jueves, enero 12, 2012

Franco y el imperio japonés (y 2)


Fue el hecho de que el cuñadísimo le hubiera intentado echar un órdago a Franco, lo que determinó su salida del Gobierno el 1 de septiembre de 1942. Aun así, en una situación en la que la victoria del Eje tardaba en llegar, a los japoneses les habían dado un varapalo severo en Midway y España era cada vez más dependiente de  los suministros norteamericanos, Franco debió de ver con satisfacción la llegada al Ministerio de Asuntos Exteriores del Conde de Jordana, un conservador sin grandes ambiciones y al que no le ponía tan cachondo lo de la unidad de destino en lo Universal.

A partir del acceso de Jordana al Ministerio de AAEE, la política exterior española se volvió más genuinamente neutralista, dejando atrás el invento de la “no beligerancia”. Se buscó el acercamiento a otros países neutrales como Portugal, Suiza o la Santa Sede y se empezaron a hacer guiñitos a los Aliados, tanto más insistentes, cuantas más batallas iba perdiendo el Eje. Había en la manera de proceder de Jordana algo del genio maniobrero del difunto Francisco Fernández Ordóñez, que logro transitar de la UCD centro-derechista al izquierdista PSOE a base de pequeños pasitos casi imperceptibles. Algo parecido hizo Jordana, quien comentó al Duque de Alba la necesidad de una “política cautelosa que fuera introduciendo cambios, sin anunciarlos previamente a ninguno de los beligerantes, pero cuyo resultado fuera la neutralidad final.”

Los cambios en la relación con Japón fueron produciéndose casi imperceptiblemente. Al principio las redes del espionaje en favor de Japón siguieron funcionando, pero ya no eran fomentadas por el propio Ministro, sino que Jordana se limitaba a mirar para otro lado y no quererse enterar. A diferencia de Serrano Súñer, Jordana no temió crear contenciosos allá donde había problemas genuinos en las relaciones bilaterales, en lugar de barrerlos debajo de la alfombra. Por ejemplo, no dudó en protestar en octubre de 1942, cuando los japoneses le retiraron al español el carácter de lengua oficial en Filipinas.

Rodao dice que con Jordana la política con respecto a Japón sirvió de banco de pruebas para el acercamiento a los aliados. La Alemania nazi y la Italia fascista contaban con muchas simpatías en el régimen y se encontraban amenazadoramente cerca. En las relaciones con ellas los experimentos había que hacerlos con gaseosa. En cambio, Japón estaba muy lejos y, caído Serrano Súñer, no contaba con verdaderos simpatizantes en el país. A esta cambio de percepción se unió la constatación en desde finales de 1942 de que Japón estaba recibiendo muchas más tortas que las que recibía y que no entraría en guerra con la URSS. Y por si fuera poco, de pronto los gobernantes españoles se acordaron de que eran blancos, cristianos y occidentales como los enemigos de esos japoneses que no dejaban de ser unos tíos un poco raritos.

La legación de Japón en Madrid se daba cuenta de que pintaban bastos e hizo un intento a mediados de 1943 porque las relaciones se elevasen al nivel de embajadas. Tokio dio el visto bueno, pero Madrid no quiso saber nada del asunto. El informe que apoyaba que se rechazase la solicitud japonesa, utilizaba como argumentos los siguientes: 1) El escaso contenido de las relaciones políticas y lo nulo de las comerciales; 2) La representación de los intereses japoneses ante terceros países entorpecía la orientación española hacia la neutralidad; 3) Los españoles en Filipinas no habían recibido un trato conforme a una relaciones supuestamente amistosas; 4) El no reconocimiento de su pleno status al Cónsul español en Manila. El informe no se anda con pelos en la lengua: las relaciones con Japón cuentan tan poco que podemos dejarlas caer con facilidad en aras de un mejor entendimiento con los Aliados. El informe también reconoce la insatisfacción española por la falta de respeto japonés hacia sus intereses en Filipinas.

El declive del Eje complicaba la situación internacional de España. Fue entonces cuando a Franco se le ocurrió la brillante idea, que expuso al Embajador británico, de que en realidad se estaban disputando tres guerras: una entre los Aliados y el Eje, otra entre Alemania y la URSS y una tercera en el Pacífico. En la primera España era neutral e incluso veía con simpatía a los Aliados; en la segunda, España estaba expectante, ante el temor de que la victoria de la URSS supusiese la comunistización de Europa; en el Pacífico, España deseaba la victoria de los Aliados. Muy hábil y muy jesuítico, pero no coló.

Rodao destaca justificadamente el Incidente Laurel que ocurrió en el otoño de 1943. Viendo la derrota cada vez más cercana, los japoneses intentaron ganarse las simpatías de los pueblos asiáticos que habían conquistado. En lugar del gobierno directo por los japoneses, establecieron gobiernos títeres al estilo del que existía en Manchukuo desde los años 30. La estrategia era bastante burda, pero los japoneses confiaban en que los nuevos gobiernos pudieran conseguir credibilidad si los países neutrales los reconocían. En Filipinas el gobierno títere tuvo a su frente a José Paciano Laurel. España simpatizaba con la idea de unas Filipinas independientes, pero no le gustaba que esa independencia hubiese llegado de la mano de los japoneses y existía el temor de que su reconocimiento pudiera incomodar a EEUU.

El Conde de Jordana envió un telegrama en el que se la cogió con papel de fumar. Acusó recibo del telegrama que le había enviado Laurel, exaltaba los lazos entre ambos países y echaba balones fuera. Pero los telegramas diplomáticos los carga el diablo y cuanto más sensibles, más posible es que se cuele una errata de bulto. La errata en este caso fue que iba dirigido a “S.E. el Sr. D. José P. Laurel. Presidente República Filipinas” y que el remitente era el “Conde de Jordana, Ministro de Asuntos Exteriores de España.” Eso bastó para que los medios del Eje lo presentasen como un reconocimiento español de la independencia de Filipinas.

El tema fue aireado por los medios norteamericanos que se lo tomaron fatal e iniciaron una campaña antiespañola. El Departamento de Estado era consciente de cuál era la verdadera posición española y de que en el asunto había habido más de torpeza que de animosidad. No obstante, entendió que podía servir de palanca para poner nervioso al régimen franquista y lo utilizó para obtener concesiones. Las dos que más les interesaban y que acabaron consiguiendo fueron el embargo de las ventas de wolframio a Alemania y la restricción a las actividades de los agentes del Eje en Tánger.

Para mediados de 1944 ya estaba claro que los Aliados ganarían la guerra. Desgraciadamente, justo cuando era más necesario, el Conde de Jordana murió el 3 de agosto de 1944 en un estúpido accidente de caza. Su sucesor fue José Félix de Lequerica, al que le faltaba la sutileza de Jordana. Rodao afirma que a Lequerica se le nombró Ministro de AAEE por una carambola: había sido el Embajador de España ante la Francia de Vichy y había que sacarle de allí de alguna manera un poco digna, antes de que llegasen las tropas aliadas y le sacasen a gorrazos.

Cuando Lequerica asumió los mandos del Ministerio, el objetivo que se quería conseguir estaba claro: el acercamiento a los Aliados, aunque a esas alturas del partido Franco aún pensaba que la guerra podría terminar con una paz honrosa para los alemanes que dejase en pie al régimen nazi. El manejo de la relación con Japón como manera de aproximación a los Aliados también estaba claro. Pero a Lequerica le faltó el gradualismo y la finura de Jordana en el manejo de los tiempos en el deterioro buscado de las relaciones con Japón. Se comportó más como un toro en cacharrería. Y con su falta de finura, perdió de vista algo que Jordana había intentado defender: los intereses de España y de la comunidad española en Filipinas. Para Lequerica,- y seguramente no era el único-, lo esencial, casi lo único ahora, era la supervivencia del régimen franquista en la postguerra.

Rodao saca a colación una interesante circular para los medios de comunicación que Lequerica emitió el 16 de agosto de 1944 con el título “Orden y orientaciones sobre la situación de la guerra y la conducta española, con especial referencia a la lucha en el Pacífico. Contra la política japonesa de signo anticristiano y antioccidental.” La circular empezaba señalando que la visión española de la vida es la “concepción cristiana y occidental”. La vinculación con los países hispanoamericanos, la alianza de éstos con EEUU y la amistad sostenida de España con dicho país (resulta interesante hablar de amistad sostenida con EEUU, cuando el 7 de diciembre de 1941 Lequerica mató el pavo que había estado cebando para el día que ganase el Eje, para celebrar el ataque japonés a Pearl Harbour) hacen que la preferencia de los medios españoles “no vaya nunca a favor de una potencia asiática y en detrimento de una potencia occidental.” La nota también pone la posición española al diapasón de la portuguesa. Portugal también era una dictadura, pero una que había mantenido una neutralidad favorable a los Aliados durante toda la guerra. El régimen de Franco estaba intentando ver si colaba que los españoles eran como los portugueses. No coló. Un último punto interesante de la circular es que del Pacto de No Agresión entre Japón y la URSS saca unas conclusiones curiosas: se trata de una connivencia entre dos imperios asiáticos taimados que es “una hábil trampa para todos los pueblos europeos o de procedencia europea. Existe de hecho una amistad ruso-japonesa, a pesar de la filiación de estos países en la lucha entablada.”

Allá donde en 1942 se vilipendiaba a EEUU por haber tratado de borrar la huella hispana en Filipinas y se confiaba en su recuperación bajo la ocupación benévola de los japoneses, en 1945 el propio Franco le hablaba al Embajador norteamericano de “su magnífica opinión sobre la forma en que los Estados Unidos habían tratado a los ciudadanos y bienes españoles en las Filipinas durante el período de la ocupación americana” y añadía en plan pelota: “Otro pueblo joven [EEUU], lleno de intrepidez y técnicas nuevas, llegó aquí para sustituirnos. Bajo su mundo nuestras escuelas permanecieron inalteradas [ mentira y seguramente Franco lo supiera, pero había que mantenerse en el machito] y los grandes basamentos de la civilización filipina que allí quedaron no fueron quebrantados en lo sustancial.”

El terreno se estaba preparando para romper relaciones con Japón e incluso declararle la guerra y la idea se sopesó a finales de 1944. No obstante, Rodao indica que hubo tres factores que hicieron que no ocurriese. España, que no las tenía todas consigo, prefería hacer lo que Portugal hiciese y Portugal optó por no declarar la guerra. En segundo lugar, se temían los efectos de una ruptura de relaciones sobre los intereses españoles en Filipinas. Finalmente estaba la propia personalidad de Franco, que prefería mantenerse a la expectativa. Mientras que esa actitud en 1940 fue positiva, porque impidió que apostase al caballo perdedor, en 1944 le costó muy caro. A finales de 1944 la España franquista hubiera podido rentabilizar una declaración de guerra a Japón. Cuando el tema se abordó más en serio en la primavera de 1945 la ventana de oportunidad se había cerrado y los Aliados casi preferían no contar a su lado con un socio tan oportunista y desagradable.  

