miércoles, octubre 28, 2009

La gran guerra vasca (6)

La Expedición Real recibió este nombre porque fue un miembro de la familia regia, el mismísimo candidato (creo que entre reyes se habla más de pretendiente) Don Carlos, el que la lideró.

El árbol borbonesco ha demostrado su capacidad de alumbrar frutos bastante limitaditos en su inteligencia; el de D. Carlos es uno de esos casos. Personaje un tanto infatuado, amigo de las camarillas de aduladores, que es lo peor que puede cultivar alguien que de verdad quiera pisar la tierra y no vivir en el universo de las chorradas, D. Carlos podía haber aprendido de la expedición de Gómez que eso de andar haciendo la vuelta a España con las partidas carlistas tenía su precio. Sin embargo, en lugar de darse cuenta de eso, llegó a la conclusión de que la expedición de Gómez había incrementado el prestigio del carlismo.

La teoría del pretendiente tradicionalista era que el único problema que había tenido Gómez era que sus tropas eran delgaditas. Consecuentemente, juntó un impresionante ejército de 12.000 efectivos para su propia expedición la cual, en un optimismo sin límites que nunca tuvo la menor base, generaría, nada más pasar el Ebro, que Prusia, Rusia y Austria la declarasen la guerra a la España oficial y peligrosamente liberal.

Así pertrechado, D. Carlos puso rumbo a Cataluña, con el fin de captar más soldados allí. Los inicios de la expedición los contaron los carlistas por victorias. Espartero no llegó a tiempo de pararlos en Pamplona. A Iribarren le ganaron en Huesca. A Oraá, en Barbastro.

Se suele decir que en la primera guerra carlista dicho bando dominó Cataluña. Lo mismo es verdad, porque los significados del verbo dominar pueden ser muchos. Pero lo que es un dato inquietante es aquél que nos dice que, a la llegada a Cataluña de la Expedición Real, ésta apenas pudo engrosar 3.000 soldados más, magra fuerza para una región tan poblada y que teóricamente era dominada por los partidarios de D. Carlos. Existen testimonios, de hecho, de que la realidad era muy otra. Dentro de las partidas carlistas catalanas, normalmente pequeñas y mal pertrechadas, había no pocas que se dedicaban al pillaje, lo que les había granjeado la oposición del campesinado local. Esto tuvo como consecuencia que la expedición real se encontrase en Cataluña con unos problemas a la hora de encontrar manduca que no había tenido ni en el País Vasco ni en Navarra (lo cual insinúa que ambas dominaciones no eran de la misma calidad). Para colmo, las tropas catalanas se dieron el piro en Guísona, en el momento en que, habiendo planteado batalla las tropas cristinas, pintaron bastos para los de la boina. La enorme fuerza de 12.000 hombres, más 3.000 catalanes, sobre la que un día mandó el pretendiente, era ahora de unos 4.000. Las deserciones, ergo, fueron masivas.

El 17 de julio, salió de Álava un segundo ejército carlista, comandado por Zariátegui, con la misión de acercarse por Madrid y distraer a las tropas cristinas. Con apenas 5.000 hombres, el general euskaldún hizo la machada de asaltar Segovia y tomar su famoso alcázar. El siguiente objetivo fue Madrid, pero allí estaba Espartero con unas tropas que cuadruplicaban las capacidades de los atacantes, por lo que éstos se replegaron a Burgos.

Más o menos cuando caía Segovia en manos de Zariátegui, D. Carlos conseguía cruzar el Ebro en Xerta y contactar con el general Cabrera; la acción que, según él, iba a provocar que media Europa le apoyase y que, por supuesto, no ocurrió. Se movieron hacia Valencia y en Vilar de los Navarros le administraron una sonora derrota al general Buerens. Esta victoria les dejaba expedito el camino de Madrid.

Lo que pasó entonces me es, cuando menos a mí, difícil de explicar. ¿Por qué los carlistas no intentaron tomar la Corte, ahora que, tras las victorias valencianas, tenían de nuevo tropas bien surtidas y relativamente numerosas? Es difícil de saber. Por lo que he podido leer, se sabe que Cabrera era partidario de dar el golpe, pero que D. Carlos se lo impidió. Todo parece indicar que ambos tenían prioridades muy diferentes. A Cabrera le obsesionaba avanzar deprisa y ser capaz de golpear. D. Carlos se paraba en cada pueblo a organizar a los sacerdotes de su séquito para que dijesen misas y esas cosas. Cabrera acabó tan encabronado que se desafectó y abandonó la columna de la Expedición Real. Ese gesto, probablemente, dejó a los carlistas sin fuerza ni posibilidades de afrontar la operación. Hay, creo yo, dos versiones. La bienintencionada con D. Carlos nos dice que él sabía que Espartero ya se dirigía hacia la capital con 30.000 hombres, así pues pensó que podía tomar Madrid, pero difícilmente retenerla. La malintencionada sostiene que el pretendiente, simplemente, creyó que Madrid caería como fruta madura y se le entregaría. Tonto como para pensar eso, lo era de sobra. Un tipo que se cree que en Viena, entonces el centro del mundo, se van a poner en movimiento porque unos piernas crucen un puto río, o está tolili o se lo hace, que al caso es lo mismo.

Abandonado por Cabrera, encabronado con el resto de sus generales y, muy especialmente, los vascos, que veían en la toma de Madrid el desplazamiento definitivo del centro de gravedad de la guerra carlista fuera de sus tierras, D. Carlos se dirigió al sur. Conforme más bajaba, más disensiones había en su ejército, y más encabrone general. Acabó claudicando y ordenando volver al norte, eso sí sin volver a cruzar el Ebro, pues había jurado que una vez cruzado ya no volvería atrás. No obstante, las tropas navarras del infante Sebastián, hartas de no estar en casa, se amotinaron, montaron la mundial, y tanto Sebastián como Zariátegui tuvieron que cruzar el Ebro hacia el norte. Humillado y convencido, como suele pasar siempre con los grandes jefes, que la culpa es de los otros, D. Carlos tuvo que volver al País Vasco. En las semanas siguientes enviaría dos expediciones más de castigo a Castilla, que terminaron como el rosario de la aurora.

La expedición real, pues, es un episodio carlista muy típico, en el que el bando tradicionalista español se moviliza partiendo de una base errónea. Es el problema de aceptar acríticamente axiomas que distan mucho de ser verdaderos per se. En este caso, el axioma fue: España me ama. Los españoles que no son carlistas son una especie de carlistas durmientes, adocenados, que sólo están esperando que llegue por su pueblo un Libertador que los despierte. D. Carlos pensaba esto porque hacía una extrapolación simple de lo que vivía en las provincias vascas y en Navarra, con lo que demostraba que no había sabido leer el partido correctamente. Como ya empezamos diciendo en nuestro primer comentario sobre este asunto, el carlismo decimonónico es un fenómeno interesantísimo por lo polimórfico. Tiene, por lo tanto, muchas caras, muchos planos diferentes. Es algo lógico en un movimiento que fue capaz de provocar, uno una guerra civil, sino tres. Tres.

Todo o casi todo de la actitud de D. Carlos durante la Expedición Real apunta a una concepción basada en que España caería a sus pies a su paso, reclamando a la par que admitiendo la indudable prelación que sobre los destinos del país tenían tanto su persona como la forma de concebir la monarquía y la propia nación que defendía. Quizá fue así porque D. Carlos sabía que ir a Navarra y jurar los fueros fue todo uno para que los navarros y gran parte de los vascos hicieran precisamente eso. Pero pensar de esa manera equivalía a argumentar que los vasconavarros eran fueristas porque eran carlistas, cuando la proposición verdadera debe ordenar los términos de la otra forma, y aquí no hay propiedad conmutativa. Los vascos eran carlistas porque eran fueristas. Más allá del fuerismo, el carlismo se defendía solo, quizá con la única excepción de Cataluña, región que, como todos sabemos, tiene una especie de fuerismo a su manera, menos histórico y más económico. Y en aquella España había ya mucha gente que había dejado atrás el ultramontano ¡Vivan las caenas! himplado al paso de Fernando VII, el hijoputa.

D. Carlos no se encontró ni con la España que se esperaba encontrar (pero con que se hubiese leído el diario de operaciones de Gómez ya se habría enterado) ni con la Europa que el creía que existía. Y es que, cuando alguien que manda mucho quiere ver que las manzanas son moradas, no le faltan tontos del culo a su lado que le jalean la idea hasta que se la cree a pies juntillas.

sábado, octubre 24, 2009

La gran guerra vasca (5)

>La victoria del monte de Oriamendi es, en efecto, la gran victoria vasca. Esta batalla es crucial para la suerte de los carlistas, que llegaron a ella pertrechados y organizados, pero bastante cansados. Frente a ellos tenían a Espartero el cual, tras haber recibido el refuerzo de las tropas que llegaban persiguiendo a la expedición de Gómez, pensaba que se encontraba a las puertas del golpe definitivo que acabaría con los rivales dinásticos para siempre. Teniendo como tenía más de 60.000 hombres, proyectó una ofensiva en estrella, desde cuatro puntos, con otros tantos avances liderados por él mismo, Evans, Sarsfield y Alaix. Los 28 batallones de Evans, que atacaban en la zona de San Sebastián, tuvieron éxigto en Hernani frente a las tropas carlistas de Guibelalde y, finalmente, tomaron la cresta fortificada del Oriamendi.

En este punto, la causa carlista alcanzó su momento más bajo desde el punto de vista militar. Alaix estaba en el puerto de Arlabán presionando, lo cual impedía a las tropas carlistas acudir en apoyo de Guibelalde. Sarsfield había iniciado la marcha desde Pamplona para pillar al propio Guibelalde por la espalda. Y Espartero avanzaba desde Bilbao, poniendo en peligro Durango primero, y Eibar después. El infante Don Sebastián, comandante de las tropas carlistas, sabía que tenía que ser rápido. Impuso a sus exiguos 15 batallones una rápida marcha con la que fueron capaces de quemar 100 kilómetros en dos jornadas, adelantándose con ello a Sarsfield. Éste fue el movimiento genial de la batalla, un movimiento en el que Sebastián fue capaz de aprovechar su debilidad en su beneficio: puesto que eran pocos, lo único que podían hacer mejor que el enemigo era moverse deprisa. Una vez que hubieron sobrepasado a la marcha de Sarsfield, el general Zariategui quedó encomendado de pararlo, mientras que Sebastián se dirigía al encuentro de Guibelalde y, en famosa batalla el 16 de marzo de 1837, echaba a Evans del Oriamendi y lo perseguía camino de San Sebastián. Espartero, en Eibar, intentó replegarse a Durango, pero también fue atacado. Entre Sarsfield, Evans y Espartero perdieron más de 6.000 hombres. Los carlistas habían hecho valer la única arma que en realidad tenían, que era la rapidez.

Ocurre a menudo en la Historia que el momento mejor, más dulce, cuando mejor nos van las cosas, resulta ser el principio de un cambio de orientación. Para los carlistas este cambio era necesario. Habían ganado, habían conseguido su más resonante y mítica victoria; pero ello no podía esconder el hecho de que llevaban cuatro años de guerra, el territorio y el pueblo estaban agotados, y tenían que cambiar de estrategia. La guerra tenía que salir del País Vasco. Fruto de esta necesidad son las expediciones de los carlistas.

El general Villarreal, jefe de las tropas carlistas, había aprendido de la experiencia de la guerra. Se daba cuenta de que cualquier acción importante, como un eventual tercer sitio a Bilbao, necesitaba tener a los cristinos, y muy especialmente a Espartero, despistado y ocupado en otras cosas. Qué mejor estrategia para eso que irse a Castilla a darle por saco. Sin embargo, en una cosa se equivocaron los estrategas carlistas, y supongo que a sus tataranietos no les gustará leerlo: se equivocaron al no darse cuenta de que lo que pasa en el País Vasco, no necesariamente ocurre en el resto de España.

Ellos pensaban que sus expediciones soliviantarían a la población contra Madrid. Pero lo cierto es que no fue así. No, al menos de una forma suficientemente masiva. Al no conseguir dejar el problema carlista en herencia en los sitios que pasaban, las expediciones carlistas no conseguían impedir que las tropas cristinas volviesen a su territorio cuando la expedición terminaba. Así las cosas, fracasaron rotundamente en el objetivo de descongestionar el País Vasco y Navarra y eliminar la presión que la guerra generaba sobre estos territorios.

