jueves, mayo 13, 2010

La encrucijada socialista

España se despertó ayer, sin saberlo (aún), en una encrucijada. Una encrucijada que ya ha vivido en varias ocasiones, la última de ellas hace ahora 50 años. La encrucijada de la bancarrota estatal. Por una serie de razones que obviaré porque no son motivo aún, desgraciadamente, de análisis histórico, el país se ha dejado llevar, en un espacio relativamente corto de apenas tres años, por una senda que le ha obligado a rehacer hacia atrás, en unos meses, el camino de más de diez años que nos llevó a una situación de equilibrio fiscal entre gastos e ingresos públicos. Luego le hicimos un sorpasso a esa marcha atrás e incluso llegamos a niveles de déficit público históricos, que es en lo que estamos ahora. Tanto ha sido así que ha sido necesario tomar en el entorno internacional una decisión que cualquier economista decente rechazaría, cual es la monetización de la deuda, es decir el gasto de las reservas que los bancos centrales tienen para defender las monedas y la estabilidad en los mercados en la compra de papelitos cuyo valor futuro no está muy claro cuál va a ser. Monetizar quiere decir reajustar la masa monetaria; hacer que pasta que hoy está situada en títulos lo esté en pasta propiamente dicha. Así pues, aún sin incrementar la masa monetaria (cosa que se hará, para poder comprar más deuda), la monetización del momento n es la inflación del momento n+1.

Alguna vez he leído que había gentes en el equipo económico del presidente Allende que consideraban la inflación como el arma macroeconómica del proletariado contra la burguesía. La veían bien porque, en la cortedad de su visión dogmática, entendían que el pobre tiene pocos gastos y muy localizados, así pues la inflación atacará más al que gasta más y en más cosas, es decir el burgués y el rico. Esta anécdota, de ser cierta (porque una cosa es lo que se lee y otra lo que pasa de verdad), demostraría que en todas partes, hasta en la Casa de la Moneda allendista, tiene que haber tontos contemporáneos. La inflación es lo peor de lo peor para todos los que la sufren. Yo sólo he sido millonario una vez en mi vida: en 1989, durante los quince días que pasé en una Argentina hiperinflacionaria y con el austral en caída libre. Yo era millonario a base de que millones de argentinos no pudiesen pagarse ni un café. Cuando llega la inflación, así está el tema. Y si es peor que peor, lo que llega no es la inflación, sino la deflación. La deflación es, simple y llanamente, el infierno.

Esta mañana le decía a mi mujer que los grandes ganadores de la crisis en la que hemos ingresado, oficialmente, ayer por la mañana, serán los chinos residentes en España. Ellos tienen la filosofía que hay que tener ahora: trabajar como cerdas, gastar sólo cuando se pueda y en lo que se pueda, y si no se puede, ajo y agua. Es lo que todos tenemos por delante, lo queramos ver o no.

Pero hay más encrucijadas tras el discurso de ayer en el Congreso, y una de ellas muy interesante: la encrucijada del PSOE.

El Partido Socialista Obrero Español nace en un entorno jodido y de escasos alicientes para su crecimiento. España, dado su carácter mediterráneo y otra serie de cosas que tienen que ver con las notables habilidades de los primeros propagandistas ácratas, mucho más peritos que los marxistas, es un país cuya clase obrera propendía más al anarquismo que al socialismo, con la excepción de algunas zonas, notablemente la cuenca minera asturiana o el campo jienense, donde las teorías socialistas siempre han tenido mucho predicamento.

El gran líder del socialismo español, el tipógrafo Pablo Iglesias, tenía notables capacidades organizativas que le hicieron ver, tras el desastre de Cuba, una norma fundamental de estrategia política que los revolucionarios tienden a olvidar: lo más importante, en política, es estar. Iglesias se dio cuenta de que, en la España constitucional de la Restauración, para ganar espacios de influencia hacía falta participar en el sistema y aprovecharse de él, en lugar de ponerle bombas. Éste es el punto en el que el socialismo empieza a ganarle la partida al anarquismo, pues éste nunca entendió, ni entiende, que no se puede volar eternamente en línea recta.

Pablo Iglesias inventó la conjunción republicano-socialista, más diseñada para el poder local que para el Congreso, porque suponía la unión de dos fuerzas dispersas y débiles (una de ellas, el republicanismo, además desprestigiada) que por adición podrían aspirar a rasgar la malla de la corrupción electoral, especialmente en las grandes ciudades, y hacerse un sitio en las tribunas nacionales. Por mor de esta alianza Iglesias y sus principales acólitos consiguieron ser diputados y su minoría pudo aspirar a ser un poco bisagra de los hechos políticos.

La intervención del PSOE en la política del primer tercio de siglo es muy importante; más de lo que cabría deducir de su fuerza parlamentaria. Republicanos y socialistas tomaron banderas cruciales para el devenir político español en aquella época; especialmente la consigna de ¡Maura, no!, que se convierte en la primera vez que el PSOE ensaya una cosa que repetirá varias veces en las décadas siguientes con notable éxito: la idea de que hay demócratas de alta calidad (los socialistas) y demócratas de baja calidad o antidemócratas (las derechas); y la conversión ante los ojos de la sociedad de una pura pelea por el poder político en una pretendida lucha hercúlea por salvar las esencias democráticas del país. Maura fue atacado por las izquierdas estratégicamente lideradas por el PSOE como presunto asesino de la democracia española, especialmente tras los sucesos de la Semana Trágica y el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, que le dieron, a él y a su ministro Juan de la Cierva, vitola vitalicia de protofascistas (entonces la palabra no existía, pero el concepto sí). España, en términos generales, compró esa teoría, lo que erosionó notablemente el papel que Maura estaba llamado a jugar en la política española.

A mi modo de ver, el primer momento en el que el socialismo español se da cuenta de que está mazas es con el gobierno Canalejas, que se plantea como una reacción orquestada de liberales, republicanos, demócratas y obreristas contra el conservadurismo asesino de la Trágica. Y la cosa les funcionó, al menos hasta que Canalejas comenzó a hacer políticas liberales, demasiado conservadoras a los ojos de las izquierdas que lo sustentaban, y se produjo el enfrentamiento entre ambos (un poco como lo que va a pasar ahora entre Zapatero e Izquierda Unida). Luego Canalejas se murió porque lo mataron y tal, pero para entonces el PSOE ya estaba maduro para pensar en estrategias propias.

La huelga general de 1917, que a los socialistas lo mismo se puede decir que les salio medio bien que les salió medio mal, es el primer momento en que el PSOE decide jugar la Champions League de la política española. Iglesias, ya lo he dicho, era un buen estratega, aunque también cometió torpezas, de las que hoy nadie se quiere acordar, como amenazar de muerte de Maura en sesión parlamentaria. En todo caso, por mucho que hoy sea un icono también tenía sus limitaciones. Era un líder nacido y desarrollado para conseguir el crecimiento del socialismo; para el paso siguiente, que es el salto a la primera línea nacional, hacían falta otros líderes, y éstos fueron, sobre todo, Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero.

El ticket Besteiro-Caballero, sin embargo, hace nacer un fenómeno que ya no se apartará de la Historia del PSOE: las corrientes. Besteiro era intelectualmente un marxista de libro pero tenía una vena posibilista que matizaba enormemente sus ideas. Había llegado al marxismo desde la filosofía; era, pues, un marxista de biblioteca, y por eso mismo le faltaba esa llama revolucionaria que anida en el pecho de quien se ha hecho marxista como, un suponer, Pasionaria, esto es viviendo una adolescencia en un pueblo de mierda al lado de una mina de mierda cuyos mineros de mierda cobraban sueldos de mierda que además estaban obligados a gastar en una cantina de mierda propiedad de la misma empresa de mierda que les había firmado sus contratos de mierda. Besteiro y Pasionaria eran, pues, ambos marxistas, pero son dos ejemplos que demuestran a las claras que hay formas de ser marxistas que se diferencian entre ellas casi tanto como la diferencia que hay entre ser marxista y no serlo.

Largo Caballero era estuquista. Un día, siendo joven, estaba subido a una escalera, haciendo su trabajo de mierda y blablabla..., cuando pasó una mani de la UGT, y se fue con ellos. La suya, pues, era la génesis del revolucionario de acción, que quizá no sepa gran cosa sobre las sutilezas de la superestructura dialéctica, pero tiene eso que se llama capacidad estratégica. Poseo un pequeño folleto sobre la UGT escrito por él en 1929 y allí, en esas 60 páginas, está, de una forma u otra, todo Largo Caballero.

Besteiro es la teórica dialéctica y Largo el estratega del momento. El primero se mueve por la Historia con sextante y el segundo con un pequeño GPS. Ambos se juntan en la huelga general de 1917, que fue una huelga que si llega a hundir las estructuras de la España de la Restauración habría sorprendido a sus propios organizadores. Los socialistas no querían, con aquella huelga, emular a la revolución rusa. Sabían que no podían. Lo que querían, y a mi modo de ver consiguieron, fue inaugurar una nueva etapa en la Historia de España, etapa en la cual, al Parlamento como foro de evolución política, se venía a sumar un nuevo escenario: la calle. Y la calle, dijeron los socialistas bien claro en el 17 como Fraga haría 60 años más tarde, la calle, machos, es mía.

Luego llega la dictadura primorriverista, un gran momento para el socialismo español que, sin embargo, dibujó los perfiles de su división. La dictadura marca, en efecto, una de las cumbres del pragmatismo largocaballerista: Largo escucha los cantos de sirena del general Primo de Rivera, quien le ofrece la absoluta prevalencia sindical de la UGT sobre la CNT. Así las cosas, los anarquistas son ilegalizados y perseguidos por el dictador, la UGT es soportada de una manera más o menos velada, y Largo Caballero accede al Consejo de Estado; porque, sí, esos mismos socialistas que apenas 15 años antes le ponían palos en las ruedas a Maura porque en la Tierra no había más demócrata que el PSOE e Iglesias era su profeta, fueron consejeros de Estado en un régimen dictatoral.

Esta decisión de Largo, sin embargo, lo divorcia de Besteiro, quien en mi opinión durante aquellos años incuba incluso una seria inquina personal contra el líder de la UGT. A Largo tampoco le caía muy bien Besteiro; pero aún habrá otro socialista que le caerá peor.

Indalecio Prieto, hombre medio asturiano medio bilbaino (como Pasionaria), sin estudios, hábil y maniobrero como pocos, bastante lince para los negocios, se coloca de jovencito en un periódico de Bilbao de taquígrafo, y de ahí sube hasta el cielo socialista en relativamente poco tiempo. Prieto tenía de marxista lo que yo de lagarterana. Fue siempre, por encima de todo, prietista. El Prieto de nuestros tiempos contemporáneos es Adolfo Suárez, insigne suarista. Don Indalecio comprende como nadie, casi desde el primer momento, las enormes posibilidades que ofrece el PSOE como partido político integrador capaz de ganarse bolsas de votos más allá de los barrios obreros. Inventa, de alguna manera, el PSOE moderno, aunque lo que él quería inventar era otra cosa: una plataforma personal.

