viernes, mayo 08, 2009

Jaun-goikua eta Lagi-zarra

Por lo que he podido leer por ahí, hay dos cosas que el nuevo lendakari vasco, Patxi López, no ha hecho como sus predecesores en el cargo a la hora de tomar posesión. Una de ellas es utilizar al aceptar el cálculo una fórmula retórica que dice algo así como que el candidato se presenta postrado a lo pies de Dios. Y la otra es jurar sobre un ejemplar de la primera Biblia traducida al euskera.

jueves, mayo 07, 2009

No le digas a mi madre que soy blogger

Me he parado esta mañana en uno de los muchos nervios de la red de redes y he leído el resumen de una conferencia de Juan Luis Cebrián, consejero delegado del Grupo Prisa. Dice Cebrián un montón de cosas sobre el cambio de modelo de negocio que supone para la prensa la existencia de internet y los cambios en los usos de los consumidores que ha supuesto esta oferta acromegálica de contenidos. Hace bien en fijarse en esto. Alvin Toffler se hizo famoso hace un porrón de años con un libro que se llamaba La tercera ola, y que en su momento fue la pera limonera de Lérida; libro en el que, entre otras cosas, invita al lector a reflexionar sobre el hecho de que un niño apenas crecido de finales del siglo XX había recibido ya más información que la que había tenido que procesar un ciudadano medio del siglo XIX en toda su vida. Luego llegó internet y dejó a Toffler allá, allá lejos.

Pero la cosa viene de una frase que ha dicho Cebrián. Ha dicho que le parece muy preocupante el fenómeno de ganancia de lectores por parte de los blogs, donde sus autores escriben «la primera cosa que se les pasa por la cabeza sin contrastarla».

A mí me parece que esta manera de decir las cosas es, aparte de una agresión gratuita con la que el agresor no gana nada, una forma de ombliguismo, por llamarla de alguna manera.

No hay ninguna razón, así, en frío, para que un blog tenga más credibilidad que un periódico. Ambos son lo mismo: un tipo o tipa escribiendo lo que hay. Los blogs, por lo demás, no pueden hacer nada para ganar prestigio como no sea exponer su trabajo; todo su márquetin, salvo escasas excepciones, es viral. Así las cosas, ¿no será que el prestigio es un a modo de vaso comunicante? O sea, que si los blogs tienen prestigio, a pesar de escribir lo primero que se les pasa por la cabeza, quizá sea porque la prensa se lo ha cedido.

De toda la vida de Dios, las personas han necesitado algo en lo que creer y alguien a quien creer. Algo sobre lo que decir: lo he visto ahí, lo he leído ahí, me lo ha contado el Hombre-Memoria, cosas así. Cebrián, y todos los cebrianes de este mundo, deberían quejarse menos y reflexionar más sobre cuándo, cómo y, sobre todo, por qué saltó tanta gente del «lo dice el periódico» o «lo he oído en la radio» al «lo leí en un blog». En mi opinión, si reflexionasen sobre ello acabarían por descubrir, más temprano que tarde, que ellos tienen algo que ver en dicha conversión.

Los medios de comunicación siempre han tenido la oportunidad, supongo yo, de contratar colaboradores como Wonka u Omalaled, por citar dos de mis bloggers preferidos. Las personas que escriben hoy en buenos blogs siempre han estado ahí, no nacieron con la revolución tecnológica. De hecho, en el mundo siempre ha habido gente que sentía como suyo el reto del conocimiento, en muy diversas materias, desde la jardinería hasta la alta política, desde el aeromodelismo a la Historia del Vaticano. Lo que a mi modo de ver demuestra el fenómeno de los blogs es que, además, muchas de esas personas saben escribir que lo flipas de bien. Así las cosas, el problema será, en todo caso, de los medios y su apuesta por una información muy average, ni chicha ni limoná, simple simple, quizá nacida de cierto concepto del consumidor de información como alguien medio anormal incapaz de entender conceptos abstractos o complejos.

Vale que en el mundo de los blogs hay mucha mierda. Es que teniendo en cuenta que hay millones, si fuesen todos buenos no seríamos la raza humana sino la elfa. Si en España se editasen cinco millones de periódicos, seguro que el 99,9% de los mismos serían una caka de la vaka. Pero harían bien los responsables de la prensa, en mi opinión, despreciando menos a los blogs y fijándose más en ellos.

Los blogs son libres. No se trata exactamente de que los bloggers escribamos lo primero que se nos pasa por la cabeza; muchos de nosotros necesitamos cientos de páginas de lectura para que se nos pasen por la cabeza algunas de las cosas que escribimos. Como digo, no es que escribamos lo primero que se nos pasa por la cabeza; es que escribimos los que nos sale del pijo. Quizá esté equivocado, pero creo que eso es algo que el lector de blogs agradece. Cuando entra en su blog preferido y ve que hay un nuevo post, las más de las veces, si no todas, no tiene ni puñetera idea de lo que se va a encontrar; y eso es algo que le agrada. La libertad genera variedad y novedad. La escritura al servicio de algo, sea ese algo el liberalismo, el progresismo orteguiano o la identidad majorera, genera ofertas de contenidos altamente predecibles. Uno coge un periódico y, sin abrirlo, ya se imagina lo que va a contar y cómo. Porque los medios de comunicación generan una realidad, la realidad sobre la que informan, que no siempre coincide con la realidad de la vida de las personas. Los blogs, puesto que son libres, se apegan más a estas necesidades de conocimiento, llamémoslas reales. Pero eso es así porque la prensa les ha dejado el espacio libre.

Los blogs son participativos. Pocas secciones han sido más maltratadas en los periódicos que la de cartas al director (eso suponiendo que exista). Si son ciertas las estadísticas de Google Analytics, apenas un 3% o 4% de los lectores que paran en este blog comentan algo; pero el otro 96% sabe que puede hacerlo, y ahí está el secreto. Los medios de comunicación «tradicionales» son un viaje de ida: el Conocimiento le habla a la Ignorancia. Y, ¿a quién diablos le puede importar la opinión que tenga la Ignorancia sobre nada? Lejos de este concepto, muchos blogs crean comunidad y se perfeccionan a través de las aportaciones de los paseantes que los visitan.

Luego está eso de que en los blogs se publica sin contrastar. Acabáramos. Y en la prensa no, por lo visto.

Otra característica de los blogs de la que adolece la prensa, pero porque ha querido, es que se especializan. Por decirlo de alguna forma, la prensa es una especie de Gran Compromiso de Conocimiento, mientras que el blog es un microcompromiso. El blogger todo lo que quiere es compartir una porción de su conocimiento en la que cree que puede aportar algo. Los blogs abarcan muy poco, lo cual los hace, cuando son buenos, extremadamente eficientes. Cuando quiero aprender cosas sobre cómo es Asia, cómo evoluciona, leo a Tiburcio. Sinceramente, es difícil que un periódico, menos aún un informativo audiovisual, puedan competir con él. No se trata de que Tiburcio escriba lo primero que se le pasa por la cabeza. Se trata de que Tiburcio sólo tiene un compromiso con aquello de lo que sabe y, consecuentemente, firma un pacto tácito de su lector por el cual éste acepta que, si quiere conocer cosas que el blog no le cuenta, lo que hará será buscarse otro blog, no darle la barrila a Tiburcio para que se la cuente. Los medios de comunicación se han dejado llevar por la ambición de aportar un conocimiento global; pero quien mucho abarca poco aprieta y, consecuentemente, que sabe muchas cosas de casi todo no puede decir que tenga muchos conocimientos de casi nada.

Así las cosas, me cuesta entender esta inquina contra el mundo de los blogs, como no sea por esa pulsión tan humana de buscarle a nuestros problemas un responsable distinto de nosotros mismos. Probablemente, la prensa es en estos momentos el sector económico en España que está viviendo una crisis más grave y más profunda; más incluso que la construcción. Pero estas cosas no ocurren nunca sólo por acción de agentes externos.

Echarle la culpa de todo a internet y quienes en la red pululan es una generalización. Y se supone que la prensa nunca hace generalizaciones.

lunes, mayo 04, 2009

Las once rosas

El próximo día 5 de agosto, cuando den las ocho de la mañana, muchos de nosotros estaremos recién despiertos. Quizá más dormidos que alerta. Y, sin embargo, si tuviésemos los sentidos en su sitio, y especialmente ese sentido que no es posible describir y que se llama sentido histórico, quizá escuchásemos algo inusitado. Un paqueo en el amanecer.


El 5 de agosto próximo, a las ocho de la mañana, el reloj marcará 70 años. Siete décadas desde el momento triste, absurdo, en el que murieron las once rosas.








Sí, once. Eran once: Carmen Barrero, Martina Barroso, Blanca Brissac, Pilar Bueno, Julia Conesa, Avelina García, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Dionisia Manzanero y Victoria Muñoz. La propaganda de la resistencia de izquierdas unió a estas once fusiladas el día 5 el de otras dos mujeres fusiladas algunos días después: Palmira Soto y una chica llamada Ana. Este empaquetamiento creó el mito de las trece rosas, que es el mito negativo, triste, de quien muere sin tener razón para ello. A mi modo de ver, las trece rosas deben ser un símbolo. Símbolo de la vertiente absurda, fría e insensible de la represión y de la guerra. Lamentablemente, no podemos decir que las trece rosas fueran ni las únicas mujeres, ni las únicas jóvenes, que murieron con la espalda contra un paredón o temblando bajo la noche durante aquellos años y aquellos tiempos. Recordar a los mal muertos es lo único que podemos hacer por ellos. Y es por eso que no nos podemos permitir olvidarlas.


En realidad, en los fusilamientos del 5 de agosto de 1939 murieron muchas personas más. Minutos antes de morir las chicas, un grupo de hombres fue fusilado, hasta completar un número aproximado de 60 víctimas.


¿Por qué terminaron las trece rosas frente al pelotón de fusilamiento? Eran, sí, militantes de las JSU, Juventudes Socialistas Unificadas, de tendencia comunista. Pero ni siquiera en la España de Franco la mera militancia era razón para recibir una bala en el pecho o en la cabeza; de hecho, una de las rosas había sido antes condenada a 20 años por su militancia. ¿Por qué el franquismo cometió la enorme torpeza de llevar adelante aquellas ejecuciones que, en manos de los panegiristas de la oposición de izquierdas, acabarían siendo un mito? Ensayando una explicación, hay que acudir a un hecho que es muy importante, a mi modo de ver, a la hora de juzgar al franquismo con los ojos de hoy. Es inexacto suponer a la dictadura tan pacata y tan subnormal como para no darse cuenta de las consecuencias de sus acciones. A mí me cuesta pensar que Franco y sus adláteres no fuesen conscientes de lo que suponía descerrajar los cargadores de un par de decenas de fusiles en los cuerpos de once mujeres, algunas de ellas por debajo de la mayoría de edad legal de entonces (21 años). El franquismo sabía que lo que estaba haciendo se le echaría en cara. Pero, simple y llanamente, pensó que era mucho más lo que ganaba.


El 27 de julio de 1939, el comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón circulaba en su coche por la carretera de Extremadura, en dirección a Madrid, a la altura de Talavera. Gabaldón era eso que llamaríamos un pleno colaborabor del régimen franquista y de su represión. Había sido miembro de la Quinta Columna, es decir el supuesto ejército de franquistas que trabajaba por la victoria del bando nacional saboteando en lo posible la zona republicana, y en ese momento llevaba el archivo de la masonería y el comunismo; lo cual equivale a decir que señalaba con el dedo a muchos que eran sacados en la noche de sus celdas para dar un último paseo hasta las tapias del cementerio, porque ese archivo era el fruto de la paciente labor de recogida de pruebas y acusaciones que los franquistas habían ido realizando conforme avanzaban y tomaban terreno y, ahora que la guerra había terminado, había sonado la hora de enervar las cumplidas venganzas. No tenemos ningún indicio de que al comandante le temblase la mano o sufriese con esa labor.


A la altura de Talavera, como decíamos, el coche de Gabaldón fue tiroteado y el comandante fue enviado a charlar con el general Mola, el general Sanjurjo, Alejandro Magno y otros colegas. Hay un detalle que al contar esta historia no se suele referir y que creo que es justo recordar. En el atentado murió también el chófer del comandante, así como la hija del militar, de 17 años, que le acompañaba, y de quien, obviamente, nos cabe sospechar escasa actividad represora. En esta tristísima historia de las trece rosas, nadie se acuerda de este clavel, que también era mujer, también era menor de edad, también se limitaba a pasar por allí, a estar wrong place, wrong moment, y a quien el comando que realizó la acción no tuvo reparo en llevarse por delante.


Que yo sepa, nadie sabe a ciencia cierta quién mató a Gabaldón, aunque la teoría más plausible se refiere a un grupo denominado Los Audaces. En realidad, lo único que podemos tener por razonablemente seguro es que las trece rosas no fueron. Se dice que si una partida de maquis perdidos de la vida. O quizá alguien más organizado. Pero lo realmente importante es la lectura que el franquismo hizo de ello. Quince semanas después de terminada la guerra, en territorio español, un hombre del régimen era asesinado, y no un hombre cualquiera. Para Franco, en ese momento, lo más importante es recuperar la iniciativa; y lanzar a quienquiera que fuese que estaba organizando aquella oposición armada, el mensaje neto de que no le iba a temblar la mano a la hora de reprimir cualquier conato de resistencia.


