Sabido es por lo que lo saben que uno
de los puntos de fricción entre los que piensan que los reyes
católicos eran unos talibanes exagerados y los que creen que eran,
todo lo contrario, una de las monarquías más modernas de su tiempo,
es el trato de los indígenas americanos. La Leyenda Negra nos dicta
que España envió a América a una patota de muertos de hambre, con
el cuchillo de capar entre los dientes, con la principal labor de
esclavizar y llevarse por delante a todo indio que pillasen y que les
obstaculizase el camino hacia el Eldorado. Esta imagen, alimentada en
la propia América (con la ayuda de los tipos que hicieron eso mismo
con sus indios), ha sido contestada de tiempo atrás recordando que
los conquistadores no sólo no hicieron lo que la Leyenda les imputa,
sino que adoptaron un modo, digamos, moderno, de afrontar los
derechos del indígena o el aborigen.
miércoles, enero 03, 2018
lunes, enero 01, 2018
Yalta (3: Roosevelt y su optimismo antropológico)
En este color también tenemos:
No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin
Una vez que hemos hablado de Stalin y de las prioridades de la delegación soviética, hemos de hablar de los estadounidenses nucleados por Franklin Delano Roosevelt. Como ya hemos dicho, Stalin se guardó mucho de reservarle al presidente de los Estados Unidos un papel cuando menos formalmente prevalente en la conferencia de Yalta. Y esto es así, en buena parte, porque, si bien con los años el dato que ha terminado por imponerse sobre la segunda guerra mundial fue el enorme sacrificio realizado por la URSS en forma de tropas y pérdidas civiles, en el momento en el que se celebraba la conferencia, la verdad, el dato fundamental que estaba sobre la mesa era el de la impresionante ayuda norteamericana que había recibido la URSS. Más de 2.000 barcos habían transportado 16.000 millones de toneladas de material; y eso que estamos hablando de los que llegaron, aun habría que sumar todos aquellos envíos que “se encontraron con” los submarinos alemanes. Estados Unidos colocó en la URSS 550.000 camiones, 10.000 vehículos de combate, 30.000 motocicletas, 3.000 armones para el transporte de artillería, 2.000 naves a vapor, 2.000 vagones planos, 1.000 vagones cerrados, 120 vagones cisterna; 2,6 millones de toneladas de gasolina; 4,5 millones de toneladas de carne en conserva, azúcar, sal, margarina; sin contar los millones de dólares donados en mobiliario en general y, muy particularmente, mobiliario para los hospitales de campaña. En un determinado momento, se llegó al punto de que una fábrica entera de neumáticos, que tenía la friolera de 20.000 trabajadores, fue desmontada en EEUU y montada en la URSS. Como digo, si Stalin iría ganando con el tiempo el prestigio de haber puesto los muertos para ganar a Hitler, en ese momento el argumento fundamental era que EEUU había puesto el esfuerzo bélico y civil.
No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin
Una vez que hemos hablado de Stalin y de las prioridades de la delegación soviética, hemos de hablar de los estadounidenses nucleados por Franklin Delano Roosevelt. Como ya hemos dicho, Stalin se guardó mucho de reservarle al presidente de los Estados Unidos un papel cuando menos formalmente prevalente en la conferencia de Yalta. Y esto es así, en buena parte, porque, si bien con los años el dato que ha terminado por imponerse sobre la segunda guerra mundial fue el enorme sacrificio realizado por la URSS en forma de tropas y pérdidas civiles, en el momento en el que se celebraba la conferencia, la verdad, el dato fundamental que estaba sobre la mesa era el de la impresionante ayuda norteamericana que había recibido la URSS. Más de 2.000 barcos habían transportado 16.000 millones de toneladas de material; y eso que estamos hablando de los que llegaron, aun habría que sumar todos aquellos envíos que “se encontraron con” los submarinos alemanes. Estados Unidos colocó en la URSS 550.000 camiones, 10.000 vehículos de combate, 30.000 motocicletas, 3.000 armones para el transporte de artillería, 2.000 naves a vapor, 2.000 vagones planos, 1.000 vagones cerrados, 120 vagones cisterna; 2,6 millones de toneladas de gasolina; 4,5 millones de toneladas de carne en conserva, azúcar, sal, margarina; sin contar los millones de dólares donados en mobiliario en general y, muy particularmente, mobiliario para los hospitales de campaña. En un determinado momento, se llegó al punto de que una fábrica entera de neumáticos, que tenía la friolera de 20.000 trabajadores, fue desmontada en EEUU y montada en la URSS. Como digo, si Stalin iría ganando con el tiempo el prestigio de haber puesto los muertos para ganar a Hitler, en ese momento el argumento fundamental era que EEUU había puesto el esfuerzo bélico y civil.
