sábado, marzo 28, 2009

Putas (1)

Siempre me ha costado entender eso de que la de puta es la profesión más vieja del mundo. Hasta donde yo sé, las putas cobran por sus servicios. Si alguien cobra por sus servicios, entonces quien le paga algo tiene que haber ganado para poder satisfacer el precio. Pero si alguien ha ganado algo, algún tipo de oficio debe tener.

Sea como sea, lo que sí es cierto es que desde que el hombre tiene memoria, hay putas. Por todas partes. Bueno, no exactamente. La Historia de la prostitución repite machaconamente dos elementos básicos: uno, los intentos (fallidos casi siempre) de circunscribir las putas a algún lugar concreto. El otro, distinguirlas del resto de los mortales por medio de su vestimenta o sus arreos.

Hablemos hoy, pues, de putas. Hagámoslo, entre otras cosas, porque estaremos hablando de nuestras abuelas. Tomando en cuenta 10.000 años de Historia de la humanidad, eso son unas 400 generaciones. Si pensamos que en cada generación un 1% de sus integrantes está formado por putas (estimación un tanto conservadora) y que en cada generación hay una parte de ese 1% que no son hijas de puta sino, por así decirlo, neoputas, los cálculos matemáticos nos llevarán, creo yo, a la conclusión, de que la mayoría de nosotros somos unos hijos de puta; de hecho, no quiero malquistarme con nadie, pero hay apellidos que parecen neutros que pueden estar señalando la presencia de puterío en alguna de las ignotas ramas familiares. De ahí, creo yo, el sentido de la frasecita de la profesión más antigua del mundo. No es, quizá, la más antigua. Pero lo que si es, sin duda, es la más duradera y estable.

La ocupación del putiferio es tan antigua y tan necesaria que ya en los albores de la Historia conocida encontramos su estudio y su regulación. En la vieja Atenas había tres tipos de putas: las hetairas, que eran cortesanas; las anlétridas, que eran auxiliares de las hetairas pero también hacían trabajitos con descuento; y, finalmente, las dicteriadam, esclavas de la prostitución, muy diferenciadas de las anlétridas pues éstas eran libres y se alquilaban para tocar la flauta en las fiestas, un poco al modo de las geishas japonesas; aunque es fácil sospechar que eran de varios tipos las flautas que acababan tocando.

Solón, el primer legislador ateniense, dictó normas para que las putas esclavas abandonasen la calle y realizasen sus servicios en casas, con lo que inventó la secular figura del burdel o lupanar. Además, obligó a estas putas a ir por la vida con unos vestidos especiales, muy vistosos, a rayas, que permitían a todo el mundo reconocer de lejos su puta condición.

Es en la antigua Roma, con todo, donde la prosti alcanza cotas de mayor desarrollo. Los latinos llamaban a la puta Lupa, o sea Loba, precedente de nuestro actual zorra. Al parecer, este mote tiene su origen en Acca Larentia, mujer que era de un pastor llamado Fástulo, y a quien llamaban La Loba. Larentia era famosa por su vida licenciosa y promiscua y hay quien piensa que la famosa leyenda de que Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba es en realidad un símbolo de que los fundadores de Roma podrían ser hijos de una mujer con tendencia a andar con las piernas arqueadas.

En el año 260 antes de Cristo nos encontramos con normas dictadas por los ediles por las cuales las prostitutas tenían que declarar la profesión y recibir de ellos la licencia stupri y pagar el vectigal, una especie de Impuesto de Actividades Follonómicas. Para entonces, la civilización ya se había dado cuenta que, si bien las putas son fuente de enfermedades miles, amén de conflictos, pérdida de fortunas y otros males colaterales, la prostitución es, en realidad, un mal menor. Y la llegada del cristianismo no cambiará las cosas. Agustín de Hipona llama «peste» a las putas y alcahuetas pero, acto seguido, reconoce que «sin embargo, suprimid la prostitución y desordenaréis la sociedad por efecto del libertinaje».

Roma tuvo tantas putas que su tipología se complicó notablemente más que en Grecia. Así, la literatura latina nos deja noticia de:

Las rameras, que era las putas que lo eran por gusto. Se dice que el nombre proviene de que solían vivir fuera de la ciudad, en cabañas de poca calidad cuyo techo se construía con ramas.

Las scortum, o sea piel, ya que al parecer recibían sentadas sobre pieles.

Las togatae, que vestían toga para diferenciarse de la estola que usaban las matronas.

Las meretrices, o putas nocturnas, pues sólo vendían su cuerpo desde que se ponía el sol.

Las cortesanas, o putas pijas y de alcurnia.

