jueves, marzo 05, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (5)

Pues sí. No resulta exagerado decir que en aquella batalla, cerca de la raya de Aragón, pudo acabarse España como proyecto. Aquel enfrentamiento de armas muy bien pudo haber generado entre castellanos y aragoneses inquina suficiente como para llamarlos en el futuro a seguir destinos distintos, cambiando los mapas de Europa. Y, sin embargo, todo eso lo salvó una mujer. Una mujer llamada María. María de Aragón.

María era hermana del rey castellano Juan y esposa de Alonso. Estaba, pues, en medio. Dicen las crónicas del tiempo que se desplazó al lugar de la batalla «en jornadas no de Reyna, sino de trotero»; lo cual quiere decir, claramente, que fue a toda leche. Una vez que estuvo ahí, pidió una tienda para establecerse y la colocó justo entre los reales de ambos ejércitos, tratando con ello de impedir que se atacasen. Con ese gesto, María de Aragón consiguió detener la batalla y ganar tiempo para trabajarse a su marido y a su hermano, buscando que aceptasen tres condiciones de paz. María se comprometía a conseguir de su hermano que volviese grupas sin hacer guerra, a cambio de que Juan de Navarra no fuese desposeído de sus tierras castellanas y que su hermano Enrique no fuese perseguido.

Hay que decir, no obstante, que aún este acuerdo estuvo a punto de irse al carajo. Ya hemos dicho que Juan II de Castilla era ser voluble y ciclotímico. Todo aquello de Cogolludo y la mediación de su hermana le pilló con el biorritmo empalmado y en fase supermán, así pues no quería oír hablar de nada más que no fuese apiolarse a sus enemigos. Así pues, mientras María negociaba con Álvaro de Luna, el rey, por su cuenta, daba orden a las ciudades fronterizas de hacer la guerra, juntaba un montón de tropas y entraba en Aragón, tomando Ariza y llegándose hasta Calatayud. Sin embargo los aragoneses, sabiendo que había encima de la mesa una propuesta de paz que tampoco estaba tan mal, reaccionaron con inteligencia. Los castellanos pensaban encontrarlos en Ariza dispuestos a la batalla, pero en Ariza no había nadie. Juan II estaba guerreando contra el viento. Así las cosas, Álvaro de Luna y sus generales consiguieron, por fin, convencerlo de que no sería prudente internarse en Aragón, donde podrían ser objeto fácilmente de una celada.

El problema que se planteó de seguido fue el de siempre. Hemos dicho que los aragoneses reaccionaron con inteligencia. Pero nos referíamos a los aragoneses listos, o sea el rey Alonso y el rey Juan de Navarra. Los otros dos, los hermanos Enrique y Pedro, eran mucho más fogosos y gilipollas. Cualquier persona con dos dedos de frente, en esa situación, habiendo estado días atrás frente a una batalla final que afortunadamente no se produjo, habría dejado pasar el tiempo sin dar por culo. No obstante, nada más volver grupas los castellanos, Enrique y Pedro de Aragón tomaron a sus hombres, cruzaron Castilla, se presentaron en Extremadura, y allí se dedicaron al pillaje y la mala leche.

Álvaro de Luna solicitó, y obtuvo, la merced de ser el general que acudiese a las dehesas extremeñas a encenderles el pelo a estos dos reyezuelos sin corona.

Del De Luna se podrán decir muchas cosas; pero una de ellas no es que no dominase los resortes del poder. Con su primer movimiento labró su victoria sobre los dos aragonesitos. Le recordó al rey de Portugal los acuerdos de tregua que tenía firmados con Castilla, lo cual automáticamente secó a los infantes, pues éstos se dedicaban, sobre todo, al robo de ganado, que hacían pasar a Portugal; ahora, en cambio, el rey luso se encargó de que las vacas y los cerdos volviesen a sus propietarios. Álvaro de Luna, mientras tanto, armó su campaña militar, alcanzando a los infantes en Trujillo, de donde salieron con el rabo entre las piernas para refugiarse en Alburquerque. Allí, viéndose más o menos perdidos, los infantes intentaron la jugadita medieval propia del que va perdiendo, y ofrecieron solventar lo problemas mediante un enfrentamiento personal entre ambos infantes, por un lado; y Álvaro de Luna y el conde de Benavente, por otro. Los castellanos aceptaron; pero los infantes nunca encontraron tiempo para organizar definitivamente la pelea. Finalmente llegó el rey, hemos de suponer que con el biorritmo decubito prono, porque se avino a ofrecer a los infantes el perdón si salían del castillo y se rendían. Los aragoneses o eran tan imbéciles como yo me supongo, o no se fiaban de la palabra de los castellanos (y es que cree el ladrón...); pero el caso es que respondieron a la oferta con una salva de disparos. Era el 2 de enero de 1430.

