viernes, mayo 24, 2013
A la muerte de El Hechizado
Que en los comienzos del siglo XVIII en España se montó la marimorena, no hace falta ser catalán para saberlo y entenderlo. Nuestra guerra de sucesión es un hecho de capital importancia para el país por muchos motivos, algunos de ellos tan duraderos como la filiación de la dinastía que reina en nuestro país a día de hoy. Tal vez por ello, todo el mundo más o menos cultivado conoce el tema y sabe algo sobre él.
miércoles, mayo 22, 2013
El rey casto y su mujer española
El rey francés Luis XIII, llamado por sus paisanos El Justo,
tiene como principal mérito ante la Historia el de ser el padre de Luis XIV,
considerado por los franceses, tal vez, como el mejor rey que nunca tuvo
Francia. Ese mérito, sin embargo, es dudoso, a decir de muchas
interpretaciones. Interpretaciones que recuerdan las difíciles relaciones que
tuvo Luis con su esposa, la española Ana de Austria; y, en general, la
repugnancia o rechazo del contacto sexual, que también le ha valido a este
rey el apodo de El Casto.
El de Luis XIII, sin embargo, difícilmente se puede
considerar un caso de impotencia, como los observados o sospechados en otros
reyes. El del rey francés es un caso de sexualidad compleja, en el que bien
harían en bucear los estudiosos de las parafilias.
Lo primero que hay que decir de Luis XIII es que era hijo de
Enrique IV. Esto que, así de principio, parece una gilipollez, no lo es tanto
si al tiempo decimos que Enrique IV es, probablemente, el rey francés (y,
quizás, no francés) más putero de la era moderna. De él se dijo que tuvo más de
50 amantes y una gran multiplicidad de bastardos. Era la suya una rijosidad
democrática, pues igual le daba irse a la cama con una condesa dueña de una
gran heredad que con la mujer de su jardinero. Era, pues, un hombre disoluto,
como se decía antiguamente, que, como consecuencia, coqueteó con las
enfermedades venéreas, habiendo sufrido, cuando menos dos veces, incapacidad de
orinar por causa de afecciones gonorreicas.
Ese carácter no muy ejemplar afecta en gran medida a su hijo
y delfín, que se crió en un ambiente un tanto extraño y no muy ordenado, en
compañía de algunos de sus hermanos bastardos. Cabe adivinar que, a lo largo de
aquellos años, desarrolló una extraña atracción por el sexo, combinada con el
rechazo del mismo por el rechazo a su padre.
La vida de Luis XIII está extraordinariamente bien
documentada gracias al diario de su médico, Jean Hérouard, quien realizó, a
través de sus anotaciones, una descripción minuciosa de la infancia del Delfín.
Descripción en la que quedan pocas dudas de la distancia entre padre e hijo.
Nos cuenta el médico, en efecto, que, siendo Luis un niño, una de las damas de
la reina le dijo: “no iréis a ser vosotros un lujurioso como vuestro padre”; a
lo que el niño respondió con un seco, y frío “no”.
Hérouard nos informa que Luis XIII nació recio, musculoso y
sano, aunque pronto se le presentó un problema que pudo ser de gran influencia
en su sicología. Al día siguiente de haber nacido, su aya notó que sufría al
mamar, por lo que le observó la boca para encontrar que aún tenía el frenillo,
que le fue cortado por Gillemeau, cirujano del rey. Lamentablemente, la
operación no salió del todo bien; o, tal vez, el niño tenía otro problema “de
salida”. El caso es que, cuando empezó a hablar, se observó que tartamudeaba y
pronunciaba algunos sonidos fónicos de mala manera. Si el gran problema de Luis
XIII, como aseguran algunos historiadores, fue la timidez, aquello no pudo
colaborar para hacerlo más extrovertido. Por cierto, que en Luis XIII se da una
historia bastante parecida a la que cuenta la película El discurso del rey, puesto que en la más importante perorata de su
vida, aquélla ante el Parlamento para sancionar su mayoría de edad, no se
equivocó ni una sola vez. Se ignora si alguien le ayudó para ello.
En la infancia de Luis, éste tuvo un preceptor, Nicolas
Vauquelin, que, dato importante, fue despedido muy poco después de la muerte
del rey Enrique IV. A este hombre le adjudican no pocos libros la
responsabilidad de haber dirigido una educación para el Delfín que no reparó en
impulsar sus vicios. Siendo apenas un niño, el paje del señor de Longueville
cumple su función de darle la novedad al rey-niño; servicio que éste contesta lui montrant sa guillery, que viene a
querer decir, cuarta arriba, cuarta abajo, enseñándole la polla. El diario
acontecer palaciego registra el mismo gesto de Luisito ante los embajadores de
Saboya (tal vez, por la rima…) y de Escocia. Incluso delante del señor de
Bonnières, aristócrata galo que le rendía en ese momento visita… acompañado de
su hija. El médico real, con precisión notarial, nos hace ver que Luis niño
juega constantemente con su ciruelo e incluso insinúa que va a hacer que la
gente se lo bese. Tiene la costumbre de acostarse boca arriba para que todo el
mundo que está con él pueda contemplar el espectáculo.
El matrimonio entre Luis XIII y Ana de Austria fue
medio acordado cuando ambos eran apenas unos niños. Y, según diversos indicios,
el niño Luis estaba como obsesionado con tirársela, aunque tal vez no
entendiese muy bien el significado real de la cosa. El médico Hérouard le
pregunta un día: “¿Dónde está la lindura de papá?”, refiriéndose a él; y el
niño se golpea en el estómago. Luego le pregunta: “¿Y dónde está la lindura de
Infanta [española: Ana de Austria, su futura mujer]; y el niño, por toda
respuesta, se mete la mano en la bragueta.
A tiernísimos tres años, el 5 de agosto de 1604, la señora
de Vendôme (a la que volveremos a encontrar en este relato, seriamente
humillada por el rey), tras desnudar a su pariente, le pregunta si querrá
que duerman juntos. “No”, le contesta el niño; “tú no eres la Infanta”.
Hay cosas que han intrigado a los historiadores de aquel
niño pero que, probablemente, son más normales. Provenientes de la imitación
realizada por un niño especial que puede hacer casi lo que le dé la gana. Un
día ve a dos mujeres de la corte, y repara en que una le da a la otra un
cachete en el culo. A partir de aquel día, él quiere golpear a las mujeres que
le rodean con una pequeña fusta.
Hay que tener en cuenta que el propio rey tenía la
costumbre, cada vez que regresaba de una jornada de caza (lo cual era muy
habitual), de desnudarse, tumbarse en la cama y hacer desnudar a su hijo para
que se acostara con él. Es posible que Enrique considerase que su hijo era poco
viril y que haciendo cosas como ésa buscase corregir la situación. Mantuvo
aquella costumbre de machotes acostándose en pelotas juntos hasta su propia
muerte, que tuvo lugar cuando el Delfín tenía 9 años.
El diario de Hérouard, de hecho,
es útil a la hora de valorar hasta qué punto al rey le preocupaba que su hijo
pudiera ser un nenaza, y hasta qué punto lo presionaba por razones de Estado.
Anota, entre otras cosas, que en 1605, cuando Luis tenía cuatro años, su padre
lo llevó con él a contemplar un nuevo tapiz que representaba a unos niños, y
allí le dijo: “Quiero que le hagas un
hijo a la Infanta”. El niño le dijo que no lo haría. O sea, le dijo lo que cualquier niño le habría contestado.
A pesar de ese rechazo, son
varias veces en el diario del médico en que se anota que Luis le ha asegurado a
sus ayas que “la Infanta de España yacerá conmigo y yo le haré un hijo con mi
polla”. Todo indica, además, que, conforme va avanzando la infancia del Delfín,
todos estos conflictos van degenerando en una sexualidad mal asumida. Una
noche, el niño tiene una pesadilla y su aya decide meterlo en su cama para que
duerma tranquilo. En la mañana, el niño se despierta y le dice a la mujer:
“Buenos días, perra, bésame”. Cuando el aya le inquiere por qué la llama perra,
el niño contesta: “porque te estás acostando conmigo”. Suena a historia de su
padre, el rey, mal contada, mal escuchada y mal comprendida.
Teniendo Luis XII catorce años (Ana de
Austria apenas unas horas más que él), las diplomacias francesa y española
deciden que ya es momento de que se casen. En el palacio del arzobispo de
Burdeos se conocen el novio y la novia.