Mi teoría, pues, es que las trece rosas NO fueron detenidas, encausadas, acusadas de participar en el asesinato de Gabaldón, condenadas a muerte y ejecutadas en medio de una orgía represora en la que el franquismo parecía no saber a quién se cargaba. Todo lo contrario. Las mataron porque sabían que eran ellas; sabían que las probabilidades de que estuviesen realmente implicadas en el atentado son más o menos las mismas de que yo le pare un regate a Messi. Lo importante es que eran miembros de las JSU y eran, además, probablemente inocentes. Lo que quiso el régimen fue lanzar el mensaje de que nadie que tocase la mierda, siquiera con la punta del dedo meñique, podía considerarse a salvo. Y, por algunos síntomas que luego comentaré, cuando menos en parte, lo consiguió.


En todo caso, como he dicho, resulta difícil de creer que Gabaldón muriese como resultado de una acción aislada e improvisada por parte de alguna partida guerrillera que se lo encontrase en la carretera. Es mucha casualidad que una partida perdida de partisanos vaya a dar, precisamente, con el coche del tipo que está preparando la lista para dar por culo a media España. Me cuesta creer que la acción no estuviese organizada hasta el punto de que quienes mataron a Gabaldón supieran quién era el que iba en el coche.


En el análisis que probablemente hicieron los policías franquistas de la oposición interna, llegaron rápidamente a las JSU. Las organizaciones de adultos estaban seriamente menguadas por las muertes en la guerra, el exilio y la represión. En cambio, en las organizaciones de juventudes había militantes que no podían haberse significado en la guerra, así pues se les podía sospechar cierta mayor capacidad operativa. Además, el régimen de Franco tenía dos ventajas importantes. La primera es que buena parte de los archivos de la JSU estaban en sus manos; se los habían encontrado en Madrid en razonable estado porque las JSU no habían podido destruirlos, ya que el coronel Casado, tras triunfar en su golpe de Estado, encarceló a los elementos procomunistas y cercenó su operatividad. La segunda ventaja es que el franquismo contaba con infiltrados dentro de la organización. Así las cosas, en las primeras semanas tras el final de la guerra comenzaron las detenciones masivas de militantes.


Dentro de estas detenciones fueron cayendo las trece rosas. Existen algunos testimonios de que, tras unos comienzos en los que eran importunadas mediante interrogatorios constantes, los policías, probablemente al comprobar que no lograban sacar confesiones de implicación en el atentado, echaron mano de la tortura o la humillación, como en el caso de Virtudes González, a quien raparon la cabeza a la manera de las colaboracionistas con los nazis en los países ocupados. De las comisarías fueron trasladadas a la cárcel de Ventas, hoy sustituida por una manzana residencial de cierto nivel, donde fueron hacinadas porque el centro penitenciario acogía en ese momento a varias veces más reclusas de las que se suponía eran su capacidad máxima. Había tres grandes divisiones: reclusas, por así decirlo, normales; las que estaban en la cárcel con sus hijos; y, por último, las menores de edad (de 21 años, se entiende).


El 3 de agosto, en Las Salesas, las mujeres fueron a juicio. Aunque es muy difícil reproducir el sentir de personas que no pueden describirlo y en su momento apenas tuvieron tiempo para hacerlo, a mí me parece que lo más cercano a la verdad sería decir que las rosas fueron a aquel juicio razonablemente seguras de que serían condenadas a diversas penas, pero no a muerte. Para ellas, era tan inconcebible relacionarlas con el atentado del comandante Gabaldón como pueda serlo para nosotros. Sin embargo, en el juicio sumarísimo 12.743, de forma sorpresiva, se pronunciaron unas 60 sentencias de muerte, entre las cuales estaban las de las once rosas. La sentencia fue un shock. Especialmente en los casos de Victoria, Martina, Avelina y quizá Virtudes, porque eran menores de edad. Nadie esperaba que las menores fuesen condenadas a muerte; el mismo día de su ejecución, algunas de las fusiladas creían haber sido condenadas por haber trabajado para el Socorro Rojo Internacional, pero la mayoría ni siquiera eran capaces de esbozar una explicación. Al parecer, desde aquel día el ambiente en la zona de menores de la cárcel cambió radicalmente, pues quienes hasta ese momento se creían lejos de la pena capital, repentinamente despertaron a la amarga realidad de que la represión también podía ir con ellas. Como he dicho antes, es mi idea que éste fue un acojone clara, neta y voluntariamente buscado por el franquismo; quería generar ese miedo, y lo generó. Que para generarlo tuviese que fusilar a once mujeres no le importó, ni poco ni mucho, pues, como he escrito antes, muy probablemente pensaba que era mucho más lo que ganaba.


No fue hasta la sentencia que las mujeres se dieron cuenta de la seriedad de su situación; aunque, más que de seria, cabría calificarla de desesperada. Por supuesto, solicitaron ser indultadas, en la mayoría de los casos aduciendo que su relación con el Partido Comunista se debía a la necesidad que tenían de obtener ingresos mediante trabajos como el de costurera, que era el trabajo más frecuente entre las mujeres de clase baja en aquellos años (la mayoría de las fusiladas cosían).


La noche del 4 de agosto, el reloj pasó de la fatídica línea de las doce de la noche sin que viniera nadie a hacer una saca de presos. Son muchos los testimomios de presos del franquismo que describen con puntillosidad la angustia de esos minutos entre la cena y la medianoche, porque el franquismo ejerció la nada sutil tortura de condenar a muerte a sus represaliados y luego dejarles en la cárcel sin saber a ciencia cierta si iban a ser ejecutados y, sobre todo, cuándo. Así pues, cada vez que alguien llegaba a la cárcel con una lista, cualquier condenado sabía que esa noche podía tocarle a él. Sinceramente, se me escapa cómo se puede enfrentar el día siguiente a cualquier saca pensando que la próxima puede ser la tuya.


Eran las doce y cuarto. Las chicas, cuando comprobaron la hora, aliviadas, concluyeron que esa noche no habría fusilamientos, y se fueron a dormir. Pero a las doce y cuarto vinieron a buscarlas. Cuando menos, Victoria Muñoz y Martina Barroso tuvieron que ser despertadas. Hoy ya no dormirás más hasta que te llegue la muerte. Victoria lloraba. Su hermano Juan ya estaba muerto, aunque no fusilado porque con las torturas de los interrogatorios le llegó. Su hermano Gregorio estaba en el mismo sumarísimo. Moriría algunos minutos antes que ella. Victoria se agarró al cuello de una reclusa y no se quería soltar. Tenía 18 años, y la iban a matar a tiros.


Entre las trece rosas hubo detalles de genio y figura, por qué no decirlo, muy femeninos. Ana López se puso medias de costura y no se quedó tranquila hasta que comprobó, preguntando a los demás, que llevaba las costuras derechas y en su sitio. Julia Conesa pidió prestado un vestido que le gustaba para vestir su última noche. Virtudes y Blanca Brissac también se pusieron sus mejores galas para la ocasión.


Algunas de las reclusas, como Virtudes o Blanca, esperaban encontrarse con sus parejas antes de la muerte. Pero no fue posible, porque sus novios y esposos, también condenados, fueron fusilados antes y, cuando ellas llegaron al cementerio, ya estaban muertos. Según un testimonio, al menos Blanca Brissac sobrevivió a la descarga, y pidió ayuda. Inútilmente, claro. La ayuda que recibió fue el tiro de gracia.


La prensa franquista jamás informó de los fusilamientos, menos aún de que hubiese mujeres entre ellos.


Blanca Brissac tocaba el piano y se casó con un violinista que, como ella, tocaba en las funciones de cine. Al terminar la guerra, el marido fue detenido porque su nombre apareció en la agenda de otro recluso. El día que la mataron era su santo. Pidió morir con su marido, sin conseguirlo. Alguna vez, en las publicaciones sobre el asunto de las trece rosas, que son por cierto no demasiado numerosas, se ha publicado la carta que le escribió a su hijo la noche que esperaba la muerte. Es un portento de tristeza y de ternura.


Virtudes González era novia del jefe de la JSU del Oeste de Madrid, que también murió fusilado en el mismo amanecer. Fue una de las personas que fueron detenidas a su regreso de una gira de propaganda procomunista por los pueblos de alrededor de Madrid, durante la cual les sorprendió el final de la guerra.


Avelina García era hija de un guardia civil y había sido educada en un colegio de monjas. Quizá fue por no perjudicar a su padre que acabó implicada en el asunto de las once rosas, porque al final de la guerra estaba en Ávila, pero regresó a Madrid cuando fue llamada a declarar. Alrededor de Avelina se creó el falso mito de su propio padre fue obligado a fusilarla. Es más que probablemente falso, aunque lo que sí parece que ocurrió es que en el pelotón estuvieron compañeros suyos.


Joaquina López fue detenida en compañía de sus dos hermanas. Fue juzgada con ellas por pertenecer a las JSU y condenada a 20 años. Luego ocurrió lo de Gabaldón, fue juzgada de nuevo y condenada a muerte.


Dionisia Manzanero era novia de un miembro relativamente destacado del Partido Comunista con el que, al parecer, pensó en huir de España; aunque él quedó, como otros muchos, taponado en Alicante. Pasó la última noche de su vida bordando unas mariposas en las zapatillas que llevaba puestas cuando la mataron.


Ana López parece haber sido una de las más «ideológicas» de las once rosas. Entre otras cosas, aún en los últimos tiempos de la guerra estaba a favor de su continuación y ayudó a los combatientes contra Casado hasta que se rindieron. Su ejecución destrozó a su familia. Un hermano murió muy joven de una dolencia cardiaca, y su madre se volvió loca.








Las once rosas, o trece si se prefiere, fueron, de alguna manera, el primer gran error del franquismo. De una manera un tanto simbólica se podría decir que la vida del Franco jefe de Estado comienza con el fusilamiento de las rosas y termina con el de los militantes del FRAP y de la ETA de septiembre de 1975.

Las identificaciones, no obstante, terminan aquí. Los fusilamientos del 75 terminan con Olof Palme recaudando dinero en la calle para la oposición antifranquista. Los fusilamientos del 39 se producen en un entorno en el que Europa está a un cortacabeza de la guerra mundial y, si no lo sabe, lo sospecha. No parece que el mito de las trece rosas provocase ninguna mácula en la conciencia internacional.

La muerte de las rosas, por lo tanto, es producto de su tiempo. Por las mismas razones que el régimen franquista sabía que no podía realizar una acción así, digamos, a mediados de los años cincuenta, sabía que en agosto de 1939, cuando la mayoría de las trincheras de la guerra permanecían humeantes, podría con ello.

Se ha dicho y se ha escrito que los fusilamientos fueron una típica respuesta violenta en plan veinte muertos de los tuyos por cada uno de los míos. Como espero haber explicado en este post, mi teoría es bastan te más vomitiva. El crimen del comandante Gabaldón fue investigado en unos pocos días y los condenados, en varias sentencias, fueron más de 80. No me cuesta pensar que alguien sea cruel, pero lo que no puedo tragarme es que sea lerdo. En el régimen tenía que haber personas de sobra que supieran que aquello era antijurídico.

No, el problema no es que los fusilamientos fuesen antijurídicos. El problema es que las rosas no murieron a pesar de ser inocentes, sino precisamente porque lo eran. El franquismo no es que no prestase atención a lo que estaba haciendo, sino que lo hizo con pleno conocimiento y conciencia. Porque con aquellos fusilamientos no buscaba acojonar a los convencidos. Sabía que los dirigentes comunistas estaban fuera de circulación, el que no exiliado muerto o encarcelado, y sabía, por lo tanto, que necesitaba a las juventudes para rehacer su estructura interior. Los fusilamientos, por lo tanto, quisieron ser el aviso de que cualquiera que hubiese saludado alguna vez a un sospechoso; cualquiera que le hubiese cosido un día un botón; cualquiera que fuese hermano de un cuñado del dependiente de la zapatería donde se compraba las pantuflas; cualquiera, en una palabra, podía ser pasto de la represión. Incluso personas tan básicamente inocentes como las rosas.

Existen testimonios de que, tras los fusilamientos, algunas de las reclusas compañeras de las fallecidas comenzaron a comulgar y a atender los oficios religiosos. Ese era el tipo de reacción buscada, y ése tipo de personas el objetivo. Y, para conseguirlo, el franquismo no dudó en fusilar impunemente a un grupo de mujeres cuyo único delito era tener ideas.

Aunque conocemos los nombres y hasta un poco de las pequeñas historias de estas mujeres, de alguna manera las trece rosas son el símbolo de los muertos sin nombre y sin motivo. Dicho sea sin olvidar que, en realidad, la expresión «muerto con motivo» es, siempre, una expresión repugnante.