Este episodio de Alburquerque demuestra lo lila que podía llegar a ser Juan II cuando estaba con la ciclotimia en fase recesiva. Lejos de reaccionar llevándose por delante a los que osaban recibirle a arcabuzazos, reiteró su oferta de perdón unos pocos días después, con igual resultado. Y aún así les dio a los infantes 30 días para que se lo pensaran bien.

Volvió el rey a Medina y convocó en consejo a los grandes, a los que ya había comunicado por carta las putadas de los infantes, y entre todos deliberaron que lo mejor era desposeer a toda la familia de sus posesiones castellanas (again). Así pues, las tierras castellanas de Juan de Navarra y Enrique AKA El Acojonao de Alburquerque, fueron repartidas entre los nobles fieles a la corona.

El inteligente Alonso, mucho más dueño de sus tiempos que sus hermanos los echaos p'alante, resolvió en ese momento aprovecharse. De hecho, la guerra entre Castilla y Aragón nunca se había dado por terminada; los castellanos habían vuelto grupas, pero no se había firmado paz alguna. Aprovechando dicha situación, Alonso penetró en Castilla obteniendo algunas conquistas, como Deza. Castilla reaccionó movilizando tropas al mano de Pedro Manrique que entraron en Navarra y tomaron el castillo de Asa. Allí en la raya de Navarra, por cierto, también combatiría, y muy bien, Íñigo López de Mendoza, a quien el personal conoce más por haber sido el primer marqués de Santillana y haber escrito algunos versos que no pueden faltar en un libro de literatura escolar que de tal se precie.

Esto, sin embargo, apenas duró unas semanas. Y es que Alonso de Aragón tenía un problema: la guerra con Castilla no era en modo alguno popular en Aragón. A los aragoneses, los castellanos no les habían hecho nada. Creo que estas notas os habrán podido explicar con bastante claridad que el teatro de las leches no era Aragón, sino Castilla; y venía provocado por el enorme error del anterior rey aragonés de dejar en herencia tierras castellanas a alguno de sus hijos, especialmente el levantisco Enrique. Así pues, en los pueblos de Cataluña, en Valencia, en Baleares, en las montañas oscenses y en las leridanas, no se alcanzaba a entender aquella guerra que, además, era una guerra entre hermanos. Las guerras civiles necesitan de un odio muy neto y muy definido para estallar y durar. No era el caso. Esto Alonso lo supo pronto y, por eso, a finales de julio, acabó por firmar la paz con Castilla, paz en la que se consiguió que los infantes no fuesen perseguidos, pero a cambio de que Aragón se comprometiese a no darles refugio si contravenían las condiciones de la tregua.

Así las cosas, hecha la paz en Castilla, en 1431 los castellanos hicieron guerra al moro, enfrentamiento en el que el principal mojón fue la victoria cristiana de Sierra Elvira. Pero que, sin embargo, no fue efectiva, primero porque los granadinos opusieron más fuerza de la esperada; y, segundo, porque no pocos combatientes castellanos, un poco hasta los huevos de tanta batallita, le dijeron al rey que qué tal si se volvían a casa. Y el rey, al que al parecer le tocaba el Momento Soy Una Mierda, accedió.

¿Hubo respiro? Seldom. Hemos de recordar, en este punto, que Henry & Peter siguen en Alburquerque encastillados. Y no sólo eso; espías castellanos descubren en Lisboa que en Portugal se está buscando mercenarios para ellos. Así pues, de nuevo se envía allí a embajadores para parlamentar. A uno de ellos, el doctor Franco, lo hace preso el infante don Pedro en Alcántara; pero el taimado embajador se las arregla para poner de su parte a las gentes de la orden que lleva el nombre de dicha población y prender él al aragonés. Enrique, en Alburquerque, una vez que supo lo de su hermano, se rinde.

