, Teodoro Obiang Nguema, sobrino del presidente, dirigió un golpe de Estado contra él y lo depuso. Con la caída y muerte de Macías se abrió un periodo muy confuso, en realidad lleno de desencuentros, entre Guinea y España. Hoy, ambos países dan la impresión de no sentir nada positivo por haber estado, un día, íntimamente ligados.

Probablemente, la mejor manera de terminar este grupo de comentarios sobre Guinea sea citar, por última vez, al presidente Macías:

«El hombre que hizo posible la libertad de África fue el Führer. Al provocar la guerra de Europa, consiguió traer la libertad que hoy disfrutamos. Por más que dicen que Hitler fue malo, Hitler intentó salvar a África. Ése es el hombre que nos ha dado la libertad, tened esto presente».

Cráneo previlegiado.


In memoriam Tadeo Mba. Adiós, amigo.

miércoles, enero 14, 2009

Historias de Barcelona

Querido diario: en el día de hoy, hago firme promesa de no volver a dudar de San Google.

Inocente fui yo por considerar que en internet no sería posible averiguar qué jaca ganó el concurso de Miss Europa de 1933. Porque sí, fue la rusa. Y también habéis acertado los que habéis considerado que era concursante en el exilio, es decir representaba a los rusos blancos.

Ahora, en la segunda exiliada, no es por nada, la habéis cagado.

Hay y comentario que casi da en el blanco. Dice: yo votaría por Alemania, porque un país fascista es bien capaz de estar en contra de los concursos de belleza.

De lo único que hay que darse cuenta es de que Alemania no era el único país fascista en 1933.

La segunda exiliada, señores, era exiliada de Don Benito. No de la población pacense, no; de don Benito Mussolini, pues fue este ciclotímico dictador el que decidió que los concursos de belleza eran impropios de una patria imperial como la vieja Italia.

En fin, hechas las aclaraciones, contemos algunas cosas de Barcelona.



Ocurre a veces, en las subastas y remates de libros usados que frecuento, que para poder llevarte un buen mero tienes que llevarte alguna anchoa. Es usual que haya lotes de libros empaquetados a causa de la poca «salida» que algunos libros tienen por sí solos. A este hecho cabe unir que el bibliófilo (o por lo menos este bibliófilo que aquí os escribe) suele reservar alguna parte de sus adquisiciones para lo que podríamos denominar «pequeñas locuras», o sea compra de libros que teóricamente no son de su interés, y que compra por puro vicio, por leer algo distinto.

Una de estas adquisiciones fue, hace algunas semanas, un libro editado en 1963 por Ediciones Marte, titulado Memorias de un funcionario. No era caro y he de reconocer que el título me enganchó. ¿Qué tendría un funcionario que contar? Y, a todo esto, ¿de qué tipo de funcionario estamos hablando?

El libro en cuestión resultó ser obra de Manuel Ribé. Un hombre que, en la primera mitad del siglo XX, se ocupó, en diversas etapas, de la responsabilidad de la policía local del Ayuntamiento de Barcelona y, sobre todo, de su protocolo. Con la puntillosa meticulosidad de alguien que tiene en muy alto concepto su trabajo, Ribé escribió un libro que es, básicamente, la nómina de todas las cuchipandas, recepciones, premios y demás historias en las que estuvo metido el Ayuntamiento de Barcelona en la primera mitad del siglo. En realidad, el libro se hace un poco pesado. Ribé, catalán hasta las cachas, realiza descripciones tan pormenorizadas que se hace algo pesado; casi en cada almuerzo, cena o desayuno que organiza, nos detalla el menú y los costes. Una información muy interesante para alguien que quiera estudiar la evolución de los precios en la Barcelona de antes de la Guerra Civil.

Es Ribé quien cuenta, entre alucinado y cachondo, el extraño caso del alcalde de Barcelona que lo fue tan sólo por llevar puesto un buen chaqué (que, ahora que lo pienso: ¿no será que la ministra de Defensa lee este blog, y por eso se lo pone?). Pero cuenta más cosas. Algunas de ellas las voy a dejar aquí, no sin dejar de recomendar a mis amigos catalanes, o catalanófilos, especialmente los barcelonípedos, que, si algún día les cae en su entorno el libro de Ribé, tiren de tarjeta de débito y se lo lleven.

Hablando de Cataluña, hay que empezar por la cuestión lingüística. Aunque no la esperada. En año 1909, como sabemos bien, fue especialmente movido en Barcelona a consecuencia de la Semana Trágica. Así pues, una vez que aquellos disturbios pasaron, los regidores de la ciudad estaban locos por albergar en la ciudad cuantos más signos de modernidad y de progreso, mejor. En parte por esta razón, aquel año de 1909 se celebró en la Ciudad Condal el V Congreso Mundial de Esperanto. El Ayuntamiento, gozoso de la convocatoria, le pagó a los asistentes una comida, para lo cual aprobó un crédito extraordinario de 5.000 pesetas (30 euracos).

Pero lo alucinante es lo que nos cuenta Ribé. Le dejo hablar (aunque las cursivas son mías): «Ni qué decir tiene que como Jefe de la Guardia Urbana procuré que el Cuerpo cuidara muy bien de todos los servicios a los que debía atender, teniendo muy en cuenta que el Congreso era Universal y que Barcelona aún convalecía. Unos doce guardias y tres clases hablaban correctamente esperanto, y distribuidos con cuidado y maña, les pareció a los congresistas que eran muchísimos más los que conocían ese idioma».

Hace ahora cien años, pues, la policía local de Barcelona tenía 15 efectivos que hablaban esperanto. ¿Alguien se anima a buscar en Google cuántos hay ahora?

Hace cien años, si hemos de hacer caso de Ribé, el gran problema de Barcelona, como localidad turística, era el puerto. Porque cabe decir que hace un siglo en Barcelona, mientras en muchos lugares de España aún no sabían lo que era un turista, ya existía una asociación privada que llevaba el no muy elegante nombre de Sociedad para la Atracción de Forasteros, dedicada al fomento del turismo hacia la ciudad, de la que Ribé, por cierto, era secretario. Era pronta, pues, la vocación de la ciudad por convertirse en eso que llaman una economía de servicios, vía turismo.

