es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.
Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
En las últimas semanas de 1749, la ciudad de París comenzó a atestiguar un problema que acabaría por provocar la primera gran rebelión popular del siglo; una rebelión en la que las masas llegaron a ser las dueñas de las calles.
Todo empezó con los niños. La sociedad del XVIII era una sociedad llena de niños. La natalidad era muy elevada, sobre todo para tratar de compensar la también elevada mortalidad infantil. La inmensa mayoría de esos niños, además, vivía en las calles. Unos porque no tenían padres (y el Estado prácticamente carecía de medios para recogerlos); otros, porque no podían estar en casa, ya que las casas de la gente humilde eran casi siempre lo que hoy llamaríamos habitaciones alquiladas. Los niños, en su inmensa mayoría sin escolarizar, petaban las aceras y las avenidas de París, mendigando, robando, o cosas peores.
A finales de 1749, esos niños comenzaron a desaparecer. Al principio la gente no se dio cuenta, o no le dio importancia; lo más probable es que, en los primeros meses del fenómeno, las desapariciones afectasen a infantes que no tenían quien les esperase en casa. Pero en la primavera de 1750, comenzaron a ser los hijos de artesanos y burgueses los que, de repente, no regresaban a casa.
En ese momento, además, ya todo el mundo asumía que París tenía una sobredosis de delincuencia. De hecho, en noviembre de 1749, la policía había recibido la orden de hacer razzias de cortabolsas y otro tipo de rateros, con la intención de exiliarlos de la ciudad; algunos decían que incluso de Francia, camino de Tobago, o de las plantaciones del Misisipi.
Una cosa se juntó con la otra. Se comenzó a decir que esos niños desaparecidos habían sido secuestrados por la policía, que los iba a enviar a la otra punta del mundo. Un bulo así, si gozas de cierto prestigio o incluso admiración, no prende. Pero ya hemos visto que éste no era el caso de los leonoritos y su policía. De aquellos polvos vienen estos lodos, dice la frase hecha. Muy sabia ella.
El 16 de mayo, la policía arrestó a un niño y lo metió en uno sus carros-cárcel. Yo, personalmente, siempre he pensado que ese niño algo había hecho. Lo pillaron robando o algo así. Era una situación muy común en ese París petado de raterillos; y entonces, los niños eran castigados como si fuesen adultos, en el caso de que cometiesen delitos adultos. Pero el caso es que a ese niño lo trincaron en el vecindario de Saint-Antoine donde vivía, un barrio obrero que sería como una especie de tres mil viviendas de la época. El caso es que en París, pero muy particularmente en los barrios tiesos, todo el mundo se hacía lenguas con los secuestros policiales de niños.
El chaval gritó desde dentro del carruaje, pidiendo auxilio. Una mujer lo oyó, y fue a por ayuda. Un enjambre de obreros salió de las tiendas y establecimientos cercanos, paró el carro, sacó a hostias al conductor (que era policía, aunque iba de paisano), liberaron al chaval y se impusieron sobre la escolta de soldados que iba en el vehículo. No contentos con lo que habían hecho, los vecinos organizaron un auténtico mega escrache de policías de paisano en su barrio.
La situación se calmó aquella tarde. Pero era una calma tensa. La anécdota de la mañana había “confirmado” lo que todos pensaban: que la policía cobraba bonus por cada chaval que trincaba para llevarlo al Misisipi a cascarla en las plantaciones. Pero eso sólo fue el principio. En la noche, en las tabernas, ya estaban los típicos enteradillos de toda hora contando de buena fuente que los niños, en realidad, eran secuestrados para sacarles la sangre en una extraña orgía cuyo beneficiario sería un príncipe de sangre real, presuntamente enfermo de lepra.
En los días siguientes, la precisión de las historias que se contaban ganó momento. El precio del bonus policial por niño quedó fijado en 15 libras, una cifra más que generosa. Para entonces personas cultivadas y, digamos, equilibradas, creían a pies juntillas la idea de que se estaba usando a los niños para colonizar las difíciles tierras del río Misisipi. En este ambiente, el 22 de mayo surgieron varios disturbios en puntos distintos de la ciudad. París, entonces, no era tan grande. Probablemente, estalló un conflicto, vaya usted a saber dónde; pero, inmediatamente, comenzaron a funcionar los grupos de Telegram que, en una ciudad relativamente pequeña como digo, lo tenían fácil para expandir la noticia. En la puerta de Saint-Denis, una multitud encabronada “localizó” a un supuesto secuestrador, lo llevó a la casa de un comisario (en aquel entonces no solía haber comisarías; éstas eran el domicilio del comisario)) y allí le recetaron una mano de hostias.
Hay algunos indicios, en todo caso, de que algo raro estaba pasando. En el Quai des Morfundus, un niño que salía de la escuela fue abordado por unos hombres que resultaron ser soldados de paisano. Los profesores del chaval, que lo vieron, salieron detrás de ellos gritando. Cuando el niño fue liberado, los soldados salieron a la naja, y uno de ellos se metió en casa de un comisario. La multitud la apedreó. Estaban a punto de quemarla, con la gente dentro, cuando llegó la guet à cheval, la guardia montada. Hubo una larga y complicada negociación, tras la cual la calma regresó. Aún así, el comisario, su familia y el soldado huyeron por los tejados.
