lunes, mayo 04, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (32): La muerte de un presidente

"


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


El 19 de enero, durante su discurso de investidura, Luther dejó bien claro el giro a la derecha que se había producido en el gobierno, al confesar sin ambages que el nuevo ejecutivo se había planteado lanzar el proceso de conversión de la república en una monarquía; aunque finalmente lo había descartado. Haciendo valer el estrecho vínculo que existe siempre entre las posiciones reaccionarias y la reivindicación del autonomismo (porque ser de izquierdas, tradicionalmente, ha significado ser centralista), Luther prometió también revisar el balance constitucional de poder entre el gobierno central y los territorios, a favor de éstos. En materia de política exterior, el no tan flamante nuevo canciller dijo aquello de Give peace a chance; pero también puso a los aliados de puta para arriba por no haberse marchado de Colonia. Personalmente, se mostró muy fan del Plan Dawes.

Stresemann era algo más optimista que su jefe. El ministro de Exteriores creía que existía una oportunidad para la paz definitiva, sobre todo desde que en Reino Unido había un nuevo gobierno bajo Stanley Baldwin. Sin embargo, todo eso pasaba por lograr un arreglo definitivo de las diferencias entre Alemania y Francia.

El 20 de enero, en el mayor de los secretos, Stresemann le envió un mensaje a Downing Street, tratando de revivir la vieja idea de firmar entre ambos países un pacto de seguridad. Este acuerdo quedaría vestido en forma de un pacto multilateral por el cual Reino Unido, Francia, Bélgica, Italia y la propia Alemania garantizarían las fronteras occidentales del país, mediando un compromiso de todos los firmantes de no hacerse la guerra. A cambio de estas garantías, Alemania aceptaría la total desmilitarización permanente de Renania. Berlín, decía su ministro, quisiera alcanzar además acuerdos con mecanismos de arbitraje con otros Estados con los que pueda tener intereses, notablemente Checoslovaquia o Polonia.

La oferta de Alemania era generosa, máxime teniendo en cuenta que la hacía el ministro de un gobierno que acababa de girar a la derecha. Suponía aceptar las fronteras de 1919, algo que estaba totalmente en contra del catón del DNVP, y no digamos ya de su derecha, que reivindicaba las de 1914. Se renunciaba a guerrear con Francia, y se anunciaban procesos de acuerdo con aquellos países del este de Europa donde había poblaciones germanoparlantes. A cambio, Stresemann esperaba recuperar el Ruhr y clausurar la Comisión Interaliada de Control, recuperando para Alemania el estatus de país totalmente libre en el entorno geopolítico.

La propuesta de Stresemann no gustó en Londres. Austen Chamberlain, el nuevo secretario de Exteriores, le dijo al alemán que eso de enviarle una nota secreta a él había estado feo; que lo primero que tenía que pasar era que se jugase limpio, con las cartas sobre la mesa, es decir, delante de los ojos de los franceses. Sin embargo, a mediados de febrero de 1925 había cambiado totalmente de opinión. El nuevo ambiente parisino generado por el gobierno Herriot, y los propios problemas internos que tenía su país, que no terminaba de carburar, lo movieron a convertirse en un creyente en una solución que pasase por meter el tratado de Versalles en un arcón, cerrarlo con llave y tirar la llave.

Cuando se produjo este cambio de opinión, Stresemann se apresuró a redactar otro memorando, casi idéntico al inicial, y enviárselo a Herriot. El político radical enseguida le vio al asunto dos grandes virtudes. La primera era que Alemania se avenía a aceptar once and for all la condición francesa de Alsacia y Lorena. La segunda eran las obvias oportunidades de negocio que, precisamente para los franceses de dichas regiones y otras situadas al este del país, presentaba la apertura del mercado alemán. Sin embargo, París, obviamente influido en ello por los pactos internacionales que tenía firmados, se apresuró a matizar que la naturaleza de los compromisos ofrecidos por Stresemann no era uniforme: si en la frontera occidental eran claros y sistemáticos, en la oriental eran mucho más tenues e indeterminados. Esta situación provocó que, en realidad, el gobierno francés no se diese ninguna prisa por contestar. De hecho, intentó conseguir una pinza con el gobierno británico en la que éste se comprometiese a exigir compromisos alemanes ciertos sobre las fronteras orientales. Pero los ingleses, que en ese momento no apreciaban ventaja alguna en consolidar posiciones en países como Polonia, respondieron que ellos sólo estaban interesados en la discusión occidental.

