jueves, septiembre 15, 2016

Trento (1)

Hace tiempo que quería plantearme escribir la Historia de la contrarreforma católica y, muy especialmente, el Concilio de Trento. La verdad, es un pedazo de la Historia de Europa que me apasiona de forma especial, y que de hecho encuentro verdaderamente interesante. Hay momentos históricos que presentan perfiles especialmente intensos, y la Contrarreforma es uno de ellos. Pocas veces antes, y pocas veces después, ha estado Europa tan sometida a tensiones y críticas en una situación tan dividida. La Contrarreforma es la responsable de que muchas cosas en nuestras vidas sean como son, por mucho que nosotros, con ese narcisismo contemporáneo de quien cree que todo lo que no ha ocurrido el mes pasado no tiene importancia para su vida, creamos que ésos son tiempos rancios que no nos conciernen. 

Lejos de ello, el siglo de Trento tiene muchas cosas que hoy tenemos por modernas: ruptura sistémica, desarrollo de nuevas soluciones, conflictos diplomáticos larvados en los cuales las partes pasaban de amigas a enemigas con gran facilidad... En realidad, estamos hablando de unos tiempos más modernos de lo que creemos. En última instancia, ya sabes: es mi blog, y eso quiere decir que escribo sobre, literalmente, lo que me apetece.

Ponte cómodo. El viaje será largo, porque hay bastantes cosas que contar.


Estamos en el siglo XVI. Un siglo complejo y convulso que, por ejemplo, a nosotros los españoles nos dejó en herencia buena parte del sentir pesimista, a veces dramático, a veces humorístico, que nos caracteriza. Apenas unas décadas después de haber reconquistado nuestra tierra al infiel, descubrimos que la propaganda de aquella campaña de siglos (como le pasa a toda propaganda) nos había prometido un mundo unicornial que, la verdad, no tenía nada que ver con la mierda de mundo en la que estábamos viviendo. Éramos un Imperio en el que nunca se ponía el sol que, sin embargo, no por eso dejaba de estar petado de lameculos, inútiles, gente inmensamente pobre, problemas enquistados, cosas que nunca funcionaban... vamos, lo que ha venido siendo España desde que existe el mundo mundial. A lo mejor entonces ya nos dio por admirar a nuestros vecinos, aunque lo más probable es que ni siquiera fuese así; pero, en todo caso, lo que desde luego es cierto es que el sentimiento que teníamos nosotros, lo tenía toda Europa. El continente, digámoslo en expresión científica historiográfica, estaba hecho una braga.

De todas las cosas e instituciones que merecían en aquellos tiempos la crítica general y eran denostadas en cualquier tertulia ocasional, ninguna lo era más que la Iglesia. Si hay una imagen de aquellos tiempos renacentistas que es mentira mentirosa, ésa es la del pueblo profesando sumisión a la institución eclesial. La etapa de los papas de Aviñón, años durante los cuales los sumos pontífices se habían revelado sin ambages como seres abyectos, corruptos, egoístas y a los cuales el Sagrado Corazón de Jesús se les daba una puta higa, había dejado su huella en el sentir de la sociedad europea. De todo esto la Iglesia tenía mucha culpa. Ya en el siglo XI, Gregorio VII había alzado su voz contra la simonía y otras corruptelas eclesiales, pero la verdad es que la institución no había hecho nada para resolver aquellas escandalosas realidades. Lejos de ello, lo que los papas habían hecho, en lugar de luchar contra la corrupción, es hacerla suya. Mediante un proceso sutil pero continuado, el papado había ido haciéndose con los privilegios de designación de las dignidades episcopales y monásticas. Los capítulos de catedrales o de las órdenes monacales fueron, paulatinamente, perdiendo sus soberanías en favor de un señor vestido de blanco que todo eso lo quería, simple y llanamente, para hacer business. La grey episcopal, situada inmediatamente debajo del santo guardián del puente, estaba teóricamente llamada a servirle de contrapeso y a forzarle incluso a tomar el correcto gobernalle de la nave; pero lo cierto es que los obispos, lejos de combatir los malos hábitos de su Papa, los imitaban.

