Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez
Sin ninguna duda, el factor que había llevado a los húngaros a comenzar a protestar a todo trapo era la decisión rumana de obstaculizar en algunos casos, impedir en otros, que la educación se pudiese realizar en húngaro. Y el régimen pronto dejó claro que aquella decisión era un must del que no estaban dispuestos a bajarse.
Lajos Kuthy, un profesor húngaro de Brasov, apareció en
1976 en un bosque cercano a la ciudad, con una bala en la cabeza. Justo antes
de tener este inesperado accidente había estado recopilando firmas en favor de
la puesta en marcha de educación en húngaro en el área de Brasov. Otro profesor
húngaro de la zona, Jeno Szikzai, fue secuestrado por la policía en la
primavera de 1977. Le dieron varias manos de hostias en la comisaría y, tras
haber sido liberado, se suicidó.
Los húngaros permanecieron, sin embargo, impasible el
magiar. En 1977 se publicaron dos informes sobre el tema de la educación en
húngaro en Rumania. Uno lo escribió Gyorgy Lazar, que no sabemos muy bien quién
es porque era un seudónimo; y el otro lo escribió Lajos Takacs, que ni se
planteó esconder su nombre real. Takacs había ocupado diversos puestos de
importancia en el Partido Comunista Rumano, y había sido rector de la
universidad Bolyai en Cluj. Él tenía más y mejor información que nadie sobre el
deterioro de la enseñanza en húngaro en el país. En un informe que se acabó por
conocer en occidente, aunque con algo de retraso, Takacs atacaba la idea
fundamental del comunismo rumano oficial: que todo lo que se había hecho había
sido fusionar los proyectos educativos rumano y húngaro. El ex rector explicaba
puntillosamente en sus páginas que la pretendida fusión había sido, en
realidad, una absorción. Asimismo, acusaba al comunismo oficial rumano de
cinismo, al citar las palabras de Ceaucescu, cuando había declarado en público
que cada estudiante rumano debería poder estudiar en la lengua que domina
mejor. La ley 26 de 1974 garantizaba la enseñanza en rumano para cualquier
estudiante, incluso para aquél que fuese el único rumanoparlante de un
determinado pueblo; y Takacs reclamaba el mismo trato para los niños húngaros y
alemanes. El informe también se ocupaba de realidades como la cesación en la
publicación de varios periódicos en húngaro.
Ante esta polémica, Ceaucescu se escudó en algo que,
probablemente, es verdad: para establecer entornos de total elección de la
lengua de enseñanza hay que ser un país forrado, tipo Suiza. En sus discursos
públicos, venía a decir que Rumania no se podía permitir levantar un instituto
de ingeniería química para cada lengua. Como acto seguido argumentaba que el
rumano es un lenguaje que no le puede ser desconocido a alguien que viva en
Rumania (y era, además, el lenguaje de “nuestro socialismo”), llegaba fácilmente
a la conclusión de que quien se tenía que joder era quien se tenía que joder.
En paralelo a todas estas declaraciones y polémicas, el
Estado rumano puso en marcha toda una política de integración que, en realidad,
tal y como hacía notar Takacs en su informe, era en realidad una política de
absorción o asimilación. Lo primero que hicieron los comunistas rumanos para
sustantivar esa absorción fue planificar y promover la migración masiva de
rumanos hacia las zonas, por así decirlo, menos rumanas del país. Lo segundo
que hicieron fue promover la salida de húngaros y alemanes de Transilvania.
Automáticamente, estas políticas lo que hacían era incrementar el peso del
rumano en los sistemas educativos de las zonas conflictivas; ya que debo
recordaros que había una ley, la Ley 26, según la cual la mera existencia de un
niño rumanoparlante obligaba ya a que la educación virase hacia el rumano.
Adicionalmente, diversas medidas administrativas y de gobierno tenían el
objetivo de hacer que todo el mundo percibiese que el rumano era el lenguaje
que hacía falta dominar para la movilidad social; para progresar en aquel
tiempo, y en aquel lugar.
El conjunto de estas medidas hirió de muerte el
cosmopolitismo de Transilvania. La región, tradicionalmente, había sido un
lugar rico en planteamientos y puntos de vista diferentes, nacidos del hecho de
que era una tierra petada de gentes que eran, cada uno, de su padre y de su
madre. Ahora, sin embargo, se creó el lugar monolítico que en buena medida es
ahora mismo.
Como hemos visto con Takacs, las protestas por el mal
tratamiento del húngaro llegaron del propio Partido. Quizás la figura más
descollante en este sentido no fue Takacs, sino Karoly Kiraly. Kiraly era,
cuando menos en mi opinión, el húngaro destinado a llegar más lejos en el PTR,
teniendo en cuenta su etnia. Había llegado a presidente del Consejo de
Trabajadores de Nacionalidad Húngara, y llegó a ser miembro candidato al Politburo;
pero renunció a ambos cargos por razones personales. Escribió tres cartas, que
fueron muy famosas en su momento, en las que revelaba que las citadas razones
personales en realidad no existían; que si se había ido, era porque se había
convencido de que el comunismo rumano nunca dejaría de ser una ideología
fuertemente discriminatoria. Kiraly argumentó, entre otras cosas, que la
política lingüística rumana era contraria al marxismo-leninismo y a los más
elementales derechos humanos. Y está bien que los citase separadamente porque,
las cosas como son, una cosa es una cosa y dos, son dos.
