viernes, marzo 13, 2009

Football History Quiz

Bueno, pues ha llegado el momento de hablar de fútbol. Seguro que piensas que sabes la hostia de fútbol. Y no seré yo quien te lo niegue. Lo que es prácticamente seguro es que me superas. Fíjate si seré yo ignorante en esto del fútbol, que durante muchos años creí que un medio volante se llamaba así porque llevaba la dirección del juego. En fin.

Pero escribo estas líneas con la sana intención de pillarte. Porque lo mío es la Historia y el fútbol, en buena medida, es Historia. Así que vamos a ver si eres tan bueno en mi terreno.

Preguntas:


1.- Guerra civil. Un famosísimo jugador de la liga española pasó por la cárcel Modelo madrileña, la misma donde algún tiempo después se produciría una matanza de presos. ¿Quién fue?

a. Jacinto Quincoces.

b. Ricardo Zamora.

c. Santiago Bernabéu.

d. Eduardo Samitier.


2.- ¿Qué equipo fue especialmente premiado en 1938 por la «heroica contribución de sus hombres a la Cruzada de Liberación»?

a. El Real Madrid.

b. El Real Unión de Irún.

c. El Deportivo de La Coruña.

d. Osasuna.


3.- En marzo de 1939, recién caída Barcelona, los jerarcas franquistas decidieron reactivar la actividad del fútbol catalán. Sus planes, al parecer, incluyeron cambiar la camiseta y el nombre del Barcelona. ¿Cuál era el nombre que quisieron ponerle?

a. España.

b. Real Cataluña.

c. Flechas Azules de Cataluña.

d. Sporting Hispania.


4.- El primer presidente de la FEF tras la guerra civil fue, por supuesto, un militar. El teniente coronel Troncoso. Días después de su nombramiento, Troncoso envía una circular imponiendo una curiosa regulación en los clubes de fútbol de primera división. ¿Cuál fue?

a. Deberían tener al menos tres jugadores en la plantilla que fuesen militares en activo.

b. Todos los jugadores deberían tener cuando menos el equivalente de graduado escolar.

c. Se limitaban los sueldos para que no pudiesen ganar menos que un militar de carrera.

d. Se establecía un examen público sobre su conocimiento del «Cara al sol» y otros himnos patrióticos.


5.- En la temporada 1942-1943 se produjo un hecho histórico. El Real Madrid eliminó al Barcelona en la copa tras un partido en Madrid que permanece insuperado, pues los blancos ganaron por 11-1. A ver si sabes quién visitó el vestuario blaugrana antes del partido.

a. Franco.

b. Serrano Súñer.

c. El general Moscardó

d. La policía.


6.- A ver si sabes terminar esta frase, pronunciada con ocasión de un Suiza-España en Zurich: «Y ahora, muchachos, ya lo sabéis: cojones y ....»

a. visión de juego.

b. voluntad nacionalsindicalista.

c. españolía.

d. vergüenza torera.


7.- ¿Quién fue bautizado «el gamo de Dublín»?

a. Gaínza.

b. Zarra.

c. Artigas.

d. Venancio.


8.- El 2 de julio de 1950 se produce el histórico partido de Brasil entre España e Inglaterra. La verdad, si no sabes que les ganamos gracias a un gol de Zarra, no sé qué haces leyendo este cuestionario. Pero preguntarte eso sería muy sencillo. A ver si sabes, no quién lo marcó, sino quién le dio el pase.

a. Gaínza.

b. Panizo.

c. Puchades.

d. Gabriel Alonso.


9.- Jorge Valdano tuvo un antecesor en el Madrid. Un jugador que, como él, era muy intelectual y que, de hecho, fue públicamente criticado por la prensa falangista por leer a Dostoievsky. ¿Sabrías decir quién fue?

a. Puskas.

b. Molowny.

c. Pahíno.

d. Di Stefano.

10.- También supongo que algo sabrás sobre el rocambolesco fichaje de Di Stefano por el Madrid y la salomónica decisión de la FEF de que jugaría primero en el Madrid y luego en el Barcelona. Sin embargo, el Barça renunció al argentino. Muchas cosas pudieron incidir en dicha decisión pero, al parecer, una de ellas fue un informe del entrenador blaugrana, el húngaro Daucik (cuñado de Kubala) en el que se expresaban serias dudas sobre el jugador por un motivo. ¿Cuál?

a. Sus excesivas ambiciones económicas.

b. Su mal carácter.

c. Su presunta propensión a las lesiones.

d. Su incompatibilidad personal con Kubala.


Nos vemos...

miércoles, marzo 11, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (y 7)

Bueno, como hoy esto se acaba, es el momento de recordarte que las líneas siguientes sólo son la continuación de otras tantas que están en unos cuantos capitulitos: el primero, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto y el sexto. Así los tienes todos aquí juntos.

¿Cuál fue el motivo de la huida de Enrique de Castilla? Pues, simple y puramente, la pasta. Alguno de los terratenientes que había perdido en aquella pelea, como el almirante de Castilla, había solicitado de Enrique que se encargase de sus haciendas en tanto en cuanto durase su desgracia política; algo que todo el mundo, conociendo a Juan II El Pendular, tampoco esperaba que durase mucho. Enrique, a la menor insinuación que pudo haber (y lo decimos así porque las crónicas contemporáneas no son prístinas al respecto) de que tal vez alguno de los activos embargados no iba a caer en sus zarpas, resolvió volverse contra su padre y poner la disponibilidad de las riquezas como condición necesaria, y tan sólo quizás suficiente, para apoyar a su padre.

Esta anécdota tiene su importancia, a mi modo de ver, para entender un poco mejor a Isabel de Castilla. Que Isabel y Fernando se desempeñaron con sus competidores, nobles y coronados, con una notable crueldad, es algo que está fuera de toda duda. Pero también hay que tener en cuenta que este tipo de cosas estaban al cabo de la calle y que los católicos reyes, de alguna manera, resolvieron acabar con ellas. En una nación moderna, un hijo no se vuelve contra su padre, poniendo con ello en peligro la estabilidad de la nación y de la propia corona, por un quítame allá esas tierras. Y, pensaría Isabel algunos años más tarde, si para hacerlo entender hay que dar una mano de hostias, pues se da, y punto.

Juan II, en fase Deep, Deep Blue, se bajó los gayumbos y acabó resolviendo incluso el perdón del almirante de Castilla, lanzando una vez a sus enemigos el mensaje claro de que una represalia castellana duraba menos que un mantero en la acera de la calle Fernando el Santo.

En 1447 el rey Juan, que ha enviudado ya de María de Aragón, concierta una nueva boda-alianza. Como la cosa con Aragón no ha ido bien precisamente, prueba con el punto cardinal que le queda y concierta con Joao de Portugal su boda con la hija de éste, Isabel. Probablemente, Álvaro de Luna fue muñidor de este acuerdo, cuyas ventajas en materia de política exterior hasta Moratinos muerto de sueño sería capaz de ver. Sin embargo, lo que él no sabía es que esa boda, a la larga, le costaría el cuello.

De hecho, es más que probable que esta boda fuese cosa del privado, pues sabemos que Juan se cogió un mosqueo del 42 cuando supo lo de la boda, pues él, en realidad, quería casarse con la hija del rey de Francia, de nombre Regunda, que al parecer estaba más buena; bueno, lo que nos dicen las crónicas es que estaba como para dejar un rastro de baba masculina desde La Coruña hasta Vladivostok. Fruto del casorio real del rey (obsérvese la aliteración) con Isabel de Portugal sería Isabel de Castilla, la reina católica; así pues, de haber hecho el rey lo que su glande le dictaba, Isabel habría sido Regunda y quien sabe si no habría reinado en Castilla también, también casándose con Fernando. En ese caso, ¿cuál sería el lema que habríamos aprendido en la escuela? En lugar de «tanto monta monta tanto, Isabel como Fernando», quizá sería, «sea Fernando o sea Regunda, da igual quién te funda».

Todos sabemos que Isabel de Castilla era mujer recia a la que le gustaba mandar más que a mí el chorizo cular. Y conste que yo, por un buen chorizo cular, soy capaz de muchas cosas, un tercio de ellas humillantes. La pregunta es: si padre era un péndulo agilipollado y el más resolutivo de sus cortesanos estaba muerto cuando ella empezó a dar sus pasos de razón, ¿de dónde pudo haber sacado ese carácter?

Pues de quién va a ser. De Lisbeth La Lusa. Que era de armas tomar.

Isabel de Portugal llegó a la corte castellana para mandar. A la tercera o cuarta vez que el De Luna se le intentó imponer, se dijo: hasta aquí has llegado, chaval.

Mi reconstrucción de las cosas es tal que así. Juan de Castilla era un rijoso. Uno de esos tipos que comen y beben a lo bestia, y cuando le dan descanso a la circulación sanguínea por ambos motivos les gusta sacar a pasear el fornicio, y no precisamente para hacer aguas. Esto Isabel de Portugal lo sabía y, ambiciosa que era, quería aprovecharlo para poner sobre la tierra un infante, o en su defecto una infanta, que tuviese tiempo y posibilidad de pelearle a Enrique el liderazgo de Castilla. Para eso necesitaba embarazarse y, por eso, nada más casarse, empeñó sus fuerzas en que su señor esposo, aún siglos antes de inventarse el ferrocarril metropolitano, soñase cada noche con la estación de Empalme, no sé si me explico. Álvaro de Luna, sin embargo, andaba preocupado con la salud de su rey, así pues le aconsejaba morigeración. Cual trigonometra meticuloso, se pasaba el día salmodiando al oído de su señor: «deje en paz los senos, mi Señor». Pronto comprendió la portuguesa que su problema era el condestable, así que resolvió quitarlo de en medio.

Curiosamente, esto es algo que suele pasar, el momento de decadencia de Álvaro de Luna viene a coincidir, engañosamente, con tiempos que parecen los mejores para él. Por esos años, en efecto, el condestable logra la detención masiva de la mayor parte de los nobles que en Olmedo estaban frente al rey, todos ellos protegidos del príncipe Enrique, lo cual inmediatamente malquistó a éste con su padre.

Isabel ya está en fase de diseñar asesinatos en la persona de Álvaro de Luna. Lo intenta en Madrigal de las Altas Torres, donde simula una pelea para hacerle salir a mediar para ser asaeteado, pero el condestable se lo huele y hace salir a uno de sus parciales en su lugar. Aunque los escritores pro-De Luna quieren pintar aquí a un viejo de unos sesenta años que todo lo que trata es de esquivar su destino, yo creo que esa visión es demasiado positiva. Doy por cierto que De Luna intentó acuerdos con los privados del príncipe Enrique, el marqués de Villena y Pedro Girón, maestre de la orden de Calatrava, para intentar algo así como un golpe de Estado desde dentro para, mediante la concertación, controlar a los coronados desde la privanza.

Terreno resbaladizo, pues. Sólo cuestión de tiempo que se cometiese un error.

En 1453, en Burgos, llega el Viernes Santo y la corte se va a misa, como es de ley. Allí, un fraile dominico se encarga de la homilía, en la que, aún sin nombrarle, se dedica a poner al condestable de tonto del culo para abajo. El mosqueo que se coge el apelado es fortísimo y, en las averigüaciones que hace llega a la conclusión, quién sabe si cierta o falsa, de que su criado Alonso Pérez de Vivero, que hasta ha sufrido prisión por él, estaba concertado con el fraile. Al parecer, tenía unas cartas que demostraban la traición. Así que citó a su criado en la alta torre de su posada y, una vez allí, lo tiró por la ventana, haciendo papilla de subalterno.

La muerte de Alonso Pérez de Vivero fue el hecho que necesitaba Isabel de Portugal para vencer las últimas resistencias del rey Juan, el cual, de todas formas, no era ningún hacha manteniendo su opinión. Se dictó cédula contra el condestable. Éste fue cercado en su posada burgalesa, después de haber cometido el segundo error fatal, que fue no huir a Escalona a tiempo. Al parecer, estando ya sitiado logró huir, pero volvió a la posada, probablemente por darse cuenta de que estaba demasiado viejo, y era demasiado principal, como para ser un fugitivo del rey. Además, ¿quién le daría asilo? Todo en derredor de Castilla, no había sino enemigos suyos.

Vuelto a la posada, y con el mismo rey conminándole a rendirse desde la plaza de la Carnicería, plenamente consciente de lo que iba a pasar, Álvaro de Luna se despide de su lujoso vivir con una comilona a la que invita a todos sus parciales. Luego reparte los dineros que allí tiene, que son muchos. Signo de que el condestable no era ningún santo es que reserva veinte mil florines (un pastón) para lavar su conciencia «por cosas adquiridas y habidas sin entera justicia»; o sea, que bien sabía que las había robado.

