miércoles, junio 05, 2013

Soixante huit (21: Coda sangrienta)

De esta serie se ha publicado ya un primersegundotercercuartoquintosexto,  séptimooctavo, noveno , décimo, décimo primer,  décimo segundodécimo tercer, décimo cuarto, décimo quintodécimo sextodécimo séptimo,  décimo octavodécimo noveno y vigésimo capítulo.

Resumen de lo publicado: El anuncio de Sauron de convocar elecciones en la Tierra Media ha terminado por dividir a hobbits, enanos y Rojirrim, que empiezan a tratarse los unos a los otros como si nunca hubieran sido amigos. Poco a poco, los enanos comienzan a amagar con dejar la huelga y volver a las minas, merced a las instrucciones recibidas por sus reyes de que lo importante es ir ahora a los comicios a encenderle el pelo al Señor Oscuro. Los hobbits, así las cosas, se quedan más solos que nunca.
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Aquel 10 de junio, un grupo de chicos y chicas maoístas de la UJC-ml regresa en París de una movida de apoyo a los huelguistas de la Renault. Bastante cansados, acaban de almorzar. Están al borde del Sena. Si hemos de creer a la versión policial, el grupo llega a un control de las fuerzas de seguridad y varios de ellos, intentando evitar el control, se lanzan al agua. Una chica es rescatada del agua viva; pero un chico joven, a pesar de los esfuerzos policiales (siempre según ellos mismos), perece ahogado. Se trata del joven de 17 años Gilles Tautin, alumno del instituto Stéphane-Mallarmé.

lunes, junio 03, 2013

Más sobre la muerte de El Hechizado

Hace muy pocos días le dedicamos unas líneas al tema de la muerte de Carlos II, El Hechizado, y las cuitas dinásticas que provocó. Algunos de mis amigos y lectores, sin embargo, al leer el post, me han, por así decirlo, reprochado que aquel texto se refiriese únicamente a las cuestiones de derecho sucesorio que estaban en juego. Ciertamente, en mi post apuntaba yo que había mucha política detrás de todo aquello; pero, tal vez, el relato de esto, de la política, quedó demasiado escamoteado. Estas notas de hoy pretenden solventar el problema.

miércoles, mayo 29, 2013

Soixante huit (20: por un quítame allá esas urnas)

De esta serie se ha publicado ya un primersegundotercercuartoquintosexto,  séptimooctavo, noveno , décimo, décimo primer,  décimo segundodécimo tercer, décimo cuarto, décimo quintodécimo sextodécimo séptimo,  décimo octavo y décimo noveno capítulo.



Resumen de lo publicado: El malvado Sauron, que sabe más por los siglos que lleva gobernando la Tierra Media que, en sí, por malvado, enciende un día su ojo en la cumbre de Mordor y lanza el mensaje inequívoco: de aquí no me mueve ni la Benemérita. Los hobbits, que ya se creían en posesión de la Tierra Media, se quedan con un palmo en las narices. Lo siguiente que hace Sauron es anunciar elecciones en la nación, con lo que los hobbits acaban ya por romperse: unos quieren presentarse a los comicios, convencidos de que pueden vencer al Señor Oscuro. Y otros quieren seguir repartiendo mangüitis.
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Hablando con propiedad, los sindicatos franceses han reaccionado días antes, tras el discurso de De Gaulle y la demostración de los Campos Elíseos, llamando a organizar un acto que suponga la digna respuesta a esa iniciativa. Sin embargo, poco a poco este entusiasmo de reacción se va matizando. Force Ouvrière, por ejemplo, no tarda a abrazar su táctica tradicional de que no merece la pena manifestarse en la calle por reivindicaciones políticas. Todo el mundo mira a la CGT. Pero la CGT es la mejor expresión del daño que le ha hecho el último gambito gaullista a las intenciones revolucionarias: lo más importante, dicen los sindicalistas, es, ahora, ganar las elecciones.

viernes, mayo 24, 2013

A la muerte de El Hechizado

Que en los comienzos del siglo XVIII en España se montó la marimorena, no hace falta ser catalán para saberlo y entenderlo. Nuestra guerra de sucesión es un hecho de capital importancia para el país por muchos motivos, algunos de ellos tan duraderos como la filiación de la dinastía que reina en nuestro país a día de hoy. Tal vez por ello, todo el mundo más o menos cultivado conoce el tema y sabe algo sobre él.

miércoles, mayo 22, 2013

El rey casto y su mujer española



El rey francés Luis XIII, llamado por sus paisanos El Justo, tiene como principal mérito ante la Historia el de ser el padre de Luis XIV, considerado por los franceses, tal vez, como el mejor rey que nunca tuvo Francia. Ese mérito, sin embargo, es dudoso, a decir de muchas interpretaciones. Interpretaciones que recuerdan las difíciles relaciones que tuvo Luis con su esposa, la española Ana de Austria; y, en general, la repugnancia o rechazo del contacto sexual, que también le ha valido a este rey el apodo de El Casto.

El de Luis XIII, sin embargo, difícilmente se puede considerar un caso de impotencia, como los observados o sospechados en otros reyes. El del rey francés es un caso de sexualidad compleja, en el que bien harían en bucear los estudiosos de las parafilias.

Lo primero que hay que decir de Luis XIII es que era hijo de Enrique IV. Esto que, así de principio, parece una gilipollez, no lo es tanto si al tiempo decimos que Enrique IV es, probablemente, el rey francés (y, quizás, no francés) más putero de la era moderna. De él se dijo que tuvo más de 50 amantes y una gran multiplicidad de bastardos. Era la suya una rijosidad democrática, pues igual le daba irse a la cama con una condesa dueña de una gran heredad que con la mujer de su jardinero. Era, pues, un hombre disoluto, como se decía antiguamente, que, como consecuencia, coqueteó con las enfermedades venéreas, habiendo sufrido, cuando menos dos veces, incapacidad de orinar por causa de afecciones gonorreicas.