La diferencia era lógica, por otra parte. Stresemann tenía la sensación de que incluso los alemanes más radicalmente nacionalistas podían terminar por aceptar, más como fait accompli que como otra cosa, el tema de Alsacia y Lorena. Sin embargo, entendía que la sociedad alemana nunca iba a renunciar a reivindicar la Silesia Septentrional, el llamado Corredor Polaco y, muy en especial, la ciudad de Dantzig (porque, esto léelo y métetelo en la cabeza, tendrá que pasar el tiempo que pase, pero ten claro que Alemania nunca renunciará a la ciudad de Dantzig).

En el ámbito interno, el 6 de febrero el ex canciller socialista Gustav Bauer dimitió de su escaño en el Reichstag. La razón de dicha dimisión es lo que normalmente se conoce como escándalo Barmat-Kutisker; una movida en la que finalmente apareció una carta en la que se hablaba de un dinero que le habían pagado al señor diputado. A finales de 1924 habían aparecido especulaciones en la Prensa en las que se decía que altos representantes del SPD y de Zentrum habían aprovechado su posición política para conseguir unos créditos black del Preussiche Staatsbank, es decir el Banco de Prusia; y del Reichspostministerium, es decir, el Ministerio de Correos. En total, el dinero aflorado había sido nada menos que 38 millones de marcos, que Iván Kutisker y los hermanos Julius y Henri Barmat habían usado para comprar empresas de saldo durante el tiempo de la híper inflación.

Kutisker, que era un judío lituano, fue detenido a finales de 1924. El 31 de diciembre, Julius Barmat, hombre de origen ruso pero también judío, fue detenido, como lo fue su hermano y otros ejecutivos de sus empresas. En esos días la empresa familiar, Barmat Enterprises, estaba colapsando. Fue tras estos arrestos cuando se comenzó a investigar toda la red de corrupción alrededor de estos conseguidores. Pronto se tuvo información de los contactos que los detenidos habían tenido con socialdemócratas y centristas. El 9 de febrero, Anton Hofle, ex ministro centrista de Correos, fue puesto en custodia policial, y dimitió de su escaño. El 20 de abril, en prisión, se tomó una sobredosis de pastillas, y se multiplicó por cero. El siguiente de la lista fue Bauer, quien fue expulsado del SPD.

El escándalo fue oro molido para la ultraderecha. Hombres de negocios judíos recibiendo dinero de políticos corruptos tirando a izquierdosos. Más o menos como si el escándalo de los ERE hubiese beneficiado a hombres de negocio marroquíes. Se crearon dos comisiones de investigación, una en el Reichstag y otra en el parlamento prusiano. La caza mayor de todo aquel proceso se quería que fuese Ernst Hellmann, el líder del SPD en el parlamento prusiano; pero nada se pudo probar. Sin embargo, los que animaban el cotarro desde la derecha (con toda la razón, pues el escándalo está muy, pero muy, lejos de ser un bulo) comenzaron a reclamar la investigación sobre qué sabía y qué no sabía el presidente Ebert. Las investigaciones descubrieron que el hijo de Ebert había trabajado en Barmat Enterprises; y posteriormente se descubrió que, en 1919, cuando Julius Barmat había necesitado un visado para viajar a Alemania, había sido Ebert quien se lo había conseguido. Las cosas como son, el informe definitivo del caso, emitido en octubre de 1925, exculpaba a Ebert y relativizaba las culpas de Bauer; pero para entonces, desde muchos puntos de vista, ya daba igual.

