Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez
En la práctica, pues, la actuación llevada a cabo en la Moldavia socialista fue la promoción de un lenguaje minoritario, el de los ucranianos; en detrimento del de la mayoría, que eran los rumanos. Esto la propaganda oficial lo vendió como una medida de “enriquecimiento lingüístico”. Pero el objetivo fundamental era distinguir el rumano hablado por los moldavos del hablado por los rumanos; se trataba, por lo tanto, de crear dos lenguas diferenciadas donde sólo había una. Todo, además, en medio de una política vacilante. En 1933, el alfabeto romano volvió a imponerse sobre el cirílico; pero el cirílico regresó tan sólo cinco años después.
La toma de control soviético total sobre la Besarabia le
permitió a la URSS, en el verano de 1940, consolidar la creación de una
república socialista soviética moldava. Esta república fue reinstaurada en
1944, tras un breve periodo en el cual Rumania volvió a controlar el
territorio, que bautizó Transnistria. En todo caso, los distritos meridionales
de Besarabia acabaron integrados en Ucrania.
La RSSM fue integrada en un gran plan de comunistización,
que en su caso fue, también, rusificación. Muchos rumanos étnicos fueron
deportados a Kazajstán, mientras el país comenzaba a aceptar fuertes flujos
migratorios de rusos y de ucranianos.
Esta situación se consolidó sin muchos cambios hasta que,
en la década de los cincuenta, y sobre todo después de la muerte de Stalin, las
estrategias de la URSS y de Rumania comenzaron a divergir; o, con más propiedad
deberíamos decir, Rumania comenzó a tener su propia estrategia, aparte de la de
la URSS. Conforme el comunismo rumano se fue haciendo más nacional, la cuestión besarabia comenzó a comentarse con más fuerza.
En 1964, los comunistas rumanos decidieron dar un paso
más. Y un paso de cierta importancia. En diciembre de 1957, un investigador
polaco, Stanislas Schwann, había descubierto, en la biblioteca del Instituto
Internacional de Historia Social de Amsterdam, el manuscrito original de un
ensayo de Karl Marx titulado Sobre los rumanos.
Los rumanos mostraron un interés inmediato por el tema.
Ion Popescu-Puturi, presidente del propio Instituto Marx-Engels rumano, reclamó
de los holandeses una copia microfilmada del ensayo; algo a lo que el Instituto
de Amsterdam se negó. El argumento que esgrimieron para la negativa es que
estaban preparando su propia edición del ensayo. Sin embargo, cuando Schwann
profundizó en sus investigaciones y descubrió que, en buena parte, las notas
encontradas no eran un trabajo original, sino tan sólo anotaciones tomadas por
Marx de otras publicaciones, los holandeses perdieron interés por el proyecto.
En ese entorno, el Partido rumano autorizó a
Popescu-Puturi para que contratase a Schwann y que éste pudiera continuar su
estudio sobre el manuscrito. El polaco, sin embargo, no consiguió convencer a
los holandeses del interés de proseguir en el tema. Esto provocó que Andrei
Otetea, que era director de un instituto de estudios históricos en Bucarest,
fuese enviado a Amsterdam. Allí, Otetea consiguió firmar un acuerdo
con el Instituto por el cual los rumanos adquirieron el derecho a publicar
extractos del manuscrito marxiano.
La edición de esas notas se tomó tres años. Un tiempo
demasiado largo, considerando que no estamos hablando de un texto de una
extensión muy elevada. Es por ello que siempre se ha considerado que lo que
retrasó la publicación fue el cabildeo político. Aparentemente, Gheorghiu-Dej
decidió guardarse el texto, pero haciendo que los soviéticos supiesen bien que
lo tenía, para así tenerlos un poco acojonados con la perspectiva de una
publicación.
La publicación definitiva del texto se produjo el 24 de
octubre de 1964. El libro se editó aquel mes de diciembre con una primera
edición de 20.500 copias que prácticamente no llegó ni a las librerías; se
podría decir que se vendió casi en los camiones de reparto. Y eso que el libro
finalmente no contenía notas de Marx, sino extractos de un estudio
inglés desconocido y de otro que había escrito un scholar francés, Elias
Régnaut. Además, las referencias marxianas apenas hablaban de Besarabia.
Los editores del libro hicieron todo lo posible por
ocultar el hecho, bastante evidente para cualquier investigador, de que estaban
vendiendo como reflexiones originales de Marx lo que, en realidad, eran
lecturas suyas de obras de otros; algo así como el trabajo previo de un ensayo
posterior que, aparentemente, Marx nunca llegó a escribir. A los ojos de los
impulsores del documento, en todo caso, su redacción demostraba que Karl Marx
había sido un decidido partidario de la independencia rumana en el siglo XIX,
ya que, siempre según ellos, el autor sustantivaba la idea de que ni los turcos
ni los rusos podían encontrar base en el derecho internacional para poder
disponer del territorio de Rumania. En términos generales, en esto los rumanos
tenían razón, las notas venían a mostrar la proclividad de Marx a la hora de
defender los derechos de Rumania sobre Besarabia.