Ese carácter no muy ejemplar afecta en gran medida a su hijo y delfín, que se crió en un ambiente un tanto extraño y no muy ordenado, en compañía de algunos de sus hermanos bastardos. Cabe adivinar que, a lo largo de aquellos años, desarrolló una extraña atracción por el sexo, combinada con el rechazo del mismo por el rechazo a su padre.

La vida de Luis XIII está extraordinariamente bien documentada gracias al diario de su médico, Jean Hérouard, quien realizó, a través de sus anotaciones, una descripción minuciosa de la infancia del Delfín. Descripción en la que quedan pocas dudas de la distancia entre padre e hijo. Nos cuenta el médico, en efecto, que, siendo Luis un niño, una de las damas de la reina le dijo: “no iréis a ser vosotros un lujurioso como vuestro padre”; a lo que el niño respondió con un seco, y frío “no”.

Hérouard nos informa que Luis XIII nació recio, musculoso y sano, aunque pronto se le presentó un problema que pudo ser de gran influencia en su sicología. Al día siguiente de haber nacido, su aya notó que sufría al mamar, por lo que le observó la boca para encontrar que aún tenía el frenillo, que le fue cortado por Gillemeau, cirujano del rey. Lamentablemente, la operación no salió del todo bien; o, tal vez, el niño tenía otro problema “de salida”. El caso es que, cuando empezó a hablar, se observó que tartamudeaba y pronunciaba algunos sonidos fónicos de mala manera. Si el gran problema de Luis XIII, como aseguran algunos historiadores, fue la timidez, aquello no pudo colaborar para hacerlo más extrovertido. Por cierto, que en Luis XIII se da una historia bastante parecida a la que cuenta la película El discurso del rey, puesto que en la más importante perorata de su vida, aquélla ante el Parlamento para sancionar su mayoría de edad, no se equivocó ni una sola vez. Se ignora si alguien le ayudó para ello.

En la infancia de Luis, éste tuvo un preceptor, Nicolas Vauquelin, que, dato importante, fue despedido muy poco después de la muerte del rey Enrique IV. A este hombre le adjudican no pocos libros la responsabilidad de haber dirigido una educación para el Delfín que no reparó en impulsar sus vicios. Siendo apenas un niño, el paje del señor de Longueville cumple su función de darle la novedad al rey-niño; servicio que éste contesta lui montrant sa guillery, que viene a querer decir, cuarta arriba, cuarta abajo, enseñándole la polla. El diario acontecer palaciego registra el mismo gesto de Luisito ante los embajadores de Saboya (tal vez, por la rima…) y de Escocia. Incluso delante del señor de Bonnières, aristócrata galo que le rendía en ese momento visita… acompañado de su hija. El médico real, con precisión notarial, nos hace ver que Luis niño juega constantemente con su ciruelo e incluso insinúa que va a hacer que la gente se lo bese. Tiene la costumbre de acostarse boca arriba para que todo el mundo que está con él pueda contemplar el espectáculo.

El matrimonio entre Luis XIII y Ana de Austria fue medio acordado cuando ambos eran apenas unos niños. Y, según diversos indicios, el niño Luis estaba como obsesionado con tirársela, aunque tal vez no entendiese muy bien el significado real de la cosa. El médico Hérouard le pregunta un día: “¿Dónde está la lindura de papá?”, refiriéndose a él; y el niño se golpea en el estómago. Luego le pregunta: “¿Y dónde está la lindura de Infanta [española: Ana de Austria, su futura mujer]; y el niño, por toda respuesta, se mete la mano en la bragueta.

A tiernísimos tres años, el 5 de agosto de 1604, la señora de Vendôme (a la que volveremos a encontrar en este relato, seriamente humillada por el rey), tras desnudar a su pariente, le pregunta si querrá que duerman juntos. “No”, le contesta el niño; “tú no eres la Infanta”.

Hay cosas que han intrigado a los historiadores de aquel niño pero que, probablemente, son más normales. Provenientes de la imitación realizada por un niño especial que puede hacer casi lo que le dé la gana. Un día ve a dos mujeres de la corte, y repara en que una le da a la otra un cachete en el culo. A partir de aquel día, él quiere golpear a las mujeres que le rodean con una pequeña fusta.

Hay que tener en cuenta que el propio rey tenía la costumbre, cada vez que regresaba de una jornada de caza (lo cual era muy habitual), de desnudarse, tumbarse en la cama y hacer desnudar a su hijo para que se acostara con él. Es posible que Enrique considerase que su hijo era poco viril y que haciendo cosas como ésa buscase corregir la situación. Mantuvo aquella costumbre de machotes acostándose en pelotas juntos hasta su propia muerte, que tuvo lugar cuando el Delfín tenía 9 años.

El diario de Hérouard, de hecho, es útil a la hora de valorar hasta qué punto al rey le preocupaba que su hijo pudiera ser un nenaza, y hasta qué punto lo presionaba por razones de Estado. Anota, entre otras cosas, que en 1605, cuando Luis tenía cuatro años, su padre lo llevó con él a contemplar un nuevo tapiz que representaba a unos niños, y allí le dijo: “Quiero que le hagas un hijo a la Infanta”. El niño le dijo que no lo haría. O sea, le dijo lo que cualquier niño le habría contestado.

A pesar de ese rechazo, son varias veces en el diario del médico en que se anota que Luis le ha asegurado a sus ayas que “la Infanta de España yacerá conmigo y yo le haré un hijo con mi polla”. Todo indica, además, que, conforme va avanzando la infancia del Delfín, todos estos conflictos van degenerando en una sexualidad mal asumida. Una noche, el niño tiene una pesadilla y su aya decide meterlo en su cama para que duerma tranquilo. En la mañana, el niño se despierta y le dice a la mujer: “Buenos días, perra, bésame”. Cuando el aya le inquiere por qué la llama perra, el niño contesta: “porque te estás acostando conmigo”. Suena a historia de su padre, el rey, mal contada, mal escuchada y mal comprendida.

