viernes, septiembre 25, 2009
Little Big Horn
miércoles, septiembre 23, 2009
El robo de la Monna Lisa
Confieso que nunca he entendido el halo de simpatía que suele rodear a los ladrones de arte. Especialmente a los que hacen de los museos y templos el lugar habitual de sus acciones. Ya que tanto nos gusta odiar casi para todo a los ricos, parecemos olvidar que un ladrón de arte, casi siempre, trabaja para los más ricos de entre los ricos, que son los tipos que pueden pagar cifras astronómicas por tener en su poder obras de arte que jamás podrán vender, porque no tienen mercado. Los ladrones de arte son tipos que hurtan a las personas comunes el placer de contemplar una cosa bella.
La Gioconda de Da Vinci es el Cadillac de las obras de arte, en lo que a robo se refiere. Cualquier ladrón importante se ha hecho pajas pensando que la robaba, cosa que hoy en día es poco menos que imposible. Sin embargo, y esto es lo que quiero contaros hoy, la Gioconda fue robada. Lo fue cuando ya era un cuadro famoso, mítico, y lo fue de una forma casi gilipollas. Robarla fue un juego de niños para su ladrón. Y, además, aquel robo tuvo algo más de original porque, a pesar de todo lo que he escrito antes, su ladrón tuvo motivos para hacer lo que hizo, además de los puramente crematísticos.
Pero antes hablemos un poco de la Gioconda. ¿Por qué se llama así? Pues se llama así porque la versión más aceptada sobre quién es la señora que sonríe enigmáticamente en el cuadro sostiene que se trata de Monna (diminutivo de Madonna, o sea, señorita) Lisa Gherardini, dama florentina que a los doce años de edad (sic) se casó con Francesco di Bartolomeo di Zanobi del Giocondo.
El cuadro se debió comenzar en 1502, porque fue el momento en que Leonardo estaba en Florencia, la grandiosa ciudad medicea, quizá la más bonita del mundo, después de haber terminado sus labores como ingeniero militar para César Borgia. Soderini, nombrado gonfaloniero perpetuo de la ciudad, lo necesitaba para que le echase una mano en el sitio de la vecina Pisa, donde Leonardo estuvo junto con el padre de otro nombre bien conocido del Renacimiento italiano como Benvenutto Cellini.
Giorgio Vasari, el artista que es la fuente de la teoría giocondesa, nos dice que Leonardo tardó cuatro años en terminar el cuadro, hasta el punto de que lo acabó estando ya en Milán, adonde se fue en 1506. También nos da Vasari la clave de la sonrisa del cuadro: dice que Leonardo, para conseguir en su modelo un estado beatífico, amén de vencer el aburrimiento de pasar horas posando, hizo instalar unos músicos en la misma habitación, que tocaban constantemente para elevar el alma de la señorita.
Sin embargo, hay mucha gente que duda de todo esto, pese a ser la versión que da nombre al cuadro. Dan que pensar dos datos: el primero, que Vasari nunca vio directamente el cuadro, del que, por lo tanto, habla por referencias. La segunda es que, según esta versión (y es que es más que seguro que es así), el marido de Elisa Ghirardini nunca llegó a poseer la pintura, lo cual no tiene mucha lógica pues, si no fue el marido, ¿quién habría encargado el trabajo a Leonardo?
A partir de ahí, las teorías. Hay quien piensa que el cuadro es un encargo de Giuliano de Médicis, y la persona retratada sería, entonces, una perica de su incumbencia. Antonio de Beatis, clérigo que visitó a Leonardo por aquellos años ya en Francia, recuerda que el artista le enseñó varios cuadros entre los cuales se encontraba uno de una dama pintado al natural y que, según el propio autor, habría sido encargado por Giuliano. Que el hijo adoptivo de Lorenzo el Magnífico no poseyese la pintura que había encargado tiene su lógica, ya que por aquel entonces se casó con Filiberta de Saboya; y es más que probable que a Fili no le gustase demasiado que su maridito colgase de la pared el retrato de alguna de sus anteriores burracas.
Otros eruditos identifican a la Gioconda con Constanza de Ávalos, una aristócrata italiana que se dice habría practicado el salto del tigre con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, durante la guerra de los españoles en Nápoles.
Francisco I, el rey francés que llamó a Leonardo a su seno, se lo encontró en Amboise recién llegado de Italia, y observó que llevaba un retrato femenino muy bonito. Leonardo fijó la cláusula de rescisión de la elegante Monna Lisa en 4.000 escudos de oro, un pastón de la época que, sin embargo, el rey pagó sin decir cette bouche est la mienne. Desde aquel día, La Gioconda es francesa. Ha pasado por Versalles y por el dormitorio privado de Napoleón, hasta recalar en el Louvre, donde está desde que otro Napoleón, el tercero, así lo decidió.
Pero llega el 22 de agosto de 1911. Ese día, los pintores copistas que pululan por el Louvre, y que suelen trabajar en la sala de la Gioconda precisamente, observan, al entrar en la misma, que el cuadro no está. Inicialmente, no se mosquean demasiado. En aquel entonces, había en el Louvre un equipo de fotógrafos tomando imágenes de las grandes obras del museo, trabajo que hacían por la noche para restituir los cuadros en la mañana antes de la apertura. Todo el mundo pensó que se trataba de un mero retraso. Sin embargo, cuando uno de los copistas decidió ir a ver a los fotógrafos y comprobó que ellos no tenían el cuadro, todo el mundo se puso muy nervioso.
El robo de la Gioconda aparecía como algo realmente improbable. Para empezar, el cuadro está pintado sobre una madera, así pues quien lo robe no puede enrollarlo; se lo tiene que llevar debajo del brazo y, aunque no es un cuadro muy grande, tampoco cabe en los calzoncillos precisamente.
Cuando la policía llega al Louvre, encuentra en una escalera que lleva al llamado patio de la Esfinge, fuera de las rutas propias de los visitantes, tanto el marco del cuadro como los restos del cristal que ya entonces lo protegía. Se sabe que el robo se produjo el día anterior, lunes (cerrado para los visitantes) por el testimonio de dos albañiles que pasaron por la sala, primero a las siete y luego a las nueve, observando, en la segunda pasada, que faltaba el cuadro. Así pues, ése es el rango de horas en que la sustracción se produjo. Observando los itinerarios, la policía observó que para poder ir desde la sala hasta la escalera de la Esfinge a la salida del edificio es necesario pasar por el llamado pasadizo Visconti, que tiene un vigilante. Pero a ese vigilante le tocaba el lunes por la mañana fregar unas dependencias, así pues no pudo vigilar.
Esto hizo bastante evidente que el ladrón, por fuerza, era alguien que conocía muy bien las rutinas del museo. Interrogando a los testigos, se obtuvieron testimonios de un hombre saliendo el lunes por la mañana por el pasaje Visconti, llevando un paquete de relativas dimensiones. Los testigos le vieron arrojar a los pocos pasos un objeto brillante. Buscando en el área, la policía encontró el pomo de cobre que faltaba en la puerta que daba al patio de la Esfinge.
Así pues, el ladrón se disfrazó de albañil con una blusa blanca, pero iba vestido con traje y corbata por debajo. Una vez solo en la sala, descolgó el cuadro y se fue a la escalera de la Esfinge, donde se escondió, tiró el marco y el cristal. Luego aprovechó que pasaba un fontanero para, siempre haciéndose pasar por albañil, pedirle que le abriese la puerta al pasadizo Visconti. Cosa que hizo en el momento en que el vigilante estaba fregando. Se quitó la blusa blanca, envolvió en ella el cuadro, et voilá!
Ni Ocean's Eleven, ni leches. Fue un robo a lo Clemente: patadón p'alante y, si hay que dar hostias, se dan.
Los policías se las prometieron muy felices: en uno de los cristales rotos de lo que había sido la protección del cuadro, apareció una huella dactilar. Convencidos como estaban los policías de que el ladrón tenía que haber sido alguien que trabajase en el museo, tomaron las huellas de absolutamente todas las personas en esa circunstancia. Para su disgusto, no encontraron ninguna que coincidiese.
El robo de la Monna Lisa fue el no va más informativo del año 1911. Los periódicos ofrecieron grandes recompensas por devolver el cuadro. Un inglés llamado Harde Rathborne se presentó con toda su buena voluntad en la embajada británica en París para entregar un cuadro que había comprado en una subasta creyendo que era el Leonardo, pero que al final resultó ser una copia (aunque de cierto valor).
Y luego, nada.
La Monna Lisa no apareció, y el tiempo pasó.
Estamos ahora casi en 1914, el año que acabaría por estallar la primera guerra mundial. Alfredo Geri, un industrial florentino aficionado al arte, inserta un anuncio en la prensa de su ciudad ofreciéndose a comprar objetos artísticos para realizar una exposición. Entre las muchas ofertas recibidas por Geri se encuentra una carta remitida desde París por un tal Vincenzo Leonardi. El comunicante le afirma en la carta, sin tapujos, que se ha hecho con el cuadro de Leonardo, porque lo quiere ver colgado de la galería florentina de los Ufizzi o, quizá, en algún museo romano. Tras algunas dudas iniciales, Geri contesta a la carta, así pues Leonardi se desplaza a Florencia. El 11 de diciembre, se presenta en su despacho un joven delgado y vestido como un obrero, que le pide, con toda frialdad, medio millón de francos por el cuadro.
Leonardi, en efecto, tenía un interés crematístico. Eso sí, moderado, porque a principios del siglo XX mucha gente opinaba que cinco o seis millones de francos era una ganga por aquel cuadro. Pero también tenía otro motivo: deseaba ver la obra del maestro italiano colgado de la pared de un museo italiano. Fue, pues, un robo nacionalista.
Geri y los responsables de los Ufizzi montaron una compraventa del cuadro en un hotel de la ciudad, para poder comprobar, como hicieron, que la pintura era auténtica. Una vez hecha esa comprobación, Leonardi fue detenido sin oposición. En realidad, se llamaba Vincenzo Perugia, era pintor de brocha gorda y, efectivamente, había trabajado en el Louvre, aunque no en el momento del robo. La policía parisiense, cuando comprobó las huellas digitales de los empleados, se olvidó de los que habían dejado de serlo corto tiempo antes. De hecho, como se acabó por descubrir, incluso había sido interrogado por los policías; los cuales, para terminar de señalar su impericia, ni siquiera cayeron en la cuenta de que Perugia había sido ya condenado dos veces, una por tentativa de robo y otra por tenencia ilícita de armas.
Más aún. Para sonrojo de la policía y pavor de los amantes del arte, se acabó por saber que el domicilio de Perugia en París fue registrado. Durante dicho registro, Perugia escondió el cuadro colocándolo sobre una mesa y poniendo un tapete sobre ella, para hacer pasar la tabla por un tablero más. El comisario encargado del registro se sentó precisamente en esa mesa para escribir su informe. Escribió su atestado apoyando el papel sobre la Gioconda de Leonardo y, lo que es peor, apretando uno de sus codos contra el tablero.
Tras aquel registro, Perugia instaló el cuadro en su cuarto trastero, y esperó dos años a que la pasión de la desaparición se disolviese para intentar su regreso a Italia.
Justo antes de la Navidad de 1913, el gobierno italiano trasladó el cuadro de Florencia a Roma, y lo exhibió en el edificio del Ministerio de Instrucción Pública. El rey y miles y miles de italianos acudieron a comtemplar en directo la obra de arte. Sin embargo Italia nunca albergó la idea de quedarse con la obra. Los gobernantes del país, con buen criterio, siempre tuvieron claro que la obra pertenecía a Francia, por lo que se apresuraron a anunciar su devolución. La Monna Lisa regresó a París el primero de enero del aciago año de 1914.