La liberación de Manila en febrero de 1945 y la masacre de la comunidad española que la acompañó representaron un shock para la España franquista. Lequerica pensó que había llegado el momento de declarar la guerra a Japón y se puso a hacerles guiñitos cómplices al Reino Unido y a EEUU. Ni uno ni otro vieron la iniciativa española con ninguna simpatía. Se nos había visto demasiado el plumero. Varios expertos estadounidenses que consideraron el tema señalaron que el beneficio militar de la aportación española sería prácticamente nulo, mientras que el engorro político de tener como aliado a un régimen fascista sería considerable. A la desesperada España llegó incluso a sugerir el envío de una División Azul marina. La visión del General Muñoz Grandes en bañador y con manguitos debió de atragantárseles a los Aliados, que nunca se la tomaron en serio.

El 11 de abril de 1945 finalmente el régimen franquista rompió relaciones diplomáticas con Japón, utilizando el pretexto de las matanzas de Manila. Tanto japoneses como Aliados anticiparon que España declararía la guerra inmediatamente después. Pero el globo se deshinchó. España nunca llegaría a declarar la guerra a Japón.

Rodao apunta a varios motivos para esa no declaración de guerra. El primero fue temporal. El mismo día que España rompió relaciones diplomáticas con Japón, murió Roosevelt. Roosevelt y su entorno hubieran podido estar más predispuestos a darle árnica al régimen franquista; con Truman, su sucesor, era otra historia. Por otra parte, el régimen nazi en Europa estaba dando sus últimas boqueadas. Ya apenas le quedaban tres semanas de vida. El intento de cambiar de chaqueta en el último instante se notaba demasiado. Franco había esperado demasiado para declarar la guerra a Japón. El segundo fue de política interna. Muchos dentro del régimen estaban en contra de la declaración de guerra. El argumento esencial es que ya era fútil, se trataría de una medida sin valor moral ni práctico.     

En las postrimerías de la II Guerra Mundial, el régimen franquista intentó hacerse perdonar su pecado original de no ser fascista mediante el recurso a la geopolítica: soy tu aliado frente a los paganos y crueles japoneses. Se le vio el plumero y no funcionó. Siguieron años de aislamiento y de confiar en que la bendita geopolítica viniera al rescate. Esto ocurriría finalmente en 1953, cuando la lucha contra el comunismo, le proporcionó al franquismo la hoja de parra que necesitaba para no dar el cante en la comunidad de naciones.

martes, enero 10, 2012

Franco y el imperio japonés (1)

Publico hoy en el blog, de forma paralela al de Tiburcio, el primer capítulo de dos que ha escrito el proboscídeo sobre un tema verdaderamente interesante y bastante poco conocido, que es la relación del franquismo con el Imperio japonés. Uno de estos días, según las previsiones, me voy a pasar por el zoo para visitar a Tiburcio, que al parecer ha logrado esquivar a una recua de elefantas que lo venían procurando desde hace meses. Así pues, es posible que pronto se nos ocurran más polladas para ambos blogs.

Tiburcio y yo tenemos el acuerdo de que todo lo que yo escribo que habla de Asia se publica en su blog, y todo lo que él escribe que toca la Historia de España (broadly considered) tiene cabida aquí. 

Bueno, os dejo con él.

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Franco y el imperio japonés. By Tiburcio Samsa

En un país que confunde a los chinos con los japoneses y que todo lo que sabe de Thailandia es que hay masajes guarros, escribir sobre Asia constituye todo un desafío. Ese desafío se convierte en salto mortal si encima uno escribe sobre temas arcanos. El investigador Florentino Rodao ha afrontado ese reto escribiendo “Franco y el Imperio japonés” o la historia de cómo un intrépido caudillo que no había pasado de Tetuán afrontó las relaciones con el Imperio del Sol Naciente durante la II Guerra Mundial.

Desde comienzos del siglo XVII, cuando quedó en evidencia que Filipinas no se convertiría en el trampolín desde el que España saltaría a Asia, sino que sería nuestra última colonia americana, España perdió todo interés por Asia. Tras el desastre del 98, España terminó por asumir que Hernán Cortés quedaba muy lejos y que a lo más que podía aspirar era a un mini-imperio de andar por casa y que no quedase muy lejos: el Rif, el Sahara y Guinea Ecuatorial. Fuera de eso quedó una vinculación más sentimental que práctica con el mundo hispano, en el que se englobó también a Filipinas.

La ignorancia española de Asia en las tres primeras décadas del siglo fue clamorosa. España sólo tenía un consulado, el de Manila, y dos embajadas en la región, la de Tokio y la de Pekín, y aún se estaba preguntando si no debería cerrar una de las dos. El Embajador de España en Pekín se permitió informar a sus superiores de que los chinos eran “450 millones de macacos cortados por el mismo patrón, o mejor dicho, el mismo muñeco de celuloide repetido 450 millones de veces” y no pasó nada.

Japón se escapaba un poco de este desinterés. En 1868 tanto España como Japón habían sufrido sendas revoluciones. Ahí terminaban los parecidos. Cuarenta años después, España seguía siendo un país de tercera, mientras que Japón había derrotado al imperio ruso, se había labrado un imperio colonial y comenzaba a hablarles a las grandes potencias de tú a tú. La imagen de un país que había aunado tradición y modernidad resultaba muy seductora para las élites conservadoras españolas. El samurái valeroso y abnegado y la geisha refinada y delicada se convirtieron en las dos imágenes predilectas de Japón. O sea que le hicimos a Japón lo que Merimée nos había hecho a nosotros cien años antes, reduciéndonos o a toreros echados para adelante o a mujeres sensuales y flamenconas.

Tras el final de la guerra civil, fueron los sectores más ideologizados del régimen los que tomaron las riendas de la política exterior. Dos ideas les guiaban: 1) Un rabioso anticomunismo y el rechazo a la democracia parlamentaria; 2) El deseo de subirse al tren del Nuevo Orden que surgiría de la esperada victoria de la Alemania nazi y la Italia fascista. En ese contexto se esperaba de Japón que plantase cara al imperialismo anglosajón en Asia y el Pacífico y que se uniese a la cruzada anticomunista. Esos objetivos comunes permitieron esconder diferencias más profundas, empezando por el disgusto de ver cómo una raza amarilla acababa con el dominio del hombre blanco en Asia o apreciar que Japón tenía sus propios objetivos, que no coincidían necesariamente con los de sus aliados. Es probable que si la II Guerra Mundial hubiese terminado con la victoria del Eje, esas diferencias habrían acabado estallando y habrían conducido a un conflicto.

Las perspectivas de tener a Japón como aliado en la guerra hicieron que se difundiese una imagen idealizada del país y se subrayasen las semejanzas, semejanzas más imaginadas que reales. Sobre esto, Rodao saca a colación una cita del siempre excesivo Ernesto Giménez Caballero, que no tiene desperdicio: “Pero la admiración y afecto de España por Japón no es de hoy, sin embargo, procede desde el momento en que nos dimos cuenta de ser el Japón la otra España; la de allá. O sea, una nación colocada frente a un poderoso Continente Occidental (Estados Unidos) y un continente inmenso de color (el Asia china e hindú). Como España es la nación del lado de acá, colocada entre Francia e Inglaterra (Occidente) y el África (Oriente). España y Japón, las dos fronteras del mundo. Son dos puertas. La misma unidad de destino en lo Universal.”

El problema surgió cuando esa misma unidad de destino en lo Universal optó por no declararle la guerra a la URSS tras el ataque alemán. Muchos se sintieron decepcionados por la supuesta defección de Japón. La realidad es que Hitler se había buscado esa defección. Cuando en agosto de 1939 firmó el Pacto de No Agresión con la URSS Hitler sorprendió a propios y extraños. Sorprender a los extraños está bien; ¡que se jodan! Pero sorprender a los propios… A Japón el Pacto le pilló con el paso cambiado. Unos meses antes había tenido una pequeña guerra fronteriza con la URSS de la que había salido trasquilado y se sentía rodeado de enemigos sin saber por dónde le caerían las collejas. Así que se puso a enmendar sus relaciones con su vecino del norte. En abril de 1941 su Ministro de Asuntos Exteriores, Matsuoka, visitó Berlin. Los alemanes le dieron pistas de que se disponían a atacar a la URSS, pero Matsuoka que era un poco obtuso en el juego de las adivinanzas no se coscó y de regreso a Japón firmó un Pacto de No Agresión con la URSS. Incluso si se hubiera coscado, está por ver si hubiera cambiado de política. Para entonces los planificadores japoneses ya habían optado por expandirse hacia el sur y tocarles los cataplines a norteamericanos, británicos, franceses y holandeses, con lo que no estaban para muchas aventuras en su frontera norte.

Esa decepción con Japón coincidió con un momento en el régimen franquista en el que los falangistas más ideologizados empezaron a batirse en retirada. El momento de tratar de adueñarse del Estado había pasado, aunque todavía no se hubiesen dado cuenta. Una de las áreas donde perdieron poder fue en la de la censura y la propaganda. Eso implicó que ya no pudiesen vender igual de bien la imagen idílica de un Japón de samuráis en comunión de intereses con España. La no entrada en la guerra contra la URSS y la constatación de que dos años de darse besitos en la boca no habían producido ningún resultado tangible llevaron a que los sectores conservadores comenzaran a ver a Japón con ojos menos favorables. A ese cambio de imagen se añadía una consideración de política interior: cuanto más se pusiese en evidencia que las relaciones con Japón eran un globo lleno de aire, en peor situación se dejaba al Ministro de Asuntos Exteriores, el cuñadísimo Ramón Serrano Súñer.

Si había alguien que se creía lo de la unidad de destino en lo Universal aparte de Giménez Caballero, ése era Serrano Súñer. Serrano Súñer aspiraba a ser el Mussolini español; se veía convirtiendo a España en otra Italia, en la cual la Falange jugaría el papel del Partido Fascista. Para mediados de 1941 Serrano Súñer estaba perdiendo la partida frente a su cuñado al que la única ideología que le importaba era la de mantenerse en la silla. En esa tesitura, Serrano Súñer decidió que su única posibilidad de montarse en el machito pasaba por la victoria del Eje. El Eje era la principal baza que le quedaba, ahora que los falangistas acomodaticios se estaban convirtiendo en franquistas y los ideologizados iban quedándose en la cuneta.

Serrano Súñer se pasó tantos pueblos en su pro-niponismo que el propio Embajador norteamericano en Madrid mandó una nota de protesta al Ministerio de Asuntos Exteriores español tachándolo de “portavoz” del Ministerio de Exteriores japonés. El Embajador japonés en Madrid informó a Tokio que la disposición española hacia Japón era mejor todavía que la alemana o la italiana.

De los muchos campos en los que Serrano Súñer trató de colaborar con Japón, el más llamativo, por no decir el más chusco, es el del espionaje. Japón había dependido de Alemania e Italia para plantar sus antenas en Europa, pero eso no le bastaba. España, por su condición de neutral, resultaba un lugar muy apropiado para recabar información. Otra ventaja es que los españoles, como súbditos de un país neutral, sí que podían viajar a los países enemigos de Japón. Y aquí entró en juego el personaje más desopilante de los que aparecen en el libro de Florentino Rodao, Ángel Alcázar de Velasco, el espía torero.

Alcázar de Velasco era torero, falangista radical y mujeriego, no sé bien en qué orden. Para imaginárselo, no hay más que representarse al personaje del torero Juncal que creó hace muchos años Paco Rabal. Hedillista y condenado a muerte por los sucesos de Salamanca, vio su sentencia conmutada por haber contribuido a frustrar una evasión de presos republicanos del penal en el que se encontraba. Reclutado por la inteligencia alemana, inició su peculiar carrera como espía.