miércoles, diciembre 27, 2017
Isabel (11: Jacobo se nos casa)
Atenta la compañía con:
Muy pronto, sin embargo, la reina de Inglaterra habría de encontrar elementos de preocupación más allá del control sobre esos veteranos de guerra que ella consideraba brigands. El Papa Sixto de Roma llevaba tiempo intentando, y la derrota de la Armada no le había parado en lo absoluto, atraer al rey escocés Jacobo a la fe católica. Londres seguía esos movimientos, digamos, filosóficos, con cierta distancia. Pero la filosofía religiosa pasó a ser una amenaza más palpable cuando los espías de Walsingham le informaron de que el duque de Parma estaba elaborando un nuevo plan de invasión de las Islas, esta vez desde una Escocia que de alguna manera recibiría a a los españoles. La oferta para Jacobo era casarse con una princesa española. Esta oferta no llegó muy lejos pero, como veremos ahora mismo, abrió el melón del matrimonio del rey, asunto éste de enjundia.
lunes, diciembre 25, 2017
Isabel (10: Ay, mi Rob... pero mis soldados me la pelan)
Atenta la compañía con:
Para empezar, lo
primero que hay que decir de la Isabel de Inglaterra que regresó de
Tilbury es que estaba acojonada. Las noticias que le habían llegado
sobre la Armada eran las mejores posibles; pero, en verdad, no podía
estar segura de que fuesen ciertas. Así pues, con los barcos
españoles efectivamente dispersados y regresando a España con el
timón entre las piernas, Isabel se parapetó en el castillo de St
James como si todavía estuviese en guerra, y allí permaneció hasta
principios de octubre, sin fiarse demasiado de que hubiera pasado lo
que ahora sabemos sí que había pasado. Sólo entonces regresó a
la, digamos, vida oficial en sus habitaciones de Whitehall y
Greenwich. De hecho el 17 de noviembre, celebración de su ascensión
al trono y que habitualmente se conmemoraba con justas en Whitehall,
tuvo aquel año una dimensión especial. Las campanas de Londres
sonaron al unísono, y todas las parroquias hasta Nonthumberland les
contestaron. El obispo de Winchester organizó una gran misa detrás
de la catedral de San Pablo. La reina anunció que asistiría pero,
finalmente, cambió de idea.
miércoles, diciembre 20, 2017
Yalta (2: las cositas de Stalin)
En este color también tenemos:
No pasaré del Mar Negro
A su llegada a Yalta, el ligeramente mentiroso oficial Houghton se encontró con un problema inesperado: los soviéticos se negaron en redondo a que el teniente Scherbatov, quien, como hemos dicho, era aristócrata de nacimiento, desembarcase en tierra de la URSS. Ésta fue la razón de que Houghton fuese designado jefe de equipo. Al americano, el largo paseo de dos horas que hubo de hacer en jeep, guiado por los rusos, desde Sebastopol hasta Yalta, no le dejó mala impresión. Quien sin embargo estaba con un cabreo que para qué las prisas era Churchill, quien motejaba a la pequeña villa de lugar insalubre.
No pasaré del Mar Negro
A su llegada a Yalta, el ligeramente mentiroso oficial Houghton se encontró con un problema inesperado: los soviéticos se negaron en redondo a que el teniente Scherbatov, quien, como hemos dicho, era aristócrata de nacimiento, desembarcase en tierra de la URSS. Ésta fue la razón de que Houghton fuese designado jefe de equipo. Al americano, el largo paseo de dos horas que hubo de hacer en jeep, guiado por los rusos, desde Sebastopol hasta Yalta, no le dejó mala impresión. Quien sin embargo estaba con un cabreo que para qué las prisas era Churchill, quien motejaba a la pequeña villa de lugar insalubre.