El general García organizó una expedición a Castilla en 1837 que sirvió como test. Luego llegó la de Gómez, que se paseó por España entera, como si fuese Miguel Yndurain, durante casi seis meses. Sin embargo, la expedición de Gómez de 1837, a pesar de que a los admiradores del bando carlista les gusta mucho por lo que tuvo de chulesca y sobrada, fracasó en su intento principal, y los carlistas habrían de pagar el fracaso muy caro. Su objetivo principal era sentar plaza en Galicia y Asturias y, con el germen de los ejércitos que llevaba el general, construir en ambas comunidades autónomas un nuevo stronghold carlista, fácilmente comunicable con el primigenio a través de Cantabria, generando con ello un frente de resistencia mucho más ancho que resultase mucho más difícil de abarcar para los cristinos con las tropas de que disponían. Cuando Gómez bajó de Santiago de Compostela y tomó Córdoba (haciendo con ello, de alguna manera, el viaje inverso de los invasores musulmanes, bastantes siglos atrás) recibió la orden de intentar crear la resistencia en Andalucía, pero también fracasó. Por el camino, además, los batallones de castellanos carlistas que había formado le desertaron en gran proporción. El suelo de un carlismo no sólo vasconavarro, más identificado con el conflicto dinástico que con los intereses foralistas, se fue bastante a tomar por culo. Su fracaso se hizo patente, como ya hemos contado, cuando consiguió regresar al País Vasco y no consiguió con ello otra cosa que ponerle a Eguía, que sitiaba Bilbao, la presión de los 15.000 cristinos que le perseguían.

El Oriamendi le enseñó a los euskaldunes que les atacaba algo especial en el corazón cuando lo que estaba seriamente amenazado era su tierra. Pero también les enseñó que eso no podía ser así permanentemente. Hay una cosa que se llama en los juegos de estrategia «cansancio de guerra». Es una variable necesaria para que los juegos sean realistas y que, sustancialmente, reduce la efectividad y acometividad de las tropas conforme la fecha de los combates se aleja más de la fecha del inicio de las hostilidades; más democrático el país, más rápidamente crece el cansancio de guerra.

Como acertadamente observa Stefan Zweig al rememorar el estallido de la primera guerra mundial, los primeros soldados que van al frente siempre van abarrotando los trenes y cantando felices. Luego el tiempo pasa, los cirujanos hacen su labor serrando piernas, los funerarios la suya echando tierra sobre los sueños jóvenes, y el personal empieza a hacerse preguntas. Con el tiempo, los motivos que llevaron a la guerra, que tan netos, tan necesarios, tan inmarcesibles fueron un día, ganan en relativismo. A menudo la historiografía vasca comete el error de creerse su propio mito de que los fueros eran y son un sistema de gobierno perfecto. El nacionalismo vasco está teñido de esa suerte de pátina mítica que hace de los vascos un pueblo noble y ultrademocrático. En realidad, los vascos no se han librado de ese fenómeno connatural a las sociedades humanas, ese fenómeno por el cual el tipo que tiene pasta toma el poder y manda sobre el que no la tiene. Los fueros y las diputaciones vascas también han sido, a lo largo de la historia y al menos en parte, un método para la dominación de los acomodados sobre los menos acomodados. Los vascos tendrían que ser robots para que no fuese así. Y esto quiere decir que la defensa de los fueros, como toda defensa ideológica, tiene sus agujeros, muy pequeñitos, microscópicos, cuando las cosas van bien y el personal vive dabuti, pero que se van agrandando conforme las incomodidades y tragedias que inevitablemente provoca una guerra se van multiplicando.

En 1837, el año que en Gómez se pasea por España mirando a Espartero y citándole a Maradona al decirle «y ahora me la vas a [censored]», ese año en el que parece que el carlismo está en su fase más matona, más chula y más poderosa, se están poniendo, en realidad, las bases para esa bajada de pantalones que llamamos abrazo de Vergara.

Con todo, no fue eso lo peor. La peor cagada en materia de expediciones aún no la hemos contado. La expedición que protagonizaría el propio pretendiente Carlos in person. De nuevo, nos vamos a encontrar con ese difícil análisis de todo lo carlista: sobre el papel, hay que decir que la Expedición Real llegó hasta las afueras de Madrid, que se dice pronto. Pero, en realidad, fue un fracaso.

Lo contaremos otro día.

miércoles, octubre 21, 2009

El derecho a desenterrar... y a enterrar

Ian Gibson, escritor e historiador que ha dedicado casi toda su vida intelectual a la investigación de la figura de Federico García Lorca, ha declarado a la BBC que, si finalmente se decide no identificar los restos del poeta, se plantearía incluso marcharse de España. Éstas son sus palabras, que se pueden leer en http://news.bbc.co.uk/today/hi/today/newsid_8314000/8314605.stm:

«If the earth is put back and those remains are still there unidentified, I would have to think very carefully about whether I stay in Spain," rues Lorca's biographer, Ian Gibson. "Because this has been my life, and I think it's their absolute duty to find him. If they don't I will be disgusted.»

[«Si se echa de nuevo la tierra y los restos aún están sin identificar, yo podría tener que pensarme muy bien si seguir en España o no», se lamenta el biógrafo de Lorca, Ian Gibson. «La causa es que esto ha sido mi vida, y que pienso que es una obligación suya [creo que se refiere a los herederos de Lorca] encontrarlo. Si no lo hacen, me sentará muy mal.»]

Vaya por delante que las declaraciones de Gibson me parecen, en lo personal, de una lógica aplastante. Gibson ha dedicado toda su vida a buscar el cadáver de Lorca, además de a buscar otras muchas cosas (su huella en la cultura española, su personalidad, su valía literaria, su carácter mítico, etc.) Es, sin duda, el mayor lorcólogo, excepción hecha de autores que se han dedicado únicamente al Lorca literato. Lo que me parece mal de la crónica de la BBC no es tanto la declaración de Gibson (aunque es un poco ampuloso eso de «amenazar» con marcharse de España), como la selección de datos realizada por el periodista.

Hay algo en todo este proceso de los restos de Lorca que no encaja. La guerra civil, como hecho político, es algo cerrado hace ya muchos años. Las fuerzas republicanas comenzaron en 1956, con la declaración de reconociliación nacional del PCE, a ajustar cuentas con sus propios errores. Ese proceso continuó en los años subsiguientes y tuvo un punto muy importante en el llamado por el franquismo Contubernio de Munich, en el que curiosamente los que faltaron fueron los comunistas que en el fondo habían lanzado el proceso, y que supuso un ajuste de cuentas con sus errores de prácticamente todas las fuerzas políticas implicadas en la guerra, excepción hecha, claro, de quienes la ganaron y unos pocos más (anarquistas, algunos nacionalistas...). Quienes ganaron la guerra, conocidos en los últimos años del franquismo como el búnquer, nunca se retractaron de sus opiniones ni de su visión. Pero han desaparecido todos (Garzón los busca, pero no los va a encontrar) y, para colmo, sus hijos políticos pactaron con sus enemigos de otrora para traer la democracia; que es la peor traición que podían haber imaginado. Con la transición política, se pusieron mojones para comenzar a reparar las goteras más sangrantes de ese feo pleonasmo que llamamos memoria histórica: primero, la amnistía; después, el reconocimiento de haberes también para los militares de la República. Y, finalmente, en un proceso que probablemente ha tardado demasiado, el asunto de las fosas, que está en curso.

Hay personas, muchas personas, de multitud de ideologías, creencias y no creencias, para las cuales el reposo de los restos de sus seres queridos en un lugar conocido resulta muy importante. De hecho, éste ha sido, desde que el hombre salió de las cavernas, uno de los sentimientos humanos más intensos y socialmente respetados. Por lo tanto, es perfectamente comprensible que quien sabe, o sospecha, que su abuelo está enterrado a los pies de alguna tapia, tenga la ambición de encontrarlo, sacarlo de ahí y sepultarlo en algún lugar con más merecimientos, donde esa persona pueda ser visitada y, con ello, reconocida. Tiene, pues, mucho sentido el proceso de apertura de fosas por parte de quienes tienen ese tipo de deseos.

Pero con la familia de Lorca, cuando menos de momento y mientras no cambien de opinión, se está conculcando ese derecho. Por alguna razón que, como digo, se me escapa, parece como si algunas de las personas que tienen tan claro el derecho de algunos a abrir fosas le niegan a otros el derecho a no abrirlas; cuando, en realidad, estamos hablando de lo mismo.

¿Acaso no es el mismo derecho el de saber y el de no saber? Si nos parece imperativo que un familiar que quiera saber si unos restos son de su pariente pueda saberlo, ¿por qué no nos lo parece, equidistantemente, que otro familiar que no quiera saberlo tenga derecho a ejercitar su deseo?

Lorca es un símbolo clarísimo. No lo niego. Pero, símbolo y todo, su futuro, o el futuro de sus restos, le pertenece a su familia. No le pertenece a Ian Gibson, ni al pueblo español, ni a la asociación nosecuantitos de la Memoria Histórica, ni al Ministerio de Cultura, ni al Real Madrid. En este punto, se hará lo que la familia quiera. Si quiere que se desentierre la fosa donde un día le contaron a Gibson que está Lorca, y otras tantas donde creo también se sospecha que podría estar, se desenterrará. Si no, no. Y si, una vez encontrados los restos (tal vez porque hay más parientes de más víctimas y, por lo tanto, la decisión de abrir la fosa no les pertenece sólo a ellos), la familia quiere dar muestras de ADN para un chequeo comparativo, se hará. Y si no quieren, no se hará. Y este es un proceso en el que ninguno de los demás votamos.

A mi modo de ver, el reportero radiofónico británico debería haber prestado algo menos de atención al lógico cabreo del eterno buscador de Lorca, y haber destacado más la prelación absoluta del deseo de la familia. Además, en su crónica tampoco se aprecian demasiados esfuerzos por averiguar cuáles son las razones que han llevado a los Lorca a no apoyar la exhumación y comprobación de sus restos. El cronista se limita a exponer que los Lorca consideran que identificar los restos de García Lorca no cambiará en nada su legado (y a anotar, más adelante, el miedo que tienen a que dicha exhumación se convierta en un circo mediático) para, a continuación, extenderse un poco más sobre otros motivos aducidos por personas que son identificadas como «críticos» (¿en qué momento exactamente se les olvidó a los periodistas que una fuente debería tener siempre nombres y apellidos?), entre los que cita una historia bastante rocambolesca: la familia García Lorca habría pactado con Franco, muchos años atrás, el traslado de los restos del poeta.

A la dicha teoría, Laura García Lorca contesta más o menos que es una gilipollez. Y, verdaderamente, lo es. ¿Qué motivo tendría Franco para pactar con los Lorca, obviamente en vida del dictador, un traslado de los restos a otro lugar? El único que se me ocurre es que Franco temiese que España fuese algún día como es hoy, es decir, estuviese gobernada por sus enemigos que se dedicasen a hacerle la puñeta. Pero es que yo creo que hay que ser muy iletrado en Franco y sus sinapsis neuronales para llegar a pensar que alguna vez pensó que esto sería así. Franco siempre pensó que todo quedaba atado y bien atado y que, en consecuencia, en el año 2009 todavía estaríamos en Cuéntame.

No obstante, el cronista le dedica cierto espacio a la dicha teoría, y concluye con una frase que es un monumento a la objetividad periodística: «Ella [Laura García Lorca] sonó [al negar la teoría] convincente y sincera, pero hasta que la tumba no se abra no puede estar más cierta que cualquier otro». Yo no sé si es que el periodista quiere insinuar que hay que abrir la tumba de Lorca sí o sí porque lo mismo Franco se llevó el esqueleto de allí; pero si es así, ya vamos dos a cero: además de los deseos de Gibson, el periodista introduce los suyos propios por delante de los de la familia. Y eso lo hace, además, poco tiempo antes de admitir que, aunque se abra una zanja del tamaño del Guadalquivir, no hay garantía alguna de que los restos sean finalmente localizados, porque las probabilidades son 50/50. Y, no contento con todo esto, el cronista informa a la familia de Lorca en su crónica que, si finalmente decide no identificar los restos de Lorca, en España se montaría la mundial (all hell would break loose).

Such is life. And journalism.

