Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Era probablemente inevitable que las elecciones de mayo de 1924 se convirtiesen en un durísimo castigo para las formaciones que habían estado detrás de la gran coalición que había cebado la masa monetaria alemana, creando toneladas de pobreza; que se había tenido que mostrar tan pastueña con los aliados; y que, al fin y a la postre, había tenido que poner fin a la resistencia pasiva después de que los franceses invadiesen una parte de su territorio. De alguna manera, incluso se podría decir que poco les pasó. Aunque lo más importante es que les pasó más a unos que a otros.
La gran perdedora de las
elecciones fue la izquierda, por mucho que hubiese cierta izquierda que tuviese
razones para descorchar el champán. Ya os he escrito en algunos otros puntos de
estas notas que, en mi opinión, el turning
point más importante para la eclosión del nacionalsocialismo en Alemania
fue el año 1922; 1924 es un poco el momento en el que el virus 1922 da la cara
con un episodio de fiebre y mareos. Y es un momento en el que la macrotendencia
social alemana gira, para no regresar ya, propiamente hablando, al punto
anterior.
Recordad: con la crisis de
confianza provocada por el cansancio de guerra y otras cosas, la sociedad
alemana acabó por darse cuenta de que el esquema sólo epidérmicamente
democrático de la monarquía no le servía. En ese proceso, eligió un campeón,
que fue la socialdemocracia. Los socialdemócratas alemanes son los primeros
socialistas (bueno, hay alguno anterior, pero en países relativamente poco
importantes) que se dan cuenta de que no pueden ir por la vida con la
revolución y la dictadura del proletariado floja. Que tienen que ser más
constitucionalmente fieles al sistema, para así poder modelarlo a su gusto.
La estrategia les salió de coña.
En 1919, el SPD tuvo el 38% de los votos y los socialistas revolucionarios, es
decir el USPD, un 7,6%. Esto quiere decir que las izquierdas alemanas,
electoralmente hablando, estaban en un brutal 45% del voto viable. Los alemanes
les votaron mayoritariamente porque percibieron que ellos eran los únicos que
les podían sacar de la tristísima pesadilla de la guerra. Entonces se había
fundado la república de Weimar y el SPD decidió colaborar, a ratos eso sí, con
ella. El Estado se dotó de una cabeza socialdemócrata, y la implicación
constitucional del SPD quedó fuera de toda duda. El resultado de dicha
implicación, que no se olvide era fundamentalmente implicarse en la legalidad
del infame tratado de Versalles, fue que en 1920, apenas unos meses después, el
SPD había perdido 16 puntos y se quedaba un poco por debajo del 22%; mientras
que el USPD se iba al 17,6% y el KPD, presentado a las elecciones, rascaba un
2% adicional. La práctica totalidad de los votos perdidos por el SPD, pues, se
habían ido a sus marcas revolucionarias. La sociedad alemana de izquierdas, por
lo tanto, decidió robustecer la alternativa revolucionaria.
Entre 1920 y 1924 pasan muchas cosas: los impagos de la Alemania, la invasión del Ruhr, la resistencia pasiva, la rendición final de los alemanes, una crisis económica de la hueva, la multiplicación del paro, y una híper inflación que devoró la riqueza de las clases sociales alemanas, con la única excepción de aquéllos que tenían suficiente dinero como para hacer negocio con ella. Y, sobre todo, las revoluciones de Sajonia y Turingia, donde quedó claro que los alemanes que, aun hambrientos, estaban dispuestos a poner el pecho para parar las balas de los antidisturbios, eran menos de los que la propaganda creía.