lunes, diciembre 18, 2017
Isabel (9: La derrota, o la victoria, según se vea)
Atenta la compañía con:
Lord Howard, un experimentado marino y más que aseado estratega, tenía ideas diferentes a las de Isabel sobre cómo abordar aquella amenaza. Por ello, le aconsejó a la reina (la cual tuvo la inteligencia de hacerle caso) la transferencia del escuadrón que había sido enviado para patrullar las costas orientales de las islas en la persona de lord Henry Seymour. De esta manera quedó liberado Drake, quien pensaba, como Howard y acertadamente, que la intención de Felipe sería una invasión por tierra del país, en la que la Armada debería lógicamente jugar el papel de escudo de las gabarras que transportaran las tropas de Parma por el canal. Por ello, lo lógico era juntar los barcos al mando de Drake y de Howard (que debía patrullar el oeste del Canal) para repeler esa acción y poder hacerlo, además, a barlovento, esto es, con el viento a favor. Las instrucciones, ya lo he dicho, fueron correctas, aunque Isabel las dio con cierto retraso (no fue hasta abril que Howard las recibió) a causa de la implicación de Burghley, a quien la reina todavía tenía en el congelador a causa de la celada realizada para ejecutar a María, reina de los escoceses.
La situación para
los ingleses, sin embargo, era comprometida. Faltos de adecuada
inteligencia, no sabían cuál podría ser el calendario de la acción
de la Armada. Por la parte española, además, las cosas iban
despacio. Una serie de galernas ocurridas a final de la primavera,
unidas a la lentitud mostrada por algunos de los barcos auxiliares de
la Armada, obligaron a Medina Sidonia a anclar en Coruña. Para
colmo, una violenta tormenta dispersó a la flota, que tardó semanas
en volver a juntarse en el puerto de la ciudad donde nadie es
forastero. Después de ello, el viaje hacia el golfo de Vizcaya y,
después, a lo largo de la costa francesa, fue exasperantemente
lento. Durante estos tiempos, por cierto, la sempiterna y bien
conocida frecuencia de gilipollas en el género humano conspiró para
torturar a los ingleses. Entre los adolescentes del sur costero de
Inglaterra, tocahuevos e imbéciles en general, se tornó moda la
bromita de regresar corriendo de cualquier acantilado gritando que se
veían las velas de los barcos españoles; lo cual acabó provocando
un exilio casi continuado de familias costeras hacia el interior que,
sin embargo, no tenía ninguna justificación porque los españoles,
en realidad, estaban todavía a centenares de millas de poder ser
vistos.
Finalmente, las
primeras velas españolas pudieron verse a las cuatro de la tarde del
viernes, 19 de julio, cerca de las costas de Cornualles. Howard y
Drake estaban realizando reparaciones en Plymouth. Es probable que
algunos de vosotros o todos conozcáis la leyenda de que Drake estaba
jugando a los bolos cuando le llegó la noticia del avistamiento,
pero que decidió terminar la partida antes de ir. No deja de ser una
chulería británica como cualquier otra. Vamos, que es mentira.
El principal
movimiento que provocó la noticia no se produjo en el mar, sino en
tierra. Las milicias regulares, que se encontraban a disposición
desde mayo, fueron reunidas en diversos puntos de reunión que habían
sido previamente fijados, con órdenes de atacar al enemigo desde el
primer momento que pusiera el pie en Inglaterra. Esas tropas fueron
aumentados en unos 800 soldados más, reclutados en las comarcas de
los alrededores de Londres. Fueron colocados al mando de Leicester,
quien los trasladó a Tilbury. Reforzados con 300 soldados más,
fueron encomendados con la labor de atacar u hostigar a los soldados
de Parma si trataban de remontar el Támesis. De hecho, Leicester
extendió a todo lo largo del río, en la zona donde comenzaba a
estrecharse, un cinturón submarino formado de cadenas, cables y
mascarones de barcos ya hundidos, como medida para impedir el avance
de barcos río arriba.
Después de eso,
conforme la Armada se acercaba a la isla de Wight, se produjo la gran
leva, y casi 27.000 efectivos fueron movilizadas hacia Londres a las
órdenes de lord Hunsdon, quien tenía que haber ganado su gloria
defendiendo a la reina de unos españoles que, sin embargo, como
sabemos nunca llegaron.
Hay que decir que
el famoso Giulio cumplió con sus obligaciones y le dio pronta y
puntillosa noticia de todas estas órdenes a Bernardino de Mendoza.
