es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.
Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
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La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
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La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
Avanzando el tiempo, en el verano de 1763, el conflicto de los impuestos comenzó a globalizarse. Esto es algo que pasaba a menudo entonces en Francia cuando el parlamento de París se encontraba excesivamente presionado o acorralado por el rey; la tensión se comunicaba a los parlamentos provinciales, donde la mano del poder central era un poco menos férrea.
En julio, el parlamento de Rouen produjo sus propias remonstrances a los decretos reales de austeridad; enmiendas en las que iban mucho más lejos que sus colegas parisinos en la crítica a la injusticia de las medidas. Para ser más exactos, los parlamentarios de Rouen consideraban que el abrazo fiscal iba más allá de las libertades que los franceses tenían (porque eso que te contó tu profesor de Historia de que hasta la revolución francesa la gente no tenía libertades no es sino la demostración de que tu profe era un gañán); y defendían una idea revolucionaria: si el rey quiere pasta, debería presentar antes unas cuentas que justificasen su necesidad. Esta idea, entonces revolucionaria, es la primera masa madre del pan constitucional que hace girar las democracias en la presentación periódica de Presupuestos del Estado. Hoy en día es ya doctrina totalmente consolidada, y ninguna sociedad moderna dejaría a un gobernante gobernar sin presentar cuentas públicas [IRONIA OFF]
Las remonstrances de Rouen circularon por París con la misma intensidad que una grabación del Bugs Bunny ése. Aquello era una señal bastante clara de que el personal estaba cabreado; pero no para un Borbón. Un Borbón necesita mucho más que eso para darse cuenta de las cosas; y es por ello que siempre las lleva, o bien al punto de “lo siento mucho; me equivoqué, y no volverá a suceder”; o bien al punto en que le toman la Bastilla. El Leonorito XV, efectivamente, ni se planteó analizar con una mínima seriedad la petición que se le hacía de que presentase unas cuentas aseadas que demostrasen la necesidad de numerario del Estado. Todo lo que se ocurrió fue lo de siempre: marcó el móvil de Anne Pierre d'Harcourt, cuarto duque de Harcourt y teniente general de la Normandía, y le ordenó que saliese cagando hostias hacia Rouen a repartir mangüitis hasta que se le gangrenase la mano.
Cuando el duque llegó a Rouen, se encontró un parlamento de normandos en plena normandidez. Quiero decir: si no los conocéis, los franceses de la Normandía están fácilmente entre los cinco o seis colectivos del mundo más caracterizados por su terquedad. Aquí, en España, hablamos de los maños. Pero, creedme; al lado de éstos y de los bretones, un tipo de Calatayud es un puto becario.
Los parlamentarios de Rouen no sólo se negaron a meterle pluma a sus remonstrances. Es que, cuando D'Harcourt se presentó en el edificio para discutir el tema con ellos, le vinieron a decir que se quedase en el bar, que si no luego iban a tener que desinfectar. E, ítem más, prohibieron la acción de los recaudadores de impuestos en su territorio. En un decreto que emitió el 18 de agosto, el parlamento de Rouen llegó incluso a auto denominarse una especie de división de un parlamento francés (en el sentido de asamblea de representantes; aquí hay que recordaros que los parlamentos franceses eran instituciones básicamente de Justicia) y a reclamar que el rey debía responder por sus acciones económicas.
La publicación del decreto agosteño de Rouen llegó pronto a París. Se leyó profusamente, y causó un gran estupor, tanto de propios, como de enemigos. El gobierno reaccionó prohibiendo la publicación de más remonstrances. Éstas, sin embargo, comenzaron a crecer como champiñones, todas clandestinamente editadas: Dijon, Besançon, Grenoble, Burdeos, Toulouse, Pau, todos habían publicado sus propias remonstrances antes de que acabase el mes de setiembre. En Grenoble y en Toulouse, los parlamentarios prácticamente llegaron a las manos con los representantes del gobierno central; y en Rouen la tensión llegó a tal punto que los parlamentarios dimitieron en bloque (lo cual, debo recordaros, suponía secar la Administración de Justicia en la región).
En el mes de noviembre, el proceso que ya todo el mundo conocía como “la gran fermentación” estaba en todo lo alto. Habían pasado más de cuatro meses desde que estallara; tiempo suficiente para que incluso un Leonorito se vaya enterando. Así que, finalmente, el gobierno decidió probar con la negociación (y uso estas palabras porque creo que “probar con la negociación” es bastante más preciso que “negociar”).