Alcázar de Velasco estuvo destinado a comienzos de 1941 en la Embajada de España en Londres donde montó o trató de montar una red de espionaje, unos de cuyos clientes habrían sido los japoneses. Descubierto por los ingleses, que le dieron la patada, de regreso a la Península empezó a pasarles información a los japoneses y a ayudarles, con un afán digno de Gila, a montar una red de espionaje en EEUU.

Alcázar de Velasco era un gran fabulador, que es la manera educada de llamar a los mentirosos que tienen desparpajo y son simpáticos. El lector siente que Rodao, que entrevistó a Alcázar de Velasco para el libro, no sabe con qué quedarse de todas las historias que le contó éste. Parece que Alcázar de Velasco fue un espía muy prolífico., por no decir inventivo. Según Rodao, “buena parte de los datos entregados a los japoneses era pura invención.” No obstante, los norteamericanos llegaron a sentirse interesados por Alcázar de Velasco: muchas de sus informaciones verídicas estaban simplemente sacadas de la prensa aliada, pero había algunos datos que no procedían de la prensa sino de otras fuentes no identificadas. Los japoneses otorgaron durante mucho tiempo bastante veracidad a Alcázar de Velasco. Un dato curioso: una de las informaciones inventadas de Alcázar de Velasco era que en EEUU “un 70% de la población estaba contra la guerra, las fábricas habían decidido hacer material bélico defectuoso para protestar por la situación política”. El periodista y experto en relaciones internacionales japonés Koyosawa Kiyoshi cuenta en su diario de los años de la guerra que asistió a una conferencia que dio en mayo de 1943 un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores que afirmó que: “El hecho de que continuamente estén ocurriendo accidentes de aviones en América es el resultado de la inferioridad mental de los trabajadores y mediante esos productos defectuosos intencionadamente revelan su oposición a la guerra.” Pues sí, parece que alguna de sus invenciones coló bien.

Aunque la invención más sui géneris de todas llegó a comienzos de 1943, cuando Serrano Súñer ya no era ministro. Alcázar de Velasco les informó que Serrano Súñer había hecho un viaje secreto a Roma, donde había mantenido una entrevista con los Ministros de AAEE de Alemania e Italia y con un enviado norteamericano con vistas a un acuerdo de paz. La entrevista había sido fructífera, aunque el principio de acuerdo alcanzado no había progresado ante la negativa alemana a concertar una paz con EEUU sin contar con Japón. La información puso de los nervios al Embajador japonés en Madrid, que buscó y obtuvo la corroboración de la información de labios del propio Serrano Súñer. Sondeos en Roma y Berlin acabarían revelando que todo era una invención. ¿Por qué se inventaron esa historia?, se pregunta Rodao y la respuesta plausible que encuentra es bastante maquiavélica: incitar a Japón a que atacara a la URSS ante el temor de que sus aliados le dejaran en la estacada. Un falangista radical podía ver en ese ataque japonés la única posibilidad de que Alemania ganase la guerra a esas alturas del partido. Si ese falangista radical era Serrano Súñer, podía pensar que con ese ataque sus acciones personales volverían a cotizar al alza, ante la perspectiva renovada de que finalmente el Nuevo Orden se hiciera realidad.


domingo, enero 08, 2012

Pero... ¿alguna vez la Iglesia pensó que la mujer es una zarigüeya?


Seamos claros desde el principio. La vida en el planeta Tierra, para las mujeres, nunca ha sido fácil. La mujer, en términos generales, desde el momento en que, dentro de la división del trabajo en la familia, vio cómo el papel de salir a cazar y/o a guerrear (por lo tanto, a obtener el sustento) le era adjudicado al hombre, ha sido considerada como una especie de menor de edad, con derechos consecuentemente menores que aquéllos de los que disfrutaba el hombre. A empeorar estas cosas colaboró la circunstancia somática femenina del ciclo menstrual, que nunca he estado bien visto por los mitos construidos por el hombre. Siendo la religión musulmana una creencia relativamente tardía, todavía nos encontramos en ella a Mahoma consolando a su mujer porque no puede entrar en la Meca; está en esos días. Y de las complejas elaboraciones de las costumbres judaicas, forzadas por la impureza esencial de la mujer durante su periodo, se podría hablar, y no parar.

Este tema de la mujer puteada es visto por mucha gente como una especie de curso histórico en el cual la mujer, cuando menos en Europa, ha ido, lentamente, de menos a más. Según esta teoría, la Edad Media debería ser un periodo más jodido para las mujeres que los siglos posteriores, durante los cuales el bálsamo del humanismo habría curado algunas de las veleidas hipermachistas del hombre medieval. A hombros de esta idea, se han construido mitos diversos, de entre los cuales el cinturón de castidad y el denominado derecho de pernada son dos casos muy visibles.

La Edad Media, en efecto, tiene fama de etapa oscura, brutal, feudal, lo que coadyuda para estas elaboraciones mentales. Y, sin embargo, las cosas no son exactamente como se pretende. Sin ser la Edad Media un tiempo del hombre de costumbres modélicas, tampoco es tan cierto lo que se dice. En primer lugar, no tiene mucho sentido defender que la Edad Media fue un tiempo de capullos retrasados y, tres minutos después, alabar el alumbrado público de la ciudad de Córdoba y otras tantas cosas implantadas por los musulmanes durante su dominación española; siendo lo cierto que dicha dominación se produjo durante los tiempos medievales. Por lo que se refiere a la propiedad y el poder feudal, ya diversos medievalistas, como Sánchez Albornoz, han destacado que cuando menos en España las necesidades de la reconquista, que obligaban a los reyes a implantar pueblas o colonizaciones en condiciones comprometidas, hicieron que esos monarcas otorgasen a dichos pobladores privilegios de variada laya que, de hecho, hicieron que aquellos hombres medievales fuesen, de lejos, mucho más libres e independientes que, un suponer, los siervos del ducado de Lerma o de Medina-Sidonia en sus mejores tiempos, algunos siglos después.

Los hombres medievales, que habían heredado los baños públicos de sus antecesores, bien romanos, bien bizantinos, se lavaban bastante más que sus nietos y bisnietos (pero menos que los musulmanes, lo cual les dio a éstos una ventaja inesperada en las Cruzadas, pues eran menor pasto de las epidemias). La costumbre de bañarse se la cargó la Iglesia, como muchas otras cosas, por razón de que los baños públicos de las ciudades seguían siendo, como en su origen, unisex, y eso esa algo que no se podía permitir.

El machismo de la iglesia católica es algo que está fuera de toda duda. A día de hoy, todavía se resiste a conceder a hombres y mujeres la misma calidad en la grey de Dios, que ya le vale. Pero, con todo, en los tiempos medievales era bastante peor. Campeón de campeones de la supremacía masculina fue Tomás, aquel filósofo y santo de Aquino que estaba tan gordo que trabajaba en una mesa con rebaje para encajar ahí la panza.

La doctrina cristiana es, como ya he tenido ocasión de recordar en no pocos posts de este blog, las bases de la religión hebrea reinventadas por ese gran reformador que fue Pablo de Tarso, aderezadas con adiciones de aquí y de allá, que buscaban hacer la nueva doctrina comprensible a las gentes; se buscaba, en efecto, que el cristianismo «le sonase» a los paganos como algo cercano a lo que ya creían antes de ser cristianos; por eso celebramos la Navidad en las mismas fechas que el solsticio de invierno que celebraban romanos o mitraístas; o la Semana Santa en el mismo momento de las fiestas del nacimiento de la primavera o la muerte y resurrección de Adonis, fiesta ésta extendidísima en lo que hoy conocemos como Próximo Oriente en los tiempos en los que los obispos se daban codazos con otras religiones para hacerse sitio.

La doctrina cristiana hereda, fundamentalmente a través de Agustín de Hipona, toda la carga sexo-segregacionista y culpabilizadora de la mujer que ya hay en la religión hebrea. Como digo, exagerado sería decir que esto es algo que los cristianos adoptan por creer en ello; no hay que olvidar el factor de que esto es en lo que ya creían los gentiles antes de existir el cristianismo. Los primeros cristianos, por así decirlo, ya vinieron machistas de serie. De hecho, el primer cristianismo era, de lejos, setenta mil veces más comprensivo de y con la mujer que las otras religiones al uso, y fue esta capacidad de atracción la que lo hizo rápidamente popular. Mujeres y esclavos explican buena parte del éxito del cristianismo preconstantiniano.

El cristianismo coloca el pecado, tanto original como artesanal (hecho con las manos propias, vaya), en el centro de su moral. Ser cristiano es luchar contra el pecado; y la mujer, que como todo el mundo sabe es ese ser que hace que muchos hombres caigan en el pecado, se convierte en culpable. Por esta razón, Tomás de Aquino la llamará «deficiencia de la naturaleza» que «es de menor valor y dignidad que el hombre». Con el intermedio de la Iglesia, la vieja división de labores dentro de la familia se ha, digamos, radicalizado, y así Tomás escribe: «el hombre ha sido ordenado para la obra más noble, la inteligencia; mientras que la mujer fue ordenada con vista a la procreación». De hecho, nos anota, para cualquier otra cosa, cualquiera, que no sea tener hijos, «el hombre bien puede ser mejor asistido por otro hombre que por una mujer».

Nadie, en consecuencia, se ha sentado hoy delante del ordenador para contar una historia que no vaya de segregación y desprecio. Pero lo que no está tan claro es que el punto más alto de dicho desprecio haya que situarlo en la Edad Media.

El derecho de pernada, por ejemplo. Esta institución jurídica, que en su tiempo se conoció como ius primae noctis, el derecho de la primera noche, tiene dos orígenes posibles, que yo sepa. Uno sería la voluntad, no por parte del noble, sino de sus vasallos, de incluir en su línea de sangre la sangre del señor, que se suponía de mejor calidad (azul, vaya). La otra explicación, que a mí me parece más coherente, recuerda la cantidad de veces que los antropólogos se han encontrado en culturas del mundo mitos relacionados con la última sangre virginal. Una vez más, como vemos, la mujer sangra, y esa sangre genera un mito.

Siendo la desfloración una operación no pocas veces dolorosa y casi siempre hemodinámica, esto es seguida de hemorragia, hemorragia que además salía de ese ser casi demoníaco llamado mujer, son muchos los pueblos del mundo que generaron mitos y creencias relativos a la liberación, en dicho acto, de espíritus malignos, que serían liberados a través del juju desflorado. Ante tales creencias se produce el miedo y los novios, literalmente, se cagan por los pantys de pensar que se tienen que tirar a su novia. Este problema se resuelve encargándole este primer polvo al hombre-brujo o a alguien poderoso: por ejemplo, el señor conde.

Ambos ejemplos nos deben llevar a reflexionar sobre el hecho de que, en los dos, no es el follador, sino los follados los que, por así decirlo, se empeñan en que las cosas pasen así. Algo que nos puede llevar a sospechar que el derecho de pernada no era visto a través del mismo prisma moral con que lo vemos hoy, desde el balcón del siglo XXI.