Hemos de consignar aquí otro hecho. Tras su rendición, los infantes se fueron a casita, donde su hermano Alonso se los llevó a Italia a hacer la guerra en defensa de las posesiones aragonesas. Pero aquella guerra fue de puta pena para los españoles. De hecho, en la batalla de la isla de Ponce, las naves de Génova le dieron tal mano de hostias a los aragoneses que apresaron a toda la familia (Juan no estaba) salvo el infante don Pedro, que debía de nadar como un pez.

La pregunta es. Si en ese momento Castilla invade Aragón, ¿exactamente quién le habría presentado oposición? Apenas Juan de Navarra. Y habría perdido, seguro.

¿Por qué Castilla no acabó todo aquello? Pues las hipótesis pueden ser muchas. Lo que yo pienso honradamente es que la fidelidad castellana a las treguas tiene mucho que ver con la visión política moderna, quizá de Álvaro de Luna. Como demostrará bien décadas después la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, la hora en que las naciones se forjaban a fuerza de invasiones había pasado. Las naciones ya no se compraban; se fusionaban. La invasión castellana no habría servido de nada, en realidad. Pero lo que es más que probable es que, además de ser así, alguien en aquel círculo fuese capaz de verlo; lo cual, hay que decirlo, tiene su mérito.

miércoles, marzo 04, 2009

Adivinanza con dos imágenes: la solución

Pues sí. Era fácil. La foto era del bautizo de Francisco Franco y la otra es una copia del pleno que el dictador se marcó en 1967. No es ningún mito y, de hecho, ese boleto estuvo durante mucho tiempo enmarcado y expuesto en el Patronato de Apuestas Mutuas; ahora mismo, ya no sé si lo está. De hecho, es pregunta curiosa si las provisiones de la Ley de la Memoria Histórica le afectan.

Francisco Franco ha sido, probablemente, el jefe de Estado español más futbolero que ha existido nunca. Hay testimonios de que jamás se perdía un partido de fútbol en la tele; y, de hecho, hay quien piensa que su episodio tromboflebítico de 1974 se debió a lo poco que se movió del sillón durante el Mundial de Munich. Como todo españolito que se precie, rellenaba la quiniela. Eso sí, la mayoría las firmaba Francisco Cofrán, por aquello de no ser descubierto.

En la jornada que nos ocupa, un compromiso de la selección española obligó a rellenar el boleto con partidos del scudetto italiano. En realidad, el pleno no fue de 14, sino de 12, porque hubo varios partidos que se aplazaron.

Sabemos que Franco envió a un asistente suyo a cobrar el boleto a toda pastilla.

En fin. Ya he dicho que era fácil. Pero eso no durará. Desde aquí lo digo: pronto, muy pronto, pienso edulcorar vuestras lecturas sobre don Álvaro de Luna con un Spanish Football History Quiz. Avisaos quedáis.

martes, marzo 03, 2009

Adivinanza con dos imágenes

Bueno, esta adivinanza es fácil. O eso creo yo. Al menos, no tiene una pista, sino dos. Quien lo pille por una foto, lo pillará por la otra. Sólo hay que ser observador para pillarlo. Todo está escrito.

Los más talludos de entre los lectores de este blog no tendrán problema en reconocer la primera imagen. Es el resguardo de una quiniela de los antiguos; llevaban una especie de sello que era de diferente color según el tipo de apuesta que hubiera hecho el apostante. Si la leeis con atención, comprobaréis que corresponde a la jornada celebrada el domingo 28 de mayo de 1967.




Esta quiniela guarda una estrecha relación con la foto de aquí abajo. Que se comenta por sí sola. Dos orgullosos padres posando en un estudio de fotografía con su reciente retoño, o tal vez retoña, que yo, por lo menos, por la imagen no sé distinguirlo.


¿Cuál es la relación?

PS1: Esto siempre es discutible. Pero, en mi modesta opinión, el bebé sale a su madre. Salvo en los ojos, que sale a su padre.

