jueves, diciembre 18, 2025

Ceaucescu (41): La fumada de Antiom Lazarev




Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez


En la práctica, pues, la actuación llevada a cabo en la Moldavia socialista fue la promoción de un lenguaje minoritario, el de los ucranianos; en detrimento del de la mayoría, que eran los rumanos. Esto la propaganda oficial lo vendió como una medida de “enriquecimiento lingüístico”. Pero el objetivo fundamental era distinguir el rumano hablado por los moldavos del hablado por los rumanos; se trataba, por lo tanto, de crear dos lenguas diferenciadas donde sólo había una. Todo, además, en medio de una política vacilante. En 1933, el alfabeto romano volvió a imponerse sobre el cirílico; pero el cirílico regresó tan sólo cinco años después.

La toma de control soviético total sobre la Besarabia le permitió a la URSS, en el verano de 1940, consolidar la creación de una república socialista soviética moldava. Esta república fue reinstaurada en 1944, tras un breve periodo en el cual Rumania volvió a controlar el territorio, que bautizó Transnistria. En todo caso, los distritos meridionales de Besarabia acabaron integrados en Ucrania.

La RSSM fue integrada en un gran plan de comunistización, que en su caso fue, también, rusificación. Muchos rumanos étnicos fueron deportados a Kazajstán, mientras el país comenzaba a aceptar fuertes flujos migratorios de rusos y de ucranianos.

Esta situación se consolidó sin muchos cambios hasta que, en la década de los cincuenta, y sobre todo después de la muerte de Stalin, las estrategias de la URSS y de Rumania comenzaron a divergir; o, con más propiedad deberíamos decir, Rumania comenzó a tener su propia estrategia, aparte de la de la URSS. Conforme el comunismo rumano se fue haciendo más nacional, la cuestión besarabia comenzó a comentarse con más fuerza.

En 1964, los comunistas rumanos decidieron dar un paso más. Y un paso de cierta importancia. En diciembre de 1957, un investigador polaco, Stanislas Schwann, había descubierto, en la biblioteca del Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, el manuscrito original de un ensayo de Karl Marx titulado Sobre los rumanos.

Los rumanos mostraron un interés inmediato por el tema. Ion Popescu-Puturi, presidente del propio Instituto Marx-Engels rumano, reclamó de los holandeses una copia microfilmada del ensayo; algo a lo que el Instituto de Amsterdam se negó. El argumento que esgrimieron para la negativa es que estaban preparando su propia edición del ensayo. Sin embargo, cuando Schwann profundizó en sus investigaciones y descubrió que, en buena parte, las notas encontradas no eran un trabajo original, sino tan sólo anotaciones tomadas por Marx de otras publicaciones, los holandeses perdieron interés por el proyecto.

En ese entorno, el Partido rumano autorizó a Popescu-Puturi para que contratase a Schwann y que éste pudiera continuar su estudio sobre el manuscrito. El polaco, sin embargo, no consiguió convencer a los holandeses del interés de proseguir en el tema. Esto provocó que Andrei Otetea, que era director de un instituto de estudios históricos en Bucarest, fuese enviado a Amsterdam. Allí, Otetea consiguió firmar un acuerdo con el Instituto por el cual los rumanos adquirieron el derecho a publicar extractos del manuscrito marxiano.

La edición de esas notas se tomó tres años. Un tiempo demasiado largo, considerando que no estamos hablando de un texto de una extensión muy elevada. Es por ello que siempre se ha considerado que lo que retrasó la publicación fue el cabildeo político. Aparentemente, Gheorghiu-Dej decidió guardarse el texto, pero haciendo que los soviéticos supiesen bien que lo tenía, para así tenerlos un poco acojonados con la perspectiva de una publicación.

La publicación definitiva del texto se produjo el 24 de octubre de 1964. El libro se editó aquel mes de diciembre con una primera edición de 20.500 copias que prácticamente no llegó ni a las librerías; se podría decir que se vendió casi en los camiones de reparto. Y eso que el libro finalmente no contenía notas de Marx, sino extractos de un estudio inglés desconocido y de otro que había escrito un scholar francés, Elias Régnaut. Además, las referencias marxianas apenas hablaban de Besarabia.

Los editores del libro hicieron todo lo posible por ocultar el hecho, bastante evidente para cualquier investigador, de que estaban vendiendo como reflexiones originales de Marx lo que, en realidad, eran lecturas suyas de obras de otros; algo así como el trabajo previo de un ensayo posterior que, aparentemente, Marx nunca llegó a escribir. A los ojos de los impulsores del documento, en todo caso, su redacción demostraba que Karl Marx había sido un decidido partidario de la independencia rumana en el siglo XIX, ya que, siempre según ellos, el autor sustantivaba la idea de que ni los turcos ni los rusos podían encontrar base en el derecho internacional para poder disponer del territorio de Rumania. En términos generales, en esto los rumanos tenían razón, las notas venían a mostrar la proclividad de Marx a la hora de defender los derechos de Rumania sobre Besarabia.

El libro, obviamente, tuvo la consecuencia de romper el tabú del tema besarabio, que había permanecido durmiendo el sueño de Smaug en una sociedad como la rumana, que basaba buena parte de su estabilidad en mantener una fidelidad perruna hacia la URSS. La Unión Soviética, por otra parte, estaba cambiando. Stalin no sólo había muerto, sino que estaba siendo claramente denostado por la nueva elite de poder. Así que comenzaron a aparecer artículos y otras producciones criticando duramente la anexión de Besarabia en 1812, y afirmando los derechos de Rumania sobre el área.