Al día siguiente se habló de un nuevo secuestro. Una multitud se agolpó en el Butte Saint-Roch. Salieron patotas por todo el norte de la ciudad buscando secuestradores. Un grupo, pasando por la calle Saint-Honoré, creyó reconocer a un policía de paisano, un tipo llamado Labbé. Lo persiguieron hasta la casa de un cerrajero, donde se refugió. El cerrajero, sin embargo, le dijo que él no se comía ese marrón; así que Labbé volvió a correr por las calles hasta encontrar la casa de un comisario, justo enfrente de la iglesia de Saint-Roch. Desde un piso alto de la casa, un soldado disparó contra la turba; y ésta, enfurecida, tiró la puerta e invadió la casa.
En esa situación, la gente se lo dejó claro al comisario: o les daban a Labbé, o quemaban la casa. El comisario obedeció, y Labbé fue asesinado a hostias, y luego arrastraron el cadáver por la calle Saint-Honoré, hasta la casa del teniente general de la policía de París, Nicolás René Berryer, conde de La Ferrière. Tras depositar el cadáver, quisieron entrar en la casa para cargarse al propio Berryer, que tuvo que escapar por el jardín de atrás y refugiarse en una iglesia.
Para entonces, la multitud era de unas 10.000 personas. Llegaron tropas para reprimirlos. Aparecieron efectivos a caballo de las Guardias Francesas y Suizas, que cargaron contra la multitud. Hubo unos diez muertos, y decenas de detenidos.
Al día siguiente, el ejército había vuelto a controlar París. Para entonces, en la mayoría de los conciliábulos, sobre todo en los barrios obreros, todo aquello se había convertido en una movida contra la policía, pero también contra el poder en general, incluido el rey.
Berryer fue citado por el parlamento, y ante sus miembros juró que la policía nunca había recibido órdenes de secuestrar niños. Pero, vaya, que también Zapatero lo negó todo en el Senado; el tema tenía, a los ojos de los parisinos, la credibilidad que tenía. El parlamento emitió un edicto entonces prohibiendo la difusión de información sobre los secuestros.
El tema, sin embargo, estaba a flor de piel. En el mes de junio, dos soldados que estaban de visita en Orléans, se fueron a la taberna a tomar unos chiquitos. Allí, no sabría deciros si porque eran franceses, porque eran idiotas, o por ambas cosas, se dedicaron a bromear en voz alta diciendo que estaban allí con órdenes de secuestrar niños. En una media hora se había formado una multitud que los cogió, sacó a empellones de la taberna, y a uno lo mataron a hostias. El otro, con el tiempo, sería condenado a flagelación, exposición pública y nueve años de galeras. En París, por esa época, la policía se tomó suficientemente en serio los rumores de que se estaba organizando una marcha a Versalles con el objetivo de quemar el palacio, como para montar una guardia especial en el camino. El 8 de junio fue la primera vez que el Rei Lui, viajando de Versalles a Compiègne para cazar, decidió no pisar París.
El parlamento condujo una investigación exhaustiva de los conflictos de mayo. El 1 de agosto sentenció a la horca a tres prisioneros: un portero, un minero y un vendedor de muebles de segunda mano. Dos días después, en la plaza de Grève, una enorme multitud se presentó para presenciar la ejecución. El gobierno desplegó nada menos que 1.500 soldados en la plaza.
El minero, todo París lo sabía, había matado a un soldado, pero en el marco de un enfrentamiento cara a cara. Cuando subió al cadalso, la turba gritó pidiendo gracia para él. Pero nadie llegó con el perdón.
Las cosas como son, mi opinión de Luis XV es que era básicamente tonto del culo en materias de gobierno; pero en el asunto del carbonero, no creo que tuviese margen de actuación. Haber conservado la vida de los tres condenados, como exigía la gente que estaba allí contemplando la ejecución, habría sido casi como reconocer todos los rumores sobre la policía. En un tour de force, lo último que puedes hacer es mostrarte débil. No creo, pues, que se le pueda reprochar la muerte de esos tres condenados; que lo fueron, además, y justo es reconocerlo, por el parlamento, no por el rey.
Que no tengas más remedio que hacer algo no quiere decir, sin embargo, que no te hagas acreedor del precio de ese gesto. Aquel año, Luis XVI ordenó pavimentar la carretera que llevaba a sus campos de caza de Compiègne, además de construir adecuadamente la vía de circunvalación que le permitiría ir de Versalles al coto sin tocar París. Ése fue su verdadero gesto de debilidad. Su forma de reconocer, aunque no quisiera, que sabía que los parisinos se le habían puesto en contra; que habían dejado de amar a los Campechanos. Y no es para menos. Para entonces los parisinos, al camino de Compiègne, lo llamaban “la carretera de la revuelta”.
