Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
Con La nouvelle Heloïse, Rousseau había comenzado un camino que ya no abandonaría: la percusión con la sociedad mandante. En 1762 publicó Émile, una obra que se consideró insultante para la Iglesia, el gobierno y el Parlamento, y que provocó que fuese exiliado de Francia durante un año y medio.
El libro es un tratado de educación que viene a poner en solfa casi todos los building blocks del esquema educativo de su tiempo. Se convirtió inmediatamente en una publicación escandalosa, que se tenía por fuertemente crítica con la religión y con el Estado. Porque, curiosidades de la vida, fue Rousseau, un declarado enemigo de la ilustración científica y del libre desarrollo de las artes, quien realmente puso en solfa los presupuestos sociales del Antiguo Régimen. El Emilio es una obra que desarrolla la educación ideal del protagonista del libro. Dedica muchas páginas a los aspectos sicológicos personales. Pero hacia el final contiene un texto titulado Declaración de fe de un vicario savoyano, que es un ataque a lo puto bestia al catolicismo y una defensa de una sociedad igualitaria y democrática. Un mes después de Émile, Du contrat social acabó por dar forma ensayística a todas estas ideas.
Rousseau había sido muy inteligente. Mi idea, que no puedo demostrar, es que tenía, si no escrito, si pergeñado, Du contrat social, desde unos dos años antes de publicarlo. Sin embargo, siempre según mi manera de ver las cosas, se dio cuenta de que era una obra densa, difícil, demasiado compleja. Por eso tomó las ideas fundamentales del libro y las “descendió”, primero a argumentos de una novela; y, después, a un discurso pedagógico. Por esta razón, la obra más conocida de Rousseau, ésa que todo el mundo sabe citar, en realidad no fue la más leída. Fueron las otras dos, sobre todo la novela.
En junio de 1762, un Parlamento penetrado de jansenismo, horrorizado ante los puntos de vista irreligiosos de Émile, condenó la obra a ser quemada en público y decretó el arresto de su autor. Rousseau consiguió huir de Francia, en gran parte gracias al apoyo de algunos de esos mundanos a los que ponía a parir. En Ginebra sus libros fueron también condenados y quemados en público. Refugiado en Neuchâtel, respondió renunciando a su ciudadanía ginebrina. Rousseau, quien por cierto se estaba volviendo loco, le escribió una carta abierta al arzobispo de París, el ínclito y ya conocido Christophe de Beaumont, que abrió una polémica muy ácida. Desde entonces y durante más de una década, las conversaciones sobre los whereabouts del intelectual huido se convirtieron en tema habitual de fiestas y tabernas. Rousseau, de alguna manera, fue, hagamos una referencia para pollaviejas, el Jim Morrison o el Elvis Prestley de su tiempo.
Como acabamos de decir, estamos en 1762. Estamos en lo más gordo del tema jesuítico, y también en lo más gordo de eso que podríamos llamar “el escándalo Rousseau”. Ambos temas ya os los he contado. Pero, ¿qué me contestaréis si os digo que estos dos escándalos no fueron el más gordo que vivieron los franceses en ese tiempo? Pues, lo creáis o no, es así. Puesto que todavía no os he hablado de El Escándalo Calas. Que viene a ser algo así como la porción del pastel que le corresponde a Voltaire; pues Voltaire fue, como espero contaros de seguido, el primer Zola de la Historia de Francia.
Aquel año de 1762, efectivamente, y tras un juicio que duró dos semanas, el Parlamento de Toulouse condenó a un anciano comerciante protestante, Jean Calas, por el asesinato de su hijo mayor.
Este juicio es muy fácil de resumir, aunque pronto iremos a los detalles. Las pruebas o indicios de que la muerte fue un suicidio eran abrumadoras. Pero, aún así, la gente quería creer que Jean Calas había matado a su hijo porque el chaval había decidido hacerse católico. Insisto: una cosa estaba soportada por las pruebas, la otra por un simple y puro “hermano católico, yo sí te creo”. La sociedad tolosana, sin embargo, exigió de sus jueces una “adecuada sensibilidad católica” (igual que hoy se habla de la necesidad de formar a los jueces en la adecuada sensibilidad feminista; porque el feminismo moderno, amiga mía, también es pensamiento religioso reciclado); y, finalmente, arrancó la condena que quería.
Jean Calas fue torturado en dos sesiones, tras las cuales permaneció sin confesar su “crimen”. El día de su ejecución, 20.000 personas siguieron a su siniestra procesión. Era, repito, un anciano que estaba para pocas cosas. Aún así, fue atado a una cruz de San Andrés, tras lo cual el verdugo fue rompiéndole huesos y reventándole órganos a golpes con una barra de hierro. Su suplicio duró dos horas. En las últimas palabras que pudo pronunciar, le pidió perdón a Dios por sus pecados. Una vez muerto, su cadáver fue arrojado a un brasero.