Teniendo Luis XII catorce años (Ana de Austria apenas unas horas más que él), las diplomacias francesa y española deciden que ya es momento de que se casen. En el palacio del arzobispo de Burdeos se conocen el novio y la novia.

El Estado francés publicó un folletito, titulado Détail singulier de ce qui se passa le jour de la consommation du mariage de Louis XIII (25 décembre 1615). Según dicha obra oficial, todo fue de pila máster. Un poco en contra de las costumbres normales de la corona francesa, la reina madre, María de Medicis, solicitó de las dos camareras reales cuya función era pasar la noche entera en la alcoba de los novios que les dejasen una o dos horas a solas; tiempo tras el cual las dos mayordomas penetraron en la habitación para comprobar que el rey había consumado el matrimonio; dos veces. El texto está destinado a los miembros del cuerpo diplomático, pero éstos no parecen estar muy seguros de que lo referido sea la verdad. El embajador de Mantua, por ejemplo, le escribe a su jefe que el rey ha consumado el matrimonio “si es que se cree lo que se ha dicho”. La verdad es que muy pronto la historiografía francesa se dio cuenta de que aquella relación era un cuento; que, en realidad, Luis XIII no había tocado a Anita la Española. Y que, de hecho, tras aquella primera noche de Navidad, no regresó a su tálamo en cuatro años. Cuatro años.

Esta ausencia, unida al hecho de que los dos amores del rey, la señora d’Hautreufort y la señora de La Fayette, son muy posteriores (tenía casi treinta años) y de carácter meramente platónico (jamás les puso la mano encima) son las que han sostenido la teoría de que este rey francés debía ser llamado El Casto. Sin embargo, ya hemos referido varios testimonios, y podríamos referir más, que abonan la teoría de que, o bien dicha castidad era falsa, o bien se desarrollaba en el marco de una sexualidad bastante torticera y mal asumida.

Varios indicios parecen indicar, en todo caso, que conforme el rey fue cumpliendo años, esta asunción enfermiza de su sexualidad fue llevándole por derroteros cada vez más extraños. Y es aquí donde volvemos a encontrar a la señora de Vendôme, hija ella misma de Enrique IV. Esta miembra de la casa real francesa se casó el 20 de enero de 1619 con el duque d’Elboeuf. Los esposos se aprestaron, tras los esponsales, a llevar adelante su noche de bodas. Entonces el rey, haciendo uso del poder absoluto de que disponía, se hizo introducir en la cámara donde estaban los esposos porque, dicen las crónicas, “quería estar presente en su propia cama para así ver cómo se consumaba el matrimonio; acto que fue coronado más de una vez, con gran gusto por parte de Su Majestad”. Parece que la Vendôme nunca le perdonó al rey aquel voyeurismo inesperado y humillante; según el embajador de Venecia, le espetó: “Sire, faites vous aussi la même chose avec la Reine, et bien vous ferez” (señor, haced Vos lo mismo con la reina, y bien que haréis).

Cuatro días más tarde, Luis XIII regresó al tálamo de su esposa, por primera vez desde su noche de bodas, pero no sin que el señor De Leynes, su mano derecha, le impulsase a ello. A las once de la noche, el noble entró en la habitación del rey, y lo sacó de allí para, literalmente, ir a follarse a la reina. Prácticamente lo llevó de la oreja por los pasillos. Los meticulosos diarios de la Corte francesa registran con puntillosidad las escasas noches que, a partir de entonces, el rey visitó a la reina.

Pero la reina se quedó embarazada. En 1637, y después de haber hecho montones de rogativas ante la catedral madrileña de San Isidro, santo al que los madrileños creían capaz de preñar a las estrechas; y de, incluso, haber enviado a un cura francés, el padre Bachelier, ante la Corte española, para hacerse prestar por el rey español una reliquia del santo.

¿Era aquel niño, que sería el muy rijoso Luis XIV, hijo de Luis XIII? Difícilmente. El propio pueblo francés lo apeló, desde el inicio, con el chanzudo sobrenombre de Dieudonné, o don de Dios. Tan segura estaba la calle de que Luis XIV no era hijo de su padre que la tesis más extendida, que otorgaba la paternidad al noble señor marqués de Ancre, incluso se cantaba por las calles, con esta letra cuyo chiste es intraducible.

Si la Reine allait avoir
un enfant dans le ventre,
il serait bien noir
car il serait d’encre.

(Si la Reina fuese a tener/un niño en el vientre/sería con seguridad negro/pues sería de tinta. Obviamente, se juega con el chiste de que il serait d’Ancre, sería [hijo del marqués de] Ancre, suena como il serait d’encre, sería de tinta).

Para solaz de los naturales de  comunidades forales, se debe decir que la historiografía francesa y, en general, aquel pueblo, siempre sintió que, con la llegada al Louvre de un rey que, en realidad, sabe Dios de quién era hijo, se perdió el porte euskaldún que, hasta entonces, vía casa de Navarra, tenían los reyes franceses.

lunes, mayo 20, 2013

Soixante huit (19:... y el viento cambia)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primerdécimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo y décimo octavo capítulo. 

Resumen de lo publicado: Tras la espantada de Sauron y el apagamiento, que parece definitivo, de su ojo en la cumbre de Mordor, los hobbits se creen ganadores definitivos de la lucha contra los poderes oscuros. Ello a pesar de que los Rojirrim y los enanos, teóricos aliados suyos, siguen en buena parte haciendo la guerra por su parte y tratando de pactar con Sauron en lugar de acabar con él. En aquel clima tan optimista, los hobbits comienzan a pensar en el futuro cuando tengan el poder absoluto sobre la Tierra Media, y se deciden por un amiguete, el mortaraz Aragorn Mendes, para que los gobierne.
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A las 12,25 horas de la mañana, el general De Gaulle ha vuelto a París. Tardará dos horas de recibir al primer ministro Pompidou y comenzar a dar explicaciones concretas.

viernes, mayo 17, 2013

La antigua muerte



Al hombre siempre le ha inquietado la muerte. Los ritos funerarios, descubiertos gracias a diversos éxitos arqueológicos, demuestran la existencia desde muy pronto de una visión de la muerte como un hecho que debía ser objeto de ritos. La forma en que las civilizaciones se han enfrentado al hecho de la muerte presenta variaciones muy diversas, pero en nuestro caso, al menos como europeos o miembros de eso que llamamos la civilización occidental, una vez más, como otras muchas, es en el mundo griego y romano en el que hemos de buscar las raíces de nuestra propia actitud. 

miércoles, mayo 15, 2013

¿Por qué príncipe de Asturias?