Sin embargo, históricamente el dato es írrito, teniendo en cuenta
que para cuando ese email llegó a El Escorial y lo pudo leer Felipe,
la Armada ya había sido derrotada.
Con las últimas
luces del mentado viernes 19 de julio, las naves inglesas salieron de
Plymouth navegando contra el viento, y en la mañana salieron del
estrecho que lleva el nombre de la ciudad más marinera de
Inglaterra. A las tres de la tarde de ese día 20 tomaron contacto
visual con la flota española. El domingo por la mañana, los
españoles estaban ya a tiro de los artilleros ingleses. En la
batalla que tuvo lugar, los barcos ingleses, que por lo general eran
más pequeños y por ello también más rápidos, consiguieron
superar y dañar a los españoles. Lograron alcanzar su retaguardia,
lo cual redujo notablemente su capacidad de reaccionar.
Medina Sidonia tomó
una decisión que sería largamente discutida y criticada en España
(ya por entonces, había en el país muchos cultiparlantes que sabían
un huevo de batallas navales sin haber entrado jamás en una bañera):
abandonó a uno de sus principales barcos de primera línea, el
Nuestra Señora del Rosario, al mando de Pedro de Valdez. Lo
cierto es que el barco había sufrido una colisión y había perdido
el mástil.
En ese momento,
esto lo sabemos por los informes de Giulio, en Londres el personal
estaba mayormente acojonado. Todo el mundo creía que pronto vería
aparecer desde el río a las tropas españolas. Todo el comercio
cerró y a lo largo de las calles se dispusieron pesadas cadenas
metálicas. Isabel, de hecho, abandonó el palacio de Richmond para
trasladarse a Saint James, mucho más fácil de defender y que,
además, tenía un túnel de escape. Drake, consciente de este miedo,
hizo enviar a Londres a todos los prisioneros españoles (entre ellos
Pedro de Valdez), los cuales fueron paseados por las calles para
popular escarnio pero, sobre todo, para mejorar la moral de los
ingleses.
Además de la gran
batalla del domingo, hubo otra el martes enfrente de Portland Bill, y
aún una tercera el jueves cerca de la isla de Wight. En esta última
el Santa Ana, el barco del segundo comandante de la
expedición, Juan Martínez de Recalde, fue dañado de tal manera por
los ingleses que se tuvo que retirar de la formación para anclar en
El Havre. A pesar de todo lo ocurrido, Medina envió mensajes a Parma
en los que le conminaba a tener listas sus tropas para el embarque en
Dunkerke.
En la última tarde
del sábado 27 de julio, la Armada echó el ancla cerca de Calais,
con los ingleses muy cerca, para esperar noticias de Parma. Cuando
las noticias llegaron, no eran las mejores del mundo: Parma
comunicaba que el acopio y transporte de sus tropas iba como el
huevo, y que cuando menos tardaría otra semana en tenerlas listas.
Peor aun, aunque no os lo creáis, no fue hasta Calais que los
estrategas del ejército de Flandes se dieron cuenta que las barcazas
de transporte, diseñadas para el relativamente tranquilo tráfico
fluvial, probablemente lo harían como la mierda en alta mar. A todo
esto hay que unir que los rebeldes holandeses estaban ayudando a los
ingleses bloqueando lo que podían de su propia costa con barcos de
gran maniobrabilidad.
Con estos negros
presagios en la cabeza, más las inflexibles órdenes del rey español
que, obligando a la flota a proteger las barcazas de Parma sin
intentar ningun desembarco propio, realmente condenaba toda la
operación al fracaso, Medina pasó un domingo más o menos tranquilo
hasta cerca de la medianoche, cuando los ingleses enviaron ocho
barcos ardiendo contra la flota española. La flota española tuvo
que salir de allí a toda prisa, dejando en Calais algunos arcos de
gran importancia que fueron rápidamente saqueados.