La ejecución de Jean Calas ocurrió unos doscientos y pico de años después de los grandes autos de fe en España. Pero luego la brutal es la Inquisición, oyes.
Tras esta ejecución, la sociedad tolosana, y en general la francesa se quedó tranquila, como habiendo cagado tras días de estreñimiento, y se aprestó a olvidar aquella movida como ya habían olvidado otras, seguirían y siguen olvidándolas. Pero la cosa no sería tan fácil.
Tras la ejecución se publicó un panfleto titulado Pièces originales concernant la mort des sieurs Calas, et le judgement rendu a Toulouse. Este panfleto contenía dos cartas. La primera de las cartas era de la viuda del ejecutado. Contaba que algunos meses atrás, un joven llamado François-Alexandre-Gaubert Lavaysse había parado por Toulouse y fue a visitar a los Calas. Los padres de Lavaysse, de Burdeos, eran amigos de Jean Calas. El comerciante lo invitó a cenar con ellos antes de irse a dormir a casa de otros amigos. Durante la cena, Marc-Antoine Calas, el hijo mayor del matrimonio protestante, abandonó la mesa a los postres, cosa que solía hacer aunque no tenía PlayStation. Atravesó la cocina y bajó las escaleras a los dormitorios de la planta baja (el salón estaba situado justo encima de la tienda y el almacén del negocio familiar). Los señores Calas, su invitado y Pierre, el hijo menor, se movieron a una smoking room, y estuvieron allí dos horas charlando sobre Mbappé.
Cuando Lavaysse dijo que se iba, Pierre lo escoltó escaleras abajo con una antorcha. Entonces se oyó un grito abajo. Jean Calas bajó. Su mujer primero se quedó paralizada, y luego quiso bajar; pero en la escalera se encontró a Lavaysse, que le dijo que regresase arriba, que ya le contarían. La mujer obedeció pero, al rato, como no subía nadie, envió a la criada. Pero la criada tampoco volvió. Así que bajó y vio a su hijo mayor en el suelo. Para entonces ya estaba en la casa un cirujano que le informó de que estaba muerto.
El matrimonio fue conminado a irse escaleras arriba. Algún tiempo después, fueron arrestados.
La segunda carta del panfleto había sido escrita por Donato, otro hijo de la familia, que vivía en Chatelaine, cerca de la frontera suiza. Estaba de viaje en Nimes cuando recibió la noticia de la muerte de su hermano, y partió inmediatamente hacia Toulouse. Cuando llegó, la casa de los Calas ya estaba siendo objeto de frecuentes escraches de la típica patota de demócratas de siempre, himplando que Jean Calas había matado a su hijo porque éste quería convertirse al catolicismo. En aquel entonces, se decía en Toulouse que los protestantes locales se habían juramentado para estrangular a cualquier pariente que fuese a hacerse católico. Algunos decían que Lavaysse, en realidad, era el hit man enviado por los protestantes para ejecutar el trabajo. Donato, sin embargo, decía en su carta que su hermano no tenía la menor intención de abandonar el protestantismo; cosa que, en cualquier caso, su padre habría permitido. De hecho, un cuarto hijo de los Calas, Louis, ya se había convertido sin problema; no sólo sin problema, sino que el padre le había dado una pensión.
Contra todos estos hechos, sin embargo, los tolosanos, hermano yo si te creo, comenzaron a sostener, con cero pruebas, que Marc-Antoine Calas estaba a punto de entrar en una orden católica, los Penitentes Blancos. De hecho, su cadáver fue enterrado en la catedral de Saint-Étienne, como si fuera católico. Por supuesto, los Penitentes Blancos de los cojones lo adoptaron como mártir.
Las cartas se acompañaban con algunas informaciones sin importancia; como que Marc-Antoine llevaba tiempo siendo pasto de la depresión y que coqueteaba con el suicidio. Las cosas como son, fue el propio Jean Calas quien, inicialmente, dijo que a su hijo lo habían asesinado; lo hizo por conservar la imagen familiar. Pero cuando vio que la familia era imputada, dijo que se había ahorcado a sí mismo.
Las pruebas eran abrumadoras: ¿cómo un hombre de 68 años de edad (más de ochenta de hoy en día) pudo reducir y someter a un joven de 28, ponerle una soga al cuello, y ahorcarlo; y hacer todo eso sin abandonar una sala donde bebía y charlaba con otros tres testigos, más sirviente?
Al final del panfleto, tras haber expuesto todo el caso, Donato Calas dejaba clara la razón de la publicación: quería convencer a su madre para solicitar del rey una revisión de la condena.
Tras la condena, el Parlamento de Toulouse había condenado a Pierre, el hermano menor al exilio, mientras que había declarado no culpables a la señora Calas, Lavaysse y la sirviente, Jeanette Viguière (que, por cierto, no es que importe mucho; pero era católica). Pierre se había ido a Chatelaine con su hermano y desde allí preparó su propia publicación: Déclaration de Pierre Calas. En su escrito, confirmaba que en el lugar de autos no había la menor señal de lucha. Que el pelo de su hermano no estaba desordenado, como después de una pelea. Además, analizaba los más de cincuenta testimonios del juicio, todos hechos por gentes que no habían estado allí, y que hablaban de oídas.