Quede esta vela encendida, en esta pequeña esquina de la Red.

domingo, mayo 03, 2009

Antón Martín

Pues sí, era Antón Martín. Un nombre y un apellido que no se le puede olvidar a ningún madrileño por poco que haya pateado la ciudad, dada la céntrica situación de la plaza que lleva, y no por casualidad, su nombre. Sin embargo, tengo yo por mí que el de Antón Martín es uno de esos casos en los que la mayoría de la gente desconoce los motivos reales de la fama que le llevaron a ser acreedor de esa distinción topográfica. Y tampoco parece que ni la ciudad de Madrid ni la profesión médica, pues estos son los dos flancos de donde podría provenir la iniciativa, se esfuercen mucho en hacerlo valer y garantizar su conocimiento. Antón Martín nació en el pueblo conquense de Mira el 25 de marzo del año 1500. Lo cual quiere decir que hace nada se han celebrado los 500 años de dicho nacimiento y, que yo sepa, ello no ha sido celebrado con la intensidad que probablemente merece un personaje así. Era hijo de dos campesinos acomodados, Pedro de Aragón y Elvira Martín, aunque a lo pocos años falleció el padre. La situación en que quedó la familia era difícil, así pues doña Elvira tomó la decisión de casarse de nuevo, decisión que no fue del agrado de los hermanos Antón y Pedro, por lo que decidieron emanciparse y vivir la vida por su cuenta. Antón vino a Madrid y luego se empleó de soldado en Valencia. Estaba allí cuando ocurrió el hecho de habría de cambiar su vida, pues en Guadafortuna, pueblo de la provincia de Granada, fue asesinado su hermano Pedro. El autor de su muerte fue Pedro Velasco, miembro de una familia que al parecer quería casar al muchacho con una de sus miembras, a lo que Pedro se negó, motivo por el cual, quizá, la familia se sintió malquistada.
Cuando Antón Martín se entera de las nuevas de la muerte de su hermano, solicita la dispensa para ir a Granada a exigir la condena de Pedro Velasco. Cuando llega a a Guardafortuna, la familia criminal ha huido, pero hemos de entender que Antón, que como decíamos ha trabajado de soldado, sabe cómo componérselas para hacer que la justicia se tome el caso con interés. A la larga, los Velasco son prendidos, y Pedro condenado a muerte.

La condena de Pedro Velasco a la horca generó en Granada todo un movimiento en pro del perdón de dicha pena máxima. La conmutación, sin embargo, debía contar con el beneplático de la víctima, en este caso Antón Martín, cosa que ése se negó a otorgar una y otra vez. Es en este punto en el que entra en escena Juan de Dios. El religioso se encuentra en Granada allgando recursos para levantar un hospital y allí, enterado del suceso, aborda a Martín en la calle de la Colcha y logra convencerlo de las virtudes del perdón. Ésta es, cuando menos, la versión que nos ha llegado, quizá un tanto dramatizada, de lo que quizá fue un encuentro y conocimiento progresivo en el que el antiguo soldado fue paulatinamente convencido por el religioso. Pues lo cierto es que Juan de Dios no sólo consiguió la clemencia del soldado, que salvó la vida de Velasco, sino que también logró su conversión y unión a la estrecha nómina de discípulos suyos, entonces en número de cinco.

Durante el resto de la vida del fundador del hospital de Granada, Antón Martín fue adquiriendo la calidad de discípulo predilecto, y así se reconoce en la última voluntad de su maestro cuando es a él a quien encomienda que continúe su obra. Juan de Dios fallece el 8 de marzo de 1550, momento en el que Antón Martín recoge su testigo, se coloca al frente de su orden, y se traslada a Madrid, donde discute con el rey Carlos I el proyecto ambicionado por éste de crear en la ciudad un hospital para enfermos de cirugía. El hospital se levantará en una parcela cedida a tal efecto por D. Fernando de Zomoza, en la zona de Atocha.

La fundación del hospital de San Juan de Dios es, junto con la de otros que en la villa matritense van surgiendo, uno de los pasos que la Iglesia católica da para resolver un hecho sempiterno hasta entonces palmario tanto en Madrid como en España: el monopolio de judíos y de musulmanes en el mundo de la medicina y de la cirugía. Hecho éste que no fue fácil por extrañas razones teológicas, pues no hay que olvidar que el concilio de Letrán de 1139 condenó la realización de operaciones quirúrgicas por parte de eclesiásticos.

Los judíos, pueblo caracterizado por una cultura media superior a la de otros pueblos y que ya en sus tradiciones atesoraban conocimientos farmacológicos e higiénicos, parecían llamados para ejercer la medicina. Aunque el concepto de medicina no era entonces tan claro, porque en aquellos tiempos lo que hoy son los oficios de los médicos se distinguían entre ellos de forma neta, pues había médicos, doctores, cirujanos de heridas, los llamados algebristas o cirujanos comadrones.

Por aquel entonces, obviamente, la medicina todavía adolecía de muchas carencias. Los elementos de juicio que los médicos utilizaban eran la observación del pulso y de la orina y las prescipciones más comunes la sangría y el purgado; las cuales, no pocas veces, dejaban al enfermo más débil de lo que ya estaba, ultimándolo. Se usaban como plantas medicinales el áloe, la coloquíntida, el ruibarbo, el malvavisco, el muérdago y la ruda, junto con otros compuestos más escatológicos, como los polvos de asta de toro. La dieta blanda habitual de los convalencientes era la horchata o el caldo de gallina. Algunas de las recetas más populares, como la ingestión de leche de burra en el desayuno para prevenir los catarros, seguían siendo utilizadas a finales del siglo XIX. Las tres grandes amenazas de la época eran la pulmonía, la lepra y el cólico de Madrid.

Los cirujanos eran los barberos, siendo la cirugía una disciplina de poco fuste y consideración, aunque debe recordarse que, dado que no estaba inventada la anestesia, en realidad estamos hablando de lo que hoy denominamos cirugía menor. En general, los había bizmadores o aplicadores de emplastos; algebristas o expertos de rehacer miembros rotos y descoyuntados, sabiduría que, al parecer, obtenían de la observación de los pastores, quienes sabían hacer tal cosa con sus ovejas y cabras; hernistas, que operaban hernias; tallistas, es decir extractores de piedras urinarias; y batidores de cataratas.

La expulsión de los judíos fue una revolución (negativa) para la medicina en España, por cuanto sus profesionales más cualificados y casi monopolísticos desaparecieron del escenario. El hecho de que la curación de las personas quedase en manos de charlatanes y falsos profesionales obligó a comenzar a regular la profesión mínimamente; cosa que se hizo con la creación de los tribunales de protomedicato, ante los cuales los futuros facultativos tenían que certificar su idoneidad. La regulación de la profesión provocó también la fundación de diversos hospitales, así como de cátedras de medicina en muchas universidades; si bien la enseñanza universitaria de la medicina tenía entonces demasiados elementos teóricos o no directamente ligados con la labor real de los médicos.

En los tiempos inmediatamente anteriores a Felipe II, Madrid era una ciudad pequeña. Tan pequeña que era fácil de abarcar a pie. Esto es lo que hacían los médicos, que raramente se desplazaban a caballo o en litera, de modo y forma que cada día, a eso de las doce, tenían visitados a todos sus enfermos en sus casas, más los ingresados en los hospitales, a los que visitaban a las siete de la mañana.

El convento-hospital de Nuestra Señor del Amor de Dios, también conocido como hospital de Antón Martín, fue el primer centro dedicado a la dermatología y venerología. Lo cual tiene su lógica si tenemos en cuenta que estaba situado en todo el centro del área de Madrid donde holgaban las trabajadoras del amor. Muy cerca del hospital, en efecto estaba la calle de Ave María, cuyo triste origen ya conocemos. Asimismo, a tiro de lapo queda la calle de las Huertas, masivo puterío matritense como también sabemos. Pero, además, tiene el hospital de Antón Martín el mérito de haber establecido en su seno la primera escuela de cirugía de Madrid.

Fue el hospital de Antón Martín, especialmente tras absorber el de San Lázaro cuando Felipe II decretó la racionalización de los hospitales de la ciudad, donde se estableció el tratamiento de las enfermedades venéreas mediante mercurio. Ello además de generar enseñanzas en materia de odontología, otorrinolaringología y urología. Esta escuela de cirugía se adelantó en 14 años a la creación de una cátedra sobre la materia en la universidad de Valladolid. Teóricamente, las enseñanzas del hospital llevaban a formar lo que se denominaba cirujanos romancistas o de ropa corta, es decir dedicados a labores de menor entidad. Sin embargo, la alta especialización del centro llevó a que algunos de sus alumnos llegasen a formarse como cirujanos latinistas (de primera categoría) o incluso doctores, aunque para ello tenían que pasar por la universidad.

Muchos frailes recibieron del tribunal de protomedicato autorizaciones provisionales, a causa de que, como religiosos, no podían ser requeridos para atender partos. Por ello, en el caso de que abandonasen la orden (cosa que era relativamente común, lo cual demuestra que había personas que ingresaban en la misma tan sólo por la formación) tenían que demostrar su pericia de nuevo.
La Historia de la medicina le reconoce al hospital de Antón Martín diversos méritos, entre los cuales se encuentran la transformación de la terapia con mercurio, tratando de sistematizarla científicamente; o la diferenciación de los distintos procesos dermatológicos; o el establecimiento del tratamiento mediante baños de las dolencias dermatológicas parasitarias.

Don Antón, pues, es bastante más que una plaza.

miércoles, abril 29, 2009

Irresponsabilidad televisiva

Debo advertir una vez más, como hago siempre, de que este post es un off-topic total. De vez en cuando, a mis neuronas les da por sinapsearse en terrenos que no me son habituales y tengo un rato para elaborar unas notas y, como un blog no deja de ser un diario (algo que nunca he mantenido, aunque ahora, mira por donde, me mola), pues utilizo la ventana para opinar, que es algo sano.

En este texto voy a escribir dos palabras sobre un asunto que últimamente me hace, como dicen en la calle, de pensar.

¿Qué es lo que educa hoy a la gente? En mi opinión, casi nada más que la televisión. La gran mayoría de las ideas, de los puntos de vista, de los análisis de la realidad, que absorbe un ciudadano de hoy en día, le llegan a través de la televisión. La televisión es un referente para la ética personal, para las ambiciones del ciudadano medio y para su cosmovisión. Por eso es tan peligroso que la televisión se deje llevar por la tentación de lo fácil, lo mal hecho, o lo torvamente diseñado para explotar el hecho, palmario, de que siempre lo prohibido ejerce una atracción casi irresistible sobre las personas.

A la televisión española (así, con minúsculas, para que las abarque todas) le pasa lo que al cine: tiende a ser muy mala. A estar mal hecha. A ser un producto bastamente recauchutado, quizá escrito por guionistas estajanovistas que producen siete episodios en el tiempo que Aaron Sorkin se toma para perfeccionar una escena. Tal vez, lo digo por adelantado, no es culpa suya. Pero lo cierto es que los guiones españoles suelen ser una puta mierda salvo, quizá, en un terreno que siempre se nos ha dado bastante bien, que es el de la comedia con toques surrealistas (7 Vidas no tiene nada, pero nada, que envidiarle a Enredo, Las chicas de oro o cualquier gran comedia USA, ni Javier Cámara a, un suponer, Steve Urkel) o la adaptación de obras en sí perfectas (y estoy pensando en Los gozos y las sombras, por ejemplo).

Quitando excepciones, pues, los guiones españoles suelen ser lentos, dubitativos y, sobre todo, imperfectos. El último ejemplo que he visto ha sido Acusados, una serie creo que de Tele 5 que ha terminado recientemente su primera temporada. Debo confesar que le he dado en exceso el coñazo a mi mujer con mis cabreos. El argumento tiene más hilos sueltos que una chaqueta de punto tricotada por Franco cuando ya tenía Parkinson.


[Si no la has visto y quieres verla, déjalo aquí y vete a otro blog]


Un millonario político de campanillas, por supuesto casado, está liado con una menor y sufre el chantaje de la amiga de ésta. Un día, en una discoteca de su propiedad, y tras amenazarle la amiga con contarlo todo y chantajearle, el hijo del político se presenta allí y se la carga. Para tapar los hechos, el niño quema la discoteca, incendio en el que mueren cinco personas más.

Todo esto ocurre después de que la menor, cuando el político le haya dicho hasta aquí hemos llegado, se haya cortado las venas. En la serie se nos dice que el político cogió a la chica tras la tentativa de suicidio y la llevó a urgencias. Pero, por alguna extraña razón, nadie le vio. La trama consiste en que nadie puede vincular al político con la discoteca y, efectivamente, si alguien le hubiese visto en el hospital cuando la llevó para que le parasen la hemorragia, no habría serie. Pero el guión ni se molesta en buscar algún retruécano argumental para justificar esto.