Existiendo medios y posibilidades, la decisión de exhumar los restos de Juan Español pertenece a los bisnietos de Juan Español. Con las mismas, los bisnietos de Juan Español tienen perfecto derecho a decidir no hacer nada. Que eso le escueza a Ian Gibson y/o a la BBC debería ser un dato secundario.

Dejen en paz a los Lorca con la decisión que tomen, cualquiera que ésta sea.

lunes, octubre 19, 2009

Spain betrayed


Alguna vez en los comentarios públicos que los lectores dejáis a los post, y sobre todo en los privados que enviais a la dirección de correo electrónico, os quejáis de que no sea yo muy dado a aportar bibliografía. La explicación es siempre la misma y es que muchas de mis fuentes son libros hoy descatalogados y que por lo tanto no se venden en las librerías al uso, sino que han de ser encontrados en las de libros usados. En ocasiones se trata de libros muy difíciles de encontrar y, por lo tanto, trato de evitar la frustración de recomendar lecturas que luego el lector no puede hacer.

El libro que hoy os quiero comentar, sin embargo, es un libro de acceso bastante sencillo (yo lo compré de segunda mano en Amazon, además bastante barato); aunque tiene el handicap de que, que yo sepa, no ha sido editado en español. Este detalle, además, nos sirve para darnos cuenta de que, por mucho que se haya escrito y editado sobre la guerra civil española, aún quedan cosas dichas y por decir que debemos descubrir. Porque este libro, sin llegar a ser una revolución del conocimiento, sí es un libro que ayuda a entender muchas cosas de la guerra civil y atacar algunos de sus mitos.

La obra se llama Spain betrayed. The Soviet Union in the Spanish Civil War, y lo firman Ronald Radosh, Mary B. Habeck y Grigory Sevostianov. Está editado por la universidad de Yale en una colección muy interesante llamada Annals of the Communism, de la que tal vez traigamos a colación otros títulos en el futuro.

He dicho que el libro lo firman Radosh y sus dos colaboradores porque, en realidad, sus autores son otros. Sus autores se llaman Voroshilov, Codovilla, Marty, Ehrenburg, Walter, Kleber, Mije, Díaz. Y Stalin, al fondo, como una presencia permanente. Y esto es así porque el libro no es sino el compendio de unos 80 documentos guardados en los archivos de la URSS, que pudieron ser conocidos a partir de la década de los 90, referentes a la guerra civil española. Aunque cada grupo de documentos va precedido de un breve comentario de los editores, lo jugoso, en realidad, es leer los mismos. Su lectura es, ciertamente, muy interesante, aunque, siendo sincero, no se la recomendaría a personas no muy duchas en la marcha de la guerra civil porque, como cartas, memorandos e informes que son, dan por sabidas unas cuantas cosas que el libro no va a explicar. Como documentos internos que son, estas cartas están además exentas de la rigidez mentirosa de lo oficial. Los comunistas que las escriben son, por supuesto, comunistas convencidos, así pues no encontraréis en ellas ninguna vacilación a la hora de creer en los mensajes de Stalin. Pero sí encontraréis hechos hasta cierto punto inesperados, como las críticas entre comunistas, en ocasiones despiadadas, tan despiadadas como para destacar de un camarada su excesiva afición a la bebida o su pederastia, y la sinceridad de muchos análisis.

Otro consejo: si, por casualidad, eres adicto a la teoría historiográfica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, según la cual la España republicana era un régimen de hombres virtuosos que ocupaban su tiempo en recoger florecillas por el campo mientras recitaban églogas escritas por Azaña que exaltaban la bondad natural del ser humano, cuando fueron violentamente atacados por un grupo de matones al borde la antropofagia; si crees esta teoría, digo, mejor no me hagas caso y no lo leas. No te va a gustar. Esta teoría, por cierto, tiene otra teoría gemela, llamada Ricitos de Oro contra Marxistéitor, que fue la imperante durante los años del franquismo y hoy ha sido desempolvada en libros de curioso éxito editorial.

Como nos recuerda Radosh en el prólogo de su libro, una de las verdades históricas que ha sido aceptada durante medio siglo sin oposición es la idea de que la intención de Stalin al ayudar a la República española fue parar al fascismo. En una Europa de posguerra que efectivamente había parado al fascismo, esta teoría, que quería ver en la guerra civil un primer asalto que ganaron Hitler y Mussolini por culpa de la inanidad de los que finalmente se aliarían con Stalin para derribarlos, tenía plena lógica.

Con los años, sin embargo, hemos ido sabiendo cosas. La primera de ellas, que lo que llamamos ayuda, en realidad, no fue tal. Si una anciana se cae en la calle y yo la levanto, la estoy ayudando; pero si cuando ya está levantada le exijo que me pague 30 euros, entonces ya no le estoy ayudando, sino dando un servicio a cambio de pasta. Stalin cobró por cada bala, por cada fusil, por cada avión que envió a España. Además, si hemos de creer a quien mejor ha estudiado estos envíos, el historiador británico Gerald Howson, en muchos casos infló los precios y en otros envió material de desecho; de hecho, hasta crearon una relación de cambio especial rublo-dólar para las ventas de armas a la República. La pretendida ayuda de Stalin, pues, fue una simple y pura venta de armas y, en ocasiones, un atraco, nunca mejor dicho, a mano armada. Por cierto: Hitler y Mussolini también pasaron factura.

Stalin, además, y de esto es de lo que va en gran medida este libro, exigió otra cosa a cambio de su ayuda. Envió a España toneladas de asesores y algo que podríamos considerar conseguidores políticos, como el celebérrimo embajador Rosemberg o el cónsul en Barcelona Antonov-Oovsenko. Todos ellos se convirtieron en ejecutores y guardianes de la lenta conversión de la República española en una República Democrática de los Trabajadores, al estilo de las que la Internacional staliniana quería implantar.

De esto va a este libro. Ésta es la historia que se puede reconstruir leyendo los documentos, que están cronológicamente ordenados. Su lectura, por otra parte, despierta en el lector, o al menos en este lector, el tipo de sentimiento encontrado que provocan siempre este tipo de documentos tan directos. Por un lado, se aprecia el intento por hacerse con la España republicana en aras de unos intereses superiores, lo cual es criticable. Pero, por otro, hay momentos en los que llegas a comprender a los comunistas que escriben los textos. Es cierto que uno siempre piensa que es la hostia, así pues las afirmaciones que se hacen en los documentos sobre lo puta madre que son los comunistas y lo puta mierda que son todos los demás hay que ponerlas en salmuera. Pero por mucha salmuera que pongamos, llega un momento en el que es muy difícil no reconocer que el comunismo soviético era, claramente, la fuerza mejor organizada de aquella República y, además, la que tenía las ideas más claras. Desde el primerísimo día de la guerra, los comunistas tuvieron claro que la prioridad era ganarla. Frente a ellos, el otro gran grupo organizado, los anarquistas, se dejó de llevar por su histórica propensión a pensar en plan chorras y defendió la idea de que guerra y revolución eran fenómenos paralelos que se podían llevar a cabo al mismo tiempo.

En sus cartas, los comunistas se desgañitan sobre dos aspectos importantísimos. El primero, el cachondeo organizativo que era la República en los primeros meses de la guerra, donde no había gobierno, las milicias campaban por sus respetos, los catalanes tiraban para allá, los vascos para allí y el resto para ninguna parte, porque bastante tenían con parar a Franco, que llegaba del sur con el cuchillo de capar en la mano. De hecho, como bien sabemos, fueron ellos, o más bien sus brigadas internacionales, los que pusieron los medios para que el partido de Madrid se pudiese ganar finalmente gracias a un triple de chorra metido con la nalga izquierda.

El segundo aspecto es la industria de guerra. Las guerras las ganan siempre ejércitos con buenas retaguardias. Si el día D las tropas aliadas no hubiesen estado seguidas por barcazas con suficientes bocadillos de chope y cartuchos para seguir disparando, los alemanes no habrían tardado demasiado en verles el culo. Hay incluso algún que otro autor que ha escrito que una de las razones por la que Hitler perdió su guerra era su acendrado machismo, que le llevó a sustituir a los alemanes que dejaban las fábricas, no con mujeres que es lo lógico, sino con viejos y prisioneros de guerra, mucho menos productivos. Los documentos de este libro vienen a confirmar que, pese al moderado optimismo mostrado por algunos comunistas en los últimos meses de la guerra (cuando ya lo controlaban más o menos todo), la industria de guerra republicana nunca llegó a funcionar ni medianamente bien. Echan pestes hacia el igualitarismo anarquista, que fue un cáncer para la producción. Los anarquistas, como no creían en el dinero, donde no lo abolieron establecieron el igualitarismo salarial, según el cual todo dios en una empresa cobraba lo mismo. El resultado es inmediato: quienes tendrían que tomar decisiones dejan de tomarlas, puesto que ya no las cobran.

En términos generales, los comunistas, en los primeros meses de la guerra, muestran una sensibilidad política y estratégica de la que la España republicana carecía por completo. En uno de los documentos publicados en el libro, por ejemplo, abogan por que la República afirme su total respeto hacia todas las creencias religiosas, para así contrarrestar las campañas antirrepublicanas existentes en Reino Unido y Francia, sistemáticamente adornadas con fotos de momias de monjas desenterradas, imágenes sagradas destruidas y otros actos similares.

Para los comunistas, en 1936 y principios de 1937, lo fundamental es crear un ejército republicano, uno solo, y terminar con el cachondeo de las milicias de partido haciendo cada una una guerra distinta, como demuestran hechos vergonzosos como el Pacto de Santoña. Ellos tenían un modelo, que era el soviético, basado en la institución del comisario político de unidad, una especie de guardián revolucionario de la pureza ideológica de soldados y, sobre todo, mandos. Eso, más la institución de las levas obligatorias (cosa en la que les doy la razón), tenía que ser el primer paso para la organización de un ejército jerarquizado, disciplinado y, consecuentemente, potente.

En sus intentos, sin embargo, chocaron con un problema: Francisco Largo Caballero. Largo era un político básicamente oportunista. Tendría sus ideas, no lo niego. Pero las moldeaba al gusto del momento, según le iba el punto o le convenía. Cuando llegó el dictador Primo de Rivera y le ofreció el monopolio sindical en detrimento de la CNT, no dudó en ser consejero de Estado de una dictadura (dato éste que las historias del PSOE hechas por el PSOE no suelen abordar). Luego, cuando llegó la República, se decidió por hacerse revolucionario y tratar de procurar para España la dictadura del proletariado, momento en el que se dejó llamar El Lenin Español y cortejar por las fuerzas marxistas. Pero cuando fue nombrado presidente del gobierno, del llamado ampulosamente Gobierno de la Victoria (aunque en realidad fue el Gobierno de la Huida, porque salió echando hostias para Valencia cuando creyó perdido Madrid), se dio cuenta de los planes comunistas de okupar las estructuras de poder de la República, y les puso proa aliándose con los mismos anarquistas a los que había dado por donde amargan los pepinos durante la dictadura militar.

Con Largo al frente del gobierno de la República, los comunistas se las prometieron muy felices. ¿Qué le podía negar el Lenin Español al Stalin Auténtico? Pues muchas cosas. Largo tenía su propia visión de la guerra y empezó a no hacer caso de los consejos que recibía de los asesores soviéticos; lo más probable no es que tuviese visiones distintas, sino que temía su hegemonía o, más en concreto, temía que le diesen de lado (que es exactamente lo que acabaron haciendo). Un buen día, en escena repetida en muchos libros, se labró su desgracia echando a gritos al embajador Rosemberg de su despacho. A partir de entonces, los comunistas tuvieron muy claro que tenían que acabar con él, y lo que hicieron fue segarle la hierba debajo de los pies. La documentación recogida en el libro de Radosh et alia describe muy bien cómo los comunistas hicieron de los asesores militares de Largo, y sobre todo el general Asensio, el objetivo de sus ballestas. La ocasión se la pintaron calva con la pérdida de Málaga, un fracaso militar que adjudicaron a las presuntas intenciones traidoras de Asensio, aunque hay quien piensa que Málaga se perdió precisamente porque en las unidades republicanas los militares de oficio mandaban más bien nada, así pues la defensa fue un desastre.