Largo Caballero, hombre de grandes odios, odia a Prieto con casi cada una de las células de su epidermis. Si Prieto participa en el Pacto de San Sebastián en el que se produce la conjunción de las fuerzas republicanas, es por joder a Largo. Si Largo reacciona a dicha reunión anunciando que la presencia de Prieto en la misma no compromete la postura del PSOE, es por joder a Prieto. Y en medio está Besteiro, a quien las conchas marxistas se le han ido cayendo poco a poco, que ya en 1930 es un gran admirador del laborismo británico, es decir del socialismo que cambia el sueño revolucionario soviético por ser parte del turno de poder, y que ya por entonces va diciendo aquello de que la huelga general de 1917 fue un primer escalón hacia otras movilizaciones más fuertes que, sin embargo, según él con el tiempo han perdido su sentido.

Cuenta Joaquín Pérez Madrigal en uno de sus libros que la mañana del 14 de abril de 1931, cuando ya se bullía con las primeras noticias macuteras de que los republicanos habían sacado unos resultados cojonudos en las municipales, Nicolás Salmerón junior pronunció un discurso en un círculo republicano en el cual, henchido de optimismo, aseguró que los republicanos serían capaces de echar al rey en cuestión de unos meses. Esta anécdota nos demuestra que nadie se esperaba aquella mañana lo que ocurriría en la tarde. Cuando el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, se presenta en el hotelito de Maura en la calle Príncipe de Vergara, donde esperan todos los republicanos, a poner a la Benemérita a las órdenes de la República, todos se caen de culo. El poder les ha llovido del cielo sin tener que arrear ni media hostia.

El PSOE no estaba preparado para esto. El PSOE tenía escrito el guión que tan mal salió en diciembre de 1930, esto es el cambio de poder mediante un golpe de Estado militar republicano apoyado por una huelga general de la UGT (la intentona Galán, pues) que pusiera el país en manos de estas dos fuerzas: el ejército de izquierdas y el PSOE-UGT. Con la histórica lección de civismo que dieron los españoles el glorioso 14 de abril de 1931, las cosas se truncaron, y el socialismo no pudo evitar que la República fuese protagonizada por quienes, desde los ya lejanos tiempos de Pablo Iglesias, habían sido sus compañeros de viajes: las izquierdas republicanas burguesas.

A partir de ahí, se inicia la conflictiva relación del PSOE con la República, que no hará sino ahondar sus divisiones internas. Largo Caballero, y la demostración es la mal llamada Revolución de Asturias, nunca renunció a su plan inicial, que es hacerse con la nación mediante un proceso revolucionario de catón marxista; proceso, según él, necesario porque Largo, desde 1917, tiene el rabillo del ojo izquierdo permanentemente troquelado en el anarcosindicalismo, y su preocupación constante es que la CNT le gane a revolucionario.

Pero para entonces el PSOE tiene ya una derecha. La derecha besteirista que no renuncia a su marxismo de base pero que, imbuida de las metodologías británicas, entiende que lo que toca es apoyar a la República y soportarla como fenómeno de evolución histórica (teoría, por cierto, que será más o menos la misma que la sostenida por los ya escindidos comunistas de obediencia soviética, aunque éstos, más que por convicción ideológica, apoyan la república por la teoría leninista de que para llegar a una revolución obrera antes debe producirse una revolución burguesa apoyada por los obreros).

En medio, por supuesto, Prieto. Prieto, que no es ni una cosa ni otra. Es lo que toque ser en cada momento para poder alcanzar su objetivo, nunca conseguido ni siquiera en el exilio, de ser presidente del consejo de ministros.

Los diarios de Azaña son buena fuente para cualquiera que quiera leerlos a la hora de aprender cuántos quebraderos de cabeza le dio a los gobiernos de izquierdas de la República la eterna pregunta de si el PSOE iba o no a colaborar con ellos. Unas veces lo hizo, otras no. Aunque cada vez tendió más al no, y esto fue por la actitud de los anarquistas. La CNT le puso la proa a la república burguesa casi desde el primer día; convirtió el nuevo régimen, también desde el primer día, en un insoluble problema de orden público, en el que no hay prácticamente un solo día sin hostias. Irredentos, relapsos y bastante ciegos, los anarquistas, que no ven demasiadas diferencias entre Azaña y los empresarios catalanes que los masacraban por las calles de Barcelona en la segunda década del siglo, se ponen en contra de casi todo: de los jurados de empresa, de la reforma agraria. De todo. Esto pone de los nervios a Largo. En las reuniones de la UGT, no pocos dirigentes regionales y sectoriales se levantan para quejarse de que la CNT les está pasando por la izquierda. En el área más obrera de España, Cataluña, la UGT se convierte en un personaje de ficción.

Esta competitividad revolucionaria es la que dirime las disensiones dentro del PSOE a favor del largocaballerismo. Besteiro es descabalgado del mando en la UGT por negarse a avalar la idea de un golpe de Estado revolucionario. Prieto, cuyo estómago tiene unas paredes mucho más gruesas que el de Besteiro, lo cual le hace más fácil tragar sapos, se convierte en un Trosky de vía estrecha de la noche a la mañana y se apunta a la organización del golpe. Largo concentra en su persona el mando del PSOE y de la UGT. Al calor del proyecto de golpe de Estado, la mal llamada Revolución de Asturias, el PSOE parece haber tomado una sola dirección.

Aquello sale como el rosario de la aurora, por muchas y variadas razones que sería prolijo analizar aquí. Lo importante es que sale mal. El fracaso del golpe de Estado revolucionario, cuyo objetivo, no lo olvidemos, era instaurar en España la dictadura del proletariado, crea una tormenta de la hueva en el seno del PSOE. Paradójicamente, lamina al besteirismo, que no había participado en la asonada, puesto que los socialistas tienden a culpar a Besteiro y su inacción del fracaso revolucionario. De esta manera, el besteirismo desaparece de la Historia del PSOE hasta Suresnes. El golpe, además, deja muy tocado el caballerismo. Es, pues, la ocasión del prietismo.

Indalecio Prieto y otros tan posibilistas como él en otras formaciones inventan el Frente Popular. El Frente Popular es una cosa que los republicanos fomentan para subirse a los votos del PSOE y luego gobernar sin ellos; el PSOE inventa el Frente Popular exactamente con la misma intención respecto de los republicanos; y ambos tienen la misma idea respecto de los votos, más o menos soterrados, procedentes del anarquismo. Prieto cree que va a poder manipularlos a todos: a los republicanos y a Largo. Pero se equivoca.

Largo Caballero no es ningún idiota. Entre febrero y mayo de 1936, se descubre como gran estratega político y alcanza el máximo de su capacidad maniobrera. De sendos mandobles se carga a las dos sombras que tiene delante: Azaña y Prieto. En primer lugar, se saca de la manga un tecnicismo constitucional para follarse al presidente Alcalá-Zamora; proceso en el que contará con la decidida colaboración de Prieto, quien a esas alturas todavía cree estar trabajando para sí mismo y no para su contrincante. Una vez que Alcalá se ha pirado, consigue que el candidato para sustituirlo sea Azaña, con lo que convierte al viejo político republicano en un orondo florero sin poder efectivo. Y luego, cuando Azaña, a la hora de formar gobierno, se fija en aquél en quien más confía, que es Prieto, Largo desempolva los eternos peros del socialismo para participar activamente en el poder burgués, le recuerda al PSOE que es un partido marxista y que lo suyo no es ocupar ministerios burgueses sino trabajar por el poder obrero, y consigue que el partido vete la cantidatura de Prieto.

El siguiente movimiento de Largo no lo conocemos porque, antes de que pudiera hacerlo, llegó Franco, le dio una patada al tablero y lo mandó a tomar por culo. Con la guerra, el PSOE pierde a Caballero, que muere en el 42. Pero esto no evita que el PSOE siga escindido. El PSOE del exilio se divide entre los negrinistas, muchos de ellos más comunistas que socialistas o cuando menos partidarios de la convergencia con el PCE; republicanos estrictos, que son los que, como Rodolfo Llopis, abonan a esa República fangasmagórica en el exilio que se empeña en tratar de convencer al mundo de que es el gobierno legítimo de España (un gobierno sin territorio ni población); y prietistas, antillopistas acérrimos para los cuales la República ya no existe y lo que hay que hacer es defender en España un proceso por el cual el pueblo decida su propio futuro; teoría ésta que les lleva a una herética convergencia con los monárquicos, que dura hasta que Franco le invita a pipas al ciudadano Juan al yatecito y éste deja al resto de los demócratas en la estacada.

Prieto muere en 1962, pero su bandera posibilista, pactista, sigue ondeando de la mano del socialismo del interior, que cada vez comulga menos con los sueños de abuelo Cebolleta de los republicanos del exilio los cuales, de alguna manera, son los herederos del caballerismo. Son los tiempos de Tierno, de Morán, de gente así, que se va a la calle Hermosilla a tomar café con Gil-Robles, y tal. La estructura del PSOE, como partido que lo es del exilio, está dominada por ese republicanismo acérrimo. Pero eso estalla en Suresnes de la mano del nuevo líder socialista, Nicolás Redondo, quien promueve al mando del socialismo a un político sevillano, Felipe González, con notabilísimas habilidades estratégicas.

Yo no sé lo que González opinará de sí mismo; mi idea es que González es, básicamente, un besteirista, y su actuación durante la década de los setenta resucita en el PSOE una cosmovisión socialista que de alguna manera parecía perdida. La decisión de González de abandonar el marxismo, e inmolarse (o amagar con inmolarse) como secretario general del partido cuando le ponen la proa, tiene toda la carga de conciencia de responsabilidad histórica que tienen algunas de las decisiones de Besteiro, notablemente la de no apoyar el golpe del 34 y apoyar, en cambio, el golpe de Miaja, mal llamado golpe de Casado, al final de la guerra civil. Desde la llegada de la democracia hasta 1996, pues, a mi modo de ver el PSOE es, básicamente besteirista; sigue una línea que ha sido minoritaria históricamente dentro del partido y que, sin embargo, en esos años da la medida de sus posibilidades, que son muchas.

En 1996 la cosa cambia, porque se rompe el guión. Un político de Valladolid demuestra que lo que se denominaba el techo de Fraga, esto es que la derecha española sería siempre relevante, pero nunca gobernante, es de cristal; y lo rompe con un golpe de chota. Como siempre le ha ocurrido cada vez que el guión no le ha salido como esperaba, el PSOE empieza a delirar y a cometer actos impuros. Felipe González, que de todas maneras ya estaba básicamente amortizado, se va. El partido, inusitadamente, descubre la democracia, las elecciones primarias, elige a un líder con grandes capacidades intelectuales pero escasa empatía con su electorado, que en un debate parlamentario de altos vuelos se enfanga en una discusión interminable sobre la aplicación del criterio de devengo en las cuentas públicas del que, a buen seguro, el 80% de sus votantes no entendieron una mierda. El líder se va, o le van, vaya usted a saber. Llega otro que intenta la convergencia de las izquierdas. Miel sobre hojuelas para una derecha que suspira por los votos del centro político: mayoría absoluta y nueva dimisión.

Leyendo las cosas en términos de tendencias históricas (besteirismo, caballerismo y prietismo), habiendo fracasado la primera y no apareciendo ninguna figura señera para el prietismo, era lógico que el ganador de la partida fuese el caballerismo. A la cúpula del PSOE llega, pues, un líder cuyos presupuestos estratégicos son: la convergencia absoluta con los sindicatos; el discurso obrerista del siglo XXI, que ya no es el discurso de la revolución sino el del Estado social; y un planteamiento neto de izquierdas en las formas de gobierno: ampliación del aborto, matrimonio homosexual, laicismo, etc.