Pero el puerto era un problema. Entonces, los trasatlánicos no desembarcaban a su grey mediante pasarela, sino que echaban el ancla a unos cientos de metros del muelle, de forma que el pasaje era llevado a tierra en barcas. Lo cual provocaba que en el puerto hubiese siempre una multitud de ofertadores de todo tipo, o sea taxistas, dueños de pensiones, de restaurantes, de tiendas y, por supuesto, descuideros de variada laya, subidos a un ejército de barcas que literamente atracaba (en varios sentidos) a los inocentes guiris que llegaban con sus francos y su despiste. «Sólo yo sé lo que tuve que trabajar para que el desembarco en el puerto de Barcelona fuese digno de su nombre», afirma, categórico, Ribé.

Otra especialidad barcelonesa era el republicanismo. En Barcelona, como en Madrid, el sentir republicano era muy fuerte y, aunque en las elecciones a Cortes se disimulaba mediante las mil artimañas de la manipulación electoral (durante medio siglo, en España se dio siempre la curiosa, y sospechosa, circunstancia de que las elecciones siempre las ganó el partido que las convocaba), en el ámbito local esto era ya mucho más difícil. Por tal razón, la ciudad alcanzó a tener alcaldes de fe republicana. En septiembre de 1910 arribó a Barcelona la infanta doña Isabel, miembro pues de la familia real, que fue agasajada por las autoridades locales. Esta doña Isabel o era despistada o le importaba todo un culo porque, llegando al paseo de Gracia y viendo a las gentes que la vitoreaban, se volvió hacia el alcalde accidental, José María Serraclara, y le dijo:

- Alcalde, ahora es el momento oportuno de dar un viva al rey.

Serraclara puso la misma cara que pondría Henry Fonda si tras descartarse de cuatro cartas le viniese un póker de mano; algo así como cara de catalán con el interruptor general en off. Tuvo que ser un ministro del gobierno de Madrid quien, subeptriciamente, se acercase a la infanta, y le musitase:

- ¿Es que Su Alteza ignora que el señor alcalde es republicano?

O sea, como invitarle al Carod a que dé un Viva España.

Los relatos sobre aquellos años, hace un siglo, son enternecedores por su amateurismo. Hoy, en política, todo es profesional. Y es obvio que si el alcalde de Madrid, Gallardón el Picopala, visitase Barcelona y pasara en ella varios días, sobran en la ciudad hoteles de postín para alojarlo. Sin embargo, en octubre de 1911, cuando el alcalde de Madrid, Francos Rodríguez, visitó Barcelona, las cosas eran más amateurs. Porque Francos (en plural) no se hospedó en ningún hotel, sino en la mismísima casa del alcalde de Barcelona. Eso es lo que se llama cooperación territorial, y lo demás son hostias. Era alcalde de Barcelona el marqués de Marianao, y tenía un palacio en el paseo de Gracia que lo flipas (creo que hoy es la sede del Banco Vitalicio). Allí se quedó el alcalde de Madrid, pero no, por cierto, sin que Marianao intentase algún otro arreglo, o sea quitarse de enmedio el huésped. La razón nos la da Ribé: los madrileños, decía el alcalde barcelonés, solían cenar muy tarde, y eso le causaba molestias.

He aquí un misterio resuelto: el hecho diferencial catalán consiste, básicamente, en acostarse pronto. ¿Qué habría sido de la industria discotequera sin la inmigración?

Marianao, por cierto, cumple con el retrato del catalán modelo en otra cosa: su intensa devoción por la virgen del puño. Los propietarios del paseo de Gracia tenían la obligación de poner losetas en la acera delante de su casa, pero podían dejar una parte con tierra. En realidad, casi todo el mundo que vivía en la avenida había completado las aceras con losetas, pero no Marianao, quien mantenía la proporción de tierra porque, como repitió siempre que se lo recordaron, no estaba obligado a embellecer la zona. Ni siquiera cuando fue alcalde abordó la obra. La pela es la pela...

El 18 de diciembre de 1914, la Guardia Urbana estrenó uniforme de gran gala para las celebraciones especiales. Conociendo a Ribé, que es quien lo preparó, tuvo que ser un uniforme acojonante. Tan, tan acojonante, que en el curso de la cena que se celebraba, el capitán general de Cataluña, el célebre general Valeriano Weyler, se dirigió a dos guardias que guardaban la puerta y les estrechó la mano, tomándolos por invitados.

Algunas semanas antes, en octubre, se declaró en Barcelona una epidemia de tifus. 9.278 enfermos y 1.976 fallecidos, que se dice pronto. El motivo de dicha infección da la medida del amateurismo de los tiempos: una casa recién construida vertía todas sus aguas fecales en las conducciones de Moncada que surtían Barcelona. Así pues, los barceloneses bebían, literalmente, un agua de mierda. Lo extraño es que quedase alguno...

Esto debe de ser algún tipo de tradición. Mi experiencia personal es que si hay un elemento en el que un barcelonés siempre está dispuesto a reconocer la superioridad de Madrid, es el agua, que aquí es mucho más rica, y considerablemente más barata.

Pero el tifus no fue todo. En el otoño de 1918, Barcelona habría de sufrir, como toda España, la terrible gripe española, ésa que dicen que está a punto de repetirse. La enorme mortandad de la gripe en Barcelona acabó creando un cuello de botella funerario: los enterradores de los cementerios, literalmente, no daban abasto y se llegó a la tétrica situación de que en la plaza frente al llamado Cementerio Nuevo se acumulasen los ataúdes con su muerto dentro, esperando que alguien los enterrase. Fue necesario crear brigadas de enterradores provisionales, en realidad obreros del Ayuntamiento. Otra medida que se tomó es que los sacerdotes no fuesen a la casa de los fallecidos y permaneciesen en la entrada de sus parroquias. Los féretros ni siquiera entraban: pasaban por delante, el cura rezaba el responso, y, hala, al cementerio. Extrema unción exprés.

En 1915, albergando ya Barcelona la idea de convertirse en una gran ciudad ferial, la ciudad toma posesión de la montaña de Montjuïch y aledaños, con el fin de montar una exposición internacional de Industrias Eléctricas, que fue la que lo comenzó todo. El alcalde, Pich y Pon, albergó enseguida la idea de construir un palacio en lo más alto de la montaña. Tantas ganas tenía de hacerlo que, cuando descubrió que allí en la cima había unos viñedos, ni corto ni perezoso se los compró al vinatero con su propio dinero; hoy sospecharíamos de este movimiento por posible corrupción urbanística, pero en aquel entonces lo único que pasaba era que Pich estaba que no orinaba por empezar las obras. Al día siguiente de la adquisición, se presentaron los obreros municipales para arrancar las viñas y el antiguo dueño, que lo vio, se agarró un disgusto de la hostia y empezó a dar la brasa, tanta, tanta, que el alcalde le tuvo que apoquinar 250 pesetas para que se callase.