Desmoralizados por
este fracaso, la mayoría de los hombres del USPD decidió ir a la fusión; fusión
que era deseada por el SPD, que veía a los del USPD un poco como hermanos
descarriados. Ambos fueron a una operación 2 + 2 = 5, pero en realidad lo que
hicieron fue una operación 2 + 2 = 3. Los socialdemócratas más templados no
entendieron la fusión y acabaron, por así decirlo, por darse cuenta de que, en
realidad, no eran de izquierdas. El SPD, pues, perdió mucho voto prestado de
las clases medias alemanas. En la izquierda del voto, otros alemanes obreros
entendieron que entre el original y la copia carbón, siempre es mejor el
original. Así pues, si lo que quieres es asaltar los cielos, no es con Pedro
Sánchez con quien tienes que ir, sino con Pablo Iglesias. El KPD recogió voto
ex socialista; es decir, hizo aquello para lo que nació Podemos, que a todas
luces no contaba con que Pedro Sánchez iba a saber cerrar esa vía de agua.
El resultado combinado de todo
esto es que las izquierdas, que habían sido el 45% del voto en 1919 y habían
aguantado el tirón en 1920 (43%), en 1924 se fueron al 33%; voto del que casi
13 puntos, es decir más de un tercio, se
había convertido en escaños ocupados por culos comunistas.
Pero vayamos con los resultados
concretos de las elecciones.
El SPD, como ya os he comentado,
apenas logró permanecer como primera fuerza política, con 100 diputados, el
20,5% del voto, y 6 millones de fieles. Teóricamente, apenas perdía respecto de
1920; pero el truco era que, a causa de la fusión, ahora la cuenta había que
hacerla sumando el USPD en los resultados del pasado. Haciendo bien las
cuentas, perdía más de 70 diputados.
El electorado también castigó al
DVP de Stresemann. Con 45 diputados y un 9,2% de voto (algo menos de 3
millones), se había dejado cuatro puntos, o un tercio de su fuerza electoral,
por el camino. El DDP, también elemento de la coalición, obtuvo 28 escaños, 11
menos que en las elecciones anteriores, con un porcentaje del 5,65% y 1,6
millones de adeptos. También perdió en torno a un tercio de su pasada fuerza de
voto.
De los partidos coligados, sólo
Zentrum, probablemente por la tendencia del voto católico a ser muy fiel,
conservó los muebles. Con 65 escaños, uno más que en 1920, alcanzó el 13,4% de
los votos y 3,9 millones de papeletas; más o menos las gallinas que entraron en 1924 por las que fueron saliendo en 1920.
En la derecha, el DNVP ganó 95
escaños, un 19,5% del voto y 5,96 millones de papeletas; es decir, empate
técnico con el SPD. A base de pactar con pequeños partidos, además, el DNVP
sumó 10 escaños más de apoyos Frankenstein, lo que en la práctica lo colocó por
encima del SPD.
Este resultado, además, lo había
conseguido a pesar de la presentación de un partido creado a pelo puta, el Nationalsozialistiche Freiheitspartei o
NSFP. Una formación liderada por Erich Ludendorff que pretendía recoger el voto
del NSDAP, declarado ilegal; aunque Hitler, escocido por la actuación del
general en su juicio, rechazó apoyar la candidatura. Sacó el 6,5% de votos y
1,9 millones de papeletas. Técnicamente, la mayoría de los historiadores tiende
a simplificar y a adjudicar estos votos como si los hubiera conseguido el
NSDAP. En 1924, pues, el 26% de los alemanes, uno de cada cuatro, había votado
ya opciones de derecha más o menos extremosa. Entre otras cosas, los resultados
del NSFP sentaron en el Reichstag a Ludendorff y a Ernst Röhm.
En el otro extremo de la tesitura,
el KPD consiguió 58 actas de diputado, con un porcentaje de voto del 12,6% y
3,69 millones de fieles. Claramente, recibió las nueces del agitado árbol
socialdemócrata. Por cada alemán que votó comunista en 1920, en 1924 votaron
ocho.