El juicio del caso Barmat duró más de un año. Los hermanos Barmat fueron finalmente considerados culpables de dos delitos de soborno, con 11 meses de condena; pero fueron librados de todos los demás cargos. Kustiker fue condenado por soborno, pero también por fraude, y le cayeron 5 años de prisión y una multa de cuatro millones y medio de RM (moriría en prisión en julio de 1927). Sin embargo, en buena medida los acusados de aquel juicio no estuvieron sentados sen el banquillo, ni figuraron en la sentencia. La tenuidad de las sentencias, por lo demás, le hizo mucho mal a la honestidad pública percibida por la sociedad alemana. Alimentó esa sensación de “los políticos siempre se van de rositas”, por la que se cuela la polarización. Una ventanita más que se abrió para que por ella se colase el fascismo.

El estallido del escándalo Kustiker-Barmat terminó de darle la puntilla al sufrido estómago del presidente Ebert. A mediados de febrero, se puso mucho peor. Aparentemente, el presidente estaba aquejado de colecistitis, una infección de la vesícula biliar. El 23 de febrero, ingresó en un hospital de Charlotenburgo con apendicitis y peritonitis. El doctor August Bier, considerado entonces el Rafa Nadal de la cirugía alemana, le quitó el apéndice. De principio se recuperó bien; pero luego empezó a empeorar muy rápidamente y a las diez y cuarto de la mañana del 28 de febrero, mientras dormía, exhaló su último suspiro.

El presidente Ebert tiene derecho a que se le regalen los oídos con muchas cosas buenas. Aceptó la presidencia de una comunidad de vecinos que se caía a cachos, corría el serio peligro de ser invadida por sus enemigos e, internamente, se llevaba como el culo. Se enfrentó a la ceguera comunista, siempre asistida por la calculada miopía socialdemócrata, y a la presión creciente del ultra nacionalismo pangermánico. Tuvo que lidiar con el hecho de que ambas tendencias estaban armadas y militarmente organizadas. Y todo ello lo tuvo que hacer mientras Francia hacía todo lo posible por arruinar la economía alemana para siempre y los Estados alemanes reclamaban sus fueros, en no pocos casos incluso coqueteando con la idea de convertirse en entes nacionales propios.

La partida que le tocó jugar, pues, no fue una partida fácil. Y en 1925, cuando la roscó, había conseguido jugarla dejando a Alemania colocada en el carrilito del reconocimiento internacional, por fin acelerando de nuevo por la zona limpia, beneficiada por el olvido de facto de la carga de las reparaciones, y con una democracia incólume. Aunque aquí es donde está, quizás, el gran pero de su gestión. Porque, quizás, esa democracia ni era, ni estaba, tan incólume como parecía.

La gran derrota política de la república de Weimar inventada y gestionada por Ebert es la falta de democracia. Los que seáis lectores habituales de mis notas ya me habréis leído hablar de esa teoría según la cual la guerra civil española es un episodio en el cual unos señores mú malos mú malos, egoístas y representantes de intereses extractivos atacaron a una república de égloga garcilasiana, que se pasaba el día haciendo el bien, besando las margaritas del campo y acunando bebés entre algodones. Esta teoría, más falsa que un duro de madera, la suelo llamar la teoría Ricitos de Oro contra Fascistéitor. Pues bien: también es aplicable a Alemania.

Es bastante habitual encontrarse a personas que te vienen a decir que la república de Weimar fue un hermoso experimento democrático echado a perder por la violencia y el egoísmo de Adolf Hitler. Mi opinión no es ésa. Mi opinión es que Hitler, aunque él mismo se decía enemigo de Weimar, en realidad es hijo de ella. Más en concreto: para llegar al poder, holló caminos que ya habían trazado los prohombres de la república.