Cuando el político, José Coronado, se entera de que su hijo se ha apiolado a la amiga chantajista y ha quemado la discoteca para tapar los hechos (otra cosa curiosa; yo habría atrancado la puerta del servicio donde estaba el cadáver y hubiera simulado un apagón), decide taparlo todo. Para taparlo, necesita tres cosas: una, comprar al policía científico que investigue el incendio, para que no diga en su informe que fue provocado. Otra, comprar al forense para que no diga en su autopsia que uno de los seis cadáveres es de alguien que no murió en el incendio sino antes. Y, por último, comprar a una fotógrafa de prensa que estuvo haciendo fotos en la discoteca y, por lo tanto, puede tener imágenes de él o de su hijo en la misma, con lo que serían situados en el lugar del crimen. En fin, el caso es que Coronado, al que le sale la pasta por las orejas, compra al científico, compra al forense… pero, por alguna extraña razón que no se nos explica, se «olvida» de comprar las fotos. La razón es que la presunta fotógrafa (en realidad las imágenes las tomó una amiga suya) es una de las protas de la serie; hay que meterla en la trama, hacer que sufra un secuestro; y, si las fotos se hubiesen vendido desde el principio, pues no habría trama alguna. Pero no se nos da explicación alguna de tamaño lagunón.

En esto entra en escena el personaje central de la trama, que es la jueza. La jueza es madre de la chica enamorada de Coronado y que se intentó suicidar. Se empeña en llevar el caso del incendio a la discoteca como una venganza personal contra el hombre que ha cagado la vida de su hija (la cual, efectivamente, acaba suicidándose). La serie es, pues, un choque de trenes: el político superpoderoso contra la jueza incorruptible. Y, sin embargo, el político tiene la partida ganada desde el primer momento. Esa jueza no puede instruir ese caso, pues tiene obvias conexiones con el mismo. Sin embargo, durante semanas y semanas, vemos a Coronado y a su gente sufrir porque la jueza les estrecha el cerco; pero nunca hacen lo primero que haría cualquiera en su situación, que es enviarle a la jueza el mensaje, claro y diáfano, de que como me sigas tocando los cojones yo tiro de manta y a ti en el Consejo del Poder Judicial te meten un cuerno por el talón derecho y te lo sacan por el ojo izquierdo. El argumento sigue, se desarrolla como una partida de póker; sólo que uno de los jugadores tiene en la manga la carta que le falta para rellenar la escalera real pero, por razones que nunca se nos explican, no la usa.

Ítem más. Llega un momento en que el político descubre que la jueza ha manipulado una prueba. Tiene incluso un testigo que lo corroborará. ¿Ordena a su abogado que dicte una providencia reclamando un juicio nulo y acusando a la jueza de prevaricación? Pues no. Deja que la cosa siga su curso hasta que le trincan y le detienen. Lo que se dice un verdadero gilipollas (y es que es habitual que los personajes de las series españolas serias hagan casi tantas gilipolleces como los de las comedias).

Al final, cuando ya está detenido, en el fondo relajado porque sabe que el asesino no es él sino su hijo y, por lo tanto, lo está protegiendo, lo admite todo ante la jueza y le dice que, en sus declaraciones oficiales, no va a citar a la hija/amante para protegerla. Generoso Coronado. Claro que el mismo tipo que en ese capítulo es generoso a la hora de proteger a una chica que ya se ha suicidado no dudó en el capítulo anterior en intentar chantajear a la misma jueza amenazándola con hacer público que su otra hija está haciendo guarreridas con su propio hijo. Esto es otra cosa propia de los argumentos de series españolas: el mismo personaje es un cabrón en la semana 11 y un cartujo no violento en la semana 12. Según vaya cuadrando para la trama, los personajes van cambiando. En las series españolas son inconcebibles personajes como Jebb Barlett (West wing), que es el mismo Barlett durante años y al cual, a partir de la tercera temporada o así, ya lo conoces tanto que hasta eres capaz de adivinar cuáles van a ser sus reacciones.

Todo esto, sin mencionar que la señora jueza no sé si tiene demasiada idea de Derecho. En el último capítulo, el niño que quemó la discoteca se suicida, y en la siguiente escena se ve a la jueza en una reunión con los padres de las víctimas de la discoteca, en las que les dice: no os preocupéis, porque el chico tenía bienes de su propiedad, así pues habrá dinero para las indemnizaciones. Digo yo que un juez debería saber que un muerto no posee bienes; que el niño podría tener propiedades, pero dichas propiedades, desde el momento en que la bala le perforó el cráneo, ya no son suyas, sino de sus herederos. Todo eso sin mencionar el pequeño detalle de que es la jueza instructora, no la que le juzga. Y, ¿qué juez querrá juzgar a un muerto? Hasta Garzón sabe que Franco no es imputable ante un tribunal.

De todas formas, lo que más me preocupó de esta serie es el mensaje subliminal (bueno, nada subliminal en realidad) que porta. El personaje de la jueza no tiene desperdicio. Asume un caso que sabe que no debe instruir. Engaña al policía científico que ha sido untado para manipular el informe prometiéndole inmunidad y luego lo mete en la cárcel. Hace que personas de su equipo cometan tropelías, entre las cuales se encuentra el allanamiento de morada, para que algún personaje se crea que las han cometido los partidarios de Coronado. Manipula una prueba obtenida ilegalmente para que aparezca como legal. Y, en el colmo de los colmos, cuando el hijo de Coronado se dirige en coche a Madrid con una grabación de video de él con su otra hija (grabación con la que quieren chantajearla), simplemente envía a dos policías de paisano que paran al chico en la carretera, le dan una mano de hostias y le roban la cámara.

El mensaje de la serie es claro: si lo que persigues es justo (o tú crees que es justo), los medios tienen poca importancia. ¿Estado de derecho, libertades civiles, habeas corpus y esas mandangas? Pues son eso, mandangas; aquí lo que importa es la justicia.

No seré yo quien niegue el, por así llamarlo, derecho de un guión de televisión de desarrollar personajes poliédricos o con aristas negativas. Lo otro sería hacer series en plan Viva la Gente o El mundo es cascada de colores, que tampoco es el caso. Pero el problema, a mi modo de ver, es que el guionista apueste por estos personajes. Blanca Portillo (la jueza) paga, efectivamente, un alto precio por su obsesión, pues una de sus hijas acaba suicidándose. Pero consigue lo que quiere, es decir culminar la instrucción del caso; algo que, por lo demás, se da de hostias con el derecho procesal. El resultado es la tesis que acabo de comentar: el fin justifica los medios. Como serie de entretenimiento, pues, bastante mala. Y, desde el punto de vista de la vertiente socioeducativa, además de mala, irresponsable.



Otro ejemplo que quiero comentar es el de Física y Química. Confieso que esta serie me tiene anonadado casi desde el primer día. Me la encontré ya en la primera temporada zapeando por casualidad (es obvio que yo no soy su target de audiencia) y no he dejado de verla de cuando en cuando, un rato (la verdad es que no soy capaz de aguantarle un capítulo; lo cual es lógico pues esta serie habla de gladiolos y a mí lo que me gusta son los pinos).

Tengo la sensación de que en la segunda temporada sus guionistas han bajado un poco el pistón y han hecho los argumentos un poco más presentables. Aunque, aún así, la cosa sigue sorprendiéndome por muchos sitios.

La primera cosa que me sorprende es que en una serie colegial, sus protagonistas jamás estudien. Es como si toda la acción de Hospital Central se desarrollase en la puerta de urgencias durante las pausas que médicos, ATS y celadores se toman para echar un cigarrillo; dando con ello la sensación de que ser médico consiste básicamente en fumar en la calle. Lejos de tener que realizar el más mínimo esfuerzo, los escasos casos en los que una escena muestra a los profesores currando lo que se ve es a un adulto explicándole a bigardos de 17 años imbecilidades que se aprenden en la educación básica. Y, para colmo, la mayoría de los profesores lo son de asignaturas que siempre se han considerado marías, del tipo de dibujo, música, teatro… El título de la serie, de hecho, no sé a qué narices viene.

Los personajes tienen una vida muy curiosa. Fulano y Fulana tienen un folloncete amoroso y Fulano le dice a Fulana: «esta noche lo hablamos». En la siguiente escena están los dos en la noche de Madrid, siendo en no pocas ocasiones más que evidente que son las dos o las tres de la mañana, zascandileando por ahí y charlando sus cositas. Y al día siguiente están en clase. El mensaje lanzado es bastante claro: uno vive la vida, y la vida es el ocio. Las clases están para rellenar la mañana; eso de tener una disciplina vital para estar despejado en clase es cosa de abueletes. Lo mismo es que lo es y yo no me he enterado.

Hay asuntos que son, como todo, opinables. Me refiero, por ejemplo, a la moral sexual inherente a la serie. A mí me da la impresión de que en esto los españoles hemos sido pendulares y, por lo tanto, hemos ido de un extremo a otro, lo cual tiene la consecuencia de seguir siendo desgraciados. Si hace treinta años el escolar (y, sobre todo, la escolar) que le daba vidilla a su aparato sexual era denostado, hoy en día el denostado es el que no lo hace. A mí me parece que la mejor forma de hacer las cosas es no denostar a nadie pero, como digo, es cuestión de gustos.

Pero por lo que me cuesta pasar es con la actitud respecto de otras cosas. En la primera temporada había un estudiante que tenía la desgracia de ser trabajador y responsable, además de chino. El tontolaba de la clase, pues en toda clase hay siempre un tontolaba que se cree Kennedy, la toma con él y le hace de todo; hasta lo pinta de verde. ¿Apuestan los guionistas por el chino? Pues no. Apuestan por el idiota que, de hecho, no hace falta darse muchas vueltas por internet para descubrir que está entre los personajes con más fans; y eso nunca es fruto de la casualidad, sino de los guiones.



Alguien debería haberle explicado a los guionistas de esta serie (aunque parece que en la segunda temporada lo han medio entendido) que el bullying es una cosa muy seria; que la historia de no pocas mujeres con la garganta seccionada por su ex marido empezó el día que ese ex marido pintó a un chino de verde y no pasó nada; y que, consecuentemente, se puede hacer las cosas bien, se puede reventar las audiencias, sin necesidad de dar golpes éticos bajos.

Eso sí, mis personajes preferidos de la serie son los adultos. Los profesores. Aparte de tener los típicos problemas de siempre en las series de enredo, o sea noviazgos y embarazos entrecruzados (en toda serie española que dure más de cuatro temporadas es axioma matemático que todos acaban acostándose con todos en algún momento), son tan angélicos que asustan. Con la única excepción de una profesora que se ha traído de Camera Café su papel de borde, son tipos que todo lo entienden, todo lo negocian y en todo, al fin y a la postre, acaban abatiéndose. No sé, tal vez es que sea así. Tal vez es que hoy en día, en el mundo de la educación, no tienes más remedio que darle la razón a los alumnos en nueve ocasiones de cada diez (y en la que queda empatas). Pero el asunto es que ellos no sólo lo hacen; es que, además, les parece de pila máster. Les mola el rollo de que les traten, mutatis mutandis, como una puta mierda.

Especialmente relevante me parece la relación de una de las maestras con una de las alumnas, de la cual es tutora. Por razones que se me escapan porque deben de haber sido explicadas en los muchísimos minutos de la serie que no he visto, esta niñata es una especie de imbécil asilvestrada que está contra el mundo y, sobre todo, contra su tutora, que es su tía creo, a la que trata peor de lo que yo trato a mis trapos de cocina. Una niña que, por decirlo rápidamente, tiene un bofetón faraónico casi cada vez que abre la boca. La otra, en cambio, cada vez que tienen bronca la mira y la remira, trata de razonar; la niña no razona (más que nada porque el personaje es como medio lerdo) y suele terminar las conversaciones con alguna referencia hiriente a la mierda de vida de su tutora. Y ella la ve marchar con sus ojos bóvedos; porque en las discusiones entre adulto y adolescente, ojo al dato, éste siempre tiene, por lo visto, la última palabra. La niña jamás se queda sin postre, o sin salir. Lejos de ello, si el problema es que a la tutora no le gusta el novio que se ha echado (el tontolaba acosador) la solución acaba siendo que la tutora le dé al chico una llave de la casa para que se puedan ir a follar cuando les apetezca.

En general, cada vez que en ese colegio algún adulto toma una decisión mínimamente polémica surge la voz de algún otro adulto que dice algo así como: «Pero eso, ¿lo vamos a decir, así, sin discutirlo, sin negociar?» Con esa actitud, los profesores dejan de ser responsables de la educación para convertirse en meros gestores de la misma. Que lo mismo es el mensaje que se está buscando.



Hace ya mucho que el tiempo de las series de cartón-piedra se acabó. Hace años, en efecto, las series de televisión era puras moralinas que escondían la realidad. Pero eso hoy se ha acabado. La mejor serie que he visto últimamente, The wire (primera temporada) es un buen ejemplo de este cambio. Los policías que persiguen a un mafioso drogadicto negro no son mucho mejores que el tipo al que persiguen. El personaje central de la serie es un tipo impresentable al que el 90% de la humanidad clasificaría a la tercera conversación (como mucho) en la carpeta de machitos gilipollas. Los policías, cuando manejan pasta de la droga, sufren la tentación de robarla, y en ocasiones la roban. Por lo demás, el politiqueo de las altas esferas policiales es verdaderamente repugnante. No obstante, en medio de todo eso la serie no olvida algunos principios fundamentales, tales como que el que vende droga es el malo de la historia, nos pongamos como nos pongamos.