El 30 de mayo de 1925, se celebró en Barcelona un acto que ahora mismo puede parecer poco importante, pero que en su momento fue de gran trascendencia para la ciudad: la inauguración el metro a su paso por la calle Balmes.

El metro de la calle Balmes, o más bien su inexistencia antes de ser construido, es una buena demostración de lo anárquicamente que creció Barcelona. Porque Barcelona, a base de tener alcaldes bienintencionados pero con escasa formación urbanística, se convirtió en un ejemplo claro de ciudad antigua, pues a mediados del siglo XIX todavía era una ciudad casi medieval, que estaba siendo engullida por su propio desarrollo. El crecimiento de Barcelona, sobre todo desde que Rius y Taulet diseñó su expansión, se había hecho muy deprisa. La calle Balmes había sido alguna vez una calle más bien periférica, pero ya no lo era. Sin embargo, mantenía una característica típica de calle de extrarradio: la recorría el ferrocarril de superficie. La situación era tan incómoda y peligrosa que en los últimos años que existió dicho ferrocarril fue necesario que la ciudad colocase un guardia urbano en cada una de las esquinas de las calles perpendiculares, con el objeto de evitar accidentes. Pocos avances en la calidad de vida urbanística de la ciudad son más importantes que el que inauguró aquel día primaveral, hoy hace 84 años.

¿Cuántos años hace que existen los vuelos entre Barcelona y Madrid? Pues 81, porque el primero despegó el 16 de diciembre de 1927. En sus inicios, el vuelo tomaba unas tres horas, o sea el triple que hoy. Todavía hubo gente que tomó aquellos aviones que era capaz de recordar los tiempos en los que el barcelonés que tomaba la diligencia para ir a Madrid salía a eso de las 10 de Barcelona y paraba tres horas después para comer... ¡en Hospitalet!

He dicho antes que Barcelona era aún en el siglo XIX una ciudad medieval. Pero hay medievalismos en esta ciudad que son, paradójicamente, modernos. Todos los que hemos estado en Barcelona hemos visitado el barrio gótico y, una vez allí, hemos admirado el pequeño puente de la calle del Obispo, ése que une dos edificios. Y tengo por mí que no sólo turistas sino los propios locales tienen ese detalle arquitectónico por algo puramente gótico. Serán pocos los que sepan que ese puente fue, en realidad, inaugurado el 23 de abril de 1928. Y conviene decir que su construcción fue un escándalo entre arquitectos, artistas, escritores y otros porculos, los cuales consideraban que el tal puente era un pastiche que nunca sería tomado por auténtico. En realidad, la obra forma parte de todo un plan trazado por los ediles de la ciudad para conseguir consolidar el barrio. Y, ciertamente, lo han conseguido; no serán pocos los que piensen que el barrio gótico de Barcelona se llama así desde los tiempos del gótico. Lejos de ello, la denominación data de los tiempos de la inauguración del puente de la calle Obispo.

Otro dato: ¿cuándo se instalaron los primeros semáforos en Barcelona? Pues en agosto de este cumplirán, exactamente, 80 añitos. La implantación obligó a las administraciones a editar miles y miles de pasquines donde se explicaba sencillito lo de los tres colores y lo de lo que hay que hacer y tal. Ya sé que os parecerá una chorrada, pero si os paráis a pensarlo, creo que acabaréis por coincidir conmigo en que entender el funcionamiento de un semáforo no es tan fácil como parece cuando no se ha nacido rodeado de ellos. De hecho, aún hoy somos mayoría los humanos que tendemos a interpretar de mala manera la luz ámbar.

Y rodando, rodando, en este pequeño anecdotario llegamos hasta un día con Historia, como es el 14 de abril de 1931. Como es archisabido, ese día toda España hervía ante las noticias que iban llegando del enorme caudal de votos obtenidos por las candidaturas republicanas en las elecciones municipales. En Barcelona y Cataluña los nacionalistas ganaron por goleada, en buena parte por un efecto que se repetiría en febrero del 36, es decir que los habitantes de las barriadas más modestas se aplicaron a votar masivamente.

El líder del catalanismo era Françesc Maciá y, como tal, su objetivo fue ir a la Diputación a hacerse con el poder (de hecho, declaró la República Catalana, proclamación de la que luego tuvo que dar marcha atrás tras no fáciles negociaciones con los políticos de Madrid). El segundo de Maciá, o sea Lluis Companys, fue encargado de ir al Ayuntamiento para hacerse cargo del mismo. Allí fue donde se encontró con nuestro incombustible Ribé.

Era alcalde de Barcelona, accidental, el señor Martínez Domingo, el cual se negó a entregar a Companys la vara de alcalde, por considerar el procedimiento poco legal. Aún así, Companys la tomó, con lo que al hasta entonces alcalde no le quedó otra que darse el piro.

El problema se planteó cuando el nuevo poder en el Ayuntamiento (no cabe llamarlo alcalde propiamente hablando) dictaminó, lo cual tiene su lógica, que se izase la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento.

El 14 de abril de 1931, no había en el Ayuntamiento de Barcelona ni una bandera tricolor.

Visto lo visto, los servicios de la corporación se dirigieron a la plaza de San Justo, donde había un centro republicano, donde pidieron prestada la bandera que solían colocar en un mástil sobre la entrada. Una bandera, nos cuenta Ribé, que estaba un poco estropeada. Ya sabemos cómo se ponen las banderas que trabajan muchos días y muchas noches sin que alguien las lave: asquerosas. Pues aquella tela semimugrienta fue la que se izó a la una y media de aquel 14 del balcón del Ayuntamiento de Barcelona, a falta de algo mejor.

No quiero terminar estos comentarios sin confirmar algo que comenté, como posibilidad, cuando conté la peripecia de Josep Banqué, aquel alcalde que lo fue por la sola razón de ir bien vestido. Porque Banqué no fue, en efecto, el alcalde más breve de la Historia de esta ciudad. Éste fue Víctor Felipe Martínez, capitán de la legión. Tomó posesión del cargo, en nombre del ejército franquista, a las cuatro y media de la tarde del 26 de enero de 1939, cuando las tropas de Franco estaban entrando en la ciudad; y cesó a la misma hora del día siguiente, momento en que fue nombrado Miguel Mateu y Pla.

No sé por qué, pero me da que si en el Ayuntamiento de Barcelona hay galería de retratos de los antiguos alcaldes, no figurará el del capitán Martínez.

martes, enero 13, 2009

Los cánones de belleza

Tras el anterior artículo dedicado al Retiro, y para que no se mosqueen mis lectores de Barcelona, que sé que son unos cuantos; y también porque puedo, gracias a una curiosa fuente de la que ya hablaré, en estos días preparo un articulín que trata de ser un anecdotario de la ciudad de Barcelona. Para muestra, este pequeño botón.