A pesar de este origen, muy antiguo, el derecho de pernada se confunde pronto, en los tiempos medievales, con un derecho económico: el censo, o tasa, que los siervos habían de pagar a sus señores al casarse, momento en el que pasaban no pocas veces a usar en mayor medida de las tierras propiedad del cobrador. Así pues, las más de las veces, y muy en contra de lo que dibuja la imaginería ignorante, los señores se cobraban la pernada como les interesaba, esto es en pasta gansa. 

¿Cómo que «les interesaba»?, se preguntará alguien. Pero, leñe, un polvo siempre apetece, ¿no? Pues no. La inmensa mayoría de las mujeres medievales que pululaban por los castillos y zonas adyacentes se pasaban trabajando como cabronas 18 horas al día desde los seis años; convivían con vacas, burros, cerdos y gallinas en la misma casa, por llamarla de alguna manera; ordeñaban, araban, tiraban de la yunta si necesario; eso si no caían enfermas de una viruela que les dejaba la cara como la del general Noriega. Perdían muy pronto la dentición y, en términos generales, sobre todo después de la desaparición de los baños, apestaban. Hay polvos y polvos, y algunos no apetecen demasiado. Entre cobrar cien euros o tirarte a la novia de Chucky, ¿tú que elegirías?

De hecho, tengo por mí que fueron los señores, aliados con la propia Iglesia, en mucha mayor medida que el pueblo llano, quienes desarrollaron rápidamente una especie de ceremonia simbólica por la cual el señor ejercitaba el derecho de pernada dando una zancada por encima del cuerpo de la novia tumbada.

También se pone muy en duda hoy el día el uso, ni masivo ni siquiera razonablemente esporádico, de los cinturones de castidad, que bien pueden ser elementos nacidos de la imaginería medieval posterior.

Otro elemento que permite decir que, tal vez, ser mujer en la Edad Media, comparada con el llamado Renacimiento, no eran tan mal chollo, era para aquéllas que tuviesen la costumbre de ser raritas o heterodoxas, o estar locas. A estas mujeres distintas o esquizofrénicas el mundo antiguo las conoció como brujas. Y hay mucha gente que piensa que el hombre medieval las ahorcaba o quemaba. Pero es una equivocación de fechas.

La Iglesia, eso no se niega, comienza pronto una cruzada contra la brujería. Pero no contra las brujas, sino contra las creencias supersticiosas en general. Sin embargo, hasta el siglo XIII las guías para párrocos, conocidas como Penitenciales, apenas prescriben penitencias de rezo y pago de dinero para los casos de brujería. Para ver arder a las brujas hay que esperar a los años en los que Buonarotti anda pintando la Capilla Sixtina. El Malleus Maleficarum, un best seller alemán donde se prescribe el fuego para las brujas, fue escrito en 1486. La represión de la brujería en España, especialmente intensa entre los vascones, comienza en el siglo XVI. De hecho, hay historiadores que, no sin cierta sorna, nos recuerdan que en el Renacimiento, a pesar de que se nos vende como la victoria de lo racional, se produce un cambio como poco curioso. Durante la Edad, el hereje es el que cree en demonios y espíritus malignos. Pero, a partir del siglo XV y XVI, el hereje pasa a ser aquél que no cree en los demonios y niega su existencia. Este cambio persiste hasta hoy en día, en el que la Iglesia católica, como otras creencias cristianas, sigue teniendo sacerdotes exorcistas, en lugar de dar el paso que en mi opinión debería dar, que es salir al balcón de San Pedro para contarle a la cristiandad que, simple y llanamente, el demonio no existe.

El que piense que este cambio, pasar de criticar al que cree en demonios a perseguir al que no cree en ellos, es un cambio a mejor, un cambio evolutivo hacia delante, debería hacérselo mirar.

Con todo,  quizás el elemento más puntero de estas ideas sobre el machismo de la Edad Media es la afirmación, que se puede leer en cienes y cienes de sitios y que mucha gente repite a menudo, de que la Iglesia llegó a plantearse que la mujer no tenía alma y, por lo tanto, era equiparable a cualquier otro animal irracional; una zarigüeya, por ejemplo.. Y es en este punto donde hay, sinceramente, que parar la cuádriga.

Se nos dice que esta discusión sobre el alma femenina se produjo en el concilio de Macôn, en la actual Francia, creo. Como digo, muchos de lo que han escrito esto lo dan por totalmente cierto. Pero, en realidad, sólo están difundiendo una falsa leyenda urbano-histórica. En primer lugar, la primera referencia a esta discusión en Macôn no se produce hasta un texto holandés del siglo XVI, bastantes décadas después del pretendido concilio. Unas cuantas, porque el llamado concilio de Macôn se habría celebrado en el 585, o sea, unos 1.000 años antes, durante los cuales no hubo referencia alguna al mentado debate. Para que nos entendamos, es como si pretendiésemos que un historiador que afirmase este año del 2012 sobre cosas ocurridas en el año 1100, hasta hoy desconocidas, pretendiese convencernos de que no se ha tomado un tripi antes de escribir.

Pero es que además, pequeño detalle, en Macôn no concilio alguno. Todo lo que hubo en dicha ciudad, y en dicho año, fue un sínodo provincial; en otras palabras, una tertulia de obispos de la zona para discutir sus cosillas. Una reunión en la que, por definición, no se producían discusiones teológicas. El tal sínodo dejó actas; pero en ellas la cuestión del alma femenina no aparece.

Lo único trazable en la Historia medieval que se parece (pero, como veremos, sólo se parece) al famoso debate, está en las crónicas de Gregorio de Tours. Greg nos cuenta, en este sentido, que durante la reunión de Macôn, uno de los presentes preguntó por qué el término homo (los sinodales, obviamente, hablaban en latín) se aplicaba a las mujeres.

El pollas que planteó esta pregunta no era, necesariamente, más machista que los demás. Era, simplemente, un ignorante. Obispo, deán o arcediano de alguna de las diócesis francas reunidas en el sínodo, adivinamos que debería ser un cabestro con sayón que de latín sabía poco; lo suficientemente poco como para no saber que el latín, para el ser humano con gónadas, (EDITO: el primer comentario de este hilo, de Wonka, me recuerda que soy muy mal escrito:; pero el segundo, de Yolanda, me recuerda que las mujeres también tienen gónadas. Así pues, con profundo dolor de mi corazón, y quien no se lo quiera creer queno se lo crea, debo poner aquí que, por gónadas, se debe entender cojones) no reserva el término homo, sino el término vir (varón). Homo, que viene de humus, tierra, y por lo tanto, en su origen quiere decir «nacido de la tierra», designa al hombre en general, al ser perteneciente al género humano.

Ésta fue la pregunta que hizo el pollas de Macôn; y un segundo pollas, en Holanda, mil años más tarde, agarró el rábano por las hojas, concluyó que la intención de la pregunta era negarle la condición de humanus a la mujer, y se inventó que en la reunión se había discutido sobre si hay alguna diferencia entre Beyoncé Knowles y una zarigüeya coja. Cuando, en realidad, se trató, tan sólo, de una duda filológica, y bastante sencillita, por lo demás.

Así pues, volvamos a la pregunta del post. Pero, ¿alguna vez pensó la Iglesia que la mujer es una zarigüeya? Y la respuesta es: no.

Y, como epílogo, para recordar lo oscuros y machistas que fueron los tiempos medievales comparados con los que les siguieron, recordemos esta previsión testamentaria del Sachsenspiegel alemán de 1270: «Siendo lo cierto que los libros sólo los leen las mujeres, deben corresponderles a ellas en herencia».

jueves, enero 05, 2012

Azaña en Barcelona

Estos días son semifestivos y, además, publicar posts en el blog se hace complejo por varios factores. El Factor 1 son mis indudables progresos en el modo online del Call of Duty, que han hecho de mí un perfecto asesino hijo de puta, lo cual quiere decir que tengo una reputación que proteger. El Factor 2 es que, para más inri, me he embarcado en los últimos días en la recopilación y redacción de algunas notas sobre la Historia del gobierno de Salvador Allende en Chile. Ahora mismo tengo escritas ya unas 5.600 palabras y aun no sé si finalmente lo daré a la luz o si, como ya me ha pasado otras veces, acabe el texto en las profundidades de mi disco duro, olvidado hasta por mí.

No obstante lo dicho, al final he sacado tiempo para copiar un texto que prometí en un grupo privado de Facebook que copiaría algún día; y, ya que estamos, lo aprovecho para utilizarlo como extraña felicitación por la avenida de los Reyes Magos, esos tres señores de los que nos hablan los evangelios apócrifos.

Sorprenderá a quienes me conozcan, o me sigan en el blog, que les diga que he copiado un discurso de Manuel Azaña. Eso es como decir que Mouriño ha copiado un texto del Brito Vilanova ése, o como se llame. En efecto: Azaña me cae bastante gordo y mi juicio sobre él, no lo oculto, no es que digamos positivo. Sin embargo, hay un Azaña interesante, a mi modo de ver, que es el Azaña que aún no había gobernado. El intelectual liberal, cabeza visible del Ateneo de Madrid que, en los años y sobre todo meses anteriores al advenimiento de la II República, habló y teorizó sobre las necesidades de España y lo que habría que hacer en el futuro que ya veía cercano; y, en verdad, lo estaba.

El discurso que aquí os copio se produjo en marzo de 1930, cuando la dictadura Primo de Rivera llevada dos meses extinta y España vivía la Dictablanda Berenguer. En dicho mes, un intelectual catalán, Joan Estelrich, imbuido sobre todo por las ideas de Françesc Cambó, que ya había escrito en tal sentido (Per la concordia. Un libro recomendabilísimo para cualquier catalán), organiza una visita de intelectuales castellanos a Barcelona. Si coloquialmente ir a Marruecos lo denominamos bajarse al moro, esta visita vendría a ser algo así como subirse al polaco.

El motivo de la visita es homenajear a los intelectuales de Madrid que, años antes, redactaron y firmaron un manifiesto en defensa del catalán, con ocasión de unas medidas de la Dictadura tendentes a limitar su uso en escuelas y en iglesias. Por tal motivo, toman el tren hacia la ciudad condal, además del propio Azaña, Menéndez Pidal, Ossorio y Gallardo, Gregorio Marañón, el inevitable José Ortega y Gasset (antigua Lista), Pedro Sáinz Rodríguez (sí: el que será primer ministro de Educación, creo, de Franco), Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Nicolás María de Urgoiti, Díaz Canedo, Luis de Zulueta y el, creo, dibujante Bagaría.

La vista, de varios días con paradas en multitud de lugares públicos y privados, culmina con una cena en el hotel Ritz. Por los catalanes, el doctor Pi i Sunyer, quien hace un discurso comedido en el que asevera que «Cataluña recaba el derecho a su propia determinación: quiere usar de sus derechos como quiere cumplir con sus deberes». Cambó, el gran muñidor, no está presente porque acaba de sufrir una operación de garganta que lo deja mudo. Por cierto, que al político catalán, que era más de derechas que Don Pelayo, le sentaron a cuerno quemado los mini-encuentros que algunos intelectuales más de izquierdas hicieron con los izquierdistas catalanes. Se quejó de ello a su amigo Luis Bello con una frase profética: «Si en España viene la República, serán las izquierdas quienes la dominen y, probablemente, las que la deshagan».