El gran problema que ha tenido el neocaballerismo es el mismo que se ha encontrado el neokennedismo de Obama en Estados Unidos: la crisis económica. La crisis lo cambia todo, y algunos se han dado cuenta antes que otros. El caballerismo ha hecho en estos tres años lo que ha hecho de toda la vida de Dios: mantenella y no enmendalla, porque el mayor temor del caballerismo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos, es el reproche nacido a su izquierda. Hace setenta años, al caballerismo le obsesionaba ser sobrepasado por el comunismo libertario; hoy, y aunque esos sobrepases no tengan la misma calidad ni los mismos escenarios ni los mismos protagonistas, la preocupación sigue siendo la misma.

Lo que hemos vivido ayer, a mi modo de ver, es una escena por la cual el caballerismo se ha subido a la tribuna y ha dicho: ya no soy caballerista. O, más bien: ya no puedo serlo. Era lo que tocaba, y lo que había que hacer. Lo interesante, ahora, es ver cuáles van a ser las consecuencias.

¿Conseguirá mutar el caballerismo en un neo-neo-caballerismo, y salir del atolladero ideológico? ¿Mutará en besteirismo? En este segundo caso, ¿hará falta un nuevo Besteiro? ¿Existe? Y, por supuesto, siempre queda la tercera vía: el prietismo. Un líder al que le dé igual Juana que su hermana, al que le dé igual ser laico que católico, liberal que conservador, revolucionario que capitalista, y que viva, única y exclusivamente, para generar poder, y conservarlo.

Pero, ¿hay, hoy, algún Prieto en el PSOE?

miércoles, mayo 12, 2010

Escritoras a fregar

¿Sirve para algo la Academia de la Lengua? Opiniones hay para todos los gustos. Ni ingleses ni estadounidenses tienen cosa que se le parezca, y no por ello el inglés es idioma en retirada ni lenguaje que se pueda considerar en mayor peligro de deteriorarse que el propio español. La Real Academia sirve, teóricamente, para decir en cada momento lo que está bien dicho y bien escrito, aunque aceptando, evidentemente, que un idioma sólo tiene un monarca, que son sus hablantes. Por lo demás, la RAE también tiene sus cositas, especialmente su sistema de cooptación para la elección de nuevos miembros que hace que, en realidad, en sus sillones no siempre se sienten los que más saben de la lengua española, sino los que mejor le caen a los que ya están sentados. Aunque escriban cosas tan folklóricas como clítorix.

lunes, mayo 10, 2010

Conversación con un monárquico

MONÁRQUICO: España es un país monárquico.

JdJ: La cuestión, con las monarquías, no es tanto si las sociedades las quieren o no las quieren, sino la capacidad que tienen de decidirlo. En realidad, a mi modo de ver la monarquía española no se ha sometido a un refrendo positivo que se pueda considerar como tal nada más que una vez en toda la Historia de España, y es el momento en el que el libre pueblo español, terminada la guerra de la Independencia, decide por abrumadora mayoría (por mucho que no votaran) que los Borbones debían volver a reinar en España. Y no deja de ser curioso que ese pseudoplebiscito promonárquico se realizase en un momento en el que el movimiento en partes importantes del resto de Europa era precisamente el contrario, es decir poner en duda la monarquía. Hay que reconocer que esto, de alguna manera, avala las tesis de que, como decía Cánovas, la monarquía forma parte de la esencia socio-histórico-política de España. Claro que Cánovas también citaba al catolicismo como elemento de dicha esencia...

En todo caso, frente a ese plebiscito hay dos (Isabel II y Alfonso XIII) en los que el mensaje claro de los españoles a sus reyes fue que no los querían. Lo de Isabel II fue una asonada militar, así pues se puede pensar (retorciendo mucho las cosas) que el pueblo no habló. Pero lo de abril del 31 no se lo salta un cabo de húsares.



MONÁRQUICO: ¡Anda! ¿Y el referéndum del 78?

JdJ: El referéndum del 78 fue una consulta empaquetada. O decías que sí a todo o decías que no a todo. Que en el 78 se sometiese a referendo la Constitución no quiere decir que se sometiese a referendo la monarquía española. De hecho, su titular, cuando se aprueba la Constitución, ya es rey de España. Lo era desde noviembre de 1975, tres años antes de la Constitución pues, en virtud a una ley que 30 años antes define España como un Reino y otra que a finales de los sesenta designa al actual rey como titular de la corona de ese Reino una vez muerto Franco; designación que es fruto de un pasteleo entre el dictador y el heredero de la corona, en el yate Azor, a cinco millas de la costa de Donosti, y en un momento en que una parte fundamental de la oposición republicana había aceptado la convergencia democrática con los monárquicos, convergencia que le obligaba a apoyar la idea de que debían ser los españoles, libremente, los que escogiesen su forma de gobierno; y convergencia de la cual el ciudadano Juan pasó elegantemente.

Por lo tanto, la Constitución del 78, y éste es un matiz importante históricamente hablando, en lo que a la forma de gobierno se refiere, no crea una situación, sino que la acepta.



MONÁRQUICO: Pero en ese momento era mejor aceptar eso que ponerse a discutirlo.

JdJ: En efecto. Igual que en aquel momento era mejor aceptar un elevado nivel de influencia de los partidos nacionalistas en la política nacional, para así evitar la defección de los nacionalismos respecto del proyecto de transición pacífica; y era mejor aceptar un razonable concordato con la Iglesia católica que evitase tensiones por ese flanco, por citar sólo dos ejemplos de muchos que se podrían invocar.

Pero resulta que ya no estamos en ese momento. En la España de hoy, son15,5 millones los ciudadanos vivos que votaron o pudieron votar la Constitución, y 30,3 millones los que no.



MONÁRQUICO: Pero, ¿realmente a los españoles les preocupa este asunto?

JdJ: No lo sabemos. No se lo hemos preguntado. Partimos de la base de que lo que dicen las encuestas sobre la valoración de las personas de la familia real, así como las demostraciones de apoyo cada vez que aparecen en público, son el aval de que la gente quiere la monarquía. Esto tampoco es nuevo, porque los reyes siempre han basado la argumentación de su pertinencia en lo mucho que les aplauden por la calle. Lo cual no se entiende muy bien, porque, por las mismas, el día que un Mateo Morral les tira una bomba, deberían abdicar.

Los dos únicos reyes en la Historia de España que admiten que la gente no les quiere son Amadeo de Saboya y Alfonso XIII. Y no pongo en la lista a Isabel II porque, en mi opinión, esta señora se marchó de España convencida de que era una camarilla de cabrones la que le echaba. El resto, por lo demás, ha asumido con total naturalidad que eran queridos.

Lo de las encuestas es opinable. Si por valoraciones fuera, en el presente momento el PSOE debería resignar el gobierno para entregárselo a UPyD, ya que Rosa Díez está mejor valorada de Zapatero. Sin embargo, todos sabemos que ser el líder más valorado no te garantiza ser también el más votado. Pero, por alguna extraña razón, esa asunción sí que la hacemos en el caso de los monarcas.


Y lo de la calle también es opinable, pues si el que más partidarios junta en la calle es quien debe ser rey, entonces tendríamos que inaugurar la dinastía Esteban, con la reina Belén y su princesa Andreíta.



MONÁRQUICO: La monarquía, en todo caso, ha demostrado que sabe modernizarse, ir con los tiempos.

JdJ: No del todo. La sucesión monárquica no es un proceso moderno, en el sentido de democrático. De hecho, no sólo no lo es, sino que no puede serlo, porque si fuese democrático debería ser electivo, y si fuese electivo ya no sería propiamente una monarquía.

Además, hay mucho que avanzar en la fiscalización de la monarquía, cosa que no le pasa a la Dirección General de Carreteras o a la Consejería de Agricultura de la Comunidad de Murcia, por citar otros dos departamentos públicos a voleo.

Cabe dudar, además, de si realmente es un camino lógico eso de modernizar la monarquía.

Si se moderniza, debería hacerlo hasta el final. Decimos que una mujer debería poder heredar la corona de España igual que un hombre, porque lo contrario es discriminación por razón de sexo, la cual ya no existe en la España moderna. Pero, ¿acaso persiste en nuestro derecho sucesorio la institución del mayorazgo? Pues no. En la España moderna ya no existe la prelación del primogénito sobre los demás hijos; hoy (o sea, no hoy, sino hace ya la punta de años que lo flipas), todos los vástagos heredan por igual, cuando menos el caudal legítimo; y, desde luego, el primogénito no pilla más por el hecho de serlo.


La monarquía, sin embargo, conserva la institución del mayorazgo. No sólo hereda el varón, sino que hereda el primer varón nacido. El único compañero de viaje que tiene en este punto es el derecho de nobleza; o sea, un compañero de viaje moderno y adaptado a los tiempos que te cagas.

Igual que la monarquía es la única institución que queda en España que discrimina a la mujer frente al hombre, también su derecho de herencia es casi el único que discrimina al hijo segundo y siguientes frente al primero. Todo esto sin mencionar que la actual línea dinástica lo es por haber preterido en la misma a un pariente del rey actual por ser sordomudo, lo cual también es discriminar al discapacitado; si el primogénito del actual príncipe fuese sordo, o paralítico, si fuese Stephen Hawking, ¿ conservaría su derecho a reinar?

Por lo tanto: puesto que la herencia, en el Derecho español actual, es la misma para todos los hijos, la corona de España, que algún día heredarán los hijos del rey, debería ser heredada por todos ellos en pie de igualdad, y lo mismo los hijos de aquél o aquella que reinase. Todo eso, claro, admitiendo barco como cornucopia silvestre, es decir admitiendo que en un país moderno, en el año 2010, nada menos que la Jefatura del Estado resulta ser una posesión hereditaria, como las acciones del Banco de Santander, la bicicleta cromada aquella tan bonita, el gramófono del bisabuelo o el libro de recetas de la abuela Gertrudis.

Pero esto nos lleva a una pregunta: si hay varios herederos con los mismos derechos, ¿quién heredará finalmente? Hay una posibilidad, que ya inventaron, aquí en España, los godos: el rey reinante decide cuál de sus hijos es el más dotado para sucederle. Pero, claro, este sistema de cooptación tiene sus imperfecciones porque, la Historia lo demuestra, no siempre, o más bien pocas veces, el rey elige a aquél que más le conviene a la nación, sino el que más le conviene a él. Es lo que pasa, de hecho, siempre o casi siempre que el sucesor lo elije una sola persona (véase al efecto la historia de los partidos políticos).

Así las cosas, aun manteniendo el dudoso principio de que la Jefatura de un Estado pertenece a una familia, aplicando las reglas del derecho normalito, para culminar la sucesión no queda otra que votar. Pero, ya que votamos, ¿por qué votamos sólo entre los Borbón y no le damos una oportunidad a los García?



MONÁRQUICO: Esa última pregunta es capciosa. Un Borbón se prepara para ser rey, y un García no.

JdJ: Bueno, sobre la formación de los aspirantes, con mayor o menor probabilidad, a reinar, hay bastantes apreciaciones que hacer.

En primer lugar, de lo que yo sé de la formación de príncipes e infantes, parece ser que han estudiado carreras muy normalitas, con algún Erasmus por ahí en Georgetown y otros sitios. No parece, por lo tanto, que sea una formación demasiado distinta de la que reciben cienes y cienes de españoles. El príncipe, además, ha recibido una sólida, o dicen que sólida, formación militar. Pero cabe preguntarse si eso de la formación militar es propio de reyes del siglo XXI, porque algunos pensamos que en el mundo actual para ser hombre de Estado es más importante saber de redes de fibra óptica que conocer la teoría del tiro artillero.