Tocado Asensio, los comunistas cerraron una alianza con otro ilustre veleta de la política española: Indalecio Prieto. Este verdadero político polivalente, que lo mismo valía para comprar armas para la Revolución de Asturias que para ser la gran esperanza de un gobierno moderado tras el nombramiento de Azaña como presidente de la República, acabó seducido por el conde Duku y el lado oscuro de la Fuerza y, en célebre consejo de ministros, cuando los dos comunistas del gobierno se le pusieron de canto al presidente Largo, se alió con ellos y dijo que sin los comunistas él no seguía, forzando con ello la caída de su camarada y suponemos que no demasiado amigo.

Lo que siguió fueron los famosos sucesos de mayo de 1937, en los que un enfrentamiento entre gobierno catalán y anarquistas por el control de la central telefónica degeneró en varios días de guerra dentro de la guerra, guerrita que perdieron los anarquistas y sus aliados del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), consolidando con ello, definitivamente, el enorme peso de los comunistas dentro de la estructura de poder de la República; peso que ya era bastante evidente teniendo en cuenta que la URSS era el único país que estaba ayudando (a cojón de mono el kilo de balas) a la República. Cataluña, además, era un modelo para los comunistas, porque ahí se había hecho lo que ellos querían hacer en toda España, esto es unificar a socialistas y comunistas en el hoy mortecino (considerando aquel nivel de poder, me refiero) PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña).

El problema de los comunistas es que se hicieron con el control de la partida cuando ya era demasiado tarde. Desde mayo de 1937, está al frente del gobierno de la República el tercer gran socialista de la época, Juan Negrín, de quien lo más flojito que podemos decir es que era mucho más proclive que cualquier otro a escuchar a los comunistas (o al menos eso dicen ellos mismos). Pero un mes después de haber conseguido mandar a Caballero al carajo y de haberle enseñado a los anarquistas que tenían de sobra para encenderles el pelo, los nacionales tomaron Bilbao y, en los meses siguientes, volatilizaron el frente del Norte. La guerra civil, de alguna forma, terminó ahí.

De alguna forma, la relación de fuerzas tras el golpe de Estado había quedado repartida: la República se quedó con la parte de España más productiva y moderna económicamente; mientras que Franco y los suyos se quedaron con las zonas tradicionalmente productoras de manduca. La torpeza de la República a la hora de aprovechar sus recursos productivos, como denuncian los comunistas, fue crítica para la guerra. Había embargo, sí. Lo cual quiere decir que no se podían comprar balas. Pero se podían comprar, con mucha más facilidad, metales, elementos químicos, o sea lo necesario para fabricarlas. España, además de comprar balas, podía fabricarlas. Pero si la fábrica había sido colectivizada y allí todo cristo cobraba lo mismo, es lógico que la producción fuese de puñetera angustia.

Con la caída del Norte, esa relación de fuerzas se acaba. Franco, desde aquel momento, tuvo en su poder una de las zonas más productivas de España, el eje Irún-Oviedo. A mi modo de ver, el día que cayó Bilbao y los franquistas se hicieron con la ría y sus industrias, ya la única esperanza de la República era que estallase la segunda guerra mundial (y eso, sin mediar un pacto rojo-nazi como el del 38).

Aceptando barco como animal acuático y dando la razón a quienes consideraban que lo que la República necesitaba era un control comunista, éste, como digo, llegó, en todo caso, tarde.

Hay otro aspecto de la historia de la guerra civil de interesantísima lectura en este libro: las brigadas internacionales. La imagen que las cartas, informes y memorandos dan de estas unidades tiene poco que ver con lo que nos dice el mito floreado de unos combatientes plenamente identificados con España y su lucha. Lejos de ello, hay muchos elementos sorpresivos:

En primer lugar, los informes sobre la materia respiran un ambiente de amplia, amplísima, desconfianza mutua entre españoles e internacionales. El general Walter, por ejemplo, tomando una postura pro española, se queja de que, allá por 1938, cuando más de la mitad de las BI ha tenido que ser reforzada con soldados españoles, aún los mandos siguen siendo aplastantemente no españoles. En el otro lado, en un larguísimo y jugosísimo informe, el general Kléber se queja de que las BI son siempre enviadas a lo peor de las batallas y que nunca se les provee de descansos. Un informe recogido al final del libro (eso quiere decir al final de la guerra, poco antes de que las BI salieran de España) insinúa deserciones masivas en estas unidades. Las cartas, por lo demás, refieren sin ambages, varias veces, la convicción de muchos internacionalistas en el sentido de ver al soldado español como una especie de medio soldado que no sabe luchar. Walter incluso insinúa discriminaciones de los soldados españoles a la hora de ser tratados por los servicios de las BI.

En segundo lugar, también afloran las diferencias entre los propios internacionalistas. Los franceses no salen bien parados. En otro punto, se habla de los polacos como pandas de borrachos. Se insinúa la existencia de sentimientos antisemitas. Los informes de los comunistas se desgañitan recomendando la concentración de nacionalidades en unidades propias. El argumento fundamental es el idioma, pero es posible que también se quieran evitar otro tipo de problemas.

En tercer lugar, parece haber un enfrentamiento nada larvado entre mandos de batalla y mandos de retaguardia. Los informes que leemos en el libro son los de estos primeros, y son muchas las referencias al headquarters de las BI en Albacete, al que acusan de estar acromegálicamente burocratizado y ajeno a la guerra.

En todo caso, la imagen de las BI que instilan estos informes en sus últimos meses en España, unidades formadas por soldados absolutamente quemados, que llevan toda la guerra luchando casi sin descansos, sin ropa adecuada, con un armamento de mierda, sucios, experimentando deserciones un día sí y otro también, está bastante lejos de lo que estamos acostumbrados a pensar de ellos.

Por último, una cosa que merece la pena leerse es uno de los últimos informes del libro, en el que uno de los asesores soviéticos le cuenta a Moscú una conversación con el presidente Negrín. En dicha conversación, según se nos refiere, Negrín aborda el asunto de cómo sería España al día siguiente de que la República ganase la guerra. Digamos que no es muy coherente con la idea de que la República luchaba para defender la democracia.

Negrín es partidario, según este informe redactado por un tal Marchenko, de crear un frente nacional, teniendo en cuenta que la unión de socialistas y comunistas es imposible por la oposición de algunos socialistas. De hecho, Negrín le dice a Marchenko que la única opción lógica sería la absorción del PSOE por el PCE [sic. Véase la página 498 del libro]. Propone Negrín la adscripción al frente nacional de militares republicanos sin adscripción política, entre los que cita al coronel Casado. Como se ve, a Negrín los servicios de inteligencia le funcionaban como un reloj.

Otra cosa que dice Negrín es que, en la España de después de la guerra y mediando victoria de los suyos, «no habría retorno al parlamentarismo», y «no sería posible el retorno al libre ejercicio de los partidos como en el pasado, porque en ese caso la derecha podría forzar su camino hacia el poder». «Esto significa», anota Marchenko, «que se necesita o bien una organización política unificada [partido único; la aposición es mía] o una dictadura militar [las cursivas también son mías]». Respecto a Cataluña, Marchenko pone en boca de Negrín el reproche de que la Esquerra en el gobierno autónomo «intenta regresar a la situación de antes del 18 de julio», es decir la autonomía, «lo cual no ocurrirá» porque «la burguesía no va a recobrar sus posiciones».

Todo muy democrático.

jueves, octubre 15, 2009

La gran guerra vasca (4)

El fracasado sitio de Bilbao no es un episodio crucial en la guerra vasca, pero sin embargo tuvo grandes repercusiones en la guerra carlista. La muerte de Tomás de Zumalacarregui dejó vacante el puesto de comandante general de las tropas carlistas, y la designación de sucesor terminó por aflorar un problema que ya existía antes de la muerte del caudillo militar vasco, aunque de una forma más larvada: el enfrentamiento entre carlistas foralistas y lo que podríamos denominar (malamente) carlistas castellanos.

Las dos grandes tendencias del carlismo son los fueros y el altar. Ambas se interpenetran. El nacionalismo vasco ha sido hasta antesdeayer un nacionalismo católico; pero de un catolicismo ultramontano y anticuado como pocos. Por su parte, el tradicionalismo religioso español siempre ha gustado de lo medieval, entre otras cosas los derechos forales, algo que no necesariamente tiene que ser así. Así pues, foralismo y catolicismo son ambas formas de pensar que se han dicho cositas durante mucho tiempo. Pero son distintas. Uno de los problemas del carlismo fue la pretensión, hasta cierto punto incierta, de que las dos cosas se podían convertir, y se habían convertido, en una sola. Ni de coña. El carlismo victorioso de 1939 sacrificó el foralismo euskaldún sin un suspiro, de la misma forma en que, desde 1936, el foralismo vasco se alineó en un bando guerrero que prohibía en la mayor parte del país la práctica de la religión católica. La teoría carlista decía que todo eso se superaba, se sintetizaba, en la Corona, esto es en la figura del pretendidamente auténtico heredero de los derechos dinásticos. Pero esa pretensión es muy débil. En realidad, aunque el carlismo lleve como nombre una pretensión dinástica, dicha pretensión es la parte más débil del conjunto.

La vertiente catolicista del carlismo decimonónico quería sustituir a Zumalacarregui por el cura Merino. Sin embargo, la existencia en el ejército carlista de tres herederos naturales del mando por ser tenientes generales (Moreno, Maroto y Eguía) dificultaba esa decisión. Así las cosas, el entorno de Don Carlos optó por apoyar a Moreno, mientras que los militares vascos, en su gran mayoría, prefirieron a Maroto. Eguía quedaba inicialmente descartado por su avanzada edad. Finalmente, el designado fue Moreno. Sin embargo, muy pronto el nuevo comandante general demostró adolecer de un defecto gravísimo para un militar en guerra: la pasión por obtener victorias con rapidez.

Quizá obsesionado con la idea de apuntarse un tanto pronto, idea que en sí misma demuestra que el propio Moreno no se sentía ni mucho menos el commander in chief indiscutido de todos los carlistas, arrastró a las tropas de Don Carlos, y al pretendiente mismo, al desastre de Mendigorria, donde bien pudo quedar el carlismo enterrado para los restos, si no llega a ser por la valiente y desesperada acción de los batallones alaveses. Así pues, finalmente, hubo de ser un vasco, un viejo vasco antiliberal como Eguía, el que tomase el mando. En realidad, el viejo teniente general estaba eso, viejo y achacoso. Pero tenía a su lado al más joven Bruno Villarreal, un militar alavés que tal vez no fuese gran cosa a la hora de guerrear pero que, sin embargo, se vestía por los pies a la hora de organizar ejércitos y que, consecuentemente, multiplicó los efectivos de las tropas carlistas justo en el momento en el que los estrategas cristinos habían diseñado un plan para empantanar a las tropas carlistas muy dentro de las tierras vascas.

El gran éxito de Villarreal, con todo, también fue su gran problema. Porque los ejércitos nutridos, para serlo, tienen que dejar de ser milicias. Hasta la muerte de Zumalacarregui, las tropas carlistas vascas habían sido, en realidad, milicias basadas en la fidelidad ideológica de los combatientes (un modelo que se repetirá en 1936 con las milicias republicanas anteriores a la formación del llamado Ejército Popular de la República) pero con elementos de flexibilidad desconocidos por un ejército. Muchos voluntarios carlistas, por ejemplo, abandonaban sus unidades durante algunos días para regresar a sus casas y reponer fuerzas. Con el tándem Villarreal-Eguía llegan las levas forzosas; y cuando un mozo es forzosamente movilizado, no se le pueden dar tales flexibilidades porque desertaría. El ejército carlista, pues, se convirtió en un ejército permanente, acuartelado y disciplinado.

En el verano de 1936, la guerra carlista toma muy mal cariz para los cristinos. El comandante general del ejército, Fernández de Córdoba, dimite por razones políticas, siendo sustituido por Espartero. El general carlista Gómez, en ese momento, rompe el cerco de fortines que teóricamente protege a la España cristina y cruza el Ebro. Envió Espartero contra Gómez a su división de reserva, mandada por Tello, que fue derrotada; motivo por el cual tuvo que echar mano de la división de Alaix y reducir su capacidad operativa en el País Vasco, con lo que los carlistas se volvieron de nuevo hacia la perla, o sea Bilbao. El 14 de septiembre, en Durango, Zabala, Valdespina, Epalza y Landaida, los cuatro integrantes de la Junta carlista de Vizcaya, convencen a Bruno Villarreal de la necesidad de intentar de nuevo ir a por Bilbao. El 23 de septiembre fueron los primeros disparos. En el segundo sitio de Bilbao participaron tropas bizcaitarras, donostiarras, alavesas, castellanas y aragonesas.