En el restaurante Patria de Barcelona, el día 27 de mayo, se celebra otra cena, que es en la que habla Azaña. Con las palabras que ahora os reproduciré. ¿Por qué me parecen importantes estas palabras? Pues, en primer lugar, porque, si hemos de concebir a España (Castilla) y Cataluña como dos astros, este discurso marca, probablemente, el momento de nuestra Historia Contemporánea en el que ambos planetas estuvieron más cerca el uno del otro. A partir de ahí comenzará la separación y será Azaña, el mismo Azaña de las alabanzas comprensivas de este discurso, el que, poco más de un año después, llamará a Madrid a la comisión negociadora del Estatuto catalán y los citará, a propósito, en una sala del caserón de Alcalá presidida por un retrato de Felipe V; y lo hará con el único y expreso objetivo de joderles. El mismo Azaña que se negará a abandonar España, tras la caída de Cataluña, junto a Lluis Companys.

El segundo motivo que me parece interesante es porque en el discurso, Azaña reflexiona sobre el patriotismo y, a mi modo de ver, sin quererlo probablemente, dibuja, con palabras certeras aunque un tanto barrocas (qué queréis, es Azaña...), la extraña, edípica, conflictiva y siempre misteriosa relación de la izquierda ideológica española con el concepto de España y, consecuentemente, el concepto de patria (compleja relación que, debo confesarlo, yo comparto). Ya hace ahora 81 años, como veréis, Azaña hace la distinción neta entre español y españolista (pero no se preocupa, por cierto, de reclamar la misma distinción entre catalán y catalanista; ello a pesar de que habela, haina).

En realidad, a mi modo de ver casi se podría escribir un libro sobre el fracaso de la República cuyo hilo argumental fuese este discurso, apostillando, línea a línea, cada deseo de Azaña en el momento de comenzar, con lo que realmente pasó, y por qué.

Aquí os lo dejo, y feliz finde largo.


Nos habéis hablado continuamente (y ha sido pura gentileza y amabilidad de vuestra parte hacerlo así) de gratitud por aquello del manifiesto a favor de vuestro idioma. Y, en efecto, en días de dolor para todos, singularmente amargos para Cataluña, pensando en vuestros sentimientos maltratados (y a este maltratamiento se debe añadir los que le siguieron), queríamos deciros lo que era menester entonces para que os llegasen unas palabras de ánimo y el testimonio de que no estabais solos. Pero bien miradas las cosas, no debéis agradecernos nada, porque queríamos solamente cumplir con el deber elemental de exigir que os guardasen el debido respeto a la inteligencia y en ella a la libertad de los pueblos, que se manifiesta precisamente en las obras de la inteligencia. Y esto lo queríamos hacer no de una manera fría o en virtud de un principio general que podría aplicarse de la misma manera a cualquier país lejano, sino con plena conciencia de las realidades de Cataluña, de sus creaciones actuales y del rango que ocupa entre los pueblos peninsulares, unidos a través de tantas vicisitudes históricas por un destino superior común.

En aquella protesta, por lo tanto, no sólo nos manifestábamos en defensa vuestra, sino también en defensa propia, para borrar la mancha que se pretendía echar sobre nuestro país en una de las maniobras más bajas de la Dictadura. Nadie me negará que del fenecido régimen lo peor, a pesar de ser tan doloroso todo lo demás, era la clase de razones con que pretendía disfrazarse la tiranía. Razones delirantes, ofensa perpetua al buen criterio, al entendimiento y al sentido común. Por efecto de aquella estupidez padecimos, además de una opresión general en cuanto ciudadanos españoles, un agravio particular en nuestra condición de castellanos. El rubor nos embargaba al ver que para oprimir a los catalanes se invocaban las cosas más nobles, profanadas por la tiranía. ¿Vosotros os doléis, justamente, de que se oprimiese a Cataluña? Pero, ¿no habíamos de indignarnos aún más al ver que, para oprimir a vuestra Patria se tomaba como pretexto a la otra Patria? ¿Al ver que nuestro idioma servía para promulgar en Cataluña unas leyes despóticas? ¿Que se cometía la indigna falsedad de lanzar contra este país la idea de una España incompatible con las más sencillas y justas libertades de los pueblos? Contra todo esto se elevó nuestra protesta.

Yo no soy patriota. Este vocablo, que hace más de un siglo significaba revolución y libertad, ha venido a corromperse, y hoy, manejado por la peor gente, incluye la acepción más relajada de los intereses públicos y expresa la intransigencia, la intolerancia y la cerrazón mental. Mas si no soy patriota, sí soy español por los cuatro costados, aunque no sea españolista. De ahí que me considere miembro de una sociedad ni mejor ni peor, en esencia, que las demás europeas de rango equivalente. Y es en cuanto español que me anima el espíritu propio de un liberal que, hallándose predeterminado en gran parte por inclinaciones heredadas, las corrige, las encauza hacia donde le permite el desinterés de la inteligencia.

La voluntad que aquí se manifiesta no es mía únicamente, sino también de otros muchos que sienten como yo la gravedad del destino que pesa sobre la gente de nuestro tiempo. Todos nosotros, todos los que sienten como yo, han descubierto que al hablar y escribir en pro de nuestros objetivos liberales y renovadores se encontraban ante un desierto. ¡Qué soledad la de un español que aborda las cuestiones públicas de esta forma! Queríamos revivir España y se nos argumentaba con los muertos. Queríamos mover a una multitud y sólo encontrábamos fantasmas. ¿Dónde está la carne viva en la cual podamos prender la fuente de una emoción que a todos haga arder con el entusiasmo de trabajar en una obra fecunda? La alegría que me produce el contemplar vuestra catalanidad activa procede de esto: el catalanismo o, dicho de otra manera, el levantamiento espiritual de Cataluña, nos ofrece la ocasión y el instrumento para realizar una labor grandiosa y nos sitúa en el terreno firme para iniciarla.

Gracias al catalanismo será libre Cataluña; y al trabajar nosotros, apuntalados en vosotros, trabajamos para la libertad nuestra, y así obtendremos la libertad de España. Porque muy lejos de ser irreconciliables, la libertad de Cataluña y la de España son la misma cosa. Yo creo que esta liberación conjunta no romperá los lazos comunes entre Cataluña y lo que seguirá siendo el resto de España. Creo que entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales, históricos y económicos para que un día, enfadándonos todos, nos volviésemos las espaldas como si jamás nos hubiésemos conocido. Es lógico que en tiempos de lucha establezcamos el inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero será también bueno que un día nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente –no administrativamente, sino espiritualmente- nos une.

martes, enero 03, 2012

El primer inquilino de El Prado

La calidad de este blog es normalita. Pero la de sus lectores excede con mucho dicha normalidad. Siempre hay alguien que acierta y, en este caso ha sido Jorge, que ha descubierto que el primer inquilino de El Prado es el traductor de la Vulgata, el peregrino que se retiró muy cerca de Belén a meditar sobre el Juicio Final, actitud en la que ha sido multirrepresentado.

San Jerónimo es, en efecto, el principal inquilino del Prado.

Éstos son todos los cuadros sobre él que se guardan en nuestra pinacoteca:

  • Orando en la gruta: Murillo.
  • Meditando. Antonio Campi.
  • Penitente, en la cueva de Belén. Alonso Cano.
  • Penitente. Antonio del Castillo Saavedra.
  • Meditando sobre el Juicio Final. Réplica del taller de Van Cleve.
  • La flagelación. Marcellus Coffermans (aparece de estrella invitada).
  • La Visitación. Juan Vicente Correa. Aparece en el reverso.
  • Aparición de los ángeles a San Jerónimo. Domenico Zampieri, Il Domenichino.
  • Penitente. Anton van Dick.
  • Con Santa Margarita y San Francisco. Giacomo y Giulio Francia.
  • Penitente. Lorenzo Lotto.
  • En la cueva de Belén. Israhel van Meckenen.
  • Escribiendo. Jacob Corneliusz Oostsanen, llamado Jacobus Amstelodamensis o Jacobo de Amsterdam.
  • Paisaje con San Jerónimo. Joachim Patinir.
  • San Jerónimo, de Antonio de Pereda y Salgado. En esta pintura, el santo está leyendo un libro que está abierto por una reproducción de una pintura de Durero.
  • Penitente. Pintado por discípulos de Nicolás Poussin.
  • La Virgen del Pez, de Rafael. Junto a la Virgen, aparecen Jesús niño, el arcángel Rafael, Tobías y Jerónimo.
  • San Jerónimo, leyendo. Marinus Claeszon van Roymersvaele. En el libro que está leyendo se ve una composición del Juicio Final, esta vez de Van der Weyden.
  • San Jerónimo. Pintado por un discípulo de Van Roymersvaele.
  • San Jerónimo. Por El Españoleto.
  • San Jerónimo penitente. Por El Españoleto.
  • Santa Clara entre padres de la Iglesia. Pedro Pablo Rubens. Junto con Jerónimo, figuran los santos Ambrosio, Agustín, Gregorio, Tomás y Norberto.
  • La Anunciación, San Jerónimo y San Juan Bautista. Maestro de la Santa Sangre.
Son, pues, 23 apariciones, que ganan, por un cortacabeza, a Catalina de Alejandría (20 reproducciones), aunque justo es reconocer que la historicidad de esta mártir no está del todo clara. En todo caso, el bronce se lo dejan al santo de Asís, Francisco, del cual se guardan en el museo 18 pinturas. A continuación, con 14 pinturas, empatan Pablo de Tarso y, sí, como muchos predijisteis, Felipe IV, con mucho el rey más presente en esta pinacoteca que, la verdad, es más suya que de ningún otro monarca.

El siguiente en la lista es Agustín, el obispo de Hipona, reproducido 12 veces. 10 pinturas se dedican a la persona de Isabel Clara Eugenia de Austria, y a partir de ahí ya hay que bajar a los personajes que tienen 8 presencias en las salas: San Antonio Abad, Carlos II, Carlos IV, y Felipe II. Les siguen, con 7 apariciones: Antonio Pascual de Borbón, Santa Bárbara, San Benito, Carlos III, Santo Domingo de Guzmán, el infante Fernando de Austria y San Gregorio Magno. En 6 apariciones (San Bernardo de Claraval y Fernando VII) dejé de contar.

Por cierto, como curiosidad, y respondiendo un poco a quien sugería que el protagonista de este post pudiera ser el Ángel Caído, os informo de que en El Prado hay una representación, cosa que no sé si es muy común, del Anticristo. Está en una tabla atribuida al Maestro de Arguís, un ignoto artista aragonés de mediados del siglo XV, dedicada a la leyenda de San Miguel, y que en una de sus escenas, según nos cuenta Sánchez Cantón en la guía que cito, representa «la victoria de San Miguel sobre el Anticristo cuando, por artes mágicas, se finge resucitado e intenta ascender al Cielo».

lunes, enero 02, 2012

Adivinanza pictórica

Ayer, leyendo un catálogo del Museo del Prado, se me ocurrió esta adivinanza. Por delante digo, y lo mismo es una advertencia importante, que el catálogo que manejé es de 1950; así pues, obviamente, no puede abarcar los fondos pictóricos que entiendo se han colocado al público desde entonces, notablemente los que hayan aprovechado la ganancia de espacio generada por el suplemento recientemente abierto. No obstante, pienso que es difícil que la exhibición de nuevas pinturas pueda cambiar notablemente la conclusión final.