Lejos de ello, la televisión española se instala en un relativismo moral que no puede sino ser algo buscado y pretendido. Da la impresión de que esto lo hacen los guionistas amparados por el argumento mayor de «yo es que estoy reflejando la realidad». Argumento totalmente falso porque la inmensa mayoría de las tramas de las series españolas tienen una relación con la realidad apenas anecdótica (a los médicos de urgencias, por ejemplo, les suele llamar la atención, y les divierte, que los personajes de Hospital Central se pasen la vida gritando y corriendo de un lado a otro). Y quizás es que piensen que están sólo entreteniendo. Luego los gestores televisivos, cuando alguien en un foro público los tacha de irresponsables, se dan golpes de pecho y dicen aquello de Calimero de nadie me comprende.

Y, por el camino, subido en la grupa de la irresponsabilidad de nuestras showpersons, el personal aprende lo que aprende.

¿Quién es?


El momento crucial de su vida fue el asesinato de su hermano.

Si vives en Madrid, con seguridad lo has pisado mil veces.

Si sabes ponerle un gotero a un enfermo, le debes mucho.

lunes, abril 27, 2009

Casas Viejas

La II República española, en lo que a gobiernos o series de gobiernos se refiere, se divide habitualmente en tres tercios. El primer tercio es el bienio constitucional, en el que la izquierda diseña la Constitución republicana. El segundo tercio es el bienio de las derechas, durante el cual se produce el golpe de Estado revolucionario mal llamado Revolución de Asturias; y el tercero es el regreso de las izquierdas con el Frente Popular.

Cada uno de estos tercios tuvo su tumba. La tumba del Frente Popular fue el golpe de Estado y la guerra civil. La tumba de las derechas fueron los escándalos del estraperlo y el caso Nombela-Tayá. Y la tumba del primer bienio de la República fue el feo asunto de Casas Viejas. Que es tan, tan feo, que hoy es el día que el pueblo de Casas Viejas ya no se llama Casas Viejas.

Ocurrió hace ahora 76 años, en 1933. Al iniciarse ese año, el anarquismo dijo basta. Los anarquistas y anarcosindicalistas siempre habían sido compañeros de viaje del sueño republicano, pero unos compañeros de viaje bastante incómodos. El sueño republicano fue alumbrado por políticos burgueses que no creían en otra cosa que en los regímenes parlamentarios reformistas, y algunos de izquierdas, situados casi siempre en el PSOE, los cuales, si bien eran en muchos casos marxistas avant la lettre, o bien se sacudían con elegancia esas teorías o bien las aplazaban hasta un futuro teórico lo suficientemente lejano como para convertirse, por la vía de los hechos, en avales del parlamentarismo burgués. Quizá el mayor ejemplo de esta tendencia pueda ser Julián Besteiro, quien se decía y consideraba marxista pero que, sin embargo, desde la tribuna de la presidencia de las Cortes, tras la aprobación de la Constitución republicana, no ahorraba epítetos positivos para el sistema parlamentario inglés y el posibilismo laborista.

Los anarquistas, sin embargo, estaban hechos de otra pasta. Llevaban 50 años luchando por el comunismo libertario y no iban a andarse con medias tintas. A ello se unió el parcial, en ocasiones completo, fracaso de la reforma agraria republicana, fracaso en el que tuvieron que ver defectos de diseño, el obstruccionismo de los propietarios y, sobre todo, la falta de financiación. El fracaso de la reforma agraria hizo que el anarquismo, que nunca había abandonado del todo las áreas rurales sobre todo en el sur de Andalucía, recibiese notables apoyos gracias a la profunda desilusión que muchos aparceros tenían hacia la República, en la que seguían muriéndose de hambre. Hay que hacer notar que parte de ese hambre era culpa de la propia República pues ésta, para evitar el abuso de los patronos con los jornaleros a la hora de fijarles salarios, dictó su llamada Ley de Términos Municipales, por mor de la cual no se podían contratar jornaleros fuera del término municipal donde estuviese ubicada la explotación. Esta medida fue muy positiva en aquellos lugares donde había explotaciones. Pero allí donde no las había o no se explotaban, condenaba a los jornaleros al hambre, pues no podían emplearse nada más que donde no había empleo.

El divorcio del anarquismo con la República se hizo más intenso en 1932, cuando la FAI organizó una serie de acciones revolucionarias en la cuenca del Llobregat, que hubieron de ser reprimidas y que hicieron al gobierno deportar a Guinea a dirigentes faístas como Durruti o Ascaso.

El 8 de enero de 1933, el anarquismo sacó músculo en Sevilla, Zaragoza, Logroño, Lérida, Granada, Barcelona y Valencia. Fue una insurrección en toda regla reprimida como tal por el gobierno. Sin embargo, esa represión no pudo impedir que la mecha revolucionaria se extendiese por el sur de Andalucía, y pronto hubo conflictos en Sanlúcar, La Rinconada, Utrera, Alcalá de Guadaira, Arcos de la Frontera...

Casas Viejas estaba, y está, situado en medio de ese merdé, en la provincia de Cádiz y perteciendo, entonces, al municipio de Medina Sidonia. Tenía unos 1.200 habitantes, todos o casi todos de los cuales vivían del campo. En el área había 6.000 hectáreas cultivables, pero en 1932 sólo se habían trabajado 1.300, porque los propietarios se negaban a explotarlas en las condiciones que les imponía la legislación. Por lo tanto, se estima que en aquel año habían trabajado unos 100 jornaleros en toda la aldea, lo cual suponía una astronómica cifra de paro del 80%.

El 10 de enero, los estrategas anarquistas decidieron el estallido de una insurrección en toda la baja Andalucía, y sus correligionarios en Casas Viejas recibieron la orden de unirse a ella. El día 11 un grupo de anarquistas izó una bandera rojinegra en el pueblo, tomó sus escopetas de caza y se dirigió al cuartel de la guardia civil, donde los efectivos que allí estaban se negaron a secundar la rebelión. Ambos bandos se enfrentaron a tiros, resultando dos guardias heridos. Los sublevados tomaron el control del pueblo.

El gobierno civil de Cádiz, al tener noticia de esta insurrección, envió refuerzos. A las cinco de la tarde del mismo día 11 llegó al pueblo el teniente Fernández Artal, de la Guardia de Asalto, al mano de 12 guardias y cuatro números de la guardia civil. Logró liberar a los sitiados en el cuartelillo y, en general, sacar del pueblo a los rebeldes. Sin embargo, una pequeña partida, liderada por Curro Cruz, a quien todos conocían como Seisdedos, se hizo fuerte en una de las casas. Fernández Artal hizo dos intentos de componenda y los dos le salieron mal: primero le envió a un guardia para parlamentar, que fue herido y apresado por los anarquistas; y después a un detenido, el cual se unió a los sitiados. En total, allí dentro hay cinco hombres, dos mujeres y un niño. Fernández Artal, puesto que se hace de noche y tiene controlada la situación, decide esperar al día siguiente.

Mientras el teniente de Asalto espera, el primer acto real de la tragedia levanta el telón en Madrid. A la Puerta del Sol, sede de la Dirección General de Seguridad, llegan las noticias de Casas Viejas. Es director general Arturo Menéndez. Menéndez es en ese momento, como poco, un hombre presionado para impedir que la revolución brote en el sur de Andalucía; en buena parte, pues, su actuación de las próximas horas se basará en el deseo de evitar eso como sea. Prueba de que es así es que tres días antes de la sublevación de Casas Viejas, la DGS había hecho pública una nota de prensa en la cual instaba a las fuerzas de seguridad a «redoblar el rigor empleado» contra los sediciosos.

Menéndez ordena más refuerzos. Pero los refuerzos salen de Madrid, lo cual es lo primero que huele mal en toda esta historia, porque lo normal es que los refuerzos se envíen desde más cerca mejor, porque así llegan antes. Una compañía de guardias de asalto al mano del capitán Manuel Rojas Feigespan, hombre de absoluta confianza de Menéndez, se mete en el expreso de Andalucía de esa noche camino del sur. Menéndez acude personalmente a la estación del Mediodía a despedirlos, algo que tampoco es my normal.

Pero Menéndez tiene razones para acudir al andén. Una vez allí, se acerca a Rojas y le da órdenes taxativas: «ni heridos ni prisioneros cuando se haga fuego contra la fuerza». Así pues, el capitán Rojas viajó al sur convencido de que tenía patente de corso para hacer lo que creyese conveniente.

En la mañana siguiente, Rojas está ya en Casas Viejas. Intenta evacuar a lo sitiados con bombas de mano, sin conseguirlo. Apresurado por solventar el problema cuanto antes, resuelve hacerlo mediante el fuego. Los guardias lanzan sobre la casa piedras envueltas en trapos empapados de gasolina y acercados a la llama antes del lanzamiento.

Al inicio del incendio, una mujer y el niño huyen de la casa. Luego otra mujer y un hombre intentan huir, pero son abatidos por los tiros de los guardias. El resto de los revolucionarios mueren abrasados vivos en el inmueble.

Son las ocho de la mañana. Rojas ha conseguido lo que quería. El pueblo casi entero está acojonado en sus casas. Pero, por alguna razón, juzga que aún hay que dar un paso más. Ordena registrar las casas una por una y proceder a la detención de sospechosos. Se generó una cuerda de 14 detenidos que, inexplicablemente, fueron fusilados, desarmados y atados, tras haber sido paseados frente al cuartelillo que horas antes tenían sitiado.

Los hechos hacen mella en la conciencia del teniente Fernández Artal, el cual probablemente tuvo algo muy parecido a un ataque de ansiedad. Rojas lo tranquiliza y de paso le recuerda que lo mejor que puede hacer es cerrar la boca sobre lo que ha visto y, luego, toma el camino de Madrid.

El día 12, el ministerio de la Gobernación, actual del Interior, regentado por Casares Quiroga, informa en una nota de los hechos de Casas Viejas. Da una cifra aproximada de víctimas (18 o 19), se refiere únicamente al episodio de la casa y los sitiados, asevera que la operación se realizó con bombas de mano y cita el incendio sólo para justificarlo como consecuencia de las mismas. Los hechos, sin embargo, habían tenido muchos testigos, especialmente desde las trochas de los alrededores del pueblo. Campesinos que pudieron huir de la represión posterior fueron a Medina Sidonia y comenzaron a contar lo que habían visto. El día 15, dos periódicos de Madrid deciden destacar enviados especiales. La Libertad envía nada menos que a Ramón J. Sender; y La Tierra envía a Eduardo de Guzmán, quizá su mejor informador y autor de interesantes libros sobre la República y la Guerra Civil. Pese a luchar con el mutismo oficial, de la mano o la pluma de estos enviados, el día 19 la prensa empieza a publicar retazos de verdad.

En aquel entonces la República tenía una costumbre hasta cierto punto insana por lo poco ejemplarizante que ha heredado nuestra democracia, y es ésa de dar a los parlamentarios más vacaciones que las de la hija del marqués. El Parlamento no abre sus puertas hasta el 1 de febrero pero, para cuando lo hace, lo hace para servir de caja de resonancia del enorme follón de Casas Viejas. Ese mismo día Eduardo Ortega y Gasset, diputado radical-socialista (y, por lo tanto, teórico socio del gobierno) presenta una interpelación y un informe en el que asevera con precisión que once personas han sido asesinadas mientras estaban atadas e inermes. Casares (inexplicablemente, diría yo) ni siquiera está en el hemiciclo, así pues tiene que contestar el subsecretario, Carlos Esplá, el cual hace un papelón que apenas calla las bocas menos exigentes.

El día 2 ya es Lerroux, es decir el jefe de la minoría opositora al gobierno más numerosa, el que se levanta, provocando la contestación del mismísimo Azaña, jefe de gobierno. En esta intervención, Azaña utiliza esa típica estrategia que dice que cuando no quieras hablar de lo particular, extiéndete en lo general. Azaña se lanza a peroratas sobre la acción general del gobierno y sobre Casas Viejas, además de decir que ya está todo aclarado, pronuncia la célebre, desgraciadísima frase, de «en Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir». Esta frase sólo se justifica aceptando que Azaña era tonto, que en mi opinión puede ser con mucha mayor probabilidad de lo que habitualmente se acepta; que, en ese momento, no supiera realmente lo que había pasado en Casas Viejas (pero si dijo eso sin saberlo, alto tonto sí que era); o ambas cosas a la vez.

Se propone la creación de una comisión parlamentaria. El gobierno, que tiene casi 20 muertos sobre la mesa, tiene el cuajo de rechazarla (123 votos a 81).

A los hagiógrafos de don Manuel Azaña les gusta recordar que, tras este debate, el presidente del Gobierno se aplicó a saber lo que realmente había pasado en Casas Viejas y de hecho encargó al teniente coronel Romeu una investigación. Todos estos datos son ciertos. Pero, sin embargo, no dejan de formar parte de una, a mi modo de ver, excesiva comprensión para con Azaña. El 2 de febrero, cuando se levanta en las Cortes para contestar a Lerroux, han pasado ya 20 días desde la matanza de Casas Viejas, y los abrumadores testimonios publicados por la prensa hacen imposible a nadie creer que la versión de Casares es la correcta. De hecho, el gesto de Azaña, encargando una investigación propia, deja ver claramente que él mismo lo piensa. Resulta muy difícil de creer que Azaña fuese a la sesión del día 2 completamente ciego. Que no supiera aún con certeza, tiene un pase. Pero que ni siquiera sospechase, eso no se lo cree ni el que asó la manteca. Así pues Azaña, en las Cortes, se levantó, si no para mentir, sí para sospechar que estaba mintiendo.

