viernes, diciembre 11, 2009

La Navidad (1): los orígenes

Estamos ya, prácticamente, en Navidad. Unas fechas que dividen al mundo en dos mitades casi iguales: los que se la pasan bien y los que se la pasan de puta angustia. A este amanuense, perteneciente al Grupo A (de hecho, anuncio que se avecinan unas supervacaciones), se le ha ocurrido que, quizá, tendría sentido dedicarle unas letras a esta época tan prolija en tradiciones y hechos específicos. En los próximos días hablaremos de la Navidad un poquito, de sus ritos, de sus orígenes y de su desarrollo. De una forma un poco desordenada, quizá, aunque espero que se entienda.

Y voy a empezar por contaros cosas de la Navidad antes de la Navidad. Esto es, de los ritos anteriores a su existencia.

Sabido es para todo aquél que se haya tomado la molestia de leer el post correspondiente que la idea del autor de este blog es que Jesucristo no es un personaje histórico. Y si no lo es, entonces su nacimiento tampoco y, por lo tanto, nunca se produjo. Será por eso, tal vez, que la Iglesia católica admite como auténticas cuatro crónicas de la vida de Jesús (los evangelios de toda la vida, nunca mejor dicho, de Dios) y ya no lo admite tanto de los evangelios llamados apócrifos; que son, curiosamente, aquéllos donde están escritas muchas de las cosas en las que creemos durante la Navidad, como los reyes magos.

En realidad, tal es mi teoría, la Iglesia cristiana, al construir su ritual más o menos al mismo tiempo en que se convertía en religión de Estado, lo que hizo fue construir sobre cimientos ya existentes. Igual que hay iglesias que se construyen sobre lo que fueron templos paganos, la liturgia cristiana, sus mitos, están, en buena parte, ya en la existencia religiosa o supersticiosa de los habitantes del periodo romano de antes de Jesucristo y los primeros siglos tras su presunta muerte. De esta manera, verdaderamente muy inteligente, los padres de la Iglesia consiguieron asimilar las fiestas cristianas sin generar rupturas en lo que las personas estaban acostumbradas a hacer.

Los dos grandes puntos de la celebración cristiana, es decir la celebración del nacimiento y la resurrección del Mesías, se apoyan sobre dos actividades de celebración que ya existían en lo que hemos dado en llamar paganismo. Pagano es una palabra que viene de rural y son, en efecto, los ritos agrícolas los más importantes en la vida religiosa del hombre antiguo, que tenía de urbano lo que yo de lagarterana. Dos son las cosas que el antiguo hombre rural celebra: una es el nacimiento del sol, es decir ese punto en el que las estaciones doblan la esquina y los días comienzan a ser más largos; y el otro es la resurrección ligada a la primavera. De la muerte, que es una visión bastante evidente para cualquiera que se pasee por un bosque caducifolio en pleno invierno, se pasa al estallido de la vida que tan bellamente cantó Vivaldi. Será casualidad, pero ambas celebraciones coinciden en el tiempo con las dos grandes celebraciones cristianas; las cuales celebran exactamente lo mismo: un nacimiento en el solsticio de invierno, y una resurrección a la llegada de la primavera.

Vayámonos a Roma, cosa que no nos costará mucho porque todos los caminos llevan allí. Porque, en materia de cristianismo, todo empezó en Roma. Fue, no tanto en como desde la civilización romana, como se construyó la civilización cristiana. De los romanos nos han quedado muchas cosas, desde el idioma hasta el Derecho. Pero una más que nos ha quedado, y que quizá se conoce menos, es la distinción que en Roma se hacía entre religio, religión; y superstitio o superstición.

Casi toda creencia religiosa presupone la aceptación in articulo fides de hechos inexplicables por la razón. La tradición musulmana, si no estoy recordando mal mis lecturas, refiere que Mahoma lanzaba una piedra y conseguía que esa piedra le diese en el ojo al mismo tiempo a un montón de peña. Los cristianos creen que una vez a la semana un señor con estudios de seminario levanta un trozo de pan de ángel que se convierte en la carne de un humano torturado y asesinado hace más de dos mil años. Los budistas no sé si creen cosas así de difíciles; tengo que preguntárselo algún día a mi proboscídeo de guardia, que es mi interlocutor con Gautama.

Siendo así como son las religiones, es decir versando como versan de cosas que no son creíbles desde un punto de vista meramente racional, la división no podía hacerse entre cosas creíbles e increíbles. La división se estableció entre lo que es la creencia estatal o permitida (la religión); y las creencias que, no por toleradas, dejaban de ser menos chorras y prescindibles (las supersticiones).

Para poder entender el origen de la Navidad y de los ritos que hoy conocéis es fundamental que entendáis la obviedad de que vuestro mundo de lectores de blogs, bebedores de cerveza de marca y consumidores de ficheros de música que escucháis en aparatitos no más grandes que un dedo, no se parece demasiado al mundo en el que se cocinó este caldo. En el mundo de hoy, al menos en nuestro entorno, llamémosle occidental, los no cristianos son, en parte, creyentes de otras religiones; pero son también, en un parte muy significativa, creyentes de nada en especial. La antigua Roma no era así; allí no había agnósticos ni ateos, o eran tan pocos que no se los notaba.

Algunos de los grandes grupos sociales de la antigua Roma fueron grandes creyentes. Se suele citar entre ellos a los esclavos y los militares. Unos porque su vida era una puta mierda y los otros porque era frágil, ambos llevaban dentro la pulsión básica del hombre religioso, que es el miedo a la muerte; y las grandes creencias orientales les daban consuelo, ya que, por ejemplo, la religión egipcia tenía una vida de ultratumba y el dios Mitra aparecía en muchos ritos resucitando a los muertos al final de los tiempos. Estas visiones consoladoras hacían atractivas estas religiones para quienes tenían vidas jodidas, efecto que es plenamente visible en el caso del primer cristianismo. Se ha escrito hasta la saciedad, por ejemplo, que las mujeres son cruciales en el éxito del cristianismo, pues esta creencia, por así decirlo, creyó en ellas más que ninguna otra.

En este entorno, el gran error de los romanos, que fue rapidísimamente corregido, como he dicho, por los padres de la Iglesia en cuanto se quedaron con el machito del poder, fue sostener una religio oficial o estatal que no aportaba nada a estas masas de gente. La religión oficial romana es fría y elitista como los patricios y los miembros de las gens pretendían que fuese la propia sociedad romana. A un patricio romano, la suerte de un esclavo o de un legionario se la traía ondulante penduleante; si eso pensaba él, lo mismo pensaba Júpiter.

Éste fue, a mi modo de ver, el gran error histórico de la religión romana; ni evolucionó ni se adaptó pensando en sus gentiles. En consecuencia, dichos gentiles, así como los parias que estaban por debajo del concepto de condición humana, se buscaron la vida por su cuenta.

En este punto, los militares adquieren un papel importantísimo, porque tenían algo que no tenía casi nadie en aquel mundo: eran tipos viajados. Un veterano de los ejércitos de Mario había llegado hasta bien adentro de África persiguiendo al escurridizo Yugurta; los hombres que vieron a César en Pharsalos animarles a luchar haciendo juegos obscenos con un pepino podían haber estado en la Galia, en Hispania, en Britania incluso, y cuando su general fue asesinado estaban siendo llamados para ir a Partia, o sea Persia. En todos esos lugares, especialmente en algunos de espiritualidad muy desarrollada como Egipto o lo que hoy llamamos Palestina, los soldados aprendieron que había algo más que los fríos mitos olímpicos de la religión estatal. Y, cuando volvieron a casa, eran creyentes.

En ese momento se produce el fenómeno que conocemos como sincretismo. El panteón importado (por ejemplo, los dioses egipcios) y el panteón oficial (los dioses grecorromanos) chocan como dos trenes a toda velocidad, y ello provoca que dioses extranjeros fuesen asimilados a otros existentes en la religión oficial. Por ejemplo, a finales del siglo III antes de Cristo se extiende en Roma el culto a Cibeles, divinidad hoy gallardonita, que es asimilada a las diosas romanas Démeter o Rea, según los casos. Otro caso bien conocido es el culto dionisíaco, que se asimila al báquico ya existente con anterioridad.

El concepto de religión oficial comenzó a tambalearse ya en los tiempos republicanos, lo cual demuestra la fuerza de estas creencias, digamos, nuevas. Así, el dictador Sila creía en una diosa bitinia llamada Ma-Bellona (la cual, según leo, llegó a tener muchos adeptos en lo que hoy conocemos como Extremadura). Más o menos en los mismos tiempos, aparecen en Roma los primeros fieles organizados de la diosa Isis. Incluso durante el célebre triunvirato de Marco Antonio, Augusto y Lépido, se levantó en Roma, a costa del Estado, un templo dedicado a la diosa egipcia. En siglos posteriores, y hasta que Constantino gritó, como las hermanas Hurtado, aquello de «¡Campana y se acabó!», muchos emperadores romanos, el más exagerado de ellos, quizá, Bassiano el Heliogábalo (proclamado emperador por soldados seguidores de Elagabal, de quien volveremos a hablar), fueron apasionados creyentes de diversos ritos de origen oriental.

Todas esas creencias tenían sus ritos, en los cuales investigadores, antopólogos y demás gentes pensantes han creído ver interesantes coincidencias con los que hoy conocemos. El culto quizá mayoritario entre los romanos de baja extracción o de extracción nula (esclavos) fue el de Mitra, dios traído por los soldados y que fue tan popular que algún que otro investigador ha llegado a decir que si en los primeros siglos de nuestra era las zonas de mayoría cristiana hubieran tenido la mala suerte de sufrir una peste o desgracia colectiva similar, probablemente el mundo de hoy sería mitraísta.

Los estudiosos consideran que Mitra es una deidad muy antigua, común a persas e indios cuando ambos pueblos estaban en íntima conexión. Mitra era el dios sol invicto, como Elagabal el sirio, así como el dios de la fecundidad. Su culto, además, era mistérico, lo cual quiere decir que generaba una casta pequeña de iniciados. Ejemplo de su espíritu misterioso es que las mujeres no podían entrar en los templos mitraicos (la impureza esencial de la mujer, relacionada probablemente con el hecho de la menstruación, es una constante en casi todas las creencias antiguas).

Las celebraciones mitraicas incluían un banquete (conmemorativo de otro celebrado por Mitra con el sol), al igual que la misa católica lo celebra. Dicha celebración incluía el sacrificio de un toro de seis años, cuya sangre era considerada poción de inmortalidad; el uso simbólico de la sangre, pues, existe ya en los ritos mitraicos; aunque el cristianismo, digo yo que afortunadamente, la trocó por vino. Los adoradores de Mitra, asimismo, creían que el dios había nacido de una piedra un 25 de diciembre, y también lo representaban recién nacido y rodeado de pastores.

En el caso de Attis, el dios compañero de Cibeles; y de Osiris, el dios egipcio que fue traicionado y asesinado por su hermano, las celebraciones incluían el duelo por la muerte de los dioses y la alegría posterior por su resurrección. Por su parte, Elagabal, al que ya hemos citado, también era, como Attis y el propio Osiris, identificado con el sol, astro que como todos sabemos nace y muere cada día, y se cree que el emperador Aureliano llegó a pensar que declararlo el único dios romano, en lo que sería una tentativa monoteísta.

¿Alguien sabe cuándo se celebraba la fiesta de Elagabal? Pues el mismo día que la de Mitra. Tratándose de dioses identificados con el sol, la fecha sólo puede ser una: el 25 de diciembre.

Por su parte Cibeles, deidad probablemente antiquísima porque estaba ligada a la fecundidad (las primeras representaciones de la mujer hechas por el hombre están ligadas a la fecundidad) acabó realizando una fusión por arbsorción con el dios frigio Attis, que se convirtió en su compañero y, en ocasiones, conductor de ese carro celebérrimo para cualquier madrileño, que va tirado por leones. La creencia en Attis sostenía que el dios se había autocastrado; en algunos sitios he leído que porque Cibeles no quería jincar con él, en otros que fue en medio de una orgía loca (y tan loca). Esta característica fue la más polémica, ya que tanto griegos como romanos repugnaron la mutilación corporal por motivos rituales. Por este motivo, los eunucos que sostenían el culto a Cibeles fueron en Roma confinados al espacio de su templo.