Lo lógico es que, de un tiempo a esta parte, te estés haciendo sobre la monarquía española preguntas algo más profundas. Sin embargo, es posible que aún le quede sitio a tus reflexiones para preguntarte por qué los herederos de la Corona en España se llaman príncipes de Asturias. Es posible, también, que pienses que eso es porque Asturias es la tierra en la que se inicia la Reconquista; de hecho, ésta es la respuesta mayoritaria que, al menos, yo he arrancado a base de preguntar a los amiguetes. La respuesta, sin embargo, no es exactamente así. En realidad, no fue un asturiano quien promulgó el trato, sino un inglés. Así de cosmopolita es nuestra monarquía.

Príncipe significa el primero. Y es una palabra que se lleva su tiempo en tomar la acepción que hoy le damos. El primer príncipe importante es Augusto, quien luego se titularía emperador, puesto que se buscó el título de princeps para no tener que darse el de rex, conocedor de que, desde los tiempos de Julio, los republicanos romanos le tenían tirria a la palabrita. De todas formas, ya antes de ello, el Senado romano tenía un prínceps senatus, que era algo así como el speaker.

El título llega a la Edad Media europea designando a todo aquél que tenía mando total sobre un territorio. Con la consolidación del poder centralizado de las monarquías, que recortó notablemente la autonomía de mando de condes, marqueses y demás patulea, el vocablo príncipe comenzó a vincularse estrictamente a las familias reales. No obstante, en Europa quedan tres vestigios de aquel orden medieval en el que los territorios autónomos eran principados, en los así llamados de Andorra, Mónaco y Lienchenstein.

¿Cómo llegó, concretamente en el siglo XVI, el principado de Asturias a ser título del heredero de la corona, no de España, sino de Castilla y León? Pues ahí va la historia.

Ya hemos hablado en este blog del rey castellano Pedro I, llamado el Cruel. Peter casó con María de Padilla, de la que tuvo cuatro hijos. Un niño, Alfonso, que murió siendo muy crío. Beatriz, que se metió monja, y también murió joven. Y, finalmente, Constanza e Isabel. En 1362, el rey Pedro testó a favor de sus hijas la corona que ceñía y, al año siguiente, las Cortes de Bubierca sancionaron dicho deseo. Sin embargo, como ya hemos contado aquí, en 1369 el oponente de Pedro, Enrique de Trastámara, con la ayuda del francés Bertrand de Duglesclin, se cargó a Pedro, pasando a ser Enrique II de Castilla.

Malos tiempos para las hijas de Pedro, que pasaron de herederas de la corona al segundón estatus de infantas. Ambas encontraron su futuro en Inglaterra. Constanza encontró al inglés Juan de Gante, duque consorte de Lancaster, que había enviudado. Juan era el cuarto hijo varón del rey inglés Eduardo III, así pues aportó al matrimonio la dudosa dote de un difuso derecho a la corona inglesa; y su mujer un no menos tenue derecho, en la práctica, a la de Castilla. Isabel, la otra infanta, se casó con Edmundo, hermano de Juan y tercer hijo varón de Eduardo III; alguna posibilidad más tenía de ser rey.

A la muerte de Beatriz, la infanta clarisa y por lo tanto primogénita de Pedro I, el partido petrista comenzó a llamar a Constanza reina de Castilla y León; Eduardo III, de hecho, ordenó que tal fuese el tratamiento que recibiesen en Londres.

En 1386, Juan de Gante, juzgando sus posibilidades de ser rey de Inglaterra bastante tenues, cedió sus posesiones en las islas al hijo que tenía de su primer matrimonio (hijo que llegaría, por cierto, a reinar en Inglaterra como Enrique IV) y se fue a España para defender los derechos a la corona de Castilla de su mujer, Constanza; y de la hija de ambos, Catalina. En España se encontró con la lógica oposición de Juan I, hijo de Enrique II, que estaba al frente del machito.

Tras una serie de acciones de suerte vacilante, Juan de Gante y Juan de Trastámara firmaron la paz de Troncoso. Esta paz estipulaba el compromiso entre ambos de que el infante Enrique, hijo de Juan y que entonces tenia diez años, se casase con Catalina de Lancaster, hija de Juan y Constanza, que tenía catorce. Si el niño Enrique moría antes de consumar el matrimonio, su hermano Fernando (que acabaría siendo el rey Fernando I de Aragón, llamado el de Antequera),  debía casarse en su lugar.

El pacto era perfecto, pues suponía cerrar, unos cuantos años después, la lucha a muerte entre Enrique II Trastámara y Pedro I el Cruel: el marido era nieto del primero, y la mujer nieta del segundo.

Pero hubo una cláusula más en aquella paz troncosera: además de arreglarse los casorios, el matrimonio debería ser intitulado príncipes de Asturias. Y fue Juan de Gante quien lo exigió.