El 13 de febrero, en su diario, Azaña dice que recibe noticias de Casas Viejas y que se teme lo peor. Esta entrada del diario sirve para que quienes creen en él sustenten que antes no sabía nada. Pero eso mismo convierte a Azaña en un presidente del Gobierno delante del cual los policías se cargan impunemente a más de 15 personas y él se tira un mes entero sin saberlo.

El día 23 el diputado Salvador Sediles, sobreviviente de la sublevación de Jaca por cierto, hace público en el parlamento las averiguaciones hechas por los diputados por libre y sobre el terreno. Es la primera vez que en las Cortes se oye completa la versión real de lo ocurrido.

Azaña se levanta a contestar. Lo que hace es dividir los hechos en dos periodos distintos. Hay uno que va hasta las 8 de la mañana del 12 y otro que ocupa lo que ocurrió después. Del primero asevera que se respetó la legalidad a machamartillo. Y, sobre el segundo, realiza un retruécano políticamente irresponsable, o mejor yo diría impresentable: «¿Tenemos nosotros algo que ver con el que haya podido faltar a sus obligaciones en Casas Viejas ni en ninguna otra parte?» Acojonante. Un presidente del Gobierno confesando, negro sobre blanco, que si alguien, utilizando el aval de formar parte de las fuerzas de seguridad, va y se pasa metiéndole unos tiritos a unos mataos, él no tiene por qué ser responsable. De la bronca que se montó el gobierno se hizo tanta caquita que se le disolvió el cuajo y acabó por permitir la formación de la comisión parlamentaria (173 votos contra 130).

Para aquel entonces el principal implicado en la cuestión, el capitán Rojas, estaba tratando de tapar bocas. Viajó a Sevilla para tratar de tranquilizar al cada vez más histérico Fernández Artal. Pero, sin embargo, mientras estaba haciendo eso, cinco capitanes de Seguridad firmaban un acta, que hacían llegar a Azaña, en la que, entre otras cosas, declaraban que en enero de 1933 el Director General de Seguridad les dio instrucciones «de que en los encuentros que hubiera con los revoltosos con motivo de los sucesos que se avecinaban en aquellos días, el gobierno no quería ni heridos ni prisioneros». Obsérvese que el acta pone en los labios de Menéndez las palabras «el gobierno no quiere». Para más inri, además de a Azaña, le enviaron el acta a un diputado de la oposición, el radical Tomás Peyre.

Los firmantes del documento fueron apartados del servicio y expedientados. Azaña, por su parte, llamó a su presencia a Rojas, quien confirmó en la entrevista haber recibido las órdenes y, consiguientemente, avaló el acta, aunque aún negaba las ejecuciones a sangre fría.

El 2 de marzo, la oposición ensayó una nueva censura al gobierno por el asunto de Casas Viejas. Azaña se defendió calificando el acta de los capitanes de movida política. Hubo quien pensó que había saltado la valla y que saldría de aquélla con los cojoncillos en su sitio. Pero apenas unas horas después, el día 3, Fernández Artal estalló. Estando en Madrid, se sinceró con sus compañeros del cuartel de Pontejos, los cuales le recomendaron que hablase, por lo que prestó en la DGS, y ante un abogado del Estado, una declaración en la que confirmaba la producción de ejecuciones sin legalidad alguna.

La publicación de esta confesión provocó la dimisión de Menéndez, incapaz ya de permanecer en el cargo. El consejo de ministros, en reunión de urgencia, ordenó un careo ante el juez de Rojas y Fernández Artal. Si lo montó para solucionar el asunto, la cosa le salió mal, porque fue Rojas el que se derrumbó y acabó por reconocerlo todo.

El 7 de marzo, mes y medio después de los hechos y dos semanas después del informe Sediles, Azaña se levantó en el Parlamento para reconocer los fusilamientos por primera vez. Presentó el nombramiento del juez especial como una demostración de la preocupación del gobierno por esclarecer los hechos.

El 10 de marzo, la comisión parlamentaria culminó sus trabajos, en los que hablaba de fusilamientos sumarios ordenados por la Dirección General de Seguridad. Se exculpaba totalmente a los miembros del gobierno. El 16 de marzo, la oposición boicoteó la votación de este dictamen, que quedó aprobado por 210 votos contra uno.

Sin embargo, la aritmética parlamentaria no lo es todo en democracia. El gobierno perdió, seguidas, las elecciones municipales parciales de abril de aquel año y, después, las convocadas para las vocalías del Tribunal de Garantías. La gota malaya de la oposición obligó a Azaña a dimitir en septiembre de 1933. Pocas semanas después, la derecha arrasaba en las urnas.



¿Cuál es la valoración que cabe hacer de Casas Viejas? Muchos historiadores han destacado, en los últimos años, la inocencia básica de Azaña, sosteniendo que el presidente del gobierno no supo de la existencia de los asesinatos impunes como muy pronto hasta el 19 de marzo. A mi modo de ver, esta interpretación no tiene pase. En democracia, como bien le recordarían una vez a Felipe González hablando del GAL, un presidente del gobierno es culpable tanto de saber, como de no saber. Porque el presi que no sabe que el seno de su administración se viola la ley es culpable de no saberlo, como lo es quien ordena dicha violación a sabiendas.

A mi modo de ver, además, en la oscuridad de esta historia queda desdibujada la figura de Arturo Menéndez. Es muy difícil pensar en un director general de Seguridad que da por su cuenta y riesgo una orden tan tajante como evitar la producción de heridos o prisioneros. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que eso es algo que se acabará volviendo contra uno mismo si, finalmente, sale a la luz y verdaderamente no se cuenta con apoyo de arriba. Así pues, me resulta muy difícil de creer que, cuando menos, don Santiago Casares Quiroga no estuviese informado, cuando no fuese el padre de la citada instrucción. Y, nuevamente, me cuesta creer que un ministro del Interior dé una orden así sin tener claro que Manitú la apoya.

Bartolomé Barba, capitán del ejército y destacado militar proalzamiento (fundaría la Unión Militar Española) fue por ahí contando, en esos días, que el día 11 se encontraba de guardia y que escuchó a Azaña decir «ni heridos ni prisioneros; tiros a la barriga». La mayoría de los historiadores se inclinan por pensar que esto fue una invención opositora y que Azaña nunca dio esa instrucción. Muy probablemente, es así. Don Manuel Azaña no es un asesino. Es, tan sólo, un mal, bastante más malo de lo que se suele decir, presidente del gobierno.

La República, además, acabó por abrochar con este asunto de Casas Viejas uno de sus esperpentos legales más acendrados. Porque el ya ex director general de Seguridad vio su causa sobreseída en el proceso por los sucesos; proceso en el que el capitán Rojas fue condenado a 21 años de prisión. Quizá por el cabreo que se pilló por comerse el marrón él solito, llegada la guerra Rojas se pasó al otro bando y participó en la represión en Granada.

sábado, abril 25, 2009

Los Teofilatos (y 3)

Los Teofilatos están a punto de asomar por última vez su jeta en el escenario de la Historia de la mano de Gregorio, descendiente de Alberico y nombrado conde de Tusculum por el emperador Otón III, al que Gregorio decidió apoyar abandonando a sus aliados romanos de toda la vida para luego, una vez conseguido el título, mutar en reyezuelo de su predio. Ocupaba entonces la silla pontificia el Papa Silvestre. Silvestre, que había sido preceptor del joven Otón, es un elemento especialmente interesante del papado por su intensa cultura y erudición, que hizo pensar a muchos ignorantes romanos que tenía pactos con el diablo.

Otón, apenas un joven de 18 años, ambicionaba el nostálgico proyecto de recrear en la ciudad los viejos oropeles de la perdida civilización romana. Se hacía llamar Italicus Saxonicus, a la antigua usanza, y realizó nombramientos entre los nobles romanos que venían más o menos a coincidir con los existentes en los tiempos antiguos. A Gregorio Teofilato, por ejemplo, lo nombró prefecto de la flota. La flota no existía, pero existía la boca del Tíber, sobre la que el prefecto ejercía poder, cosa que Gregorio comenzó a hacer para su beneficio. Esto, probablemente, lo enfrentó con el emperador, con lo que Gregorio, ni corto ni perezoso, se alió de nuevo con sus viejos amigos romanos y le montó a Otón un golpe de Estado en toda regla. Italicus Saxonicus, así, fue sitiado en el palacio del Aventino durante tres días completos. Sitiados por el tusculano, el emperador y el Papa Silvestre salieron cagando virutas de Roma el 16 de febrero del año 1001.

Es verdaderamente desgraciado el destino de este Otón. En efecto, en la defensa de Italia, había derramado la sangre de sus germanos y ya no tenía ejército. Así pues, fue rápidamente olvidado por quienes antes le habían obedecido, y vagó durante dos años, hasta su muerte, crecientemente desequilibrado y deprimido. Silvestre, protegido por su fama de nigromante, regresó a Roma, donde no fue acosado. Murió en mayo del 1003. Su epitafio, que puede consultarse en el Liber Pontificalis, es enigmático a la par que amargo: «el mundo, al borde del triunfo, su paz ahora desaparecida, se retorció de dolor, y la tambaleante Iglesia olvidó su descanso».

A la larga, y a la corta también, el epitafio del sabio Silvestre se rebeló muy acertado. Su muerte despertó automáticamente todos los antagonismos internos en la lucha por el papado. Tras dos nombramientos de transición, se impuso la figura, y la espada, de Gregorio el Tusculano, el cual impuso a uno de sus hijos en el papado. Murió el Papa joven, y entonces la tiara pasó a otro de sus hermanos. Así de simple. Y, cuando este hermano murió, el papado quedó, ya, definitivamente en bragas. Con el nombre de Benedicto IX, fue elegido Papa Teofilato, nieto de Gregorio de Tusculum.

Tenía catorce años.

Catorce.

Años.

Si Octaviano se las arregló para hacer del papado algo escandaloso, Teofilato consiguió convertirlo en algo ridículo, patético. Seis meses después de haber ocupado el Laterano, Benedicto Teofilato sufrió un primer golpe de Estado cuando oficiaba una misa (hay que imaginarse la escena: un tipo que anda por tercero de la ESO, con la tiara puesta y cantando la misa...) en la basílica de San Pedro. A Teofilato lo salvó la coincidencia astronómica de que se produjese un eclipse de sol que sus asesinos tomaron como un mal presagio, por lo que salieron de la iglesia por patas.

En una cosa se parecía Teofilato a su pariente y antecesor Octaviano: era un mujeriego. Esto jodió a los romanos, los cuales albergaron nuevos planes de clasificarlo por la B de Varios o, como se dice hoy, multiplicarlo por cero. Así pues, Benedicto huyó a Alemania, donde procuró la protección de Conrado, el rey local. Una vez más, un Papa sacó a relucir el juguetito de la corona imperial, y Conrado tragó el anzuelo. Benedicto excomulgó al arzobispo de Milán, que comandaba una coalición lombarda para frenar a Conrado, y regresó a Roma rodeado por un fuerte contingente de teutones.

En los dos años que siguieron, Teofilato Benedicto dejó chiquito a su pariente Juan XII. El Papa se gastaba las muchas riquezas obtenidas de honrados peregrinos en contratar mercenarios y echar polvos con putas. Aunque todo eso existía sólo por el apoyo militar de los alemanes. Cuando estos se fueron (eran mercenarios, y no iban a pasarse la vida lejos de sus casas), Teofilato, inteligentemente, cogió el canasto de las chufas y se fue a Tusculum, donde su tío, ya conde, le acogió. Allí, abrigado por los suyos, Benedicto reflexionó y se dio cuenta de algo obvio: todo el peligro de muerte que pendía sobre él, que era mucho, estaba justificado en el hecho de que fuese Papa. Así que decidió dejar de serlo ya que, entre otras cosas, quería casarse.

Pero quería seguir siendo millonario. Primero pensó en arramblar con las riquezas vaticanas, como de hecho habían hecho otros pontífices antes que él; pero se encontró las arcas vacías. En esas condiciones, lo único que podía hacer era vender el papado, es decir, obtener un préstamo contra los beneficios futuros de la institución. Buscando alguien a quien le gustase aquello contactó con su padrino, Giovanni Gratiano, arcipreste de la iglesia de San Juan de la Porta Latina. Padrino y ahijado/Papa cerraron el trato por 1.500 libras de oro.

Hay mucha gente que piensa que el movimiento de Gratiano fue bienintencionado. De hecho, don Juanito tenía aquel dinero ahorrado para restaurar una iglesia, lo que nos hace pensar que era piadoso y esas cosas. De hecho, su compra fue asesorada por dos prelados, el monje Hildebrando y Pedro Damián, que eran conspicuos representantes de un movimiento reformador de la iglesia que eliminase la corrupción de la curia.