Las delicatae, también llamadas pulidae, que eran las putas ocasionales que se entregaban al hombre por un capricho. Famosa delicata es el pibón Flavia Domicia, mujer de Vespasiano.

Las famosae, mujeres patricias que se prostituían a cambio de grandes recompensas en forma de joyas y regalos de sus muy ricos amantes.

Las junices, especie de amas de cría dadas a la prostitución cuyo atractivo fundamental era tener grandes tetas.

Las nonariae, algo así como complementarias de las meretrices, pues se prostituían en la hora nona, es decir alrededor de las tres de la tarde.

Las prostibulae, que eran las que ejercían su oficio en la puerta del lupanar.

Las erraticae que, como su nombre indica, eran errantes. También se las conocía como soldadesca, pues su clientela principal eran, claro, los soldados.

Los burdeles romanos tenían sobre el quicio de su puerta unos falos o príapos de piedra; adorno éste que en algunos lupanares de Hispania fue sustituido por una rama, por lo que hay autores que piensan que es de ahí de donde viene lo de ramera. Los burdeles romanos se llamaban fornices, que viene de fornis, bóveda; o cellae, de celda; prostitulum, literalmente mansión del crápula; desidiabula, o lugar de ociosidad; senatus mulierum, o sea Senado de tías; libidinum consistorium, o reunión de placeres; o meritoria taberna.

Durante buena parte de la Historia de Roma, las putas fueron obligadas a llevar un palliolum, o gran sombrero que normalmente les cubría la cara.

El ocaso del imperio romano mitiga la extensión de la prostitución por el simple hecho de que las sociedades se hacen fundamentalmente rurales. Sin embargo, el relativo desarrollo urbano producido con los godos vuelve a incrementar la prostitución, hasta obligar al famoso Recaredo a dictar leyes prohibiendo la práctica de la prostitución. Las penas eran tremendas: 300 latigazos, el afeitado de cabeza y la expulsión de la ciudad por el primer polvo y, por el segundo, la entrega en semiesclavitud a algún indigente. Visto que no se conseguía nada, se llegó incluso a aplicar la pena de decalvación, por la cual se desollaba la frente de la puta con un hierro candente. En el siglo VIII, más o menos en la misma época en la que el concilio de Flandes se ocupaba se discutir si la mujer tiene alma o es una bestia (pero la Iglesia por lo que pide perdón es por lo de Galileo), el castigo pasó a 50 latigazos la primera vez, 100 por la segunda y, si había un tercer polvo, la mutilación cuando menos de la nariz.

Durante todos estos siglos, el hombre se resiste a darse cuenta de que es él mismo, luchando pretendidamente contra la prostitución, quien la alienta. Pues la prostitución, aparte un par de casos de trabajo por gusto, es casi siempre hija de la necesidad. Y la necesidad, en el caso de la mujer antigua, nace de su total ausencia de derechos y total dependencia del hombre, lo cual la condenaba a la pobreza en caso de repudio o viudez. Todas las normas de la Edad Media son hijas de ese concepto, común a casi todas las religiones, de la impureza esencial de la mujer. Las leyes de partida de Alfonso el Sabio, por ejemplo, prohíben a la mujer estar cerca del altar durante la misa.

Hija de esta situación es la instutición hispana de la barraganía. La barragana es definida en el código alfonsino como la concubina que vive en la casa de un amante que con ella está amancebado. Amante que bien puede estar casado, como lo estuvo, por ejemplo, Fernando de Aragón con Isabel de Castilla mientras, de cuando en cuando, visitaba en Murcia a su barragana. Se dice que barragán es, en castellano antiguo, el traje propio de la mujer mundana.

Al rey sabio se debe la reforma, destinada a pervivir en el tiempo, de que las prostitutas encarceladas no compartiesen celda con los hombres. De donde cabe imaginarse lo que debían ser las cárceles antes de eso. Con todo, en un ligero guiño social, el acervo jurídico del rey Alfonso viene a reconocer a la puta como elemento económico, pues nos dice que «si la mugier face gran yerro en yacer con los homes, non face mal en tomar lo que la dan». Por último, las normas prescriben que las putas han de vestir de azafrán, para ser reconocidas.

Respecto a los chulos de putas, los juristas del Sabio los dividieron en guardadores de la putería, buscadores de mugieres para la mancebía, tomadores (de las ganancias de la puta), alcahuetes o chulos de su propia mujer, y consentidores «de que alguna mugier onrada faga fornicio en su casa por algo que le den».

El destino reservado a los chulos no es muy motivador: «cualquier que alcahotase a una mugier deve morir por ende».