El emperador Claudio, ese tipo cojo y tartamudo de las novelas de Robert Graves (que, a juzgar por lo que cuenta de él Suetonio, era bastante más frío y cruel de lo que pretendió el autor inglés) estableció la fiesta oficial de Attis, en la que se celebraba la muerte del dios. ¿Que qué día? Pues el 22 de marzo. Como aquél que dice, a un tiro de piedra de la Semana Santa.

El 15 de marzo, los devotos cibelinos comenzaban una cuaresma durante la cual no comían carne de cerdo ni pan y sólo bebían leche. El 22 de marzo, día de la fiesta de Attis, se cortaba un pino en el campo. La tradición decía que Attis se había castrado al pie de un pino y, para los creyentes, ese árbol simbolizaba el cadáver de su dios. El 24 de marzo se llevaba a cabo la fiesta fúnebre, en la que se enterraba el pino. Al día siguiente, 25, se celebraba la resurrección del dios.

Como puede verse, para las dos celebraciones fundamentales del cristianismo en general y del catocilismo en particular, existían en Roma ritos masivos con elementos que sobrevivieron en el nuevo ritual.

El ciclo ritual ligado al solsticio de invierno comenzaba en Roma el 19 de diciembre, y venía a coincidir con las fiestas llamadas saturnales, de las que poco diré aquí porque, a mi modo de ver, con lo que se relacionan es más bien con otra tradición que tocaré, espero, en otro post, que es la de los Santos Inocentes. El ciclo, en todo caso, concluía el 1 de enero con la fiesta de Jano, las jaunarias.

En los primeros tiempos del cristianismo, el nacimiento de Jesús no se celebraba. Entre otras cosas, porque los evangelios no dicen nada concreto sobre cuándo se produjo. Finalmente, en el Oriente cristiano surgió la costumbre de celebrarlo el 6 de enero. A comienzos del siglo IV, sin embargo, la iglesia latina cambió esta fecha a la del 25 de diciembre. ¿Por qué?

Pues hay dos explicaciones básicas.

Una es que, de alguna manera, los seguidores de Jesucristo, más de 300 años después de su presunta muerte, obtuvieron, no se sabe cómo, un conocimiento del que, tampoco se sabe por qué, carecían con anterioridad, sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesús, estableciendo que había nacido 12 días antes de lo que se celebraba, esto es el 25 de diciembre.

La otra posibilidad es que los padres de la Iglesia comprobaron que la cosa no les funcionaba bien. Ellos con su fiesta de nuevo cuño, celebración del nacimiento de un dios también de nuevo cuño, no se comían un rosco. El personal, como por otra parte había hecho siempre, tiraba de sus creencias propias, de su fe en Elagabal, en Mitra, en Attis, en lo que fuere, y celebraba, como se había hecho de toda la vida de los dioses, el solsticio de invierno.

Los primeros obispos, que por aquel entonces aún no tenían la posibilidad de inventar inquisiciones y demás mecanismos destinados a invitar amablemente al personal a abjurar de sus costumbres, no tuvieron más remedio que alzarse de hombros y, si no podían vencer al enemigo, se unieron a él. Puesto que la montaña no fue a Mahoma, Mahoma fue a la montaña y la celebración del nacimiento de Cristo se desplazó al 25 de diciembre, día en el que todo el mundo estaba acostumbrado a celebrar un nacimiento, el del llamado sol invicto.

Cada uno, que crea lo que le pete.


En fin. Nos esperan el belén, el árbol, los villancicos, los regalos, los reyes magos, Papá Noel y toda la pesca. Pero tendrá que ser en otro momento. Una voz me habla desde mi interior. Es el JdJ XBox, y tiene hambre.

Así pues, ha sido un placer.

miércoles, diciembre 09, 2009

Here again: the green solution

Pues sí. Está visto que Tiburcio no es el único versado en el arte militar y que por aquí hay mucho experto bélico, porque todos los comentarios a mi adivinanza han ido bien tirados. Todos tienen razón, porque, ciertamente, los boinas verdes, es decir los de los cuerpos especiales y tal, no existían en tiempos de la guerra civil española. Lo cual no quiere decir, necesariamente, que no hubiese tipos que llevasen boina verde.

viernes, diciembre 04, 2009

Puenting

Que me voy de puente. Algún día tengo que contaros la historia del pequeño rincón de la costa de Lugo adonde me voy.

Por de pronto, feliz largo fin de semana para todos, en el cual os dejo de deberes una pregunta que, por lo que yo sé, tiene jodida contestación.

¿Participó algún boina verde en la Guerra Civil Española?

Si Tiburcio se sabe ésta, tendré que reconocer que no hay quien pueda con él.

jueves, diciembre 03, 2009

Nin alcabala, nin diezmo, nin almoxarifazgo, nin portazgo

Os copio aquí un texto legal. Se trata de una orden dada por los Reyes Católicos, o sea Lisbeth y Ferdinand, o sea six of one, half a dozen of the other.

Quizá quepa aclarar que:

Alcabala = IVA renacentista.
Diezmo = contribución obligatoria a la Iglesia.
Almoxarifazgo = arancel de comercio exterior.
Portazgo = Arancel de comercio interior o derecho de paso.

Considerando los Reyes, de gloriosa memoria, cuánto era provechoso e honroso que a estos sus Reinos se truxiesen libros de otras partes, para que con ellos se ficiesen los hombres letrados, quisieron e ordenaron: que de los libros non se pagase alcabala, y porque de pocos días a esta parte, algunos mercaderes nuestros, naturales y extranjeros, han trahido y cada día trahen libros mucho buenos, lo cual, por este que redunda en provecho universal de todos, e ennoblecimiento de nuestros Reinos; por ende, ordenamos e mandamos que, allende de la dicha franquiza, de aqui en adelante, de todos los libros que se truxeren a estos nuestros Reinos, así por mar como por tierra, non se pida, nin se pague, nin lleve almoxarifazgo, nin diezmo, nin portazgo, nin otros derechos algunos por los nuestros Almoxarifes, nin los Desmeros, nin Portazgueros, nin otras personas algunas, así como las cibdades e villas e lugares de nuestra Corona Real, como de Señoríos e órdenes e behenias; más que de todos los dichos derechos o almoxarifazgos sean libres e francos los dichos libros.

La pregunta es: si los autores de esta norma, reyes fachas y cabronazos y meapilas y ultramontanos como todo el mundo sabe, hubieran conocido internet, ¿habrían aprobado alguna norma para limitar el acceso a la cultura por su medio?

martes, diciembre 01, 2009

Periodistas

Os invito a leer este texto del libro El arte del periodista

Líbreme Dios de decir cómo se infundia. Eso lo sabe todo el mundo: se infundia inventando lo que no se sabe; pero entre eso y el mentir por mentir, hay una gran distancia; tanto es, que la mentira difícilmente resulta excusable y el infundio lo es casi siempre.

(...) las más de las veces, el mentir del periodismo tiene como excusa valedera el «como me lo contaron lo cuento»; en otras no es más que la hipérbole, acaso excesiva, motivada por buscar un efecto sensacional; y en algunas el infundio es una claudicación de la lógica de las deducciones, porque a los hechos les ha venido en gana ocurrir contra esa lógica.

¿Es necesario infundiar? Disculpable, ya hemos visto que lo es. Necesario, es posible que también lo sea. Cuando no hay noticias y el periódico aparece sin ellas, no se le ocurre al lector pensar que haya sido un día gris, sino que exclama: «¡Qué sosos están hoy los periódicos!» No excusa al periodista el que no haya noticias; ha de darlas, y por eso, para cuando no abundan, es un recurso heroico el saberlas inventar con buen ingenio o presentirlas por esfuerzo deductivo.

Lo habréis visto con frecuencia. Surge una alarma en las calles, y las gentes, sin razonar la exactitud del origen, dan por ocurrido lo que cada uno supone que haya originado la alarma, y a los cien metros las proporciones del suceso crecen en razón directa con la distancia y los detalles imaginarios (...) Y yo pienso: si los que no tienen más razones que el justificar su pánico (...) infundian y, por una extraña sugestión, acaban por creer y propalar que vieron y oyeron lo que ni vieron ni pudieron oír, ¿qué ha de hacer el periodista, a quien nadie excusa por lo que ignora y a quien todos preguntan lo que no sabe?

Declaro que no tengo vocación para el infundio; mas también digo y declaro que el periodista ha de saber hacerlo.

El libro de donde saco la cita es obra del abogado y periodista Rafael Mainar, y fue editado por José Gallach en Barcelona, en el año 1906. Hace, pues cien años. Páginas 167 y 168.

La lectura de estas líneas me lleva a considerar que la tragedia de este pobre chico canario que hoy está ingresado, supongo que con una depresión de la hostia, después de haber sido públicamente linchado por haber presuntamente violado y matado a hostias a la hija de su novia, cuando lo que él hizo fue tratar de atenderla, empezó ya, de alguna manera, hace más de un siglo, cuando aún no había nacido ni su abuelo.

Merece la pena, a mi modo de ver, sacar la cita a pasear porque dice mucho sobre algunas de las características sobre las que se ha asentado, históricamente, el periodismo español, en realidad el periodismo mundial. Que son:

1.- Yo no quería, pero... El periodista, según la teoría, es un ser angelical que vive comprometido con la verdad. Sin embargo, existe el Lado Oscuro de la Fuerza, que es el que le obliga a hacer guarrerías.

2.- La culpa es de otro, y ese otro se llama público. Si hay periodismo sensacionalista; si hay noticias que se publican prendidas por alfileres o prendidas absolutamente de nada; si se escribe sin sentido crítico; si la elaboración de las noticias carece de los mínimos filtros de calidad, eso no es porque los periodistas tengan la culpa de ello. La culpa es del público que, voraz y eternamente insatisfecho, siempre reclama más. Aquí se juntan dos justificaciones bien conocidas: por un lado, la del nacionalista, para el cual la culpa siempre la tiene otro. Y, por otro, la del violador, quien asevera que él quería pasar de largo pero, señor juez, es que la chica iba con una camiseta ceñiña y sin sujetador...

3.- En el periodista es excusable lo que en otros es execrable. Cada vez que un periodista caza a cualesquiera otros en una mentira, monta el pollo. Pero cuando miente él, es cosa normal y forzada por las circunstancias. Hay una frase hecha que dice no sé qué de una paja y una viga que creo que le va al pelo a este punto.

4.- No hay noticias mal confirmadas, sino fuentes mentirosas. Cuando una noticia resulta no ser lo que realmente son los hechos, la culpa (véase punto 2) siempre es de otro, es decir de la fuente que lo contó. O sea: una persona que se dedica a pasear por el campo y cojer setas puede meter dentro de su capazo alguna de ellas venenosa, sin por ello cometer más falta que poner en peligro su vida y la de los suyos. Pero una persona que se dedica a comercializar setas a terceros no puede cometer ese error, porque como comercializador los consumidores le exigen que su producto sea de confianza. Con las mismas, no es lo mismo que yo cuente lo que he visto esta mañana que lo haga un periódico. Yo puedo inventarme lo que me salga de la higa, pues al fin y al cabo sólo soy un ciudadano, así pues si quiero contar que hoy he visto a Zapatero por la calle del brazo de Marujita Díaz (Dios mío, qué imagen...), voy y lo digo; pero el periódico tiene la obligación de comprobar que eso, en realidad, es verdad, y no podrá, entre otras cosas, darlo por cierto hasta que al menos dos anormales como yo lo confirmen. Esto es la teoría. La práctica es que un vendedor de setas no es un periodista. El periodista siempre retiene el derecho a acusar de sus errores a la fuente que le contó mal las cosas.