Probablemente, eso sí, quien crece en una familia real adquiere unos conocimientos por encima de la media sobre aspectos puramente esenciales de la institución, como son el protocolo y esas cosas. Pero aquí, una vez más, cabe preguntarse si esas cosas, todo eso de que no poder levantarse de la mesa si el rey sigue comiendo o que hay que ser grande de España para poder llevar la cabeza cubierta en su presencia (¿también una visitante musulmana, por cierto?), no son, en realidad, reminiscencias medievales con los que me mejor acabamos.0

Pero hay más. En Europa habrá, yo qué sé, unas veinte dinastías reinantes en los diferentes países. Esas 20 dinastías han reinado entre, más o menos, los siglos XV y XIX. Eso son 500 años. 500 años son 20 generaciones. Si en cada generación cada dinastía real genera, entre príncipes, infantes, primos, sobrinos, etc., digamos 10 miembros (cálculo muy conservador, pues las familias reales suelen ser bastante prolíficas), entonces tenemos que en 500 años las familias reales han generado 4.000 miembros de familias reales (que son 20 por 20 por 10), los cuales han sido mantenidos por sus pueblos, han tenido la mejor educación que su época procuraba y, en general, un bienestar varias veces superior al del común de los mortales.


De esos 4.000 miembros de familias reales que han vivido en condiciones privilegiadas, ¿cuántos poetas sobresalientes me puedes citar? ¿Sabes de algún físico, algún astrónomo, algún cartógrafo, algún químico, algún historiador, algún filólogo? O sea, por poner un ejemplo extranjero para que no dé tiña; si te asomas a internet y ves una foto del prince Harry, o sea el que algún día será jefe del Estado británico, ¿a ti te da la impresión de ser un tipo que sabe hallar la primitiva de una función o distinguir un sintagma nominal de uno verbal? ¿Cuántas fotos has visto a lo largo de tu vida de su padre, el flamante Príncipe de Gales, leyendo un libro, y cuántas jugando al polo?


Si te vas hoy mismo al desierto del Gobi y arrancas de allí a una familia de nómadas analfabetos, te los traes al palacio real de Madrid y los mantienes a cuerpo de rey, a ellos y a todos sus descendientes, durante 500 años, estoy seguro que a la vuelta de cinco siglos te habrán aportado, eso es cierto, una larga lista de vividores; pero también se las habrán arreglado para parir algún que otro poeta, matemático, historiador, economista, director de cine, etc. Alguien, yo qué sé, por pedir algo, para quien Miguel Delibes sea más importante que Fernando Alonso. Claro que a lo mejor el problema lo tengo yo pues, como no me gusta navegar ni esquiar, tiendo a no valorar las habilidades propias de los príncipes.


En todo caso, vale: aceptamos barco como lamelibranquio hermenéutico, y partimos de la base de que sí, de que los aspirantes a rey se preparan para ser reyes. Esto quiere decir, por lo tanto, que para ser rey hay que formarse; para ser rey no vale cualquiera, no vale un piernas que pase por la calle. Pero, en ese caso, ¿por qué se le permite a los miembros de la familia real, potenciales reyes, casarse con periodistas y jugadores de balonmano?

Esto nos lleva a una tautología: para poder ser moderna, la monarquía debería ser rancia.


MONÁRQUICO: En todo caso, el papel arbitral de la monarquía es innegable.

JdJ: Lo que no se puede, a mi modo de ver, es jugar con dos barajas distintas, escogiendo en cada caso el descarte que más le interesa a uno. Eso, como decía antes, ya lo hizo Johnny King en los años cuarenta, cuando tan pronto la legitimidad de la corona española surgía de la voluntad de los españoles como de la legitimidad histórica de su dinastía, al albur de por dónde daba el viento.

La mayor parte de las veces que un rey, una dinastía o sus partidarios quieren justificar su legitimidad acuden a la legitimidad histórica. Otras veces, acuden al papel arbitral de la monarquía. Pero lo que tienen que hacer es decidirse por un argumento o por otro. Si se dice que la legitimidad monárquica es histórica, entonces no se puede aceptar que la monarquía es necesaria por su papel arbitral, porque, históricamente, lo que he hecho la monarquía, también la española, no ha sido arbitrar, es decir mantenerse au dessus de la melée y tratar de que quienes mandaban de verdad se pusieran de acuerdo (poder arbitral). Lo que históricamente han hecho los reyes ha sido ejercer, ellos, el poder a secas; mandar en el país, en muchísimas ocasiones incluso contra la voluntad de la mayoría o de minorías muy relevantes de la sociedad española.

Cabe preguntarse, además, qué legitimidad histórica aportan episodios como los de un rey que engaña a su pueblo comprometiendo una senda constitucional a la que luego traiciona (Fernando VII); una reina que responde a las peticiones de ser un monarca constitucional aprobando una carta otorgada en la que concede a su propio pueblo las libertades que graciablemente a ella le petan (Isabel II); o un rey que aplaude un golpe de Estado militar cuya primera medida de gobierno es enviar a dormir el sueño de los justos las gravísimas responsabilidades de algunos de sus amigos, y tal vez las de él mismo (Alfonso XIII). Porque si es cierto que «por sus obras los conoceréis», la legitimidad histórica de no pocos reyes españoles es como para esconderla.

Si optamos por defender el papel arbitral de la monarquía, entonces no podemos aducir las razones de legitimidad histórica; porque esa legitimidad histórica, como digo, no tiene nada que ver con el poder arbitral que dibuja la Constitución del 78. Pero si no hay legitimidad histórica, ¿cuál será la razón para que ese poder arbitral deba ser ejercido por el miembro de una determinada familia, para colmo miembro y no miembra, para recolmo el primero de los miembros nacidos y no cualquiera de los demás; para rerecolmo que no sea discapacitado?



MONARQUÍA: Pues lejos de lo que dices, la pertinencia del poder arbitral del rey queda bien clara en la Historia: las dos veces que España ha sido una República, fue un desastre.

JdJ: Cierto. La I República se desarrolló en medio de una guerra civil y una insurrección cantonal que estuvo a piques de acabar con el país (ahí sí que se rompía España); y la II República acabó con otra guerra civil que trajo cuatro décadas de dictadura militar.

Pero si los fracasos del pasado son un aval para rechazar fórmulas presentes, ¿acaso la monarquía no los tiene? Que los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II fueron reyes razonablemente buenos se puede sostener, aunque en el caso del último hay que aceptar barco como polisíndeton con trastero iluminado y asumir que un rey que lleva a su país a la quiebra económica, la bancarrota y la suspensión de pagos es un buen rey. Pero luego llegan Felipe III y Felipe IV que no son ninguna maravilla, especialmente este último que se empeña en no darse cuenta de que España no puede pagar ni un cacho de una mitad de un trozo de todos los gastos militares en los que se mete por mantener su prestigio. Luego llegan otros reyes que mejor no calificar (esto es hacerle un favor histórico a la monarquía) hasta Carlos III, que es tenido por el mejor de la añada. Tras él llegan Carlos IV y su hijo Fernando, los cuales traicionan a su país y lo venden por un plato de lentejas y un chalé en Francia con caballitos y todo. De Isabel II no hay más que decir que hubo que echarla de España. El ciudadano Amadeo, como ya he dicho, por lo menos tuvo la decencia de darse cuenta de que no lo quería ni la nobleza, que lo ninguneaba, y se piró. Alfonso XII tuvo un pase pero a su hijo hubo que echarlo de nuevo.

El resultado de todo esto es que con la monarquía tampoco nos ha ido bien. Con la monarquía hemos tenido quiebras, guerras civiles, hambrunas, hiperinflación, enfrentamientos cainitas entre territorios, marchas atrás históricas…



MONÁRQUICO: ¡Precisamente por eso! ¡La monarquía ha aprendido de esas experiencias!

JdJ: ¿Y la república qué es, tonta del culo? En todo caso, no es que diga que la república es una organización ideal para el Estado. También tiene sus peros. Pero, por lo menos, la podemos mutar sin cambiarla, con sólo modificar los nombres de sus magistrados.

viernes, mayo 07, 2010

Comuneros (y 3)

Pues sí. Característica propia de muchos movimientos revolucionarios es que su sector más moderado, que en el fondo se siente incómodo al lado de combatientes más radicales, comience a albergar la idea de negociar con el enemigo. En el caso de la rebelión comunera, a este hecho ayudó también que Carlos I no fuese ningún idiota y tuviese, de hecho, verdadera madera de estadista. De haber sido un chulo de putas, como lo han sido otros muchos reyes en la Historia, al haberse enterado en Alemania de la rebelión, habría montado en cólera y jurado no dejar en Castilla piedra sobre piedra. Lejos de ello, Carlos I se dió cuenta de que lo mejor, ante el pollo que se había montado y que corría el peligro de convertirse en una rebelión de profundísimas raíces, era contemporizar.

Así pues, aún en Alemania, el inflexible Carlos se convirtió en Carlos el comprensivo. Anunció que las ciudades que se le uniesen quedaban eximidas de la exacción aprobada en las Cortes de Santiago e incorporó a la regencia a dos personas de entre los más notables del país: el condestable de Castilla, Íñigo de Velasco; y el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez. Ambos consiguieron una estupenda perla para el rey flamenco: Burgos, entonces ciudad con intereses industriales, muy interesada en hacer negocios con Flandes, se unió al bando real.

Este tipo de cosas hizo perder prestigio a los nobles e incluso a los burgueses dentro del movimiento comunero. En consecuencia, progresivamente dicho movimiento va estando cada vez más dominado por los radicales, lo cual debilita sus posibilidades bélicas. De hecho, cuando el ejército real se dirigió a Torrelobatón a presentarles batalla, Padilla, reconociendo que no estaba en condiciones de presentarla, se desplazó a Toro. El 23 de abril de 1521, en medio de una fortísima tormenta, los realistas avistaron a la armada comunera cerca del pueblo de Villalar. En las condiciones que tenía el terreno, lamentablemente embarrado, la ventaja realista, que se basaba en que poseía unas fuerzas de caballería que los comuneros no tenían, fue decisiva. La batalla no tuvo color y Padilla, Bravo y Maldonado fueron apresados. Les montaron un consejo de guerra en unos minutillos y al día siguiente, con la fresca, los decapitaron. Tras su muerte, el movimiento comunero se disolvió como un azucarillo, con la sola excepción de Toledo, donde la mujer de Padilla, María Pacheco, mantuvo durante un tiempo una feroz resistencia.

¿Hasta dónde llega el radicalismo del movimiento comunero? El radicalismo existe, qué duda cabe. Pero es importante entender que es un radicalismo más antinoble que antimonárquico. Lejos de los objetivos que se fijarán, dos siglos y medio después, otras revoluciones, la comunera ni sueña con poner en cuestión el poder real castellano; de hecho, su campeona es Juana, representante, para Padilla y lo suyos, de la pureza monárquica.