Durante el sitio 2.0, la probabilidad carlista de triunfar fue aún más remota que en el sitio 1.0. En el ínterin, los bilbainos habían construido baluartes exteriores a la ciudad desde donde hostilizaron a la artillería enemiga, obligándola con ello a disparar desde muy lejos. El 27 de septiembre por la noche intentaron una toma por sorpresa por Diente, pero fueron descubiertos.

El sitio de Bilbao 2.1 se produjo pocos días después, cuando Espartero, que había llegado en auxilio de la plaza, se marchó de nuevo hacia Logroño, donde los cristinos tenían problemas, motivo por el cual los carlistas, ahora al mando de Eguía, volvieron a la carga. Empezó el 9 de noviembre y en él los carlistas, que habían aprendido la lección, atacaron no la ciudad, sino sus baluartes. Acabaron por tomar el más importante de ellos, el de San Mamés, cuyos defensores suponemos que se batirían como leones (chiste fácil).

El día 17, los carlistas abordan la fase más complicada del sitio, que es la escala del muro de la ciudad o su agujereamiento, concentrando su fuego en el convento de San Agustín. Entraron a la carga tres veces, pero fueron rechazados otras tantas. El día 22 sometieron al convento a tal mano de hostias artilleras que varias porciones del edificio se derrumbaron. Los carlistas se tiraron a los boquetes en fila de a siete, pero fueron nuevamente rechazados. Parece bastante obvio que los fueristas nunca ponderaron en su justa medida lo terco que puede llegar a ser un bilbaino cuando se siente amenazado (aunque en su defensa cabe decir que ni de coña han sido los únicos).

Un militar carlista, Pedro Juan de Arana, dejó un diario de aquellas acciones. Su lectura nos deja claro hasta qué punto la armada carlista no era aún un ejército en toda su extensión. Hablando de las acciones del día 22, por ejemplo, informa de que el general, tras el cañoneo contra el monasterio, ofreció «voluntariamente al que quisiera que salga para asalto», y que, al ver que apenas tres mandos daban un paso adelante, «quedó penao [sic] porque decía si los paisanos de él no le acompañaban, que si le había dicho a cualquiera de los batallones de Navarra todos que habían salido, y después le fueron que irían todos y entonces les dijo que no quería (...)». El relato de Arana no es propio de un ejército que de tal se repute. O sea: ¿quién quiere atacar? ¿Nadie? Pues qué cabrones sois, porque si se lo digo a los navarros... ¿Ah, que ahora que os digo que los navarros sí atacarían, decís que atacáis? ¡Pues ya no os ajunto!

Algunos días después, en medio de la vuelta-no vuelta de Espartero (pues al general le gustaba ir bien pertrechado de hombres y, aunque disponía de 15.000, dijo que hasta que no reuniese 5.000 más no haría nada en Bilbao) los carlistas se infiltran en el convento de San Agustín. A las dos de la tarde, los guardianes del edificio salieron despavoridos hacia Bilbao anunciando que el enemigo había entrado. Los bilbainos, que suelen profesar la filosofía de que los grandes males demandan remedios aún peores, viendo que no podían desalojar a los carlistas del convento, resolvieron quemarlo con ellos dentro. Así pues, los invasores se hubieron de refugiar en una pequeña porción del lugar libre de fuego, y no pudieron entrar en Bilbao.

Días después, en el valle de Asúa, se produjo la batalla de los hermanos Marx, en la que Espartero cargó contra los carlistas, casi al paso, en una carga de caballería caótica y medio cachonda en la que las formaciones se rompieron antes de llegar al enemigo, entre otras cosas porque el enemigo, y nunca he logrado leer una explicación convincente de por qué, salió echando hostias antes del embate. Una batalla, pues, que no ganó nadie, sino que perdieron ambos contendientes. Muy español.

Llegada la Navidad del 36 los carlistas, que se habían convencido de la inoperatividad de Espartero, licenciaron a muchos soldados para que regresaran a sus casas a esperar al olentxero y se dispusieron a pasar las fiestas a las puertas de Bilbao, tocándose los huevos. Sin embargo, en esos días regresó Gómez de su paseo por la España cristina, con 15.000 cristinos mordisqueándole el rabo. Así, en la mismísima Nochebuena, Espartero recibió los refuerzos que necesitaba, tomó el puente de Luchana, se llegó hasta Bilbao y puso a los carlistas en huída.

Ahora Espartero tenía tropas. Se podía plantear destruir la capacidad militar del carlismo o, cuando menos, del foralismo. Él pensaba que lo que el destino dictada era que el carlismo desapareciese en las laderas del monte Oriamendi. Lo que no sabía, sin embargo, es que cabalgaba hacia el más grande mito del carlismo.

miércoles, octubre 14, 2009

Pensar como Franco: the solution




Bueno, pues aquí está la foto, tal y como la publicó la prensa en noviembre de 1975: el despacho de Franco tras su muerte, con la mesita y las tres fotos dedicadas que el Caudillo había decidido dejar para la posteridad.

Quiero, antes de nada, decir que difícilmente se me ocurrirá una adivinanza más divertida. Me lo he pasado en grande leyendo vuestras cábalas. Al principio tuve un poco de miedo porque si repasais los mensajes veréis que el segundo del hilo, en el que nuestra amable corresponsal citaba a su marido entendido en Historia (dile que se pase por aquí cualquier día), el tal marido se marcaba dos bull's eye como dos soles. Pensé: estos cabrones van a dar con la solución antes de que yo me vuelva a duchar.

Y de hecho lo hicisteis, porque no pocos de vosotros avizorasteis que el tercer personaje, considerando lo católico que era Franco, tenía que ser un Papa. Aunque la cosa tenía su truco.

Eso sí, le doy un premio especial a quien propuso a Sofía Loren. La imagen de Franco en su despacho mirando un retrato dedicado de Sofía Loren, lo confieso, me ha perseguido estos últimos días, lo cual ha hecho que fuese riéndome por la calle. He desbarrado bastante y, bajando por la cuesta, me imaginaba al rey espiando en su despacho una foto de Marta Sánchez; o a Zapatero suspirando frente a la foto dedicada de Natalia Verbeke; o a Rajoy ponderando ante Soraya las beldades bien expresadas en la foto dedicada de Norma Duval.

Veamos. Felicidades a casi todos, porque apostasteis por Eisenhower. El de Eisenhower es, sin lugar a dudas, el abrazo de más fuste internacional que jamás dio Franco, y parece lógico que guardase su foto dedicada como oro en paño. Además, conociendo al general, seguro que sentía una íntima solidaridad con Ike, pues ambos, dentro de su cabeza, seguro que eran la vanguardia de la lucha contra el comunismo internacional.

El segundo nombre de los fáciles no era tan fácil. Aunque sí si se piensa un poco. Tener una foto de Marcelo Caetano, dictador portugués, sería para Franco como tener la foto de un colega. Además, Franco y Caetano con seguridad tuvieron muchas y grandes relaciones, como compete a dos países con regímenes del mismo color que, además, están situadas en la misma planta del rascacielos del mundo.

Pero luego está la tercera. Muchos disteis, como digo, con la clave de que tenía que ser un Papa. Pero, si no recuerdo mal, el único nombre que se manejó en los comentarios era el de Pío XII. Dicho de otra forma: acertábais al considerar que Franco tendría la foto de un Papa, pero, al mismo tiempo, estimabais que tendría que ser uno tan ultramontano como el propio Franco. Ahí estaba la dificultad, porque, sin embargo, la foto es de Juan XXIII, el reformador del concilio vaticano. Franco, si no ando muy equivocado, vivió a tres papas: Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Desde luego del último no tendría una foto, porque le puso la proa con los fusilamientos y los procesos de sus últimos años. Pero tenía razón nuestro comentarista al considerar que, entre los otros dos, el más lógico es Pío. Pero, no. Franco tenía la foto de Juan XXIII, lo cual, de alguna manera, venía a decir que, de los papas que había conocido, era el que más admiraba (o tal vez el único que le dedicó una foto, que resulta difícil de creer).

Lo que yo me pregunto es: y, ahora, ¿dónde estarán esas fotos?

martes, octubre 13, 2009

Desfiles pacíficos

Menudo follón se ha montado con el desfile de la Fiesta Nacional y los abuchecos al presidente del gobierno. Alberto Ruiz Gallardón, esa luminaria de la gestión municipal según la cual, si un tráfico rodado pasa por las vías A, B y C, no pasa nada porque se hagan obras simultáneas en las vías A, B y C, ha sido oportunamente cazado por las cámaras de la televisión española dorándole la píldora a su presidente y afeándole la conducta a sus administrados.

A mí, sinceramente, me cuesta entender el argumento gallardonita, si es que lo he entendido bien. Parece ser que dice don Alberto que cuando una celebración lo es de Estado, no se debe abuchear a alguien en concreto. Si como digo entiendo bien el argumento, esto viene a querer decir que sólo debes abuchear a un político en un acto que organice él o ella. Este argumento, como digo, me mueve a dos consideraciones.

La primera es: ¿por qué, entonces, el presidente del gobierno permite ser aplaudido en actos de Estado? Si los actos de estado, Gallardón dixit, no están para expresar la volición del personal respecto de sus políticos, tan delito es mandarlos al carajo como aplaudirles y decirles ¡presidente, presidente!, tal y tal. Así las cosas, ¿será que un acto de Estado es como la misa católica y hay que estar en ellos de pie y calladitos hasta que el cura nos dé la palabra?

La segunda: ¿es delito, por lo tanto, expresar tanto el apoyo como el rechazo hacia el gobierno, cualquier gobierno, en actos no partidarios como los funerales de Estado? ¿Y los partidos de fútbol? Porque a la final de la copa va al presidente del Gobierno, pero es obvio que no la organiza. Dado que no la organiza él, parece ser que es una falta de respeto, Gallardón dixit, aplaudirle o abuchearle.

En todo caso, la función de estas pequeñas notas es tranquilizar a nuestro presidente con un argumento que creo yo algo más sólido que los esgrimidos por el pelotilla municipal ayer en la mañana mientras desconocía, o tal vez sabía muy bien, que estaba siendo grabado. Zapatero, quédate tranquilo, que los desfiles que has vivido tú son juegos de niños al lado de los que han ocurrido en el pasado.

Quizá el desfile conmemorativo más encabronado que se ha vivido en España, que es el que quiero recordar aquí, es el producido el 14 de abril de 1936 en el mismo escenario que ayer, es decir en el paseo de la Castellana. Claro que, en aquel entonces, como en España todavía no se había inventado a Alberto Ruiz Gallardón para que diese por saco, la parada tuvo como escenario las cercanías de la plaza de Colón. De aquella, además, lo que hoy conocemos como plaza de Cuzco era poco menos que un secarral.

El 14 de abril de 1936 se celebró una parada militar para conmemorar los cinco años de la II República. No registran las crónicas si el gobierno, que participó en pleno desde la tribuna, tuvo o no que soportar silbidos. Quizá esto es así porque no estaba allí Ruiz Gallardón para dorarles la píldora. Aunque hay razones más de peso para que unos silbiditos no se valoren.

A la altura de la calle Marqués de Riscal, en un momento del desfile, alguien, y que yo sepa nunca se ha sabido a ciencia cierta quién, tiró un petardo. Un petardón, más bien. Como digo, pudo ser cualquiera. En la calle marqués de Riscal se había encontrado, o se encontraba, entonces, una de las sedes de Falange, aunque ese es un dato que, en mi opinión, avala el dato de que no fueron ellos, pues hay que ser muy imbécil para hacer una putada justo enfrente de tu casa, además de que no entra en el estilo de Falange petardear (nunca mejor dicho) un desfile militar. Pero la participación en el hecho de grupos de izquierdas tampoco casa con el hecho de que quien estaba en la tribuna era el gobierno del Frente Popular nacido de las elecciones de febrero de aquel año. A menos que fuesen anarquistas, claro, porque a éstos les daba igual Juana que su hermana.

En todo caso, el autor de la petardada consiguió lo que probablemente buscaba, y es que todo el mundo, durante un momento, pensara que el petardo era una bomba en condiciones. Los testimonios del día indican claramente que aquello retumbó como si un troll tuviese un ataque de aerofagia. Hubo carreras, gritos, de todo. Las fotos del día en las que se ve al mismo Azaña desde la tribuna tratando de tranquilizar al público (una vez supo que no había sido nada, claro) no tienen desperdicio.

