jueves, abril 19, 2007

Latinos lejanos

Hay apuntes del presente que tienen bastante que ver con el pasado. Así pues, con el permiso de Wonka que, de los lectores que sé que tiene este blog, es el que más sabe de sociología, quisiera dejaros un apunte basado precisamente en eso.

El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) español realiza periódicamente lo que denomina un Latinobarómetro, basado en conocer el conocimiento e ideas que los españoles tenemos respecto de Latinoamérica. En el último hay un par de preguntas que me han llamado la atención.

Por ejemplo, se le preguntaba a los españoles qué país latinoamericano es el principal amigo de España. Pues bien: uno de cada dos españoles (52%), no contestó, lo cual lo interpreto como un ni puta idea, a mí qué me pregunta. La siguiente frecuencia más alta está lejísimos, es del 17,5%, y se refiere a quienes consideran que Argentina es nuestro mejor amigo en Latinoamérica. De seguido (7%) van los que piensan que ninguno (no tenemos amigos en Latinoamérica), seguido de México y Venezuela (5,8%).

La otra pregunta se refiere a la valoración de los principales líderes políticos americanos. Empezando por el nivel de conocimiento, el líder político más conocido en España, pues sólo un 3,6% de los encuestados declara no saber quién es, es Fidel Castro. Castro es, a decir de la encuesta, más conocido en España que Georges Bush, de quien dice no tener razón el 5,7% del personal. El 16% no conoce a Hugo Chávez, y el 34% no conoce a Evo Morales o a Luiz Inacio Lula da Silva. Como se ve, el pueblo español tiene cierta querencia por las figuras que se ven o se quieren ver tirando a Bolívar y tal. El 66% no sabe quién es Néstor Kirchner, el mismo porcentaje desconoce que Álvaro Uribe esté sobre la tierra, a Michelle Bachelet y a Alan García los desconoce aproximadamente el 70% de la peña y la guinda se la lleva el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez quien, a pesar de tener un nombre de pila tan fácil de retener en la memoria, es un desconocido para el 82% de los españoles adultos.

Entramos ahora en el aspecto de la valoración que, de cada uno, dan aquéllos que les conocen. En este punto, suelo hacerme yo una cuenta, que no sé si tiene valor científico, que es tomar los porcentajes de valoración más elevada (en la escala de 0 a 10, el encuestado califica al personaje con un 9 o un 10, o sea este tío es la rehostia) y compararlos con los de valoración más reducida (o sea, 0 o 1, más o menos vaya pedazo de cabrón).

El peor parado es Bush. Por cada español que lo consideran el compendio de todo bien sin mezcla de mal alguno, hay 60, repito, 60, que lo consideran un PdeC. El siguiente es Fidel Castro, que por cada hooligan a su favor en España tiene 22 opositores cerriles. Y le anda a la zaga Kirchner, cuyo ratio es de 18. Después viene Chávez (14 enemigos por cada amiguito), Tabaré (6), Evo Morales (4), Uribe y Lula (3), hasta llegar al único líder que tiene, mutatis mutandis, un enemigo acérrimo por cada amigo del alma: Michelle Bachelet.

Sí, sí. Ya sé que falta Alan García. Pero es que recordaréis de las clases de mates que una división por cero es imposible. Y eso es lo que pasa: de todos los encuestados, no hubo ni uno que le diese al pobre don Alan un 9 o un 10.

La reflexión que me ha provocado la lectura de estos datos es: ¿habrá sido siempre así? Obviamente, no podemos aseverarlo científicamente, puesto que la demoscopia es una ciencia relativamente moderna. Sin embargo, yo creo que hay cosas que leyendo quedan muy claras.

Por ejemplo, me llama la atención que, con la única excepción relativa de Cuba, cuanto más tiempo ha sido un país latinoamericano colonia española, más empeño parecemos poner en olvidarlo. ¿Dónde está Puerto Rico en toda esta historia? Parece como si los primeros que hubiésemos asumido que Puerto Rico no es sino un estado de los Estados Unidos hubiéramos sido los propios españoles.

También aprecio un fenómeno que, insisto, no puedo demostrar pero en el que creo: la indiferenciación de Latinoamérica. El hecho de que el país del que más nos acordemos (poco, pero el que más) a la hora de buscar un amigo sea Argentina viene a ser un síntoma de que hay cierta cohorte de españoles para la cual la palabra argentino y la palabra latinoamericano son sinónimas. Error que es injusto con todos los países del área, con Argentina incluso, pero lo es especialmente, en mi opinión, con México, un país que ha estado muy presente en la Historia reciente de España, especialmente durante los años del franquismo, y que parece totalmente olvidado en las conciencias de los españoles.

Si esta encuesta se hubiese hecho a mediados del siglo XIX, estoy seguro que, cuando menos entre las clases medias, habría aportado niveles de conocimiento muy superiores. España se ha sentido orgullosa de su labor en América hasta un punto, en el 98, en el que lo perdió todo y por ello se embarcó en una reflexión sobre todas las cosas que había hecho mal. De ahí nació, en mi opinión, todo un latinopesimismo, basado en la mala conciencia colonial que, por lo que se ve, es una mancha que hoy sigue extendiéndose.

Con todo, la evolución sociológica más formidable parece la relativa al vecino del norte. Porque tan sólo han pasado treinta o cuarenta años desde el actual paso de tu culo, Georges y aquella coplilla que cantaba el pueblo de Bienvenido Mr. Marshall, cuyo estribillo decía:

Americanos,
vienen a España
guapos y sanos,
viva el tronío
de ese gran pueblo
con poderío,
olé Virginia,
y Michigan,
y viva Texas, que no está mal,
os recibimos
americanos con alegría,
olé mi mare,
olé mi suegra y
olé mi tía.

martes, abril 17, 2007

Amor que mata

Hoy os voy a contar una historia de amor desgraciado. Uno de esos amores que matan, la treta del enamorado que responde al amor con traición. Es, por lo tanto, una historia tan vieja como el mundo. Yo la voy a contar. Pero la cuenta mucho mejor mi fuente, el escritor alemán Hermann Kesten, en un libro portentoso que no estaría mal que leyéseis en estos días tan letrados que rodean la onomástica de ese santo de nombre catalán que mataba dragones. El libro se llama Fernando e Isabel y en España lo ha publicado Edhasa.

Situación: estamos en el siglo XV, en Castilla. Gobierna Castilla... ¿quién gobierna Castilla? No es tan fácil la contestación.

Hasta 1454, el rey de Castilla ha sido Juan II, hombre muy empeñado en consolidar la autoridad real frente a las grandes casas nobles castellanas, acostumbradas a hacer y deshacer a su antojo pues, al fin y al cabo, Castilla la han construido los castellanos, o sea ellos. A la muerte de Juan II le ha sucedido su hijo, Enrique IV, más que probablemente homosexual, de carácter más pactista que proclive al enfrentamiento y, en general, ecléctico: pese a estar al frente del Estado que carga sobre sus espaldas la labor de expulsar al moro de España, gusta de dar audiencias vestido al modo musulmán.

Como buen homosexual, Enrique no era muy ducho, lo cual no quiere decir necesariamente impotente, con las mujeres. Su primer matrimonio, con Blanca de Navarra, fue anulado por el propio Papa tras comprobarse que no había sido consumado. No obstante, en 1455, ya rey de Castilla, comenzará a sentir esa presión que todo príncipe sin hijos legítimos siente enseguida; la cosa no es, como en las reuniones familiares de la clase media, que la abuela da el coñazo con eso de cuándo vas a tener hijos, chatín. La cosa es que la Corte te dice: vos habéis venido al mundo a tener heredero sí o sí, majestad. Por tal motivo, casa don Enrique para tener hijos, y escoge a una mujer de una importante casa real, Juana de Portugal. Con mucho o con poco esfuerzo, Enrique logrará tener una hija con Juana, una hija que hoy se da básicamente por cierto que fue suya. La niña se llamó como su madre, Juana. Nació para ser Juana de Castilla pero se quedó en Juana la Beltraneja.

La llamaban de aquella guisa porque todo el mundo la decía hija no del rey, sino de un valido de la corte, don Beltrán de la Cueva. A Enrique le pusieron el escasamente nebuloso mote de El Impotente. Aunque con la Historia antigua es difícil llegar a claridades absolutas, todo parece indicar que en aquel mito de la impotencia y de la bastardía de la niña tuvieron mucho que ver los nobles que habían decidido aliarse con la hermanastra de Enrique, Isabel. Isabel, una de las mujeres más ambiciosas de nuestra Historia, por lo general generosa en féminas dispuestas a todo, acabaría encontrando en los Mendoza y otros pares castellanos y, sobre todo, en el aún más ambicioso que ella Fernando de Aragón, los apoyos perfectos para iniciar la campaña para sostener una idea: la Beltraneja es una hija de puta, aquí no hay más reina que Yo Misma.

En fin. Todos sabéis que lo consiguió, claro. Que se coronó Isabel la Católica y luego se dedicó a hacer puñetas con fray Torquemada. Pero, en realidad, la historia que quiero contaros ni he empezado a contarla. Empezó antes de todo esto. Empezó cuando todavía vivía el infante Alfonso.

Alfonso era hermano de Enrique IV y, cuando algunas casas nobles decidieron ponerle la proa a su amanerado hermano reinante, se convirtió en su campeón. Antes, pues, de todo el lío de la Beltraneja e Isabel y tal, estuvo el lío de Alfonso y Enrique, o Enrique y Alfonso. Eran hermanos, sí; pero ya sabéis que, en aquella época, los hermanos de las dinastías reinantes se llevaban peor que Javi Navarro y los delanteros contrarios.

Ahora tenéis que pensar en Toledo. No os tiene que costar mucho, porque esta ciudad bellísima conserva muchas cosas de aquella época. Si miráis el mapa, veréis que, en un supuesto de guerra larvada en el seno de Castilla, Toledo está situada en medio; lo que se dice un hostiadero. Enrique y Alfonso, cada uno con su partido y sus fuerzas del orden, campaban por la meseta reclamando de villas y ciudades la adhesión a su causa. Y pocas ciudades había entonces más grandes que Toledo, así pues ambos pretendientes contendieron para ganar la ciudad para su causa. En los tiempos que relato, las mesnadas del infante Alfonso estaban a tres días de la ciudad. Así pues ésta debía decidir, sí o sí, si se unía a la causa alfonsina o le cerraba las puertas al muchacho.

Toledo era entonces, además, la ciudad de los mil barrios, pues allí tenían área propia: los moros, los moriscos (ex moros convertidos), los cristianos, los judíos y los conversos (o sea, antiguos judíos convertidos al cristianismo, conocidos entre los cristianos como marranos). Para tomar la decisión de qué partido tomar, se reunieron por separado los judíos, los cristianos viejos y nuevos, y los moros y moriscos (el hecho de que los moriscos se fuesen a parlamentar con los moros permite avizorar que su decisión de seguir a la santísima trinidad no debía de ser muy sincera).

Los cristianos decidieron, bastante juiciosamente creo yo, abrirle las puertas a Alfonso, probablemente temerosos de que, de cerrarlas, el niño las abriese a hostias. Los moros, enterados de tal decisión, dictaminaron: lo que diga la rubia. O sea, si los cristianos dicen sí, nosotros también. Pero, claro, llegaron los judíos. Para un judío hay muchas cosas sagradas, pero una de ellas es la ley. Las leyes de su dios han de respetarse y, de hecho, por respetarlas no pocos de ellos acabarían ardiendo vivos en la plaza de cualquier pueblo. En esa ocasión, no se desviaron ni medio milímetro de sus convicciones: puesto que la ciudad había jurado, en su día, fidelidad al rey Enrique, el juramento era sagrado. Básicamente, pues: los hebreos votamos por darle a Alfonsito por donde amargan los pepinos.

Aquella posición de los judíos no varió la de los cristianos, que siquieron apoyando al infante. Pero, eso sí, terminó de cabrearlos, pues sintieron como que los judíos les decían que eran incapaces de cumplir un compromiso, ergo eran pecadores.

¿Fue casualidad, por lo tanto, lo que empezó a pasar en los días siguientes? Más que probablemente, no. Porque lo que empezó a pasar fue que por Toledo comenzaron a deambular cuadrillas de pobres, de tullidos, de soldados en paro, clamando por la carestía de la vida, la pobreza y la imposibilidad de conseguir pan, y preguntándose en voz alta, en las calles, en los mercados, de quién era la culpa de aquella situación. Sabido es que, en aquellos tiempos, la culpa del malestar económico siempre la tenía uno: el usurero, el recaudador de impuestos, el ricachón comerciante.

El puto judío.

Los hebreos ya estaban condenados, sólo que no lo sabían. A Toledo, al calor de la rebelión que se avecinaba, se dejó caer el confesor del rey, Alonso de Espina, quien adornó los púlpitos de la ciudad con unas soflamas al lado de las cuales los discursos de Hitler parecerían los de un liberal moderado.