La Historia de los últimos 150 años, al menos en los países llamados occidentales, es en buena parte la historia de la importancia e influencia de la prensa. Todo esto se asienta en un proceso que nace con las revoluciones americana y francesa, que son las primeras que comienzan a defender e incluso establecer regímenes de libertad de expresión. Como bien reflexionaron los padres de la Constitución americana, no hay libertad efectiva si no existe libertad de expresión, si cualquiera no puede decir lo que le dé la gana, cuando menos en el marco de unas normas, pues la libertad de expresión nunca es plena. Sin ir más lejos, en España, donde impera un régimen de libertades, no se pueden publicar, por ejemplo, apologías de la pederastia o del genocidio de todos los nacidos en Soria, pues en ambos casos existe una evidente colisión de derechos que deja bien claro que el de expresión está siendo excesiva y torticeramente utilizado.

En el siglo XIX la prensa tuvo ya alguna importancia, aunque escasa a causa de la baja alfabetización de las sociedades, que impedía su difusión masiva, que es la que garantiza la influencia de la prensa. Todos los españolitos que hemos ido a la escuela a algo más que a espiar bragas conocemos la triste historia de Mariano José de Larra; pero lo cierto es que si consideramos la sociedad española decimonónica como la actual, es decir en su conjunto, deberemos decir que el suicidio de este eximio periodista no le dio a la sociedad española ni frío ni calor, pues la mayor parte de la misma lo conocía menos que lo que conoce la actual al segundo portero del Rayo Vallecano. Es a finales del siglo XIX cuando la cosa comienza a cambiar, merced al invento de la prensa amarilla, llamada así creo que por el color de una tira de cómic, en Estados Unidos. La prensa amarilla supuso el acercamiento de la prensa al público escasamente alfabetizado y pronto tuvo un éxito arrollador.

Quizá España fue el primer país que sufrió seriamente en sus carnes el inicio de ese proceso por el cual las personas comienzan a pensar lo que los periódicos les dicen que piensen. Los años inmediatamente anteriores a la guerra hispanoestadounidense que terminó con la pérdida de Cuba y Puerto Rico por nuestra parte son los años dorados de la prensa sensacionalista americana, la cual, literalmente, se inventó buena parte de las cosas que estaban pasando en Cuba y de esta forma alimentó el odio bélico americano, que se embolsó en una burbuja finalmente pinchada con la voladura del Maine, ella misma también hábilmente manipulada por esos mismos periódicos.

La gran ventaja de la prensa sensacionista finisecular es que en la misma aún estaban poco difundidas las fotografías, así pues se ilustraba con grabados. En aquellos tiempos, en el campo de la prensa sensacionista americana se producía un choque de trenes entre sus dos grandes inventores: Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst (éste último la figura que inspiró a Orson Welles para crear su Citizen Kane; y el primero, acojónate lorito, da nombre a un premio de periodismo serio). Ambos competían casi cada día por ser quien más periódicos vendiese, y lo hacían con una triple estrategia: en primer lugar, el celebérrimo voceo callejero de la principal noticia por parte de los vendedores ambulantes, normalmente chiquillos; en segundo lugar, la exhibición gráfica, a través de grabados y dibujos alegóricos; y, en tercer lugar, la extremada sencillez de las historias, escritas con un lenguaje muy directo y sin adornos, y con tesis también muy básicas.

Tanto Pulitzer como Hearst trufaron sus periódicos de habilísimos grabados realizados por sus mejores dibujantes en los que se describían todo tipo de torturas de las cuales los españoles hacían objeto a los mambises cubanos. Publicaban, por lo tanto, dibujos de notable factura con hombres crucificados, madres llevadas al extremo de la delgadez con niños desnutridos en los brazos, etc. La guerra de Cuba existió, pero muchas de las cosas que la provocaron no existieron jamás. Sin embargo, la prensa descubrió que, para que una sociedad entera crea algo, no es estrictamente necesario que sea cierto. Menos de medio siglo después, el ministro nazi de Propaganda Josef Goebbels formularía el que se tiene por teorema fundacional de la nueva comunicación publicitaria: una mentira contada repetidamente acaba por convertirse en una verdad.

Probablemente, el caso más repugnante de manipulación periodística sea el ligado al asesinato del hijo de Charles Lindbergh, el famosísimo aviador estadounidense. Se ha dicho muchas veces por los especialistas en sociología e imagen pública que Lindbergh ha sido, quizá, el americano más popular que jamás haya existido. Quizá los españoles somos los mejor dotados para entenderlo, pues en España también se dieron muchas grandes hazañas de aviadores en unos años en los que estos vuelos casi imposibles eran la mejor prueba de la capacidad inacabable del género humano. Si los astronautas fueron famosos en la era del espacio, los aviadores lo fueron mucho más en la era del aire. Lindbergh fue la mejor expresión del espíritu americano y un hombre querido por la totalidad de la sociedad de los Estados Unidos. Por eso, cuando su hijo fue secuestrado y finalmente encontrado muerto, todo el mundo reclamó que alguien pagase por ello.

La prensa estadounidense, amarilla, rosa y azul pálido, empujó todo lo que pudo y más en esa dirección. Hay quien piensa que la función de la prensa, en tanto que emisor experto de información, es precisamente moderar las pasiones y fomentar el análisis frío y mesurado. Pero lo cierto, y el ejemplo del pobre muchacho canario es uno más, es que los medios de comunicación, históricamente, se dedican exactamente a lo contrario y así, mientras sostienen inútilmente con la mano izquierda el extintor, con la derecha descargan el contenido del bidón de gasolina sobre la hoguera.

Un alemán, Bruno Hauptmann, fue detenido, juzgado, condenado y ejecutado por el secuestro y muerte del hijo de Lindbergh. Las sesiones del juicio fueron seguidas por miles y miles de personas que, azuzadas por las crónicas de los periódicos y (para qué negarlo) por su propia estulticia, rodeaban la sala del juzgado, exigiendo con su presencia que corriese la sangre en justa venganza.

Algunos de los pocos periodístas lúcidos que siguieron los hechos clamaron, inútilmente, por los evidentes agujeros que tenía el proceso. Quizá el más lúcido de todos, y es por ello que creo justo rendirle tributo en este post que me está saliendo bastante crítico con los periodistas, fuese Lou Wendeman.

Tal y como refirió Wendeman, las fuerzas policiales que investigaron el secuestro del hijo de Lindbergh (el FBI, la policía estatal de New Jersey y la local de la ciudad), aconsejadas por siete científicos expertos en criminología y psiquiatría, elaboraron el perfil de cuatro, llamémoslas así, funciones existentes dentro del secuestro: el secuestrador (número 1), el escritor de las cartas que solicitaban el rescate (número 2), la persona que gastó unos 5.000 dólares del rescate durante los dos años posteriores al pago del mismo (número 3), y la persona que estuvo manejando el dinero del rescate en las semanas inmediatamente anteriores a la detención de Hauptmann (número 4).

No existe ninguna duda de que el hombre número cuatro era Hauptmann. En las tres semanas antes de su detención, había estado usando dinero del rescate, aunque él declaró que había sido dejado en su casa por otro alemán que había vivido allí una época y que le dijo que lo que había en los sobres eran cartas. Tres semanas antes de su detención, Hauptmann, según su relato, habría descubierto que las tales cartas eran de color verde, y había comenzado a gastarlas. Pero ahí paraban las evidencias. Si Hauptmann era el hombre número 3, 2 o 1, no quedó demostrado.

Aún así, la sociedad americana, así como sus jueces, sus jurados y, por supuesto, la prensa, se quisieron convencer de que Hauptmann era todos esos hombres. Ello a pesar de que el doctor John F. Condon, que pagó el rescate de 50.000 dólares, declaró que lo había pagado a un tal John El Escandinavo. De este hombre se hizo un retrato-robot específico; como también se hizo del probable hombre número 3 cuando se averiguó que una pequeña parte del dinero del rescate se gastó en un restaurante de Broadway, y se logró una descripción del hombre que había realizado dicho gasto. Más aún: la investigación descubrió más pequeños gastos del enorme rescate, y logró muchas descripciones de testigos, la mayoría no coincidentes. Lo cual lleva a pensar que o bien el personal no tiene memoria, o bien los implicados en el secuestro fueron varios. Aún así, el condenado fue solo uno.

Más datos: como hemos dicho, durante los primeros dos años tras el pago del rescate, el hombre u hombres número 3 gastaron con mucho cuidado el rescate: de a poquitos. Sin embargo, al hombre número 4 (Hauptmann) lo pillan porque, tres semanas antes de su detención, los billetes del rescate comienzan a aparecer por todas partes, signo inequívoco de que los estaba gastando sin tasa. Cuesta creer, así, que el hombre número 3 y el número 4 sean el mismo hombre. Y, puestos a elegir cuál de los dos es el hombre número 2 o 1 (es decir, el secuestrador y su cómplice directo) parece más lógico que lo sea el número 3, pues el número 4 no tuvo acceso el dinero hasta pasados dos años.

Con estos mimbres, la prensa, lejos de destacar la insoportable levedad que tenía la acusación contra el alemán, la azuzó sin problemas hasta convertirse en partidaria, en buena medida, de la condena. El colmo de los colmos viene por el hecho de que la principal prueba contra el imputado fue el hecho de que en su armario se encontró un papel donde estaba anotado el teléfono del doctor Condon, como hemos dicho la persona que entregó físicamente el rescate por el niño. No sólo esta prueba hubiera sido bastante poco sólida en un juicio que se hubiese podido celebrar de forma mesurada y equilibrada, sino que además, con el tiempo, acabaría descubriéndose que el papel fue escrito y colocado allí... ¿no lo adivináis? Pues sí: por un reportero de la prensa.

La prensa, pues, tiene un papel constitucional fundamental en los regímenes de libertades. Pero es también un hecho que ejerce ese poder, esos privilegios, con una notable ausencia de autocontrol y de autocrítica que la lleva a cometer excesos y a disculparse muy raramente por ellos, además de no repararlos nunca o casi nunca. La Historia de los últimos cien años nos ofrece ejemplos más que sobrados; en el armario de la prensa hay un montón de juguetes que ella ha roto y que esconde todo lo que puede.

Como he dicho antes, a un recolector y vendedor de setas se le exige que sea experto micólogo. Se le exige que sepa distinguir hasta con los ojos cerrados una seta venenosa de otra que, además de sabrosa, es plenamente comestible. La pregunta es: ¿quién, cómo, cuándo y de qué manera se preocupa de que los periodistas sepan distinguir una noticia venenosa de otra comestible?

lunes, noviembre 30, 2009

Sirenas

El hombre siempre le ha tenido miedo al mar. El mar es un sitio ajeno al lugar donde el hombre vive, que es la tierra y, durante mucho tiempo, y dado que el mar, o más bien el océano, es bastante grande, ha sido una frontera infranqueable.

El género humano, además, ha guardado una dinámica de freno y marcha atrás respecto del mar. Si bien en determinadas épocas logró notables avances en la navegación, como ocurrió en los tiempos clásicos, luego, durante muchos siglos y hasta bien entrado el Renacimiento, pasó por una época en la que pareció desinteresarse por el asunto. De las muchas hazañas que el hombre consiguió durante la Edad Media, pocas las consiguió en el mar.

El mar, además, tenía dos características importantes. En primer lugar, de vez en vez, en las playas habitadas por el hombre, o dentro de sus redes de pesca, aparecían seres vivos inimaginables. Y, en segundo lugar, de vez en cuando había marineros que trataban de hacer viajes, o tal vez se perdían después de una tormenta, para no regresar nunca. Ambas características son las principales responsables de que, desde el principio de su tiempo, el hombre haya creado mitos que hablan de seres marinos fantásticos. De los cuales, quizá, el más famoso, puesto que al contrario que otros muchos ha sido aprovechado por el hombre moderno, es la sirena.