La foto que aquí muestro fue tomada en el Ayuntamiento de Barcelona el 20 de mayo de 1933. En ella aparecen las concursantas del certamen de aquel año de Miss Europa, que se celebró en Madrid. En la primera fila, de izquierda a derecha: Miss Noruega, Miss Italia, Miss Hungría, Miss Turquía, Miss Francia y Miss Dinamarca. En la segunda fila: Miss Alemania, Miss Rusia, Miss Bélgica, Miss España y Miss Yugoslavia.

Aunque el escaneo no sea el mejor del mundo y la foto tampoco como para echar cohetes, se ve lo suficiente como para darnos cuenta lo mucho que ha cambiado en setenta y pico años el concepto de tía mollar. Hoy por hoy, si de Miss Dinamarca y Miss Alemania, por ejemplo, nos dijeran que son las madres de alguna candidata, lo creeríamos. Pero nos costaría pensar que puedan ser, ellas mismas candidatas.

Os dejo dos preguntas.

La primera, obvia: ¿quién ganó? Esta vez espero haberos pillado, o sea que no creo que en Google se pueda consultar quién ganó el Miss Europa de 1933 (aunque todo puede ser). La única pista que daré es ésta: yo le habría votado a Miss Yugoslavia. Pero me habría equivocado.

La segunda pregunta. Dos de estas candidatas lo fueron (recordad: 1933) «en el exilio», porque en sus respectivos países los concursos de belleza femenina estaban, entonces, prohibidos. ¿Se os ocurre a qué dos países nos estamos refiriendo?

Hala, hasta más ver.

domingo, enero 11, 2009

Notas sobre el Retiro de Madrid

Pues sí. El parque del Retiro es un elemento fundamental de Madrid. Uno de esos lugares donde todo el mundo ha estado, al menos una vez, y en el que a todo el mundo le ha pasado algo interesante. Es por ello que, tarde o temprano, debíamos ocuparle un pequeño espacio.

El parque se finalizó el 1 de octubre de 1632. Para entender por qué el parque se llama del Retiro, hay que tener en cuenta que su existencia se combina, o diríamos modernamente que forma un paquete, con la iglesia de los Jerónimos. Los Jerónimos es la iglesia real de Madrid por excelencia. No pocos de los miembros de la familia regia se han casado allí o han sido allí cristianizados, aunque la existencia de la catedral de la Almudena parece haber cambiado las cosas, a juzgar por la boda del actual heredero de la (inexistente) corona. Por alguna razón que se me escapa, los reyes españoles tardaron mucho en darse cuenta de que justo al lado de su palacio tenían un solar de pila máster para levantar una iglesia. Así pues, el lugar sagrado para ellos fue, durante siglos, la iglesia de Los Jerónimos.

Así las cosas, el parque cumplía una función de retiro para los miembros de la familia real, retiro que se llevaba a cabo, fundamentalmente, en los días de cuaresma o de luto, que viene a ser lo mismo porque, si no estoy muy equivocado, la cuaresma es una especie de luto en sí misma. El parque, por lo tanto, se concibió como un lugar de recogimiento y descanso, hasta el punto de que en su día estuvo relativamente repleto de casas diseñadas para el reposo, sobre todo construidas por Fernando VII, aquel rey de no haber sido rey habría sido, simple y llanamente, un cabrón (lo cual, sí, lo convierte en un rey cabrón). De todas aquellas casas de reposo que existieron sólo persiste una, que es la conocida como Casa del Pescador. Hoy en día, que yo sepa, está cerrada al público y al no público (o sea, que aunque al Urdangarín le diese por ir allí a echar una siesta, no creo que le dejaran).

Hasta la segunda mitad del siglo XIX no hizo falta que el Retiro estuviese delimitado por la verja que hoy tiene. Era lógico. Madrid empezaba en la Puerta de Alcalá, así pues el parque quedaba extramuros y no era lugar que alguien fuese a frecuentar. Durante el antepenúltimo siglo, además, el parque era más grande que ahora; algo que ya es fácil de sospechar si nos damos cuenta del detalle de que el Casón del Buen Retiro está fuera de El Retiro, lo cual no tiene demasiada lógica. El parque, llegar, llegaba hasta el palacio de Comunicaciones, rebautizado Gallardonópolis. Allí, donde ahora el alcalde se dedica a trazar en un mapa cuáles serán los comercios que se quedarán sin clientes durante meses por causa de sus obras, o a redactar esas absurdas reglas de funcionamiento como que los conductores de la EMT no estén obligados a parar en lugares que sólo por sentido poético se llaman paradas, allí, digo, en el siglo XIX se organizaban francachelas y cachondeos, especialmente en primavera y verano y en las horas nocturnas, que eran, junto con las funciones del cercano teatro Apolo (hoy es un banco; es el signo de los tiempos), lo más de lo más de Madrid. El alcalde probablemente no lo sepa, pero está sentado sobre toneladas de poluciones nocturnas.

Fijaros en esta foto, directamente uplodeada desde mi escaneoteca. No puedo datarla exactamente, aunque hay datos. El hecho de que la plaza de Cibeles esté ya urbanizada, con la diosa en el centro y mirando hacia Sol, hace pensar que la foto está tomada en algún momento entre 1898 y los primeros años del siglo XX (el libro de donde la he sacado fue editado en 1909, así pues la imagen no puede ser más antigua). A la derecha del palacio de Linares, donde «debería estar» el de Correos, lo que se ve es una extensa zona ajardinada que, en realidad, es el ante-Retiro.



La decisión de que el Retiro fuese de todos los madrileños es relativamente moderna. Llegó con el primer soplo real de democracia de nuestra Historia, es decir aquel momento de 1868 cuando cordialmente invitamos a la facha Isabelita a que se fuese a la frontera, diese un pasito hacia fuera y luego moviese la mano en señal de adiós. La Gloriosa fue una revolución extraordinaria (no son pocos los que siguen considerando que la Constitución que alumbró es la mejor que ha tenido España) y una de las cosas que trajo fue el concepto que el Retiro era de todos, o de casi todos. Hasta entonces, había sido predio exclusivo de Austrias y Borbones, y para garantizar dicha exclusividad se inventó una policia especial, conocida como Guardia Amarilla, supongo que porque sus jubones serían de ese color. Otros que estaban acostumbrados a percorrer una parte del parque eran los aristócratas, que utilizaban el llamado Paseo de Coches para ir allí a mostrarse unos a otros. En dicho paseo fue donde, en los años en los que fue rey de España el italiano Amadeo, la nobleza española se dedicó a hacerle desplantes, uno detrás de otro, normalmente negándole el saludo. La reina purgó tanta ingratitud haciendo obras de caridad y fundando un asilo por la zona de la Puerta de Toledo. El consuelo de Amadeo fue más escatológico, pues consistió, sobre todo, en ir a visitar a una descendienta de Mariano José de Larra, que por lo que sé vivía en lo que hoy es el principio de la Castellana, y matarla a polvos. Lo que no sabemos es si la señora Larra le decía a Amadeo, como Jamie Lee Curtis a Kevin Kline en A fisch called Wanda, aquello de «háblame en italiano».

