miércoles, agosto 11, 2010

Folletín de verano (13)

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Así pues, 1956 era, en la mente de Carlos Luján y en las ilusiones comunicadas a todo el mundo por su mujer, Laura, el año «del despegue». En las Navidades de 1955, el matrimonio Luján y el pequeño Bruno en su cunita celebraron la llegada de un año repleto de expectativas. Carlos Luján, sin embargo, apenas podía imaginar el alcance de lo que se avecinaba. Y, desde luego, habría sido imposible para él imaginar, mientras cantaba villancicos con su familia y la de su mujer, que a la vuelta de poco más de un año, el caso López volvería a cruzarse en su vida, y de una forma tan sorprendente como lo hizo.


En realidad, las cosas habían empezado un poco antes. El 2 de diciembre de 1955, el Boletín Oficial del Estado había publicado la creación del «Círculo Tiempo Nuevo», que pretendía ser una iniciativa para fomentar la investigación y la discusión sobre materias propias de la universidad y cuya sede fue facilitada por el Gobierno en un piso céntrico, en la calle Alcalá frente al Retiro. Sin embargo, como se supo después, varios jóvenes estudiantes y profesores que ya habían intentado en el otoño del 55 celebrar un congreso de jóvenes escritores universitarios comenzaron a utilizar ese foro para sus reuniones. Algunos de estos promotores, como Miguel Sánchez-Mazas Ferlosio, eran hijos de destacados falangistas; alguno incluso era falangista de pro, como Dionisio Ridruejo. Pero este grupo, con rapidez, comenzó a mostrar su oposición al poder monolítico del Sindicato Español Universitario (SEU), organización falangista de estudiantes. El 1 de febrero de 1956, este grupo de estudiantes publicó un manifiesto, que circuló por la facultad de Derecho en copias ciclostiladas, en el que se pedían elecciones libres de estudiantes y se criticaba a « la organización que hoy se atribuye cada día de un modo más ilusorio al monopolio del pensamiento, de la expresión y de la vida corporativa de la vida universitaria», en clara alusión al SEU.


El 7 de febrero, comenzaron a celebrarse elecciones espontáneas en la facultad de Derecho de la Complutense, en la calle de San Bernardo. Sin embargo, varias decenas de falangistas, vistiendo sus camisas azules, boicotearon con violencia esta actividad. A la mañana siguiente, una placa colocada en el edificio en memoria de los caídos por Dios y por España apareció apedreada y medio arrancada. Los hogares de la Falange se movilizaron; se convocó a las centurias. Decenas de falangistas homenajearon a esa placa cantando el Cara al sol. Sin embargo, no estaban solos. Grupos de estudiantes se enfrentaron con ellos y se multiplicaron los disturbios, entre ellos el asalto, en la noche, a un colegio universitario.


Al día siguiente, 9 de febrero, los falangistas celebraban el Día del Estudiante Caído, en memoria de Matías Montero, un joven falangista que había sido asesinado en tal día de 1933 por un socialista, Francisco Tello, mientras volvía a su casa en la calle Marqués de Urquijo. El acto fue multitudinario y, finalizado el mismo, los asistentes se dispersaron para volver a sus casas. Uno de estos grupos recorrió la calle de Alberto Aguilera y, a la altura del Colegio de Areneros1, se encontró con un grupo de estudiantes hostiles, con los que se enfrentó. En el curso de la refriega, en la que intervino la policía, un estudiante de bachillerato de 18 años y miembro de una centuria madrileña del Frente de Juventudes, Miguel Álvarez, resultó gravísimamente herido de un disparo en la cabeza. Dos días más tarde, el viernes 11 de febrero, el Gobierno cerró la universidad y suspendió la vigencia de los artículos 11 y 18 del Fuero de los Españoles (libertad de residencia y detención gubernativa). El 15 de febrero, Franco cesó al ministro de Educación, Joaquín Ruiz-Giménez, a quien los falangistas acusaban de ser blando y aún de haber alentado las veleidades aperturistas de los estudiantes; pero también cesó a Raimundo Fernández-Cuesta, Secretario General del Movimiento y, por lo tanto, máximo representante del aparato de la Falange en el Gobierno, a pesar de que estaba en Brasil de misión oficial durante los sucesos. Ridruejo fue expulsado del Partido2.


Durante días, España vivió pendiente de la suerte de Miguel Álvarez. Fueron horas en las que, en el Lunarcito, en la propia comisaría, incluso también en casa con Laura aunque mediando metáforas y medias palabras, no había más que un tema de conversación: ¿qué ocurrirá si el falangista herido muere?


Laura rezaba por él, sentada en el salón tras la cena, con la radio con que Carlos trata de disolver sus pensamientos de fondo. Él sabía lo que sus camaradas estaban diciendo. De hecho, el día 10 por la tarde, de forma callada y sobre todo por tratar de tranquilizar sus propias inquietudes, Carlos Luján se dejó caer por el hogar de Falange de su barrio, donde era bien conocido y respetado. Lo hizo para poder escuchar alguna palabra tranquilizadora, pero fue todo lo contrario. Frente al local había una cafetería que casi nadie sabía cómo se llamaba por la costumbre que habían tomado todos de llamarla El Gallego Guarro, en su alusión a su dueño, en efecto poco escrupuloso con el lavado de vasos. Allí se encontró con Pedro Carnero, otro policía como él pero de los de uniforme; el típico joven acostumbrado a patear la calle y a visitar los locales de Falange más habitualmente que él. Bebía vino en soledad, aparentemente en silencioso soliloquio consigo mismo.


-¡Carnero!


-Hola, camarada. Se ha liado, por fin, ¿eh?


-¿Por fin?


-Por fin, sí, por fin, ¿eh? Fuera máscaras, joder. Aquí hay cosas mal terminadas, y habrá que acabarlas de una puta vez.


-No sé a qué te refieres.


-A los rojos. A los blandos, ¿eh? A los hijos de puta que se han cargado a Álvarez.


-No está muerto.


- está muerto. Otra cosa es que no se conoce, todavía, ¿eh?. Franco se lo calla. Franco no tiene ni idea de qué hacer con ese cadáver, ¿eh?. Se le empieza a pudrir en la nevera y no tiene ni puta idea de qué hacer, porque no sabe, ¿eh?


-No sabe, ¿qué?


Profundo trago. Al estilo de los pistoleros en las películas del Oeste.


-No sabe quién ha sido. Qué putos rojos lo mataron, ¿eh?. Y los blandos, como son blandos, le estarán diciendo que si perdonar, que si olvidar, que si exaltados, que si poca cosa.


-Puede que fuese así.


-¡Unos cojones fue así, Luján, joder! El subinspector nunca había tenido miedo de su medio compañero Carnero; pero ese día, en ese momento, leyendo sus ojos, lo tuvo- Vamos a ver, tú, ¿dónde has estado estos días, eh? El 8, cuando tuvimos que defender la lápida en honor de los caídos en San Bernardo, que esos hijos de puta la habían arrancado, Luján, ¡arrancado!; cuando fuimos, digo, ¿eh?, tuvimos que llamar a varias centurias. Estudiantes y obreros, ¿eh? Allí fue gente recién salida de sus trabajos, Luján, mecánicos con la puta llave inglesa en la mano, ¿eh? Sin camisa azul, ¡joder, no nos hostiamos entre nosotros de puto milagro! Y, aún así, nos costó, nos costó, ¿eh? Y, luego, al día siguiente, van y pillan en Alberto Aguilera a un grupito de camaradas. ¡Esto estaba orquestado, Luján, cáete del árbol! ¿Quién coño tiene miedo de que empiece la guerra otra vez, eh? ¡Lo mismo, nunca ha terminado!


El pequeño monólogo de Carnero había comenzado a resbalar perceptiblemente. Claramente, el policía llevaba un largo tiempo bebiendo.


-Si mue… ejem, si está muerto, entonces, ¿qué va a pasar?


-Imagínatelo contestó Carnero, con media sonrisa en el rostro-. Don Martín ya está hirviendo.


-¿Don Martín?


-Don Martín Carnero parecía divertido con la ignorancia de su interlocutor-. Don Martín de los Heros. Ya sabes, la Guardia de Franco3.


La mirada del policía parecía perderse por segundos. Eructó con dificultad.


-Están haciendo listas musitó, como recordando algo importante repentinamente.


-Listas, ¿de qué?


