miércoles, abril 15, 2009

¿Existió Jesucristo?

En los años sesenta, como todos supongo que sabéis, el papa Juan XXIII promovió la celebración del Concilio Vaticano II, considerado por muchos como un hito en la modernización de la Iglesia católica, apostólica y romana. De todos los documentos que alumbró dicho concilio hubo uno que fue motivo de grandes debates e incluso pudo no ver la luz dada la resistencia que existía entre muchos prelados de entrar a analizar el tema que es su centro. Se trata de la constitución dogmática Dei Verbum. Trata sobre la revelación del mensaje cristiano a los hombres.

La Dei Verbum es, en mi opinión, un prodigio de equilibrio intracatólico. Trata, a mi modo de ver con bastante éxito, de integrar todos los distintos puntos de vista existentes dentro de la creencia sobre la validez y la historicidad de los testimonios canónicos de la vida de Jesucristo, notablemente los Evangelios. En la segunda mitad del siglo pasado, ya no son pocos los exégetas y teólogos, dentro y fuera de la disciplina vaticana, que consideran que la idea sostenida durante siglos de que los Evangelios son la palabra de Jesucristo como tal transmitida, es muy difícil de sostener. Pero también son tropa en la Iglesia quienes creen en eso mismo.

Fruto de ese equilibrio, la constitución dogmática nos dice que «Confitetur Sacra Synodus, Deum, rerum omnium principium et finem, naturali humanae rationis lumine e rebus creatis certo cognosci posse». O sea, que Dios puede llegar a ser conocido «a través de la iluminación natural de la razón humana», es decir sin tener que pasar necesariamente por los Evangelios. Aunque, a renglón seguido (y como no puede ser de otra manera, ciertamente) invierte párrafos y párrafos en defender la divinidad de los mismos.

En otro guiño (o a mí me lo parece), la Dei Verbum nos dice: «Cum autem Deus in Sacra Scriptura per homines more hominum locutus sit, interpres Sacrae Scripturae, ut perspiciat, quid Ipse nobiscum communicare voluerit, attente investigare debet, quid hagiographi reapse significare intenderint et eorum verbis manifestare Deo placuerit». Es decir, que para interpretar las Escrituras, es importante investigar lo que quien las escribió quiso decir, y no tomarlas al pie de la letra.

En su parágrafo 19, la Dei Verbum ataca directamente la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Y lo hace afirmando lo siguiente:

«Mama Kanisa mtakatifu, kwa nguvu na daima amesadiki na hukiri kwamba Injili nne zilizotajwa hapo juu, ambazo anaamini bila kusita kwamba ni za kweli, zinasimulia kiaminifu yale ambayo Yesu Mwana wa Mungu aliyatenda kwelikweli na kufundisha kwa ajili ya wokovu wa milele, wakati alipoishi kati ya wanadamu hadi siku ile alipopaa mbinguni. Mitume, baada ya Bwana kupaa mbinguni, waliwatangazia watu yale aliyokuwa ameyasema na kuyatenda, kwa ujuzi kamili waliojaliwa baada ya kufundishwa na matukio matukufu ya Kristo na kuangazwa na mwanga wa Roho wa ukweli. Hatimaye watunzi watakatifu waliandika Injili nne wakichagua mengine kati ya mengi yaliyokuwa yamesimuliwa kwa maneno au kwa maandishi, wakifupisha mambo mengine, au kuyafafanua wakilenga hasa hali ya Makanisa. Tena waliandika wakilinda mtindo uleule wa kuhubiri, lakini daima wakisimulia mambo ya kweli na kwa uaminifu kuhusu Yesu. Wao wenyewe, wakichota kutoka katika kumbukumbu yao na pia ushuhuda wa wale ambao “tangu mwanzo walikuwa mashahidi wenye kuyaona, na watumishi wa lile neno”, waliandika kusudi watujulishe «ukweli» wa mambo tuliyoelezewa».

¿Cómo? ¿Que no domináis el swahilli? Pero... ¡los lectores de este blog son un erial! En fin, por esta vez lo voy a pasar. La versión castellana es:

«La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes «desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra» para que conozcamos «la verdad» de las palabras que nos enseñan».

Obsérvese el cuidado de las palabras. «Comunican fielmente» no es lo mismo que «refieren con exactitud». Además, se recuerda que la doctrina de la Iglesia descansa, además de en los textos, en las enseñanzas de los apóstoles (y, aunque no lo diga, de Saulo, el verdadero fundador de la religión cristiana). Por otra parte, los autores sagrados (y no os perdáis el detalle de que no se dice cuántos son) escribieron los Evangelios (aquí sí se dice que son cuatro, para que no haya dudas) a base de recuerdos personales... pero también del testimonio de testigos, de ministros de la palabra, o sea terceras referencias.