Alfonso el Sabio prohibió los burdeles. Pero éstos no sólo siguieron existiendo sino que se multiplicaron. Un claro síntoma de lo que digo es la riqueza con que el lenguaje de la época recogía las realidades del puterío. Los burdeles son conocidos como montañas, campos de pinos, manflas, manflotas, vulgos, pisas, guisados, aduanas, cambios, cortijos, cercos; en Cataluña: burdelles, hostales, boullochs, jases, palmares. La puta era conocida como coima, la cisne, la consejil, la tributo, la tronga, la gaya, la germana, la grofa, la pencuria, la pelota, la maraña, la marca, la marquida, la marquisa, la isa, la hurgamandera. Los chulos son conocidos como cambiadores, tapadores, alcancías, reclamos, farantes, traineles, tomajones y urgamendales.

No fue hasta 1228, en el concilio de Valladolid, cuando en España se condena las barraganías de los clérigos, muchos de los cuales, hasta entonces, habían vivido pacíficamente amancebados con sus churris.

El siguiente paso fue intentar restringir físicamente a las putas. Pedro de Castilla les prohibió estar en la calle y en Valencia, las instituciones locales las obligaron a trasladarse a burdeles extramuros. En 1382, se les impuso el paro biológico durante los píos días de la Semana Santa ( más adelante veremos por qué). Hasta 1339 incluso existió en Valencia el cargo de rey Arlot, o chulo de los chulos, jefe de las putas, que se solía despachar con ellas con notable violencia. El rey Pedro el Ceremonioso abolió la «institución». De algún tiempo más tarde es la regulación de Juan I, algo más pragmática, en la que se instituye que las putas de los lupanares no tengan menos de 12 años de edad (sic) y que los visitantes de dichos lugares no tengan menos de 25, no fueran casados ni religiosos.

Con la llegada de la Renacimiento desaparecen algunos (sólo algunos) de los desórdenes de la Edad Media relacionados con el sexo. Así, por ejemplo, Fernando el Católico abolirá el derecho de pernada, sobradamente conocido. Sin embargo, en materia de moral pública los cambios serán muy pocos, entre otras cosas porque instituciones como las mancebas de los clérigos o las barraganas de nobles y reyes no eran precisamente un ayuda a la hora de convencer al pueblo llano y burgués de que eso de echar un casquete fuera de casa era cosa fea y reprobable.

Sabemos que en tiempos de Felipe II, por ejemplo, la Semana Santa era algo escandaloso. En Madrid eran famosas las llamadas tapadas, probablemente mujeres que bajo el oportuno velo tapaban su rostro dado lo bajo e ilegal de sus deseos. El Rey Prudente hubo de decretar, en 1575, que las tapadas no pudiesen quedarse a velar el Cristo por la noche en las iglesias dados los escándalos que se producían en el curso de tan píos velatorios. Ciertamente, por mucho que se diga, y es cierto, que en tiempos del franquismo la Semana Santa era un muermo en el que por no haber no había ni cines, la tradición española de toda la vida ha consistido en pasarse la mitad de dichas fiestas follando y la otra mitad, bebiendo. Todavía las guías de Madrid para extranjeros de principios del siglo XX advierten a los visitantes foráneos de que en la verbena del Viernes Santo en la parroquia de Buen Suceso eran comunes diversas prácticas ni levemente identificadas con el concepto de mortificación. Y no se trata sólo del puterío; en los tiempos imperiales, a las puertas de los templos donde se entraba a realizar las siete estaciones se colocaban confiterías, tiendas de conservas, frutas , licores, vinos, buñuelos y aguardientes. Los jóvenes rijosos compraban las chuches a la entrada de la iglesia y en las mismas tribunas del templo montaban merendolas con las tapadas; merendolas que por la noche se convertían en otro tipo de comiditas.

Las ordenanzas de la ciudad de Sevilla de 1526 establecen ya la norma de que cada diez días las putas sean revisadas por médicos. Comienza, pues, la preocupación por la profilaxis de las trabajadoras del amor.

La calle de Ave María de Madrid toma su nombre, según las crónicas, de una anécdota relacionada íntimamente con la prostitución. El superior del convento de la Trinidad, padre Fray Simón de Rojas, convenció al rey Felipe II para que se destruyeran todas las mancebías que con el tiempo habían pululado por el olivar de Atocha. Cuando al fin lo logró, en los escombros de los edificios derribados aparecieron cuerpos y esqueletos de bebés; el buen fraile, imaginándose con claridad la razón de ser de aquellos cadáveres, exclamó: ¡Ave María! Penosa expresión que dio nombre a la calle donde fue exclamada.

En fin. Otro día seguimos de putas.