Con estas premisas, la pregunta es:

¿Qué personaje comprobadamente histórico piensas tú que está reproducido más veces en el Museo del Prado?

Maticemos lo de comprobadamente histórico. Utilizo esta expresión para eliminar de la cuenta todos los cuadros relativos al relato evangélico. Si no lo hiciese así, la respuesta a la pregunta caería de cajón: el personaje más presente en el Museo del Prado es Jesucristo, sobre todo al principio y al final de su (presunta) vida. La segunda sería la Virgen María.

De hecho, voy a ver si cuento todas las veces que Jesucristo es reproducido en el Museo del Prado según dicho catálogo. Ahí tenéis otra pregunta, por si queréis ensayar una respuesta.

Por delante digo que la respuesta no es fácil. Cuando menos la primera idea que yo habría tenido para seleccionar candidato habría sido errónea.

En un par de días os cuento el hall of fame.

Por cierto: feliz año.

viernes, diciembre 30, 2011

Dos amigos de Madrid

Corría el año 1390 en la pequeña villa de Madrid, que entonces distaba mucho de poder considerarse ciudad. Madrid era entonces un villorio acostado sobre sus alcázares, de modo que apenas a un tiro de piedra de lo que hoy conocemos como Palacio Real, el pueblo se disolvía en fincas y labrantías. Cerca de la actual confluencia de la calle Leganitos (o sea, la calle de la huerta) y la plaza de España, había una fuente que con los siglos se llamó como la calle: fuente de Leganitos.

Allí, donde hoy pasan los coches y las personas con rapidez, hubo una vez una finca con huerta, ancha y con una villa antigua, que era propiedad de don Aparicio Guillén. Un día de 1390, el señor de la casa falleció. Al punto, la familia comunicó el evento al prior más cercano, que lo era el de la iglesia de San Martín, en la calle Desengaño, que debe su nombre a un suceso que, la verdad, no está muy claro, para que se presentase allí con dos presbíteros y la cruz, y se llevase el cadáver al cementerio. Entonces, en verdad, lo que se hacía era dejar el oficio de enterradores a los sacerdotes.

Al llegar a la casa, sin embargo, el prior se dio la vuelta y se marchó sin el muerto. ¿La razón? Pues que se encontró, allí, dos hombres y tres mujeres llorando al finado y, con su excelente ojo clínico para esas cosas, el cura se dio cuenta de que los cinco eran judíos.

La costumbre de alquilar plañideros para los funerales es mundial y se pierde en la noche de los tiempos. En el Madrid tardomedieval, este oficio, temporero y un tanto arrastrado como pocos, no era ejercido por cualquiera. Contratar judíos de baja extracción social era una manera de conseguir duelo para el entierro propio y, al mismo tiempo, no tener que rascar el bolsillo. Sin embargo, diez años antes de la muerte de Aparicio Guillén, las Cortes de Soria, ante las presiones clericales que observaban escándalo para la Fe en estas prácticas, habían prohibido estos alquileres. En realidad, la familia Guillén se podía dar con un canto en los dientes pues el prior, al fin y al cabo, se limitó a marcharse, en lugar de denunciarlos. Eso sí, no volvió en tres días, por lo que el muerto se quedó allí, descomponiéndose, hasta que lo vinieron a recoger.

A pesar del relativo sigilo con que se había llevado el tema, finalmente no se pudo evitar que las autoridades se enterasen del asunto, así pues Gabino, el hijo del fallecido, perdió el diezmo de herencia que le pertenecía; aunque su madre logró recomprarlo al ayuntamiento. Por esas cosas, Gabino Gillén quedó heredero de la finca.

Era niño Gabino y se crió allí, viviendo de los réditos que daba la huerta, que cultivaban dos viejos sirvientes. Pero había una persona más allí, Guillén, otro niño de su aproximada edad, también huérfano. Algunas crónicas dicen que Guillén era propietario de la huerta inmediata, otras nos dicen que los dos niños practicaban la propiedad de la misma huerta. Yo tengo por más cierta esta segunda versión. Sin saber muy bien de dónde pudo aparecer el amigo, es probable que el niño Gabino lo dejase vivir con él, y con los dos jardineros, pues su madre murió pronto.

Antonio Capmani y Montpalau, un excelente cronista decimonónico de Madrid, nos cuenta que entre Gabino y Guillén «no había tuyo ni mío, los productos eran de ambos, y luego que crecieron contaban los años por los arbolitos de la huerta (...) paseaban juntos y comían en la misma mesa, reinando entre los dos una misma voluntad»; tanta insistencia sobre el trato igualitario que recibía Guillén me hace pensar que, tal vez, en su origen pudo ser sirviente de la casa.

A 800 metros de la finca, cuatro minutos andando (según Google Maps), estaba la iglesia de los santos Justo y Pastor, dos niños mártires, por cuya historia estaban los infantes, según las crónicas, más que obsesionados, asaeteando a preguntas sobre su vida y milagros al capellán de la ermita. Es posible que los niños fuesen muy beatos, por qué no. Aunque también hay que tomarse esto con cautela. En un mundo como aquel, con bastantes pocas diversiones, y viviendo los infantes una vida bastante modesta, es probable que no tuvieran otra distracción que fantasear con la grandeza de unos niños que se dejaron matar por amor a Dios.

Siendo aún niños o adolescentes los dos amigos, estalló una terrible tormenta sobre Madrid; una tormenta de la que se sabe que se llevó por delante enormes haciendas de la villa e incluso se hizo famosa porque un relámpago dejase ciego a un labriego. Tormenta, al fin y a la postre, que destrozó todos los árboles de la huerta y dejó a los chicos sin medio de vida.

Las crónicas dicen que el capellán de la iglesia de los niños mártires recogió a los dos niños y los ingresó en el colegio de la Doctrina (más conocido como de San Ildefonso, a la postre inventor del soniquete insoportable del día de la lotería), lo cual es curioso porque no son pocas las fuentes que sitúan la fundación de esta institución más tarde de cuando pudieron ocuparla Gabino y Guillén. El cura resolvió rehacer la huerta, cosa que le llevó tiempo; tiempo que no tenían los niños, pues Gabino falleció en la escuela, no sabemos, o al menos yo no sé, exactamente por qué causa.

Guillén volvió a la casa, pero, de nuevo según Capmani, ya no fue el mismo. Echaba de menos a su amigo, y pasaba las horas en la capilla dedicada a los dos niños mártires, rezando por él, hasta que incluso se quedó doblemente solo, porque el buen capellán de la ermita, que los había acogido, también murió.

El cronista incluso insinúa la posibilidad, o al menos a mí me lo parece, de que Guillén se volviese loco o desequilibrado, pues, nos informa, a Guillén «en todas partes le parecía ver y oír a su amigo». Pero sufrió poco; murió al poco tiempo, y nadie dudó de que las enfermedades que lo habían matado eran la tristeza, y la melancolía.

El prior de San Martín, conforme a derecho, se convirtió en propietario del bien intestado. En homenaje a la sólida amistad que allí habían mostrado los niños, llamó a la hacienda de los Dos Amigos, nombre que conservó por mucho tiempo y que quedó legado a la calle hoy situada en lo que fueron sus predios, haciendo esquina a San Bernardino.

jueves, diciembre 29, 2011

Nosotros, y la conflictiva relación con nuestra Historia (notas desde Menéame)

Cierto es que, sin llegar a estar enganchado, soy visitante asiduo del agregador de noticias Meneame. Me parece tremendamente útil poder beneficiarme del trabajo navegador de otros cientos o miles de internautas que, al encontrar cosas en la red que les parecen interesantes o criticables, las pongan en conocimiento de la comunidad para que las vea. Algunos de los posts de este blog, de hecho, han sido colocados en el agregador y dos, que yo sepa, llegaron a ser portada, que es algo que parece que muchos publicantes de internet desean.

La verdad es que no tengo demasiada idea sobre eso del karma de cada participante; ésos sí que son temas que me resbalan un poco. A mí lo que más me gusta de Menéame, como digo, es la posibilidad que me aporta de descubrir cosas que por mí solo no habría encontrado; y los comentarios. Por igual ambas cosas.

No es lo más habitual que en Meneame lleguen a portada noticias relacionadas con la Historia (aclaración: yo sólo sé mirar la portada y la página de las últimas noticias que han sido meneadas), pero cada vez que llega alguna, pincho en los comentarios para leerlos. Asumo que el viajero habitual de Menéame puede ser considerado, de alguna manera, arquetípico de lo que hay por ahí hoy en día en España, especialmente si hablamos de algos de cierta juventud. Así pues, entiendo que los comentarios permiten saber algo sobre la percepción social respecto de los temas históricos.

Hace tan sólo unas cuantas horas, alguien colocó en el agregador una entrevista publicada en La Opinión de Murcia en la persona de Luis Delgado, un novelista histórico cartagenero. Yo no lo conocía, porque entre otras cosas el tema naval no es lo mío y, además, suelo leer no ficción; pero he llegado a la conclusión de que Delgado debe de ser una versión huertana del famoso Patrick O'Brien, autor de la serie de novelas de Master & Commander. Como buen cartagenero, Delgado es un buen conocedor de la Historia naval española y, además, parece estar embarcado (nunca mejor dicho) en la labor de reivindicar la importancia de la Armada patria durante el siglo XIX; que es un siglo, en verdad, en el que da un poco la impresión que nuestros barcos se dedicaron, básicamente, a naufragar; aunque, en mi conocimiento al menos, no le faltan episodios notables, como el de la batalla del Callao, que ya hemos relatado en este blog (para gran cabreo de algunos lectores peruanos, a juzgar por los comentarios) aquí y aquí.

En fin. Aparte de la calidad literaria y/o histórica de los trabajos de Delgado, asunto sobre el que no puedo hablar porque no los he leído, voy a una cosa que él dice en la entrevista: dice que la visión que los propios españoles tenemos de la Historia naval de España en el siglo XIX es injusta y que deberíamos conocer mejor, y admirar más, los episodios de nuestro pasado. Y a este asunto es al que han entrado los comentantes de Menéame a saco, con intervenciones que, como decía, tienen su interés a la hora de analizar la relación que nosotros mismos tenemos con nuestro pasado.

El comentario general que se puede hacer, a mi modo de ver, se resume en una palabra: desconocimiento. De otras cosas no sé porque el que no sabe soy yo; pero de Historia, y de historiadores, en España se habla sin tener demasiada idea. Dice un comentador (todas las cursivas, desde aquí, son mías): «[La Armada] Fue sacrificada en Cuba y se mantuvo fiel a la legalidad republicana en el 36... quizá por ello los reivindicadores de lo militar la reivindican menos». Yo, sinceramente, no sé cuántas librerías especializadas en literatura militar habrá visitado este contertulio; no sé cuántos números de revistas militares o de Historia Militar habrá visto; pero, lo cierto, es que esa afirmación de que los reivindicadores de lo militar pasan de puntillas por la Armada como si no existiese, tiene menos base que el barcelonismo de Iker Casillas.

El desconocimiento básico de la Historia de España aflora en comentarios como éste, que justo es decirlo, ya se lleva un buen ramillete de cebollazos en la propìa página de Menéame: «Es increible que Andalucía haya olvidado que fue un imperio en la edad media mucho mas importante que el español. Es increible que Euskal Herria haya olvidado que fue una potencia cultural durante miles de años en toda europa. Ah eso no cuenta, que son de segunda vaya».