Bueno, el caso es que, después de pagar 1.500 libras de oro, Giovanni Gratiano se convirtió en el vicario de Cristo en la Tierra con el nombre de Gregorio VI.
La verdad es que Gregorio poco hizo. Las finanzas vaticanas eran un desastre y Roma precisaba un tuneado a fondo. Pero no fue ése el peor problema. El peor problema es que Benedicto, que se había retirado inicialmente a los Montes Albanos, se aburrió pronto de lo de casarse y tal y, además, es de suponer que se le acabó la pasta. Así que regresó a Roma y reanudó su pontificado, sólidamente apoyado por muchos teólogos, los cuales sostenían un sutil argumento que bien demuestra lo chorras que puede llegar a ser esto del derecho teológico: al haber cometido el Papa simonía, su acto no era válido. Así pues, Gregorio no era Papa y quien, en consecuencia, permanecía en el cargo, era precisamente el Papa que había cometido simonía.

Para terminar de joder la marrana, Silvestre III, un Papa o Papillo o Papete que se había hecho nombrar durante la primera huida de Benedicto, regresó también a Roma.
Si no querías caldo, aquí tienes dos tazas. Tres Papas en Roma, a la vez. Flipante.

Hartos de tanta mamonada, los romanos se fueron a ver al emperador, a quien llevaban combatiendo durante siglos, y le entregaron la ciudad. Llegó el 20 de diciembre del 1046 para presidir un sínodo cuyo tema principal fue qué hacer con aquellos tres capullos. A Silvestre III se lo quitaron de enmedio enseguida, pues formalmente nunca había sido nombrado Papa. Al pobre Gregorio acabaron convenciéndolo de que se quitase de enmedio, así pues se exilió en compañía de Hildebrando (quien ni de coña había dicho su última palabra).

El tercer acto fue deponer a Benedicto y poner a un candidato imperial. Pero Benedicto, que había huido a Tusculum, regresó en cuando los alemanes volvieron grupas hacia casa y se dedicó a dar por culo entre los romanos, excitando su costumbre de tener papas nombrados por ellos, y no por un sucio teutón de mierda. El cuento le duró ocho meses. Porque cuando, en julio del 1048, el emperador Enrique III se presentó en Roma con su pandi, a Benedicto no le apoyaron ni los hobbits.

Tras huir de Roma, Benedicto murió, nadie sabe a ciencia cierta cómo. Su hermano, conde reinante en Tusculum, logró colocar en el papado a un pariente, pero sólo durante unos meses. La suerte de los Teofilatos se había acabado. Fueron las fuerzas imperiales, y muy especialmente Hildebrando, los que tomaron las riendas del papado y comenzaron a hacerlo fuerte. 30 años después, en Canosa, el papa Gregorio VII, que un día había sido monje y se había llamado Hildebrando, humilló a sus pies al emperador romano-germánico. Otra cosa que hizo fue retirar a los romanos el monopolio de facto para el nombramiento del obispo de Roma, así como la creación del Colegio Cardenalicio para así generar una élite de poder donde otros no pudiesen meter cuchara.



El mejor resumen de la obra de los Teofilatos es, para mí, la alocución de Arlondo, obispo de Orleans, en el concilio de Reims:

«¡Oh, Roma, cuán digna eres de compasión y qué espesas tinieblas han sucedido a la dulce luz que derramabas sobre nuestros cielos! Allí resplandecían los León, los Gregorio, los Gelasio... Entonces, la Iglesia podía llamarse universal. ¿Por qué hoy tantos obispos, ilustres por su ciencia y virtud, se han de someter a los monstruos que la deshonran? Si el hombre que se sienta en ese trono sublime carece de caridad y de sabiduría, es un ídolo; lo mismo daría consultar a un trozo de mármol. ¿A quién, pues, acudiremos cuando tengamos necesidad de consejo sobre las cosas divinas? Volvamos hacia Bélgica y Germania, donde brillan tantos obispos, lumbreras de la religión, e invoquemos su juicio, ya que el de Roma se vende a peso de oro y pertenece al que ofrece más. Y si, oponiéndose a Gelasio, alguno nos dijera que la Iglesia romana es juez nato de todas las iglesias, le responderemos: ¡Comenzad por colocar en Roma un Papa infalible!»


Este apasionante balance es obra, en buena parte, de los Teofilatos. Cuyo nombramiento, teóricamente, fue iluminado por el Espíritu Santo.

jueves, abril 23, 2009

Los Teofilatos (2)

Octaviano nació aproximadamente en el año 937. Su madre era hija de Hugo de Provenza, pero eso da igual porque el rijoso rey de Italia había huido a sus posesiones originales para no volver. El propio hecho de que Alberico, en medio de una sociedad europea crecientemente constantinopolizada, pusiera a su hijo un nombre latino como Octaviano, era la demostración de su confianza en revivir en él los brillos del imperio romano de Occidente. Sin embargo, su padre murió relativamente joven, en 954, cuando el muchacho era un adolescente. Alberico, sintiéndose morir de unas fiebres, se arrastró hasta la tumba de Pedro y, allí, hizo jurar a los nobles romanos que nombrarían a Octaviano rector de la ciudad y Papa cuando el pontífice reinante muriese. Los nobles, que lo apreciaban sinceramente, así lo juraron.

El Santo Padre reinante murió tan sólo un año después. Así pues, la principal silla de la cristiandad, el lugar reservado para el deputy god de la Iglesia católica, fue ocupado por un jovencito imberbe, tan bien educado que apenas chapurreaba el latín, y del que lo mejor que se puede decir es que era un puto broncas. Octaviano eligió el nombre de Juan XII, con lo que inició la costumbre papal de elegir un nombre distinto del que se ha tenido hasta entonces. Las crónicas de la época, que en todo caso pueden no estar exentas de alguna exageración, lo acusan de cositas como convertir el palacio Laterano en un lupanar y beneficiarse a peregrinas en la misma basílica de San Pedro. Un angelito. Aparte de ludópata, no tenía medida con las tías que le hacían tilín, regalándoles posesiones y aún joyas del tesoro vaticano.

Su error fue regalar tierras, porque eso ponía en peligro la posición de las casas nobles ya existentes. Éstas se aglutinaron alrededor de Berengario, que había sucedido a Hugo como rey de Italia. Pero Juan/Octaviano tenía sus métodos. Por ejemplo, llamar en auxilio al monarca germánico Otón, que ambicionaba ser emperador; el cual, al fin y al cabo, y merced a la chorrada de la donación de Constantino, tenía que pasar por el Vaticano para lograrlo.

Otón de Sajonia era la gran esperanza blanca del sueño imperial que Europa no había abandonado nunca, aunque en los tiempos que relatamos el referente mítico ya no era tanto el imperio romano como los bellos tiempos del carolingio, siglo y medio atrás. Otón era un gobernante decidido y con visión integradora, así pues logró colocar bajo su espada a los muy diversos condados alemanes. Pero lo que lo hizo grande más allá del equivalente a Deutschland fue que logró frenar en seco a los hunos, invasores que acojonaban, y de qué manera, a los europeos. El 10 de agosto del 955, en Ausburgo, Otón les dió a los hunos hasta en el cielo de la boca. La batalla de Ausburgo es injustamente olvidada por aquéllos a los que les gusta atesorar batallas sangrientas, porque allí murieron hasta los piojos de las cabezas de germanos y orientales. El ganador de la batalla, es decir Germania, tuvo decenas de miles de bajas aquel día; así que tratad de imaginaros la pila de muertos que se produjo en el bando de los hunos.

Otón fue vitoreado por los supervivientes de Ausburgo como Imperator; algo que no se escuchaba en los bosques de Europa de mucho tiempo atrás. Podría sentirse, sin lugar a dudas, el sucesor de Carlomagno; al fin y al cabo, gobernaba sobre un territorio sobre el cual había sentado sus reales un día el ancho y brutal rey franco. Sin embargo, hay algo que Otón no tenía y Carlomagno sí; el francés había tenido un León XIII que, sentado sobre la pretendida (falsa) legitimidad otorgada por Constantino, había coronado a Carlos como emperador y, consecuentemente, sucesor de esos emperadores a quien todos admiraban, nimbados por la niebla de la Historia. Pero la decisión de coronar a un emperador germano por el Papa Formoso había provocado unos de los mayores conflictos que jamás se vieron en Roma, y Otón lo sabía. Por eso, cuando se presentó en la ciudad eterna, el 2 de febrero del 961, lo hizo abrumadoramente rodeado por sus rubios pretorianos.

Llegaron hasta las escaleras de San Pedro en medio del sepulcral silencio de los romanos. Al llegar allí, Otón descabalgó, pero se guardó de ordenar a su escudero Ansfield que siguiese detrás de él con la espada preparada. Arriba se encontró con el joven Papa Juan, quien le introdujo, en medio de una procesión, en la basílica oscura. Y allí, junto a la tumba de San Pedro que había sido saqueada de sus tesoros, lo coronó y dio nacimiento a lo que conocemos como Sacro Imperio Romano-Germánico.

Todo parece indicar que Juan, en su estupidez de camorrista de medio pelo, de Latin King de la Salvación, creyó estar dándole a un salvaje un puñado de abalorios sin valor. Quizá creyó que el puto alemán tomaría su coronita de mierda y se volvería a los bosques a adorar a los árboles, creer en espíritus y, lo más importante, a dejar de dar por culo. Es normal que alguien tan egoísta y limitadito como este Vicario de Cristo juerguista y mentiroso no se diese cuenta de que tenía delante de sí a uno de esos raros especímenes que de vez en cuando brotan en el mundo del poder, capaz de mirar más allá y tener planes ambiciosos, históricamente hablando.

Otón tenía ya cincuenta años. El Papa Juan tenía 20 y la costumbre de ir empalmado por la vida. Lo primero que hizo el alemán nada más ser emperador fue llevárselo a un aparte y darle la brasa con que se dejase de vidas licenciosas. Juan miró al suelo y fingió haber visto la luz. Pero sólo lo hacía para quitarse de enmedio al puto viejo. En cuanto Otón abandonó Roma, dos semanas después, y convencido de que el alemán le quería gobernar (y la verdad es que no se equivocaba), ¿qué hizo este Octaviano, signo y cumbre de la honradez y la hombría de bien? Pues ofrecerse a coronar emperador ¡a su enemigo Berengario!, a cambio de su apoyo. Cuando Berengario se negó, más que nada porque bastante tenía con conservar la cabeza unida a los hombros con la de hostias que le estaba arreando Otón, Juan se lo ofreció al hijo de don Beren, Adalberto. Lo cual riza el rizo de las putadas de este Papa venal (uno de los varios, por no decir muchos, de la lista), pues Adalberto, para presentar batalla a Otón, se había aliado con los sarracenos de Provenza. Dicho de otra forma: la alianza del Papa con Adalberto abría las puertas de Roma a los musulmanes. ¡Ole con ole y ole!

Por cierto, visto que Adalberto no se decidía, Juan llegó a negociar con los bizantinos y hasta con los hunos.

Otón, quien se resistía a perder la ilusión de que Juan pudiese reformarse, decidió enviar a un propio a Roma para comprobar con sus propios ojos que estaba haciendo todas las cabronadas que se le atribuían. Ese enviado fue nuestro amigo Liutprando de Cremona, el que apelaba de puta para arriba tanto a la abuela como a la bisabuela de este cráneo previlegiado. El monje, a su llegada a Roma, se encontró a un Papa altivo y desafiante, dispuesto a incumplir las promesas de reforma que le había hecho por carta al emperador y acusándole a él de haberle traicionado. Pero, de todas formas, antes de que el monje regresara a los reales del germano, éste se movió, pues en el interín Adalberto resolvió sus dudas y decidió ir a Roma a ser coronado emperador por el Papa.

La sola noticia de que Otón se dirigía a Roma (lo hizo con lentitud porque era verano y en verano la efectividad de sus tropas norteñas se reducía) levantó a los romanos contra el Papa y Adalberto, que fueron poco menos que cercados por el populacho en la residencia del pontífice. Juan, nada más conocer la cercanía del emperador, se dirigió a San Pedro, robó todo lo que pudo y huyó a Tívoli junto con su cómplice.

Nada más llegar a Roma, Otón, con la ayuda de Liutprando, convocó un sínodo. Tenía que desplegarse con mucha mano izquierda pues los prelados de la curia eran tipos muy especiales (siempre lo han sido, lo siguen siendo y es de suponer que lo serán siempre). Habían visto a papas ladrones, violadores, incapaces de mantener su palabra, pero todo eso como que lo asumían. Lo que por lo visto no podían asumir es que un seglar (Otón) se atreviese a cesar a un Papa.

Otón elaboró una pormenorizada lista de delitos cometidos por el Santo Padre y le conminó a acudir al sínodo a defenderse, eso sí garantizándole que sería juzgado según los cánones de la Iglesia, lo cual en realidad daba igual porque sería muy difícil encontrar uno solo en el que el señor pontífice no hubiese hecho sus necesidades. Juan respondió con una carta en la que amenazaba de excomunión a todo aquél que nombrase otro Papa. El sínodo le respondió recordándole, entre otras cosas, que la redacción de su carta era «más propia de un muchacho estúpido que de un obispo» (de donde se deduce que hasta entonces no se habían dado cuenta de que Octaviano sólo era un muchacho estúpido) y le devolvían la amenaza de excomunión en su persona si no se presentaba. Finalmente, la racionalidad llegó al sínodo, se depuso a Juan y se eligió a León VIII. Aunque Otón hizo un esfuerzo político con este nombramiento, pues el Papa era romano, el hecho de que los romanos no hubiesen tenido nada que ver en su elección soliviantó a los vecinos de la ciudad, acostumbrados a nombrar papas prácticamente en exclusiva. Otón sofocó la rebelión pero, instantes después, tuvo que abandonar la ciudad para perseguir a Berengario y Adalberto.