En el juicio de Perugia su abogado, con habilidad, expuso los motivos altruistas de la acción del pintor de brocha gorda y excitó la grandeur de los franceses destacando lo mucho que el mundo agradecería que Francia mostrase clemencia con el encausado. Los franceses, que son bastante pacatos en lo que concierne a las ideas chauvinistas, tragaron el anzuelo y lo condenaron a poco más de un año de cárcel. El ladrón de la Monna Lisa aún viviría hasta 1947.
lunes, septiembre 21, 2009
La construcción de las pirámides
viernes, septiembre 18, 2009
La primera vez
La encuesta distingue entre hombres y mujeres heterosexuales y homosexuales, a los que, por lo que he podido ver, trata como un todo (y los sitúa, además, en el capítulo de los hombres, que no veo yo por qué si también hay mujeres homosexuales). El simple cálculo de la media de edad de la primera relación según tramos de edad del encuestado en el 2003 y tipología de la relación ya nos dice muchas cosas.

En términos generales, los hombres tienen su primera relación dos años antes que las mujeres y seis años antes que los homosexuales los cuales, probablemente por andar pensándoselo un rato, tienen su primera relación sexual (recuérdese: es la media de toda la población encuestada) a los 32 años. Sin embargo, y esto sí que va de Historia, las relaciones varían sustancialmente según los tramos de edad. En el primer tramo, hasta 25 años, las situaciones están prácticamente igualadas. Según avanzamos en los tramos de edad, la edad de la primera relación se va retrasando, pero dicho retraso se acelera muy significativamente en el caso de los homosexuales; hasta el punto de que, si observáis los mayores tramos de edad (teóricamente, la encuesta abarca a personas de 49 años) observaréis que la media viene a coincidir bastante con los propios tramos, lo cual nos debe de llevar a pensar que los homosexuales de más de 40 años, en España, han empezado a ser homosexuales (o han aceptado esa situación mediante una sexualidad activa) a esa misma edad. Han pasado, pues, décadas en el armario.
Otra cosa muy curiosa que pregunta la encuesta es, además de a qué edad echaste el primer quiqui, qué edad tenía tu contraparte. Se he ma ocurrido mirar los resultados por comunidades autónomas. Sé que esto no colabora mucho a la paz de España, pero qué le vamos a hacer.
Hombres heterosexuales:

Contra lo que pueda parecer (quiero decir: contra lo que solemos contar), los hombres tendemos a tener nuestra primera relación sexual con una mujer mayor que nosotros. Esta norma únicamente se rompe en Ceuta y Melilla y casi en Extremadura, donde lo tradicional, por lo que se ve, es estrenar testiculina en compañía de una estricta gobernanta de la misma quinta. Las mayores diferencias se dan en Castilla León y Cantabria (¿habrá aquí un patrón sexo-geográfico?), hasta el punto de que los castellanoleoneses perdieron el frenillo con una tía que les superaba en cinco años. Chicos listos.
Echémosle un vistazo a ellas:

En las mujeres, la pulsión de regalarle la honra a un hombre de mayor edad es algo superior, con lo que queda confirmado que, en términos medios, todos confiamos en la experiencia. Las cántabras vuelven a estar a colación, pues buscan maromos que les superen en seis años, que son, para según qué turgencias, muchos años. En Baleares, por lo que se ve, también se practica mucho el jíncate a un abuelo. Manchegas, extremeñas (again) y asturianas se destacan por preferir a alguien con un DNI parecido. Lo que no hay, en términos medios, es comunidad autónoma donde a las mujeres les vaya eso de estrenarse con un yogurcito. Los yogurcitos, bien se sabe, son para el postre.
Y, finalmente, los homosexuales:

Estamos en el 2009. Pero hemos de recordar que esta encuesta la contestaron personas que en el 2003 tenían hasta 50 tacos, es decir que algunos de ellos habían nacido cuando a Franco todavía le quedaban por dar la friolera de 22 mensajes de Navidad. Sea por este factor o por otro distinto, queda claro que la llegada a la homosexualidad se hace siempre de la mano de un compi o compa mucho, pero mucho más mayor: seis años y medio es la media. Podemos pensar que como a mayor edad suele producirse mayor experiencia, mayor seguridad, estos son los elementos que se buscan en una primera relación homosexual en mucha mayor medida que en la heterosexual.
Obsérvese que aquí los rangos son mucho más bestiales. Los homosexuales castellanoleoneses son los que más diferencia de edad tenían en su primera relación respecto de la contraparte, casi 20 años, seguidos de gallegos, aragoneses y vascos. Hay un caso, sin embargo, que se aparta de la tónica claramente, que es de Baleares. Dejo en el aire la explicación, aunque se me ocurren varias. Ibiza, mon amour...
Ni qué decir tiene que las edades medias del primer canchete dan para muchos comentarios. Pero en este punto habré de recordaros que, aunque parece haber una verdad estadística que dice por ahí que si el 10% del personal es o somos homosexuales, la verdad es que en la encuesta las respuestas correspondientes a relaciones homosexuales apenas son el 2%. Hay comunidades autónomas, por lo tanto, donde el dato es, probablemente, poco significativo. Ahora que, si los damos por buenos, la pregunta es: ¿a qué esperan los homosexuales asturianos que no se van a los sanfermines?
jueves, septiembre 17, 2009
La última primavera del comunismo
Para que esta convicción pudiese funcionar, era necesario, como si de un montaje euclidiano se tratase, partir de un axioma: el comunismo y sus representantes eran ideologías, y regímenes políticos, democráticos. Insisto en el concepto de axioma. Este principio era eso, un principio. Algo que se otorgaba a los regímenes comunistas by default, sin que tuviese que ser demostrado pues, como todo axioma, era tan evidente que no hacía falta dicha demostración.
La literatura procomunista, especialmente la desarrollada en los años sesenta y setenta, que fueron los más intensamente prosoviéticos o filosoviéticos, abunda en referencias a las conquistas sociales del comunismo. Las defensas del régimen de los soviets repiten machaconamente los éxitos del comunismo en la lucha contra el analfabetismo y el logro de la sanidad gratuita y universal como los dos grandes pilares de eso que podríamos denominar el cuaderno de méritos del comunismo frente al capitalismo. Al mismo tiempo, se suele obviar la vertiente repugnante del comunismo, que casi siempre son los muertos. Porque el comunismo, como régimen político y en sus diferentes expresiones, tiene un triste récord de muertos y represaliados, no superado por nadie. Sólo Mao Zedong mató a 20 compatriotas (más una porción no desdeñable de tibetanos) por cada judío asesinado por Hitler. Como otro ejemplo, resulta históricamente inexplicable que alguien que se diga comunista propugne el respeto por las minorías nacionales o raciales, siendo lo cierto que ningún otro régimen político en la Historia moderna ha deportado de sus propias tierras de origen y residencia a más personas y, en general, ha sojuzgado bajo su bota a más naciones, pueblos y nacionalidades.
Todo esto ocurrió entre 1920 y 1990 pero, sin embargo, fue eficientemente evitado, o cuando menos expresado con sordina, por muchos y diversos portavoces, sobre todo pertenecientes a eso que llamamos intelectualidad, en general caracterizada por un acriticismo hacia las realidades de aquel mundo, acriticismo de tal calibre que hace que no pocos de los párrafos que hoy se pueden leer en aquellos libros de ayer provoquen el sonrojo. En todo caso, por mucho que los tiempos hayan colocado muchas cosas en su sitio, en modo alguno los resultados de aquella inmensa operación de autoconvencimiento colectivo están solucionados. Sin ir más lejos, ahí está la tendencia que, aún hoy en día, tienen muchos conocedores y observadores de la guerra civil española, en el sentido de identificar el bando republicano con el concepto de «fuerzas democráticas»; identificación que tiene el efecto inmediato de otorgar tal vitola a los comunistas españoles, que se parecían a un demócrata sincero más o menos lo que se parece Mariano Rajoy a Giselle Bunchen.
La historia del comunismo, no obstante, es muy larga. Más o menos setenta años (neto de Fidel y de Kim Jong Il, claro está). Demasiado larga para estas ilusorias versiones. Si lo que poseemos es un bidón lleno de mierda, es racional que podamos aspirar a convencer a alguien durante un par de minutos que en realidad es vino de Burdeos. Pero si llevamos el engaño más allá, llegará un momento en que nuestro interlocutor se empezará a oler que lo que hay en el bidón tal vez no sea tan bebible como nosotros queremos aparentar. A partir de los años cincuenta y, sobre todo, sesenta del siglo XX, las personas occidentales que se querían considerar de izquierdas empezaron a tener una alternativa en las diferentes socialdemocracias (incluido el laborismo británico) que, con sus acciones de gobierno, empezaron a demostrar que hay cosas (por ejemplo, la sanidad pública e universal) que se pueden conseguir sin mediar la dictadura del proletariado. Y, además, el régimen soviético fue desarrollándose, tomando decisiones, acciones, que en Occidente tenían mala venta. El propio comunismo occidental comenzó a darse cuenta que, en sociedades cada vez menos rurales y donde el papel de las clases medias era cada vez mayor, era imposible sostener un discurso comunista de libro; esto hizo nacer el eurocomunismo, que fue una especie de fistro diodenal ideológico que, en todo caso, basaba su actuación en la plena, y subrayo lo de plena, aceptación de la democracia parlamentaria como regla de juego para su actuación.
Este proceso fue muy lento y gradual, y en unos sitios se ha perfeccionado más que en otros. Pero, en todo caso, tuvo sus momentos de crisis. Sus puntos de dramático cambio cualitativo. Y hoy me toca escribir del más dramático de todos: la primavera de Praga. La última primavera del comunismo, porque aquella primavera de 1968 fue la última en la que el comunismo pudo considerarse democráticamente creíble ante el mundo.
Checoslovaquia fue una carallada surgida del derrumbamiento de la monarquía austrohúngara. Terminada la primera guerra mundial, y dado que el encargado de resolver el sudoku del mapa geopolítico europeo de posguerra era el presidente norteamericano Wilson, el lobby checoslovaco de los Estados Unidos jugó sus cartas y logró la declaración de independencia para el país. A los checos se unen los eslovacos, un pueblo entonces significativamente más retrasado económicamente, de base rural, que los checos o bohemios. Eran tiempos felices en los que muchas gentes pensaban que en Europa se podrían construir estados que fuesen cócteles étnicos sin problemas. De aquellos polvos vinieron los lodos de guerras como la que arrasó la antigua Yugoslavia y que hoy se dirime en las salas del Tribunal Penal Internacional. Checoslovaquia fue un tutti frutti de checos, eslovacos, alemanes, húngaros, rutenos, polacos, judíos y algún que otro gitano.
En 1938, Checoslovaquia brillaba como una isla democrática en su área de influencia, pero por poco tiempo. Lo que pasó ya lo hemos contado. Acojonada y reducida a la impotencia por el matón alemán y la inacción de sus aliados franceses y británicos, Checoslovaquia, tras los acuerdos de Munich, se asemeja a un cadáver inerme al que se acercan los buitres. Hitler primero, pero después Polonia, que reclama las tierras de Teschen, y después Hungría, reclamando las áreas donde los húngaros son más frecuentes. En marzo de 1939, pocos meses antes de comenzar la segunda guerra mundial, un obispo, monseñor Tiso, proclama la independencia de Eslovaquia y pide el amparo del ejército alemán. Así las cosas, lo que queda del país es puesto bajo la protección del Reich.
