es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.
Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
Apelar a la Corte de París no fue un movimiento muy inteligente por parte de los jesuitas. Ellos habían conseguido limpiar el episcopado de jansenistas; pero el Consejo General del Poder Judicial era otra historia muy distinta. Sobre el papel, la cosa no era tan mala; de hecho, en todas las salas del parlamento parisino había 250 miembros, de los cuales 104 habían estudiado sólo en el colegio Louis-le-Grand. Esto, sin embargo, no garantizaba nada.
Los jesuitas, además, midieron mal el paso porque no se dieron cuenta, o no se quisieron dar, de que los parisinos estaban en aquel momento, digamos, muy preparados para colocarse en contra de la orden. La razón de esa posición crítica hay que buscarla dos años antes en Portugal. El 3 de setiembre de 1758, un individuo trató de asesinar al rey de Portugal, José I. El primer ministro del gobierno luso, Sebastiao José de Carvalho e Melo, conde de Oeiras y que en 1769 sería hecho marqués de Pombal, acusó del atentado a los jesuitas y sus aliados entre la alta nobleza portuguesa. El tribunal condenó a los supuestos conspiradores, que acabaron en el cadalso, y en 1759 los jesuitas fueron expulsados del país. Aquello yo creo que tuvo poco que ver con el intento de asesinato y mucho más con las intrigas palaciegas de que Pombal era objeto por parte del partido meapilas, y que le llevaron a concluir que era o él, o ellos. Pero el caso es que para los jesuitas aquello fue un golpe muy fuerte de opinión pública. Especialmente en París, donde las Nouvelles Eclesiastiques hicieron maravillas con aquel tema, de la mano de los agitadores jansenistas. Recordad, además, que desde no mucho tiempo atrás (1757), Francia tenía su propio magnicidio, es decir el atentado de Damiens contra el rey. Los jansenistas comenzaron a decir que si los jesuitas también habían provocado ese atentado, y que en consecuencia también deberían ser expulsados de Francia.
Así pues, el 31 de marzo de 1761, cuando el juicio de apelación se abrió en París, los jesuitas eran menos queridos en París que Lionel Messi en el barrio de Salamanca. Los abogados de Lionci et Gouffre eran aplaudidos por la calle. El 8 de mayo, la orden pudo comprobar hasta qué punto el salto que habían dado había estado poco meditado: los jesuitas fueron condenados a pagar 1.552.276 libras. Un espectáculo desconocido: sacerdotes dando (dinero, se entiende. Otros espectáculos consistentes en sacerdotes dando son desgraciadamente frecuentes). Todo esto, además, había pasado de ser un oscuro asunto judicial dirimido, cuando menos en parte, en la lejana Marsella; a ser una condena pública en todo el centro de la nación.
En realidad, era peor. En su afán por demostrar que los jesuitas habían actuado de forma poco legal (y, por lo tanto, abiertamente inmoral), los magistrados parisinos habían llegado al punto de plantearse cuestiones mucho más fundamentales. Dos magistrados: el abad Henri-Philippe de Chauvelin y Michel-Étienne Lepelletier de Saint Fargeau, pidieron una investigación a fondo de los estatutos de la orden. Con muy mala baba, además, un abogado de la casa Lionci, Charlemagne Lalourcé, jansenista hasta las cachas, redactó una memoria demoledora en la que demostraba que los jesuitas, en realidad, nunca habían formalizado su estatus legal en Francia; y que, por lo tanto, podían ser fácilmente expulsados.
El Rei Lui entró en pánico. A él, lo que más le importaba era que sus principales aliados en la lucha a muerte que tenía dentro de su cabeza contra los jansenistas pudieran debilitarse. Los jesuitas, por supuesto, se fueron a verlo para intimarlo que matase aquel partido. ¡Unos curas pagándole un millón de libras a unos gentiles! ¡Dónde se vio eso! Los sacerdotes no lloran, los sacerdotes facturan.
Lo primero que hizo el Borbón fue tratar de quitarle el puñal de las manos a los tribunales. Así que dijo que sí, que los estatutos jesuíticos había que analizarlos; pero que él nombraría una comisión para eso. El Parlamento aceptó (no le quedaba otra); pero al mismo tiempo se hizo con una copia de los estatutos (lo cual sugiere que entre los jesuitas había células durmientes) y comenzó una investigación por su parte.
El análisis parlamentario (que no el real) llegó pronto, ya en julio, a una conclusión que, la verdad, cae por su propio peso. Quiero decir que tampoco hay que ser muy listo para verla. Esa conclusión es: los jesuitas son los comunistas del mundo religioso (aunque habría que decir, con más precisión, que un comunista no es sino un jesuita laico). Ambos poderes: comunismo y jesuitismo, te dicen que, estén donde estén, y sea quien sea el monarca de esas tierras, ellos obedecen al Francisquito o a Moscú. Esto, obviamente, entra en conflicto en todo aquel país cuya Iglesia pretenda tener planteamientos propios y ser relativamente autónoma respecto de Roma. Y si hay una Iglesia católica, apostólica y romana que siempre ha querido ir por libre, ésa es la galicana. Una Iglesia que, tradicionalmente, está mucho más cerca de su rey que de su monarca romano. De hecho, vino a decir Chauvelin en un discurso el 8 de julio, la fidelidad papal, que era no-fidelidad al monarca, podía llevar a los jesuitas a apoyar el regicidio. A partir de ahí, sus palabras dejaron la sensación en la audiencia de que los jesuitas habían estado detrás del atentado de Damiens.