El Estado francés publicó un
folletito, titulado Détail singulier de
ce qui se passa le jour de la consommation du mariage de Louis XIII (25
décembre 1615). Según dicha obra oficial, todo fue de pila máster. Un poco
en contra de las costumbres normales de la corona francesa, la reina madre,
María de Medicis, solicitó de las dos camareras reales cuya función era pasar
la noche entera en la alcoba de los novios que les dejasen una o dos horas a
solas; tiempo tras el cual las dos mayordomas penetraron en la habitación para
comprobar que el rey había consumado el matrimonio; dos veces. El texto está
destinado a los miembros del cuerpo diplomático, pero éstos no parecen estar
muy seguros de que lo referido sea la verdad. El embajador de Mantua, por ejemplo, le escribe a su jefe que el
rey ha consumado el matrimonio “si es que se cree lo que se ha dicho”. La
verdad es que muy pronto la historiografía francesa se dio cuenta de que
aquella relación era un cuento; que, en realidad, Luis XIII no había tocado a
Anita la Española. Y que, de hecho, tras aquella primera noche de Navidad, no
regresó a su tálamo en cuatro años. Cuatro años.
Esta ausencia, unida al hecho de
que los dos amores del rey, la señora d’Hautreufort y la señora de La Fayette,
son muy posteriores (tenía casi treinta años) y de carácter meramente platónico
(jamás les puso la mano encima) son las que han sostenido la teoría de que este
rey francés debía ser llamado El Casto. Sin embargo, ya hemos referido varios
testimonios, y podríamos referir más, que abonan la teoría de que, o bien dicha
castidad era falsa, o bien se desarrollaba en el marco de una sexualidad
bastante torticera y mal asumida.
Varios indicios parecen indicar,
en todo caso, que conforme el rey fue cumpliendo años, esta asunción enfermiza
de su sexualidad fue llevándole por derroteros cada vez más extraños. Y es aquí
donde volvemos a encontrar a la señora de Vendôme, hija ella misma de Enrique
IV. Esta miembra de la casa real francesa se casó el 20 de enero de 1619 con el
duque d’Elboeuf. Los esposos se aprestaron, tras los esponsales, a llevar
adelante su noche de bodas. Entonces el rey, haciendo uso del poder absoluto de
que disponía, se hizo introducir en la cámara donde estaban los esposos porque,
dicen las crónicas, “quería estar
presente en su propia cama para así ver cómo se consumaba el matrimonio; acto
que fue coronado más de una vez, con gran gusto por parte de Su Majestad”.
Parece que la Vendôme nunca le perdonó al rey aquel voyeurismo inesperado y
humillante; según el embajador de Venecia, le espetó: “Sire, faites vous aussi la même chose avec la Reine, et bien vous
ferez” (señor, haced Vos lo mismo con la reina, y bien que haréis).
Cuatro días más tarde, Luis XIII
regresó al tálamo de su esposa, por primera vez desde su noche de bodas, pero no sin que el señor De Leynes, su mano
derecha, le impulsase a ello. A las once de la noche, el noble entró en la
habitación del rey, y lo sacó de allí para, literalmente, ir a follarse a la
reina. Prácticamente lo llevó de la oreja por los pasillos. Los meticulosos
diarios de la Corte francesa registran con puntillosidad las escasas noches
que, a partir de entonces, el rey visitó a la reina.
Pero la reina se quedó
embarazada. En 1637, y después de haber hecho montones de rogativas ante la
catedral madrileña de San Isidro, santo al que los madrileños creían capaz de
preñar a las estrechas; y de, incluso, haber enviado a un cura francés, el
padre Bachelier, ante la Corte española, para hacerse prestar por el rey español
una reliquia del santo.
¿Era aquel niño, que sería el muy
rijoso Luis XIV, hijo de Luis XIII? Difícilmente. El propio pueblo francés lo
apeló, desde el inicio, con el chanzudo sobrenombre de Dieudonné, o don de Dios. Tan segura estaba la calle de que Luis
XIV no era hijo de su padre que la tesis más extendida, que otorgaba la
paternidad al noble señor marqués de Ancre, incluso se cantaba por las calles,
con esta letra cuyo chiste es intraducible.
Si la Reine allait avoir
un enfant dans le ventre,
il serait bien noir
car il serait d’encre.
(Si la Reina fuese a tener/un
niño en el vientre/sería con seguridad negro/pues sería de tinta. Obviamente,
se juega con el chiste de que il serait
d’Ancre, sería [hijo del marqués de] Ancre, suena como il serait d’encre, sería de tinta).
Para solaz de los naturales de comunidades forales, se debe decir que la historiografía francesa y, en general, aquel pueblo, siempre sintió que, con la llegada al Louvre de un rey que, en realidad, sabe Dios de quién era hijo, se perdió el porte euskaldún que, hasta entonces, vía casa de Navarra, tenían los reyes franceses.
lunes, mayo 20, 2013
Soixante huit (19:... y el viento cambia)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo y décimo octavo capítulo.
Resumen de lo publicado: Tras la espantada de Sauron y el apagamiento, que parece definitivo, de su ojo en la cumbre de Mordor, los hobbits se creen ganadores definitivos de la lucha contra los poderes oscuros. Ello a pesar de que los Rojirrim y los enanos, teóricos aliados suyos, siguen en buena parte haciendo la guerra por su parte y tratando de pactar con Sauron en lugar de acabar con él. En aquel clima tan optimista, los hobbits comienzan a pensar en el futuro cuando tengan el poder absoluto sobre la Tierra Media, y se deciden por un amiguete, el mortaraz Aragorn Mendes, para que los gobierne.
--------
A las 12,25 horas de la mañana, el general De Gaulle ha vuelto a París. Tardará dos horas de recibir al primer ministro Pompidou y comenzar a dar explicaciones concretas.
Resumen de lo publicado: Tras la espantada de Sauron y el apagamiento, que parece definitivo, de su ojo en la cumbre de Mordor, los hobbits se creen ganadores definitivos de la lucha contra los poderes oscuros. Ello a pesar de que los Rojirrim y los enanos, teóricos aliados suyos, siguen en buena parte haciendo la guerra por su parte y tratando de pactar con Sauron en lugar de acabar con él. En aquel clima tan optimista, los hobbits comienzan a pensar en el futuro cuando tengan el poder absoluto sobre la Tierra Media, y se deciden por un amiguete, el mortaraz Aragorn Mendes, para que los gobierne.
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A las 12,25 horas de la mañana, el general De Gaulle ha vuelto a París. Tardará dos horas de recibir al primer ministro Pompidou y comenzar a dar explicaciones concretas.
viernes, mayo 17, 2013
La antigua muerte
Al hombre siempre le ha inquietado la muerte. Los ritos
funerarios, descubiertos gracias a diversos éxitos arqueológicos, demuestran la
existencia desde muy pronto de una visión de la muerte como un hecho que debía ser
objeto de ritos. La forma en que las civilizaciones se han enfrentado al hecho
de la muerte presenta variaciones muy diversas, pero en nuestro caso, al menos
como europeos o miembros de eso que llamamos la civilización occidental, una
vez más, como otras muchas, es en el mundo griego y romano en el que hemos de
buscar las raíces de nuestra propia actitud.
miércoles, mayo 15, 2013
¿Por qué príncipe de Asturias?
Lo lógico es que, de un tiempo a esta parte, te estés
haciendo sobre la monarquía española preguntas algo más profundas. Sin embargo,
es posible que aún le quede sitio a tus reflexiones para preguntarte por qué
los herederos de la Corona en España se llaman príncipes de Asturias. Es
posible, también, que pienses que eso es porque Asturias es la tierra en la que
se inicia la Reconquista; de hecho, ésta es la respuesta mayoritaria que, al menos,
yo he arrancado a base de preguntar a los amiguetes. La respuesta, sin embargo,
no es exactamente así. En realidad, no fue un asturiano quien promulgó el
trato, sino un inglés. Así de cosmopolita es nuestra monarquía.
Príncipe significa el primero. Y es una palabra que se lleva
su tiempo en tomar la acepción que hoy le damos. El primer príncipe importante
es Augusto, quien luego se titularía emperador, puesto que se buscó el título
de princeps para no tener que darse
el de rex, conocedor de que, desde
los tiempos de Julio, los republicanos romanos le tenían tirria a la palabrita.
De todas formas, ya antes de ello, el Senado romano tenía un prínceps senatus, que era algo así como
el speaker.
El título llega a la Edad Media europea designando a todo
aquél que tenía mando total sobre un territorio. Con la consolidación del poder
centralizado de las monarquías, que recortó notablemente la autonomía de mando
de condes, marqueses y demás patulea, el vocablo príncipe comenzó a vincularse
estrictamente a las familias reales. No obstante, en Europa quedan tres
vestigios de aquel orden medieval en el que los territorios autónomos eran
principados, en los así llamados de Andorra, Mónaco y Lienchenstein.
¿Cómo llegó, concretamente en el siglo XVI, el principado de
Asturias a ser título del heredero de la corona, no de España, sino de Castilla
y León? Pues ahí va la historia.
Ya hemos hablado en este blog del rey castellano Pedro I,
llamado el Cruel. Peter casó con María de Padilla, de la que tuvo cuatro hijos.
Un niño, Alfonso, que murió siendo muy crío. Beatriz, que se metió monja, y
también murió joven. Y, finalmente, Constanza e Isabel. En 1362, el rey Pedro
testó a favor de sus hijas la corona que ceñía y, al año siguiente, las Cortes
de Bubierca sancionaron dicho deseo. Sin embargo, como ya hemos contado aquí,
en 1369 el oponente de Pedro, Enrique de Trastámara, con la ayuda del francés
Bertrand de Duglesclin, se cargó a Pedro, pasando a ser Enrique II de Castilla.