El duque de Lancaster no hacía sino importar a España una costumbre inglesa relativamente reciente. El heredero de la corona inglesa, en efecto, se había dado en llamar príncipe de Gales, en atención a la mucha mierda que tuvieron que sudar los ingleses para someter aquellas tierras. En el siglo XII, Gales se había unido bajo el cetro de un caudillo militar, Llywelyn ab Jorweth, que se había hecho llamar príncipe de Gales. Ya en el siglo XIII, el nieto de este caudillo, Llywelyn ab Gruffyd, llamado El Grande, consiguió derrotar a Eduardo, designado ya heredero de Enrique III. Este Eduardo, ya coronado Edward I (tiene importancia escribirlo así: la dinastía real inglesa es francesa, y Eduardo I es el primero de sus reyes que portó nombre inglés) resolvió dejarse de mamonadas e integrar de una vez Gales en la integralidad inglesa. Aquella guerra terminó en 1282 con el aplastamiento de las tropas locales y el ajusticiamiento de los líderes que no murieron en el combate. Para declarar la inamovilidad de la incorporación gaélica (perdón, galesa) a la corona inglesa, los herederos pasaron a llamarse príncipes de Gales.

Hemos visto cuál fue el proceso en Castilla. Pero en Aragón, en realidad, fue muy parecido, y casi también en los mismos tiempos. Tradicionalmente, el heredero de los reinos de Aragón y Valencia y el condado de Barcelona (inseparables desde 1319, en las Cortes de Tarragona) era ungido simplemente sucesor y sustituto del rey en su ausencia.

En 1351, el rey Pedro el Ceremonioso, que tenía un marrón sucesorio que te cagas porque su hermano Jaime ambicionaba la corona y él quería dejársela a sus hijas, por fin hizo bull’s eye y consiguió generar un hijo, Juan. Cuando tenía su hijo apenas un mes, y copiando la costumbre francesa de entonces, por la que el heredero de la corona era nombrado duque de Normandía, le dio a su hijo la ciudad de Gerona y el título de duque.

El duque llegó a rey, como Juan I. Este Juan, el I de Aragón, sólo tuvo hijas, por lo que tuvo que echar mano de su hermano, Martín (quien había sido nombrado por Pedro el Ceremonioso rey de Sicilia), al que nombró su mano derecha, amén que duque de Montblanc.

Martín fue rey después de su hermano, y es conocido por la Historia como Martín el Humano. En 1395, cuando lo hicieron rey, había abdicado la corona de Sicilia en su hijo, Martín, llamado el Joven; y luego lo nombró heredero de la de Aragón. Pero las cosas no salieron como el Humano esperaba, porque su hijo murió un año antes que él, retrotrayéndole, pues, la corona siciliana.

En 1414, el conflicto sucesorio surgido tras la muerte de Martín el Humano fue resuelto con la elección de Fernando de Trastámara, llamado por la Historia el de Antequera, como rey de Aragón (que era, lo hemos dicho, un Trastámara; hermano del rey de Castilla, Enrique III). El día de su coronación, y siguiendo la estela del ducado de Gerona y la nueva moda surgida en Castilla con el principado de Asturias, Fernando ungió a su primogénito, Alfonso (futuro Alfonso V el Magnánimo) como príncipe de Gerona.

Fernando I el de Antequera recuperó también el ducado de Montblanc para su segundo hijo, Juan; quien se casó con Blanca de Navarra, hija de Carlos III, llamado el Noble; braguetazo que se sirvió para ser rey consorte de la Comunidad Foral. Juan y Blanca tuvieron un hijo llamado Carlos, a quien se le otorgó el título de príncipe de Viana, que es el que escogieron los navarricos para designar a su futuro rey.

Alfonso el Magnánimo murió en 1458 sin hijos (legítimos), por lo que la corona pasó a su hermano Juan, el marido de la Blanca, que para entonces andaba ya a hostiones limpios con su hijo Charlie por ver quién mandaba en Euska Herria Este. A las Cortes de Zaragoza de 1460 fueron los representantes de las ciudades mañas, horchateras y catalanas un poco preocupados por nombrar rey tan talludo, por lo que le pidieron a Juan que en el mismo acto fuese nombrado príncipe de Gerona, heredero pues de la corona, Carlos, príncipe de Viana. Juan, sin embargo, no quería ver a su hijo vascuence ni en pintura, ya hemos dicho que andaba arriscado con él; así pues, ni corto ni perezoso, nombró a Fernando, hijo de su segundo matrimonio, duque de Montblanc; sabiendo que dicho título lo habían llevado, hasta entonces, dos personas, Martín el Humano y él mismo, que habían terminado siendo reyes de Aragón. Y no erró, porque aquel tercer duque de Montblanc, infante don Fernando, acabó siendo Fernando I, al que conocemos como el Católico.

Un poco antes del nombramiento de Fernando, sin embargo, el príncipe de Viana había sido proclamado, en Barcelona, rey de Navarra y gobernador general de Aragón. Sin embargo, Carlos murió poco después de aquella proclamación, así pues a las Cortes de Calatayud no les quedó otra que aceptar a Fernando.

El infante don Juan, hijo de los Reyes Católicos, fue proclamado, a la vez, príncipe de Asturias y de Gerona, pues la legitimidad le venía de ambas coronas. Felipe II, por su parte, también fue objeto de la misma proclamación. Pero el Rey Prudente, a la hora de proclamar a Felipe III, decidió ya simplificar las cosas, por lo que fue proclamado príncipe de las Españas. Así pues, el título de príncipe de Asturias desapareció, hasta volver a ser usado en el siglo XVIII.

Cabe reseñar, por último, que sólo dos personas en la Historia de España han recibido el título de príncipe sin ser de sangre real. El primero fue Godoy, nombrado Príncipe de la Paz; título que, cuando el valido fue rehabilitado en 1847, no se le devolvió. Y don Baldomero Espartero, que fue nombrado príncipe de Vergara por el rey italo-italiano Amadeo de Saboya

Príncipe de Gales, de Asturias o de Gerona no es la única denominación especial que recibe el heredero. Es bien sabido que en Francia el heredero, que inicialmente era el duque de Normandía, pasó a ser el Delfín, que no quiere decir que lo considerasen un mamífero marino, sino señor del Delfinado, que es una región de Francia donde hacen un notable gratin dauphinoise. El heredero de la cosa belga es príncipe de Brabante, el de Bulgaria de Tirnovo. El de Grecia es diádoco de Grecia y duque de Esparta. El de Holanda, nos ha jodido, príncipe de Orange (podríamos nombrar a Felipe príncipe de Movistar :-DDD). El de Montenegro es el Gran Voivoda de Grahovo y de Zeta. El de Portugal, duque de Braganza (y no de Bragazas, como alguna vez escribe algún estudiante despistado). El de Rumania, duque de Alta Julia.