A decir verdad, las distintas generaciones borbonescas ya habían abierto un poco la mano, unos cien años antes, permitiendo que se pudiese deambular por determinadas zonas del parque aún siendo de los Pequeños de España. Esto sí, con reglas. Los hombres no podían llevar el pelo cogido en una red ni ir descubiertos. También estaban prohibidas las capas, pues sabido es que en aquellos tiempos las capas eran adminículos que servían, básicamente, para que los demás no conociesen la identidad del portante. Para las mujeres había reglas que más bien parecen estudiadas para joderlas (en un sentido figurado y no saboyano). La mujer que quería pasear por el Retiro podía llevar mantón. Pero lo que no podía era llevarlo en la mano o en el brazo. Así pues, si le entraba calor, ajo y agua.

Como el Retiro es tan grande, en él caben un montón de cosas. Cupo, por ejemplo, toda una fábrica de porcelanas, conocida como La China. La levantó el Rey Coñá, o sea Carlos III, y estaba donde hoy está la plaza del Ángel Caído, estatua que, dicen, es el único monumento que existe en el mundo consagrado al Diablo. También cupo el pabellón árabe cuya foto, del siglo XIX, encabeza este comentario (la he sacado de la misma guía de Madrid de 1909, así pues hace cien años aún existía). Que yo sepa, pero puedo estar equivocado, no existe ya.



Los dos inquilinos más famosos de la Casa de Fieras fueron elefantes. El primero, Pizarro, vivió en la Casa de Fieras más o menos a mitad del siglo XIX, y se hizo famoso porque un día se escapó. Una vez que salió del parque (hemos de recordar que entonces no tenía verja), tiró para Madrid, llegó a una tahona, se metió dentro, le provocó (hemos de suponer) al dueño una serie inconclusa de lipotimias y fibrilaciones auriculares, y luego se puso ciego de pan. Para cuando sus cuidadores lo localizaron, tenía el estómago tan hinchado de comer que se dejó atrapar mansamente. Parece ser que el esqueleto de Pizarro está en el Museo de Ciencias Naturales, en la Castellana.

El segundo elefante se llamaba Perico y vivió en Madrid en los años cincuenta, sesenta y quizá setenta (hablo por recuerdos y no puedo precisar la fecha). La Casa de Fieras del Retiro, y esta es una anotación para los más jóvenes, no tenía nada que ver con los zoológicos modernos. Allí el elefante estaba a un tiro de trompa del público, y se podía alimentar a todo cristo; los niños hacíamos acopio de pan duro los días anteriores a la visita a la Casa de Fieras. Perico había aprendido de su cuidador diversas habilidades y el pueblo de Madrid, en verano, iba allí a disfrutar con ellas. La más difícil de ellas era coger monedas con la trompa. El redactor de estos recuerdos se atrevió un día, con seis o siete año, a tirarle un duro, que Perico se las arregló para coger con la trompa y depositar en la palma de mi entonces pequeña mano, acompañado de dos o tres kilos de babas.

Perico murió muy joven. Los periódicos le dedicaron necrológicas. Las merecía. Yo, cuando menos, lo echo de menos.

Cabe anotar también que en la Casa de Fieras había un par de osos blancos que se exhibían en un foso no muy grande. Uno de ellos solía pasar el tiempo caminando de un lado al otro del foso y, al llegar al extremo, asomándose al alto talud (abajo había un pequeño río), movía hacia delante la pata derecha, como saludando, y luego daba la vuelta hacia el otro extremo, donde repetía la operación. Muchos madrileños, por lo bajinis, llamábamos a aquel oso Paco, y el nombre no era baladí. Aquel Paco era por Franco, don Francisco. Y es que el Caudillo, como todos los hombres públicos, tenía sus manías gestuales en la hora de los discursos. Igual que Zapatero tiende a juntar las yemas de los dedos de las manos en un gesto (lo siento, presi) de intensos tufos sacerdotales, o Rajoy parece estar siempre esparciendo sal con su mano derecha, Franco solía realizar un movimiento con su brazo y mano derechos hacia arriba y hacia abajo, como cortando un jamón a base de tajos. El gesto del oso se parecía bastante al del Jefe del Estado, así pues la bestia del Polo Norte parecía estar diciendo aquello de «Españoles todos, un año más turbo la paz de vuestros hogares para felicitaros en fechas tan señaladas».

También estaba la Casa de Vacas, llamada así porque era una vaquería, pero una vaquería un tanto especial. Los madrileños se acercaban allí y miraban las vacas. Escogían una y, acto seguido, el dependiente ordeñaba in situ un vaso de leche, que el consumidor se metía para el coleto. Luego se inventaron las inspecciones sanitarias y estas cosas se convirtieron en imposibles.

Blay, Querol, Trilles, Marinas, Arnau, Grases e Inurria son, efectivamente, apellidos de escultores. Todos ellos están representados en el grupo escultórico más ambicioso del parque, es el monumento a Alfonso XII situado en el centro del estanque del Retiro, un lugar donde, quién más quien menos, ha pelado alguna pava alguna vez. Un espectáculo periódico que depara este estanque es su desecación, normalmente por motivos de limpieza y reparación. El espectáculo nace de que en el fondo del estanque siempre aparece de todo. Si no recuerdo mal, la última vez que se limpió, que fue hace pocos años, hasta un coche apareció.

sábado, enero 10, 2009

Little Retiro quiz

Esto es la crónica de un post anunciado. Porque el próximo post que se escriba en este blog será sobre el parque madrileño de El Retiro y, que diría Ortega, sus circunstancias. Lo estoy preparando y ya lo tengo bastante peinadito. Se me ocurrió ayer paseando por el parque en medio de una nevada que si no estuviese casi recién llegado de Estocolmo quizá calificaría de copiosa. Pensé que el Retiro es de las cosas más bonitas que tenemos en esta ciudad de Madrid y que, por lo tanto, tal vez mereciera que le abriésemos una ventanica en este espacio.