Lo primero que conviene que sepamos de las sirenas es que, tal y como conocemos hoy el mito, se trata de una creencia relativamente moderna: medieval, para más señas. Antes, el hombre no creía en las sirenas como creemos nosotros. Sí, ya sé que la Odisea nos cuenta esa historia de la que todos los niños pre-LOGSE tuvimos que examinarnos, según la cual Ulises hizo tapar los oídos de sus marineros y él mismo atarse al mástil de su barco mientras las sirenas cantaban sus diabólicos cantos que impulsaban a los marineros a tirarse al agua y ahogarse. Pero aquellas sirenas no eran como las nuestras, porque eran medio mujeres, medio aves. El mito de la mujer que es medio pez es, como digo, posterior. Y se puede rastrear en idiomas como el inglés, que tiene dos palabras para designar la misma teórica realidad: siren para definir a la sirena clásica, y mermaid para designar lo que nosotros entendemos por una sirena.

La sirena medieval es el mito que verdaderamente se hace universal. Los escoceses la llaman dama del lago, los alemanes meerfrau, los bretones morgreg, los catalanes dona d'aigua. Como siempre, la recepción de los mitos en la literatura dio alas a lo mismos. Hans Christian Andersen escribió su cuento La Sirenita, que acabó generando un símbolo nacional que hoy recibe a los barcos a la entrada del puerto de Copenhague. La segunda sirena más famosa en Europa, que tiene unas sonoridades a lideresa de adolescentes, es Fata Morgana, que fuera hija del rey de Is, una ciudad bretona mítica que se habría hundido bajo las aguas, forzando la mutación de la princesa.

La creencia en las sirenas tenía una ventaja sustancial sobre otras leyendas urbanas de las que nuestra existencia es pródiga, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos. Normalmente, una leyenda urbana se alimenta de las muchas personas que dicen haber visto personalmente las maravillas contenidas en el relato de que se trate; pero, en este caso, es que, además, dichos avistamientos eran, de alguna manera, verdad. Muchas, muchísimas crónicas de la Europa entre los siglos XIV y XVIII hablan de marineros que han pescado sirenas, o sirenas que han ido a vararse y a morir a cualquier playa. Y ambos hechos son más que probablemente ciertos cada vez que son relatados. Lo único que no es cierto, claro es, es que las presuntas sirenas lo sean.

Los estudiosos de los mitos se han ocupado de tratar de explicar el mito de las sirenas de una forma distinta a como lo hacen los mistabobos, es decir admitiendo que existen.

La teoría más plausible es que el mito de la sirena provenga del manatí, un mamífero marino que suele nadar por la costa oriental del continente americano. El manatí es grande, de piel clara y, como he dicho, mamífero. Las hembras del manatí, ojo al dato, sólo tienen dos mamas, las cuales, en caso de que sobresalgan un poco, pueden darle al animal, de lejos, cierto aspecto de mujer (bastante fea y fondona, cierto; pero tampoco todas las tías son Angelina Jolie).

Además, hay que tener en cuenta las que la manatíes, cuando tienen crías, nadan con ellas agarradas entre sus aletas, junto a las mamas, en un gesto protector y maternal. Debo añadir, además, que una cosa que es relativamente moderna, y que en la Edad Media y el Renacimiento no se daba por lo tanto con tanta claridad, es la consideración erótica de los pechos de la mujer. Cuando uno observa los bajorrelieves obscenos que hay en algunas iglesias europeas, observará que el gesto obsceno de la mujer suele ser mostrar la vulva, no tanto las tetas. Los pechos de la mujer han tenido, como digo, hasta hace relativamente poco tiempo, un significado nutricio ligado a la maternidad (igual que las caderas anchas significaban ancho canal de parto; el erotismo de hace siglos era consecuencia de la valoración que se hacía de la mujer que podía tener muchos hijos). Por lo tanto, el gesto del manatí hembra de sujetar a su cría para amamantarla pudo ser visto por muchos marineros como signo de una voluntad maternal que entonces se vedaba a los animales, por lo que bien se pudo llegar a la conclusión de que tenían que ser medio humanos.

Otro candidato es el dugongo del Índico, pariente cercano del manatí. La candidatura del manatí, teniendo en cuenta que se trata de un mamífero que difícilmente pudieron ver los marineros europeos hasta que comenzaron a navegar profundo hacia el Oeste, explicaría la relativa modernidad del mito. Cabe añadir, por último, que los manatíes han sido adorados de siempre por los indios amazónicos.

A todo ello colaboró, como no, el negocio. Por medio mundo circularon, durante aquellos siglos, unos presuntos bebés-sirena, normalmente fabricados por chinos, que en realidad eran un puzzle formado por la cabeza disecada de un mono pequeño (por ejemplo, un lémur) cosido a un cuerpo de pez al que asimismo se cosían dos patas de ave.

Algunos naturalistas y antropólogos consideran que el origen de la confusión, además de en lo antedicho, es el hecho de que manatíes, dugongos y focas no son peces, por lo cual tenían cabezas distintas a las del resto de las criaturas del mar.

La sirena, en este caso sireno, más famosa de Europa, si vemos las cosas con punto de vista histórico, es, sin duda, Nicolás el Pez, de quien se ha terminado por creer que fue probablemente un buceador siciliano por apnea de especial habilidad bajo el agua, cuya existencia acabó por hacerse mítica. Se dice que vivió justo en el interín entre el siglo XV y XVI y su fama es tan enorme que Cervantes hace al Quijote explicar, entre las habilidades necesarias de todo hidalgo, la de saber nadar «como dicen que nadaba el peje Nicolás». No obstante, siglos antes, en el XII, hay ya crónicas de un gran buceador llamado Nicolás Pesce, que tendría la capacidad de predecir las galernas y que fue llevado a la corte del rey de Sicilia, donde moriría de nostalgia por el mar. Se dice también de aquel buceador, que en ocasiones se presupone mítico y en otras solamente un hombre de características extraordinarias, que conocía la vieja técnica de los buceadores romanos y por ello usaba aceite para descender, llenando con él su boca. Al parecer, estos buceadores soltaban el aceite, una vez dentro del agua, poco a poco, quizá para poder ver mejor en el agua salada.

En España, hay un mito relativamente tardío (nada menos que el siglo XVII) pero muy fuerte, tan fuerte como para ser recogido por el padre Feijóo en su Teatro Crítico Universal: el hombre-pez de Liérganes.

Según el padre Jerónimo Feijóo, el 22 de junio de 1673, un vecino de Liérganes, en Santander, llamado Francisco de la Vega, que residía en Bilbao, se fue a bañar a la ría con otros amigos. Le vieron echarse al agua, pero no regresar, por lo que todo el mundo asumió que se había ahogado.

Pasaron seis años. En 1679, unos pescadores en Cádiz reportan haber visto nadando con gran pericia una figura de persona racional la cual, tras algunos intentos, logran capturar. La captura resulta ser Francisco, el cual se identifica como tal y es llevado de vuelta a su pueblo natal, donde vive nueve años, al parecer haciendo bastantes extravagancias, para terminar desapareciendo de nuevo.

En el campo de los mitos marinos españoles no puedo obviar la tentación de referirme también al mito de los Mariños gallegos, los cuales provendrían de los amores furtivos entre una moza gallega que frecuentaba la playa, y un tritón, medio hombre medio pez, que salió de las aguas un día y se la encontró y a partir de entonces repitió las visitas con la intención clara de matarla a polvos, cosa a la que ella parece ser no se negó. De las preñeces sucesivas de aquella buena aldeana serían fruto estos seres racionales, pero en el fondo medio peces. Este mito, probablemente, tiene su origen en la justa fama que siempre han tenido los gallegos de conocerse todos los mares.

Ciertamente, el marinero gallego es un personaje que merecería un libro. Me acuerdo ahora de una escena que viví siendo un niño, cuando acompañé a mi padre, entonces agente de seguros, a de las villas pesqueras de la costa gallega, donde había quedado con un patrón de pesca para alguno de sus negocios. En la conversación que ambos tuvieron delante de mí, no sé cómo, surgió la cuestión de si el marinero sabía nadar, a la que el hombre, fríamente, contestó que no. Como mi padre se extrañase mucho y le dijese que no comprendía cómo alguien que pasaba la vida en la mar no supiera nadar, él apuró su taza de vino, le miró y contestó: «¿E o piloto do avión? ¿Sabe voar, o?»

viernes, noviembre 27, 2009

Cataluña II: La lengua

Cualquiera de vosotros que lea los post pero también los comentarios del blog habrá visto que el que ahora se convierte en penúltimo, dedicado al nacionalismo catalán, ha aportado un debate posterior entre los lectores que tiene su enjundia. Primero que todo, me gustaría, por cierto, felicitaros a los debatientes. La verdad es que ayer por la tarde, mientras redactaba una larga carta a Unión Fenosa que creo, si no se me baja la mala leche, que acabaré colocando aquí para público conocimiento, pensaba: voy a tener que acabar editando algún que otro comentario porque están a punto de aparecer las apelaciones ad hominem. Esto es bastante común en internet. Se empieza por polemizar con argumentos pero tarde o temprano se pasa a eso tan manido de lo que pasa que tú eres un españolazo de mierda y tú un catalancillo sin huevos, y ya se montó.

No he editado ni una coma de los comentarios. No me ha hecho falta. Esto os, nos, honra.

De todas formas, leyendo el asunto, he pensado que lo lógico sería darle un poco de carrete al tema, ya que al parecer los paseantes de esta esquina de la red demuestran la capacidad de discutir sin montar guerras civiles, y echar mi cuarto a espadas a este asunto.

Hay un libro escrito por un alemán llamado Franz Borkenau. Se titula, en inglés, The Spanish cockpit y creo que en España se ha publicado traducido con el título El reñidero español. Borkenau estuvo en la España republicana al inicio de la guerra, si no recuerdo mal bajó desde Barcelona hasta Málaga, y cuenta sus experiencias. Al principio del libro (y hablo de memoria porque mi ejemplar es uno de los escasíiiiiiiiisimos casos en los que caí en el error, tremendo error, de prestarlo), Borkenau está en Cataluña, donde, insisto si no me falla la memoria, ha estado ya antes de la guerra e incluso de la República. Y cuenta que le extraña mucho la notable reducción del antiespañolismo que aprecia allí. Él, que se mueve o se jacta de moverse en círculos de gente humilde, decide preguntar a los catalanes por qué ese cambio.

La respuesta que transmite es muy sencilla. Básicamente le dicen: cuando estaba Primo de Rivera (padre) no nos dejaban hablar en catalán. Ahora nos dejan. Si nos dejan, ¿por qué tendríamos que estar cabreados con los españoles?

Cuando leí estos párrafos de Borkenau, algo dentro de mi personalidad Dos (ya he contado muchas veces que soy un esquizoide con dos personalidades: la Personalidad Uno sólo piensa en la XBox, y la Personalidad Dos se pasa el día leyendo libros de Historia y escribiendo novelas y cuentos) se removió. Porque, la verdad, yo, como gallego no nacionalista que me considero, es decir como miembro de esa amplia masa de «resto de españoles» que observa el fenómeno nacionalista como desde fuera, siempre había pensado que la cuestión de la lengua, entre los catalanes, era un instrumento. Un medio. Pero me pregunté si, sinceramente, no nos estaremos equivocando. Si, en realidad, el medio no será el fin.

No hay que olvidar, y es de Historia de lo que hablamos, que cada nacionalismo tiene sus raíces. El nacionalismo vasco se entierra en una serie de tradiciones premedievales y medievales que dibujan una interpretación mítica del pueblo vasco. Esto lo han tenido muchos pueblos a lo largo de la Historia, y el ejemplo quizá más ampliamente conocido es el de los romanos, que se querían ver todos ellos saliendo de la pata de Eneas; pero el vasco es el último pueblo occidental que las mantiene. El nacionalismo alemán, por citar otro ejemplo, parte de una pulsión imperialista cercenada. Alemania, aún llamándose de otra manera (Sacro Imperio, Prusia...), es una gran potencia europea que siempre tuvo aspiraciones de expansión hacia el Este, buscando contrarrestar a Francia primero y a Inglaterra después, pero considera o consideraba que esas aspiraciones habían sido siempre limitadas o directamente decapitadas por distintas conspiraciones. Dos grandes ejes de los discursos hitlerianos son la constante invocación de los grandes personajes de esa poderosa Alemania pretérita (muy especialmente Federico el Grande) y la vinculación entre el eterno concepto conspirativo y el antisemitismo.