Igual que la mierda llama a las moscas, una Iglesia venal en la que se medraba mucho más vendiendo y comprando que rezando jaculatorias era un colosal efecto llamada para todos los zafios de Europa. Son estos años, en mayor medida que los de la Edad Media (ay, cuántos errores auténticamente renacentistas se le imputan a la Edad Media...), los que ven entrar al servicio de las grandes iglesias, y en el claustro de los monasterios, a un ejército de logreros, de puteros, de ladrones, de zafios, de hijos de la gran puta.

Una práctica era entonces común que fomentaba la corrupción entre los altos escalones de la dignidad eclesiástica: a pesar de que los cánones lo exigían con claridad, en el siglo XVI se incumplía, sistemáticamente, la obligación de todo titular de un empleo eclesiástico de vivir en el mismo lugar donde dicho empleo tenía sede. Así las cosas, se podía, sin problema, ser obispo de Segorbe, pero vivir en Valladolid, o en Roma incluso, cobrando las rentas de las fincas adscritas a la sede administrada, pegándose la gran vida, y sin siquiera oír una triste confesión, no digamos, ya, asistir a un pobre feligrés enfermo.

La mayoría de los párrocos apenas predicaba, y los obispos eran rara avis en los púlpitos; en los de su sede titular, normalmente, no se les había visto nunca. Se diría, de alguna manera, que la Iglesia renacentista europea había dejado de creer en Dios, y se había convertido en un cotolengo de funcionarios de la Salvación. Mucho mejor que yo lo contó todo, ya en el siglo XIV, un español hoy olvidado, Álvaro Pelagio, en su escandalosa obra De Planctu Ecclesiae. Su lectura es muy divertida. Y se puede hacer en la red, por la jeró. En el siglo XV, un cardenal de la Iglesia, Julio Cesarini, llegaba a admitir en una carta al Papa que los excesos de la Iglesia eran tan escandolosos, que los ataques de ateos y husitas contra la misma tenían justificación. El Papa Adriano IV escribió: “no hay entre nosotros ni uno solo que no haya pecado” (esta frase ha quedado bien impresa en la metodología papal; si os fijáis, cada vez que un nuevo Papa se sube al solio, casi lo primero que hace es declarar que él sólo es el primero de los pecadores del mundo). En 1538, apenas unos años después del grito de Adriano, el Papa Pablo III forma una comisión de cuatro cardenales y cinco prelados para que estudien vías de reforma que eviten el escándalo; comisión que naufragará, como muchas otras.

El Renacimiento, además, es tiempo de pasta. El mundo se hace algo más pequeño, el comercio con Oriente se anima, y eso hace que aparezca la figura del burgués acomodado. Dinero llama dinero; dinero genera, en no pocos casos, cultura, cultivo intelectual. La Iglesia acusará el golpe, pues algunos de los poderosos que en siglos anteriores han sido su báculo indubitable, ahora se han apartado de ella y se dedican, ahí es nada, a pensar por sí mismos.

La Iglesia, en todo caso, lo intentó. Hasta tres concilios ecuménicos celebró con la reforma general de la institución en la cabeza. Son las citas de Pisa, de Constanza y de Basilea. En los concilios se hablará de reformas; pero es que las normas de la Iglesia dicen claramente que nada de lo que hablen los concilios sirve si no cuenta con la aprobación del Papa, y lo cierto es que los papas son los primeros beneficiarios del estado de corrupción que las reformas pretenden eliminar. La reforma de la Iglesia, por lo tanto, viene a consistir en que su cabeza, el primero de los sacerdotes, se dispare en el pie.

La indiferencia papal, cuando no la oposición cerril, hará descarrilar estos intentos, hasta llegar a convencer a aquéllos de entre los hombres de la Iglesia que creen en su necesidad de que nunca lograrán impulsarlos en el seno de la institución católica: ahí esta el germen de lo que conocemos como reforma protestante.