Momento aprovechado por Juan para regresar.

En el 964, el Papa depuesto convocó un sínodo al que acudieron solamente unos 30 prelados literalmente cagados de miedo, pues todos habían votado la deposición del Papa. Ésa fue la señal del declive de Juan, y del papado. Con sus imbecilidades, Octaviano había conseguido colocar el solio pontificio quizá en la peor posición de toda su Historia. Es posible que nunca antes, y nunca después, del reinado de este Teofilato rijoso y vendepatrias, haya el papado significado tan poco más allá de las murallas de Roma; y digo esto a despecho de cismas y otras situaciones bien comprometidas. La situación era especialmente jodida en uno de los grandes viveros del catolicismo europeo, Francia, que parecía mostrarse proclive a escindirse, y lo justificó apelando al Papa, al loro, de «monstruo desprovisto de todo conocimiento humano y divino, desgracia del mundo». Como decimos en mi tierra: ¡Ca... rallo!

Juan consiguió el frágil apoyo de los obispos que quedaban en Roma a base de medidas tan evangélicas y propias del Vicario de Cristo como azotar o amputarle la nariz a los disidentes. Pero no logró nada, porque los curas europeos habían tomado ya su opción por Otón, por muy seglar que fuese.

Como fin lógico al sainete de la vida de Octaviano, ésta se extinguió cuando aún Otón estaba camino de Roma con la intención de apiolárselo. Al Papa de Roma lo mató un marido ultrajado que le sorprendió en el acto de tirarse a su mujer, y que, en consecuencia (y es que hay que ver la cantidad de gente descreída que hay que no respeta las púrpuras) le arreó tal mano de hostias que Juanito la espichó tres días después.

Otón llegó a Roma y sometió a la ciudad. Ésta se rebeló. Esto pasó varias veces durante el reinado de Otón, y el de su hijo Otón II, y el de su nieto Otón III. Allá por el año 1000, los Teofilatos parecían definitivamente alejados de la Historia. Pero no fue así. Eran condes de Tusculum, y todavía darían más guerra.

martes, abril 21, 2009

Los Teofilatos (1)

Una de las primeras leyendas urbanas de la Historia es la de la papisa Juana. Según reza esta chorrada, una mujer habría conseguido engañar a la curia pontificia y habría conseguido reinar en el papado disfrazada de hombre. Más o menos hasta el siglo XVI, esta historia fue dada por cierta, aunque más allá se impuso la racionalidad de que sólo era una invención. Sin embargo esta mentira, como casi todas, tiene su parte de verdad. Aunque el mundo del poder ha sido históricamente un mundo masculino, y el poder en la Iglesia católica ya no digamos, hay mujeres en su Historia, mujeres reales, que ejercieron un poder de hecho muy importante. Una de ellas es Marozia, senadora de Roma. Una mujer que fue digna miembro de una dinastía que durante algún tiempo dominó el papado, lo cual es más o menos que decir que tuvo a sus miembros en la élite de las personas más poderosas del mundo. Se trata de los Teofilatos. La palabra hoy, probablemente, no le dirá nada al lector. Y, sin embargo, hace mil años, Teofilato significaba, simple y llanamente, poder.

Corre, más o menos, el año 890. De Tusculum llega a Roma un tal Teofilato. Aquella era una emigración bastante normal. Roma es la metrópoli y Tusculum una pequeña ciudad etrusca donde los límites para los ambiciosos son demasiado estrechos. Sabemos poco de la vida de Teofilato, pero lo suficiente como para asumir que supo encontrar el éxito. Recibe los títulos de duque y de senador, además ser juez imperial. Durante el calificado como Sínodo Horrendo, del que tal vez hablemos algún día, Teofilato tuvo los cataplines de apoyar al partido de Sergio, a pesar de que éste había tenido que salir de Roma; pero no le salió mal la jugada, por cuando Sergio acabó regresando a la ciudad eterna. Esto, sin duda, le confirió poder e influencia. Pero, sin embargo, como los historiadores han destacado muchas veces, aproximadamente a partir del año 900, todos los registros que se conservan dejan de hablar de él para hablar de su mujer, Teodora. A todas luces, su esposa tomó el poder en su lugar, y lo ejerció.

Hay un problema al valorar históricamente a las mujeres destacadas de la antigüedad. La forma más sencilla de atacar a una mujer cuando se es contrario a ella es apelarla de zorra, de puta, de pendón desorejado. Esto siempre ha sido así: un hombre follador es un tipo que aprovecha las cosas que le ofrece la vida, pero una mujer promiscua es la hez. La principal fuente histórica de aquella época son los escritos de un monje, Liutprando de Cremona, decididamente contrario a los Teofilatos, y muy especialmente a las Teofilatas. Califica a Teodora de «ramera sin vergüenza» y asevera que gobernó Roma como un hombre (¿quiere eso decir que la gobernó mal?). Nos informa de que tuvo dos hijas, Marozia y Teodora, que superaron a la madre en puterío. Como digo, es dable sospechar que parte de esta violencia verbal se debe a la exageración del escritor (y me refiero a Teodora hija). Aunque algo de verdad debe haber a la luz de los datos que conocemos; por ejemplo que Marozia, casi casi con su primera regla, se quedó embarazada nada menos que del Papa Sergio, y tuvo un niño que sería, asimismo, Papa.

Lo que sí es bastante claro es que en el 911, a la muerte del Papa Sergio que era el auténtico capo di tutti cappi romano, Teodora madre, que había explotado adecuadamente el hecho de que su jovencísima hija Marozia era la que alegraba el pilingui del Santo Padre, se convirtió en el primer poder de la ciudad. Al principio, Teodora se anduvo con cuidado y es por eso que fueron papas dos de los hombres de su círculo político, los cuales, sin embargo, fallecieron muy poco después. Tras estos dos experimentos, Teodora resolvió jugar fuerte e imponer en el papado a su amante, el obispo de Rávena. Juan, obispo, se convirtió en Juan X, Papa, en el 914.

Teodora casó a su hija Marozia, que se había quedado algo parecido a viuda después de que el Papa Sergio la palmase, con un noble italiano, Alberico, marqués de Camerino. Alberico era un soldado. Había conseguido el marquesado a hostias y una vez conseguido había consolidado una tropa de mercenarios veteranos que fueron la dote que, con seguridad, Teodora valoró. La boda de Marozia supuso el traslado a Roma de aquellas fuerzas del orden, lo cual sirvió para poner a la ciudad definitivamente bajo el control de los Teofilatos.

Dicen los que saben de esto que el Papa Juan X no cumplió con lo que cabía esperar de su llegada al pontificado. Su vida se había reducido a ser un monje que le hizo tilín a Teodora, a partir de cuyo momento fue ascendiendo en el escalafón católico. Así pues, cabe esperar que hubiera sido un Papa venal y cabroncete, como otros tantos muchos. Más no fue así, pues, al parecer, fue un hombre de Estado más que razonablemente aceptable.

Además, a Teofilato, Juan y Alberico, que ahora gobernaban Roma a pachas cada uno en su esfera de poder, les cabe el mérito histórico de haber impulsado y dirigido la última campaña militar exitosa del ejército romano, el mismo que de la mano de Mario, Pompeyo el Magno, de Marco Antonio, de Quinto Sertorio, de Julio, de Marco Agripa, de Germánico, de Trajano, de tantos y tantos otros, había sido el ejército más poderoso del mundo. Formaron una liga italiana con la que consiguieron lo que aquí en España no conseguimos, que fue impedir la penetración sarracena en el país.

No obstante, aquella coalición era más frágil de lo que parecía. Marozia, en realidad, odiaba al amante de su madre, el Papa y, consecuentemente, cuando Teodora murió, su posición se hizo delicada. Así que Juan hizo lo que se ha hecho de toda la vida de Dios en una situación así, que es buscar un aliado. Lo encontró en la persona de Hugo de Provenza, con quien pactó que si le ayudaba, sería coronado rey de Italia. Sin embargo, Marozia también movió pieza y, concretamente, aprovechando que se había quedado viuda de nuevo, le ofreció a Guy, hermanastro de Hugo y señor feudal de la Toscana, en matrimonio. Los esponsales pusieron en manos de la más que probable causa de la leyenda de la papisa Juana un ejército respetable.

Aunque Juan volvió a Roma y logró sobrevivir un par de años, en 928, tras un motín, fue capturado y encarcelado. Marozia lo dejó morir de hambre en su celda de San'Angelo; decisión que, como veremos, fue premonitoria de su mismo destino. Tres años después, Marozia hizo nombrar Papa a su primer hijo, el que había tenido con Sergio. Tenía 20 tacos.

Ser Papa era cosa importante, porque, a causa de la gilipollez de la donación de Constantino (trapacería papal donde las haya, de la que también algún día habría que hablar) todo Occidente consideraba que la decisión de nombrar emperador (y la Europa de entonces se consideraba aún el viejo imperio romano) estaba en manos del sumo pontífice. Marozia ya había colocado a su propio hijo en el sillón de quien tenía que realizar ese nombramiento. Ahora ya sólo hacía falta que el candidato adecuado tuviese suficiente apoyo militar como para que nadie le tosiera caso de ser nombrado. Y tener poderío militar pasaba por amigarse con Hugo de Provenza.

Si Hugo de Provenza hubiese nacido algunos siglos después de cuando nació, probablemente hoy se harían películas sobre él, con algún actor de ésos que sabe hacer de malo-malo en su papel. Aparte de una persona de un sadismo y una propensión a la cabronada realmente refinadas, era el típico gobernante frío para el cual no existían obstáculos. Hay gente que cree que Maquiavelo inventó algo; pero la verdad es que la gente que cree eso suele ser gente que no ha leído demasiado sobre la Edad Media (y el imperio romano o bizantino, no digamos).

Otra característica de Hugo es que era notablemente rijoso, hasta el punto de que en una tierra como aquella Italia, en la que se follaba en las horas pares y en las impares también, y se hacía en panaderías, aceras, sacristías, criptas y lo que cayese, en un mundo así, digo, su corte era considerada un burdel. Es natural que Marozia le pareciese un trofeo atractivo. Sin embargo, no podía casarse con ella porque Marozia, como sabemos, estaba casada con su hermanastro Guy. Ni corto ni perezoso, Hugo mancilló sin un pestañeo la memoria de su madre declarando que Guy era un bastardo y, cuando éste protestó, lo encarceló y, una vez allí, hizo que le arrancasen los ojos. Además, ya estaba casado. Pero su esposa tuvo el detallazo de morir a tiempo para que él se pudiera presentar en el 932 en Roma para desposar a Marozia.

Todo iba bien. Pero había una pieza suelta.

No sé si lo recordáis, pero Marozia había tenido un hijo con Alberico de Camerino, al que puso el mismo nombre. Hijo de guerrero, era al parecer tan sanguíneo como su padre y, además, cosa importante, conocía a Hugo de Provenza y sabía bien que a su ahora padrastro no le temblaría el pulso a la hora de cegarlo o asesinarlo. Tras un incidente menor (Alberico fue obligado a servir el agua con que Hugo se iba a lavar las manos, la derramó sobre él a propósito y el padrastro lo abofeteó), Alberico salió de San'Angelo y se ofreció al pueblo de Roma para liderar una rebelión contra la dominación provenzal. El mensaje se dirigió a uno de los pueblos que, la Historia lo demuestra, más proclive es, o era, a coger el bate de béisbol y arrearse a hostias con todo lo que se menea. Las turbas rodearon el palacio del santo ángel. Y lo cierto es que Hugo, como casi todos los despiadados, en el fondo era un cagado, pues cuando se enteró, en lugar de presentar resistencia, que habría podido, sólo pensó en salir de allí.

Marozia fue atrapada y, al parecer, porque no está muy claro, su hijo Alberico resolvió no mancharse las manos con su sangre. Casi. Porque no la mató pero, al parecer, la hizo meter en los sótanos de San'Angelo, donde la emparedó para que se muriera de hambre y de sed. Era su madre, desde luego; pero estaba casada con un tipo que nunca había escondido las intenciones de apiolarse al joven guerrero y, que se sepa, jamás puso objeción.

Alberico gobernó Roma durante 20 años en los que desposeyó a su hermanastro el Papa de casi cualquier poder temporal. La política de Alberico frente al Papa se parece bastante al concepto que hoy tenemos del Papado; él no se metía en sus cositas de fe, textos sagrados, liturgias y tal, pero no les dejaba mandar en la Tierra. Así pues, aquel reinado de Alberico pareció colocar a los papas en el lugar lógico, bastantes siglos antes de que lo hiciesen realmente, pues el poder temporal del papado es algo perceptible hasta el siglo XIX.

Sin embargo, fue el propio Alberico el que dejó al Papado volver a las andadas por tener la debilidad de creer en su hijo. Octaviano. Un perfecto hijo de puta.