-De objetivos, ¿eh? respondió él- Álvarez será nuestro nuevo Calvo Sotelo. Igual que matándolo a él en el 36, los rojos se buscaron que los mandásemos a tomar por culo, la muerte de Miguel Álvarez se va a cobrar. Sangre por sangre, ¿eh? Pero mucha más, que un camarada vale lo que mil cabrones.


Luego le miró. Luján tuvo la sensación de que su interlocutor apenas le veía.


-Si no vas a participar, procura que no te pille en medio.


Saludó con un movimiento de cabeza más caótico que otra cosa y echó a andar, con dificultad, hacia la calle.


Luján tenía guardia aquella noche. La pasó, en su mayor parte, en El 56, discutiendo con Luci, o más bien monologando frente a ella, sobre los diferentes escenarios, personales y nacionales, que se presentaban. A media madrugada, estaba convencido de que en Madrid habría un baño de sangre en cuestión de unas horas. Y que todas las personas como él tendrían que tomar una decisión, y aplicarla. Se acordó de Rebollo, dos años atrás. Franco ha fusilado, y fusilará si es preciso. ¿A quién?


A las seis de la mañana, tras un par de horas contraviniendo la regla de oro de su oficina y ocupando la mesa que había sido de Rebollo para estar cerca del despacho del comisario (pensaba que ése sería el teléfono que sonaría si estallaba la Revolución), no pudo más, tomó un teléfono y marcó un número.


Tres timbrazos. Dudas. Uno más. Un chasquido.


-Diga -contestó una voz desde la ultratumba del sueño.


-¿Rebollo?


-¿Luján? ¿Qué hora es, coño?


-Las seis.


-¿Las seis? ¿Y?


-No sabía si estarías en casa. Te hacía por ahí. Vigilando. Supongo. O haciendo lo que sea que hagas.


Luego hubo un silencio de varios segundos. Se escuchó un roce en la línea. Rebollo se incorporaba. Luego un suspiro y luego, de nuevo, su voz.


-¿Qué te pasa, estás acojonado?


-¡Joder! ¿No debería estarlo? ¿Tú sabes lo que van diciendo por ahí… algunos?


-Pues sí contestó, cortante, Rebollo-. Lo sé muy bien porque hay muchas personas en España que tienen mucho más claras sus fidelidades de lo que las tienes tú.


-Rebollo…


-Bah, déjalo. Tú me importas un huevo, hoy. La situación está controlada.


-¿Estás seguro?


-Seguro.


-Mira que hay gente que dice que si ese chico muere…


-A ese chico lo ha operado el mejor neurocirujano del mundo interrumpió Rebollo-. El doctor Sixto Obrador. Ese cabrón ha evitado una segunda guerra civil, y jamás nadie lo sabrá se interrumpió para reír brevemente-. El chico está bien. O sea, respira.


-¿Qué quiere decir eso?


-Pues que se ha quedado tontito contestó Rebollo, con el mismo tono de voz con que comentaría un pequeño accidente doméstico sin importancia-. Paralítico, ciego y muy lento de cabeza, por decir algo. Pero, ya te digo, respira.


-¡Joder!


-He oído por ahí que le darán algo. Un quiosco, un estanco. Y a tirar para delante tras dos segundos de silencio, y con un todo de voz mucho más ronco, dijo-: no va a haber Revolución, Joseantoniete. Siento decepcionarte.


-Eres un imbécil escupió Luján-. Tengo un hijo recién nacido.


-Ya concedió Rebollo-. Pues, entonces, enhorabuena.


Miguel Álvarez, en efecto, no había muerto. Paralítico y ciego, sobrevivió al disparo; conforme avanzaron los días, las noticias tranquilizadoras comenzaron a conocerse. Sin embargo, pasada la angustia del primer momento, Carlos Luján comenzó a hacerse preguntas. Porque lo cierto es que, tras informarse de los sucesos del 9 de febrero de 1956 en la calle Alberto Aguilera de Madrid, tenía preguntas sin respuestas. ¿Y si en aquellos pronunciamientos, que culminaron con el disparo a la cabeza de un miembro del Frente de Juventudes, había habido todo menos espontaneidad? ¿Y si era cierto que nadie arranca una placa en honor de los Caídos sin saber que tiene fuerza para ello? ¿Cómo es posible que unos muchachos que días antes eran tan sólo estudiantes con ganas de armarla tuviesen aquella tarde pistolas y el cuajo necesario para usarlas?4


Todo eso confluía en la angustiada pregunta de su esposa Laura: ¿se habían marchado los rojos de España?


Fue una decisión personal de Carlos Luján, o por lo menos él se decía que nada tenía que ver con las prevenciones que Rebollo había compartido con él, la de intimar, en aquellos meses que siguieron de 1956, con aquellos compañeros de la Policía cuyo activismo en el Partido conocía bien. Había algo en los sucesos del 9 de febrero que le inquietaba profundamente. Por ejemplo, el hecho de que civiles armados hubiesen ocupado la calle Alberto Aguilera, o que los falangistas entre los cuales estaba Álvarez cuando fue herido estuviesen, en ese momento, tratando de resistir a un apedreamiento. Resultaba difícil de digerir que esas cosas pudiesen ocurrir. Durante aquellos tensos días de espera en los que todo dependió del devenir de un adolescente, Madrid parecía haber contenido la respiración y, como siempre ocurre en esos casos, cuando tuvo un motivo para relajarse, lo hizo incluso con exceso. Por ello, en los cubículos del Partido todos se hacían lenguas de la injusticia de la que había sido objeto Romojaro5, pero a todas luces se percibía que nadie movería un dedo más allá de donde podía llegar la lengua por sí sola. Pronto, esa ambición de tranquilidad consiguió apoyos. El ministro de Trabajo, José Antonio Girón, anunció el acta de defunción del hambre, de la escasez, la demostración de que el Amanecer era, contra lo que los pesimistas afirmaban, para todos. En marzo se anunció un incremento de los salarios del 25%, o sea cinco pesetas donde hasta entonces había habido cuatro, que tendría efectos el 1 de abril. Abril, abril. En las cantinas falangistas se coreaba el lema, abril será definitivamente nuestro. Con un 1 de abril tan venturoso, quién querrá recordar el 14.


Mediado el mes, sin embargo, la situación había cambiado. Y mucho. En las calles de Madrid, en parte porque era todavía una ciudad muy provinciana y por ello recostada sobre sí misma, en parte por la habilidad con que las noticias llegaron con cuentagotas, las gentes no eran conscientes. Pero en los despachos policiales, aún los que, como la oficina de Luján, tenían, como se decía, poco que hacer con la política, todo más o menos se sabía. Las dos decenas de funcionarios que se amontonaban alrededor de Antúnez (estaba hecho de otra pasta que el Viejo Ramos; el despacho limitado con falsas paredes del anterior comisario fue pronto trastero y archivo caótico, pues el nuevo comisario prefirió instalar el Cielo en el mismo centro de la sala, para así poder controlar a todos con un solo vistazo, lo que había provocado serias reformas en la tradicional segmentación geográfica de la comisaría) vigilaban e investigaban muertes comunes. Pero también eran parroquianos habituales de los lugares de reunión en el tiempo del desayuno, el aperitivo o la última hora laboral, y allí se encontraban con otros colegas de otros departamentos. El 13 de abril, cuando el gobernador de Vizcaya, Genaro Riestra, terminó de evacuar sin miramientos las fábricas que habían sido tomadas por huelguistas a cientos, incluso los teléfonos de los policías dedicados a los homicidios echaron humo. Todo el mundo parecía conocer a alguien en Bilbao, en Barcelona o en las cuencas mineras, que quería contar lo que estaba pasando.


¿Qué querían las protestas? Eso era lo más indignante, se comentaba. Querían un salario de 550 pesetas6 y la jornada de 8 horas. En los corrillos policiales, la interpretación era siempre o casi siempre la misma: en cuanto el hambriento había recibido el primer plato de lentejas (la subida de Girón) rápidamente se había alzado para reclamar el mejor de los solomillos.


Medio embutido por el alcohol y el tabaco, y ante el reducido público formado por una mujer silenciosa y un sarasa amable, Carlos Luján hacía en El 56 las siguientes cuentas: 550 pesetas, a 4 pesetas la copa, son 138 copas. Qué menos que darle media hora de palique al parroquiano que la paga; así pues, 138 copas, a media hora por copa, vienen a ser 69 horas.


-Así pues remataba, señalando con dedo temblón a la Luci, que siempre lo miraba benevolente desde detrás de la barra-, para ganar lo que gana cualquiera de esos putos rojos, tú tienes que pasarte 70 horas de tu vida aguantando a babosos.


Nada más decir esto, solía caer Luján en la cuenta de que él no dejaba de ser un baboso más de la lista, motivo por el cual añadía, casi en un susurro:


-No sé qué haces que no te apuntas a la revolución, tú también.


Inevitablemente, la palabra revolución provocaba la reacción asustadiza, probablemente exagerada, de Yanclod, el dueño del local, quien cada vez frecuentaba más al señor gendarme, probablemente, pensaba Luján, a la procura de protección ante lo que pudiese pasar. En cambio, en Lucía, esa misma palabra, Revolución, parecía no generar reacción alguna; como si estuviese pronunciada en un idioma que no comprendiese.


Otra cuenta atrás había comenzado: la que llevaba al mes de abril a su muerte y al primero de mayo. Alrededor de Luján había personas, como ese subinspector Iglesias que lo había engañado en su primer día, que tenían edad y memoria suficientes como para recordar otros días similares a aquél en los que decenas de retratos de Stalin, de varios metros de alto, desfilaron por Madrid. Había miedo y, al mismo tiempo, otra vez, como en febrero, en algunos de los camaradas de Luján, entre aquellos cuyos nombres él sabía debería dar a Rebollo si fuese un buen chico, había una suerte de deseo, de intención de caos. De hecho, el 1 de mayo ocurrió poca cosa, en gran parte por las más de mil detenciones que, se decía, se habían hecho en las zonas industriales como, ésa era la expresión utilizada, medida profiláctica.


Algunos meses después, concretamente el 13 de diciembre de 1956, el caso Anselmo López regresó abruptamente a la vida de Carlos Luján.







1 Actual sede de la Universidad Pontificia.



2 En un Memorial remitido el 1 de abril a la Junta Política de FET y de las JONS, Ridruejo, ya expulsado, culpó al propio SEU de provocar los incidentes «para que pudiera intervenir la policía».



3 La Guardia tenía la sede en esta calle de Madrid.



4 La hipótesis más plausible de la herida de Miguel Álvarez es que se la produjese algún compañero falangista que estuviese situado cerca de él, al que se le disparó la pistola.



5 Tomás Romojaro, vicesecretario general de Falange, era el responsable directo de las centurias en febrero de 1956. Fue cesado por Franco pocos días después de los sucesos.



6 En 1954, un obrero metalúrgico ganaba unas 360 pesetas al mes.

martes, agosto 10, 2010

Folletín de verano (12)

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Después de aquella tarde-noche de 1954, las cosas no volvieron a ser iguales entre Carlos Luján e Ismael Rebollo. Nunca había existido entre ambos una corriente de confianza sincera pero, a partir de entonces, a todo ello se unió una frialdad calculada y correcta entre ambos. Luján nunca le dio un solo nombre. Cierto es que no tuvo ocasión de ello hasta el momento en que la vida, o más bien el caso Anselmo López, volvió a unirlos de una forma completamente inesperada. Pero él sabía que, de haber recibido alguna pista, algún contacto siquiera indirecto con presuntos grupos de falangismo radical antifranquista (o, por lo menos, no franquista), no se lo habría dicho. Luján tenía sus propios problemas. En realidad, aquel conflicto aparecido entre dos casi amigos en una calle de Madrid, pese a no volver a aflorar entre ambos, no le abandonó: lo tenía en su propia casa.


Laura, su mujer, había sido declarada estéril por los médicos pocos meses después de casarse ambos, cuando su infertilidad les causó alarma. En realidad, los facultativos se equivocaron, pues el matrimonio Luján habría de tener un hijo, Bruno, que nació en 1955, cuando todas las esperanzas del matrimonio se daban ya por perdidas. Sin embargo, en esos siete años de matrimonio sin hijos el hecho de estar inactiva en casa, cosiendo, cocinando y escuchando la radio, pesó pronto sobre su ocio. Su buen conocimiento de las labores del hogar, pues Laura había aprendido de niña con las monjas todo lo que hay que saber sobre el gobierno del hogar por una mujer cristiana, la llevó a colaborar con la Sección Femenina, donde empezó a dar cursillos sin otra finalidad que ocupar un poco su tiempo. Para la mujer de Luján, pasar los días rodeada de otras mujeres más o menos de su edad le sirvió para cambiar leve, pero progresivamente, su carácter. Como Luján solía decir para hacerla rabiar, se había vuelto «más respondona». En realidad, Luján comenzó a sentir que su mujer combinaba cierta pulsión por apostillar comentarios suyos que en el pasado habían quedado incontestados (casi siempre que él hablaba de política) con la negación casi constante de la veracidad de esas aseveraciones.


Laura, para Luján, era como una barca sin remos que se dejase derivar por las aguas hacia una orilla donde todo se negaba. Con dieciséis años, él se había enamorado de una bellísima niña rubia, un año menor que él, a quien todo el mundo conocía como Laura, la hija del Guarnicionero. No fue hasta terminar la guerra que tomó conciencia del porqué de que el padre de su amada fuese citado por todo el mundo tan sólo por el oficio. La gente tenía miedo de decir su nombre, de vincularse con él. Porque el Guarnicionero nunca había ni soñado con vivir de eso. Hacia Colmenar Viejo, su familia había tenido unos terrenos y una modesta aunque provechosa explotación ganadera. Allí, el Guarnicionero había aprendido su oficio, más por necesidad y afición que otra cosa. Sin embargo, al estallar la guerra, una patrulla, al parecer y según decían de los hombres de Mangada1, auxiliada por los propios jornaleros de la finca, acabó con su padre y provocó el exilio de sus hijos a zona nacional. El Guarnicionero, sin embargo, ocupó su vivienda en Madrid y pasó el resto de la guerra experimentando la indiferencia de la mayoría; tampoco los republicanos parecieron interesarse por un hombre apenas significado, salvo para movilizarlo.


La Laura de la que se había enamorado Julián no perdonaba ni olvidaba ni la vida de su abuelo, ni las heridas con que regresó su padre, ni los años de silencio, miradas de refilón y sospechas. Era callada y sumisa como le habían enseñado (mientras pudieron, y después) las monjas teresianas, pero no perdía ocasión de dar rienda suelta a su animadversión. Para Carlos, sin embargo, pronto fue obvio que la estrategia de sus compañeras de la Sección Femenina era muy otra. Aquellas bordadoras y planchadoras eran más proclives a bordear la guerra en sus conversaciones, hasta el punto que, lentamente, iban desviando sus palabras hasta dar la impresión de que la guerra era algo lejano, tan difícil de convocar a la memoria que lo mejor era no hablar de ello. No es que aquél hubiese sido el principal acicate de su amor, pero lo cierto es que Carlos había soñado con un matrimonio falangista. A él le habían enseñado a creer en una sociedad entera que vive y practica el sentido de vida militar2, y eso había esperado. Un marido no militar, pero sí militante y armado, llegando a casa de la guerra que nunca termina, la delincuencia, y compartiendo sus experiencias, sus ilusiones y su punto de vista falangista con su mujer, pues las mujeres, con otro papel ciertamente, también han de portar la camisa azul. Sin embargo, cualquier día, a los pocos años de casados, Carlos Luján llegó a su casa, a la hora acostumbrada, con alguna anécdota en la cabeza, tal vez la referencia de alguna conversación, o con algún boletín en la mano, cualquier cosa que hablase de Glorioso Alzamiento, de Cruzada y, sobre todo, de rojos, de materialismo marxista, de muerte y depravación pretéritas y, tras cualquier comentario encendido, se encontró tras la oscuridad con una extraña pared que alguien había levantado sin advertírselo: la voz de su mujer, Laura, esa mujer que saludaba a las tropas en 1939 brazo en alto, diciendo en un susurro, sin levantar la vista de la costura.


-Ayayay, Carlos. De esas cosas, mejor no hablar en casa.


En efecto: Laura había declarado el hogar Zona Libre de Guerra. En las reuniones familiares, cuando los tíos de Laura la visitaban o algún amigo de Luján ocupaba silla en el salón, cada vez que se convocaban los recuerdos, Laura, y habitualmente cualquier mujer que estuviese presente, decretaban, con modos más o menos taimados, el silencio y el cambio de tema. Con el tiempo, Carlos se dio cuenta de que su forma de procesar la Victoria y su necesidad había sido el orgullo, pero el de su mujer era el olvido. Él no podía sino rebelarse contra esa forma de ver las cosas. Según su opinión, que acrecentarían los años cincuenta y la invasión creciente de la vida pública por parte de hombres que (como él) nunca habían llevado un fusil al hombro, o que pretendían que el mayor tesoro de la nueva España era su religión o que, aún peor, pretendían que el lacito que envolviese el bello regalo en que se iba a convertir España fuese el regreso de esos reyes que lo habían empezado todo; la invasión de gente así, pensaba, no tenía otra consecuencia que se dejase de hablar de los rojos, que era precisamente lo que los rojos querían. De alguna forma insatisfecho como se sentía, pues frecuentaba locales, reuniones y tertulias donde debía callar porque él no había tomado o defendido jamás colina alguna para España, tenía que añadir a su frustración que Laura apenas aceptase hablar de, como ella decía, las «horribles cosas» en que consistía su trabajo cotidiano, y «esas otras cosas» a las que su marido dedicaba su vida, esto es, las reuniones de camaradas, los cánticos, las proclamas y, en términos generales, eso que se podría llamar el disfrute del Nuevo Amanecer. Ni siquiera, en aquellos años tan difíciles en los que el monstruo bicéfalo que reptaba por encima de las conversaciones y las vidas tenía por cabezas la escasez y los precios, aceptaba Laura, a pesar de sufrir aquella situación como todos, apostillar o simplemente dejar pasar sin censura los desahogos de su marido respecto de la responsabilidad que en todo ello había tenido, en su opinión, el esquilme sistemático que esa fábrica de pobreza llamada marxismo judeomasónico le había provocado a España. A la aplicación de cualquiera de esas acusaciones replicaba con la Nueva Teoría.


-Deja el pasado en paz, Carlos. En el presente hay que trabajar, y nadie trabaja hacia detrás.


Muchas veces se dijo Luján que comprendía bien aquella cerrazón. Es difícil acostarse cada noche con el recuerdo de un amable hombre entrado en años, la persona que ha cantado casi todas las canciones de cuna de tu vida, temblando arrodillado en la tierra dura mientras alguien que apenas le conoce apoya en su cabeza un cañón frío, y dispara. De hecho, él convivía con otro tipo de crímenes, más, por así decirlo, prosaicos, y también había visto que el abanico de reacciones ante la muerte injusta es muy vario. Todas las reacciones que él consideraba generosas (olvidar, perdonar, rehacer la vida) las rechazaba personalmente como cosas de cobardes; de hecho, en según qué tertulias del Partido se hacían chanzas, bastante a menudo, con las reiteradas llamadas a la reconciliación emitidas desde el bando republicano incluso antes de perder la guerra. Allí se decía, y se repetía: los valientes convocan la Victoria; son los cobardes, y los perdedores, los que llaman a la Paz. Sin embargo, su rechazo personal no hubiera justificado que las negase. Y, en el caso de su mujer, la ternura le llevaba a cierta comprensión, el parpadeo de un asentimiento, que le ayudaba a callar cuando ella le obligaba, sin protestar, a ser el león en la calle y el sumiso corderito en el hogar.


No obstante, había otro factor que le ayudaba a refrenarse. Pues, desde poco después del verano del 48, había tomado la costumbre de frecuentar El 56. De frecuentar a Lucía Odriozola, la Luci.











Una de las últimas gestiones que había hecho Luján antes de cerrar el Caso López fue averiguar la dirección y horarios de El 56. Lo había hecho con la intención de tener controlada a Lucía Odriozola, pero luego no le hizo falta. No obstante, eso no le impidió ir a aquel club. En su intención, aquella primera visita tuvo como motivo explicarle a Lucía las pesquisas finales, el suicidio de Higinio Longares y el hecho de que en su posesión había aparecido una pista crucial que hacía pensar que él había acabado con Anselmo López. En realidad, con los años Carlos Luján tuvo que reconocerse que aquello no había pasado de ser una disculpa; con el tiempo, efectivamente, se fueron acumulando en su vida laboral los malentendidos, las acusaciones en falso y, por supuesto, las palizas a personas que no las merecían; y nunca sintió la necesidad de dar explicaciones a posteriori.


Con Lucía, sin embargo, era distinto. Lo había sido desde el primer momento. Aquella mujer tenía una forma de tenerle miedo que le provocaba dos sentimientos encontrados, alimentados el uno al otro: por un lado, el deseo de lavar esa desconfianza; por otro, la pulsión de darle aún más miedo para que el primero de los deseos se hiciese todavía más necesario. Se sucedieron las semanas, los meses y los años en la vida de Luján. Poco a poco, supo de la vida de otros en esa gran organización, la Policía, en la que estaba encuadrado. Todo conspiraba para que los escrúpulos morales se disolviesen. Entre aquellos hombres cuya vida diaria era enfangarse en una parte de la España de la Paz que los demás no debían ver, una España donde, de cuando en cuando, había gente que moría, era herida o simplemente apaleada por bien poca cosa, no era generalizada, pero sí bastante común, una convivencia con el vicio que, por decirlo como se refería entre risas en no pocos corrillos policiales, no pasaría por el tamiz de un confesionario.


Así pues, el subinspector Luján, descollante policía casi desde sus primeros pasos, tenía poco de lo que lamentarse: los ejemplos de policías que dormían en hogares apostólicos pero coqueteaban con ese otro inframundo en el que cosas como la virtud o cualquier tipo de abstinencia estaban de más; ese tipo de policías, Luján lo sabía bien, eran, sin llegar a multitud, legión. Y, sin embargo, no cesó de repetirse, durante los años en los que invirtió noches de guardia insulsa en un extremo de la barra de El 56, que lo suyo era distinto. Él bebía, y charlaba. Nada más. Como la propia Luci, al contrario de lo que él mismo había sospechado. Era capaz de pasarse horas, allí, charlando con ella. Tantas que la Luci, cuando adquirió la confianza suficiente, comenzó a quejarse, con una sorda sonrisa en el rostro, de que el Señor Policía era un muy mal negocio para ella.


El 56 era una barra cara. Carísima. Una copa, cualquier copa, costaba 30 pesetas, que se actualizaban con la inflación más deprisa que la inflación misma. El parroquiano que quisiera hacer cualquier cosa con alguna de las camareras distinta de pedirle la consumición, fuese eso hablar con ella o ponerle la cabeza en un hombro (desnudo), tenía que invitarla a una consumición. La camarera, que por ser tal no cobraba sueldo alguno ni tenía contrato ni nada que se le pareciese, obtenía unas cuatro pesetas por copa, por lo que tener un mínimo peculio venía a reclamar conseguir unas 50 invitaciones al mes, suponiendo que la camarera fuese, como entre ellas se llamaban, «una decente» (mirar, tocar levemente, y poco más: sólo cobraba de las consumiciones). Una minoría de entre las mujeres del local (habitualmente ya no camareras, sino chicas de barra, o de alterne, como ya se decía) estaba para alguna cosa más. En dos escalas: ocupar un reservado recoleto, oscuro y privado (500 pesetas); o «retirar», así se decía, a la mujer, es decir, sacarla del la barra y llevársela a algún lugar más propio. Esto costaba 1.000 pesetas, aunque los clientes de El 56 aprendían pronto que el local se quedaba con la mitad, así pues el precio real variaba entre esas 1.000 y el mínimo que el local cobraba, dependiendo del nivel de necesidad de la puta.


Para colmo, el dueño del club, un aseado francés de mediana edad que fumaba cigarrillos en una boquilla larguísima como la de la Chelito cantando Fumando espero, decidió tratar bien al señor gendarme, como solía llamar a Luján las pocas veces que le saludaba, y le puso un precio especial de 15 pesetas por copa… descuento del 50 por ciento que Luci tuvo que asumir en su propia retribución. Así pues, como acabó confesando, dar palique a aquel poli aburrido significaba para ella, en realidad, retirar comida de la mesa.


¿Qué pensaba, de verdad, Lucía Odriozola de que el hombre que la había pateado en una sala de interrogatorios, que le había roto literalmente la cara con la mano abierta y también cerrada, hubiese vuelto a verla y hubiese vuelto luego y luego y luego? Carlos Luján nunca lo supo. No lo preguntó. Desde el principio, el policía tuvo claro que lo suyo no era una historia de amor. Entre pitos, flautas, hacer caja, limpiar el local y demás labores, Lucía Odriozola salía a eso de las tres o cuatro de la mañana del local (a partir de las diez y media la puerta se cerraba; los parroquianos y la policía, y los que regaban las calles, y los serenos de la zona- conocían bien la combinación de toques de nudillos que hacía falta para que se abriese). Sin embargo, Carlos Luján, durante las guardias de noche durante las que era completamente libre siempre que buscase un lugar con teléfono (El 56 lo tenía y él no se recató de darlo en la comisaría: sabía que nadie, jamás, por ninguna circunstancia, se lo daría a su mujer), nunca esperó a Lucía Odriozola a la salida del local (salvo una noche especial, que ya se verá). En los muchos años que tuvo Carlos Luján para pensar en esa relación, jamás llegó a la conclusión de que estaba enamorado, de que, de haber sido su vida de otra forma, habría terminado con ella. Lucía era, simplemente, el otro mundo.


Laura y Lucía. Lucía y Laura. Dos mujeres, dos mundos. En su última adolescencia y primera juventud, a golpe de corneta sobre todo, Carlos Luján había aprendido pocas cosas, y muy sencillas. España era un Estado totalitario, lo cual quería decir que sólo mandaba en él quien debía mandar y de forma recta. Se había construido un país de productores organizados de la forma más eficiente y justa posible. Tenía un líder y un pasado en el que mirarse para no repetirlo. Una Revolución permanente en marcha. Un Amanecer luminoso.


Hasta el cielo más limpio, sin embargo, tiene nubarrones; España terminó por no ser una excepción. ¿Por qué el Sirlas, un buhonero casi sin oficio ni beneficio, se había levantado de la mesa de la cena una noche y había decidido contestar a las críticas de su mujer trepanándole la barriga y esparciendo sus intestinos por el suelo de la sucia barraca donde vivían? Por nada en particular, ni en general. Su mujer llevaba años poniendo a su marido a parir a la hora de la cena sin que él abriese la faca; así pues, como le dijo el gitano a la policía, tenía que pasar, y pasó. Mató a su mujer delante de sus cinco hijos de corta edad. No le importó que vieran la sangre ni que escucharan los estertores de su propia madre.


El Sirlas sólo era un caso más. Uno más de muchos, de demasiados. Con el tiempo, Luján tuvo que acostumbrarse a ideas como que la gente mata. No necesita ni a Marx ni a José Antonio. Mata, sin más. Roba. Viola. Un tipo es detenido porque le ha roto el culo a un niño en la tapia de La Almudena y, por muchas hostias que se le den, es incapaz de elaborar un porqué. Para sobrevivir a esa difícil lección, Luján construyó el edificio de sus convicciones, con los sólidos cimientos que había aprendido. Mano dura, orden, cirugía radical, invasiva. Y cada día retornaba de ese mundo difícil a un hogar templado y una mujer amable, amada, sin duda, pero cuyo principal tema de conversación eran los pequeños compromisos domésticos, hay que cambiar las cortinas del salón, ¿qué color prefieres?; por culpa de la gripe no he podido llevar a Bruno a la vacunación. A veces, a Luján le resultaba equívoco y casi imposible descender a esos detalles, implicarse en ellos con sinceridad; como si no hubiese otro mundo. En esos casos, esperaba pacientemente a la siguiente guardia nocturna, o se las arreglaba para que le llegase con prontitud, y cumplía sus dos, tres, cuatro o hasta seis horas en el fondo de aquel local oscuro, bajo la atenta y desconfiada mirada distante del mariquita francés, hablando con la Luci. La única persona en el mundo que conocía, además de los propios policías, que conocía ese mundo. La única que le escuchaba a él describirlo, discutirlo, con esos ojos en los que nunca faltó el miedo. Sí, Señor. Desde luego, Señor. No me pegue más, Señor. Carlos Luján nunca volvió a amagar con pegar a Lucía. Pero su relación siempre se basó en que ambos supieron, en todo momento, que podría haberlo hecho.


En diciembre de 1955, el comisario Ramos se jubiló. El mismísimo Don Antonio Iturmendi3 participó en un sencillo acto en la amplia sala en cuyo extremo había estado su despacho en los quince años anteriores, suficiente tiempo como para que, en todo tiempo del año y toda hora del día, dentro del cubículo se respirase un cargado ambiente de alcohol quemado. Se le impuso una condecoración, que agradeció entre lágrimas. En su pequeño discurso de despedida anunció varias cosas. Primero habló de lo que él llamaba los rincones de la Cruzada, es decir esos lugares que no parecen tener nada que ver con ésta pero que, sin embargo, son fundamentales para que pueda pervivir. La delincuencia común, añadió, es uno de estos rincones. Luego anunció que Antúnez había sido designado, a su petición, sucesor en el cargo comisarial; esto todos lo sabían ya. Luego comunicó algunas comisiones de servicio y complementos, básicamente ascensos camuflados, y un ascenso puro y duro: con 33 años y apenas dos trienios, Carlos Luján era promovido al empleo de inspector. Esto sí que no se lo esperaba nadie e, incluso, el ascendido lo desconocía.


-No me dé usted las gracias a mi, Luján dijo Ramos, visiblemente divertido con la sorpresa que había provocado-. No ocultaré que siempre he tenido en gran estima su labor y sagacidad, hasta el punto de que no pocas veces he comentado con mis superiores que usted ha nacido para esto. Pero también soy de los que piensan que un buen cognac tiene, por generosa que sea su esencia, que pasar años en el roble para madurar. Pero me han convencido. Ha sido mi provechosísimo asistente y querido amigo, Ismael Rebollo, quien ha porfiado para darle lo que, según él, en justicia le corresponde. Lo cual nos lleva al último anuncio del día.


Los policías del departamento aguantaron la respiración y escucharon, reverentes, el anuncio de que Ismael Rebollo abandonaba la Brigada de Investigación Criminal para iniciar, dijo Ramos, una prometedora carrera en los servicios propios del Ministerio de la Gobernación. Luján escrutó los rostros de sus compañeros. Nadie parecía ser consciente del significado de esas palabras. Calculó, por eso, que la conversación que había tenido con Rebollo el año anterior no se había repetido con ningún otro compañero, cosa que, en cualquier caso, ya sospechaba.





1 Coronel Julio Mangada Rosenörn, militar de convicciones republicanas que, tras el alzamiento, constituyó un pequeño ejército, la denominada Columna Mangada, que tuvo gran protagonismo en su sofocamiento en Madrid. Personaje muy curioso, mistagogo, aficionado a la parapsicología (Julián Zugazagoitia se ríe de él afirmando que escuchaba la voz de una extraña Musa Coja) y esperantista, fue nombrado luego gobernador militar de Albacete y perdió peso dentro del ejército republicano.



2 Así reza, textualmente, el Cuarto de los Veintisiete Puntos programáticos de Falange (1934).



3 Ministro de Justicia desde 1953 hasta 1965.

lunes, agosto 09, 2010

Folletín de verano (11)

Texto completo






En el gélido noviembre de 1950, en la calle Rey Francisco de Madrid, unos vecinos llamaron a la policía y los bomberos para quejarse del hedor que parecía despedirse del cuarto piso del inmueble en que vivían. Aquel piso era la casa de doña Severa, una mujer que resultó ser prima de una condesa a cuyas recepciones solían acudir muchos gobernadores, procuradores y jueces de aquel tiempo. Fue por esta circunstancia (doña Severa no era la conocida, sino la condesa) por lo que aquel homicidio se conoció entre los policías que lo investigaron como El crimen de la Condesa prima. Y fue así porque, tras intensas llamadas sin respuesta y de derribar la puerta de la casa, los bomberos encontraron a doña Severa tumbada en la cama de su dormitorio, salvajemente asesinada a cuchilladas, en medio de una casa cuyo ambiente ardía como un infierno, ya que nadie había apagado ni un minuto en los últimos días las estufas de la casa; y todas estaban encendidas.


Hubo mucha presión sobre los policías para encontrar un culpable. Las primeras pesquisas, además, señalaron un sospechoso bastante evidente: Rosa Oliveira, que había sido empleada de hogar de doña Severa, aunque unos dos meses antes de lo sucedido ésta la había despedido, al parecer por sisar sistemáticamente del dinero de la compra. En relato que todos los vecinos confirmaron, Rosa Oliveira y doña Severa habían mantenido una fortísima discusión un domingo por la mañana y, de hecho, la criada había bajado las escaleras al marcharse, cuatro pisos, gritando improperios a su antigua ama, llamándola vieja, amargada y cosas peores, y asegurando, textualmente, que un día se las iba a pagar todas juntas.


La muerte de Doña Severa era difícil de fijar en el tiempo pero, finalmente, los forenses concluyeron en un espacio de unas doce horas en el que consideraban que tenía que haberse producido.


Cuando fue localizada e interrogada, Rosa Oliveira, además de negar la autoría de los hechos, fue incapaz de dar razón de sus actuaciones durante la mayor parte de ese tiempo.


El caso estaba a punto de cerrarse hasta que Carlos Luján, cesante tras haber terminado unas labores rutinarias que se le habían encomendado, fue adscrito a él. Hasta que él llegó nadie parecía haber reparado, o quizá no lo preguntaron, en que doña Severa no tenía que haber estado en su casa de Madrid el día que fue asesinada. Su sobrino la había invitado a pasar algunos días en Jerez, donde vivía, dado que allí el clima era mucho más generoso con los huesos deshechos de la pobre anciana. Lamentablemente, según declaró, estando en Madrid unos asuntos urgentes lo habían reclamado en Sevilla, así que, y puesto que no iba a estar en Jerez con su tía, decidió aplazar la estancia. Fue a su casa para decírselo, pero doña Severa no estaba. Así pues, dejó una nota en la puerta de su casa advirtiéndola de que no irían a Jerez, y de que ya la escribiría para darle detalles (doña Severa no tenía teléfono). Ahora el sobrino, en medio de un mar de lágrimas, se culpaba de haber dejado escrita y pegada a la puerta de su tía la información que el asesino necesitaba. Prueba evidente de que el asesino había usado aquella nota era que el papel no había aparecido, ni pegado a la puerta, ni en lugar alguno.


Tal y como lo analizó Luján, en toda la historia había dos piezas que no terminaban de encajar. Una, por qué una mujer que planea durante dos meses el asesinato de su antigua ama lo perpetra precisamente en un momento en el que la víctima debería estar fuera. Y otra que no sospechaba pero confirmó leyendo el expediente del caso: Rosa Oliveira había firmado con un aspa, así pues no sabía escribir y, probablemente, tampoco leer. Pero, ¿cómo una persona analfabeta podría aprovechar una nota manuscrita, como no fuese para sonarse las narices?


Estas dudas movieron a Luján a hacer «juego revuelto» y empezar de nuevo. Eso no gustó mucho a los inspectores que estaban adscritos al caso, pero lo cierto es que Luján era ya un policía relativamente experimentado (dos años), estaba cercana su salida del Infierno; y, además, todos los demás suspiraron aliviados cuando alguien dio el paso al frente y decidió dedicarse a un caso sobre el que el mismísimo Viejo Ramos preguntaba dos o tres veces al día, como si la muerta fuese su madre. Luján se echó al comisario a la espalda y siguió adelante. En Sevilla le confirmaron la versión del sobrino: más o menos a la misma hora en que, por así decirlo, «empezaban» las doce de plazo establecido por los forenses para la muerte de su tía, él estaba en un restaurante sevillano departiendo con unos posibles socios futuros en una empresa que quería emprender.


Luján tenía una sospecha. Y la confirmó.


Llamado el sobrino para unas comprobaciones rutinarias, se las arregló para acabar hablando con él de lo mucho o poco que iba por casa de su tía. Y resultó que era mucho. Así que le preguntó por Rosa. El sobrino se mostró esquivo a la hora de considerar a Rosa una mala mujer, aseveró que siempre había tratado a su ama con pulcritud aunque con cierta indiferencia y juró que, para él, la forma tan violenta que había tenido de zanjar su relación con ella era casi increíble. Pero lo que realmente llamó la atención de Luján fue que, hablando de lo que había sido el origen del crimen (las sisas) el sobrino le dibujó la escena de una anciana doña Severa dictándole a su criada las viandas de la compra. Por eso volvió a la cárcel, donde Rosa le explicó que, efectivamente, nadie en la casa sabía que era analfabeta. Ella fingía escribir la lista de la compra aunque, en realidad, la memorizaba. Algo que, entonces, hacían muchas criadas y camareros en España.


Ese detalle le dio la clave.


El resto fue fácil. La calefacción no se quedó puesta por casualidad. La dejó puesta el asesino, para retardar ligeramente el rigor mortis; lo suficiente como para cometer el asesinato, tomar un coche, conducir a gran velocidad hasta Sevilla y estar en el restaurante a tiempo. Las investigaciones, que hasta entonces se habían centrado en la criada, pronto dieron sus frutos con el sobrino: estaba arruinado. De hecho, ese negociete para el que buscaba inversores era su huida hacia delante, pero para ello necesitaba un capital previo que, por cierto, su tía (siempre hay alguien escuchando en un patio de luces) había desechado prestarle, eso sí, entre arrumacos y buenas palabras (lo cual explica que nadie refiriese ese diálogo cuando los policías preguntaron por enemigos o discusiones). Por lo demás, aquel tipo no era ni mucho menos un asesino profesional. Probablemente consideraba la maquinación de la nota en la puerta un detalle de genio, uno de esos toques de asesino de inteligencia superior; así pues, cuando Luján se lo desmontó con la sorprendente noticia del analfabetismo de Rosa, se derrumbó. Dado que no se había producido violencia en la puerta de la casa, era obvio que quien había entrado disponía de medios para ello; descartada la criada, los candidatos eran muy pocos, puesto que doña Severa era soltera, motivo por el cual, por cierto, su sobrino era su heredero legal.


En menos de hora y media, lo confesó todo. Confesión que trajo prendido el encumbramiento definitivo de Carlos Luján como un policía de primera.


Carlos Luján tenía inteligencia natural para ser detective. Pero, además, tuvo un gran maestro. Desde la solución del caso del asesinato de Anselmo López, el inspector Rebollo no se recató de buscarlo y solicitarlo para trabajar con él. Bajo el ala de uno de los dos jefes de la oficina (por debajo, claro está, del Viejo Ramos), Luján aprendió todas las cosas que necesitaba para complementar su sexto sentido. Ismael Rebollo tenía una capacidad innata para descubrir, como había hecho con los calcetines de López, indicios en los detalles, a la vez, más visibles y más despreciables de un caso. En realidad, López y Rebollo nunca intimaron (todo el mundo decía que el inspector sólo tenía compañeros ocasionales para la barra del Lunarcito); pero el veterano comenzó muy pronto a respetar al novato, sus puntos de vista, su forma de afrontar la investigación de los casos y, sobre todo, sus intuiciones. La pareja Rebollo-Luján se convirtió pronto en un clásico. Combinaban las intuiciones del policía joven con la capacidad del experimentado a la hora de confirmarlas casi desde la nada. A principios de los cincuenta, Carlos Luján tenía 30 años cumplidos y Rebollo algo más de 50; pero, a pesar de la juventud del primero y la diferencia de edad del segundo, cuando un caso especialmente importante se torcía, el comisario echaba mano de su mano derecha y, era cosa sabida en todo el departamento, le insinuaba dónde buscar apoyos. A partir del crimen de la Condesa prima, el respeto al joven Luján estuvo fuera de toda duda.


A partir de la treintena, sin embargo, Luján tuvo que empezar a volar solo más a menudo. La presencia de Rebollo en la oficina se fue espaciando más. Lenta pero inexorablemente, las costumbres de aquel inspector, hasta aquel entonces algo así como el ministro en la Tierra del comisario Ramos, empezaron a cambiar. Antúnez, su compañero en el Cielo, empezó a tomar crecientes responsabilidades, ante la más que aparente indiferencia de Rebollo. A Luján le costaba entender eso pues consideraba, y no era el único desde luego, que si alguien merecía en aquella oficina heredar el puesto del Viejo Ramos, ése era Rebollo. Pronto, sin embargo, se hizo patente que el inspector tenía otros intereses. Hombres de paisano, hombres que nunca parecían sentirse obligados a identificarse (y era raro encontrar entonces alguien que no se sintiese obligado a identificarse en medio de policías), venían a verlo y se lo llevaban. A veces se los veía en El Lunarcito, en alguna esquina de la barra, obviamente esquivando cualquier otra compañía, en conciliábulo.


Luján deseaba saber más. Pero Rebollo, sin dejar de expresarle cada vez más su respeto profesional, sin dejar de demostrar una confianza en él que otros policías con muchos más años envidiaban, no se abría con él. Ni con nadie.