PS2: Al loro con el anuncio del Barreiros. ¡Más potente! ¡140 km/h! ¡Wow!

lunes, marzo 02, 2009

Dos gráficos coruñeses

Bueno, como de todos los que pacen por este blog de vez en cuando es sabido que soy coruñés, y dado que ayer hubo elecciones autonómicas en Galicia, parecía casi obligado asomar la manita para decir un par de cosas.

A los gallegos de la diáspora corta no nos queda más remedio que echar cuentas para ligarnos a las autonómicas. Hay que ser gallego de diáspora larga, o sea residir más allá de la raya de Francia, para poder votar. En fin, como decimos en mi tierra, es lo que hay.

Pero, bueno, el caso es que, en cuanto he podido, me he ido a la página de la Xunta para pillar algunos datos electorales. Alquien debería decirle algún día al personal que hace estas webs de información pública tan bonitas que a las personas que gustan de los datos, el Adobe Illustrator, con todos los respetos ante dicho programa, no nos gusta . Pero ná de ná. Los datos hay que darlos en Excel o, mejor, en Access, que es cuando se pueden marear a gusto.

Como no tengo mucho tiempo, me he limitado a echar un vistazo a la provincia de La Coruña, o sea la mía; limitándome, asimismo, al voto mayoritario, es decir PP, PSOE y BNG. Lo que he hecho ha sido clasificar los municipios coruñeses por tamaño (voto escrutado) en percentiles. O sea: he hecho cien montoncitos. Una vez que he hecho eso, he visto cuáles son los votos conseguidos por las tres formaciones en dichos percentiles.

Tal y como cabía imaginar, el PP supera el 50% del voto mayoritario en la mayoría de los percentiles, aunque su posición tiende a ser más débil cuanto más grande es la población. Tanto el Bloque Nacionalista como el PSOE, aunque yo diría que en mayor medida el primero, tienen una posición muy elevada en los pueblos de más pequeño tamaño.

Pero lo que a mí me llama más la atención de este gráfico es un dato: cada vez que la brecha entre el PP y sus perseguidores se ensancha más, cosa que ocurre sobre todo una vez superada la segunda décila y la mediana, parece que se aprecia un acercamiento entre PSOE y BNG o, si se quiere ver coloquialmente, un enfrentamiento cainita por el voto de izquierdas. Da la sensación, por lo tanto, de que, allí donde el liderazgo de la izquierda coruñesa está más en cuestión; o, si se prefiere, allí donde el BNG consigue acariciar el sueño de ser alternativa líder de izquierdas al PSOE, el PP se beneficia obteniendo sus mejores tasas.

Otro grafiquín:

La diferencia de votos obtenidos por el PP sobre la suma de PSOE y BNG, medida como porcentaje sobre el total de votos de las tres formaciones, es especialmente elevada en las poblaciones más pequeñas y, otra vez, entre las medianas. A partir, aproximadamente, de la mediana, desciende hasta hacerse prácticamente inapreciable en la cola de la distribución. En las ciudades más grandes, y especialmente en La Coruña, los adultos que han votado se han distribuido, fifty-fifty, entre izquierda y derecha. Pero, quizá, ha habido visiones que han tendido a cometer un error muy común entre los que vivimos en ciudades grandes: pensar que todo el mundo es nosotros o que, por lo menos, es como nosotros.

Esto es Galicia, señores. Son las villas que ni suben ni bajan, las ciudades que no son ni grandes, ni pequeñas, las que han decidido quién se sentaba en la Xunta.

¿Lo hice bien, Wonka? :-D

Álvaro de Luna, o el parto de España (4)

Bueno, pues ya tenemos a nuestro buen condestable de Castilla desterrado y muerto políticamente. Sin embargo, Álvaro de Luna no es alguien a quien podamos dar de lado fácilmente, pues sus aptitudes para la política son innegables. Un político inteligente sabe dar pasos atrás para conseguir pasos adelante. El de Luna llevaba años comiéndole la oreja al rey desde que era un niño y es muy probable que calculase que una derrota parcial, lejos de hundirle, lo que haría, a la larga, es favorecerle. El rey castellano, tras su destierro, quedaba en manos de gentes en las que no confiaba y a las que sabía seriamente comprometidas con el otro gran poder operante en la península, que era la corona de Aragón. Así las cosas, falto del consejo de su hombre de confianza, no tardó en echarlo de menos.