Ambos casos, el nacionalismo vasco y el nacionalismo alemán, utilizan la lengua. De formas diferentes, porque sus niveles de extensión son distintos, pero la utilizan. De los vascos poco habrá que contar, supongo, que no sepan los lectores de este blog. Hitler y el ultranacionalismo alemán, por su parte, siempre gustó de la idea de la deslatinización del alemán, una forma de distanciar el idioma y hacerlo propio. Si uno se pasea por la Cuesta de Moyano podrá encontrar, con relativa facilidad, manuales de alemán de los años veinte o treinta del siglo pasado, y verá que casi todos, si no todos, están escritos en caracteres góticos, que eran los que gustaban a la visión nacionalista alemana del idioma.

El nacionalismo catalán difiere, a mi modesto modo de ver, de estos modelos, porque aquí, más que utilizar la lengua, se parte de ella. Claro que para admitir esta propuesta hay que admitir otra más, que no es en modo alguno del gusto del nacionalismo catalán, y es la idea de que dicho nacionalismo nacer, nacer, lo que se dice nacer, nace en el siglo XIX. Como es bien sabido, el nacionalismo catalán coloca su propio nacimiento bastante antes. Establece que la identidad catalana ha existido de siglos (cosa que es cierta e indubitable; pero una cosa es identidad y otra nacionalismo) y que la idea de la necesaria desafección de Cataluña respecto de España o, cuando menos, afección mediante un pacto entre iguales (pacto que se puede romper; tesis ésta que es la misma en el caso vasco y, de hecho, ilumina el llamado Plan Ibarretxe) data, cuando menos, de las guerras contra Felipe V.

A mí me parece que hay serias dudas de que todos los catalanes que se alzaron contra Felipe V, ni siquiera la mayoría, lo hicieran por un afán nacionalista. La guerra de sucesión española es, primero que todo, una guerra dinástica, y su perfil como guerra entre naciones se basa, fundamentalmente, en las promesas realizadas por el archiduque Carlos para ganarse a los aragoneses para su causa, basadas en la conservación de sus privilegios. No obstante, el juicio de intenciones de que el archiduque, de haber ganado, habría mantenido sus promesas, es una ucronía y, además, la interpretación de que los catalanes le apoyaron sólo o fundamentalmente por conservar sus instituciones autonómicas es, a mi modo de ver, un poco excesiva. Mi opinión es que los catalanes apoyaron a Carlos porque el otro bando era francés y ellos ya habían probado la medicina de París el siglo anterior cuando Perpiñán fuera moneda de cambio de la paz a ambos lados de los Pirineos. Como escribí en el anterior post, no hay más que leer a Cambó para darse cuenta de que este sentimiento catalán de timeo francos et dona ferentes ha sido muy fuerte a lo largo de la Historia. El corolario de esta situación es que la gran celebración del nacionalismo catalán consista en honrar a un señor cuyas convicciones y estrategias nacionalistas catalanas están lejos de estar claras.

Pero esto, a mi modo de ver, da igual, porque el sustento del nacionalismo catalán es mucho más tangible que los mitos o las interpretaciones históricas más o menos forzadas. A mi modo de ver, los catalanes le llaman renacimiento a lo que es en realidad un nacimiento o, si se prefiere, una refundación. A finales del siglo XIX, ambos nacionalismos españoles, el vasco y el catalán, se refundan, pero sobre bases completamente distintas. Sabino Arana refunda el nacionalismo vasco desde una filosofía jelkide que hermana todo lo nuevo con lo viejo, incluso muy viejo, como corresponde a su carácter y cosmovisión personal. El nacionalismo catalán, lejos de explotar sus mitos, que en todo caso no son olvidados y ahí está la Diada para demostrarlo, se funda sobre el elemento cultural. En los años críticos del último tercio del siglo XIX, dos argamasas surgen para compactar la muralla del nacionalismo catalán: una es la lengua y la cultura catalanas; la otra, el dolorisísimo debate económico en torno al binomio librecambismo/proteccionismo, en cuya base está el mayor tumor que hoy tiene el conflicto entre Cataluña y el resto de España, consistente en un doble sentimiento: por un lado, los catalanes se sienten aislados e incomprendidos; por otro, los no catalanes ven en éstos a una panda de egoístas o, por autocitarme, al puñetero vecino cabrón revientajuntas que, teniendo la comunidad unos problemas de la hostia, sólo quiere hablar de su gotera.

Centro neurálgico del nacionalismo catalán son los juegos poéticos florales. Si a Hitler le llegan a decir, a principios de los años 20, que en lugar de organizar un putsh lo que tenía que hacer era organizar concursos de poesía alemana, supongo que directamente le habría pegado dos tiros al pobre loco que le hubiera propuesto la idea. En el franquismo, el gran enfrentamiento del nacionalismo catalán con Franco, enfrentamiento como resultado del cual, por cierto, Jordi Pujol fue torturado, es el empeño de los catalanes por cantar en el Liceo una poesía de Maragall.

Por eso creo que, más allá de las instrumentalizaciones que siempre existen (y, de hecho, se multiplican), errarán quienes consideren que el catalán es sólo un ariete utilizado por el nacionalismo para pinchar; una herramienta, un arma, un medio.

En realidad, creo que no haber entendido esto antes es lo que ha dado, en parte, alas al catalanismo en el pasado más reciente. Históricamente hablando, en Cataluña ha habido toneladas de catalanes no nacionalistas. En tiempos de la República, el grupo más organizado y numeroso de Cataluña eran los obreros anarquistas, de intenciones nacionalistas bastante epidérmicas, cuando no inexistentes. De hecho, el obrerismo catalán, en buena medida, veía el nacionalismo catalán como cosa de burguesitos chupasangre. Pero esto ha cambiado radicalmente desde la Transición (en realidad, desde antes), cuando el nacionalismo catalán burgués cayó en la cuenta que de las dos patas de su ideología, la económica y la cultural, la primera escocía demasiado, así pues lo que debería utilizar sería la segunda.

Una cosa que me sorprende mucho del discurso catalanocrítico que es bastante común fuera de Cataluña es la machaconería con que recuerda la ausencia de raíces catalanas profundas en los principales nacionalistas. Se recuerda que si no sé qué pariente de Carod era de aquí, que si Montilla nació en Mongolia, que si la Chacón tiene un apellido propio de las Lowlands escocesas, y tal. Llama la atención, ya digo, que este argumento se esgrima en Madrid, plaza donde cada vez que encontramos un madrileño de octava generación lo metemos en formol y lo enviamos al Museo Municipal, para que quede públicamente expuesto como el negro de Bañolas. A mí me parece que eso de exigir pureza de sangre es cosa de inquisidores y de nazis. Más allá, es que, en realidad, es lógico que los adoptados por una nación se sientan orgullosos de ello. La identidad vinculada a una tierra en la que siempre han vivido los tuyos es algo de alguna forma impuesto; la identidad vinculada a la tierra hacia la que emigraste y en la que te hiciste es algo totalmente tuyo. Es la diferencia entre ser Adolfo Suárez o la duquesa de Alba; Suárez es duque por las cosas que él mismo hizo, mientras que la duquesa lo es por cosas que hicieron sus antepasados. A mi modo de ver, cuanto más rancio es un título noble, menos valor tiene.

Pero esta crítica soslaya, a mi modo de ver, la enorme importancia que juega el idioma en todo esto. Todo idioma es oro molido para un nacionalista, porque sirve para diferenciar: aquí los que lo hablan, aquí los que no. Pero el catalán, además, es la base de la identidad en que se basa el sentimiento nacionalista. ¿Cuántos catalanes son nacionalistas? No lo sé. Lo que sí creo saber es que la inmensa mayoría de ellos catalanófilos, y entiéndase que aquí estoy hablando del idioma.

El problema es otro, sin embargo. El problema que hoy no es histórico pero que lo será dentro de unas décadas, es la enorme, insondable torpeza con que, a mi modo de ver, el nacionalismo catalán ha administrado esta herencia desde la misma madrugada del 20 de noviembre de 1975 en que murió Franco.

El defecto clarísimo de los nacionalismos residentes en España es su falta de visión histórica. Como ya he escrito, en 1930 fueron a San Sebastián a condicionar todo el debate sobre el futuro de España. En 1930 había en España muchos más jornaleros y pecheros necesitados de una reforma agraria que catalanes deseosos de su autonomía o independencia; sin embargo, hubo que hablar más de lo segundo que de lo primero. En 1930, el mundo estaba inmerso en la peor crisis económica de su Historia moderna; pero lo importante, por lo visto, es que hubiese estatutos. Mucho más importante que el árbol de la abundancia era el árbol de Guernica.

En 1975, volvió a pasar lo mismo. Con esa insondable capacidad de persistir en el error que sólo tienen los nacionalistas, en un país cuyas prioridades eran la construcción de un marco de convivencia que no había existido hasta entonces (muchos piensan que había existido en la II República; no es mi caso), los nacionalistas se plantaron, pusieron pies en pared y, como siempre, gritaron: ¡De eso, nada! ¡Primero hay que hablar de mi gotera! Tan sólo la hondura de la crisis económica matizó esto un poco vía Pactos de la Moncloa.

En 1975, como ya he dicho, hacía muchos años que Cambó había muerto y había sido sustituido por Companys como modelo. Un nacionalista de hondas implicaciones en la gobernación de España había sido sustituido por un nacionalista exclusivista, dispuesto incluso a debilitarse a sí mismo con tal de mantener inmaculada su capacidad autónoma de decisión, como de hecho ocurrió en la guerra civil. Así las cosas, el gran asunto de la Constitución del 78 fue el Estado de las autonomías, que incluía ese fistro diodenal de la construcción del mismo en dos velocidades a cuenta de un concepto tan etéreo como el de nacionalidades históricas (anda que no se hunde en la noche de los tiempos la identidad asturcántabra, la castellana no digamos, o la andaluza, o la canaria) y que fue fuente de conflictos sin fin, hoy básicamente olvidados a base de generalizar una política de café para todos.

El hecho autonómico ha condicionado, para bien o para mal, toda la construcción de la Transición, generando algunas distorsiones. La principal es, precisamente, la que hemos visto precisamente con el famoso editorial conjunto de la prensa catalana. Corominas, en la cita suya que recogí en mi post anterior, habla del estatuto de autonomía de Cataluña utilizando como expresión sinómima el concepto de Constitución catalana. Como también decía en el post, la primera discusión seria del problema nacionalista, que se produce en San Sebastián en 1930, fue deliberadamente etérea por ambas partes: por la parte central, porque no se quería poner en peligro el objetivo mayor de consolidar una coalición antialfonsina; y por la parte nacionalista, porque la ambigüedad es, desgraciadamente, el terreno natural de todo nacionalista.

En los últimos 80 años, pues, ha quedado claro que la vía de solución del problema nacionalista en España es la creación de poderes autonómos regidos por legislaciones específicas. Pero a día de hoy sigue sin estar muy claro qué rango tienen dichas leyes. El rango jurídico está claro: son leyes sometidas a la condición suspensiva de su coherencia con la Constitución. Pero el rango, llamémosle, social o de opinión pública o popular, no está claro. Porque todos, en la Transición, hemos jugado a esa ambigüedad, como digo unos por oportunidad estratégica y otros por conveniencia. Hemos dejado que muchos ciudadanos de las diferentes autonomías creyesen que su obediencia se debía al Estatuto y no a la Constitución; o, más en concreto, como ahora está pasando en Cataluña, que en el caso de conflicto, ambas normas están al mismo nivel y la fidelidad del ciudadano catalán debe estar bien clara. El editorial de la prensa catalana no es tanto un alegato con el argumento «tenemos razón y así lo debes reconocer en tu sentencia» como un simple y puro «quítate de enmedio, chaval».