Pasado este incidente, llegó el momento de que por el tramo final de la Castellana desfilase la Guardia Civil. El cuerpo armado había demostrado, cinco años antes, un escrupuloso respeto a la voluntad popular que quería que el rey se marchase y, por lo tanto, no puso ni medio problema a la proclamación de la República. Pero, en cinco años, habían pasado muchas cosas. Para empezar, un ex director general de la Guardia Civil, Sanjurjo, se había levantado contra la República en agosto del 32. Y luego habían estado las tragedias de Castilblanco, de Arnedo, y otras tantas, en las que la Guardia Civil, o bien había sido masacarada, o bien había masacrado y/o participado en hechos más o menos luctuosos. Una de las banderas de las izquierdas, por lo tanto, era el odio a la Guardia Civil (que le duró, más o menos, hasta el ministerio Barrionuevo).

Quizá por eso, y por supuesto a causa también del hecho histórico de que no estuviese por ahí Ruiz Gallardón para desplegar entre las masas sus inmensas habilidades conciliadoras y de paso sus impuestos y sus multas, al pasar los de verde la cosa se desmadró. Grupos de personas entre el público, al paso de los desfilantes, procedieron a abuchearlos y a insultarlos.

Es ley de vida que a los desfiles militares va siempre una gran multitud de gente a la que le gustan esas cosas y es, por lo tanto, mayormente proejército. Las chanzas y burlas de una parte del público fueron, pues, rápidamente contestadas por otra parte, entre la que se encontraba Anastasio de los Reyes, un alférez de la guardia civil al que no le tocaba desfilar y que se encontraba viendo pasar a sus compañeros. De los Reyes, junto con otros miembros del público, ordenó callar a los que insultaban y, dado que la dialéctica de aquellos años no es la de hoy, recibió, por toda constestación, una bala en la espalda que acabó con su vida.

Pues sí. Hoy discutimos sobre si se puede pedir a gritos la dimisión de un presidente del gobierno durante un desfile. Pero, hace 70 años, lo que pasó fue más bien que le mataron a un paisano (pues De los Reyes estaba entre el público) casi en las mismas barbas.

El asesinato del alférez Anastasio de los Reyes es el momento en el que una mano negra, muy negra, comienza a inclinar definitivamente el plano de la Historia de España, para hacerlo caer irremisiblemente en la guerra civil. Marca un antes y un después, a mi modo de ver, porque demuestra que el gobierno del Frente Popular, a pesar de las promesas en las Cortes por parte de Azaña en ese sentido, no estaba dispuesto a gobernar para todos, sino para los suyos.

En realidad, este problema no surge por el desfile y el asesinato, sino por el entierro, celebrado al día siguiente. El entierro del alférez De los Reyes fue un acto de rebeldía ante las instituciones por parte del estamento militar y las derechas. El gobierno quería un entierro sencillito y en la intimidad familiar. Sin embargo, los compañeros del guardia civil se empeñaron en que no fuese así y, tras instalar la capilla ardiente en un cuartel que estaba más o menos donde hoy está AZCA (si no están erradas mis referencias), llevaron el féretro en procesión paseo abajo. En el trayecto fueron tiroteados dos o tres veces. Una desde la Escuela Normal, que no sé muy bien dónde estaba. Otra, según los periódicos, desde unas casas en obras en la calle Miguel Ángel. Y otra más abajo, desde los tejados de algunos edificios.

Ante las agresiones, que calentaron mucho los ánimos, el cortejo funerario, contra lo que se le había dicho, decidió seguir la procesión hasta Manuel Becerra, conocida entonces por muchos madrileños con el sardónico nombre de plaza de la Alegría, porque ahí era donde se despedía a los féretros camino del cementerio. Al paso por la plaza de la Independencia, al parecer, hubo conflictos porque algunos de los miembros del cortejo pararon los tranvías y obligaron a sus conductores y viajeros a descubrirse al paso del cadáver. Puede ser, a la vista de los relatos escritos del día, que uno de esos conductores, quien al parecer levantó el puño, se llevara unas hostias como panes. En los listados de las casas de socorro aparece, de hecho, algún que otro tranviario.

En Becerra se montó la mundial. Creo que fue allí donde murió de un disparo Antonio Sáenz de Heredia, primo de José Antonio Primo de Rivera. Con todo, lo peor fue que el teniente a cargo de los guardias de asalto, José Castillo, tuvo al parecer un momento de pánico en medio de aquel batiburrillo y quizá temió por su seguridad personal (cosa que no me extraña, pues el cortejo fúnebre, formado mayoritariamente por militares armados, había sido tiroteado, así pues sus miembros muy tranquilos no estarían). Como no estaba por allí Ruiz Gallardón para recordar a los paisanos que en los actos no partidarios no se pueden hacer cosas feas, y de paso ponerles unas cuantas multas por ensuciar el mobiliario urbano, la cosa se fue de madre, el personal se fue a por Castillo, no sé si porque era de la poli o porque le reconocieron, porque lo cierto es que Castillo era un significado marxista que tenía entre sus dedicaciones entrenar a las formaciones socialistas paramilitares. El caso es que Castillo se sintió, como digo, amenazado, y disparó, prácticamente a quemarropa, en el pecho de un joven de 19 años, Luis Llaguno, de ideología tradicionalista, que quedó hecho un siete, si bien, que yo sepa, no la palmó.

Otro hecho que no registra la Historia, a mi modo de ver de forma injusta, es el enorme favor que le habría podido hacer a la paz de España el alcalde Gallardón de haber existido entonces. De haber existido Gallardón en aquellos tiempos, el trayecto desde el Hipódromo hasta Becerra habría estado tan preñado de zanjas y túneles en construcción que el funeral no se habría podido celebrar.

La acción de Castillo al disparar sobre Llaguno puso en marcha el reloj de la guerra civil. Llaguno estaba desarmado, motivo por el cual el disparo de Castillo se produjo sobre un civil que no era una amenaza; algo que cualquier policía sabe que es pecado mortal. Sin embargo, a Castillo no le pasó nada. Todos sus compañeros lo avalaron y afirmaron la fuerza necesaria de su acción, por lo cual, que yo sepa, ni siquiera fue sancionado (lo cual tiene coña, porque el Director General de Seguridad, su supermando pues, acabó dimitiendo a causa de estos hechos). Como no fue sancionado ni arrestado ni nada, pudo, pocos días después, salir de su casa tranquilamente hacia el trabajo y encontrarse con unos ignotos pistoleros (probablemente tradicionalistas, aunque se habla también de falangistas, y de mediopensionistas) que se lo apiolaron. El asesinato del teniente Castillo es el que encabrona lo sufiente a un guardia civil y un grupo de guardias de asalto como para salir una noche en busca de venganza. La noche en la que esos tipos matan a José Calvo Sotelo, haciendo con ello imposible toda evitación de la guerra civil. Con la muerte de Calvo Sotelo, ya ni Gallardón la habría parado.

Cabe decir, además, que la reacción del gobierno, y más concretamente de Casares Quiroga que en esos días asumió las funciones de Interior por estar imposibilitado su titular, fue de un sectarismo acojonante. Tras el consejo de ministros que analizó los sucesos del desfile y del entierro, el gobierno anunció una serie de acciones muy duras contra los grupos de derechas. Evidentemente, las derechas habían alentado una rebelión durante el entierro del alférez, rebelión que es en gran parte responsable de los sucesos posteriores. Por decirlo claramente: nunca debió haber follón en Becerra si el cortejo fúnebre hubiese respetado las reglas de juego. Además, su actitud cuando menos en el tramo del desfile desde el principio de la Castellana fue provocadora y violenta, como demuestran los episodios de los tranvías.

Pero, siendo esto cierto, no lo es menos que un gobierno no podía pasar por encima del hecho de que el entierro fue tiroteado por lo menos tres veces por pistoleros de izquierdas. Un gobierno que de tal se precie habría repartido hostias por igual, porque si algo deja claro el entierro del alférez de los Reyes es que los grupos radicales, de uno y otro bando, se sentían con capacidad para campar por sus respetos en aquella España que estaba a punto de partirse como una baguete de pan duro que estrellásemos contra la pared. Y luego está el impresentable caso de Castillo. Castillo fue asesinado el 12 de julio. Esto es: 88 días después de haber disparado sobre Llaguno. ¿Alguien podrá sostener que 88 días son suficientes como para haber cerrado una investigación policial interna sobre un hecho tan grave? 88 días después de su acción, Castillo trabajaba con normalidad y no había sido sancionado. Es obvio que el gobierno no quiso saber nada a la hora de apartarlo del servicio, sancionarlo o someterlo a una encuesta mínimamente rigurosa.

Creo que es Stanley Payne el que ha escrito que el asesinato de Calvo Sotelo fue el detonante final de la guerra civil porque enseñó a los alzados que, en realidad, estaban más seguros si daban el golpe de Estado que si no lo daban. Creo que la frase es cierta pero puede, en cierto sentido, retrotraerse algunas semanas, hasta la fecha del entierro del alférez De los Reyes. Fue ahí, a mi modo de ver, cuando muchas de las fuerzas sociales y militares que finalmente apoyarían el golpe de Estado del 36 aprendieron que no tenían nada que esperar del gobierno del Frente Popular.

Al lado de esto, lo del desfile de ayer es una especie de coña marinera.

Aunque, eso sí. Si lo que queremos son desfiles del 12 de octubre que transcurran sin abucheos, no tenemos nada más que volver al franquismo. Durante los desfiles del Día de la Raza no había un dios que abuchease a la tribuna.

Yo, para mí, que si hay abucheos, lo que deberíamos hacer es felicitarnos de ello. Los máximos mandatarios intocables dan repelús.

domingo, octubre 11, 2009

¿Eres capaz de pensar como Franco?

La adivinanza de este post es realmente challenging. Pero teniendo en cuenta que los lectores de este blog ya me han dejado varias veces pijarriba tras sus exhibiciones de profundo saber, lo mismo es más fácil de lo que creo.

Para acertar esta adivinanza, tendrás que pensar como el general Franco.

¿Que cómo pensaba Franco? Pues no tengo ni puta idea. Descubrirlo es cosa tuya.

El planteamiento es el siguiente: Franco, como todos los gobernantes, tenía un despacho. En ese despacho, tenía varias mesas y tal, en una de las cuales tenía tres fotos dedicadas. A lo largo de su vida pudieron ser más, pero yo me estoy refiriendo a las fotos que tenía en el momento de su muerte, en 1975.

La pregunta es simple: ¿de quién eran esas fotos dedicadas que Franco quería tener junto a sí en su mesa de trabajo?

Conociendo el resultado final como lo conozco yo, me parece hasta fácil. Los tres personajes elegidos por Franco para ser su referencia icónica diaria tienen su lógica para serlo. Aunque hay otras muchas lógicas posibles, cierto es.

Lo vamos a hacer tal que así. Como te he dicho, son tres fotos. Al final de este post, colocaré los nombres de veinte políticos y personajes de la época, lista dentro de la cual se encuentran DOS de esos tres personajes; los otros 18 son falsos, así pues las posibilidades de que aciertes by fluke son remotas. Tienes que escoger los dos nombres que, según tú pienses, pueden ser los correctos. Y estaría bien que me explicaras por qué.

¿El tercero? Bueno, el tercero es para nota. Ése lo tendrás que adivinar tú sólo, sin ayudas. Y me atrevo a decir que, si lo consigues, eres un puto crack.

Ea, aquí está la lista. Dale al cebollo.


Adolf Hitler
Kurt Waldheim
Herbert von Karajan
Benito Mussolini
Dwight Eisenhower
Hassan II de Marruecos
Fidel Castro
El Sha de Persia
Marcelo Caetano
Emilio Mola
Manolete
Juan de Borbón
Lola Flores
Nikita Khruschev
José Antonio Primo de Rivera
El conde de Romanones
Augusto Pinochet
Luis Carrero Blanco
Santiago Bernabéu
Haile Selassie

viernes, octubre 09, 2009

La gran guerra vasca (3)

Los primeros años de la guerra carlista, como hemos visto, se pueden definir como un momento en el que se hace valer el enorme error isabelino a la hora de valorar a las fuerzas carlistas y los avances casi constantes de éstas, beneficiadas del proceso de conversión de las mismas en un ejército moderno en las manos de uno de los principales genios militares de nuestra Historia, Tomás Zumalacarregui. Sin embargo, todo se acaba, y también la buena suerte. Los éxitos carlistas, que parecían interminables, se van a estrellar contra las murallas de una ciudad. De una ciudad que no es cualquier ciudad, como bien saben en Baracaldo, Portugalete y otros satélites: la misma Bilbao, propiamente hablando.

