sábado, septiembre 27, 2008

Discusiones bizantinas (1)

Los inicios de un negocio siempre son duros. Y el negocio de Dios no es una excepción. La Iglesia católica, a la que ahora vemos con una imagen más bien monolítica, dista mucho de haber tenido siempre la misma situación. Esto es especialmente cierto en sus primeros pasos o, mejor deberíamos decir, sus primeros pasos de poder. Como es bien sabido, la religión cristiana, a pesar de los leones en el circo y esas cosas, se expandió pronto y no tardó en demostrarle a los gobernantes sus enormes capacidades como galvanizadora. Una nación que, además de buenos reyes y un ejército molón, tuviese una religión nacional, era una nación enormemente cohesionada, capaz de mayores avances. Esto es lo que marcó el primer maridaje, siempre difícil, entre el poder temporal de la espada y el espiritual de la mitra.

Cada vez más, dominar la mitra se convirtió en un premio importante. La decadencia del imperio romano de Occidente, que como en un sistema de vasos comunicantes se correspondió con el florecimiento del de Oriente y de su capital, Constantinopla, vino a plantear nuevos elementos en la ecuación.

Es la época de las primeras discusiones bizantinas, expresión que se ha legado a nuestro idioma como sinónimo de perder el tiempo discutiendo chorradas. Las chorradas de las discusiones bizantinas, sin embargo, tenían todo un trasfondo de poder y de enfrentamiento sobre quién ha de mandar en Europa, lo que entonces era lo mismo que decir en el mundo.

En este post quiero hablaros de aquellos principios, los primeros siglos hasta la Edad Media, y las discusiones que se produjeron en aquellos momentos.

Un concilio ecuménico o perfecto es una reunión destinada a desarrollar cánones sobre fe, moral y costumbres, que sólo puede ser convocado por el Papa; los concilios imperfectos son aquellos convocados por cardenales, obispos o seglares (un rey, por ejemplo), en ocasiones muy extraordinarias, como por ejemplo nombrar un Papa (Papa que, por definición, si no está nombrado no puede convocar concilio, por lo cual éste no puede ser ecuménico). Un tercer tipo de concilio es aquél convocado subeptricia e ilegalmente por alguien para tocarle las narices al Santo Padre. Esto se denomina conciliábulo, palabra que también ha pasado a nuestra lengua común con parecido significado al original.

El primer concilio de la Iglesia católica es la reunión o asamblea de los apóstoles en Jerusalén, y que nos es relatada en los Hechos de los Apóstoles, XV, 1-32. Debió de ser en el año 50, es decir unos 17 después de la ejecución de Jesucristo, y coincidió con el regreso por parte de Pablo, el inspector de Hacienda que se dio el piñazo al caerse del caballo, de su primera tournée evangelizadora.

Hasta ese momento, la mayoría de los cristianos eran judíos, pues aquella era la tierra que los apóstoles se habían trabajado más. En aquel primer concilio ya hubo problemas doctrinales, pues se planteó el problema de si los gentiles, o sea nacidos fuera de la fe cristiana y no judíos, debían cumplir las leyes mosaicas al convertirse. Lo cual afectaba, entre otras cosas, a la circuncisión.

Es natural pensar que los gentiles hechos y derechos no se sintiesen muy tentados de hacerse cristianos si para ello se tenían que afeitar el rabo. Lo de los judíos es otra historia, porque ellos estaban circuncidados de serie, es decir, se les cortaba el prepucio siendo unos bebés, lo cual duele menos (o por lo menos se recuerda menos).

La asamblea de Jerusalén debió de ser movida pues, aún pasado el conflicto, y según nos cuenta el mismo Pablo en su epístola a los Gálatas, tuvo que recriminar a Pedro de Antioquia por volver a reclamar la circuncisión a los conversos. En todo caso, el concilio de Jerusalén consiguió dar el primer paso universal de la Iglesia, dictaminando que los nuevos cristianos gentiles no tenían que respetar la ley mosaica, salvo en tres cosas: no participar en banquetes sacrificales paganos, no comer carne de animales estrangulados, y no fornicar (entiéndase por fornicar jugar fuera de casa, o hacerlo con la mujer propia por fornicio, y no por poner un hijo a Su Servicio).

Dos de las tres condiciones han sido, por lo que sé, razonablemente cumplidas por los conversos.

Pasaron tres siglos, en los cuales la Iglesia prosperó claramente y fue adquiriendo diversas cuotas de poder. En el año 325 ya era lo suficientemente grande como para tener problemas. Y el problema llegó en forma de una cosa que los educandos de mi generación, o sea los que tuvimos que estudiarnos los reyes godos, conocemos por el asunto de Recaredo: el arrianismo.

El arrianismo es la primera herejía importante de la Iglesia católica. En términos temporales, quiere decir: la primera vez que alguien le dice al Papa: voy a montar un negocio como el tuyo en la calle de enfrente.

Los herejes premedievales, yo diría que en su totalidad, no son sino cristianos que se ponen a pensar. Y, pensando, llegan a conclusiones que, de alguna forma, ponen en peligro el monopolio doctrinal del Papa y de su iglesia. Arrio era un sacerdote que por lo visto hablaba que lo flipas y era, además, muy asceta (la mayor parte de los herejes han atacado siempre la autoridad de Roma por la vía de acercarse más al ideal de pobreza de Jesucristo; es lo que tiene vivir de coña).

El hábil Arrio se dio cuenta de que la Iglesia, probablemente porque para poder sustentar una superioridad intelectual hace falta que aquello sobre lo que se piensa sea complicado, había elaborado una serie de teorías que eran difíciles de tragar por parte de los mediopensionistas, que entonces, además, eran mayoritariamente analfabetos. A mucha gente le costaba entender eso de que Jesucristo hubiera sido hombre y dios a la vez, y no digamos eso de la Trinidad, que es, verdaderamente, un misterio.

Así que Arrio decidió explicar las cosas de otra manera. Según dijo, Cristo no era dios, sino que había sido adoptado por Dios. Era, pues, un hombre como cualquiera, sólo que Dios se guardaba de lo que debía hacer.

Un sínodo obispal celebrado en el 321 expulsó a Arrio de la Iglesia. Los arrianos fueron expulsados de Egipto, que era su stronghold. Encontraron amparo, sin embargo, bajo el ala de los obispos Eusebio de Cesarea y Eusebio de Nicomedia.

Así fue como se encontró la cosa el emperador Constantino, decidido a unificar el imperio bajo una sola creencia, lo cual le obligaba a unificar la creencia en sí. Fue un español, Osio de Córdoba, quien le sugirió la idea de convocar un concilio, el primero de los ecuménicos de Nicea.

En Nicea compareció Arrio, el cual expresó su visión de las cosas. Según él, sólo Dios es un ser eterno, sólo él no ha sido creado y es incomunicable (o sea, incomprensible por la mente humana). Consecuentemente, Jesucristo no nace de la sustancia de Dios, sino creado de la nada por él. Es, por lo tanto, un agente capaz del mal como del bien. Ciertamente, no es un hombre cualquiera, por poseer amplias condiciones virtuosas. No obstante, no puede ser llamado hijo de Dios, pues no nace de él.

El arrianismo se cargaba de un plumazo el misterio de la Trinidad, así como el de la Redención. Una burrada, vamos.

El concilio, dirigido por un tal Atanasio (casi todos los partidarios papales citados en este post son hoy santos; pero dado que el que escribe soy yo, no les he colocado la coletilla), condenó el arrianismo y sustantivó una doctrina que hoy, 1.700 años después, sigue ahí, en boca de mucha gente, cada domingo. Fue ahí, en efecto, donde se compuso el llamado Símbolo de Nicea, que a cualquier católico o ex católico le sonará, y que más o menos dice:

Creo en Jesucristo, hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos.
Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado y no creado, de la misma naturaleza que el padre

Muchos de vosotros habéis rezado estos versos o lo seguís haciendo. Quizás alguna vez os habréis preguntado qué quieren decir. Pues aquí lo tenéis: cada vez que los decís en la asamblea de los domingos, estáis diciendo: ¡chúpate ésa, Arrio! La clave son las expresiones «nacido del Padre», o sea, de naturaleza divina; y «engendrado y no creado», o sea que comparte con Dios la característica de no haber sido creado por nadie (nadie puede crear a Dios, pues es Dios quien crea).

Se dice que fue Osio el cordobés el que redactó este texto que tanto éxito ha tenido en el tiempo.

El primer concilio de Nicea, además de aprobar la excomunión de Melecio, un obispo que había hecho consagraciones a diestro y siniestro en los tiempos de Diocleciano para así conseguir clientes, también tomó una decisión que ha llegado hasta nuestros días: la celebración de la fiesta de Pascua, fijada para el equinoccio de la primavera, o sea el 21 de marzo, de forma que la Pascua se celebraría el domingo inmediato siguiente a la decimocuarta luna tras dicho día.

Lo que se dice facilito.

Pocas décadas más tarde, en el 381, hubo que convocar otro concilio, esta vez en Constantinopla, a causa de la aparición de una nueva herejía. Esta vez se debía a Apolinar, obispo de Laodicea, el cual, buscando argumentos contra el arrianismo, se había pasado de frenada y se había colocado él mismo más allá de la doctrina oficial.

Apolinar era neoplatónico y, como tal, admitía lo que se denominaba el principio tricotómico del alma humana. Este principio no sostiene, contra lo que pueda parecer, que el alma humana tiene predilección por tricotar. Sostiene que el cuerpo humano se compone de un alma sensitiva, un alma intelectual y lo que viene siendo el cuerpo material propiamente dicho. Apolinar sostenía que Jesucristo era hombre y Dios a la vez, sólo que, como hombre, carecía de alma intelectual, o sea no pensaba; pensaba por él su mitad divina.

La teoría está bien, es elegante, pero ponía a la Iglesia en los mismos problemas que el arrianismo. Si, como hombre, Jesucristo no pensaba, era imposible el misterio de la Redención; para poder redimirse como hombre (y luego redimir a la Humanidad con su sacrificio), Jesucristo tenía que pensar como hombre, no como dios, algo que Apolinar negaba. Por lo demás, si el Cristo hombre no tenía alma intelectual, no se encarnó propiamente en hombre, pues los hombres piensan (bueno, casi todos).