El post, en todo caso, será como un catecismo. Porque lo que haré, fundamentalmente, es contestar a una serie de preguntas que aquí te dejo. Así puedes medirte a ti mismo como retirólogo.

Atención, preguntas:

¿Por qué el parte del Retiro lleva el nombre, un tanto extraño, de parque del Retiro?

¿Cuándo se finalizó el parque?

¿Qué era la Guardia Amarilla y cuáles eran sus funciones?

¿Qué o quién fue La China del Retiro?

¿Por qué se construyó la Montaña Artificial del parque?

Hubo una época en la que el personaje más popular del Retiro se llamaba Pizarro. ¿Quién era?

¿Por qué se llama Casa de Vacas la Casa de Vacas?

¿Por qué, al hablar del Retiro, se citan conjuntamente los nombres de Miguel Blay Querol, Aniceto Marinas, Eusebio Arnau, José Grases y Mateo Inurria (entre otros)?

miércoles, enero 07, 2009

Etiquetas y protocolos

El poder, en su inicio, consistía en ser más fuerte. En una colectividad humana, el primero era el que era capaz de dar más hostias por minuto. Así de claro. Como en el reino animal, ése era el que comía antes, el que echaba más polvos y el que se sentaba la sombra del árbol más grande. En correspondencia , cuando venían las hienas a dar por culo, era también el primero que tenía que agarrar la garrota y echarse encima de ellas.

En esos tiempos, la exhibición del poder no era pues problema para esos líderes de manada. Pero las manadas se fueron complicando. Las manadas de hombres se fueron conviertiendo en aldeas, pueblos, comarcas y naciones. Cada una de estas unidades fue teniendo su jefe poderoso y al que mandaba sobre un territorio extenso comenzaron a llamarlo rey. Una de las tendencias naturales del hombre es profesar admiración sin par hacia los hombres destacados. Los dioses antiguos son probablemente imágenes simbólicas de antiguos guerreros de carne y hueso. Esta tendencia a la admiración y el recuerdo, unida a la creencia animista de que la fuerza de los reyes provenía de su sangre (de su ADN, diríamos hoy) provocó que la monarquía se convirtiese en algo hereditario. Aunque este concepto repele la racionalidad, pues es bien sabido que padres fuertes, valientes y comedores de marisco pueden perfectamente tener hijos débiles, cobardes e hipercolesterolémicos, fue rápidamente aceptado por las sociedades humanas. Además, en un movimiento que comenzó unos 2.500 años antes de Cristo en Egipto, sobrevino un nuevo elemento que tendió a consolidar más este montaje: el maridaje entre el poder temporal del rey y el espiritual de las clases sacerdotales. El rey pasó a ser un descendiente de los dioses, un plenipotenciario de los mismos o él mismo una deidad.

Al final de este camino, recorrido aproximadamente a lo largo de unos 25 siglos, la mayor parte antes de Jesucristo, el rey aparece convertido en un estadista que ya no, o no necesariamente, es el más fuerte. Es el que más fuerza tiene, sí, porque un ejército le avala; pero él mismo puede ser, y de hecho suele ser históricamente hablando, un ser adiposo, abúlico e incluso torpe. El ejemplo más claro de rey antirrey quizá sea ese Luis Capeto a quien se llevó por delante la Revolución Francesa, que era un tipo que saber, saber, lo que se dice saber, lo único que sabía en la vida era arreglar relojes.

En estas circunstancias, se hace necesario crear una serie de elementos que dignifiquen la diferencia entre ser rey y no serlo y que creen de hecho una distancia entre el ser superior y el inferior, sea éste un noble, un burgués o un simple plebeyo. La más exitosa, y por lo tanto, duradera de las invenciones en este terreno es la etiqueta o protocolo.

La etiqueta es una invención fundamentalmente oriental. Las cortes reales de Carlomagno, de Pipino el Breve o de Carlos el Gordo, por poner tres ejemplos muy cercanos entre sí, eran complejas y diferenciadas, pero no podían competir con el fasto y la complejidad de los protocolos persas o chinos (aunque éstos últimos no se conociesen por aquí). La invasión de parte de Europa por los musulmanes supuso poner muy en contacto estos dos mundos. Una leyenda, que no tiene por qué ser incierta, nos cuenta que en cierta ocasión un rey cristiano envió una embajada al califa Abderramán III, aquel tipo follador y un tanto cabroncete que, ya en su vejez, decía haber conseguido ser feliz apenas unos cuarenta minutos de su vida (por lo que se ve, era follador, cabroncete y exigente). Llegados los embajadores a la puerta del palacio de Medina Azahara, llamaron a la puerta y, al abrirles un edecán, se echaron a sus pies. Y es que el criado iba tan ricamente vestido a los ojos de los embajadores de la Comunidad Autónoma de Castilla León que lo tomaron por el califa en persona.

Otra cosa que aprendimos en Europa gracias al mayor contacto con Oriente fue eso de ligar monarquía y divinidad. Esto no nos vino por los musulmanes, sino algunos siglos antes, tras la creación del Imperio Romano de Oriente, cuando la corona constantinopolitana intensificó su identificación con los modos de las monarquías y satrapías persas, donde el que mandaba era considerado imagen de Dios. Nos cuenta Liutprando, un monje que fue embajador del rey de Italia en Bizancio, que fue obligado, a su pesar, a postrarse ante el emperador; él que, como buen cristiano, consideraba que sólo hay que postrarse ante Dios, se encontró con que los propios cristianos bizantinos le dijeron: es que el tipo que está en el trono es como Dios.

El emperador le recibió sentado en un trono de oro, a la sombra de un árbol de oro, reproducido hasta el último detalle, incluso con pájaros de oro. El trono, asimismo, estaba flanqueado por dos leones de oro.

El protocolo real establecía que, al entrar el embajador en la sala, los pájaros se ponían a gorjear, es de suponer que gorjeos de oro, y los leones a rugir áureamente. Todo eso estaba montado para provocar el acojone del personal y que, así, se postrasen sin resistencia. Liutprando lo hizo y, cuando levantó la frente del suelo, observó que el trono había sido elevado unos metros, de modo y forma que el emperador, refulgente entre tanto oro, le miraba como desde el cielo.

Evidentemente, toda esta etiqueta conseguía su objetivo principal, que era sustentar la idea de que el emperador no era cualquiera.