El tema de los secuestros, sin embargo, no era el único, ni siquiera el principal, motivo para profundizar la zanja que separaba al rey de sus súbditos. El principal motivo era el de siempre: los impuestos.
Puede que el rey Borbón hubiese limitado sus lecturas a los libros de Eduardo Garzón; en cuyo caso, digo, quizá había llegado a albergar la idea de que los ciudadanos pueden llegar a sentir felicidad cuando pagan impuestos. Lo cierto, sin embargo, es que la Historia es terca a la hora de demostar que el hecho que el término sea “impuesto” y no “oportunidad”, ya nos da una pista de que es una cosa que, o te la imponen, o no la pagas.
El entorno fundamental del sistema impositivo pre constitucional no residía, o cuando menos yo no creo que residía, donde quiere creer que residía la nutrida, y apretada, falange de historiadores y graduados en Historia más o menos socialdemócratas. La idea es que el sistema impositivo de los reyes era repugnante (y el actual, no) porque no se dirigía al bien común, sino al bien del rey. Esto, como digo, yo creo que no es así. Personas que, antes de las revolución francesa, cuestionasen la pompa versallesca y el tren de vida borbónico, las había, y cada vez serían más; pero lo importante no estaba ahí.
La percepción fundamental del ciudadano del siglo XVIII, percepción que heredaba de siglos anteriores, era que los impuestos existían para defender a la nación. El rey solicitaba millones (dicho sea con la terminología castellana) para ir a la guerra; y los ciudadanos se los concedían, porque la guerra defendía y/o engrandecía la nación.
Lo verdaderamente importante es entender que este concepto generaba una concepción cíclica de la imposición: cuando había guerra, los impuestos subían. Y cuando no, bajaban. Éste era el pacto que los ciudadanos esperaban de su rey. El pacto no iba de que el rey fuese austero en su vida diaria, porque para los franceses del siglo XVIII la grandeza de la pompa versallesca era su grandeza propia. El pacto era no pedir un duro de más cuando no hiciera falta. Y para eso existían las instituciones parlamentarias.
En 1741, cuando los Borbones entendieron que si querían seguir siendo primera potencia mundial tenían que meterse en la guerra de sucesión austríaca, sacaron a pasear un impuesto, llamado dixième o décima, que se impuso sobre cualquier forma de ingreso. Una especie, pues de ITPRPF: Impuesto sobre Toda la Puta Renta de las Personas Físicas. Con eso, más una serie de préstamos, los leonoritos pudieron tener su guerra. A decir verdad, ya en aquellos tiempos, el controlador general de las finanzas del rey, Jean-Baptiste de Machault d'Arnouville, señor de Garge y de Gonesse y conde de Arnouville, le había advertido a Bourbon que la caja estaba temblando de cojones.
Éste fue el problema. Francia se arruinó cuando podemos estimar que todavía quedaban como diez o quince minutos de partido en la guerra de sucesión austríaca. Como consecuencia, cuando todo terminó, los franceses asumieron que, en cumplimiento de la regla constitucional no escrita, los impuestos bajarían. Pero los impuestos no podían bajar, porque estaba esa cosa que llamamos servicio de la deuda.
El Rei Lui XV, de hecho, había prometido cargarse la odiadísima décima en cuanto llegase la paz; si recordáis que tardó algún tiempo en dar la noticia de la misma, a lo mejor ahora vais entendiendo mejor por qué. Lo que pasó, sin embargo, fue que Mauchault extendió el impuesto hasta enero de 1750. Bueno, no sólo eso: es que, en mayo de 1749, se creó un nuevo impuesto, la vingtième, también sobre cualquier tipo de ingresos, incluyendo al clero y la nobleza; y, lo que es más importante, con vigencia indefinida.
Mauchault, pues, era un Cristóbal Montoro de puta madre.
Se suele decir que el sistema fiscal del Antiguo Régimen francés permitía a los nobles no pagar un duro. No es exactamente así. La dureza de los tiempos, y el hecho de que muchos aristócratas habían dejado de cumplir su parte feudal aportando tropas a las guerras (que es el origen de su excepción fiscal), había provocado que estuviesen sometidos a algunos elementos de tributación directa. Eso, sin embargo, no esconde el hecho de que los impuestos, al fin y a la postre, los pagaban siempre los putos monos; los de siempre. En 1695, se había puesto en marcha un impuesto por cabezas o capitation; que sin embargo fue evitado por muchos nobles mediante acuerdos bilaterales. La Iglesia, por otra parte, logró en 1710 una excepción, por la cual los curas se constituían en vascos y, por lo tanto, aportaban al Erario público por un sistema de cupo que fijaban ellos mismos, y que por eso mismo se denominó don gratuit. Una vez más, pues, los sotanudos habían salvado la pasta; que es todo lo que les importa, tu alma se les da una higa. El otro gran impuesto directo, la taille, recaía sobre la gente normal; de hecho, los aristócratas solían referirse a los que no lo eran con el calificativo despectivo de taillables.
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