Así que el Papa Dámaso I (esto lo digo de memoria porque no lo encuentro en mis libros; pero juraría que era español) se puso de acuerdo con el emperador Teodosio I para convocar el concilio. Que el concilio fue movido nos lo dice el hecho de que, a la muerte repentina del presidente de las sesiones, Melecio de Antioquia, fue sustituido por una especie de usurpador, Máximo el Cínico, el cual fue asimismo destituido por Gregorio Nacianceno, el cual tuvo que dimitir por la oposición de los obispos egipcios y macedonios, motivo por el cual hubo que buscar a un seglar, Nectario, para que dirigiese los debates.

El concilio, finalmente, reaprobó el Símbolo de Nicea, con lo que quería presentar batalla tanto al apolinarismo como el llamado macedonismo, una secta que negaba la divinidad del Espíritu Santo. En defensa de este tercer miembro del team católico, se aprobó el Símbolo de San Epifanio, que también conocemos bien de la misa actual:

Creo en el Espíritu Santo,
señor y dador de vida,
procedente del Padre
adorado y glorificado con el Padre y el Hijo
y que habló con los profetas.

Cuando murió Apolinar, algunos de sus seguidores se apuntaron a una nueva teoría que habría de dar muchos quebraderos de cabeza a Roma: el monofisitismo.

Hemos de esperar hasta el año 431 para encontrar el nuevo pressing catch doctrinario, el concilio de Éfeso. Siendo Papa el primero que para ello eligió el nombre de Celestino, un presbítero de Constantinopla se subió un día a la tribuna y largó la teoría de que la virgen María no era madre de Dios. El patriarca de Constantinopla, Nestorio, lejos de darle siete cañetes al relapso, le apoyó, y sostuvo que la Iglesia erraba al llamar a María Theotocon, es decir madre de Dios; cuando meramente era Christotocon, madre de Cristo. Esta proposición venía a suscitar el problema de nuevo: según Nestorio, lo que salió de María fue un hombre, no un dios; hombre sobre el cual se posaría luego la divinidad, un poco como el Espíritu Santo sobre los apóstoles en los dibujos de mis evangelios escolares infantiles.

De nuevo Nestorio, al reconocer dos Cristos, uno nacido de Dios y otro de una ciudadana llamada María, se cargaba la Redención; puesto que, si eran personas distintas, no se podía atribuir a una las acciones de la otra.

En Roma, Cirilo de Alejandría, que fue para esto el principal campeón de la Iglesia oficial, compuso los llamados Doce Anatematismos, que vienen a ser una teología oficial en esquema, y se los envió a Nestorio para que los suscribiese. Nestorio, lejos de obedecer, acusó a Cirilo de hereje (monofisitista). Cirilo, sin embargo, abrió el concilio de Éfeso, en el cual echó a Nestorio del círculo de confianza católico.

Veinte años exactos duró la tranquilidad en la casa del rico. En las controversias contra Nestorio, que ya había sido cauterizado y enviado a un convento de Antioquia, se había destacado mucho un viejo abad del monasterio de Constantinopla. Se llamaba Eutiques. Este abad era muy afecto a la filosofía de Orígenes, autor que sostenía la preexistencia de las almas, y basándose en ello sostenía que, si bien el cuerpo de Cristo era un cuerpo en cuanto a su forma y apariencia, no lo era en cuando a su sustancia.

Ésta es, sustancialmente, la teoría sostenida por el monofisitismo. Doctrina que resuelve eso de la doble militancia de Cristo, divina y humana, generando una sola realidad en la que lo humano, la verdad, tiene poco papel. Tan poco que, como rápidamente se dieron cuenta los jerarcas romanos, se negaba la Encarnación.

En 488, Eutiques fue llamado ante un tribunal eclesiástico, presidido por el patriarca bizantino Flaviano, para explicarse. Según se nos dice, Eutiques defendió entonces que, en Jesucristo, lo humano y lo divino están tan mezclados, tan juntos, que acabaron por general una sola naturaleza de carácter mixto, en la cual lo humano fue absorbido por lo divino.

Dicho esto, Flaviano secularizó a Eutiques y lo excomulgó. El ya ex abad anunció que apelaría al Papa. E hizo algo más: buscarse el apoyo del emperador Teodosio II.

Este apoyo, que también fue buscado antes por Nestorio, marca el comienzo del conflicto entre poderes. Ya hemos dicho que la religión católica fue una ayuda enorme para conseguir para los reyes sociedades conjuntadas y fieles. Sin embargo, a base de concentrar poder, la Iglesia se había convertido en un actor poderoso, y los reyes ambicionaban ese poder, de la misma forma que los Papas ambicionaban los poderes de los reyes. Teodosio II se apuntaba a un bombardeo con tal de meterse en medio de las discusiones de la Iglesia, para así debilitarla en su poder, lo cual incrementaba las capacidades del poder temporal. Conocedor de que Flaviano había escrito a Roma contando los resultados del juicio doctrinal, escribió su propia carta defendiendo a Eutiques, adjuntó otra del propio excomulgado y, haciendo valer sus medios, logró que llegase primero a Roma.

No les sirvió de nada. El Papa León I, llamado El Grande, no tragó y confirmó la condena a Eutiques en su célebre Epístola Dogmática (bueno, célebre para quien haya estado en un seminario, supongo), en el que trataba de sentar el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios, o sea la unión hipostática de sus dos naturalezas.

Mientras ocurría esto, Eutiques, Teodosio y Dióscoro de Alejandría convocaban un concilio en Éfeso, que se celebró en el 449; concilio al que no dejaron pasar a los enviados papales, Julio, Renato e Hilario. Este concilio respondió a la excomunión de Eutiques revirtiéndola y excomulgando a Flaviano, quien moriría en el destierro consiguiente.

Dado que ahora no había patriarca en Constantinopla, se eligió a un discípulo de Dióscoro, Anatolio. León I, sin embargo, condicionó su placet a dicho nombramiento a que se aceptasen los anatemas de Cirilo a Nestorio, así como la Epístola Dogmática.

Las cosas no pintaban bien para Roma, pero en eso se murió Teodosio, el tocahuevos. La hermana de Teodosio, Pulquería, se casó con Marciano, y el nuevo emperador anunció la celebración de un concilio ecuménico, esto es controlado por el Papa; el concilio de Calcedonia, del 451.

Eutiques fue desterrado, pero en el concilio se presentó Dióscoro proponiendo nada menos que la excomunión del Papa. Sin embargo, fue Dióscoro el que perdió la partida, y la sede episcopal. El anatema quinto de aquel concilio pretendía resolver el problema con estas palabras tan claras: «Creemos en Jesucristo, que para nosotros y nuestra salvación apareció de la Virgen María, Madre de Dios según la humanidad, con un solo y mismo Cristo, Hijo, Señor, monógeno, en dos naturalezas, sin confusión o cambio, sin división ni separación, no estando borradas las diferencias de las naturalezas por su unión y conservando, por el contrario, cada una de ellas su propiedad y concurriendo entrambas a constituir una sola persona y una sola hipóstasis».

¿Estáis pensando lo mismo que yo? O sea: ¿así pretendían dejarlo claro?

Así pasó lo que pasó luego. Que lo contaremos luego, claro.

lunes, septiembre 22, 2008

Adivina, adivinanza (3): la solución

Bueno, pues no sé si dar exactamente por buenas las hipótesis de alguno de nuestros contertulios. Hay, en efecto, dos comentarios que apuestan por la Fanta de naranja. Lo cual, si no es cierto, está muy cerca de la verdad.

En el libro que el periodista José Oneto escribió sobre la los 100 últimos días de la enfermedad de Franco, se cita a un miembro del equipo de seguridad del caudillo, frase en la que éste pondera la salud del general, sus hábitos sanos (o sea, no fumar y eso); y se asevera en la cita: «lo recuerdo siempre con un zumo de naranja en la mano».

Zumo de naranja es una expresión más genérica que Fanta de naranja. Puede que quienes han colocado dichos comentarios tengan información más precisa, en el sentido de que a Franco no es que le gustara el zumo, sino el zumo reinterpretado por la Fanta. En cualquier caso, en lo de la naranja estamos, parece, todos de acuerdo.

También hay un comentario que dice que la bebida preferida de Franco fue la «mala leche». Y esto me mueve a recomentar que no era su bebida preferida, pero lo que sí fue, muy probablemente, es la última (descontada el agua).

En las memorias/desmemorias del médico de cabecera de Franco, Vicente Pozuelo, éste anota que, avanzado ya el mes de octubre, cuando el estado de Franco era muy malo, en uno de sus momentos de semiconsciencia hizo saber a sus médicos que tenía algo de hambre. Dado que entonces ya estaba alimentado por vía intravenosa y estaba hecho un siete, no se le dio nada de comer pero, nos dice Pozuelo, se le facilitaron «vasos de leche fría».

Así pues, por lo que se ve, Franco terminó siendo víctima de esa vieja convicción que había en el pasado en el sentido de que la leche fría era lo mejor de lo mejor para el estómago (lo que le mató fueron, precisamente, las hemorragias estomacales).

A menos que se me crucen los cables, la próxima adivinanza irá de reyes gafes.

viernes, septiembre 19, 2008

Boadella

Hace bien pocos días ha tomado cuerpo la noticia de que el catalán Albert Boadella había sido «fichado» por la Comunidad de Madrid para no sé qué cargo cultural. La contratación se asemeja al fichaje de un crack futbolístico que llevase tiempo sin hacer nada importante en el club que le hizo grande y recibiese una oferta de su eterno rival. A veces, estos fichajes salen mal, y el crack sigue haciendo el vago allí donde va; y, a veces, salen requetebién. El tiempo nos dirá si Boadella va a ser un Ronaldinho o un Luis Enrique. Pase lo que pase, sin embargo, Albert Boadella es una persona que tiene un sitio en la Historia de España, y es por esto que hoy lo traemos a este balcón.

Els Joglars fue, en su origen, un grupo de mimo formado dentro de la Agrupación Dramática de Barcelona. Era el año 1962. Así pues, en 1977 los juglares llevaban quince años de carretera, de los que unos ocho eran ya de forma más profesional. Fue aquel año 77 cuando decidieron hacer un montaje llamado La Torna.

Una torna es algo muy especial, eso que se dice un hecho diferencial puro y duro, que merece su explicación. La que yo tengo, y que aquí os copio, es del escritor Francisco Candel, y la podéis leer en su libro Un charnego en el Senado (Barcelona, Plaza y Janés, 1979). Dice Candel:

«Cuando yo era chico y mi madre me mandaba a comprar pan, si la pieza de pan elegida no llegaba al kilo, me cortaban una rebanada de pan hasta completarlo. Eso era la torna. Y los chavales nos comíamos la torna camino de casa».