En plena guerra, en 1942, los aliados reconocieron la legitimidad de un gobierno checoslovaco en el exilio. El 30 de abril de 1945 se crea, aún fuera del país, un Consejo Nacional Checo formado por todas las tendencias políticas. En la carrera contrarreloj que libraron sobre el mapa de Europa americanos y rusos a ver quién sentaba los reales en zonas de influencia, los americanos llegaron hasta Pilsen, localidad de evidentes resonancias cerveceras; pero fueron los rusos los que entraron en Praga. En 1946 se celebran elecciones, en las cuales el Partido Comunista consigue el 38% de los votos. Esto les da la mayoría junto con los socialdemócratas, pero pronto surgirán disensiones entre ellos. Las cosas van quedando claras cuando se anuncia que Checoslovaquia va a formar parte del archifamoso Plan Marshall. De Moscú llega la orden de que eso no llegue a producirse nunca. Stalin deja clara su voluntad de que el país permanezca en su órbita.
En febrero de 1948, los comunistas diseñan el ataque final para hacerse con el país. Desde el gobierno, acusan al resto de fuerzas políticas de saboteadoras y crean una crisis de gobierno a base de realizar una amplia purga en la Administración de elementos no comunistas. El 22 de febrero, dos millones y medio de trabajadores, siguiendo las instrucciones del líder sindical Antonin Zapotoky, van a la huelga general y paralizan el país. El presidente Benes tiene que ceder una vez más, cesar a los ministros no comunistas y nombrarles sustitutos. Esto es lo que la Historia conoce como Golpe de Praga: la manzana checoslovaca cae, durante los siguientes cuarenta años, del lado comunista.
La Checoslovaquia del líder Klement Gottwald, de Zapotoky y sobre todo del secretario del partido, Antonin Novotny, fue una digna hija de Stalin. No le faltó de nada. Por supuesto, desde el momento en que los comunistas lograron que Benes cesase a los ministros burgueses, por allí no se volvió a ver nada que oliese a elecciones libres. Haberlas, las hubo; pero con lista única. Otra cosa en la que los comunistas checoslovacos se demostraron como alumnos aventajados del padrecito fue en la realización de purgas internas, que se llevaron por delante a dos centenares de miembros del Partido.
En 1956, como todos pudimos saber (todos, incluida la mayoría de los residentes del paraíso soviético) unos treinta años después, se produjo la sesión secreta del PCUS en la que el nuevo líder de la URSS, Nikita Khuschev, denunció los crímenes del estalinismo. Aunque como digo en la Cibeles ni lo olimos porque todo fue como muy en secreto, esto se notó en cierto descenso de la presión dentro de los países de la órbita. No obstante, no detuvo en lo absoluto el imperialismo soviético, pues en ese mismo año de 1956, la URSS sofocó a leche viva sendas rebeliones en Polonia y Hungría, dejando bien claro que en lo que dimos en llamar Bloque del Este al que se movía medio centímetro se le daba una patada en los cojones.
En uno de esos arabescos acojonantes de los que sólo es capaz el comunismo, en Checoslovaquia quien se afana en la labor de borrar el estalinismo del país es precisamente quien lo pintó, es decir Antonin Novotny. Pero los arabescos son chorradas. Esto es algo que los jerifaltes soviéticos, y los prohombres comunistas en general, nunca entendieron bien, y así les fue. Uno no puede colocar al más furtivo de los cazadores al frente de la vigilancia del parque natural. Si hace eso, lo que acabará ocurriendo es que habrá gente en el mismo régimen que empezará a pensar por su cuenta. A mi modo de ver, este intento de Novotny (léase Moscú) de sucederse a sí mismo es algo que está en el germen del movimiento de la Primavera de Praga. Porque la Primavera de Praga, que es el movimiento que más seriamente pone al comunismo contra las cuerdas, no es un movimiento burgués. No es, como se podría decir desde una óptica comunista con esa expresión tan general, cosa de fachas. La Primavera de Praga la inventaron comunistas.
Desde la caída del estalismo, en el seno del comunismo checoeslovaco comienzan a aparecer elementos llamados reformistas, cuyo principal exponente es el eslovaco Alexander Dubcek. Hablan de las cosas que creen que la gente normal, el personal en general, demanda de su régimen comunista: el fin de la opresión policial sobre los ciudadanos, desaparición de la censura de prensa, libertad de expresión, legalización de sindicatos libres... Igual que si una mujer obesa se pusiese la blusa de una top-model, al régimen checoeslovaco se le saltan las costuras y por los intersticios se escapan individuos y grupos de individuos que, casi siempre desde dentro del Partido, se niegan a regirse por la disciplina única de sus dirigentes. En 1967, durante una sesión del Comité Central del Partido, Novotny y los duros acusan a Dubcek de entenderse con los burgueses. Lo siguiente que hace es llamar a Moscú para llamar al primo de Zumosol.
Para desgracia de Novotny, el que se puso al otro del teléfono ya no era el mismo que había repartido hostias en Hungría once años antes.
Desde 1964, mandaba en la URSS Leónidas Breznev; tal vez, el más inquietante y desconocido mandamás soviético de toda la Historia de la URSS, si hacemos excepción de las flores de un día que le siguieron hasta llegar a Mihail Gorvachov (Constantin Chernienko y Yuri Andropov, si no me falla la memoria). Breznev era un tipo cuya principal ocupación en las cinco primeras décadas de su vida había sido sobrevivir. Carecía del carácter sanguíneo de su antecesor Khruchev (él nunca habría golpeado en público una mesa con un zapato, como había hecho él) y, además, no olvidaba que a ese mismo antecesor se lo había pasado el Partido por la piedra, obligándolo a dimitir. Breznev, por lo tanto, fue, quizás, el primer líder soviético que entendió bien de qué iba eso de la URSS: entendió, pues, que la URSS fue un sistema político que basaba todo éxito en placer al Partido Comunista. Las acciones no tenían que ser buenas, ni eficaces, ni virtuosas, ni justas; todo lo que tenían que ser es buenas a los ojos del Partido.
Así las cosas, en una URSS que, bajo los báculos de Lenin, Stalin y Khruschev, se había acostumbrado a tener líderes que mandaban un huevo, pasó a ser mandada por un tipo extraordinariamente contemporizador, que todo lo consultaba, que nada hacía sin tener claro que la nomenklatura de los mandos del Partido no se lo iba a reprochar. Un gobernante lento. A mí me recuerda un poco a Felipe II, salvando las distancias.
La lentitud de Breznev fue gas sarín para Novotny. Si el checo había esperado ver los tanques rusos enfilando hacia Praga, se quedó con las ganas. Moscú le dejó solo y, en muy poco tiempo, se vió en minoría en el Partido y dimitió como secretario el 5 de enero de 1968. Le sucedió el eslovaco Dubcek.
Hasta la llegada de Milhail Gorvachov al poder en la URSS, Alexander Dubcek fue el único máximo mandatario de un partido comunista de la órbita soviética de cuyas verdaderas convicciones democráticas no quepa dudar. Pero entre Gorvachov y Dubcek media un abismo, pues el primero llegó a la máxima magistratura de la URSS para realizar la voladura controlada del sistema comunista; el segundo, sin embargo, nunca pretendió otra cosa que perpetuar el régimen comunista.
El 5 de marzo de 1968, hecho insólito en un país comunista, se levanta la censura de prensa. Pocos días después, Novotny abandona la presidencia de la república, siendo sustituido por un general, Ludvik Svoboda, que había experimentado en carne propia las purgas de los años cincuenta.
El programa de los reformadores se dio en llamar socialismo de rostro humano y tiene algunas reminiscencias del socialismo a la chilena de Salvador Allende. Entre sus elementos principales se encontraba la propiedad privada de pequeños negocios (se mantenía la estatal para los elementos básicos de la economía), la apertura del sistema a diferentes partidos políticos, sindicatos independientes y derecho de huelga, independencia del poder judicial, igualdad de las diferentes nacionalidades y libertad religiosa. Se fijó para el 9 de septiembre la celebración del XIV congreso del Partido Comunista de los Trabajadores checoslovaco, que debía dar carta de existencia a todas estas reformas.
El 26 de junio, una revista literaria, Literární Listy, publicaba un texto del escritor Ludvik Vaculik, conocido como El documento de las dos mil palabras, suscrito por las firmas de otros muchos intelectuales. Este manifiesto reclamaba de ls autoridades checoslovacas un avance más rápido hacia la plena democracia.
A partir de ese día, el Kremlin ya no puede más.
La URSS organiza en Varsovia, los días 14 y 15 de julio, una conferencia de países del bloque del Este para analizar las reformas checoslovacas. Dubcek se negó a asistir. Probablemente, no tenía otra opción pues, de haber ido, habría resultado inmovilizado allí mismo. Pero su ausencia dejó el campo libre al resto de los comunistas para aprobar mociones en las que se calificaba el proceso checoslovaco de contrarrevolucionario, y justificando la intervención armada.
Lo que siguieron fueron días de toma y daca. El bloque soviético presionó con la publicación de la Carta de Varsovia, y Dubcek intentó negociar, poniendo siempre sobre la mesa el aplastante apoyo social con que contaba en su país. Sin embargo, consciente de lo delicado de la situación, y probablemente sabiendo que su país había sido ya pisoteado sin contemplaciones en el pasado, el 3 de agosto firma, junto con otros mandatarios del área, una declaración que asevera que el socialismo deberá ser siempre defendido allí donde esté en peligro. Sin embargo Dubcek, que con gestos así parece demostrar que no carece de mentalidad estratégica, también hace cosas que hacen pensar que se desenvolvió en aquellos tiempos con notable torpeza. Durante el mes de agosto, de hecho, recibe en Praga a las dos bichas de Moscú: el mariscal Tito, jefe del Estado yugoslavo que mantiene una línea decididamente independiente del Kremlin; y Nicolae Ceaucescu, el dictador rumano que por aquel entonces coquetea con los chinos.
A finales de agosto, el día 20, tenía señalada reunión el Presidium del PCT. Cerca de las doce de la noche de aquel día, cuando en las salas aún se trabajaba y se debatía, llegaron las noticias de la invasión soviética del país. La URSS, acompañada voluntariamente por Polonia, Hungría y la República Democrática Alemana, violaba las fronteras del país. La Historia, como vemos, se repite: los cuatro invasores del 68 fueron los mismos que, en el 38, se llevaron partes del país o sacaron tajada de la situación.
El PCT reformista intentó movilizar a la población, pero ya era demasiado tarde. Prueba de su ingenuidad fue que fueron detenidos en la misma sede del partido. Los llevaron a Ucrania, luego a Moscú. Mediante presiones, logran hacerles firmar un documento que legaliza la invasión. Los miembros del parlamento checo tendrán una suerte más agónica. Durante seis días, permanecerán en el interior del edificio, rodeados por lo carros de combate. Algunos no detenidos celebran el congreso previsto para septiembre en un local clandestino.
El día 27, los reformistas regresan a Praga. Pero lo hacen, ya, simplemente para contemplar cómo el partido es purgado de reformistas y a todas las reformas, sin faltar una, se les pone el freno primero, y la marcha atrás después.
El 16 de enero Jan Palach se quema vivo en la plaza de San Wenceslao. Algunos días después, otro estudiante hace lo mismo en Pilsen. El 25 se produce una gran manifestación. Es el último acto de rebeldía de los checoslovacos.
La primavera de Praga fue la prueba del nueve del comunismo. Hasta su producción, y aunque existiesen evidencias y datos, quien quisiera creer en las honradas convicciones democráticas del comunismo internacional, podía hacerlo. Tras la Primavera de Praga, es obvio que ha habido muchas personas que han seguido pensando, escribiendo y diciendo tal cosa. Pero tal idea se convirtió en demasiado exótica e incomprensible para mucha gente.