Malos tiempos para las hijas de Pedro, que pasaron de
herederas de la corona al segundón estatus de infantas. Ambas encontraron su futuro en Inglaterra. Constanza encontró al inglés Juan de Gante, duque consorte de Lancaster, que
había enviudado. Juan era el cuarto hijo varón del rey inglés Eduardo III, así
pues aportó al matrimonio la dudosa dote de un difuso derecho a la corona
inglesa; y su mujer un no menos tenue derecho, en la práctica, a la de Castilla. Isabel, la otra
infanta, se casó con Edmundo, hermano de Juan y tercer hijo varón de Eduardo
III; alguna posibilidad más tenía de ser rey.
A la muerte de Beatriz, la infanta clarisa y por lo tanto
primogénita de Pedro I, el partido petrista comenzó a llamar a Constanza reina
de Castilla y León; Eduardo III, de hecho, ordenó que tal fuese el tratamiento
que recibiesen en Londres.
En 1386, Juan de Gante, juzgando sus posibilidades de ser
rey de Inglaterra bastante tenues, cedió sus posesiones en las islas al hijo
que tenía de su primer matrimonio (hijo que llegaría, por cierto, a reinar en
Inglaterra como Enrique IV) y se fue a España para defender los derechos a la
corona de Castilla de su mujer, Constanza; y de la hija de ambos, Catalina. En
España se encontró con la lógica oposición de Juan I, hijo de Enrique II, que estaba al frente del machito.
Tras una serie de acciones de suerte vacilante, Juan de Gante
y Juan de Trastámara firmaron la paz de Troncoso. Esta paz estipulaba el
compromiso entre ambos de que el infante Enrique, hijo de Juan y que entonces
tenia diez años, se casase con Catalina de Lancaster, hija de Juan y Constanza,
que tenía catorce. Si el niño Enrique moría antes de consumar el matrimonio, su
hermano Fernando (que acabaría siendo el rey Fernando I de Aragón, llamado el
de Antequera), debía casarse en su lugar.
El pacto era perfecto, pues suponía cerrar, unos cuantos
años después, la lucha a muerte entre Enrique II Trastámara y Pedro I el Cruel:
el marido era nieto del primero, y la mujer nieta del segundo.
Pero hubo una cláusula más en aquella paz troncosera: además
de arreglarse los casorios, el matrimonio debería ser intitulado príncipes de
Asturias. Y fue Juan de Gante quien lo exigió.
El duque de Lancaster no hacía sino importar a España una
costumbre inglesa relativamente reciente. El heredero de la corona inglesa, en
efecto, se había dado en llamar príncipe de Gales, en atención a la mucha
mierda que tuvieron que sudar los ingleses para someter aquellas tierras. En el
siglo XII, Gales se había unido bajo el cetro de un caudillo militar, Llywelyn
ab Jorweth, que se había hecho llamar príncipe de Gales. Ya en el siglo XIII,
el nieto de este caudillo, Llywelyn ab Gruffyd, llamado El Grande, consiguió
derrotar a Eduardo, designado ya heredero de Enrique III. Este Eduardo, ya
coronado Edward I (tiene importancia escribirlo así: la dinastía real inglesa
es francesa, y Eduardo I es el primero de sus reyes que portó nombre inglés)
resolvió dejarse de mamonadas e integrar de una vez Gales en la integralidad
inglesa. Aquella guerra terminó en 1282 con el aplastamiento de las tropas
locales y el ajusticiamiento de los líderes que no murieron en el combate. Para
declarar la inamovilidad de la incorporación gaélica (perdón, galesa) a la corona inglesa, los herederos
pasaron a llamarse príncipes de Gales.
Hemos visto cuál fue el proceso en Castilla. Pero en Aragón,
en realidad, fue muy parecido, y casi también en los mismos tiempos.
Tradicionalmente, el heredero de los reinos de Aragón y Valencia y el condado
de Barcelona (inseparables desde 1319, en las Cortes de Tarragona) era ungido
simplemente sucesor y sustituto del rey en su ausencia.
En 1351, el rey Pedro el Ceremonioso, que tenía un marrón
sucesorio que te cagas porque su hermano Jaime ambicionaba la corona y él
quería dejársela a sus hijas, por fin hizo bull’s
eye y consiguió generar un hijo, Juan. Cuando tenía su hijo apenas un mes,
y copiando la costumbre francesa de entonces, por la que el heredero de la
corona era nombrado duque de Normandía, le dio a su hijo la ciudad de Gerona y
el título de duque.
El duque llegó a rey, como Juan I. Este Juan, el I de Aragón, sólo tuvo hijas, por lo que tuvo
que echar mano de su hermano, Martín (quien había sido nombrado por Pedro el
Ceremonioso rey de Sicilia), al que nombró su mano derecha, amén que duque de
Montblanc.
Martín fue rey después de su hermano, y es conocido por la
Historia como Martín el Humano. En 1395, cuando lo hicieron rey, había abdicado
la corona de Sicilia en su hijo, Martín, llamado el Joven; y luego lo nombró
heredero de la de Aragón. Pero las cosas no salieron como el Humano esperaba,
porque su hijo murió un año antes que él, retrotrayéndole, pues, la corona
siciliana.
En 1414, el conflicto sucesorio surgido tras la muerte de
Martín el Humano fue resuelto con la elección de Fernando de Trastámara,
llamado por la Historia el de Antequera, como rey de Aragón (que era, lo hemos
dicho, un Trastámara; hermano del rey de Castilla, Enrique III). El
día de su coronación, y siguiendo la estela del ducado de Gerona y la nueva
moda surgida en Castilla con el principado de Asturias, Fernando ungió a su primogénito,
Alfonso (futuro Alfonso V el Magnánimo) como príncipe de Gerona.
Fernando I el de Antequera recuperó también el ducado de
Montblanc para su segundo hijo, Juan; quien se casó con Blanca de Navarra, hija
de Carlos III, llamado el Noble; braguetazo que se sirvió para ser rey consorte
de la Comunidad Foral. Juan y Blanca tuvieron un hijo llamado Carlos, a quien
se le otorgó el título de príncipe de Viana, que es el que escogieron los
navarricos para designar a su futuro rey.
Alfonso el Magnánimo murió en 1458 sin hijos (legítimos), por lo que la corona pasó a su hermano Juan, el marido de
la Blanca, que para entonces andaba ya a hostiones limpios con su hijo Charlie
por ver quién mandaba en Euska Herria Este. A las Cortes de Zaragoza de 1460
fueron los representantes de las ciudades mañas, horchateras y catalanas un
poco preocupados por nombrar rey tan talludo, por lo que le pidieron a Juan que
en el mismo acto fuese nombrado príncipe de Gerona, heredero pues de la corona,
Carlos, príncipe de Viana. Juan, sin embargo, no quería ver a su hijo vascuence
ni en pintura, ya hemos dicho que andaba arriscado con él; así pues, ni corto
ni perezoso, nombró a Fernando, hijo de su segundo matrimonio, duque de
Montblanc; sabiendo que dicho título lo habían llevado, hasta entonces, dos
personas, Martín el Humano y él mismo, que habían terminado siendo reyes de
Aragón. Y no erró, porque aquel tercer duque de Montblanc, infante don Fernando,
acabó siendo Fernando I, al que conocemos como el Católico.
Un poco antes del nombramiento de Fernando, sin embargo, el
príncipe de Viana había sido proclamado, en Barcelona, rey de Navarra y
gobernador general de Aragón. Sin embargo, Carlos murió poco después de aquella
proclamación, así pues a las Cortes de Calatayud no les quedó otra que aceptar
a Fernando.
El infante don Juan, hijo de los Reyes Católicos, fue
proclamado, a la vez, príncipe de Asturias y de Gerona, pues la legitimidad le
venía de ambas coronas. Felipe II, por su parte, también fue objeto de la misma
proclamación. Pero el Rey Prudente, a la hora de proclamar a Felipe III,
decidió ya simplificar las cosas, por lo que fue proclamado príncipe de las
Españas. Así pues, el título de príncipe de Asturias desapareció, hasta volver
a ser usado en el siglo XVIII.
Cabe reseñar, por último, que sólo dos personas en la
Historia de España han recibido el título de príncipe sin ser de sangre real.
El primero fue Godoy, nombrado Príncipe de la Paz; título que, cuando el valido fue
rehabilitado en 1847, no se le devolvió. Y don Baldomero Espartero, que fue
nombrado príncipe de Vergara por el rey italo-italiano Amadeo de Saboya
Príncipe de Gales, de Asturias o de Gerona no es la única
denominación especial que recibe el heredero. Es bien sabido que en Francia el
heredero, que inicialmente era el duque de Normandía, pasó a ser el Delfín, que
no quiere decir que lo considerasen un mamífero marino, sino señor del
Delfinado, que es una región de Francia donde hacen un notable gratin dauphinoise. El heredero de la
cosa belga es príncipe de Brabante, el de Bulgaria de Tirnovo. El de Grecia es
diádoco de Grecia y duque de Esparta. El de Holanda, nos ha jodido, príncipe de
Orange (podríamos nombrar a Felipe príncipe de Movistar :-DDD). El de Montenegro es el Gran Voivoda de Grahovo y de Zeta. El de
Portugal, duque de Braganza (y no de Bragazas, como alguna vez escribe algún
estudiante despistado). El de Rumania, duque de Alta Julia.
De todo lo antedicho debería quedar claro, entiendo yo, que
el heredero de la Corona de España no es príncipe de Asturias. Más propiamente,
es: príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana, y duque de Montblanc. Qué
pasaría si Cataluña se independizase, eso ya es algo que tendrán que dirimir
los jurisconsultos.
El cargo más largo que tiene un heredero real en Europa,
como no podía ser de otra manera, es el inglés, que es: príncipe de Gales,
conde de Chester, duque de Cornualles, duque de Rothesay, conde de Carrick,
barón de Renfrew, lord de las Islas y Gran Steward de Escocia. Pero todos esos títulos se los mete en las orejas, y aun le sobra sitio.
domingo, mayo 12, 2013
Lectura: Christian beginnings
El judio de origen húngaro Geza Vermes practica mucho un género de ensayo exegético consistente en libros relativamente breves, descargados de la cita excesiva tanto de las escrituras como de los exégetas, dedicados a diversos aspectos interpretativos de los orígenes y desarrollo del cristianismo. En este libro que hoy comentamos, de muy reciente publicación por la editorial británica Penguin, realiza, de alguna manera, una especie de cóctel de un montón de cosas desarrolladas ya en pasados ensayos. Un cóctel que le queda bastante sabroso.
jueves, mayo 09, 2013
Soixante huit (18: Mitterrand, pas de manoeuvres)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto y décimo séptimo capítulo.
Resumen de lo publicado: Tras el fracaso de la negociación para alcanzar la paz en la Tierra Media, los hobbits, más fuertes que nunca, organizan una macromanifestación en Hobbiton que es todo un éxisto a pesar de la distancia marcada con la misma por sus teóricos aliados los Rojirrim y algunos enanos. Esa manifa termina con la convicción por parte de los hobbits de que la Era de Sauron ha terminado y que un nuevo horizonte temporal se abre para todos los seres del mundo. Para colmo, al final de la tarde, el ojo de Sauron va y se apaga; ya nadie sabe dónde puede estar el Señor Oscuro. Es el momento más querido para los amantes de Mayo del 68; el momento en el que, verdaderamente, parece que han ganado. Sin embargo...
---
Durante toda la tarde, una vez que se va conociendo la noticia de que el propio Presidente de Francia parece haberse ido a la francesa (y entre insistentes rumores en la calle de que, como si fuese un rey medieval, está no se sabe dónde, allegando tropas para tomar París), el secretario general de la Presidencia, Bernard Tricot, y el propio primer ministro Georges Pompidou, reciben a todo aquél que está en el gaullismo para algo más que hacer café y servir de caja de resonancia para las notas de prensa. El mensaje que les lanzan es, hasta cierto punto, inesperado para sus interlocutores: nada se ha perdido; es ahora cuando hace falta comenzar la lucha.
Resumen de lo publicado: Tras el fracaso de la negociación para alcanzar la paz en la Tierra Media, los hobbits, más fuertes que nunca, organizan una macromanifestación en Hobbiton que es todo un éxisto a pesar de la distancia marcada con la misma por sus teóricos aliados los Rojirrim y algunos enanos. Esa manifa termina con la convicción por parte de los hobbits de que la Era de Sauron ha terminado y que un nuevo horizonte temporal se abre para todos los seres del mundo. Para colmo, al final de la tarde, el ojo de Sauron va y se apaga; ya nadie sabe dónde puede estar el Señor Oscuro. Es el momento más querido para los amantes de Mayo del 68; el momento en el que, verdaderamente, parece que han ganado. Sin embargo...
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Durante toda la tarde, una vez que se va conociendo la noticia de que el propio Presidente de Francia parece haberse ido a la francesa (y entre insistentes rumores en la calle de que, como si fuese un rey medieval, está no se sabe dónde, allegando tropas para tomar París), el secretario general de la Presidencia, Bernard Tricot, y el propio primer ministro Georges Pompidou, reciben a todo aquél que está en el gaullismo para algo más que hacer café y servir de caja de resonancia para las notas de prensa. El mensaje que les lanzan es, hasta cierto punto, inesperado para sus interlocutores: nada se ha perdido; es ahora cuando hace falta comenzar la lucha.
jueves, mayo 02, 2013
El "otro" final de la II guerra mundial
Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe contar el final de la segunda guerra mundial. Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe describir a Adolf Hitler encerrado en el sótano de su cancillería, suicidándose en compañía de Eva Braun.
Y, sin embargo, ese relato no está completo.
Muy habitualmente los europeos olvidamos que la segunda guerra mundial no terminó con Hitler. Tardó todavía unos meses en acabar, porque proseguía el enfrentamiento en el Pacífico. Y la verdad es que el occidental average poco o nada sabe del final de la guerra en Japón; que fue, desde luego, mucho más movido y caótico que en Berlín. Aquí tenéis un relato.
Y, sin embargo, ese relato no está completo.
Muy habitualmente los europeos olvidamos que la segunda guerra mundial no terminó con Hitler. Tardó todavía unos meses en acabar, porque proseguía el enfrentamiento en el Pacífico. Y la verdad es que el occidental average poco o nada sabe del final de la guerra en Japón; que fue, desde luego, mucho más movido y caótico que en Berlín. Aquí tenéis un relato.
lunes, abril 29, 2013
Soixante huit (17: la construcción del socialismo, seguida de espantá)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto y décimo sexto capítulo.
Resumen de lo publicado: Finalmente, abrumado por la tensión conjunta de hobbits y enanos, Sauron se aviene a negociar con los primeros de ellos sus condiciones de trabajo en las minas. Tras dos maratonianas sesiones negociadoras, alcanzan un acuerdo. Pero cuando los reyes enanos llegan a las minas a explicarle al resto de sus gentes el contenido de los pactos, éstos los mandan, elegantemente, a tomar Fanta.
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El martes 28 de mayo, el gobierno Pompidou, seriamente
presionado por las circunstancias, entrega una pieza mayor a los estudiantes.
Alain Peyrefitte, probablemente, sigue contando con la máxima confianza del
jefe del Ejecutivo; pero ambos saben que su caída es casi una conditio sine qua non para que las
circunstancias comiencen a cambiar para bien en Francia. Si alguien, en ese
momento, es la metáfora de la universidad vieja, ajada y clasista que ya no
puede volver, ése es el ministro. “Nada se podrá hacer en la universidad a
menos que regrese la calma, y yo espero que mi marcha ayude en este sentido”,
afirma esa mañana un dimisionario ministro con voz que pretende ser seca y segura.
viernes, abril 26, 2013
Hitler y Palestina (8)
De esta serie se han publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto y séptimo capítulos.
La ofensiva del Africa Korps dejó bastante claro que las viejas tácticas del ejército inglés en Oriente Medio, que tan buenos réditos le habían procurado a Su Graciosa Majestad durante los tiempos de Lawrence de Arabia, eran fruslerías frente a la capacidad de movimiento de los germanoitalianos. Sin mencionar que, tomando Tobruk, el Eje se aprovisionaba con un puerto de gran capacidad. Sin embargo, las rutas a Tobruk ya no dejaron de estar gravemente hostigadas por los aliados, razón por la cual nunca, en realidad, pudo Erwin Rommel dejar de estar angustiado con la cuestión de la disponibilidad de combustible para sus tropas.
La ofensiva del Africa Korps dejó bastante claro que las viejas tácticas del ejército inglés en Oriente Medio, que tan buenos réditos le habían procurado a Su Graciosa Majestad durante los tiempos de Lawrence de Arabia, eran fruslerías frente a la capacidad de movimiento de los germanoitalianos. Sin mencionar que, tomando Tobruk, el Eje se aprovisionaba con un puerto de gran capacidad. Sin embargo, las rutas a Tobruk ya no dejaron de estar gravemente hostigadas por los aliados, razón por la cual nunca, en realidad, pudo Erwin Rommel dejar de estar angustiado con la cuestión de la disponibilidad de combustible para sus tropas.
lunes, abril 22, 2013
La ciudad que recibió el regalo de una olla de sopa
La amistad entre ciudades tiene diversos motivos y una Historia muy larga. En realidad, data de los tiempos de la Antigua Grecia, puesto que aquella nación, como bien saben todos los que no son víctimas de la LOGSE, se creó a partir de la unión de ciudades libres, las famosas polis. Desde los inicios de las naciones estructuradas, pues, las colectividades han tendido a organizarse en ciudades; las provincias, regiones y nacionalidades, no digamos ya la identidad trasnacional en plan Europa y tal, son muy, muy posteriores.
La organización en ciudades tiene un pequeño problema: es ineficiente. Los colectivos que se organizan en forma de ciudades libres, libremente apuntadas a un pacto con otras ciudades (éste es, sin ir más lejos, el dibujo del federalismo de Francisco Pi i Margall), acaban en un plan en el que todo dios hace más o menos lo que le sale del pingo, lo que los hace notablemente débiles ante regiones o naciones centralizadas. Por ello, el nacimiento de las naciones modernas es, en buena parte, una historia de lucha de un naciente poder central contra el poder municipal establecido.
En esa lucha cayeron la inmensa mayoría de los fueros y estatutos propios de las ciudades, o fueron convertidos en meros elementos simbólicos. Algunas ciudades, sin embargo, sobrevivieron en su orgullo durante bastante tiempo. Entre dos de estas ciudades se produjo, y es la anécdota de da pie a este post, el regalo quizás más extraño que jamás se han hecho dos ciudades: una olla de sopa caliente. Regalo extraño, sí, pero de un simbolismo casi estremecedor.
La organización en ciudades tiene un pequeño problema: es ineficiente. Los colectivos que se organizan en forma de ciudades libres, libremente apuntadas a un pacto con otras ciudades (éste es, sin ir más lejos, el dibujo del federalismo de Francisco Pi i Margall), acaban en un plan en el que todo dios hace más o menos lo que le sale del pingo, lo que los hace notablemente débiles ante regiones o naciones centralizadas. Por ello, el nacimiento de las naciones modernas es, en buena parte, una historia de lucha de un naciente poder central contra el poder municipal establecido.
En esa lucha cayeron la inmensa mayoría de los fueros y estatutos propios de las ciudades, o fueron convertidos en meros elementos simbólicos. Algunas ciudades, sin embargo, sobrevivieron en su orgullo durante bastante tiempo. Entre dos de estas ciudades se produjo, y es la anécdota de da pie a este post, el regalo quizás más extraño que jamás se han hecho dos ciudades: una olla de sopa caliente. Regalo extraño, sí, pero de un simbolismo casi estremecedor.
jueves, abril 18, 2013
Turismo romano
Ya sabéis que una de mis obsesiones es demostraros que hay muy pocas cosas nuevas bajo el sol de los tiempos presentes. El pasado no es sino una imagen en sepia de nosotros mismos. Tendemos a pensar que los parlamentarios del pasado sí que eran grandes oradores y, la verdad, en su mayoría eran tan zafios y amigos de los lugares comunes y las frases demagógicas como los tipos que ocupan hoy los escaños de las asambleas legislativas. Y así nos pasa con muchas cosas.
Por ejemplo, el turismo. Es relativamente común escuchar o leer que el turismo es una actividad relativamente moderna. En realidad, lo que es moderno es el turismo masivo. Pero el acto de visitar lugares donde uno no vive es más viejo que la tos. Y voy a intentar demostrároslo hablándoos un poquito de los tiempos de la Antigua Roma.
La costumbre de los romanos urbanos pudientes de irse de vacaciones data de los tiempos republicanos. Era por esa razón que los patricios, o los romanos enriquecidos como Cayo Mario, poseían varias villas en la península itálica, que les permitían pasar temporadas de descanso en distintos ambientes. Personas de riqueza relativamente modesta como el célebre Marco Tulio Cicerón poseían casas de campo de este tipo. Eran tantas estas construcciones que el poeta Horacio, en un alarde que nos parecerá muy moderno, vaticinaba amargamente la desaparición de los agrestes campos de olivos italianos, a manos de esta desesfrenada burbuja inmobiliaria latina. Hay que reconocer que el temor tenía su razón de ser porque los romanos, cuando se ponían a construir, arramblaban con todo y, si les salía del pingo, construían montañas o lagos artificiales, se apiolaban bosques enteros, lo que hiciese falta. No inventaron la legislación urbanística; ellos se corrompían, sobre todo, con las contratas de envío de cereales a la gran capital.
El no va más de la costa pija italiana era, en aquellos tiempos, la bahía de Nápoles. Allí estaban las grandes casas de los grandes, algo de lo que las autoridades arqueológicas de la región se benefician hoy con justicia.
El no va más de aquella bahía, la Marbella romana, era la ciudad-balneario hoy llamada Baia, donde había que ser verdaderamente rico para tener una villa. El ferragosto romano era en Baia un continuo pasar de fiestas de señoras de buen ver y maridos derrochadores, orquestas, representaciones, comidas que no terminaban hasta que comenzara la cena. Y, por supuesto, estaba la actividad de ir a los baños, a mejorar la piel o el tono muscular. Ahora lo llaman spa.
El clima italiano es mediterráneo, pero también tiene sus putadas. Era bastante posible, por lo tanto, que muchas personas acabasen sufriendo del pecho, especialmente si eran asmáticas. Para ellas, si tenían dinero claro, los galenos de Roma solían prescribir estancias en Egipto o en parajes de montaña.
Éste era el turismo de los más ricos. Los pudientes pero no millonarios hacían turismo más al estilo que estamos acostumbrados a ver hoy. Y sus preferencias claras eran los lugares señalados por los hechos históricos o mitológicos. La villa donde fue asesinado Cicerón, por ejemplo, se convirtió en lugar de turismo muy rápidamente. Como lo fue la casa natal de Augusto (especialmente después de haber sido deificado) y, sobre todo, la península griega, que el romano medio se sabía casi de memoria y donde podía visitar muchos lugares, fundamentalmente templos, donde se supone que habían pasado todas las cosas que conformaban los relatos de su vida. Todo romano cultivado aspiraba a viajar a Grecia al menos una vez en la vida. Visitaba Atenas, Corinto o Epidauro, el santuario de Esculapio, Rodas. Si tenía algún dinerito más, cruzaba el charco para visitar Ilión, la ciudad donde todo ocurrió, y todo empezó.
La presión turística sobre los templos griegos y romanos creció de tal manera que, muy pronto, sus avispados diáconos, como lo harían los sacerdotes católicos siglos después, avizoraron el negocio de las reliquias. Algunas eran verdaderas, como la armadura gala que César regaló al templo de Venus, y que estuvo expuesta en el mismo mucho tiempo. Pero otros templos atesoraban dientes de elefante, armaduras, vestidos, esculturas, que decían haber sido regalados, tocados, portados o fabricados por personajes famosos, algunos de ellos mitológicos, para atraer al público. Así, el turista romano podía acudir a lugares donde le enseñarían un huevo de Leda, una copa regalo de Helena la de Paris, un vaciado del pecho de ésta, o partes de los barcos de Agamenón, de Eneas o de Ulises.
Tanto se parecían los tiempos pasados a los presentes que en muchos de estos lugares había lo que los griegos llamaban periegetes, esto es guías profesionales que enseñaban el lugar a los visitantes.
Un aspecto en el que las cosas se han simplificado notablemente, sobre todo si los que viajan son hombres (con las mujeres, ya no está tan claro) es la impedimenta del viaje. Hoy nos movemos de un sitio a otro con un par de maletas o tres. Pero los hombres del pasado no eran así. El hombre antiguo, y no tan antiguo, no se privaba de nada cuando viajaba. Las crónicas nos dicen que los desplazamientos de Domenicos Theotocopouli, El Greco, eran todo un expectáculo, porque el buen pintor se desplazaba siempre en compañía de su biblioteca (este bloguero que os escribe confiesa que ya le gustaría ser millonario para hacer lo mismo). Pero los romanos superaban esto con creces. Un romano rico average no viajaba nunca sin una amplia corte de esclavos y sirvientes, amén de parientes, amigos y clientes, el menaje de su hogar al completo, algunos muebles. Julio César no viajaba nunca sin su suelo de mosaico (que ya es manía), y Marco Antonio siempre llevaba consigo su colección de vasos de oro. Se habla de que Nerón y Popea, cada vez que viajaban, movilizaban cerca de mil carros. Pero, claro, entre otras cosas tenían que desplazar las 500 burras que proveían la leche del baño diario de Popea.
Las personas con dinero iban de villa en villa, bien de su propiedad, bien de amigos o socios. Pero la gente normal también tenía su alternativa, como la de hoy. En muchos lugares donde eran habituales los viajes había hoteles que se anunciaban mediante carteles en los que prometían las mismas comodidades que en la capital (de donde se deduce que los turistas no eran, precisamente, de la Subura donde vivían los del censo por cabezas; porque, allí, en aquellas insulae abigarradas que se incendiaban los días pares y los impares, también, comodidades, la verdad, había pocas).
Los viajes se hacían aprovechando la densa y bien construida red de calzadas romanas, para lo cual los turistas se proveían de guías precisas que les indicaban la ubicación de los caminos, acompàñadas con indicaciones de las características de las poblaciones que atravesarían y su oferta de alojamiento y manutención. Lo que se dice, pues, auténticas guías Repson, sólo que sin gasolina.
