De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo y noveno capítulo.
Resumen de lo publicado: Lo que pasa en la Tierra Media durante el capítulo anterior es más o menos más de lo mismo; aunque, en realidad, la monotonía esconde elementos evolutivos muy importantes porque, poco a poco, los hobbits se están escindiendo como raza: unos quieren mantener la pureza de su movimiento contra las fuerzas oscuras; mientras que otros, cada vez más, abogan por una alianza con los enanos para luchar juntos contra el Señor Oscuro. Sauron, mientras tanto, sigue abonado al que los politólogos conocen como método Aspubo (A Su Puta Bola).
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Antes de seguir con el relato de mayo del 68, y siendo algunas peticiones del leyente, haremos un pequeño inciso: ¿cuál es la geografía, siquiera básica, de los grupetes que andan pillados en el tema de Mayo del 68? De forma muy básica (hacerlo a fondo nos llevaría a comentar más de dos docenas de siglas, y sería complejo; eso sí, si algún día compilo todos estos posts, no digo que no lo haga), y excepción hecha del Movimiento 22 de Marzo, que se explica por sí solo dentro de su inexplicabilidad rampante, las principales referencias que, creo, hay que hacer, son las de: la FGEL, la JCR, la FER y la UJC (m-l).
viernes, enero 25, 2013
lunes, enero 21, 2013
Soixante huit (9: un movimiento, dos movimientos...)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo capítulo.
Resumen de lo publicado: Finalmente, las actuaciones de la Corte de Mordor contra los líderes hobbits acaban por hacer sonar el cuerno de guerra. Los hobbits, como uno sólo de ellos, se aprestan en los campos de San Germán a enfrentarse a los nasgul. Éstos son superiores en número y además disponen de un huevo de pijoterías del ejército de Sauron que teóricamente se sobran para apisonar a los hobbits; máxime teniendo en cuenta que ni los Rojirrim ni los enanos les acompañan en aquella batalla. Sin embargo, los hobbits resistirán valientemente, usando armas caseras; y en la resistencia aprenderán que ellos, también, pueden ser un ejército.
La violencia de Mayo del 68 encumbró a muchas personas que de esa forma se reivindicaron, desde vidas otrora fútiles o desconocidas.En esta fogo vemos a tres activistas de primera línea apuntando sus tirachinas hacia la policía. Al loro con el gafapasta de enmedio.
Resumen de lo publicado: Finalmente, las actuaciones de la Corte de Mordor contra los líderes hobbits acaban por hacer sonar el cuerno de guerra. Los hobbits, como uno sólo de ellos, se aprestan en los campos de San Germán a enfrentarse a los nasgul. Éstos son superiores en número y además disponen de un huevo de pijoterías del ejército de Sauron que teóricamente se sobran para apisonar a los hobbits; máxime teniendo en cuenta que ni los Rojirrim ni los enanos les acompañan en aquella batalla. Sin embargo, los hobbits resistirán valientemente, usando armas caseras; y en la resistencia aprenderán que ellos, también, pueden ser un ejército.
La violencia de Mayo del 68 encumbró a muchas personas que de esa forma se reivindicaron, desde vidas otrora fútiles o desconocidas.En esta fogo vemos a tres activistas de primera línea apuntando sus tirachinas hacia la policía. Al loro con el gafapasta de enmedio.
El martes se produce la primera, tímida y en realidad
desconectada, prueba de solidaridad obrera con Mayo del 68: los taxistas
autónomos de París, y los sindicatos de conductores de la CGT y la CFTC
declaran 24 horas de huelga por motivos salariales.
jueves, enero 17, 2013
Hitler y Palestina (1)
Paquito no fue el único....
En términos generales, en el mundo moderno de la segunda mitad del siglo XX y primera mitad del XXI donde ahora estamos, se cumple una norma de general aceptación: todo lo que es nazi, o tiene simpatía hacia lo nazi, o muestra la más mínima expresión de comprensión hacia el régimen nacionalsocialista alemán, fascista italiano, rumano, austríaco, español, portugués o similar, es rápidamente arrojado por la Roca Tarpeya del justo castigo hacia quien es incapaz de tener un mínimo talante democrático y respeto por el prójimo.
En términos generales, en el mundo moderno de la segunda mitad del siglo XX y primera mitad del XXI donde ahora estamos, se cumple una norma de general aceptación: todo lo que es nazi, o tiene simpatía hacia lo nazi, o muestra la más mínima expresión de comprensión hacia el régimen nacionalsocialista alemán, fascista italiano, rumano, austríaco, español, portugués o similar, es rápidamente arrojado por la Roca Tarpeya del justo castigo hacia quien es incapaz de tener un mínimo talante democrático y respeto por el prójimo.