De todo lo antedicho debería quedar claro, entiendo yo, que el heredero de la Corona de España no es príncipe de Asturias. Más propiamente, es: príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana, y duque de Montblanc. Qué pasaría si Cataluña se independizase, eso ya es algo que tendrán que dirimir los jurisconsultos.

El cargo más largo que tiene un heredero real en Europa, como no podía ser de otra manera, es el inglés, que es: príncipe de Gales, conde de Chester, duque de Cornualles, duque de Rothesay, conde de Carrick, barón de Renfrew, lord de las Islas y Gran Steward de Escocia. Pero todos esos títulos se los mete en las orejas, y aun le sobra sitio.

domingo, mayo 12, 2013

Lectura: Christian beginnings



El judio de origen húngaro Geza Vermes practica mucho un género de ensayo exegético consistente en libros relativamente breves, descargados de la cita excesiva tanto de las escrituras como de los exégetas, dedicados a diversos aspectos interpretativos de los orígenes y desarrollo del cristianismo. En este libro que hoy comentamos, de muy reciente publicación por la editorial británica Penguin, realiza, de alguna manera, una especie de cóctel de un montón de cosas desarrolladas ya en pasados ensayos. Un cóctel que le queda bastante sabroso.

jueves, mayo 09, 2013

Soixante huit (18: Mitterrand, pas de manoeuvres)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primerdécimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto y décimo séptimo capítulo.

Resumen de lo publicado: Tras el fracaso de la negociación para alcanzar la paz en la Tierra Media, los hobbits, más fuertes que nunca, organizan una macromanifestación en Hobbiton que es todo un éxisto a pesar de la distancia marcada con la misma por sus teóricos aliados los Rojirrim y algunos enanos. Esa manifa termina con la convicción por parte de los hobbits de que la Era de Sauron ha terminado y que un nuevo horizonte temporal se abre para todos los seres del mundo. Para colmo, al final de la tarde, el ojo de Sauron va y se apaga; ya nadie sabe dónde puede estar el Señor Oscuro. Es el momento más querido para los amantes de Mayo del 68; el momento en el que, verdaderamente, parece que han ganado. Sin embargo...
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Durante toda la tarde, una vez que se va conociendo la noticia de que el propio Presidente de Francia parece haberse ido a la francesa (y entre insistentes rumores en la calle de que, como si fuese un rey medieval, está no se sabe dónde, allegando tropas para tomar París), el secretario general de la Presidencia, Bernard Tricot, y el propio primer ministro Georges Pompidou, reciben a todo aquél que está en el gaullismo para algo más que hacer café y servir de caja de resonancia para las notas de prensa. El mensaje que les lanzan es, hasta cierto punto, inesperado para sus interlocutores: nada se ha perdido; es ahora cuando hace falta comenzar la lucha.

jueves, mayo 02, 2013

El "otro" final de la II guerra mundial

Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe contar el final de la segunda guerra mundial. Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe describir a Adolf Hitler encerrado en el sótano de su cancillería, suicidándose en compañía de Eva Braun.

Y, sin embargo, ese relato no está completo.

Muy habitualmente los europeos olvidamos que la segunda guerra mundial no terminó con Hitler. Tardó todavía unos meses en acabar, porque proseguía el enfrentamiento en el Pacífico. Y la verdad es que el occidental average poco o nada sabe del final de la guerra en Japón; que fue, desde luego, mucho más movido y caótico que en Berlín. Aquí tenéis un relato.

lunes, abril 29, 2013

Soixante huit (17: la construcción del socialismo, seguida de espantá)




Resumen de lo publicado: Finalmente, abrumado por la tensión conjunta de hobbits y enanos, Sauron se aviene a negociar con los primeros de ellos sus condiciones de trabajo en las minas. Tras dos maratonianas sesiones negociadoras, alcanzan un acuerdo. Pero cuando los reyes enanos llegan a las minas a explicarle al resto de sus gentes el contenido de los pactos, éstos los mandan, elegantemente, a tomar Fanta.

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El martes 28 de mayo, el gobierno Pompidou, seriamente presionado por las circunstancias, entrega una pieza mayor a los estudiantes. Alain Peyrefitte, probablemente, sigue contando con la máxima confianza del jefe del Ejecutivo; pero ambos saben que su caída es casi una conditio sine qua non para que las circunstancias comiencen a cambiar para bien en Francia. Si alguien, en ese momento, es la metáfora de la universidad vieja, ajada y clasista que ya no puede volver, ése es el ministro. “Nada se podrá hacer en la universidad a menos que regrese la calma, y yo espero que mi marcha ayude en este sentido”, afirma esa mañana un dimisionario ministro con voz que pretende ser seca y segura.

viernes, abril 26, 2013

Hitler y Palestina (8)

De esta serie se han publicado ya un primer, segundotercer, cuarto, quinto, sexto y séptimo capítulos. 

