viernes, noviembre 20, 2009

El Santo Niño de La Guardia

La Historia de la Humanidad está repleta de procesos amañados. Son muchos los poderosos que han utilizado la tarima judicial para llevarse por delante a sus enemigos, para laminarlos, encerrarlos de por vida o ejecutarlos, a base de endilgarles crímenes que no habían cometido. Así pues, en el Hall of Fame de las putadas judiciales, hay mucha tela que cortar y mucha competencia. Pero, no obstante, tratándose de un récord negativo, los españoles no podíamos quedarnos atrás. Con este post, de alguna forma, presento nuestra candidatura: el proceso del asesinato del Santo Niño de la Guardia. Razón fundamental para considerarlo el mayor proceso montado desde la nada es, por supuesto, su consecuencia: no sólo fueron muchos los ejecutados por un crimen que nunca cometieron, entre otras cosas porque nunca hubo crimen, sino que el encausamiento, a juicio de muchos expertos, sirvió para dar el último empujoncito en un proceso que provocó una oleada de crímenes y condenó a un pueblo entero: la expulsión de los judíos de España en 1492.

Desde la Baja Edad Media, en toda Europa (esto que quede claro: en toda Europa, en modo alguno sólo en España) existe la tradición, o convicción, de que los judíos tenían la costumbre de clonar la pasión de Jesucristo, que para ellos sería el día feliz en que se apiolaron al barbas, secuestrando un niño pequeñito y crucificándolo vivo. Según los diferentes relatos, el hecho podía venir o no acompañado de diversos actos de profanación de hostias consagradas. En 1171, en Blois, Francia, una acusación de crimen ritual cuyo fondo real parece ser que a Isabel, la mujer legal de Theobaldo de Champagne, le jodió que una judía se estuviese pasando por la piedra a su marido, provocó la cremación de 51 personas. En 1285, en Munich, otra acusación de crimen ritual bate el récord con 124 ejecutados. En 1421, un suceso real pero más que probablemente fortuito, el ahogamiento de tres niños en Viena, provocó una furia antijudía de tal calibre que en torno a un centenar de vecinos hebreos de la ciudad fueron quemados. En España, tenemos la presunta crucifixión de Santo Domingo del Val (Zaragoza, 1250); otro secuestro y crucifixión infantil en Valladolid, 1452. O el de Sepúlveda, en 1468.

Las Partidas de Alfonso X el [presunto] Sabio (VII, XXIV , Ley segunda) dan por indubitable esta práctica judía y condenan a muerte a quienes sean detenidos por ello, aunque, vaya hombre, la ley previene que eso será «si se pudiere averiguar». En 1492, cuando los judíos no bautizados sean expulsados de España, esta ley será esgrimida como sólido precedente. Otro clavo en el ataúd lo clava el ex judío converso Fray Alonso de la Espina, autor de un libro titulado Fortalitium Fidei o fortalecimiento de la fe, que es una invectiva contra todos los no cristianos, a los que acusa de todo tipo de delitos que dice totalmente probados.

En realidad, todos estos casos son fruto de la sugestión popular, hábilmente alimentada desde las sotanas. Tomemos el caso de Sepúlveda, por ejemplo. En la Navidad de 1468, se extiende por la población el relato de que Salomón Picho, rabino de los judíos del vecindario, había secuestrado un niño cristiano, lo había llevado a un zulo secreto y allí lo había injuriado y humillado de diversas formas, para terminar crucificándolo vivo hasta la muerte. El obispo de Segovia, Juan Arias Dávila, él mismo judío converso (y, como todos los conversos, peor con los judíos que cualquier no judío), hizo prender a todos los presuntos responsables, quemó a 16 de ellos y al resto los arrastró por las calles y luego los ahorcó. Estos hechos, ya de por sí brutales, no convencieron al pueblo de Sepúlveda, cuyos vecinos resolvieron entrar a saco en la judería y llevarse por delante a todos los judíos, de todas las edades (de donde hemos de concluir que matar a inocentes niños judíos, lejos de ser pecado, estaba justificado; como lo estaba para Heinrich Himmler. Y cada palo, que aguante su vela).

Unos veinte años después del follón de Sepúlveda, será el Champions League de los inquisidores, fray Tomás de Torquemada, personaje que, que yo sepa, no ha sido jamás repudiado por la Iglesia Católica, quien tome cartas en el asunto y se dé cuenta (porque cabrón era un rato, pero eso no significa que fuese idiota) de que esta historia de los niños crucificados le podía dar la clave para terminar acabando con los judíos, cual era su obsesión. Veamos cómo lo hizo.

Se dice, y que yo sepa no se tiene ni media idea de cómo ni por qué surgió la noticia, que durante la procesión de la Asunción o el Corpus toledano de 1489, un niño desaparece, secuestrado en la Puerta del Perdón de la ciudad. La cosa está tan clara que, según qué crónica contemporánea se lea, el niño se llama Juan o se llama Cristóbal; tiene cuatro años o siete; o era oriundo de Aragón, de la Rioja, de Jaén o del propio Toledo. Se dijo que era hijo de Alonso de Pasamontes y de Juana la Guindera. Tortilla al gusto.

En las pesquisas realizadas, resultan detenidos una serie de judíos y conversos judaizantes: del primer grupo, Yuce Franco, natural de Tembleque, y Moshe Abenamías, de Zamora; en el segundo, Alonso, Lope, García y Juan Franco, Juan Ocaña y Benito García, todos de La Guardia. Todos estos vivos, más los judíos muertos Yuça Tazarte, Moshe Franco (hermano de Yuce) y David de Perejón, fueron juzgados en diversas causas. Los cargos, por orden de gravedad (repito: por orden de gravedad) fueron: propagar la ley mosaica; crucificar a un niño cristiano en Viernes Santo; y contratar el robo de una hostia consagrada. Retened este asunto del orden de prioridades delictivo, porque lo volveré a sacar a pasear dentro de algunos párrafos.

El proceso empieza el 17 de diciembre de 1490 y termina el 16 de noviembre de 1491. ¿Por qué un proceso tan largo? Pues por una sola razón: para tener tiempo de animar a los acusados a confesar lo que hace falta que confiesen.

En realidad, los principales testimonios serán los de Yuce Franco y Benito García. Para que valoréis el estado de entereza de ánimo que alcanzó Benito en el proceso, supongo que os bastará el dato de que quiso cortarse el pene a lo vivo para que así no se pudiera demostrar que estaba circuncidado, evitando con ello morir abrasado.

Pero vayamos con Yuce. En diciembre de 1490 comienzan a interrogarlo, sin muchos resultados. El 10 de enero del año siguiente, admite haber viajado a La Guardia para buscar ingredientes para hacer el pan de la Pascua judía, momento en que entra en contacto con los conversos. No es hasta el 10 de abril, cuando lleva cuatro meses siendo torturado, cuando Franco empieza a hablar del asunto de comprar una hostia consagrada para hacerle cositas herejes. El 7 de mayo, sin embargo, ya confiesa el lugar donde escondieron al niño, en unas cuevas de los arrabales de La Guardia, e implica a varios cómplices. Aunque, llevado quizás por la compasión, Franco sólo señala a los tres muertos incluidos en la causa.

El 9 de junio, tanto Franco como Benito García comienzan a contar historias que mezclan la sangre de los niños cristianos y la hostia consagrada. Aparecen también, como cooperadores, los Franco de La Guardia, que son conversos, algo que probablemente Torquemada estaba buscando ávidamente desde el principio, y luego veremos por qué.

Durante los calores del verano, los huesos de ambos imputados son convenientemente retorcidos para acabar de la hilar una historia completa, de modo que el 25 de octubre la acusación presenta lo que podríamos denominar sus conclusiones y se elabora un fallo en borrador. Para completar este borrador, Yuce Franco será torturado dos veces más: el 26 de octubre y el 12 de noviembre, apenas cuatro días antes de que lo quemasen vivo (o medio vivo).

Las confesiones finales de los procesados son alucinantes. Según aceptaron meses después de empezar a sufrir que les torturasen, la razón del secuestro es que el rabinazgo francés les había convencido de que si mezclaban la sangre de un niño cristiano y una hostia consagrada podrían envenenar las fuentes de agua y los inquisidores morirían al beberla (curioso caso de envenenamiento selectivo éste). El caso del Santo Niño de la Guardia, por lo tanto, se convierte, por mor de esa confesión tan oportuna, en un caso cuyo centro delictivo es la voluntad de los conversos de La Guardia de librarse de los inquisidores, pues el ámbito de actuación de la Inquisición se refiere a los judíos bautizados (conversos); tecnicismo legal que, en este proceso, se pasaron los inquisidores por donde amargan los pepinos. Y digo que la confesión es oportuna porque así se centró el delito en una presunta conspiración en la cual los principales interesados no eran los judíos puros, sino los conversos. Que era lo que Torquemada quería.

En una muestra más de la alucinante manipulación que fue aquel proceso, alucinante casi incluso para aquellos tiempos, os diré que la principal prueba de la acusación fue... el parecido entre los campos de La Guardia y Palestina. En efecto, en medio de sus alucinaciones entre tortura y tortura, los dos principales testigos admitieron que se habían llevado el niño a la población toledana de La Guardia por el parecido del lugar con Palestina, su tierra prometida. Ante el juez, el furibundo antijudío fray Antonio de Guzmán explicó las similitudes entre ambas tierras las cuales, de todas formas, fueron confirmadas gracias a unas oportunas revelaciones divinas recibidas por otro fraile, fray Simón de Roxas.

El 16 de noviembre de 1491, como hemos dicho, terminó el juicio con la ejecución de los acusados.

El asunto de la Inquisición es todo un debate histórico que no terminará nunca. Hay, como sabemos bien, una Leyenda Negra, alimentada por autores europeos no españoles, sobre la extremada violencia de la Inquisición española. Cierto es que esta Leyenda Negra es muy graciosa, viniendo como viene de lugares como Francia, país en cuyo entorno geográfico hubo herejes como los cátaros que fueron totalmente borrados de la Historia, y no precisamente a base de bombas de perfume a lo Rita Irasema; Centroeuropa, donde los albigenses, como todo el mundo sabe, fueron tratados con la mayor de las conmiseraciones y un escrupuloso respeto de sus derechos; o la siempre inmaculada Inglaterra, la cual se desempeñó tras la desafección anglicana con los católicos interiores con una violencia que a menudo olvidamos (más bien: que rara vez se cuenta) y que alcanza su quintaesencia en las relaciones con el vecino irlandés. La Leyenda Negra, además, alimenta versiones falsas e interesadas, como aquella que quiere ver en la Inquisición una institución especialmente proclive a la tortura, cuando no lo era más que la justicia seglar y, en no pocas ocasiones, incluso menos, prefiriendo algunos encausados caer en los brazos judiciales inquisitoriales antes que en las manos del corregidor de turno. Todo esto es cierto, como también lo es que la Inquisición nunca ajustició a nadie puesto que, una vez condenado el condenado, era entregado a la justicia secular para su traslado a la churrasquería.

Todo esto, digo, es cierto, o a mí me lo parece. Pero de ahí a sostener que la Inquisición no es lo que básicamente se le acusa de ser, hay un trecho muy, muy largo.

El argumento de que la Inquisición no ejecutaba es pueril. Tan pueril como si Hitler hubiese sido encausado en Nuremberg y hubiese aducido en su defensa que no se le podía cargar con la muerte de ningún ingresado en un campo de concentración, puesto que él, cosa cierta, jamás accionó el mando que liberaba el gas venenoso de las cámaras. Si los pobres condenados llegaban a la plaza del pueblo el día del auto de fe, era por la acción, torticera y violenta, de los inquisidores. La Inquisición, además, era una institución esquizoide, fiel reflejo de la mentalidad asimismo esquizoide o sicopática de la propia Iglesia en aquellos siglos. La propia lista de los cargos de los judíos encausados por el crimen del Santo Niño nos da una pista. Peor delito es vocear las virtudes del Talmud que coger (presuntamente) a un niño de cuatro años, clavarlo a unos maderos y verlo morir, en ocasiones mediando diversas torturas físicas por el camino. Acojonante. Alguien que tiene esa escala de valores, claro, es alguien a quien no le importa conseguir una confesión bajo tortura y darla por válida.

Lejos de considerar que somos (los españoles, digo) víctimas de una monumental campaña de prensa histórica en nuestra contra (que algo de eso hay, no obstante), hay que partir de las bases a mi modo correctas: la Inquisición es un tribunal de guerra. De la guerra librada por el catolicismo contra todo cristo para conservar su monopolio espiritual, que era también un monopolio temporal. Como todo tribunal de guerra, es una corte en la que los derechos de los acusados, el respeto a unas mínimas formas procesales, y la idea ésa de que todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario sin sombra de duda, son puestas en solfa.