El DNVP se consideró, sin ambages,
el ganador de las elecciones, y con inmediatez exigió la dimisión del gobierno
Marx. Éste fue el punto en el que la república de Weimar se encontró ante la
gran contradicción en la que, tarde o temprano, se ve una democracia
parlamentaria: qué es lo que pasa cuando quien gana unas elecciones no cree en
ellas; qué es lo que pasa cuando quien debe colocarse al frente de un
determinado sistema quiere derribarlo o cambiarlo de arriba a abajo; y, en
general, cómo se resuelve la dinámica en unas elecciones en las que los
votantes han elegido un campeón, pero los perdedores pueden aspirar a generar
una coalición en su contra.
El DNVP quería como canciller de
Alemania al almirante Alfred Peter Friedich von Tirpitz, el gran impulsor de la
guerra submarina alemana. La mera noticia de que Tirpitz podía acabar siendo el
mandamás germano generó fibrilaciones auriculares descontroladas entre los
aliados. En las grandes capitales se temía que el almirante, simplemente,
giraría el gobernalle de la república de Weimar para convertirla en el regreso
del káiser.
El 26 de mayo, el gabinete Marx
dimitió. Ebert reaccionó haciendo un uso bastante cuestionable de sus poderes
presidenciales; igual de cuestionable que el uso que, durante nuestra Repu 2.0,
haría la luminaria Alcalá-Zamora. Exactamente igual que el presidente de la
república hispana se negó a llamar a quien por aritmética tenía que llamar, que
era la CEDA, y actuar sólo después de que el ganador de las elecciones
constatase que no podía formar gobierno, Ebert decidió atajar por la comarcal y
volver a llamar a Marx, un señor que antes del 6 de mayo tenía escasos apoyos
parlamentarios propios y que ahora todavía los tenía más magros. La idea de
Ebert era que igual que Marx había cosido una coalición que contaba con la
comprensión del SPD, ahora cosiera otra que no la necesitase, aprovechando que
los rojillos estaban de capa caída. Así las cosas, le animó a crear una
coalición de centro derecha en la que, a ser posible, estuviese el DNVP. Pero,
claro, de nuevo: si quería al DNVP en el gobierno, lo que tenía que haber hecho
era llamar al DNVP a formar gobierno. Como, probablemente, nadie, salvo
Ludendorff, habría querido unirse a un gobierno dirigido por Von Tirpitz,
entonces habría podido llamar a Marx con más fuerza moral. Todos estos detalles
son importantes. Porque si en un sistema político una formación gana las
elecciones o queda en empate técnico con otro (que fue lo que pasó) y la
respuesta del sistema, personificado en el jefe del Estado, es hacer como que
eso no ha pasado, lo que se hace es radicalizar más al votante y ponerlo en
condiciones de creer en las teorías que le dicen que ese Estado no vale para
nada, y que juega con cartas marcadas. La democracia, como la mujer del César,
además de ser decente, tiene que parecerlo.
Cuando Marx se fue a negociar con
los deuveeneperos, éstos, como suele pasar con estos grupos políticos,
permanecieron, nunca mejor dicho, impasible el alemán. En efecto: el votante de
ultraderecha es, siempre, un votante que, en buena medida, está hasta los
cojones de todo, se ha radicalizado y, lo que es más importante, tiene una
extremada sensibilidad hacia las componendas y pasteleos. El representante
político, digámoslo en términos españoles, voxero, sabe que se la juega si
admite entrar al típico yo te doy, tú me das. Así las cosas, el DNVP dijo que
su precio para formar parte del gobierno alemán era: que Von Tirpitz fuese
canciller; que Marx, obviamente, no lo fuera; y que Stresemann no fuese
ministro de Exteriores. Y todo esto, además, sin que el grupo de derecha se
comprometiese a votar a favor del Plan Dawes; eso, dejaron claro, lo tenían que
mirar.
Se juntó un poco el hambre con las
ganas de comer. Las condiciones impuestas a Marx eran inaceptables; y Marx, por
su parte, no tenía demasiadas ganas de gobernar con las derechas.