Esta comida se celebró, en parte, porque el rey había firmado a favor del De Luna un seguro a favor de su integridad física y la seguridad de los suyos. Nada más entregarse el condestable, sin embargo, Juan de Castilla se cagó y se meó en sus propios compromisos, prendiendo a los hombres del condestable y quitándoles el dinero que éste mismo les había dado. Ole con ole la honradez coronada.

El proceso de Álvaro de Luna fue una chapuza. No hubo declaración del acusado, ni gestiones probatorias. Bastó con la palabra del rey para condenarlo. El rey, su amigo. Lástima para don Álvaro que el proceso le pillase con la ciclotimia a la remanguillé.

Por la vallisoletana calle de Francos, luego por Esgueva, la Plazuela Vieja, Cantarranas y Costanilla fue la comitiva con el rey. Sin mostrar emociones especiales, se acostó boca abajo, y el verdugo, experto segador de cuellos, hizo el resto.

El bachiller Cibdareal, personaje probablemente de ficción que esconde a algún notable de aquella Corte, cuenta en su crónica de aquellos tiempos que al año siguiente de la ejecución, en el momento de sentirse morir, Juan II de Castilla habría de confesarle que «naciera yo fijo de un mecánico, é oviere sido fraile del Abrojo, é no Rey de Castilla». Desde luego, macho. Que eres uno más de los que en nuestra Historia demuestran que la presunta eficiencia de la herencia de sangre es algo que hay que tomarse con muchas, pero muchas, prevenciones, está más que claro. Qué gran fraile rijoso se perdió Castilla, y qué enorme cantidad de problemas ganó a cambio.

De los momentos jodidos, sin embargo, los listos aprenden. Esto lo sabe casi cualquiera que alguna vez haya estado casado, y las naciones no son muy distintas. Castilla alcanzó, con Juan II, y muy a pesar de que Álvaro de Luna fue un estadista no exento de amplitud de miras, un punto crítico de disolución y debilidad. Por el mosaico que en estas notas os he querido pintar habéis visto pasar nobles que se sienten más fuertes que su rey, naciones menores que quieren arremeter contra sus potencias, pueblos levantados en ira, familias rotas que en su ruptura reflejan la ruptura de la nación de la que se supone son la quintaesencia.

Pero ya lo he dicho: hay gentes que aprenden.

Juan de Navarra, el hermano de Enrique de Aragón, AKA Tú Date La Vuelta Que Yo Te La Meto, eterno jugador del Teto dinástico, era mucho más listo que su hermano. Maniobrero, lo era un rato. Pero también era un estadista ya moderno, capaz de entender que las naciones tenían que ser algo más que pedazos de tierra que los leones se disputan a base de matarse entre ellos. En 1453, el mismo año que desaparece su gran enemigo político, Álvaro de Luna, nace en la única villa española con nombre de arroz su gran proyecto, a quien pondrá por nombre Fernando. Fernando de Aragón se criará a los pechos de su padre, en crianza que no será nada fácil porque imponerlo como rey de Aragón no fue nada fácil. Pero todas las dificultades fueron vencidas por Juan, todo voluntad, que por llevar adelante sus proyectos fue capaz de sacrificios tan brutales como someterse a una operación de cataratas (ojo: sin anestesia ¡Aaaaay!) para recuperar la vista.

Fruto de ese concepto moderno, renacentista, de estadista cabrón, despiadado, pero estadista al fin y al cabo, nacerá España. Para bien, o para mal. Eso, cada uno según le vaya el viento.

Nación que enterró en sus cimientos a la que quizá fue la última víctima del mundo de ayer, de la desestructurada y demasiado sencilla visión medieval de las cosas: Álvaro de Luna, condestable de Castilla, privado del rey. Esta opinión es una imposible ucronía, pero al menos yo pienso que Álvaro de Luna, de haber vivido más y sobre todo haber podido dejar en la Corte castellana la impronta de su saber, jamás habría sentado las bases para una unión de las coronas castellana, aragonesa y navarra. Su mundo era un mundo en el que los leones no cazaban en manada, sino que se mataban entre ellos.

Si yo fuese un historiador marxista de ésos que ven la Historia como una especie de engranaje que se mueve siempre hacia donde ha de moverse, diría pues que Álvaro de Luna, más que víctima de las ambiciones de una reina lista, fue víctima de los tiempos. Murió porque tenía que morir. España estaba de parto y había que hacerle sitio al bebé.

lunes, marzo 09, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (6)

A lo largo de estas notas que ya van durando creo haber destilado varias veces mi opinión de que Juan II de Castilla era de natural caprichoso y variable, hecho éste que lo hizo impredecible y que convirtió la presencia de Álvaro de Luna a su lado en prácticamente imprescindible. En 1437, y sin que sepamos a ciencia cierta por qué, el rey da una nueva prueba de que va a su puñetera bola todo el día: ordena el arresto del adelantado Pero Manrique, a quien, en pasadas tomas de esta historia, hemos visto romperse los cuernos por su rey, bien es verdad que debiendo lavar el pecado de haber apoyado al de Aragón en lo de Tordesillas.

Aquello de don Pero fue, además de difícil de entender, políticamente erróneo. Manrique estaba largamente emparentado con la alta nobleza castellana y, por otra parte, marqués que no era su primo, era su amigo. Con la detención, para empezar, el rey castellano se ganó la enemistad del Almirante de Castilla, que siempre le había sido fiel. Para como el adelantado se fugó de su prisión de Fuentidueña y puso los pechos de su caballo en dirección a Medina de Rioseco, donde se había encastillado don Fabrique. El rey respondió juntando lanzas y sacándolas al campo. Una vez más, Castilla en clave de guerra civil.

Aquel enfrentamiento vino a coincidir con el regreso desde Italia de los aragoneses, ya sin el infante Pedro que murió de un tiro junto a las murallas de Nápoles. Como ya hemos dicho que esta familia es ya una familia de príncipes al estilo maquiavélico, al instante urdieron una trama para engañar al rey castellano. De modo y forma que Alonso se quedaría en Zaragoza como si la cosa no fuese con él, Juan de Navarra haría como que apoyaba al rey, y a Enrique le reservaron el papel que más le gustaba, es decir el de rebelde que apoyaba a los nobles alzados.

En medio de esta tela de araña, y hemos de suponer que para desesperación del condestable que es imposible que no se diese cuenta de jugada (y también es de suponer que alucinaba al comprobar cómo el rey se la tragaba), el monarca castellano fue progresivamente embaucado y convencido de eso de la paz ante todo y tal. Tal cosa se pactó en el llamado Seguro de Tordesillas, pacto que consiste, básicamente, en una nómina de humillaciones del rey castellano, el teóricamente más poderoso, y que prácticamente se baja lo pantalones en cada página del superferolítico documento. Entre las cesiones reales figura una que deja bien claras las intenciones de los firmantes: el apartamiento de Álvaro de Luna de la Corte durante seis meses.

Ya por aquel entonces aparece en escena un personaje más. Si hasta ahora hemos llenado esta página de mentirosos, hipócritas, traidorzuelos y gilipollas, aún nos faltaba uno a quien, sin embargo, a menudo la Historia no trata demasiado mal: Enrique de Castilla, el futuro Enrique IV.

Hay mucha gente a quien Enrique IV le cae bien. No es algo que sea criticable, porque estas cosas van por gustos. De Enrique se destaca, a veces, su presunto talante democrático por gastarse una simpatía hacia los musulmanes (gustaba, al parecer, de vestir a la manera mora) que obviamente su medio hermana Isabel no tenía. Además, Enrique es querido por todos aquellos que consideran que la movida de Isabel contra su hija, La Beltraneja, fue un sucio montaje.

Yo no digo, desde luego, que Isabel de Castilla fuese una santa y, es más, tengo mis dudas de que La Beltraneja no fuese hija del rey (así como las tengo de que lo fuese). Pero eso no mueve ni un ápice ni la imbecilidad ni, sobre todo, la endeblez de palabra de este Enrique de Castilla tan, tan capullo. No desplegó la menor fidelidad hacia su padre y hacia la institución que representaba, se despachó con una falta de escrúpulos tan notable como burda y fue, en general, uno más de los malos reyes que trufan la Historia de España.

En este punto de la guerra civil, Álvaro de Luna, quien como sabemos está desterrado, decide que no es momento de andarse con gollerías, y abandona Escalona para poner sus armas en defensa del rey. Se dirige contra Enrique de Aragón, tomándolo por el núcleo de la rebelión y, tras infligirle una seria derrota cerca de la propia Escalona, lo acorrala en Torrijos. Enrique reacciona pidiendo ayuda, lo cual desenmascara a Juan de Navarra, el cual se ve obligado a acudir en su apoyo desde Arévalo.

Fue Álvaro de Luna, al fin y a la postre, el que cambió las tornas de aquella guerra, que pintaban mal para su rey. Tanto éste como sus enemigos estaban en las inmediaciones de Medina, con notable inferioridad para el ejército castellano. Sin embargo, el condestable consiguió entrar en la ciudad de noche, con más de 1.500 efectivos, convirtiendo dicha inferioridad en todo lo contrario.

No obstante, en Medina había un montón de agentes del rey Juan de Navarra, que fueron los que, una noche de junio, rompieron desde dentro la muralla por dos sitios para facilitar la entrada de los confederados.

Conocedores de la traición, el rey y Álvaro de Luna se colocan en la plaza de San Antolín de la villa, esperando la llegada de unos parciales que, sin embargo, no se juntan en demasiado volumen, por lo que parece imposible que sean capaces de enfrentarse a los dos hermanos, Juan y Enrique, que ya están dentro, buscándole. El rey, viéndose perdido, primero ordena a Álvaro de Luna que se ponga a salvo y, después, llama a parlamentar a don Fabrique, el almirante, que está con los aragoneses como sabemos a causa de la mamonada real de haberla tomado con Pero Manrique.

En la reunión de San Antolín se vuelven a decir por ambas partes palabras dulces relacionadas con los íntimos vínculos familiares que tienen todos los presentes de sangre real. Pero los aragoneses, que saben que han ganado, exigen su pieza mayor. Ésta no puede ser la corona y lo saben. Juan II deberá seguir siendo rey. Eso sí, tampoco es que les pueda parecer mala cosa que sigua al frente del país un tipo tan débil e inconsistente. Lo que exigen es una limpieza étnica en la Corte castellana, limpieza de la cual habrán de ser víctimas Álvaro de Luna y sus parciales. En julio de 1441, se pronuncia la sentencia por la cual el condestable queda desterrado durante seis años.

Esta sentencia supone una victoria sin paliativos para el bando aragonés y la prisión de facto del rey castellano en manos de sus captores. Sin embargo, como ya ha ocurrido en el pasado, también tiene sus contravenciones. Como digo, ya hemos tenido ocasión de ver que el único gran problema de los aragoneses no era que no supieran perder; lo que no sabían era ganar. Era la de los infantes de Aragón una alianza coyuntural, totalmente estratégica. Nadie ha pensado seriamente en lo que hay que hacer una vez que se venza. Y a eso hay que añadir el factor de que ya tiene uso de razón (por llamarlo de alguna manera) el príncipe Enrique de Castilla, otro importante marmolillo que añadir al horizonte real español, ya de por sí preñado de ambiciosos, los más de ellos cortos de miras.

De hecho, la sentencia contra el De Luna nunca llega a aplicarse en su totalidad. Según la misma, debía entregar su stronghold de Escalona, cosa que no existe traza que hiciese nunca. Además, también muy pronto reingresan en la Corte algunos de sus allegados, como Alonso Pérez de Vivero; todo ello signo inequívoco de que al bando ganador, ante el Patio de Monipodio en que se ha convertido Castilla bajo su desgobierno, no tienen más remedio que pactar, siquiera parcialmente, con el odioso exiliado. No obstante lo dicho, el bando ganador parece arrepentirse de su propia debilidad y actuar mediante rabotazos violentos, como la detención del propio De Vivero a cuenta de unos presuntos crímenes que habría cometido. Pero estos rabotazos son, precisamente, los que dejan ver su natural dictatorial y colocan a no pocas gentes de Castilla del lado del condestable.

El muñidor de la coalición contra los aragoneses fue el obispo de Ávila, Lope de Barrientos, quien se empeñó en ganar para su causa al príncipe Enrique, y acabó consiguiéndolo. Así, los partidarios del rey reunieron en Burgos más de 7.000 efectivos, y con ellos avanzaron hacia Pampliega, donde estaba acampado el verdadero ejército que sustentaba el poder sobre el rey castellano, que no era otro que el de Juan de Navarra. Cuando el rey norteño tuvo noticia de lo que se le acercaba y echó cuentas de lo que tenía, se dio cuenta de que no podía ganar y, mucho más listo que su hermano Enrique, pasó de mariconadas de encastillarse y tal y, directamente, pasó a Navarra. Pero fue sólo una retirada táctica. En 1445 se concertó en Navarra con su hermano Enrique para formar un ejército y presentar batalla. Entraron en Castilla y se juntaron con sus aliados castellanos: el almirante de Castilla, el conde de Benavente, Pedro Quiñones, merino mayor de Asturias, Juan de Tobar, Rodrigo Manrique, el conde de Castro y otros nobles. Todos juntos tomaron Olmedo.

Para entonces el rey estaba en El Espinar. Cruzó el puerto de Guadarrama y acampó a cosa de kilómetro y medio de Olmedo. Tenía a su lado a su hijo Enrique, a Álvaro de Luna, al conde Alba, Íñigo López de Mendoza, Juan Pacheco, privado del rey, el conde de Haro y Lope de Barrientos, obispo de Ávila.

Don Lope es el listo de esta parte de la Historia. El taimado obispo era la cabeza más dotada para la diplomacia del lado castellano (y del contrario también), como ya ha demostrado ganándose al príncipe Enrique. Cuando, en un consejo, los castellanos le dijeron que esperaban la llegada en unos días del maestre de Alcántara con tropas que harían a los castellanos decididamente superiores (las fuerzas estaban entonces muy igualadas), De Barrientos se ofreció para parlamentar con los aragoneses una falsa salida negociada que los tuviera unos nueve días ocupados. Y así lo hubiera hecho; no sólo les hizo perder el tiempo, sino que consiguió que, durante toda la negociación, estuviesen convencidos de estar prontos a conseguir una solución satisfactoria. La verdad, no debía de costarle mucho al señor obispo amagar con presuntas cesiones del rey Juan II, pues éste había cedido, de verdad, millones de veces ya.

La batalla de Olmedo se produjo, sin embargo, el 19 de mayo de 1445; días antes de lo que cualquiera de los dos bandos hubiese deseado. Lope de Barrientos era un tipo listo pero, claro, tenía que contar con tener en su bando un tonto del culo como Enrique de Castilla. Enriquito El Voluble (marca de la casa) gustaba de dirigir en las pausas de la batalla pequeñas escaramuzas a las que entonces eran muy aficionadas las gentes de armas. Aquel día se acercó a Olmedo para buscar alguna pequeña pelea. Pero se acercó demasiado, lo que generó la sobrerreacción de los que estaban dentro. Cuando Enrique vio que le perseguía gran tropa (unos cien jinetes) salió echando leches hacia su campamento y el rey, al verlo, lo tomó por un ataque en toda regla, con lo que hizo sonar todas las sirenas que aún no se habían inventado.

En la batalla de Olmedo muere uno de los personajes principales de esta historia. De una forma bastante gilipollas, además. Enrique de Aragón recibe un puntazo de espada en una mano. Es curado de urgencia en Olmedo, pero acto seguid, y dado el signo que adoptó la batalla de Olmedo, tiene que salir para Aragón. Mala decisión. Horas y horas cabalgando camino de la patria chica mientras que los microbios hacen su agosto en la palma de su mano. En Calatayud es ya malamente curado, pues la cosa está fea. La herida, teóricamente poca cosa, le cuesta la vida a este maniobrero candidato eterno al poder, rey sin corona, vasallo de nadie.

La misma noche de la batalla ya se sabe que las huestes de Juan y Enrique de Aragón han vuelto grupas hacia el reino de su hermano Alonso. Los castellanos deciden no perseguirlos.

Castilla ha ganado. Los ejércitos castellanos levantan el campo de Olmedo y recalan en Simancas. Allí se hacen planes sobre qué fuerzas enviar para someter los predios de los nobles que se han juntado con los aragoneses en la batalla. Los hombres de Estado de Castilla piensan sólo en pacificar y consolidar el país.

Pero no cuentan con que hay un ambicioso en sus filas.

Aprovechando la noche, y no se sabe muy bien ni por qué ni para qué, el príncipe Enrique se escapa de la Corte.

jueves, marzo 05, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (5)

Pues sí. No resulta exagerado decir que en aquella batalla, cerca de la raya de Aragón, pudo acabarse España como proyecto. Aquel enfrentamiento de armas muy bien pudo haber generado entre castellanos y aragoneses inquina suficiente como para llamarlos en el futuro a seguir destinos distintos, cambiando los mapas de Europa. Y, sin embargo, todo eso lo salvó una mujer. Una mujer llamada María. María de Aragón.

María era hermana del rey castellano Juan y esposa de Alonso. Estaba, pues, en medio. Dicen las crónicas del tiempo que se desplazó al lugar de la batalla «en jornadas no de Reyna, sino de trotero»; lo cual quiere decir, claramente, que fue a toda leche. Una vez que estuvo ahí, pidió una tienda para establecerse y la colocó justo entre los reales de ambos ejércitos, tratando con ello de impedir que se atacasen. Con ese gesto, María de Aragón consiguió detener la batalla y ganar tiempo para trabajarse a su marido y a su hermano, buscando que aceptasen tres condiciones de paz. María se comprometía a conseguir de su hermano que volviese grupas sin hacer guerra, a cambio de que Juan de Navarra no fuese desposeído de sus tierras castellanas y que su hermano Enrique no fuese perseguido.

Hay que decir, no obstante, que aún este acuerdo estuvo a punto de irse al carajo. Ya hemos dicho que Juan II de Castilla era ser voluble y ciclotímico. Todo aquello de Cogolludo y la mediación de su hermana le pilló con el biorritmo empalmado y en fase supermán, así pues no quería oír hablar de nada más que no fuese apiolarse a sus enemigos. Así pues, mientras María negociaba con Álvaro de Luna, el rey, por su cuenta, daba orden a las ciudades fronterizas de hacer la guerra, juntaba un montón de tropas y entraba en Aragón, tomando Ariza y llegándose hasta Calatayud. Sin embargo los aragoneses, sabiendo que había encima de la mesa una propuesta de paz que tampoco estaba tan mal, reaccionaron con inteligencia. Los castellanos pensaban encontrarlos en Ariza dispuestos a la batalla, pero en Ariza no había nadie. Juan II estaba guerreando contra el viento. Así las cosas, Álvaro de Luna y sus generales consiguieron, por fin, convencerlo de que no sería prudente internarse en Aragón, donde podrían ser objeto fácilmente de una celada.

El problema que se planteó de seguido fue el de siempre. Hemos dicho que los aragoneses reaccionaron con inteligencia. Pero nos referíamos a los aragoneses listos, o sea el rey Alonso y el rey Juan de Navarra. Los otros dos, los hermanos Enrique y Pedro, eran mucho más fogosos y gilipollas. Cualquier persona con dos dedos de frente, en esa situación, habiendo estado días atrás frente a una batalla final que afortunadamente no se produjo, habría dejado pasar el tiempo sin dar por culo. No obstante, nada más volver grupas los castellanos, Enrique y Pedro de Aragón tomaron a sus hombres, cruzaron Castilla, se presentaron en Extremadura, y allí se dedicaron al pillaje y la mala leche.

Álvaro de Luna solicitó, y obtuvo, la merced de ser el general que acudiese a las dehesas extremeñas a encenderles el pelo a estos dos reyezuelos sin corona.

Del De Luna se podrán decir muchas cosas; pero una de ellas no es que no dominase los resortes del poder. Con su primer movimiento labró su victoria sobre los dos aragonesitos. Le recordó al rey de Portugal los acuerdos de tregua que tenía firmados con Castilla, lo cual automáticamente secó a los infantes, pues éstos se dedicaban, sobre todo, al robo de ganado, que hacían pasar a Portugal; ahora, en cambio, el rey luso se encargó de que las vacas y los cerdos volviesen a sus propietarios. Álvaro de Luna, mientras tanto, armó su campaña militar, alcanzando a los infantes en Trujillo, de donde salieron con el rabo entre las piernas para refugiarse en Alburquerque. Allí, viéndose más o menos perdidos, los infantes intentaron la jugadita medieval propia del que va perdiendo, y ofrecieron solventar lo problemas mediante un enfrentamiento personal entre ambos infantes, por un lado; y Álvaro de Luna y el conde de Benavente, por otro. Los castellanos aceptaron; pero los infantes nunca encontraron tiempo para organizar definitivamente la pelea. Finalmente llegó el rey, hemos de suponer que con el biorritmo decubito prono, porque se avino a ofrecer a los infantes el perdón si salían del castillo y se rendían. Los aragoneses o eran tan imbéciles como yo me supongo, o no se fiaban de la palabra de los castellanos (y es que cree el ladrón...); pero el caso es que respondieron a la oferta con una salva de disparos. Era el 2 de enero de 1430.

Este episodio de Alburquerque demuestra lo lila que podía llegar a ser Juan II cuando estaba con la ciclotimia en fase recesiva. Lejos de reaccionar llevándose por delante a los que osaban recibirle a arcabuzazos, reiteró su oferta de perdón unos pocos días después, con igual resultado. Y aún así les dio a los infantes 30 días para que se lo pensaran bien.

Volvió el rey a Medina y convocó en consejo a los grandes, a los que ya había comunicado por carta las putadas de los infantes, y entre todos deliberaron que lo mejor era desposeer a toda la familia de sus posesiones castellanas (again). Así pues, las tierras castellanas de Juan de Navarra y Enrique AKA El Acojonao de Alburquerque, fueron repartidas entre los nobles fieles a la corona.

El inteligente Alonso, mucho más dueño de sus tiempos que sus hermanos los echaos p'alante, resolvió en ese momento aprovecharse. De hecho, la guerra entre Castilla y Aragón nunca se había dado por terminada; los castellanos habían vuelto grupas, pero no se había firmado paz alguna. Aprovechando dicha situación, Alonso penetró en Castilla obteniendo algunas conquistas, como Deza. Castilla reaccionó movilizando tropas al mano de Pedro Manrique que entraron en Navarra y tomaron el castillo de Asa. Allí en la raya de Navarra, por cierto, también combatiría, y muy bien, Íñigo López de Mendoza, a quien el personal conoce más por haber sido el primer marqués de Santillana y haber escrito algunos versos que no pueden faltar en un libro de literatura escolar que de tal se precie.

Esto, sin embargo, apenas duró unas semanas. Y es que Alonso de Aragón tenía un problema: la guerra con Castilla no era en modo alguno popular en Aragón. A los aragoneses, los castellanos no les habían hecho nada. Creo que estas notas os habrán podido explicar con bastante claridad que el teatro de las leches no era Aragón, sino Castilla; y venía provocado por el enorme error del anterior rey aragonés de dejar en herencia tierras castellanas a alguno de sus hijos, especialmente el levantisco Enrique. Así pues, en los pueblos de Cataluña, en Valencia, en Baleares, en las montañas oscenses y en las leridanas, no se alcanzaba a entender aquella guerra que, además, era una guerra entre hermanos. Las guerras civiles necesitan de un odio muy neto y muy definido para estallar y durar. No era el caso. Esto Alonso lo supo pronto y, por eso, a finales de julio, acabó por firmar la paz con Castilla, paz en la que se consiguió que los infantes no fuesen perseguidos, pero a cambio de que Aragón se comprometiese a no darles refugio si contravenían las condiciones de la tregua.

Así las cosas, hecha la paz en Castilla, en 1431 los castellanos hicieron guerra al moro, enfrentamiento en el que el principal mojón fue la victoria cristiana de Sierra Elvira. Pero que, sin embargo, no fue efectiva, primero porque los granadinos opusieron más fuerza de la esperada; y, segundo, porque no pocos combatientes castellanos, un poco hasta los huevos de tanta batallita, le dijeron al rey que qué tal si se volvían a casa. Y el rey, al que al parecer le tocaba el Momento Soy Una Mierda, accedió.

¿Hubo respiro? Seldom. Hemos de recordar, en este punto, que Henry & Peter siguen en Alburquerque encastillados. Y no sólo eso; espías castellanos descubren en Lisboa que en Portugal se está buscando mercenarios para ellos. Así pues, de nuevo se envía allí a embajadores para parlamentar. A uno de ellos, el doctor Franco, lo hace preso el infante don Pedro en Alcántara; pero el taimado embajador se las arregla para poner de su parte a las gentes de la orden que lleva el nombre de dicha población y prender él al aragonés. Enrique, en Alburquerque, una vez que supo lo de su hermano, se rinde.

Hemos de consignar aquí otro hecho. Tras su rendición, los infantes se fueron a casita, donde su hermano Alonso se los llevó a Italia a hacer la guerra en defensa de las posesiones aragonesas. Pero aquella guerra fue de puta pena para los españoles. De hecho, en la batalla de la isla de Ponce, las naves de Génova le dieron tal mano de hostias a los aragoneses que apresaron a toda la familia (Juan no estaba) salvo el infante don Pedro, que debía de nadar como un pez.

La pregunta es. Si en ese momento Castilla invade Aragón, ¿exactamente quién le habría presentado oposición? Apenas Juan de Navarra. Y habría perdido, seguro.

¿Por qué Castilla no acabó todo aquello? Pues las hipótesis pueden ser muchas. Lo que yo pienso honradamente es que la fidelidad castellana a las treguas tiene mucho que ver con la visión política moderna, quizá de Álvaro de Luna. Como demostrará bien décadas después la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, la hora en que las naciones se forjaban a fuerza de invasiones había pasado. Las naciones ya no se compraban; se fusionaban. La invasión castellana no habría servido de nada, en realidad. Pero lo que es más que probable es que, además de ser así, alguien en aquel círculo fuese capaz de verlo; lo cual, hay que decirlo, tiene su mérito.

miércoles, marzo 04, 2009

Adivinanza con dos imágenes: la solución

Pues sí. Era fácil. La foto era del bautizo de Francisco Franco y la otra es una copia del pleno que el dictador se marcó en 1967. No es ningún mito y, de hecho, ese boleto estuvo durante mucho tiempo enmarcado y expuesto en el Patronato de Apuestas Mutuas; ahora mismo, ya no sé si lo está. De hecho, es pregunta curiosa si las provisiones de la Ley de la Memoria Histórica le afectan.

Francisco Franco ha sido, probablemente, el jefe de Estado español más futbolero que ha existido nunca. Hay testimonios de que jamás se perdía un partido de fútbol en la tele; y, de hecho, hay quien piensa que su episodio tromboflebítico de 1974 se debió a lo poco que se movió del sillón durante el Mundial de Munich. Como todo españolito que se precie, rellenaba la quiniela. Eso sí, la mayoría las firmaba Francisco Cofrán, por aquello de no ser descubierto.

En la jornada que nos ocupa, un compromiso de la selección española obligó a rellenar el boleto con partidos del scudetto italiano. En realidad, el pleno no fue de 14, sino de 12, porque hubo varios partidos que se aplazaron.

Sabemos que Franco envió a un asistente suyo a cobrar el boleto a toda pastilla.

En fin. Ya he dicho que era fácil. Pero eso no durará. Desde aquí lo digo: pronto, muy pronto, pienso edulcorar vuestras lecturas sobre don Álvaro de Luna con un Spanish Football History Quiz. Avisaos quedáis.

martes, marzo 03, 2009

Adivinanza con dos imágenes

Bueno, esta adivinanza es fácil. O eso creo yo. Al menos, no tiene una pista, sino dos. Quien lo pille por una foto, lo pillará por la otra. Sólo hay que ser observador para pillarlo. Todo está escrito.

Los más talludos de entre los lectores de este blog no tendrán problema en reconocer la primera imagen. Es el resguardo de una quiniela de los antiguos; llevaban una especie de sello que era de diferente color según el tipo de apuesta que hubiera hecho el apostante. Si la leeis con atención, comprobaréis que corresponde a la jornada celebrada el domingo 28 de mayo de 1967.




Esta quiniela guarda una estrecha relación con la foto de aquí abajo. Que se comenta por sí sola. Dos orgullosos padres posando en un estudio de fotografía con su reciente retoño, o tal vez retoña, que yo, por lo menos, por la imagen no sé distinguirlo.


¿Cuál es la relación?

PS1: Esto siempre es discutible. Pero, en mi modesta opinión, el bebé sale a su madre. Salvo en los ojos, que sale a su padre.

PS2: Al loro con el anuncio del Barreiros. ¡Más potente! ¡140 km/h! ¡Wow!

lunes, marzo 02, 2009

Dos gráficos coruñeses

Bueno, como de todos los que pacen por este blog de vez en cuando es sabido que soy coruñés, y dado que ayer hubo elecciones autonómicas en Galicia, parecía casi obligado asomar la manita para decir un par de cosas.

A los gallegos de la diáspora corta no nos queda más remedio que echar cuentas para ligarnos a las autonómicas. Hay que ser gallego de diáspora larga, o sea residir más allá de la raya de Francia, para poder votar. En fin, como decimos en mi tierra, es lo que hay.

Pero, bueno, el caso es que, en cuanto he podido, me he ido a la página de la Xunta para pillar algunos datos electorales. Alquien debería decirle algún día al personal que hace estas webs de información pública tan bonitas que a las personas que gustan de los datos, el Adobe Illustrator, con todos los respetos ante dicho programa, no nos gusta . Pero ná de ná. Los datos hay que darlos en Excel o, mejor, en Access, que es cuando se pueden marear a gusto.

Como no tengo mucho tiempo, me he limitado a echar un vistazo a la provincia de La Coruña, o sea la mía; limitándome, asimismo, al voto mayoritario, es decir PP, PSOE y BNG. Lo que he hecho ha sido clasificar los municipios coruñeses por tamaño (voto escrutado) en percentiles. O sea: he hecho cien montoncitos. Una vez que he hecho eso, he visto cuáles son los votos conseguidos por las tres formaciones en dichos percentiles.

Tal y como cabía imaginar, el PP supera el 50% del voto mayoritario en la mayoría de los percentiles, aunque su posición tiende a ser más débil cuanto más grande es la población. Tanto el Bloque Nacionalista como el PSOE, aunque yo diría que en mayor medida el primero, tienen una posición muy elevada en los pueblos de más pequeño tamaño.

Pero lo que a mí me llama más la atención de este gráfico es un dato: cada vez que la brecha entre el PP y sus perseguidores se ensancha más, cosa que ocurre sobre todo una vez superada la segunda décila y la mediana, parece que se aprecia un acercamiento entre PSOE y BNG o, si se quiere ver coloquialmente, un enfrentamiento cainita por el voto de izquierdas. Da la sensación, por lo tanto, de que, allí donde el liderazgo de la izquierda coruñesa está más en cuestión; o, si se prefiere, allí donde el BNG consigue acariciar el sueño de ser alternativa líder de izquierdas al PSOE, el PP se beneficia obteniendo sus mejores tasas.

Otro grafiquín:

La diferencia de votos obtenidos por el PP sobre la suma de PSOE y BNG, medida como porcentaje sobre el total de votos de las tres formaciones, es especialmente elevada en las poblaciones más pequeñas y, otra vez, entre las medianas. A partir, aproximadamente, de la mediana, desciende hasta hacerse prácticamente inapreciable en la cola de la distribución. En las ciudades más grandes, y especialmente en La Coruña, los adultos que han votado se han distribuido, fifty-fifty, entre izquierda y derecha. Pero, quizá, ha habido visiones que han tendido a cometer un error muy común entre los que vivimos en ciudades grandes: pensar que todo el mundo es nosotros o que, por lo menos, es como nosotros.

Esto es Galicia, señores. Son las villas que ni suben ni bajan, las ciudades que no son ni grandes, ni pequeñas, las que han decidido quién se sentaba en la Xunta.

¿Lo hice bien, Wonka? :-D

Álvaro de Luna, o el parto de España (4)

Bueno, pues ya tenemos a nuestro buen condestable de Castilla desterrado y muerto políticamente. Sin embargo, Álvaro de Luna no es alguien a quien podamos dar de lado fácilmente, pues sus aptitudes para la política son innegables. Un político inteligente sabe dar pasos atrás para conseguir pasos adelante. El de Luna llevaba años comiéndole la oreja al rey desde que era un niño y es muy probable que calculase que una derrota parcial, lejos de hundirle, lo que haría, a la larga, es favorecerle. El rey castellano, tras su destierro, quedaba en manos de gentes en las que no confiaba y a las que sabía seriamente comprometidas con el otro gran poder operante en la península, que era la corona de Aragón. Así las cosas, falto del consejo de su hombre de confianza, no tardó en echarlo de menos.

Aunque el destierro incluía la obligación de permanecer ajeno al rey, es más que posible que, entre gentes notables, el valido se las ingeniase para hacer llegar su criterio al monarca. Esto, a mi modo de ver, es posible imaginarlo dado el cambio de humor que se produjo en el monarca respecto de los infantes de Aragón. Juan II siempre había tenido inquina hacia Enrique, quien, como hemos visto, era el más brutote, el más echado para delante de los tres hermanos. Juan, en cambio, era más taimado y negociador; como buen político, y lo era en grado superlativo, dominaba el arte del disimulo. Sin embargo, si para algo había servido el affaire de la expulsión del condestable, era para desenmascararlo. Después de aquello, el rey castellano ya no volvió a confiar en Juan de Navarra.

Pero no fue ésa la única fuerza centrífuga que se presentó. Porque en política hay que saber perder pero, sobre todo, hay que saber ganar y administrar la victoria. Los infantes habían ganado pero, la verdad, ganar y empezar a enfrentarse entre ellos, fue todo uno. Álvaro de Luna, desterrado en Ayllón, dejaba que creciese su imagen como personaje más allá de esos enfrentamientos y con capacidad de convicción en la Corte, con lo que las diferentes capillas lo buscaron para ganárselo.

Los enfrentamientos entre las facciones de Enrique y Juan de Aragón, unidas al hecho de que la de gobernar no era la principal habilidad del rey Juan, sumieron Castilla en cierto caos; lo suficientemente grave como para que, finalmente, los mismos que habían pedido el apartamiento de Álvaro de Luna, solicitasen su rehabilitación. Que el de Luna esperaba esta jugada lo demuestra el hecho de que hasta tres veces se negó a volver. Volvemos pues, como en el lejano caso del casorio amañado, a encontrarnos con el perfil del hombre decidido que resiste las mayores tentaciones.

Como Roma no paga traidores, lo primero que hizo Álvaro de Luna nada más regresar a la diestra del rey fue convencerle de algo por otra parte obvio: un reino sólo tiene un rey y lo que no puede ser es que haya dos en uno y ninguno en otro. La crítica iba por Juan de Navarra, el cual se había asentado en Castilla como si fuese su casa. Así que el rey castellano acabó por indicarle amablemente a su cuñado la puerta que llevaba al norte.

Estamos en 1429. Si las condiciones geopolíticas de la península ibérica hubiesen sido otras, tal vez hoy estaríamos estudiando que no más tarde de 1460, o bien el propio rey Juan o bien su hijo Enrique perpetraron la toma de Granada. Las cosas con el moro estaban agraces, los musulmanes debilitados y dando sus últimas boqueadas en España, y las armas de Castilla ya forjadas para la empresa. Pero, tal es la tesis que trato de demostraros con estas notas, España estaba de parto y apenas se le veía la cabeza al bebé saliendo. Antes de culminar la Reconquista, era necesario consolidar el proyecto nacional. Eso, 63 años antes de la toma de Granada, no estaba hecho ni de lejos. Álvaro de Luna, en 1429, esperaba el fin de las treguas con los moros para emprenderla contra ellos. Pero no fue contra Granada contra quien haría guerra.

Castilla, Aragón y Navarra acordaron un pacto de paz perpetua. Los castellanos, que algo se olerían, dijeron que no se conformaban con que por parte de Aragón firmase un plenipotenciario. Querían la firma del mismo Alonso en el papel. Para ello, enviaron al oídor Gómez Franco a Zaragoza para que exigiese la firma. El rey Alonso tuvo a este ilustre visitante con él varias semanas, pretextando historias pero sin firmar. Finalmente, cuando siguiendo instrucciones de la Corte castellana Gómez Franco exigió la inmiediata firma, Alonso se negó a hacerlo. Este detalle hizo bien evidente para Álvaro de Luna que, con toda probabilidad, Aragón y Navarra se habían concertado para atacar a Castilla. Algunos movimientos lo dejaron más claro aún en forma de acciones por parte de nobles castellanos en realidad acordados con los infantes; así, el conde de Castro, declarado enemigo del rey castellano, quien tomó y abasteció Peñafiel, donde se reunió con Pedro de Aragón, el tercer infante.

Álvaro de Luna juntó 2.000 lanzas con la intención de ir a la raya de Aragón para contener la entrada de las tropas enemigas. Por el camino, sentó sus reales en Rábano, muy cerca de Peñafiel, forzando la rendición de la plaza. Por esos días, por cierto, Garci Manrique, un enriquista confeso, hizo juramento solemne de fidelidad al rey castellano, en su nombre y en el del infante aragonés; lo que resulta increíble es que el rey todavía diese credibilidad a las promesas de tamaño chaquetero.

Las crónicas de la época nos dicen que el ejército navarroaragonés se estableció «cerca de la Huerta hariza»; lo cual, más que probablemente, serán los campos que rodean la actual villa de Ariza, muy cerquita de Santa María de Huerta. Los castellanos pararon en Almazán. Visto lo visto, los invasores cortaron por Hita, tratando de esquivar el ejército castellano, pero éste los avistó en Cogolludo. La armada aragonavarra estaba en cierta inferioridad de condiciones, algo que intentó equilibrar Enrique uniéndoseles, apenas días después de haberle jurado fidelidad al que estaba enfrente.

El listo en esta operación fue Álvaro de Luna. Y el tonto Alonso de Aragón. Cuesta creer que un hombre tan avezado en hechos de armas como él, que tenía los huevos pelados de luchar en Nápoles, cometiese la gilipollez que cometió. Por no ser avistado en Ariza hizo el quiebro de Hita que queda contado; pero haciendo eso, se internó en Castilla. Visto lo visto, el condestable situó sus ejércitos entre el enemigo y la raya de Aragón. Esto situó a los aragoneses y navarros ante la gran putada guerrera que vivirían otros generales, como Hitler o Napoleón: lo importante no es avanzar, sino ser capaz de seguir avanzando. Tan importante en la guerra es tener espadas como tener bocadillo para que se los zampe el que lleva la espada; y cuanto más está uno en tierra extraña, más difícil se le hace allegar esos pertrechos. El 19 de julio de 1429, los aragoneses decidieron pelear contra los castellanos, a pesar de su inferioridad; se dieron cuenta de que el tiempo jugaba en su contra y necesitaban provocar las hostias lo antes posible.

Mascándose ya la batalla, llegó la mediación eclesial. La Iglesia, en ese momento tan comprometido, supo jugar el papel que le correspondía de institución representativa de la embrionaria unión de la patria. Ya sé que estos discursos que ligan lo español con el catolicismo suenan rancios. Pero es que no es lo mismo que diga cosa tal, un suponer, José Antonio Primo de Rivera en el siglo XX, que el cardenal Fox en el XV. 500 años antes, la fuerza moral eclesial existía, pues todas las coronas eran católicas. Y todos parecían ser conscientes del peligro que traía prendida una guerra abierta entre castellanos y aragoneses, que no era otro que la ruptura de España y un destino histórico en el que ambos pueblos vivirían avecindados pero tan ajenos como hemos vivido, y seguimos viviendo, hispanos y lusos.

In extremis, los curas arrancaron de ambas partes el compromiso de un último parlamento. Éste se llevaría a cabo entre Enrique de Aragón y el adelantado Pero Manrique. La elección de los contertulios lo dice todo; no son, ninguno de los dos, personajes principales de la trama. Eso nos habla de lo enconadas y difíciles que estaban las posturas.

El diálogo, tal y como lo recoge la Historia, fue éste [coloco entre corchetes una traducción libre actual]:

ENRIQUE: Maldito sea aquél por quien tanto mal ha venido [Me cago en la puta madre que parió al Álvaro de Luna éste de los huevos].

PERO: Señor, así plega a Dios [es lo que hay, julay].

ENRIQUE: No perdamos tiempo: ved si hay algún remedio porque España no perezca el día de hoy.

PERO: Señor, sabe Dios quel condestable é nosotros queríamos servir á vosotros guardando el servicio del Rey nuestro señor; pero pues así vos plugo de nos venir á buscar, forzado es que nos defendamos [Aquí, macho, el que ha faltado a su palabra eres tú; y ya va siendo hora de que te demos una buena mano de hostias], é si no venciéremos, mucha merced nos hará Dios; é si la muerte pasáremos, nuestras ánimas serán en gloria, muriendo por servicio de Dios y de nuestro Rey, y en defensa de sus Reynos [y para qué pactar; cualquier cosa que pase porque mandéis vosotros nos la suda].

ENRIQUE: Pues que así es, pártalo Dios como a él le placerá [pues si a vosotros os la suda, no te digo a nosotros].

La entrevista, la leais en español medieval o en idioma malsonante jotadejotajiano, siempre os dará el mismo resultado: ninguno. Así pues, estaba escrito que, al amanecer del siguiente día, España habría de partirse en dos, quizá para siempre.

La cosa estaba tan jodida que ya ni la Iglesia podía arreglarla. Ya sólo quedaba una esperanza.



La mujer.

viernes, febrero 27, 2009

Rizar el rizo futbolero: la solución


Bueno, pues éste es el equipo de marras. De izquierda a derecha: Blasco, Zubieta, Muguerza, Lángara, Cilaurren, Egusquiza, Barcos, Roberto, Larrinaga, Aedo, Gorostiza y Areso.

Estos jugadores eran el tronco de la selección de Euskadi. Un equipo que, como os dije, hoy sigue existiendo; aunque en realidad no existe, porqueno tiene presencia federativa como para jugar competiciones internacionales.

El 24 de abril de 1937, apenas unas semanas antes de la caída definitiva del País Vasco en manos de franco, la denominada selección de la República de Euskadi tomó un avión con dirección hacia París, con la intención de hacer una gira que tenía tanto de política como de deportiva. En Francia no se les permitió jugar (cosas de la neutralidad), así que salieron hacia Checoslovaquia, donde sí jugaron varios partidos. Luego jugaron en Polonia, aunque al menos un partido previsto fue suspendido por presiones del gobierno alemán, hemos de suponer que conchabado con Franco.

Luego pasaron a Rusia, donde fueron muy bien recibidos y luego a Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca. En Copenhague, por cierto, se produjo la anécdota que vivimos hace bien poco en una competición de tenis, sólo que al revés. Hace cosa de un par de años, en un enfrentamiento de Copa Davis en Australia, hubo un error y, a la hora de tocar el himno español, los australianos tocaron el himno de Riego (el republicano). Pues bien: en Dinamarca lo que le tocaron a la selección de Euskadi fue... ¡la Marcha Real! O sea, el himno de España actual, entocnes himno de los franquistas. Se desconoce que si los jugadores vascos lo corearon a golpe de «Lo lo, lo lo , lo lo...»

Después de eso consiguieron jugar en Francia. Durante una serie de viajes sin partidos que hicieron después, fueron contactados por los franquistas, ofreciéndoseles desertar y pasar al bando nacional. Dos miembros de la expedición se apuntaron.

Después, a las Américas. Recalan y juegan en México, luego en Argentina. Luego jugaron en Chile y atravesaron el continente en tren hasta Centroamérica. Jugaron más de dos meses en Cuba e, inmediatamente después, regresaron a México, donde, y a causa de los problemas que estaba causando Franco con la FIFA y la connivencia prorrepublicana del país, se convirtieron en un equipo mexicano que jugó la liga del país 1938-1939, en la que quedaron segundos.

La mayoría de los jugadores que veis en la foto o que jugaron con el equipo no regresó a España. Ficharon por equipos mexicanos o argentinos. Así, Zubieta, Iraragorri, Emilín y Lángara ficharon por el San Lorenzo de Almagro; Areso fichó por el Racing de Avellaneda; Blasco, Aedo y Cilaurren ficharon por el River Plate. Eso sí, Lángara regresó a España en 1946, fichando por el Oviedo; y Zubieta, en 1953, fichó por el mejor equipo de España.

jueves, febrero 26, 2009

Rizar el rizo furbolero

De Historia sólo saben un par de mataos. Pero de fúbol sabe todo dios. Entre eso y que los lectores de estas adivinanzas han demostrado ya suficientemente que pueden con todo, no tengo muchas esperanzas de pillaros. Pero, bueno, por intentarlo que no quede.

Fútbol, pues. El deporte patrio. Un deporte en el que hemos hecho casi de todo, salvo ganar el mundial (aunque todo se andará). Las salas de trofeos de nuestros equipos son auténticos museos y a algunos de ellos no hay quien les supere. El Madrid es, dicen, el mejor equipo de la Historia. El Barcelona es un club que es más que un club (para lo cual tiene la ventaja de estar radicado en una ciudad que también es bastante más que una ciudad). El Valencia da miedo (o eso dicen los valencianistas). El Atlético de Madrid es una forma de entender la vida. Como el Athletic de Bilbao. El español medio puede no tener preferencias musicales, o cinéfilas, o políticas. Pero, sin dudarlo, tiene un equipo de sus amores. Yo recuerdo mi niñez coruñesa, en la que vivía al lado de la playa de Riazor. Fueron años en los que el Atlético de Madrid jugó varios torneos Teresa Herrera, en medio de la canícula veraniega. Y veía a los atléticos que, en la mañana, bajaban a la playa, plantaban sus sillas y, antes de sentarse en bañador en ellas a mirar el mar, plantaban en la arena, a su lado, la bandera rojiblanca.

El fútbol es una obsesión poliédrica, tan fácil de entender como inaprehensible. Sólo hay dos tipos de homo sapiens: el bético, y el sevillista. Si en Sevilla se encuentra uno solo que escape a esta taxonomía, ello servirá para demostrar que los extraterrestres existen.

He dicho: nuestros equipos patrios han hecho de todo. Y sé lo que escribo. Porque hay uno, uno solo que yo sepa, que ha conseguido rizar el rizo de lo imposible y participar, qué digo participar, quedar segundo, en una liga extranjera. Muy extranjera (y esto es una pista; la cosa no tiene nada que ver ni con Andorra, ni con Gibraltar, ni con cosas de ésas).

De vosotros espero que seais capaces de decirme cuál.

¿Pista? Bueno, os daré una un poco a lo oráculo de Delfos. Ese equipo existe aún en la actualidad; aunque, en realidad, no existe.

martes, febrero 24, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (3)

La defección y teórico control del infante Enrique de Aragón llevó a Castilla al convencimiento de que acababa de resolver el problema del incómodo vecino. Sin embargo, éste sólo era un espejismo que tendía a olvidar, con excesiva facilidad, cómo la casa real aragonesa establecía, dentro ya de los cánones de la política renacentista, una tupida tela de araña de poderes; una auténtica estrategia moderna de poder y penetración de la que se considera representante canónico a Fernando de Aragón, el marido de Isabel; consideración que, en mi opinión, es notablemente injusta con su padre Juan, de quien tendremos ocasión de hablar en estas notas.

Enrique estaba vencido, sí. Pero Juan, merced a su boda, ascendería a la categoría de rey consorte de Navarra, la tercera gran pieza del futuro puzzle español. La familia, además, tenía colocada a María, otra hermana, en el tálamo del variable Juan II de Castilla; y muy pronto, a través de otra hermana, Leonor, pondría una pica importante casándola con el rey de Portugal. En otras palabras, en aquella península ibérica, si se hablaba de legitimidad estricta, nadie discutía que Juan de Castilla era la hostia más hostia de todas las hostias. Pero, cuando la cosa iba de juntar parientes, los aragoneses le montaban al castellano un cuatripartito (Aragón, la corona consorte de Navarra, el princesado de Castilla y el de Portugal) que haría a cualquier persona medianamente lista dudar de esa pretendida prelación castellana.

Alonso, rey de Aragón, fue requerido por los castellanos para que entregase a los conjurados proenriquistas que habían huido a sus predios. El rey aragonés, no obstante, se negó, pretextando que sus fueros otorgaban a aquellas gentes plena cobertura (o sea, que no había tratado de extradición entre Aragón y Castilla) y ofreciéndose a entrar en Castilla para parlamentar con el castellano la situación. Eso sí, quería entrar armado y protegido pues, decía, en Castilla había gentes principales que querían matarlo. Para mostrarle los dientes al rey aragonés en este movimiento fue por lo que el monarca castellano se dirigió a Palenzuela con un huevo de paracaidistas y toda la artillería pesada que pudo juntar. Pero estando en Palenzuela ocurrió algo que ya hemos anunciado y que estaba destinado a cambiar radicalmente el mapa político de la zona: muerto el rey don Carlos de Navarra, Juan de Aragón heredó el mando en aquella nación.

El hecho de que Juan de Aragón se encuentre al frente de un reino y con Corte propia cambió radicalmente su actitud hacia su hermano Fernando. Si hasta entonces lo hemos visto enfrentado a él, juntando hombres de armas en Olmedo con la declarada intención de introducírselos a su hermanito, uno por uno, por el ano, ahora Juan se da cuenta de que, con su nueva posición, le trae más a cuenta aliarse con sus hermanos el rey de Aragón y el tocahuevos de Castilla. ¿Por qué? Pues porque, como explicamos en la primera toma de estas notas, Juan de Aragón, como Enrique, tenía enormes, pero enormes, intereses en Castilla, y de Juan II/Álvaro de Luna tiene la sensación, probablemente cierta, de que no va a sacar mucho. Pero sin embargo, de su derrotado hermano, derrotado y ávido de aliados, sí puede obtener compromisos jugosos.

Y, además, aunque eso en el Renacimiento no signifique gran cosa, son hermanos. Verde y con asas, pues.

De todas estas cosas, Juan de Castilla ni se cosca; y Álvaro de Luna, lejos de coscarse, está encantado con ellas, por confiar todavía en la confluencia de pareceres entre los dos juanes. Llegados a Palenzuela los embajadores, se le insta al rey castellano a liberar al infante Enrique, cosa que él acepta siempre y cuando el hasta ahora prisionero caiga en manos de un hombre bueno. Y es que aún confía en Juan de Aragón. Mala decisión. Tanto confiaban en él que, en realidad, en las negociaciones Juan de Navarra tuvo amplias representaciones del rey castellano, que utilizó, por cierto, para levantar embargos sobre bienes de su hermano.

Enrique fue liberado de su prisión en Mora. En la puerta se encontró con su hermano Juan y juntos cabalgaron hasta Tarazona, donde les esperaba su otro hermano, Alonso.

Perpetrado el engaño, los florentinos estadistas aragoneses se quitaron la careta y fueron a por el objetivo que en el fondo seguían, que no era otro que Álvaro de Luna.

Hallándose la corte en Zamora, en 1427, la situación se hizo explosiva. Los infantes afloraron su animadversión hacia el condestable, sin recato. Las resistencias de la Corte se hicieron tan fuertes que en dos meses fue imposible celebrar un solo consejo de notables. Allí estaba Juan de Navarra. Álvaro de Luna y los suyos se negaban a ir al palacio que ocupaba el rey navarro, por puro miedo a ser asesinados allí. Las pocas reuniones informales que hubo tuvieron que celebrarlas en el puto campo.

¿Quién falta en la historia? Pues quién va a faltar: el tocacojones. Kike Balls-Living Fly, que está en Ocaña quieto y parado por orden del rey castellano, lo cual significa que, en teoría, no puede moverse de ahí sin permiso, le hace una higa (una más) a la orden y se dirige a Zamora para presionar a Juan II. El rey castellano es, no lo olvidemos, el Centinela de Occidente peninsular del momento. Se le reconoce prevalencia y poder, siquiera teórico. Eso obliga mucho. Obliga, por ejemplo, a decirle a su vasallo que se esté quieto y que, si no se está quieto, lo va a sentir. Pero nada de eso hizo el debilucho Juan, no sabemos si siguiendo consejos de su condestable o a pesar de ellos. En lugar de plantar cara a Enrique, lo que hace es moverse de Zamora a Valladolid; un movimiento que se parece al de mi perro cuando no quiere salir a la calle y mete la cabeza debajo de las patas delanteras, como diciendo: «ya no estoy». Juan y Enrique, los dos hermanos, que ven a la pieza débil, se hacen un guiño y se dirigen los dos a la ciudad castellana.

Desde las cercanías de Valladolid, le mandan una carta a Juan II indicando que todo el problema es Álvaro de Luna y su excesivo poder en la Corte. Órdago a pares, pues.

¿Se negó el rey? ¿Dijo el rey aquí mando yo y se hace lo que yo digo? Pues va a ser que no. Para que luego digan los que, probablemente por saber apenas un par de cositas de una Historia que es muy compleja, venden la idea de una Castilla eternamente orgullosa y dominanta, aquí tenemos al rey castellano envainándosela por fases. La primera fase es admitir que eso que dicen los infantes es negociable. La segunda es no dirimir la negociación. La tercera es nombrar un tribunal arbitral para que decida. La cuarta es admitir una composición para el tribunal susceptible de decidir contra los deseos del rey (Luis de Guzmán, maestre de Calatrava; Pero Manrique; Fernán Alonso de Robles y Alonso Enríquez; con el prior del monasterio de San Benito, donde se reunieron, como último voto de calidad si no llegaban a un acuerdo).

En justicia hay que decir que este tribunal estaba teóricamente equilibrado, pues los dos primeros miembros eran partidarios del infante y los dos segundos del de Luna. Pero lo que también es un hecho es que, reunidos, votan por unanimidad (incluyendo al prior) por la expulsión de Álvaro de Luna de la Corte.

La estella del condestable se había apagado. Pero sólo por el momento.

No hemos dicho, ni de coña, la última palabra de esta historia.

sábado, febrero 21, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (2)

Enrique, infante de Aragón, ambicionaba quedarse con Castilla. Pretendía conseguir eso consumando una operación cruzada, complementaria con el matrimonio que ya había realizado el rey de Castilla con su hermana María. Pretendía Enrique casarse, asimismo, con Catalina, la hermana de Juan II. Es lo que se llama un concuñadismo radical.

Probablemente, a juzgar de los testimonios, Enrique intentó conseguir sus propósitos de formas más o menos taimadas, que quizá incluyeron tratar de ganar a Álvaro de Luna para su partido y que le ayudase a convencer al rey. Sin embargo, los cortesanos que no le eran afines pusieron pies en pared y, además, tenía el problema de que, al menos en ese momento, estaba a malas con su hermano, Juan de Aragón, por lo que tampoco podía aspirar a su apoyo. Es por esta razón que Enrique llega a la conclusión que la única forma de salir adelante es dar un golpe de Estado y secuestrar al rey.

Todo ocurrió en Tordesillas. Allí se encontraba el rey y allí, como quien no quiere la cosa, Enrique juntó 300 soldados. El 14 de julio de 1420, domingo, hizo entrada en la ciudad con esa tropa y oyó misa, tras lo cual, pretextando que se marchaba a Aragón y quería despedirse del rey, se dirigió al palacio con gran fanfarria. Dentro de ese grupo entraron los conjurados castellanos, es decir López Dávalos, Pero Manrique y Garci Manrique, junto con el obispo de Segovia, Juan de Tordesillas, todos ellos embozados en capas pardas para no ser reconocidos. De haberlo sido, alguien podría haberse preguntado qué hacían cortesanos castellanos acompañando a un infante en su viaje a Aragón.

Una vez dentro de palacio, cerraron las puertas, dejando a media Corte fuera. Tras prender a la gente que consideraron peligrosa, y el primero de todos Hurtado de Mendoza, los conjurados se dirigieron a la cámara real, la cual, gracias a la complicidad de Sancho Hervás, un ayo real, encontraron abierta. Dicen las crónicas que a los pies del rey dormía Álvaro de Luna, el cual presentó oposición a los conjurados en cuando dijeron estar ahí para liberar al rey de malas influencias, pues sabido es que todo golpista que se precie siempre se alza aseverando que lo hace por el bien del personal. No obstante, el de Luna poco podía hacer, pues los golpistas habían hecho una toma del palacio en toda regla.

Enrique de Aragón tenía un problema. Conocía a su hermano Juan y sabía que no iba a permitirle tan fácilmente dominar al rey. Así pues, sabía que en cuanto le llegaran noticias de la movida, y a esas horas podía dar por seguro que ya habían salido de Tordesillas mensajeros a todo galope, Juan tomaría el mando de sus tropas y se dirigiría a Tordesillas con la nada escondida intención de encenderle el pelo a su hermano. Así que resolvió sacar al rey de Tordesillas.

Juan II, que era una persona bastante cobarde por lo general salvo cuando tuviese el biorritmo disparado, no ofreció resistencia ni, que se sepa, pensó en ofrecerla. La que si dio mucho trabajo fue su hermana Catalina. Sabía bien que si Enrique pasaba a mandar en los designios de la Corte era sólo cuestión de tiempo que ella acabase en su tálamo haciéndole hijos; poco sabemos del aspecto de Kike Movidillas From Aragon, pero lo que sí sabemos es que a Catalina, la persectiva de casarse con él (al menos en ese momento) se le asemejaba en atractivo a la de colgarse una piedra de cien kilos de cada pezón. Así que se fue al monasterio de Tordesillas pretextando que iba a despedirse de la abadesa y, una vez dentro, dijo que de allí no la sacaban ni los geos. Hubo que negociar con ella y, muy especialmente, Enrique tuvo que prometerle que no le tocaría un pelo.

Tras intentar irse a Segovia, la Corte se dirigió a Ávila, con un ojito puesto en Olmedo, donde se decía que estaba Juan de Aragón con sus marines. Juan se acababa de casar con Blanca de Navarra pero, tal y como su hermano había columbrado, nada más saber de lo que había pasado se metió en Castilla y convocó a todos sus leales en Peñafiel. Leonor de Aragón, la madre de los dos contendientes, se pasó a Castilla para intentar una paz entre sus hijos; la logró, muy débil, pero al menos sirvió para que la guerra, que se daba ya por cantada en los campos que rodean Cuéllar, no se produjese.

Enrique dispuso un nuevo traslado, tratando de poner al secuestrado rey de Castilla au dessous de la melée, llevándolo a Talavera. Por el camino, consciente de que su situación era comprometida, debió de cambiar de táctica galante o tal vez se bañó o, quizá, es que Catalina era tan voluble y medio gil como su hermano. El caso es que, camino de Talavera, casi de forma súbita la resistencia de Catalina se convierte en enamoramiento pasional, y ambos son casados en presencia del rey.

Aquel casorio fue la oportunidad que buscaba Álvaro de Luna.

Todo parece indicar que, verdaderamente, lo de Catalina de Castilla fue un encoñe en toda regla. Casarse con Enrique y dejarle la barriga roma a base de roce fue todo uno. Dicen las crónicas de aquel tiempo que el infante aragonés, tras su boda, hubo de cambiar sus costumbres y, muy especialmente, levantarse más tarde. Lo cual tiene extremada importancia, no porque este blog se haya vuelto rijoso, sino por la simple razón de que, en relajando sus horarios, Enrique dejó al rey solo más tiempo del que acostumbraba.

El 28 de noviembre, el monarca y Álvaro de Luna se aliaron para escaparse de Talavera. Al amanecer siguiente, partieron, según le dijo De Luna al infante, para cazar una garza a la que le tenían ganas: el rey, Álvaro de Luna, su cuñado Pedro Portocarrero (ese año se había casado), Garci Álvarez, señor de Oropesa, Pero Suárez de Toledo y Diego López de Ayala. Ese exiguo equipo se escapó rodeando al tipo más valioso de Castilla y uno de los más valiosos del mundo.

El conde don Fabrique, otro conjurado, salió un poco más tarde solo. Sin haber avistado aún a la partida se encontró con otro cortesano, Fernando Manuel, partidario del infante, con quien cabalgó un rato hasta llegar al puente del Alberche. A Fernando Manuel le contó la versión oficial de que iba de cacería con el rey, y el otro la creyó. Pero volviendo a Talavera se cruzó con Garci Manrique el cual, nada más escucharle eso de que si el rey está cazando una garza y tal, debió de juntar piezas, se dio cuenta de lo que pasaba, se fue a toda hostia a Talavera, y sacó al infante de la misa donde estaba.

Los escapados, mientras tanto, llegaban al castillo de Villalba, a unas cuatro leguas de Talavera, pero lo desecharon por ser fácil de atacar y demasiado cercano a la ciudad. Decidieron hacerse fuertes en el castillo de Montalbán, algo más lejos. El sábado, 30 de noviembre, las tropas del infante Enrique lo cercaban, apresando de nuevo al monarca, cuando menos de facto.

El 5 de diciembre Juan de Aragón, que está en Olmedo con los suyos, parte hacia Montalbán. Para entonces, en el interior del castillo se daba una situación inusitada para un rey de Castilla, como es la escasez. Sitiados y viviendo de las pocas provisiones que encontraron dentro del castillo, el monarca y los suyos tuvieron que matar tres caballos para comer.

Conforme fueron pasando los días, para Enrique y los suyos empezaba a ser bastante claro que no eran los que caían más simpáticos en la fiesta. La gente común no escondía su simpatía por el rey y su oposición al sitio, aunque, lógicamente, se guardaban mucho de pasar de la lengua a la espada, más que nada porque casi ninguno tenía espada. Pasado el día 5, además, estaba el problemilla de que el Capitán América, aunque en realidad era el Capitán Navarra, venía de camino con intenciones no muy pacíficas. Así que Enrique trató de ganarse al rey de buen rollito, y el día 10 de diciembre permitió que todo cristo que quisiera entrase en el castillo a proveerlo de viandas. Aquello marcó el final. Más o menos entonces llegaron noticias de Fuensalida, donde estaba Juan de Aragón, quien pedía permiso para ir a ver al rey. Juan II, probablemente aconsejado por Álvaro de Luna, le dijo que no hacía falta que se acercase, que ya estaba todo arreglado. Al parecer, el valido y Enrique de Aragón habían parlamentado días atrás, y el infante había exigido, a cambio de levantar el campamento, que el rey no le diese cuartelillo a sus hermanos Juan y Pedro. Comerían juntos, sin embargo, el día de Navidad, en Villalba.

En todo caso, la conclusión principal del golpe de Estado de Tordesillas-Montalbán fue la definitiva consolidación de De Luna como valido del rey. Y De Luna, en el más puro estilo renacentista, habría de responder, muy pronto, a la traición de Enrique, con una traición. Pues la Historia del Renacimiento es, como bien se sabe, un constante donde las dan, las toman.

No tardó mucho Enrique de Aragón en volver a tomar las armas, pues el episodio de Montalbán no había servido para resolver nada. El motivo fue el marquesado de Villena, que formaba parte de la dote que el rey concediera a su hermana Catalina, pero sobre la que el propio monarca, a la vista de lo maniobrero que resultó ser su cuñado, había dado instrucciones precisas de que no se tomara posesión de las villas que contenía. Enrique pasó de esa orden como de comer mierda y levantó a su gente, que estaba en Ocaña por orden del rey sin poder teóricamente moverse de ahí, y se acercó a las dichas tierras con la intención de tomarlas con la espada. Raudo, el infante Juan, hermano suyo pero rival directo, se aprestó para enfrentársele. No fue sino tras que la reina Leonor, madre de los contendientes, alcanzó al díscolo Enrique a la altura de El Espinar, y le contó que con el ejército que habían reunido el rey y el infante Juan le iban a dar hasta en el yeyuno, que Enrique aceptó licenciar a su gente y olvidarse del asunto.

El rey, dándose cuenta de que no podía dejar las cosas colgando, convocó en Toledo una reunión con Enrique, los nobles de sus partido y otros cortesanos, con la intención de resolver el pleito del marquesado de Villena y otros más pendientes. Al principio Enrique se negó a ir, convencido de que el rey quería matarlo (hipótesis en modo alguno descartable al nivel de conocimiento que tenemos); pero finalmente, cuando el monarca salió de Toledo con un gran ejército para cazarlo, resolvió «fiarse», así pues quedaron en Madrid, un 14 de junio.

A la llegada a Madrid de Enrique de Aragón, el rey le mostró unas presuntas cartas escritas por Rui López Dávalos, en las que se venía a demostrar que Enrique y los suyos se habían concertado con el rey moro de Granada para que entrase en Castilla, inestabilizando la zona y favoreciendo con ello los planes del aragonés. Enrique, desde luego, negó toda implicación; pero aún así quedó en arresto domiciliario.

La verdad es que las cartas eran una invención. Entre otras cosas porque en el sumario contra López Dávalos, pues fue finalmente encausado, se le acusa de un huevo de cosas, pero no se dice una palabra de las cartas. Finalmente, se descubrió que el autor de la estafa había sido un tal Juan García, de Valladolid, que fue ajusticiado. Pero, por el camino, el rey había apresado a su enemigo y le había confiscado sus bienes. Operación especialmente lucrativa en el caso de López Dávalos, pues de él se decía, en aquel entonces, que podía ir de Toledo a Santiago de Compostela durmiendo cada noche en una villa de su propiedad.

Nada más culminar esta operación, Álvaro de Luna fue nombrado para un muy importante cargo, el de Condestable. Este detalle ha hecho pensar a muchos tratadistas, y a fe mía que piensan bien, que tamaña recompensa se hace por un gran favor. Cierto que el De Luna había hecho una gran labor quedándose con el rey en Montalbán, cuando parecía que iba a perder la partida, y forzándole, a buen seguro, a resistir, cuando es probable que su carácter veleidoso y débil quizá le llevaba a ceder ante sus sitiadores. Pero eso había ocurrido antes. La condestabilía más parece una prez relacionada con el asuntito de las cartas falsas y la detención de Enrique de Aragón.

Esta tesis tiene la ventaja de explicar la mala leche con que el infante se desplegaría, de aquí en adelante, respecto del flamante Condestable don Álvaro de Luna.

miércoles, febrero 18, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (1)

Álvaro de Luna, o el parto de España.


He pensado en titular así esta pequeña serie de artículos que comienza hoy porque pienso que don Álvaro, su vida bastante plena y su desgraciada muerte, son todas ellas consecuencia del tiempo que le tocó vivir; el tiempo en el que un proyecto geopolítico llamado España estaba gestándose. Un nacimiento que, como casi todos, fue doloroso y complicado. España es un engranaje de varias ruedas que costó mucho encajar, por mucho que la conciencia de lo hispano fuese algo evidente desde mucho tiempo atrás y ya Hispania fuese una realidad desde muchos siglos antes que aquél en que vivió el aristócrata protagonista de nuestra historia de hoy. En medio de esos engranajes quedó Álvaro de Luna y, muy especialmente, su cuello quebrado por el verdugo. Por lo demás, como ocurre con todos los seres poliédricos que protagonizan la Historia, la peripecia de Álvaro de Luna puede contarse muchas veces y de distintas formas. Ésta que hoy vas a comenzar a leer es, tan sólo, la mía. Y si lo haces, será por placer pues Álvaro de Luna, su historia, su circunstancias, no son cosas que, me da a mi la impresión, ni se cuenten hoy en día ni sean, faltaría más, motivo de examen.

El de Luna es hijo del siglo XV español. Un siglo en el que ocurrirán muchas cosas y que terminará de forma imperial, pues será en el tiempo de descuento de esta centuria, en 1492, cuando los reyes católicos, Isabel y Fernando, se marquen los dos innegables tantos históricos de terminar la Reconquista y descubrir América.

Pero en 1406, en Castilla, aún falta mucho para eso. En dicho año, en Castilla muere un rey, Enrique III, que es sucedido por su hijo Juan II. Juanito no tiene entonces ni dos años de edad, así pues es un niño apenas destetado. Son esas cosas que tienen las monarquías; puesto que puede más la sangre que el mérito, los destinos de países enteros se colocaban en manos de bebés casi recién nacidos. En el caso de Juan, el rey quedó al cuidado de su madre y del infante Fernando de Aragón, a quien no hay que confundir, desde luego, con ese Fernando que formará dúo dinámico monárquico precisamente con una hija de este niño al que, de momento, apenas vemos babear en su cuna.

Enrique III murió muy joven, a los 27 años. Por eso su hijo era apenas un proyecto de persona cuando comenzó a reinar. Lo cual fue oro molido para quienes, de verdad, estaban acostumbrados a mandar en Castilla. En el siglo XV apunta el Renacimiento, pero la sociedad es, en buena parte, medieval. Y, en lo que atañe al poder, eso quiere decir que la clase noble está acostumbrada a mandar, y mucho. Enrique intentó ponerle barreras a las ambiciones nobles y construir un poder centralizado basado en la prelación de la corona; pero murió, como hemos dicho, muy joven para conseguirlo. Su hijo menos parecía que lo fuese a conseguir, siendo como era un bebé.

Fernando de Aragón no fue un mal regente. A pesar de que en su apellido quedaba clara su procedencia, miró por los intereses de Juan y de Castilla e incluso continuó la Reconquista, tomando poblaciones como Antequera. Sin embargo, como todo lo bueno se acaba, llegó el día en que él mismo fue reclamado para ser rey de Aragón, que al fin y al cabo era su nación.

El rey tenía tres años y quedaba solo. Un día, estando la Corte en Guadalajara, llegó de Roma el arzobispo Pedro de Luna, trayendo consigo a Álvaro de Luna, que entonces tenía 18 años. Alvarito era hijo de un pariente de don Pedro, de nombre también Álvaro, y que tenía muy buena posición, aparte de sangre aragonesa muy principal, pues tío abuelo suyo fue el papa Luna, Benedicto XIII; era señor de Cañete, de Jubera y de Comargo. Pero el chico era bastardo, lo cual quiere decir que de todo aquello no podía aspirar a quedarse nada.

Obviamente, el pasado pesa como una losa al tratar de hacernos una idea cabal de este Álvaro de Luna. Dicen las crónicas que era más bien chaparro, que se quedó muy prontamente calvo y que era muy hábil en los torneos usando las lanzas. Pero lo que más nos importa para el momento en que estamos es que, nada más llegar a la Corte, consiguió ganarse el favor del rey. Juan II era un niño y a los niños, o por lo menos a algunos, es fácil embaucarlos. Claramente, el de Luna consiguió hacer que el chaval bebiese los vientos por él, desarrollando una dependencia que duraría muchos años, con los altibajos normales en una persona caprichosa y ciclotímica como Juan II, comenzando con ello a construir ese mito tan español del valido real.

Otra característica de la juventud de Álvaro de Luna fue su éxito con las mujeres. Es bastante probable que durante su mocedad se dedicase a matar a polvos a más de una (simultáneamente). De hecho, las crónicas nos relatan un suceso tras el cual quizá se adivina el torvo ogro de los celos.

Inés de Torres, mujer archiinfluyente en aquella Corte, era una de las desmayadas admiradoras del jovencito. Pero, sin embargo, en un determinado momento la vemos entrar en la estancia de la reina para contarle que otra mujer de la Corte, Costanza Barba, está liada con el bastardo, y sugiriéndole que les ordene casarse para así guardar el natural decoro. Pueden ser muchas cosas, cierto; pero huele de lejos a putada de pava despechada.

El final de la anécdota revela otra característica psicológica de Álvaro de Luna que debemos tener en cuenta al estudiar su vida: a todas luces, tenía las bragas muy, muy bien puestas. La reina convoca en su gabinete a la Barba y mamá Barba; las cuales parecen ser bastante proclives al casamiento. A Álvaro de Luna le dice que espere fuera. El de Luna se cosca de que lo van a casar. Muchos se habrían conformado con su destino: si la reina lo dice... Pero no Álvaro de Luna. Él, a pesar de no tener fortuna, a pesar de no tener más oficio que medrar en la Corte, coge el portante y se larga varios días de la misma, hasta que consigue deshacer el presunto casamiento. Es posible que obrase con esa seguridad porque para entonces ya tuviese bastante ganada la voluntad del niño Juan. Probablemente pensó que si no le dejaban volver a la Corte, sería él quien lo reclamase.

La muerte de Fernando de Aragón (1416) sirve para aflorar las tensiones en la Corte castellana y, sustancialmente, la existencia de dos partidos. Por un lado están Juan Velasco y Diego López de Estúñiga, dos nobles que aspiraban a dominar al rey y que ahora que éste queda al solo cuidado de su madre, se postulan para ser sus vigilantes (y de paso controladores, porque un rey niño es un chollo). Del otro lado está la nomenklatura cortesana del momento, formada sobre todo por Alonso Enríquez, Almirante de Castilla, el condestable Rui López Dávalos y el Adelantado Pero Manrique, los cuales son obviamente partidarios de mantener la situación.

En 1418 muere la reina doña Catalina, esposa del anterior rey Enrique. A partir de ese momento comienza la libertad del rey Juan, quien hasta entonces ha sido estrechamente vigilado por su madre, en medio de una Corte donde quien más quien menos mira por lo suyo y ve a Juan II como un metro instrumento para conseguir sus ambiciones. Ese mismo año, Juan se casa con María, hija de Fernando de Aragón.

En 1419, cuando el rey tiene ya 14 años, las tensiones entre las diferentes banderías de la Corte, en gran parte animadas por lo hijos de Fernando de Aragón que pretenden mangonear al rey, llevan a la necesidad inexcusable de que el rey empiece a reinar. Así pues Juan, que como he dicho es un tipo cuya voluntad es una montaña rusa y con un carácter caprichoso, se coloca a las riendas de Castilla en un momento de la vida en la que uno apenas piensa en otra cosa que en la Xbox y las cosas que se le ocurren a la vista de un póster de Angelina Jolie.

La cosa estaba tan hirviente que los nobles, tras protestar por el excesivo poder del mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza, fuerzan un acuerdo acojonante por el cual el gobierno de Castilla serán tres, y gobernarán por turnos. Algo así como si en la España actual gobernase medio año Zapatero y medio año, Rajoy (y Cayo Lara un par de días festivos). La leche, vamos.

Elemento fundamental de todas estas movidas son los infantes de Aragón, hijos de Fernando. Ya hemos dicho que este rey no era malo; pero hasta al más listo se le escapa un cuesco y la verdad es que a Fernando de Aragón, en el momento de la muerte, se le olvidaron bastantes lecciones de geopolítica. La familia real aragonesa poseía muchos predios y lugares en Castilla. Si Fernando hubiese querido dotar a su otrora pupilo Juan II de un entorno razonablemente pacífico para crecer, lo que habría hecho habría sido alejar a sus propios hijos, de cuyo natural ambicioso es de suponer estaba informado, de los terrenos castellanos, dotándolos por herencia con las también numerosas propiedades en Aragón. Pero hizo lo contrario. Pedro, Juan y Enrique de Aragón, los tres infantes de marras, fueron generosísimamente dotados con terrenos en Castilla, con lo que ahora tenían todos los motivos para andar por las tierras de Juan II dando por culo. Y velay que lo harían.

Enrique, el más maniobrero de los infantes, tenía como amiguitos a Rui López, a Pero Manrique y a Garci Fernández Manrique, todos ellos conspicuos cortesanos. Además de maniobrero, Enrique era muy echado para alante. En 1420, decidió que, ahora que no estaba su padre, lo mejor era dejarse de leches, y dar un golpe de Estado.

Aunque, probablemente, no contó con el de Luna.

Seguiremos informando.

domingo, febrero 15, 2009

Madrid, cien años [o así]

Pincha aquí. Espero que te guste.

jueves, febrero 12, 2009

Asilados (y 3)

El presidente de la República, don Manuel Azaña, estuvo con los embajadores en el papel que siguió casi desde el momento en que estalló la guerra: como queriéndose distanciar de su gobierno.

Los representantes diplomáticos estuvieron a verle a principios de octubre. Fueron los embajadores chileno y brasileño, éste último a pesar de que al parecer estaba enfermo. Fueron allí a pedir explicaciones de por qué el gobierno español no aceptaba el derecho de asilo. Y se encontraron, para su sorpresa, con que el Jefe del Estado español se descolgaba, si hemos de creer a Núñez Morgado, con una boutade de la leche.

-Soy tan partidario del derecho de asilo -parece que dijo- que si el general Franco me pidiese asilo, se lo proveería.

Azaña, según su opinión personal expresada en dicha entrevista, consideraba que la labor de las embajadas era encomiable y humanitaria, y les animó a que fuese tan amplia como les fuera posible.

Éste es otro síntoma, de los muchos, de que Azaña, ya en tan temprana fecha como octubre del 36, era un mero polichinela político que no contaba ni para nada ni para nadie. Cuando los embajadores le afearon el hecho de que España declarase en la Sociedad de Naciones que ampararía la salida de asilados del país pero luego la impidiese en la práctica, el presidente respondió mostrándose contrito, pero poco más. Por lo demás, los propios embajadores pudieron comprobar, el mismo día de la entrevista, cuán profunda era la sima del divorcio entre el gobierno y el jefe del Estado, pues tuvieron una breve entrevista con el ministro de Estado, Álvarez del Vayo; quien, lejos de apuntalar las ideas expresadas por Azaña, se limitó a insinuar que la postura del cuerpo diplomático no era la que expresaban sus representantes, pues al fin y al cabo el embajador de la URSS, Rosemberg, no era invitado a sus reuniones. Núñez Morgado se escudó en un formulismo para justificar que Rosemberg no hubiese sido convocado a las reuniones, aunque es más que probable que hubiese obviado al embajador soviético por incompatibilidad ideológica.

En todo caso, no era la URSS el único país, como sabemos, que disentía de la norma general. Estados Unidos, por ejemplo, informó en octubre de que no tenía ningún asilado en su legación, dada, dijo, su interpretación estricta del derecho de asilo (que muta en generosa cuando le conviene). Asimismo, Gran Bretaña tampoco se adhirió a ninguna de las comunicaciones del cuerpo diplomático al Ministerio de Estado porque, según dijo en la sesión de 28 de octubre de 1936, tenía órdenes terminantes de Londres de no mezclarse en nada relacionado con la guerra civil. Y velay que lo consiguieron.

A esta sesión de 28 de octubre asistió Rosemberg, el embajador de la URSS al que Largo Caballero acabaría expulsando de su despacho (gesto éste que le costaría el puesto). El embajador soviético trató de compartimentar el asunto del asilo. Argumentó que la interpretación generosa del derecho de asilo era algo propio de los países latinoamericanos, no los europeos, y que, por lo tanto, debían ser aquéllos los que se limitasen a aplicarlo. Aunque este movimiento está relacionado con la acción de varias embajadas, probablemente está muy relacionado con la de Noruega, cuyo representante, Félix Schlayer, se había mostrado muy activo en la aceptación de refugiados y, además, se había embarcado en un conflicto directo con el gobierno por la detención de De la Cierva (posteriormente sería asesinado) que había provocado incluso una protesta del gobierno español en Oslo.

Hay que romper una lanza en favor de la casi siempre insolidaria Francia, porque en este caso no lo fue. Lejos de amilanarse, el representante francés contestó a Rosemberg que eso que acababa de decir no respondía ni de coña al sentir de todos los países europeos. Pero, aún así, la URSS tuvo sus apoyos en la reunión. Fáciles de adivinar: Estados Unidos y Gran Bretaña, claro.

A principios de noviembre, conforme la presión de las tropas franquistas sobre Madrid se hace más opresiva, el gobierno decide, como es bien sabido, marcharse a Valencia. Y, siguiendo una norma lógica, se lo comunica al cuerpo diplomático. El traslado del gobierno supone un problema grave para los representantes diplomáticos, que no saben si marcharse o quedarse. Sobre todo los que tienen sus embajadas llenas de refugiados que, si ellos se marchan, quedarían en una situación más que embarazosa. Tanto el decano como otros embajadores latinoamericanos (Cuba, Guatemala), que son los más implicados en el asunto de los asilados, apoyan con vehemencia la necesidad de quedarse. A partir de ahí, en un Madrid en el que no ha quedado demasiado claro quién manda, el cuerpo diplomático y el Colegio de Abogados de Madrid iniciarán relaciones para tratar de garantizar la seguridad de las cárceles y de la ciudad en general. En estas gestiones, según los testimonios existentes, llegó a plantearse la posibilidad de generar una especie de zona internacional, libre de bombardeos, donde se pudiesen concentrar los civiles; incluso hubo una radio que, al parecer, distribuyó la noticia de que Franco aceptaría que el paseo de la Castellana y el barrio de Salamanca fuesen utilizados para ese fin. Sinceramente, me cuesta creerlo. Además de ser impacticable pues, como también comprobaron los miembros del cuerpo diplomático, nada más difundirse esta noticia, se colocaron metralletas en los altos de los edificios de la plaza del Marqués de Salamanca, signo inequívoco de que la eventual zona neutral, de haber existido, habría sido aprovechada por las tropas republicanas, eliminando con ello su significado.

El 19 de noviembre, llega al cuerpo diplomático la orden de desalojar las embajadas de Italia y Alemania, en las que hay refugiadas unas 65 personas, 20 alemanas y el resto españolas. El cuerpo diplomático exige, y obtiene, del general Miaja garantías para su traslado. Estos refugiados debían repartirse entre las legaciones de Chile, Rumanía, Noruega, Cuba, Holanda, Suiza, y otras.

El cuerpo diplomático acabó protestando por lo que consideró pasotismo de Miaja, contrario a sus promesas. El día del traslado de la embajada alemana, las tropas que el general había comprometido no aparecieron; los que sí aparecieron fueron milicianos, en varias decenas. Cuando menos de momento, no he podido establecer si hubo muertos por los disparos producidos. Los testimonios que he leído hablan de que se logró sacar a 22 personas de la embajada pero, dado que la cifra de 65 es conjunta con la italiana, no me es posible saber cuántos lo intentaron.

Madrid, en ese momento, está de los nervios. Es fácil de entender. Que nadie cree que vaya a resistir lo demuestra el valiente gesto del gobierno tomando las de Villadiego. Así que los que han quedado en la capital, o son vehementemente frentepopulistas (y revanchistas; de ahí los temores de los diplomáticos y los abogados sobre la seguridad de las cárceles), o están ahí obedeciendo órdenes y ligeramente encabronados por la perspectiva de palmarla. Es en este contexto en el que hay que entender el gravísimo incidente que se produce en la noche del 3 al 4 de diciembre, cuando la Delegación de Orden Público, al frente de la cual se encuentra Serrano Poncela, ordena que se entre en la embajada de Finlandia y se la desaloje.

Hay que tener mucho cuidado al juzgar estos hechos. La tentación fácil es cargar contra el gobierno español (más concretamente, contra las autoridades de Madrid) por tamaño atropello. Pero lo cierto es que el asunto es más complicado pues, al parecer, los refugiados en la embajada de Finlandia habían sido captados por un funcionario español que no tenía el estatus de jefe de misión y que, al parecer, cobraba por sus humanitarios servicios. A mi modo de ver, el hecho de que la medida tomada por Orden Público fuese tan casuística (es decir, se dirigió a la embajada de Finlandia, y no a las demás) sugiere que no hay detrás un intento general de sacar a todos los refugiados, sino algún tipo de desacuerdo, hay quien dice que incluso crematístico (pues parece que el asilador pagaba a fuerzas policiales para que le dejasen en paz) en la movida.

Pero hay otras interpretaciones. El embajador de un país tan poco sospechoso de profranquismo como México sostuvo, acerca de este evento, que se trataba de una llamada de atención de Serrano Poncela a todas las legaciones, pues quería solucionar lo de los refugiados a las bravas (recuérdese que no pocas personas pensaban en aquellos días que en unas pocas semanas Madrid sería de Franco).

Lo que sí quedó claro de todo este incidente, para desdoro de la República, es que una legación extranjera había sido violentada. La razón aportada por el gobierno, a través del Ministerio de Estado, es de chiste: en la legación había rebeldes armados que, al paso de unos milicianos, les tiraron bombas desde la terraza. En efecto, cuando has sentido el aliento de la muerte en la nuca; cuando has pensado que te van a llevar por ahí y te van a fusilar en cualquier arcén e, in extremis, consigues salir de casa, llegar a una embajada y ocultarte en ella, sin saber a ciencia cierta si algún día podrás salir vivo de allí, lo que más te apetece es salir a la ventana a tirarle lapos y bombas a los milicianos que pasen por la calle Fernando el Santo.

El año 37 estuvo ya presidido por la cuestión de la evacuación de los refugiados, una vez que la presión sobre las legaciones descendió cuando la situación de Madrid se estabilizó. En abril de 1937, por ejemplo, salieron dos expediciones de refugiados en la embajada chilena. El resto de las legaciones evacuaron a la mayoría de sus refugiados a lo largo de aquel año. Pero cuando Franco entra en Madrid, el 28 de marzo de 1939, todavía quedaban en la embajada chilena 700 personas.

El asunto de los refugiados en las embajadas de Madrid es un feo asunto para la República por muchas y variadas razones. La primera, su resistencia a aceptar el principio de asilo, que es un principio de lesa humanidad que, en realidad, lo que debemos sentir, a mi modo de ver, es que no se aplique más veces (en Ruanda, por ejemplo). Oponer tecnicismos de derecho internacional para amparar el hecho de que civiles desarmados puedan ser apresados, paseados y asesinados es, simple y llanamente, repugnante.

La segunda razón por la que fue un feo asunto para la República es por los daños que causaron a su imagen los diversos hechos con que se jalonó la polémica. El inexplicable (por estúpido) asesinato de los sacerdotes colombianos; el ofensivo (por simbólico) asesinato del descendiente del Almirante de la Mar Océana; y la inaceptable (por antijurídica) invasión de la legación finesa, son hechos que no ayudaron precisamente a construir la imagen de un gobierno puramente democrático agredido por unas fuerzas reaccionarias. Lejos de ello, a la luz de estas movidas, la República apareció más bien como un régimen incapaz de mantener el orden en su seno y, consecuentemente, poner en su sitio a la violencia obrerista. Claro que, probablemente, es que los hechos reales se acercaban bastante a esta descripción.

¿Se podrían haber hecho las cosas de otra manera? Sí, sin duda. De haber usado la República para sus relaciones exteriores a personas más moderadas y más, por así decirlo, jurídicas que las que utilizó, probablemente la actuación habría sido otra. Lamentablemente para la República, ésta no fue ni siquiera la peor torpeza que cometió.