De la misa, el pueblo de Toledo se fue a la judería, cada cual agarrando lo que tenía: un hacha, un cuchillo, un simple palo o una espada. Los judíos se metieron en sus casas. No les sirvió de nada. Los cristianos derribaron las puertas a hachazos, quemaron los edificios. Para muchos judíos aquello no era nuevo. Algunos padres, oyendo retumbar los golpes brutales en la puerta de su casa, cogieron el cuchillo de la cocina y, antes de que la puerta cayese, degollaron a sus hijos, sobre todo los más pequeños, para ahorrarles el horror, y sobre todo a las niñas, porque la caridad cristiana, cuando se trataba de violar en medio de una razzia, no le hacía ascos absolutamente a nada. Además del dato importante de que, en el caso de que el padre o la madre se hubiesen olvidado o resistido a matar a sus hijas de diez, de once, de trece años, se veían por ello condenados a ser testigos directos de cómo eran desfloradas. Casi en cada esquina había un fraile, normalmente dominico, predicando: por si tienes dudas, chaval, por si estás a punto de vomitar o de llorar con tanta depravación, que lo sepas: Dios lo quiere. En la puerta de la judería, otros frailes esperaban con un barril de agua; los judíos que lograban llegar allí eran invitados a bautizarse.

Cuando leo eso de que el Vaticano ha perdido perdón por haber puteado a Galileo, siempre pienso: hay miles, centenares de miles de almas que habrían dado lo que fuese por ser Galileo. Y por ellas no ha pedido perdón nadie. Nadie.

Los niños no fueron respetados. Se lo dijo Heinrich Himmler a su médico: mirar a un niño judío puede moverte a la compasión; pero se te pasa si piensas que si no te lo cargas llegará a adulto. Hay que tener mucho cuajo para ensartarle los intestinos a un niño de siete años que llora e implora por su vida; pero, claro, si Dios lo quiere...

Al día siguiente, los judíos fueron expulsados de Toledo. El cargo: recaudar un impuesto sobre el pan que había sido impuesto por la catedral, pero que los frailes no querían cobrar porque los panaderos les apaleaban.

La violencia, sin embargo, no terminaría ahí. Conscientes de la animosidad de los cristianos contra todo lo judío, los conversos sabían que eran los siguientes en la lista. Uno de los conversos más ricos de Toledo, Fernando de la Torre, reunió un ejército de 4.000 hombres con el que planeó un golpe de mano. Tomaría la ciudad, sometería a los cristianos e impondría en Toledo su ley antes de ser masacrado.

¿Podía salirle bien el plan? No lo sabemos. Porque el amor se metió en medio.

Tenía Fernando de la Torre una hija, joven, bella y enamorada de un joven noble cristiano, Almaido Brabillo, que se colaba en su cama a escondidas por las noches. En la noche previa al alzamiento, Almaido y su novia holgaron entre las sábanas pero ella, extrañamente, no quería dejarle marchar. Sabido es que el tabaco vino de América, así pues en el siglo XV el macho egoísta, tras oportuna eyaculación, no podía darse la vuelta en la cama y encender un pitillo, por la razón de que no había pitillo. Así pues, Almaido quiso simplemente marcharse una vez que se había descargado, pero ella no estuvo de acuerdo. Lo abrazó, lo besó y le dijo:

-Tengo miedo de no volver a verte.

Y, a las preguntas de su amado, la amada lo confesó todo.

Así, las tropas de Fernando de la Torre, cuando llegaron a la catedral, se encontraron la puerta bien cerrada y a varios centenares de cristianos dentro, bien armados y esperándolos. La lucha fue tremenda. Los conversos nunca pudieron ganar pues, a mitad de batalla, tuvieron que volver grupas porque otra horda, llegada de los barrios bajos, estaba atacando su barrio, que ardió como la yesca. Fernando de la Torre murió, ahorcado, en la puerta de la que había sido su casa.

¿Y su hija? Se podría decir que tuvo suerte. El cuarto o quinto violador que se la folló tuvo piedad de ella y la llevó a la cárcel, donde ya había algunos judíos autoencerrados para salvar la vida. Fue condenada al destierro y a tres días de penitencia. Fueron, pues, setenta y dos horas durante las cuales hubo de permanecer descalza y vestida tan sólo con una camisa, día y noche, con dos alguaciles guardándola a derecha e izquierda. Debía estar de pie, con una vela en la mano, y de los jirones de la camisa le colgaban papeles donde estaban escritos sus pecados. Los alguaciles estaban ahí para garantizar que nadie la matase. Pero, durante esas setenta y dos horas, cualquiera, incluso los niños, podía insultarla y, sobre todo, escupirla. Y ella no podía moverse. Así que ahí la tenéis, casi cumplidos los tres días, temblando de frío con una vela entre las manos y centenares de salivazos adornando su cuerpo.

Ese cuerpo serrano que tanto le gustaba al joven Almaido, que ahora mismo pasa junto a ella y que, lejos de tener siquiera una mirada compasiva, aprieta los labios, inspira fuerte con las narices, y dentro de su boca fabrica una pequeña bomba verde.

Estas cosas pasaban en la España que, a decir de algunos, era un modelo de convivencia racial.

300

Según Google Analytics, ayer lunes, día 16, y por primera vez en la historia de este sitio, se superaron las 300 visitas diarias. Para ser exactos, 305, lo cual lo deja en 303 contando la que hice yo y la que hizo Ina. Normalmente nos movemos en un entorno de 200 o así, pero ayer no sé yo qué pasaría que la cosa se animó.

Madrid, Rota, Valladolid, Barcelona y Valencia fueron las ciudades de España con más conexiones. Pero también hubo 13 visitas desde Francia, 12 desde Perú, 10 desde México, 7 desde Argentina, 6 desde Alemania...

Os imagino a todos entrando, uno por uno, en el pequeño vestíbulo de mi casa. Y busco la manera de daros el chasco y confesaros que soy abstemio, así pues no puedo ofreceros whisky.

Luego me siento en el sofá, frente a vosotros que apretais un vasito de agua mineral o de zumo de melocotón, y comienzo mi rollo: ¿habéis oído hablar alguna vez de ....?

Joder, joder. 300. Uno cada cinco minutos.

Me entran ganas de echar a correr ;-)

sábado, abril 14, 2007

Stalingrado

Winston Churchill, primer ministro británico durante la segunda guerra mundial, escribió una vez que en enero de 1943, durante la batalla de Stalingrado, habían girado los goznes de la Historia. Y no le faltaba razón. Es idea compartida por los historiadores de aquella guerra que fue en Stalingrado donde Alemania, o mejor deberíamos decir Adolf Hitler y sus generales, comenzó a perder la guerra.

Con esta personalidad que tengo, que me hace tener querencia por los pequeños detalles y los hechos de poca importancia aparente, a pesar de que llevo bastantes años interesado por la Historia, Stalingrado nunca me había motivado mucho. De hecho, por ejemplo, jamás he visto ni una sola de las películas que se han hecho sobre esa batalla, que son dos o tres según mis cuentas. No obstante, los hechos, como las personas, te escogen. Hay hechos que son como una novia pesada y te persiguen, de una forma u otra. A mí me suelen perseguir en forma de libros. Hace algunos años, haciendo tiempo en el VIPS del Heron City esperando a entrar en el cine, en las estanterías de libros baratos paseaba yo mis ojos por lomos de best-sellers. No quería comprar una novela; me quejaba en mi interior de que en esos templos del éxito lector no haya libros de Historia, cuando tropecé con el famoso libro de William Craig sobre Stalingrado, Enemigo a las puertas, y me lo compré.

De alguna manera, pensé que los muertos de Stalingrado se habían quedado ya contentos con esa lectura por mi parte. Pero no era así. Hace dos semanas, pateando el caótico montón de libros de un chamarilero del Rastro, encontré un libro verde, razonablemente bien conservado, una edición de Noguer de 1960. El libro se llama El ejército traicionado y es obra de Heinrich Gerlag.

He pasado una semana robándole minutos a cualquier cosa para devorar sus quinientas páginas.

Lamento daros la referencia de un libro descatalogado (según el ISBN, no ha sido reeditado y Uniliber, el buscador de libros usados, exporta una sola referencia) y a continuación deciros que deberíais leerlo. Pero es así. Quizá alguno de los visitantes de este blog que, según me chiva Google Analytics, nos lee desde Alemania, tenga más facilidades para encontrarlo.

En cualquier caso, el hecho de que sea un libro tan poco frecuente, que estuviera en un montón de folletos y cosas de escasísimo valor, y que yo lo encontrase, me ha dado que pensar que, una vez más, los muertos de Stalingrado han querido hablar. Porque ésa, y no otra, es la intención de Gerlag. En el prólogo del libro nos cuenta que lo escribió dos veces: una, estando preso de los rusos, que se lo incautaron; y otra, años después, en Alemania, en ambos casos como homenaje a los muertos y a los vivos. En ese homenaje, Gerlag nos aporta un testimonio para mí extraordinariamente valioso por lo raro: un viaje al interior de las líneas alemanas.

Stalingrado se llama hoy Volgogrado, un nombre bastante insulso (viene a ser como llamarle a Zaragoza Ebroburgo). En una extensión no demasiado grande hacia el oeste de la ciudad, entre los ríos Volga y Don, quedó, el 23 de noviembre de 1942, atrapado el VI Ejército alemán al completo, junto con las divisiones blindadas del IV Ejército; en total, 22 divisiones completas, más de 200.000 hombres. Esto ocurrió tras una acción ofensiva rusa que acabó con dos frentes defendidos por soldados rumanos aliados de los alemanes. La extensión dentro de la cual quedaron los alemanes recibió entonces el nombre de La Bolsa, y el proceso de progresivo deshinchamiento de dicha Bolsa fue el centro de la tragedia de Stalingrado.

Desde el inicio de este asedio a gran escala, la orden de Adolf Hitler fue la misma: resistir. Tenía tanta pasión por la idea de que el ejército alemán no cediese ni un metro de terreno en Stalingrado que, de hecho, todo parece indicar que en los inicios del invierno de 1942-1943, a las 22 divisiones alemanas les habría sido relativamente sencillo romper el cerco ruso por el oeste (el ejército alemán avanzaba hacia el este y se retiraba hacia el oeste). De hecho, un general, Heinz, lo hizo. Fue desposeído del mando y sometido a un consejo de guerra. Hitler había definido cuál era la Hauptkampflinie, la HKL o línea del frente, y nadie más que él podía cambiarla.

Dentro de la Bolsa quedaron entre 250.000 y 300.000 alemanes, rumanos e italianos (incluso algún croata), aunque éstos últimos en proporción muy pequeña. Eran, por lo demás, una mezcla de unidades veteranas y bisoñas y, a finales de noviembre de 1942, estaban razonablemente bien pertrechadas de vehículos, artillería y, en menor medida, carros de combate. Según el ambiente descrito por Gerlag en su novela, de hecho las tropas alemanas, justo antes de producirse el cerco, estaban razonablemente frescas de cuerpo y mente y confiaban en un pronto relevo. Quedar cercadas, por lo demás, tampoco las traumatizó. Disponían de aeródromos, en ese momento sobre todo el de Pitomnik, con capacidad sobrada para el despegue y aterrizaje de los Junkers del ejército alemán; y estaban, además, convencidos de que el ejército alemán, desde fuera de la Bolsa, sería capaz de romper el cerco. Además, estaba el desprecio hacia el combatiente ruso, al que consideraban un combatiente inexperto, cobarde, mal pertrechado y organizado por generales más bien torpes.

La mayoría de esos 250.000 alemanes, por lo tanto, pensaba, a principios de diciembre de 1942, que estaba en medio de una batalla que ganaría con relativa facilidad. Pero sesenta días después no menos de 170.000 de ellos estaban muertos, algunos por heridas de guerra pero otros muchos de disentería u otras enfermedades y, en su mayor parte, de pura y simple debilidad.

Las claves de la cuestión fueron dos. En primer lugar, el Alto Estado Mayor de Hitler, pecando del mismo pecado de infravaloración que sus propios soldados, creyó que el teniente general Hoth, a quien sus hombres conocían como El Enano Rabioso, integrado en el ejército al mando del general Von Manstein, lograría romper el cerco con su avance desde Kotelnikovo, a unos 150 kilómetros de Stalingrado por el suroeste. Lo cierto es que lo más cerca que llegó a estar fue algunas decenas de kilómetros, y tuvo que retirarse enseguida; de hecho, la operación Hoth nunca intentó otra cosa que establecer una línea de suministro. El 19 de diciembre, llegó a unos 50 kilómetros de La Bolsa y estableció una cabeza de puente. Sin embargo, pocos días después de llegar, tuvo que mover sus tres divisiones al codo del río Don, lejos de Stalingrado, para evitar una catástrofe para el ejército alemán. Y ya no volvió.