En otras palabras: el Vaticano II fue un paso, importante, para tratar de poner orden en la dura polémica en torno a la existencia real de Jesucristo.



En el fondo de toda esta polémica reside el problema, hoy completamente indisoluble, en torno a cuáles son las referencias más fiables que tenemos sobre la vida de Jesucristo. Lo cristiano es un universo repleto de galaxias que son documentos muy diferentes, muchos de los cuales han experimentado lo que los expertos llaman interpolaciones, es decir, textos añadidos a posteriori para dar más credibilidad o añadir algunos detalles a los relatos. Lo que la Iglesia considera textos canónicos es sólo una pequeña parte de toda esa literatura, y hay quien piensa que no con demasiadas razones que lo justifiquen.

Parece que la literatura litúrgica más antigua que se conserva son algunas de las epístolas de Pablo de Tarso; las dirigidas a los gálatas y a los romanos, así como pasajes de la primera a los corintios, suelen considerarse como las más sólidamente auténticas. En estos textos se habla de la crucifixión y resurrección de Jesucristo, se habla de la cena pascual e incluso se menciona, una sola vez, que Jesucristo habría tenido doce seguidores (aunque hay quien considera estos dos últimos pasajes como interpolaciones posteriores). El resto de los detalles conocidos por los Evangelios no aparecen y, hecho importante, en caso alguno se refieren a Jesucristo como un maestro que hubiese impartido enseñanza alguna. No hay, pues, mención a la doctrina alguna expresada por ese fundador. En los documentos inmediatamente posteriores, tales como la epístola de Clemente (en torno al año 100), Justino mártir, Policarpo o Barnabás, no se citan las enseñanzas de Jesucristo, ni su parentesco, ni sus milagros.

En el mundo de las primeras sectas cristianas, cultos surgidos desde el judaísmo incluso antes de la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d.C.), existen unos denominados por los griegos nazoraios, palabra traducida habitualmente como nazaritas o nazarenos, denominación que no tiene necesariamente que provenir del nombre de una aldea llamada Nazaret, pues puede estar relacionada con palabras como netzer, o sea rama. Lo que sí es claro es que Pablo nunca llama a Jesús nazareno, así pues su identificación como tal no es propia de los primeros tiempos.

Lo inquietante del asunto está en que los vestigios de un culto a un Jesús (más concretamente, Joshua) están ya en el Antiguo Testamento. Así ocurre, por ejemplo, en el libro de Zacarías, donde se cita a un sacerdote Joshua que es identificado simbólicamente con la rama. La rama parece haber sido desde antiguo y en varias creencias (adoradores de Mitra, o de Démeter) el símbolo de la vida. Hoy, la rama está presente dentro de la simbología de la Semana Santa católica.

En realidad, para rechazar de plano la idea de que Jesús pueda ser un mito y no un personaje histórico, todo lo que tenemos que hacer, o hacemos, es pecar de modernocentrismo; es decir, de la idea de que el único mundo que ha existido es el que conocemos, es decir el mundo moderno. Para nosotros es inconcebible que alguien pueda tener seguidores que lo consideren el salvador de la Humanidad durante 2.000 años sin haber existido realmente. Pero eso es así simplemente porque desconocemos el mundo antiguo. En el mundo antiguo Osiris o Mitra, por citar los dos ejemplos más evidentes, también fueron considerados salvadores de la Humanidad, y durante más tiempo que lo ha sido considerado Cristo; y, sin embargo, a nadie en sus cabales se le ocurre rayarse con la idea de que Osiris pueda ser un personaje histórico.

Otro elemento importante, como he dicho, es la insoportable levedad de los documentos de referencia que tenemos como fuentes, y que son, sobre todo, los cuatro evangelios canónicos. Estos escritos no fueron elaborados en la forma que los conocemos hasta el final de la segunda centuria; para que nos entendamos, ello viene más o menos a equivaler a escribir hoy la biografía de Napoleón (pero sin la cantidad de libros que se han escrito sobre él por medio, sino con referencias de referencias de referencias de mitos de creencias de lo que Napoleón hizo o dejó de hacer, dijo o dejó de decir). A esto hay que unir el hecho, sobradamente conocido, de que los evangelios canónicos son sólo un subconjunto de los evangelios existentes; siendo los otros los llamados apócrifos, algunos de los cuales, por cierto, tuvieron en los primeros tiempos del cristianismo tanta o más popularidad que los que finalmente se eligieron como la versión fetén. Por así decirlo, para creer que los evangelios que todos (por lo menos en mi generación) hemos leído en la escuela son la versión adecuada de lo que pasó (si es que pasó), sólo contamos con la palabra de la Iglesia. Es, pues, una cuestión de fe, no de conocimiento.