La torna es, pues, como las vueltas, pero en especie. Algo así como un suplemento inesperado de mercancía, algo que se añade a la compra básica.

La ejecución de Salvador Puig Antich es un hecho bien conocido del franquismo. Fue una de las ejecuciones políticas realizada por ese cocodrilo anciano que era el franquismo, capaz aún de dar algunos coletazos. Pero lo que mucha gente desconoce es que, al mismo tiempo que era ejecutado Puig, también en Cataluña era ejecutado otro reo, el polaco Heinz Chez, a quien la justicia dio pasaporte en la cárcel de Tarragona.

Chez, a pesar de ser polaco, debía de ser un punto filipino con cierta propensión a la violencia. De una forma al parecer un poco absurda, había tenido un enfrentamiento en un camping tarraconense con un guardia civil, y lo había matado. Era, por lo tanto, un delincuente común, y para aquel entonces ya no era normal que en España los delincuentes comunes fuesen ajusticiados. Pero Chez sí lo fue, y además coincidiendo con la ejecución de Puig Antich. Y, muy probablemente, la razón, como venían a decir Els Joglars en su montaje, era tapar una mancha con otra.

Así pues, Puig Antich era el kilo de pan que el franquismo quería comprar, y el pobre Heinz Chez era, eso: la torna.

La obra se estrenó fuera de Cataluña, en la localidad oscense de Barbastro, el 7 de septiembre de 1977. Los juglares siguieron su gira por diversas poblaciones de dentro y fuera de Cataluña, aunque con especial querencia hacia su patria chica. Llegados a Reus, el día antes de la representación allí recibieron una llamada de alguien que dijo ser militar y que les aconsejó que suspendiesen la representación. Como no daba más datos, los actores no dieron importancia al mensaje y fueron adelante con los faroles.

El 15 de diciembre de aquel año, en Barcelona, Albert Boadella fue llamado a declarar a la Capitanía de Barcelona. Declaración de trámite. Al día siguiente le volvieron a llamar. Pero ya no fue de tanto trámite, porque lo trincaron y lo enviaron a la cárcel Modelo. Él y todo el grupo habían sido acusados de injurias a las Fuerzas Armadas.

El encarcelamiento de Boadella supuso una movilización general, especialmente en Cataluña, en pro de la libertad de expresión. Se formaron comités, asociaciones. Se consolidó el icono de un rostro, si no recuerdo mal simulando una máscara de tragedia griega, con una raya roja que le cruzaba la boca, cerrándola. Centenares, miles de personas se manifestaron por Barcelona exhibiendo aquel mensaje. Los políticos, los intelectuales y, sobre todo, los artistas, al fin y al cabo compañeros de gremio de los acusados, se hicieron solidarios con aquel atropello. Incluso se hicieron canciones específicas por parte de conspicuos miembros de la nova cançó, como Marina Rosell. También hay que decir que se producían movimientos, por así decirlo, del otro lado. En las cercanías de la sede del juicio fue común ver, durante sus sesiones, a miembros de organizaciones parafascistas.

Ya en la cárcel Boadella, no sé si por propia inventiva o, como dice la sentencia del crimen de los Urquijo, «en compañía de otros», empezó a informar a quienes le visitaban (normalmente, políticos de izquierdas) de debilidad general, falta de sueño, repugnancia repentina por determinadas comidas y bebidas… los típicos síntomas de una hepatitis. El hígado del juglar le sirvió de salvoconducto para pasar al Hospital Clínico, donde un día dijo que se metía en el baño, y se fugó. Era el 27 de febrero de 1978.

Buena parte de la gente pensó que aquel juicio no llegaría a mayores. Las evidencias eran débiles en contra de los Joglars. La obra, antes de producirse las denuncias por injurias al ejército, se había representado en un buen puñado de ciudades con la correspondiente autorización administrativa, signo de que no se había apreciado en la misma ningún problema. Por lo demás, las siete personas que tenían que valorar la obra en el juicio ni siquiera la habían visto e, ítem más, alguno de los informes-denuncia que manejaban había sido impulsado por personas que tampoco la habían visto. Tal vez fue el verlo tan claro lo que relajó en exceso a los defensores, porque lo cierto es que Els Joglars fueron condenados. Dos años en el maco por la patilla. Andreu Solsona, Gabi Renom, Arnau Vilardebó y Miriam de Maeztu fueron condenados; otros miembros del grupo, por lo que he leído por ahí, fueron al exilio. Todos ellos habían llevado a cabo una huelga de hambre justo antes de su juicio y aquel verano hicieron otra. La empezaron el 26 de agosto y, cosa de dos semanas después, consiguieron algo, pues la Dirección General de Instituciones Penitenciarias les concedió el tercer grado y el régimen abierto. Ellos, sin embargo, siempre abominaron de esta transacción. Decían que no querían el tercer grado sino la libertad. O sea, lo que quiere alguien que es, que se considera, inocente.

Y no les faltaba razón. Si el tardofranquismo está repleto de rabotazos totalitarios, ejecuciones incluidas, el juicio de Els Joglars es ya el rabotazo del posfranquismo. De una Transición preconstitucional que aún no era capaz de garantizar ni administrar las principales libertades civiles, como la de expresión. La Constitución española, esa misma norma que hoy ampara que cualquier grupo de teatro pueda hacer casi cualquier montaje sin poder ser molestado por ello, fue aprobada por los españoles en 1978. Pero aún tuvieron los juglares que ver limitada su libertad hasta el último día de enero de 1979, fecha en la que fueron, finalmente, indultados. Claro que no dejó de ser un indulto de mierda, pues apenas les quedaba un mes para cumplir sus condenas.

El 23 de marzo de 1979, creyéndose ya seguro tras el indulto, Albert Boadella, el huido, paseaba por las calles de Barcelona. Pero lo trincaron y lo enviaron a tratarse la hepatitis a la cárcel. Gestiones políticas, al parecer lideradas por Josep Tarradellas, permitieron que lo soltaran en julio de aquel año.

Creo que fue en el 2005 cuando Boadella impulso un montaje, La torna de La Torna, que de alguna manera quería recoger y recordar el espíritu de aquella obra que tantos conflictos y tantas solidaridades provocó. Para entonces, muchos juglares habían seguido caminos muy diferentes y, de hecho, algunos de los compañeros de entonces acusaron a Boadella de divo y de que querer dar la impresión de que el único represaliado había sido él.

No suelo pensar mucho en La torna, obra que no ví. Pero a veces lo hago. De vez en cuando, me entra el cólico miserere de que hace años que no voy al teatro y me lanzo a la cartelera patria para ver qué hay por ahí que me pudiera abrir las meninges. Es entonces cuando me doy cuenta de que aquel teatro de entonces, más o menos modernillo, más o menos clásico, más o menos cutre, pero básicamente dedicado a dar algún tipo de mensaje, ha sido sustituido por monólogos, duólogos o otros logos en los que jóvenes actores, normalmente llegados de la fama televisiva (antes el camino era exactamente el contrario), se intercambian frases más o menos inteligentes o sugerentes en torno al interesante asunto de cómo follo yo, cómo follas tú, o cómo follamos ambos. En este curioso mundo en el que las procaces conversaciones de lavabo público entre hombres o mujeres han sido elevadas a la condición de libreto artístico, reflexiones como la de los juglares se han convertido en algo, digamos, folclórico.

Supongo que será eso que llaman normalidad democrática.

jueves, septiembre 18, 2008

Adivina, adivinanza (3)

... pues sí. Rafael tenía razón en su comentario. El general español que fue, además, el hombre de Colón, fue Gonzalo Queipo de Llano. Ocurrió en los tiempos postreros de la dictadura, cuando Queipo conspiraba a favor de la avenida de la república. Fue disciplinariamente desposeído de haberes y, consecuentemente, tuvo que obtener ingresos de otra manera. Joaquín Pérez Madrigal, en sus libros de memorias, lo retrata invirtiendo las mañanas en fabricar y embolsar los polvos limpiadores y las tardes en peregrinar por las droguerías para venderlos.

No obstante, no pierdo la esperanza de colocar algún día una adivinanza que ningún lector pueda resolver. Aunque tanto como me solazaría eso me solazan las contestaciones acertadas, pues me gusta saber que el pequeño público de estas notas es bien leído y escribido.

Vamos a probar con ésta:

¿Cuál era la bebida preferida de Francisco Franco?

Pista obvia y estúpida: no era el vodka.

martes, septiembre 16, 2008

Adivina, adivinanza (2)

Con esto de la planificación de los post. escribo éste y lo planifico para que, en el momento en que aparezca en la red, yo esté sentado en alguna terraza de la plaza de Cataluña. A menos que esté lloviendo en Barcelona, claro.

La pregunta es ésta: ¿Qué famosísimo militar español, siendo ya general, se ganó la vida vendiendo detergentes que él mismo fabricaba?

Por supuesto, no era Franco. Franco se queda para la próxima adivinanza.

En un par de días (si no la encuentra antes Wonka, que es persona de muchos recursos), la solución.

domingo, septiembre 14, 2008

La República y la Iglesia (y 3)

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva

«Sólo seré ministro mientras pueda garantizar que los tribunales de justicia aplican las leyes». Esta frase, pronunciada por Manuel de Irujo durante su toma de posesión, expresa muy bien una de las tragedias de la República durante la guerra civil: su escasa capacidad de tener un poder centralizado que, primero que todo, impidiese los «innúmeros asesinatos» de los que también habló el ministro peneuvista en su discurso.

viernes, septiembre 12, 2008

La República y la Iglesia (2)

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva

En julio de 1937, el Episcopado español hacía pública una nota colectiva, probablemente preparada por Isidro Gomá, arzobispo de Toledo. Aquel comunicado fue un grave problema para la República, porque daba expresión escrita a las quejas de la Iglesia frente a su actuación. Sucintamente, repasaba las agresiones realizadas durante los años de legalidad republicana y, sobre todo, defendía la legitimidad del golpe de Estado ante la amenaza de impregnación comunista en el país. Y sentenciaba: «hoy por hoy, no hay en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas derivan, que el triunfo del movimiento nacional».

miércoles, septiembre 10, 2008

La República y la Iglesia (1)









Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva

Conforme van pasando los años y se precisan los estudios históricos, parece quedar claro 
que los apoyos militares exteriores recibidos por los dos bandos de la guerra civil española fueron desiguales. Mientras el bando franquista contó con una ayuda decidida y potente por parte de las dos potencias fascistas que entonces dominaban el horizonte europeo, es decir Alemania e Italia, la República contó únicamente con la ayuda soviética, una ayuda que, además, no tuvo siempre toda la calidad que se le debe suponer a un fusil prestado por un amigo (además que no fue prestado, sino vendido a buen precio).

martes, septiembre 09, 2008

Adivinanza 1: respuesta

Pues si. Wonka acertó. Fue Juan de Dios Ramírez Heredia, el primer diputado gitano que pisó el Congreso. Fue a la sesión con una americana blanca.