Los expertos de esta cosa de la etiqueta suelen considerar que una de sus instituciones principalísimas, como es la reverencia o genuflexión, es un invento español; pero no está del todo claro. Digo que es una institución principalísima porque es tan longeva que aún existe hoy. Hoy por hoy, de hecho, de todos los complicadísimos estrambotes de la etiqueta cortesana quedan dos cosas: una, las denominaciones especiales, aunque matizadas, pues utilizamos Su Majestad pero ya no usamos otras del pasado como Su Serenísima, o Amo Sacratísimo como eran conocidos los bizantinos, o Vuestra Eternidad; y la reverencia, que no es ya propiamente obligatoria, pues uno puede situarse delante del rey y no quebrar la espalda sin que vaya a ser multado por ello. En mi opinión, ante las dudas que mucha gente tiene sobre cómo hacer la puñetera reverencia, ésta ha degenerado en una serie de medio gestos, que hoy se ven en los informativos de televisión de vez en cuando, que son más ridículos que otra cosa. Quienes defienden este gesto como necesario en la relación con un rey tal vez deberían leer el edicto de Federico el Grande por el cual, el 30 de agosto de 1783, quedó abolida en su Corte.

Pero eso es ahora. Hace siglos, en muchas monarquías, los súbditos debían arrodillarse ante su soberano, existiendo una compleja regulación de cuándo había que apoyar una sola rodilla y cuándo las dos en el suelo.

En la corte de Isabel de Inglaterra, cada vez que se ponía la mesa para que la señora papease llegaban dos gentilhombres con el mantel, que colocaban en la misma tras hacer tres genuflexiones antes y tres después. Otros dos nobles entraban después, uno con un salero, un plato y el pan, y el otro, con un bastón de mando, lo precedía. Nueva serie pareada de tres y tres doblamientos corporales antes de colocar el menaje. Luego dos damas entraban con los cubiertos y los colocaban genuflexamente. Después de eso, los trompeteros tocaban famfarria y entraban soldados de la guarcia real con 25 platos de oro, que colocaban en la mesa. Sólo entonces aparecía la reina. Salvo en el caso de que hubiese decidido comer sola, porque entonces 25 damas de compañía tenían que coger los platos y llevarlos a su cámara, donde ella elegía dos o tres.

El conde Filiberto de Gramond, uno de los diplomáticos más viperinos y ocurrentes de la Historia, lo fue ante la corte de Carlos II de Inglaterra. Es famoso por haberle hecho al rey el sarcástico comentario, que muchos turistas de paso por Reino Unido hoy compartimos, de que había creído que la razón de que toda aquella gente se arrodillase al dar de comer al rey era «el pésimo alimento que sirven a Vuestra Majestad».

En la corte imperial vienesa del siglo XVIII, el protocolo de las comidas incluía el hecho de que los ciudadanos podían solicitar estar en la puerta por donde entraba el emperador a comer para así poder besarle la mano. El besamanos, signo de pleitesía que personalmente considero especialmente humillante, ha desaparecido, afortunadamente, de los protocolos reales (y, por supuesto, me refiero a las monarquías del presente siglo, es decir las constitucionales). No ha desaparecido, no obstante, del protocolo eclesiástico. El Vaticano sabrá por qué; aunque doy en pensar que, sea cual sea la explicación, la palabra modernidad no forma parte de ella.

Elemento absolutamente consustancial a la etiqueta real es la existencia de privilegios. Los emperadores chinos, según nos cuenta Pu Yi en su autobiografía, ostentaban la total exclusiva de determinado color amarillo; nadie en China podía usarlo nada más que ellos; salvo, quizá, los chinos con ictericia. Igualmente, sólo los emperadores de Bizancio podían usar zapatos rojos. Esta costumbre, ligeramente retocada y flexibilizada, acabó llegando a cortes occidentales como la francesa, en la que los nobles tenían el privilegio de poder llevar ante el rey calzado con tacón rojo. Los grandes de España, por el hecho de serlo, tienen el privilegio de permanecer ante el rey tocados, es decir con el sombrerete puesto. El resto de los ciudadanos, o sea nosotros los Pequeños de España, se supone que tenemos que dejar la chota al aire (exclusión hecha, supongo, de militares, cardenales y demás gente Mediana, que diría Gandalf).

En muchas cortes, no todo el mundo podía tocar al rey. Cleopatra, por ejemplo, era teóricamente intocable, aunque eso no le impidió ni a Julio ni a Marco Antonio matarla a polvos. Pero no es ésa una costumbre tan antigua como pueda parecer. Felipe III, rey Habsburgo de España, sufrió gravísimas quemaduras estando sentado frente a su chimenea. El agravamiento de sus lesiones se produjo, en parte, porque la gente que en ese momento le rodeaba tardó demasiado tiempo en encontrar a un grande de España que pudiese mover el sillón. Por su parte, en la corte de Luis XIV existió una prolija regulación sobre quién podía sentarse en un sillón, en un sillón con respaldo pero sin brazos, en un taburete, o permanecer de pie, delante del rey, o en presencia de los príncipes, o de los pares de Francia. Por esta razón, en Versalles había decenas de lacayos cuya única función era ir transportando sillones y taburetes conforme los miembros de la familia real o de la alta nobleza se movían de una sala a otra.

Cuando el rey no estaba en su sede central y se piraba a sitios como el castillo de Balmoral en Inglaterra, la nobleza se iba con él y se alojaba en el mismo castillo. En las puertas se escribía el nombre del inquilino de cada habitación. En el caso de Francia, los nobles de sangre real, los cardenales y la realeza extranjera tenían el provilegio de que su nombre no figurase sólo y fuese precedido por la preposición pour (para). Los embajadores daban el coñazo que fuera necesario para conseguir el puto pour para sus señores.

Poco a poco, conforme la etiqueta se va convirtiendo en una ciencia cuyos expertos hacen cada vez más alambicada, el protocolo real va encerrando a los reyes y reinas en una jaula que controla absolutamente toda su vida. En una de las ciudades que atravesaba camino de Madrid para casarse con Felipe IV, un alcalde quiso regalarle a Ana de Austria unas medias de seda, pues la seda era la producción local. Indignado, el mayordomo real rechazó el regalo, pues la reina no podía recibir óbolos de cualquiera, y le espetó al tembloroso edil: «Ya es tiempo que sepáis, señor alcalde, que la reina de España no tiene piernas». La tradición nos cuenta que Ana de Austria, testigo de la escena, llegó a Madrid histérica, por pensar que le amputarían las piernas después de la boda. No es la única anécdota de este jaez. Mirabeau rechazó en cierta ocasión el redactado de un memorial al rey que comenzaba diciendo que sus firmantes «depositaban un homenaje a los pies de Vuestra Majestad»; y lo hizo argumentando que el rey no tiene pies.