Ebert cometió dos errores que anunciaron, por así decirlo, a Hitler; como podrían haber anunciado a Lenin. El primero de los errores fue el portelismo estructural. Un porcentaje abracadabrantemente elevado de los gobiernos creados bajo el mando del fundador de Weimar, entre 1919 y 1925, fueron gobiernos que carecían desde el minuto 1 de una mayoría parlamentaria que los avalase. Esto hizo que, en un ejercicio delirante de funambulismo político, los gobernantes de Weimar, a la vez, lucharan contra el baldón de las reparaciones de guerra y lo usasen para chantajear a sus contrarios. Es acojonante comprobar cuántos cancilleres gobernaron en aquellos años de Weimar con el argumento “o yo o el caos”. Eso, lo repito, no es democracia: es chantaje. Quien gobierna bajo la premisa “detrás de mi vendrá/quien bueno me hará” no está construyendo una democracia, sino un mero poder personal. Y lo que es más importante: le enseña el camino a otros. Porque puede que tú inventes la pólvora con el limpio y honrado objetivo de mejorar la capacidad de barrenar montes para conseguir mineral; pero lo que no vas a poder impedir es que alguien decida usarla para reventar niños.

El segundo de los errores, muy ligado el primero, fue el uso industrial del artículo 48 de la Constitución. Fue, por lo tanto, el ejercicio cotidiano de unos poderes que, claramente, la Constitución otorga para situaciones excepcionales. Dentro de unos cuantos posts vas a ser testigo de un presidente Hindenburg utilizando los poderes constitucionales para apuntalar una política derechista no apoyada por el Reichstag. Y supongo que te parecerá fatal; es en ese momento cuando deberás preguntarte por qué no te pareció igual de mal cuando leíste, en los posts ya pasados, que el presidente Ebert hizo, mutatis mutandis, lo mismo. Claro: entonces no te importó, porque usaba esos poderes para apoyar una agenda básicamente socialdemócrata. Si es así, no habrás logrado entender que la democracia no va de utilizar el poder para lo bueno; la democracia va de que nadie tenga demasiado poder.

Todo esto tiene la consecuencia de convertir el día a día en una excepcionalidad; precisamente el tipo de ambiente social en el que la polarización se mueve como pez en el agua. Friedrich Ebert hizo uso sistemático de sus poderes sólo epidérmicamente democráticos, menos democráticos aún teniendo en cuenta que no era un presidente elegido por los alemanes sino por algunos alemanes, porque tenía una cosa que tienen a veces los políticos en general y los de izquierdas muy en particular, y que se volverá a presentar en nuestra II Repu: el concepto patrimonial del poder.

Ebert concebía el poder político de Weimar como algo que sólo podían catar unos cuantos: más o menos, los suyos. El presidente de Weimar era socialdemócrata; y el SPD alemán de aquellos años, ahora colindo, ahora no colindo, no es que sea, precisamente, un dechado de coherencia. Esa incoherencia nace del hecho de que el SPD creía que Weimar eran ellos; y, como consecuencia, cada vez que, por mor de la aritmética parlamentaria, no podían controlar Weimar, se quitaban de en medio y, como niños chicos cabreados, se negaban a jugar. Lo que la república de Weimar hubiera necesitado es un largo periodo de diez años de estabilidad, hasta por lo menos la crisis económica del 29, garantizada por la llamada coalición de Weimar, sin pasos atrás, sin puñaladas traperas, sin cambios de idea, sin tacticismos de casino rural. Quien tenía la responsabilidad de garantizar eso era el SPD, personificado en Ebert. En el momento en que eso no ocurrió, Ebert no hizo uso del catón democrático, que le hubiera debido mover a decir: bueno, pues que gobierne quien deba gobernar. Lejos de ello, igual que el mamón de Alcalá-Zamora, se dedicó a invitar a formar gobierno a políticos sin votos, sin mayorías. Políticos que sólo podían gobernar mediante apelaciones presidenciales al artículo 48, y el ejercicio del chantaje, basado siempre en la espada de Damocles de las reparaciones.

Friedrich Ebert, es cuando menos mi opinión, no creía en la república de Weimar. Creía en una república de Weimar, que no es exactamente lo mismo. No debemos olvidar que al chileno Salvador Allende lo echó un militar; pero que el primero que señaló ese camino, metiendo militares en la gobernación del país, fue, precisamente, Salvador Allende.

Con las mismas, nadie podrá negar que Adolf Hitler Poezl era un hombre profundamente sectario. Pero no fue el primer sectario de Weimar. Alguien le marcó el camino.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario