viernes, febrero 27, 2009

Rizar el rizo futbolero: la solución


Bueno, pues éste es el equipo de marras. De izquierda a derecha: Blasco, Zubieta, Muguerza, Lángara, Cilaurren, Egusquiza, Barcos, Roberto, Larrinaga, Aedo, Gorostiza y Areso.

Estos jugadores eran el tronco de la selección de Euskadi. Un equipo que, como os dije, hoy sigue existiendo; aunque en realidad no existe, porqueno tiene presencia federativa como para jugar competiciones internacionales.

El 24 de abril de 1937, apenas unas semanas antes de la caída definitiva del País Vasco en manos de franco, la denominada selección de la República de Euskadi tomó un avión con dirección hacia París, con la intención de hacer una gira que tenía tanto de política como de deportiva. En Francia no se les permitió jugar (cosas de la neutralidad), así que salieron hacia Checoslovaquia, donde sí jugaron varios partidos. Luego jugaron en Polonia, aunque al menos un partido previsto fue suspendido por presiones del gobierno alemán, hemos de suponer que conchabado con Franco.

Luego pasaron a Rusia, donde fueron muy bien recibidos y luego a Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca. En Copenhague, por cierto, se produjo la anécdota que vivimos hace bien poco en una competición de tenis, sólo que al revés. Hace cosa de un par de años, en un enfrentamiento de Copa Davis en Australia, hubo un error y, a la hora de tocar el himno español, los australianos tocaron el himno de Riego (el republicano). Pues bien: en Dinamarca lo que le tocaron a la selección de Euskadi fue... ¡la Marcha Real! O sea, el himno de España actual, entocnes himno de los franquistas. Se desconoce que si los jugadores vascos lo corearon a golpe de «Lo lo, lo lo , lo lo...»

Después de eso consiguieron jugar en Francia. Durante una serie de viajes sin partidos que hicieron después, fueron contactados por los franquistas, ofreciéndoseles desertar y pasar al bando nacional. Dos miembros de la expedición se apuntaron.

Después, a las Américas. Recalan y juegan en México, luego en Argentina. Luego jugaron en Chile y atravesaron el continente en tren hasta Centroamérica. Jugaron más de dos meses en Cuba e, inmediatamente después, regresaron a México, donde, y a causa de los problemas que estaba causando Franco con la FIFA y la connivencia prorrepublicana del país, se convirtieron en un equipo mexicano que jugó la liga del país 1938-1939, en la que quedaron segundos.

La mayoría de los jugadores que veis en la foto o que jugaron con el equipo no regresó a España. Ficharon por equipos mexicanos o argentinos. Así, Zubieta, Iraragorri, Emilín y Lángara ficharon por el San Lorenzo de Almagro; Areso fichó por el Racing de Avellaneda; Blasco, Aedo y Cilaurren ficharon por el River Plate. Eso sí, Lángara regresó a España en 1946, fichando por el Oviedo; y Zubieta, en 1953, fichó por el mejor equipo de España.

jueves, febrero 26, 2009

Rizar el rizo furbolero

De Historia sólo saben un par de mataos. Pero de fúbol sabe todo dios. Entre eso y que los lectores de estas adivinanzas han demostrado ya suficientemente que pueden con todo, no tengo muchas esperanzas de pillaros. Pero, bueno, por intentarlo que no quede.

Fútbol, pues. El deporte patrio. Un deporte en el que hemos hecho casi de todo, salvo ganar el mundial (aunque todo se andará). Las salas de trofeos de nuestros equipos son auténticos museos y a algunos de ellos no hay quien les supere. El Madrid es, dicen, el mejor equipo de la Historia. El Barcelona es un club que es más que un club (para lo cual tiene la ventaja de estar radicado en una ciudad que también es bastante más que una ciudad). El Valencia da miedo (o eso dicen los valencianistas). El Atlético de Madrid es una forma de entender la vida. Como el Athletic de Bilbao. El español medio puede no tener preferencias musicales, o cinéfilas, o políticas. Pero, sin dudarlo, tiene un equipo de sus amores. Yo recuerdo mi niñez coruñesa, en la que vivía al lado de la playa de Riazor. Fueron años en los que el Atlético de Madrid jugó varios torneos Teresa Herrera, en medio de la canícula veraniega. Y veía a los atléticos que, en la mañana, bajaban a la playa, plantaban sus sillas y, antes de sentarse en bañador en ellas a mirar el mar, plantaban en la arena, a su lado, la bandera rojiblanca.

El fútbol es una obsesión poliédrica, tan fácil de entender como inaprehensible. Sólo hay dos tipos de homo sapiens: el bético, y el sevillista. Si en Sevilla se encuentra uno solo que escape a esta taxonomía, ello servirá para demostrar que los extraterrestres existen.

He dicho: nuestros equipos patrios han hecho de todo. Y sé lo que escribo. Porque hay uno, uno solo que yo sepa, que ha conseguido rizar el rizo de lo imposible y participar, qué digo participar, quedar segundo, en una liga extranjera. Muy extranjera (y esto es una pista; la cosa no tiene nada que ver ni con Andorra, ni con Gibraltar, ni con cosas de ésas).

De vosotros espero que seais capaces de decirme cuál.

¿Pista? Bueno, os daré una un poco a lo oráculo de Delfos. Ese equipo existe aún en la actualidad; aunque, en realidad, no existe.

martes, febrero 24, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (3)

La defección y teórico control del infante Enrique de Aragón llevó a Castilla al convencimiento de que acababa de resolver el problema del incómodo vecino. Sin embargo, éste sólo era un espejismo que tendía a olvidar, con excesiva facilidad, cómo la casa real aragonesa establecía, dentro ya de los cánones de la política renacentista, una tupida tela de araña de poderes; una auténtica estrategia moderna de poder y penetración de la que se considera representante canónico a Fernando de Aragón, el marido de Isabel; consideración que, en mi opinión, es notablemente injusta con su padre Juan, de quien tendremos ocasión de hablar en estas notas.

Enrique estaba vencido, sí. Pero Juan, merced a su boda, ascendería a la categoría de rey consorte de Navarra, la tercera gran pieza del futuro puzzle español. La familia, además, tenía colocada a María, otra hermana, en el tálamo del variable Juan II de Castilla; y muy pronto, a través de otra hermana, Leonor, pondría una pica importante casándola con el rey de Portugal. En otras palabras, en aquella península ibérica, si se hablaba de legitimidad estricta, nadie discutía que Juan de Castilla era la hostia más hostia de todas las hostias. Pero, cuando la cosa iba de juntar parientes, los aragoneses le montaban al castellano un cuatripartito (Aragón, la corona consorte de Navarra, el princesado de Castilla y el de Portugal) que haría a cualquier persona medianamente lista dudar de esa pretendida prelación castellana.

Alonso, rey de Aragón, fue requerido por los castellanos para que entregase a los conjurados proenriquistas que habían huido a sus predios. El rey aragonés, no obstante, se negó, pretextando que sus fueros otorgaban a aquellas gentes plena cobertura (o sea, que no había tratado de extradición entre Aragón y Castilla) y ofreciéndose a entrar en Castilla para parlamentar con el castellano la situación. Eso sí, quería entrar armado y protegido pues, decía, en Castilla había gentes principales que querían matarlo. Para mostrarle los dientes al rey aragonés en este movimiento fue por lo que el monarca castellano se dirigió a Palenzuela con un huevo de paracaidistas y toda la artillería pesada que pudo juntar. Pero estando en Palenzuela ocurrió algo que ya hemos anunciado y que estaba destinado a cambiar radicalmente el mapa político de la zona: muerto el rey don Carlos de Navarra, Juan de Aragón heredó el mando en aquella nación.

El hecho de que Juan de Aragón se encuentre al frente de un reino y con Corte propia cambió radicalmente su actitud hacia su hermano Fernando. Si hasta entonces lo hemos visto enfrentado a él, juntando hombres de armas en Olmedo con la declarada intención de introducírselos a su hermanito, uno por uno, por el ano, ahora Juan se da cuenta de que, con su nueva posición, le trae más a cuenta aliarse con sus hermanos el rey de Aragón y el tocahuevos de Castilla. ¿Por qué? Pues porque, como explicamos en la primera toma de estas notas, Juan de Aragón, como Enrique, tenía enormes, pero enormes, intereses en Castilla, y de Juan II/Álvaro de Luna tiene la sensación, probablemente cierta, de que no va a sacar mucho. Pero sin embargo, de su derrotado hermano, derrotado y ávido de aliados, sí puede obtener compromisos jugosos.

Y, además, aunque eso en el Renacimiento no signifique gran cosa, son hermanos. Verde y con asas, pues.

De todas estas cosas, Juan de Castilla ni se cosca; y Álvaro de Luna, lejos de coscarse, está encantado con ellas, por confiar todavía en la confluencia de pareceres entre los dos juanes. Llegados a Palenzuela los embajadores, se le insta al rey castellano a liberar al infante Enrique, cosa que él acepta siempre y cuando el hasta ahora prisionero caiga en manos de un hombre bueno. Y es que aún confía en Juan de Aragón. Mala decisión. Tanto confiaban en él que, en realidad, en las negociaciones Juan de Navarra tuvo amplias representaciones del rey castellano, que utilizó, por cierto, para levantar embargos sobre bienes de su hermano.

Enrique fue liberado de su prisión en Mora. En la puerta se encontró con su hermano Juan y juntos cabalgaron hasta Tarazona, donde les esperaba su otro hermano, Alonso.

Perpetrado el engaño, los florentinos estadistas aragoneses se quitaron la careta y fueron a por el objetivo que en el fondo seguían, que no era otro que Álvaro de Luna.

Hallándose la corte en Zamora, en 1427, la situación se hizo explosiva. Los infantes afloraron su animadversión hacia el condestable, sin recato. Las resistencias de la Corte se hicieron tan fuertes que en dos meses fue imposible celebrar un solo consejo de notables. Allí estaba Juan de Navarra. Álvaro de Luna y los suyos se negaban a ir al palacio que ocupaba el rey navarro, por puro miedo a ser asesinados allí. Las pocas reuniones informales que hubo tuvieron que celebrarlas en el puto campo.

¿Quién falta en la historia? Pues quién va a faltar: el tocacojones. Kike Balls-Living Fly, que está en Ocaña quieto y parado por orden del rey castellano, lo cual significa que, en teoría, no puede moverse de ahí sin permiso, le hace una higa (una más) a la orden y se dirige a Zamora para presionar a Juan II. El rey castellano es, no lo olvidemos, el Centinela de Occidente peninsular del momento. Se le reconoce prevalencia y poder, siquiera teórico. Eso obliga mucho. Obliga, por ejemplo, a decirle a su vasallo que se esté quieto y que, si no se está quieto, lo va a sentir. Pero nada de eso hizo el debilucho Juan, no sabemos si siguiendo consejos de su condestable o a pesar de ellos. En lugar de plantar cara a Enrique, lo que hace es moverse de Zamora a Valladolid; un movimiento que se parece al de mi perro cuando no quiere salir a la calle y mete la cabeza debajo de las patas delanteras, como diciendo: «ya no estoy». Juan y Enrique, los dos hermanos, que ven a la pieza débil, se hacen un guiño y se dirigen los dos a la ciudad castellana.

Desde las cercanías de Valladolid, le mandan una carta a Juan II indicando que todo el problema es Álvaro de Luna y su excesivo poder en la Corte. Órdago a pares, pues.

¿Se negó el rey? ¿Dijo el rey aquí mando yo y se hace lo que yo digo? Pues va a ser que no. Para que luego digan los que, probablemente por saber apenas un par de cositas de una Historia que es muy compleja, venden la idea de una Castilla eternamente orgullosa y dominanta, aquí tenemos al rey castellano envainándosela por fases. La primera fase es admitir que eso que dicen los infantes es negociable. La segunda es no dirimir la negociación. La tercera es nombrar un tribunal arbitral para que decida. La cuarta es admitir una composición para el tribunal susceptible de decidir contra los deseos del rey (Luis de Guzmán, maestre de Calatrava; Pero Manrique; Fernán Alonso de Robles y Alonso Enríquez; con el prior del monasterio de San Benito, donde se reunieron, como último voto de calidad si no llegaban a un acuerdo).

En justicia hay que decir que este tribunal estaba teóricamente equilibrado, pues los dos primeros miembros eran partidarios del infante y los dos segundos del de Luna. Pero lo que también es un hecho es que, reunidos, votan por unanimidad (incluyendo al prior) por la expulsión de Álvaro de Luna de la Corte.

La estella del condestable se había apagado. Pero sólo por el momento.

No hemos dicho, ni de coña, la última palabra de esta historia.

sábado, febrero 21, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (2)

Enrique, infante de Aragón, ambicionaba quedarse con Castilla. Pretendía conseguir eso consumando una operación cruzada, complementaria con el matrimonio que ya había realizado el rey de Castilla con su hermana María. Pretendía Enrique casarse, asimismo, con Catalina, la hermana de Juan II. Es lo que se llama un concuñadismo radical.

Probablemente, a juzgar de los testimonios, Enrique intentó conseguir sus propósitos de formas más o menos taimadas, que quizá incluyeron tratar de ganar a Álvaro de Luna para su partido y que le ayudase a convencer al rey. Sin embargo, los cortesanos que no le eran afines pusieron pies en pared y, además, tenía el problema de que, al menos en ese momento, estaba a malas con su hermano, Juan de Aragón, por lo que tampoco podía aspirar a su apoyo. Es por esta razón que Enrique llega a la conclusión que la única forma de salir adelante es dar un golpe de Estado y secuestrar al rey.

Todo ocurrió en Tordesillas. Allí se encontraba el rey y allí, como quien no quiere la cosa, Enrique juntó 300 soldados. El 14 de julio de 1420, domingo, hizo entrada en la ciudad con esa tropa y oyó misa, tras lo cual, pretextando que se marchaba a Aragón y quería despedirse del rey, se dirigió al palacio con gran fanfarria. Dentro de ese grupo entraron los conjurados castellanos, es decir López Dávalos, Pero Manrique y Garci Manrique, junto con el obispo de Segovia, Juan de Tordesillas, todos ellos embozados en capas pardas para no ser reconocidos. De haberlo sido, alguien podría haberse preguntado qué hacían cortesanos castellanos acompañando a un infante en su viaje a Aragón.

Una vez dentro de palacio, cerraron las puertas, dejando a media Corte fuera. Tras prender a la gente que consideraron peligrosa, y el primero de todos Hurtado de Mendoza, los conjurados se dirigieron a la cámara real, la cual, gracias a la complicidad de Sancho Hervás, un ayo real, encontraron abierta. Dicen las crónicas que a los pies del rey dormía Álvaro de Luna, el cual presentó oposición a los conjurados en cuando dijeron estar ahí para liberar al rey de malas influencias, pues sabido es que todo golpista que se precie siempre se alza aseverando que lo hace por el bien del personal. No obstante, el de Luna poco podía hacer, pues los golpistas habían hecho una toma del palacio en toda regla.

Enrique de Aragón tenía un problema. Conocía a su hermano Juan y sabía que no iba a permitirle tan fácilmente dominar al rey. Así pues, sabía que en cuanto le llegaran noticias de la movida, y a esas horas podía dar por seguro que ya habían salido de Tordesillas mensajeros a todo galope, Juan tomaría el mando de sus tropas y se dirigiría a Tordesillas con la nada escondida intención de encenderle el pelo a su hermano. Así que resolvió sacar al rey de Tordesillas.

Juan II, que era una persona bastante cobarde por lo general salvo cuando tuviese el biorritmo disparado, no ofreció resistencia ni, que se sepa, pensó en ofrecerla. La que si dio mucho trabajo fue su hermana Catalina. Sabía bien que si Enrique pasaba a mandar en los designios de la Corte era sólo cuestión de tiempo que ella acabase en su tálamo haciéndole hijos; poco sabemos del aspecto de Kike Movidillas From Aragon, pero lo que sí sabemos es que a Catalina, la persectiva de casarse con él (al menos en ese momento) se le asemejaba en atractivo a la de colgarse una piedra de cien kilos de cada pezón. Así que se fue al monasterio de Tordesillas pretextando que iba a despedirse de la abadesa y, una vez dentro, dijo que de allí no la sacaban ni los geos. Hubo que negociar con ella y, muy especialmente, Enrique tuvo que prometerle que no le tocaría un pelo.

Tras intentar irse a Segovia, la Corte se dirigió a Ávila, con un ojito puesto en Olmedo, donde se decía que estaba Juan de Aragón con sus marines. Juan se acababa de casar con Blanca de Navarra pero, tal y como su hermano había columbrado, nada más saber de lo que había pasado se metió en Castilla y convocó a todos sus leales en Peñafiel. Leonor de Aragón, la madre de los dos contendientes, se pasó a Castilla para intentar una paz entre sus hijos; la logró, muy débil, pero al menos sirvió para que la guerra, que se daba ya por cantada en los campos que rodean Cuéllar, no se produjese.

Enrique dispuso un nuevo traslado, tratando de poner al secuestrado rey de Castilla au dessous de la melée, llevándolo a Talavera. Por el camino, consciente de que su situación era comprometida, debió de cambiar de táctica galante o tal vez se bañó o, quizá, es que Catalina era tan voluble y medio gil como su hermano. El caso es que, camino de Talavera, casi de forma súbita la resistencia de Catalina se convierte en enamoramiento pasional, y ambos son casados en presencia del rey.

Aquel casorio fue la oportunidad que buscaba Álvaro de Luna.

Todo parece indicar que, verdaderamente, lo de Catalina de Castilla fue un encoñe en toda regla. Casarse con Enrique y dejarle la barriga roma a base de roce fue todo uno. Dicen las crónicas de aquel tiempo que el infante aragonés, tras su boda, hubo de cambiar sus costumbres y, muy especialmente, levantarse más tarde. Lo cual tiene extremada importancia, no porque este blog se haya vuelto rijoso, sino por la simple razón de que, en relajando sus horarios, Enrique dejó al rey solo más tiempo del que acostumbraba.

El 28 de noviembre, el monarca y Álvaro de Luna se aliaron para escaparse de Talavera. Al amanecer siguiente, partieron, según le dijo De Luna al infante, para cazar una garza a la que le tenían ganas: el rey, Álvaro de Luna, su cuñado Pedro Portocarrero (ese año se había casado), Garci Álvarez, señor de Oropesa, Pero Suárez de Toledo y Diego López de Ayala. Ese exiguo equipo se escapó rodeando al tipo más valioso de Castilla y uno de los más valiosos del mundo.

El conde don Fabrique, otro conjurado, salió un poco más tarde solo. Sin haber avistado aún a la partida se encontró con otro cortesano, Fernando Manuel, partidario del infante, con quien cabalgó un rato hasta llegar al puente del Alberche. A Fernando Manuel le contó la versión oficial de que iba de cacería con el rey, y el otro la creyó. Pero volviendo a Talavera se cruzó con Garci Manrique el cual, nada más escucharle eso de que si el rey está cazando una garza y tal, debió de juntar piezas, se dio cuenta de lo que pasaba, se fue a toda hostia a Talavera, y sacó al infante de la misa donde estaba.

Los escapados, mientras tanto, llegaban al castillo de Villalba, a unas cuatro leguas de Talavera, pero lo desecharon por ser fácil de atacar y demasiado cercano a la ciudad. Decidieron hacerse fuertes en el castillo de Montalbán, algo más lejos. El sábado, 30 de noviembre, las tropas del infante Enrique lo cercaban, apresando de nuevo al monarca, cuando menos de facto.

El 5 de diciembre Juan de Aragón, que está en Olmedo con los suyos, parte hacia Montalbán. Para entonces, en el interior del castillo se daba una situación inusitada para un rey de Castilla, como es la escasez. Sitiados y viviendo de las pocas provisiones que encontraron dentro del castillo, el monarca y los suyos tuvieron que matar tres caballos para comer.

Conforme fueron pasando los días, para Enrique y los suyos empezaba a ser bastante claro que no eran los que caían más simpáticos en la fiesta. La gente común no escondía su simpatía por el rey y su oposición al sitio, aunque, lógicamente, se guardaban mucho de pasar de la lengua a la espada, más que nada porque casi ninguno tenía espada. Pasado el día 5, además, estaba el problemilla de que el Capitán América, aunque en realidad era el Capitán Navarra, venía de camino con intenciones no muy pacíficas. Así que Enrique trató de ganarse al rey de buen rollito, y el día 10 de diciembre permitió que todo cristo que quisiera entrase en el castillo a proveerlo de viandas. Aquello marcó el final. Más o menos entonces llegaron noticias de Fuensalida, donde estaba Juan de Aragón, quien pedía permiso para ir a ver al rey. Juan II, probablemente aconsejado por Álvaro de Luna, le dijo que no hacía falta que se acercase, que ya estaba todo arreglado. Al parecer, el valido y Enrique de Aragón habían parlamentado días atrás, y el infante había exigido, a cambio de levantar el campamento, que el rey no le diese cuartelillo a sus hermanos Juan y Pedro. Comerían juntos, sin embargo, el día de Navidad, en Villalba.

En todo caso, la conclusión principal del golpe de Estado de Tordesillas-Montalbán fue la definitiva consolidación de De Luna como valido del rey. Y De Luna, en el más puro estilo renacentista, habría de responder, muy pronto, a la traición de Enrique, con una traición. Pues la Historia del Renacimiento es, como bien se sabe, un constante donde las dan, las toman.

No tardó mucho Enrique de Aragón en volver a tomar las armas, pues el episodio de Montalbán no había servido para resolver nada. El motivo fue el marquesado de Villena, que formaba parte de la dote que el rey concediera a su hermana Catalina, pero sobre la que el propio monarca, a la vista de lo maniobrero que resultó ser su cuñado, había dado instrucciones precisas de que no se tomara posesión de las villas que contenía. Enrique pasó de esa orden como de comer mierda y levantó a su gente, que estaba en Ocaña por orden del rey sin poder teóricamente moverse de ahí, y se acercó a las dichas tierras con la intención de tomarlas con la espada. Raudo, el infante Juan, hermano suyo pero rival directo, se aprestó para enfrentársele. No fue sino tras que la reina Leonor, madre de los contendientes, alcanzó al díscolo Enrique a la altura de El Espinar, y le contó que con el ejército que habían reunido el rey y el infante Juan le iban a dar hasta en el yeyuno, que Enrique aceptó licenciar a su gente y olvidarse del asunto.

El rey, dándose cuenta de que no podía dejar las cosas colgando, convocó en Toledo una reunión con Enrique, los nobles de sus partido y otros cortesanos, con la intención de resolver el pleito del marquesado de Villena y otros más pendientes. Al principio Enrique se negó a ir, convencido de que el rey quería matarlo (hipótesis en modo alguno descartable al nivel de conocimiento que tenemos); pero finalmente, cuando el monarca salió de Toledo con un gran ejército para cazarlo, resolvió «fiarse», así pues quedaron en Madrid, un 14 de junio.

A la llegada a Madrid de Enrique de Aragón, el rey le mostró unas presuntas cartas escritas por Rui López Dávalos, en las que se venía a demostrar que Enrique y los suyos se habían concertado con el rey moro de Granada para que entrase en Castilla, inestabilizando la zona y favoreciendo con ello los planes del aragonés. Enrique, desde luego, negó toda implicación; pero aún así quedó en arresto domiciliario.

La verdad es que las cartas eran una invención. Entre otras cosas porque en el sumario contra López Dávalos, pues fue finalmente encausado, se le acusa de un huevo de cosas, pero no se dice una palabra de las cartas. Finalmente, se descubrió que el autor de la estafa había sido un tal Juan García, de Valladolid, que fue ajusticiado. Pero, por el camino, el rey había apresado a su enemigo y le había confiscado sus bienes. Operación especialmente lucrativa en el caso de López Dávalos, pues de él se decía, en aquel entonces, que podía ir de Toledo a Santiago de Compostela durmiendo cada noche en una villa de su propiedad.

Nada más culminar esta operación, Álvaro de Luna fue nombrado para un muy importante cargo, el de Condestable. Este detalle ha hecho pensar a muchos tratadistas, y a fe mía que piensan bien, que tamaña recompensa se hace por un gran favor. Cierto que el De Luna había hecho una gran labor quedándose con el rey en Montalbán, cuando parecía que iba a perder la partida, y forzándole, a buen seguro, a resistir, cuando es probable que su carácter veleidoso y débil quizá le llevaba a ceder ante sus sitiadores. Pero eso había ocurrido antes. La condestabilía más parece una prez relacionada con el asuntito de las cartas falsas y la detención de Enrique de Aragón.

Esta tesis tiene la ventaja de explicar la mala leche con que el infante se desplegaría, de aquí en adelante, respecto del flamante Condestable don Álvaro de Luna.

miércoles, febrero 18, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (1)

Álvaro de Luna, o el parto de España.


He pensado en titular así esta pequeña serie de artículos que comienza hoy porque pienso que don Álvaro, su vida bastante plena y su desgraciada muerte, son todas ellas consecuencia del tiempo que le tocó vivir; el tiempo en el que un proyecto geopolítico llamado España estaba gestándose. Un nacimiento que, como casi todos, fue doloroso y complicado. España es un engranaje de varias ruedas que costó mucho encajar, por mucho que la conciencia de lo hispano fuese algo evidente desde mucho tiempo atrás y ya Hispania fuese una realidad desde muchos siglos antes que aquél en que vivió el aristócrata protagonista de nuestra historia de hoy. En medio de esos engranajes quedó Álvaro de Luna y, muy especialmente, su cuello quebrado por el verdugo. Por lo demás, como ocurre con todos los seres poliédricos que protagonizan la Historia, la peripecia de Álvaro de Luna puede contarse muchas veces y de distintas formas. Ésta que hoy vas a comenzar a leer es, tan sólo, la mía. Y si lo haces, será por placer pues Álvaro de Luna, su historia, su circunstancias, no son cosas que, me da a mi la impresión, ni se cuenten hoy en día ni sean, faltaría más, motivo de examen.

El de Luna es hijo del siglo XV español. Un siglo en el que ocurrirán muchas cosas y que terminará de forma imperial, pues será en el tiempo de descuento de esta centuria, en 1492, cuando los reyes católicos, Isabel y Fernando, se marquen los dos innegables tantos históricos de terminar la Reconquista y descubrir América.

Pero en 1406, en Castilla, aún falta mucho para eso. En dicho año, en Castilla muere un rey, Enrique III, que es sucedido por su hijo Juan II. Juanito no tiene entonces ni dos años de edad, así pues es un niño apenas destetado. Son esas cosas que tienen las monarquías; puesto que puede más la sangre que el mérito, los destinos de países enteros se colocaban en manos de bebés casi recién nacidos. En el caso de Juan, el rey quedó al cuidado de su madre y del infante Fernando de Aragón, a quien no hay que confundir, desde luego, con ese Fernando que formará dúo dinámico monárquico precisamente con una hija de este niño al que, de momento, apenas vemos babear en su cuna.

Enrique III murió muy joven, a los 27 años. Por eso su hijo era apenas un proyecto de persona cuando comenzó a reinar. Lo cual fue oro molido para quienes, de verdad, estaban acostumbrados a mandar en Castilla. En el siglo XV apunta el Renacimiento, pero la sociedad es, en buena parte, medieval. Y, en lo que atañe al poder, eso quiere decir que la clase noble está acostumbrada a mandar, y mucho. Enrique intentó ponerle barreras a las ambiciones nobles y construir un poder centralizado basado en la prelación de la corona; pero murió, como hemos dicho, muy joven para conseguirlo. Su hijo menos parecía que lo fuese a conseguir, siendo como era un bebé.

Fernando de Aragón no fue un mal regente. A pesar de que en su apellido quedaba clara su procedencia, miró por los intereses de Juan y de Castilla e incluso continuó la Reconquista, tomando poblaciones como Antequera. Sin embargo, como todo lo bueno se acaba, llegó el día en que él mismo fue reclamado para ser rey de Aragón, que al fin y al cabo era su nación.

El rey tenía tres años y quedaba solo. Un día, estando la Corte en Guadalajara, llegó de Roma el arzobispo Pedro de Luna, trayendo consigo a Álvaro de Luna, que entonces tenía 18 años. Alvarito era hijo de un pariente de don Pedro, de nombre también Álvaro, y que tenía muy buena posición, aparte de sangre aragonesa muy principal, pues tío abuelo suyo fue el papa Luna, Benedicto XIII; era señor de Cañete, de Jubera y de Comargo. Pero el chico era bastardo, lo cual quiere decir que de todo aquello no podía aspirar a quedarse nada.

Obviamente, el pasado pesa como una losa al tratar de hacernos una idea cabal de este Álvaro de Luna. Dicen las crónicas que era más bien chaparro, que se quedó muy prontamente calvo y que era muy hábil en los torneos usando las lanzas. Pero lo que más nos importa para el momento en que estamos es que, nada más llegar a la Corte, consiguió ganarse el favor del rey. Juan II era un niño y a los niños, o por lo menos a algunos, es fácil embaucarlos. Claramente, el de Luna consiguió hacer que el chaval bebiese los vientos por él, desarrollando una dependencia que duraría muchos años, con los altibajos normales en una persona caprichosa y ciclotímica como Juan II, comenzando con ello a construir ese mito tan español del valido real.

Otra característica de la juventud de Álvaro de Luna fue su éxito con las mujeres. Es bastante probable que durante su mocedad se dedicase a matar a polvos a más de una (simultáneamente). De hecho, las crónicas nos relatan un suceso tras el cual quizá se adivina el torvo ogro de los celos.

Inés de Torres, mujer archiinfluyente en aquella Corte, era una de las desmayadas admiradoras del jovencito. Pero, sin embargo, en un determinado momento la vemos entrar en la estancia de la reina para contarle que otra mujer de la Corte, Costanza Barba, está liada con el bastardo, y sugiriéndole que les ordene casarse para así guardar el natural decoro. Pueden ser muchas cosas, cierto; pero huele de lejos a putada de pava despechada.

El final de la anécdota revela otra característica psicológica de Álvaro de Luna que debemos tener en cuenta al estudiar su vida: a todas luces, tenía las bragas muy, muy bien puestas. La reina convoca en su gabinete a la Barba y mamá Barba; las cuales parecen ser bastante proclives al casamiento. A Álvaro de Luna le dice que espere fuera. El de Luna se cosca de que lo van a casar. Muchos se habrían conformado con su destino: si la reina lo dice... Pero no Álvaro de Luna. Él, a pesar de no tener fortuna, a pesar de no tener más oficio que medrar en la Corte, coge el portante y se larga varios días de la misma, hasta que consigue deshacer el presunto casamiento. Es posible que obrase con esa seguridad porque para entonces ya tuviese bastante ganada la voluntad del niño Juan. Probablemente pensó que si no le dejaban volver a la Corte, sería él quien lo reclamase.

La muerte de Fernando de Aragón (1416) sirve para aflorar las tensiones en la Corte castellana y, sustancialmente, la existencia de dos partidos. Por un lado están Juan Velasco y Diego López de Estúñiga, dos nobles que aspiraban a dominar al rey y que ahora que éste queda al solo cuidado de su madre, se postulan para ser sus vigilantes (y de paso controladores, porque un rey niño es un chollo). Del otro lado está la nomenklatura cortesana del momento, formada sobre todo por Alonso Enríquez, Almirante de Castilla, el condestable Rui López Dávalos y el Adelantado Pero Manrique, los cuales son obviamente partidarios de mantener la situación.

En 1418 muere la reina doña Catalina, esposa del anterior rey Enrique. A partir de ese momento comienza la libertad del rey Juan, quien hasta entonces ha sido estrechamente vigilado por su madre, en medio de una Corte donde quien más quien menos mira por lo suyo y ve a Juan II como un metro instrumento para conseguir sus ambiciones. Ese mismo año, Juan se casa con María, hija de Fernando de Aragón.

En 1419, cuando el rey tiene ya 14 años, las tensiones entre las diferentes banderías de la Corte, en gran parte animadas por lo hijos de Fernando de Aragón que pretenden mangonear al rey, llevan a la necesidad inexcusable de que el rey empiece a reinar. Así pues Juan, que como he dicho es un tipo cuya voluntad es una montaña rusa y con un carácter caprichoso, se coloca a las riendas de Castilla en un momento de la vida en la que uno apenas piensa en otra cosa que en la Xbox y las cosas que se le ocurren a la vista de un póster de Angelina Jolie.

La cosa estaba tan hirviente que los nobles, tras protestar por el excesivo poder del mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza, fuerzan un acuerdo acojonante por el cual el gobierno de Castilla serán tres, y gobernarán por turnos. Algo así como si en la España actual gobernase medio año Zapatero y medio año, Rajoy (y Cayo Lara un par de días festivos). La leche, vamos.

Elemento fundamental de todas estas movidas son los infantes de Aragón, hijos de Fernando. Ya hemos dicho que este rey no era malo; pero hasta al más listo se le escapa un cuesco y la verdad es que a Fernando de Aragón, en el momento de la muerte, se le olvidaron bastantes lecciones de geopolítica. La familia real aragonesa poseía muchos predios y lugares en Castilla. Si Fernando hubiese querido dotar a su otrora pupilo Juan II de un entorno razonablemente pacífico para crecer, lo que habría hecho habría sido alejar a sus propios hijos, de cuyo natural ambicioso es de suponer estaba informado, de los terrenos castellanos, dotándolos por herencia con las también numerosas propiedades en Aragón. Pero hizo lo contrario. Pedro, Juan y Enrique de Aragón, los tres infantes de marras, fueron generosísimamente dotados con terrenos en Castilla, con lo que ahora tenían todos los motivos para andar por las tierras de Juan II dando por culo. Y velay que lo harían.

Enrique, el más maniobrero de los infantes, tenía como amiguitos a Rui López, a Pero Manrique y a Garci Fernández Manrique, todos ellos conspicuos cortesanos. Además de maniobrero, Enrique era muy echado para alante. En 1420, decidió que, ahora que no estaba su padre, lo mejor era dejarse de leches, y dar un golpe de Estado.

Aunque, probablemente, no contó con el de Luna.

Seguiremos informando.

domingo, febrero 15, 2009

Madrid, cien años [o así]

Pincha aquí. Espero que te guste.

jueves, febrero 12, 2009

Asilados (y 3)

El presidente de la República, don Manuel Azaña, estuvo con los embajadores en el papel que siguió casi desde el momento en que estalló la guerra: como queriéndose distanciar de su gobierno.

Los representantes diplomáticos estuvieron a verle a principios de octubre. Fueron los embajadores chileno y brasileño, éste último a pesar de que al parecer estaba enfermo. Fueron allí a pedir explicaciones de por qué el gobierno español no aceptaba el derecho de asilo. Y se encontraron, para su sorpresa, con que el Jefe del Estado español se descolgaba, si hemos de creer a Núñez Morgado, con una boutade de la leche.

-Soy tan partidario del derecho de asilo -parece que dijo- que si el general Franco me pidiese asilo, se lo proveería.

Azaña, según su opinión personal expresada en dicha entrevista, consideraba que la labor de las embajadas era encomiable y humanitaria, y les animó a que fuese tan amplia como les fuera posible.

Éste es otro síntoma, de los muchos, de que Azaña, ya en tan temprana fecha como octubre del 36, era un mero polichinela político que no contaba ni para nada ni para nadie. Cuando los embajadores le afearon el hecho de que España declarase en la Sociedad de Naciones que ampararía la salida de asilados del país pero luego la impidiese en la práctica, el presidente respondió mostrándose contrito, pero poco más. Por lo demás, los propios embajadores pudieron comprobar, el mismo día de la entrevista, cuán profunda era la sima del divorcio entre el gobierno y el jefe del Estado, pues tuvieron una breve entrevista con el ministro de Estado, Álvarez del Vayo; quien, lejos de apuntalar las ideas expresadas por Azaña, se limitó a insinuar que la postura del cuerpo diplomático no era la que expresaban sus representantes, pues al fin y al cabo el embajador de la URSS, Rosemberg, no era invitado a sus reuniones. Núñez Morgado se escudó en un formulismo para justificar que Rosemberg no hubiese sido convocado a las reuniones, aunque es más que probable que hubiese obviado al embajador soviético por incompatibilidad ideológica.

En todo caso, no era la URSS el único país, como sabemos, que disentía de la norma general. Estados Unidos, por ejemplo, informó en octubre de que no tenía ningún asilado en su legación, dada, dijo, su interpretación estricta del derecho de asilo (que muta en generosa cuando le conviene). Asimismo, Gran Bretaña tampoco se adhirió a ninguna de las comunicaciones del cuerpo diplomático al Ministerio de Estado porque, según dijo en la sesión de 28 de octubre de 1936, tenía órdenes terminantes de Londres de no mezclarse en nada relacionado con la guerra civil. Y velay que lo consiguieron.

A esta sesión de 28 de octubre asistió Rosemberg, el embajador de la URSS al que Largo Caballero acabaría expulsando de su despacho (gesto éste que le costaría el puesto). El embajador soviético trató de compartimentar el asunto del asilo. Argumentó que la interpretación generosa del derecho de asilo era algo propio de los países latinoamericanos, no los europeos, y que, por lo tanto, debían ser aquéllos los que se limitasen a aplicarlo. Aunque este movimiento está relacionado con la acción de varias embajadas, probablemente está muy relacionado con la de Noruega, cuyo representante, Félix Schlayer, se había mostrado muy activo en la aceptación de refugiados y, además, se había embarcado en un conflicto directo con el gobierno por la detención de De la Cierva (posteriormente sería asesinado) que había provocado incluso una protesta del gobierno español en Oslo.

Hay que romper una lanza en favor de la casi siempre insolidaria Francia, porque en este caso no lo fue. Lejos de amilanarse, el representante francés contestó a Rosemberg que eso que acababa de decir no respondía ni de coña al sentir de todos los países europeos. Pero, aún así, la URSS tuvo sus apoyos en la reunión. Fáciles de adivinar: Estados Unidos y Gran Bretaña, claro.

A principios de noviembre, conforme la presión de las tropas franquistas sobre Madrid se hace más opresiva, el gobierno decide, como es bien sabido, marcharse a Valencia. Y, siguiendo una norma lógica, se lo comunica al cuerpo diplomático. El traslado del gobierno supone un problema grave para los representantes diplomáticos, que no saben si marcharse o quedarse. Sobre todo los que tienen sus embajadas llenas de refugiados que, si ellos se marchan, quedarían en una situación más que embarazosa. Tanto el decano como otros embajadores latinoamericanos (Cuba, Guatemala), que son los más implicados en el asunto de los asilados, apoyan con vehemencia la necesidad de quedarse. A partir de ahí, en un Madrid en el que no ha quedado demasiado claro quién manda, el cuerpo diplomático y el Colegio de Abogados de Madrid iniciarán relaciones para tratar de garantizar la seguridad de las cárceles y de la ciudad en general. En estas gestiones, según los testimonios existentes, llegó a plantearse la posibilidad de generar una especie de zona internacional, libre de bombardeos, donde se pudiesen concentrar los civiles; incluso hubo una radio que, al parecer, distribuyó la noticia de que Franco aceptaría que el paseo de la Castellana y el barrio de Salamanca fuesen utilizados para ese fin. Sinceramente, me cuesta creerlo. Además de ser impacticable pues, como también comprobaron los miembros del cuerpo diplomático, nada más difundirse esta noticia, se colocaron metralletas en los altos de los edificios de la plaza del Marqués de Salamanca, signo inequívoco de que la eventual zona neutral, de haber existido, habría sido aprovechada por las tropas republicanas, eliminando con ello su significado.

El 19 de noviembre, llega al cuerpo diplomático la orden de desalojar las embajadas de Italia y Alemania, en las que hay refugiadas unas 65 personas, 20 alemanas y el resto españolas. El cuerpo diplomático exige, y obtiene, del general Miaja garantías para su traslado. Estos refugiados debían repartirse entre las legaciones de Chile, Rumanía, Noruega, Cuba, Holanda, Suiza, y otras.

El cuerpo diplomático acabó protestando por lo que consideró pasotismo de Miaja, contrario a sus promesas. El día del traslado de la embajada alemana, las tropas que el general había comprometido no aparecieron; los que sí aparecieron fueron milicianos, en varias decenas. Cuando menos de momento, no he podido establecer si hubo muertos por los disparos producidos. Los testimonios que he leído hablan de que se logró sacar a 22 personas de la embajada pero, dado que la cifra de 65 es conjunta con la italiana, no me es posible saber cuántos lo intentaron.

Madrid, en ese momento, está de los nervios. Es fácil de entender. Que nadie cree que vaya a resistir lo demuestra el valiente gesto del gobierno tomando las de Villadiego. Así que los que han quedado en la capital, o son vehementemente frentepopulistas (y revanchistas; de ahí los temores de los diplomáticos y los abogados sobre la seguridad de las cárceles), o están ahí obedeciendo órdenes y ligeramente encabronados por la perspectiva de palmarla. Es en este contexto en el que hay que entender el gravísimo incidente que se produce en la noche del 3 al 4 de diciembre, cuando la Delegación de Orden Público, al frente de la cual se encuentra Serrano Poncela, ordena que se entre en la embajada de Finlandia y se la desaloje.

Hay que tener mucho cuidado al juzgar estos hechos. La tentación fácil es cargar contra el gobierno español (más concretamente, contra las autoridades de Madrid) por tamaño atropello. Pero lo cierto es que el asunto es más complicado pues, al parecer, los refugiados en la embajada de Finlandia habían sido captados por un funcionario español que no tenía el estatus de jefe de misión y que, al parecer, cobraba por sus humanitarios servicios. A mi modo de ver, el hecho de que la medida tomada por Orden Público fuese tan casuística (es decir, se dirigió a la embajada de Finlandia, y no a las demás) sugiere que no hay detrás un intento general de sacar a todos los refugiados, sino algún tipo de desacuerdo, hay quien dice que incluso crematístico (pues parece que el asilador pagaba a fuerzas policiales para que le dejasen en paz) en la movida.

Pero hay otras interpretaciones. El embajador de un país tan poco sospechoso de profranquismo como México sostuvo, acerca de este evento, que se trataba de una llamada de atención de Serrano Poncela a todas las legaciones, pues quería solucionar lo de los refugiados a las bravas (recuérdese que no pocas personas pensaban en aquellos días que en unas pocas semanas Madrid sería de Franco).

Lo que sí quedó claro de todo este incidente, para desdoro de la República, es que una legación extranjera había sido violentada. La razón aportada por el gobierno, a través del Ministerio de Estado, es de chiste: en la legación había rebeldes armados que, al paso de unos milicianos, les tiraron bombas desde la terraza. En efecto, cuando has sentido el aliento de la muerte en la nuca; cuando has pensado que te van a llevar por ahí y te van a fusilar en cualquier arcén e, in extremis, consigues salir de casa, llegar a una embajada y ocultarte en ella, sin saber a ciencia cierta si algún día podrás salir vivo de allí, lo que más te apetece es salir a la ventana a tirarle lapos y bombas a los milicianos que pasen por la calle Fernando el Santo.

El año 37 estuvo ya presidido por la cuestión de la evacuación de los refugiados, una vez que la presión sobre las legaciones descendió cuando la situación de Madrid se estabilizó. En abril de 1937, por ejemplo, salieron dos expediciones de refugiados en la embajada chilena. El resto de las legaciones evacuaron a la mayoría de sus refugiados a lo largo de aquel año. Pero cuando Franco entra en Madrid, el 28 de marzo de 1939, todavía quedaban en la embajada chilena 700 personas.

El asunto de los refugiados en las embajadas de Madrid es un feo asunto para la República por muchas y variadas razones. La primera, su resistencia a aceptar el principio de asilo, que es un principio de lesa humanidad que, en realidad, lo que debemos sentir, a mi modo de ver, es que no se aplique más veces (en Ruanda, por ejemplo). Oponer tecnicismos de derecho internacional para amparar el hecho de que civiles desarmados puedan ser apresados, paseados y asesinados es, simple y llanamente, repugnante.

La segunda razón por la que fue un feo asunto para la República es por los daños que causaron a su imagen los diversos hechos con que se jalonó la polémica. El inexplicable (por estúpido) asesinato de los sacerdotes colombianos; el ofensivo (por simbólico) asesinato del descendiente del Almirante de la Mar Océana; y la inaceptable (por antijurídica) invasión de la legación finesa, son hechos que no ayudaron precisamente a construir la imagen de un gobierno puramente democrático agredido por unas fuerzas reaccionarias. Lejos de ello, a la luz de estas movidas, la República apareció más bien como un régimen incapaz de mantener el orden en su seno y, consecuentemente, poner en su sitio a la violencia obrerista. Claro que, probablemente, es que los hechos reales se acercaban bastante a esta descripción.

¿Se podrían haber hecho las cosas de otra manera? Sí, sin duda. De haber usado la República para sus relaciones exteriores a personas más moderadas y más, por así decirlo, jurídicas que las que utilizó, probablemente la actuación habría sido otra. Lamentablemente para la República, ésta no fue ni siquiera la peor torpeza que cometió.

domingo, febrero 08, 2009

Asilados (2)

En mi opinión, el feo, feísimo asunto del duque de Veragua, descendiente del almirante de la mar océana Cristóbal Colón, fue el incidente que acabó de divorciar a la República española con no pocos de los representantes diplomáticos radicados en Madrid, especialmente los sudamericanos.

En realidad, ese divorcio, o distancia, ya existía con anterioridad; no hay que olvidar que en el subcontinente americano había entonces no pocos gobiernos cuyas querencias políticas no eran precisamente prorrepublicanas; ello a pesar que, entonces como durante décadas después de la guerra, fue muy cerca, en México, donde la República contó con su mayor avalista internacional.
Pero a esta distancia, digamos ideológica, que se salvaba con el tradicional disimulo diplomático, se hizo abismal cuando se conoció que Cristóbal Colón, duque de Veragua; y su cuñado, el duque consorte de la Vega, habían desaparecido del domicilio del primero, en el número 7 de la calle San Mateo, al parecer llevados por unos milicianos.

El ministerio español, a través de su subsecretario Ureña, comunicó el 7 de septiembre su rauda disposición a arreglar el asunto e interesarse por los dos aristócratas desaparecidos. Por su parte, el secuestro del descendiente del descubridor de América movilizó a las embajadas de Chile, Argentina, Venezuela, Panamá, y otros países. Las naciones americanas, que profesaban admiración por su mitos, consideraban una eventual agresión al descendiente de Colón como algo propio, y así se lo hicieron saber al ministerio de Álvarez del Vayo. Tanto es así que el duque de Veragua había recibido como poco tres ofertas (de la República Dominicana, de Chile y de Bolivia) para ser asilado en esos países si lo consideraba pertinente.

El día 7, el cuerpo diplomático comunica al ministerio de Estado español, y más concretamente a su secretario el señor Ureña, que el gobierno argentino tiene reservado un camarote en el paquebote 25 de Mayo para los dos aristócratas en el momento en que el gobierno se los entregue. El ministerio español afirma que hará todo lo posible por localizarlos y defenderlos.
A los cuatro días de saltada la noticia, por conductos extraoficiales se tuvo información por los diplomáticos de que ambas personas se encontraban vivas y detenidas en la checa del Círculo Socialista del Sur, situada en el número 50 de la calle Velázquez (a un tiro de piedra, pues, de la casa del atribulado señor Hoo). Los embajadores y representantes exigieron del ministro una actuación inmediata, y éste, a decir de las fuentes diplomáticas, la comprometió.

Setenta y dos horas después, los cadáveres del duque y el duque consorte aparecieron en la carretera de Fuencarral, no sin que antes se hubiesen realizado las oportunas gestiones para causarles, como dicen hoy los del SAMUR en la tele, lesiones incompatibles con la vida.

El ministro que había prometido que en dos días tendría un total control de la calle no pudo hacer nada por dos personas que, además, tenían una significación política prácticamente nula.

La carta que el decano chileno envió al ministro español de Estado, y que fue distribuida a todos los países que se interesaron por la suerte de Veragua, es bastante clara aún a pesar de su educado lenguaje diplomático: «No he de insistir, repito, en la consternación unánime que producirá en todo el mundo civilizado la tremenda e irreparable desgracia acaecida, porque estoy cierto que también alcanza y en primer término a ese pueblo español y su gobierno, que serán, no lo dudo, los primeros en condenar ese hecho execrable que ofende a toda la Patria española».
Los franquistas se dieron un festín con esta carta en según que cancillerías del mundo. Y es que, a veces, los penaltis no los paran los porteros, sino que los fallan quienes los tiran.

La siguiente gestión en la que participó el cuerpo diplomático fue su intervención en favor de las mujeres y los niños que se encontraban en el Alcázar de Toledo. Aquí no fueron obstaculizados por el gobierno; todo lo contrario. Al gobierno republicano, que los sitiados de Moscardó se hubiesen encerrado con mujeres y niños no le beneficiaba en nada, pues suponía que los bombardeos podían matar civiles. Tanta fue la colaboración republicana que el primer ministro, Largo Caballero, puso como condición a la mediación diplomática que, si ésta tenía éxito, él debería estar presente en el momento de salir los civiles. Esa foto para el mundo no se la hubiera perdido don Francisco ni por todo el oro del mundo.

La gestión, en cambio, no salió bien. Y su desarrollo es una buena muestra del enorme Patio de Monipodio político en que se había convertido la República en aquellos meses de guerra. La primera sorpresa de la legación diplomática que viajó a Toledo un domingo fue que era imposible entrevistarse a solas con el coronel que llevaba el asedio (Barceló). Era estrictamente necesario que con él estuviese su comité de defensa, formado por un miembro de la FAI, otro de la CNT, otro de la UGT, otro de Unión Republicana, otro de Izquierda Republicana, otro del PSOE y otro del Partido Comunista. Los miembros del comité se negaron primero a la propia liberación pretextando que era dar alas al enemigo que estaba a punto de caer. Una vez que aceptaron el hecho en sí de la liberación, se encontraron con que la pretensión diplomática era llevarse a todas aquellas personas (en su mayoría, mujeres e hijos de los propios sublevados) bajo protección de las legaciones y darles asilo en las embajadas. Como la cosa no iba ni para delante ni para detrás, el embajador chileno, que como decano presidía la delegación, blandió el salvoconducto del propio Largo Caballero, primer ministro. Documento que, literalmente, ordenaba «a todas las autoridades civiles y militares y a las milicias populares, fuerzas sindicales y políticas afectas al Frente Popular y, en general, a cuantos cooperan en la acción en defensa del Régimen, guarden todo género de consideraciones y den toda clase de facilidades al citado señor Embajador».

La respuesta que recuerda Núñez Morgado es, como he dicho, todo un tratado histórico en sí mismo sobre cómo funcionaba el bando republicano aquellos días.

- Puede ser el señor Largo Caballero todo lo Presidente del Consejo y Ministro de la Guerra que usted quiera; pero aquí somos nosotros la única autoridad. Seguimos lo que nos dice Madrid cuando no se opone a lo que deseamos nosotros.

El siguiente problema insoluble se planteó cuando, algo más enfriados los ánimos del comité, uno de sus miembros preguntó bajo qué bandera quedarían amparados los refugiados. Al contestársele que la del cuerpo diplomático en pleno, los miembros del comité se dieron cuenta de que eso suponía que las mujeres e hijos de los sublevados franquistas saliesen del Toledo republicano bajo la bandera de, entre otros, Alemania e Italia. La verdad, en esto es lógico que pusieran pies en pared. Finalmente, se acordó que sólo apareciese la bandera de Chile.

La última barrera, sin embargo, la pusieron los sublevados. Vencidas todas las resistencias, cuando se entró en contacto con ellos, se limitaron a contestar que, si el cuerpo diplomático quería algo de ellos, era el prefijo telefónico de Burgos el que tenía que marcar.

A finales de septiembre, ya muchas embajadas están hasta las trancas de personal y siguen produciéndose conflictos. Destaca, por ejemplo, el relativo a Juan de la Cierva, teóricamente amparado por el hecho de que trabajaba como letrado para la embajada de Noruega, pero que fue detenido en el momento de tomar el avión para salir de España.

A mediados de octubre es el momento en que el gobierno español trata de fijar su posición relativa al derecho de asilo. Lo hace en una comunicación al cuerpo diplomático. Debo confesar que nunca he dado con un libro donde se reprodujese este escrito del Gobierno pero, por las referencias indirectas que he podido leer, tengo la sensación de que el principal punto de anclaje de la postura gubernamental es que el derecho de asilo es, en 1936, un derecho ya caduco consagrado como tal por la Convención de La Habana. A este argumento, los favorables a la aplicación de dicho derecho siguen oponiendo el argumento de su contenido humanitario, amén de la confusión que parece existir, en el caso de la guerra española, entre lucha política y lucha militar. Esto quiere decir que, en guerra, la libertad de una persona puede ser conculcada, y en un caso extremo incluso se le puede quitar la vida, por el hecho de ser un elemento bélico activo, bien militar (soldado), bien civil (espía, saboteador, etc.) en la contienda militar. Sin embargo, no es de recibo que una persona sea detenida, encarcelada o ejecutada por el solo hecho de ser de la misma cuerda ideológica de quienes luchan, si no lucha.

A todo esto hay que añadir que la posición del gobierno no es monolítica en el tiempo. En los primeros tiempos del conflicto bélico, cuando no había nadie en las embajadas salvo sus trabajadores, el cuerpo diplomático consultó con Augusto Barcia, entonces subsecretario del Ministerio de Estado, quien se mostró partidario de que practicasen el derecho de asilo, siempre que no beneficiase a enemigos declarados de la República. Asimismo, los representantes diplomáticos recordaron que Ángel Ossorio, en su puesto de representante español ante la Sociedad de Naciones, había expresado ideas distintas de las que ahora defendía el gobierno español.

Está, por último, el problema de la propia actuación de los partidarios del Frente Popular. Durante la represión del golpe de Estado revolucionario del 34, algunos fueron asilados en la legación cubana, y no parece que considerasen ese movimiento ilegal. Al igual que la embajada española había asilado pocos años antes, en 1919, a varias decenas de personas durante la sangrienta caída del presidente Estrada Cabrera en Guatemala.

Ya he dicho que nunca he leído la nota completa, pero todo parece indicar que es de una torpeza sólo posible cuando se está muy nervioso o se tienen muy pocas luces (o las dos cosas). Entre otras cosas, la nota acusa a las legaciones diplomáticas de realizar abusos notorios en su política de asilo; ignorando que ese tipo de acusaciones, entre estados soberanos, hay que probarlas (como hay que probar la posesión de armas de destrucción masiva, por poner otro ejemplo). Por último, la nota terminaba con un párrafo difícilmente tolerable, en el que el gobierno español se reservaba realizar acciones contra dichos abusos.

Días después, el mismísimo Manuel Azaña vendría a sumar algo más de desconcierto en todo este merdé.

Pero tendréis que esperar. Mis dedos se alejan del teclado por unos días.

jueves, febrero 05, 2009

Asilados (1)

Casi desde que existe el hombre, hay sociedades. Casi desde que hay sociedades, hay naciones. Caso desde que hay naciones, hay embajadas. Y casi desde que hay embajadas, existe algo parecido al derecho o la práctica de asilo.

Una embajada es una isla territorial. Geográficamente hablando está inmersa en un país; pero no es ese país, sino aquél al que representa. Un ciudadano de los Estados Unidos pone el pie en su nación cuando entra en la embajada de la calle Serrano de Madrid. Lo cual tiene como consecuencia inmediata que las autoridades españolas tienen que moverse, dentro de ese edificio, pidiendo permiso. O no actuar en lo absoluto.

Esta es la clave del asilo diplomático. Cuando el natural de un país siente que se encuentra en peligro dentro de él; cuando es perseguido por razones incompatibles con los derechos del hombre, es decir por pensar de una determinada manera, por tener la piel negra o por no querer ponerse un velo, el lugar más cercano y asequible donde huir es una embajada. La frontera real del país que nos persigue, que es el nuestro propio, puede llegar a estar muy lejos. Pero las embajadas y consulados están a un par de estaciones de Metro, o a una hora de autobús.

Nosotros, los españoles, hemos disfrutado muy recientemente de las bondades del asilo político. No pocos de nuestros exiliados del franquismo han tenido la consideración de asilados políticos, protegidos por lo tanto por su país de acogida contra el intento de España de detenerlos o incluso algo peor.

Pero también ha habido momentos en los que España no ha estado demasiado de acuerdo en que ciudeadanos españoles fuesen asilados. Y me refiero a nuestra guerra civil. La guerra, tras el primer golpe que delimitó las zonas de dominación de un bando y de otro, consolidó Madrid bajo el control de la República, como es bien sabido. En Madrid, como en otras muchas partes de la España republicana y la nacional, se desató, en ese momento, una gran represión en la persona de quienes eran considerados enemigos del régimen. Aunque había consulados en muchos sitios, lo cierto es que la situación existente en Madrid presenta elementos diferenciadores respecto de otras ciudades de España, con la excepción tal vez de Barcelona, por la presencia en la ciudad de las embajadas; la zona nacional, por su parte, tiene una triste e injusta ventaja en esto, pues en sus áreas de control escasa era la presencia diplomática y, por ello, los testimonios existentes son muchos menos.

Por las razones que ya he explicado, no fueron pocos los que, sintiéndose perseguidos, decidieron que el asilo en una legación era su mejor oportunidad de sobrevivir. Lo cual generó una muy tensa situación entre el gobierno republicano y algunas representaciones diplomáticas, en hechos que conforman una pequeña historia dentro de la Historia.

El 15 de julio de 1936, tres días antes del golpe de Estado nacional por lo tanto, se había constituido en San Sebastián, como era costumbre, el llamado Ministerio de Jornada, que era una especie de ministerio de verano destinado a servir de contacto entre el gobierno español y los embajadores en sus lugares de vacaciones (la razón de que el ministerio radicase en San Sebastián estriba en que la capital donostiarra era la Marbella de la época). Sin embargo, a pesar de ello, cuando estalla la guerra civil hay unos cuantos embajadores que siguen en Madrid. Para ser concretos, se trataba de: Aurelio Núñez Morgado, embajador de Chile y decano del cuerpo diplomático; y Alcibíades Pecanha, embajador de Brasil. Asimismo, había ministros plenipotenciarios, por lo tanto no embajadores pero con cierto poder de decisión, como Lasso de la Vega (Panamá), Daniel Castellanos (Uruguay), Juan de Osma (Perú), Karl Egger (Suiza), Tsien-Tai (China), Raúl Contreras (El Salvador), Tevfik Kamil Koperler (Turquía), Plácido Sánchez (Bolivia), César Tolentino (R. Dominicana), Kristoph Boeck (Dinamarca), Carlos Uribe (Colombia), Stanoyé Pelivanovitch (Yugoslavia); así como encargados de negocios como Virgilio Rodríguez Beteta (Guatemala) y Manuel Pichardo, de Cuba. Por último, en algunas embajadas los embajadores habían dejado consejeros al cargo de todo durante el verano. Era el caso de Hermann Voarckers, de Alemania; Edgardo Pérez Quesada, de Argentina; Nicolás Karastoyanov, de Bulgaria; Zdanko Formanek, de Checoslovaquia; Eric Wenjean, de Francia; George Ogilvy-Forbes, de Gran Bretaña; Teiichiro Takaoka, de Japón; Juan F. Urquidi, de México; D. R. Flaes, de Holanda; conde Leopoldo de Koziebrodzki, de Polonia; vizconde de Riba Támega, de Portugal; Constantino Zanesco, de Rumania; y monseñor Tito Crespi, de la Santa Sede, entre otros. Incluso habría otros diplomáticos de menor rango, como el vicecónsul noruego Félix Schlayer, que acabarían jugando un papel importante en el asunto de los refugiados. Schlayer se reivindicó, por cierto, como descubridor de los fusilamientos masivos de Paracuellos del Jarama.

La primera preocupación de esta caterva de representantes diplomáticos fue, naturalmente, abordar la protección de los intereses extranjeros en España, a los que ellos, al fin y al cabo, representaban. A tal efecto, se convocó una primera reunión el 24 de julio en el número 26 de la calle del Prado, donde estaba, y honradamente no sé si sigue, la embajada de Chile. En esa reunión ya se abordó el primer caso de amparo, aunque no en la persona de ciudadanos españoles, sino de unos sesenta austriacos a los que la guerra pilló en Madrid (y, teniendo en cuenta la deriva nazi de Austria, es de suponer que no serían muy bien vistos) sin tener representación diplomática que les atendiese.

El primer incidente del que tengo noticia con personas extranjeras se produce el día 20 de julio y es la muerte, desconozco las circunstancias (aunque el representante suizo habló de asesinato), del ciudadano suizo doctor Mathille. El segundo ocurre alrededor del día 30 de julio. Se trata de un grupo de monjas bolivianas que se encontraban en un convento en Carabanchel y que, raudas, viendo la que se estaba montando, o sea que ser monja empezaba a no ser ningún chollo en aquel Madrid, se dirigieron a su embajada para solicitar volver a casa. Los diplomáticos en servicio fueron a buscarlas al convento, pero sus coches fueron, siempre según el relato del representante boliviano, detenidos por milicianos, los cuales cachearon a las monjas hasta que se llevaron todo lo que llevaban de valor. También murió en esos días un ciudadano británico que vivía en la Gran Vía y que se asomó al balcón durante una manifestación. Mala decisión.

Los reportes se suceden, hasta el punto de dejar bastante claro, al menos según mi opinión, que es absolutamente cierto que el gobierno de la República no mandaba una mierda en esos primeros días y los grupos de milicianos actuaban cada uno a su bola y a placer. En Barcelona y Santander, mueren dos súbditos alemanes. En el convento de las Reparadoras de Madrid, en el que entran las milicias, la monja uruguaya hermana Doussinague es molestada y vejada por los milicianos. La esposa del cónsul finlandés en San Sebastián muere a causa de unos disparos. Un desconocido dispara y hiere al canciller de Egipto. El apartamento del secretario de la embajada china, señor Hoo, es tiroteado, con lo que cabe imaginar que el señor secretario debió declamar su apellido a voz en grito. Míster Hoo vivía en Velázquez, 71; era, pues, prácticamente vecino de José Calvo Sotelo, quien para entonces ya no estaba en condiciones de oírle gritar. Otro tanto, y me refiero al tiroteo, le pasa al apartamento del agregado de prensa alemán.

A todos estos problemas se une el derivado de que los domicilios de ciudadanos extranjeros están siendo revisados como los de cualquier nacional. En caso de guerra resulta difícil sostener que el domicilio sea inviolable (como dijo Groucho Marx, ¡es la guerra!); pero en el caso de los extranjeros la cosa cambia. Sin embargo, esta queja del cuerpo diplomático deja bastante claro algo que es fácil de intuir, y es que las partidas de milicianos que tomaron el poder efectivo de las calles de Madrid en esas jornadas no dominaban las sutilezas del derecho internacional de extraterritorialidad.

El problema del asilo se plantea en la reunión del cuerpo diplomático de 4 de agosto.

El representante de Yugoslavia es quien lo pone sobre la mesa, indicando que hay que partir de la base de que el gobierno español va a velar por la vida y la integridad de todos sus ciudadanos y que, por lo tanto, no compete conceder a españoles derecho de asilo en las embajadas. Otros representantes, como el de Dinamarca, se inclinan por una interpretación distinta y defienden que el gobierno español debe respetar las acciones de asilo que realicen las embajadas. Esta posición es apoyada por el decano, el embajador chileno, quien basa su defensa del derecho de asilo en elementos humanitarios. Finalmente, los diplomáticos hicieron lo que hacen siempre cuando no están de acuerdo: prometieron pensárselo un poco más, y le dieron al asunto una elegante patada a seguir. Las discusiones prosiguen durante los siguientes días. Básicamente, los contrarios al asilo, al parecer liderados por Yugoslavia, argumentan que el derecho de asilo es algo que ha caído en desuso en Europa; idea que supongo se basada en considerar la doctrina de los derechos humanos plenamente consolidada en el continente, algo que un tal Adolfo se estaba ya empeñando en desmentir con vehemencia. Las razones de los partidarios estaban, como he dicho, en el contenido humanitario del asilo.

En esos primeros días de agosto, el gobierno republicano comete su primer error gordo, su primera gran cagada, con el cuerpo diplomático. En puridad, no es el gobierno quien comete ese error; pero resulta ser igualmente responsable a causa del escaso control efectivo que ejerce sobre los hombres armados en el bando republicano.

Siete religiosos colombianos que trabajaban en el manicomio de San Juan de Dios de Ciempozuelos solicitan a su embajada el regreso al país. La legación les facilita papeles compulsados por el Ministerio español de Estado en los que figuran como enfermeros de profesión. Los siete sacerdotes, vestidos ya de civil, son llevados al tren de Barcelona, para poder tomar allí un barco.

El cónsul colombiano en la ciudad condal los esperó inútilmente en la estación. Unas horas después, los siete cadáveres aparecieron en el depósito.

El crimen de los siete sacerdotes colombianos fue, si cabe, más estúpido que la media, además de premeditado, si hemos de creer al testimonio del propio representante colombiano en Madrid, el cual relató al cuerpo diplomático que, cuando estaban embarcando en el tren para Barcelona, se le acercó alguien preguntándole si algún viajero venía de Ciempozuelos. Los colombianos, pues, habrían salido ya de Madrid «marcados».

La cagada del gobierno español tiene que ver con el cambio de actitud del cuerpo diplomático. Hasta ese momento lo vemos dividido y, aunque las discusiones seguirán, adoptará la clara unanimidad (como no podía ser de otra manera) a la hora de repugnar estos hechos. Bueno, no total, porque el representante francés, en uno de esos arabescos raros que tiene la diplomacia, se aviene a apoyar la nota de protesta ante el gobierno español en lo que se refiere a protestar porque al cónsul colombiano en Barcelona no se le están dando seguridades para su integridad; pero se niega a respaldarla en lo que se refiere a la protesta por el asesinato de los siete religiosos.

A mediados de agosto prosigue la discusión en torno a la aplicación del derecho de asilo, pero en parte es una discusión baladí, porque quienes son partidarios de aplicarlo han ido a una política de hechos consumados. Sabemos, por ejemplo, que para entonces cuando menos la embajada de Chile estaba ya llena de refugiados. Por parte de los países menos proclives a meterse en ese jardín, las posturas se van definiendo. La embajada de Estados Unidos, por ejemplo, aseveró, desde el primer momento, que su política sería dar asilo a quien se lo pidiese, y entregárselo después al gobierno español una vez recibidas de él las oportunas garantías de integridad para los refugiados; lo cual es una de esas soluciones tan propias de la diplomacia, que no solucionan nada. El representante francés comunicó en agosto que tenía autorización de París para irse de España. Y el de Gran Bretaña (los ingleses, siempre tan implicados en todo lo que no es inglés) informó de que tenía autorización de Londres para cerrar la embajada y pirarse.

Otro campo en el que las disensiones entre los diplomáticos se hicieron patentes fue la propia actitud ante los hechos que se estaban produciendo. Algunos diplomáticos, los menos proclives a la República, defendían la idea de marcharse; pero, conscientes de que esa decisión tomada individualmente apenas tendría significado, defendían que la decisión, si se tomaba, debía ser mancomunada. La intención de quedarse de diversos representantes, tales como el argentino, el mexicano o el turco, hizo que, de hecho, la decisión consensuada fuese la de quedarse.

Es en ese momento cuando el gobierno español mueve ficha.

A finales de agosto (la reunión se trató en la sesión del cuerpo diplomático del día 20) Núñez Morgado, en su calidad de decano del cuerpo, fue recibido por el ministro de Estado, quien le ofreció todas las garantías de que las peticiones de las embajadas serían atendidas. Eso sí, el gobierno de la República fue firme, dentro de los típicos circunloquios educados que presiden todo diálogo entre diplomáticos, al advertir a los embajadores y representantes que consideraría su marcha como un gesto hostil.

En esa reunión se habló de que había españoles asilados en las embajadas. No es que hiciera falta informar al gobierno español, que lo sabía bien. Pero es el caso que se citó. Pero, por lo que sé, no parece que se iniciase una discusión abierta sobre si procedía o no aplicar el derecho de asilo.

Los problemas continuaron. En esas semanas, Vicente Noguera, español por lo tanto pero al mismo tiempo cónsul honorario de Polonia en Valencia, fue asesinado mientras embarcaba para marcharse de España. Asimismo, en esos días la embajada de Venezuela y la de Gran Bretaña reportaron sendas visitas de milicianos quienes, buscando a alguien, pretextaron tener pleno derecho a entrar y revisar las legaciones.

El día 21 de agosto, el cuerpo diplomático decide comunicar al gobierno de Madrid su protesta por un hecho que parece, como poco, curioso: la correspondencia a algunas embajadas llega abierta por la censura. El 1 de septiembre, los representantes de Portugal, Alemania, Dinamarca y Uruguay comunican su traslado a Alicante por razones de seguridad personal. En el caso, sobre todo, del representante alemán, no nos cuesta entender los porqués de la medida.

A principios de septiembre se produce un hecho casi anecdótico pero que es muy revelador a la hora de mostrar la actitud , más que la actitud la preocupación, de la República por la postura de los diplomáticos extranjeros. Se acaba de nombrar nuevo gobierno, el famoso «de la victoria» que presidiera Francisco Largo Caballero, en el que fue nombrado ministro de Estado el socialista casi comunista, y cada vez menos socialista y más comunista, Álvarez del Vayo. Lo que un ministro de Asuntos Exteriores tiene que hacer es esperar a que el cuerpo diplomático le cumplimente; no es normal que se adelante él. Pero eso fue lo que hizo Álvarez. Sin esperar a que el decano chileno le pidiese audiencia, se la concedió. En la misma, el ministro ofreció (again) todas las garantías para las legaciones diplomáticas y aseguró el pleno control por parte del gobierno de las acciones de las masas y grupos políticos. En consecuencia, remachó Álvarez del Vayo, el gobierno español espera que el cuerpo diplomático permanezca en Madrid.

El motivo de tan apresurada entrevista es muy fácil de adivinar. En septiembre, los muchos que en el bando republicano habían especulado con una guerra civil de unos días en la que los alzados serían vencidos fácilmente, ya han sido desmentidos. La guerra se consolida y, además, tiene muchos frentes. Y uno de ellos es el diplomático. El anuncio de cuatro representantes en el sentido de abandonar Madrid (aunque sea, en principio, para permanecer en zona republicana) no debió sentar nada bien en el gobierno. Era preciso dejar bien claro que los embajadores seguían viendo a la República como el gobierno de España.

Otra cosa que dijo en esa entrevista Álvarez del Vayo, si hemos de creer las actas de las reuniones del cuerpo diplomático, fue que el gobierno haría todo lo posible para que cesasen loos crímenes y atropellos de personas. Más aún: se dio un plazo de dos días para demostrar fehacientemente que controlaba la situación.

Días después de esta promesa, un grupo de milicianos se presentó en la embajada de Chile exigiendo la entrega de una persona que decían estaba dentro. Ante la negativa del embajador a dejarles entrar, no insistieron, pero montaron un puesto de guardia paralelo que cacheaba a todas las personas que pretendían entrar en la embajada.

La situación, con todo, empeoraría más. Para ser más concretos, con el asesinato de Colón.

lunes, febrero 02, 2009

La (in)solidaridad catalana (y 3)

Primera parte
Segunda parte
Tercera parte


En un entorno de mayor fuerza, las posiciones de los proteccionistas se fueron haciendo más intransigentes. Tras un intento en la Junta de Aranceles para restablecer los derechos diferenciales, fallido, abandonaron dicha Junta. En 1880 escenificaron un nuevo abandono, esta vez la Comisión de Información Arancelaria, que tenía que estudiar la situación de la industria lanera y cuyas conclusiones no les gustaron. Otra vez el espíritu, llamémosle escasamente negociador. Y como las desgracias nunca vienen solas, sobre este nuevo error estratégico proteccionista se cernió de nuevo la desgracia, pues el gobierno Cánovas, en el poder, le dejó el sitio al gobierno Sagasta, de corte decididamente liberal. El 7 de julio de 1881 Sagasta, ante las graves diferencias existentes en torno a la reforma del arancel, decide dejar la cuestión en suspenso.

domingo, febrero 01, 2009

La (in)solidaridad catalana (2)

A finales de 1851, en plena ebullición del librecambismo en España, se anuncia la nueva reforma arancelaria. Aunque estamos en un momento de la Historia en el que las ideologías que hoy llamaríamos de izquierdas aún no se puede decir que fuesen muy visibles, en parte fueron los librecambistas los que, en el curso de aquella muy agria polémica hicieron uso de algunos de los elementos demagógicos que luego se convertirán en propios de las izquierdas. Así, en uno de sus periódicos, los librecambistas describen a los industriales catalanes como «aves de rapiña de desenfrenada voracidad, lobos hambrientos que devoran la sustancia de todos los españoles, monopolistas, bárbaros de la civilización, beduinos, tiranos aborrecibles, verdugos del obrero, señores de horca y cuchillo, cuya cabeza hay que exponer en una picota en medio de la plaza pública».

viernes, enero 30, 2009

La (in)solidaridad catalana (1)

Primera parte
Segunda parte
Tercera parte


No creo concitar la oposición de nadie si digo que el asunto de nuestra Historia Económica que más encono político e ideológico ha generado ha sido la batalla del proteccionismo. Es un asunto que tiene mucho que ver con el debate regionalista, o autonomista como se dice hoy en día, porque el gran campeón del proteccionismo español ha sido, tradicionalmente, Cataluña. Y es habitual que quien quiere atacar a esta región (o comunidad autónoma, como se dice ahora) por el flanco de su pretendida insolidaridad, recuerde los muchos beneficios que le reportó el proteccionismo a costa de presuntos beneficios no producidos en otros lugares de España.

miércoles, enero 28, 2009

Joder con la cita, again

Bueno, pues la cosa ha quedado tal que así.


Antonio Maura, dos votos.

Cánovas, Romanones, Azaña, Alcalá-Zamora y Dato, un voto cada uno.

Tiburcio Samsa no se moja y hace una etérea apuesta por la época.



And the winner is...

¡The Count of Rome-No Way!


En efecto. Nuestro ganador es ese aristócrata que en su título niega vehementemente la posibilidad de visitar la Ciudad Eterna (Roma-Nones; es que hoy es el Día Internacional del Chiste de Mierda).

Veo que habéis interpretado bien las pistas que el ejercicio portaba. En efecto, como bien nos decía el lado budista de este blog, regionalismo es una palabra que no utilizaría un político moderno. Cabe aducir, únicamente, que sí se utilizó, generalmente, durante la República, así pues Azaña o Alcalá-Zamora son candidatos racionales.

Otra pista que habéis sabido ver es que la frase transmite claramente la impresión de estar escrita por alguien que ha sido ministro o presidente del Gobierno un montón de veces. Esto, a mi modo de ver, hace difícl optar por Cánovas, que no lo fue tantas veces; y curiosamente a Maura, quien no gobernó tanto como puede parecer porque fue el Aznar de su época, y con esto quiero decir que concitó tantas oposiciones que, en realidad, para muchos políticos conseguir que Maura no gobernase se convirtió en objetivo principal. También invalida a Alcalá, que tampoco gobernó tantas veces.

El colocar el proteccionismo en la lista de las reivindicaciones catalanas también da una pista de la época a la que se refiere la frase.

Con todo, no veo que nadie haya interpretado la pista que dejé yo. Porque si por algo es conocido Romanones en el mundo de las frases célebres es aquella de: ¡Joder, qué tropa! (véase la última línea y el título de este post, sin ir más lejos). Así pues, el título del post no era en modo alguno inocente.

Ya veis, a veces meto una trampa, a veces ayudo... Los gallegos, ya se sabe.

En fin, ya que estamos, os contaré que de Romanones se cuentan muchas cosas, pero no se suele destacar que era un personaje caracterizado, por decirlo elegantemente, de hábitos extremadamente ahorrativos. En el curioso libro de memorias del otorrino Mateo Jímenez Quesada (pues sí; leo memorias de otorrinos. Como hay gente que se pirra por la música House, no te jode), que lo trató, el médico nos cuenta que, cuatro años de morir el conde, es decir en 1946, llegaron a España los primeros sonotones, a un precio prohibitivo: 6.000 pesetas de la época.

Según Jiménez, el conde de Romanones fue el primer español que se puso un audífono moderno. Fue necesario el concurso de un técnico para ajustar el aparato. El otorrino, que sabía perfectamente de qué palo iba su cliente, le advirtió al dicho técnico que sería conveniente que le hiciera una rebaja por el aparato.

Cuando el conde hubo portado el sonotone, y comprobando que funcionaba, preguntó lo que costaba.

- 5.500 pesetas -respondió el técnico, aplicando disciplinada rebaja.

Entonces el conde sacó la chequera y extendió un cheque... por 5.000 pesetas. Cuando el técnico le indicó, suavemente, que el documento estaba erróneo, el conde le dio la respuesta más castiza que he leído nunca:

- El cheque está bien. Es que yo no pago fracciones.

Pocos días después de aquello, el conde "estrenó" su aparato en una representación teatral, en medio de la cual, en gesto propio de los sordos, casi detuvo la representación al prorrumpir con su vozarrón:

- ¡Casilda, Casilda, oigo muy bien, este aparato es estupendo!

Romanones fue un maniobrero acojonante y uno de los grandes beneficiarios de una época del parlamentarismo español presidido por la corrupción y el caciquismo. Pero hemos de reconocerle que, en el momento climático de su vida política, le echó un par. Don Álvaro resultó elegido en las primeras Cortes republilcanas, donde apenas quedaba nadie de su época y los que quedaban, como Santiago Alba, Alcalá Zamora y me parece que Melquiades Álvarez, ya no compartían sus visiones políticas. Romanones estaba solo, pero eso no le arredró a la hora de defender al rey en el pleno en el que se le juzgó. Dicen las crónicas que su discurso fue unos cuantos cienes de veces mejor que el del acusador, que ahora mismo no recuerdo bien quién fue pero pudo ser Ángel Galarza. En algunos momentos la montó bien montada, como cuando le recordó a los diputados catalanes que habían aplaudido con las orejas cuando Primo de Rivera dio su golpe de Estado.

El momento más triste de la vida de Romanones fue, supongo, el 14 de julio de 1931. Le tocó ir a la casa de Gregorio Marañón a negociar con Alcalá-Zamora; a negociar nada, más bien, pues Alcalá le exigió la marcha del rey esa misma noche. El conde acompañó a Alfonso XIII hasta el último momento y en ese último momento, cuando el rey se despedía de Madrid y de España, ya nadie reparó en el conde, que se quedó sentado en una esquina, solo.

lunes, enero 26, 2009

Joder con la cita...

Hoy es uno de esos días en los que me cuesta encontrarme el culo con ambas manos, así pues no puedo dedicaros el tiempo que me gustaría.

No obstante, algo sí me queda para dejaros esta adivinanza. Simple: se trata de decir quién escribió la siguiente frase (frasecita que tiene sus bemoles):


En mi frecuente paso por el Gobierno, he aprendido que la atención de los ministros ha estado constantemente absorbida por Cataluña; cuando no era una cosa, era otra; huelgas, regionalismo, separatismo, sindicalismo, proteccionismo. Si el resto de España hubiera originado iguales preocupaciones, la vida ministerial habría sido imposible.