De hecho, lo que los comuneros querían era depender del rey. Querían, en lenguaje de la época, ser de realengo. Querían que muchas posesiones de la nobleza volviesen a ser propiedad de la monarquía, porque era en los nobles donde veían la explotación y la injusticia. El carácter antinoble del movimiento comunero trufa sus dos grandes documentos programáticos, conocidos como los Capítulos de Valladolid y la Ley Perpetua. Ambos documentos se basan, en gran medida, en el testamento de Isabel la Católica pues la reina, igual que le pasó a Lenin cuando ya estaba gagá y se dedicó a escribir que si Stalin era un cabrón, se acordó, en el momento de su muerte, del poder que le había dado a la nobleza, a todas luces excesivo, y se queja de ello con amargura en sus últimas voluntades. Estas quejas daban a ojos de los comuneros legitimidad para reclamar la reversión de muchos señoríos, especialmente los que habían sido concedidos tras la muerte de la reina.

Otro capítulo importantísimo de la ideología comunera es su exigencia, siquiera embrionaria, de un orden fiscal. Los comuneros se quejan de la existencia injutificada de portazgos (pequeñas aduanas locales), de la injusticia en el gravamen de las bulas de cruzada o de las alcabalas, que eran algo así como el IVA medieval. En este punto, debemos de tener en cuenta que a nosotros, ciudadanos del siglo XXI, nos parece cosa muy fácil dirimir quién debe pagar qué. Hoy, comparar rentas y situaciones económicas es sencillo pues vivimos en un mundo de registros informatizados e información más o menos perfecta. Pero hemos de pensar que los impuestos renacentistas eran ya como los nuestros (esto es, exacciones sobre determinados hechos imponibles, fuesen éstos la venta de sal o cualquier otra cosa) pero sin nuestra capacidad de conocimiento. Esto era especialmente importante en aquellos impuestos que dependían de la situación patrimonial, pues no había catastros ni censos ni cosa parecida. En ese entorno de cosas, la corrupción y la injusticia eran de fácil producción y, por lo tanto, las protestas comuneras bien pueden interpretarse como la apelación a una racionalización eficiente del sistema fiscal, que tardaría varios siglos en llegar.

Otro elemento de modernidad de la ideología comunera son sus propuestas en materia de justicia. Aquí encontramos también una ambición racionalizadora muy encomiable. Se propone que la pena de confiscación sea una pena extraordinaria que sólo pueda imponerse por sentencia firme. Se defiende la independencia de los funcionarios judiciales, que deberían cobrar sólo de la corona y no de los nobles. Se exige la eliminación de la arbitrariedad a la hora de decidir cuándo se veían los casos. Y se exigía la existencia de una segunda instancia de apelación.

En términos generales, como puede sospecharse de lo dicho, los comuneros son, en buena parte, los grandes representantes en la Historia de España de lo que se ha dado en llamar la teoría contractualista de la monarquía; es decir, la idea de que la legitimidad real no proviene de la sangre ni cosas así, sino de un contrato con el pueblo sobre el que reina, contrato que ha de respetar.

La derrota de los comuneros supuso la adscripción de España a un regalismo estricto que, décadas y siglos después, cuando empecemos a tener reyes corruptos, limitaditos, directamente tontos del culo o simple y llanamente traidores e impresentables, pagaremos muy, muy cara. Tampoco hay que pasarse porque no está nada claro que una victoria comunera nos hubiera convertido en el Japón de los años setenta del siglo XX. Pero de muchas de las cosas de las que se habló en la Castilla comunera no se volvió a hablar en la Castilla a secas hasta que no nos hubimos convertido en un país de mierda.

jueves, mayo 06, 2010

Pros y contras

Con vuestro permiso, dado que mi blog económico lo tengo prácticamente abandonado, me animo a colocar este off-topic aquí, en medio de la historia de los comuneros.

El caso es que me he fijado, supongo que como mucha gente, en la declaración de ayer del Presidente del Gobierno, en el sentido de que es necesario reducir el déficit público, pero piano piano, para no comprometer el crecimiento económico.

Dice bien el presidente. Lo que teme que le pase a él le ocurrió a Roosevelt en la crisis del 29: la atacó creando el Estado social y mediante un programa de obras públicas que hizo declarar a uno de los miembros de su gobierno que EEUU tenía varios millones de personas empleadas sin que, en realidad, se supiera muy bien qué estaban haciendo. Aquello recuperó el tono de la economía estadounidense pero, precisamente cuando Roosevelt consideró que la cosa ya había madurado y que podía cerrar la espita, a la retirada del gasto público le siguió una coyuntura casi peor que la anterior.

Lo que quizás no le guste tanto oír a Zapatero es que esta confesión suya de ayer, de alguna forma, le quita la razón, a él y a tantos keynesianos como él que consideran que de las crisis de confianza se puede salir a base de poner a funcionar en las oficinas públicas la máquina de gastar. El hecho de que ahora la economía española esté atrapada en una pretendida dependencia del gasto público, y que lo haga sin haber salido de la crisis, es la mejor demostración de que no se puede salir de ésta exclusivamente con recetas de gasto público.

Pero, en todo caso, me gustaría hacer dos o tres reflexiones un poco más en profundo, con la ayuda de la Contabilidad Nacional. ¿Tan importante ha sido el papel del sector público?

He dividido España (o, más concretamente, los sectores institucionales de su economía) en sólo dos partes: Administraciones Públicas, y resto. En el resto, por lo tanto, están los hogares, las empresas financieras y las no financieras. Para este análisis, he juzgado que su tratamiento diferenciado apenas aportaría nada.

Empezando por el valor añadido bruto, o si lo preferís la riqueza generada, la evolución reciente de estas magnitudes es como sigue:



En los años inmediatamente anteriores a la crisis (años muy buenos económicamente), el VAB de las Administraciones Públicas se situó en un 11,7%, más o menos, del VAB total de la economía. Dicho de otra forma, de cada 100 euros de riqueza generados, 11,7 lo eran por el actor público. En el conjunto del 2009, concretamente, se ha ido al 13,7%, es decir ha ganado dos puntos porcentuales de PIB, que son algo así como 20.000 millones de euros. Aquí tenemos, pues, la contribución del gasto público al evitamiento de la crisis. Podríamos decir que si el Estado no hubiera hecho nada; si no hubiese modificado su actuación por el estallido de la crisis y se hubiese obstinado en mantener su papel como era antes de comenzar, la caída del PIB habría sido mucho más grave, en torno a dos puntos de riqueza que el PIB del 2009 sí tiene y no habría tenido si las AAPP no hubiesen reaccionado.
¿Se ha sustantivado este mayor papel de las AAPP a través del consumo final?




El consumo final de las AAPP rozaba, antes de la crisis, el 10% del consumo final de la economía, y en el 2009 se situó en el 11,4%. Según mis cálculos, el consumo añadido por las AAPP como consecuencia de la crisis (o sea, esos 1,4 puntos porcentuales de más) vienen a suponer unos 11.250 millones de euros.
Donde, para mi gusto, ha estado la participación verdaderamente relevante de las AAPP, sobre todo en términos relativos, ha sido en la formación bruta de capital fijo o, como la llamábamos de soltera, inversión. Sumemos las magnitudes de las AAPP y del resto de la economía.



En primer lugar, hay que darse cuenta de que la curva de la formación bruta de capital presenta diferencias respecto de las otras que hemos visto: en este caso, la quiebra de la tendencia observada hasta el 2007 es muchísimo más radical. La inversión ha caído mucho más que el consumo o el VAB. Hay que tener en cuenta, desde luego, que los proyectos inversores de las empresas no financieras se han frenado, como también lo ha hecho la FBCF de los hogares, que está compuesta casi exclusivamente por compra de vivienda.

Aquí es donde se ha dado un relevo más claro. En el año 2006, último completo de la larga expansión económica que ha precedido a esta crisis, la inversión pública fue exactamente del 12% de la inversión total de la economía. En el año 2009 ha trepado hasta el 17,6%. Las AAPP han puesto en juego 14.600 millones de euros adicionales de inversión, según mis cálculos, inducidos por la crisis. Evidentemente, si esto se frenase, y si no hay cambio en la tendencia descendente del resto de la economía, el resultado sería complejo.

Existen, pues, muchos elementos para sustentar la afirmación hecha de que no se puede parar la máquina de gastar sin comprometer el crecimiento económico. Pero aún hay otro dato.

La Contabilidad Nacional por sectores institucionales calcula una última línea que es la capacidad o necesidad de financiación de cada sector; es decir, en qué medida cada sector, o la economía en su conjunto, es capaz de generar los recursos que necesita para financiar la actividad que está realizando. Una vez más, veamos el gráfico con la serie histórica de esta magnitud.

El principio de la serie (año 2000) define muy bien la situación de la economía española en sus años buenos: una economía suavemente deficitaria, con necesidad neta de financiación, a la que puede responder, sin embargo, con facilidad merced a su elevado ritmo de creación de riqueza, y con un sector público que es prácticamente superavitario o en todo caso está muy cercano al equilibrio. En los años de economía acelerada, 2005 y siguientes, la posición de financiación de los sectores privados (resto de la economía) se deteriora notablemente; tanto empresas como, sobre todo, familias, se sobreendeudan, en un proceso que no será por veces que instituciones como el Banco de España destacaron alarmados, a lo cual el actor público reacciona convirtiéndose en un ente superavitario en materia de capacidad de financiación.

En los años 2008 y 2009, la situación cambia radicalmente. Los sectores privados, que estaban endeudándose a mansalva para financiar su expansión porque la economía iba bien, reaccionan con inmediatez al deterioro de la situación económica iniciando una corrección radical de su posición de endeudamiento que, asimismo, es una reacción a la restricción del crédito. La curva cambia de dirección de una forma brusca, de manera que apenas necesitan año y medio para pasar de una situación de profundo déficit de financiación a situación cero o, como dicen los comerciantes del Rastro, ni p'a ti ni p'a mí.

Las Administraciones Públicas toman el camino contrario, en una estrategia anticíclica, como decía, de corte keynesiano. El Estado gasta cuando la economía ahorra, consciente de que tiene que operar de contrapeso para matizar las consecuencias de la crisis.

El problema es dónde sitúa esto a las AAPP el final del 2009. Con una necesidad de financiación de 117.000 millones de euros, el actor público se encuentra con unas altísimas necesidades de conseguir recursos, lo cual lo convierte en un competidor de primera magnitud en los mercados de capitales, no desde luego como demandante de préstamos bancarios sino, fundamentalmente, como emisor de deuda, así como mediante la gestión de sus propias deudas comerciales, pues pagar con retraso no deja de ser una forma de financiarse a corto plazo.

Hay, pues, un balance: el balance entre la vertiente traumatúrgica del gasto público, que es innegable y se traduce en su evidente rol de sostén de la economía para que no caiga más de lo que ha caído; y la vertiente tóxica, que consiste en las distorsiones y frenos al propio crecimiento que introduce el Estado como ente necesitado de una financiación que por ello deja de recibir el resto de la economía. Esta vertiente tóxica es la que sitúa, además, en sus justos términos las consecuencias de los eventuales downgrading de la deuda española, pues a menos rating, más spread, luego la deuda es más cara (hay que ofrecer más tipo para venderla) y se produce un efecto explosivo, autoalimentado, que hace que cada vez cueste más cubrir esa necesidad de financiación.

Soluciones, sólo hay dos: o el Estado gasta menos, o el resto de la economía toma el relevo y comienza a invertir, recupera su tono de consumo y creación de valor añadido. En puridad, hay una tercera vía, y es que el Estado recaude más, es decir, mejore su posición de financiación aumentando sus ingresos, que es lo que persigue la subida del IVA. Pero si veis la curva del consumo final acabaréis por llegar a la conclusión, o al menos a mí me ha pasado, de que a menos que la curva descendente que se ve en la gráfica deje de serlo, subir el IVA puede ser hacerse un pan con unas tortas, porque la base imponible del impuesto, que al fin y al cabo es el consumo, al ser menor, podría incluso revertir menos recaudación.