Así que, ya sabes. La vida no ha cambiado tanto en dos mil años. Todos nosotros somos, apenas, cromañones con perfil en Facebook.
Por ejemplo, el turismo. Es relativamente común escuchar o leer que el turismo es una actividad relativamente moderna. En realidad, lo que es moderno es el turismo masivo. Pero el acto de visitar lugares donde uno no vive es más viejo que la tos. Y voy a intentar demostrároslo hablándoos un poquito de los tiempos de la Antigua Roma.
La costumbre de los romanos urbanos pudientes de irse de vacaciones data de los tiempos republicanos. Era por esa razón que los patricios, o los romanos enriquecidos como Cayo Mario, poseían varias villas en la península itálica, que les permitían pasar temporadas de descanso en distintos ambientes. Personas de riqueza relativamente modesta como el célebre Marco Tulio Cicerón poseían casas de campo de este tipo. Eran tantas estas construcciones que el poeta Horacio, en un alarde que nos parecerá muy moderno, vaticinaba amargamente la desaparición de los agrestes campos de olivos italianos, a manos de esta desesfrenada burbuja inmobiliaria latina. Hay que reconocer que el temor tenía su razón de ser porque los romanos, cuando se ponían a construir, arramblaban con todo y, si les salía del pingo, construían montañas o lagos artificiales, se apiolaban bosques enteros, lo que hiciese falta. No inventaron la legislación urbanística; ellos se corrompían, sobre todo, con las contratas de envío de cereales a la gran capital.
El no va más de la costa pija italiana era, en aquellos tiempos, la bahía de Nápoles. Allí estaban las grandes casas de los grandes, algo de lo que las autoridades arqueológicas de la región se benefician hoy con justicia.
El no va más de aquella bahía, la Marbella romana, era la ciudad-balneario hoy llamada Baia, donde había que ser verdaderamente rico para tener una villa. El ferragosto romano era en Baia un continuo pasar de fiestas de señoras de buen ver y maridos derrochadores, orquestas, representaciones, comidas que no terminaban hasta que comenzara la cena. Y, por supuesto, estaba la actividad de ir a los baños, a mejorar la piel o el tono muscular. Ahora lo llaman spa.
El clima italiano es mediterráneo, pero también tiene sus putadas. Era bastante posible, por lo tanto, que muchas personas acabasen sufriendo del pecho, especialmente si eran asmáticas. Para ellas, si tenían dinero claro, los galenos de Roma solían prescribir estancias en Egipto o en parajes de montaña.
Éste era el turismo de los más ricos. Los pudientes pero no millonarios hacían turismo más al estilo que estamos acostumbrados a ver hoy. Y sus preferencias claras eran los lugares señalados por los hechos históricos o mitológicos. La villa donde fue asesinado Cicerón, por ejemplo, se convirtió en lugar de turismo muy rápidamente. Como lo fue la casa natal de Augusto (especialmente después de haber sido deificado) y, sobre todo, la península griega, que el romano medio se sabía casi de memoria y donde podía visitar muchos lugares, fundamentalmente templos, donde se supone que habían pasado todas las cosas que conformaban los relatos de su vida. Todo romano cultivado aspiraba a viajar a Grecia al menos una vez en la vida. Visitaba Atenas, Corinto o Epidauro, el santuario de Esculapio, Rodas. Si tenía algún dinerito más, cruzaba el charco para visitar Ilión, la ciudad donde todo ocurrió, y todo empezó.
La presión turística sobre los templos griegos y romanos creció de tal manera que, muy pronto, sus avispados diáconos, como lo harían los sacerdotes católicos siglos después, avizoraron el negocio de las reliquias. Algunas eran verdaderas, como la armadura gala que César regaló al templo de Venus, y que estuvo expuesta en el mismo mucho tiempo. Pero otros templos atesoraban dientes de elefante, armaduras, vestidos, esculturas, que decían haber sido regalados, tocados, portados o fabricados por personajes famosos, algunos de ellos mitológicos, para atraer al público. Así, el turista romano podía acudir a lugares donde le enseñarían un huevo de Leda, una copa regalo de Helena la de Paris, un vaciado del pecho de ésta, o partes de los barcos de Agamenón, de Eneas o de Ulises.
Tanto se parecían los tiempos pasados a los presentes que en muchos de estos lugares había lo que los griegos llamaban periegetes, esto es guías profesionales que enseñaban el lugar a los visitantes.
Un aspecto en el que las cosas se han simplificado notablemente, sobre todo si los que viajan son hombres (con las mujeres, ya no está tan claro) es la impedimenta del viaje. Hoy nos movemos de un sitio a otro con un par de maletas o tres. Pero los hombres del pasado no eran así. El hombre antiguo, y no tan antiguo, no se privaba de nada cuando viajaba. Las crónicas nos dicen que los desplazamientos de Domenicos Theotocopouli, El Greco, eran todo un expectáculo, porque el buen pintor se desplazaba siempre en compañía de su biblioteca (este bloguero que os escribe confiesa que ya le gustaría ser millonario para hacer lo mismo). Pero los romanos superaban esto con creces. Un romano rico average no viajaba nunca sin una amplia corte de esclavos y sirvientes, amén de parientes, amigos y clientes, el menaje de su hogar al completo, algunos muebles. Julio César no viajaba nunca sin su suelo de mosaico (que ya es manía), y Marco Antonio siempre llevaba consigo su colección de vasos de oro. Se habla de que Nerón y Popea, cada vez que viajaban, movilizaban cerca de mil carros. Pero, claro, entre otras cosas tenían que desplazar las 500 burras que proveían la leche del baño diario de Popea.
Las personas con dinero iban de villa en villa, bien de su propiedad, bien de amigos o socios. Pero la gente normal también tenía su alternativa, como la de hoy. En muchos lugares donde eran habituales los viajes había hoteles que se anunciaban mediante carteles en los que prometían las mismas comodidades que en la capital (de donde se deduce que los turistas no eran, precisamente, de la Subura donde vivían los del censo por cabezas; porque, allí, en aquellas insulae abigarradas que se incendiaban los días pares y los impares, también, comodidades, la verdad, había pocas).
Los viajes se hacían aprovechando la densa y bien construida red de calzadas romanas, para lo cual los turistas se proveían de guías precisas que les indicaban la ubicación de los caminos, acompàñadas con indicaciones de las características de las poblaciones que atravesarían y su oferta de alojamiento y manutención. Lo que se dice, pues, auténticas guías Repson, sólo que sin gasolina.
Así que, ya sabes. La vida no ha cambiado tanto en dos mil años. Todos nosotros somos, apenas, cromañones con perfil en Facebook.
lunes, abril 15, 2013
Il divo
La Historia del arte y, sobre todo, de las artes escénicas,
está repleta de personas que se han hecho merecedoras, ellos, de la palabra
divo; ellas, de la expresión prima donna;
ambas procedentes del italiano, pues Italia ha sido durante mucho tiempo el lugar
que daba y quitaba, al menos en el caso de la música.
Los divos y divas suelen caracterizarse por ser caprichosos
y de muy difícil relación. Se consideran por encima del común de los mortales,
algo provocado por la excesiva pleitesía con la que se desempeñan con ellos sus
admiradores, y todo esto los convierte en seres atrabiliarios a los que,
además, todo se les perdona. El divo, con el tiempo, acaba desconectándose de
la realidad; acaba por no ser siquiera consciente de que en el mundo hay gente que
ni siquiera conoce su nombre (de hecho, no sé si existirá un solo divo en todo
el mundo que pueda decir que más personas saben quién es que las que lo
desconocen) y entra, no pocas veces, en una especie de bucle autooriginal, en
el que se ve obligado a ser cada vez más excéntricamente exigente.
viernes, abril 12, 2013
Los últimos traidores de Hitler
Ya hemos visto en este blog, con cierto detalle, la
maquinación y el fracaso del atentado de Rastenburg contra Adolf Hitler, del
que salió prácticamente ileso de milagro. También hemos visto, al estudiar
dicho atentado, que la represión del mismo fue de una extrema violencia y
carácter indiscriminado. Miles de personas sufrieron encarcelamiento, varias
ejecutadas, y muchas probaron la dureza de la Gestapo.
miércoles, abril 10, 2013
Amapola (in Memoriam)
Los lectores habituales de este blog habrán notado que últimamente su autor se muestra un tanto esquivo e incumplidor. Hay una razón para ello.
Hace dos días, perdí a mi madre.
Fue hace unos cuantos años que escribí el texto del cuento que reproduzco aquí, apenas con dos o tres correcciones sobre aquellas palabras originales. Cuando lo escribí, mi madre estaba muy lejos de la muerte y, sin embargo, esa idea ya me provocaba cierta desazón; tal vez porque yo mismo la rondé en sus brazos. Lo he releído en estas últimas horas y he pensado que no podría pensar en un homenaje mejor. Los hay, sin duda, mucho mejores; pero yo no sé escribirlos.