La operación de Hoth, en todo caso, contaba con que la presión sería doble, o sea, que mientras él intentaba «entrar», el general Von Paulus, al mando del VI Ejército, intentaría «salir». Cosa que Paulus no hizo. O, más bien, no pudo hacer. ¿Por qué? Aquí llegamos a la segunda cuestión: los suministros.

Porque los suministros, metéroslo en la cabeza, son tres cuartos de guerra. Si tuviésemos una cámara de video mágica que nos permitiese grabar escenas ocurridas en el pasado y filmásemos, un suponer, a los tercios españoles de Spinola avanzando hacia Malinas, veríamos una larga fila de piqueros y caballeros, de respetable longitud, seguida de alguna artillería y, después, otra fila tan larga o más que todo lo anterior formada por cocineros, pajes, artesanos, descuideros, prestamistas y prostitutas. Un ejército, antes que nada, es lo que come, las balas que tiene para disparar y la gasolina de que dispone para moverse. Sin eso, hay soldados, pero no ejército.

A principios de enero de 1943, se produjo una de las mayores rebeliones sin violencia de los generales alemanes contra Hitler. Una de las cosas más injustas que se pueden hacer hablando y escribiendo de la segunda guerra mundial es referirse al ejército alemán o simplemente del bando alemán, como hace mucha gente, hablando de «los nazis». Una cosa era el NSDAP y sus estructuras y otra el ejército alemán, cuyos mandos no siempre eran de ideología fascista, aunque ciertamente profesaban una obediencia total a su jefe, su Führer. Sin embargo, esa obediencia no les eximía de plantarle cara a los planteamientos de Hitler, algo que al Führer le gustó tan poco que comenzó a desconfiar de ellos y es por eso que, más o menos desde la caída de Stalingrado, decidió tomar notas taquigráficas de sus reuniones de Estado Mayor.

En diciembre de 1942, un general alemán, llamado Wagner, había escrito uno de esos memoriales que a Hitler no le gustaba tener que leer. Básicamente, Wagner defendía la idea de que el abastecimiento de la Bolsa de Stalingrado era imposible. La Bolsa contaba con una línea férrea, la línea de Chir, sólo parcialmente adaptada o adaptable al ancho de vía alemán y, además, como el tiempo acabó por demostrar, atacable con relativa facilidad por los rusos. Así las cosas, la única vía fiable de suministro era la aérea y, según Wagner, que era general de Intendencia y sabía de lo que hablaba, ésta nunca alcanzaría los niveles necesarios, que se estimaban en 700 toneladas diarias para una dotación pasable y 1.000 toneladas para una dotación perfecta.

Wagner tenía razón; durante la batalla de Stalingrado, el día que el abastecimiento alcanzó las mayores cifras consiguió descargar 300 toneladas; eso sin contar el aspecto cualitativo del asunto: según Craig, uno de los aviones que logró aterrizar en un asediado aeródromo de Pitomkin, sobre el cual se echaron centenares de soldados que llevaban semanas con una dieta que calculo yo inferior a las 600 kilocalorías diarias, iba hasta las trancas de… condones.

En la Historia militar hay cosas que se rebelan con el tiempo. Cayo Mario, el tío de Julio César, descubrió que se puede hacer un buen ejército a base de muertos de hambre (los miembros del census capiti de la siempre elitista Roma); y con esa estrategia cambió para siempre la faz de los ejércitos. Asimismo, la lucha posterior al desembarco de Normandía descubrió a los estrategas que no hay avance enemigo que no sea susceptible de ser frenado desde el aire si se tienen los aviones y los pilotos adecuados.

Pero hay verdades que permanecen por siempre, porque la guerra es como es. Y una de ellas es ésta: es imposible abastecer a 22 divisiones sólo desde el aire. Máxime cuando las tropas necesitan absolutamente de todo; cuando ni los caballos tienen algo que comer en una estepa pelada. El memorial de Wagner, al parecer, recomendaba la retirada alemana hasta el Donetz, confiando, con bastante lógica, que si los rusos decidían perseguirlos se encontrarían con los mismos problemas de intendencia que ellos mismos, así pues no avanzarían mientras fuese invierno.

En la reunión en la que a Hitler se le expuso la imposibilidad de suministrar toda la ayuda material al VI Ejército, el Führer reaccionó como solía: gritando que, aún así, había que hacerlo. Existe una posibilidad de que si, a pesar de ello, los generales hubiesen mantenido una posición unitaria, acabase por ceder, cuando menos parcialmente. Pero no fue así, porque hubo un general que rompió el consenso: Hermann Göring, responsable de la Luftwaffe (fuerzas aéreas) se levantó y le prometió a Hitler lo que luego no cumplió, es decir un suministro aéreo adecuado para la Bolsa de Stalingrado.

Ya el 15 de diciembre de 1942, la ración diaria de pan de los soldados fue reducida a 100 gramos. Aparte de eso, los soldados podían aspirar, según lo pícaros que fuesen sus oficiales de cocina (se dio orden de no acaparar suministros, pero nadie o casi nadie la cumplió), a alguna que otra salchicha que llegase por avión y, sobre todo, a sopa de caballo, esto es, nieve fundida al fuego con un hueso de caballo dándole sustancia. Los alemanes se comieron todo lo que tenían de cuatro patas que no era de madera. Según Gerlag, ni siquiera eran los que estaban en peor situación: la novela retrata a los soldados rumanos, sin disciplina, sin mando y sin órdenes, vagabundeado por la Bolsa, unas veces mendigando un trozo de pan, otras robándolo.

Yo, que he estado a régimen severo, sé lo que son 100 gramos de pan; os aseguro que morderse un ratito el labio inferior alimenta más. Pero yo estaba en mi casa. Los alemanes, sobre tener esa dieta, tenían que luchar, hacer caminatas, construir búnqueres, disparar de nuevo, a 20, a 30, a 35 grados bajo cero, algunos de ellos sin contar con otra cosa que las capas y botas de verano que el ejército les había dado seis meses antes, cuando Rusia era cosa de seis semanas y nadie iba a poder con el primer ejército del mundo.

Uno de los grandes aciertos de Gerlag, ya lo he dicho, es retratar todo esto desde dentro de las líneas alemanas. Nosotros, me refiero cuando menos a los españoles aunque supongo que los latinoamericanos no contarán una historia diferente, hemos crecido con la versión de la segunda guerra mundial de las películas americanas. Para nosotros, el soldado alemán era casi siempre un tipo alto; de facciones duras; un tipo que a la hora de gritar ¡Alarma!, interpreta la fonética de un idioma muy suave con las típicas aristas de la prosodia hitleriana; alguien tan cruel como el régimen que defiende, es decir, un trasunto de Hitler en el campo de batalla. Con nombres inventados tal y como confiesa en el prólogo de su libro, Friedich Gerlag despliega en su novela tipologías bien diferentes. El teniente Breuer, posible retrato autobiográfico de un hombre razonablemente cultivado que sólo sabe pensar en la mujer que ha dejado en Alemania; el soldado Lakosh, torturado por la idea de que el régimen por el que él lucha mató a su padre, un sindicalista, y que tras recibir una carta de su madre, repleta de reproches insinuados, decide desertar; el teniente Wiese, poeta, antinazi furibundo, que promete no levantar su arma contra nadie pero finalmente lo hace, por caridad, para matar a dos aviadores alemanes que están ardiendo vivos dentro de la carlinga de su avión; el pastor luterano Peters, que enloquece tratando de creer en Dios en medio de tanta podredumbre y dolor; el brigada, después teniente, Harras, falso héroe de una batalla perdida; el teniente Fröhlich, nacionalsocialista, quien hasta el último minuto, hasta el mismísimo 30 de enero de 1943, aún espera que su Hitler acuda a rescatarlo; y una caterva de jovencísimos soldados, adolescentes apenas, para los cuales cada jornada coloca sobre los hombros la labor de no morir de hambre y después, si queda tiempo, esquivar los tiros de los Iván, como ellos los llaman.

La lectura de la novela tiene, por lo tanto, el mismo efecto que algunos otros productos, como la famosa película Das Boot: mostrar a un ejército formado por hombres de carne y hueso que están lejos de ser ese estólido centinela bien alimentado que encerraba a Steve McQueen en la Nevera (The great escape).

A mediados de enero, como muy tarde, los mandos alemanes sabían muy bien que la batalla estaba perdida. Sin embargo, tenían la orden de Hitler de resistir; orden que, por si no había quedado clara, sería evidentemente ratificada por el Führer a finales del enero con su decisión de nombrar al general Von Paulus mariscal de campo; hasta Stalingrado, ningún mariscal de campo alemán se había rendido jamás. Aún y a pesar de eso, montaron una operación medio propaganda medio contraataque en serio, que fue la creación de lo que llamaron unidades-fortaleza. Su filosofía está clara: en ese momento, en la Bolsa quedarían unos 140.000 soldados, de los cuales sólo 40.000 estaban en los frentes, combatiendo. Las unidades-fortaleza supusieron movilizar a los otros 100.000, o buena parte de ellos.

En la práctica, esto supuso mandar al frente a soldados que nunca tenían que haber peleado: cocineros, ingenieros, soldados de plana mayor, ordenanzas, chóferes. Los rusos los mataron como a chinches; hubo unidades-fortaleza que desaparecieron virtualmente antes de que su primer día de combate se acabase. Los siguientes refuerzos que enviaron fueron los heridos. En el libro de Gerlag se retrata vivísimamente la llegada a una primera línea de fuego de un contingente de 200 soldados tullidos, heridos, enfermos, al mando de un capitán que no puede ni levantar la mano. Y allí los deja, arrastrando los pies por la nieve, camino de la muerte.

Las órdenes impartidas en Stalingrado fueron tan crueles, reflejan con tanta claridad ese punto sádico que puede llegar a tener una cúpula militar que no respete a sus soldados, que se produjeron casos como la HKL del ferrocarril Voronovo-Gumrak, línea de frente que se estableció ya durante la retirada de las tropas a la ciudad de Stalingrado. El plan de dicha línea establecía que sería defendida por soldados heridos y enfermos que aún pudiesen andar, a los que no se les informaría de que su función era morir allí para permitir la retirada de su división.

Sobre una imagen satélite actual (Google Maps) del área de Volgogrado, el Don, el Volga y el Mar de Azov, os he preparado una imagen de la rápida evolución de los frentes en enero de 1943. La línea roja marca el estado en el que se consolidó el frente tras el 23 de noviembre de 1942. La línea amarilla explica los progresos de los rusos el 14 de enero (claramente decididos a cortarle a la Bolsa el cordón umbilical, esto es tomar Pitomnik). Y las dos almendras naranjas son la situación tan sólo 10 o 12 días después.



A mediados de enero ya se había producido la instrucción de que los soldados heridos no fuesen alimentados (o sea: se les retiró la ración diaria de... ¡sesenta gramos de pan!); aún a pesar de una medida tan necesariamente cruel y las muertes que provocó, a finales de enero Von Paulus se referiría en un cablegrama a Hitler de 16.000 soldados heridos a los que nadie estaba atendiendo. Gerlag nos los pinta, diseminados dentro de habitaciones de edificios semiderruidos de Stalingrado, viviendo entre sus excrementos, sin narcóticos para el dolor, comiendo nieve derretida. Buena parte de ellos ya habían estado, más muertos que vivos y mal alimentados, en el monumental tanatorio en que se convirtió el hospital de Gumrak o las instalaciones del mando en Stalingrazki. Cuando estas poblaciones fueron tomadas, los heridos simplemente peregrinaron, arrastrándose, hacia la ciudad.


El saldo final de la batalla de Stalingrado, para los alemanes, fue de unos 5.000 supervivientes de una población inicial no inferior a 250.000. El sitio de Stalingrado duró setenta y seis días, durante los cuales desaparecieron tres divisiones acorazadas, una división antiaérea, dos divisiones rumanas y trece divisiones de infantería. En noviembre de 1943, según la intendencia alemana, había en la Bolsa 270.000 soldados, de los que 35.000 la abandonaron por avión enfermos o heridos. Los rusos contaron, tras la batalla, 142.000 cadáveres en la estepa.

En La Bolsa actuaron 34 generales. De ellos siete la abandonaron por avión, cinco de ellos sin herida alguna, uno con una herida leve y el último con una herida grave. Un general murió en combate, otro se suicidó y otro desapareció.

La mayor parte de los prisioneros de guerra alemanes murió en la primavera de 1943, víctima de una epidemia de tifus, en los campos de prisioneros de Beketovka, Kranoarmeisk y Frolov. Otros murieron en los trenes que los transportaban a Asia Central o en campos de trabajo.

De los generales presos, sólo murió uno; de un cáncer de estómago que ya había contraído antes de la derrota.