Son muy conocidos los muchos datos que contiene la narración evangélica que cuadran muy difícilmente con la realidad. Jesucristo cena con sus discípulos, luego éstos se duermen y él se va a rezar y allí es prendido en una escena que no tiene mucha explicación. Horas antes ha entrado en Jerusalén en loor de multitud, pero aún así a los polis les hace falta que uno de sus discípulos le dé un ósculo para señalarlo. Una vez detenido es llevado ante el gran sacerdote... que se encuentra reunido con sus escribas y dignatarios. ¿Por la noche?

El nacimiento de Jesucristo no pudo ser cuando nos dice la tradición a menos que los pastores que dormían al raso aquella noche fueran supermanes, porque en Galilea, en diciembre, hace una rasca por la noche que lo flipas. La fecha de la Navidad, lejos de ello, está escogida por la Iglesia dentro de una estrategia de identificación de los ritos cristianos con ritos anteriores; la Navidad es en diciembre porque los pueblos antiguos celebraran en ella un nacimiento, el del Sol; hay estudiosos que consideran a Jesús una transliteración del Dios-Sol de los antiguos. Incluso la Semana Santa viene a coincidir, más o menos por casualidad, con el momento del año en el que muchos pueblos paganos celebraban una muerte, la de Adonis en las fauces de un lobo.

Asimismo, Jesús no es el primero que resucita de su tumba; lo mismo creyeron los seguidores del mito de Mitra. La conversión de agua en vino se creyó de Dionisos, y la capacidad de andar sobre las aguas de Poseidón.

El culto cristiano ni siquiera es el primero el creer en la purificación del alma con el concurso de la sangre. Esto ocurría también en el culto de Attis, de cierta popularidad en Roma. Los creyentes de Attis sacrificaban un buey en el lugar que consideraban propicio para ello; será casualidad, pero en ese lugar hoy se levanta la basílica de San Pedro.

Otro elemento que han señalado algunos filólogos es el hecho de que todas las mujeres que rodean a Jesucristo se llamen María. El hecho encuentra su importancia en que, según orientalistas como P. Jensen, en las culturas del área la madre de dios siempre portaba nombres que empezaban por Ma: María; Marianna; Maritala (madre de Krishna, el de Hare Ídem); Mariana, madre del dios bitinio Mariandinio; o Mandane, la madre de Ciro, por quien se profesaba cierto culto mesiánico (véase, a tal efecto, Isaías 45,1).

Asimismo, se conoce que los grandes jerarcas judíos de los tiempos posteriores a Jesucristo se servían de hombres especiales dedicados a la recaudación de tributos e inspección de los fieles, en número habitual de doce; costumbre de la que puede estar tomada la cifra de doce apóstoles que, si leéis los Evangelios con atención, veréis que surge con bastante inconsistencia. Otro elemento que, como he dicho, no tiene mucho sentido, es Judas. La traición de Judas no es en modo alguno necesaria para la detención de Jesús, por lo que es un personaje quizá incluido con posterioridad, a través de la representación de autos sacramentales en los que los gentiles, es decir los cristianos no judíos, comenzaron a construir esa inquina tan típica antijudía (ellos mataron a su Maestro); autos sacramentales en los que quizá, para enervar aún más la acusación, se introdujo a un judío (o sea, ioudaios, que se pronuncia casi como Judas) que traicionaba a Jesús.

Otro elemento para la polémica interminable es la propia pasión. La polémica tiene que ver con el hecho de que no pocos de sus elementos están ya presentes en el Antiguo Testamento; algo que los creyentes explican considerando que la pasión de Cristo cumplió con profecías previas, mientras que desde un punto de vista más escéptico lo que hace es confirmar que los relatos de dicha pasión contenidos en los Evangelios están, en realidad, tomados de las escrituras anteriores.

Es el caso de la famosa frase pronunciada por Jesucristo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Esta frase es la que textualmente inicia el Salmo 22 del libro de los Salmos, muy anterior. Esto sin tener en cuenta que aquí se produce una prueba más de la casi enternecedora propensión evangélica a las pequeñas contradicciones, pues si todos los apóstoles lo habían abandonado cuando fue prendido (Marcos: 14,50), y tan sólo, de los suyos, quedaban allí unas mujeres que lo seguían desde Galilea pero que se encontraban a distancia (Mateo, 27, 55), ¿quién oyó a Jesús pronunciar estas palabras? ¿Dónde están los testigos que, según la Dei Verbum, pudieron referir la información a los evangelistas?

