viernes, enero 12, 2007

De guerras napoleónicas

Todas las personas que hemos sido estudiantes obligatorios, que somos todos si hemos pasado por la escuela, tenemos nuestras bestias negras. O sea, cosas que nos desagradaba tener que estudiar o examinarnos de ellas. El primer escalón son las asignaturas y hay una que se lleva la palma como asignatura rayona por excelencia: las mates. Yo diría, incluso, que odiar las matemáticas es algo muy hispano.

Mis fobias, sin embargo, no van por ahí. Las mías son la química, el dibujo y la gimnasia. La química nunca la entendí (y, si os pasa lo mismo, daros algún paseo por Historias de la Ciencia, que allí os curan); el dibujo porque siempre he pensado que es algo nato, que hay gente que sabe dibujar y gente que no y a mí, que soy de los que no, me jodía bastante tener que pasar por las horcas caudinas de los exámenes de dibujo, que cateaba sin remisión. Y la gimnasia, porque sudar para sacar un seis de nota me parecía, y me sigue pareciendo, una gilipollez.

Más allá de las rayadas genéricas están las rayadas concretas. Por ejemplo: la filosofía nunca se me dio demasiado mal; pero a Hegel no lo puedo tragar, qué le voy a hacer. Aquel trimestre estaría yo con el despertar de la sexualidad o con la fase de angustia vital adolescente o simplemente tenía un subidón de bilirrubina; pero el caso es que recuerdo las tardes estudiando a Hegel como unas horrendas jornadas en las que hubiera deseado ser cualquier otra cosa en la vida, periodista del corazón incluso, en lugar de estudiante del hegelianismo.

Otra de las rayadas fueron las guerras napoleónicas. Tuve que estudiarlas, si no recuerdo mal, en séptimo de EGB, que hoy es vaya usted a saber qué; nananiano de primaria. Me las tuve que estudiar con sus coaliciones incluídas, una detrás de otra, con indicación de los años que duraron, los países que las integraron y las batallas principales que se desarrollaron. Para mí, la expresión coaliciones antinapoleónicas es una expresión sinónima de pestiño coñazo, de labor superferolítica, de encabrone fijo. Es más: creo que si yendo por la calle me parase Paulina Rubio en paños menores y, humedeciéndose los labios con la lengua, me preguntase, provocona: «¿Tú qué opinas de la batalla de Wagram?», la mandaría a la mierda.

En La Coruña, de donde soy, esto no tiene mucha lógica, porque allí somos muy antinapoleónicos. Sí, ya sé que nuestra Agustina de Aragón, María Pita, a quien fundió fue a los ingleses. Pero es que nosotros tenemos nuestro propio general Wellington, el general sir John Moore, quien murió en La Coruña, durante la batalla de Elviña, protegiendo a las tropas británicas que estaban en el puerto. Su tumba es el epicentro de un pequeño jardín romántico, el jardín de San Carlos, donde tengo yo peladas muchas pavas y leídos muchos libros.

Todo esto lo cuento para que os podáis imaginar el gesto de mi rostro el día que abrí un documento que me enviaba Inasequible y comprobé que, esta vez, había escrito de las guerras napoleónicas. Mon Dieu! ¿Es que no tienes otra cosa de la que escribir, Ina? ¿Qué tal te sentaría que ahora me enrollase yo sobre la tesis, la antítesis y la síntesis, eh?

La lectura me ha convencido de una cosa: debí tener yo malos profesores el año que me enseñaron las guerras napoleónicas. Nunca pensé que haría esto pero, de verdad, y con el corazón en la mano, deseo recomendaros que paséis de las chorradas hasta ahora escritas en este post y sigais más abajo, donde aprenderéis muchas cosas.

Le cedo la palabra a Ina.


Nunca he podido entender la obsesión que algunos tienen con la batalla de Waterloo. En Waterloo no se jugó el destino de Europa ni nada que se le pareciera. El Napoleón que luchó en Waterloo era un hombre enfermo que había perdido mucho de su genio táctico y que tendía a delegar en sus subordinados. Desde la campaña contra Austria de 1809, no había vuelto a noquear a un adversario. En lugar de ese boxeador temible que derribaba al adversario en el primer asalto, se había convertido en un fajador que aguantaba bien los golpes y asestaba buenos puñetazos, aunque acababa perdiendo el combate a los puntos: así fueron las campañas de Rusia en 1812, de Alemania en 1813 y de Francia en 1814.

En la campaña de 1815 Napoleón invadió Bélgica con 128.000 hombres y 366 piezas de artillería. Frente a él, los angloholandeses tenían un Ejército de 106.000 y 216 piezas de artillería y los prusianos uno de 128.000 hombres y 312 piezas de artillería. Por si esa disparidad no bastase, los austriacos estaban preparando un Ejército para enviarlo contra Napoleón. El Ejército francés contaba con mejor artillería y una mayor proporción de veteranos que sus adversarios. Ahí terminaban sus ventajas. A la inferioridad numérica frente a sus enemigos se sumaba el problema de que en caso de derrota Napoleón no podría reunir otro Ejército de la misma calidad y posiblemente ni tan siquiera del mismo tamaño.

Si Napoleón hubiera vencido en Waterloo la Historia de Europa no habría cambiado. Aún habría tenido que derrotar a los 128.000 prusianos de Blücher y a los austriacos que hubieran llegado más adelante. Con la fama que le precedía, posiblemente las potencias europeas habrían levantado Ejército tras Ejército hasta derrotarle.