Ciertamente, Hitler podía estar satisfecho, pues un solo ejército alemán había conseguido tener empantanados, durante dos meses, cinco ejércitos rusos. Pero pagó un altísimo precio de vidas por ello, precio que, según todos los indicios, nunca le pesó. Una vez, en 1943, llegó a decir que la obligación de los soldados de Stalingrado era estar muertos. Para él, al parecer, un soldado alemán que se dejaba ganar no tenía derecho a la vida; los relatos de su vida en el búnquer de Berlín, en las últimas jornadas de la guerra, dejan entrever que no sentía dolor alguno por Alemania, pues se había dejado vencer y los pueblos cobardes no merecen compasión; el mismo sentimiento reservaba, según las actas de sus reuniones de Estado Mayor, para rumanos e italianos, no así, curiosamente, para españoles ni para musulmanes; a éstos últimos los consideraba excelentes combatientes.


En contraprestación, a nosotros también nos importa un bledo que se volara los sesos.

jueves, abril 12, 2007

El Alcázar II: las razones políticas de una decisión estratégica

Señores, Inasequible se ha picado. Los que hayáis leido el anterior post mío sobre el Alcázar de Toledo recordaréis que en él dejaba yo una cagadita instando a Ina a documentarnos, desde el punto de vista militar, sobre la decisión de Franco de desviar su avance hacia Toledo. Ina ha respondido al llamamiento, fruto de lo cual es es este post, repleto de enjundia y explicaciones y en el que Ina vuelve a demostrar, como ya ha hecho otras veces, que se puede disertar sobre temas de pura estrategia bélica pariendo con ello textos de lo más interesante.

Paso atrás por mi parte, que la tarde es suya.

¿Y si Franco no se hubiese detenido a liberar el Alcázar? By Inasequible Aldesaliento

El 21 de septiembre de 1936, el Ejército de África llegó a Maqueda, a 72 kilómetros de Madrid. Ante Franco se abrían dos posibilidades: seguir en línea recta hacia Madrid o progresar por el valle del Alberche hacia el Escorial, desbordando por el flanco a los combatientes republicanos de la sierra y, una vez hundido el frente de la sierra, lanzarse sobre Madrid en unión de las tropas de Mola. El primer plan era más arriesgado, aunque podía resultar contundente contra un enemigo desmoralizado y en retirada, como eran los republicanos en esos momentos. El segundo plan resultaba mejor y más seguro desde un punto de vista estratégico. Franco no escogió ni el primero ni el segundo; optó por desviarse hacia Toledo para liberar el Alcázar. Desde un punto de vista estratégico, algo tan lógico como reventarse una espinilla en la nariz a ladrillazos.

Creo que Carlos Blanco Escolá acierta cuando señala que la razón del parón de Maqueda y el subsiguiente desvío a Toledo fue política. Franco no quería entrar en Madrid como un mero primus inter pares. Su gran baza era el Ejército de África, pero esa baza sólo podía jugarla mientras hubiese guerra. Era razonable pensar que la caída de Madrid comportaría el final de la República y de la guerra. Franco quería entrar en Madrid como el Generalísimo indiscutible del bando nacional, es decir, alcanzar una posición de preeminencia tan importante que nadie pudiese discutir su liderazgo cuando llegase la paz. No le interesaba una conquista rápida de Madrid, sobre todo si se producía antes de que su liderazgo entre los nacionales se hubiese consolidado.

El mismo 21 de septiembre que el Ejército de África se detuvo en Maqueda, los generales con mando y los miembros de la Junta de Defensa se reunieron en Salamanca y acordaron establecer el mando único, mando que recaería en la persona de Franco. El general Cabanellas, que era el Presidente de la Junta y era el único que no había votado por Franco (se había abstenido), intentó demorar los efectos de la votación. Cabanellas hubiera preferido la constitución de un triunvirato para alejar el peligro de una dictadura. En los días siguientes Nicolás Franco, los generales Kindelán y Millán Astray y el coronel Yagüe intrigarían en Salamanca, Burgos y Cáceres para consolidar la posición de Franco. La liberación del Alcázar de Toledo el 27 de septiembre fue la pieza que faltaba para que la decisión del 21 de septiembre se hiciese realmente efectiva. Ese mismo día, al anunciarse la liberación, el pueblo de Cáceres congregado en la Plaza Mayor da vivas a Franco y le llama Caudillo y salvador de España.

Que Franco era consciente del valor propagandístico y moral del Alcázar es evidente, pero pienso que ese factor tuvo un peso secundario en su decisión. Hugh Thomas dice que si Franco no hubiese hecho un esfuerzo para liberar el Alcázar y éste hubiese caído y sus defensores hubiesen sido fusilados, le habrían vilipendiado. Tal vez, pero creo que el vilipendio habría sido menor de lo que piensa Hugh Thomas. La mejor prueba es la del santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, que resistió hasta abril de 1937 como un enclave en territorio republicano. Ahí a Franco le importó una higa el valor propagandístico y moral y el vilipendio. En los nueve meses que resistió el santuario no se hizo ningún intento serio de liberarlo.

En la decisión de Franco de desviarse hacia Toledo, a pesar del tiempo precioso que perdería, creo que jugó un papel el desprecio que sentía por las milicias republicanas, cuya ejecutoria había sido menos que brillante. Las tropas africanas habían cubierto los 42 kilómetros entre Talavera y Maqueda en sólo diez días y quitando las defensas de Talavera y Maqueda, que fueron algo más empecinadas, en ningún momento las milicias republicanas habían ofrecido una defensa efectiva. Franco tenía, pues, motivos para pensar que un retraso de unos pocos días no cambiaría las cosas.

La ofensiva sobre Madrid se reanudó el 7 de octubre, con Franco ya designado como Generalísimo de todos los Ejércitos. El desvío hacia Toledo tuvo la consecuencia perniciosa de que el frente de avance sobre Madrid se amplió y su centro de gravedad se trasladó hacia el sur. Esto supuso la necesidad de cubrir más frente con el mismo número de tropas y que a partir del 18 de octubre se renunciase al ataque sobre El Escorial y se optase por el ataque directo sobre la capital sobre un frente más estrecho. Este frente además ofrecía un tentador y extenso flanco derecho, que hubiese sido menos tentador y extenso si los nacionales hubiesen tenido Maqueda como punto de partida y no Toledo.

Los dieciséis días que transcurrieron entre el parón de Maqueda y el reinicio de la ofensiva sobre Madrid resultaron cruciales y tal vez determinaran que Madrid no cayera en 1936. Entre finales de septiembre y comienzos de noviembre, el bando republicano recibió envíos de armas y dio pasos para la constitución del Ejército popular, que posiblemente fueron los que salvaron Madrid. Veamos: el 28 de septiembre se dan los primeros pasos para la incorporación de los oficiales milicianos al Ejército popular; el 30 de septiembre se movilizan las quintas de 1932 y 1933 y se ordena la militarización de las milicias, que en la zona centro ocurrirá a partir del 10 de octubre; el 7 de octubre se crean tres centros de instrucción para la formación de oficiales y cuadros de mando; el 14 de octubre empiezan a formarse las Brigadas Internacionales; durante el mes de octubre se constituyeron las primeras brigadas mixtas, que tendrían un papel muy destacado en la defensa de Madrid; a mediados de octubre se forma una agrupación de blindados, con tanques soviéticos recién recibidos, que empezaría a operar en la zona de Madrid el 28 de octubre; durante el mes de octubre la República recibió 16 cazas mosca, a los que el 4 de noviembre se sumaron quince más y todos ellos combatieron en Madrid a partir del 7 de noviembre…

Si el inicio del asalto final sobre Madrid hubiese ocurrido el 22 de octubre, antes de que las nuevas armas hubiesen llegado al frente y las nuevas brigadas hubiesen estado preparadas, hay muchas posibilidades de que Madrid hubiese caído. La ironía es que tal vez el Alcázar se hubiese salvado en todo caso, porque el Gobierno republicano habría tenido que concentrar toda su atención en la defensa de Madrid. Eso sí, sin liberación del Alcázar tal vez Franco no habría podido entrar en Madrid a finales de octubre como Generalísimo de todos los Ejércitos. Y eso era lo que contaba.

lunes, abril 09, 2007

El Alcázar de Toledo

En enero de 1943, cuando a través de cablegramas y del testimonio de algún alto mando del VI Ejército alemán evacuado en avión de la Bolsa de Stalingrado, Hitler supo de las ideas de sus generales favorables a la rendición, se negó. Dentro de su negativa, exigió de sus militares que Stalingrado fuese, literalmente, el Alcázar el ejército alemán. Esta anécdota demuestra hasta qué punto el máximo mandatario nazi admiraba la gesta del cuartel toledano y conservaba su historia en la cabeza, como demostración del valor que había, según él, de tener todo militar: resistir hasta el último suspiro.

miércoles, abril 04, 2007

Santa Semana, de la mano de Saddam

Con vuestro permiso (o incluso sin él), este blog se va a procesionar unos días, lejos del mundanal mundo electrónico. Antes de ello, sin embargo, os dejamos este post de Ina, que os recomiendo vivamente; rico, rico, rico.

Una vez más, qué narices, nos salimos del tiesto para tratar un asunto que no es la Historia de España; aunque supongo que a ninguno de vosotros le costará encontrar la ligadura. Hoy Inasequible os quiere hablar de los días, no tan lejanos, en los que amábamos a Saddam Hussein.

Le dejo a él mismo con la palabra, y de vosotros me despido hasta el lunes.

Después de más de una década de propaganda negativa, resulta difícil ya acordarse de que hubo un tiempo en el que Saddam Hussein era el bueno de la película.

Decir simplemente que la revolución islámica iraní de 1979 quitó el sueño a los estadistas occidentales, no haría justicia al tremendo impacto que tuvo. Les quitó el sueño, la sonrisa y las ganas de vivir. En pocos meses, el régimen pro-occidental el Shah Mohammed Reza Pahlevi había caído ante una extraña alianza de comunistas e islamistas. De pronto el país más poblado del Golfo Pérsico, el país con las Fuerzas Armadas mejor dotadas de la región, el país que era visto como el gendarme de la zona, se adentraba por derroteros impredecibles. Pronto se vio que la revolución era más islamista que comunista, aunque los ayatollahs empezaron a armar tal barullo que seguramente muchos habrían preferido a los comunistas.

Estratégicamente, la revolución iraní no podía haber ocurrido en peor momento. 1980 sería un año electoral en Estados Unidos y además la guerra de Vietnam aún estaba fresca en las memorias. Con Europa no había que contar. Todavía existía el Pacto de Varsovia y la OTAN, que aún no había perdido su razón de ser, no buscaba meterse en extraños líos fuera del continente europeo. Los ejércitos de los países ribereños del Golfo tampoco estaban para muchas alegrías: pequeños, dotados a menudo de más material moderno del que saben utilizar y compuestos por oficiales que ven su puesto como una agradable sinecura, más que como un cometido guerrero. Si los ayatollahs iraníes decidían pasar de las soflamas verbales a los estacazos, no estaba muy claro lo que podría ocurrir. O tal vez sí que estuviera muy claro: en la segunda mitad de 1979 se produjeron revueltas shiies en la provincia saudí de Hasa y en Bahrein, mientras que en Kuwait ocurrían actos terroristas y circulaba propaganda sediciosa. Afortunadamente, Saddam Hussein, que había accedido a la presidencia de Iraq el 16 de julio de 1979, vino a salvarnos.

Tengo un libro de la editorial británica Osprey, que se titula The Iran-Iraq war 1980-1988, cuyo autor es un tal Efraim Karsh. Resulta interesante porque, aunque está editado en 2002, presenta una visión de la guerra en la que Saddam es el bueno de la película. Me ha sorprendido que, después de lo que ha llovido, alguien siga manteniendo la misma imagen que nos vendían los medios de comunicación en los ochenta. Tal vez el bueno del profesor Karsh sea un eremita, absorto en sus estudios, y no haya leído un periódico como poco desde agosto de 1990.

Según el profesor Karsh, la guerra entre Iraq e Irán, que inició Saddam Hussein en septiembre de 1980, fue esencialmente un movimiento de autodefensa ante la sedición que el régimen islámico iraní estaba extendiendo entre la mayoría shií de Iraq e incluso entre los kurdos. De hecho, Saddam hubiera preferido aprovechar la bonanza petrolífera de 1979-80 para desarrollar el país y mejorar el nivel de vida de la población y no para lanzar una guerra. Suena bonito, pero no sé por qué me resulta más convincente lo que Said K. Aburísh cuenta en el libro The House of Saud: tanto Estados Unidos como Arabia Saudí tenían pánico de los efectos que podría tener la revolución iraní sobre la región y pensaron en alquilar al mamporrero iraquí para que los protegiera. Aburish afirma que hubo incluso un acuerdo secreto por el que los saudíes se comprometían a entregarle a Saddam toda la asistencia financiera que necesitase. El negocio parecía redondo: le iban a pagar para que matonease a un vecino molesto, en una guerra que se prometía corta y victoriosa.