Bueno, no os desaniméis. En el texto hay varias pistas que estoy seguro que sabréis ver. Por ejemplo, sabemos que el autor de la frase no es Josep Lluís Carod Rovira. Esto lo sabemos porque él nunca habría escrito En mi frecuente paso por el Gobierno, sino en mi frecuente paso por el Gobierno Catalán. ¿O no?

En fin. Fuera coñas, hay varias pistas. Alguna de ellas muy clara , diría yo. Pero, claro, yo sé la respuesta.

Hala, a pensar...

viernes, enero 23, 2009

La Puerta





Estas dos fotos que presiden hoy el comentario son antitéticas. Pertenecen a un mismo momento histórico y a sus dos extremos. En una, la Puerta de Alcalá aparece adornada con los retratos de Stalin y de otros conspicuos líderes comunistas. Es una foto tomada durante la guerra. La segunda foto está tomada al final de dicha guerra, y se corresponde con una misa que se celebró a los pies de esa misma Puerta, presidida por una imagen de Cristo seriamente dañada por las violencias de aquellos años; misa en la que los vencedores de la guerra dieron gracias por su victoria.

Dos situaciones tan extremas en el mismo lugar sirven para definir la importancia que la Puerta de Alcalá, como lugar de encuentro y de Historia, ha tenido para España y para Madrid. Quizá el momento principal vivido por esta puerta fuese el malhadado día en que hubo de ser testigo de un magnicidio en la persona del presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, quien vivía allí mismo y allí mismo fue asesinado por dos anarquistas que se acercaron a su coche en una moto con sidecar.
Indudable es, pues, que nuestra Puerta tiene mucha historia. Quizá entretenga un poco contar algunos de los elementos de la misma.
El 27 de mayo de 1769 se fijó en diversos puntos de Madrid un anuncio por el que se anunciaba el concurso para construir la Puerta según los diseños del arquitecto real Francisco Sabattini. Especial énfasis ponía Sabattini en dejar claro que la obra debía ser del mejor material, estipulando que el ladrillo fino debería ser de la Rivera; la piedra blanca, de Colmenar de Oreja y Navarredonda, desechando la piedra de Mingorrubio, toda ella sin ojos, sin agujeros ni pelo alguno. Como se puede ver, la obra es una obra madrileña cien por cien (salvo por el detalle de que su diseñador nació en Palermo, y su impulsor venía de ser rey de Nápoles, claro).

La construcción de la Puerta de Alcalá forma parte de un proyecto más genérico y ambicioso, a la par que muy caro, cuyo principal elemento era la urbanización del paseo del Prado. E, incluso, podríamos decir que hasta la urbanización del Prado formaba parte de otro proyecto aún mayor que se concretó con la construcción de la Puerta de San Vicente, el acabado definitivo del Palacio Real, la construcción de la Casa de Aduanas (actual Ministerio de Hacienda, en Alcalá, 9), el palacio del conde de Altamira en la calle de la Flor, la Casa de Correos (sede de la Comunidad de Madrid), la fábrica de porcelana del Retiro (hoy inexistente), el Banco y el Colegio de San Carlos, la Imprenta Real...

Carlos III, el mejor alcalde de Madrid como le dicen algunos, tuvo desde luego la visión de que Madrid, ciudad apolillada y sucia, debía de mejorar su aspecto y convertirse en una capital europea de relumbrón, y para ello se embarcó en una serie de obras faraónicas, probablemente más aún de lo que lo son las que hoy aborda nuestro alcalde. La reinvención del área incluía la sustitución de la vieja puerta, que estaba un poco más abajo, a la altura de la calle Alfonso XI.
Hay que hacer notar que las medidas de Carlos III alcanzaron hechos más primarios, puesto que el rey se impuso la tarea de que Madrid dejase de ser una ciudad cuyas calles estuvieran literalmente llenas de mierda. El personal de aquel Madrid simplemente tiraba sus desechos y detritus por la ventana, razón por la cual no era muy buena idea andar por la calle de noche, pues no sólo se corría el peligro de ser atacado por los felones, sino también alcanzado por el contenido de los orinales castizos. En una ciudad donde la limpieza pública prácticamente no existía, toda aquella basura quedaba en las calles, se pudría y le daba a la villa, digamos, personalidad. Bajo la inspiración y el impulso de Carlos III, se inventó la conocida como La Marea, que eran unos carros que llevaban unas piezas que servían para arrastrar la mierda, y que iban seguidos de barrenderos que completaban la tarea.

Para pagar todo esto, se embargó el arbitrio o impuesto que pagaban las tabernas madrileñas. Así pues, eso de esquilmar al personal para hacer grandes obras no es ni de coña cosa moderna. Aunque el dinero movilizado fue mucho, no dio para hacer todo lo que se pensó. Sin ir más lejos, el arquitecto Ventura Rodríguez diseñó un pórtico, que quería situar junto a las caballerizas del Casón del Buen Retiro, con capacidad para unas 3.000 personas y que podría albergar cafetines y tabernas. Es curioso imaginarse qué aspecto tendría hoy la zona de haberse llevado a cabo.

Don Ventura, por cierto, fue arquitecto reputado y sus obras pueden verse en muchos lugares de España. Pero hay que reconocer que con la Puerta y el tándem Carlos III-Sabattini, pinchó en hueso. Hasta cinco diseños presentó de la obra, y todos le fueron amablemente rechazados.

La información disponible nos dice que hubo catorce contratistas interesados en hacer la obra. La decisión final se tomó a las cuatro de la tarde del martes, 6 de junio, y fue en favor de Francisco de la Fuente. Las condiciones de De la Fuente eran las que más placían a Sabattini pero, no obstante, el arquitecto consideraba los precios pedidos por el asentista excesivos. Se negoció con él, sin llegar a ningún arbitrio, por lo que el constructor final fue Santiago Feijoo y Compañía.
Siete años después, en 1777, el Ayuntamiento de Madrid tuvo que darle al señor Feijoo un par de cachetadas, pues la obra, al parecer, iba como el culo. El contratista se comprometió a terminar la Puerta en un año, y lo cumplió.

Las crónicas nos dicen que la Puerta, pronto, estuvo rodeada de chabolas e, incluso, unos cien años después el Ayuntamiento tuvo que aprobar un presupuesto de rehabilitación, pues estaba hecha una braga. No ha de extrañar esto pues, entonces, la Puerta de Alcalá era un monumento de extrarradio, tanto que junto a la misma estaba situada la verja fiscal en la que las mercancías que entraban en Madrid pagaban fielato y un poco más allá, la plaza de toros; existen testimonios, además, que se quejan de lo difícil que era apreciarla, rodeada como estaba de chabolas.
El primer hombre que, después de Carlos III, se interesa por la Puerta, es José I, o sea Pepe Botella, el rey Bonaparte que llegó impuesto por su hermano y la fuerza de las armas y que dejó un breve reinado y el odio, en buena parte inmerecido, de muchos españoles. A José Bonaparte le llamaban Pepe Plazuelas por la cantidad de plazas que construyó en Madrid; se le decía así para insultarlo, pero lo cierto es que a esas obras debe el Madrid de siempre su liberación de la naturaleza abigarrada, oscura, amogollonada, que tenía hasta entonces la ciudad. Una plaza que le debemos a José, sin ir más lejos, es la de Oriente; obra para la cual se apioló dos conventos, la biblioteca y jardín de la reina, y 56 casas.

José era un Bonaparte. Y pensaba como un Bonaparte. Igual que un ilustre descendiente de su sangre acabaría imaginando una gran avenida parisina que hoy se llama de los Campos Elíseos, José ideó algo que, de haber sido realizado, habría hecho que Madrid, hoy, no fuese Madrid como lo conocemos. Entre otras cosas, hubiera hecho innecesaria la construcción de la Gran Vía. Soñaba José Bonaparte con una gran avenida, un gran bulevar, ancho y claro, que comenzase en el Palacio Real y terminase en la Puerta de Alcalá, haciendo pues que ambos monumentos y símbolos se mirasen en la distancia. Dejo a la imaginación del lector el aspecto que habría tenido tan imponente obra.

Hasta ese momento tenemos Puerta, pero no tenemos plaza. La plaza de la Independencia es muy posterior a la Puerta de Alcalá y se basa, también, en un modelo muy francés, que no puede ser otro de la plaza de L'Etoile. Es Fernández de los Ríos quien, tras su acceso al Ayuntamiento ya en la segunda mitad del siglo XIX, propone la creación de una plaza de cien metros de radio, cuyo centro será la Puerta, dedicada a los defensores de Zaragoza. Eso sí, el proyecto final fue más modesto que el que pretendía el concejal.

Fernández de los Ríos, inspirándose en París o tal vez envidiándolo, quería que a la plaza confluyesen ocho calles. Propuso que se llamasen: Numancia, Sagunto, Covadonga, Granada, Padilla, Bravo, Maldonado y Lanuza. Todo un pastiche de orgullo patrio. Una de las calles, entiendo yo por los testimonios que he leído, vendría a coincidir con la avenida arbolada que hay tras la puerta del Retiro que da a la plaza. Justo frente a ésta, es decir entre Serrano y (creo que se llama así) Salustiano Olózaga, otra calle que terminaría en un monumento al 2 de mayo. En la actual calle de Alfonso XII se situaría, frente al Casón, una estatua de Quevedo. Otra calle tiraría por lo que hoy es la calle de Alcalá hacia las Escuelas Aguirre. Otra comunicaría con el barrio de Salamanca, entonces en construcción, y tendría una estatua de Pelayo. A otra, desde la plaza hasta Recoletos (debe de ser la de Salustiano Olózaga), se trasladaría desde el Retiro la llamada fuente de las Cuatro Estaciones. Y otra calle conectaría la plaza con unos llamados jardines de los Campos Elíseos (cómo no) que se querían construir más o menos en el actual emplazamiento del inicio de la calle Velázquez.

El proyecto, como sabemos, se realizó reduciendo ligeramente la superficie de la plaza y suprimiendo calles y monumentos.
Por último, Juan Álvarez Mendizábal, el ministro de la desamortización, terminó, eso sí sin desearlo ni imaginarlo, por poner el broche de esta inspiración francesa que parece perseguir a la madrileña puerta. Igual que en París se han acabado por construir dos arcos, el de L'Etoile y el de La Défense, que están igualmente orientados, Mendizábal quiso construir una especie de segunda puerta de Alcalá que, según las crónicas, iba a estar junto a la Montaña Rusa del Retiro. En el Retiro nunca ha habido una montaña rusa según lo que todo el mundo entiende por la expresión. Es que ése era uno de los nombres que recibía la Montaña Artificial. Así pues, probablemente la puerta de Mendizábal, de haberse levantado, habría estado situada más o menos donde están las Escuelas Aguirre.

La última gran polémica que ha vivido la Puerta de Alcalá fue ya durante el franquismo, cuando a algún arquitecto con ganas de especular y dar por saco se le ocurrió levantar la torre de Valencia, en el inicio de la calle O'Donell. No pocas voces se levantaron aseverando, con absoluta certitud en mi opinión, que ese palitroque ahí colocado destruía la armonía de la imagen de la puerta y que, seguro, en Madrid habría muchos sitios donde colocar la puñetera torrecita sin necesidad de andar jodiendo con ello las postales. No hubo indulto para nuestra puerta que, por lo tanto, desde entonces tiene una especie de pariente tonto del culo que se asoma por detrás en las fotos, con la sonrisa de bobalicón que suelen tener los bobalicones.