lunes, octubre 01, 2007

El Callao (y II)

Era una guerra que España no podía ganar. Desde luego, en momento alguno se planteó, siquiera remotamente, el traslado de tropas de tierra para hacer una guerra como es debido; todo lo que intentó España fue castigar alguna población costera con su escuadra, para así forzar un final más o menos honroso de las hostilidades, a ser posible con anuencia para las reivindicaciones hispanas. Fue entonces cuando se decidió bombardear Valparaíso y cuando, para ordenar dicha medida, el ministro de Estado (Asuntos Exteriores), Bermúdez de Castro, envió al almirante de la escuadra, el gallego Casto Méndez Núñez, un oficio en el que le conminaba a sucumbir con gloria en mares enemigos mejor que regresar a España con vergüenza; despacho éste que provocó la respuesta de Méndez Núñez que de una forma o de otra todos los españoles, al menos los de mi generación, hemos oído referir alguna vez: «Si desgraciadamente no consiguiese una paz honrosa para España, cumpliré las órdenes de VE destruyendo la ciudad de Valparaíso, aunque se necesario para ello combatir antes con las escuadras inglesa y americana, allí reunidas, y la de Su Majestad se hundirá en estas aguas antes de volver a España deshonrada, cumpliendo así lo que su Majestad, su Gobierno y el País desean, esto es: primero honra sin Marina, que Marina sin honra».

Como se aprecia en las palabras de Méndez, la clave de todo este enfrentamiento eran Estados Unidos e Inglaterra, pues ambos países tenían barcos surtos en Valparaíso, amén de muchos intereses en Chile que les aconsejaban mediar para que no hubiese leches. Así las cosas, el comodoro Rodgers y Lord Denman, jefes de la flota gringa y británica, se pusieron a darle la barrila al almirante español para que declarase en qué condiciones no iniciaría el bombardeo de la bella ciudad chilena. Finalmente, Méndez Núñez aceptó poner como condición que Chile declarase que no había tenido el propósito de ofender a España, (amén de devolver la Covadonga), a cambio de lo cual España declararía que no tenía intención de conquistar el país (o sea, declarábamos lo obvio) y devolvería diversos botines y prisioneros de guerra. El acuerdo se sellaría, cómo no, con un intercambio protocolario de cañonazos, 21 como casi siempre, haciéndose el primero de ellos por parte de una fortaleza chilena. Quien haya tenido la paciencia de leer hasta aquí ya sabrá que este orden venía, de alguna manera, a significar que Chile se disculpaba ante España.

Chile no aceptó las condiciones. Lo cual no quiere decir estrictamente que no quisieran la amistad con España o que le diesen una importancia capital a lo del cañonazo. En realidad, lo que pasó es que los diplomáticos británicos en el país, no se sabe muy bien por qué, se dedicaron a comerles la oreja a los chilenos con que España, en cualquier caso, no iba a proceder al bombardeo de Valparaíso. Así pues, creyéndose salvos de la agresión con que se les amenazaba, nos hicieron la higa.

Méndez Núñez anunció el bombardeo de Valparaíso para el 31 de marzo de 1866, si no había avenencia. Debió de ser muy convincente pues el comodoro Rodgers, que hasta entonces había jugado a no creerse la acción, no sólo se puso de su parte, sino que anunció que la flota americana se iba de najas del puerto chileno. Se ofrecieron algunas soluciones al conflicto, que Chile no aceptó. El gobierno chileno, ciertamente, o estaba muy seguro de que los españoles estaban acojonados, o se había fumado algo, o tenía en su seno una cuota respetable de imbéciles; incluso, es posible que ocurrieran las tres cosas a la vez, porque su propuesta para solucionar el conflicto no se le ocurriría ni a un teletubbie con diarrea: un duelo internacional entre la flota española y la aliada, eso sí con la condición de que España retirase de la contienda su barco más moderno, la Numancia.