¿Se pudieron hacer las cosas de otra manera? La respuesta, siempre, es: sí.

Pero volvamos al 16 de noviembre de 1491, día grande inquisitorial. La Inquisición, siempre pronta a mostrar el Amor Universal al Prójimo que teóricamente debía profesar teniendo las creencias que tenía, ofrecía siempre a los condenados una última oportunidad. Dado que morir quemado a fuego lento es una de las formas más jodidas que existen de morir, y es por lo tanto normal cagarse y mearse de miedo ante la perspectiva, los condenados, ya atados al poste, recibían el ofrecimiento de ser relajados, esto es: caso de profesar, en el último momento, la religión católica; caso, por lo tanto, de morir besando la cruz que portaban aquellos que los estaban asesinando bárbaramente, eran estrangulados allí mismo, para sí ahorrarse el tormento del fuego. Eran quemados de todas maneras, pero ya muertos. Esto pasó con Benito Garcia de las Mesuras, el del pene; así como Juan de Ocaña y Juan Franco. El resto, no. El resto se empeñó en morir como judíos. Y es que mira que hay gente terca por el mundo.

¿Por qué esta insistencia? ¿Por qué tanta paciencia torturadora que espera con frialdad durante meses hasta que los imputados confiesan lo que tienen que confesar? Pues hay, a mi modo de ver, una razón fundamental. A los ojos de Torquemada, el elemento fundamental del proceso del Niño de la Guardia, que lo hace distinto a cualesquiera otras presuntas crucifixiones de niños ocurridas con anterioridad, es que no fuese realizada sólo por judíos. Lo que quería demostrar el fraile inquisidor con aquella movida era algo muy sencillo: la presencia de los judíos, de los judíos puros, por mucho que se encierren en sus ghettos; por mucho que sólo se casen entre ellos; por mucho que no se relacionen con los cristianos; por mucho que se les limite las profesiones que pueden ejercer; la presencia de los judíos, digo, es peligrosa. Porque si quedan judíos por ahí moviéndose y dando por culo, siempre podrá pasar lo que le pasó a los hermanos Franco de La Guardia y a Benito García, todos ellos conversos epidérmicos: arrastrados por el ejemplo cercano de los judíos que seguían siéndolo, acabaron pecando como ellos. De ahí a la idea de que no hay más huevos que separar a conversos de judíos sólo hay un paso.

Para la Inquisición, para Torquemada, era fundamental demostrar que el Santo Niño de la Guardia fue asesinado por una coalición de judíos y cristianos, malos cristianos, conversos cabrones, pero cristianos. Como los conversos eran de La Guardia, de ahí toda la obsesión porque todo ocurriese ahí; de ahí la obsesión por demostrar que el lugar era un vivo retrato de la Cisjordania. La importancia del proceso, a mi modo de ver, no está en Yuce Franco. Yuce Franco era judío, y si él fuese el centro de los hechos, el Santo Niño de la Guardia no pasaría de ser un episodio más de furia antijudía, y no habría dado los réditos que dio este montaje.

Porque bien poco tiempo después de todo esto, oh casualidad, Isabel de Castilla estampaba su sello en la orden de expulsar a los judíos no bautizados de España. Torquemada ya tenía lo que quería: las manzanas podridas, a freír espárragos. Por medio, una crisis económica de la hueva, un retraso secular para el desarrollo intelectual español, y otras muchas cosas. Pero eso al buen fraile se la trajo al pairo.

Los acusados, puestos a confesar, además de confesar la complicidad de varias juderías españolas en aquel crimen y la de todo cristo que les fue insinuado, confesaron también dónde habían enterrado los pobres restos de Juanito o tal vez Cristobalito Pasamontes de La Guindera. Pero, ¿a que no lo adivinais? Pues sí: los restos nunca aparecieron. Básicamente, porque nunca hubo niño de la Guardia ni (nunca mejor dicho) Cristo que lo fundó. Nunca. Cualquier persona medianamente versada en los asuntos de la sicología humana os podrá explicar que alguien que aguanta más de medio año de salvajes torturas antes de confesar un crimen, obviamente no lo ha cometido. Eso sin contar con el leve detalle de que sin cuerpo no hay delito, y tal.

Pero, claro, según explicó la Iglesia, el cuerpo no apareció porque había subido al cielo. ¡Acabáramos!

Muchas personas han oído hablar o han leído acerca del incendio del Reichstag. Hitler hizo quemar el parlamento alemán para luego culpar a los comunistas del atentado y así poder iniciar una represión en contra de ellos que los laminó completamente. El Santo Niño de la Guardia es, a mi modo de ver, el incendio del Reichstag del catolicismo ultramontano español. Es un montaje desde el primer momento, como lo fueron todos los presuntos asesinatos de niños por judíos, dentro y fuera de España. Nunca existió Juanito, ni Cristobalito. Nunca estuvo en la Puerta del Perdón, nunca pasó por allí Yuce Franco para secuestrarlo. Nunca hubo un niño secuestrado en las cuevas de La Guardia, y nunca fue clavado a una cruz para obtener su sangre, mezclarla con hostias consagradas y así poder enponzoñar el agua que bebían los inquisidores de la zona. Nos encontramos ante un ejemplo supino de abuso de poder, de utilización en beneficio propio de todas y cada una de las estructuras del poder, persiguiendo un objetivo de gran calado, como es la expulsión de los judíos de España. Para conseguir dicho objetivo, no se dudó en sugestionar al pueblo castellano, en alimentar la olla del antijudaísmo, a pesar de los progomos y matanzas que ya había provocado.

El corolario, verdaderamente acojonante, de esta Historia, es que la fiesta del Santo Niño de La Guardia se sigue celebrando hoy en día. No sé si alguien de La Guardia leerá alguna vez esto, pero no quisiera que viera en ello animadversión hacia su fiesta. Esto sí, si yo fuese alcalde del pueblo, la reconvertiría en una fiesta de reencuentro entre culturas, una fiesta de desagravio que, cuando menos tibiamente, les devolviese el honor a esos vecinos de la barriada que un día fueron salvaje e injustamente ejecutados por un crimen que no cometieron.

Pero lo que me parece acojonante es que, si la fiesta existe aún, eso será porque sigue contando con el beneplácito, o más bien el aliento, de la Iglesia Católica.

A mi modo de ver, el Vaticano, la Conferencia Episcopal Española o quien tenga que ver con esta historia debería hacer algo para tratar de convencernos de que reside en el presente siglo, que es el XXI. El montaje del Santo Niño de la Guardia es mucho más que una mera invención beata. Es una conspiración criminal que provocó la muerte de ocho inocentes y que colocó en el disparadero a todo un pueblo, que hubo de sufrir exilio y persecución por ello. Todo parece indicar que la historia fue montada desde el primer momento con esta intención.

Está muy bien eso de pedirle perdón a Galileo por haberle tocado las pelotas. Pero hay crímenes mucho más horrendos, pruebas mucho más grandes de refinada crueldad y la más honda amoralidad, esperando en la cola.

La excomunión de Fray Tomás de Torquemada, ya tarda.

miércoles, noviembre 18, 2009

Entebbe

Junio de 1976. El momento terrorista de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y sus organizaciones más o menos relacionadas está en su punto agraz. De hecho, la década de los setenta es la leche en materia terrorista. Están los palestinos. El IRA. La ETA en España que, precisamente, convierte 1976 en un año especialmente sangriento que culminará, ya en 1977, con el repugnante asesinato por fascistas de los abogados de Atocha. Es también tiempo de Brigadas Rojas y, en Alemania, de una organización radical, denominada Baader-Meinhof por los nombres de sus dos dirigentes, Andreas Baader y Ulrike Meinhof, que acabarán por morir en prisión en extrañas circunstancias.

El 27 de junio de 1976, hace pues ahora la edad de Jesucristo, un avión de la Air France realiza una conexión entre Tel Aviv y París. El avión, un Airbus 300, está formado básicamente por pasajeros franceses y hebreos. El avión hace la escala prevista en Atenas y, una vez hecha, tras despegar, es secuestrado por cuatro terroristas. Dos son miembros del Frente de Liberación de Palestina y los otros dos alemanes, miembros del Ejército Rojo germano, o sea la Baader-Meinhof. Curiosa joint venture ésta. A los palestinos nunca les han faltado amistades on the wild side. También en España. Algo que deberían tener en cuenta quienes piensan que los pedos de Yassir Arafat no olían.

Los secuestradores desvían el avión al aeropuerto de Bengasi, Libia. Otro sitio amigo. Sin embargo, Libia tiene el problema de estar, a su modo de ver, todavía demasiado cerca de Israel. La estrategia de los secuestradores es sencilla: una vez que estén aposentados, exigirán la libertad de varias decenas de palestinos presos en diversas cárceles de cuatro países, la mayoría en Israel, y anunciarán que van a comenzar a matar a los rehenes si no se les hace caso. Dado que piensan dar un plazo muy corto, apenas 48 horas, y dado que probablemente piensan desde el primer momento que Israel no se va a quedar quieta, para ellos es fundamental estar lo más lejos de Jerusalén que puedan y les permita la autonomía del aparato. Hay un candidato claro, un sátrapa reinante en el culo del mundo.

Idi Amín Dadá. En ugandés no sé lo que significa. En gallego significa Gran Cabrón. Antiguo oficial del ejército de Su Graciosa Majestad, Idi Amín ha viajado desde unas posiciones más o menos proocidentales hasta una dictadura sangrienta revestida de conciencia no alineada. Esto de la no alineación, es decir países del Tercer Mundo que animaban una presunta tercera vía entre la URSS y los EEUU, lo cual venía a equivaler a tratarlos por igual, dio para mucho en aquella época. Uno podía cuando menos aspirar a ser un hijo de puta en su país pero, con el cuento de que era un jefe de Estado del Tercer Mundo con conciencia, ser aplaudido en algún que otro departamento de politología en alguna universidad de campanillas. Sic transit gloria mundi.

Amín es el amigo de los palestinos. Para entonces, su conciencia le ha hecho evolucionar hacia un furibundo antisemitismo; y, cuando Amín era antitú, ya te podías ir agarrando bien las pelotas, porque no se paraba en barras. En un acto de acojonante ilegalidad internacional y amoralidad supina, Amín no es que permita que el avión aterrice en el aeropuerto de Entebbe (eso, autorizar que unos secuestradores aterricen en un aeropuerto propio, lo han hecho muchos Estados democráticos), es que los recibe con los brazos abiertos. Eso sí, como Idi Amín podía ser tonto pero no gilipollas, poco tiempo después de llegar el avión a Uganda le arranca a los secuestradores la libertad de 46 rehenes, fundamentalmente mujeres, niños, enfermos y no hebreos. La cosa va de lo que va, y eso los terroristas y su amiguito lo saben bien.

En este momento de las primeras liberaciones, hay que anotar para la Historia los heroísmos, de méritos potísimos. El heroísmo del comandante Michel Bacos y su tripulación, que se negó a abandonar a los rehenes por considerar que eran su pasaje y por lo tanto ellos eran responsables de su bienestar. Y el heroísmo de una anónima monja francesa (nunca he sabido su nombre) que, por ser mujer, es colocada en la lista de evacuados, y se niega a marcharse, solicitando ser canjeada por otro pasajero. La obligaron a bajar, en todo caso.

Horas después, más terroristas del Frente de Liberación de Palestina se unen al botellón. Esto sí que no pasa mucho. Es posible que un avión secuestrado sea autorizado por un Estado a aterrizar en un aeropuerto; pero lo que no suele pasar es que, encima, ese Estado permita a unos secuestradores de refresco que se unan a la partida. El secuestro de Entebbe, pues, tiene una característica muy propia, y es que, al revés de lo que ocurre en otros muchos, aquí, además de los secuestradores, hay un Estado, un Estado soberano, que les da cobijo, apoyo, y aliento. Tanto es así, que la terminal del aeropuerto, donde son desplazados los rehenes, está custodiado, a pachas, por los terroristas y soldados ugandeses.

El ultimátum de los terroristas es el 1 de julio. O sea, tres días, el 28, 29 y 30. Después: bang, bang. Los países que tienen terroristas de los reclamados en sus cárceles comienzan a moverlos con la intención de trasladarlos. Pero no así Israel. Israel sostiene la filosofía de no negociar nunca con terroristas, y contesta que esa ocasión no es una excepción. Sobre Jerusalén llega una doble presión: por un lado, las familias de los rehenes las cuales, como es lógico, aceptarán cualquier cosa con tal de recuperar a sus seres queridos. Por otra parte, la diplomacia, sobre todo francesa, que presiona al gobierno hebreo para que ceda.