Así las cosas, el 3 de junio Marx
se convirtió en canciller de un gobierno extremadamente frágil basado en el
mensaje, que a los lectores españoles os sonará, de “por lo menos no gobierna
la ultraderecha”. Y que, éste es un mensaje histórico importante, y puesto que
no hace falta haceros spoiler con el final de esta historia, terminó como
terminó.
El segundo gobierno Marx estaba
basado en Zentrum, DDP y DVP, es decir: por cada diputado que lo apoyaba, había
tres que no. La lista de ministros no
hace falta hacerla, porque es la misma que la del primer gabinete.
La clave de bóveda del segundo
gobierno Marx era el hecho de que, si no tenía diputados suficientes para
recibir apoyo, sí los tenía para recibir apoyo en la principal medida que debía
tomar, que era aprobar el Plan Dawes. En realidad, pues, el argumento “por lo
menos no gobierna la ultraderecha” era más bien “por lo menos podremos aprobar
el Plan Dawes”. El 6 de junio, el DNVP presentó una moción de censura contra el
gobierno recién constituido, y la perdió. Los socialdemócratas ni se plantearon
otro voto que el negativo.
El gran crítico del Plan Dawes en
el Reichstag fue David Hugenberg, futuro líder del DNVP. Hugenberg era una
avispado hombre de negocios que había especulado a lo bestia durante los
tiempos de la híper inflación, construyendo un imperio. Muy interesado en el
mundo de los medios de comunicación, compró periódicos y agencias de prensa,
así como Universum Film, que era la mayor productora fílmica de Alemania. Era
un monárquico declarado, y su real bestia negra en la política alemana era
Stresemann.
En mayo de 1924, además de votar
los alemanes, votaron los franceses. La votación la ganó la coalición llamada
Cartes des Gauches, es decir, una alianza entre socialistas y radicales.
Raymond Poincaré fue desalojado del sillón de primer ministro y sustituido por
su gran oponente Édouard Herriot, que también asumió la cartera de Exteriores.
Herriot era partidario de que los franceses abandonasen Renania, y se apresuró
a dejar claro que Francia avalaba totalmente el Plan Dawes.
El 7 de julio, un periódico alemán
publicó una declaración pública de Adolf Hitler en la que éste anunciaba que
había abandonado la jefatura del NSDAP,
y que abandonaba toda actividad política durante su cautiverio, ya que
estaba dedicado a escribir un “libro sustancial”. La intención de Hitler era
titular su libro Cuatro años y medio de
lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía: mi relato; Max
Amann, que era el editor de Hitler, le dijo que adónde iba con un título así.
Fue Amann quien resumió el concepto en la expresión Mein Kampf, mi lucha.
El libro fue publicado por la
editorial del NSDAP, Eher Verlag, en dos volúmenes, pues tiene 782 páginas. Se
colocó al mercado a 12 marcos del Reich, un precio sustancialmente por encima
de lo que costaban los libros entonces.
Se ha criticado mucho Mein Kapmf por ser un truño mal escrito.
En realidad, lo que está es mal estructurado. Es pues, un poco como la imagen
especular de Das Kapital, que está
perfectamente estructurado, pero muy mal escrito.
Es un libro que se hace complejo
por la ausencia de una colocación adecuada de las ideas y temas, que
desaparecen y resurgen de forma a menudo poco explicable. Se ha dicho y escrito
muchas veces que Rudolf Hess escribió el libro que le dictaba Hitler, aunque no
es cierto. Hess influyó en el libro mediante la transmisión de las ideas de
Klaus Haushofer, antiguo profesor de Hess y que le marcó mucho en sus ideas.
Sin embargo, el libro lo escribió Hitler en una máquina de escribir que el
alcaide de Lansberg le permitió comprar (y que finalmente fue un regalo de una
admiradora, Helene Bechstein). Lo cual debió de ser todo un trabajo, porque
Hitler escribía con dos dedos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario