lunes, julio 20, 2009

El oro (1)

Una de las mamoneces más al uso últimamente es la comparación, o mejor dicho el pretendido paralelismo, entre la actual crisis económica y la denominada crisis del 29. Hay muchas razones para sostener que ambas crisis se parecen poco, o nada. Pero en este artículo, o pequeña serie de artículos que aquí voy a tratar de bosquejar antes de que llegue el mes de agosto y la hora del silencio, me voy a centrar en uno. Un aspecto en el que la situación de 1929 y la situación actual no se parecen demasiado, por decirlo elegantemente. Me refiero al aspecto monetario.

Algo hemos escrito ya sobre el tema, aunque quizá centrado en el momento inmediatamente posterior a la crisis del 29 y la segunda guerra mundial. Esto, de alguna manera, enmascara una historia muy interesante, o al menos a mí me lo parece, que es la historia del patrón oro. Para contar la historia del patrón oro tendremos que centrarnos en un país que no es el nuestro: Inglaterra. Nosotros los españoles, ciertamente, hemos nadado en metales preciosos; pero éstos eran plata y no oro fundamentalmente y, además, en la era en que la convertibilidad de las monedas comenzó a preocupar a los economistas ya no decíamos gran cosa en el mundo económico. No obstante, os aseguro que la historia monetaria de España, notablemente en el siglo XIX, también es en sí misma muy interesante, así pues prometo contárosla cualquier otro día que os pille despistados. Pero hoy os voy a empezar a contar la historia monetaria inglesa. Una historia interesante en la que intervienen personajes como sir Isaac Newton. Para los más viejos: el de la manzana. Para los más jóvenes: el del Código da Vinci.

Vayamos a por ello, pues.

En el principio no fue el oro, sino la plata. Al principio de los principios, cuando sólo existía el trueque, lo que hacían las personas eran cambiar su riqueza. Tomaban su riqueza, por ejemplo en maíz, y buscaban alguien que tuviese riqueza en muebles para cambiar el maiz por una mesa de comedor. Pero muy pronto, el hombre fue tan rico que no pudo ir con su riqueza a cuestas; y, al mismo tiempo, ambicionó conseguir cosas que valían suficiente riqueza como para que no pudiese ser transportada por facilidad. Es en ese momento cuando nace del dinero. El dinero es como la imagen en un espejo: no eres tú, pero se te parece lo suficiente como para que a tu abuela, con ver la imagen del espejo, le baste para saber que eres tú el que está ahí. El dinero representa riqueza y es riqueza en sí mismo; aunque hoy, en realidad, ya sólo la representa, pues el valor real de las moneditas que llevamos en el bolsillo es muy pequeño.

Para poder acuñar dinero, fabricar dinero, hacía falta algo que existiese en suficiente abundancia como para poder representar toda la riqueza pero que, al mismo tiempo, no fuese tan común como para que cualquiera lo pudiese tener. Una economía basada en monedas de mierda, dicho sea en sentido literal, sería hiperinflacionaria y colapsaría en la ineficiencia, puesto que todo el mundo suele producir unas cuantas decenas de gramos de mierda diarios, distribuidos en entre una y tres entregas como media. Así pues, todo el mundo sería rico o más exactamente, podría ser rico en cuanto quisiera: le bastaría con sentarse a cagar.

Muy pronto en la Historia del hombre se llegó a la clara conclusión de que los metales preciosos, el oro y la plata, eran ideales para esta movida. En un principio, como digo, la plata tuvo más importancia, por ser un mineral relativamente más común que el oro, sobre todo en las zonas del mundo más civilizadas en aquellos primeros siglos.

Los ingleses, desde los tiempos de los reyes normandos, habían adquirido la costumbre de denominar a su penique de plata con el calificativo de esterlino, en inglés sterling o, más antiguamente, easterling. El penique de plata era tan común en la vida monetaria inglesa que su plural, sterlings, pasó a denominar a las monedas de plata en general.

La libra, como sabréis también, es una medida de peso, que importa más o menos la mitad de un kilo; si crees estar gordo, espera a que te den tu peso en libras, y ya verás la depre que te pillas. La libra esterlina, por lo tanto, se corresponde con el término de una libra de esterlinas, esto es, una libra de peniques de plata o de monedas de plata en general. Éste es el origen de la moneda que aún hoy manejaréis si os vais a Londres a pasar el rato o a vivir. Originalmente, la libra esterlina era un peso: medio kilo de monedas de plata. Con los años, el valor en sí se divorció del peso, y libra esterlina pasó a denominar únicamente dicho valor.