Porque ésa era otra; se ve que los analistas que predijeron el resultado del ataque iraquí contra Irán en 1980 debieron de ser los mismos que auguraron una ocupación tranquila de Iraq por los estadounidenses en 2003. Las expectativas eran que Iraq barrería sin problema a los iraníes, que habían dedicado los últimos meses a purgar y ejecutar a los oficiales del antiguo Ejército del Shah y a dejar que el polvo del desierto se amontonase sobre unos aviones para los que, en todo caso, ya no podían comprar recambios, porque sus proveedores les habían cerrado el grifo. Es más, muchos esperaban que bajo el peso de las derrotas militares, el régimen del ayatollah Jomeini se derrumbase en pocas semanas. Como para preguntarles quién va a ganar la Liga.

La guerra comenzó bien para los iraquíes, pero hubo dos sorpresas desagradables: los iraníes se defendían como leones, haciendo que cada conquista fuera a costa de muchas bajas, y el régimen de Jomeini no cayó. En lugar de un conflicto breve y victorioso, a partir del verano de 1981, Iraq se encontró adoptando el papel de defensor en una lucha que empezaba a parecerse cada vez más a la guerra de trincheras de 1914-18.

Durante esos años de guerra de trincheras, Saddam siguió siendo el bueno de la película, aunque a veces sus aliados tuvieran que dislocarse el cuello de tanto girar la cabeza para no ver los verdaderos colores de Saddam. Se le perdonó que uno de sus aviones bombardeara por error un destructor norteamericano en 1987 y matara a 37 marineros. Se hizo la vista gorda ante el uso de armas químicas por los iraquíes (es posible que las ofensivas iraníes hubieran sido victoriosas si no hubieran intervenido las armas químicas iraquíes). Incluso el asesinato con gases de entre 5.000 y 10.000 kurdos en marzo de 1988, sólo llevó a que Occidente le diese un pequeño capón en la cabeza a ese dictador que no era malo, sino solamente un poco bruto.

Aburish apunta que tanto EEUU como Arabia Saudí deseaban que la guerra Irán-Iraq terminase en tablas o, como él dice: «Que Allah derrote a Jomeini, sin que Saddam salga victorioso». Me parece muy verosímil. Una victoria iraní hubiera sido un desastre: revoluciones shiíes en toda la región, difusión del islamismo radical… Una victoria iraquí sólo hubiera resultado marginalmente mejor. Un Iraq socialista, nacionalista y victorioso, convertido en potencia regional tampoco era algo que despertase grandes alegrías. Una prueba de que Aburish no anda desencaminado es el extraño asunto del Irangate. Para explicar de una manera sencilla el embrollo: Estados Unidos proporcionaba secretamente armas a Irán por medio de Israel; Arabia Saudí financiaba la operación y con los beneficios obtenidos el Ejecutivo norteamericano financiaba ilícitamente a la contra nicaragüense. Con amigos así, quién necesita enemigos, ¿verdad Saddam?


La guerra Irán-Iraq terminó en agosto de 1988 en tablas: ambos países acordaron el regreso al status quo anterior a septiembre de 1980. Saddam, de cara a su pueblo, se proclamó vencedor. Una victoria muy extraña: 200.000 iraquíes habían muerto y otros 400.000 habían muerto (dejo a JdJ que haga los cálculos de qué porcentaje representa eso en una población de 17 millones de habitantes, pero me parece que el resultado es apreciable), el país había acumulado deudas por importe de 50.000 millones de dólares con Kuwait y Arabia Saudí para sufragar la guerra, las importaciones de bienes civiles disminuyeron un 50% entre 1982 y 1987. Todos esos sacrificios habían servido para conseguir… nada.

Fue entonces cuando Saddam se convirtió en el malo de la película. Para aquéllos que gusten de conspiraciones maquiavélicas, voy a contar la historia siguiendo a Aburish.

Aburish afirma que tras la guerra a Saddam le buscaron las cosquillas y le pusieron contra las cuerdas. Justo en un momento en el que el Iraq endeudado dependía enormemente de su petróleo, Kuwait excedió su cuota de la OPEP, aumentando su producción de petróleo a partir del yacimiento de Rumailla, que está en la frontera entre los dos países y es una causa tradicional de controversia. Con esta medida, Iraq perdía del orden de los 4.000 millones de dólares anuales por ingresos del petróleo. Para más inri, Kuwait empezó a insistir en el pago inmediato de los 8.000 millones de dólares que le debía Iraq ¿Por qué Kuwait se enemistaba de esta manera con Iraq, en unos momentos en los que el dinero le salía por las orejas (las Torres de KIO en Madrid y el financiero De La Rosa pueden dar fe de que si algo no necesitaba Kuwait en esos momentos era más dinero)? Aburish no da una respuesta clara, aunque apunta varias pistas: el temor a Saddam y el deseo de reducir su poder; el intento de desviar la atención para que no saliera a la luz el apoyo que Iraq había recibido de Arabia Saudí y de Estados Unidos durante la guerra. Reconozco que Aburish llega a convencerme de que algo huele a podrido en este embrollo, pero me fallan las motivaciones: Saddam había quedado bastante debilitado con la guerra y había otras maneras de desviar la atención menos peligrosas.

La tensión entre Iraq y Kuwait se prolongó durante dieciséis meses y aquí llegamos a una parte de la historia que me fascina. El 25 de julio de 1990, Saddam Hussein llamó a audiencia a la embajadora de Estados Unidos en Bagdad, April Glaspie, para sondearla sobre cuál sería la postura de EEUU en caso de un conflicto entre Kuwait e Iraq. La respuesta fue que EEUU podía vivir con un barril en torno a los 25 dólares y que el conflicto fronterizo entre los dos países era un asunto interno árabe en el que EEUU no deseaba interferir. Saddam tomó el encuentro, al que siguió una carta amistosa del Presidente Bush (padre) dos días después, como una luz verde a la invasión de Kuwait. Ahora vienen las preguntas interesantes: Glaspie pensaba que la había llamado a audiencia el Ministro de Asuntos Exteriores, Tarek Aziz, y se encontró con el propio Saddam. ¿De verdad pensaba que la habían convocado, y esta vez nada menos que el propio Saddam, para contarle por enésima vez lo malos que eran los kuwaitíes? ¿Tan inútil era que no vio que Saddam estaba sondeándola y mandándole señales de que sus intenciones podían ser un pelín belicosas? ¿Es posible que un viejo zorro como Saddam malinterpretase (versión de Efraín Karsh) la respuesta cortés de Glaspie y tomase por una luz verde lo que no era más que una manera de quedar bien sin comprometerse a nada? Dado que Glaspie debió informar inmediatamente al Departamento de Estado de su encuentro con Saddam, ¿a nadie se le encendió una bombillita de que algo gordo se preparaba?

Como quiera que fuese, el 2 de agosto de 1990 Saddam invadió Kuwait y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Me gustaría terminar con una reflexión: Saddam era un dictador brutal, de tendencias socializantes, nacionalistas y laicas. Lo irónico del asunto es que para Occidente posiblemente fuera uno de los interlocutores más fiables en la región. Desde luego había más puntos ideológicos en común con él que con los ayatollahs iraníes, con los monarcas saudíes o con los islamistas. Cierto que su record de Derechos Humanos era pésimo. ¿Qué hubiera debido hacer Occidente a este respecto? No sé. Tal vez habríamos podido preguntárselo a Pinochet.

lunes, abril 02, 2007

Los libros de Inasequible

Pues, como era previsible, Inasequible ha leído mi post sobre los libros de Historia recomendados y no ha podido resistir la tentación de escribir el suyo y solicitarme que lo cuelgue de la ventaja para pública notoriedad. Yo lo hago con gusto; hoy lunes tocaba escribir del Alcázar de Toledo, pero es cuestión que bien se puede quedar para dentro de un par de días.

Vayamos, entonces, con las recomendaciones de Ina el cual, fiel a su espíritu por cierto, hace trampa, porque no os habla sólo de libros de Historia de España. Pero ya me desquitaré yo oportunamente.

Vamos allá, pues.

Como lector soy anárquico. Paso de leer Kim de Kypling a leer un libro sobre el FMI y a continuación uno sobre el faraón Ajenatón. Desde luego he leído muchísima menos Historia de España que JdJ y la que he leído lo he hecho de una manera menos sistemática.

Mi lista de libros de Historia de España, que realmente recomendaría, se reduce a tres:

- La Conquista de México, de Hugh Thomas. Está escrita con el mismo cuidado que puso en La Guerra Civil Española. Creo que con eso lo digo todo.

- El Conde-Duque de Olivares, de J.H. Elliott. Prolijo y entretenido. Sólo le critico la estructura, que a veces se hace un poco confusa. Posiblemente la riqueza del tema haya impedido que fuera de otra manera: ¿qué criterio seguir para contar temas tan diversos, pero al mismo tiempo tan interrelacionados como las reformas financieras, la guerra hispano-holandesa, las relaciones con Francia y la crisis de Mantua?

- La Guerra Civil Española, de Hugh Thomas, que hace doblete en mi lista. No he visto ninguna otra Historia de la Guerra Civil que le llegue a la altura. Últimamente, para quedar a la altura de JdJ, he releído partes y he encontrado que se ha quedado un poco anticuada. Cosas que Hugh Thomas decía en los sesenta y eran novedosas, ahora son conocimiento corriente (salvo para Pío Moa) y ya no llaman tanto la atención. No obstante, creo que hay puntos en los que la historiografía ha avanzado y ve las cosas de una manera diferente.

Resulta chocante que los tres libros relacionados con la Historia de España que más me han gustado provengan de la pluma de anglosajones y no de españoles. Tal vez sea que todavía no me haya encontrado a un historiador español capaz a la vez de manejar con rigor las fuentes y escribir de manera amena. Parecería que entre nosotros, cuando más riguroso el libro de Historia, más árido de leer. Por cierto que a Pío Moa se le lee de un tirón, ergo…

Otros libros de Historia que me han gustado, aunque no estén relacionados con la Historia de España, y que recomiendo (los escribo en el idioma en el que los leí, porque no estoy seguro de si están traducidos al español):

- Europe’s last summer, de David Fromkin. Cuenta la sucesión de errores y malentendidos que en el verano de 1914 acabaron llevando a la I Guerra Mundial. Frente a la opinión generalizada de que la Guerra fue casi un accidente provocado por unos planes de movilización muy rígidos, que hicieron que los militares dominaran sobre los diplomáticos, Fromkin defiende que la Guerra, que hubiera podido perfectamente evitarse, fue en buena medida provocada por los generales alemanes, que creían que era ineludible una guerra con Francia y Rusia y pensaban que el equilibrio de fuerzas en 1914 les era más favorable de lo que les sería en unos pocos años.

- The Third Reich in Power de Richard J. Evans [Nota de JdJ: el libro de Evans editado en español es el anterior: La llegada del Tercer Reich: el ascenso de los nazis al poder, en Editorial Península]. Evans no se limita a narrar los acontecimientos políticos de la Alemania nazi anterior a la II Guerra Mundial, sino que analiza lo que implicó el régimen nazi en los campos de la cultura, la economía, las ciencias, las leyes…

- Sowing the wind de John Keay. Es un relato de cómo Gran Bretaña, con un poco de ayuda de Francia, consiguió que Oriente Medio se convirtiera en el berenjenal que es hoy en día. Los ingleses tienen una palabra para describirlo y Keay la utiliza en el subtítulo: The mismanagement of the Middle East 1900-1960. Los españoles tenemos otra palabra más expresiva: “La gran cagada”.

- The Yamato Dinasty, de Sterling y Peggy Seagrave. Es un relato despiadado de la Casa Imperial japonesa y los círculos de palacio desde la Revolución Meiji. Es especialmente interesante la parte referente a la ocupación norteamericana tras la II Guerra Mundial. A diferencia de lo que ocurrió en la Alemania nazi, se recurrió a unos cuantos cabezas de turco, que pagaron el pato de un expansionismo en el que toda la élite, empezando por la familia imperial, había estado de acuerdo.

- A History of Cambodia, de David Chandler. Camboya es uno de mis países favoritos, a pesar de la mala rima que tiene su nombre. Si a eso le sumamos que David Chandler es un gran historiador…

- The Civil War, de Bruce Catton. Es un relato de la Guerra de Secesión norteamericana. Me gustan los libros de guerras, cuando introducen el elemento político y muestran cómo a veces en las guerras los que mandan menos son los generales.

viernes, marzo 30, 2007

Libros de Historia

Pedro Liarte nos escribe preguntándonos si podemos recomendar algún libro de Historia Contemporánea de España. No he acordado este post con Inasequible, así que lo que viene detrás son apreciaciones meramente mías.

Quiero dejar clara una cosa por adelantado. Mi visión de la historiografía está muy lejos de ser la misma que tengo de cualquier ciencia. En el caso de la literatura científica, supongo que no tiene mucho sentido tratar de aprender física leyendo libros de física de hace cien años, porque el científico es un conocimiento sedimentario; uno se apoya sobre otro y, apoyándose, lo supera.