El tema de la negociación tenía su razón de ser. En Versalles habían pasado cositas. El desagradable Bertin, siempre con sus cuentas y con sus demandas, había sido apartado del círculo íntimo del poder por una pinza de primos: la que formaban el siempre poderoso ministro de la Guerra, a quien ya conocemos porque era el duque de Choiseul; y su primo Cesar Gabriel de Choiseul-Praslin, duque de Choiseul-Praslin, además de conde Chevigny y de La Rivière, vizconde de Melun y de Vaux, barón de La Flèche, de Sainte-Suzanne y de Giry, señor de Chassy, ministro de Asuntos Exteriores. En París se decía que los Choiseuls, como se los conocía, eran más o menos amigos de los parlamentos. Yo creo que, más bien, de lo que eran amigos era de una continuidad del gobierno sin transparencia. Convencieron al rey para que, el 21 de noviembre, anunciase una nueva política económica, en la que se repelieron los decretos de abril. Se suspendió el catastro y la recaudación de la segunda vingtième quedó limitada hasta finales de 1767. Bertin, por lo demás, fue cesado y sustituido por Clément Charles François de Laverdy, miembro del parlamento.
Los Choiseuls hicieron acompañar la presentación de estos decretos del anuncio de que se iba a buscar la manera de gestionar los dineros de la corona de una forma adecuada. Y le filtraron los resultados de esta investigación a la hoja volandera de París más centrada en temas económicas, L'Anti-financier; que lo publicó unas semanas después.
El autor de esta propuesta era un parlamentario: Edme-François Danigrand; pero, vaya, que todo lo que hizo fue abrir el Word de Richesse de l'Etat, y dedicarse a dar Ctrl + C Ctrl + V a lo puto bestia. Eso sí, lo que puso de su cosecha fue añadir párrafos en los que criticaba el sistema fiscal con una ferocidad que el best-seller no se había atrevido a alcanzar.
En efecto, el gran efecto del texto de Danigand no es económico. Es político. El parlamento, decía, ha representado desde la noche de los siglos el parecer del pueblo francés. Desde los tiempos merovingios, venía a recordar, el rey ha compartido el poder con la asamblea del pueblo. Y, por eso mismo, de acuerdo con las leyes naturales del reino, un rey no podía fijar un impuesto sin el asenso parlamentario. Si el pueblo, a través del parlamento, quería un solo impuesto, simple y único, eso era lo que el rey tenía que apoyar.
Prácticamente desde que la publicación de estos planes estuvo en la calle, el gobierno le encargó a Marlaska que secuestrase los pliegos. Esto, por cierto, no hizo sino que el deseo por leer el texto se incrementase más entre los parisinos. El 4 de enero, el rey mandó a la UCO a la casa de Danigrand; lo sacaron de allí y lo metieron en La Bastilla. El 28 de marzo de 1764 el rey puso la firma de un decreto que prohibía la publicación de cualquier cosa que tuviese que ver con las finanzas públicas.
Queda para la ucronía la pregunta de cómo habría avanzado el siglo XVIII si en Versalles hubiese habido un leonorito con media neurona. Sólo un Borbón puede llegar a pensar que con la medida que tomó Luis XV: apagar la luz y hacer como que en la habitación no hay un tigre, se resuelve el problema. Esto, la verdad, y cuando menos en mi opinión, tiene poquísimo que ver con la idea de que los monarcas absolutos no fuesen conscientes de hasta qué punto evolucionaban las sociedades que gobernaban. Esa evolución no la negaré; pero lo que me parece también innegable es que siempre había existido la idea de los súbditos de la nación como poseedores de derechos inalienables que ni siquiera el rey puede conculcar.
Un rey inteligente, creo yo, podía haber escuchado esa llamada. Podía haber interpretado que, moral y políticamente, él, el rey, que en tiempo de guerra reclamaba de los franceses su sangre y su hacienda, tenía, en tiempo de paz, unas obligaciones inalienables; y que, por lo tanto, debía cumplirlas. Luis XV, sin embargo, escogió taparse los ojos. Muy probablemente, estuvo muy influido por el hecho, para mí evidente, de que los Choiseuls habían disparado una fisión nuclear que luego no habían sido capaces de parar. Un hombre de Estado, sin embargo, tiene que saber regir sus pasos de manera ponderada, y no pensando, únicamente, en las necesidades de las próximas 24 horas. No estuvo listo aquí Luisito.
Todo este problema de los impuestos, en todo caso, se monta con otro que yo creo que levantaba todavía más pasiones: l'affaire des jésuites.
Los jesuitas son católicos listos. Ignacio Martínez de Recalde, mientras convalecía de sus lesiones en la mansión familiar y comenzaba a diseñar el que sería su futuro personal y de su orden, entendió dos cosas fundamentales. La primera de esas cosas fundamentales es que no hay que enfrentarse con el Papa. En el tiempo en que Nacho Loyolo comenzó a ver cómo sus testículos se llenaban de pelos, la moda, por así decirlo, entre los influencers de la Iglesia (creadores o reformadores de órdenes religiosas) era ponerse de canto con el poder papal que, se decía, y se decía bien, había llevado a la Iglesia Católica, Apostólica y Forrada al estado de postración moral y puta mierda en general en que estaba a las puertas del concilio de Trento. Loyola, sin embargo, concibió una orden cuyo elemento fundamental fuese el voto de obediencia al Santo Padre. Lo hizo porque barruntó que el Papado, por muchos embates que sufriese, nunca caería. El gobierno de la Iglesia siempre estaría en manos del Francisquito de turno; e Ignacio quería que sus huestes estuviesen cerca de él.