Esta construcción de autonomías cuya calidad jurídico-social real no estaba ni está clara es la que propugnó la invención por parte de catalanes, vascos y, en menor medida, gallegos, con la connivencia posterior de todo dios, de una figura inusitada, que es verdad que existe ya en la vieja literatura nacionalista, aunque para mi gusto con otros matices: la figura de la lengua propia.

Teóricamente, sólo existen dos tipos de lenguas: las que son oficiales y las que no. En un país la gente habla lo que se le sale de los huevos, pero tiene que haber una o varias lenguas definidas como aquéllas en las que te cabe esperar que la Administración te comunique que te ha puesto una multa. El Estado de las autonomías, sin embargo, crea una tercera categoría: la lengua propia.

Esto supone decir: en mi ámbito, las lenguas oficiales son ésta y ésta; pero mía, mía, lo que se dice mía, es sólo la primera. Y aquí es donde reside el gran error.

Esta afirmación es una burrada histórica de primerísimo calibre. Catalanes y vascos han proferido millones de gritos de guerra importantes para su devenir; han seducido a centenares de amantes famosas, han elaborado miles de manifiestos relevantes, han creado centenares de refranes, de coplillas y de sátiras, en castellano. Afirmar que el catalán es la lengua propia de Cataluña equivale a afirmar que el castellano es la lengua impropia de Cataluña, es decir no es la lengua en la que los catalanes se expresan con normalidad; y eso es, simple y sencillamente, históricamente falso.

Con esta jugadita de la Transición, que como digo ha comprado todo dios porque ese fistro de la lengua propia no es en modo alguno monopolio de los estatutos catalán, vasco y gallego, lo que se ha hecho ha sido subvertir el modo en que la Historia interactúa con la realidad. El modo normal es: primero la Historia se despliega, las cosas pasan y los hechos se consolidan, para que luego las normas reconozcan dicha consolidación. Sin embargo, en el asunto de la lengua propia, lo que se ha hecho ha sido normar la consolidación y después hacerla Historia. Dicho de otra forma, tras declarar que el catalán es la lengua propia de Cataluña, se hace necesario conseguir que verdaderamente lo sea.

Por mucho que mis amigos gallegos y vascos no lo vean, yo veo una diferencia teórica clara entre las políticas lingüísticas de estos territorios y la de Cataluña. La política de lengua en Galicia y el País Vasco actúa sobre sociedades que no hablan mayoritariamente la lengua que se pretende hacer propia (lo cual es de traca, no es por nada: valiente lengua propia es ésa que es minoritaria). Pero no es el caso de Cataluña. Esta diferencia es, en cambio, teórica. La ambición de consolidar el catalán, no como lengua hablada u oficial, sino como lengua propia de Cataluña, hace que, en realidad, las políticas lingüísticas de vascos y catalanes (y de gallegos cuando los nacionalistas les gobiernan) se parezcan mucho, demasiado. El nacionalismo catalán le da a su lengua un trato de lengua capitidisminuida y asediada que está lejos de tener, que incluso es dudoso que tuviera en tiempos del franquismo, una vez pasados esos primeros tiempos en los que Franco era fascista y los falangistas se paseaban por Barcelona instando a la gente a hablar la lengua del Imperio.

A mi modo de ver, es esta tensión la que los catalanes no ven y, al tiempo, los no catalanes ven con exceso o exagerada. El catalán te dice: yo vivo en Cataluña y aquí no hay conflicto con la lengua. Y dice bien. El no catalán dice: en Cataluña hay una imposición del catalán que va más allá de lo democrático. Y, paradójicamente, también dice la verdad.

Ambos tienen razón, a mi modo de ver. Uno la tiene al destacar que en Cataluña es posible convivir hablando una lengua, la otra o las dos. El otro la tiene al destacar que, si Cataluña es su clase política, es hoy un territorio que está embarcado en la misión histórica de conseguir que el castellano no pueda considerarse lengua propia de dicho territorio.

En mi opinión, que tiene de jurídica lo que tú, lector, tienes de diseñador afgano de letrinas, cuando el Constitucional juzga los artículos del nuevo Estatuto referidos a la lengua, a la educación y esas cosas, está juzgando, en el fondo, este concepto de lengua propia y sus consecuencias. La Constitución de un país tan políglota como Suiza, con tres lenguas oficiales, creo, apenas le dedica al asunto de la lengua un par de artículos. No necesita los fárragos de nuestros estatutos porque los suizos no consideran ni que el francés, ni que el italiano, ni que el alemán sean su lengua propia. Por eso, no tienen más política lingüística que garantizar al ciudadano suizo que podrá dirigirse a la Administración en cualquiera de esos tres idiomas. Punto pelota.

Pero, claro, en este asunto el Constitucional llega tarde. Se está cargando sobre sus espaldas la responsabilidad de enderezar una planta cuyo tallo lleva viendo crecer desviado nuestra clase política desde el año 1976, sin que hayan hecho nada por evitarlo; es más, todos ellos han votado, con fervor, en Cataluña y en otras muchas comunidades autónomas, esos articulitos de la lengua propia, y no han levantado la voz.

El argumento de la lengua propia es, como he dicho, antihistórico. Es algo que no se compadece con la Historia de Cataluña, ni con la del País Vasco (el fraile de San Millán que escribió el primer castellano era, probablemente, un español bilingüe castellano-vascuence), ni desde luego con la de Galicia, la Comunidad Valenciana, las Baleares, etc. Ni siquiera se compadece con la Historia de España, pues no dejamos de ser un país que ha dominado el mundo gracias a la fuerza disuasoria de un ejército donde se hablaba alemán, y napolitano, y siciliano, y ruteno, y francés, e inglés, y... Hace setenta años tuvimos incluso una guerra civil cuyo bando ganador contó con la inestimable ayuda de tropas que hablaban árabe.

Y es una lástima que sea precisamente el nacionalismo catalán el que haya creado este problema porque, éste es al menos mi pensamiento, si hay un nacionalismo en España que estaba en condiciones de abordar con mesura, con equilibrio, con exención de conflicto, el problema de la lengua, ése es aquél que tiene precisamente la lengua en su núcleo duro fundacional. Otrosí digo, el nacionalismo catalán.

miércoles, noviembre 25, 2009

Cataluña

La semana está siendo pródiga en declaraciones que cuando menos yo encuentro relevantes para ser comentadas en un blog de Historia. La que en este post quiero comentar es la relativamente sorprendente declaración del ex presidente catalán Jordi Pujol, en el sentido de que Cataluña estaba mejor en tiempos del franquismo. Bueno, en realidad no ha dicho eso. Ha dicho, por lo que yo he podido leer, que en tiempos de Franco Cataluña tenía más prestigio (hemos de entender, en el resto de España; no creo que el prestigio de Cataluña en Nueva Zelanda preocupe mucho al honorable alto funcionario cuyo cargo recuerda a la leche francesa) que ahora.

Forma parte esta declaración de Pujol, que puede parecer extemporánea y fuera de sitio, de algo que efectivamente está ahí y tiene, qué duda cabe, su aquel. De un tiempo a esta parte, ciertamente, Cataluña se enfrenta a un fenómeno que los catalanes reputan como nuevo: el rechazo por parte del resto de España. De alguna manera, muchos catalanes se hacen la misma pregunta que muchos estadounidenses: why do they hate us? ¿Por qué nos odian?

No es función de este blog analizar las respuestas a esta cuestión, aunque algo diré porque, qué le vamos a hacer, no me callo ni debajo del agua. Pero sí es función del mismo, creo yo, advertirle a los catalanes, sobre todo a los más jóvenes, por jóvenes y por víctimas de la LOGSE, que este sentimiento no tiene nada de nuevo. Ya os hemos odiado antes. Más, incluso.

Acierta Pujol al diagnosticar que este sentimiento no existía durante el franquismo. Esto es así porque en tiempos de Franco Cataluña, como ente territorial propio, como identidad particular de un pueblo, sólo existía en el terreno de los coros y danzas. Los catalanes, además, no podían caer mal en tiempos de Franco porque en tiempos de Franco media España tenía un primo cavando zanjas en Sant Boi, en Cornellá, en Sabadell, o en Barcelona. Cataluña era uno de los principales entes absorbentes de la emigración española, así pues, para los españoles de aquella época, malquistarse con los catalanes era malquistarse con ellos mismos. Y es que, como con su habitual sarcasmo dijo una vez Agustín de Foxá, Cataluña es la única metrópoli del mundo que se empeña en separarse de sus colonias.

Pero la Historia de España no empieza precisamente el día que Franco da el famoso parte de cautivo y desarmado bla bla bla. Antes hay, sin ir más lejos, un periodo, que llamamos II República, más que nada porque fue una república, y además fue la segunda, en la que los catalanes ya sufrieron en sus carnes buena parte de lo que hoy sufren (verbo colocado aquí para los que piensan que no lo merecen) o experimentan (verbo colocado aquí para los que piensan que lo merecen).

En 1948, cuando los rescoldos de la guerra civil aún humeaban, José Ortega y Gasset, principal neurona de la nación durante mucho tiempo, acusaba a los nacionalismos catalán y vasco de ser agresivos contra España. Aunque hemos de reconocer que, en el caso de Cataluña, este rechazo ha estado algo más matizado, pues no son pocos los ensayistas y pensadores que, a lo largo de la Historia, han visto a Cataluña como un pueblo constantemente torturado por el constante penduleo entre la atracción y repulsión hacia el resto de España.

Pero errará, como digo, quien piense que lo que está pasando actualmente entre Cataluña y el resto de España es nuevo. Si en el actual Congreso de los Diputados hubiese alguno que supiese hablar, bien podrían pronunciarse hoy estas palabras, que salieron de la boca de Ortega, entonces diputado de la Agrupación al Servicio de la República (junto con Marañón o Unamuno), durante la discusión del Estatuto catalán:

«El problema catalán se puede conllevar, pero no resolver. Frente al sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de esa radical comunidad de destinos, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de los unos es respetable, no lo es menos el de los otros, y como son dos tendencias perfectamente antagónicas, no comprendo que nadie, en sus cabales, logre creer que el problema de tal condición pueda ser resuelto de una vez y para siempre. Pretenderlo sería la mayor insensatez, sería llevarlo al extremo de paroxismo, sería como multiplicarlo por sí mismo, por su propia cifra; sería, en suma, hacerlo más insoluble que nunca».

La discusión, hoy en día, en torno al Estatuto catalán, se ciñe, y digo bien se ciñe, a definir los techos competenciales de Cataluña y, sobre todo, su sistema de financiación. Pero las palabras de Ortega, el tono del debate parlamentario del Estatuto, iba mucho más allá. Iban al centro de la cuestión, cual es la posibilidad de que España y Cataluña pudiesen seguir compartiendo vagón en el tren de la Historia.

El catalanismo, fenómeno relativamente nuevo en términos históricos (no así la conciencia catalana, que es muy antigua), nace como elemento de un debate económico que ya hemos analizado en esta esquina de la red: el debate entre proteccionismo y librecambismo. A finales del siglo XIX, de la mano sobre todo de Valentí Almirall, el catalanismo se hace federalista. Es su gran paso: ya no se trata de que Madrid nos de dinero, sino de que nosotros le demos dinero a Madrid. La diferencia entre federalismo y centralismo no es otra que la dirección del vector del dinero.

En 1887, el Centre Catalá de Almirall se escinde y un importante grupo del mismo funda la Lliga de Catalunya, que será el origen del catalanismo de izquierdas. Por su parte, de la enorme fuerza que el tradicionalismo tiene en Cataluña (pues quizá cueste creerlo ahora, pero Cataluña ha sido muy, muy católica; diferencialmente católica, diría yo), unida al hecho de que hace ciento y pico de años se consolida en la región una burguesía pujante, hace nacer el catalanismo de derechas, cuyo principal exponente histórico es la Lliga Regionalista de Françesc Cambó, el político que resumió con claridad su filosofía política con el famoso llamado: «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!».