Hay muchas personas, y yo he sido una de ellas durante mucho tiempo, que piensan que con la Historia pasa lo mismo. Y, en parte, es así. Por ejemplo: en tiempos de Howard Carter (el descubridor de la tumba de ese faraón de medio pelo llamado Tuthank Amon), para conocer la distribución de una tumba real egipcia no había más huevos que abrirle los sellos y entrar en ella. Sin embargo, si hoy se descubriese una tumba faraónica intacta, esto no sería estrictamente necesario. Dependiendo de cómo estuviese hecha la tumba, se podrían introducir microcámaras, usar rayos x o historias de ésas, lo que permitiría observar un entorno funerario con escasa o inexistente contaminación de modernidad. Incluso podría estudiarse la tumba sin abrirla jamás. Con las mismas, hoy se podría, cuando menos en teoría, fijar el origen genealógico de una momia mediante análisis de ADN que ayer por la tarde no existían.

Hay porciones de la Historia, por lo tanto, que ganan con el tiempo. Porciones de la Historia en las que tiene su sentido decir: si el libro 1 es del 2006 y el libro 2 es del 2005, entonces el libro 1 tiende a ser mejor que el 2. Pero no es el caso de aquello por lo que nos pregunta Pedro, es decir la Historia moderna.

Hay elementos de la Historia moderna sobre los que disponemos de un caudal de documentación tan enorme que los estudios que se han hecho sobre ellos pocos años después de producidos los hechos no adolecen en modo alguno de incompletitud. O sea: si un hipotético historiador hubiese querido hacer un estudio sistemático de la Inquisición Española en, digamos, 1670, no habría tenido acceso a la documentación que pudo tener un Henry Kamen para escribir su libro, porque en aquel entonces la Inquisición todavía tenía poder para ocultar sus procesos. Sin embargo, las personas que escribieron sobre la Alemania de Hitler en los años cincuenta y sesenta, apenas diez o quince años después de producidos los hechos disponían, por mor de los procesos de Nuremberg y otras iniciativas, de un caudal de documentación muy parecido al que tenemos hoy en día.

Por esto, honradamente le recomiendo a una persona que se quiera acercar a la lectura de aspectos de la Historia, en este caso, de España, que no olvide a los clásicos. Porque son clásicos por algo y porque los estudios modernos, no por modernos son mejores.

Hecha esta digresión, voy con dos o tres recomendaciones.

Personalmente, creo que para alguien que esté dispuesto a leerse varios cientos de páginas que le barnicen su conocimiento sobre la Historia reciente de España debe leer el libro de Raymond Carr, España 1808-1975, editado por Ariel. Es un libro denso y bastante largo, pero el lector puede saltarse partes. Ya que Carr trata de hacer una descripción total de la Historia de España, toca todas las teclas, es decir los hechos políticos, los económicos, los sociales, o los culturales. El lector puede, por lo tanto, saltarse aquellas partes que, por alguna razón, no le interesen. Es un excelente libro de lectura y, posteriormente a ésta, se vuelve a él muchas veces para consultar detalles.

De los historiadores españoles mi preferido es Jaume Vicens Vives. Aparte de la larga escuela de historiografía que creó (en buena parte nucleada en la editorial que lleva sus apellidos), su Aproximación a la Historia de España me parece un libro de lectura muy interesante y fresca, aunque ya tenga 55 años. El punto de vista de Vicens fue una Historia muy ligada a los hechos económicos y sociales.

¿Que si he leído libros sobre la guerra civil? Sí, los he leído. Pero considero que el buen libro, completo y equilibrado, sobre la guerra, aún no se ha escrito. El libro de Hugh Thomas fue un loable intento, y es lectura recomendable porque su autor, además, sabe escribir con agilidad. No obstante, la mayoría de los libros descriptivos de la guerra suelen responder a una estudiada selección de fuentes. Dado que sobre la guerra se ha publicado tanto, es perfectamente posible escribir un libro sobre la guerra civil que lleve un apéndice bibliográfico de cien o doscientas referencias, y no moverse ni un ápice de un punto de vista concreto, sea éste profranquista, marxista, ácrata o mediopensionista. Y es lo que hace buena parte de los autores que he leído.

Quizá, a quien quiera empezar, le recomendaría que se hiciese con las memorias de Julián Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles. Yo tengo la edición hecha en París en 1940 pero, según el ISBN, está editada por Tusquets en el 2001. Todo el mundo o casi todo el mundo está de acuerdo en que son unas memorias muy equilibradas, y además os servirán para tener una pintura general de la guerra civil.

Sobre aspectos concretos de la Historia moderna de España hay libros interesantísimos. Sobre Falange, por ejemplo, hay un libro de Sheelagh Elwood, Prietas las filas (Grijalbo), que a mí me parece muy interesante; en los últimos tiempos un historiador catalán, Joan María Thomas, está haciendo aportaciones también muy valiosas. En el otro lado del espectro, sobre el comunismo hay un libro muy interesante, Grandeza y miseria del Partido Comunista de España, obra de Gregorio Morán, pero por delante os digo que es un libro bastante raro y difícil de conseguir. Los admiradores de Riego no debéis perderos los trabajos de Alberto Gil Novales sobre el trienio liberal, es decir el comienzo de la lucha interna en España por la democracia. Otro historiador interesante es Carlos Seco Serrano, especialmente los libros escritos, alguno de ellos en colaboración con Javier Tusell, sobre el reinado de Alfonso XIII (o sea, la fase final de la Restauración).

Con la II República española pasa un poco como con la guerra civil. Como dice precisamente Seco en su introducción a un librazo de Tusell (Las elecciones del Frente Popular, editada por Cuadernos para el Diálogo; una obra fundamental para la sociología de la República), la República es un hecho histórico en que las dos posiciones del historiador molestan. Si vivió aquellos años, malo; si no los vivió, también malo. En el primero de los casos, el historiador tiende a tener visiones muy parciales y partidistas; en el segundo, el historiador, en la medida que se deja influir por ese sectarismo de base, tiende a tener visiones completamente distorsionadas. Honradamente, creo que con los tiempos republicanos no hay más narices que leerse trabajos históricos con mucho sentido crítico, pero combinarlos con la lectura de testimonios directos, procurando, en todo caso, equilibrarlos. Aquí falta, también la realización de una obra comprensible y comprensiva que, a mi modo de ver, debería partir de la base metodológica de plantear el proceso que trae el franquismo como un proceso iniciado, como muy tarde, en 1909. La literatura más moderna sobre la república, basada en el moísmo (libros pro-Moa y libros anti-Moa), a mí me sirve de más bien poco.

miércoles, marzo 28, 2007

¿Para qué están las hemerotecas?

Supongo que alguno de los lectores de este blog que resida en España o vea el canal internacional de TVE habrá visto, en la noche del martes 27 de marzo, la entrevista del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, con 100 ciudadanos españoles, elegidos no sé muy bien cómo por alguna empresa demoscópica. Es la primera vez que se ha hecho en España este experimento modelo «ciudadanos de a pie entrevistando a político».

Por lo que he visto esta mañana, y ya me podía imaginar ayer al verlo, un de los detalles más famosos del programa es y será el del café. Un señor de 50 años, de Pamplona, se le quejó al presidente de lo mucho que le había jorobado la llegada del euro. Como quiera que el presidente contestó con vaguedades (un error por su parte; debería aprender que las respuestas deben ser proporcionales a la pregunta), el ciudadano, ni corto ni perezoso, volvió a coger el micrófono, se quejó de cómo habían subido los precios y, a bocajarro, le preguntó al presidente si sabe lo que cuesta un café hoy en España.

El presidente, tras dudarlo unos segundos, sentenció: 80 céntimos.

Hoy es el cachondeo de todas las cafeterías. La gente no quiere pagar más que 80 céntimos por los cafés, cuando es un hecho que valen un euro, o más; pero aducen, claro, que lo que dice el presidente, va a misa. Como le dijo al presidente el navarro: «ese precio que usted ha dicho es de los tiempos del abuelo Patxi».l

Pues bien: ¿cero para el presidente? No. Quien piense que una persona que es secretario general del principal partido de la oposición desde hace como diez años, y presidente del gobierno desde hace tres, haya tenido en los últimos diez años que echar la mano al bolsillo una sola vez para pagar un café, quien piense eso, digo, es que está tonto.

El cero es para sus asesores. Porque venían avisados.

Hace ya muchos años, tantos que no he conseguido encontrar evidencias en internet de lo que voy a contar, Jacques Chirac, entonces alcalde de París y aspirante a llegar donde llegó (a la Presidencia de la República) fue entrevistado creo que en una emisora de radio. La gente llamaba y preguntaba al señor alcalde. Y hubo un tipo que se limitó a preguntarle: señor Chirac, ¿podría decirme cuánto vale un billete de metro?

Chirac fue incapaz de dar una cifra. No lo sabía, y eso fue un problema de imagen para él, porque un alcalde de París que no sabe lo que cuesta moverse por París queda como un elitista soberbio.

Desde aquel día, todos los políticos bien asesorados que se presentan ante auditorios no profesionales (colegios, encuentros con corporaciones, tertulias electorales en los mercados, etc.) suelen llevar en la cabeza una batería de precios que les preparan sus asesores. Desde la anécdota Chirac, obligación número uno a la hora de preparar a un político que dice aquello de dejad que los votantes se acerquen a mí es conseguir que no le pillen en un renuncio. Y es relativamente fácil, porque nadie le va a preguntar a un político cuánto vale un billete de avión en clase turista de Madrid a Pekín con escala en Frankfurt (pregunta que se asemeja a la de la velocidad de la golondrina africana de Los caballeros de la Tabla Cuadrada); si cae la pregunta será sobre el precio de un café, o de un menú del día, o de un metrobus, o de un piso.

Ya sé que la Historia se considera disciplina inútil. Pero a veces resulta, más que útil, vital.

Lo dicho: cero zapatero para los asesores de patatero.

lunes, marzo 26, 2007

Los sucesos de Cullera

Comenzar agosto y pararse España ha sido así de toda la vida de Dios. Sin embargo, el 1 de agosto de 1911, hace pues ahora noventa y pico años, no fue tan tranquilo. Vivía entonces España uno de esos gobiernos desgraciados, relativamente comunes en nuestra Historia, incapaces de contentar a nadie: el gobierno del liberal José Canalejas. Ya sabemos cómo termina esta historia pues, algunos meses más tarde de lo que ahora relato, Canalejas sería muerto de un disparo a quemarropa en la madrileña Puerta del Sol. En parte, las incógnitas sobre la muerte de este primer ministro parten del hecho de que son varios, por lo menos dos, los bandos interesados en su muerte; pues Canalejas jodió por igual a derechas y a izquierdas. Teóricamente subido al poder para hacer una política anticonservadora, en parte la hizo con sus medidas anticlericales (o secularizantes, en nuestro punto de vista actual); pero también se dio cuenta, muy pronto, de que cuando se está en el poder es imposible entenderse con organizaciones obreras, algunas muy radicales, como los anarquistas y buena parte de los socialistas. En esos mismos meses que ahora se relatan había nacido la CNT (Confederación Nacional del Trabajo, anarcosindicalista) y la UGT (Unión General de Trabajadores, socialista) estaba ya bastante implantada.

Fue un caso extraño porque las izquierdas (o sea, marxistas y republicanos) habían dejado vivir en relativa tranquilidad al anterior gobierno conservador de Antonio Maura y, cuando llegaron «los suyos», se cebaron con ellos. Es extraño, pero no imposible. En un pasado más cercano, encontramos que con ningún presidente del gobierno se llevó peor Nicolás Redondo padre cuando era secretario general de UGT que con… Felipe González.

Entre la actitud de aquella izquierda y la que le puso la proa a González con su reforma de las pensiones hay una diferencia; una diferencia que, no me cansaré de repetirlo, se empeñan en no ver quienes quieren oír en el presente los tambores de guerra civil: la acción revolucionaria. La respuesta de las izquierdas a un gobierno liberal que no les daba todo lo que querían no fue combatirlo en el Parlamento, sino en la calle. Agosto de 1911 fue el aperitivo.

En la noche del 1 al 2, se produjo un motín en una fragata llamada Numancia, surta en Tánger con funciones de guardacostas. Fue una acción revolucionaria que actuaba en el mismo centro del orden constitucional, es decir las fuerzas del orden. Así pues, el gobierno no flaqueó. El día 9 (eso sí que era justicia rápida), cinco tripulantes de la fragata fueron juzgados y condenados a muerte. Cuatro de ellos fueron indultados pero el quinto, el fogonero Antonio Sánchez Moya, fue fusilado.

A partir de ahí, se montó la mundial.