El discurso de Chauvelin se imprimió rápidamente y se difundió por todo París. Normalmente, venía acompañado de un suplemento de 155 páginas, escrito por alguien con mucha mala baba, que era una especie de antología de escritos jesuíticos. El texto, por lo que he podido ver, no tiene desperdicio, pues su lectura induce a la idea, de cuya certitud yo creo que debería estar convencido cualquiera que haya estudiado dos minutos la literatura vaticana, de que, a lo largo de su existencia, los jesuitas habían escrito cosas que servían para justificar puto todo. ¿Quieres una cita que apoye la plantación de fresas en Laponia? La hay. ¿Quieres otra justificando el sacrificio de cabras tirándolas de lo alto de los rascacielos? La hay. ¿Contra la inteligencia artificial? La hay. ¿A favor? También. Por eso las encíclicas papales son tan ricas. Un Papa cachondo podría redactar una encíclica y, acto seguido, otra defendiendo exactamente lo contrario; y en ambas encontraría amplias y profusas referencias que citar a su favor. La Iglesia (que no la religión católica; son cosas distintas) es socialdemocracia pura y dura: una cosa, la contraria, y ambas son verdad.
La publicación del discurso de Chauvelin fue un toque de corneta. Porque si hay un tema que le molaba que te cagas a los influencers del siglo XVIII, ése era la religión, la Iglesia y los jesuitas. Siguió, pues, un auténtico tsunami de panfletos. Todos ellos competían entre ellos a ver quién acusaba a los jesuitas de algo peor.
El ámbito de lecturas a que podéis acudir en este punto es muy elevado, pues muchos panfletos han sido reeditados aquí y allá. Yo, puestos a recomendaros, me inclinaré por una obra más hecha, con más peso que un mero panfleto. El libro (pues son casi 400 páginas) de Louis-Adrien Le Paige, Histoire générale de la naissance et des progrès de la Compagnie de Jésus. La Paige y su coautor, Christophe Coudrette, son, y se les nota, jansenistas perdidos. Pero su repaso de la forma en que la Compañía fue consolidándose y ganando cuotas de poder es sistemático, meticuloso y, en muchos puntos, indiscutible. La Page era el autor intelectual de la estrategia del Parlamento en el caso, y con su publicación proveyó de un montón de argumentos eruditos.
Versalles cada día estaba más nervioso. Lo de la comisión real no había servido de nada. Ahora, por lo menos, trataron de enfriar el ambiente, y por ello ordenaron al Parlamento que no hiciese pública ninguna decisión sobre su investigación estatutaria durante un año. El Parlamento respondió el 6 de agosto emitiendo dos edictos. En el primero, ordenaba que 24 obras jesuíticas fuesen quemadas en público por ser “sediciosas, contrarias a toda moralidad cristiana y partidarias de una doctrina asesina y abominable”. El segundo decreto ordenaba que todas las escuelas jesuíticas en su ámbito de poder deberían cerrar el 1 de octubre, aunque más tarde lo ampliaron al 1 de abril de 1762. Los decretos prohibían a los jesuitas aceptar nuevos miembros y miembres.
La publicación de estos decretos fue un suceso. La gente se agolpaba a la puerta de las imprentas para comprar su copia. La pregunta que todo París se hacía era: ¿Y qué hará ahora el leonorito? Todo el mundo sabía que el rey podía congelar los decretos y mandarlos a la mierda. Sin embargo, Lui se hizo un Pedro Sánchez con su carta y estuvo callado varias semanas. Se decía de Choiseul estaba encantado con aquello, enemigo como era de los devotos; como se decía que lo que pasaba era que el gobierno no quería un enfrentamiento frontal con el Parlamento.
Esto segundo es lo que probablemente era más cierto. Y aquí es donde este tema se engancha con el anterior que os he contado. Porque ambos: el conflicto en torno a los impuestos y las finanzas públicas, y el conflicto de los jesuitas, son, lo veréis fácil si cuadráis fechas, contemporáneos. En el momento en que el Parlamento lanzó sus edictos, Versalles sabía bien que estaba sur la paille; que el cabreo con el tema de los impuestos era eutrapélico; y que, consecuentemente, cualquier conflicto que le surgiera con el Parlamento que pudiera devenir en resistencia de éste para registrar decretos, le podía salir muy caro.
Agosto pasó, pues, sin que el rey anulase los decretos del día 6. Aquello fue una victoria sin paliativos de los jansenistas. Porque si te quieres creer, o alguien te cuenta, que la presión contra los jesuitas vino de los futuros revolucionarios o de los ilustrados, más vale que pidas una cita con tu profe de Historia para darle un buen par de hostias.