Israel, finalmente, cede. Casi a última hora, pero cede. Su cesión tiene como consecuencia que, a causa de su tardanza, los terroristas han de flexibilizar algo sus posiciones: liberan a 101 pasajeros más y aplazan el ultimátum hasta el día 4.

Eso es exactamente lo que está buscando Israel.

La cesión de los judíos se hizo básicamente, según es consenso casi total en los historiadores que he leído, para ganar tiempo. En esas 48 horas que gana amagando con bajarse los pantalones, Israel montará la operación contraterrorista más compleja y difícil jamás planteada, y acabará ejecutándola con precisión de relojero.

Como siempre en estos casos, se manejan opciones. Se plantea una especie de invasión paracaidista del aeropuerto y sus alrededores. O un ataque desde Kenia con lanchas rápidas y vuelta a dicho país. Pero la opción finalmente elegida es la realización de un raid muy rápido que permita coger a los rehenes y llevarlos de vuelta a Israel. A 3.800 kilómetros.

Los rehenes que quedan para entonces en Uganda son todos judíos. El terrorista alemán Wilfried Boese los ha elegido por sus apellidos de especial sonoridad judía; no deja de tener coña la imagen de un alemán de ultraizquierda seleccionando judíos para colocarlos en peligro de muerte. Este tipo de escenas demuestra hasta qué punto los extremos se tocan. O quizá es que son iguales.

Evidentemente, los testimonios de los rehenes liberados aportan información sobre cuántos secuestradores hay, cuántos soldados, etc. Hay uno especialmente importante procedente de un error de los terroristas. Obsesionados con quedarse con los judíos, como he dicho, tienden a quedarse con los de apellidos más marcadamente hebreos. Llevados por ese error, liberan a un pasajero francés que, además de francés, es judío y que, además, tiene formación militar. Al parecer, este pasajero aportó al Mossad datos valiosísimos sobre todo lo que vio (puesto que lo vio con ojos que no solemos tener los demás).

Además, a los judíos les toca la lotería cuando se enteran de que la terminal de Entebbe fue construida, años atrás, por una empresa israelí, con lo que tienen acceso de primera mano a los planos y las technicalities del lugar. Cagando melodías, los judíos construyen una maqueta a escala del lugar (como Clooney y Pitt en Ocean's Eleven) y practican su piñata todo lo que pueden. El 2 de julio, realizan un ensayo con fuego real. Les lleva 55 minutos.

Israel pone en juego siete aviones: cinco C-130, los famosos Hércules, y dos Boeing 707, uno que sirve de cuartel general y otro cuya función es quedar aparcado en Kenia con instalaciones sanitarias para atender a eventuales heridos que lo sean tan graves como para no poder llegar hasta Israel sin ser atendidos. Los cinco Hércules despegan a primera hora de la tarde del día 3 de julio de una base de Israel, cargados con armas, munición, vehículos militares e incluso un Mercedes negro como el que usa Idi Amín, con el que pretenden clonar la comitiva presidencial del sátrapa ugandés y así poder acercarse a la terminal sin levantar sospechas. Por lo que he podido leer, el Mercedes que llevaron no era negro, porque no encontraron un coche de ese modelo y color. Era el Mercedes de un particular pintado a espray.

Uno de los mitos de la operación de Entebbe dice que estos aviones recorrieron los 3.800 kilómetros volando a pocos cientos de metros del suelo para no ser localizados por los radares. Por lo que he podido saber, esto no es cierto. Lo que hicieron fue no volar en formación, sino en fila y respetando las distancias de la aviación civil, para así pasar por simples aviones comerciales.

El primero de los Hércules que llegase a Entebbe tenía que hacerlo a las 23 horas. Pero llega con retraso... de un minuto. Evidentemente, no pidieron pista ni solicitaron iluminación a la torre de control. Tres días antes, como si tal cosa, varios grupos de judíos habían llegado a Nairobi y se habían establecido allí. Eran presuntos comerciantes que en realidad formaban parte de comandos del ejército israelí y que, en la noche del día 3, están en el aeropuerto encendiendo luces para facilitar el aterrizaje. Aún así, y por si se cortaba la luz, conforme el avión tocó tierra bajó el portillo de desembarco (el que lleva en el culo) y, cuando el aparato aún no había parado, varios comandos se tiraron desde él para, una vez en el suelo, encender bengalas para así dar la clave al resto de los aviones de donde estaba la pista.

El siguiente paso es montar la comitiva de Idi Amín y engañar a los vigilantes. Pero eso sale mal: para desgracia de los israelíes, poco tiempo antes de la acción, el puto Amín se había comprado un Mercedes blanco. Los soldados ugandeses se coscan de la movida y empiezan a disparar. Aún y a pesar de este contratiempo, entre el momento del primer disparo y el momento en que los soldados entran en la terminal y comienzan a apiolarse a los que allí tienen presos a los rehenes es de apenas un cuarto de minuto.

En ese momento, aterriza en el aeropuerto un segundo Hércules, con paracaidistas. El tercero, que llega casi de seguido, lleva en su panza carros de combate que cumplen con su misión, que no es otra que pasarse por la piedra a los cazas que el ejército ugandés tiene allí en el aeropuerto. Evidentemente, esta medida está buscando que los ugandeses no puedan perseguir a los aviones cuando se larguen (que hubiera sido de coña. O sea, no sólo albergo a los terroristas en mi país sino que, acto seguido de que sean atacados, yo voy a persigo a quienes los han atacado). Luego aterriza el cuarto Hércules, un avión-hospital. El quinto avión, de reserva, nunca aterrizó en Entebbe. No hizo falta.

Los israelitas se pasaron de tiempo en la operación. Habían calculado 55 minutos. Les tomó 57. Los judíos perdieron tres rehenes en la operación, y rescataron 100. Los muertos fueron Jean Jacques Maimoni, quien no reaccionó a los gritos de los comandos de que se tirasen al suelo, fue confundido con un terrorista y abatido; así como Pasko Cohen e Ida Borochovitch, que fallecieron en la refriega. Una mujer de 75 años, Dora Bloch, tuvo la mala suerte de haber sido evacuada al hospital de Kampala antes de la operación, así pues quedó en poder de los ugandeses. La mataron.

Su única baja militar fue el comandante de la operación, el teniente coronel Yonatan Netanyahu, herido en la espalda, y cuyo hermano escribió un libro sobre toda esta experiencia.

Las bajas en el otro lado fueron 13 terroristas (todos) y 33 soldados ugandeses muertos.

Uganda protestó en las Naciones Unidas por lo que consideraba una violación de su soberanía. El embajador israelí en la ONU se presentó en la sesión y declaró que su país estaba orgulloso de lo que había hecho, y que lo repetiría si se veía obligado a ello.

Puedes encontrar información sobre esto aquí (inglés), aquí (inglés), aquí (inglés) o aquí (español), por ejemplo.

lunes, noviembre 16, 2009

El debate en torno al federalismo

En estos tiempos modernos, como en todo, a mucha gente la da por pensar que lo que les pasa no ha pasado nunca (por eso son modernos). Pero los tiempos, en realidad, tienen su punto cíclico, lo cual quiere decir que hay cosas que se repiten insistentemente.

El debate sobre la organización territorial de España es muy antiguo. No proviene ni de la Transición ni de la República, aunque sean estos dos momentos históricos los únicos que propiamente han llegado a conceder autonomías. Pero hay un punto de la Historia de España en el que, en realidad, este debate fue mucho más rico e intenso, y fue la I República. La discusión parlamentaria de la que iba a ser la Constitución de la I República fue, en gran parte, una discusión en torno a un tema hoy tan de moda como si España debía organizarse mediante un sistema federal.

En el marco de dicha discusión brilló un diputado canario hoy olvidado pero que, en realidad, fue uno de los mejores oradores que pisaron esa tribuna, todo hay que decirlo, tan pródiga en tuercebotas y torpes lectores de discursos escritos. El discurso de Fernando de León y Castillo, entonces joven diputado, en el curso del debate producido el 11 de agosto de 1873 tiene, creo yo, su interés para ser leído hoy en día. Interés, cuando menos, por lo curioso. Cierto es que está notablemente influido por la coyuntura, no tanto por el hecho de que España era entonces una república, como por el hecho de que estuviese convulsa por la resistencia carlista y, en el momento de las discusiones, por las gravísimas rebeliones cantonales, de las cuales la más grave fue la de Cartagena.

Pero, independientemente de estos hechos del presente de sus palabras, os traigo aquí el discurso para que veais que, hace 125 años,ya se pronunciaban en el palacio de la carrera de San Jerónimo palabras que llevaban embebidos tres debates bien modernos: uno, España se rompe; el otro, la nación española es un concepto discutido y discutible. Y, en tercer lugar, last but not least, la presunta modernidad del federalismo. Es en este tercer punto donde creo yo que este discurso es más curioso. Porque en los tiempos que corren, a causa sobre todo del lobby intelectual ejercido por los nacionalismos y por la enorme cautivación que ha ejercido el autonomismo en todas las formaciones políticas, parece haberse consolidado la idea de que el federalismo (y el autonomismo no es sino un federalismo desleído) es lo más de lo más de la modernidad de las ideas. Desde el punto de vista histórico, éste sí es es un concepto, si no discutido, sí, desde luego, discutible.

Dejemos hablar a don Fernando:

Si el proyecto llega a ser ley fundamental, no hay para qué hablar de la nación española, porque habrá desaparecido dividida y deshonrada; aquí donde todos somos ya ciudadanos; aquí, donde a todo el mundo se le desea Salud y República Federal; aquí, donde os habéis entretenido en suprimir títulos, condecoraciones y tratamientos; aquí, donde ya falta poco para que todos nos tratemos de tú; aquí, donde se ha copiado hasta las chocheces de la vieja escuela revolucionaria francesa, habéis querido tener la originalidad y habéis dado vida a la República Federal. Pero digo mal: ni aun en esto ha sido original el partido republicano. La federación es un despropósito traducido al castellano por el señor Pi i Margall. Proudhon escribió El principio federativo; tradújolo el señor Pi i Margall; encontrólo aceptable por lo disolvente, y he aquí la federación convertida en ideal de gobierno para el Partido
Republicano.

Es triste cosa que quiera someterse a un país a la dolorosa prueba de renunciar a todas sus glorias; es triste cosa que haya un partido de tal manera en pugna con el sentimiento público, que vaya en un momento de horrible confusión a aventar sobre este país convulso, para abrasarlas en nuevo fuego, las cenizas de las nacionalidades muertas, que habían venido a confundirse en una patria común. El señor Castelar, en uno de sus más elocuentes discursos, decía: antes que republicano, antes que liberal, antes que federal soy español. Pues no se puede ser federal y español. Hablar hoy de federación es hablar de disolución. La federación se hace de abajo a arriba, y en esto se diferencia de la descentralización, que se hace de arriba a abajo. Yo, que condeno la insurrección cantonal, digo que es lógica, porque ha empleado el único procedimiento conocido para llegar a la federación. Ha partido de la independencia para llegar a la federación, como se ha partido de la federación para llegar a la unidad.

Después de todo, yo comprendería vuestra actitud, porque os llamáis un partido esencialmente progresivo, si la federación fuese un progreso. Pero, ¿por ventura lo es? A mi juicio, es un retroceso, un anacronismo, un absurdo. la federación se presenta en el periodo anterior a las grandes nacionalidades como punto de paso para llegar a la unidad: es un momento de crisis necesaria. Suiza y los Estados Unidos pugnan hoy por tener a todo trance lo a que a todo trance os empeñáis vosotros en perder: la unidad del Poder, que se opone a la descentralización. A mayor libertad, mayor fuerza de los gobiernos. Esto sucede en todas partes, menos en España, donde, para pasar por liberales, los gobiernos necesitan cruzarse de brazos ante los excesos, ante los atentados, ante todos los crímenes que se cometan en nombre de la libertad, que no son pocos. Por eso aquí la libertad es la licencia y la anarquía y la barbarie.

Pero decía que la federación es un periodo anterior a la formación de las nacionalidades. ¿Qué fue el feudalismo sino una federación de señoríos? ¿Qué papel representaba entonces el monarca? El que ahora queréis dar vosotros al Poder central. Yo tenía aprendido que la muerte del feudalismo en la unidad del absolutismo regio había sido un progreso relativo, pero un gran progreso: mas veo que estaba en un error, porque aquí vamos al feudalismo, a la tiranía local y provincial.

Las federaciones han sido siempre un gobierno interino, un
modus vivendi, para llegar más tarde a la unidad. Es más; cuando en las federaciones no se determina el movimiento hacia la unidad, cuando se estacionan, se constituye un estado de cosas en que la vida es imposible, hasta que desaparece, dejando tras de sí la sangrienta huella de intestinas discordias. Nosotros, por primera vez, fuimos independientes cuando se realizó la unidad nacional.