Cambó, por cierto, no creía en la independencia de Cataluña, pues consideraba que una Cataluña independiente caería inevitablemente en la órbita de influencia geopolítica francesa; destino que le parecía peor que ser español porque los españoles (léase los castellanos) aguantan muchos más carros y muchas más carretas. Yo creo que tenía razón; quien no lo piense, que se ponga a contar en cuántos institutos públicos del Rosellón se escolariza a los niños en catalán.

Dicen los historiadores que el conflicto entre Madrid y Barcelona surge en algún momento de las primeras décadas del siglo XX. Yo estoy de acuerdo con esta opinión. Si el 98 fue un desastre para toda España, lo fue especialmente para Cataluña, que se quedó huérfana de mercados fundamentales; mientras que para Madrid, paradójicamente, una vez que las políticas estabilizadoras dieron su fruto, sonó la hora de la industrialización y de cierto despegue. En los cincuenta años que abarcan el último cuarto de siglo del XIX y el primero del XX, Barcelona se hincha a hacer exposiciones universales y todo tipo de milongas sin que Madrid pueda aún soñar con hacerle sombra. Pero la indudable tendencia centrípeta de España juega a su favor y, poco a poco, Madrid se va convirtiendo en el inevitable kilómetro cero de muchas cosas.

Cuando en 1930 las teóricas fuerzas del teórico progreso de España (pues allí había de todo, amén de ausencias bastante pronunciadas) se reúnen en San Sebastián para diseñar la estrategia de una especie de coalición republicana, catalanes y vascos se presentan en la sala exentos de ilusión y dejando muy claro que para conseguir su apoyo hay, primero, que garantizarles que lo suyo va a quedar bien. Allí, en el Pacto de San Sebastián, es donde se planta el primer mojón de uno de los elementos que, a mi modo de ver, mina la imagen de Cataluña en el resto de España. Desde aquel día, de alguna manera, Cataluña se comportará en España como ese miembro cabrón de las viejas comunidades vecinales, cuando todo había que aprobarlo por unanimidad, que votaba a todo que no, dejando a la comunidad sin ascensor, sin portero, sin alarma, sin puerta nueva para el portal y sin lo que hiciese falta, hasta que no le pagasen la reparación de la puta gotera de su salón. De alguna manera, igual de Sánchez Albornoz definió un día al País Vasco como la abuela cabreada de España, Cataluña comienza a ser, en la década de los treinta, el vecino tocahuevos. Quizá por eso, para completar el retrato digo, es que nunca ha querido ser presidente, gesto éste que tiende a extremar entre el resto de los vecinos la imagen de que al relapso se la chufla la comunidad y todo lo que le importa es su gotera.

La culpa, en buena parte, es del general Miguel Primo de Rivera. Nunca un gobernante ha decepcionado tanto a los catalanes (y digo esto porque ya supongo que no esperarían gran cosa de Franco; y alguien de quien nada esperas podrá concitar tu odio, pero no decepcionarte). Cuando, ya en tiempos de la República, se produjo el juicio parlamentario del rey Alfonso XIII, el defensor del Borbón, el conde de Romanones, se ganó un buen abucheo por decir en su discurso una cosa que es una verdad jodida, pero verdad: los catalanes, y muy especialmente los nacionalistas catalanes, aplaudieron con las orejas cuando Primo de Rivera se alzó en Barcelona. Estaban encantados. Siempre se dice que la dictadura de Primo surgió por la reacción del ejército ante la eventualidad de que se tomasen represalias por el desastre de Annual; pero este análisis, que yo no niego, olvida la fortísima demanda que existía en Barcelona, en Tarrassa, en Manresa, para que surgiese alguien que le arrease una mano de hostias a los pistoleros obreros. Y no por casualidad Primo de Rivera inaugura su poder dictatorial declarando a la prensa que «he tomado tanto cariño a Cataluña que todo mi anhelo es servirla». De hecho, en 1924 el general certifica la pervivencia de la primera gran victoria del catalanismo, la Mancomunidad de Barcelona, que le costó a los catalanes desplantes y cesiones mil; pero, con las mismas, un año más tarde se la carga con el Estatuto Provincial.

Manuel Carrasco Formiguera, uno de los nacionalistas catalanes asistentes a la reunión del Pacto de San Sebastián, deja bien claro que en la misma quedó asimismo diáfano que, cuando llegase la República, habría autonomía para la región basada en el principio de autodeterminación, cito, «concentrada en el proyecto de Estatuto o Constitución autonómica, propuesta libremente por el pueblo de Cataluña».

Dicho de otra forma, y según esta versión: los políticos de ámbito nacional que estaban en San Sebastián, los Prieto, los Lerroux, los Maura (Miguel), los Alcalá-Zamora, etc., hicieron lo mismo, exactamente lo mismo, que hizo en el 2004 Rodríguez Zapatero: «Pascual, aprobaré el Estatuto que salga del Parlamento catalán». Ambos gambitos terminaron de la misma forma: con un Estatuto final que resulta ser la mitad de la mitad de la mitad de lo pedido, y con los catalanes en una esquina lamiéndose las heridas y mascullando: «¡Putos castellanos!»

Si hemos de creer a Prieto, en todo caso, en la reunión de San Sebastián se produjo otro ejemplo, el primero quizá, de otro gran factor que alimenta la inquina anticatalana (aunque, en este punto, es probablemente peor la antivasca): la ambigüedad. Porque este testigo de la reunión, en la que estaba a título personal y no representando al PSOE, no explica las cosas tan claras como lo hacen los catalanes. Según Prieto, los nacionalistas primero hablaron de pacto y después de libertad absoluta, es decir, de una Cataluña independiente que ya vería qué lazos tendía con España. Esta posición puso de los nervios a los contertulios más conservadores, como Maura o Alcalá; pero como quiera que no estaban allí para resolver el problema catalán sino para ver de echar al Borbón, saltaron elegantemente por encima del asunto, hablando de un Estatuto pero sin dejar muy claro (aquí creo que Carrasco no miente) quién tendría la última palabra, pues si los políticos nacionales dejaron claro que serían las Cortes nacionales las que habrían de aprobar el Estatuto, los catalanes sacaron cierta sensación (que perdura hoy día) de que nada puede más que la fuerza de los votos, así pues, si los catalanes mayoritariamente quisieran algo, ese algo tendrían.

Esa medianía, ese no hablar claro, ese ser San José los martes y la Purísima los miércoles, ha sido, desde aquel día, el tono imperante en el problema catalán. A base de actuar así, especulando con lo que se puede llegar a hacer, lo que se puede llegar a decir, lo que se puede llegar a votar, Cataluña se ha convertido para España en ese hijo medio loco que nunca sabes por dónde te va a salir en cada caso y así, el domingo que viene de visita tía Gertrudis, lo mismo le da dos besos a su queridísima tía que le rompe una lámpara en la cabeza a la jodida foca de los cojones.

En mayo de 1931, ya en la República, se forma la Comisión redactora del proyecto de Estatuto Catalán, que es sometido a referéndum el 2 de agosto del mismo año. De 792.582 personas con derecho a voto, 592.691 votaron que sí, 3.276 votaron que no, 1.105 votaron en blanco el proyecto redactado, y el resto se quedaron en casa o se fueron a la playa o al Paralelo, según gustos. Creo que nunca los catalanes han expresado democráticamente una aspiración tan mayoritaria.

Ya lo siento por el president Montilla; pero el hecho es que El Socialista, periódico oficial del PSOE, saludó este referéndum calificando a la Generalitat catalana (entonces aún Diputación provisional o, en lenguaje finisecular, Ente Preautonómico) de «organismo anacrónico y patriarcal» y calificando el nacionalismo catalán de «vergonzante»; además de acusar al coronel Françesc Maciá de haber coaccionado a la Generalitat a votar el fistro de Estatuto. Consideraba el problema catalán «pleito de etiología oscura y morbosa» y concluía que, en recto Derecho, el referéndum «carece en absoluto de validez para basar en él su virtualidad autonomista [de Cataluña]». En el número del 4 de agosto están todas estas perlas.

El 13 de agosto, una caravana de coches, al frente de la cual se coloca el líder de la Esquerra, se dirige a Madrid a entregar el Estatuto. Los catalanes concretan en este viaje, por si no fuesen suficientes los precedentes, la tercera característica que a mi modo de ver identifica su mala imagen: su manía de actuar, incluso en el terreno de las formas, como si el resto de los españoles no existiesen cuando de hablar de Cataluña se trata. Maciá, Casanovas, Companys y el resto de la partida no podían ser tan tontos como para no saber que el referéndum, se pusieran ellos decubito supino o decubito prono, era la jura de bandera, pero aún les quedaba el resto de la mili. Cualquiera más político que ellos, cualquiera con más mano izquierda (cualquiera con seny de verdad, que diría Pla) se habría presentado en Madrid haciendo loas de Cervantes, de Zorrilla, de Juan de Austria, de Isabel la Católica y hasta de Don Pelayo y abrazando con lágrimas en los ojos a sus hermanos castellanos, pues, como bien saben los pícaros, para asestar puñaladas siempre hay tiempo.

Los británicos suelen decir: ¿cómo se cocina una rana viva? Pues metiéndola en una olla de agua fría, colocándola en un fuego muy bajo y subiendo la intensidad de éste muy, muy despacio. Pero a los catalanes, por lo que parece, no les gustan las ancas de rana. O quizá es que piensan que España ya no está viva.

La llegada de la caravana catalana el 14 de agosto provoca en Madrid el primer caso serio de anticatalanismo cerril y ciego. En las paredes de la capital aparecen carteles insultantes contra Maciá. Como presunto responsable de ello será detenido Ramiro Ledesma, el de la unidad de destino en lo universal.

Y pasó lo que tenía que pasar.

El 9 de abril de 1932, se lee en las Cortes el proyecto de Estatuto redactado por la ponencia parlamentaria. A los nacionalistas catalanes los huevecillos se les suben hasta las ojeras. El proyecto estatutario recorta notabilísimamente el proyecto traído en caravana, sobre todo en el aspecto financiero. Toda veleidad federalista desaparece del texto. Unión Catalanista, el think tank que parió las Bases de Manresa, elabora un manifiesto que supone otro aldabonazo en esa actitud que describía antes de hacer como que España no existe. En lugar de dirigirse a la opinión pública española, que habría sido lo inteligente porque es ella la que le podía sacar las castañas del fuego, traducen el manifiesto al francés, al inglés y a otros idiomas y lo dirigen a la Sociedad de Naciones. En el manifiesto dicen cosas como que «de nuevo las Cortes han negado la posibilidad de Cataluña, han negado sus derechos». A los catalanes, es mi opinión, no les falta su punt de razón. Por variadas que sean las versiones del Pacto de San Sebastián, parece claro que en el mismo, si no se dijo tal cual, sí desde luego quedó en el aire la conclusión de que los catalanes decidirían por sí mismos. Los futuros jerifaltes republicanos prefieron ciento amarillo a uno colorado, y el desánimo catalán con el proyecto de Estatuto fue la consecuencia de todo ello.

Madrid envidó. Y Cataluña envidó más. En su manifiesto, Unió Catalana anuncia al orbe internacional que rechazará toda forma de autogobierno «que no tenga por base un acuerdo libremente convenido entre los dos Estados». Toma ya.

En esta reacción está el siguiente elemento de la mala imagen del nacionalismo catalán fuera de Cataluña: la sensación de que la negociación no es tal. Los catalanes de la República hablaban de pacto, de componenda entre partes. Pero la sensación que daban era de estar planteando un trágala. Actuaron como si «pacto», en catalán, significase «darme la razón». Un pacto presupone cesiones por ambas partes. Pero Cataluña tenía claro lo que quería y eso era lo que estaba dispuesta a aceptar. Y le pasó lo que le suele ocurrir a quien se pone de canto en una negociación: si no quería caldo, dos tazas se llevó.