El principal ganador de la Primavera de Praga, a mi modo de ver, fue la socialdemocracia. A partir de 1968 comenzaría el lento goteo de comunistas que acabarán abrazando el socialismo; goteo del que en España tenemos bien conspicuos representantes.
martes, septiembre 15, 2009
Why not?
He paseado varias veces por la Puerta del Sol. Sí, ya sé que soy masoquista. Hace cosa de un par de años que la Puerta del Sol fue expropiada a los madrileños por una UTE (Unión Temporal de Empresas) formada por el Ministerio de Fomento y el Ayuntamiento de Madrid. Desde entonces hay que tener narices, o más bien no tenerlas, para aventurarse por allí, con tanto polvo y tanta molestia. Pero yo, aún así, lo he hecho.
Paseando, paseando, me he dado cuenta de que, al menos que yo haya visto, la vieja Casa de Correos, el edificio que hoy ocupa el gobierno de la Comunidad de Madrid, tiene dos placas conmemorativas. Una recuerda a las víctimas de la represión francesa durante la rebelión del 2 de mayo de 1808; aunque está redactada de una forma que hasta el embajador de Francia podría comer sobre ella. La otra placa está dedicada a todos los madrileños que aportaron su esfuerzo y su tesón durante los atentados del 11 de marzo del año 2004.
Ambas placas están bien puestas. Recensionan hechos históricos de gran calado para la Historia de Madrid, hoy en día representada por esa casa de Correos desde la que nos gobiernan. Pero he dado en pensar que, en realidad, y cuando menos en mi opinión, falta una tercera placa.
Desde el balcón de aquella Casa de Correos, un 14 de abril, concretamente el de 1931, fue proclamada la II República Española. Fue aquel día un día muy movido. A Madrid, como a otras ciudades de España, fueron llegando con cuentagotas los datos sobre los resultados de las elecciones municipales convocadas para tratar de normalizar la vida del país tras la caída del dictador Primo de Rivera y unos doce meses de evolución dubitativa. Los primeros resultados que llegaron fueron los de las grandes ciudades, donde las estructuras de recuento estaban más desarrolladas; ciudades donde la victoria republicana era patente, en casos amplia, en casos abrumadora. España utilizó una convocatoria electoral de tono menor (unas elecciones locales) para decirle al rey Alfonso XIII que se había cansado de sus estupideces, de sus dimes y diretes, de su forma un tanto peculiar y anticuada de entender el papel arbitral de un rey constitucional; en realidad, levemente constitucional, porque cuando un general de alzó para, entre otras cosas, dejar en suspenso esa constitución de la que teóricamente nacía la jefatura estatal del Borbón, éste no tuvo reparo en apoyarlo.
En Eibar, los ciudadanos proclamaron la República. En Madrid, en la mañana de aquel día, alguien colocó una bandera tricolor (extraña la pasión con que los republicanos catalanes adoptan esta enseña, teniendo en cuenta que la banda morada que la diferencia de la enseña monárquica tiene su origen en el pendón de Castilla) en las terrazas del Palacio de Comunicaciones, hoy sede del Virreinato Gallardonita. El conde de Romanones, viejo y maniobrero político liberal que se había convertido en el último baluarte de un rey al que hasta políticos conservadores como Sánchez Guerra habían abandonado, se fue a la casa del doctor Marañón, de notables contactos republicanos, a parlamentar con Niceto Alcalá-Zamora, el político del régimen que se había pasado a las huestes del cambio. Romanones, probablemente, intentó una transición larga. Alcalá-Zamora, sabiendo o sospechando que lo que hasta aquel momento era un alarde de civismo social podía terminar a hostias si el Borbón osaba ponerse de canto, le dijo que don Alfonso tenía que estar fuera de Madrid para la puesta de sol.
España, está bien claro, dio una lección al mundo con su incruenta transición política a la muerte de Franco. Pero también dio una lección al mundo el 14 de abril. A menos de un kilómetro de distancia de lugar donde la gente se concentraba espontáneamente como si fuesen a celebrar el año nuevo, en el palacio real, se celebraba el último consejo de ministros de Alfonso XIII. No faltó gente en aquel consejo que aún le dijo que debía quedarse y resistir. Pero el Borbón, por una vez en su vida, pensó recto, e hizo lo que tenía que hacer: ponerse en la frontera. Pero aquel consejo no se celebró escuchando el estruendo de las piedras contra los cristales. Una España se iba y otra nacía; pero no siguieron la tradición hispana de darse de hostias. Esto es tanto así que los ministros que estuvieron en aquel consejo, terminado aquél, salieron en sus coches, y cruzaron la Puerta del Sol, trabajosamente, eso sí, a causa de la multitud, pero sin ser hostigados por las gentes.
En un palacete de la calle Príncipe de Vergara, después General Mola y después Príncipe de Vergara again, esperaba el futuro gobierno de la República. Era la casa de Miguel Maura, líder de un pequeño grupo conservador republicano. Allí estaban casi todos los prohombres del Pacto de San Sebastián esperando acontecimientos. Llegó el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil. Los periodistas se le echaron a la chepa y le preguntaron que hacia allí.
-Vengo -dijo Sanjurjo; el mismo Sanjurjo que dos años después encabezaría un golpe de Estado contra la República -a poner a la Guardia Civil a las órdenes del gobierno legítimo de la República Española.
En un determinado momento Maura, si hemos de creer a sus propios recuerdos, ya no puede más y anuncia que se va a la Puerta del Sol, sede del Ministerio de la Gobernación. Todos salen de la casa y se abalanzan a los coches. La escena fue tan espontánea, tan naif, que en el coche en el que va Maura, no recuerdo bien si con Azaña, se les cuela un mediopensionista que nunca llegaron a saber quién era. Llegan a la Puerta del Sol y la atraviesan muy trabajosamente, en medio de los vivas y los parabienes de la multitud.
Llegados a las puertas del ministerio, llaman, y les abre un funcionario del Ministerio de la Gobernación, conocido de Maura. Éste le informa de que los que están allí tienen la intención de proclamar la República, y le dice que ya no tiene función que siga ahí. El funcionario musita una disculpa, y se va. Ni un tiro. Ni un golpe. Ni un empellón. Así se hizo la transición de poderes.
¿Por qué no recordamos aquella extremada muestra de civismo? ¿Acaso no es un hecho fundamental de la Historia de España que debería merecer un recuerdo en el lugar donde ocurrió? ¿Cómo es posible que en la Puerta del Sol de hoy no exista (al menos que yo sepa) ni el más mínimo indicio de lo que ocurrió allí hace ahora algo más de setenta años?
Se me ocurren dos razones.
La primera es que la República dejó pronto de ser cívica. Apenas unas semanas después de su proclamación, en muchas ciudades de España se produjo una quema de conventos y edificios religiosos que, además de suponer un atropello intolerable a la libertad de las personas, supuso la licuación de muchos tesoros artísticos y bibliográficos que los energúmenos de turno no tenían neuronas suficientes como para apreciar. Por lo demás, las revueltas obreras comenzaron pronto, con notable número de bajas, como en Sevilla. Luego, la acción de los radicales de derecha. En efecto, la República, casi desde su primer día, no dejó de ser un problema de orden público y, además, acabó diviviendo a los españoles en dos mitades irreconciliables que, como suele ocurrir en estas situaciones, acabaron por resolver sus diferencias a leches.
Pero es que el 2 de mayo de 1808 no trajo cosas mucho mejores. El 2 de mayo fue el principio de un proceso por el cual el pueblo español recuperó la soberanía sobre su destino, y la aplicó dándole el poder omnímodo a un tipo que ha sido, con mucho, pero con mucho, el peor rey que ha tenido España en toda su Historia. Un rey que, con sus ideas ultramontanas y su enorme capacidad de mentir, corromperse y putear, embarcó a España en un proceso que también la partió en dos y que de hecho no provocó una guerra civil, sino tres. Tres. Un proceso que también provocó riadas de españoles exiliados y que conformó la dinámica política del país en forma de rosario bananero de pronunciamientos militares. Si nos ponemos así, ¿por qué celebrar, por qué alabar el 2 de mayo? Medido por sus consecuencias, el 2 de mayo es una mierda. Pero lo celebramos porque, independientemente de lo que pasó después, el 2 de mayo fue una prueba de patriotismo, valentía y sacrificio; como lo fue el 14 de abril de civismo.
Hay una segunda razón posible: España es una monarquía, las monarquías no conmemoran la proclamación de una república. Este argumento, si es que alguien lo esgrime, es de una miopía tan intensa que más vale calificarlo de ceguera. En primer lugar, porque en las conmemoraciones históricas los bandos se difuminan. ¿O es que no vemos a los políticos alemanes acudiendo a las conmemoraciones del desembarco de Normandía? En segundo lugar, porque un gobierno, cualquier gobierno que de ello se precie, no debe nunca dar la espalda a su Historia. Hacerlo nos aboca a procesos en los que la propia interpretación histórica deambula por los mismos derroteros que el color político de esos mismos gobiernos: hoy la memoria histórica (horroroso pleonasmo) se acuerda de unos, mañana se acordará de otros.
Los hechos de nuestra Historia nos pertenecen a todos. A quienes los admiran, y a quienes los denuestan. Y aquellos hechos que son grandes, que marcan un antes y un después, aquellos hechos de que alguna forma nos han hecho como somos, deben ser reconocidos y conmemorados.
No hay ninguna razón, como no sea la desidia o el deseo de no saber, para que nuestra Puerta del Sol, nuestra Casa de Correos, no reconozca con mayor intensidad con que lo hace el hecho inolvidable de que fue desde su balcón desde donde nació el segundo sueño republicano español.
domingo, septiembre 13, 2009
Imágenes (1)

Hoy puede que no, pero esta imagen fotográfica fue en su día una de las más conocidas y difundidas en el mundo entero.
La foto está tomada en 1979, durante una visita de Leónidas Breznev, máximo mandatario de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), a la República Democrática Alemana (RDA). En la misma, Breznev se saluda con Erik Honecker, máximo mandatario de la Alemania comunista.
La he puesto aquí porque provocará ciertos recuerdos en los talludos y, quizá, llame la atención a mis lectores más jóvenes.
viernes, septiembre 11, 2009
Pasquines
Y es que Pasquín está situado detrás del Palazzo Braschi de la capital italiana, cerca de la Piazza Navona. Lleva allí desde 1501, cuando fue situado en tal lugar por el cardenal Oliviero Carafa. Es una estatua que se conserva sólo parcialmente, tan parcialmente que son varias las teorías que se han desarrollado sobre la realidad que representa. La opinión más generalizada es que el roto conjunto escultórico representa a un gladiador. Pero hay otros que creen que representa a Hércules realizando uno de sus trabajos, y otros que consideran que el conjunto representó en su día a un soldado de Alejandro Magno sosteniendo el cuerpo de su jefe durante su baño en el Cidno; a Ayax, a Menelao... Como se ve, teorías las hay para todos los gustos.
El otro gran misterio de esta historia es el origen de la palabra pasquino en italiano, o pasquín en español. Todo parece indicar que es un nombre, ciertamente. Pero ahí se acaban los consensos. Hay quien quiere recordar que Pasquín era el nombre de un sastre de alto copete que realizaba encargos para el Papa, la Curia y los grandes nobles, y que en ejercicio de sus funciones (recuérdese que ésta, y no otra, es la esencia de la trama de El sastre de Panamá) se acababa enterando de muchos secretos, secretillos y secretazos de la Roma de su tiempo. Por eso, cada vez que se escuchaba una maledicencia a media voz, todo el mundo refería que la había dicho Pasquín. Según esta versión, a la muerte del sastre, la estatua de marras fue encontrada durante unas obras enterrada en la calzada, y fue colocada en el lugar donde había estado el taller del famoso cotilla, adquiriendo su nombre.