Por eso, a Luján le pilló tan de sorpresa su superior una tarde otoñal del 54, cuando Rebollo, mientras bebían dos chatos de vino antes de volver a sus casas tras una jornada bastante insulsa, le preguntó:


-Oye, Luján. ¿Te acuerdas de Dositeo Galán?


-No mucho; no, la verdad admitió Luján; y era completamente verdad que había olvidado ese nombre.


-Un testigo del caso del cadáver sin manos. Aquel divisionario.


-¡Pues claro! Como casi siempre, la mente del subinspector se aclaró con rapidez- Míster Porto Flip.


-Ha muerto. El mes pasado informó Rebollo, fríamente-. Cirrosis hepática.


-Oh Luján no sabía qué decir; era porque no sabía el motivo de que Rebollo le hubiese sacado el tema-. Lo siento. No me cayó mal.


-¿No te cayó mal?


-Pues no. Oye, y, tú, ¿cómo sabes que se ha muerto, y de qué y todo eso?


Rebollo lo miró enigmáticamente antes de hablar.


-Siempre me he dedicado un poco a saber este tipo de cosas.


-¿Este tipo de cosas? ¿Qué tipo de cosas? ¿Las necrológicas de la ciudad?


En el rostro de Rebollo se formó un rictus de fastidio.


-Luján, te conozco hace demasiado tiempo como para pensar ahora que eres un imbécil gilipollas.


Terminaron de beber, y caminaron. Ambos vivían en la misma dirección, así pues, habitualmente recorrían seis o siete manzanas antes de separarse. Luján iba pensando en la conversación anterior. Sus porqués. Para él, entender a Rebollo era una especie de reto.


-La clave está en que me cayó bien dijo, finalmente.


-¿La clave?


-Querías saber mi opinión sobre Galán.


-Exactamente susurró Rebollo.


El verano daba aquella noche sus últimas boqueadas en Madrid. Las sombras eran frías pero sobre las aceras el cálido aire de los días largos parecía querer quedarse. Y la hierba todavía olía a fresca. Era agradable pasear. Ayudaba a pensar, a entender. Así pues, Luján pensó y entendió deprisa.


-No entiendo qué podéis… que puedes temer en un tipo como Galán. Hace seis años ya tan sólo era un borracho.


Rebollo enarcó las cejas, sin dejar de mirar hacia adelante. Era su forma de decir: eso que dices me parece dudoso.


-Galán no era nadie. Un puto héroe mutilado más con despacho oficial, secretaria, cochecito y prebendas. Lo jodido es lo que representa.


-No veo qué puede representar un tipo así.


-Muchas cosas. Sobre todo si, en lugar de a beber, se dedica a fastidiar.


Luján se paró. Rebollo hizo lo mismo. Se encararon.


-¿Me estás llamando traidor?


-¿He dicho yo algo de ti?


-Has dicho que no te gustaba que el tipo me hubiese caído bien.


-Parece como si no me conocieras respondió Rebollo, con una leve, fría sonrisa en los labios-. Cuando yo he querido decir de alguien que es un hijo puta, ¿acaso me he recatado de usar todas las palabras?


-Vale, vale. Está bien. Pero sólo dime una cosa.


-Si puedo…


-¿Debo recelar de ti?


Fue delectación lo que sintió Carlos Luján al comprobar, pues conocía bien a su interlocutor y éste no se lo podía ocultar, que había mordido en blando. No esperaba esa pregunta. Sin embargo, Rebollo era de esa gente que se recuperaba en medio metro cuadrado y menos de un segundo. Volvió a enarcar las cejas y a apretar los ojos mirando al horizonte que tapaban las casas del barrio de Salamanca, luego buscó con la mirada un banco cercano, y se sentó en él. Luján le imitó. Rebollo sacó un cigarrillo y le ofreció a Luján. En los últimos tiempos, había empezado a fumar como un verdadero policía, así pues lo tomó y lo encendió con su propia cerilla.


-Dime, Luján. ¿Cómo crees que sería España hoy si viviese José Antonio?


Ahora fue Luján quien se quedó sin habla. Porque él tampoco esperaba esa pregunta.


-No… no sé.


-No digas que no sabes. Hace ya casi diez años que la ley dice que España es un Reino1.


-¿Y qué?


-Los reinos tienen reyes.


-O regentes.


Rebollo fumó en silencio, sin contestar.


-José Antonio tendría hoy 51 años continuó Luján-; Franco tiene 62. La ley de vida estaría con él.


-Y la de la muerte está con Franco -apostilló Rebollo, con voz ronca.


Luján sintió una inquietud de difícil concreción en el pecho.


-Rebollo, joder. ¿Dónde quieres llegar?


El inspector miró al suelo largo rato. Luján pensó que sopesaba alternativas, así que lo dejó en paz. Cuando pareció tomar esa decisión, se incorporó y miró a Luján de frente.


-Es una cuestión de lealtad.


-¿Lealtad?


-Sí, Luján. La cuestión, hoy, es a quién somos leales.


-¿Somos? ¿Lo dudas?


-No. Pero sólo si me lo dices.


Luján tomó aire, y le costaba expirarlo. Igual que creer lo que estaba oyendo.


-¡Joder, Rebollo! ¡Yo soy fiel a Franco, por supuesto!


Rebollo tiró el cigarrillo, y asintió repetidas veces.


-Me alegra oír eso.


-¿Te alegra oír eso? Pero, ¿a qué coño estás jugando, inspector? ¿Qué despropósito tienes en la cabeza?


Rebollo apartó la vista, bufó y apretó los labios. Luego volvió a mirarlo. Sus ojos no eran sus ojos.


-Mira, Luján. Puedes soñar todo lo que quieras con un mundo de generales y regentes cortando flores en armonía en los jardines de El Pardo; pero los sueños no se hacen realidad por mucho que los soñemos. En una lealtad, ¿cuántos líderes caben?


-¿Qué pregunta es ésa?


-Es una pregunta; así que contéstala.


Luján dudó. Tratando, además, de ganar tiempo. De buscar que se tranquilizara su jefe y ya no sabía si medio amigo.


-Un ejército puede tener varios generales.


-No te vayas por las ramas. ¡Líderes, Luján, líderes!


Acorralado, asintió.


-Veo lo que dices, Rebollo. Sólo puede haber un líder.


-Ajá. Y, ¿a ti te dio la impresión que aquél Galán que tan bien te cayó tenía el mismo líder que tú dices tener?


Luján se sintió levantándose como un resorte. Fue su forma de ponerse en guardia. Y, sin embargo, Rebollo, que permanecía con los codos apoyados en los muslos, las manos juntas y mirando al suelo, permaneció ajeno a la reacción.


-Inspector, te exijo que ahora mismo…


-Siéntate, Luján.


-No hasta que…


-¡Siéntate, coño!


Carlos Luján reconoció el tono de las órdenes imperativas. Un tono que hizo volver los rostros de varios transeúntes. Así pues, obedeció y permaneció allí, en silencio. Mirando de reojo a su superior tratando de poner en orden sus pensamientos.


-Debes saber que entiendo lo que dices terminó por musitar.


Rebollo no le contestó.


-Discutí elegantemente con Dositeo Galán el día que lo interrogué. Sé bien lo que pensaba. Cómo se sentía.


Rebollo asintió con la cabeza. Luján sintió una opresión en el pecho antes de hablar.


-Pero lo que no me puedo creer es tu actitud. Lo que significa.


-¿Mi actitud?


-Sí. Puedo creer que Galán y cualquier Galán estén equivocados. Lo que no puedo creer es que quede tan poco sitio en este país para ellos que hasta la policía secreta los persiga.


Entonces Rebollo sí que le miró. En el duelo de ojos, Luján pensaba: sí, Ismael. Lo sé. Tampoco es tan difícil de adivinar para alguien medianamente inteligente. Visitantes de paisano que caminan por una comisaría como Pedro por su casa. Un inspector que se ausenta, que pierde peso dentro de la comisaría que le da de comer, pero no sólo no se muestra preocupado por ello, sino que lo fomenta aún más. Tú, Rebollo, ya no sueñas con sustituir al Viejo Ramos. Porque estás acumulando trienios en otra parte. Esto de la investigación de homicidios se ha convertido en tu tapadera. Sólo eso.


-Esta tarde estoy descubriendo que no me conoces dijo Rebollo, con voz calma-. Si yo persiguiese a personas como Galán, ese tipo no se habría muerto en su despacho oficial.