Supongo, pero sólo lo supongo, que el «imperio» andalusí al que se refiere el opinante es el califato musulmán que existió en España por aquellos tiempos. Se basaba, cierto, en el concepto de Al-Andalus; pero alguien debería explicarle a este ser que Al-Andalus y Andalucía son cosas distintas; vamos, que en los tiempos de Abderramán III, por poner un ejemplo, los que hoy se sienten andaluces no tenían sentimiento tal.

Por lo demás, eso de que los omeyas mandaron sobre un imperio más importante que el español, en fin, ni sumando todas las posesiones califales del mundo mundial (lo cual supone cagarse y mearse encima del hecho de que no obedecían a un mando común; especialmente en España, donde existió una cosita que se llamaba reinos de taifas) logra ser cierto.

Lo de Euskal Herria es más difícil de comprender aun, porque difícilmente Euskal Herria puede exhibir realidad alguna datable en miles de años, siendo como es un concepto desarrollado por Sabino Arana, que es un señor que todavía respiraba hace tres o cuatro pedetes. Y lo de la supremacia cultural de los vascones en Europa, es tan, tan, tan cierto, que hubo un tiempo, todo el mundo lo sabe, que en el continente, desde La Coruña hasta Moscú, todo el mundo hablaba vasco. De hecho, sólo una monumental conspiración francmasona puede explicar la Gran Mentira que se nos ha hecho creer en el sentido de que el segundo idioma que dominaba Marco Polo cuando hizo su famoso viaje era el francés, porque era la lingua franca del comercio internacional en aquella época. Lo que hablaba Polo era vasco y, de hecho, cuando llegó a la China, los mongoles le recibieron bailando un aurretxu.

Hay dos teorías para explicar comentario tan jugoso. Una, la menos mala, es que estas cosas las diga el comentante porque se las han contado en un bar, o las ha leído en el prólogo de un folleto. La otra, mucho más grave, es que se las haya contado su profesor de Historia en el colegio. Esta segunda nos llevaría a una conclusión curiosa: no se trata de que a los españoles no nos guste admirar nuestro pasado sino que, simplemente, hemos desplazado dicha admiración; ahora admiramos el pasado de nuestra Comunidad Autónoma y, para alimentar dicha admiración, somos capaces de inventarnos lo que sea.

De hecho, este comentario es jaleado por éste otro: «También es increible que Galicia olvidase que fue un reino muy importante, independiente del Reino de León, en la edad media... cosas de ser de segunda, como tu dices». Comentario en sí muy interesante, porque demuestra cómo, probablemente, actúa cierta Historia, o cierta enseñanza de la Historia, actualmente: apropiándose, por así decirlo, de cosas que pasaron en ciertos territorios. Esto es: si Galicia formó parte de una cierta unidad política (supongo, pero sólo lo supongo, que el posteador se refiere a los tiempos de lo que podríamos denominar, en palabras de hoy, el Estado suevo; pero su referencia a la Edad Media me deja un tanto pijarriba), entonces se concluye: a) que la idea de Galicia como unidad ya existía entonces; b) que fue la idea-motor de la dicha unidad estatal. Con un par.

Comentario igualmente impagable es el del contertulio que tercia: « Otra cosa es que sojuzgar a otros pueblos para expoliar sus recursos sea motivo de orgullo, como defiende este señor». Este pobre señor Delgado se refiere a la Historia naval de España en el siglo XIX; precisamente el siglo en el que todas las colonias españolas, casi sin faltar una, da la casualidad que se des-sojuzgaron. En Historia, confundir años es normal y desde luego perdonable. Pero confundir siglos...

Abundan, también, las intervenciones modelo «dónde vas, manzanas llevo» que, a mi modo de ver, están aflorando una actitud un tanto torpe, de quien quiere atacar la tesis central (los españoles deberíamos admirar nuestro pasado) pero no sabe cómo. Así, otro comentante nos dice: «Bastante tenemos con reivindicar una vivienda digna y un curro que no nos esclavice más de lo preceptivo». Reconozco que es un argumento novedoso: la razón principal para que alguien no conozca la Historia de su país reside en los metros cuadrados de su salón. Debería fijarse este comentante en el pequeño detalle de que, en este mundo en que vivimos, los pueblos que más saben sobre su Historia suelen ser los que menos tienen. Españoles que no saben quién fue Isabel de Castilla los hay a puñaos. Muchos más que kurdos que no saben quién fue Saladino.

Otro comentario del mismo tenor: «Más sorprendente es que en menos de unos pocos meses la gente se olvide de políticos que les han choriceado, puteado, y pisoteado y para más inri les vuelvan a votar, como para estar pensando en la armada». La gallina. Inasequible al desaliento, este comentante continúa: «Y es que en España se nos da muy bien por desgracia, olvidarnos de todo lo importante. Eso sí cosas como : el día, año y alineación de la selección española cuando ganó el Mundial , se la sabe más de media España». Talmente: conocer la personalidad y hazañas de Blas de Lezo es lo mismo que saberse que Juan Señor metió el gol definitivo en el España-Malta. Y olé.

Otrosí dicen los posteadores: «Sin querer renegar de la historia de nuestro país, ya va siendo hora de que seamos un poco conscientes de cual es nuestra situación actual, y nuestro papel en el panorama internacional». De nuevo, nos encontramos con una frase que abrocha dos cosas que no tienen nada que ver. Llevando esta teoría al extremo, en las escuelas españolas debería suspenderse la enseñanza de la Historia cada vez que España dejase de tener silla en el Consejo de Seguridad de la ONU, o perdiese una votación en el Consejo de Ministros de la Unión Europea.

Otra técnica típica de quien quiere criticar pero no sabe muy bien cómo, postura que como he dicho es muy normal cuando se habla de la Historia de España, es hacer juicios de intenciones de quien habla: « Yo no he "olvidado" eso de que España tuvo una gran armada pero no voy por ahí con camisetas con mensaje y cantando consignas con un megáfono [que hemos de entender que es lo que hace Delgado con sus declaraciones]. Es que me imagino al hombre este pensando cada vez que se cruza con alguien "mira, otro que se ha olvidado de que fuimos un imperio ultramarino». Ya. Puestos a imaginar, todos podemos imaginar cosas de todos.

El fondo de la cuestión, en todo caso, es prístimamente planteado por otro comentario. Éste: «Una cosa es conocer la historia, algo totalmente recomendable, y otra ensalzar las gestas y conquistas militares del siglo XIX. Aquí, afortunadamente, estamos vacunados contra esas tonterías que no llevan a ningún lado (bueno). Francamente, es una de las cosas que más aprecio de la cultura española, lo crítica que es con sus propios héroes añejos salvapatrias, ya que la crítica racional es la única que nos deja ver lo más parecido a la historia real, a lo que pasó realmente. Lo otro es autofelación y sólo lleva a mentiras y brazos en alto».

Entiendo que lo de los brazos en alto se refiere al franquismo; porque es práctica bastante habitual de todos aquellos que, como este comunicante, disfrutan de la «crítica racional» que se practica en España sobre su Historia que confundan todo régimen totalitario de derechas con el fascismo; lo cual es una gilipollez de libro, dicho sea de paso. Pero, bueno, en Historia lo importante no es conocer los hechos, sino ser suficientemente crítico con los propios héroes añejos salvapatrias. Lo que no sé es qué pensará este comunicante sobre la actitud que España debe de tener respecto de héroes de su Historia tales como Lluis Companys o Rafael Casanovas, por poner un par de ejemplitos.

Digo que en este mensaje está la raíz de la cuestión porque refleja, una vez más, lo extraña e increíblemente apegados que seguimos viviendo en España, casi 40 años después, al franquismo. El pilar maestro ideológico del franquismo, el falangismo, hizo del pasado de España, que calificaba de imperial y glorioso, uno de los leiv-motiv de su formulación. Así llegaron aquellas salidas de pata de banco en las que se calificaba a España de martillo de herejes, espada de Trento y no sé qué cosas más. Cuando Franco va y se muere, se supone que lo que hay que hacer, inteligentemente, es olvidarse de eso y construir con criterio propio. Pero eso, a lo que se ve, no es lo que hemos hecho. Lo único que hemos hecho ha sido continuar el franquismo, sólo que le hemos dado la vuelta: ahora lo que antes era bueno es malo y lo malo, bueno. Ahora resulta que, un suponer, Buenaventura Durruti, que era un asaltador de bancos que propugnó la creación de un régimen egalitario en Aragón en el que se repartieron más de tres y más de cuatro hostias, es un santo varón revolucionario. Y, sin embargo, un señor cartagenero que se atreva a decir que es intolerable que España no admire a sus marinos del siglo XIX es alguien que está alimentando «mentiras y brazos en alto». Un facha, vaya.

Nunca dejará de sorprenderme la medida en la que un viejo que se murió en 1975 sigue gobernando nuestras vidas y nuestra forma de pensar.

lunes, diciembre 26, 2011

Impuestos en España (hasta los Reyes Católicos)

Informo a la amable audiencia de este blog que el pasado sábado Papá Noël tuvo el detalle de dejar al lado de mi calcetín la última toma de Call of Duty. Por el dicho motivo, mi intensidad bloguera se verá resentida, porque la carne es débil y yo, al fin y al cabo, tengo que alimentar a esa parte de mí que todavía tiene doce años. No obstante, trataré de responder en fondo y forma al ritmo habitual de posts del blog. A ello, ya lo puedo anunciar, me va a ayudar Tiburcio el año que viene con un post de gran, gran calidad.

En fin, al torrao.

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Seguro que piensas que pagas muchos impuestos, y demasiado. Ni te culpo ni te desmiento. Algunos economistas dicen que el 9% del PIB marca el techo de lo que se puede llegar a cobrar en impuestos; pero, sea como sea, el Estado, cualquier Estado, se aplica siempre en alcanzar esa frontera en la medida de lo posible.

Este post no busca demostrarte que pagas muchos impuestos, ni pocos. Sólo pretende demostrarte que esto de pagar impuestos es tan antiguo como las sociedades mínimamente organizadas. En éste y en otros posts futuros, iré desarrollando las principales figuras fiscales de las que al menos yo tengo noticia para que te puedas ir dando cuenta de qué va la movida. O, más bien, de qué iba. Mejor dicho: de qué sigue yendo.

La historia de las naciones, como tal, es una historia impositiva. Si los Estados centralizados nacen y se reproducen, es por la necesidad de recaudar impuestos con eficiencia. Los impuestos están ahí para hacer fuertes a las naciones. Y, como Hispania ha sido una nación fuerte de tiempo atrás, de tiempo atrás está gravada con impuestos.

En la España romana, como es lógico, se cobrarían los mismos impuestos que gravaban al resto de la república o el imperio. Por lo tanto, hemos de entender que se cobraría la indicción, un impuesto sobre la renta de la propiedad rural; así como la superindicción, un impuesto especial recaudado en momentos de especial necesidad por parte del Estado (o sea, cuando había hostias). Para recaudar este impuesto, la propiedad rural era censada cada quince años.