Decís también que en España hay tradiciones federales. Es cierto: como todos los pueblos de Europa que se han constituido y han realizado su unidad por medio de la federación. Pero, ¿hemos de volver a los tiempos de Enrique IV y Juan II? ¿Hemos de volver a aquella confusión de la que surgió la nacionalidad española? ¿Quién habría de decir que el partido republicano, tan progresivo, buscaría sus soluciones en la Edad Media? Los carlistas, los absolutistas, vuelven los ojos a la monarquía de Felipe II y quieren restaurarla con las modificaciones que exigen las mudanzas de los tiempos, pero vosotros vais para atrás; vosotros queréis restrablecer la confusión de la Edad Media. Pues, ¿qué son vuestros Estados, sino un mal recuerdo de los antiguos reinos?

¿Qué es la federación para vosotros? La autonomía de los Estados. Pues no es difícil prever, conociendo la Historia de este país, que el que vote la federación vota la disolución nacional. La tendencia a la indisciplina y la propensión al aislamiento que constituyen el fondo de nuestro carácter, producirá la guerra de familia a familia, de partido a partido, dentro de un mismo pueblo, de pueblo a pueblo, de Estado a Estado; y estos odios, y estos antagonismos que en otros tiempos nos sometieron al yugo de los conquistadores, producirán la disolución y la muerte. ¿No teméis dar nueva vida a esos gérmenes de disolución y de muerte? Hasta ahora somos españoles; dentro de poco no habrá más que catalanes, castellanos, valencianos, aragoneses, etc. ¿De qué va a servir el lazo federal en este país? Este lazo ha de ser la cuerda en que aparezca pendiente ante la vergüenza pública y ante la compasión del mundo, la grande y desdichada nacionalidad española.

viernes, noviembre 13, 2009

El ¿genio? militar de Franco (y 2)

Los hechos ocurridos inmediatamente después de la ocupación por parte de Franco del frente del Norte avalan bastante la idea de que quienes sostienen que no debió modificar sus prioridades en esa dirección tienen puntos de crítica muy sólidos. Ocupando el Norte, Franco no sólo asestó un golpe durísimo, en mi opinión definitivo, a la capacidad productiva del bando republicano, sino que además liberó todo un ejército, el del Norte, que ahora pudo poner el culo contra el mar y tirar hacia el sur, engrosando las fuerzas nacionales que allí combatían. Si a eso unimos que el cierre de la frontera francesa y el progresivo agotamiento del oro de Odessa ponían cada vez más difícil, cuando no imposible, el reaprovisionamiento del Ejército Popular de la República, lo que tenemos es la imagen de un año 1938 en el que el bando republicano no hizo ya sino dar boqueadas inútiles, la penúltima de las cuales conocemos con el nombre de Batalla del Ebro.

Tomando en cuenta esta superioridad que comenzaba a ser aplastante, Franco organiza un ejército, nada menos de quince divisiones, con el que pretende repetir la batalla de Guadalajara y, consecuentemente, desayunar en la Puerta de Sol. Pero, a decir de sus críticos, Franco hizo esa formación con tanta lentitud, y de una forma tan previsible, que otorgó una ventaja a los republicanos a la hora de diseñar una operación que crease un nuevo problema del que el ejército nacional se tuviese que ocupar. Esta operación de distracción es lo que conocemos como la toma de Teruel.

En ese punto, Franco tiene que decidir si ir o no a la ayuda de los defensores de Teruel, a los que las circunstancias obligaron a defenderse frente a divisiones republicanas relativamente bien pertrechadas y envalentonadas. Si Franco hubiera sido el Franco de El Alcázar, habría corrido para socorrerlos. Pero no lo hizo. No, al menos, con la misma celeridad. Los defensores de Teruel están cercados desde el 16 de diciembre, pero no es hasta el 22 que Franco decide ir en su ayuda, cosa que no consigue, sobre todo a causa de las durísimas condiciones climáticas. Aún y a pesar de que Teruel se perdió por rendición de la guarnición nacional, Franco se empeñaría en recuperarla, a pesar del escasísimo, por no decir putomiérdico, valor estratégico del enclave. Así pues, hay quien piensa que en el mes que va de mediados de diciembre del 37 a mediados de enero del 38, Franco todo lo hizo mal, o sea tarde.

El 15 de abril de 1938, el avance ya casi imparable de las tropas franquistas por la ribera del Ebro alcanza el mar. Es el momento en el que el terreno en poder de los republicanos se parte en dos, generando, de hecho, dos guerras dentro de la guerra: la de Cataluña y la del Centro-Valencia.

En esas circunstancias, ¿qué habríais hecho vosotros? Según los críticos de Franco, esta pregunta no tiene más que una respuesta. La única vía de abastecimiento posible de la República era la frontera francesa. Así pues, entre las dos opciones posibles para el ejército franquista, tirar hacia el norte para echar al EPR de España por los Pirineos o machacarlo contra las montañas, o tirar hacia el sur y atacar Castellón y Valencia, parece claro que la opción más racional es la primera.

Pero Franco tomó la segunda.

Ricardo de la Cierva reconoce que todo el entourage militar de Franco: Yagüe, Kindelán, etc., quería atacar hacia el norte. Apunta la posibilidad de que a Franco le decidiese un argumento geopolítico, pues acababa de producirse la adhesión de Austria por Hitler y no habría querido malquistar a Francia. Sinceramente, el argumento no tiene pase. Primero, porque la frontera francesa ya se había reabierto; de hecho, el retraso en la ofensiva de Cataluña regalado por Franco fue el que permitió a la República reaprovisionarse desde Francia y plantear su canto del cisne en el Ebro. Y, segundo, porque Franco tenía que saber que, con anexión o sin anexión, era sólo cuestión de tiempo que tuviera que hacer lo que intentaba no hacer. De hecho, no tardó más que seis meses.

El 23 de julio, los republicanos cruzan el Ebro por varios puntos, aunque la molla de la batalla se plantea en Gandesa. Para entonces, Franco tiene tal superioridad militar (de hecho, la batalla del Ebro sólo tuvo oportunidad de ser ganada por los republicanos en la mente entregada de algunos analistas de la cuerda) que se puede plantear diversas operaciones colaterales, tales como cruzar el Ebro por otros puntos, o seguir como si nada pasara y atacar Valencia, o incluso tratar de aislar en una bolsa a las tropas de Gandesa. Teniendo, pues, tantas posibilidades de dar golpes de fajador en los costados, para terminar de agotar a un rival ya casi sonado, sorprende que aceptase una lucha frontal, como de igual a igual, que le sería, como casi siempre este tipo de acciones, muy costosa. En esta proclividad a aceptar los enfrentamientos frontales y sangrientos es en lo que basan no pocos críticos de Franco su argumentación de que como estratega militar dejaba mucho que desear. Como mínimo, 100.000 combatientes de ambos bandos murieron en aquella larguísima batalla.

¿Alargó en exceso y a propósito Franco la guerra? Lejos de ello, ¿era tan sólo un estratega mediocre que, más allá de consideraciones de poder, simplemente metió la pata? ¿O acertó con sus decisiones? Las tres opciones están abiertas y las tres tienen sus argumentos a favor y en contra. Personalmente, encuentro sugestiva la teoría que Asmodeo ha dejado escrita en un comentario a la primera toma de esta breve serie. Franco sabía que los planes que había diseñado él o su círculo íntimo-estratégico necesitaban de una posguerra que fuese un remanso de paz o, más bien, de inactividad. Necesitaba una España agotada y acojonada a partes iguales; una España que le siguiera necesitando en la vida civil como lo necesitó en la vida militar, una vez que, hábilmente, consiguió que su mando supremo se hiciese imprescindible.

Es, como digo, sugestiva, aunque indemostrable, la idea de que Franco, digamos, no tuvo prisa en terminar la guerra, por temor al hecho palmario de que un boxeador contrario queda más entero si le haces un KO en el segundo asalto que si lo haces en el asalto 14, después de llevar más de media hora dándole la del pulpo. Al noqueado en el segundo asalto siempre le quedarán más ganas de volver a levantarse e ir a por el contrincante.

Pero estamos, como he dicho ya varias veces, en el terreno de lo indemostrable. O sea, de lo puramente opinable.

miércoles, noviembre 11, 2009

Vigencia del marxismo

Estos días de aniversario redondo, 20 años de la caída del muro berlinés, se habla bastante de marxismo. Para las mentes más antimarxistas o lejanas del marxismo, el fin del muro viene a suponer el fin, también, del marxismo, que se convertiría, de esta forma, en una filosofía política nacida para generar un antes y un después en la Historia de la Humanidad; pero que, en la práctica, apenas ocupa un parpadeo en la misma, el parpadeo que va más o menos desde 1850 hasta 1990. Los marxistas y, sobre todo, los ex marxistas, tratan por su parte de salvar los muebles, unos; y de hacer como si nada hubiese pasado, otros.

Mi opinión personal es que Marx, primero; y sus seguidores, después, cometieron demasiados errores como para que se pueda considerar que ese cadáver vaya a poder levantarse de nuevo. Y de seguido desarrollo mis pensamientos al respecto.

En primer lugar, hay un argumento antihistórico que veo con frecuencia en artículos y blogs de partidarios. Me refiero a ese argumento que trata de convencernos de que lo que pasa con Marx es que nadie le entendió bien y que, de hecho, los marxistas lo pervirtieron. Este argumento es bien conocido en el entorno marxista, más concretamente soviético, pues desde hace años hay en Rusia toda una literatura destinada a vendernos la figura de Vladimir Lenin como un demócrata convencido que tuvo la mala suerte de tener un yuyu cerebral demasiado pronto que permitió al pérfido Stalin quedarse con el machito y desviarlo.

Esta teoría, al igual que su hermana tendente a salvar a Marx, olvidan, a mi modo de ver, el pequeño detalle de que a un demócrata convencido no se le nota eso por sus ideas, sino por practicar la democracia. Es cierto, al menos a mí me parece impepinable, que Lenin no fue Stalin en lo que se refiere a la democracia interna del PCUS. En las sesiones del Comité Central del PCUS que presidió Lenin no fueron pocos los miembros que hablaron libremente, muy a menudo criticando las ideas o estrategias del líder, y eso es algo que años después, cuando el secretario general era Stalin, no hacían, más que nada porque a quienes lo hicieron les costó la vida. Pero que un partido político sea más democrático internamente no quiere decir ni que sea plenamente democrático ni mucho menos que practique la democracia hacia los que importa, que son los ciudadanos. Lenin fue el iniciador de la imposición (ésta es la palabra) del comunismo en el agro soviético, política que acabó con la vida y la dignidad de muchas, muchísimas, personas. Lenin fue el primer defensor de la idea de que los estados revolucionarios deben ser dirigidos por una élite revolucionaria que ya sabe lo que tiene que hacer y ni de coña necesita ni que la voten ni que la avalen ni que la critique una prensa libre ni leches en vinagre. Todo muy democrático.

Igual para con Marx. Se puede decir que las teorías de Marx son profundamente democráticas pero que fueron malentendidas por sus seguidores. Y se puede decir porque, al fin y al cabo, viviendo como vivimos en un mundo en el que a alguien se le ocurre decir que los aztecas eran extraterrestres de la Nube de Magallanes y hasta escribe libros y sale en la tele, pues queda claro que, decir, decir, se puede decir cualquier cosa.

A mí me parece más cierto que la lectura del Manifiesto Comunista no destila amor alguno por la libertad de las personas. Destila amor por la libertad de una clase social hasta entonces oprimida, el proletariado; amor que, puesto que parte de un análisis excluyente (o prevalece el oprimido, el proletariado; o prevalece el opresor, es decir la burguesía) deviene en odio. Odio hacia el otro. La creencia en la democracia es, por definición, una creencia integradora. Por eso es, en el fondo, tan difícil ser demócrata, como ya barruntó Pericles. Uno tiene sus ideas y puede incluso conseguir que esas ideas sean las de la mayoría de la polis, lo cual le llevará a ejercer el poder democrático. Pero ningún poder democrático otorga la capacidad de ningunear, mucho menos atacar, las ideas contrarias.

El primer, gran, error de Marx, por lo tanto, estriba en no entender esto. En no entender que una ideología moderna, en la segunda mitad del siglo XIX, debía llevar en su interior estos mecanismos de respeto a las minorías, porque de no existir éstos, tarde o temprano caería.

En realidad, es un error comprensible. Cada uno juega el partido en un campo diferente y el del marxismo fue un partido que se jugó en parte contra la burguesía pero también en otra parte importantísima, contra la otra gran ideología (por llamarla de alguna manera) revolucionaria competidora, es decir el bakuninismo. El marxismo crece, hasta la segunda guerra mundial, con un ojito puesto en el anarquismo; hay zonas del mundo donde esta frase es incierta, pero en España es, desde luego, básicamente cierta. El anarquismo le pone al marxismo las cosas muy difíciles porque, en el momento en que éste tiene tentaciones posibilistas, tentaciones burguesas en el sentido de aceptar el juego democrático siquiera como un mal menor (así nace la socialdemocracia), surge, entre los más desfavorecidos, la brillante atracción del anarquismo irredento, que promete no ceder nunca y que, incluso en sus vertientes más radicales, estirnerismos y tal, no sólo acepta la violencia como elemento de la dialéctica revolucionaria sino que la fomenta. Ahí están figuras como la del ínclito Jules Bonnot para demostrarlo. Por eso, quizás, puede considerarse una buena noticia del siglo XX el final del marxismo; pero mucha mejor noticia, a mi modo de ver, es la caída en desgracia del anarquismo.

Marx no quería sociedades libres. Quería sociedades estatuidas bajo una dominación de clase, en las que lo importante era la clase, no el individuo. Es cierto que opinaba que eso se hacía en bien del burgués. De alguna manera, pensaba que el burgués quizá se sentiría jodido cuando le fuese arrebatada la propiedad privada, es decir la de los medios de producción, y se le retirase esa plusvalía que en realidad pertenecía al obrero y por lo tanto ya no se pudiese comprar merluzas y BMWs; pero, al fin y a la postre, como la sociedad comunista lleva a la felicidad universal, se sentiría de maravilla. Pero, claro, ese argumento es el mismo que esgrimían los evangelizadores de América y África que imponían sus creencias a cristazos; si no vale para unos, tampoco vale para otros tan sólo porque sean nuestros amiguitos.

El argumento, pues, de que Marx fue malentendido falla por su base. Si Marx, que dicen pensador clarividente y escritor aseado, hubiese querido dejar claro que la libertad del individuo y la de las sociedades de elegir su destino era una barrera infranqueable en la aplicación de sus teorías, lo habría dejado escrito. Y no lo hizo. El esquema marxista es un esquema en el que una élite revolucionaria, que va varios pasos por delante del pueblo al que teóricamente sirve, impone a ese pueblo una serie de soluciones digamos que provisionales, la principal de las cuales es la dictadura del proletariado, que en algún momento de un futuro que nunca llegó se podrían relajar porque se habría llegado al comunismo perfecto. El marxismo, por lo tanto, se concebía como esa faja de acero con la que se sujeta una plasta de hormigón blando y que se retira cuando ha solidificado y ya se sostiene por sí misma. El problema, como digo, es que el forjado nunca se quitó.

Este es el segundo gran error de Marx, a mi modo de ver. No estableció etapas claras y, mucho menos, un calendario estricto. Lo cual nos lleva a pensar en una doble posibilidad: o bien era tonto del culo, o bien se dio cuenta de que, así escritas, sus teorías sentaban la base para que cualquier Stalin de turno considerase que el momento de soltar el forjado no había llegado y, consecuentemente, siguiese apretando. Se dio cuenta de eso pero, a pesar de ser, dicen, un demócrata convencido, le dio igual. Hay, claro, una tercera teoría: que Marx tenía de demócrata lo que yo de sexador de pollos letón y, en el fondo, escribió exactamente lo que quería escribir; ni una coma más, ni una menos.

El tercer gran error de Marx fue creer a pies juntillas que el capitalismo se derrumbaría bajo el peso de sus propias contradicciones. En este punto, hay que reconocer que la Historia ha sido amargamente cachonda con él, pues no ha sido al capitalismo, sino a sus propias teorías a las que parece que les ha ocurrido lo que él pronosticó (aunque yo creo que lo que les ocurrió fue otra cosa que tiene mucho que ver con el concepto de desidia). El análisis histórico marxista hace aguas por veinte sitios. Es como un geómetra que intentase fabricar una geometría partiendo de axiomas falsos. Para el marxismo, la Historia hasta Marx es la historia de una dominación de clase, la burguesa. En tal sentido, la Historia Antigua y Medieval son como infancias de esa dominación, momentos en los que la burguesía aún no está lo suficientemente desarrollada para hacerse con la dominación a la que aspira, motivo por el cual se generan esquemas feudales liderados por una clase, la nobleza, que será posteriormente desplazada. La concepción dialéctica de la evolución tiene estas cosas.

A Marx le faltó visión evolutiva. Le faltó darse cuenta de que los organismos, también los organismos sociales, los económicos, los políticos y, en definitiva, eso que podríamos denominar organismos históricos, evolucionan constantemente para realizar un objetivo fundamental: pervivir. Un organismo nunca evoluciona hacia su desaparición. Los organismos desaparecen porque cae un meteorito, o porque otro organismo (por ejemplo, un virus; o un predador) resulta ser más fuerte que ellos y se los apiola. Debo confesar que me cuesta ponerle la vitola de gran filósofo, de pensador brillante, a un tipo que pensó que el capitalismo sería capaz de albergar y alimentar en su seno tendencias y actuaciones que lo llevarían a su extremo debilitamiento y su final. Lo que pasó, Marx por supuesto no previó y sus seguidores se empeñaron en no querer ver durante décadas, es que el capitalismo se autorreguló para ampliar la base de sus clases medias, primero; y para crear la idea de los Estados del Bienestar, después. Este segundo factor fue crítico porque supuso que el capitalismo, con total desparpajo, se pusiera a competir con el marxismo en su propio terreno, pues los defensores de la Unión Soviética se quedaron sin nuez en el cuello en los años cincuenta, sesenta y setenta, a base de repetir aquello de que en la URSS no había libertad pero la educación y la sanidad eran gratis.

El siguiente gran error de Marx fue su protofascismo. Pues sí, ya lo siento pero no encuentro otra manera de expresarlo. Elemento fundamental de los fascismos es la total sumisión del individuo a un ente superior, el Estado o el Partido o ambas cosas (pues ambos tienden a ser la misma cosa, de hecho). El marxismo es la otra gran ideología, no sé si antihumanista, pero sí, desde luego, no-humanista. El primer elemento, sobre el que tanto escribirían Lenin y Trosky, de considerar la existencia de una élite revolucionaria, una pandi de los que saben, ya supone capitidisminuir a los demás, que siguen teniendo su albedrío, desde luego, pero tienen, por así decirlo, menos derecho a que se les tenga en cuenta (y si son desviacionistas burgueses, sus derechos se ven aún más recortados, no sé si me explico).

No pongo en duda que para Marx el objetivo final es la plena realización del individuo. Cuando yo estudiaba, hace muchos más años de los que quiero recordar, había por la facultad unos carteles de las Juventudes Comunistas que me gustaban mucho. Bajo la frase: «¿Cuál es tu sueño, tu mejor sueño?» Había un dibujo de Marx señalando al espectador con un globo que decía: «¡En eso estamos de acuerdo!» Y es verdad: en eso estamos de acuerdo, y lo estaremos siempre.

Pero el problema de Marx no es el qué, sino el cómo. Como digo, toda la filosofía marxista está, o a mí me lo parece, imbuida de ese principio del forjado que sostiene el hormigón y que algún día (algún día...) se retirará cuando el hormigón haya solidificado. En aras de un objetivo humanista, que es la plena realización del individuo como persona, como ser social y como ser económico, se dibuja un camino en el cual no se le hacen ascos a métodos de raíz, qué digo de raíz, de plena esencia totalitaria. Como ya he escrito supra, si tan listo era Marx, resulta difícil imaginar que no se diese cuenta de que estaba poniendo las bases para que otros más simples que él cogiesen el rábano por las hojas y se dedicasen a fusilar, a construir checas y campos de concentración (algo que, por cierto, también le pasa a Nietzsche).

Pero, sobre todo, el gran problema del marxismo, su gran gran error desde el punto de vista del pensamiento, es que no se diese cuenta de que estaba dibujando un entorno inmotivado. Dado que Marx, al menos en mi concepción, no era nada humanista, no tenía ni de coña al individuo en el centro de su pensamiento, no se dio cuenta de que el marxismo, una vez aplicado, devendría en un sistema social y, sobre todo, económico, cuyos agentes no encontrarían ningún incentivo real para producir. Como he dicho, Marx es un geómetra que parte de un axioma falso, que es: el ánimo de lucro NO es el factor que impulsa al ser humano como agente económico. Partiendo de este axioma, es posible que el hombre produzca aunque no medie la posibilidad de enriquecerse con ello, de obtener rentas y cosas en propiedad.

Este axioma es falso. El hombre, como ser económico, produce para obtener un beneficio de ello, beneficio que sea sustanciable en elementos de bienestar, sean éstos vestidos mejores para sus hijos, un coche de puta madre, un centollo en la mesa o una tía cada día. En el tiempo en que Marx escribe, muchos hombres, obreros, no pueden hacer eso porque su plusvalía ha sido robada por el burgués. Pero, una vez recuperada la plusvalía, la reacción del obrero no sería la que imaginaba Marx, esto es contribuir con la misma a una sociedad comunista gestionada por el Estado (o sea, el Partido), sino comprarse un DVD. El esquema ideado por Marx no es la natural salida del hombre como ser económico; por esta razón dicho esquema ha de ser impuesto, con lo cual ya hemos vuelto a los esquemas dictatoriales, totalitarios y protofascistas.

¿Hubiera sido la misma la evolución del capitalismo sin haber existido la alternativa marxista? Es una pregunta sin contestación, como todas las ucronías. Pero, en todo caso, aún admitiendo que el marxismo ha cumplido la misión histórica de quebrar una presunta evolución del capitalismo hacia la plena dominación del proletariado, aún cabe recordar que, tal vez, ese trato nos puede parecer a nosotros, ciudadanos occidentales, cojonudo; pero, tal vez, le ha salido un poco caro a los muchos millones de ciudadanos que han vivido décadas encerraditos en países en los que, para que nosotros tuviésemos libertades, ellos no podían tener ni pan de molde en condiciones.

Y está, por último, la riada, riada larguísima, de muertos, dejada por el marxismo y sus acólitos. Los cadáveres de Stalin, de Mao, de Pol Pot, reclaman su lugar en la Historia. Y no creo que si pudiésemos hablar con ellos les fuese a consolar la idea de que allí, allí, más allá del horizonte, les esperaba la sociedad perfecta.

Los ciudadanos soviéticos, que en décadas de comunismo desarrollaron una chistología muy densa al respecto, acuñaron la frase de que una sardina es una ballena que ha pasado por un Plan Quinquenal. Este chiste fue adaptado por los liberales occidentales en un aforismo que decía: una sardina es una ballena que ha pasado por todas las fases del socialismo, menos por la última. En el fondo, juzgar al marxismo se reduce a la pregunta de si el destino de ser ballena merece el presente de ser sardina.

La respuesta de la Humanidad, y de la Historia, es, más bien, que va a ser que no.

jueves, noviembre 05, 2009

El ¿genio? militar de Franco (1)

Este blog se va de puente. Alegraos por mí y, si no, bien pensado, ni puta falta que hace. El caso es que dentro de unas horas me marcho a la costa y ya no volveré a estar cerca de un ordenador hasta la tarde del lunes. Os dejo, mientras tanto, un post que quería terminar en una sola toma pero que, al final, se me ha enrrollado y he tenido que concebir en dos. A quienes lo leais y tengais algún comentario que hacer, os ruego que así lo hagais, pero que tengais paciencia, porque de viernes a lunes no habrá ningún humano disponible para moderar los comentarios.

Y este asunto de los comentarios, unido al hecho de que tengo muy comprobado de que en la red, cada vez que se habla de Franco, todo el mundo, tirios y troyanos, se pone muy nervioso, me mueve a hacer, asimismo, un comentario.

La regla básica de este blog es ésta: los personajes históricos son eso, personajes históricos. Personas, la inmensa mayoría muertas, que hicieron cosas lo suficientemente importantes como para someterse al escrutinio público de gentes como quien escribe este blog y quienes lo leen. Esto es así y, si no querían ser zaheridos, que no se hubieran metido en berengenales históricos. Así pues, en este blog, de Felipe II, de Franco, de Azaña, de Viriato y hasta de Favila está permitido que se diga que eran gordos, feos, tontos, guapos, inteligentes, estúpidos, ubretudos o lo que al comunicante se le ocurra. En este blog a los personajes históricos cada uno los pone como le sale de las narices según su leal saber y entender.

Con las mismas, sin embargo, las personas que en este blog participan, incluidos, por supuesto, sus amanuenses, son intocables. He pasado un par de comentarios por advertencia, pero ya no lo voy a hacer más. En este blog no se va a publicar ningún comentario insultante o despreciativo hacia ninguna de las personas que coloquen comentarios ni los autores de los post. Si a alguien no le gusta que yo diga que Fulano de Tal era tonto del culo, que le defienda. Con argumentos. Pero si le defiende a base de considerar que el tonto soy yo, o que no me entero, o que soy esto o soy lo otro, o que el tipo ése que colocó el segundo comentario es un idiota, o tal, seguirá pasando lo que está pasando ahora, es decir: el comentario no se publicará. Per saecula, saeculorum.

Y ahora vamos con la pregunta de hoy, que es si Franco era listo, o tonto.



Una de las cosas para las cuales «ha servido» la transición política es para que la historiografía se haya podido plantear el juicio en torno a la figura del general Francisco Franco. Durante muchas décadas, los juicios sobre su figura se caracterizaban por un notable radicalismo, bien que se hiciesen dentro o fuera de España. El efecto no ha terminado todavía y es lógico pues, si hemos de creer en esa regla que dice que los hechos no son Historia hasta que hayan pasado 50 años en la vida de las sociedad que los juzgan, todavía quedan unos cuantos años, como 16, para que haga 50 años de la muerte de Franco. No obstante, es un hecho que para la cultura histórica, poder juzgar la figura de Franco desde una posición no necesariamente militante ha sido un respiro, como lo es siempre estas circunstancias.

Un punto crucial del juicio de Franco es su calidad como militar. Francisco Franco Bahamonde fue muy jaleado en su juventud como un militar de carrera meteórica que llegó a ser general con algo más de 30 años. Estaba, pues, subido a la cima de la gloria militar en un momento de su vida en el que mucha gente apenas está todavía despegándose del botellón. Tras la guerra civil, fue considerado un genio militar que ahora aunaba, además, genio político. El no va más, vaya.

La verdad es que, por mucho que les joda a los que lo odian y sobre todo a los que lo sufrieron, Franco muy políticamente tonto no pudo ser. Alguien que logra ser un fascista de libro y aún así sobrevivir en el momento en que el fascismo es barrido de Europa y acabar siendo gran amigo precisamente de quienes lo barrieron, es, nos guste o no, alguien que sabe jugar sus cartas con habilidad. Con las mismas, hay cosas en su forma de hacer que revelan una simpleza acojonante. De Franco se ha dicho muchas veces, para mi gusto con total acierto, que consideró España como el inmenso patio de un cuartel, y pensó que podría gobernar el país como se gobierna dicho patio, esto es a toque de corneta y apelando a la disciplina.

Todo esto, sin embargo, pertenece al ámbito de lo subjetivo, y como todo lo subjetivo tiene jodido consenso. Se supone, sólo se supone, que el elemento militar es más fácil de analizar, más frío. Sin embargo, conforme avanza el tiempo y los análisis en torno a la figura de Franco son más libres, se va haciendo más patente que éste, el de su genio militar o estulticia militar, es otro campo para la polémica.

En este post intentaré, al nivel de mis conocimientos (ya he escrito muchas veces que lo mío es más la política que lo militar), cuáles son los pivotes en los que gira el debate en torno a si Franco fue un buen militar o un tuercebotas con suerte. Si conocéis alguno más, los comentarios están abiertos para vuestras consideraciones.

El primer elemento es la decisión de entrar en Toledo y liberar el Alcázar, donde resistía numantinamente el coronel Moscardó.

En primer lugar, se ha apelado a esta decisión de Franco basándose en la necesidad de procurar auxilio a unos compañeros que le eran fieles, alimentando esa imagen del militar que nunca deja a los suyos en la estacada. Creo que aquí sí que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que esa imagen pertenece a las películas, pero no a la realidad. Muy a menudo, los militares dejan a compañeros suyos en la estacada por necesidades bélicas y estratégicas, y en la propia guerra civil hay ejemplos tan diáfanos como el del monasterio de Nuestra Señora de la Cabeza, cuyos resistentes aguantaron carros y carretas como Moscardó pero, finalmente, tuvieron que rendirse.

Visto esto, es sospechoso el hecho de que Franco liberase el Alcázar. Cuando las tropas africanas que comandaba el general pisan la península, su primera obsesión, y es por ello que resulta tan sangrienta la batalla de Badajoz, es conectar las dos bolsas de ataque nacionales en ese momento desconectadas: el Norte, nucleado alrededor de Mola y su sublevación en Pamplona; y el sur, donde están Franco y Queipo. La línea de evolución lógica es Extremadura porque, teniendo en cuenta que en Portugal existe ya entonces un régimen proclive a los sublevados, «subiendo» por Extremadura lo que consigue Franco es tener su flanco izquierdo seguro e, incluso, poder aprovisonarse por ahí. Desde Badajoz, Franco tiró claramente hacia Madrid, consciente de que, si caía la capital, era más que probable que la guerra hubiese acabado. Sin ir más lejos, de haber conseguido los franquistas tomar Madrid en las primeras semanas de la guerra, a la República le habría quedado Cataluña, el Este y partes del Norte; pero se habrían quedado, por ejemplo, sin las reservas de oro que les sirvieron para comprar las armas soviéticas.

Desde el momento en que Franco toma Talavera, todo el mundo parece tener claro que va a saltar sobre Madrid como una pantera. Pero no lo hace. En realidad, se desvía de su camino natural. Talavera, os bastará mirar cualquier mapa para comprobarlo, está ligeramente más al norte que Toledo y su vía natural de llegada hacia Madrid es lo que hoy es la autovía de Extremadura y no, desde luego, la carretera de Toledo.

A partir de aquí, dos teorías.

La primera, como digo, destaca que Franco tuvo un gesto de camaradería y sensibilidad militar hacia sus camaradas, y les salvó. Otros, como los atrapados en Jaén, estaban en la misma situación, pero no tan cerca. Además, suele indicar esta versión, Franco se habría dado cuenta de que si seguía avanzando hacia Madrid sin haber resuelto lo de Toledo, habría dejado al enemigo a su espalda, creándose un frente nuevo.

Los críticos de esta idea dudan de este último argumento. Según esta interpretación, de haberse hecho evidente el avance de las tropas nacionales hacia Madrid, lo que habrían hecho los republicanos que combatían en Toledo habría sido volver grupas rápidamente para defender la capital, con lo que ese segundo frente, se dice, nunca habría existido. Con todo, y siempre según mi opinión, la tesis más consolidada sobre por qué fue un error militar desviarse hacia Toledo es que esa decisión no fue ningún error. Al menos desde un punto de vista político o, si se prefiere, de relaciones de poder. Y aquí, aunque algo desarrollaré en las próximas líneas, no hay sino que retrotraerse al excelente post que sobre esta materia escribió ya Tiburcio.

El conocimiento masivo y profundo de la Historia nos hace a menudo perder la perspectiva de lo que los contemporáneos de los hechos sabían u opinaban. Hoy sabemos tantas cosas sobre las brutalidades de los campos de concentración hitlerianos que no podemos creer que Alemania entera lo desconociese todo sobre los hornos crematorios y las cámaras de gas hasta bien pasado el final de la guerra. Con las mismas, sabiendo lo que sabemos tendemos a cometer el error de ver en Franco un caudillo indiscutido casi desde el momento en que llega a Marruecos. Pero en esa visión olvidamos que el muñidor del golpe de Estado es Emilio Mola. Es a Mola a quien llama Martínez Barrios para tratar de parar el golpe de Estado; es a Mola, no a Franco, a quien ofrece un puesto en el gobierno. Y por encima de Mola aún queda otra figura, bien es verdad que un poco decorativa o simbólica, que es el general Sanjurjo, en las primeras jornadas de la guerra.

Mola comienza a perder terreno frente a Franco cuando el avispado gallego consigue tener hilo directo con italianos y alemanes y, consecuentemente, se convierte en la bisagra sobre la que gira la importantísima ayuda extranjera al bando nacional. El fuerte contingente italiano que se desplaza a España llega allí para ayudar a Franco más que a Mola. De hecho, para cuando los italianos empiecen a tener peso en el teatro de operaciones de Mola, el frente Norte, Franco ya será Generalísimo e, incluso, Mola estará ya muerto. No es intención de este post analizar el asunto de que si Mola murió de un accidente natural o provocado, pero quede aquí la idea, que es lo importante para este redactado, de que, en las primeras semanas de la guerra, Franco bien pudo sentir la necesidad de afianzarse como lo que no era, esto es líder indiscutible del bando rebelde.

Para esta estrategia, la operación del Alcázar le vino a Franco verdaderamente machihembrada. La acción del Alcázar fue una epopeya mundial de grandísimo impacto. Yo tengo un par de libros escritos monográficamente sobre el Alcázar por reporteros británicos (y éstos son los que son porque leo en inglés, que en francés también hay varios en el mercado) escritos en el tono épico de los grandes hechos. Con su gesto hidalgo, un poco modelo Fray Luis de León y su famoso decíamos ayer, el luego general Moscardó, con su sin novedad en El Alcázar, mi general, selló un importantísimo golpe de opinión pública para Franco que, en alguna medida, hizo ya casi inevitable su encumbramiento a su generalísimo destino.

¿Sabía todo esto Franco? ¿Lo había pensado? No sé , que hablen los francólogos. Lo que sí sé es que le dijo asu círculo íntimo que se desviaba a Toledo porque era consciente que liberar la ciudad suponía dar un golpe de moral (de moral, no estratégico) al enemigo. ¿Pensó que, además le daba un golpe moral, quizá definitivo, a los «enemigos» que pudiera tener a la hora de conseguir el mando supremo del bando nacional? Joder, si yo supiera eso, sería Rappel, no te jode.

Los ocho días que perdió Franco liberando Toledo fueron suficientes como para que la República recibiese el primer material de la URSS, amén de dos brigadas internacionales y otras tropas españolas, con las cuales pudo parar los pies de los nacionales a la vera de la capital durante el resto de la guerra. En parte, este estancamiento de años, según algunos estudiosos, es propiamente consecuencia de la acción de El Alcázar pues, llegándose desde Toledo, los nacionales tuvieron que atacar Madrid encontrándose un obstáculo natural como el río Manzanares; mientras que, de haber avanzado desde Talavera todo tieso, habrían conectado con las tropas que hostigaban la ciudad desde el norte y habrían entrado más o menos por la carretera de La Coruña, con mayor facilidad.

La siguiente decisión de Franco sobre la que existen dudas es la toma de Málaga. La caída de Málaga en manos nacionales fue de enorme importancia para la República, pues sirvió de excelente apoyatura para los asesores soviéticos y los comunistas en general para agitar los puños (nunca mejor dicho) en las narices del general Asensio y del presidente Largo Caballero, culpándoles de aquella pérdida y consiguiendo, de hecho, la defenestración de la camarilla militar de Caballero. Pero estratégicamente Málaga no fue tan importante. No lo suficiente, dicen los críticos de Franco, como para comprometer en dicha toma la formación del cuerpo expedicionario italiano que Mussolini había enviado a España.

En efecto, los primeros 6.000 o 7.000 camisas negras que el fascismo romano envió a España no fueron destinados a Aranda de Duero, donde se estaban formando las divisiones italianas, sino a Málaga. Estas tropas, al mando del general Mario Roatta, se aplicaron a tomar Málaga casi al mismo tiempo que arriba, en el Jarama, había comenzado la muy sangrienta batalla en la que los republicanos, y muy especialmente las Brigadas Internacionales, colocaron un muro de sangre que Franco no pudo traspasar.

Franco inició la batalla del Jarama para cortarle a Madrid el último cordón umbilical que a la postre le quedaría (la carretera de Valencia), pero sus tropas se empantanaron tras una serie de pequeños avances y fueron batidas por los republicanos, que se fueron a por él con todo lo gordo, que era mucho. A la luz de estos hechos (un ejército extenuado que acaba atrapado por el embate imparable de un enemigo superpertrechado) cabe preguntarse: y, ¿qué hacían más de 5.000 italianos, recién duchados y en perfecto estado de revista, con sus tanquetas, con su artillería, con su todo, bailando sevillanas en Málaga? Hay quien dice que estaban ahí porque Queipo se puso de canto. Aunque, la verdad, resulta difícil de creer que a Franco le pudiese llegar a importar una mierda que a Queipo le picase el huevo izquierdo.

Franco necesitaba un respiro en el Jarama, y ese respiro tenía que dárselo el golpe, con puño de hierro, de los italianos en Guadalajara. Pero la batalla de Guadalajara, como sabréis cualquiera de los que leéis esto y tengáis un par de horas de vuelo leyendo cosas de la guerra civil, la perdieron los italianos más o menos con la misma contundencia con la que algunos son batidos por el Alcorcón, club de fútbol. Por lo tanto, la jugada no le pudo salir peor a los nacionales, pues la batalla de Guadalajara se perdió y, además, planteándola se diversificaron efectivos en dos frentes distintos, Jarama y Guadalajara, cuando alguien más listo habría apostado sólo por uno.