La Iglesia católica, en efecto, ganó en Pisa, Constanza y Basilea; ganó, para perder. Dando la espalda a una reforma desde la propia institución, dio alas a una oposición cerril que pronto encontraría oídos interesados entre notables que buscaban modificar la relación de fuerzas geopolíticas en el continente. En poco tiempo, el orgulloso papado habrá de ser testigo de cómo, en Bohemia y en Moravia, se firma un tratado de paz que admite formalmente la herejía husita. Los sacerdotes de estas zonas rechazan cualquier tipo de autoridad papal; lo que es peor, las nuevas ideas se extienden como la pólvora por ese territorio que hoy llamamos Alemania, caldero fundamental para entonces del Sacro Imperio, esto es la gran obra de Dios.

Todo comienza con las presiones generadas por el rebrote del misticismo. En efecto: algunos creyentes, ante el espectáculo cínico e interesado de la institución eclesial, reaccionan buscando la esencia, la verdad, el Amor de Dios. Surge en Alemania el grupo de Los Amigos de Dios, liderado por Nicolás de Basilea y Jean Ruysbrock, que predican esa unión personal e intensa con su Padre. En los Países Bajos, Gerard Groot funda, con parecidos principios, la Congregación de los Hermanos de la Vida en Común. En todas esas marmitas ya está burbujeando el protestantismo, basado en la lectura personal de la Biblia y en una experiencia de creencia mucho más personal.

Poco a poco, estas creencias se enfrentan con la Iglesia; pero es que, además, la Iglesia apenas tiene fuerzas para contestarlas. Roma está viviendo su propia lucha contra las tensiones internas generadas por el humanismo, por el espíritu del Renacimiento. Eugenio IV, acorralado por el concilio de Basilea y necesitado de buenas contrarréplicas, comenzará a llamar a eruditos a Roma. Nicolás V, que lo sucede, tendrá a su lado a uno de los más afamados humanistas de su tiempo, Tomás de Sarzana, y construirá algunos de los primeros edificios renacentistas de la Roma papal, amén de fundar la Biblioteca Vaticana (gracias, Nico).  Pío II, que sucede a Nicolás, ni siquiera es sacerdote de vocación temprana; de hecho, es un Papa que ha sido padre de varios niños antes de ordenarse. En sus escritos imita a Cicerón y tiene a sueldo en Roma a un ejército de centenares de eruditos, que organizan en el mismo Vaticano una academia platónica. Después de él, León X, ese Medicis de carácter proclive al cachondeo, se hace representar a Plauto en el mismo Vaticano. La cultura entra a raudales en el Vaticano, pero también entra con ella, como ya he dicho, el descreimiento. Lutero arderá de ira cuando se enfrente a esos clérigos cínicos y voluptuosos, que en plena misa son capaces de burlarse de los ritos que están pronunciando, en una situación que alcanza, probablemente, su peor momento con el pontificado de Alejandro VI, ese Borgia que, cada vez que se encontraba con un pecado, por pequeño que fuese, no dudaba en cometerlo.

Éste es el legado que ha dejado la Iglesia a principios del siglo XVI, cuando Lutero en Alemania y Zwinglio en Suiza se montan el 15M de la fe. La revuelta triunfa con una rapidez que, probablemente, ni sus instigadores esperaban. La paz de Nuremberg de 1532 otorga ya a los protestantes alemanes libertad para predicar; ellos lo hacen, y el 90% de los alemanes les escuchan. En Suiza, la muerte de Zwinglio en la batalla de Cappel (1531) frenará las cosas; pero no a tiempo para impedir la penetración protestante en los grandes centros urbanos del país. En Dinamarca y Noruega, son los reyes los que imponen una reforma que a sus súbditos, la verdad, no les convencía mucho. Islandia también se pasa al enemigo. Gustavo Wasa, que acaba de librar a Suecia del yugo noruego, favorece la reforma para no malquistarse con su enemigo; en 1527, la dieta de Westeras elimina el catolicismo en el reino. Finalmente, nos queda Inglaterra, donde la acción política, en modo alguno teológica, del rey Enrique, separa a la isla de Roma.