La ofensiva del Africa Korps dejó bastante claro que las viejas tácticas del ejército inglés en Oriente Medio, que tan buenos réditos le habían procurado a Su Graciosa Majestad durante los tiempos de Lawrence de Arabia, eran fruslerías frente a la capacidad de movimiento de los germanoitalianos. Sin mencionar que, tomando Tobruk, el Eje se aprovisionaba con un puerto de gran capacidad. Sin embargo, las rutas a Tobruk ya no dejaron de estar gravemente hostigadas por los aliados, razón por la cual nunca, en realidad, pudo Erwin Rommel dejar de estar angustiado con la cuestión de la disponibilidad de combustible para sus tropas.


lunes, abril 22, 2013

La ciudad que recibió el regalo de una olla de sopa

La amistad entre ciudades tiene diversos motivos y una Historia muy larga. En realidad, data de los tiempos de la Antigua Grecia, puesto que aquella nación, como bien saben todos los que no son víctimas de la LOGSE, se creó a partir de la unión de ciudades libres, las famosas polis. Desde los inicios de las naciones estructuradas, pues, las colectividades han tendido a organizarse en ciudades; las provincias, regiones y nacionalidades, no digamos ya la identidad trasnacional en plan Europa y tal, son muy, muy posteriores.

La organización en ciudades tiene un pequeño problema: es ineficiente. Los colectivos que se organizan en forma de ciudades libres, libremente apuntadas a un pacto con otras ciudades (éste es, sin ir más lejos, el dibujo del federalismo de Francisco Pi i Margall), acaban en un plan en el que todo dios hace más o menos lo que le sale del pingo, lo que los hace notablemente débiles ante regiones o naciones centralizadas. Por ello, el nacimiento de las naciones modernas es, en buena parte, una historia de lucha de un naciente poder central contra el poder municipal establecido.

En esa lucha cayeron la inmensa mayoría de los fueros y estatutos propios de las ciudades, o fueron convertidos en meros elementos simbólicos. Algunas ciudades, sin embargo, sobrevivieron en su orgullo durante bastante tiempo. Entre dos de estas ciudades se produjo, y es la anécdota de da pie a este post, el regalo quizás más extraño que jamás se han hecho dos ciudades: una olla de sopa caliente. Regalo extraño, sí, pero de un simbolismo casi estremecedor.

jueves, abril 18, 2013

Turismo romano

Ya sabéis que una de mis obsesiones es demostraros que hay muy pocas cosas nuevas bajo el sol de los tiempos presentes. El pasado no es sino una imagen en sepia de nosotros mismos. Tendemos a pensar que los parlamentarios del pasado sí que eran grandes oradores y, la verdad, en su mayoría eran tan zafios y amigos de los lugares comunes y las frases demagógicas como los tipos que ocupan hoy los escaños de las asambleas legislativas. Y así nos pasa con muchas cosas.

Por ejemplo, el turismo. Es relativamente común escuchar o leer que el turismo es una actividad relativamente moderna. En realidad, lo que es moderno es el turismo masivo. Pero el acto de visitar lugares donde uno no vive es más viejo que la tos. Y voy a intentar demostrároslo hablándoos un poquito de los tiempos de la Antigua Roma.

La costumbre de los romanos urbanos pudientes de irse de vacaciones data de los tiempos republicanos. Era por esa razón que los patricios, o los romanos enriquecidos como Cayo Mario, poseían varias villas en la península itálica, que les permitían pasar temporadas de descanso en distintos ambientes. Personas de riqueza relativamente modesta como el célebre Marco Tulio Cicerón poseían casas de campo de este tipo. Eran tantas estas construcciones que el poeta Horacio, en un alarde que nos parecerá muy moderno, vaticinaba amargamente la desaparición de los agrestes campos de olivos italianos, a manos de esta desesfrenada burbuja inmobiliaria latina. Hay que reconocer que el temor tenía su razón de ser porque los romanos, cuando se ponían a construir, arramblaban con todo y, si les salía del pingo, construían montañas o lagos artificiales, se apiolaban bosques enteros, lo que hiciese falta. No inventaron la legislación urbanística; ellos se corrompían, sobre todo, con las contratas de envío de cereales a la gran capital.

El no va más de la costa pija italiana era, en aquellos tiempos, la bahía de Nápoles. Allí estaban las grandes casas de los grandes, algo de lo que las autoridades arqueológicas de la región se benefician hoy con justicia.

El no va más de aquella bahía, la Marbella romana, era la ciudad-balneario hoy llamada Baia, donde había que ser verdaderamente rico para tener una villa. El ferragosto romano era en Baia un continuo pasar de fiestas de señoras de buen ver y maridos derrochadores, orquestas, representaciones, comidas que no terminaban hasta que comenzara la cena. Y, por supuesto, estaba la actividad de ir a los baños, a mejorar la piel o el tono muscular. Ahora lo llaman spa.

El clima italiano es mediterráneo, pero también tiene sus putadas. Era bastante posible, por lo tanto, que muchas personas acabasen sufriendo del pecho, especialmente si eran asmáticas. Para ellas, si tenían dinero claro, los galenos de Roma solían prescribir estancias en Egipto o en parajes de montaña.

Éste era el turismo de los más ricos. Los pudientes pero no millonarios hacían turismo más al estilo que estamos acostumbrados a ver hoy. Y sus preferencias claras eran los lugares señalados por los hechos históricos o mitológicos. La villa donde fue asesinado Cicerón, por ejemplo, se convirtió en lugar de turismo muy rápidamente. Como lo fue la casa natal de Augusto (especialmente después de haber sido deificado) y, sobre todo, la península griega, que el romano medio se sabía casi de memoria y donde podía visitar muchos lugares, fundamentalmente templos, donde se supone que habían pasado todas las cosas que conformaban los relatos de su vida. Todo romano cultivado aspiraba a viajar a Grecia al menos una vez en la vida. Visitaba Atenas, Corinto o Epidauro, el santuario de Esculapio, Rodas. Si tenía algún dinerito más, cruzaba el charco para visitar Ilión, la ciudad donde todo ocurrió, y todo empezó.

La presión turística sobre los templos griegos y romanos creció de tal manera que, muy pronto, sus avispados diáconos, como lo harían los sacerdotes católicos siglos después, avizoraron el negocio de las reliquias. Algunas eran verdaderas, como la armadura gala que César regaló al templo de Venus, y que estuvo expuesta en el mismo mucho tiempo. Pero otros templos atesoraban dientes de elefante, armaduras, vestidos, esculturas, que decían haber sido regalados, tocados, portados o fabricados por personajes famosos, algunos de ellos mitológicos, para atraer al público. Así, el turista romano podía acudir a lugares donde le enseñarían un huevo de Leda, una copa regalo de Helena la de Paris, un vaciado del pecho de ésta, o partes de los barcos de Agamenón, de Eneas o de Ulises.