Versalles, como en el mus, con mucho miedo, ordenó una suspensión del Parlamento durante un año; decreto real que, cuando fue registrado por el propio Parlamento, lo fue con la advertencia por su parte de que sólo descansarían seis meses (de ahí el aplazamiento del cierre de las escuelas). Además, los magistrados le enviaron al rey un florilegio de citas de las obras que habían ordenado quemar; para que viese que en algunas de ellas se justificaba el asesinato de la real persona que estaba leyendo las páginas. El rey no dijo nada (quizás porque no entendió lo que leía que, coño, era un Borbón); pero tampoco osó oponerse al cierre de las escuelas; cierre que, no se olvide, suponía cerrar el grifo de la pasta.
Choiseul se presentó en el Parlamento para que le registrasen un edicto para constituir un préstamo de 40 millones de libras que necesitaba como el comer. Los magistrados le preguntaron qué opinaba del temita jesuítico y el ministro, obviamente, dijo que él había odiado a muerte a los ratones de toda la vida. En noviembre, una asamblea del alto clero francés, como cosa lógica pues la mayor parte de ellos comía, bebía y follaba gracias a las riquezas de la orden, afirmó su apoyo sin fisuras a los herederos de Inaxio Martínez de Rekalde. Pero, claro, fueron los únicos.
A principios de 1762, el affaire jesuítico salió de París. El 12 de febrero, el siempre levantisco parlamento de Rouen, formado, como ya os he dicho, por unos tipos más tercos que un bate de béisbol de mármol, tomó cartas en el asunto a su manera: ni análisis ni hostias, los jesuitas quedan expulsados de la región. Sus estatutos se quemarían en público, tenían cinco meses para abandonar sus residencias, y su patrimonio sería vendido. Lo que viene siendo: a mamarla a Parla, machos.
La decisión de Rouen pilló al gobierno en bragas. Nadie se la esperaba y, como nadie se la esperaba, nadie reaccionó. Inmediatamente, además, otros parlamentos (Burdeos, Grenoble, Metz, Besançon, Rennes) reaccionaron nombrando comités de investigación de los estatutos de los jesuitas en sus jurisdicciones, preparándose sin ambages para disolverlos. El 9 de marzo, el rey hizo una declaración en la que anunció que acudiría en ayuda de los jesuitas. Todo el mundo asumió que actuaría de alguna manera en contra del cierre de escuelas que, debéis recordar, estaba fijado para abril. Pero llegó el 1 de abril, y no hubo ninguna acción felpúdica.
El 1 de abril, en todo caso, los padres de los 150 pupilos de Louis-le-Gand los habían sacado ya de allí. Los padres jesuitas de la escuela habían licenciado a todos sus novicios. Por ello, el día de la clausura no pasó gran cosa. El 23 de abril, el Parlamento de París votó el embargo de todas las propiedades de los jesuitas.
El tema dio para mucho. Seis abogados de la UCO se fueron presentando en los colegios y residencias jesuíticas. Y lo que ocurrió cuando entraron en los edificios fue algo muy parecido a lo ocurrido con el ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero cuando la Guardia Civil abrió una caja fuerte en su despacho y descubrió un joyamen de puta madre. Los jesuitas, igual que Zapatero, iban por la vida predicando las bondades de la pobreza y la necesidad de que el hombre virtuoso no sea rico. Pero, como Zapatero, estaban forrados. Los interventores alucinaron con los muebles que encontraron dentro de las residencias y, en el detalle que habría de convertirse en más escandaloso, operando un poco como las joyas de Zapatero, encontraron toneladas de café almacenadas. La mayoría de los objetos lujosos fueron subastados aquel diciembre.
Sin embargo, pronto comenzaron a circular rumores de que, en realidad, los jesuitas tenían mucho más; pero que lo habían sacado del país antes del embargo. El Parlamento ordenó al jefe de policía montar una vigilancia permanente de las residencias jesuíticas. La ciudad se llenó de rumores sobre botines que la policía había intervenido fuera de la capital, con cajas de plata y riquezas camino de Suiza.
En mayo de 1762, eran ya escasísimos los jesuitas que se atrevían a salir a la calle. En aquel mes de abril en que se cerraron los colegios, el Rei Lui despidió a su confesor Desmarets.
Al fin y a la postre, el 6 de agosto de 1762, el Parlamento de París ordenó la ilegalización de la Compañía de Jesús en su ámbito; y a finales del año siguiente el resto de parlamentos que no lo habían hecho antes seguía la estela. 1764 fue el año en que el Parlamento se planteó el último paso, que era expulsar físicamente a los jesuitas de Francia. Sin embargo, aquí el leonorito puso pie en pared; en noviembre decretó la disolución de la orden, pero con permiso a sus antiguos miembros para permanecer en Francia como sacerdotes seculares. Y, como lo que importa es lo que importa (y no es Dios, ni tu alma ni mandangas; es la pasta), a muchos de esos sacerdotes ya sin orden, sometidos a la autoridad obispal, los pensionó.
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