A partir de ahí, el Parlamento de Toulouse se hizo un Peramato e, igual que en el caso del presunto acoso sexual de Julio Iglesias, se negó a facilitar sus registros del juicio para que pudieran revisarse.
Ninguno de estos documentos fue, sin embargo, escrito por quienes los firmaban. Todos fueron escritos por Voltaire. El prolífico escritor se había entrevistado con Pierre, con Donato y con la viuda, que vivía recluída en París. Además, había contactado con otros testigos e informantes, realizando una verdadera investigación forense. Impresionado por lo que vio y escuchó, decidió reivindicar la figura de Jean Calas y, sobre todo, combatir lo que llamó l'infâme.
En el mundo hay un montón de gente, sobre todo periodistas (porque yo creo que en la clasificación de los que creen saber pero no saben están primero los graduados en Historia y acto seguido, a un corta cabeza, los periodistas) que admiran profundamente el j'accuse de Émile Zola. Supongo que piensan que conocer la soflama escrita de Zola sobre el caso Dreyfus es saber lo que hay que saber sobre la lucha por una justicia equilibrada y garantista. Yo, personalmente, prefiero admirar a aquéllos (en mi experiencia, dos o tres) que además de decir j'accusse, también saben decir l'infâme. La cruzada de Voltaire contra la infamia es, para mí, la verdadera lucha por una justicia moderna. El caso Dreyfus es un caso en el que ya existe una Justicia moderna, que está siendo manipulada (lawfare). Pero la lucha contra la infamia es mucho más primaria; lucha para que esa justicia moderna, aunque sea manipulable, exista. Y para que exista, es la conclusión básica de Voltaire, hace falta que las togas se sacudan el incienso.
En París, los escritos de Voltaire se devoraron; pero pocas personas sabían, en realidad, quién era su autor. Por lo demás, las cartas y memorias revividas por el escritor ilustrado tuvieron en la capital mucho mejor público que en otras zonas de Francia. Para los parisinos, eso de las guerras de religión en Francia era algo claramente del pasado. Pero esto, en realidad, pasaba en la capital, porque en otras zonas de Francia sobre todo en el Languedoc (donde residía la mayoría de los calvinistas franceses) la historia era diferente.
En realidad, el caso Calas no fue sino ese momento en el que un esquema de cosas que se viene desarrollando ya antes hizo crisis por exagerado. Un mes antes de condenar a Calas, el mismo parlamento de Toulouse había condenado a un pastor protestante, François Rochette, por dedicarse a predicar; condena a la que añadió tres condenas a muerte más en la persona de tres hermanos hugonotes acusados de intentar rescatarlo de la cárcel. También algunas semanas antes, un tribunal en Mazamet, no lejos de Toulouse, autorizó la detención de la familia de Elisabeth Sirven, una mujer cuyo cadáver había aparecido al fondo de un pozo. Elisabeth era conocida por su desequilibrio mental por lo que el suicidio, una vez más, era más que probable; pero, aun así, la justicia fue a por su familia. Sus padres huyeron a Suiza. Todo esto ocurrió en la ciudad en medio de un ambiente sicológico muy especial, ya que Toulouse estaba preparando la festividad de la Délivrance, es decir, la masacre de 4.000 hugonotes el 17 de mayo de 1562.
El objetivo último de Voltaire, que no era otro que el rey decretase la revisión del caso Calas, era extremadamente difícil. Para ello, logró contratar a tres de los mejores abogados de París: Pierre Mariette, Alexandre Jerôme Loyseau de Mauléon, y Jean Baptiste Jacques Elie de Beaumont. Estos tres abogados escribieron una serie de memorias diferentes, cada una dedicada a un punto diferente del caso, desplegando un análisis pormenorizado de las pruebas existentes y analizando al mismo tiempo la legislación penal francesa, retrotrayéndose en casos incluso hasta Carlomagno. Fueron las suyas unas obras monumentales que, pese a ser escritos jurídicos no siempre a disposición de cualquier lector, fueron devorados por los parisinos. Los abogados, muy especialmente Loyseau, fueron auténticos innovadores. Loyseau abandonó el serio y áspero estilo de las sentencias judiciales para plantear sus escritos como novelas; de alguna manera, pues, inventó los podcast de true crime que hoy en día son tan queridos. Estos escritos, junto con los originales de Voltaire, fueron reimpresos en diversas antologías, quizás la más famosa de todas Recueil de différentes pieces sur l'affaire malheureuse de la famille des Calas (que, oye, ánimo, en Abebooks está sólo a 3.000 dólares).
No hay comentarios.:
Publicar un comentario