Aunque el destierro incluía la obligación de permanecer ajeno al rey, es más que posible que, entre gentes notables, el valido se las ingeniase para hacer llegar su criterio al monarca. Esto, a mi modo de ver, es posible imaginarlo dado el cambio de humor que se produjo en el monarca respecto de los infantes de Aragón. Juan II siempre había tenido inquina hacia Enrique, quien, como hemos visto, era el más brutote, el más echado para delante de los tres hermanos. Juan, en cambio, era más taimado y negociador; como buen político, y lo era en grado superlativo, dominaba el arte del disimulo. Sin embargo, si para algo había servido el affaire de la expulsión del condestable, era para desenmascararlo. Después de aquello, el rey castellano ya no volvió a confiar en Juan de Navarra.

Pero no fue ésa la única fuerza centrífuga que se presentó. Porque en política hay que saber perder pero, sobre todo, hay que saber ganar y administrar la victoria. Los infantes habían ganado pero, la verdad, ganar y empezar a enfrentarse entre ellos, fue todo uno. Álvaro de Luna, desterrado en Ayllón, dejaba que creciese su imagen como personaje más allá de esos enfrentamientos y con capacidad de convicción en la Corte, con lo que las diferentes capillas lo buscaron para ganárselo.

Los enfrentamientos entre las facciones de Enrique y Juan de Aragón, unidas al hecho de que la de gobernar no era la principal habilidad del rey Juan, sumieron Castilla en cierto caos; lo suficientemente grave como para que, finalmente, los mismos que habían pedido el apartamiento de Álvaro de Luna, solicitasen su rehabilitación. Que el de Luna esperaba esta jugada lo demuestra el hecho de que hasta tres veces se negó a volver. Volvemos pues, como en el lejano caso del casorio amañado, a encontrarnos con el perfil del hombre decidido que resiste las mayores tentaciones.

Como Roma no paga traidores, lo primero que hizo Álvaro de Luna nada más regresar a la diestra del rey fue convencerle de algo por otra parte obvio: un reino sólo tiene un rey y lo que no puede ser es que haya dos en uno y ninguno en otro. La crítica iba por Juan de Navarra, el cual se había asentado en Castilla como si fuese su casa. Así que el rey castellano acabó por indicarle amablemente a su cuñado la puerta que llevaba al norte.

Estamos en 1429. Si las condiciones geopolíticas de la península ibérica hubiesen sido otras, tal vez hoy estaríamos estudiando que no más tarde de 1460, o bien el propio rey Juan o bien su hijo Enrique perpetraron la toma de Granada. Las cosas con el moro estaban agraces, los musulmanes debilitados y dando sus últimas boqueadas en España, y las armas de Castilla ya forjadas para la empresa. Pero, tal es la tesis que trato de demostraros con estas notas, España estaba de parto y apenas se le veía la cabeza al bebé saliendo. Antes de culminar la Reconquista, era necesario consolidar el proyecto nacional. Eso, 63 años antes de la toma de Granada, no estaba hecho ni de lejos. Álvaro de Luna, en 1429, esperaba el fin de las treguas con los moros para emprenderla contra ellos. Pero no fue contra Granada contra quien haría guerra.

Castilla, Aragón y Navarra acordaron un pacto de paz perpetua. Los castellanos, que algo se olerían, dijeron que no se conformaban con que por parte de Aragón firmase un plenipotenciario. Querían la firma del mismo Alonso en el papel. Para ello, enviaron al oídor Gómez Franco a Zaragoza para que exigiese la firma. El rey Alonso tuvo a este ilustre visitante con él varias semanas, pretextando historias pero sin firmar. Finalmente, cuando siguiendo instrucciones de la Corte castellana Gómez Franco exigió la inmiediata firma, Alonso se negó a hacerlo. Este detalle hizo bien evidente para Álvaro de Luna que, con toda probabilidad, Aragón y Navarra se habían concertado para atacar a Castilla. Algunos movimientos lo dejaron más claro aún en forma de acciones por parte de nobles castellanos en realidad acordados con los infantes; así, el conde de Castro, declarado enemigo del rey castellano, quien tomó y abasteció Peñafiel, donde se reunió con Pedro de Aragón, el tercer infante.