Tanto se parecían los tiempos pasados a los presentes que en muchos de estos lugares había lo que los griegos llamaban periegetes, esto es guías profesionales que enseñaban el lugar a los visitantes.

Un aspecto en el que las cosas se han simplificado notablemente, sobre todo si los que viajan son hombres (con las mujeres, ya no está tan claro) es la impedimenta del viaje. Hoy nos movemos de un sitio a otro con un par de maletas o tres. Pero los hombres del pasado no eran así. El hombre antiguo, y no tan antiguo, no se privaba de nada cuando viajaba. Las crónicas nos dicen que los desplazamientos de Domenicos Theotocopouli, El Greco, eran todo un expectáculo, porque el buen pintor se desplazaba siempre en compañía de su biblioteca (este bloguero que os escribe confiesa que ya le gustaría ser millonario para hacer lo mismo). Pero los romanos superaban esto con creces. Un romano rico average no viajaba nunca sin una amplia corte de esclavos y sirvientes, amén de parientes, amigos y clientes, el menaje de su hogar al completo, algunos muebles. Julio César no viajaba nunca sin su suelo de mosaico (que ya es manía), y Marco Antonio siempre llevaba consigo su colección de vasos de oro. Se habla de que Nerón y Popea, cada vez que viajaban, movilizaban cerca de mil carros. Pero, claro, entre otras cosas tenían que desplazar las 500 burras que proveían la leche del baño diario de Popea.

Las personas con dinero iban de villa en villa, bien de su propiedad, bien de amigos o socios. Pero la gente normal también tenía su alternativa, como la de hoy. En muchos lugares donde eran habituales los viajes había hoteles que se anunciaban mediante carteles en los que prometían las mismas comodidades que en la capital (de donde se deduce que los turistas no eran, precisamente, de la Subura donde vivían los del censo por cabezas; porque, allí, en aquellas insulae abigarradas que se incendiaban los días pares y los impares, también, comodidades, la verdad, había pocas).

Los viajes se hacían aprovechando la densa y bien construida red de calzadas romanas, para lo cual los turistas se proveían de guías precisas que les indicaban la ubicación de los caminos, acompàñadas con indicaciones de las características de las poblaciones que atravesarían y su oferta de alojamiento y manutención. Lo que se dice, pues, auténticas guías Repson, sólo que sin gasolina.

Así que, ya sabes. La vida no ha cambiado tanto en dos mil años. Todos nosotros somos, apenas, cromañones con perfil en Facebook.

lunes, abril 15, 2013

Il divo



La Historia del arte y, sobre todo, de las artes escénicas, está repleta de personas que se han hecho merecedoras, ellos, de la palabra divo; ellas, de la expresión prima donna; ambas procedentes del italiano, pues Italia ha sido durante mucho tiempo el lugar que daba y quitaba, al menos en el caso de la música.

Los divos y divas suelen caracterizarse por ser caprichosos y de muy difícil relación. Se consideran por encima del común de los mortales, algo provocado por la excesiva pleitesía con la que se desempeñan con ellos sus admiradores, y todo esto los convierte en seres atrabiliarios a los que, además, todo se les perdona. El divo, con el tiempo, acaba desconectándose de la realidad; acaba por no ser siquiera consciente de que en el mundo hay gente que ni siquiera conoce su nombre (de hecho, no sé si existirá un solo divo en todo el mundo que pueda decir que más personas saben quién es que las que lo desconocen) y entra, no pocas veces, en una especie de bucle autooriginal, en el que se ve obligado a ser cada vez más excéntricamente exigente.

viernes, abril 12, 2013

Los últimos traidores de Hitler



Ya hemos visto en este blog, con cierto detalle, la maquinación y el fracaso del atentado de Rastenburg contra Adolf Hitler, del que salió prácticamente ileso de milagro. También hemos visto, al estudiar dicho atentado, que la represión del mismo fue de una extrema violencia y carácter indiscriminado. Miles de personas sufrieron encarcelamiento, varias ejecutadas, y muchas probaron la dureza de la Gestapo.

miércoles, abril 10, 2013

Amapola (in Memoriam)


Los lectores habituales de este blog habrán notado que últimamente su autor se muestra un tanto esquivo e incumplidor. Hay una razón para ello.

Hace dos días, perdí a mi madre.

Fue hace unos cuantos años que escribí el texto del cuento que reproduzco aquí, apenas con dos o tres correcciones sobre aquellas palabras originales. Cuando lo escribí, mi madre estaba muy lejos de la muerte y, sin embargo, esa idea ya me provocaba cierta desazón; tal vez porque yo mismo la rondé en sus brazos. Lo he releído en estas últimas horas y he pensado que no podría pensar en un homenaje mejor. Los hay, sin duda, mucho mejores; pero yo no sé escribirlos.

Va por ti, madre. Lee, pues.

viernes, abril 05, 2013

¿Existió alguna vez una señora de Nazaraios?

El problema empezó en septiembre del 2012. En dicha fecha, durante una conferencia en Roma, una experta en estudios bíblicos, la profesora Karen King, anunció que había encontrado un pedazo de manuscrito del siglo IV, escrito en copto, en el que se habla de la esposa de Jesús, el Mesías. Hace muy pocos días, la polémica ha resurgido, por lo menos en Reino Unido, tras un reportaje de la BBC titulado El Misterio de María Magdalena, en el cual sus autores insinuaban que María y Jesús podían haber sido amantes o esposos, y que se besaban en público. Los católicos británicos, que quizá porque Reino Unido es un país mayoritariamente anglicano suelen ser muy católicos, han puesto, nunca mejor dicho, el grito en el Cielo.