En todo caso, parece claro que fue el cardenal Carafa el primero que tomó la costumbre de clavar alrededor de la estatua papeles con composiciones literarias, aunque en aquel momento eran de contenido lírico. Pero eso fue cambiando. Al calor de la costumbre, en el pedestal de la estatua de Pasquín comenzaron a aparecer epigramas satíricos, que hablaban del Papa, de los cardenales, de cualquier suceso de la capital. El pontificado del español Alejandro VI marcó un claro cénit en la publicación de pasquines difamatorios. El pueblo romano odiaba al Papa español (verdademente, sus razones tenía) y no se recató de alicatar la estatua con sus opiniones. En 1501, al principio de los pasquines pues, se publicó uno que sacaba punta del hecho de que en el escudo de los Borgia hubiese un buey. Decía el buen pasquín:
Predixit tibi papa bos quod esses
El inteligente truco de este pasquín estaba en que no tenía coma, con lo que invitaba al lector a colocarla él mismo. Según dónde la coloquéis, la frase puede significar:
Tú predijiste que serías un Papa buey (sin comas).
Tú predijiste, oh Papa, que serías un buey (con «papa» entre comas).
Tú predijiste, oh buey, que serías Papa (con «bos» entre comas).
Ya sé que la LOGSE se lo ha cargado, pero el latín puede llegar a ser muy divertido.
Todo esto hizo que los matices primeros, relacionados con la pulsión de los poderosos por dejar ver sus opiniones, desapareciesen, y el pasquín pasase a ser un elemento totalmente popular y totalmente clandestino, es decir perseguido.
Que yo sepa, el primer pasquín anónimo se lo llevó un español: el Papa Calixto III (1455-1548), de soltera Alfonso Borja, quien había realizado un nepotismo de libro a favor de sus sobrinos y, por la tal razón, se ganó esa apostilla:
A los pobres, sus apóstoles la Iglesia había dejado Cristo;
presa de los ricos, sus sobrinos, es regida hoy por el buen Calixto
El Papa Adriano VI le declaró la guerra a los pasquines. Si éstos se habían refugiado hasta entonces en una fiesta literaria galante impulsada por el cardenal Carafa todos los 25 de abril, Adriano la prohibió. El Papa, de hecho, albergó la idea de romper la estatua y tirar los trozos al Tíber; con muy buen criterio, el excelso poeta Torcuato Tasso, autor de la Jerusalén liberada, le convenció de que, si hacía eso, los restos de la estatua harían nacer en el río «infinitas ranas que croarían noche y día»; en clara alusión al hecho de que tratar de acabar con los pasquines no haría sino multiplicarlos. Un cónclave decimonónico, el que eligió a Pío VIII (1829) se celebró mientras un cuerpo de guardia específico vigilaba la estatua las 24 horas.
Para la mellada estatua romana escribieron las mejores plumas locales. Escribieron Jacopo Sannazaro, Baltasar de Castiglione, Niccolò Franco y, sobre todo, el grande entre los grandes: su majestad Pietro Aretino.
Con el tiempo, además, a Pasquín le salieron interlocutores. Otras estatuas romanas donde también se colgaban papeles, normalmente contestándose unas a otras. Esto fue conocido como el club de los ingeniosos, del que formaban parte el propio Pasquín, así como la estatua de Madama Lucrecia (una estatua de la puerta de la iglesia de San Marcos, en la Piazza Venezia); Marforio, una estatua yacente del Capitolio; una estatua de un cónsul aparecida en la Piazza Vidonio y conocida por los romanos como el abad Luigi; Il Facchino o mozo de cuerda, situado en la vía Lata; y, finalmente, la estatua conocida como El Babuino, aunque en realidad es un sileno no muy favorecido, situado en una fuente de una de las vías que van a dar a la Piazza Spagna.
Los pasquines desaparecieron con la entrada de las tropas italianas en Roma y la incorporación de la ciudad a Italia; signo inequívoco de que el Papado, y el poder papal sobre la ciudad, fueron sin lugar a dudas su principal combustible. Hay quien dice que cuando se habló de que Hitler iba a visitar la Roma mussoliniana renacieron los pasquines, pero yo tengo esa versión por una más de las elaboraciones creativas de la historia de la segunda guerra mundial, elaboraciones que tienden sistemáticamente a ver hordas de resistentes antifascistas donde, de haber, lo que hubo fueron grupúsculos en situación putomiérdica y escaso apoyo social.
Hoy, los romanos tienen otras vías para practicar la crítica del pasquín. O, tal vez, es que han perdido el ingenio.
miércoles, septiembre 09, 2009
La chorrada del nazibudismo
Los primeros que se beneficiaron de esta posibilidad han sido, y en parte siguen siendo, los cleros. Los sacerdotes son los primeros que descubren el chollo de convencer a los demás de que la divinidad está detrás de las cosas que pasan y, además, es posible entenderla si se conoce el lenguaje adecuado. Toda nuestra cultura está basada en la creencia ciega en hechos sobrenaturales. Así las cosas, ¿por qué no tendría que surgir el negocio de inventar hechos sobrenaturales, de elaborar explicaciones alambicadas para las cosas, y pillar pasta gansa a base de escribir libros, echar cartas o mirar a las estrellas? Si los arúspices y los sacerdotes fueron los pilladores del pasado, los pilladores del presente son los modernos mistagogos que ya no nos hablan de santerías o de oráculos, sino de seres inteligentes, normalmente de color verde, que viajan a través del universo y tienen tecnologías capaces de esto y de aquello; o de mamofonías varias; o de ouijas pijas. El caso es pillar.
Normalmente, el moderno pillador, el charlatán contemporáneo, el mistagogo de vía estrecha, suele subvertir la ciencia. Pero, también, a veces, subvierte la Historia. Es, sin ir más lejos, lo que ocurre en el caso que vamos a tratar en este post. El caso del nazibudismo, del Dalai Hitler o, si lo preferís, de la relación entre el nacionalsocialismo y el Tibet.
Todo esto parte de un solo hecho cierto: la celebérrima cruz gamada de los nazis alemanes no es, en modo alguno, una invención suya. La cruz gamada se utilizaba en diversas culturas orientales. Hay gente que no necesita más que eso para elaborar una teoría. Estos días leo un libro sobre el nacionalismo vasco (Kerman Ortíz de Zárate: El problema revolucionario vasco. Buenos Aires, Pléyade, 1972), que porta el siguiente sólido argumento, mutatis mutandis: los vascos tienen una tradición que llaman del Árbol Malato; en Turquía hay un monte que se llama Malato; ergo los vascos descienden de los antiguos sumerios. ¡Moc, moc, y dos huevos duros!
Todo empezó con una mujer. Se llamaba Helena Petrovna Blavatsky, y se la suele citar con sus tres iniciales, HPB. La Blavatskty es uno de los mejores ejemplos, de los que el siglo XIX ya va bien dotado, de jeta industrial parapsicológica. Como suele ocurrir con estos eructitos (quise escribir eruditos pero, coño, los dedos no me dejan; será algo sobrenatural), HPB vivió de cuatro datos que tenía por ahí, fundamentalmente de budismo. A los escritos de HPB no les falta de nada. Lo primero, desde luego, es el misterio inherente a su conocimiento: todo lo que cuenta en sus libros, dice, le fue revelado por un lama en un monasterio tibetano (es lo cierto que ella nunca estuvo en Tibet), y conforma el corpus de un conocimiento secreto. Que se sepa, esta señora nunca explicó por qué un monje tibetano fue precisamente a escoger a una señora europea para contarle lo que no le contaba a nadie.
Las teorías de la Blavatsky están relacionadas con uno de los asuntos que más ha dado de comer, y lo que te rondaré rubia, a todos estos conocedores de la nada: el mito de la Atlántida. Para todas las personas que se hayan acercado seriamente a las culturas antiguas, el hecho de que la Atlántida sea un mito ya les dice todo. Que se hable de la Atlántida no quiere decir que exista, al igual que si se habla del mito de la cueva de Procusto tampoco se está sosteniendo que jamás haya existido un tipo tan cabrón. Pero los eureros hechiceros de la modernidad no se paran en estos detallitos. Para ellos, el mito quiere decir que la Atlántida existió. En abono de este hecho suelen citar el no menos conocido de que la arqueología ha terminado por demostrar que existió la Troya homérica; que no hayan aparecido ni el caballo ni una sola pieza, sea armadura, espada o tal, mucho menos inscripciones, correspondiente con los seres que según Homero estuvieron allí, es algo que ya les interesa menos en su explicación.
Sigamos con la Blavatsky. En aquella supertierra primigenia vivía una raza de seres superiores, que convivían con los dinosarios (o sea, como Richard Attemborough y Michael Crichton). Llegó un momento en que estos superhombres se degradaron (no se explica muy bien cómo) y fueron castigados (no se explica muy bien por quién aunque, como veremos más adelante, quizá fue Harry S. Truman) con la desaparición de su continente. Pero unos pocos sobrevivieron (no se explica muy bien cómo, y cómo fueron capaces de escapar de un demiurgo tan poderoso como para hundir continentes enteros) y se fueron al Tibet, donde sus extraordinarios conocimientos fueron, y son, transmitidos por los lamas. Así como quien no quiere la cosa, HPB había conectado el budismo con el conocimiento semidivino, algo que hay que reconocer que en parte permanece en las mentes de quienes, legos al budismo, lo vemos como algo entre misterioso y dabuten. Supongo que si hiciésemos una encuesta descubriríamos que la immensa mayoría de los no budistas consideran que ser budista es saber cosas que otros no saben (o sea, que con atender un poco en las clases de mates del bachillerato, ya eres budista).
Hay que reconocer, de todas formas, que esas cosas que hacen los budistas de tomar a un niño recién nacido y decir que como el puto niño ha dicho gu-gú en el momento correcto, o se ha mostrado interesado por tal o cual objeto, es que es la reencarnación del obispo de Tarazona, no ayudan, precisamente, a quitarles esas etiquetas.
Casi todo el nazismo está en los libros de la Blavatsky. Esto es: la creencia en una raza superior. La creencia de que esa raza está abotargada y hay que reanimarla (esto es el Lebensraun hitleriano: tomar lo que Alemania necesita para ser grande y que históricamente no le han dejado tomar). Y la creencia, consecuente, en la existencia de seres humanos de condición inferior, que para la rusa son los chandalas. Hay que reconocer que el hecho de que HPB sostuviese que los tibetanos son esa raza superior no es muy nazi, porque no se conocen, que yo sepa, tibetanos rubios y de ojos azules y, de hecho, si escondiésemos un tibetano entre setecientos oficinistas de Schleswig-Holstein, probablemente no nos tomaría ni minuto y medio encontrarlo.
Las teorías blavatskianas se denoninaron teosofía. Algunos años más tarde, en Centroeuropa dos mistabobos austriacos, Gido List y Adolf Lanz, desarrollan la ariosofía.
List, que se hacía llamar Von List para destacar sus presuntos orígenes nobles; y Lanz, que llegaba más lejos y se hacía llamar Jörg Lanz von Liebefels, adaptaron las teorías teosóficas metiéndole sordina a los argumentos tibetanos para inventar unos orígenes germánicos para la superraza más coherentes con la verdad, aunque no plenamente coherentes. En la ariosofía, la primigenia raza de la hostia proviene de los contactos entre germanos, templarios y vikingos. Es otro leiv motiv de este tipo de chorradas el meter por medio a los templarios, dado que se les supone una secta poderosa con extraños poderes y tal. Lo de los vikingos no tiene pase, seriamente. Pero para darse cuenta de ello, los ariosófobos deberían conocer un poquito más, o mejor digamos un poquito, la historia de los pueblos escandinavos. Y no era el caso. Respecto de los templarios, en Alemania apenas los hubo.