Kiraly fue llamado a Bucarest tras el envío de sus tres
cartas y, tras unas cuantas reuniones, le quedó claro que no le iban a hacer ni
puto caso. En ese momento, autorizó la publicación de las cartas en occidente.
Así las cosas, en febrero de 1978, estando en Targu-Mures, ciudad de abrumadora
mayoría húngara, Kiraly fue arrestado. Tanto él como su familia fueron
obligados a residir en Caransebes, una ciudad en el suroeste del país. En
paralelo, la Securitate comenzó una auténtica campaña de registros que afectó a
centenares de hogares de familias húngaras; se buscaron, sobre todo, copias de
las cartas de Kiraly. Algunos meses después, se le autorizó a regresar a
Targu-Mures, aunque permaneció bajo estrecha vigilancia de los boches.
Como ya os he contado, Rumania sufrió un terremoto de
cierta importancia en 1977, a lo que se seguirían dos años seguidos, 1980 y
1981, de graves inundaciones. Estas catástrofes naturales discontinuaron la
producción industrial y también redujeron la producción agrícola, lo que afectó
a las exportaciones del país. A finales de 1981, la deuda externa del país
había trepado a los 10.200 millones de dólares. Ceaucescu no tuvo más remedio
que marcar el teléfono del Fondo Monetario, y solicitar una reestructuración de
la deuda. El FMI contestó imponiéndole un drástico plan de reducción de
importaciones.
El principal efecto que estas exigencias generaron en
Ceaucescu fue sicológico. Él, que se había enfrentado con el mismísimo Breznev
cuando se había ido contra Checoslovaquia, ahora tenía que obedecer el diktat
de los banqueros occidentales. Este sentimiento lo movió hacia posiciones,
más que nacionalistas, xenófobas; y, sobre todo, lo llevó a soñar un sueño de
autarquía. Si el problema estaba en los países distintos de la propia Rumania,
entonces lo que había que hacer era centrarse en Rumania, tenerla como único
referente.
Este punto de vista de Rumania über alles llevó al
comunismo rumano a enrocarse todavía más en la idea, totalmente enfrentada con
la realidad, de que el país no era un país multiétnico. Y a continuar la
represión.
Las relaciones entre los dos países: Rumania y Hungría, se
deterioraron muy gravemente a finales de 1986. En aquella fecha, la Academia
Húngara publicó una historia de Transilvania en tres tomos. La aparición de
este libro provocó una inmediata reacción de la historiografía rumana, que se
lanzó como un solo hombre a la yugular de aquellos libros. El 12 de marzo de
1987, uno de los principales periódicos del país, el Romania Libera,
publicó un artículo firmado por tres de los principales bebedores de la
mamandurria historiográfica comunista rumana: Stefan Pascu, Mircea Musat y
Florin Constantiniu. Ganándose el sueldo cuando menos por una vez, estos tres
historiadores motejaban el libro de los rumanos de un florilegio de falsedades.
Lo que más había cabreado en Bucarest es que el editor del
libro húngaro, y que por lo tanto lo había coordinado en todos sus aspectos, no
era otro que Bela Kopeczi; que lo mismo no os suena, pero debo deciros que era
el ministro de Educación del país vecino.
El problema básico del libro húngaro era que negaba la
presencia de rumanos en Transilvania antes del siglo XIII. Apoyados en este
argumento, los húngaros venían a decir que las reclamaciones de Rumania sobre
Tansilvania eran una ful que no se creían ni los más subnormales. El libro fue
prohibido en Rumania, lo cual generó una de esas situaciones tan curiosas del
comunismo, con los periódicos y las revistas culturales tirándole venablos a
una publicación que los lectores de dichos periódicos no podían leer aunque
quisieran. Los rumanos llegaron a publicar un anuncio a toda página en el New
York Times defendiendo sus argumentos.
El problema de los hombres de Ceaucescu es que se vinieron
un poco demasiado arriba en aquel anuncio. La cosa iba bien en los párrafos en
los que trataban de convencer al mundo de que Rumania había resuelto
completamente su cuestión nacional. Pero, acto seguido, bajando cuesta abajo y
sin frenos, se aplicaban a insultar a los húngaros, de los que decían que “en
su lucha contra el socialismo, en 1956, no han tenido suerte. Por eso tratan
ahora de atacar de nuevo a los socialistas”. El anuncio, además, venía a decir
que los húngaros estaban buscando apoyo en occidente, y terminaba: “veremos
cómo se trata todo esto la Unión Soviética”.
De alguna manera, pues, los rumanos, es decir Ceaucescu
porque en Rumania nadie habría siquiera cambiado una coma del texto sin la
autorización del secretario general, volvían a sugerir que la URSS estaba
utilizando a Hungría como ariete contra Rumania, porque Moscú les tenía
pelusilla. El problema para Ceaucescu fue que la URSS ya no tenía al frente a
borrachos comatosos. El nuevo sheriff local, Milhail Gorvachev, estuvo en
Bucarest apenas unos días después de la publicación del anuncio en el NYT, y
tuvo los santos cojones morenos de soltar un discurso en el que se refirió al
problema de las nacionalidades en Rumania. Dijo en un discurso radiado a todo
el país que a Lenin le había preocupado mucho este tema del respeto a las
minorías (sobre todo a los kulaks… ¡qué valor!) y que consideraba que los
principios leninistas seguían siendo plenamente aplicables.
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