El 31 de marzo, desde las 9,15 hasta las 12 de la mañana, tras un aviso de dos cañonazos para que las escuadras americana e inglesa abandonasen el puerto, los barcos de guerra españoles Blanca, Villa de Madrid, Resolución y Vencedora bombardearon la ciudad semidesierta de Valparaíso, cuyos habitantes estaban en las alturas circundantes. Causaron las bombas daños por valor de unos 55 millones de pesetas de la época, según Chile.

Todo parece indicar que el bombardeo de Valparaíso envalentonó a la escuadra española, que empezó a albergar un proyecto más ambicioso, como era repetir el bombardeo, pero esta vez en la plaza de El Callo, auténtica plaza naval fuerte de los peruanos. Madrid quería que, tras Valparaíso, se bombardeasen diversas poblaciones menores, como Itique. Méndez Núñez se presentó en el puerto peruano el 27 de abril, avisando de que en cuatro días lo bombardearía.

El Callao era, ya lo he dicho, un puerto fuertemente protegido por dos torres blindadas y un total de 88 piezas de artillería, a lo que hay que sumar algunas medidas de urgencia tomadas por los peruanos, como el hundimiento en la costa de torpedos unidos a la costa por cables eléctricos. Los pocos barcos peruanos del puerto tenían cuatro piezas más. Por el contrario, por España estaban: la Numancia, que armaba 40 cañones; la Almansa, con 50; la Villa de Madrid, con 46; la Resolución, con 40; la Blanca; 36; la Vencedora, 3. En total, 215 piezas, aunque debe recordarse que eran barcos y que los barcos tienen esa cosa que se llama babor y estribor y, si se dispara por babor, no se puede disparar por estribor a menos que le queramos dar al horizonte. Así pues, la capacidad real de fuego era la mitad de esta cifra.

No obstante lo que acabamos de decir, no son pocos los historiadores españoles que destacan la franca desigualdad de fuerzas existente en la acción, a favor de los peruanos. Fundamentalmente, porque ellos estaban en casa, y tenían todo un país a las espaldas para proveerse de lo que necesitasen. Los barcos españoles no tenían ni un solo punto donde reabastecerse o repararse en más de 1.000 kilómetros. Esto viene a demostrar fehacientemente ese viejo aforismo de que en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo depende del color del cristal con que se mira. Los peruanos, por su parte, tienden a pensar que fue una lucha desigual, pero llevando ellos la peor parte.

La víspera del bombardeo, el almirante Méndez Núñez recibió, de manos del alférez de navío, Álvarez de Toledo, un oficio del gobierno de Madrid ordenando el regreso de la escuadra. La respuesta de Méndez Núñez fue:

- Mañana, día 2, bombardeo El Callao. Usted no ha llegado todavía. Llegará pasado mañana y, en cuanto me comunique la orden del gobierno, me apresuraré a cumplirla.

Así pues, el bombardeo de El Callao nunca debió producirse.

El bombardeo se inició a las 11,50 horas del 2 de mayo de 1866. Los barcos españoles sufrieron diversas situaciones, entre los cuales cabe destacar que el almirante Méndez Núñez, que se encontraba en la Numancia, fue herido; o que la Almansa tuvo que retirarse un tiempo del fuego por sufrir un incendio a bordo. Con todo, los daños fueron muchos más para las personas en tierra, hasta el punto de que a eso de las cuatro de la tarde sólo tres de las 88 piezas de la línea de puerto seguían disparando a los españoles. El fuego cesó a las cuatro y cuarenta de la tarde, cuando la mayoría de las embarcaciones españolas estaban ya casi sin munición. La batalla se saldó para los españoles con unos daños en sus fragatas y goletas que a ellos mismos sorprendieron por su levedad. El error fue de los peruanos, los cuales, a todas luces, se apuntaron a una estrategia de dejar entrar a los españoles en la rada para luego cañonearlos a lo bestia; estrategia errónea pues sus piezas de mejor calibre eran dificilísimas, cuando no imposibles, de usar en distancias cortas, con lo cual los pepinos más gordos, lejos de impactar en los barcos, los pasaban por encima.