Su justificación fue que, entre los gitanos, el color de respeto (según algunas crónicas que he leído, incluso de luto) es el blanco. Así pues, don Juan de Dios, lo que hacía con su americana blanca, era expresar el respeto gitano hacia la figura del rey que, de alguna manera, se pretendía sustantivar con los trajes oscuros.

No sí nos lee algún gitano o gitanólogo, pero bueno sería que nos confirmase si esta explicación es cierta. A mí sí me lo parece, más que nada porque creo que es evidente que, respecto del negro, los gitanos suelen vestirlo by default.

Hoy he leído, por casualidad, la siguiente que voy a poner. Y te vas a defecar, Wonka. No va a haber hemeroteca que te salve.

lunes, septiembre 08, 2008

Adivina, adivinanza... (1)

Estos post cortitos que espero ir introduciendo a partir de ahora tienen dos funciones. Una, que no se me note la vagancia al escribir. Mis amables lectores debéis de comprender, y disculpar, que sea yo un ser poliédrico con aficiones muy varias. Últimamente he descubierto una quizá inconfesable más allá de los cuarenta, que es el videojuego online. Ya sé que para considerarme un intelectual de pro debería consumir las noches leyendo monografías pero, qué quereis, sólo soy un intelectual de vía estrecha, razón por la cual últimamente las consumo matando mediopensionistas (o más bien haciendo que me maten a mí) en el espacio multijugador del Call of Duty 4. Supongo que pronto llegará el momento en que me cansaré de recibir tiros entre ceja y ceja y quizás gane un poco de ritmo. Eso si no se me cruza otro caramelo por delante, claro.


La segunda función es de puro divertimento. Plantear una pregunta y contestarla más o menos 24 horas después puede ser inquietante para la mente del lector. Y, al que no le guste, siempre puede no pensar en ello.


Aquí va, en todo caso, nuestra historiadivinanza de hoy:


En 1977 se produjeron en España las primeras elecciones democráticas, por las cuales se formaron el Congreso y el Senado que aprobarían la Constitución de diciembre de 1978. Aquella legislatura, como es costumbre, fue abierta por el rey Juan Carlos de Borbón en una sesión conjunta, como también es costumbre. Pero eso es costumbre ahora. Entonces, era la primera vez que pasaba en mucho tiempo.


Los diputados y senadores de aquella legislatura recibieron una invitación para la sesión en la que se les indicaba que debían vestir de traje oscuro. Aquello dio para muchos comentarios y se interpretó como una decisión salomónica. Nuestra recién estrenada democracia renunciaba a una apertura de legislatura encopetada, a base de chaqués y perifollos de otra época; al mismo tiempo, tampoco permitía que delante del rey el personal vistiera como la saliese de la sentina; y, como último guiño, no decía nada de que hubiese que llevar corbata, cosa que a muchos de los diputados y senadores de izquierdas les hubiera jodido bastante.


En general, y a su manera, la inmensa mayoría del diputeo y seatorieo patrio cumplieron con lo estipulado. Pero hubo un parlamentario que destacó sobre los demás, no por ir con traje clareado, sino por llevar una americana blanca. Y tenía sus razones para ello.


¿Quién era ese parlamentario?

miércoles, septiembre 03, 2008

Ruanda (y 2)

Fuera quien fuera el organizador de la muerte de Habyarinama, los hechos dejan claro que los hutus estaban esperando la oportunidad de comenzar sus acciones, porque obraron de forma muy ordenada. En las primeras horas tras conocerse la noticia, los más prominentes políticos hutus moderados fueron asesinados, acción tras la cual la Ruanda hutu cortó el último cordón umbilical que le podía unir a una mínima cordura. Esta matanza de hutus no suficientemente anti tutsis debería empezar por la primera ministra hutu, Agata Uwilingiyimana, la cual, sin embargo, fue protegida en su residencia. La buena señora, creyendo que la realidad era otra de la que era, rehusó huir confiando en que podría lanzar un mensaje radiado a su pueblo. Cosa que, claro, no logró. A pesar de que estaba protegida por paracaidistas belgas, acabó huyendo por el jardín con su marido, para ser literalmente cazada al día siguiente.

A partir de ahí comenzaron las matanzas masivas de tutsis.

El 9 de abril, tropas francesas aterrizaron en Kigali, formalmente para proteger la embajada y a los residentes franceses. Pero no es exactamente así. Los franceses también fueron a Ruanda a proteger a los miembros del clan de los akazu, situado en el epicentro del odio que se había desatado. Miembra conspicua de aquel clan era la señora Kanzinga, la cual, con todos los pronunciamientos de monsieur Mitterrand, ese demócrata [de blancos, bien sur], acabaría volando a París y recibiendo 40.000 dólares en el aeropuerto para sus gastitos. Otro de los protegidos por los inventores de la cosa ésa que empieza por l, la que va detrás y empieza por e, y la tercera y última que empieza por f, fue Ferdinand Nahimana, director de la Radio de las Mil Colinas, que había sido, y siguió siendo, el principal centro de difusión de mensajes que, simple y llanamente, llamaban a la población a matar tutsis.

Nadie, absolutamente nadie en los centros de poder y la información diplomática, puede decir que no supiera de qué iba aquello. Con fecha 8 de abril, el blanco mejor informado de lo que pasaba en Ruanda, el triste general Dallaire, telegrafió a Nueva York dejando bien claro que lo que estaba pasando era una acción totalmente planeada de la que formaban parte los efectivos de la Guardia Presidencial ruandesa. En el activo de este valiente militar hay que anotar también el mérito de que siempre se negó a abandonar Ruanda, incluso estando en las condiciones de mierda en que estaba; ello a pesar de que una vez llegó a ser conminado a ello por el mismísimo Boutros-Ghali al teléfono.

El 12 de abril Bélgica, que había registrado las pérdidas de los paracaidistas que protegían a la primera ministra y que fueron asesinados, anunció que dejaba la misión de la ONU. Esta decisión dejó a cientos de personas sin protección y no les dejó más destino que tapizar las carreteras con sus cadáveres. La decisión de los belgas movió, además, al Consejo de Seguridad de la ONU (que más bien debería llamarse el Consejo de Yo Me Toco los Cojones) de retirar la Unamir, es decir la misión de paz; en el momento de dicha decisión, la vida de 30.000 personas aún dependía de los hombres del general Dalladier.

Los asesinos de aquellos días estaban tan ocupados que tuvieron que cortar el tendón de Aquiles de muchas de sus víctimas para evitar que se escapasen, porque no tenían tiempo de matarlos en las siguientes horas. Muchos de los refugiados que fueron abandonados por los soldados de la ONU pedían a los cascos azules que les dispararan, pues consideraban mejor destino aquél que el que les esperaba. Igual que algunos judíos, durante los progromos en España de finales de la Edad Media, arrojaban a sus bebés contra las parades para reventarles el cráneo antes de que fuesen torturados por los cristianos, muchos padres y madres tutsis ahogaron a sus bebés en los ríos con sus propias manos para que no cayesen en poder de los hutus. Un superviviente tutsi ha dejado dicho que nunca olvidará el rostro de su hijo adolescente, que extendía los brazos hacia él desde el fondo de la fosa donde lo estaban enterrando vivo.

Todo eso pasaba mientras nosotros veíamos la tele.

A finales de abril, la tragedia llegó a su segundo acto. Desde el norte del país, las milicias tutsis de Paul Kagame avanzaron hacia la capital; y entonces fueron los hutus los que se dieron cuenta de que debían huir a Tanzania si no querían ser pasto de los buitres. Curiosamente, fue cuando las carreteras de Ruanda se llenaron de hutus cuanto el mundo blanco comenzó a darse cuenta de que algo pasaba en Ruanda, y los editores de los telediarios empezaron a pensar que había que darle algo de espacio a aquella merienda de negros. Eso sí, en la ONU seguía sin pronunciarse la palabra genocidio. Habían muerto ya más de medio millón de personas en el espacio de un par de semanas; pero eso, para los diplomáticos, y muy especialmente para los franceses, no era sino el resultado de una guerra civil. Mitterrand y los suyos trataban de que no entrase a funcionar la Convención sobre Genocidio de 1948, según la cual, en el momento que éste se produjese, la ONU tendría que actuar sí o sí.

El 7 de junio, es decir un mes después de que las matanzas masivas comenzasen, Boutros-Ghali, propuso que la Unamir recibiese más efectivos. Difícilmente se puede ser más cínico. No obstante diez días más tarde, cuando se reunió de nuevo el Consejo de Seguridad, las evidencias sobre lo que estaba pasando en Ruanda eran ya tantas y tan grandes, que ni la ONU pudo negarse a enviar una nueva misión de paz, la llamada Unamir 2, razonablemente dotada con 5.500 efectivos. No obstante, Naciones Unidas no había hecho el más mínimo plan logístico para este envío, lo cual en la práctica lo convirtió en papel mojado. Además, hay que tener en cuenta que los jerifaltes de esta des-organización, temiendo que sus soldados pudiesen quedar en el fuego cruzado entre tutsis y hutus, decidieron que el desembarco de la mayoría de las tropas se produjese en la periferia del país, donde se establecerían zonas seguras… para quien lograse llegar a ellas, claro.