Con el viento y la
marea empujando a los barcos hacia el norte, y perseguidos de cerca
por los ingleses, los españoles no podían ni soñar con volver a
Calais. Más aun, una vez en el Mar del Norte, las esperanzas eran
pocas, si alguna, de volver a conectar con las tropas de Parma. Así
las cosas, el lunes 29 tuvo lugar la batalla decisiva, frente a
Gravelinas. Los barcos de Howard y Drake fueron reforzados por los de
Seymour, por lo que ésta fue la primera vez que las dos flotas
completas se enfrentaron (bueno, completas no, porque la española
estaba ya bastante reducidita). En el enfrentamiento artillero,
claramente los ingleses llevaron las de ganar, logrando hundir por lo
menos tres barcos españoles mientras que éstos no consiguieron
hacerlo con ninguno de los ingleses. Los españoles, por otra parte,
sufrieron grandes pérdidas.
A pesar de aquella
derrota, Medina en realidad pensaba que al día siguiente volvería a
enfrentarse a los ingleses. Pero al día siguiente se presentó una
galerna que empujó peligrosamente a los barcos españoles hacia los
bancos de arena de la costa flamenca. El martes, como los vientos
fuesen todavía más fuertes y las olas más altas, tomó una
decisión que sus críticos en España llamarían sarcásticamente
“el viaje de Magallanes”: regresar con la mayoría de la flota
que le quedaba por el Mar del Norte, costeando el norte de Escocia y
la Irlanda occidental. Una decisión que venía a suponer que los
barcos más lentos tendrían que componérselas por ellos mismos.
Isabel recibió las
primeras noticias que olían a derrota de la Armada en Tilbury. Había
ido allí a pasar revista a las tropas de Leicester y, tras esa
ceremonia, estaba empezando a comer en una tienda puesta al efecto en
el campo cuando llegó a uña de caballo George Clifford, conde de
Cumberland (haciendo un chiste fácil se podría decir, pues, que era
un tipo muy salsero). Cumberland le dio noticias de la persecución
de los españoles hacia el norte que había iniciado Howard y que,
una vez que éste se había quedado sin pertrechos, había continuado
Drake. Drake, asimismo, informaba ya del efecto letal que habían
tenido las tormentas sobre la Armada.
Aquel día, en
Tilbury pues, Isabel supo que había ganado la batalla contra su
archienemigo, el rey español; el cual, de forma un tanto cínica,
acabaría diciendo eso de que yo no mandé a mis naves a luchar
contra los elementos; que no deja de ser una forma elegante de
escamotear del análisis la influencia que sobre el desastre de la
Armada tuvieron sus propias decisiones, estratégicamente endebles. Y
aquí es donde la Historia de esta movida termina para muchos
españoles. Lo normal, como digo, es que en España nadie esté
demasiado interesado en saber qué leches ocurrió en Inglaterra
después de la Armada. Un interés selectivo que deja a Isabel
de Inglaterra en muy buena situación. En Tilbury, durante la
revista, había dirigido unas vibrantes palabras a sus soldados que
éstos habían saludado enardecidos; y, tiempo después, había
conocido que no sería necesario el ardor de aquellos hombres, porque
la invasión de Inglaterra había sido emasculada antes de haber
podido ser. Todo bueno, pues.
Pero es que pasaron
unas cuantas cosas más. Muchas,diría yo.
miércoles, diciembre 13, 2017
Mujeres en la Edad Media
La mujer en casa, y con la pata quebrada. Que la civilización occidental y otras tantas no le han dado boleta a las tías es algo que está fuera de toda duda; de hecho, desgraciadamente lo sigue estando a día de hoy, en ocasiones mediante ejemplos flagrantemente escandalosos. No obstante, dentro de este hecho hay un hecho más, que es considerar que en ningún momento estuvo peor considerada la mujer (en Europa) que en la Edad Media. Una idea que proviene de la creencia general (y gilipollas) de que la Edad Media es una etapa de oscurantismo, brutalidad y miseria.
lunes, diciembre 11, 2017
Yalta (1: No pasaré del Mar Negro)
A lo largo del verano de 1944, los
aliados lo vieron claro. Las tropas soviéticas conseguían nuevos
avances, los japoneses registraban sonoras derrotas y el desembarco
de Normandía se producía primero y se consolidaba después. Los más
optimistas apostaban porque Dwight Eisenhower, el jefe de las tropas
aliadas, se tomaría el turrón en Berlín aquella Navidad.
miércoles, diciembre 06, 2017
La independencia griega (y 2)
Este relato tiene una primera toma.