El problema que yo tengo es que, a día de hoy, no sé cuál de las dos soluciones, o las dos, se ha tomado.

miércoles, mayo 05, 2010

Comuneros (2)

La primera vez que Carlos vio España fue en septiembre de 1517, y fueron las costas de Cantabria a las que arribaba por error. Como consecuencia de todo ello, la primera visión de España fue la rebelión inmediata de los campesinos cántabros, los cuales, viendo barcos extraños e inesperados, se dieron por invadidos y se aprestaron a una defensa innecesaria. Llegó, como decíamos, apenas adolescente y rodeado de una serie de asesores flamencos que eran profundos creyentes en la monarquía patrimonial. Castilla le pertenecía al rey y, por lo tanto, éste no tenía por qué dar explicaciones ni sonreír a nadie. Entre otras cosas, Carlos comenzó a dar vueltas por España con la intención, cumplida , de evitar la villa de Roa, donde le esperaba el regente Cisneros. De hecho, el rey le mandó al cardenal el finiquito sin siquiera haber cruzado dos palabras con él. Algo de lo que Cisneros no se enteró, pues antes de que llegase la carta con su cese, falleció.

Comenzó, casi inmediatamente, el acaparamiento de cargos por parte de los flamencos. Chievres, brazo derecho del rey, fue nombrado Contador Mayor de Castilla; Guillermo de Rocroy, un mozalbete que a los veinte años ya era cardenal, recibió la diócesis de Toledo. Y, en el colmo de los colmos, otro flamenco, Jean de Sauvage, fue nombrado presidente de las Cortes de Valladolid, que debían avalar el reinado de Carlos. La que montaron las 18 ciudades castellanas representadas en las Cortes fue mundial, ante lo que Carlos hizo lo que hacen acostumbradamente las personas de su grey: prometer arreglarlo, y no arreglarlo.

El principal problema entre el rey y las ciudades, sin embargo, era la economía. Como aún no se había inventado el FMI, de algún sitio tenía que sacar Carlos la pasta para poder transitar por las rutas imperiales que siglos después cantaría la Falange (el reinado de Carlos I desde el punto de vista presupuestario ha sido inmejorablemente analizado por Ramón Carande en su clásico Carlos V y sus banqueros). En Valladolid pidió un servicio de nada menos que 600.000 ducados.

Pasado malamente el trago pucelano, y estando en Aragón, la espichó el abuelo del rey, Maximiliano, lo que dejaba vacante el puesto de emperador de Alemania. Carlos maniobró para llevarse la corona y la consiguió. Cuando lo supo, estaba en Barcelona, se marchó sin más allí, sin acordarse, o tal vez acordándose pero pasando de ello, que la tradición mandaba que todo rey castellano se sometiese al refrendo de sus Cortes antes de aceptar otra corona. Carlos, lejos de respetar tal formalidad, lo que hizo fue pedirles pasta, porque tenía en la nuca respirando a los banqueros Fugger (que dan nombre a la madrileña calle de Fúcar), que eran los que le habían prestado la pasta con la que había sobornado a los electores suficientes para poder llegar a ser emperador.

Para obtener este dinero y coger por sorpresa a las soliviantadas ciudades, en cuyas esquinas todo el mundo se hacía lenguas con que los flamencos de la Corte estaban acaparando las monedas de mayor valor (un rumor parecido al existente hoy en día con los billetes de 500 euros), Carlos convocó unas Cortes inopinadas en Santiago de Compostela. Las sesiones se iniciaron el 31 de marzo de 1520, bajo la presidencia de un extranjero, el canciller Gattinara. Carlos solicitó la pasta. Como no era costumbre de las cortes castellanas andar jodiendo al rey, lo que se hacía siempre era aprobar el subsidio y luego pasar a las reivindicaciones de los diputados. Pero esta vez los representantes exigieron que se hiciese al revés. O sea: yo primero te digo lo que quiero y luego, conforme me hayas contestado, te doy la pasta o no te la doy.

Carlos respondió trasladando las Cortes a La Coruña, pero no le sirvió de gran cosa. Finalmente, para obtener el subsidio, tuvo que prometer, y prometió, que el dinero no saldría de Castilla y que la mayoría de los altos cargos serían castellanos, no flamencos. Su intención de cumplir lo prometido quedó clara el 25 de abril, día de la clausura de las sesiones, en el cual anunció, al tiempo, que se iba a Alemania y que dejaba de regente a Adriano de Utrecht. Lo cual, a menos que pensemos que Castilla llega hasta Utrecht, era un ultraje.

Es entonces, tras la clausura de las Cortes de Santiago y la salida de Carlos de España el 20 de mayo, cuando comienza la rebelión comunera. Y comienza como una auténtica rebelión española, esto es espontánea y sin planificación. En Segovia, las gentes linchan a los recaudadores de impuestos y al procurador Rodríguez de Tordesillas. En muchas ciudades, el populacho quema las casas de los nobles, los curas significados y de alta gama, y los procuradores. Toledo, León y Zamora se declaran en rebeldía. Toledo toma un cierto liderazgo y convoca a todas las demás ciudades el 29 de julio en Ávila. Allí se crea la Junta Comunera.

Antonio Fonseca, capitán general de los ejércitos castellanos, recibe la encomienda del regente, Adriano de Utrecht, para dirigirse a Medina del Campo y luego a Segovia, a sofocar la rebelión de dicha ciudad. En Medina había entonces un importante polvorín artillero y la razón de la escala era hacerse con esas armas. Para sorpresa del general, al llegar a la ciudad, ésta se niega a entregar los cañones y se apresta a defenderse. El 21 de agosto, un victorioso Fonseca, enormemente cabreado por el desafío de que ha sido objeto, entra en Medina a sangre y fuego y se lleva por delante a todo lo que se mueve y la mayoría de lo que no se mueve. La noticia del saco de Medina encabrita al resto de ciudades e, incluso, decide a los indecisos a unirse, como ocurre en Burgos e incluso Valladolid, donde está el de Utrecht. Los alzados, por cierto, siempre buscaron la unión de las ciudades y territorios periféricos de Castilla. Lo que ocurre es que, como mayoritariamente no lo consiguieron, su rebelión ha quedado en el imaginario histórico como una rebelión puramente castellano-leonesa.

Los comuneros obtuvieron rápidas victorias sobre las tropas regalisas. Pero no todo en su seno fue fácil. En realidad, dentro de la Junta Comunera había dos facciones. Una, comandada por la nobleza mediana que se había unido a la rebelión, era de signo moderado y pactista. La otra, más proclive a las masas populares y relacionada con las rebeliones campesinas de la época, era de corte más radical. Estas dos facciones se enfrentaron a la hora de nombrar jefe, pues los radicales querían a su héroe Padilla, conquistador de Tordesillas, quien, sin embargo, fue preterido en favor del moderado y noble Pedro Girón. En Tordesillas, por cierto, Padilla y los suyos se fueron a ver a la reina para ponerla al frente de su reivindicación. Era su jugada maestra porque, como os he recordado ya, según los términos de todos los testamentos la verdadera heredera era ella; así pues, si a Juana le hubiese quedado media neurona para apoyar a los alzados, la legitimidad de Carlos habría quedado muy seriamente en entredicho. La entrevista con Juana, sin embargo, fue un retraso. Se pongan como se pongan los interpretadores de los hechos, estaba tolili perdida.

Girón fue un desastre. Empeñado en poner cerco a los realistas en Medina de Rioseco, desguarneció Tordesillas, donde estaba la Junta Comunera. Para colmo, no tomó la ciudad, sino que acabó replegándose a Valladolid, con lo que los realistas conquistaron Tordesillas y recuperaron a Juana. Girón fue obligado a dimitir y fue sustituido por Padilla quien, junto con sus lugartenientes Francisco Maldonado y Juan Bravo, que vaya suerte tener nombre de bulevar, se dirigió al enclave de Torrelobatón, que tomó. De haber seguido, probablemente, habría estado en condiciones de poner en muchos problemas a las tropas de Carlos.

Los moderados de la Junta, sin embargo, decidieron negociar.

lunes, mayo 03, 2010

Comuneros (1)

Pocas, muy pocas cosas vamos a encontrar en la Historia de España que hayan dado la ocasión para interpretaciones tan diversas como la rebelión de los comuneros. La propia ciencia histórica ha juzgado estas acciones de muy diferente forma conforme, con el paso de los siglos, las escuelas de filosofía de la Historia han ido cambiando. Sea cual sea la interpretación, lo que no es desmentible en caso alguno es el hecho de que la rebelión comunera tuvo un importante eco en nuestro devenir, eco cuyos sonidos aún llegan hoy en día.

Como digo, es difícil ponerse de acuerdo sobre si la rebelión comunera fue una expresión de nacionalismo castellano, o una rebelión en favor de las viejas estructuras de poder que la monarquía moderna estaba llamada a cambiar, o una expresión adelantada de la lucha de clases, como en diversas ocasiones y por diversas escuelas se ha dicho. Quizá es que fue un poco todo eso. A mi modo de ver, la forma más ecléctica de definir la rebelión comunera es como un dolor de parto. La era estaba pariendo un corazón, como diría Silvio Rodríguez, y esos dolores provocaron grandes movimientos y dinámicas. Ese corazón en fase de parto era el imperio español, cuya estructuración apartó a las comunidades como el estorbo que eran para ello.

Nos encontramos en 1504, en Castilla. Un lugar en ese momento extraordinariamente dinámico y en crecimiento exponencial, como cabe corresponder a un territorio que se convirtió en el primer beneficiario tanto de las nuevas posesiones de la península obtenidas tras la expulsión de los reyes musulmanes (y, finalmente, de los musulmanes mismos) como de las no menos importantes posesiones americanas. Castilla mola y es el centro del mundo, como es fácil de dirimir para cualquiera que se pasee por ella hoy en día y se detenga a ver los pedazos de iglesias, conventos y catedrales levantados en aquellos tiempos en esas tierras, signo inequívoco de un poder acojonante, como lo son los hermosos palacios levantados en Trujillo, capital mundial del sueño español de América.

Hay otro factor que cabe resaltar, y es que Castilla presenta, frente a la Francia, a Borgoña, a los estados alemanes e incluso Inglaterra, la diferencia relativa de ser una nación con un poder feudal algo menor. Ya sé que es una imagen histórica clara la de la Castilla agobiada por el poder de los nobles, pero con ser algo cierto, es menos cierto que en otras naciones de Europa porque en España el fenómeno de las ciudades y de las regalías (lugares y explotaciones con obediencia debida al rey, no al señor feudal) son más frecuentes que en otros países, aunque sólo sea porque cuando una parte no desdeñable de España fue liberada del poder musulmán, para entonces ya Isabel y Fernando estaban intentando crear una monarquía moderna, motivo por el cual tomaron buen cuidado de quedarse muchas tierras para sí y otorgar fueros municipales a no pocas villas.