Entre tanto, las milicias del RPF pro-tutsi, o más bien anti-hutu, habían tomado ya gran parte del país y obligado al gobierno a salir echando leches de Kigali y refugiarse en Gitarama, ciudad que finalmente fue también tomada por el RPF, lo cual dio la señal de que el llamado gobierno provisional estaba a punto de espicharla. Pero, claro, el gobierno provisional tenía una carta en la mano: era profrancés. El 14 de junio, el demócrata de-tout-la-vie Paquito Mitterrand aprobó el envío de tropas francesas a Ruanda, hecho éste que se producía seis días después de la autorización para Unamir 2; es decir, los franceses decidieron, y nunca mejor dicho, hacer la guerra por su cuenta. El ya multicitado general Dallaire dijo por activa y por pasiva que esta Operación Turquesa (así la bautizaron en París) era una coña marinera cuyo objetivo no era evitar la catástrofe humana, sino apuntalar al gobierno provisional que apoyaba precisamente dicha catástrofe. Aún así, cuando Francia ofreció sus tropas a la ONU, ésta las aceptó. Así, tropas francesas cruzaron la frontera ruandesa desde Zaire, siendo recibidas por los hutus como héroes. Su misión, sin embargo, no pudo llevarse a cabo. Ellos querían retomar Kigali, pensando que tenían para ello que apagar un pequeño incendio forestal; pero se encontraron hasta el último bosque de pinos desde Asturias hasta Cádiz ardiendo por los cuatro costados. En defensa de no pocos miembros de aquella misión debe decirse que no fueron, en efecto, pocos los que, a la vista de lo que realmente había pasado, se volvieron contra sus grandes jefes, arguyendo que a ellos se les había contado que estaba habiendo una matanza entre hutus y tutsis, no lo que realmente estaba pasando, esto es que los hutus estaban perpetrando una matanza de tutsis.

El 4 de julio, las tropas de Kagame tomaron Kigali. A continuación, los hutus comenzaron un éxodo a Zaire, que afectó a un millón de personas, más o menos. Y aquí se vio lo importante que son hoy en día los medios de comunicación. Porque durante los días en los cuales los radicales hutus mataban a machetazos a niños de seis años o violaban por turnos a sus hermanas de diez antes de degollarlas, no hubo ningún valiente reportero que tomase imágenes de ello; y ya se sabe que ojos que no ven, Occidente que se toca los huevos. Eso sí, cuando los hutus huyeron a Zaire, en centenares de miles, y montaron allí sus campos de refugiados, las cámaras de las televisiones mundiales acudieron en masa y distribuyeron imágenes que, ahora sí, abrieron los informativos del mundo entero. El presidente norteamericano, Bill Clinton, dijo entonces que aquello era la catástrofe humana más grave de la generación presente; o sea, que o a Clinton le molaban los hutus, o nadie le había informado de lo que había pasado antes.

Pocas semanas antes de escribir estas notas, el Ministerio de Justicia ruandés ha hecho público una investigación sobre la implicación de Francia en las matanzas hutus. Obviamente, es un informe de parte y, como tal, ha sido contestado desde el otro lado de la trinchera. Sin embargo, las acusaciones están ahí, como lo están los muertos.

Llama la atención cómo los informes, investigaciones y conclusiones varias sobre hechos que costaron, no 90.000, sino más de medio millón de vidas, conciten nuestro interés de una forma tan escasa. Las matanzas de Ruanda se realizaron sobre el cuerpo y el alma, si es que existe, de tres cuartos de la población tutsi de aquel país; no creo que en la Historia del mundo haya muchos ejemplos más de una limpieza étnica de ese calibre.

Ya que tanto se habla ahora de la educación para la ciudadanía, pienso yo que esta historia que he querido torpemente explicaros aquí debería contarse en todos los colegios. Contarse hasta las lágrimas, hasta conseguir amargar el almuerzo de ese día de quienes la escuchasen. Y pienso eso porque también pienso que lo más increíble de las matanzas de Ruanda es que pudiesen desarrollarse durante aproximadamente tres semanas en las cuales todos nosotros nos dedicamos a jugar al paddle, ligar con Mari Puri o simplemente ponernos hasta el culo de cerveza. Medio millón de muertos de todos los sexos, de todas las edades; centenares de personas amontonadas en las iglesias donde los propios sacerdotes flanquearon el paso de sus asesinos para que los masacrasen frente al altar (ole con ole el Vaticano… ¿o es que era anglicano el arzobispo Nsengiyumva?); niños muertos a machetazos delante de sus madres que en ese momento eran violadas; personas amontonadas en corrales como corderos y asesinadas sistemáticamente, lenta y parsimoniosamente; todos esos hechos, a nosotros, no nos amargaron ni medio minuto.

Y podremos pensar muchas cosas. Pero la verdaderamente cierta es ésta: si fue así, si nos importó una mierda, si no le dedicamos ni atención ni tiempo ni interés, fue por una sola razón básica.

Al fin y al cabo, sólo eran negros.

lunes, septiembre 01, 2008

Ruanda (1)

Puedo contar la Historia más triste esta noche. Y es verdad que, difícilmente, puedo pensar en mover los dedos para contar una historia peor que la que esta vez voy a tratar de resumiros. Pues no hay peor historia que la de los genocidios y, quizá, no hay peor genocidio que el que hoy se os relata. En la Alemania de Hitler murieron más personas. Cierto. Pero necesitaron cuatro años para morir. Matar a entre medio millón y 800.000 personas en el espacio de unas semanas es un triste record que sólo un momento histórico ha alcanzado. Y ojalá que así siga siendo.

Ruanda y Burundi son los nombres de dos antiguos reinos africanos que, en el siglo XIX, cayeron bajo la dominación colonial belga; Bélgica se acostumbró a verlos como un todo y nombrarlos, por lo tanto, con los dos nombres seguidos: Ruanda-Burundi.

Los habitantes de Ruanda y de Burundi hablaban ya entonces el mismo lenguaje, tenían las mismas costumbres y vivían completamente mezclados. Y, sin embargo, se odiaban. Los ruandeses y burundianos se subdividían en una mayoría de etnia hutu y una minoría de etnia tutsi. Los primeros eran fundamentalmente agrícolas; pero los segundos, en algún momento de su pasado, se habían pasado a la ganadería, una actividad más lucrativa que les dio más riqueza y más poder y les fue convirtiendo, paulatinamente, en una poderosa minoría dirigente.

Cuando las potencias coloniales llegaron a estas tierras encontraron gran utilidad en mantener y, más que mantener, fomentar esta división. Recordar a los tutsis que eran tutsis, convencerles de que por mucho que siglos de matrimonios comunes hacían prácticamente imposible distinguir unos de otros no había color, y nunca mejor dicho, entre un hutu y ellos, les venía de perlas. De esta manera, alemanes primero, y belgas finalmente, consiguieron consolidar una élite dirigente que les tuviese manejado el cotarro. Como una consecuencia de ello, a principios del siglo XX, los belgas introdujeron en ambos países un sistema de identificación con tarjetas que especificaban, para cada ciudadano, su condición de hutu o de tutsi. Más allá, llegó el apartheid. Tutsis y hutus estudiaban en escuelas diferentes; y unas eran considerablemente mejores que las otras. Así pues, si hubo alguna oportunidad, difícil ciertamente, de que hutus y tutsis acabasen por olvidar por sí solos las diferencias entre unos y otros, los belgas acabaron con ella.

Los años cincuenta son los años de la Guerra Fría y de la ola de la negritud en África; la toma de conciencia sobre el poder de las distintas sociedades. Los hutus no permanecieron ajenos. En dicha década, un grupo de hutus publica un documento, el conocido como BaHutu Manifesto, que es el primer mojón contra una situación hasta entonces bien consolidada. Para entonces, los belgas ya estaban asustaditos con la que habían montado, y propusieron que la distinción entre hutus y tutsis desapareciese, por ejemplo de los DNI. Tarde. Para entonces, los hutus habían desarrollado una fuerte identidad hutu, y por los cojones treinta y tres iban a aceptar ser lo mismo que los asquerosos tutsis.

En noviembre de 1959, un activista hutu recibió una mano de hostias de una pandilla de tutsis de mano larga. Fue el principio de una pequeña revolución en la que los hutus, considerable mayoría (en orden aproximado de seis hutus por cada tutsi), se apiolaron todos los negocios de los tutsis y mataron a varios centenares de ellos, provocando la primera emigración masiva de refugiados a los países vecinos. Algunos de estos refugiados aún no habían vuelto al doblar la esquina el siglo XX.

Los belgas no optaron por intentar resolver el problema. Eso habría sido mucho curro. Lo que hicieron fue, simplemente, cambiar de bando. Cesaron a altos funcionarios tutsis y pusieron hutus en su lugar. Éstos, una vez que tuvieron la porra en la mano, la usaron sin recato para abrir cráneos tutsi. Más de 100.000 tutsis salieron por la frontera y se calcula que 10.000 no pudieron salir por ningún lado salvo el Purgatorio, porque fueron masacrados. Cabe llamar la atención sobre el hecho de que 10.000 muertos, en 1962, provocaron en Occidente la reacción que sucintamente se describe tras los siguientes dos puntos: .




En 1962, el lider hutu Gregoire Kayibanda se convirtió en el primer presidente de la república ruandesa independiente. En Burundi permaneció la monarquía tutsi.

Casi treinta años duró esta paz que, en realidad, era una guerra larvada. El propio presidente Kayibanda se pasaba por el arco del triunfo ese principio básico en política de que al poder te llevan los que te llevan; pero, una vez en el poder, gobiernas para todos; y decía cosas como que los hutus no podían sentir simpatía alguna para con los tutsis. Esto, sin embargo, mientras el PIB ruandés avanzó a tasas superiores al 5%, no se notó. Sin embargo, el gobierno hutu era un gobierno africano más: corrupto, desordenado y tal. En la década de los noventa, la resistencia contra dicho gobierno se fue compactando y haciendo mayor. Y la minoría gobernante hutu, rápidamente, se dio cuenta de que tenía en la mano una jugada que se ha visto muchas veces en la Historia y, desde luego, en la portada de cualquier periódico: cuando quieras que tu votante o supporter mire para otro lado, busca un enemigo, señálalo con el dedo, y hazle responsable de todos tus males. De esto, personajes como el senador McCarthy, o el Kremlin, o Sabino Arana, saben un huevo.

Kayibanda ya había dejado claras sus intenciones en 1962 mediante la detención y ejecución de veinte políticos tutsis, a los que consideró culpables de los movimientos realizados fuera de Ruanda por los refugiados tutsis, olvidando el pequeño detalle de que si eran refugiados, y si estaban fuera del país, era porque él y los suyos les habían quemado la casa y violado a las hijas.