Va por ti, madre. Lee, pues.
viernes, abril 05, 2013
¿Existió alguna vez una señora de Nazaraios?
El problema empezó en septiembre del 2012. En dicha fecha, durante una conferencia en Roma, una experta en estudios bíblicos, la profesora Karen King, anunció que había encontrado un pedazo de manuscrito del siglo IV, escrito en copto, en el que se habla de la esposa de Jesús, el Mesías. Hace muy pocos días, la polémica ha resurgido, por lo menos en Reino Unido, tras un reportaje de la BBC titulado El Misterio de María Magdalena, en el cual sus autores insinuaban que María y Jesús podían haber sido amantes o esposos, y que se besaban en público. Los católicos británicos, que quizá porque Reino Unido es un país mayoritariamente anglicano suelen ser muy católicos, han puesto, nunca mejor dicho, el grito en el Cielo.
martes, abril 02, 2013
Soixante huit (16: el mete-saca social)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto y décimo quinto capítulo.
Resumen de lo publicado: En medio de una creciente presión de hobbits y enanos en la Tierra Media, en la que han montado una huelga de la mundial, Sauron , el Señor Oscuro, se dirige a sus súbditos insinuando la posilidad de abandonar el máximo poder del mundo se le tocan en exceso los mendengues. Hobbits y enanos contestan redoblando sus manifestaciones y generando aun mayor caos en la Tierra Media.,
Resumen de lo publicado: En medio de una creciente presión de hobbits y enanos en la Tierra Media, en la que han montado una huelga de la mundial, Sauron , el Señor Oscuro, se dirige a sus súbditos insinuando la posilidad de abandonar el máximo poder del mundo se le tocan en exceso los mendengues. Hobbits y enanos contestan redoblando sus manifestaciones y generando aun mayor caos en la Tierra Media.,
Muy pocas veces, desde la entrada de los alemanes en París,
se han visto camiones militares en los alrededores de Los Inválidos. Pero aquel
sábado, 25 de mayo, varios se mueven por la zona, a causa de la huelga general.
Pero no es ese templo de la nación el principal foco de atención aquel día. Es
el edificio de la rue de Grenelle, sede del Ministerio de Asuntos Sociales.
Pocos minutos antes de las tres de la tarde, una procesión de vehículos
oficiales, los famosos Citroën Tiburón
de la época, llega hasta el edificio y entra en su aparcamiento.
En uno de esos coches va el primer ministro, Georges
Pompidou.
jueves, marzo 21, 2013
Cabestros titulados
Todos los que estáis en este mundo conocéis la noticia. En
las últimas oposiciones a maestro escuela producidas en la Comunidad de Madrid,
los aspirantes a profesores han cometido errores propios de esas Antologías del disparate que algunos
maestros escribieron en su día relatando las burradas de sus alumnos. En la
universidad de Santiago de Compostela, en los años que yo hice la selectividad,
había un catedrático, José Moralejo Álvarez, que cada año deleitaba a los
lectores de La Voz de Galicia con las
cosas que tenía que leerse como miembro del tribunal de examen. Entre las que
recuerdo de mi propia convocatoria, está aquella pregunta que decía “cita a tres
grandes exploradores decimonónicos del África”, a lo que un estudiante contestó:
“Brazza, Livingstone y Stalin”. O esa
otra de la prueba de Arte, en la que se nos propuso para comentar una imagen
del Cristo yacente de Gregorio Fernández, y un alumno contestó: “es el Cristo tumbado de Gregorio Fernández”.
Los tiempos han cambiado, y ahora son los maestros los que
cometen las burradas. La novedad resulta inquietante. Aunque lógica.
La
superioridad de conocimientos del maestro sobre el alumno trae causa en dos
cosas. La primera, bastante obvia, es que el maestro debe transmitir al
educando lo que sabe. Esto, sin embargo, ya no es así, porque, hoy, el maestro
lo que aspira a transmitir a su administrado
no son conocimientos, sino una forma de socialización, una forma de ser
persona, de interactuar con el mundo y uno mismo; todas esas cosas que la nueva
pedagogía pone por delante.
La segunda cosa para la cual existe la superioridad de
conocimientos del maestro es porque es la base de la auctoritas de éste.
Incluso en la escuela antigua, en la que los profesores retenían importantes
parcelas de poder, por ejemplo la soberanía de arrearte impunemente una hostia
o una mano de ellas; incluso en aquellos tiempos, digo, la superioridad del
maestro se basaba en su obvio conocimiento diferencial; él sabía, y tú, no. Todos
los alumnos hemos despreciado a nuestros maestros, apreciado a unos cuantos, y
odiado a otros. Pero entre los apreciados, y aprecio aquí quiere decir
aceptación natural de la jerarquía, están siempre aquéllos que dominaban su
asignatura hasta el punto de parecer que la habían parido ellos mismos. A los
maestros suaves o permisivos, pero ignorantes, les reservábamos la burla, no el
respeto.
La cuestión es que hoy en día maldita falta que hace el
respeto y la superioridad, porque a los maestros se los ha bajado de la tarima
y se los ha convertido en una especie de primus
inter pares talludito, con la responsabilidad de sacar las clases adelante,
pero todo de forma muy democrática y compartiendo los poderes. Así pues, si la
educación se ha convertido en un hecho asambleario, ¿para qué quiere el maestro
saber más que sus alumnos? La moderna pedagogía lo ha convertido en un señor o
señora cuyo trabajo, simple y llanamente, es conseguir que sus alumnos respondan
adecuadamente sobre los conocimientos expresados en un libro.
La verdad es que yo esto ya me lo veía venir. Hace años
asistí a mi sobrino, al que se le hacían un tanto cuesta arriba sus asignaturas
de la ESO. Un día, estudiando con él eso que antes se llamaban Ciencias
Naturales, me encabroné de la hostia al encontrarme en una sola página de su
libro (capítulo sobre las capas geológicas de la corteza terrestre) tres faltas
de ortografía, tres. Así que, cuando hizo el oportuno examen, le pedí prestado
el libro y me tomé el trabajo de leérmelo de cabo a rabo, hasta los recuadritos
al margen que nunca sirven para nada, observando cada falta de
ortografía o de sintaxis, cada anacoluto, cada mierda que encontraba. Le dije
a mi sobrino que le dijera al profe que el libro estaba plagado de faltas de
ortografía. Nunca tuve feedback.
Supongo que su profesor le debió decir: esto es el negociado de Ciencias
Naturales; aquí las faltas de ortografía no cuentan. Además, qué coño, un
profesor no tiene por qué escribir mejor que sus alumnos.
En el siglo XIX era figura de cachondeo el Maestro Ciruela,
que no sabía leer y puso escuela. De ahí pasamos a respetar al analfabeto
porque, se nos dijo, no es culpa suya que no sepa leer. En un tercer paso
plenamente lógico, evolutivo, le hemos construido escuelas de Magisterio para
que pueda desplegar su ignorancia con pleno derecho. Creo que es el Principio
de Peter el que sostiene que toda persona asciende en la escala laboral hasta
alcanzar su máximo nivel de ineficiencia. El sistema educativo español es la
demostración empírica de que este principio individual es perfectamente
aplicable a las colectividades sociales en su conjunto.
A mí la noticia me parece muy grave, pero por razones más
profundas que las relacionadas con el hecho de que alguien pueda pensar que el
Ebro pasa por Madrid. Insisto: lo que ahora conocemos es una consecuencia
lógica de la opción pedagógica que hemos elegido y su escasa proclividad hacia
el mérito. En realidad, lo importante de que el maestro sea un analfabeto
funcional no es que no se sepa de memoria el quinto postulado de Euclides,
porque eso, al fin y al cabo, si se esfuerza un poco y da en alguna librería
con algún tomito en plan Don Pimpón te
explica la geometría euclidiana, a base de subrayar y estudiar, podría
llegar a ser capaz de explicarlo con cierto aseo.
Lo peor de que el maestro sea un ignorante titulado con
balcones a la calle y trienios de antigüedad no es que no sepa; es que, por
lógica, establece una alianza estratégica con los que no saben. Dicho de otra
forma: no es que no tenga conocimientos; es que, si no los tiene, por lógica no
puede saber por qué hay que tener
conocimientos.
¿Por qué estudiamos? Esta pregunta nos la hemos hecho todos.
Que levante la mano el que no haya discutido con sus padres nunca con argumentos
del tipo: si yo voy a ser abogado, ¿por qué narices tengo que aprenderme la
puta combinatoria? O: ¿de verdad alguna vez cuando sea mayor voy a tener que
saberme las producciones agrícolas de Castilla-León? Cuando menos yo, y otros
muchos yo de mi generación, chocaron, en esta argumentación, con el muro
infranqueable de unos padres que, en muchos casos, habían tenido educaciones
muy deficientes por causa de sus orígenes humildes, y estaban seriamente
implicados en la idea de que sus hijos saltasen en la escala social adquiriendo
los conocimientos que a ellos se les negaron.