Entiendo algo más que los franceses estén obsesionados con Austerlitz. Fue la gran victoria de Napoleón, la batalla donde su genio táctico brilló a mayor altura. Pero vista con el beneficio de la distancia, vemos que no fue una batalla decisiva. Forzó a los austriacos a pedir la paz, pero tres años y medio después de su derrota, ya estaban volviendo a tocarle las narices a Napoleón, aprovechando que estaba envuelto en la guerra con los españoles. Napoleón derrotó a los austriacos en Aspern y Wagram en lo que sería su última campaña realmente victoriosa, pero la victoria también se revelaría efímera en esta ocasión. Cuatro años después de Wagram, viendo a los franceses derrotados en Rusia y enzarzados en Alemania, los austriacos volvieron a la carga con mejor fortuna en esta ocasión.

Ni Waterloo, ni Austerlitz. La batalla más transcendental de las guerras napoleónicas fue una en la que Napoleón ni tan siquiera estuvo presente: la batalla de Trafalgar.

En 1802 Francia e Inglaterra pusieron fin a casi una década de guerra con la Paz de Amiens. Ambas sabían que sería una paz provisional, que el conflicto que las enfrentaba sólo podía terminar con la derrota definitiva de una de las dos. Inglaterra no podía aceptar que Francia dictase el orden europeo y se erigiese en señora del continente. Francia, por su parte, sabía que mientras Inglaterra y su poderío naval y financiero no hubiesen sido quebrados, su predominio sobre Europa sería precario y siempre estaría al albur de las alianzas que en su contra pudiera crear el oro inglés. La Paz de Amiens fue tan ilusoria que desde un principio ambas potencias la violaron: ni Inglaterra abandonó Malta, ni Francia se retiró de los Países Bajos. El 18 de mayo de 1803, Francia e Inglaterra se dejaron de tonterías y volvieron a la guerra.

El plan que ideó Napoleón para poner a Inglaterra de rodillas no fue muy imaginativo: concentrar a sus tropas en los puertos del Canal de la Mancha y desembarcarlas en Inglaterra. Lo mismo que en su día había pretendido hacer la Armada Invencible de Felipe II y lo que casi 140 años después intentaría hacer Hitler.

El plan no era realmente descabellado. Para ejecutarlo, lo que necesitaba era conseguir superioridad naval sobre las aguas del Canal de la Mancha, aunque fuera de manera temporal. Para ello, primero, las flotas francesas y españolas debían romper los bloqueos a los que les tenían sometidos los ingleses. A continuación se unirían y marcharían sobre el Canal. Sobre el papel la tarea no parecía imposible. A finales de 1804 Inglaterra disponía de 83 navíos de guerra. Frente a ella, Francia contaba con 56 navíos, a los que había que sumar 15 que estaban en distintas etapas de construcción. Lo que vino a inclinar la balanza del lado francés fue la alianza con España, que con sus 31 navíos otorgaba la superioridad numérica al bando hispano-francés.

Como de costumbre, los números dicen una cosa y la realidad dice otra distinta. Numéricamente los hispano-franceses podían ser más, pero en casi todo lo demás los ingleses llevaban la ventaja: disponían de mejores almirantes y tripulaciones más entrenadas, utilizaban tácticas superiores que hacían hincapié en la ofensiva, sus cañones tenían mecanismos de ignición más desarrollados y, finalmente, los artilleros británicos solían apuntar al casco y no a las velas, con lo que daban en el blanco más a menudo y sus destrozos eran mayores. El único punto en el que los hispano-franceses llevaban ventaja era el del diseño naval. Los buques españoles San Juan Nepomuceno y San Ildefonso posiblemente fuesen de los más avanzados en su concepción de todos los que lucharon en Trafalgar.

Los barcos que pudieron escapar de los bloqueos ingleses se dieron cita en Cádiz el 21 de agosto de 1805: un total de 33 navíos con 2.632 cañones. Cuando la batalla se entablase finalmente el 21 de octubre, Nelson no les enfrentaría más que 27 navíos con 2.148 cañones. Sin embargo, los resultados serían demoledores: los hispano-franceses perdieron 18 navíos (más del 50% de su fuerza) y más de 4.000 hombres. Los ingleses no perdieron ningún barco, aunque varios quedaron muy dañados, y sus bajas anduvieron en torno a los 450 hombres.

Tras Trafalgar, Napoleón no volvió a intentar disputar a Inglaterra el dominio de los mares. No teniendo barcos para atacar las líneas comerciales británicas, intentaría dañar su comercio por la vía indirecta del bloqueo continental, la prohibición de que sus aliados comerciasen con Inglaterra. Esta política, que casi causaba más perjuicios a los aliados franceses que a los ingleses, sólo serviría para causar resentimiento contra la dominación francesa y sería una de las razones que llevaron a la ruptura entre Francia y Rusia y a la desastrosa campaña de 1812.

Tras Trafalgar, dueña de los mares, Inglaterra se dedicó a jugar el papel de mosca cojonera, sabiendo que disponía del oro para fomentar las alianzas antifrancesas que hicieran falta y que su flota podía situar en el continente al ejército británico allá donde se le necesitase, sin que los franceses pudiesen reaccionar. Tras Trafalgar, Inglaterra sólo tenía que esperar a que Francia tuviese problemas serios en el continente y eso fue lo que hizo.