Los agricultores pagaban la vigésima, o contribución del 5% de sus cultivos. Y era ésta una tasa fundamental para el funcionamiento de Roma, porque se pagaba en especie, y es, por lo tanto, la contribución que permitía la supervivencia de uno de los pilares de la civilización romana desde la Lex Frumentaria de los Gracos, merced a la cual el Estado facilitaba a los ciudadanos trigo a precio político. Medida ésta que fue la que alimentó durante siglos al lumpenproletariado romano, hacinado en barrios como la Subura, permitiendo con ello la pervivencia del régimen político hípercensitario, en el cual sólo eran políticos los patricios con pasta.

Romano es también el impuesto de sucesiones, del 5%, aunque dejó pronto de cobrarse a las sucesiones entre parientes cercanos, así como a las herencias medias y pequeñas. Existía el IVA en Roma, en forma de un impuesto del 1% sobre las ventas, así como una especie de IRPF: la capitación que, sin embargo, se aplicaba sólo a los hombres libres, los cuales la repartían, asimismo, entre los colonos que explotaban sus tierras.

Aquellos labradores que trabajaban tierras cedidas por el Estado pagaban el ager publicus: un décimo del grano cosechado y un quinto de la leña cortada. En lo que se refiere a cobros públicos ligados a los monopolios, el principal, en el caso de Roma, era el impuesto derivado por operar en el comercio de sal, establecido como de titularidad estatal.

Como podemos ver, los romanos, como civilización muy compleja, cobraban también un número elevado y complejo de impuestos. En España, la llegada de los godos dio un giro a esta situación, aunque sólo en parte porque, como es bien sabido, los reyes visigodos permitieron que los hispanorromanos mantuviesen su organización e instituciones, con lo que se creó una sociedad dual: por un lado, los antiguos hispanorromanos seguían pagando impuestos; y, por otro, los godos casi no pagaban nada, porque, al ser la corte visigoda pequeña y sencilla, no reclamaban los reyes demasiados ingresos. Los reyes godos, por lo tanto, vivían de los productos de las tierras que les habían tocado, de los impuestos pagados por los ciudadanos hispanorromanos, y de una pequeña contribución de sus pares, llamada eudo. El Fuero Juzgo prohíbe que romano pueda vender tierras a godo, en una medida que, claramente, está buscando evitar que la producción agrícola que está pagando impuestos deje de hacerlo.

Existían algunos impuestos ligados a la situación de cada momento, como las angarias y los bagages, pero los sucesivos concilios de Toledo se preocuparon mucho de que los obispos refrenasen su imposición (probablemente, como medida anticorrupción).

Esta estructura permanece básicamente inalterada hasta que estos godos originales, convertidos en reyes cristianos de la Reconquista, comienzan a gobernar sobre un terreno cada vez mayor, lo que les obliga a realizar crecientes exacciones fiscales para poder financiarse. Así pues, los tiempos de la primera reconquista generan una muy variada casuística fiscal.

Empecemos por la justicia, por la cual el rey se hacía dueño de multas impuestas a los súbditos por causas diversas.

La moneda o señoreage, que era un impuesto que cobraba la corona por acuñar moneda.

La fonsadera era un impuesto pagado por aquéllos a los que el rey concedía tierras en las zonas reconquistadas y que, al ser llamados a guerrear con él, preferían no ir y equilibrar su obligación en metálico.

Tampoco podemos dejar de citar los yantares, que eran servicios y pagos que tenían que hacer los pueblos de la zona donde se encontrase el rey y/o su familia (piénsese que entonces la Corte era poco menos que nómada) para mantenerlo. Esta contribución debió dar para protestas bastante ruidosas, porque Juan II de Castilla retiró a la reina y al príncipe el derecho a reclamar yantar por su cuenta y, al tiempo, eximió a los pueblos de menos de 100 habitantes de pagarla. Los yantares estuvieron en vigor hasta que las Cortes de Castilla establecieron un estipendio anual fijo para la Casa Real.

Según el Fuero de León, aquellos taberneros que hubieran de servir al rey, por encontrarse éste en su ámbito de residencia, le tenían que pagar seis dineros por día, a cambio de lo cual, durante el tiempo de servicio, el rey les mantenía, tanto a ellos como a sus asnos; los panaderos habían de pagar una pieza de plata cada semana, y los carniceros venían obligados a satisfacer un convite para todo el Concejo de la población; el fuero 37, por último, establece la obligación de toda mujer de amasar pan para el Rey, aunque exime a las féminas que no sean siervas. Eso sí, de amasar pan o amasar otras cosas para Urdangarín, no dice nada.

El rey se hacía dueño, asimismo, de los bienes de los condenados a muerte, salvo en algunas poblaciones que, como Córdoba, tenían fuero para conservarlos. Este derecho fiscal era una fuente de corrupción en sí misma; por ejemplo, no pocos historiadores consideran que Isabel de Castilla, a la hora de impartir justicia, solía tener cierta tendencia a apiolarse a acusados que tuviesen pasta, porque de esa manera financiaba las campañas de reconquista de su marido.

La martiniega era un impuesto que se cargaba sobre las tierras entregadas por la corona con dicho gravamen (una especie, por lo tanto, de ager publicus, que muchos nobles no habían dejado de cobrar en los tiempos feudales). Su nombre deriva de que su tasa era 12 maravedíes por cada plebeyo residente en el dicho terreno el día de San Martín. Asimismo, la marzadga era un impuesto satisfecho por los explotadores de las behetrías a sus señores; pago que se realizaba en marzo, de ahí el nombre.

También existía, en aquellos tiempos tardomedievales, un complejo sistema de impuestos de sucesión. La mañería era un impuesto que se pagaba por los que morían sin sucesión, incluidos los clérigos y frailes; consistía, simplemente, en que los bienes del mañero fallecido pasasen a manos de la corona, o del señor de las tierras donde residiese. Por mor de la aubana, albana o albinagio, el rey se quedaba con los bienes de un extranjero que falleciese en Castilla sin haberse naturalizado castellano o, aun habiéndolo hecho, no testase a favor de un castellano o extranjero naturalizado; este derecho, por cierto, existía en casi toda Europa, y en Francia no fue abolido hasta la Revolución Francesa.

Los moros residentes en Castilla satisfacían la morería, así como la aljama o judería los judíos. La base imponible de dicho impuesto era la protección prestada por el rey a estos ciudadanos, aunque, la verdad, mucho, mucho, no los protegía. Moros y judíos pagaban, asimismo, la alfarda, alfardón o lafardilla, que se les imponía por permitirles el rey vivir en sus tierras. Los moros, asimismo, pagaban los llamados diezmos morunos, de los cuales el principal era el alfarafe.

La almocatracía gravaba la producción textil lanera, motivo por el cual los vestidos debían llevar el correspondiente sello (como hoy en día las cajetillas de tabaco, por ejemplo).

Por supuesto, cuando se habla de la recaudación impositiva en los tiempos tardomedievales, no se pueden olvidar los montazgos, pontazgos o portazgos, todos ellos impuestos por el tráfico aduanero entre provincias, ciudades y aun pueblos.

Todos los citados eran los impuestos regulares, sobre los cuales los reyes castellanos podían pedir ayudas o pedidos de carácter extraordinario; o la moneda forera, un pecho quinquenal que cobraba el rey sobre sus tierras.

Las necesidades crecientes de los reyes de la Reconquista les obligaron a sumar diversos impuestos. Así, en el siglo XIII nacen los derechos de cancillerías, especie de tasas cobradas sobre actos de la Administración (gracias, títulos, nombramientos…)

De tiempo muy antiguo, además, se cobraran en la Castilla cristiana los diezmos, tal y como prescribe la Iglesia. Durante mucho tiempo, Corona e Iglesia se repartieron este impuesto, hasta que el concilio lateranense prescribió la naturaleza plenamente eclesial de este impuesto. A partir de ese momento, los reyes españoles iniciaron un lobby superpresionante sobre Roma para que se aceptase una participación de la corona en estos dineros, que suponían una recaudación muy regular, dado que nadie o casi nadie osaba no pagarla y enfrentarse a los fuegos del Infierno. Finalmente, el papa Alejandro II reconoció que dos novenas partes del diezmo debieran corresponder a la corona, momento a partir del cual esta exacción comenzó a conocerse como tercia real.

Con todo, en esos tiempos es cuando nace quizá el impuesto más importante de la Historia fiscal española: la alcabala. Era la alcabala el IVA tardomedieval, y gravaba un porcentaje sobre las ventas producidas. Es bastante claro que el origen de la alcabala es está ya en Roma pero, en lo que a León y Castilla se refiere, se puede decir que nace formalmente en 1342, año en el que las Cortes le conceden su recaudación a Alfonso XI para que así pueda financiar el sitio y toma de Algeciras.

En 1393 la alcabala pierde su carácter coyuntural pues, en la declaración de mayoría de edad de Enrique III por las Cortes de Madrid, éstas declaran: «El reyno vos otorga alcabala veintena, que son tres miajas al maravedí é mas seis monedas por este año, é face cuenta que montara la alcabala veintena doce cuentos é mas las rentas vuestras viejas, que son foreras é salinas, é diezmos de mar e tierra, é juderias, é morerias, é montazgos, é portazgos, é algunos pechos tales, siete cuentos, é tienen que es asaz». Al declarar las Cortes, pues que el reino consideraba «que es asaz» la recaudación de las rentas del rey más la alcabala, venía a integrar dicho impuesto dentro de los de recaudación continuada. Y hasta hoy.

Las Cortes de Burgos que concedieron alcabala a Alfonso XI la establecieron en el 5%. Los Reyes Católicos la subieron al 10%. En 1539, las Cortes de Madrid la llevaron a su primer tipo de nuevo. No sé por qué motivo y medio, a finales del siglo XVIII era del 14%, y fue reducida a la mitad, y al 4% cuatro años más tarde.

¿Más impuestos? Pues sí. Cada vez que un rey castellano se casaba, los vecinos de la nación pagaban 150 millones de maravedíes, impuesto denominado chapín de la Reina. Asimismo, el alesor, impuesto que se pagaba al propietario de un terreno en el que se levantaba un edificio, se satisfacía a favor del Estado (o sea, el rey) cuando el edificio se construía sobre tierra recuperada a los moros.

La maquila, que era la porción de grano que el molinero tomaba por sus servicios, también sirvió de base para crear una proporción de lo producido para el rey (maquila del Rey, pues).

Las leyes leonesas, asimismo, establecían una contribución anual de los viticultores al rey, consistente en «tres buenos cueros con sus arretas de sebo».

Los censos, que yo interpreto algo así como exacciones sobre la propiedad, eran de muchos tipos: silvático (sobre los bosques), montático (montes), pascuario (pastos), annonario (sobre las tierras de pan llevar, o sea cerealeras); censos paráticos, mansionáticos, también llamados fredas, paradas o albergas, satisfechos por los posaderos. Censos estáticos o estaciones (pagados por los tenderos). Así como el censo portático, también conocido como carrigamiento o tragina, que era una exacción pagada en aduana de acuerdo con la carga llevada.

Puesto que el censo pudiera ser pagado por el arriero, el carretero o un peón, tenía distintos nombres: respectivamente, tasca, censo rotático o pedaje. Cito esto porque entiendo que es de la última acepción, es decir de la tragina pagada por un peón, de donde viene el término peaje.

Y, bueno, preparar los bolsillos, que otro día los iré rascando. Especialmente, atentos los zaragozanos, valencianos y catalanes, que a la próxima iremos, seguramente, con el reino de Aragón.