Las fuerzas españolas registraron en la acción 43 muertos y 151 heridos, casi todos ellos marineros pues sólo dos, Enrique Godínez y Ramón Rull, eran guardiamarinas. Por parte peruana, las fuentes españolas cifran las bajas en 2.000, entre los cuales se contó el ministro de la Guerra y Marina, José Gálvez, y el coronel Zavala, hermano de Juan Zavala, que en ese mismo momento era ministro español de Marina. Muchas pérdidas se debieron a que los peruanos colocaron un frente de trincheras en el puerto pensando que los españoles querrían desembarcar en El Callao; cosa que, que yo sepa, nunca se nos pasó por la cabeza, así pues aquellos infantes murieron como chinches por una prevención inútil. Eso, sin olvidar que, como hemos dicho, el almirante español tenía orden de volver grupas.

Para colmo, 17 años después de la acción, el marino que sustituyó a Méndez Núñez al mando cuando resultó herido, Novo y Colsón, escribió un libro en el que decía lindezas como «las posiciones tomadas por la escuadra para batir a las fortalezas fueron tan poco estratégicas, que difícilmente se hubieran podido elegir peores».

Según este experimentado marino, a la escuadra española le habría bastado atacar El Callao desde el sur, maniobrando desde el sur de la isla de San Lorenzo en dirección este, para haber dispuesto para bombardear de un espacio amplio y profundo, con mucha capacidad de maniobra pues; mientras que la segunda división se podría haber colocado frente a la batería de Santa Rosa, desde donde podía bombardear sin que la fortaleza situada al norte del puerto pudiese alcanzarla. De esta manera, las baterías de la parte sur del puerto habrían quedado entre los dos grupos, que las habrían destruido con facilidad, pudiendo después unirse en el bombardeo a la fortaleza norte. Lejos de esto, los españoles se colocaron en El Callao en lugares donde siempre había algún cañón que les podía disparar.

O sea: fue una chulería.

Fue, en efecto, un intento por mostrarse ampulosamente belicosos, con desprecio hacia el peligro y la muerte. En mi opinión, algo hizo, para qué negarlo, cierto espíritu español de desprecio hacia el latinoamericano, en el sentido de creerle incapaz de presentar batalla seria en un terreno en el que España acumulaba ya entonces un glorioso pasado de siglos. Colocarse a tiro de los cañones peruanos cuando todos o casi todos ellos podían ser atacados desde posiciones seguras fue un gesto como el del matón que se enfrenta a otro en la calle haciéndole señas para que se acerque y diciendo: «Pégame, anda, pégame. Ven y pégame, si tienes huevos».

Creo que aquellos marinos, herederos ya se ha dicho de la inmortal honra de Lepanto y tal, se maquinaron primero lo que iba a pasar y, después, tuvieron completa certeza: España no presentaría batalla. En Madrid, alguien con dos dedos de frente se había dado cuenta de dos cosas: una, que el ejército y la marina españoles ya no eran lo que habían sido; dos, que los propios tiempos habían cambiado y que ya no estaba sonando la hora en la que el honor está por encima de la política y la diplomacia.

Fue una machada, una machada absurda que nos costó 43 vidas, y a los peruanos 2.000. ¿Salvamos el honor? Digamos que el 98% de españoles actualmente vivos, y creo que me quedo corto, que no saben una puñetera palabra de la acción de El Callao, son la demostración palpable de que más que salvar el honor, hicimos el gilipollas.

La batalla de El Callao, por último, no tiene ganador ni perdedor. Usualmente, desde España se suele argumentar que la ganamos nosotros, pues dejamos el puerto hecho una braga, destrozamos todas las piezas y causamos muchas más bajas que las que sufrimos. Los peruanos, por su parte, recuerdan que el bombardeo terminó a las cuatro y cuarenta y que a las cinco en punto el pueblo de El Callao podría estar descojonado, pero no había sido tomado por los españoles.

La discusión sobre quién ganó la batalla de El Callao es una más de las muchas gilipolleces que componen este episodio histórico.