Eso sí, List y Lanz fueron quienes utilizaron por primera vez la cruz gamada.
El seguidor de las teorías de estos dos insanos inventores fue otro austriaco, Adam Glauer, quien se hacía llamar Barón Rudolf von Sebottendorf. Glauer fundó la sociedad Thule, que preconizaba la vinculación de la raza alemana con oscuras razas de superhombres existentes en el tiempo pretérito, que tuvo grandísimo éxito entre los nacionalistas radicales que acabarían alimentando las filas del NSDAP hitleriano.
Thule es una tierra mítica de los griegos, situada al norte de la civilización. Dado que no pocos exploradores contemporáneos han demostrado que nuestros antepasados bien pudieron hacer viajes exitosos a lugares bien remotos, no hay que descartar que algunos griegos de pelo en pecho lograsen en realidad llegar muy muy arriba en el mapa y, consecuentemente, el mito de Thule tenga algún tipo de fondo de verdad basado en esos contactos. Thule es también en lugar norteño y medio mágico donde tiene su reino la reina Sigrid, virginal novia del Capitán Trueno; aunque eso de virginal quizá habría que ponerlo en duda, teniendo en cuenta los sospechosos parecidos entre la propia Sigrid y el arrapiezo Crispín... Los «teóricos» de Thule sostenían que allí en el norte, quizá en Groenlandia, quizá en Islandia, hubo una tierra mágica en la que vivieron los primeros arios, seres perfectos. Si os paráis a pensar, os daréis cuenta de que esa teoría es, en el fondo, de la la Blavatsky, sólo que cambiando Thule por la Atlántida, y los arios por los tibetanos. La bisagra que conecta ambas creencias es la cruz esvástica.
La sociedad Thule fue fundada por Sebottendorff con la idea de usarla para sus imbecilidades mistabobas. No obstante, conforme fue ganando adeptos, éstos fueron dándole al grupo un tono más político, pues lo nuevos miembros no querían discutir tanto la existencia de unos arios primigenios que eran la leche, como luchar contra los no arios, esto es judíos y comunistas (los nazis nunca llegaron a explicar bien eso de que los comunistas nunca fuesen arios, pero lo creían a pies juntillas; por lo demás, para ellos el paradigma del comunista era el eslavo, y el desprecio profundo que sentían hacia esta raza quedó bien claro cuando invadieron la Unión Soviética).
La prueba irrefutable de la relación entre Thule y el NSDAP es que esta sociedad compró en su día un periódico, el Münchener Beobachter u Observador Muniqués, que finalmente sería convertido en el Völkischer Beobachter u Observador del Pueblo, que fue el órgano de prensa oficial del partido nazi.
Durante el brevísimo periodo de la República Soviética Bávara, dos decenas de seguidores de la sociedad Thule fueron asesinados, con lo que esta secta tenía, además, mártires.
Con la llegada del III Reich, todas estas idioteces ganaron valor, puesto que dentro del nazismo había conspicuos miembros que creían en ellas. Uno de sus creyentes era Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler al cual la neurona le daba para bastante poco, y que en sus paranoias alucinógenas sobre la grandeza de Alemania echó con frecuencia mano de estas teorías para explicar las idioteces que le nacían en la cabeza. Aunque quizá el máximo creyente fuese Heinrich Himmler. Los testimonios que tenemos de él, por ejemplo los procedentes de su médico personal, nos dibujan a un tipo bastante impresionable, basado ideológicamente en análisis muy sencillitos, y proclive a dejar volar la imaginación. El tipo de imbécil que se cree imbecilidades.
Himmler tuvo una pequeña corte de echadores de cartas, arúspices y hechiceros varios. El más importante de todos fue un tipo que merecería ser objeto de una película: Karl María Willibut, que se hacía llamar Weisthor, o sea, Sabiduría de Thor.
Willibut es el tipo que vuelve la mirada hacia el Tibet. Empapado como está de todas las obras escritas durante el medio siglo anterior sobre la existencia de una raza de superhombres, empeña su vida y sus esfuerzos en encontrar las pruebas de la existencia de esa raza de la hostia y sus vinculaciones con el alemán contemporáneo. Por iniciativa suya, se realizan trabajos arqueológicos en la propia Alemania y en las españolas Islas Canarias, en este caso para buscar restos de la Atlántida (la teoría de que las Canarias son como las montañas de la Atlántida que todavía sobresalen del agua es otra mamonada muy al uso en estos círculos). Para poner todas esas cosas en claro se echó mano, cosa no muy normal, con algo bastante parecido a un investigador serio: Ernst Schäfer, un profesor alemán que, en 1934, había participado en una expedición americana en el sur del Tibet. Schäfer dirigió la expedición que la Alemania nazi dirigió al Tibet en los años 1938 y 1939.
La expedición Schäfer no está exenta de misterio y es oro molido para los mistabobos. Se ha dicho, por ejemplo, que los alemanes llevaron un mensaje secreto de Hitler al Dalai Lama. Considerando que en aquel entonces el Dalai Lama tenía tres años, es posible que el mensaje fuera: «Macalone sin tomate nene no guta», o algo así. Se ha dicho que los alemanes buscaban la tumba de Gengis Khan (esta teoría no explica por qué Gengis Kahn se enterró presuntamente allí). También se ha dicho que, en realidad, la destrucción de la Atlántida se debió a la explosión de una bomba atómica (teoría que no para en el pequeño detalle de que una bomba con kilotones suficientes como para hundir un continente dejaría trazas en el mundo entero) y que los lamas guardan el secreto de dicha bomba atómica, que Hitler quería para sí (y será por eso que no hizo caso de los primeros científicos que sospecharon de la fisión del átomo). Con todo, el gran éxito de la expedición fue el permiso que recibieron de visitar la ciudad de Lhasa, que hasta entonces había sido vedada a los occidentales. Se tomaron un huevo de fotos y se filmaron muchos metros de película. Ese material sí que es interesante de conocer.
Cuando supo que Shäfer había conseguido entrar en Lhasa, Willibut, en Alemania, entró en trance y logró comunicarse con un lama tibetano y un chamán amazónico. No puedo explicaros qué puñetas hacía el jíbaro dando por culo en la conferencia, pero tiene su mérito inventar el roaming telepático, y es por eso que lo cito. Por lo demás, hay que tener en cuenta que, a pesar del amor de los nazis por el budismo, también los hubo que le tenían gato. Así, el general Ludendorff, muy interesado por estas tonterías y que era un devoto creyente del dios Odín, quien sostuvo en un libro la existencia de una conspiración para dominar el mundo liderada por el Dalai Lama. Quizá el libro de Ludendorff lo leyó ese gran demócrata llamado Mao Zedong, pues, algunos años después de terminada la guerra mundial, entró en Tibet como Pedro por su casa, se apioló al 20% de la población e hizo desaparecer la inmensa mayoría de los templos del país.
Si los tibetanos se creían superhombres, Mao les demostró que se les habían acabado las espinacas. Pero ni aún así se han terminado las chorradas, ni los libros imbéciles, ni las teorías infumables. Ni la gente que las cree.
Y es que creer siempre ha sido mucho más fácil que leer.
lunes, septiembre 07, 2009
Buffalo Bill
William Cody nació en 1846, hijo de Isaac Cody, un hombre dedicado al comercio procedente de Le Clair, al este del río Missouri, pero que se había traslado a Salt Creek Valley, muy cerca de Fort Leavenworth, en Kansas. Allí había indios pieles rojas y papá Cody solía comerciar con ellos. Cuando iba a hacer sus tratos, Isaac se llevaba a su hijo William, que mataba el rato jugando con los niños indios. Así fue como como Bill Cody aprendió la lengua de los pieles rojas.
El padre de Buffalo Bill murió a causa de las heridas de arma blanca que le causaron unos partidarios del esclavismo durante una discusión. Los Cody, al fin y al cabo procedentes del Este, eran abolicionistas, pero en Salt Creek éstos eran minoría. El agresor del padre de Bill intentó también agredirle a él, pero no lo consiguió. En todo caso, la muerte del padre, que se produjo cuando el hijo tenía once años, lo obligó a espabilarse para salir adelante. Aprovechando que había aprendido ya a montar y a tratar a los caballos, consiguió trabajo como cuidador de equinos en los establos de la compañía de transportes Rusell, Majors and Wadell, en Fort Leavenworth.
Dentro de sus labores, Bill Cody tuvo que escoltar una caravana de ganado destinada a Fort Kearney. En una de esas etapas, durante su guardia nocturna, vio o creyó ver a un indio que apuntaba a uno de sus compañeros con un fusil, y le disparó. Estaba convencido de que había matado al indio, y la historia fue referida por los testigos en términos cada vez más épicos (el mecanismo de formación de las leyendas urbanas es universal y ha existido siempre). El periódico local de Fort Leavenworth acabó publicando una historiada crónica de aquella «hazaña», lo cual no plugo mucho a Bill Cody, pero le valió un ascenso en la empresa.
En 1860, cuando Bill Cody llevaba tres años en la empresa, fue adjuntado a un nuevo servicio de la misma: el Pony Exprés. Especie de Seur de la época, el Pony Exprés era un servicio de correo rápido que garantizaba la transmisión de noticias y mensajes en el menor tiempo posible en un país cada día más grande. Bill tenía sólo catorce años, pero su enorme habilidad como jinete, unido al hecho de que el uso de las armas no tenía secretos para él, hicieron que trabajase en el proyecto desde el principio. En aquel entonces, todas las expediciones que cruzaban aquellas tierras, desde transporte de ganado hasta simples cartas o diligencias, estaban sometidos a notables peligros. La zona de trabajo de Cody, para empezar, estaba infestada de sioux, cheyenes y arapahoes. Luego estaban las bandas de mormones que atacaban las expediciones. Y, aún después, los simples grupos de maleantes.
Resulta curioso que el Pony Exprés se convirtiese en un hecho mítico teniendo en cuenta su corta duración. El 17 de octubre de 1861, la Western Union envió un mensaje telegráfico de parte a parte del país, que sólo se tomó unos segundos para llegar a su destino. Así pues, lo días del Pony Exprés estaban contados bien poco tiempo después de haber comenzado. Aunque para Cody no hubo mucho tiempo para pensar en ello, pues casi inmediatamente estalló la guerra de Secesión americana, en la que participó, y su posguerra, que también le dio trabajo pues se dedicó a asesorar al general Sherman en sus conversaciones con los indios.
En 1866, William se casó con Louisa Federici, mujer que le impulsó a sentar la cabeza. Así pues, trató de trabajar como hotelero, pero aquello no era para él. Deseando aún así sentar la cabeza, empleó todo su dinero en la compra de una granja, pero la inversión resultó ser una ruina, por lo que su mujer le abandonó para regresar con sus padres. Cody estaba, por lo tanto, abandonado y arruinado. Pero ahí es donde su vida rebota.
Un amigo le presentó a los hermanos Goddard, que regentan una cantina en la que almorzaban diariamente más de mil obreros de un astillero. El menú era muy aburrido (carne en conserva) porque en aquel entonces era complicado conseguir suministros, ya que los filetes no viajan por la línea telegráfica. Los hermanos Goddard propusieron a Bill contratarlo como suministrador de carne de bisonte. De esta actividad fue de donde le vino el apoyo de Buffalo Bill.