La segunda cosa que entendió Ignacio fue que la Iglesia es un business model. Que lo que importa es la pasta. Que, vale, siempre hay que tener un ejército dispuesto a batirse el cobre en los suburbios de Lagos, Nigeria; o frente a los milicos de la dictadura argentina (aunque en esto Bergoglio estuvo más bien poco). Pero lo importante es tener gente que entienda el poder y que comparta la máxima de monseñor Marcinkus: “la Iglesia no se nutre de Avemarías”. La clave del asunto es esa frase que dicen las malas lenguas que se suele pronunciar cada vez que un nuevo miembro entra en el Colegio Cardenalicio: “¿Éste cree en el Infierno, o está en el secreto?”
Hay una cosa que los jesuitas han tenido siempre clara: su presente y su futuro depende de su capacidad de localizar, atraer y retener el talento. Es por eso que un buen colegio de jesuitas (que también los hay malos) es la mejor lotería que te puede tocar si quieres brillar intelectualmente. Los jesuitas siempre han tenido claro que su educación ha de ser de calidad. Son conscientes de que esa calidad hace que sus educandos aprendan a pensar; y eso hace que su sistema educativo tenga una elevada tasa de error en forma de educandos que abandonan sus creencias. Pero eso no les importa. Es el fielato que saben que tienen que pagar para que sus soldados sean los mejores soldados de Cristo en todo el nutrido ejército de la ICAR. El resultado de fomentar el talento y la pasta es el enorme poder que tiene la orden. El general de los jesuitas ha sido conocido como El Papa Negro (porque viste sotana); y la mejor prueba del poder de los jesuitas en la Iglesia es que nunca, hasta Bergoglio, han necesitado colocar a uno de los suyos en el puesto de consejero-delegado.
En el siglo XVIII y en Francia, los jesuitas tenían 111 colegios secundarios y superiores, por cuyas aulas pasaba todo aquél que, por sangre o por dinero, iba a acabar siendo alguien en el país. La joya de su corona era el colegio de Louis-le-Gand de París, donde estudiaba la elite gobernante gabacha y donde estudió, con brillantes resultados pero mucha rebeldía, el mismísimo Voltaire (recuerda lo que acabas de leer sobre la tasa de fallo; aunque Voltaire creyese justo lo contrario, él también formaba parte del plan). Además, los jesuitas gestionaban 21 seminarios y 13 residencias de estudiantes. Sacerdotes de la orden llevaban más de un siglo ya escuchando y perdonando los pecados de los reyes. Desde 1753, Luis XV tenía un confesor, el padre Philippe Onuphre Desmarets, de quien se decía, con acierto, que tenía más influencia en Versalles que muchos ministros. Su poder, sin embargo, no era ilimitado; sin ir más lejos, nunca aprobó las relaciones de su cliente con madame de Pompadour; pero el pichafloja no le hizo ni puto caso.
Los jesuitas, en realidad, tenían todo un partido político en Versalles; el conocido entonces como partido devout o devoto. Ahí estaban apuntados la reina, el delfín y un canciller de la corona, Guillaume II de Lamoignon de Blancmesnil et des Malesherbes, normalmente conocido como Guillermo II de Lamoignon de Blancmesnil (papá del Lamoñón que ya conocíamos), enemigo declarado de los jansenistas. Durante la primera mitad del siglo, los jesuitas habían practicado una paciente limpieza étnica en la Conferencia Episcopal, de manera que habían limpiado el rango episcopal de jansenistas más o menos declarados, y se habían quedado con el machito. Es decir, con la pasta.
En 1760, tribunales mercantiles de Marsella y de París comenzaron a recibir una serie de casos en contra de un comerciante llamado Père Antoine La Valette, que se había especializado en el comercio de azúcar y de otros productos coloniales desde Martinica. La Valette había llegado a la isla aseverando que iba a cuidar la salud espiritual de los lugareños; pero lo cierto es que los sometió a esclavitud en su plantación.
En las semanas en las que se estaba gestando la guerra de los siete años, los piratas ingleses capturaron cinco barcos de Valette. El comerciante había financiado aquella expedición, cuando menos parcialmente, con ayuda de los jesuitas locales. La Valette contaba obviamente con conseguir jugosos beneficios de sus barcos, con lo que le daría para pagar la deuda y forrarse. Sin embargo, cuando los ingleses se cargaron esos planes, se declaró en bancarrota. Su suspensión de pagos amenazó directamente a su prestamista, la casa Lionci et Gouffre; la cual fue inmediatamente a los tribunales a denunciar a todo dios, incluido el superior jesuita de Martinica. Las cortes mercantiles fallaron a favor de los prestamistas y, consiguientemente, en contra de La Valette e, indirectamente, de los jesuitas. Éstos, cuando vieron que alguien quería poner sus sucias y humanas zarpas sobre su pasta, se pusieron como el puma de Baracoa, y apelaron a la Corte de París.
Y ahí empezó a liarse parda.
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