Eso que se ahorra. Así, no le huelen.

En la Corte española, por estar regulado, hasta lo estaba cómo debía vestirse el rey la noche que decidía ir a hacer principitos con la reina. Un cronista alemán llamado Lünig dejó una descripción de dicho porte, que incluía una botella, dice, «nicht zum trincken, sondern sonst bey Nacht-Zeiten gebraucht wird». O sea, que la botella no era para beber sino para otros propósitos nocturnos. ¿Ein?

Luis XIV, el Rey Sol, es conocido por haber sido el no va más de la etiqueta emperejilada. Era el Sol, ergo el centro del mundo, y todo giraba alrededor de él. Se han hecho cálculos según los cuales don Luis no pasó en toda su vida ni diez minutos solo. Y no es de extrañar. En las cortes coronadas del pasado, los reyes cagaban delante de los nobles. De hecho, Luis XIV, considerando cortante la historia, redujo el volumen de testigos de tan escatológica escena a unos cincuenta. Por cierto, que era un privilegio ser el noble que llevaba la silla con el agujerito y la ponía bajo el culo del rey. Sin salir de la mierda, cabe recordar al desgraciado hijo de María Antonieta el cual, casi nada más nacer, se cagó (y que nadie se ría; que aquí, quien más quien menos, todos hemos hecho lo mismo). La escena, claro está, fue presenciada por varias decenas de testigos, que la recibieron con alborozo. Automáticamente, en la moda parisién se impuso cierto color marrón, conocido como Caca Dauphin, o sea, La Mierda del Delfín.

Esta obsesión por emular al rey era tan estúpida que, cuando el Rey Sol fue operado de una fístula, varias decenas de nobles pagaron a cirujanos pasar ser operados de lo mismo, es decir de fístulas que no tenían.

Quizá el ejemplo más estúpido de adulación a un rey o emperador se dio con Napoleón y el asunto de la máscara de hierro. Es muy conocido, entre otras cosas porque Hollywood lo ha versionado, el mito francés de la máscara de hierro. Según dicho mito, Luis XIV tenía un hermano gemelo que había nacido antes que él y, por lo tanto, le precedía en el derecho al trono. No se sabe muy bien por qué, fue apartado en el momento de nacer, encarcelado, y obligado a llevar una máscara de hierro de por vida para no ser reconocido por nadie. El mito tiene poca solidez; primero, porque no se explica qué podía tener Luis XIV siendo un recién nacido como para convencer de que él debía ser el rey. Y, segundo, porque en aquellos tiempos, de ser cierta la necesidad, alguien se habría apiolado al niño sin problemas ni mascaritas ni hostias. Pero el mito existió, entre otras cosas porque tiene una base real, aunque el encerrado no era rey y la máscara no era de hierro, sino de seda. Pero ésa es otra historia (ya puestos: ¿hay alguno que se la sepa?).

El caso es que al llegar Napoleón a la dignidad imperial, los genealogistas se aplicaron a demostrar que era descendiente del misterioso hombre de la máscara de hierro. Según la metaleyenda (leyenda sobre leyenda) una jovencita llamada Bompart, hija de un guardián de la prisión de la isla de Santa Margarita, le echó varios quiquis al de la máscara hasta quedarse embarazada, enviando el niño a Córcega, donde su apellido se italianizó a Buonaparte.

Napoleón, por cierto, se reía de esta chorrada. «La historia de la familia Bonaparte», decía, «comenzó el 18 de Brumario».

Algunos reyes antiguos tenían que beneficiarse a la reina en la noche de bodas delante de testigos, para que no quedase duda. En otros casos, el personal se contentaba con comprobar a la mañana siguiente que había sangre en la sábana, aunque hemos de reconocer que esa es una prueba bastante endebles, pues sangres hay muchas, y el himeneo no es la única forma de producirlas.

Aunque lo más absurdo de estas cosas son, claramente, los subproductos mal copiados. Ya he dicho que, en realidad, la etiqueta cortesada es, en buena parte, una no muy buena copia de protocolos orientales. Pero la monarquía occidental fue asimismo copiada en algunos casos. Uno de los más chuscos es el de Faustin Elie Soudouque quien, en 1849, se proclamó emperador de Haití con el nombre de Faustin I. Faustin quería una corona de oro, como la de Napoleón (los haitianos, colonizados por Francia, sentían adoración por don Napo); pero como no tenía, fue coronado con una corona de cartón pintada de dorado, como las que dan en el McDonald's con un Happy Meal.

El gran esfuerzo de Faustin fue crear una nobleza. Copió de los países europeos la costumbre de dar al noble, con su título, unas tierras, y dar al propio título el nombre de dichas tierras (así, el ducado de Medina-Sidonia y todo eso; hoy los títulos nobiliarios siguen llevando en muchos casos denominaciones de territorios, aunque obviamente los territorios ya no van adjuntos, como ocurre con los ducados de Palma y de Lugo). El problema es que las fincas que otorgó a los nobles en Haití tenían nombres extraños y, por esa causa, creó cosas tan acojonantes como los ducados de la Limonada, de la Mermelada, de las Mejillas Rojas, del Puesto Azanzado o del Número Dos; o los condados de Río Torrencial y Terrier Rojo; o las baronías de La Jeringa o del Agujero Sucio. Cabe imaginarse el diálogo en el supermercado.

  • Hola. Soy el Barón del Agujero Sucio.

  • ¿Ah, sí? Pues el papel higiénico está en la primera estantería pasados los congelados.

En 1852, Faustin se recoronó, pues ya había conseguido una corona de oro. Se dice que en la escena reprodujo exactamente el cuadro de David de la coronación de Napoleón.

Faustin encargó en Marsella un uniforme especial para su guardia personal. Puso mucho empeño en que los uniformes llevasen una placa de metal identificativa de la especial categoría de aquellos soldados. Algún tiempo después, un francés llegó a Haití y fue invitado a una parada de la guardia real. Cuál no fue su sorpresa cuando se acercó a un soldado y, fijándose en la placa, leyó en ella:

Sardines a l'huile. Barton e Cie. Lorient.

Tanto Faustin como toda su guardia eran analfabetos. Todavía no se habían dado cuenta de que el avispado marsellés había cobrado un congo por unas placas que eran culos de latas de sardinas.

Pero en eso constituye la etiqueta real. Si el rey dice que la tapa de una lata es la hostia, entonces es la hostia.