Otro cazador de la zona, Bill Comstock, reclamó para sí el derecho de llamarse Buffalo Bill. Así pues, se organizó un duelo en el cual ambos candidatos tuvieron once horas para matar cuantos bisontes fuesen capaces. El vencedor recibiría 5.000 dólares y el derecho a llamarse Buffalo Bill.
Cuando pasó la primera manada, Cody mató 38 animales y Comstock 23. Al final del día, tras el paso de tres manadas, el primero había matado 89 piezas y el segundo 46. Es obvio que un concurso así no se celebraría hoy en día.
Terminado el trabajo con los hermanos Goddard, Buffalo Bill se pasó al lucrativo negocio del turismo. Contra lo que pueda parecer, y siento con ello desanimar a quienes se hayan creado una imagen de Buffalo Bill a través de los tebeos y las pelis del Oeste, William Cody nunca fue una persona que se enfrentase a situaciones de peligro de muerte, mucho menos con los indios, que eran sus colegas. De hecho, en una célebre foto en la que posa junta al celebérrimo jefe Toro Sentado (o sea, el gran hechicero sioux Totanka Yotanka, que quiere decir Toro que se Levanta; por qué se le ha dado en llamar Toro Sentado, es un misterio para mi), ambos están agarrando el mismo fusil como buenos amigos, y Buffalo Bill parece estarle explicando a su amigo indio cómo se va a algún sitio. Aquí podéis ver la foto de marras:
Para cuando Cody se convirtió en Buffalo Bill, el Salvaje Oeste ya no era tan salvaje y había llegado eso que podemos llamar la explotación del mito. Su empleo, por lo tanto, no fue de perseguidor de indios ni nada que se le pareciese. Su empleo consistió más bien en vaciar las faltriqueras de europeos y yanquis ricos que acudían al Oeste a vivir las aventuras inventadas por mil escritores (como W. W. Bochamp, el cronista que acompaña a Richard Harris en la inmortal Sin perdón de Clint Eastwood) y que, en realidad, nunca o casi nunca habían ocurrido.
De hecho, uno de los encargos de Buffalo Bill fue uno que está, de alguna manera, rememorado en una película de Mel Gibson, Jodie Foster y James Gardner, llamada Maverick. En Maverick aparece el personaje de un aristócrata ruso que viaja a Estados Unidos a cazar bisontes, y otra escena en la que Mel Gibson se hace apresar por unos supuestos indios salvajes que, en realidad, son amigos suyos. Ambas cosas tienen su punto de verdad. Buffalo Bill organizó una cacería de bisontes para el gran duque Alexis de Rusia. Finalizada la cacería, el gran duque, que iba acompañado por el famoso general Sherman, ocupó una diligencia de la Wells Fargo conducida a toda velocidad por Bill. En un recodo del camino, una partida de indios que gritaban y disparaban al aire se hizo presente y comenzó a perseguir al convoy. Los indios persiguieron a la diligencia hasta una estación de tren, en la cual el carruaje se paró, se pararon los indios... y estallaron en un aplauso cerrado al puto aristócrata ruso. Todo había sido fake. Preparado por Bill.
William Buffalo Bill Cody fue presentado, sin su aquiescencia, a las elecciones congresuales de 1872, por el Estado de Nebraska, en las listas demócratas. Salió elegido. En Washington no fue feliz. En célebre anécdota, durante una reunión del Congreso escuchó a un colega pronunciar esa famosa frase de que «el único indio valioso es el indio muerto». Cody, levantándose para marcharse, tomó una moneda de dos dólares, que en reverso lleva la imagen de un indio, y, arrojándola sobre la mesa, le contestó: «Éste es el único indio que usted respeta».
La estancia en Washington y en el Este en general le sirvió para darse cuenta de que el Oeste era negocio. Eso, unido al hecho de lo mucho que estaba cambiando el Oeste, cada vez menos salvaje, le llevó a albergar, en 1882, la idea de formar un circo. El 17 de mayo de 1883 se celebró en Omaha, Nebraska, la primera representación de la Wild West, Rocky Mountains and Prairie Exhibition, que finalmente se conocería como Wild West Show. El WWS viajó por todos los Estados Unidos con tan grande éxito que los ecos llegaron a Europa, de donde a Bill le llegaron ofertas. Siendo como fue el WWS el mayor espectáculo de su época, el único sitio en el que las personas normales podían ver indios, vaqueros, jinetes haciendo maravillas a los lomos de sus caballos y muchos, muchos tiros, el tour europeo era algo casi obligado.
Para su desgracia, Buffalo Bill tenía tan buen olfato para iniciar negocios como le faltaba para mantenerlos. Como financiero fue un desastre y su circo terminó siendo mal negocio. Por eso, en los últimos años de su vida, tuvo que aceptar contratos en circos menores, amén de sufrir el mordisco de algunas atracciones de nuevo cuño, como el cinematógrafo. El 9 de enero de 1917, durante una representación, Cody sintió un dolor en el pecho. Se empeñó en no ser atendido, y algunas horas después fallecía. Con él murió el héroe de casi todos los niños del mundo de los primeros años del siglo XX, nuestros bisabuelos, y un héroe un poco de cartón piedra de ese mítico mundo, en parte cierto, en parte invención, que conocemos como Salvaje Oeste.
¿Quién es? (1). La solución
La mayoría de vosotros os inclináis por Luis Buñuel como candidato para haberse hecho esta foto crousoniana. Lo cual es un buen indicio de lo difícil que os habría sido adivinar la verdad.
La respuesta es: Don Santiago Ramón y Cajal.
Nuestro ínclito premio Nobel, señor y rey de las neuronas y otros misterios fisiológicos, también tuvo una juventud. Una juventud en la que le dio tiempo a ir a la guerra de Cuba, pero también a hacerse esta foto, realmente extraña, sintiéndose un auténtico superviviente de la selva.
Y es que hay gente a la que la iconografía nos ha acostumbrado a ver provecta y arrugada, lo cual nos tiende a hacer olvidar que una vez fue joven y cachonda. Aunque, por lo que he podido leer, don Santiago no dejó de ser un cachondo nunca.
sábado, septiembre 05, 2009
¿Quién es? (1)

Dado que en no pocos de los libros que me voy comprando y cuya lectura comparto con vosotros en este blog aparecen ilustraciones, normalmente fotos, he pensado que tal vez será motivante para vosotros tratar de adivinar quién es el que sale en las mismas. A veces, al menos ésta es mi impresión, resulta difícil la adivinación. En ocasiones, muy difícil.
Un caso claro de lo que digo me parece esta foto. De ella y de quien aparece en la misma, sólo os diré lo siguiente:
1) Su protagonista era español.
2) Era un gran admirador de Robinson Crusoe (pues vaya pista de mierda).
3) Fue, quizás, el español más universal de su generación.
4) Aunque la foto es simbólica, y por lo tanto no pretende matar a nadie ni a nada con su arco, sí terminó participando en una guerra.
En fin, escribiré ampulosamente eso de que hay dos días para pensar, aunque supongo que en media hora o así me llegará algún mensaje adivinándolo.
jueves, septiembre 03, 2009
The Godfather (3)
Hay indicios claros de que el principal problema de esta tercera parte fue precisamente haber muerto de éxito. Y estos indicios tienen que ver con el propio argumento de la película. La lista y breve descripción de las alternativas que se llegaron a manejar deja claro que la Paramount alcanzó muy altas cotas masturbatorias buscando un argumento que estuviese a la altura de los dos anteriores. Sucintamente, las alternativas manejadas fueron:
1.- La finalmente filmada. Un crepuscular Michael Corleone, enfermo de diabetes, realiza el intento de integrar a su familia en el mundo de los negocios legales entrando en el capital de un consorcio, Inmobilare, controlado por el Vaticano. Tras dicho intento, los hombres de negocios de la órbita vaticana intentan robarle y acabar con él, lo cual provocará una venganza final de los Corleone que se parece de la hostia a los nunca esclarecidos hechos que ocurrieron alrededor de Roberto Calvi, Paul Marcinkus y las finanzas del ya casi santo Juan Pablo I, negras como los frailes que dan nombre al puente en el que apareció muerto Calvi. Los hijos de Michael no quieren ser mafiosos, motivo por el cual éste acaba prohijando como su heredero a un hijo bastardo de su hermano Sonny, Vincenzo Corleone, Vincent. Los mafiosos conspirados junto con los vaticanistas consiguen, al final de la película, matar a Mary. Este script fue escrito en mitades por Coppola y Puzo, y del mismo hicieron hasta doce versiones diferentes.
2.- La versión de Michael Eisner, que acabaría siendo el número uno de la Disney, pero de aquella trabajaba en la Paramount. Partiendo de la base, muy posible, de que Coppola no dirigiese esta tercera parte, Eisner diseñó un argumento completamente nuevo, con personajes nuevos, en los cuales la Mafia y la CIA llegaban a una entente cordiale por la cual los mafiosos asesinaban a líderes latinoamericanos poco amigos de los EEUU, y la CIA, a cambio, les ayudaba en el tráfico de drogas. No se entiende por qué este argumento tendría que englobarse dentro de la saga de El Padrino. Por lo demás, no tiene nada de original, pues se ha repetido hasta la saciedad. Sin ir más lejos, en la genial novela América de James Ellrroy, se elabora la tesis de que los asesinos de Kennedy fueron precisamente mafiosos y agentes de la CIA que habían montado una conspiración contra Castro que se financiaba con tráfico de drogas, y que fue presuntamente desmontada por el presidente.
3.- En el script elaborado por Alexander Jacob, Michael muere de cáncer, tras lo cual su hijo Anthony trata de integrar a la familia en negocios limpios, mientras que el hijo de Sonny la sigue empujando hacia el mundo del hampa. Al final del argumento, Tom Hagen es asesinado en un tiroteo (en la película definitivamente filmada, Hagen ha muerto años atrás a causa de las desmedidas peticiones salariales de Robert Duvall).
4.- La versión de Mario Puzo. En ella, el FBI y la Mafia están en guerra. Michael es un personaje a lo Howard Hughes, recluido en el lago Tahoe y con la pinza medio ida. Anthony, que se ha graduado en la Marina, es reclutado por la CIA para matar a un líder comunista cubano. Entonces Anthony se lía con una periodista (este miniargumento sobrevivió en la versión final: es el polvete que echan Bridget Fonda y Andy García en la fiesta del principio), viaja a Sudamérica, y mata al líder. Pero algo sale mal, así pues la CIA va a por Anthony para matarlo, momento en el que Michael despierta de las brumas de la locura y lanza a la familia contra la CIA, con una escena final con muertos a tutiplén que debería haber ocurrido durante el desfile del bicentenario de los Estados Unidos (4 de julio de 1976).
5.- La versión de Dean Reisner, que es una reversión de Puzo. En este caso, Michael sigue estando tolili, pero Anthony, que sigue siendo de la Armada, va a Vietman. Una bomba mata a Michael. Anthony promete venganza y es convencido por Santino, hijo natural de Sonny, para que se alíe con la CIA. Pero Anthony descubrirá que, en realidad, el asesino fue Santino, y se lo apiola.
6.- La versión de Vince Patrick. En la primera escena de la película, Michael y Tom Hagen vuelan por los aires. Kay, la mujer de Michael, se ha suicidado. Sonny Jr es ahora el padrino. Pero es demasiado joven para ello, por lo que las familias Corleone y Clemenza se fijan en un hijo ilegítimo de Vito, Gaetano Corleone, que vive en Sicilia. Gaetano accede a irse a Nueva York, donde no lo hace mal, pero aflora la rivalidad con sus dos medio sobrinos. Así que intenta matar a Santino y a Anthony. Anthony acaba matando a Gaetano de la misma forma que Michael mató a Sollozzo en la primera parte.