En abril de 1932, el ayuntamiento de Palencia vota una resolución solicitando que todos los diputados castellanos abandonen las Cortes para no votar el Estatuto catalán. En la mesa del presidente de la República, del primer ministro y de los diputados se agolpan los mensajes furibundamente reivindicativos llegados de la España no catalana. Y aquí tenemos el siguiente error del nacionalismo catalán: vivir la vida como si las rabietas de los no catalanes no les afectasen. Una persona que piensa eso, ¿qué derecho tendrá a reclamar que las rabietas de los catalanes se tengan en cuenta fuera de Cataluña?

Entre el 6 de mayo (inicio de las discusiones del Estatuto) y el 27 de julio, se reciben en las Cortes 506 comunicaciones en contra del Estatuto. Las comunicaciones no catalanas a favor del Estatuto proceden de: la Agrupación Guipuzcoana de Estudiantes, el Ayuntamiento de Gijón, el Partido Republicano Federal de Jaén, el Centro Republicano Español de Rosario de Santa Fe (Argentina) y el Partido Socialista Revolucionario de Sevilla. Las diferencias son como para pensarse un poco la estrategia de imagen, digo yo...

El debate sobre el Estatuto catalán del 32 tiene todos, pero todos los elementos de hoy en día, incluso exagerados. En primer lugar, el mito del catalán agresivamente avaro y expresamente movido por el interés lucrativo. Alejandro Royo Vilanova, político católico derechista, declara por aquellos días: «[los nacionalistas catalanes del momento] han seguido la norma de conducta que una vez trazara el señor Cambó: “Tomad lo que os den, pero no cejéis en el empeño de que os den más”». Esto, seamos sinceros, es lo que hace cualquier negociador inteligente; pero esta actitud, en aquellas jornadas del 32, quedó grabada para siempre en el inconsciente colectivo español como cosa de catalanes. Y sigue Royo: «es comodísima la postura de estos señores catalanes: para la economía somos todos uno; para la política han de entenderse solos». Bajando por la cuesta, añade que «los catalanes hablan el catalán, pero no lo saben escribir». Argumento éste que habré escuchado, en los últimos seis meses, unas quince o dieciséis veces. Sin dejar este tema del idioma, el ABC se quejaba en junio de que, para recibir la enseñanza en castellano en Cataluña, había que solicitarlo por escrito. Como se puede ver, las cuerdas que se tensan son siempre las mismas.

La apelación de Royo a la comodísima actitud de los catalanes nos lleva a otro error estratégico del nacionalismo catalán (siempre según mi opinión) cual es el asuntito de las balanzas fiscales, que no es sino expresión técnica del gran argumento filosófico/moral que se puede resumir así: yo, catalán, me mato a trabajar, para que los extremeños/andaluces/castellanos/etc. se toquen los huevos. El nacionalismo catalán dio en los tiempos de la República carta de verdad divina al asunto del desequilibrio fiscal de Cataluña con el resto de España, sellando con esta actitud el último de sus errores frente a la opinión del resto del país: la actitud constante de dar por axiomáticas cosas que son discutibles. Cierto es que Cataluña aporta más de lo que recibe. Pero eso también lo hace un contribuyente de la Hacienda española que, en lugar de ganar los 30.000 o 40.000 euros que son el salario medio español, gana 600.000 o un millón. Esto no quiere decir, desde luego, que el nacionalismo catalán esté equivocado. El problema está en que nunca se ha avenido a discutirlo.

Nos asombró, en su día, que un político catalán gritase muerte al Borbón. Nos parecerá nuevo eso. Pero será por desconocer que, durante el debate del Estatuto, los estudiantes de la Universidad Central de Madrid se manifestaron por el centro de la ciudad al grito de «¡Muera Maciá!»

Manuel Azaña dejó escrito que parece ser una constante de la Historia de España que Barcelona sea bombardeada [se entiende: por España] más o menos cada medio siglo. En esto, como en tantas otras cosas, don Manuel se equivocó. Pero el espíritu de sus palabras tiene que ver con la enorme tensión que Cataluña imprimió a la República con sus reivindicaciones y su actitud, que llegó al punto máximo de desafección con ocasión del golpe de Estado revolucionario de octubre de 1934, cuando pretendió autoproclamarse república catalana soberana, y la cagó. Antes de ello, por cierto, la Generalitat ya había protagonizado una provocación abierta al Tribunal Constitucional (para que se vea que nihil novum sub solem) a cuenta de la Ley de Cultivos.

Luego llegó Franco y todo esto no es que se tranquilizara, es que fue enterrado a siete metros bajo tierra. Ahora Pujol viene a decir que por lo menos en aquel entonces los catalanes no caían tan mal y no se encontraban con tantos problemas (en puridad, no se encontraban con ninguno, porque no había problema). La declaración, como digo, puede parecer un tanto rara. Pero, como espero haberte explicado en este texto superferolítico, tiene su punto de verdad. Histórica, al menos.

En resumen, el asunto catalán es de longa data y hay, de hecho, poquísimas cosas que estén ocurriendo hoy que no ocurriesen hace setenta años, es decir el otro momento histórico en el que pretendió resolverse el problema catalán haciendo otra cosa distinta de, como diría Azaña, bombardear Barcelona. De hecho, esto es lo que estremece. Porque viene a significar que, quienquiera que sea quien deba haber aprendido algo del pasado, no lo ha hecho.

España es nación muy rancia y antigua en el contexto europeo (en el mundial, no digamos). Pero quienes defienden este principio, desde lo que los nacionalistas llaman españolismo, no pueden echarse a dormir tranquilamente encima de concepto tan genérico. Cualquiera que conozca un poco la Historia de España sabe que España existe hace muchos siglos, pero existe a base de arbitrarse como pacto entre iguales. El concepto de Hispania existe desde los romanos y ya en la Alta Edad Media es un concepto ampliamente utilizado para definir al conjunto de gentes habitantes de esta esquina de Europa. La nación, por su parte, se forma definitivamente en el siglo XV, al calor sobre todo de la misión histórica de la Reconquista, o más bien de su final. Pero si España surgió a mediados del siglo XV, debemos recordar que varias generaciones después de ese nacimiento, el rey de España y el conde-duque de Olivares todavía tuvieron que ir a Barcelona a intentar convencer a los aragoneses (entiéndase esto como una sinécdoque de la España mediterránea) para que contribuyesen a los gastos bélicos castellanos. Y sólo lo consiguieron a medias, además. Lo que no tiene sentido es que un diputado del siglo XXI exhiba opiniones que hagan parecer a Isabel de Castilla un primor del espíritu abierto y la propensión al diálogo. No hay que olvidar que el patrón de nuestra nación, Santiago, es conocido como patrón de las Españas.

Si sólo fuesen los españolistas los que meten la pata, aún. Pero el caso es que el nacionalismo catalán no les ha ido ni de lejos a la zaga en torpeza. Cambó, quizá el último nacionalista razonablemente amueblado, entendía que la única forma de ser un buen nacionalista catalán era tener constantemente una idea de España y trabajar para ella. Por eso era monárquico e influía todo lo que podía en la formación de mayorías en Madrid, no sin ello menoscabar ni medio centímetro su ambición catalana, que le llevó a hacer cosas tan poco edificantes como bloquear la reforma fiscal de Santiago Alba a finales de la segunda década del siglo pasado, acción que retrasó bastantes años el diseño en España de un esquema tributario moderno y acorde con los tiempos, tan sólo porque no le hacía pandán a los industriales catalanes. Pero Cambó, o más bien los suyos, acabaron entrando en el Parlamento catalán, el día que discutió el fallo del Constitucional sobre la Ley de Cultivos, como si fuesen unos rateros que mereciesen la horca. Y, por supuesto, cuando el golpe de Estado del 36 fracasó en Barcelona y las hordas de incontrolados se hicieron con la ciudad, su casa fue una de las primeras saqueadas.

El nacionalismo catalán, desde la República hasta hoy, se ha convertido en un nacionalismo exclusivista (sólos catalanes tienen derecho a hablar de Cataluña) además de incansable. Incansable quiere decir que ni una sola vez ha bajado la guardia para preterir sus reivindicaciones ante misiones de mayor calado. Como ya hemos dicho, el qué hay de lo mío de vascos y, sobre todo, catalanes, presidió el Pacto de San Sebastián, a pesar de que la misión histórica de aquel encuentro era muy otra. Cuando en 1962 suena la hora de hacer otro encuentro histórico, otro encuento para discutir la España del futuro sin Franco, la España históricamente reconciliada, los catalanes no van a Munich, hemos de entender que porque los conservadores, socialistas, liberales, monárquicos y franquistas demócratas allí reunidos no estaban en condiciones de garantizarles nada sobre lo suyo. La combinación de ambas características ha devenido, a mi modo de ver, en esta situación de la que se queja Pujol, en la que el catalán primero deja de ser comprendido para, después, dejar de ser apreciado. Como he dicho en este post, la estrategia de imagen pública del nacionalismo catalán no ha hecho nada, absolutamente nada en casi un siglo, por mitigar este efecto.

Hace algunos años, cuando un político nacionalista catalán, Miquel Roca, decidió resucitar a Cambó y formar un Partido Reformista nacional para presentarse a las elecciones, se quejaba durante la campaña electoral de que le reprochasen ser catalán como si ser catalán fuese ser apestoso. Alfonso Guerra le contestó con un matiz de gran importancia: usted, le dijo, no cae mal por ser catalán; cae mal por ser nacionalista catalán. El problema de muchos catalanes, entre ellos casi todos sus políticos, es que no aprecian el matiz de la frase guerrera, o mejor guerriana. Para muchos catalanes, ambas expresiones son sinónimas.

La identificación de Cataluña con su nacionalismo ha vinculado estrechamente los destinos de ambas cosas. Cataluña ha sido lo que su nacionalismo ha pasado a ser. Cuando el nacionalismo catalán, a principios del siglo XX, se decía cultivado e internacionalista y vendía la idea de un catalán que, a diferencia del castellano, sabía dónde estaba París, hablaba francés (el inglés de la época) y vendía sus paños en medio mundo (y las tres cosas eran ciertas de toda certitud), el catalán medio fue ese tipo con una cultura media superior, una mayor intensidad de contacto con el exterior, abierto al mundo, leedor, culto. Conforme la tensión Madrid-Barcelona se va acentuando a favor de la primera, pues siempre gana más quien más tiene que crecer, el nacionalismo catalán deriva hacia visiones más foralistas, particularistas; exacerba el conflicto del idioma y cambia la escala de valores, pues ahora el buen catalán ya no es el que sabe dónde queda Cape Code, sino el que baila la sardana de puta madre. Y Cataluña comparte ese destino.

Why do they hate us? Pues por un montón de razones, casi ninguna de las cuales, por no decir ninguna, es nueva en términos históricos. ¿Solución? Bueno, yo tengo una opinión. Al fin y al cabo, este problema, como apuntaba ya al principio de este post superferolítico, ya lo han tenido otros. Los estadounidenses, por ejemplo. Y, a día de hoy, lo han resuelto. ¿Cómo lo han hecho? Pues sorprendiendo sin sorprender.

Los americanos han encumbrado a Barack Obama. Que es un tipo sorprendente. Es negro y dice cosas que muchos jamás pensarían que diría un inquilino de la Casa Blanca (una vez más, juega aquí la mala memoria de la Historia de la gente, pues tampoco Obama dice muchas cosas que no dijese ya Jimmy Carter, pero bueno...) La de Obama, en todo, caso, es una sorpresa relativa o, si se quiere, de fachada. Quiere reformar la sanidad, pero su reforma se parece a los sistemas sanitarios a la europea como Lola Gaos a Jennifer López, y aún así aquí le saludamos porque va a hacer como nosotros. Dice que quiere una nueva era en las relaciones entre países pero Guantánamo sigue abierta, sigue echando barro para cegar el pozo afgano, y lo que te rondaré, moreno.

Corolario: hace lo que todo presidente americano hará siempre, pero él lo dice lindo.

Quizá, señor Pujol, lo que Cataluña necesita para caer bien es un Jordi Obama.