Esto es así con carácter general. Pero toda generalización
tiene sus excepciones, y ésta no iba a ser menos. La excepción, en este caso,
es el movimiento de liberación de Palestina.
lunes, enero 14, 2013
Sor Patrocinio
La invasión de España por las tropas francesas supuso la
puesta en fuga de muchas personas que formaban la corte de los reyes borbones, de las
cuales hubieran esperado los galos la principal resistencia hacia sus objetivos
en el país; en realidad, en lo mucho que se equivocaron reside buena parte de
la grandeza de ese episodio que llamamos guerra de la Independencia; suceso
que, en cualquier otro país, sería venerado por la sociedad desde la escuela
hasta las series de televisión, pero que en esta España nuestra pasa por
nuestras vidas casi sin romperlas ni mancharlas.
Una de las personas que hubo de huir con gran prevención de
su seguridad fue don Diego de Quiroga y Valcárcel, gentilhombre de la Corte,
administrador de rentas del rey; y su mujer, doña Dolores Cacopardo del
Castillo. Tanto temor sentían Diego y Dolores por su vida, que resolvieron huir
de España viajando en solitario, cada uno por su cuenta, para así dificultar su búsqueda y ampliar sus
posibilidades de, al menos uno, salir airoso del trance.
viernes, enero 11, 2013
¿Qué hacemos con Filipinas? (y 3)
Los Borbones trataron de reforzar su
presencia en Asia. Tal vez las Filipinas no fuesen la plataforma estratégica para
la conquista de Asia, pero aún podían convertirse en la cabeza de un emporio
comercial.
En 1717 llegó a Filipinas un nuevo y
animoso gobernador, Fernando Manuel de Bustamante. Entre sus primeras medidas
estuvo la de eliminar las corruptelas que habían ido surgiendo en torno al
Galeón de Manila, para mejorar los ingresos de la Corona. Esas corruptelas
consistían básicamente en embarcar bienes de tapadillo para no tener que pagar
impuestos. Vinculado al saneamiento del Galeón estuvo su intento de desarrollar
lazos comerciales con los estados vecinos de forma que la economía filipina
fuese menos dependiente del Galeón de Manila y del comercio con China.
En 1718 envió una embajada al reino de
Siam que fue un gran éxito. El 18 de julio de ese año, el enviado español firmó
un acuerdo con los siameses en virtud del cual, España obtenía unos terrenos
para edificar una factoría que podrían utilizar para comerciar y para aparejar
barcos. Se fijaron cláusulas para regular el comercio entre Siam y Filipinas y
se establecía que Siam otorgaría a España el trato de nación más favorecida.
El éxito de la embajada a Siam animó
al Gobernador a enviar otra al reino de Tonkin al año siguiente. Esta embajada
fue más azarosa que la anterior. Siguiendo una vieja costumbre española,- la de
cagarla en el mar-, embarrancaron junto a las costas de Vietnam y hubieron de
abandonar el barco. Aun así la embajada tuvo sus frutos: obtuvo el permiso para
comerciar con Vietnam, así como un terreno para establecer una concesión.
Por desgracia, estos inicios
prometedores quedarían en nada. El gobernador se había enajenado las voluntades
de las élites manileñas con sus intentos de poner orden, no siempre ejecutados
con tacto. La noche del once al doce de octubre de 1719 se produjo un motín,
inspirado por sus enemigos, y el gobernador fue asesinado. La política de
apertura comercial que había animado quedó en nada y Filipinas siguió
dependiendo del Galeón de Manila.
La incuria y la falta de visión sobre
lo que se podía hacer con Filipinas quedaron de manifiesto en 1762 con la
invasión británica. España había entrado del lado francés en la Guerra de los
Siete Años en sus etapas finales, cuando el pescado ya estaba vendido. El 23 de
septiembre de 1762 quince buques británicos aparecieron en la Bahía de Manila
para pasmo del Arzobispo Manuel Antonio Rojas, que hacía las veces de
gobernador, ya que el anterior había muerto ocho años antes y España todavía no
se había molestado en reemplazarlo. El pasmo del Arzobispo se debió a que nadie
le había informado de que España e Inglaterra llevaban nueve meses en guerra.
Los ingleses ocuparon Manila durante
dos años e hicieron mucho daño al comercio filipino. Se apoderaron tanto del
galeón que iba a salir para México, como del que estaba llegando y confiscaron todos
los barcos españoles. Al perjuicio hecho por los ingleses vino a sumarse que el
sistema del Galeón de Manila había empezado a quedar obsoleto. Habían surgido
nuevas redes comerciales que le restaban importancia y en Hispanoamérica los
textiles españoles estaban desplazando a los chinos en los gustos de la gente.
Durante el reinado de Carlos III se
hizo un serio intento por rentabilizar las Filipinas y desarrollar sus
posibilidades económicas. En 1778 se fundó en Manila la Sociedad Económica de
Amigos del País con el objetivo de revitalizar la economía de las islas de
manera racional y científica. Los proyectos que se concibieron en esos años
fueron impresionantes: sederías, cultivo del tabaco, las especias y la caña de
azúcar, explotación de los minerales de las islas, silvicultura y explotación
de sus riquezas marinas… La realización de esos proyectos fue menos
impresionante. A la larga sólo funcionó la idea de cultivar tabaco, que
terminaría convirtiéndose en la principal riqueza del país en el siglo que le
quedaba de dominio español, y la caña de azúcar.
En 1785 se estableció la Real Compañía
de Filipinas para promover el comercio entre Filipinas y España. Por primera
vez se permitió que los barcos extranjeros recalasen en Manila, aunque en un
principio se limitaba a aquéllos que llevasen cargamentos de productos chinos o
indios. Aunque sus inicios habían sido prometedores, a finales del siglo XVIII
empezó a decaer. Las tensiones entre España e Inglaterra, la enemiga de los
hispano-filipinos involucrados en el Galeón de Manila, que habían visto sus
intereses afectados, los problemas con monopolios de la Corona que trabajaban
con los mismos productos procedentes de Hispanoamérica y la mala gestión
hicieron que la Compañía languideciese durante el primer tercio del siglo XIX
hasta su disolución en 1834.
Los cambios introducidos por los
Borbones en el último cuarto del siglo XVIII comportaron una mayor
centralización y que el poder de Manila se hiciese sentir con más peso en el
resto del archipiélago. Ya no bastaba con gobernarlo indirectamente por medio
de cuatro frailes y caciques locales.
La independencia de México supuso un
shock para Filipinas que nunca habían dejado de ser un apéndice del Virreinato
de Nueva España. El último Galeón de Manila zarpó en 1815. Que Filipinas
sobreviviese, muestra que las reformas de finales del siglo XVIII habían
servido para algo. La puesta en valor de su riqueza agrícola y el fomento del
comercio con Asia le permitieron superar el final del sistema del Galeón.
Filipinas se reorientó convirtiéndose
en una economía orientada a la exportación, que era la vía en la que la habían
puesto las reformas borbónicas. El tabaco, el azúcar, la copra, el abacá, el
arroz, el café y el añil se convirtieron en sus principales productos de
exportación. Esta orientación exportadora se vio favorecida por el creciente
interés europeo por Asia y por la apertura del Canal de Suez y la aparición de
los barcos de vapor, que facilitaron las comunicaciones entre Filipinas y España.
Hubo un momento en la segunda mitad de
la década de los 50 y la primera mitad de los sesenta del siglo XIX, en los que
a España le volvieron a entrar resabios imperialistas y nuevamente pareció que
Filipinas podría ser el trampolín para una España que quería adquirir un mayor
protagonismo en Asia.
En 1858 tropas españolas procedentes
de Filipinas participaron en la expedición que envió a Cochinchina el Emperador
francés Napoleón III. La excusa para la intervención fue el asesinato del
vicario apostólico en Tonkín, que era el dominico español José María Díaz
Sanjurjo. Mientras que los franceses montaron la expedición con objetivos
coloniales claros, España participó en ella sin saber por qué se metía. De
hecho, el Capitán General de Filipinas no vio con buenos ojos esta aventura que
distraía fuerzas de lo que de verdad importaba: el sometimiento de los moros de
Mindanao. Al final, la aventura de Cochinchina sólo sirvió para que pudiéramos
sacar pecho diciéndonos que aún éramos una gran potencia. O sea, que salimos de
aquello echando pecho y con cara de gilipollas. La que se nos quedó cuando
vimos que Francia se instalaba en el país como potencia colonizadora.
Aunque con torpeza, en esos años España desarrolló una actividad
en Asia muy intensa para lo que había sido la norma en el siglo anterior. Abrió
embajadas en Pekín y Tokio y consulados generales en Yokohama, Singapur, Macao
y Shanghai. En octubre de 1864 España firmó con China un Tratado de Amistad y
Navegación que, entre otras cosas, reguló la emigración de chinos a Filipinas. En
1868 se firmó un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con Japón y dos años
después uno similar con Siam.
El mayor activismo español también se
puso de manifiesto en otras dos áreas: Mindanao y el Pacífico, aunque en ambos
casos estuviese motivado más por la conciencia de la debilidad propia que por
mostrar lo chulos que éramos. Se trataba de demostrar a otras potencias que
éramos capaces de ejercer una soberanía efectiva sobre los territorios que
poseíamos o sobre los que teníamos títulos.
En 1851 España organizó una expedición
militar contra el Sultanato de Sulu, que terminó con la firma de un tratado de
paz un tanto ambiguo que los españoles interpretaron en el sentido de que el
sultán reconocía la soberanía española sobre su territorio. A nivel
internacional, la campaña sirvió para mostrar a otras potencias que España
consideraba que el archipiélago de Sulu y la isla de Basilán pertenecían a su
esfera de influencia. Durante la década de los sesenta, España afianzó su dominio
sobre Mindanao y tomó medidas para su administración efectiva. En 1876 España
lanzó una nueva expedición contra Sulu, dado que era evidente que los nativos
no interpretaban el Tratado de 1851 de la misma manera que los españoles. El 22
de julio de 1878 España y el Sultán de Sulu firmaron el Tratado que regiría sus
relaciones hasta el final de la presencia española en Filipinas. El Tratado
estableció una suerte de protectorado español sobre el sultanato, que retenía
una amplia autonomía en cuestiones de administración interna y de comercio.
En el Pacífico España intentó labrarse
un imperio en Micronesia. España tenía títulos históricos para atribuirse casi
todo el Pacífico, pero la Conferencia de Berlín de 1885 había establecido que
lo que valía era la ocupación efectiva, no los títulos históricos. España tenía
alguna presencia en Guam y las Marianas, pero siempre las había tenido muy
abandonadas y no les había sacado ningún rendimiento. En la década de los
ochenta del siglo XIX España trató de recuperar el tiempo perdido. Consiguió
que su principal competidor en la región, Alemania, le reconociese en 1885 sus
derechos sobre la Micronesia y trató de colonizarlas con fortuna desigual.
Tal vez fuera durante las últimas
décadas de su dominio colonial, cuando España tuvo más claro lo que hacer con
las Filipinas y fuese más consciente de su valor económico y geoestratégico. Lo
que faltó entonces fue lucidez para acomodar las aspiraciones de los filipinos
a un mayor autogobierno y los medios para hacerse respetar por otras potencias.
Igual que España había reconocido el valor de las Filipinas, otros países,
desde Alemania hasta Japón, pasando por Bélgica, que llegó a ofrecer comprar
las islas a España, y EEUU también lo habían hecho y con ese reconocimiento
estaba el de la debilidad de España y el de que teníamos los días contados en
las Filipinas.
jueves, enero 10, 2013
¿Qué hacemos con Filipinas? (2)
Si suenan disparatados todos estos
proyectos de conquistar Indochina a partir de las Filipinas, ¿qué no diremos de
la idea de apoderarse de China? Manel Ollé ha dedicado el libro “La empresa de
China” a describir todos los delirios hispanos de finales del XVI sobre cuál
sería la mejor manera de hacerse con el Imperio del Medio.
El primero de los iluminados fue el
agustino Martín de Rada, quien en 1569 dirigió una carta a Felipe II, en la que
le venía a decir que conquistar China no sería mucho más difícil que conquistar
el imperio azteca, que unos cuantos hombres bragados podían conseguirlo ya que
“la gente de China no es nada belicosa (…) mediante Dios, fácilmente
y con no mucha gente, serán sujetados.” Cinco años después el escribano
real Hernando Riquel cifró el número de combatientes necesarios para la
conquista: “menos de sesenta buenos soldados españoles”. No está mal la
proporción: cada soldado español tendría que ocuparse de domeñar a tres millones
de chinos. Por su parte, el Cabildo de México se dedicaba a soñar como la
lechera del cuento. En una carta que dirigió a Felipe II en 1567 le pidió “repartir
la tierra de las dichas Islas del Poniente (Filipinas) y de la China,
perpetuándola entre los descubridores y pobladores.”
En 1576 el gobernador de Filipinas
Francisco de Sande propuso un plan de conquista de Filipinas marginalmente más
realista: harían falta entre cuatro y seis mil hombres armados de pica y
arcabuz. Bien esto ya era una proporción más factible: un español por cada
30.000 chinos. El plan propuesto consiste en empezar conquistando una provincia
china. A partir de ahí, se conquistará el resto del imperio con ayuda de los
propios chinos que verán a los españoles como libertadores. Eso a menos que se
encontrasen con un inca o un azteca y les contase su propia experiencia. La
argumentación de Sande no ofrece desperdicio y merecería figurar en una
antología de la chulería y desprecio del extranjero. La conquista sería
sencilla porque los chinos son cobardes, ineptos para cabalgar y usar armas,
ladrones, haraganes, preferirían vender a sus hijos antes que ponerse a
trabajar y es un país sin ciencia ni saber.
De Sande podría ser un iluminado, pero
no estaba solo en sus desvaríos. En 1578 el oidor de la Audiencia de Guatemala,
Diego García de Palacios, propuso que se reclutasen 4.000 hombres en América y
se les embarcase en seis galeras rumbo a China.
Curiosamente, la Corte a miles de
kilómetros de distancia, era mucho más realista sobre las posibilidades de una
empresa tan descabellada. El Consejo de Indias le hizo notar a García de
Palacios que China era un país inmenso y que “para la defensa y amparo de
este tan extendido reino (hay) casi cinco millones de hombres de
guarnición, los cuales de arcabuces, picas y carceletes, espadas y flechas y de
las demás armas, máquinas e instrumentos bélicos que se usan en esta Europa.”
Renunciar a un sueño es lo más
difícil. El jesuita Alonso Sánchez, que había recorrido China entre marzo de
1582 y marzo de 1583, escribió una relación en la que decía que la
evangelización de China tendría que hacerse a punta de arcabuces. Dados los
beneficios espirituales que los chinos podrían extraer de la evangelización,
todo estribaba en calcular el número de arcabuces que serían necesarios. En un
ejercicio de “realismo”, Alonso Sánchez los calculaba en 10.000. Adviértase que
a cada memorial que se dirigía a la Corona se iba elevando el número de fuerzas
necesarias. Empezamos con menos de 60 buenos soldados españoles en 1564 y
veinte años después ya estamos en 10.000. Aun en 1586 Juan Bautista Román
volvió a elevar la cifra de combatientes necesarios: unos 15.000 entre soldados
españoles, cristianos que se reclutarían en Japón e indios filipinos. Eso sí
Román contaba con un arma secreta: “no consiste en la multitud del ejército
la victoria, que del cielo nos ha de venir fortaleza”.
En 1586 se celebraron en Manila las
juntas generales de los estados de Filipinas, para debatir cuestiones de
interés general para las islas. El partido belicista volvió al ataque con sus
planes para la conquista de China. El encargado de redactar la estrategia de
ataque fue Alonso Sánchez, que propuso que la empresa la acometiesen juntos los
castellanos de Manila y los portugueses de Macao. Los primeros atacarían por
Fujien y los segundos por Guangdong. En cuanto a los contingentes necesarios,
Sánchez volvió a incrementar las cifras: entre 10.000 y 12.000 hombres de todos
los reinos de España, 6.000 indios de las Visayas y 6.000 japoneses, a los que
habría que sumar los hombres que aportasen los portugueses.
Alonso Sánchez era un hombre con una
misión y no dudó en realizar el arriesgado viaje a España para defender el
proyecto. El 28 de junio de 1586 embarcó en Cavite, rumbo a Acapulco, adonde
llegó el 1 de enero de 1587. Sánchez permaneció en México hasta mediados de 1587. A mediados de
septiembre de ese año llegó a Sanlúcar de Barrameda y finalmente en diciembre
pudo tener audiencia con Felipe II y presentarle su memorial. Sánchez no podía
saber que su memorial llegaba en un momento muy inconveniente, ya que Felipe II
tenía toda su atención puesta en la preparación de la Armada Invencible.
Durante toda la primera mitad de 1588
se discutieron en Madrid las distintas propuestas de las juntas generales de
Filipinas. La empresa de China, que ya había tenido sus detractores tanto entre
quienes la consideraban irrealizable como entre quienes dudaban de que España
tuviese títulos legítimos para apoderarse de China, quedó definitivamente enterrada
cuando llegaron a la Corte las noticias del desastre de la Armada Invencible.
A la postre, la empresa de China sería
redimensionada al objetivo infinitamente más modesto de establecer un enclave
comercial en la costa, similar al que tenían los portugueses en Macao. En 1598
el gobernador Francisco Tello de Guzmán autorizó a Juan Zamudio a viajar a
China para obtener alguna concesión que pudiera servir para el comercio.
Zamudio obtuvo El Pinal, una isla cerca de Cantón, así como el uso de unos
almacenes en dicha ciudad. La factoría, aunque prometedora, fue abandonada al
cabo de dos años. En su abandono influyó sobre todo la inquina de los
portugueses de Macao, que no querían competencia y le pusieron todos los palos en
las ruedas que pudieron. A ello se sumó
el desinterés de Felipe III, que prefería mantener las paces entre sus súbditos
portugueses y castellanos y más ahora que los holandeses habían empezado a
penetrar en los mares asiáticos. Finalmente hay que hacer notar la dejadez de
los españoles de Manila, que se habían acostumbrado al sistema del Galeón de
Manila y tampoco presionaron por defender el establecimiento de El Pinal.
Hasta ahora he hablado básicamente de
fracasos y empresas descabelladas, pero también hubo momentos en los que
Filipinas mostró que podía ser una base estratégica clave para que España fuera
un actor a tener en cuenta en Asia.
El 15 de enero de 1606 Pedro de Acuña
partió de Manila con una flota y más de 3.000 hombres con la misión, que
consiguió, de conquistar las islas Molucas. Nueve años después el Gobernador
Juan de Silva concibió la operación estratégica más osada que los españoles
intentarían nunca en Asia. Se trataba de dirigir una armada hispano-portuguesa
contra Java, Banda y las Molucas para limpiarlas de holandeses. Casi tan
importante como ese objetivo estratégico sería el hecho de que por primera vez
portugueses y españoles colaborarían en Asia, en lugar de ponerse zancadillas. La
empresa prometía y desde un punto de vista estratégico era razonable, pero tal
vez estuviera por encima de las posibilidades reales de Filipinas. Para
organizar su armada, de Silva prácticamente tuvo que dejar desguarnecidas las
islas y al final, esa armada que había costado tanto organizar y en la que se
habían depositado tantas esperanzas, acabó regresando a Manila destartalada,
víctima de las fiebres y sin haber pegado un solo tiro.
En 1626 salió de Filipinas una
expedición bajo el mando de Antonio Valdés con rumbo a Formosa, donde los
españoles se instalaron. Formosa representaba una importante escala en las
rutas comerciales entre China y Manila. Inexplicablemente, los españoles
perdieron interés en la isla a los pocos años, desguarneciéndola para hacer la
guerra a los moros de Mindanao. En 1642 los holandeses, aprovechándose de esta
incuria española, se la arrebataron a los españoles.
Para mediados del siglo XVII los
españoles ya habían adoptado una clara actitud defensiva y estaba claro que
Filipinas no serviría de plataforma estratégica para conquistar nada. A lo más
que llegábamos era a darnos de tortas con los moros de Mindanao, que se negaban
a dejarse conquistar.
miércoles, enero 09, 2013
¿Qué hacemos con Filipinas? (1)
Hoy el blog se hace anfitrión de Tiburcio Samsa, quien en su propio blog publica en estos días tres tomas, que aquí reproduzco, dedicadas a la pequeña Historia de España en Filipinas. Son tres tomas que irán seguidas y que nos entretendrán mucho la semana.
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Los españoles llegaron a las islas
Filipinas de casualidad. Dado que el Tratado de Tordesillas había reservado el
hemisferio oriental a Portugal, en 1518 el Emperador Carlos encargó a
Magallanes que buscase una ruta por el oeste hacia las islas de las especias. Tras
un viaje accidentado, el 16 de marzo de 1521, Magallanes llegó a la isla de
Leyte. Magallanes apreció maravillado la belleza de las Filipinas y comprobó en
sus propias carnes el “bahala na” filipino. Habiendo intentando mezclarse en la
política local entre los distintos caciques, fue emboscado y asesinado el 27 de
abril de 1521 por los hombres de Lapu Lapu, que no supieron valorar sus
esfuerzos por intervenir en sus asuntos. En realidad Magallanes fue la primera
víctima de una pauta que se repetiría en los siguientes siglos con los
españoles: no saber ni qué coño estaban haciendo en las Filipinas ni qué coño
hacer con ellas.
A Carlos V saber que había unas islas
muy hermosas con unos nativos a los que a ratos les daba el “bahala na” y te
acuchillaban, no le emocionó ni poco ni mucho. Su interés estaba puesto en las
islas de las especias, las Molucas. En los años siguientes envió hasta tres
expediciones a las islas. Las tres fracasaron. En 1529, aburrido, firmó con
Portugal el Tratado de Zaragoza y le vendió sus derechos sobre las islas. Tan
poco era el interés de Carlos V por las islas, que no se mencionaron en el
Tratado, aunque, según la demarcación estipulada, caerían en lo sucesivo en la
órbita portuguesa.