Tras demostraciones como el ataque e incendio del silo de pan, los carlistas sitiaron Bilbao, y fueron allí con todo lo gordo. Zamalacarregui puso en juego 23 batallones y 18 cañones que, situados en Begoña y Artagan, hostilizaron la ciudad sin piedad. El 13 de junio de 1835 comenzó la historia y pronto los isabelinos trataron de concentrar tropas de apoyo. Espartero juntó 6.000 hombres en Portugalete, Iriarte tenía 2.000 más en Valmaseda y pronto llegarían unos 15.000 más al mando de Latre y Valdés. Pero tal demostración no logró romper el cerco.

La clave estuvo en la artillería. Los bilbainos tenían unos cañones que más parecían los atributos sexuales de un polifemo y, además, sabían utilizarlos muy bien. Zumalacarregui contaba con sus cañones para ablandar a la villa, pero del sitio salieron más disparos y más certeros y pronto la artillería carlista quedó para el arrastre. Así las cosas, cuando los refuerzos isabelinos consiguieron llegar, los carlistas tuvieron que volver grupas.

Aquí hay que hacerse una pregunta clara. Porque claro era para cualquier observador avezado que los carlistas no contaban con fuerzas suficientes para tomar Bilbao, y menos aún para conservarla en su poder si lo conseguían. En tal caso, ¿por qué un militar experimentado y nada temerario como Zumalacarregui se avino a realizar la operación? La clave, pienso yo, quizá se encuentra en el especial ambiente que entre los vascos generó el incendio de Gernika, así como el hecho de que el sitio de Bilbao se vio precedido por algunas victorias fáciles y sonadas de los carlistas, como la toma de Vergara. Por lo demás, para entonces los carlistas habían comenzado a practicar uno de sus deportes preferidos: la disensión interna. En el Consejo Real de don Carlos había quien le comía la oreja al presunto sucesor de la corona con el concepto de que la fidelidad de Zumalacarregui era relativa. Y probablemente no les faltaba razón pues Zumalacarregui, como casi todos los combatientes vascos, era carlistas porque los carlistas eran fueristas; en modo alguno era fuerista como consecuencia de su carlismo.

El general vasco hizo lo que pudo. Eligió Soloetxe como el lugar ideal para romper la resistencia de la ciudad y lo atacó durante todo el día 14 de junio de 1835. En Deusto y Olabeaga, envió unas gabarras a bloquear la ría, así como a presentar batalla a las avanzadillas de Espartero. Al día siguiente, mientras inspeccionaba unas defensas, fue herido en una pierna, herida de la que moriría once días más tarde, en un episodio nunca suficientemente aclarado, porque aún hace ya casi doscientos años, un balazo en una pierna no era como para pensar que se tuviera que morir.

Las últimas palabras de Zumalacarregui, asimismo, alimentan la leyenda. Dijo algo así como que siempre supo que la Junta de Vizcaya les llevaría a la ruina. Esta última confesión ha alimentado siempre la interpretación de que el sitio de Bilbao, empresa imposible, fue realizado por presión de dicha Junta, es decir de los políticos.

Eraso continuó las operaciones, aunque en las filas carlistas el desánimo podía untarse en el pan sin cuchillo. Ni aún así los isabelinos se apuntaron un tanto, pues sus columnas fueron derrotadas el día 18 en Castresana por un general de nombre bastante poco metrosexual (Sarasa). Las autoridades bilbainas, entonces, pidieron auxilio al rey francés Luis Felipe de Orleans. Pese a que éste apenas podía mandarles un tercio de las tropas que Madrid tenía ya concentradas en la zona, confiaban más en él. No obstante, para fin de mes, los carlistas se habían quedado sin munición, y tuvieron que levantar el campamento.

El sitio de Bilbao ha dado para mucho en las imaginaciones más o menos calenturientas de contemporáneos, herederos e historiadores. Para mí, sin embargo, fue un episodio que tuvo poca significación, y no habría tenido mucha más de haber vencido los carlistas. En primer lugar, este planteamiento es prácticamente de ciencia ficción. Las tropas de Don Carlos (por llamarlas así y no llamarlas las tropas vascas foralistas, que es como habría que llamarlas, en oposición a la resistencia vasca liberal de la ciudad) no tenían artillería, y sin artillería, a mediados del siglo XIX, era imposible debelar una ciudad adecuadamente pertrechada. De haber conseguido entrar, hubieran tenido que salir, más pronto que tarde, por patas.

Además, hemos de tener en cuenta que, mediante este sitio un tanto extemporáneo y chulesco, los carlistas perdieron a uno de sus mejores generales. Y, sin duda alguna, el mejor general del flanco más irredento del carlismo, que era el vasconavarro. La muerte de Zumalacarregui dio un pasito más hacia el embroque de Vergara. Don Carlos, que también tenía su vertiente de tonto contemporáneo, con siete trienios de antigüedad y seis balcones a la calle, se encargaría de dar unos cuantos más. Las sospechas que surgen de las postreras palabras de Zumalacarregui, por lo demás, apuntan a que los vascos también aportaron a este episodio sus buenas cuotas de cortoplacismo, oportunismo político y, en general, estupidez.

martes, octubre 06, 2009

Ciencia y orgullo

[Por alguna razón que desconozco, Blogger se empeña en que hoy es 7 de octubre. Como no se puede ir en contra los destinos de la ferralla y la pensalla, aquí queda este post, que debiera publicarse algunas horas más tarde de lo que se publica].

Hoy es miércoles, día 7 de octubre. En tal fecha, este blog, y varios cientos de blogs más por lo que sé, hace una paradinha en las funciones propias de su sexo. La razón es que al dueño de este colmao le provoca, como dicen en algunos lugares de América Latina, unirse a la campaña La ciencia española no necesita tijeras, representado por el logo que ves a la izquierda de este post. Adhiriéndome debo colocar ese logo, cosa que he hecho con gusto; escribir este post, hoy mismo, explicando por qué creo que no se debe reducir el presupuesto público de apoyo a la ciencia. Y, bueno, también se supone que debería twittear algo; pero para eso, claro, tendría que saber qué diablos es eso de twittear. La tercera condición, pues, queda en suspenso.

Puestos a daros las explicaciones de las que va este post, os diré que yo, cuando era un chavalín, pude elegir con total libertad por dónde irían mis derroteros culturales y profesionales. En la escuela se me daba bien todo, quizá con la excepción de la química. Mis especialidades eran el latín y las matemáticas, así de ecuménico me mostraba. Pero quizá una de las razones de que me decidiese por las letras era la mala sensación que me causaba la Historia de las ciencias. En la Historia de las Ciencias, apenas hay hitos que lleven nombres españoles. Recuerdo la ley de Boyle-Mariotte, o la de Hooke o, por supuesto, las de Newton. Repasaba en mis libros los faradios, los newtones, o elementos en la tabla periódica como rutherfordio, y me daba cuenta de que no hay una sola ley física que sea la Ley de Gómez, ni un solo elemento químico que se llame guadalquivirio.

Acusaba Machado a España de despreciar todo aquello de lo que no tiene idea. Es probable que haya sido nuestro mal durante mucho tiempo. España, como proyecto, tuvo la mala suerte de morir de éxito casi recién inventada, convirtiéndose en una potencia militar y económica. Cometimos el error de convertirnos en el principal baluarte de una manera de ver las cosas, la vaticana, a la que le costó entender que sus prevenciones nada tenían que ver con el avance del conocimiento; asunto del que sabe un poquito el señor Galilei, entre otros. La España que nació poderosa aprendió a girar alrededor de un concepto: el prestigio.

Todo, o casi todo, lo que se hizo desde el día en que dejamos de ser grandes, en algún momento del siglo XVII; y el momento en que nos dimos cuenta de que éramos directamente una puta mierda, o sea 1898; casi todo lo que se hizo entre esas dos fechas, digo, tuvo como objetivo conservar el prestigio. El orgullo de ser español. Y en ese terreno, la ciencia poco tenía que hacer, porque la ciencia, o mejor dicho la investigación o desarrollo científico, es un feto de maduración muy larga; así pues, procura muchas tardes de fatigas y negativas antes de poder echar un polvete en condiciones.

Nuestro orgullo era un orgullo de corto plazo. El orgullo de los matones. Por mucho que la Historia de la Ciencia española tenga muchas más referencias de las que probablemente sospechamos los legos en la materia, creo que no falta a la verdad quien diga, o al menos yo lo digo, que la ciencia española no estuvo en la agenda de nuestros reyes ni de nuestros consejos durante mucho tiempo. Despertamos a ello, más o menos, cuando, como digo, nos dimos cuenta de que éramos el cagarro de Europa. Desarrollamos una admiración probablemente excesiva por lo extranjero (hace bien pocos años se comenzaron a vender los coches Opel en España con el eslógan Ingeniería alemana a su alcance, como si la ingeniería alemana fuera la pera limonera, mientras los ingenieros españoles levantaban en Figueruelas la fábrica más eficiente de la marca) y empezamos a decirnos que aquello ya no podía ser.

Nos ha costado mucho darle la vuelta a esa tortilla. Ha costado mucho que España entendiese el valor del conocimiento, y el valor de liderarlo. Aunque no ha sido un camino de rosas. Hoy recordamos bien que Santiago Ramón y Cajal recibió un Nobel de Medicina y mucha gente olvida que Echegaray lo recibió de Literatura. Sin embargo, la emoción colectiva de ambos premios no tiene ni comparación; en su momento, fue mucho más valorado el segundo que el primero.

El franquismo, que mandó a tomar por culo a un porcentaje nada desdeñable de la ciencia española, no puso las cosas fáciles. La Transición política, tan denostada hoy por tanto y tanto culiparlante acostumbrado a ponderar los pares de banderillas siempre a toro pasado, fue, entre otras muchas cosas, la sensación de que, por fin, íbamos a ajustar cuentas con nosotros mismos. A aprender de los errores, muchos. Y la ciencia estaba en el paquete.

El guión de la democracia decía que se habían acabado, por fin, las visiones estrechas. Que había llegado el momento de que un español pudiese decir: soy español, y además un matemático de puta madre; y, dicho esto, un coro de tornerofresadores exclamase con admiración: «¡OOOOH!» Que había llegado el momento en el que, para un español, ser una autoridad en materia de cromodinámica cuántica (creo que se escribe así) se convertiría en una oportunidad para ser profeta en su tierra como no lo ha sido ninguno de sus abuelos desde los tiempos de Abderramán III el cachobestia. Por supuesto, también queríamos otras cosas: queríamos ganar la Eurocopa de Fútbol y, si es posible, el mundial. Queríamos que ¡Peeeeedro! ganase un Óscar. Queríamos situar a alguna de nuestras pericas en la lista de las tías más buenas de Vanity Fair. Cuando una nación sueña que es grande, todos los sueños caben.

Todos vosotros habéis tenido alguna vez un sueño. O dos, o veintisiete. Sueño quiere decir ese logro complicado que daríamos cualquier cosa por conseguir, y que está lejos, allá lejos. Porque todos habéis tenido un sueño, todos sabéis cómo se consigue: regando todos los días. La lotería es el único éxito que te cae por lotería. Todo lo demás te lo tienes que currar. Te lo tienes que currar muchas veces. Un amigo mío dice: cada por fin cuesta por lo menos cincuenta me cago en la puta.

Rebajar el presupuesto de investigación es, simplemente, bajar los brazos. Dejar de regar. El mismo tío que hace eso no tiene huevos de hacer lo mismo con el programa ADO y decirle al personal: a partir de ahora, nos quedamos sin medallas olímpicas. O de sacar una ley que impida a los galácticos clubes de fútbol superar determinado nivel de endeudamiento. El detalle demuestra, a mi modo de ver, la vara que usan algunos a la hora de medir nuestro éxito como país. Siguen en las mismas: el prestigio. Sólo que ahora, el prestigio ya no se mide entrando en Nápoles a sangre y fuego, sino corriendo los 1.500 metros en menos tiempo que los marroquíes. Pero el error sigue siendo el mismo.