Nos cuentan los Evangelios que los que pasaban frente a la cruz se burlaban del condenado. O sea, la misma situación descrita en Salmos: 22,7. Más aún, leemos en Salmos 22,16: «Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; agujerean mis manos y mis pies». Y cabe hacer notar que no era costumbre de la época crucificar clavando manos y pies.

Más allá, Salmos 22,18: «Se repartieron mis vestidos entre sí y mi túnica la echaron a suertes»; que es exactamente lo que refiere Mateo 27,35. Gran parte del material de la Pasión, por lo tanto, está en el Salmo 22, el cual no tiene valor profético alguno, o al menos yo no se lo veo, sino más bien trata sobre la humildad del creyente. Y aún hay más materiales. En el Salmo 41, versículo 19, se lee la queja: «Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí»; una posible transliteración del mito de Judas. Y, por último, en el versículo 21 del Salmo 69 se lee: «También me dieron hiel por comida y en mi sed me dieron vinagre para beber»; lo cual se corresponde con los episodios en los que le es ofrecido a Jesucristo vino con hiel primero y, después, una esponja empapada de vinagre.

Otro de los elementos de duda y polémica es la escasa, por no decir nula, huella que dejó la muerte de Jesucristo en la Historia. El historiador judío Flavio Josefo lo cita en sus libros sobre las guerras de los judíos, pero hay quien piensa que ese pasaje ha podido ser añadido con posterioridad. Otro gallo nos cantaría si se hubiesen conservado los textos de Justo de Tiberias, otro historiador soldado judío, el cual escribió otra historia como la de Josefo, que se ha perdido. En el siglo IX el libro existía, sin embargo, y fue leído por Focio, patriarca de Constantinopla; el cual se sintió contrito al comprobar que no decía nada de Jesús.

Por parte romana, la primera mención a Jesucristo está en las cartas de Plinio el Joven a Trajano, allá por el año 111, más o menos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en su carta, Plinio se refiere al obispo de Roma, Clemente, como autor de unas epístolas que no fueron consideradas como tales hasta 60 años después de la fecha de la carta; así pues, las sospechas de interpolación son muchas.

Tácito, en sus Anales (XV, 44), se refiere al incendio de Roma en tiempos de Nerón, añadiendo que culpó del mismo a los cristianos (Hollywood ha hecho maravillas con este pasaje) y señalando que el líder de este movimiento había sido ejecutado por orden de Poncio Pilatos. Pero hay cosas curiosas. Por ejemplo, que Tácito llame a la secta chrestiani, o sea cristianos, cuando el concepto de Cristo no sustituyó al de Mesías hasta la época de Trajano, posterior a su momento. Pero lo más sospechoso de todo es que cite a Poncio Pilatos como si fuese alguien que tuviera que ser forzosamente conocido por sus lectores. Cuando Tácito escribe han pasado muchos años desde que Pilatos fue procurador en Jerusalén, y en Roma había cientos, si no miles, de funcionarios de provincias. Para que nos entendamos: es como si yo escribo un texto ahora citando a Márquez y sin dar mas explicaciones, como si asumiese que todos mis lectores del 2009 van a saber que Márquez fue subsecretario de Agricultura hace un siglo. Otra más que probable «mentira» de Tácito es el célebre pasaje de las antorchas humanas realizadas con cristianos crucificados, castigo éste que era extraño a las prácticas romanas.

En todo caso, y como ya hemos dicho, el gran elemento de discusión han sido siempre los Evangelios, tanto los llamados apócrifos como los considerados canónicos por la Iglesia. Como ya se ha señalado en este texto algunas veces, los Evangelios son textos que adolecen de incoherencias y saltos extraños, lo cual viene a rebelar que, lejos de ser la crónica de cuatro cronistas como pretende la versión eclesial, son en realidad el fruto de muchas manos. Hay errores tan flagrantes como que el Evangelio de Marcos comience relatando el árbol genealógico del carpintero José, claramente para hacerlo descendiente de David; para, a continuación, contarnos que el linaje del propio José no tiene nada que ver con Jesucristo (pues éste nace mediante una concepción inmaculada), por lo que no se entiende muy bien por qué nos ha contado antes todo eso de la genealogía.