La guerra de las Dos Rosas, auténtica guerra civil inglesa que dejó el país que daba pena, supuso un colapso económico de grandes proporciones. En realidad, sólo algunas monedas de plata y oro sobrevivieron a la catástrofe, debido a su amplia difusión previa; en el caso de la plata, el penique y la denominada groat, que equivalía a 4 peniques; y en el del oro, el noble y el ángel.
El séptimo de los reyes de Inglaterra llamado Henry, el primer rey Tudor, introdujo el chelín y el soberano. Era necesaria esta introducción para poder simplificar la contabilidad de las operaciones. Las personas se habían acostumbrado a tomar la libra esterlina como medida de valor; en ese momento, la libra, debéis entenderlo, no era una moneda, sino un determinado valor. Las monedas existentes eran fracciones incómodas de la libra, por lo que se hizo necesario introducir monedas que se adaptasen mejor a dicho estándar. Así, el chelín, que pesaba 144 gramos de plata exactamente, se introdujo con un valor de 12 peniques de plata; mientras que la libra se establecía en un valor exacto de 20 chelines. Esta relación de valor entre las tres subdivisiones (240 peniques una libra, 12 peniques un chelín, un penique) fue introducida; probablemente, los hombres del rey no podrían imaginar que sobreviviría siglos.

El soberano, por su parte, tenía un peso de 240 gramos y fue emitido en 1489, hace ahora 620 años pues, y al valor exacto de una libra esterlina. Lo cual en la época era una jodida pasta. No la llamaron libra porque, como decía, el estándar de aquel entonces era la plata, y la moneda era de oro.

Si el sistema con las monedas de plata funcionaba, en el caso de las monedas de oro no fue tan así. Siendo el patrón de plata, el valor de este metal se veía influido por los vaivenes económicos, cosa que no le pasaba al oro, que tendía a tener su propia oferta y su propia demanda. Con el tiempo, la plata tendió a depreciarse y, puesto que las monedas de oro eran de oro, tendieron a apreciarse. Si a finales del siglo XV se había fijado el valor del soberano en 20 chelines, para el momento en que accedió al trono la reina virgen, Isabel, valía treinta. Por esa razón, el Estado inglés emitió entonces una moneda, la libra de oro, que de nuevo valía una libra exacta, pero pesaba 40 gramos menos que el soberano. El objetivo de los economistas isabelinos es que aquella libra de oro valiese una libra esterlina de plata para toda la vida de Dios pero, sesenta años después, abrumados por la ley de la oferta y la demanda y la puñetera tendencia que siempre hemos tenido los agentes económicos de hacer lo que nos sale del pie y no lo que se espera que hagamos, tuvieron que abandonar el proyecto.

En esos sesenta años (1544-1604), para mantener el valor en plata de la libra de oro, fue necesario acuñarla en pesos cada vez menores, pasando de 200 a 171 gramos de oro; y, aún así, al final del periodo incluso esas monedas más ligeras valían un 50% más de lo que debían. Después de aquella cagada, ya nunca más una moneda de oro llevaría el nombre de libra.

Por cierto, uno de los factores fundamentales que forzaron esta apreciación del oro fueron los apresamientos por parte de los corsarios ingleses de los barcos españoles que volvían de las Américas cargados de plata. Esos apresamientos suponían inyecciones en el sistema económico inglés de contingentes de plata tan enormes que el precio descendía, apreciando el oro. Esta abundancia, además, generó un fuerte proceso inflacionario que depreció notablemente el valor de los metales preciosos en general.

En 1604, el rey Jaime I intenta un nuevo juego revuelto emitiendo una nueva moneda de oro, la unidad, llamada así porque conmemoraba la unión de las coronas inglesa y escocesa. Esa moneda pesaba 154 gramos y tenía, de nuevo, el valor exacto de una libra. Seis años más tarde, ya valía una libra y dos chelines.

Carlos II se enfrentó al mismo cachondeo monetario que sus predecesores. Y tomó la misma medida que ellos, es decir, intentarlo con una nueva moneda. Por eso, acuñó la guinea, llamada así porque el oro usado para su acuñación venía de dicha zona de África. No obstante, Inglaterra tenía delante de sí el problema de volver a restaurar la confianza del sistema en las monedas de plata, afectadas por las continuas depreciaciones y la inflación. La restauración de las monedas de plata al peso estándar fue encargada en 1696 al matemático sir Isaac Newton, más conocido por otro tipo de labores. La Casa de la Moneda, de la que Newton fue nombrado gobernador, recuperó unos siete millones de libras en monedas de plata, las cuales habían perdido peso respecto de su estándar por valor de unos dos millones. En consecuencia, fueron emitidos unos 7 millones de libras.

Todo este proceso había durado siglos, durante los cuales los ingleses, y de paso todos los enterados y enteradillos en economía desde entonces, habían aprendido que es mucho más importante una unidad de cuenta que una moneda física. En todos esos años, lo que había permanecido estable, impasible el ademán, había sido la libra esterlina, la cual, lo recordaremos otra vez, aún no era una moneda, sino una simple relación de peso o de valor. La otra cosa de lo que parecían seguros los ingleses, especialmente después de que las reformas de Newton limpiaron, fijaron y dieron esplendor al sistema monetario basado en la plata, es que este metal había ganado la batalla al oro como patrón monetario. Sin embargo, en las siguientes décadas, los primeros años del siglo XVIII, el patrón plata se vería seriamente amenazado y vería cómo saltaban sus costuras. Y el agente de que esto ocurriese fue completamente inesperado. Hoy estamos muy acostumbrados a verlo, pero entonces nadie lo hubiera imaginado.

Pero esto lo contaremos el próximo día.