En Burundi, mientras tanto, los tutsis reinaban, en un ambiente que era todo menos pacífico. De los tres primeros ministros que tuvo el país, dos murieron violentamente. En 1966, hubo un golpe de Estado militar tras el cual llegó al poder un capitán tutsi, Michel Micombero, el cual, a la vista de lo que había pasado en el 62, se propuso devolverle la pelota a los hutus y borrarles del mapa de Burundi. En 1972, los hutus se alzaron en armas contra él, dándole la última disculpa que necesitaba para sacar el machete a trabajar. Las tácticas de Micombero recuerdan a las de otro insigne huésped del siglo XX, Pol Pot. Si Pol Pot mataba a la gente por el simple hecho de llevar gafas (pues eso significaba que sabían leer, y por eso había que mandarlos al otro mundo), Micombero se llevó por delante a todo hutu que supiese juntar dos letras, fuese profesor, clérigo, funcionario, enfermera o comerciante. Se estima que Micombero se llevó por delante a 200.000 hutus y provocó el exilio de otros tantos.

¿Occidente? Qué mala suerte. Cuando le llamaron, Occidente comunicaba.

Ni qué decir tiene que Kabiyanda vio su violento cielo abierto. Entre otras cosas, la legislación ruandesa estableció que en cualquier sitio, desde la función pública hasta cualquier negocio privado pasando por la propia escuela, los tutsis no podían pasar del 9%. No obstante, esto no le valió para mantenerse en el poder. En 1973, un militar, Juvenal Habyarinama, dio un golpe de Estado y le echó del poder. Si Kabiyanda era un hutu del sur, Habyarinama era un hutu del norte. De hutu a hutu… cada vez estamos más cerca de la casilla de La Muerte.

Habyarinama montó en Ruanda una dictadura negra africana al viejo estilo. El personal, por no tener, no tenía ni libertad de residir donde le petase. Todos los puestos importantes del Estado, y muy especialmente del ejército, fueron ocupados por paisanos del presidente, es decir de Gisenyi. Su mujer, Agata Kanzinga, la Carmen Polo de Habyarinama pero a lo bestia, ejercía el poder en la sombra mientras se cubría el riñón como si le hubiese tocado el bote del Euromillones durante siete semestres seguidos. Claro que eso duró hasta que, en los años ochenta, el precio internacional del café comenzó a darse la hostia. A finales de la década, además, conforme a la URSS llegó Gorvachov y tal y se empezó a ver que la Guerra Fría seguía Fría pero ya no era Guerra, a las potencias occidentales comenzó a dejar de gustarles que sus amigos africanos fuesen en realidad unos hijos de puta y comenzaron a presionarles para que convirtiesen sus países en democracias. Lo cual debe de ser como intentar convencer a un tigre salvaje a que se avenga voluntariamente a alimentarse de coles de Bruselas.

Las cosas se comenzaron a poner de cara para los tutsis. En enero de 1986, Yoweri Museveni tomó Kampala, la capital de Uganda, y mandó a tomar por culo a otro demócrata de toda la vida, Idi Amín Dadá, aquél al cual los israelitas arrearon una hostia en todo el bebe con la famosa Operación Entebbe. La cosa es que la gran mayoría de los soldados que tomaron Kampala eran tutsis. El número dos de aquella armada, Fred Rwigyema, era tutsi. Y tutsi era el líder de todos ellos, Paul Kagame, a día de hoy presidente de Ruanda. Hasta 4.000 tutsis acabarían desertando del ejército ugandés, con armas y bagages, y entrando en Ruanda, en octubre de 1990, en una operación en la que los hutus les dieron hasta en el velo del paladar. Pero, claro, la guerra estaba servida.

Un momento ideal para que una potencia occidental tomase cartas en el asunto y hubiera puesto paz.

Sin embargo, esa potencia de referencia ya no era Bélgica. Los belgas, desde la llegada de Habyarinama, habían dejado de ser los amiguitos. El presidente tenía otro primo de Zumosol, un primo un tanto paranoico y, a ratos, para qué decirlo con otras palabras, agilipollado.

En el siglo XIX, en la batalla de Fashoda, los británicos consiguieron su posición preeminente en el África Negra frente a los franceses. Francia hace dos tipos de cosas con las batallas que pierde: o bien las olvida a los dos minutos, para no volver a recordarlas nunca; o bien no las olvida jamás. Para los tiempos en los que Felipe González llevaba ya ocho años gobernando España, Francia aún se acordaba de Fashoda; lo cual quiere decir que todavía tenía ganas de devolverle el golpe a los británicos. Ruanda era un lugar de teórica influencia británica. Por eso, Francia jugó fuerte. Su presidente, el socialista François Mitterrand, le llamaba mon ami al cabronazo ruandés y le daba palmaditas en la espalda. Y más aún. Cuando Habyarinama se sintió amenazado por la invasión tutsi, accedió a despachar tropas francesas a Ruanda. Esta estrategia fue diseñada a través de una llamada Célula Africana existente en el palacio del Elíseo, al cabo de la cual estaba Mitterrand II, o sea Jean-Cristophe, el hijo del presidente. Se dice que dijo, al comentar el envío de tropas, que todo el follón duraría, todo lo más, dos o tres meses.

Vaya par de cráneos previlegiados, el padre y el hijo.

Llama la atención que otro ínclito presidente francés, Valery Giscard d’Estaing, otro campeón de la democracia, fuese denostado por los franceses por ser amigo de otro ilustre dictador africano, Bokassa, el cual le regaló unos diamantes; y, al mismo tiempo, nadie parezca acordarse de estas extrañas amistades del señor Mitterrand, a pesar de ser un demócrata de toda la vida (esto, claro, aceptando barco como animal acuático y considerando que el régimen pro nazi de Vichy fuese una democracia).

Le guste o no a quienes piensen que don Juan Francisco es tan inocente como puede serlo un francés que manda, llegar las tropas francesas y estabilizarse el frente de guerra fue todo uno con el inicio por parte de Habyarinama de una represión sistemática contra la minoría tutsi de Ruanda. En las primeras horas de su actuación, encarceló, sólo en la capital Kigali, a 13.000 tutsis y hutus críticos con su figura. Los tutsis murieron a centenares mientras que Francia (Liberté, Egalité, Fraternité… pour moi) proveía a quienes eso hacían de armas y asistencia técnica.

No obstante, algo se movía en Ruanda, y en Occidente. Para entonces, que la economía ruandesa llevaba ya bastantes años de culo y cuesta abajo, el país dependía de la ayuda exterior. Los países donantes, conscientes de su poder, exigieron de Habyarinama la instauración de una democracia. A regañadientes, el presidente aceptó. Las fuerzas hutus que entraron en el gobierno de coalición quisieron entablar negociaciones con la RPF, la fuerza armada tutsi de Kagame. En 1992, lograron arrancar un alto el fuego.

No obstante, la señora Kanzinga y otros de su ralea manejaban por detrás. Bajo la apariencia de una evolución a la democracia, crearon un partido político ultrahutu, la Coalition pour la Défence de la Republique CDR, y comenzaron una campaña de propaganda feroz contra los tutsis. Los movimientos de esta red fueron conocidos rápidamente por los diplomáticos occidentales, algunos de los cuales enviaron informes a sus metrópolis advirtiendo de que se preparaba una buena ensalada.

Occidente, sin embargo, como sabemos bien, no se levanta de la cama por menos de 500.000 muertos. Eso si hablamos de muertos negros, claro.

Ya en 1992 hubo algunas matanzas organizadas en las que murieron centenares de personas; poca cosa a la luz de lo que pasó después. Sin embargo, en la superficie lo que más parecía funcionar era la presión de los donantes, ya que en 1993 Habyarinama firmaba con el RPF los llamados los llamados Acuerdos de Arusha, un acuerdo de paz entre hutus y tutsis que está hoy en el centro de la organización política de Ruanda. Estos acuerdos incluían, por primera vez, el despliegue de una fuerza de paz de Naciones Unidas.

Esto ocurrió en agosto de 1993. En junio, apenas unas semanas antes, en Burundi había ocurrido algo histórico, pues se había elegido el primer presidente hutu, Melchor Dyadaye. Consciente de gobernar sentado sobre un avispero, fue moderado; entre otras cosas, nombró a un tutsi primer ministro. Pero no le sirvió de nada. Una pandilla de tutsis demócratas-de-toda-la-vida lo secuestró y lo envió a hacerle compañía al profeta Elías. Acto al que siguieron una serie de matanzas en las que perdieron la vida 150.000 hutus y tutsis, y el doble de dicha cifra tuvo que huir a Ruanda.

Occidente, y muy especialmente París, a verlas venir.

Difícilmente se puede imaginar un movimiento tutsi más torpe que el asesinato de Dyadaye. Hasta los hutus más moderados se les pusieron en contra. La propaganda anti tutsi en Ruanda alcanzó proporciones brutales.

Todo esto lo tenía que solventar Naciones Unidas. Pero, claro, una organización, antes de aspirar a resolver nada, debe funcionar. Y no es el caso.

En primer lugar, para entonces estaba al frente de la ONU un personaje, el egipcio Boutros Boutros-Ghali, de cuyas ambiciones ante la Historia no cabe dudar, pero que tenía menos cintura que Alexanco. En segundo lugar, estaban los Estados Unidos, que de toda la vida han mandado en la ONU un huevo, y que no querían grandes alharacas en Ruanda. El jefe de los cascos azules, el canadiense Romeo Dalladier, opinó que los cascos azules, para ser efectivos, no debían de ser menos de 4.500 (otros militares elevaban ese mínimo hasta 8.000). Pero le dieron 2.548, pobremente armados, inexpertos y desmotivados. En enero de 1994, Dalladier envió un informe por escrito señalando que los ataques que se producían en Ruanda estaban claramente organizados y centralizados; que por lo tanto era una fuerza organizada la que los estaba llevando a cabo, y solicitando nuevos refuerzos. Más aún: ese mismo mes de enero, un comandante hutu que quería desertar, Jean-Pierre Twatzinze, se lo contó todo al comandante belga en la zona, Luc Marchal: que se habían hecho listas de tutsis para los progomos. Que las células de hutus habían sido distribuidas por el país. Que había planes incluso para matar a representantes belgas pues ya se sabe que a ríos [de sangre] revueltos, ganancia de hijos de puta.

Dalladier, informado por Marchal, envió un telegrama a Nueva York informando de su intención de realizar una operación sorpresa sobre los arsenales de los hutus, para dejarlos sin qué agredir. Los Boutros Boutros-Ghali boys, sin embargo, dijeron que ni de coña. Y no parece que se hayan sentido en la necesidad de explicar por qué. Aunque cabe adivinar que la reciente cagada de Somalia (el famoso Black Hawk, derribado) tuvo algo que ver en las escasas ganas que los jerifaltes de la ONU tenían de meterse en otro fregado.