La URSS no se quedó quieta e, inmediatamente, movilizó a su propio ejército de licenciados en Historia, siempre tan proclives a creerse cualquier memez con tal de que haya una fuente primaria que dizque la confirme. En 1965, Moscú publicó una edición revisada de la Historia de la república socialista moldava; un tomo en el que las características permanentes y estructurales de la anexión de 1812 fueron claramente destacadas.

Los historiadores soviéticos vinieron a justificar la condición soviética de Besarabia con el argumento de que, en el periodo entreguerras, Rumania, y muy particularmente los comunistas rumanos, había mostrado escaso interés en el tema. Los comunistas, venían a recordar estos intelectuales de salón, habían apoyado la idea de la restitución de Besarabia a la URSS; un argumento que no dejaba de ser cínico, por cuanto el comunismo rumano de la época era totalmente dependiente de Moscú; amén de un tanto curioso, pues no dejaba de apoyarse en una supuesta continuidad entre las reivindicaciones territoriales de la Rusia zarista  y de la nueva (o no tan nueva) Rusia soviética.

Este tipo de críticas no le gustaron nada a Ceaucescu y, de hecho, lo que hicieron fue moverle más rápidamente hacia el enfrentamiento. El 7 de mayo de 1966, el líder del comunismo rumano pronunció un discurso en el que no mencionó el nombre de Besarabia; pero, aún así, se le entendió todo. La ocasión era el XLV aniversario de la fundación del Partido Comunista rumano. Y allí dijo: “las indicaciones dadas al Partido para luchar para que se arrebatasen algunos territorios de Rumania, territorios mayoritariamente habitados por rumanos (..) fueron profundamente erróneas (…) Las enseñanzas marxistas-leninistas proclaman el derecho de los pueblos a auto determinarse (…) con una visión (…) de la soberanía de los Estados nacionales a la hora de conformarse con el deseo y la decisión de la masa del pueblo”.

(Y lo decía él, que en décadas jamás consultó “el deseo y la decisión de la masa del pueblo”…)

Sólo tres días después de aquel discurso, y de forma inesperada, Leónidas Breznev decidió visitar Bucarest. Los rumanos no estaban esperando al líder soviético; en realidad, estaban esperando al número dos chino, Chou En Lai, que tenía que llegar una semana después. Claramente, el discurso preocupó mucho en el Kremlin, sobre todo en el marco de una situación en la que parecía que los chinos pretendían estrechar lazos con Rumania. Aparentemente, el hombre fuerte de la URSS llamó a capítulo al rumano, quien habría aceptado moderar un poco su tono. De hecho, Ceaucescu no volvería a estar tan cercano a expresar una crítica sobre el tema de Besarabia hasta el XIV Congreso del Partido, que tuvo lugar en 1989.

Los soviéticos, por su parte, redoblaron los esfuerzos en el ámbito de las publicaciones históricas para destacar sus argumentos en defensa de su reivindicación sobre Besarabia. Sin embargo, en 1967 Ivan Ivanovitch Bodiul, que era el hombre fuerte de la república socialista moldava, dejó bien claro, en una intervención ante el Comité Central, que los soviéticos cada vez tenían la sensación de estar pisando menos firme con aquel tema; un asunto que, dijo, estaba siendo manipulado por “falseadores burgueses de la Historia”.

La universidad de Kisihinev, hoy en día Chisinau, puso su granito de arena mediante una serie de artículos y publicaciones de investigadores de sus departamentos, atacando, muy especialmente, a los historiadores rumanos Ion Oprea e Ion Popuescu-Puturi por sus “visiones burguesas”.

Todo este ambiente alcanzó un punto especialmente polémico en 1974. Dicho año, los soviéticos publicaron un libro llamado El Estado moldavo soviético y la cuestión de Besarabia, obra de un historiador soviético natural de Besarabia, Artiom Markovici Lazarev. Lazarev no era cualquier piernas. Era el rector de la universidad de Kishinev y presidía el Soviet Supremo moldavo. Claramente, escribió su libro (o procedió a obedecer la orden de escribirlo) para generar con él una especie de “lo dijo Blas, punto redondo”.

Lazarev llevaba la “fundación” del Estado moldavo hasta la emergencia del principado de Moldavia en el siglo XIV pero, sobre todo, sostenía la idea de que los rumanos de Moldavia hablan un lenguaje distinto de los rumanos de Valaquia y Transilvania, y tienen, asimismo, tradiciones históricas totalmente diferentes. De hecho, se venía arriba en su libro y decía que la formación de la república moldava ni siquiera había terminado con todo el problema, pues ésta sólo abarcaba a los territorios más orientales del viejo principado. Consideraba, por lo tanto, que los territorios en el banco occidental del Prut deberían “retornar” a Moldavia algún día.

El libro de Lazarev es, la verdad, una pura manipulación. Tratando de distinguir rumanos, de diferenciarlos, distorsionó la Historia de Rumania en varios puntos, con el objetivo mayor de negar la existencia de un grupo étnico rumano. Según él, todos los conceptos rumanos (nación o lengua rumana) no tuvieron sentido hasta 1859, es decir, hasta la unión de Moldavia y Valaquia; obviando el detalle de que los propios moldavos contemporáneos de aquellos movimientos reconocían la identidad étnica de rumanos, valaquios y transilvanos. En otras palabras, una fumada de cojones; pero más que válida para unos comunistas.

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