A pesar de esta inteligencia estratégica, Isabel de Castilla fue bastante torpe al pensar en su muerte. Confieso que me resulta difícil entender por qué, pero lo cierto es que, teniendo lo que tenía en la familia, es decir una heredera que estaba mal de la chota (ya sé que está de moda reivindicar a la reina Juana, que si no estaba loca y tal; pero, en mi opinión de mero lector a quien las teorías se la traen al pairo, estaba como las maracas de Machín viajando por un acelerador de partículas); sabiendo eso, digo, y conociendo como conocía a su marido, personaje que no se casaba con nadie ni con nada, no dejara más claros los términos de su testamento. O quizás, como veremos ahora, es que no tuvo más margen.

Para cuando Isabel la Católica abandonó este valle de lágrimas, noviembre de 1504, Juana ya estaba casada con el príncipe centroeuropeo Felipe, AKA Renaissance Clooney. Como digo, es obvio que Isabel conocía a su marido Fernando, un personaje taimado y pragmático que era capaz de cualquier cosa, desde dirimir un hecho de justicia prevaricando a todas luces si eso le iba a suponer llevarse una pasta hasta casarse con otra a su viudez para seguir medrando el reino. Que Isabel amó a Fernando está para mí fuera de toda duda, pero, como en todos los matrimonios, ella iría aprendiendo con los años, a base de experiencias tan poco edificantes como verle marchar tantas veces por la puerta del palacio camino de Murcia, donde tenía barragana oficial y cada vez que iba corrían los nobles espermatozoides por los desagües de las calles. Lisbeth inventó eso que tanto monta, monta tanto, pero quizá a base de ver cómo su marido montaba casi a todo lo que se movía delante de su campo de visión se acabó por dar cuenta de que no le podía dejar en herencia la corona de Castilla. Ella sabía que dejarle a Aragón la herencia castellana es como si mañana se federasen Reino Unido y Mónaco y los Windsor le dejasen en herencia el machito a los Grimaldi. Castilla debía ser heredada por un rey castellano pero, al mismo tiempo, no había que perder mucho tiempo buscándolo porque eso, ella lo sabía muy bien que había llegado a ser reina a base de apartar a quien debería haberlo sido, no haría sino aventar el sempiterno guerracivilismo español y abocar a la nación a darse de hostias again.

Por este motivo, pues la verdad no se me ocurre otro para semejante idiotez, Isabel dejó Castilla en herencia a su hija Juana, a pesar de saber que era como dejarle el país a una mesa de escayola. Miento; una mesa de escayola es setenta veces más estable.

Orillar a su viudo en favor de Juana tenía, sin embargo, el problema de que suponía colocar, de facto, el país en manos de un extranjero, il bello Philippo. Este Pompeyo medieval, tan guapo como él aunque carente de su genio militar, se creía tan Magnus como lo pudiera ser cualquiera, y era muy ambicioso. Los castellanos, por lo demás, eran, como corresponde siempre a una nación ardiente y que está en pleno heyday, muy celosos del mando en su país, y no habrían aceptado a Felipe así como así. Así las cosas, Isabel no tuvo más remedio que nombrar a su marido Fernando regente hasta la mayoría de edad de Carlos, el nieto de los católicos e hijo de Juana y Felipe; aunque dejando claro que era Juana la heredera.

En suma: a partir de 1504, Fernando el Católico y Felipe el Hermoso iniciaron una nada soterrada guerra particular por el mando en Castilla; ambos con un ojito puesto en Fernando, el otro hijo de Juana y su marido, que, al contrario que su primogénito, fue educado en España y contaba pues con las simpatías locales.

En términos generales, en la búsqueda de alianzas para esta guerra sin lanzas, Fernando el Católico obtuvo el apoyo de las ciudades. Lógico. Muchas de ellas habían recibido sus fueros y privilegios gracias a él, tras la conquista de territorios al moro. Y todas, en general, sabían que Felipe era un rey centroeuropeo y venía, por lo tanto, de un mundo donde los reyes acostumbraban a aliarse con la nobleza en contra de los nacientes poderes de la burguesía. No obstante, no sabemos en qué podrían haber parado estos enfrentamientos porque, en septiembre de 1506, Felipe se fue de botellón a Burgos, estuvo allí varios días comiendo y bebiendo como una cerda, y se pilló un melocotón de tal calibre que algo, sea ese algo la aorta, la vegiga o el hígado, le petó inesperadamente y lo clasificó por la B de Varios; muerte con la que se inició el periplo de su mujer acompañada por el cadáver de su marido, que es, como todo el mundo sabe, cosa propia de personas en pleno uso de sus facultades mentales. La muerte del rival, asimismo, provocó el regreso a Castilla de Fernando, retirado en Aragón, y el aplazamiento del problema hasta 1516 cuando, a la muerte del rey mañico, se abrió su testamento.

En sus últimas voluntades, Fernando permanecía en el gesto de su mujer de nombrar a su hija Juana heredera universal; en mi opinión, es posible que con ello cumpliese con alguna promesa a Isabel, porque de lo contrario no se entiende que alguien tan fino y taimado como el Católico cometiese el desliz de seguir poniendo una potencia mundial en manos de una tía que las mañanas que tenía la ciclotimia en fase beta era poco menos que incapaz de abrocharse el puño de una camisola. Aunque no paraba ahí la torpeza de Fernando, pues, dada la incapacidad de la heredera, nombraba gobernador de los reinos a Carlos y, en su ausencia, a Fernando. Recuérdese: Carlos estaba en Alemania y ni siquiera hablaba español, y Fernando había sido educado en Castilla.

Hay, pues, tanto en Isabel como en Fernando la obsesión continua por dar a los castellanos la seguridad de que no van a ser gobernados por extranjeros; se obstinan en proteger el derecho dinástico de una persona que no valía ni para abrir un huevo Kinder y, a causa de esa defensa, crean unos retruécanos tan chiripitifláuticos que no hacen sino crear las bases de graves enfrentamientos. Esto refleja hasta qué punto el proyecto de los Reyes Católicos fue un proyecto parcial y por lo tanto parcialmente fracasado. Porque no sólo no consiguieron construir la monarquía moderna que ambionaban, o más bien como la ambicionaban, sino que, de hecho, desde que ellos murieron España casi no ha hecho otra cosa que ser gobernada por extranjeros, hasta el punto de haber terminado por hacer suyas dos dinastías, una de las cuales lleva el nombre de otro país y la otra es de otro país. Que tiene huevos, con perdón.

Para gobernar con eficiencia ese patio de Monipodio fue nombrado el cardenal Cisneros, hombre de grandes habilidades y valentía fuera de toda duda, cuyo gobierno se resume en el concepto de andar todo el puto día parándole los pies a las casas nobles españolas, casi todas ellas embarcadas en una estrategia de abducción, en su propio provecho, del niñato-gobernador que vivía en esas tierras que algunas veces ganan mundiales de fútbol jugando bien, y otras jugando mal.

La nobleza castellana era una nobleza fundamentalmente lanar, lo cual fue una desgracia para la economía española. En realidad, si el guión de la Historia de España lo hubiese escrito alguien inteligente, Castilla debería haberse convertido, no más tarde del siglo XVI, en una potencia textil como luego lo sería Cataluña. Sin embargo, para que eso fuese así era necesario erosionar los intereses de quienes ganaban dinero vendiendo la lana en basto para que la hilasen y elaborasen otros por ahí fuera. El negocio de gran parte de la nobleza era tener rebaños de ovejas a punta pala que cruzaban España de punta a punta, en constante transhumancia, gracias a los muy muchos privilegios de la Mesta, su lobby económico. El jovencito Carlos, a través de sus posesiones de Flandes, les garantizaba a estos ovejeros un mercado común en condiciones cojonudas, y por eso la nobleza abrazó la causa carlista y procuró preterir todo lo que pudo a Fernando.

Por su parte Carlos, que como decía tenía 17 años, salió echando hostias hacia España, a tomar posesión de su finca. Si no tomó el AVE es porque aún no se había inventado.

Carlos venía con honrada intención de entender a Castilla y hacerla suya. Verdaderamente, al final de su vida demostró ser ya tan español que se retiró a morir a Yuste. No obstante, la cosa no era tan fácil. Venía avalado por los nobles, que tenían un enfrentamiento económico con la burguesía urbana y con el propio campesinado, que ya llevaba cien años bastante soliviantado en todas partes contra el poder feudal. No hablaba español y no era considerado un castellano ni de coña. Todo esto, sin embargo, podía equilibrarse con mano izquierda, savoir faire y un poquito de diplomacia.

Carlos, sin embargo, tenía 17 años. Además, creía que Castilla le pertenecía. Y, además, sabía que no le pertenecía, pues era de su madre.

Era casi inevitable que la cagara. Y a fe mía, mi señor lector, que en el tal terreno de la inopinada deposición, Su Alteza no habrá de decepcionarte en el post venidero.

Y me voy a darle al NBA 2k10, que me acaban de fichar los Oklahoma Thunder.

jueves, abril 29, 2010

¿Fue el franquismo un genocidio?

Uno de los elementos fundamentales de la actual polémica, tan sólo en parte histórica, en torno al franquismo y el tratamiento que cabe darle en el tiempo presente se refiere a la consideración de los crímenes franquistas como crímenes contra la Humanidad que, por lo tanto, no disfrutarían de prescripción y tampoco podrían, según algunas interpretaciones, estar amparados por la Ley de Amnistía del 77.

miércoles, abril 28, 2010

Con permiso de Grecia

Durante mi primer paseo por Cibeles a principios de los ochenta, cuando llegué a Madrid para estudiar, me topé con una manifestación frente al Banco de España. Además de los gritos y las pancartas, había tipos y tipas recogiendo firmas. Uno de ellos me captó en la acera y me invitó, ufano, a firmar contra el FMI. Yo me negué, argumentándole que, para mí, firmar contra el FMI era como para él firmar contra la hermenéutica del dimetilfosfato; esto es, ponerme en contra de algo que no tenía ni puta idea de lo que era. Recuerdo la mirada, mezcla de extrañeza y desprecio, que me dedicó aquel tipo. Lo cierto es que renunció a mi firma en lugar de hacer lo que yo hubiese esperado, esto es explicarme qué era el FMI y por qué tenía yo que firmar.

Luego, con los años, he aprendido que el Fondo Monetario Internacional es una institución fundamental para el entorno mundial de las relaciones de cambio, que ha sido uno de los grandes retos, no plenamente solucionado, de la economía moderna. En efecto, la historia del siglo XX es, económicamente hablando y en buena parte, la historia de cómo el mundo ha tratado de construir entornos estables para las monedas; lucha que nos ha llevado por diversas etapas, como el patrón oro (véase una pequeña serie aquí, aquí y aquí) o Bretton Woods.

Aunque en estos posts se explican muchas más technicalities del proceso, podríamos resumir diciendo que la experiencia del comercio internacional masivo, que es algo que existe desde algo menos de 200 años más o menos, nos dice que es difícil, cuando no imposible, encontrar la fórmula secreta que nos permita mantener la estabilidad de las monedas y no hacer de éstas instrumentos procíclicos que tiendan a hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Otra cosa que hemos aprendido en el siglo XX es que el sueño decimonónico de encontrar una relación de cambio que en el momento t es adecuada y pretender mantenerla para el momento t+1, t+2,..., t+n, es, aparte de erróneo, estragante. La combinación de ambas cosas nos lleva al concepto de relación de cambio flotante pero controlada. La economía moderna trata a la relación de cambio como al niño que se quiere ir a jugar a la pelota: puedes ir, pero no te separes del portal más de cien metros.