Y había otro dique de contención: el maestro.
El maestro nos indicaba cada día, con su actitud, con sus
pescozones, con sus suspensos, con todas esas cosas que lo hacían odioso, que
él tenía una alianza firmada con nuestros padres, y con la cosmovisión que nos
obligaba a esforzarnos. A nuestras quejas y renuencias contestaba con una voz
metálica, un poco de Robocop pedagógico preprogramado, que nos decía: “abrid
los libros por la página 32”. Y comenzaba a explicar la formación de las
morrenas, o la Europa de Metternich, o el Cantar de los Cantares.
No se molestaba en explicarnos la verdad, porque no la
habríamos entendido. La verdad es que millones de personas en el mundo, cada
día, corren kilómetros en la mañana sin intentar llegar a parte alguna; corren
porque quieren hacer ejercicio, estar a tono. Y estudiar es exactamente lo
mismo. El tipo que practica jogging
nunca se pregunta: “¿Por qué paso corriendo por la calle de Los Testiguillos,
si nunca en mi vida voy a necesitar venir aquí para nada?” Es el mismo tipo de
pregunta que la del estudiante que protesta porque tiene que estudiar
matemáticas cuando ni le gustan ni piensa usarlas en la vida adulta. Estudiar
es ejercer los poderes de la mente, desplegarlos y, en un proceso que,
verdaderamente, no se le puede explicar a un adolescente porque no lo
entenderá, memorizar las guerras púnicas es una forma de construir la capacidad
de almacenar datos y usarlos en situaciones diversas, que no otra cosa es el
cerebro humano.
A mi modo de ver, lo verdaderamente importante en un maestro
es que entienda esto. Que entienda que lo que está haciendo con sus alumnos,
además de prepararlos para pasar tal o cual examen, es enseñarles a usar la
herramienta que tienen en el cráneo para memorizar, para realizar inferencias
lógicas, para tener capacidad analítica, o de abstracción. Y eso no se puede
conseguir jugando al Gears of War. Las
reclamaciones, al Papa de Roma, al Gran Muftí o al rabino del barrio, según
creencias.
Pero la cosa es: ¿cómo puede entender esto un maestro que no
ha realizado ese ejercicio de despliegue mental él mismo; cosa que es bastante
evidente si sostiene que la gallina es un mamífero? Todos los sicoanalistas, si
no estoy mal informado, se han sicoanalizado ellos mismos antes de serlo, y la
cosa tiene su lógica. Tengo por cierto, también, que en Estados Unidos muchos
de los árbitros de fútbol americano han sido antes jugadores o entrenadores, lo
cual también tiene su lógica (tal vez porque esta lógica no se aplica en el soccer es por lo que es un deporte con
ese tufillo a corrupción arbitral…). La pedagogía moderna, a lo que se ve,
pretende, sin embargo, que los maestros transfieran las bondades de un
ejercicio que ellos mismos no han realizado.
Lejos de hacerlo, este moderno Maestro Ciruela lo que hará,
cuando esté al frente de un aula, es establecer un vínculo secreto con aquéllos
de sus alumnos que no creen en las
virtudes del estudio. Que no le ven lógica alguna al gesto de perder (sic)
tanto tiempo de su vida memorizando chorradas. Así las cosas, quien, por las
razones que sea, la principal de ellas porque tenga unos padres dedicados a la
tarea, decida esforzarse, no encontrará en el aula una fuente de oposición,
sino dos: aquéllos de sus compañeros que, mal de muchos blablablá, intentarán
atraerlo al Lado Oscuro; y su maestro.
Estamos, pues, ante una noticia tristísima, mucho más que
los resultados del PISA. Los resultados del PISA nos dicen que el nivel
educativo en España es una mierda. La noticia de la Comunidad de Madrid nos
dice que, además, vivimos en un sistema que, a las víctimas de ese sistema, les
permite ser maestros, con lo que la mierda se reproduce a sí misma, se
convierte en un bucle automiérdico. La ignorancia hispana se reproduce en una
serie de Fibonacci; esa cosa, dirán los opositores de la Comunidad de Madrid,
de la que hablaban en El Código da Vinci.
Y es más triste aun a la luz de las reacciones. Los
sindicatos, por supuesto, han puesto el grito en el Cielo, porque dicen que se
estigmatiza al maestro. Estigmatizar al maestro es despreciarlo públicamente
por ser mujer, o por ser negro, o por ser de Palencia. Colocar en la palestra
pública al maestro por ser un ignorante no es estigmatizarlo; es hacer eso que
ahora está tan de moda y que se llama pedir cuentas por el gasto de nuestros
impuestos. Siguiendo la lógica sindical, el día que haya una avería de la luz
en mi casa y, después de tres horas, llame yo a la Unión Penosa para decirles
que se me están pudriendo las chuletas de la nevera, la operadora Gladys en qué
puedo atenderle me contestará: “haga usted el favor, señor, de no
estigmatizarnos”.
Triste la reacción sindical, y más aun la de una magistrada
de la nación, que no otra cosa es una ex ministra como la señora Trujillo, que
ha intentado evitar la recta usando la asíntota de que eso de preguntar los
ríos de España es “franquista”.
Lo verdaderamente franquista, de hecho es algo que el
Movimiento hacía sistemáticamente, es enfrentar el problema Dónde Vas con la
contestación Manzanas Llevo. Que es, exactamente, lo que ha hecho la señora
Trujillo. La proposición implícita en esta reacción es abracadabrante: el
conocimiento también tiene ideología. Hay cosas que el hombre común, o sea el
plebeyo, no tiene por qué saber, y hay una autoridad, no se sabe muy bien
dónde, que es la que pinta esa raya. Cierto es que esa raya existe por razones
bien obvias: el currículo escolar, por mucho que lo queramos preñar, no puede
contener la totalidad de conocimientos que es posible transferirle a un
impúber. Pero el trujillismo va más
allá; sostiene que esa selección de conocimientos no hay que hacerla sólo con
criterios técnicos (esto sirve, esto no) sino con criterios ideológicos. El trujillismo tiene su lógica si la
noticia de prensa fuese: los actuales opositores a maestros no se saben los
Puntos Fundacionales de Falange Española (que en el pasado no sólo se tenían
que saber, sino que estaban obligados a enseñarlos). Si ésta fuese la noticia,
todos habríamos saltado diciendo: ¿cómo es posible que a los maestros de hoy en
día se les exija conocimiento tan ajado? Pero, no. El trujillismo no se ha referido al resumen doctrinal Primo-Ledesma;
se ha referido, shit you little parrot,
al conocimiento de los ríos de España.
Así pues, saber que el Gállego no desemboca en el Ganges y
por lo tanto bañarse en él no supone beneficio alguno para los creyentes en el hinduismo,
es franquista. A partir de ahí, ancha es Castilla. Franquistas serán, también,
los diagramas de Venn, las aplicaciones sobreyectivas y, qué narices, la tabla
periódica, que al fin y al cabo tiene un elemento que se llama Francio que,
vaya, en la escuela franquista los
maestros franquistas nos enseñaban
que se llama así por Francia, pero vaya usted a saber si no nos manipulaban...
Así pues, la militancia ignorante alcanza el punto de opositar a maestro, y una antigua miembra (sic) del Gobierno les defiende, insinuando que, puesto que Mahoma no va a la montaña, o sea para qué les vamos a pedir que estudien, solucionemos el tema quitando de los currículos los conocimientos que no han adquirido. Y todo esto se cobra contra el prestigio de los muchos, muchísimos, profesores que hay en España que se lo han currado y se lo curran, y que ahora, en un proceso también muy hispano, han sido automáticamente colocados en el saco de los felices analfabetos militantes.
Eso sí. El problema es de gasto, o eso dicen los de la camiseta verde. Si la cosa está mal, es porque no se invierte suficientemente en educación. Les vendría bien hablar con esos padres wealthy, que los hay a puñados, que tuvieron o tienen un hijo que es un cabestro vago y se han gastado toneladas de pasta en clases de refuerzo, veranos en Limerick, sicólogos, educadores y la hostia en verso, y apenas han conseguido, con ello, hacer pequeñas muescas en la sólida coraza de idiotez rampante del puto niño. Cuando un crío es mal estudiante, el primero que tiene que cambiar es él.
Eso sí. El problema es de gasto, o eso dicen los de la camiseta verde. Si la cosa está mal, es porque no se invierte suficientemente en educación. Les vendría bien hablar con esos padres wealthy, que los hay a puñados, que tuvieron o tienen un hijo que es un cabestro vago y se han gastado toneladas de pasta en clases de refuerzo, veranos en Limerick, sicólogos, educadores y la hostia en verso, y apenas han conseguido, con ello, hacer pequeñas muescas en la sólida coraza de idiotez rampante del puto niño. Cuando un crío es mal estudiante, el primero que tiene que cambiar es él.
Pero cómo le vamos a pedir al establishment educativo español que resuelva un problema que, en realidad, no es capaz de ver.
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