El libro, obviamente, tuvo la consecuencia de romper el
tabú del tema besarabio, que había permanecido durmiendo el sueño de Smaug en
una sociedad como la rumana, que basaba buena parte de su estabilidad en
mantener una fidelidad perruna hacia la URSS. La Unión Soviética, por otra
parte, estaba cambiando. Stalin no sólo había muerto, sino que estaba siendo
claramente denostado por la nueva elite de poder. Así que comenzaron a aparecer
artículos y otras producciones criticando duramente la anexión de Besarabia en
1812, y afirmando los derechos de Rumania sobre el área.
La URSS no se quedó quieta e, inmediatamente, movilizó a
su propio ejército de licenciados en Historia, siempre tan proclives a creerse
cualquier memez con tal de que haya una fuente primaria que dizque la confirme. En 1965, Moscú publicó una edición revisada de la Historia de
la república socialista moldava; un tomo en el que las características
permanentes y estructurales de la anexión de 1812 fueron claramente destacadas.
Los historiadores soviéticos vinieron a justificar la
condición soviética de Besarabia con el argumento de que, en el periodo
entreguerras, Rumania, y muy particularmente los comunistas rumanos, había
mostrado escaso interés en el tema. Los comunistas, venían a recordar estos
intelectuales de salón, habían apoyado la idea de la restitución de
Besarabia a la URSS; un argumento que no dejaba de ser cínico, por cuanto el
comunismo rumano de la época era totalmente dependiente de Moscú; amén de un
tanto curioso, pues no dejaba de apoyarse en una supuesta continuidad entre las
reivindicaciones territoriales de la Rusia zarista y de la nueva (o no tan nueva) Rusia
soviética.
Este tipo de críticas no le gustaron nada a Ceaucescu y,
de hecho, lo que hicieron fue moverle más rápidamente hacia el enfrentamiento.
El 7 de mayo de 1966, el líder del comunismo rumano pronunció un discurso en el
que no mencionó el nombre de Besarabia; pero, aún así, se le entendió todo. La
ocasión era el XLV aniversario de la fundación del Partido Comunista rumano. Y
allí dijo: “las indicaciones dadas al Partido para luchar para que se
arrebatasen algunos territorios de Rumania, territorios mayoritariamente
habitados por rumanos (..) fueron profundamente erróneas (…) Las enseñanzas
marxistas-leninistas proclaman el derecho de los pueblos a auto determinarse
(…) con una visión (…) de la soberanía de los Estados nacionales a la hora de
conformarse con el deseo y la decisión de la masa del pueblo”.
(Y lo decía él, que en décadas jamás consultó “el deseo y
la decisión de la masa del pueblo”…)
Sólo tres días después de aquel discurso, y de forma
inesperada, Leónidas Breznev decidió visitar Bucarest. Los rumanos no estaban
esperando al líder soviético; en realidad, estaban esperando al número dos
chino, Chou En Lai, que tenía que llegar una semana después. Claramente, el
discurso preocupó mucho en el Kremlin, sobre todo en el marco de una situación
en la que parecía que los chinos pretendían estrechar lazos con Rumania.
Aparentemente, el hombre fuerte de la URSS llamó a capítulo al rumano, quien habría
aceptado moderar un poco su tono. De hecho, Ceaucescu no volvería a estar tan
cercano a expresar una crítica sobre el tema de Besarabia hasta el XIV Congreso
del Partido, que tuvo lugar en 1989.
Los soviéticos, por su parte, redoblaron los esfuerzos en
el ámbito de las publicaciones históricas para destacar sus argumentos en
defensa de su reivindicación sobre Besarabia. Sin embargo, en 1967 Ivan
Ivanovitch Bodiul, que era el hombre fuerte de la república socialista moldava,
dejó bien claro, en una intervención ante el Comité Central, que los soviéticos
cada vez tenían la sensación de estar pisando menos firme con aquel tema; un
asunto que, dijo, estaba siendo manipulado por “falseadores burgueses de la
Historia”.
La universidad de Kisihinev, hoy en día Chisinau, puso su
granito de arena mediante una serie de artículos y publicaciones de
investigadores de sus departamentos, atacando, muy especialmente, a los
historiadores rumanos Ion Oprea e Ion Popuescu-Puturi por sus “visiones
burguesas”.
Todo este ambiente alcanzó un punto especialmente polémico
en 1974. Dicho año, los soviéticos publicaron un libro llamado El Estado
moldavo soviético y la cuestión de Besarabia, obra de un historiador
soviético natural de Besarabia, Artiom Markovici Lazarev. Lazarev no era
cualquier piernas. Era el rector de la universidad de Kishinev y presidía el
Soviet Supremo moldavo. Claramente, escribió su libro (o procedió a obedecer la
orden de escribirlo) para generar con él una especie de “lo dijo Blas, punto
redondo”.
Lazarev llevaba la “fundación” del Estado moldavo hasta la
emergencia del principado de Moldavia en el siglo XIV pero, sobre todo,
sostenía la idea de que los rumanos de Moldavia hablan un lenguaje distinto de
los rumanos de Valaquia y Transilvania, y tienen, asimismo, tradiciones
históricas totalmente diferentes. De hecho, se venía arriba en su libro y decía
que la formación de la república moldava ni siquiera había terminado con todo
el problema, pues ésta sólo abarcaba a los territorios más orientales del viejo
principado. Consideraba, por lo tanto, que los territorios en el banco
occidental del Prut deberían “retornar” a Moldavia algún día.
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