Para algunos estudiosos, la batalla de Guadalajara es, pues, otra cagada de Franco. Pero las cosas no están tan claras.

En contra de la tesis, quizá demasiado simplista, de que fue Franco quien cometió todos los errores en el binomio Jarama/Guadalajara, tenemos que tener en cuenta que el otro gran elemento de la movida es el ejército italiano, es decir un cuerpo expedicionario cuyo jefe supremo es alguien tan impredecible, tan exagerado y tan sanguíneo como Benito Mussolini, personaje de escaso bagage intelectual bélico pero que, cuando envía a sus primeros voluntarios a España, está bélicamente empalmado tras sus victorias coloniales, que le hacen creer es la polla de Montoya y que Hitler es algo así como su discípulo.

Gualajara, población por la que el 18 de julio ningún bando mostró un interés intenso, acabó cayendo del lado republicano gracias a los buenos oficios del anarquista Cipriano Mera, quien también se hizo con Cuenca en una operación en la que apenas contaba con Manolo y el de la guitarra. En diciembre del 36 una pequeña columna republicana, la de Jiménez Orge, había partido desde la ciudad hacia Sigüenza con la intención de atacar el bastión nacional, y consiguió abrirle una brecha a los franquistas tomando Mirabueno, Almadrones y Algora. Para enero, sin embargo, los nacionales habían recuperado estos pueblos. El día de Inocentes de 1936, el recién ascendido general Moscardó le propone a Mola una acción decidida en la carretera de Aragón para consolidar ese frente cuya vulnerabilidad ha demostrado Jiménez Orge. Mola se lo propone a Franco y éste está a finales de enero considerando la situación. El estudio de esta acción será el germen del ataque del Jarama.

Pero algunos días después, concretamente el 13 de febrero, ocurre algo. Desde el 8 y hasta el 12, buena parte de los italianos desembarcados en Cádiz han estado empantanados tomando Málaga, pero Málaga ya ha caído. Por eso, siguiendo quizás las indicaciones de su Duce, le envían un mensaje a Queipo en el que le exigen ser destinados a alguna acción que les pueda reportar gloria. Queipo, que tiene el sur más o menos en situación estabilizada, pasapalabra y le endilga el marrón a Franco o, como a él le gustaba decir en privado, Paca la Culona.

En todo caso, la acción de los italianos muestra que, al menos algunos de ellos, tendían a creer que todo el monte era orgasmo y que, por lo tanto, si se habían paseado por Abisinia, igual se pasearían por España.

Emilio Faldella y Giacomo Zanussi, jefe y subjefe del Estado Mayor de las CTV respectivamente, conferencian en Salamanca con los grandes estrategas del bando nacional. Lo que se encuentran estos dos jóvenes mandos militares de nuevo cuño fascista es a un Franco en estado puro. El general español pasa fríamente de las ampulosas peticiones de gloria de los italianos y abre la caja de los reproches. Franco está cabreado porque los italianos han creado con el CTV un pequeño ejército dentro del ejército, y eso no va con él (en realidad, no le falta razón, porque la más que relativa independencia de las Brigadas Internacionales respecto del Ejército Popular de la República, en otro bando, creará problemas casi constantes).

Si hemos de creer a estudiosos de la cosa como La Cierva, Franco, en ese momento, le pide a los italianos que le ayuden en el frente cordobés, importante porque los nacionales quieren hacerse con las minas de Almadén; y en el Norte, o sea la campaña de Euskadi. Los italianos, sin embargo, no quieren ir al Norte (aunque acabarán haciéndolo, pues de hecho los vascos firman con ellos el ominoso Pacto de Santoña), probablemente para no coincidir con los alemanes, con los que tal vez habían llegado a algún tipo de acuerdo de reparto de esferas de influencia. Mussolini lo que quería era que su Corpo Truppe Volontarie iniciase un avance desde Teruel hacia el mar, rompiendo la zona republicana en dos. El Duce se hacía pajas imaginando a sus camicie nere entrando en Valencia. La cosa tiene lógica, pues Valencia es, tal vez, una de las ciudades españolas más conocida en Italia, por aquello de que los Borgia eran de allí.

A Franco los testículos se le caen y se le marchan rebotando por el suelo de la sala del palacio episcopal cuando escucha esa petición. Como decimos aquí, es posible que no fuese ninguna lumbrera militar. Pero no era tan tonto'l'culo como para no darse cuenta de que esa operación, en febrero de 1937, era imposible. Franco partiría en dos la zona republicana ya al final de guerra, y sus buenos muertos le costó. Apenas medio año después de iniciadas las hostilidades, habría sido mucho peor. Y es para evitar esta chorrada, según sus hagiógrafos, que propone a los italianos que peleen en Guadalaja.

Yo veo, pues, dos versiones, o dos tipos de versiones, contrapuestas. Según una, Franco fue estúpido y torpe al plantear dos batallas a la vez en lugar de sólo una, distribuyendo el esfuerzo en exceso y demostrando con ello escaso genio militar; error que tendría un precedente en el gesto de permitir que la fuerza italiana se gastase tomando Málaga.

Según la otra versión, su decisión de abrir la batalla de Guadalaja se produce a causa de los planes imperiales de los italianos, que se quieren ir a Valencia a triunfar como en Addis Abebba, probablemente pensando que los republicanos eran como los abisinios. A mí, personalmente, esta segunda versión me parece bastante sólida; pero, sin embargo, me sigue quedando la duda de por qué no se dejó de hostias y empleó a los italianos directamente en la pelea del Jarama. Porque la batalla de Guadalajara empieza el 8 de marzo, es decir una semana después de que terminase la del Jarama. Pero si la reunión de Salamanca fue el 13 de febrero o en sus aledaños, parece que hubo, pienso yo, tiempo para que los italianos llegasen al Jarama (la batalla duró hasta el 27 del mes, según leo).

Lo que es un hecho es que la colocación sucesiva de las batallas del Jarama y de Guadalajara (primero una, luego otra), permitió a los republicanos optimizar sus fuerzas y utilizar algunas de ellas de hecho en los dos enfrentamientos; algo que, obviamente, no habrían podido hacer si ambas agresiones se hubiesen producido a la vez.

Tras la derrota de Guadalajara, Franco cambia de táctica, en un movimiento que tiene sus defensores y sus detractores. Abandona Madrid como objetivo a corto plazo; de hecho, ya en abril de 1937, creo yo, Franco conceptúa la caída de Madrid como lo que fue, es decir una simple y pura consecuencia del final de la guerra. A partir de la primavera del 37, el epicentro de la guerra se desplaza al frente Norte, y ya no parará hasta que dicho frente deje de existir en la práctica.

Los críticos de Franco señalan que, con la enorme cantidad de fuerzas que para entonces estaba acumulando, con más y más italianos y la Legión Cóndor alemana comenzando a dominar los aires, lo que tenía que haber hecho es seguir atacando Madrid. Mi opinión personal es que esta valoración es excesivamente dura. Volatizar el frente del Norte tenía, a mi modo de ver, bastante lógica. Franco tenía que estar informado por su inteligencia de los gravísimos problemas de coordinación que existían entre el gobierno vasco y el gobierno de Valencia, pues los vascos se empeñaron en conceptuar el llamado por Valencia Cuerpo del Ejército Vasco como un auténtico Ejército de Euskadi. En otras palabras, operaron como si, más que una autonomía con estatuto recién estrenado, fuesen un país independiente coligado con España en contra de los nacionales. Franco, pues, tenía que saber bien que los vascos serían proclives a no guerrear fuera de sus fronteras, atrapados por su milenaria tradición del árbol Malato. Si sus espías eran mínimamente listos, conocería los intentos de los vascos (y de los catalanes, por cierto) de negociar con las potencias europeas arreglillos por su cuenta. Franco tenía que saber, pues, que el eje Bilbao-Santander-Oviedo era un eje polícamente inestable y militarmente ineficiente. A mí me parece que tenía sentido atacarlo.

Hay otro factor, además. Cuando los franquistas toman Bilbao se encuentran, y esto es bien sabido, la capacidad industrial bilbaina completamente inmaculada. Por razones que nunca nadie ha sabido explicar, los vascos en su huida de Franco no destruyeron sus fábricas, que es lo que se debe hacer para no regalarle al enemigo PIB además de terreno. Son muchas las sospechas de que hubo pacto. Entre quiénes, no está claro. Pero tuvo que haberlo. Pero si hubo pacto, entonces Franco sabía cosas. Cosas que nosotros no sabemos y que, tal vez, le hicieron pensar que era interesante iniciar la campaña del Norte.


La semana que viene, más.

martes, noviembre 03, 2009

Barometreando

Off topic total, mientras preparo un articulito sobre Franco.

Supongo que todos sabréis que ayer salieron los primeros datos del barómetro del CIS de octubre en los que, entre otras cosas, se valoraba, como es habitual por estas fechas, la labor de los ministros de la nación. Así que me dio por preguntarme qué es lo que había pasado en este terreno «históricamente», es decir desde el primer barómetro de Zapatero. Tomando octubre como base, eso supone mirarse los correspondientes a octubre del 2004, 2005, 2006, 2007, 2008 y 2009.

Desde el barómetro de octubre del 2004, es decir desde que ganó las elecciones, Zapatero ha usado 34 ministros; de ellos, 19 buitres y 15 palomis. El periplo de valoraciones de 1 a 10, como en el cole, lo copio en la siguiente tabla, que espero (no puedo saberlo hasta que no cuelgue el post y pruebe) que se pueda ver razonablemente pinchando en la imagen, porque así, a bote pronto, hay que ser astronauta para distinguir las cifras.




Esta es la parte fría, o sea la de los datos. A partir de aquí, el análisis, que es algo más enjundioso.

Según estos datos, el ministro más popular de todos los que ha usado Zapatero es José Bono, quien se retiró, después de dos octubres, con una nota promedio de 5,46. No sé si este dato le gustará a Zapatero. A Bono seguro que sí (de hecho es probable que ya lo sepa). Eso sí, Bono fue un ministro relativamente efímero. Mucho más mérito tiene María Teresa Fernández de la Vega, que lleva en el tajo desde el primer día y aún así tiene un promedio ligeramente por encima del aprobado.

En el capítulo de nefastos se encuentran dos mujeres que hoy son ministras: Bibiana Aído tiene un promedio de 3,52, después de dos exámenes; y lo abracadabrante es lo de nuestra ministra seminal, Ángeles González-Sinde, que sólo ha pasado una preevaluación como quien dice y ya le han puesto, así, de salida, un 3,46. Para comprobar la crueldad de la nota baste que comprobéis en la tabla que Magdalena Álvarez, ministra polémica donde las haya a la que se le cayeron túneles y la de dios es su hijo, dejó el machito ministerial con una nota de 3,69. No parece que haya sido muy buena idea nombrar a la señora Querubines.

Otra cosa que veo es que hay una diferencia notable, amén de lógica, entre haber sido ministro en la primera legislatura de la ceja o serlo/haberlo sido en la segunda. Los que llevan ya dos años o así siendo ex-ministros pueden exhibir, por lo general, carreras muy aseaditas, con promedios por encima de 4, que para un político es como para hacer fuegos artificiales, y alguno (véase Pedro Solbes, sin ir más lejos) con notas que ya las querrían para sí sus sucesores.

La columna de desviación típica nos da una idea de con qué ministros ha sido la opinión más variable. Si no me he liado con las líneas, esta reflexión nos lleva a darnos cuenta de que los tres ministros en los que la opinión ha variado más bruscamente son ministras: Magdalena Álvarez, María Antonia Trujillo y Carme Chacón. Yo que tú, Carmen, me quitaba de ahí, que, no es por nada, pero en menuda foto estás posando...

En el capítulo de los más estables hay que tener cuidado porque hay algunos que tienen poca desviación porque tienen pocas calificaciones, pues fueron ministros durante pocos octubres. Es el caso de los catalanes Clos y Montilla, por ejemplo. O del propio Bono, Bernat Soria, César Antonio Molina... Personalmente, creo que el la desviación típica más meritoria es la de Alfredo Pérez Rubalcaba, muy baja, lo cual denota opinión estable, a pesar de que lleva ya bastante tiempo siendo ministro.

Por último, otro cálculo que he hecho, columna de la derecha, se refiere a la distancia existente entre la última calificación recibida por cada ministro (o bien octubre del 2009, o bien el último octubre en que fue ministro) y su mejor registro de la serie. Esta columna, pues, podría considerarse la columna de análisis sobre quién ha caído más bajo.