7.- La versión de Thomas Lee Wright y Nick Marino. En esta versión, Anthony no quiere seguir los pasos de su padre y, además, Michael sufre la amenaza de Victor, el hijo de su hermana Connie, que quiere vengar la muerte de su padre. Connie, además, hace uso de un secreto que Fredo le habría contado antes de morir: quien abrió las cortinas del dormitorio de Michael la noche que se atentó contra su vida fue Al Neri. Así pues, chantajea a Neri para que mate a su padrino. Neri envenena a su jefe pero muere en el intento. Entonces Anthony toma el mando de la familia, como su padre había hecho años atrás. Este script tiene también la curiosa característica de incluir el personaje de un mafioso de la droga negro, basado en el personaje real de Nicky Barnes, papel para el que se pensó en Eddie Murphy (shit you, little parrot).
8.- La segunda versión de Mario Puzo, escrita ocho años después de la primera (1986). Puzo trabajó en un argumento basado en la guerra contra el crimen organizado, con un personaje central en un fiscal inspirado en la figura de Rudolf Giuliani.
9.- La versión de Nicholas Gage (no confundir con el actor Nicolas Cage, AKA El Capitán Sobreactuaciones, que se autopostuló para estar en la película), que reelaboraba la que acabamos de describir de Puzo. Este argumento comienza con un ataque de la familia Rosato contra Michael en el que muere Tom Hagen. Anthony es ahora un abogado. En su venganza, Michael se apoya en su sobrino Vincenzo. Lo malo es que Anthony acaba descubriendo que su padre mató a Fredo, y pasa de él. Esta versión contenía un flashback como el de la segunda parte, dedicado a los primeros pasos de Sonny como heredero de su padre; flashback en el que, entre otras cosas, se revela que el Sonny niño fue testigo del asesinato de don Fanucci por su padre.
Tenemos, pues, nueve argumentos, cada uno casi de su padre y de su madre. Una vez que el argumento elegido fue el definitivo, aún se manejaron hasta cinco finales distintos para el mismo:
1.- Michael toma, en las escaleras del palacio de la ópera, una pistola de uno de sus guardaespaldas, y se pega un tiro.
2.- Michael es asesinado y muere en los brazos de Vincent.
3.- Michael muere de muerte natural (diabetes).
4.- La definitiva. En lugar de Michael, es Mary la que muere, su padre se retira y muere de viejo.
5.- Michael se queda ciego y solo y reflexiona sobre sus crímenes.
En medio de todo este follón, hay que tener en cuenta la negativa de Coppola a abordar el proyecto. Pero finalmente lo filmó. Y lo que mucha gente no sabe es que la razón para hacerlo fue exactamente la misma que le llevó a hacer la primera parte. En aquel caso, fue la fuerte deuda de Zoetrope, su productora, con la Warner Bros, la que le llevó a plantearse el trabajo. En la tercera parte, fue la demanda que el industrial canadiense Jack Singer había puesto sobre la misma Zoetrope a causa de un préstamo que le dio; demanda en la se reclamaban 12 millones de dólares y que el demandante tenía toda la pinta de ir a ganar.
El primer escollo que se encontró esa tercera parte de El Padrino fue Pacino. Consciente de su importancia en la película, el actor pidió 7 millones de dólares (en aquel entonces, una cantidad desorbitada) más una serie de participaciones en beneficios y gavelas varias. La reacción de Coppola fue anunciar que la película empezaría con el funeral de Michael Corleone; lo cual fue un auténtico ¡zas!, en toda la boca, para Pacino, quien acabó aceptando 5 millones de dólares. Diane Keaton también dio problemas, pues pidió 3 millones de dólares, aunque acabó conformándose con uno menos.
El primer candidato para el nuevo papel de Vincent Mancini fue, lo creamos o no, Robert de Niro. Finalmente, éste y Coppola se convencieron de que el actor, ya maduro, daría muy mal en el papel de un joven impulsivo; aparte de lo repulsivo que para los padrinófilos sería ver a un actor interpretar al abuelo y su nieto. En la lista de candidatos subsiguiente figuró muy bien situado Alec Baldwin, así como Matt Dillon, Vincent Spano, Kevin Anderson, Val Kilmer, Nicolas Cage, Charlie Sheen y Billy Zane. Finalmente, fue Andy García. Personalmente considero que en la lista hay no menos de tres actores, y muy esepcialmente dos (Kilmer y Cage) capaces de destrozar el papel hasta hacer que Vincent Corleone era una especie de Torrentini dramático. Es acojonante pensar que en una película tan importante y con un peso tan enorme de mitología y seguimiento por el público hayan podido manejarse seriamente candidatos con tan pocos registros interpretativos en papeles tan fundamentales.
Con todo, no es el de Vincent el ejemplo peor. En el caso de Mary, la hija de Michael, Coppola quería a Julia Roberts, lo cual me parece no habría sido mala elección, pero no estaba disponible. Se autopostuló para el papel Madonna, pero era demasiado mayor para interpretarlo (por llamar de alguna manera a lo que hace Madonna delante de las cámaras). Después de eso llegó la consabida lista interminable de candidatas, entre las cuales estuvieron Laura San Giacomo o Trini Alvarado. Finalmente, Coppola se decidió por Winona Ryder.
Pero la Ryder no llegó a interpretar a Mary Corleone. Cuando llegó a Roma para filmar estaba al límite de sus fuerzas por pesetera, eurera, dolarera o como se la quiera llamar, pues había filmado tres películas seguidas. Además, su novio, el absorbente Johnny Deep, le daba la brasa constantemente con que dejase Italia para irse a Estados Unidos a estar con él. Así que, finalmente, se marchó. Un gran negocio para la Ryder. Roxy Carmichael y Mermaids, las dos películas que había hecho justo antes de El Padrino III son, como todo el mundo sabe, películas de culto que cada vez que se reestrenan provocan que multitudes de centenares de miles de fans se agolpen en los cines para verlas. Y, cuando uno abre las enciclopedias de cine, se da cuenta de que las páginas dedicadas a la saga de El Padrino no pueden competir con los pliegos y pliegos dedicados a Roxy Carmichael.
Todas las opciones de Coppola eran Laura San Giacomo y Anabella Sciorra; pero, inexplicablemente se decidió por su hija Sofía, sobre cuya inteligencia fílmica no cabe dudar, pero de capacidades interpretativas muy limitadas. Mi opinión personal es que la Sciorra habría bordado el papel, cenefas de bolillos incluidas. Hay que tener en cuenta, a la hora de juzgar este juicio mío, que en el script inicial de la película, Mary era algo más mayor, menos tontita e inocente, y era un personaje, por así decirlo, más sexual. El cambio del personaje hacia la flácida niñita teletubbie que aparece en la pantalla, siempre a punto de ponerse a cantar aquello de Soy una taza..., se tuvo que hacer precisamente para adaptarlo a las condiciones interpretativas (por llamarlas de alguna manera) de la Coppola.
Dentro de las cagadas interpretativas de la película aún hay que anotar otra más en grado de tentativa. Una vez desechada para el papel de Mary Corleone, y aunque cueste creerlo, Madonna fue considerada para un papel más, en este caso la periodista que se liga a Vincent Mancini en la fiesta del inicio de la historia. Este papel fue finalmente hecho por Bridget Fonda a causa de las desmedidas demandas salariales de la cantante y, al parecer, actriz.
El personaje de Joey Zasa, el mafiosillo que reta a los Corleone, fue bastante claro para Joe Mantegna, actorazo. Su único contrincante serio fue Mickey Rourke, actorcito. John Turturro también sonó, pero sólo en el caso de que Mantegna fallase.
El personaje de don Altobello, el viejo mafioso que traiciona a los Corleone y que fue interpretado por Eli Wallach, fue pretendido por Frank Sinatra.
La película, en cualquier caso, trata de ser totalmente respetuosa con la línea argumental, repitiendo actores. Así, Jeannie Linero, que había interpretado a la amante de Sonny en la primera parte, fue sacada de su consulta de acupuntora para intepretar de nuevo el papel como madre de Vicent. Gabriel Torrei interpreta en la tercera parte, como lo hizo en la primera, a Enzo el pastelero. Don Costello fue uno de los mafiosos de la reunión de la primera parte, y estaba también presente en la de la tercera parte. Las hermanas Savaino, gemelas, interpretaron a las hijas gemelas de Sonny, como lo habían hecho en la segunda parte. Eso sí, hay algún error para puristas: Carmine Caridi, uno de los dones que están en la reunión de Atlantic City, interpretó en la segunda parte a uno de los hermanos Rosato.
Asimismo, también hay en la película algunos retos verdaderamente difíciles para los mitómanos. El ejemplo más claro es el de Mosca, el asesino profesional que trata de acabar con Michael y dispara sobre su hija. Hay que ser muy padrinólogo para recordar que uno de los dos soldados mafiosos que, en el flashback de la segunda parte, persiguen a Vito Andolini, amenazando a quien lo oculte, se llama Mosca. Ambos Moscas, sin embargo, no son el mismo Mosca, porque a aquel pretérito perseguidor lo mató Vito Corleone años después, según una escena de la segunda parte que se llegó a filmar pero luego se quitó en el montaje para quitarle minutos a la película. El Mosca de la tercera parte, por lo tanto, sería un pariente de aquel primer Mosca y tendría, consecuentemente, motivos particulares para intentar el asesinato.
Entre otras anécdotas del rodaje, cabe citar que la puerta del Vaticano que Michael traspasa con su coche no es en realidad la puerta del Vaticano. El equipo de filmación recibió autorización para filmar en Roma, pero no en el Vaticano. Así pues, el equipo tuvo que construir una réplica de la entrada algunos metros antes de su situación real para poder filmar la escena. Las escenas supuestamente filmadas en el Banco del Vaticano (en realidad llamado Instituto para las Obras de Religión, IOR) están filmadas en el Palacio de Justicia italiano. Michael y el cardenal Lamberto se entrevistan en Santa Maria della Quercia, una iglesia barroca situada en Viterba, al norte de Roma. La oficina del arzobispo Liam Francis Gilday está situada en la Villa Farnese en Caprarola, también al norte de Roma. Esta villa del seiscientos fue alguna vez pensada para residencia veraniega del Papa (aunque finalmente se decidió por Castelgandolfo).
Y hasta aquí hemos llegado. Se acaban las tomas, porque, a día de hoy, no ha habido cuarta parte de El Padrino. Aunque debéis saber que los rumores sobre que si Coppola estaría tal y tal, y bla bla bla, se repiten cada cierto tiempo.
Mi opinión personal es que lo mejor que le puede pasar a la saga es que se quede donde está. La intrahistoria de la tercera parte demuestra bien a las claras que esta saga se ha convertido en un proyecto de tanto éxito que cualquiera quiere trabajar en él a cualquier precio. Dicen muchas lenguas que cuando Eddie Murphy se enteró de que pensaban en él para un papel se puso palote y dijo poco menos que lo haría por lo que fuese. Afortunadamente, Hollywood es sabio y, cuando se ha planteado en serio la figura del mafioso negro, ha echado mano de actores bastante más dotados para un papel así, como Lawrence Fishburne o Denzel Washington.
El hecho de que profesionales de la farándula como Frank Sinatra, Nicolas Cage o Madonna hayan tocado con los dedos la posibilidad de mojar en El Padrino es un buen indicador de que el barco no lleva una singladura muy adecuada. Con la muerte de Michael Corleone se cierra un círculo y, tal vez, lo más juicioso sea hacerle caso a Juan Ramón Jíménez cuando escribía aquello de que no la toques más, que así es la rosa.