La provincia de Cádiz paró casi totalmente. El día 27 hubo una manifestación bastante violenta en Barcelona, seguida de un mitin libertario en el que habló un seudolíder ácrata, Cristóbal Litrán, miembro de la Escuela Moderna de Francisco Ferrer, el mártir de la Semana Trágica de Barcelona. Con todo, España estaba a medio gas. La cosa esperó hasta septiembre pero, una vez pasado el verano, estalló. Especialmente en Bilbao.

A principios de mes, se declararon en huelga los carreteros (o sea, los camioneros de la época). Se le fueron uniendo gremios hasta que el personal de Altos Hornos de Vizcaya decidió unirse. El 11 de septiembre se declaró huelga general en toda la cuenca.

El Gobierno declaró el estado de guerra y llegó a militarizar a algunos obreros (la llamada Ley del Brazalete). Se suspendieron las garantías constitucionales. Incluso Pablo Iglesias subió al mismo Bilbao por ver de amansar las cosas. Lejos de eso, la huelga se extendió, en los días siguientes, a Asturias, Zaragoza, Málaga, La Coruña, Santander, Sevilla, Huelva, Gijón, Ferrol y Barcelona. El 18 de septiembre, la UGT declara la huelga general en todo el país.

En este ambiente de huelga generalizada ocurrieron los sucesos de Cullera, que dan título a este post.

El 18 de septiembre, llegan a Valencia noticias de los hechos más caóticos en diversas poblaciones de la provincia. El juez de instrucción de Sueca, López de Rueda, se desplaza a Cullera para instruir un sumario sobre los hechos. Antes de entrar en el pueblo, el juez y sus acompañantes fueron rodeados por diversas turbas, que reclamaban la libertad para quienes ya habían sido presos. Según las crónicas de la época el juez, con un par, les hizo frente con un revólver… pero sin la guardia civil, porque ésta estaba concentrada en Valencia capital. De esta guisa, más propia de Gary Cooper que de un funcionario de Justicia, entró en el pueblo, mientras cada vez se juntaba más gente y las mujeres gritaban: «¡Matarlo, arrastrarlo!»

Aún temerosos del revólver del juez, los amotinados estaban cada vez más cerca y, finalmente, uno de ellos sacó la navaja y le asestó una puñalada al escribiente del juez, a la altura de la clavícula pero por la espalda. El juez cargó con su funcionario y comenzó a buscar una casa donde refugiarse; sólo una, la residencia del juez municipal, le abrió la puerta.

Una vez que dejó allí al escribiente, el juez López de Rueda se dirigió al edificio del Ayuntamiento de Cullera, desde cuyo balcón trató de hablar al pueblo para tranquilizarlo. Pero no lo consiguió, pues sus palabras fueron acalladas por las pedradas y los insultos.

Tarde se percató el juez de lo inútil de su gestión. Se parapetó dentro del Ayuntamiento pero, para cuando hizo eso, las turbas ya estaban intentando tirar la puerta del edificio a hachazos.

La escena era lo suficientemente violenta como para que todo el mundo mínimamente relacionado con la autoridad sintiese miedo de su integridad física. Eso le pasó al alguacil del Ayuntamiento cullerense, un hombre ya viejo el cual, viendo ya perdidos a quienes se quedasen en el edificio del Consistorio, resolvió huir corriendo hacia el río cercano, el Júcar. En su persecución, los amotinados le hieren de un balazo, pero el alguacil, aún así, sigue corriendo y se tira al río. Pero avanza poco, y sus perseguidores pronto le rodean en la orilla.

El alguacil ruega por su vida.

Lo matan a palos, a pedradas, lo cosen a puñaladas.

Son las dos de la tarde. El juez, preso en el Ayuntamiento, decide apostar una última carta por su vida. La avalancha de amotinados está a punto de romper la puerta. Él espera a mitad de la escalera, con el revólver en la mano.

Suena un tiro.

En una de las piernas del juez, estalla una rosa roja. Le han dado. Los amotinados no son tontos y no han querido exponerse a que el juez muriese matando.

Su señoría retrocede, reptando. Llega a un salón de la planta alta donde se encuentra el secretario del Ayuntamiento y un niño. Juez y actuario resuelven que no pueden dejar morir al infante. Le obligan a esconderse debajo de un diván, y, luego, el juez se dirige a la puerta, la abre, y allí mismo recibe la muerte, como el alguacil, a hostias, a puñaladas, a golpes, a patadas, a pedradas, a hachazos. Arrastran el cadáver escaleras abajo. Cuando fue recuperado, su estado era tal que fue imposible hacerle la autopsia.

Dentro del salón queda el secretario. Rodeado de amotinados, los mira, tembloroso, y murmura:

‑Me entrego a vosotros, no me hagáis daño. Soy un pobre que no hizo nada más que cumplir con su deber. Perdonadme la vida.

Silencio. Parece que el indulto llegará. Hasta que da un paso adelante el líder de los amotinados, otro más de los grandes nombres de ese anarcosindicalismo primario y rural que algunos (pocos, cierto es) quieren ver tan heroico. Es el Chato de Cuqueta y lleva una piedra en la mano. De un gesto se la estampa en la cara al funcionario, vaciándole un ojo. El hombre cae, y en la caída ya le están abriendo decenas de heridas en la piel.

Hubo 22 procesados por estos hechos. Un mes después, el 25 de octubre, ya estaban denunciando malos tratos en la cárcel, acusación de la que se hicieron eco los diputados republicanos Lerroux, Azzati y Barral. Una comisión nombrada por el Parlamento, presidida por un catedrático valenciano de apellido Machi, dictaminó la inexistencia de malos tratos. Lo cual no paró las denuncias en la prensa de izquierdas.

Siete de los participantes en estos sucesos fueron condenados a muerte. Siete. Seis fueron inmediatamente indultados. Sólo quedó el Chato de Cuqueta. Pero éste también sería finalmente indultado y, sinceramente, desconozco qué fue de él.

Cuando uno lee historias y reseñas, alcanza a leer, a veces, descripciones de los sucesos de Cullera. Pero nadie, jamás, las asume. Nadie, jamás, dice: «los míos hicieron esto». Los sucesos de Cullera, población que hoy es un bellísimo pueblo turístico en el que no pocos madrileños moran sus noches agosteñas, no los quiere recordar nadie, menos aún reivindicarlos. Y eso no está bien (me refiero a olvidarlos). Por muchas razones pero, sobre todo, por una fundamental: recordar los sucesos de Cullera nos ayuda a entender que los españoles tenemos, o tuvimos que no sé, un punto en el que nada, absolutamente nada, nos paraba. En el que no había autoridad que mereciese respeto ni argumento que pudiera ser escuchado. Hecho éste que tiene su contraargumento, a mi modo de ver, y es éste: no hay injusticia social, no hay bandera, no hay idea; no hay nación ni misión ni himno ni protesta tan valiosa que valga el tembloroso pánico de un niño, bajo un diván, llorando, meándose, pidiendo por su vida y viendo morir, por una rendija, a sus seres queridos, como cerdos en día de San Martín.

No he conseguido encontrar en la prensa de la época referencias a ese niño. No sé si se salvó; si el Cuqueta le vio, le creo capaz de apiolárselo. Viviera o muriera, en su memoria he querido escribir estas líneas.

Nunca mais, por supuesto.

viernes, marzo 23, 2007

El nacimiento de las Juntas de Defensa

Cuando un ejército decide jugar a gobernar, lo puede hacer de dos formas. Una, directa, es bastante conocida: la dictadura militar. La otra se basa en tutelar a quien gobierna y conforma, por lo tanto, una democracia vigilada.

Durante mucho tiempo, y no sólo el franquismo, el ejército español ha tenido un papel fundamental en la política. Desde luego, como origen de los movimientos de uno u otro signo, pero también, una vez que éstos cuajaron, como gran tutor de los gobiernos. Con ser esto normal en la Historia de España, y excepción hecha del franquismo que fue una dictadura militar, quizás el episodio de la vida de España en el que el poder del Ejército, poder tutelar, sobre el gobierno, fue más fuerte, fue el periodo de las Juntas Militares de Defensa. La historia de su nacimiento tiene su miga y, puesto que hoy en día no se suele contar, aquí os la quiero dejar; entre otras cosas porque, a mi entender, el conocimiento de los golpes de Estado dados contra el poder constituido en España no está completo sin saber de este episodio. Espero que, al final de este post, hayáis llegado a la conclusión de que merecía la pena leerlo, como yo creo que merece la pena escribirlo.

El ejército, como institución, ha cambiado mucho a lo largo de la Historia, de España como de otros países. El ejército medieval era una especie de compendio de pequeños ejércitos formados por siervos y mercenarios de distintos señores feudales. La huella del feudalismo permaneció bastante clara en los ejércitos renacentistas y barrocos, cuyos generales eran, casi sin excepción, personas de noble casta. El ejército de aquella época es un ejército mercenario, en ocasiones rabiosamente mercenario como es el caso de los tercios que por España lucharon en Flandes, y que fueron capaces de levantar asedios por el simple hecho de no haber cobrado a tiempo.

Todavía la guerra de la independencia española frente al pérfido francés se sustantivó contra regimientos comandados por condes, duques y príncipes de sangre azul franca. Pero en el propio ejército español, siendo como fue aquella una guerra de raíz eminentemente popular, las cosas estaban cambiando. Se estaba larvando el embrión de ejércitos profesionales, interclasistas, que ofrecían a cualquiera la oportunidad de ingresar en ellos, ser un buen militar, y medrar hasta lo más alto. Ejemplo de lo que he dicho es el Príncipe de la Paz o de Vergara, Baldomero Espartero, un soldado raso que a fuerza de inteligencia y decisión llegaría a general e, incluso, alcanzó el punto más alto de la fama y el honor cuando, tras la Gloriosa, hubo quien le ofreció ocupar el trono de España. Así pues, la diferencia que viene a introducir el siglo XIX es que cualquier puto mono podía ser general si valía para ello.

Esta imagen idílica, sin embargo, presentaba sus problemas. En el ejército decimonónico había, como he insinuado, dos vías, no una, de llegar al generalato: una era ingresar en una academia militar, ingresar en la corporación militar por lo tanto; y la otra era ascender desde la clase de tropa, lo cual significa acumular méritos de guerra (pues es la forma de ascender desde tan abajo). A España, en aquellos años que van desde la primera guerra carlista hasta la guerra de Marruecos que se terminó en 1926, no le faltaron hechos de guerra para que esa clase de tropa se foguease y consiguiese, como canta la bella zarzuela, los entorchados de brigadier.

Esta doble vía sentó las bases de un enfrentamiento que, en puridad, no desaparecería del todo hasta la guerra civil: el enfrentamiento entre burócratas y africanos: unos, militares de academia y cuerpo, defensores del rígido escalafón como forma de ascenso (o sea, hay una lista por antigüedad, y asciende el primero de la lista); y otros, fogueados en las guerras de España, notablemente en las de Marruecos, defensores de que quien debe ascender es quien mejor sabe guerrear, o sea el que más hostias se ha dado en las trincheras.

Aunque la división es muy cruda e injusta, se podría decir que el principal núcleo de burócratas se concentró, desde los inicios del enfrentamiento, en los llamados cuerpos facultativos, que eran Artillería e Ingenieros; ambos, cuerpos del ejército en los que eran necesarios conocimientos muy específicos, pues un buen artillero ha de saber de física y de química, y los ingenieros de sus cosas. Los más partidarios de los méritos de guerra se situaban en las armas llamadas generales, infantería y caballería, que son las que suelen ir al merdé cuando hay leches. Esta división básica fue incluso intensificada por los propios cuerpos facultativos puesto que, durante décadas del siglo antepasado, funcionó entre artilleros e ingenieros el compromiso moral de renunciar a los méritos de guerra. Esto es: cada vez que un artillero o ingeniero era ascendido por méritos de guerra, renunciaba a dicho ascenso, cambiándolo habitualmente por una condecoración, para así conservar la pureza de los ascensos por escalafón; actitud ésta que provocó que los ascendidos por méritos de guerra tendiesen, obviamente, a integrarse en otras armas. Un interesante reformador militar hoy olvidado, el general Manuel Gassola, fue el primer ministro que, en 1887, trató de acabar con estas prácticas extrañas, aunque con no mucho éxito. Lo que sí ocurrió, con rapidez, es que las distintas guerras en que se fue embarcando España (Marruecos, Filipinas, Cuba) fueron generando más y más oficiales por méritos de guerra; la conservación de la doble vía de ascenso, escalafón y guerra, fue la que provocó que, durante la primera mitad del siglo XX, el mal endémico del ejército español fuese la inflación de oficiales o, como decimos hoy, mucho jefe para poco indio.