En medio de aquel
problema tan grave, las potencias occidentales comenzaron a buscar
soluciones políticas y Francia, siempre interesada en el área, se
adelantó desarrollando una que, sólo por casualidad, exploraba el
tipo de posibilidad que siempre se les ocurre a los franceses cuando
piensan: poner a uno de ellos al frente del machito. El elegido por
los estrategas de París fue Luis de Orléans, duque de Nemours.
Londres respondió inmediatamente que reaccionaría a esa propuesta
desembarcando en el país y, como diría Javier Clemente, si hay que
dar hostias, se dan.
lunes, diciembre 04, 2017
La independencia griega (1)
Todo o casi todo el mundo que
conozco está al tanto del dato de que Lord Byron falleció en
Grecia ayudando a los helenos en su guerra de independencia contra
los turcos. Este dato, en realidad, puede ser ampliado: Byron, en
realidad, no atendió a una pulsión personal, sino a una cosa que
estaba muy de moda en la Europa de su época. Porque la lucha griega
por la independencia, aunque ahora, casi dos siglos después, haya
perdido su tensión y su fama, fue, en su momento, lo más de lo más
de los sucesos internacionales. Fue, probablemente, el primer hecho
del siglo XIX, lo cual equivale a decir el primer hecho de la
Historia, que provocó eso que llamamos hoy, y a lo que estamos tan
acostumbrados, una corriente internacional de solidaridad. ¿Por qué
fue tan importante? Aquí pretendo responderos a esta cuestión. La
respuesta, en buena parte, es: el genocidio.
miércoles, noviembre 29, 2017
Isabel (8: la paz que no fue)
Atenta la compañía con:
Lo cierto es que, por muy mosqueada que se pudiera encontrar la reina, el ataque a Cádiz por Drake fue todo un éxito. El inglés consiguió infiltrarse en el puerto gaditano haciendo pasar a su flota por navíos franceses u holandeses. En su ataque consiguió hundir o quemar más de treinta barcos españoles y saqueó los almacenes del puerto; algo que le era muy necesario porque la verdad es que llegó a Cádiz casi sin pertrechos. Luego navegó hacia las Azores, a sabiendas de que las islas eran un punto habitual de paso de las flotas del Nuevo Mundo. Allí capturó un premio gordo: el San Felipe, una carraca portuguesa con un rico cargamento de porcelana y tejidos, además de especias.
lunes, noviembre 27, 2017
Trento (epílogo)
Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.
A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.
En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena. La cosa no fue mal hasta que al concilio le entraron ganas de recortar los privilegios del poder temporal. Éste y otros problemas fueron orillados para permitir el avance del concilio, hasta llegar a su cierre.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena. La cosa no fue mal hasta que al concilio le entraron ganas de recortar los privilegios del poder temporal. Éste y otros problemas fueron orillados para permitir el avance del concilio, hasta llegar a su cierre.
Bueno, ya hemos cerrado el concilio de Trento y podemos pensar que hemos vendido todo el pescado de esta serie. Pero, en realidad, no es cierto. Todavía hay cosas que contar. Todavía hay que hablar de las consecuencias del concilio.
miércoles, noviembre 22, 2017
Trento (39)
Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.
A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.
En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena. La cosa no fue mal hasta que al concilio le entraron ganas de recortar los privilegios del poder temporal. Éste y otros problemas fueron orillados para permitir el avance del concilio.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena. La cosa no fue mal hasta que al concilio le entraron ganas de recortar los privilegios del poder temporal. Éste y otros problemas fueron orillados para permitir el avance del concilio.
Pues sí: el conde de Luna dijo "por cierto". De repente, en un entorno en el que todo el mundo esperaba el cierre del concilio y el regreso a casa, el conde de Luna, o sea Felipe II, decidió renovar su oposición a las cosas y, de hecho, lo hizo casi con más virulencia que nunca.
lunes, noviembre 20, 2017
Trento (38)
Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.
A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.
En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena. La cosa no fue mal hasta que al concilio le entraron ganas de recortar los privilegios del poder temporal.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena. La cosa no fue mal hasta que al concilio le entraron ganas de recortar los privilegios del poder temporal.
Los legados habían esperado claramente que aquella concesión, que aplazaba el debate sobre los presuntos recortes del poder temporal, supusiera aceite lubricante para el resto de los artículos de la reforma, que por lo tanto se podrían aprobar al gusto de Roma. Sin embargo, no fue así; y si no lo fue, ello sólo se puede atribuir al celo y la continuidad (impasible el ademán) de los españoles.
lunes, noviembre 13, 2017
Trento (37)
Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.