El 6 de abril de 1994, Juvenal Habyarinama acudió a Dar es Salaam, a una cumbre de líderes africanos. Una vez más, escuchó un aluvión de críticas por sus escasas ganas de aplicar los acuerdos de Arusha. Quizá encabronado por tanto puteo, decidió volver a su casa esa misma noche. Nada más tocar tierra en el aeropuerto de Kigali, dos misiles impactaron en el aparato. De los pasajeros no quedaron ni las ortodoncias.

A día de hoy, que yo sepa, hutus y tutsis siguen guerreando, esta vez en las estanterías de las librerías, sobre la autoría de este atentado. Todo cabe. Que la muerte de Habyarinama fue oro molido para los hutus, que así pudieron iniciar su genocidio, es cierto; que los tutsis habían hecho ya tonterías del mismo calibre, también.

Lo importante es que una cancela se había abierto. Y, por su agujero, una de las ponzoñas más pútridas de la Historia del ser humano estaba a punto de desbordarse.

viernes, agosto 01, 2008

De vacaciones

Hoy este blog se va de vacaciones hasta algún momento de finales de agosto. En realidad, es un poco absurdo esto de las vacaciones blogueras porque en vacaciones es precisamente cuando más leo, lo cual quiere decir que también es cuando más produzco. No obstante, tiene su sentido teniendo en cuenta que luego septiembre es siempre un mes difícil, así pues es más cómodo hacer como la hormiga del cuento, acaparar ideas y apuntes durante los días de la canícula, y luego regresar con nuevos bríos.

La nueva temporada traerá pocas novedades. Alguna, sin embargo, tiene su aquél. Me gustaría aderezar algunos artículos, o series de artículos, con alguna entrevista a personas que, por alguna razón, están cercanas al conocimiento del que se ha escrito. Hay algún proyecto ya en marcha, así pues pronto todos veremos el resultado.

Otra cosa que me gustaría hacer es recabar vuestra propia colaboración. Los datos sobre audiencia que veo en el Analytics apuntan a que este blog tiene cierta población flotante de lectores habituales, entre los que dabe entender que habrá de todo, porque el gusto por la Historia es un mosquito que puede picar a gentes de letras y ciencias por igual. A veces, cuando estudias la Historia, te encuentras con cosas que sería interesante poder analizar con ayuda experta. Conforme se me vayan presentando, es posible que lance al éter alguna petición, por si alguien quiere colaborar.

Mientras tanto, reposemos todos. Ha sonado la hora de ganar un par de kilos.

domingo, julio 27, 2008

De cómo un Cid británico le hizo una llave de judo a Franco

No he tenido la suerte de pisar Huelva nunca. Pero si alguna vez lo hiciese, me gustaría visitar su cementerio de La Soledad, para buscar allí la tumba de William Martin. El mayor William Martin, muerto en acto de servicio. Supongo que el consulado británico estará pagando todavía las cantidades necesarias para poder poseer esa tumba, pues esa tumba, ahí donde la veis quienes la visitéis, es el recordatorio que nos queda de una de las acciones más curiosas de espionaje producidas en la segunda guerra mundial. Una acción de inteligencia que bien podría ser descrita como una llave de judo. No es que yo sepa mucho de judo. La verdad es que no sé nada. Pero alguna vez he leído, y por lo que veo debe de ser cierto, que el judo es un deporte de lucha en el que, entre otras cosas, utilizas para derribar a tu contrario la fuerza con la que te ataca.

La muerte de William Martin tiene que ver con todo eso. Con darle en todo el bebe a alguien aprovechando la fuerza con que te ataca. Y ese alguien es la España de Franco; la no beligerante (que no neutral, como en error involuntario o deseado se dice muy a menudo) España de Franco.

Veamos. En 1942, en frase de Winston Churchill, giraron los goznes de la Historia. Ocurrió al principio del año, con la victoria rusa en Stalingrado que, aparte de humillar al ejército alemán y hacerle un mogollón de prisioneros, supuso cortar en seco el avance teutón hacia las fuentes del petróleo del Cáucaso; una pérdida logística que haría a Hitler andar corriendo con la lengua fuera hasta el mismo día en que mordió el cañón de su pistola y apretó el gatillo. Pero en 1942 ocurrieron bastantes más cosas que Stalingrado. Por ejemplo, que los aliados se enseñoreasen de África. En buena parte, los alemanes habían preferido dejar media Francia sin invadir y crear la ilusión de que los franceses se gobernaban a sí mismos desde Vichy por eso. Dar la impresión de que Francia soportaba a Alemania voluntariamente le permitía a Hitler aspirar razonablemente a que la guerra no se extendiese al continente africano. Al menos mientras los estadounidenses no entrasen en guerra, claro; pero eso es algo con lo que Hitler contaba, pues existen sobrados testimonios, ahora mismo me estoy acordando de los del médico personal de Himmler, que nos indican que Hitler confiaba en la posibilidad de pactar con los americanos, como dos matones de patio que pactasen para repartírselo.

El 7 de diciembre de 1941, sin embargo, Japón bombardeó Pearl Harbour, y las muchísimas resistencias existentes en EEUU a la entrada del país en la guerra se disolvieron como un azucarrillo. En 1942, con la ayuda americana, comenzó la invasión del norte de África. Es evidente la fama que tiene el día D y el desembarco de Normandía y todo eso, pero lo cierto es que la pérdida del norte de África fue para Hitler un poco como para la República española la caída del llamado Frente del Norte: después de eso muchas cosas pasaron pero, de alguna forma, la guerra ya estaba perdida.

El desembarco de los americanos en el vestíbulo de Europa, además, le creó problemas a Franco. Para cuando ocurrió, el Caudillo llevaba tres años gobernando en España y estaba en lo que los historiadores llaman su etapa fascista, que duró lo que duró su convencimiento de que Hitler iba a ganar la guerra. Requerido por los alemanes para entrar en la guerra pero renuente a hacerlo por considerar que podía costarle el puesto, Franco inició su famosa fase de no beligerancia, curiosa situación en la que dices: yo voy con éste, pero como soy un puto cobarde no voy a pegarme con nadie. España, durante esos meses, fue un interesante campo de acción para los lobbys; el nazifascista pero también, muy significativamente, el británico. No sé si algún día llegaremos a saber con certeza a cuantos generales untó Churchill.

De todas formas, las simpatías de Franco estaban claras con Alemania. Los barcos alemanes repostaban y se reparaban sin problemas en nuestros puertos. Los agentes alemanes se movían por España como Pedro por su casa. Y Alemania era el receptor principal de algunas exportaciones españolas fundamentales, como el wolframio; aunque esta situación empezó a cambiar conforme Hitler perdía terreno y España no tenía más remedio que mirar a los Estados Unidos para conseguir gasolina.

Esta era la situación general cuando los aliados decidieron entrar en Europa. Y decidieron hacerlo por Sicilia. En esta operación, con seguridad, valoraron las posibilidades que una invasión exitosa de la isla le generaría a Hitler. No podían faltarles los informes de que Mussolini ya no era tan popular como años antes, y tenían que tener esperanzas ciertas de que ocurriese lo que ocurrió y es que Italia, una vez que se supo invadida, tratara de cambiar cromos con los aliados (con lo cual lo que consiguió fue ser invadida en toda regla por los alemanes).

En torno a este asunto de Silicia hay mucho mito. O eso creo. Se dice, por ejemplo, que los blindados aliados llevaban la inscripción LL, inscripción que provocaba que todos los sicilianos les ayudasen, al reconocer las iniciales del Charlie Lucky Luciano, quizá el más poderoso capo de la mafia neoyorkina y que había sido trincado poco antes. Nunca he encontrado confirmación seria de estos hechos. Parece ser, eso sí, que el gobierno americano se sirvió de los mafiosos de Nueva York, y de otras poblaciones, para controlar el puerto y hacer que los barcos alemanes, antes de declarada la guerra, tuviesen dificultades. Pero poco más.

Lo realmente importante de la decisión de Silicia es que el enemigo no se enterase. O, mejor, que pensara que la invasión iba a ser por otro sitio. Y aqui es donde entra en escena el mayor William Martin.

Se trataba de hacer que el enemigo recibiese una documentación relativa a la invasión, una documentación falsa, y que la creyese. Para eso hacía falta que todo, como dicen los mafiosos, pareciese un accidente. El servicio secreto británico, con estas premisas, urdió una trama en la cual los alemanes serían informados por sus amiguitos: los españoles. Los cuales eran no beligerantes pero, como hemos dicho, ello no quería decir que no tuviesen sus querencias.

El plan fue éste: un cadáver apareceria en las costas de Huelva; el cadáver de un militar británico. Este cadáver llevaría consigo una serie de documentos demostrativos de que los aliados preparaban una invasión de Europa del Sur comenzado por la isla de Cerdeña. Nada más aparecer el cadáver, el viceconsulado inglés en Huelva debería reclamarle a las autoridades españolas toda dicha documentación, argumentando su interés. Cosa que los españoles harían, sin duda. Eran no beligerantes. Eso sí, como iban de lo que iban, antes la harían pasar por los alemanes, que la copiarían y leerían. Españoles y alemanes, por lo tanto, terminarían derribados en el suelo como consecuencia de la fuerza de su propio ataque.

Se suponía que el mayor William Martin habría sido derribado mientras sobrevolaba el estrecho de Gibraltar, algo que no pocos aviones ingleses hacían por entonces. Y esto planteó el primer problema. Porque los espías británicos sabían muy bien que si tiraban al mar a un muerto sin más éste, al hundirse en el agua, no encharcaría sus pulmones, porque para hacer eso hace falta respirar, y los muertos, por lo general, no respiran. Esto detuvo el plan hasta que encontraron en Reino Unido a una persona joven y recientemente muerta de pulmonía. La pulmonía encharca los pulmones antes de provocar la muerte y, por ese motivo, un muerto de pulmonía podría pasar en una autopsia por un ahogado.

Que yo sepa, no se sabe a ciencia ciérta quién era, en realidad, el mayor William Martin. Pero el espionaje británico consiguió convencer a la familia, la cual cedió el cadáver.

La documentación se preparó con minuciosidad. Al mayor William Martin, que en ese momento se convirtió en un correo humano como tantos hubo en la guerra, se le convirtió en portador de una carta escrita por el jefe de Estado Mayor británico, Archibald Nye, a su segundo, el general Alexander. En dicha carta, Nye se quejaba de no haber conseguido aún lo que quería de los jerifaltes de la guerra. Citaba la posibilidad de realizar la invasión por Grecia pero insinuaba que sería mejor otro punto en el Mediterráneo Occidental. Acto seguido comentaba que iban a tratar de hacer creer a los alemanes que la invasión iba a ser por Silicia.