Esta vez, tenemos a un hombre al frente de la lista Quién te ha visto y quién te ve: Pedro Solbes, que subió bastante arriba (su promedio lo denota) pero también bajó lo suyo antes de irse, quizá por aquello de negar la crisis y tal. Eso sí, el ticket Álvarez/Trujillo le anduvieron cerca.

Por fin, he hecho un último cálculo: hallar los promedios de calificación por sexos. El resultado está en el gráfico que os copio aquí y que demuestra que, históricamente hablando, los ministros han tendido a tener una imagen media mejor que la de las ministras. En octubre del 2004, primer barómetro considerado, la imagen de los hombres del gobierno era en torno a un 5% superior a la de las mujeres, ratio que trepó más allá del 8% en el 2005, descendiendo bruscamente por debajo de la mitad al año siguiente y volviendo a ascender en el 2007. En el 2008 es el primer barómetro en el que la imagen colectiva de las ministras supera a la de los ministros, pero en este último barómetro ellas vuelven a estar por debajo, aunque en un leve 1,3%. La cuesta abajo parece que iguala bastante las cosas, quizá porque hay mucha menos buena imagen que repartir.


domingo, noviembre 01, 2009

La gran guerra vasca (y 7)

Los últimos actos de la gran guerra vasca van a tener lugar bajo el signo de dos sustantivos: división y cansancio. Dividido y cansado es como está el bando carlista al regreso de D. Carlos a su epicentro ideológico del norte. La derrota de la Expedición Real servirá para aflorar la multiformia de ese complejo movimiento político y, sobre todo, social, que llamamos carlismo decimonónico.

Como bien sabe cualquier político que haya ganado unas elecciones y luego las haya perdido, no hay nada más fácil que gobernar un movimiento político cuando le va bien, ni nada más difícil que mantenerlo en una mínima disciplina cuando está a la defensiva. El hecho de que el teórico heredero del trono de España hubiese tenido que volver a ver las orillas del Ebro desde el norte, en contra de lo que ampulosamente había jurado, instiló a los diferentes carlismos a enfrentarse por la dominación del movimiento. Dentro del carlismo convivían, no nos hemos cansado de repetirlo, muchas sensibilidades, entre las que cabe destacar el foralismo y el tradicionalismo, aunque se podría hablar de más, pues también había catalanes, militares de variada laya, persas... etc. D. Carlos nunca había ocultado su preferencia por el bando llamado apostólico, integrado por los tipos más ultramontanos de la España del momento, defensores de un total maridaje entre el trono y el altar y, conscuentemente, defensores de un estado de cosas que bien se identifica con eso que hemos dado en llamar Antiguo Régimen.

Apostólicos y foralistas no se tenían mucha ley. A los primeros, el posibilismo de los segundos, pues todo foralista que se precie tragará con muchas cosas con tal de que le conserven los fueros, les distanciaba. A los segundos, la Expedición Real, que había sido en gran parte una promenade apostólica, les había enseñado que los clericales estaban dispuestos a colocar muchos intereses por encima de los suyos como vascos y navarros. En tiempos de derrota, pues, lo que hasta entonces habían sido diferencias y críticas pasan a ser, al menos para algunos de los miembros de cada bando, intentos de anulación.

Los apostólicos fueron llenando la cabeza de D. Carlos, en la que probablemente había mucho espacio libre, con la idea de que la Expedición había fallado por culpa de los cobardes, de los tibios; argumento que tiene su gracia teniendo en cuenta que fue en parte su tibieza la que la había hecho fracasar. Así inflamado de amor a Dios y al trono de sus tatara-tatarabuelos, D. Carlos proclama, en Arceniega, su voluntad de arramblar con quienes le han traicionado. En un movimiento de acojonante autoestima, se autonombra comandante en jefe de las fuerzas carlistas (él, que acaba de retornar, por lo visto, victorioso) y coloca a la derecha de su sitial a un general navarro, Gergué, miembro del pequeño, pero ultrapeleón, partido apostólico navarro, absolutista hasta las trancas e, incluso, las barrancas. De los dichos, el bando clerical pasa a los hechos, forzando el consejo de guerra al general Zariátegui, el primer acusado de no haber hecho las cosas bien durante la expedición, que es juzgado en compañía de su lugarteniente Elio.

La condena a arresto de que son objeto los dos militares euskaldunes provoca una inmediata rebelión, comandada por el teniente coronel Urra, en Navarra, y que le costará a su cabecilla la cabeza entera. La locura eclesial persiste y D. Carlos, que no anda sobrado de genios militares, aún se permite purgar a elementos tan importantes como los generales Villarreal o Simón de la Torre. Cuando alguno de estos represaliados le dé por saco en Vergara, quizá D. Carlos se pregunte por qué, pues no hay mayor ciego que el que no quiere ver y, además, tiene todo el día a un coro de presbíteros asegurándole que ve como un halcón.

Fue esta política contra los generales foralistas la que acabó por impulsar a éstos a aglutinarse alrededor de una figura que será crucial para el proceso, la del murciano Rafael Maroto, quien ha comandado durante la guerra las tropas vizcaínas y se ha ganado el respeto de muchos militares vascos.

Hay que decir, además, que en el proceso de tratar de malquistar a los vascos con D. Carlos no fue ajena María Cristina, pues por aquel entonces las tropas de Espartero hacían propaganda mediante bandos en los que insinuaba la disposición de Madrid de respetar los fueros. Y es que María Cristina, quien tampoco tenía tantas diferencias con su oponente Charly el dinosaurio Borbondonte y, en realidad, quería que su hija dejara de ser una reina constitucional para volver a ser una reina por cojones histórico-religiosos, como todos los reyes antes que ella, María Cristina, digo, tenía sus propios problemas con unos tipos un tanto desarrapadillos que iban surgiendo bajo el nombre de progresistas, que pronto llegarán a tener mayoría en las Cortes, y con los cuales el sueño de volver a ser reina responsable tan sólo ante Dios y ante la Historia devendría en imposible. En medio de este enfrentamiento, una inesperada alianza con los vascos, que muy liberales en lo político no es que fuesen (salvo los donostiarras, en parte), aparecía como una oportunidad.

De los deseos de MC de parar la ola liberal-progresista es de lo que se alimenta un joven militar que ya descolla como alternativa a Espartero: el general Narváez, que será conocido como El Espadón de Loja.

Esta nueva «comprensión» por parte de palacio hacia el hecho de que los vascos y navarros tendrían derecho a conservar sus fueros es la que hace nacer en el carlismo el movimiento que algunos llaman «transaccionista», es decir partidario de una transacción con el bando contrario, transacción que se resumiría en la famosísima máxima de Paz y Fueros. Los transaccionistas vascos, entre llos cuales se encontraban Zariátegui o Eguía, el padre Cirilo o Ramírez de la Piscina, tenían de liberales lo que tiene Guti de educado. Eran simpatizantes de una monarquía controlada por unas cortes a la antigua usanza, estamentarias, y que votase su padre. Y eran, claro, foralistas.

El carlismo, para entonces, se divide en tres tipos diferentes de antiliberales: transaccionistas, que quedan descritos; persas, partidarios de una monarquía también a la antigua usanza aunque con ciertos controles al poder real; y puros o apostólicos, que bramaban desde el fondo de la caverna su defensa del rey omnímodo cuya justicia emanaría de la inspiración divina. De estos tres grupos, el primero dejará de ser carlista en Vergara para pasar a engrosar las filas de lo que se llamó partido moderado.

Espartero, oh sorpresa, consigue una sonora victoria sobre las armas carlistas en Peñacerrada; victoria que provoca la destitución de Guergué. Le sustituye el padre Cirilo, más posibilista, que se acerca a Maroto quien, automáticamente, recibe el aval de los militares vascos apartados del mando, como De la Torre o Urbiztondo, Zariátegui, Villarreal, Elio... Ante este movimiento que no les presagiaba nada bueno, los apostólicos preparan un golpe de mano en Estella pero, enterado Maroto, se dirige a la ciudad anunciándoles que los va a fusilar. Los apostólicos se encastillan, presentan batalla y se encuentran con la desagradable sorpresa de que sus propias tropas, el 18 de febrero de 1839, se colocan de lado del murciano. Las tapias se llenaron de sangre.

Maroto le envía un memorial muy valiente a su comandante en jefe y líder del mundo mundial por la Gracia de Dios. En dicho informe, reconoce que ha mandado fusilar a Guergué y a otros militares, y anuncia que «estoy resuelto, por la comprobación de un atentado sedicioso, para hacer lo mismo con otros varios, que procuraré su captura, sin miramiento a fuero ni a distinciones».

Este memorial pone a D. Carlos de los nervios. Realiza una proclama en la que declara traidor a Maroto. Tres días después, cuando comprueba que los que llevan armas y se baten el cobre pasan de su comandante en jefe como de deglutir deyecciones y están con Maroto, hace otra proclama en la que dice que no, que le ajunta. A este tipo de personajes nunca les ha preocupado ni poco ni mucho decir en la misma semana una cosa y su contraria. Al fin y al cabo, su Autoridad descendía directamente de Dios.

Los marotistas siguieron a D. Carlos hasta Tolosa y le exigieron que desterrase a los prohombres apostólicos, cosa que el pretendiente, cómo no, hizo. Los vascos hicieron pleno en el nuevo organigrama carlista: Zariátegui, jefe de Estado Mayor; De la Torre, jefe de las fuerzas en Vizcaya; Elio, en Navarra; Iturralde, en Guipúzcoa; y Urbiztondo, de la división castellana. A partir de ese momento, el final de la guerra carlista dejará de estar en manos de quien le da nombre, y pasa a estarlo de los vascos, quienes alcanzarán la paz a cambio de lo suyo.

En un principio, las negociaciones giran sobre tres puntos: los fueros, la conservación de los rangos de los militares carlistas, y alguna fórmula que salve los derechos dinásticos de D. Carlos. Es en este último punto en el que MC pone pies en pared.

Entonces Maroto intentó conseguir que Francia y/o Inglaterra le apoyasen en un proyecto de paz que, en esas condiciones, ni Madrid ni D. Carlos (bueno, éste menos que ninguno, pues estaba ya poco menos que a la orden) pudiesen rechazar. Los franceses de Luis Felipe apoyaron un acuerdo basado en los tres puntos de negociación, mediante el cual se conservaban los fueros, los rangos, y se hacía una especie de juego revuelto con la cuestión dinástica: tanto D. Carlos como María Cristina deberían salir de España, el primero renunciando al trono; aunque, a cambio, Isabel debería casarse con algún hijo del primero. Los ingleses, en cambio, no tragaron. La propuesta que le hicieron llegar a Maroto decía que sí en lo de los rangos, pero nada más. Establecía que D. Carlos debía pirarse de España (sólo él) y, en el caso de Vascongadas y Navarra, se mostraba partidaria de que conservasen sus privilegios «en cuanto sean compatibles con el sistema representativo de gobierno que ha sido adoptado por la España toda».

Probablemente, a Maroto lo que le pedía el cuerpo era mandar a la mierda a los ingleses. Pero, mientras leía su propuesta, en Navarra los apostólicos se amotinaron y, lo que es peor, en Vizcaya las tropas se negaron a cargar contra las fuerzas esparteristas. El personal estaba hasta los huevos de la guerra. Así las cosas, las negociaciones comenzaron a fructificar, más que nada porque los negociadores vasco-carlistas dejaron caer sin una lágrima la tercera condición (los derechos dinásticos de su teórico líder) de la lista que reivindicaciones irrenunciables.

D. Carlos reaccionó. Su reacción, por lo demás, conforma un episodio que le encanta a la historiografía vasca, y la verdad es que no me extraña. Se presenta en Elgueta, donde se concentran bastantes tropas carlistas, a las que formó y soltó una arenga antitransaccionista de la hueva. Cuando terminó, los soldados le saludaron... ¡con vivas a Maroto! Entonces el rey, cuenta la historia o, tal vez, la leyenda, fue informado por un asistente: «Señor, es que no hablan castellano». Hace que un general traduzca su arenga al euskera y las tropas, tras oírlo, saludan con el grito que entonces se hizo más común: «¡Pakea, pakea, pakea!».

Algunos días más tarde, y tras las últimas negociaciones en Oñate, Espartero redacta el famoso artículo 1 del armisticio que establece que «recomendará con interés al Gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los Fueros». Es lo más lejos que puede llegar, pues en aquella España ya embrionariamente constitucional ni un general, ni siquiera una reina o su regente, podían garantizar una decisión que era competencia de las Cortes. Maroto, De la Torre, Urbiztondo y el resto de los transaccionistas lo saben; no hay más leche en esa ubre.

Los ejércitos se encuentran en Vergara, donde se da el famoso abrazo.

Es el final de la gran guerra vasca.