-Hay muchas formas de perseguir.


-Eso es cierto concedió Rebollo-. Y la más leve de todas es la prevención. Simple prevención, Luján.


-Ya. Vigilar, y tomar nota.


-Exacto. Vigilar, y tomar nota.


Luján sintió el aliento del desprecio soplando en su cabeza, batiendo contra las paredes de su conciencia.


-Dime una cosa.


-Quizá no pueda.


-Ésta sí. Es sólo personal. Sólo quiero preguntar cómo llevas eso de vigilar como si fuesen enemigos a los que te sacaron las castañas del fuego hace quince años.


Lo hizo para airarlo. Por eso le sorprendió que Rebollo, un hombre de sangre bastante caliente como él sabía bien, no estallase. Lejos de eso, suspiró, sacó del bolsillo de su gabán el paquete de cigarrillos, sacó dos más, le ofreció uno y encendió el suyo. Luego se tomó dos o tres buenas bocanadas de reflexión antes de hablar, con el tono con el que un abuelo centenario contaría a su bisnieto el oculto secreto de la familia.


-¿Quién me sacó a mí, a España, las castañas del fuego? Luján, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. El 18 de julio de 1936, todos los falangistas estaban en España. Y el Alzamiento fracasó.


-Oye…


-No. Oye tú. Escúchalo aunque te joda. Aunque te sorprenda escucharlo de un camarada. Ya sé lo que dice la propaganda, ya sé cómo suena la guerra civil contada en los folletos de la Falange. De hecho, he creído eso mucho tiempo, como tú sigues creyéndolo. El 1 de agosto de 1936, por poner una fecha, España seguía siendo republicana y marxista. Todos los camisas azules del mundo no bastaron para cambiar las cosas. A España la liberó el ejército. La liberó Franco. Franco, Mola, Moscardó.


-Y mucha más gente.


-Y mucha más gente, sí. Pero lo primero que tienes que entender, Luján, es quién ganó la guerra. Y lo segundo es que, después de una guerra, manda quien la ganó, y sólo quien la ganó.


Luján sacudió la cabeza y se revolvió en el banco, incómodo.


-Todos somos ese alguien que ganó.


-Sí. Y no.


-Esas componendas son absurdas.


Rebollo suspiró de nuevo, como un profesor cansado frente a un alumno que se obceca en su ignorancia.


-Luján… ¿tú sabes quién era Juan José Domínguez?


El subinspector rebuscó en su memoria, inútilmente.


-Debo confesar que no.


-Ah, ah Rebollo rió afectadamente-; entonces es que no eres un buen falangista. No conoces ni a tus propios mártires.


-Si tú lo dices…


-Yo lo digo, sí. Juan José Domínguez era falangista, y de los buenos. Murió fusilado, cantando el Cara al sol, ¿qué te parece?


Luján, por toda respuesta, se alzó de hombros. Resultaba heroico el relato de Rebollo, pero no dejaba de ser uno más. No acababa de entender por qué se lo refería.


-Lo fusiló Franco, Luján.


Luján sintió que la sangre le abandonaba el rostro.


-¿Qué...? ¿Franco?


-Franco, sí. El 1 de septiembre de 1942, en Bilbao.


Luján no supo qué decir. Rebollo sorbió de su cigarrillo, y luego siguió hablando como quien refiere un atestado cualquiera.


-Quince días antes, en una misa también en Bilbao conmemorativa de la Cruzada, se juntaron, como pasa siempre en el norte, tradicionalistas y falangistas. A la salida comenzaron los piques. Ya sabes lo que nos jode llevar la puta boina2. A Domínguez y a otros se les calentó la boca primero y la sangre después. Alguien tiró una granada.


-¡Joder!


-Hubo varios heridos. Lo malo es que dentro de la iglesia estaba el ministro de Defensa. Varela. No sé si sabes.


-Pues no.


-Yo sí. Muy bien casado. Un braguetazo de los buenos. Una tal señora Ampuero. Mucho dinero y mucho carlismo. Condes, vizcondes y monarcas por todas partes, ya sabes.


-Ajá.


-La granada la lanzamos nosotros y Varela se lo tomó por lo personal. Se bajó al Pardo a malmeterle a Franco. Claro que Franco hizo una de las suyas, porque por el camino también se lo llevó a él por delante. Pero a Domínguez lo fusiló y, lo que es más importante, ésta fue la razón, la verdadera razón, de que se quitase de en medio a su cuñado3. Luego, abrió la puerta de los Pirineos para que todos los que querían seguir pegando tiros se fueran a Rusia y le dejasen en paz. La jugada perfecta.


Luján reflexionó. Una brisa susurró un anuncio de invierno y le provocó un escalofrío leve.


-Me has contado eso para demostrarme que hay gente no tan afecta a Franco.


-No respondió Rebollo, volviéndose en el banco y encarándose con su subordinado-. Eso ya lo sabes. Te he contado esto para demostrarte que a Franco no le tiembla la mano. Que ha fusilado, y fusilará si es necesario. Que igual que ha limpiado España de rojos la limpiará de cualquier otro tipo de basura. Y que, en esas circunstancias, hay dos alternativas: estar en el pelotón de fusilamiento, o estar en el paredón.


Luján escrutó a su superior. Sintió un acceso de ira.


-¿Estar en el paredón? ¿Te refieres, como José Antonio?


La decepción se pintó en el rostro del inspector.


-Luján, estoy tratando de hacerte un favor.


-No protestó el subinspector-, el favor, en todo caso, me lo habré hecho yo, con mi trabajo. Me he ganado tu respeto. Yo. Tú, ahora, lo que quieres es seguir aprovechándome. Quieres que tu pupilo te cunda también en tus labores de… ¿cómo la has llamado?; ah, sí, vigilancia preventiva.


Rebollo negó con la cabeza, y se levantó. Dio dos pasos sin despedirse, aunque luego se volvió. Luján seguía sentado en el banco, mirando a su superior marcharse, dibujándole con la imaginación un aura de desprecio.


-Sabes tener los ojos abiertos terminó por decir el inspector-. Eres listo y la gente confía en ti. Además, tienes criterio. Eso, en realidad, es lo importante. Lo que tú pienses me importa una mierda, créeme. Yo no interrogo en los bancos de la calle y, cuando interrogo, no doy cigarrillos, sino otras cosas más… más palpables.


-Conozco tus métodos.


-… que son los tuyos. Los tuyos, Luján: no lo olvides, porque tienes la mano tan larga como la mía cuando te interesa. Pero no discutamos más. Lo que me interesa es tu criterio. Hay dos formas de ponerle problemas a un Jefe: estar contra él o no estar a favor.


-No digas más le interrumpió Luján-. Déjame que adivine. Los que no están a favor no te interesan. Ésos son los borrachos, los revolucionarios de salón, los fascistas de opereta. Camisa azul, Cara al sol, me cago en Franco, y luego vivo de la prebenda.


-Qué listo eres.


-A ti te interesan los que están en contra. Los que estén dispuestos a hacer algo. Los que hagan piña. Los que quieran ir al Pardo a decir: eh, tú, o haces lo que yo quiero, o toma el camino de Don Alfonso4.


-En efecto concedió Rebollo-, y déjame que te explique cómo funciona esto: si ves a alguien así, si conoces a alguien así, debes conseguir que esté en la lista. Porque si no lo haces…


-Ya, ya interrumpió, con voz ronca, Luján-. Si no lo hago, entonces yo también estaré en la lista.


Rebollo sonrió con boca torcida, y afectó el saludo militar.


-Que tenga buena noche, señor policía.


Se dio la vuelta y echó a andar, con las manos en los bolsillos de su gabán.





1 Se refiere a la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, de 26 de julio de 1947. Hasta ese momento, tras la guerra la definición del Estado español había sido jurídicamente muy difusa (y seguiría siéndolo hasta los años sesenta). Esta ley definió España como un Reino, así como la potestad del Jefe del Estado (Franco) de designar a la persona que considerase conveniente como su sucesor a título de Rey o de Regente; como de hecho haría en 1969 en la persona de Juan Carlos de Borbón.



2 La boina roja no era un signo falangista, sino tradicionalista. Le fue impuesta a los falangistas en la Unificación. Rebollo se refiere, aquí, a la sempiterna animadversión entre tradicionalistas y falangistas.



3 Ramón Serrano Súñer.



4 Se refiere a Alfonso XIII, quien con la proclamación de la II República se autoexilió de España.