Cualquier relación seria de fuerzas que se realice sobre la Europa de principios del siglo XVI nos dejará bien claro que, en términos de poder sobre el territorio y de número de soldados, la resistencia a la Reforma contaba con medios muy importantes. Sin embargo, el problema fundamental seguía siendo la división dentro de la propia Iglesia. Unida a otro factor importante, y es la miopía que demostró esa propia Iglesia (y los Estados que la dominaban políticamente) a la hora de elegir consejeros-delegados que entendiesen lo que estaba pasando. En efecto, uno de los grandes problemas del Vaticano durante aquellos años duros fue tener inquilinos que se resistían a darse cuenta de la magnitud del problema y de la consecuente necesidad de presentar un frente católico unido. El papa Clemente VII, que lo fue entre 1523 y 1534, es un buen ejemplo de alienación de la realidad. A Clemente no le preocupó ni poco ni mucho la lucha contra el luteranismo; él, en realidad, todo en lo que estaba centrado era en la conservación de los Estados Pontificios, objetivo que vestía de tenue nacionalismo italiano. Esa defensa de Italia como realidad propia lo enfrentó a su principal aliado católico, Carlos V. La lucha planteada en Italia contra el emperador es una razón fundamental de que éste redujese el apretón en Alemania, dando alas a los luteranos. Carlos, en todo caso, acabó por derrotar a la alianza estratégica formada por el Papa y los franceses; fue, de hecho, tras esa derrota, y para mostrar un buen gesto ante Carlos, que el Papa se negó a aceptar el divorcio del rey inglés con Catalina de Aragón, lo cual como sabemos disparó la defección anglicana.

Algún tiempo más tarde, sin embargo, y porque la cabra tira al monte, Clemente buscó formar una nueva entente antiimperial; y para ello, además de buscar la ayuda de Francisco I de Francia, no dudó en aliarse con los protestantes alemanes. El resultado de esta alianza, por así decirlo, contra natura, es la Paz de Nuremberg, que disparó la difusión de la Reforma en Europa.

Pablo III, sucesor de Clemente, es un personaje tan discutido y discutible como lo es el propio Renacimiento en cuyo caldo se había cocido. Era amigo de la erudición y de hecho petó el vaticano de sabios humanistas. Pero, al mismo tiempo, era persona absurda y, se diría, medievalmente supersticiosa. Pablo III era como esos tipos que hoy se encuentra uno en cualquier lugar donde conozca gente nueva, que antes de preguntarte en qué trabajas o dónde naciste, te preguntan de qué signo astrológico eres. Creía en los días fastos y nefastos y otra serie de simplezas bastante poco edificantes en un vicario de Dios. En lo que nos atañe, sin embargo, Pablo tenía la inteligencia que le faltaba a Clemente para entender que eran tiempos jodidos para la Iglesia, y que hacía falta abordar reformas. Sin embargo, en la práctica tampoco hizo gran cosa, pues su principal preocupación no era esa. Su principal preocupación era consolidar el poder de la familia Farnesio, a la que pertenecía, en el Vaticano; no se olvide que Pablo tenía descendientes directos, por lo que estaba obligado a mirar.

Si todo el mundo, pues, esperaba que al cisma luterano se contestase con una reforma católica de arriba a abajo, todo el mundo se quedó esperando. En esas circunstancias, sólo había dos opciones: o bien que la Iglesia católica hubiese implosionado y en consecuencia desaparecido; o bien que, a falta de reforma de arriba a abajo, se produjese de abajo a arriba. Esto segundo es lo que ocurrió, y es lo que hace de la Contrarreforma un momento histórico especialmente fecundo y, diría yo, valiente.

Empecemos a contar esto. Y empecemos por los camaldulenses.