Aunque con el Tratado de Zaragoza
España había renunciado a Asia, la renuncia se hacía muy dolorosa, cuando el
continente albergaba tantas riquezas. En 1535 fue nombrado como primer Virrey
de Nueva España D. Antonio de Mendoza, quien inmediatamente se aplicó a
extender las fronteras del virreinato en dirección a lo que hoy es el suroeste
de EEUU y a explorar la costa pacífica. Por esas fechas España volvió a pensar
en las Filipinas. Desde el Tratado de Zaragoza Portugal no había hecho ningún
intento por colonizarlas. Era imaginable que si España le presentaba el hecho
consumado de su ocupación, Portugal no protestase demasiado. En 1542 el Virrey
Mendoza envió a Ruy López de Villalobos a Filipinas con la misión de establecer
una colonia en ellas. La expedición fue un fracaso: la enemistad de los moros
de Mindanao y la pobreza del lugar escogido para el asentamiento hicieron que
no prosperase. El único logro de la expedición de Villalobos fue que dio a las
islas su nombre definitivo de “islas Filipinas” en honor al Príncipe heredero
Felipe.
A pesar de todos los fracasos, a los
españoles les costaba renunciar a poner el pie en Asia. Apenas llegado al
Trono, Felipe II decidió en 1559 que había que buscar una ruta que permitiera
hacer el tornaviaje a México desde Filipinas y dio instrucciones en ese sentido
al Virrey de Nueva España, Luis Velasco. En sus instrucciones señala que las
Filipinas estaban dentro de la esfera de influencia española y apunta al
objetivo final de la empresa: insertarse en las lucrativas rutas comerciales
con China. Es muy probable que Felipe II supiese que las Filipinas estaban en
la esfera portuguesa y que estuviese jugando al despistado. De hecho tanto el
Virrey Velasco como algunos consejeros le indicaron que las Filipinas eran
portuguesas, pero el que manda, manda.
La expedición zarpó del Puerto de La
Navidad el 21 de noviembre de 1564. La mandaba Miguel de Legazpi, pero el
principal personaje allí era el fraile y navegante Andrés de Urdaneta, quien
estaba convencido de que existía una ruta de tornaviaje. La flota llegó a
Filipinas en febrero del año siguiente. Mientras Miguel de Legazpi daba los
primeros pasos para iniciar la colonización de las islas, Urdaneta se aprestó a
buscar el tornaviaje. En junio de 1564 partió de Cebú en dirección a México y
el 8 de octubre llegó a Acapulco, después de 129 días de navegación. El
descubrimiento del tornaviaje fue lo que hizo posible la colonización de
Filipinas, ya que permitía comunicarse con las islas sin pasar por el
territorio controlado por los portugueses. Una consecuencia indirecta fue que
Filipinas se gobernaría desde el Virreinato de Nueva España y se vería más como
un apéndice del mismo, como la última colonia española de América, que como el
trampolín hacia Asia. Pero eso sólo ocurriría en el siglo XVII, cuando España,
cada vez más agotada, ya no tenía fuerzas para empresas imperiales. Antes de
que eso ocurriera, durante unas pocas décadas a finales del siglo XVI y
comienzos del XVII sí que pareció que Filipinas podría convertirse en la cabeza
de un gran imperio español en Asia.
Las primeras décadas del dominio
español en Filipinas fueron prodigiosas. La colonia apenas se había establecido
y tuvo que hacer frente al ataque del pirata chino Limahong que estuvo a punto
de apoderarse de Manila en 1574 y que además coincidió con la rebelión de
Lakandula y Rajah Suleiman, a la rebelión pampangueña de 1585, a las depredaciones
del pirata Cavendish, quien además capturó el Galeón de Manila en 1587 causando
grandes pérdidas monetarias, y a la gran revuelta de la comunidad china en
1603, que estuvo en un tris de conquistar Intramuros. Pues bien, a pesar de
todos esos conflictos los españoles intentaron que Filipinas fuera su trampolín
para la conquista de Asia.
En 1578 el Gobernador Francisco de
Sande recibió al sultán de Borneo, que le pidió ayuda contra su hermano, que le
había usurpado el Trono. De sande no necesitó que se lo repitieran dos veces.
Montó una expedición con 400 españoles, 1.500 filipinos y 300 nativos de Borneo
partidarios del sultán legítimo. El sultán recuperó el trono con la ayuda
española y Borneo se incorporó a los dominios españoles… durante tres años. Los
que necesitó el usurpador para arrebatar nuevamente el trono a su hermano con
ayuda portuguesa.