A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.
En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena.
En cuanto el Papa tuvo en la buchaca al emperador y a la corona francesa, como es lógico se sobró y llegó a la conclusión de que añadir a la sala de trofeos el busto del rey español era sólo cuestión de tiempo. Al fin y al cabo, de sus tres puntos de referencia, el más intensamente religioso, y eso quiere decir católico, era Felipe. La cosa, pues, estaba chupada.
miércoles, noviembre 08, 2017
Isabel (7: las consecuencias de un regicidio)
Atenta la compañía con:
Las noticias de la ejecución y muerte de María Estuardo viajaron muy deprisa. Burghley y Hatton lo supieron antes de que hubieran pasado 24 horas. Châteauneuf, el embajador francés, lo sabía a eso de las doce de la mañana del día siguiente; y el tañir de campanas y los fuegos artificiales comenzaron en Londres a eso de las tres de la tarde. Estaba ya bien entrada la tarde cuando Burghley fue a ver a la reina para informarla de que su prima estaba muerta; aunque es muy difícil pensar que para entonces no lo supiera ya por las gentes de palacio. Isabel dejó escapar un gran suspiro, pero afectó indiferencia.
lunes, noviembre 06, 2017
Isabel (6: juicio y ejecución)
Atenta la compañía con:
En la carta a
Babington, una de las cosas que haría María era preguntar cómo
pensaban los seis caballeros proceder para matar a Isabel. Esa
pregunta fue su perdición porque por medio de la misma quedaba claro
que ella avalaba el proyecto de magnicidio. Apenas horas después de
haber escrito y enviado la carta, ésta estaba en manos de Phelippes,
quien dio un salto de alegría cuando descifró esa pregunta.
Automáticamente, bautizó la carta como the bloody letter.
miércoles, noviembre 01, 2017
Isabel (5: Anthony Babington y María, reina de los escoceses)
Atenta la compañía con:
Una reina acosada
El asesinato de Guillermo de Orange y sus consecuencias
Leicester en Holanda
Ralegh y el informe Hakluyt
El asesinato de Guillermo de Orange y sus consecuencias
Leicester en Holanda
Ralegh y el informe Hakluyt
En la primavera de
1584, algunas semanas antes del encuentro con la reina, Ralegh había
enviado a dos experimentados marinos: Philip Amadas y Arthur Barlowe,
a una expedición de reconocimiento que recorrió la costa cercana de
lo que hoy conocemos como Carolina del Norte; un área que los
ingleses ya conocían como Virginia, precisamente en honor de su
reina. Fue esa expedición la que regresó a Inglaterra con los dos
indios que le fueron mostrados a Isabel. El relativo éxito de
aquella expedición, unido a la proclividad mostrada por la reina en
la reunión con Hakluyt, movió a Ralegh a comenzar a pensar en una
colonización a gran escala de Norteamérica, por lo que comenzó los
preparativos logísticos para tal serie de expediciones.
lunes, octubre 30, 2017
Trento (36)
Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.
A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.
En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia.
El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia.
La discusión comenzó y se atoró ya en el primer canon, a la hora de decidir sobre la elección de los obispos. Lorena capitaneó toda una línea de opinión que abogaba por retirar completamente al Papa del proceso electivo. Los debates subieron de tono al llegar al cuarto canon y el asunto de los obispos titulares, a los que Lorena llegó a apelar de “monstruos”.
miércoles, octubre 25, 2017
Trento (35)
Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.
A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.
En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.
El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.
Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.
En el concilio, la llegada de Morone supuso el reinicio de los trabajos que se habían interrumpido durante cuatro meses. El legado presidente llegó con ganas de coger el toro por los cuernos, y por eso decidió empezar por el tema que más estaba envileciendo los debates: la naturaleza divina del compromiso episcopal. Decidió comenzar a discutirlo mediante conferencias particulares con cardenales, embajadores y algunos otros padres conciliares de especial importancia. Pronto comenzaron a producirse las escenas de debate casi violento, o sin casi, como los que se produjeron entre franceses e italianos durante las discusiones del octavo canon, dedicado a la prelación papal.
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