El Fondo Monetario Internacional es una institución que existe para asistir a aquellas naciones que, a pesar de beneficiarse de un sistema mundial de relaciones de cambio libres pero controladas, acaban teniendo serios problemas de balanza de pagos. En buena teoría liberal, esto no debería ocurrir pues, al fin y al cabo, alguien que tiene desequilibrios entre entradas y salidas de pasta acaba viendo cómo su moneda se devalúa; pero esa devaluación, automáticamente, hace muy atractivos sus productos en mercados exteriores, lo cual incrementa sus exportaciones y equilibra la balanza. Esta teoría, sin embargo, no se cumple con exactitud, sobre todo cuando en la economía mundial se introducen fuertes factores de distorsión, como ocurrió en los setenta y ochenta con los precios del petróleo.

De las crisis del petróleo y los ajustes que necesariamente forzaron en las economías más desarrolladas, los grandes perdedores fueron las economías fuertemente basadas en la venta de materias primas (lo que mayormente conocemos como Tercer Mundo y que yo llamaría MEM, o sea Mundo Escasamente Manufacturero), las cuales tenían un escaso nivel de soberanía sobre el precio de las mismas y, por lo tanto, se convirtieron en países importadores de recesión. La relativa simpleza de sus sistemas económicos hizo, además, que su capacidad de reacción para equilibrar la balanza de pagos fuese limitada en el corto plazo. En el fondo, la situación de los países en vías de desarrollo a finales de los setenta o principios de los ochenta se parece bastante a la que tuvo España en su peor momento económico, que sin duda fueron los primeros años del siglo XX, con la pérdida de las colonias. En 1900, el endeudamiento de la economía española no tenía nada que envidiarle a los graves problemas que hemos visto en África y Latinoamérica apenas hace unos años. La salida, en la España de principios del XX como en el Brasil de principios del XXI, es la misma: mirar hacia tus potencialidades industriales, y apostar por ellas a saco.

El FMI tiene dos misiones: prestar dinero y asesorar. La primera puede ser polémica si presta a unos y a otros no, pero se podría decir que no lo ha sido mucho en estado puro. El gran problema del FMI, el factor que hacía que ese chaval de principios de los ochenta pidiese mi progresista firma, es el segundo. El FMI no presta a fondo perdido, sino que exige condiciones. Para las naciones endeudadas, el FMI es el last resort porque, normalmente, la vía clásica de financiación, que es la deuda pública, la tienen cerrada. Una nación muy endeudada está al borde de la suspensión de pagos y, por lo tanto, el mercado es poco proclive a comprar sus títulos; a lo que hay que añadir que, si su moneda, o sea la moneda a la que se pagan dichos títulos, está bajando por la cuesta a la velocidad de Ingemar Stenmark, encima hay que sumar un riesgo de cambio de la hueva.

En los últimos treinta años, han sido muchas las naciones endeudadas que han tenido que aplicar, para poder tener la pasta del FMI, sus recetas económicas. Lo cual, a decir de algunos economistas, es relativamente injusto pues, por ejemplo, es éticamente discutible que la Argentina de Raúl Alfonsín fuese responsable de la deuda contraída por unos señores que se llamaron Videla, Galtieri et altera, los cuales, que se sepa, nunca le preguntaron a los argentinos si querían endeudarse. Mutatis mutandis, nunca les preguntaron nada en lo absoluto.

La receta FMI es clara: la prioridad es reconstruir el déficit de la balanza de pagos. Déficit cuyo origen proviene, esto es obvio, de que el país demanda más pasta de la que suelta y, por lo tanto, depende del capital extranjero para financiarse. En consecuencia, lo que tiene que hacer un país efedemizado es adelgazar para quitarse de enmedio todas esas cosas que tiene y no puede pagar mientras, al tiempo, hace, en la medida lo posible, caja para tener más dinero propio con el que pagar. Ésta es la razón por la cual la receta del FMI es tan mal vista por las izquierdas. Allí donde el país tiene empresas públicas, ha de venderlas (véase, sin ir más lejos, el proceso en Argentina); ya que se entiende que los salarios existentes apenas se pueden pagar, se impone la restricción salarial real (crecimientos por debajo de la inflación); se fuerza la eliminación de mecanismos de fijación política de precios para que sea el mercado el que los fije, lo cual suele tener como consecuencia el automático encarecimiento de la vida básica (mientras los salarios se estancan); y, por último, el gasto social (pensiones, sanidad, etc.), en la medida que es público, debe ser revisado.

Esto ha sido así en la Historia reciente de las relaciones económicas internacionales. Las protestas contra el FMI como fabricante de pobreza en aquellos países a los que presta dinero han sido muchas, pero el FMI ha contado siempre con el apoyo de los países más ricos del mundo y, además, la razón le asiste en gran parte cuando dice que lo suyo es el largo plazo y que, en el largo plazo, a no pocos países que han tenido que tomar esta Purga de Benito ha acabado por no irles nada mal.

La crisis financiera internacional del 2008 no es más grave que otras que se han vivido. A día de hoy, en mi opinión, su comparación con la del 29 sigue siendo algo exagerada. Pero tiene un gran interés porque es una crisis, si no más grave, sí más distinta. Ha generado problemas nuevos, el principal de ellos el que podríamos denominar (de momento) problema griego.

¿Por qué es nuevo este problema? Pues, básicamente, porque Grecia, en teoría, no debería tener los problemas que tiene. Grecia pertenece a una zona económica estable, la Unión Europea, y está integrada en una subzona de esa zona, la Eurozona, que es más estable aún. ¿Por qué lo es? Pues porque los países que participan en el euro son países que han pasado un examen, el de la convergencia nominal, según el cual tienen unos niveles aceptables en los tres grandes equilibrios macroeconómicos: inflación, deuda y déficit de las cuentas públicas.

El país euro, por lo tanto, es un país que tiene los elementos necesarios para controlar espirales de precios. Esos controles los ejerce, además, siendo estricto en su estructura de ingresos y gastos públicos de modo y forma que el poder público no sea un elemento distorsionador de la economía. Y eso lo ha conseguido sin tener que apelar a la financiación externa del propio Estado en una proporción excesiva sobre la riqueza del país. En resumen: ha llegado la gripe, pero se supone que Grecia es un país que toma zumo de naranja todos los días, que está obligada a ir bien abrigada cuando llueve o hace frío y que, además, tiene el armario lleno de aspirinas.

Pero Grecia está al borde de la suspensión de pagos.

El primer responsable de esto, a mi modo de ver, es la arquitectura del euro. En la segunda década de los noventa, importó mucho más el cumplimiento nominal de ciertas condiciones que la comprobación efectiva de dicho cumplimiento. Entrar en el euro se convirtió en un proceso como esas ofertas laborales en las que, en lugar de tu título universitario, tienes que presentar una declaración jurada en la que aseguras que tienes dicho título. La pregunta, quizá, no es por qué Grecia ha llegado a estar así estando en el euro, sino si debió entrar en el euro. Y lo inquietante es que éste es sólo un episodio más de los muchos que se han producido en la UE en los últimos quince años, animados por una filosofía modelo caballo grande, ande o no ande. Europa quiere ser grande, y para ser grande ha ampliado su club económico de manera casi exponencial en los últimos años, integrando con ello economías muy diversas, con diferentes niveles de madurez, y rebajando sus exigencias.

Todo esto, sin embargo, ya no tiene remedio. Contra lo que piensan algunos, sacar a Grecia del euro sería una catástrofe. Para todos. Es nuestra moneda, y su credibilidad, por lo tanto, es nuestra credibilidad. Sean cuales sean los errores del pasado, el mensaje que hoy tiene que lanzar el euro es que seguirá impasible el ademán.

Pero el problema griego es mucho más que euro sí o euro no. El problema es el asunto de las ayudas. Es la primera vez desde la segunda guerra mundial que hay que pensar en ayudar a alguien que debería tener más bien vocación de ayudador. Y esto es lo que hace, a mi modo de ver, la ocasión histórica.

¿Qué vamos a vivir en el futuro cercano? Pueden ser dos cosas. Podemos vivir un cambio en la filosofía monetaria internacional. Un cambio por el cual el FMI y los países donantes de la UE se van a convertir en prestamistas, pero olvidándose de la función asesora. Van a dar el dinero, exigiendo algunas reformas, desde luego, pero no imponiendo las políticas de equilibrio que se han estilado en pasadas décadas para los países en desarrollo. O podemos vivir un no-cambio. Podemos vivir una situación por la cual el FMI siga en su línea y le dé a Grecia el mismo tratamiento que a, un suponer, Etiopía: si quieres mi dinero, tendrás que gobernar a mi manera.

Éste, a mi modo de ver, es el centro del agrio debate que se está produciendo hoy en Europa y muy singularmente en Alemania, y que ha obligado a la canciller Merkel a amagar con no soltar la pasta, al menos hasta las elecciones de Renania-Westfalia. Alemania lleva muchos años sustantivando un cambio también histórico por el cual las fuerzas socioeconómicas del país se han comprometido con la competitividad de su economía. No es en modo alguno casualidad de que esta crisis no haya supuesto graves problemas de empleo en este país. Los alemanes llevan tiempo renunciando a sustanciosas ganancias salariales para poder ser más productivos, por cuanto saben que son trabajadores caros, saben que los baratos están a tiro de lapo y muchos de ellos además hablan alemán por los codos, y saben, por lo tanto, que tienen que aceptar sacrificios relativos para no salirse del tiesto por el lado de los ricos. Es normal que esos mismos trabajadores alemanes se nieguen ahora a poner la pasta para que los griegos jubilados sigan cobrando pensiones públicas equivalentes casi al 100% de su sueldo activo (tasa que en Alemania no pasa del 60%).

Pero, como digo, la cuestión es más profunda, histórica. Ahora que sabemos que las crisis globales no son cosas que esquilmen siempre a los pobres antes que a los ricos, ahora que sabemos que también el vecino wealthy y otrora mimado por los rating internacionales también puede quedarse sin curro y hundirse en la indigencia, ahora que sabemos todo eso, ¿qué le exigiremos a cambio de prestarle dinero?

El caso griego está poniendo en cuestión, quizá sin proponérselo, el propio statu quo monetario internacional que representa el Fondo. Está colocando a los gestores de la política económica internacional ante dicotomías muy jodidas. Mi opinión personal es que nada debería cambiar. Con permiso de Grecia, Grecia debe joderse. Hay una canción muy gráfica que cantamos los españoles cuando niños que habla de un carrito del helao, y que viene aquí al pelo.

Grecia debe tomarse el mismo ricino que han tomado otros. El de Argentina, el de Perú, el de Bolivia, el de Nicaragua, el de tantos países africanos. Esto, indudablemente, pone a prueba los sistemas políticos, como saben bien los ciudadanos de tantos países, muchos de ellos hispanohablantes, que han experimentado la ascensión meteórica de políticos populistas que se han subido al caballo del anti-FMI. Pero, ¿cuál es la otra alternativa? ¿Desarrollar unas reglas especiales, más a fondo perdido, para un europeo por el hecho de serlo? Eso sería volver a los tiempos de finales del XIX, cuando los ciudadanos de los países colonizadores de China tenían derecho de extraterritorialidad en aquel país y no podían ser juzgados por los jueces chinos. Lo que no vale para Garzón, tampoco vale para Grecia, aunque sólo sea porque ambos empiezan por la misma letra. La guerra, decía la monja del chiste, es para todos.

Lo otro, como digo, equivale a quitar de la mesa el tablero de la oca, y poner un parchís. Parecerse, se parecen. Pero no son el mismo juego.