En 1593 el Gobernador Gómez Përez
Dasmariñas organizó una expedición para conquistar las Molucas. La expedición
quedó abortada cuando los remeros chinos se sublevaron y mataron al gobernador
y a ochenta de los españoles. A pesar de este desastre, tres años después los
españoles de Manila se dejaron seducir por los cantos de sirena de los
aventureros Blas Ruíz de Hernán González y Diego Belloso, que se habían
convertido en los factótums del país, y les convencieron de que Camboya podía
convertirse en una dependencia de España. El Gobernador Antonio de Morga no
veía muy claro el asunto, pero la presión del bando belicista y el de las
órdenes religiosas, que ya se veían evangelizando camboyanos, fue más fuerte.
Y así, el 19 de enero de 1596 120
soldados partieron a bordo de tres naves a las órdenes de Juan Juárez de
Gallinato. La expedición no fue demasiado gloriosa: uno de los barcos
embarrancó en la desembocadura del Mekong y sus hombres tuvieron que subir a
pie hasta Phnom Penh, otro se extravió y acabó en el estrecho de Malaca. El
tercero al menos llegó a destino. Los adjetivos “bienvenida” y “venturosa” no
describen adecuadamente la presencia de los expedicionarios españoles en Phnom
Penh. Su estancia terminó con el barrio chino saqueado, las fortificaciones
quemadas y el rey camboyano muerto. Casi parecían hooligans ingleses de
vacaciones en Benidorm.
Gallinato se retiró, entendiendo que
Camboya era un berenjenal, pero Belloso y Ruíz pensaban que era un berenjenal
donde podían hacerse ricos y se quedaron a seguir liándola parda. Pronto los
aventureros, los buscavidas y los frailes de Manila empezaron a urgir al
Gobernador a que enviara otra expedición a Camboya, que aún quedaban cosas que
romper. Al Gobernador le dieron tanto la barrila que autorizó a que Luís Pérez
Dasmariñas, el hijo de Gómez, organizase costeándola él mismo una expedición.
La expedición estuvo compuesta por tres barcos, doscientos soldados y marinos y
cuatro frailes. Lo de lo frailes sería para despistar más que nada. Nuevamente
los españoles demostraron lo negados que eran en las cosas de la mar. La nave
almirante, donde iba Luís Pérez Dasmariñas se perdió de resultas de una
tempestad y terminó en Cantón, donde quedó varada durante 18 meses. Una de las
naves logró llegar hasta Phnom Penh justo para ver cómo a Belloso y a Ruíz los
corrían a gorrazos. Los camboyanos capturaron y quemaron la nave española. Sólo
sobrevivieron tres de los españoles.
¿Qué aprendieron los frailes y el
partido belicista de Manila de todo esto? ¡Que había que mandar otra expedición
a Camboya! El dominicano Gabriel Quiroga de San Antonio se embarcó en un
largísimo viaje hasta España para presentar un memorial al Rey Felipe III en el
que se le encarecía las ventajas de emprender la mencionada expedición. En
apoyo de su peregrina idea publicó en 1604 en Valladolid una “Breve y verdadera
relación de los sucesos del Reino de Camboya al Rey Don Felipe Nuestro Señor”.
No sé si la relación se puede encontrar hoy en día en español, pero existe una
traducción al inglés que la editorial White Lotus publicó en 1998 y que es
fácil de encontrar.
El epílogo de la relación de Quiroga
de San Antonio merecería figurar en una antología del disparate. Aparte de
conquistar Camboya, sugiere emprenderla también a gorrazos con Cochinchina,
Siam y champa y deja la puerta abierta para darle unos capones a Laos. Señala
la riqueza de estos reinos, pero afirma que el principal beneficio de la guerra
será “la salvación de tantas almas y la difusión del evangelio”.
Precisamente en lo que estaban pensando Belloso y Ruíz todo el tiempo mientras
saqueaban el barrio de los comerciantes chinos en Phnom Penh. Otros beneficios
que se obtendrían de la empresa sería hacerles la cusqui a los holandeses que
ya habían hecho acto de presencia en esas latitudes y hacerse con los productos
que producían dichos reinos. Otra ventaja que se sacaría me parece muy
interesante: dar una ocupación a todos los ociosos e inútiles de México, Perú y
Filipinas, que ellos solos se bastarían para la empresa, sin que fuera
necesario enviar tropas desde España.
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