Para cualquier estratega con dos dedos de frente, era fácil concluir que, si esa informacion era cierta, el punto de invasión con más posibilidades era Cerdeña.

Para reforzar la cosa, el cadáver llamado Martin fue dotado con otra carta, en este caso de Lord Mountbatten (quien luego sería el virrey de la India que le dio la independencia y acabó asesinado por el IRA) a Andrew Cunningham, comandante en jefe del Mediterráneo, en el que le ponderaba las habilidades de Martin pero bromeaba diciéndole que, si no le servía y lo mandaba de vuelta, le hiciese volver trayendo algunas sardinas, pescado muy típico de aquellas islas. La cercanía fonológica con Sardegna (Cerdeña, en italiano) estaba diseñada para hacer picar a los alemanes.

Para las fotos de los documentos de identidad tuvieron que usar a alguien muy parecido al auténtico William Martin. Por mucho que lo intentaron, no consiguieron hacerle ni una foto al cadáver en la que pareciese estar ni medio vivo.

Luego vinieron los adornos. Como para confirmar esa fama del militar británico como alguien siempre algo calavera, adjuntaron una carta bancaria instando al pobre mayor a saldar una inexistente cuenta corriente en números rojos por la nada despreciable cantidad para la época de 80 libras. Incluso le inventaron una novia: Pamela. El día que cayó al mar, el mayor Martin llevaba consigo una carta y dos fotos de su amada; de hecho, es probable que la inteligencia militar británica hubiese algún sentimental: falsificaron la factura de un anillo de bodas y se la metieron en la cartera. Todo eso, más papelitos sin importancia, billetes usados de autobús... el tipo de cosas que todos llevaríamos encima si cayésemos al mar.

El 19 de abril de 1942, el submarino inglés Seraph, en ruta hacia La Valetta, Malta, zarpó con una caja llena de hielo y un cadáver dentro. Diez días después, frente a las costas de Huelva, el cadáver fue soltado en el agua, a las cuatro y media de la madrugada.

Los pescadores onubenses no tardaron en encontrar el cadáver. El 2 de mayo, el vicecónsul inglés reclamó la documentación. Y las autoridades franquistas se la remitieron el 13. El 4 de junio, la prensa inglesa publicó el nombre de William Martin en la lista de caídos en la guerra. Para entonces, el mayor ya había sido enterrado. Pamela envió un ramo de flores.

Hechos: en las semanas siguientes, los alemanes desplazaron una división acorazada a las costas griegas y reforzaron las defensas de Córcega. Cuando la guerra terminó, entre la documentación encontrada por los aliados aparecieron copias de los documentos que llevaba el mayor Martin. Y, más aún, en el diario del jefe de la Armada alemana, Karl Dönitz, éste llega a decir que en opinión de Hitler, «los documentos anglosajones descubiertos confirman que el ataque será dirigido especialmente contra Cerdeña y el Peloponeso».

Uno se imagina a Franco cenando un par de ciruelas en El Pardo. Un asistente militar se acerca y le cuchichea al oído durante un rato largo. Cuando termina, Franco se vuelve y ordena: «Que informen inmediatamente al señor Embajador [alemán, por supuesto]». Y, después, lo vemos terminando su ciruela y pensando: «menudo favor me debe ahora Hitler».

Pues no, mi general. Picaste. Picaste como un gilipollas. Un humilde Cid desconocido te ganó la batalla después de muerto, y a quien pretendías ayudar, en realidad, le hiciste, sin querer eso sí, una putada defcon tres.

Ajo. Y agua.

martes, julio 22, 2008

El follón de Bailén

Si acudís a visitar la página web del ayuntamiento jienense de Bailén, podréis buscar las noticias producidas a finales del mes de junio, hace pues ahora cosa de unas semanas, en las que dicho consistorio se dice hondamente dolido por la comunicación por parte de la Casa Real en el sentido de que no asistirá a los actos del bicentenario de la batalla de Bailén. Yo me he enterado ahora y porque un amable corresponsal me ha enviado la referencia; porque, la verdad, en el estado del conocimiento que tengo de las cosas que pasan (los informativos de la tele y algún periódico), ni me había enterado.


Lo que puedo o quiero decir es que esta negativa no es sino el síntoma de algo más genérico. Ciertamente, este año se cumplen 200 de la batalla de Bailén y, como se puede deducir de lo que acabo de escribir en el párrafo anterior, el aniversario está atravesándonos sin rompernos ni mancharnos. Y tiene poquísima lógica este pasotismo después de que el 2 de mayo hayamos montado la intemerata con el asunto de la rebelión del pueblo de Madrid. Lo del personal apiolándose franceses por las calles del Foro puede quedar muy bien para películas y cuadros goyescos; pero en lo que a la Historia concierne, es decir a la hora de echar o no a los franceses de España, la batalla de Bailén tiene unas setecientas veces más importancia que la rebelión de Madrid. Prueba de ello es que sacó a José Bonaparte de la ciudad, pues tras la derrota la abandonó haciéndose caquita.


Lo cual me lleva a pensar que, quizá, hoy por hoy no nos damos cuenta de lo que significa la batalla de Bailén. Cuando dicho enfrentamiento se produce, Francia es una potencia mundial; España hace ya, como poco, un siglo que no lo es. Francia está regida por un poder centralizado capaz de armar levas, ejércitos, y de llevar al personal tieso como una vela; España no tiene rey y trata de organizarse a través de juntas diversas; y no hace falta que nos extendamos mucho sobre lo que le pasa al poder centralizado cada vez que en este país se otorgan soberanías locales. Francia está considerada como el puño más fuerte del mundo, la Grande Armée, la gallinácea en verso; España, a todo lo más que aspira, es a tocar las narices en acciones pequeñas de desgaste, eso que con los años acabará llamándose guerra de guerrillas. En 1808, Europa iba ya por la cuarta coalición, que se dice pronto, montada para batir a Francia.


Francia era, en ese momento, el Rafael Nadal de Europa; y en Bailén se enfrentó por primera vez con un desconocido contrincante, bajito, moreno y patilludo, de cuya capacidad estratégica se dudaba en todos los cafés de Europa y que tenía más fama de bandolero cabreado que de militar de pura cepa: el soldado español. Ese tenista oscuro, sin historial, sin un mal cuarto de final de Gran Slam que llevarse a la boca, llegó a la final de Wimbledon y al tío mazas al que no le ganaba ni Dios le metió tres sets por la patilla y lo dejó seco.


Bailén es, a mi modo de ver, la victoria de la guerra moderna; ésa en la que la movilidad es algo fundamental. Más de un siglo después, Francia sería invadida por un ejército alemán que, en el fondo, le hizo la misma envolvente, pues avanzó a toda hostia con sus carros de combate cuando lo que se esperaba de tales vehículos es que avanzasen lentamente. En Bailén paso algo parecido, porque la principal virtud del general Castaños fue conseguir que su contincante, el general Dupont, nunca tuviese una idea cabal de dónde estaban las tropas españolas, de lo mucho y rápidamente que se movían.


Si alguien pudiese proyectar una filmación de un ejército antiguo avanzando hacia la batalla, podría ver una interminable sucesión de gentes, carros, mulas y otras bestias de carga, hasta el punto de que en la Edad Media, por ejemplo, no pocas veces los, por así llamarlos, servicios auxiliares del ejército propiamente dicho ocupaban tanto como el ejército (hay que decir que con las tropas se desplazaban burdeles enteros, por ejemplo). Esto no era gran problema en guerras de posiciones, batallas que, más que producirse, se celebraban. La guerra moderna inventa al ejército que se aguanta con dos de pipas y, gracias a ello, es capaz de estar hoy en Málaga y mañana en Malagón. Dupont nunca supo dónde estaba Castaños y Castaños siempre supo dónde estaba la Gran Armada, tan Grande que era imposible no verla.


La extrema movilidad del ejército español hizo que los franceses no tuviesen bien clara la cosa. Iban por Andalucía dándole capones a los resistentes españoles (entrando a saco en Córdoba, por ejemplo); pero, claro, con un ejército tan móvil y una comunidad autónoma tan grande, acabaron dándose cuenta de que al español le era posible meterse entre Madrid y las espaldas de los soldados, cortando la conexión con la capital y poniendo en serios problemas el momio napoleónico. Es por ello que una parte de la armada francesa fue enviada a La Carolina, para garantizar dicha conexión. De esta manera, el invencible ejército francés se cortó un brazo, y fue con ese brazo cortado como Castaños le salió al paso el 18 de julio de 1808 en Bailén, celebrando batalla al día siguiente, tórrido según las crónicas. Fue el verdadero principio de nuestro particular Au revoire, Monsieur.


Bailén es, además, quizá la última gran batalla que España ganó, deslizándose como iba hacia el famoso Perdimos, perdimos, perdimos otra vez. Y es, como la rebelión de Madrid, la victoria de un pueblo. Normalmente, las batallas siempre tienen un cerebro gris que garantiza su victoria. Julio César, Alejandro, Gengis Kahn, Napoleón, Klausewitz, están ahí para reclamar el mérito de victorias que sin su aportación probablemente no lo habrían sido. En Bailén, sin embargo, por mucho que sea cierto que las tropas españolas tuvieron un general, un buen general como Castaños, fue un pueblo el que ganó. Entre otras cosas porque si en ese momento existía el Estado español (y resulta curioso que precisamente en el momento en el que era jurídicamente más dudosa la existencia de dicho Estado fuese cuando sus ciudadanos menos dudaban de ello), lo que no tenía es Jefe. España, en ese momento, no tenía cabeza. Su cabeza fue su pueblo. Lo cual nos lleva al feo detalle de nuestro actual Jefe del Estado.

Creo que la Casa Real haría bien revisando su decisión. Por coherencia histórica y, sobre todo, porque, como ya hemos tenido ocasión de comentar en más de una ocasión, el papel de los Borbones en toda la movida de los franceses en España no es precisamente como para sentirse orgulloso. Ciertamente, en los primeros años del siglo XIX, a España le pasó lo que le ha pasado en la Historia a muchas otras naciones y pueblos, tales como la Galia, o los vecinos de los mongoles, o México, o Cuba: le tocó estar en el patio de atrás de una potencia invasora e imperialista. Desde luego, no fue una coyuntura fácil. Pero nuestros reyes ni pudieron, ni supieron, ni quisieron estar a la altura de las circunstancias.