En 1914, por lo tanto, ésta era la situación del ejército español: tenía inflación de oficiales, también un montón de puestos burocráticos, y un ejército en guerra en el cual algunos militares, entre ellos Francisco Franco, comenzaran una imparable carrera de ascensos por méritos bélicos. En dicha fecha de 1914, el conde del Serrallo, ministro de la Guerra en el gobierno del conservador Eduardo Dato, hizo patente su preocupación por las consecuencias que aquella molicie tenía a la hora de tratar de ganar la guerra colonial. Le preocupaba que el nivel de los oficiales que se enviaban a Marruecos fuese tan bajo, y pensó soluciones posibles para elevarlo. La que encontró fue endurecer el ascenso a oficial, dictando una serie de normas sobre requisitos que debería cumplir el militar ascendido; normas que, a decir de Emilio Mola, el general golpista que acompañó a Franco en la aventura del 36 y que tuvo una larga producción literaria, «cayeron en el Ejército como culebrón en charca de ranas».

El gobierno cambió el 9 de diciembre de aquel mismo año. Subió al poder el conde de Romanones, liberal, quien nombró ministro de la Guerra al general Agustín Luque y Coca (que es, por cierto, el inventor del servicio militar obligatorio en España); pero éste encontró las ideas de su antecesor muy puestas en razón, motivo por el cual decidió mantenerlas. Eso sí, tratando de quitarse de encima el marrón de tener que calificar los ascensos, dejó esta labor en manos de los capitanes generales de las plazas.

Era capitán general de Cataluña, entonces, el general Felipe Alfau Mendoza, el cual, cuando recibió las órdenes de Madrid, resolvió aplicarlas con excesivo afán y, haciendo uso de sus prerrogativas, dictó unas pruebas para el ascenso que eran, a decir de los contemporáneos, un insulto a los militares que tuvieran que pasarlas. A pesar de que Alfau fue prevenido de lo incómodo de su política, procedió con ella y, algunas semanas después, resolvió «examinar» a un teniente coronel y dos comandantes.

El «examen», consistió en que los candidatos mandasen por turno las evoluciones de un batallón que formó en el entonces llamado Campo de Galvany, en la Diagonal; y se le dio publicidad para que acudiese público. Los militares aprobaron, claro. No iban a aprobar. Yo no soy militar y, aún así, sé gritar perfectamente ¡AAAAAArmas al hombro!, o ¡Descansen!

A los ociosos espectadores barceloneses aquello les pareció chusco, así pues se burlaron con evidencia del examencito y de los examinandos. Sin embargo, a Alfau le debió parecer que había obrado de puta madre, pues maquinó la posibilidad de hacer algún examen más, para lo cual decidió seleccionar como candidato a mandos de Artillería.

Ay, amigo Sancho. Con la Iglesia hemos topado.

Ya lo hemos dicho. Cuando menos en aquel entonces, para arma corporativa, pagada de sí misma, orgullosa de su nivel, despreciativa del resto de las armas, el arma de Artillería. ¿A ellos, con vergonzosos y estúpidos examencitos públicos? Le montaron al capitán general un pollo de tal calibre que hasta Alfau, que como vemos no debía de ser hombre de muchas luces, cedió. Pero cedió a medias; fracasado el intento con los artilleros, la tomó con el personal destinado en las cajas de reclutas.

A los militares de Infantería, visto lo visto, les empezó a dar la impresión (cierta) de que, dado que Alfau no se atrevería con las armas más elitistas, les tocaría a ellos pagar el pato. Así pues el capital Emilio Guillén Pedemonte, de la dicha arma, comenzó a maquinar contactos con compañeros, inicialmente para defenderse frente a los exámenes, aunque muy pronto llegaron a formular cosas más serias, concretamente la creación de una Junta que defendiese los derechos de los militares de infantería. Junta que, por supuesto, los cuerpos elitistas, Artillería e Ingenieros, ya habían formado en sus respectivas armas. Pocos días después, en los caóticos solares de una callecita periférica de Barcelona llamada Gran Vía Laietana, este primer grupo de mandos intermedios (capitales y tal) se reunió con los comandantes, y la Junta quedó constituida.

Estamos ya en el año 1916. La Junta de Infantería ha hecho público ya una especie de manifiesto en el que se muestra dispuesta a tomar las medidas más extremas para defender el honor y los derechos de los infantes; no pocos altos mandos del cuerpo se han negado a firmarlo. El coronel del regimiento Vergara, Benito Márquez, es el principal propagandista de la Junta, en su condición de presidente de la misma, asistido por el secretario, capital Manuel Álvarez Gilarranz. En el reglamento de esta Junta, aprobado en diciembre de 1916, el militar adherido se compromete a:«Prometo, bajo mi palabra de honor, que si, en el cumplimiento de alguna decisión que el Arma, conforme a este Reglamento, adoptase, resultase perjudicado en su carrera o intereses cualquier compañero que, cumpliendo nuestro mandato, hubiese intervenido en ella, procuraré, por todos los medios posibles, ampararle en unión de todos mis compañeros del Arma y, desde luego, a garantizar al damnificado los sueldos de sus empleos en activo, hasta el de coronel inclusive, a medida que vaya alcanzándolos por antigüedad quien le siga en el escalafón y el retiro que en la misma forma le corresponda». Aunque esta medida es, claramente, una medida solidaria tendente a no dejar tirado al militar represaliado por defender la Junta, con el tiempo fue otra cosa: en combinación con el artículo 4 del Reglamento, que obligaba a los miembros de la Junta a acatar la opinión de la mayoría, se utilizó como vía para hacer que los militares ascendidos por méritos de guerra renunciasen a dichos ascensos y los cambiasen por la Cruz de María Cristina.

En abril de 1917 cayó el gobierno Romanones y subió el marqués de Alhucemas, que nombró ministro de la Guerra a Francisco Aguilera, ministro que, desde el primerísimo día de su gestión, le puso la proa a la Junta de Infantería. El 25 de mayo por la mañana, el general Alfau llamó a Márquez a su despacho y le comunicó la orden de disolver la Junta de Infantería en 24 horas. Al día siguiente, domingo, Márquez y el resto de cabezas de la Junta le comunicaron al general su negativa, motivo por el cual fueron inmediatamente encarcelados en el cuartel de las Atarazanas: el coronel Benito Márquez; teniente coronel Silverio Martínez Raposo; comandante Rafael Espino; capitanes Leopoldo Pérez Pala, Miguel García Rodríguez y Manuel Álvarez Gilarranz; tenientes Emilio González Unzalu y Marcelino Flores.

No sabemos muy bien lo que pasó entonces. Sabemos, eso sí, que el fiscal, comandante de Artillería Salavera, se personó en Atarazanas para tomar declaración a los detenidos. Se sabe que los detenidos comenzaron a soltar sapos y culebras del general Alfau, dado datos concretos de cosas concretas. Se sabe que Salavera, tras escuchar lo escuchado, resolvió regresar a Capitanía General a parlamentar con Alfau. Y se sabe que Alfau fue convocado a Madrid esa misma noche, y nunca regresó a Barcelona; y que Salavera no volvió a pisar Atarazanas. Cada uno, con estos datos, que se haga la composición de lugar que quiera.

El 31 de mayo, estaba al frente de la Capitanía de Cataluña el general José Marina, los jefes de la Junta habían sido trasladados al castillo de Montjuïch, y los militares de infantería echando espumarajos en los cuartos de banderas. Tal y como comprobó el comandante de Caballería Mariano Foronda, que aquel día 31 trató de hacer de hombre bueno y pactar una solución, en algunos de los principales cuarteles de Barcelona, como los regimientos Santiago y Montesa, la idea prevalente era liberar a los detenidos sí o sí, como fuese. A lo largo de la jornada, la situación se hizo explosiva. En primer lugar, el arma de Artillería informó que, de no liberar la Infantería a los detenidos, lo harían ellos; en segundo lugar, por toda Barcelona se extendió el rumor, publicado por la prensa, de que de Madrid llegaban militares con la misión de sustituir en sus puestos a los coroneles Márquez y Echevarría y al teniente coronel Martínez Raposo; noticia que, además, quedó seudoconfirmada cuando se supo que el capital general Marina tenía la intención de ir al día siguiente a presenciar la revista en los cuarteles, detalle que se interpretó como un indicio de que pensaba dar el espaldarazo a los nuevos jefes.

Aquello levantó la rebelión.

Los oficiales de infantería decidieron, pura y simplemente, impedirle al día siguiente al capitán general, ¡al capitán general!, la entrada en los cuarteles. Incluso cursaron órdenes a Zaragoza de que, si se recibían noticias de que los nuevos mandos llegaban de Madrid, se levantase la vía. Como ya hemos visto, las juntas militares eran un fenómeno de mandos intermedios; hemos visto en ellas implicados a coroneles, tenientes coroneles, capitales y tenientes, pero no a generales. Éstos, alarmados por el cariz que tomaba la cosa, se citaron a las ocho de la mañana del 1 de junio, en la Capitanía General, con el objeto de tratar de convencer a Marina de que desistiese de su propósito. Ved aquí el cariz de la situación: a los generales ni por asomo se les ocurrió tratar de imponer la disciplina y el orden del mando, llamando a los mandos intermedios a obedecer. Eso es porque sabían que no serían obedecidos. Mientras tanto, los miembros de la Junta suplente no encarcelados redactaron un manifiesto, el conocido como Manifiesto del 1 de junio, que se debe a la pluma del capitán Isaac Villar Moreno, que fue asistido por los capitanes Evelio Quintero, Manuel Ramos, Jesús Marín, Francisco Díaz Contesti, Arturo Herrero y Juan Rojí.

El manifiesto es todo un monumento de victimismo militar. Tras insinuar que el ejército había sido vilipendiado tras la pérdida de las colonias, se aseveraba que las reformas políticas de los últimos años habían dejado a las fuerzas armadas en una situación de caos y desorganización. Se acusaba al sistema de enchufismo, injusticia y agravio comparativo de los militares respecto de otros funcionarios públicos. Y asevera el manifiesto (itálicas mías): «La totalidad del Arma ha resuelto exponer respetuosamente, por última vez, su deseo de permanecer en disciplina, pero obteniendo la rehabilitación inmediata de los arrestados, la reposición de los privados de destinos, la garantía de que no se tomarán represalias y de que será atendida, en lo posible, con más interés y cariño y, por último, el reconocimiento oficioso de existencia de su Unión y Junta de Defensa, empeñando en cambio nuestra palabra de honor de que jamás será esto fuente de indisciplina, de que no se quebrantará su respeto a los poderes constituidos». El manifiesto daba un plazo de doce horas para la aceptación de estos hechos.

No sé la vuestra; pero mi opinión es que este manifiesto tiene tanto de golpe de Estado que el teniente coronel Tejero gritando en el Congreso ¡Quieto todo el mundo! Para empezar, era un ultimátum (por última vez). Para seguir, en las promesas hechas caso de ser atendidas sus propuestas, los militares de la Junta dejaban claro lo que pensaban hacer si no era así: quebrantar su respeto a los poderes constituidos.

El primer problema se resolvió. En leer el manifiesto y tal, el general Marina consumió tiempo suficiente como para que el tiempo de revista en los cuarteles más díscolos hubiese pasado. Además, los nuevos mandos no llegaron. Sin embargo, esto estaba lejos de resolver definitivamente la situación, puesto que el bravo Marina, héroe de la acción de Sidi-Hamed-el-Hach, se negó a acatar el plazo del manifiesto, que consideraba, con razón, una imposición de un mando inferior a otro superior. El viejo militar se enrocó. Pero tenía un mando superior.

A media tarde, se recibió en los cuarteles un comunicado de los arrestados en Montjuïch. De dicho comunicado cabe suponer que desde Madrid se ordenó la puesta en libertad de los junteros aquella misma noche; libertad que, no obstante, había sido negada por Marina por estar dentro del plazo de las doce horas, así pues susceptible de ser interpretada como una bajada de pantalones del capitán general (que es exactamente lo que fue). Posibilistas y generosos como siempre cuando se ha ganado, los arrestados coincidieron en aceptar ser liberados al día siguiente, pasado un plazo que, según su comunicado, «exige el amor propio del general Marina, el del Gobierno o el de alguien superior». Ese alguien superior sólo podía ser, entiendo yo, el rey o el papa. Y no creo que al vicario de Cristo toda esta milonga le importase mucho.

A partir de ese día, y hasta bien entrada la dictadura de Primo de Rivera, las Juntas militares se convertirían en un gobierno dentro del gobierno que manejaba los asuntos militares, y aún los meramente conexos con el orden militar, a su placer. Tanto que se habla de la masonería, no creo que jamás los masones consiguiesen una capacidad de influencia en las decisiones gubernamentales ni la mitad de la que consiguieron estos políticos en paralelo, jamás votados, jamás elegidos. Y eso lo hicieron, a mi modo de ver, mediante un auténtico golpe de Estado, en el que no se disparó un solo tiro, cierto, ni hubo víctimas; pero eso fue sólo porque el gobierno legítimo cedió.

Tiempo habrá, espero, de volver a hablar de estas Juntas, y de cómo les fue.