Por lo demás, los historiadores han dudado siempre de la historia de Herodes y los santos inocentes, pues una burrada de este calibre por fuerza debería dejar una huella en las crónicas que no se ve por ninguna parte. Además, como ocurre en el caso de la pasión, resulta sospechoso que en el propio Antiguo Testamento haya un precedente de este suceso, concretamente en Reyes 11,15: «Porque cuando David estaba en Edom, subió Joab el general del ejército a enterrar los muertos, y mató a todos los varones de Edom». Adad, descendiente de David, sobrevive a esta matanza y, además, lo hace huyendo a Egipto.

Los Evangelios sitúan el origen de Jesucristo en Nazaret. Pero el nombre de esta población no aparece ni en el Talmud, ni en el Antiguo Testamento; ni siquiera en Josefo. Sólo se la conoce desde el siglo IV.

Hay otras cosas que, aunque hay que admitir que son technicalities exegéticas, apuntan a que el evangelista, o los evangelistas, quizá tenían un dominio del tema menor del que creemos. Así, en el Nuevo Testamento, Jesús reprocha a los fariseos varias cosas, entre ellas «la sangre de Zacarías, hijo de Barachías, al cual matásteis entre el templo y el altar». Posiblemente, el evangelista, al escribir estas palabras, está pensando en Zacarías, hijo del rabino Jehojada, el cual según el libro de las Crónicas (II, 21, 20) fue lapidado por orden del rey Joash; pero lo confunde con Zacarías, hijo de Baruch (Barachías), quien fue asesinado en el interior del templo por las turbas por considerar que había conspirado a favor de los romanos durante el sitio de la ciudad. Pero es que el sitio de la ciudad ocurrió en el año 68, es decir 35 años después de la supuesta muerte de Cristo; ¿cómo pudo él, por lo tanto, realizar dicha cita delante de los fariseos?

En general, además, los evangelistas muestran pocos conocimientos históricos. Lucas sitúa la obligación romana de empadronamiento durante el gobierno siríaco de Publio Sulpicio Quirinio, que se produjo siete años después del teórico nacimiento de Cristo. O Lucas, que sitúa una acción durante el tretarcado de Lisanias en Abilinia, siendo lo cierto que Lisanias murió más de treinta años antes del teórico nacimiento de Cristo.

Incluso el propio mensaje de Cristo es en ocasiones contradictorio. Según qué esquina del libro leamos, es un reformador o un defensor de las leyes judaicas. Condena el divorcio y poco después se muestra comprensivo ante María Magdalena. Le dice a sus discípulos (Lucas, 22, 36) que el que no tenga una espada, que venda sus vestidos para comprarse una; pero luego (Mateo, 26,52) condena el uso de la espada con el famoso quien a hierro mata, a hierro muere.

Más aún. Jesucristo dice (Mateo 5, 43): «Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Más yo os digo: amad a vuestros enemigos». Esta frase sugiere un bajo conocimiento del Antiguo Testamento por parte de su redactor, ya que en este libro, que verdaderamente puede ser muy brutal en muchos pasajes, ya se encuentra, y bien evidente, la filosofía del amor al otro. Muchos años antes de Jesucristo, el Levítico dice (19,18): «No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y en Éxodo 23, 4 y 5, se dice: «Si encontrares extraviados al buey o al asno de tu enemigo, deberás volver a llevárselos sin falta. Si vieres al sano del que te aborrece caído debajo de su carga, y pensaras en abstenerte de ayudarle, deberás sin falta ayudarle a levantarlo».



No seré yo quien le diga a la Iglesia lo que ha de hacer. Me limitaré a dar mi opinión de que debería pensar en profundizar el camino amagado en el Vaticano II. La discusión en torno a la figura histórica de Jesucristo es baladí y absurda, porque es una discusión sin fin. Discutir sobre si Jesucristo existió alguna vez equivale a discutir sobre si a Ramsés II le gustaba que le rascasen la espalda con una rama de eneldo; se pueden buscar un montón de referencias a favor o en contra, pero nunca nadie conseguirá convencer a la parte contraria de la verdad de sus aseveraciones, porque pertenecen al terreno de lo etéreo, de lo que nunca conoceremos.
Personalmente, me inclino a pensar que la figura histórica de Jesucristo es más bien poco probable. Pero eso, como digo, en realidad no es tan importante. No pocos egipcios, griegos o romanos tenían bastante claro en su fuero interno que sus dioses no vivían en el Duat o en el Olimpo, y aún así los seguían. Lo verdaderamente importante de las religiones es su mensaje moral. Lo importante es tener una moral. Que provenga de una persona que la fe te hace creer que existió, o de tu naturae humanae rationis lumen, en el fondo no es tan importante.