Y ahora te hablo a ti. Sí, a ti. No te escondas. Sé bien, por comentarios privados que me llegan cuando escribo en este blog, que tiene un porcentaje de lectores que aún residen en la juventud despreocupada y multiorgásmica. Y te hablo a ti porque supongo que estás hasta los cojones de las ciencias. Te putean, te dejan sin salir alguna que otra vez, te atan a la dura silla del estudio. Y qué difíciles son de entender, ¿verdad?

Pues, mira. No seré yo quien te diga que los exámenes y las notas no sirven para nada. Sirven. Pero lo más importante de la escuela, y de la universidad, es que te está enseñando (o debería) a pensar. En la vida, los conocimientos tienen valor, pero relativo. Un conocimiento es algo que se adquiere. Ya te he dicho que no tengo ni puta idea de química; pero tú dame cinco años sabáticos, y ya verás cómo me empapo de formaldehídos.

Lo importante de la educación es saber pensar. Y no sabrás pensar si no aprendes a pensar como piensan los científicos. También tienes que aprender a pensar como los poetas, ciertamente. Pero eso no es cuestión del día de hoy, porque la poesía y los presupuestos del Estado tienen, afortunadamente para la primera, poco que ver.

Habría que aumentar la asignación para investigación, no a pesar de la crisis, sino precisamente porque estamos en crisis. En la pista hay dos corredores al límite de sus fuerzas. Uno, el corredor cobarde, se para y se tira al suelo, derrengado. El otro, el corredor valiente, aprieta los dientes, rompe a sudar y se deja los cuádriceps en cada paso. Si hubiésemos querido ser el corredor valiente, habríamos aumentado los presupuestos de ciencia. Pero somos unos putos membrillos.

En fin, hasta aquí he llegado. Como he dicho, no voy a twittear una mierda porque no sé lo que es eso, ni siquiera me imagino si será legal. Pero si eres lector científico, no te digo ya si eres el padre de esta iniciativa y estás leyendo esto, que sepas que me debes una. Algún día deberías escribir en tu blog científico por qué hay que conocer la Historia.

A mandar.

lunes, octubre 05, 2009

La gran guerra vasca (2)

Con total seguridad, los pseudoliberales que eran el apoyo de la reina Isabel infravaloraron a las diputaciones vascas y, en general, a los vascos. Cuando la sublevación está queriendo estallar, el Estado está casi en bancarrota y no parece capaz de financiar un esfuerzo bélico. Sin embargo, el invento del ministro Mendizábal, la famosa desamortización (y es por esta razón que se hizo tan apresuradamente) le permitió a los militares que pululaban por palacio levantar el ejército de 100.000 hombres con que soñaban y que consideraban, quizá recordando a los 100.000 hijos de San Luis, más que suficiente para sofocar la rebelión. Las provincias vascas y navarras, sin embargo, demostraron un poder casi estratosférico de movilización, pues llegaron a tener un ejército de 40.000 miembros, más 10.000 reservistas, que no está nada mal para un territorio que no acumula ni de coña ni la mitad de la superficie, ni la mitad de la población, de España.

La guerra carlista tiene dos años de desarrollo, hasta 1835, que lo son básicamente de hostigamiento del enemigo, sin enfrentamientos directos; tiempo durante el cual el ejército vasco-carlista, sin embargo, se organiza en cuatro divisiones operativas. En realidad, los vasconavarros no podían llegar realmente muy lejos con esa estrategia; el terreno era relativamente pequeño y el ejército contrario muy grande. Haría falta alguien que fuese capaz de comprender las tácticas guerreras tradicionales de los vascos, escasamente basadas en el enfrentamiento frontal, y adaptarlas a la guerra moderna (moderna entonces) que reclamaba movimientos de tropas coordinados de miles de hombres.

Ese hombre fue Tomás de Zumalacarregui.

Los vascos aprendieron a desenvolverse como un ejército napoleónico. A plantear ataques frontales combinados con movimientos sorpresivos de ruptura de las líneas enemigas. En relativamente poco tiempo, los carlistas consiguieron asegurarse el control del País Vasco, excepción hecha de sus capitales. Y comenzaron a pensar en hacer lo que ya venían haciendo desde los tiempos de Recaredo y Sisebuto, es decir organizar expediciones y razzias en terreno castellano. Actitud que obligó a los castellanos a cambiar el paso y diseñar una guerra de contención en la que no habían pensado, y que les llevó a intentar aislar más o menos lo que hoy es el País Vasco y Navarra con una línea de fuertes. El general Gómez fue el primer estratega carlista que se dio uno de esos paseos: salió con 4.000 soldados, tiró para Santander, luego pasó a Asturias, luego a Galicia, puteó varias ciudades; luego bajó hasta Extremadura y a Algeciras, con un columna de 30.000 isabelinos persiguiéndole, y luego se volvió a su tierra forrado y con un montón de prisioneros.

A la eficiencia carlista (yo creo que cabe poca duda de que, en esos momentos, la inteligencia militar estaba más en el bando carlista que en el isabelino) se unió, como factor importante, la torpeza liberal. Como hemos dicho, los gubernamentales controlaban las capitales, especialmente Bilbao. Allí destituyeron a la diputación bizcaitarra (que se fue a Gernika) y formaron otra de corte totalmente liberal, de la que eran cabezas visibles el eterno Uhagón y Mariano de Eguía. Esta diputación de pega decretó la movilización de todos los jóvenes del área; medida torpe donde las haya, porque todo lo que consiguió fue que los jóvenes del área desertasen a las filas carlistas en fila de a 27.

La reina Isabel había mostrado cierta sensibilidad regionalista al poner al frente de su ejército a generales vascos. Casi todos lo eran: Valdés, Quesada, el mítico Mina, Iriarte, Oraá, Jáuregui. Isabel no entendió que, para bien o para mal, desde entonces y ahora también, los vascos no distinguen, en realidad, entre vascos y no vascos; sino entre vascos nacionalistas (entonces, fueristas) y resto del mundo. A los ojos de un fuerista, si alguien era de Mundaka pero profesaba el centralismo isabelino, era tan poca cosa como si hubiese nacido en el mismo Chamberí. En los albores de la guerra propiamente dicha, el general carlista De la Torre le mete una mano de hostias del cuarenta y siete a las tropas isabelinas del Barón del Solar. Esta derrota y otras acciones cambian completamente la faz de la guerra por el lado isabelino. La reacción de los militares, heridos en su orgullo, es iniciar una represión, con fusilamientos incluidos, que sirve para disparar el contador de agravios que todo nacionalista que se precie ha de llevar siempre consigo, dispuesto a ser alimentado. Por lo demás, a finales de 1833 ya está don Baldomero Espartero en el campo de batalla.

En abril de 1834, algún tiempo después de que el gesto de D. Carlos de jurar los fueros vasconavarros haya galvanizado a su bando, Zumalacarregui administra una nueva derrota a Quesada en Alsasua. Es una batalla directa, sin historias raras. Y en ella las fuerzas isabelinas son superiores en número. Y, aún así, pierden. Mal rollo. Rodil sustituye a Quesada como máximo general del ejército isabelino del norte. Su llegada supone un incremento exponencial de la represión. Pero parece poco, porque es cesado y sustituido por Mina, que va más allá. Los carlistas actúan en consecuencia. La guerra carlista se convierte en una guerra sin prisioneros. Lo dicho: sin prisioneros. Ya sé que hay mucha gente que va por ahí diciendo y escribiendo que si la guerra civil española del 36 fue la guerra más cruel nunca conocida en España y bla, bla, bla. Además de viajar más, hay que leer un poquito más de Historia.

Mina, cuando llegó al norte, tenía a su disposición 45 batallones. Zumalacarregui, todo lo más, podía reunir algo más de veinte. Sin embargo, el error del general isabelino fue pensar que todo el monte era orégano y que los navarros, igual que le habían ayudado contra el francés, le ayudarían ahora. En el momento en que reclamó la ayuda navarra, entró a jugar el gesto de D. Carlos de haber jurado los fueros, y los navarros se decantaron por ponerse enfrente. El viejo general fue finalmente sustituido tras los incidentes de Lecaroz, donde hizo fusilar a uno de cada cinco varones.

A Zumalacarregui, sin embargo, le preocupaba una cosa. Con diferencia, de todos los territorios históricos, aquél donde los fueristas tenían más fuerza, más posibilidades, era Vizcaya. Pero el líder militar bizcaitarra, Zabala, se contentaba con hacer guerra de guerrillas. En octubre de 1834, Zumalacarregui consiguió la destitución de Zabala y la colocación en su lugar del navarro Eraso. Con el riñón cubierto, pues, el general baja a las tierras alavesas y, en Alegría, consigue una humillante victoria contra las tropas isabelinas. La batalla de Alegría es importantísima. Es la primera vez que los vascos no ganan a base de dar por culo desde los bosques y las colinas, sino en una llanura, cargando y acometiendo con la bayoneta. Peleando como un ejército mayor de edad, que es lo que para entonces había hecho Zumalacarregui de ellos. La represión carlista fue brutal, inhumana. Querían tomar Vitoria. Aún así, no lo consiguieron.

A principios de 1835 los isabelinos, a la deriva, declaran el estado de sitio. Si había alguna esperanza entre los vascos liberales de que podrían conseguir una solución pactada al conflicto, se disolvió ese día. Pero ni el estado de sitio puede esconder el hecho de que, para entonces, los vascos mandan en los campos de Vasconia, hasta el punto de que las tropas carlistas, en marzo de aquel año, atacan un edificio utilizado como silo de harina, que está a apenas 200 metros de las puertas del mismo Bilbao. Este hecho coloca la situación en la capital vizcaína en muy mal tono. El gobernador militar no hizo nada por ayudar a la dotación del almacén mientras los carlistas entraban, los mataban a todos e incendiaban el edificio. Los bilbainos, pues, vieron morir en directo a sus vecinos sin que nadie les ayudase y, para colmo, se quedaron sin pan. Las gentes comenzaron a volverse contra los militares.

Algunas semanas después, Gernika es atacada por Iriarte, que ha ido allí hostigado por los carlistas. Pero éstos le engañan, porque no se han ido de la ciudad y le reciben desde las casas a tiros. Cuando Iriarte quiere volver grupas, se encuentra con tropas guipuzcoanas que rodean la ciudad y le cortan el paso. Los isabelinos registran enormes pérdidas. Y hay otra cosa importante, importantísima: la participación, fuera de Guipúzcoa, de tropas donostiarras. Eso se debe al genio militar de Zumalacarregui, que era euskaldún como el que más, pero al mismo tiempo tenía claro, con preclara conciencia militar, que en la guerra hay que dejarse de chorradas diferenciadoras, porque en la guerra no hay más diferencia que la que nos separa del enemigo. Cien años más tarde, en Santoña, cuando los gudaris vascos se rindan tras haber perdido el País Vasco a manos de Franco, no habrá ya ningún Zumalacarregui entre ellos.

A socorrer a Iriarte acabó yendo Espartero, que logró salvar a algunas compañías que se habían refugiado, con el culo contra la pared, en un convento. Aquella acción de Espartero de Gernika fue el origen de su decisión más jodida. Porque hemos de saber que Espartero es un personaje histórico con muy buena imagen en España. Era liberal, lo cual place a los ojos de los progresistas. Y más les place aún el hecho de que, habiendo empezado de soldado raso, terminase sus días recibiendo incluso una oferta para ceñir la corona de España. Nunca nadie en la Historia de España ha llegado tan alto desde tan abajo. Sin embargo, los vascos odian a Espartero. Y, la verdad, no cabe culparles de ello. Espartero hizo lo único que no se le puede hacer a los vascos: quemar Gernika. Un vasco que se precie de serlo, pues, odia a Espartero por la misma razón por la que odia a Franco. Exactamente la misma. Franco provocó más muertes, claro está. Pero, vascamente hablando, probablemente el crimen esparteril es peor, porque la intención del general fue borrar Gernika, su casa de juntas y el árbol, para siempre (aún hoy, por cierto, resulta inexplicable que no lo consiguiera). Y, una vez terminada su labor, colocó un cartel que decía: «Aquí fue Guernica». Creo que sus intenciones eran bien evidentes. En las reacciones, muchísimas, contrarias al movidón, comienzan a leerse los actualmente comunes argumentos referidos al imperialismo castellano.

Y aquí, entre las ruinas humeantes de la ciudad sagrada de los vascos, dejamos el relato por hoy.