Álvaro de Luna juntó 2.000 lanzas con la intención de ir a la raya de Aragón para contener la entrada de las tropas enemigas. Por el camino, sentó sus reales en Rábano, muy cerca de Peñafiel, forzando la rendición de la plaza. Por esos días, por cierto, Garci Manrique, un enriquista confeso, hizo juramento solemne de fidelidad al rey castellano, en su nombre y en el del infante aragonés; lo que resulta increíble es que el rey todavía diese credibilidad a las promesas de tamaño chaquetero.

Las crónicas de la época nos dicen que el ejército navarroaragonés se estableció «cerca de la Huerta hariza»; lo cual, más que probablemente, serán los campos que rodean la actual villa de Ariza, muy cerquita de Santa María de Huerta. Los castellanos pararon en Almazán. Visto lo visto, los invasores cortaron por Hita, tratando de esquivar el ejército castellano, pero éste los avistó en Cogolludo. La armada aragonavarra estaba en cierta inferioridad de condiciones, algo que intentó equilibrar Enrique uniéndoseles, apenas días después de haberle jurado fidelidad al que estaba enfrente.

El listo en esta operación fue Álvaro de Luna. Y el tonto Alonso de Aragón. Cuesta creer que un hombre tan avezado en hechos de armas como él, que tenía los huevos pelados de luchar en Nápoles, cometiese la gilipollez que cometió. Por no ser avistado en Ariza hizo el quiebro de Hita que queda contado; pero haciendo eso, se internó en Castilla. Visto lo visto, el condestable situó sus ejércitos entre el enemigo y la raya de Aragón. Esto situó a los aragoneses y navarros ante la gran putada guerrera que vivirían otros generales, como Hitler o Napoleón: lo importante no es avanzar, sino ser capaz de seguir avanzando. Tan importante en la guerra es tener espadas como tener bocadillo para que se los zampe el que lleva la espada; y cuanto más está uno en tierra extraña, más difícil se le hace allegar esos pertrechos. El 19 de julio de 1429, los aragoneses decidieron pelear contra los castellanos, a pesar de su inferioridad; se dieron cuenta de que el tiempo jugaba en su contra y necesitaban provocar las hostias lo antes posible.

Mascándose ya la batalla, llegó la mediación eclesial. La Iglesia, en ese momento tan comprometido, supo jugar el papel que le correspondía de institución representativa de la embrionaria unión de la patria. Ya sé que estos discursos que ligan lo español con el catolicismo suenan rancios. Pero es que no es lo mismo que diga cosa tal, un suponer, José Antonio Primo de Rivera en el siglo XX, que el cardenal Fox en el XV. 500 años antes, la fuerza moral eclesial existía, pues todas las coronas eran católicas. Y todos parecían ser conscientes del peligro que traía prendida una guerra abierta entre castellanos y aragoneses, que no era otro que la ruptura de España y un destino histórico en el que ambos pueblos vivirían avecindados pero tan ajenos como hemos vivido, y seguimos viviendo, hispanos y lusos.

In extremis, los curas arrancaron de ambas partes el compromiso de un último parlamento. Éste se llevaría a cabo entre Enrique de Aragón y el adelantado Pero Manrique. La elección de los contertulios lo dice todo; no son, ninguno de los dos, personajes principales de la trama. Eso nos habla de lo enconadas y difíciles que estaban las posturas.

El diálogo, tal y como lo recoge la Historia, fue éste [coloco entre corchetes una traducción libre actual]:

ENRIQUE: Maldito sea aquél por quien tanto mal ha venido [Me cago en la puta madre que parió al Álvaro de Luna éste de los huevos].

PERO: Señor, así plega a Dios [es lo que hay, julay].

ENRIQUE: No perdamos tiempo: ved si hay algún remedio porque España no perezca el día de hoy.

PERO: Señor, sabe Dios quel condestable é nosotros queríamos servir á vosotros guardando el servicio del Rey nuestro señor; pero pues así vos plugo de nos venir á buscar, forzado es que nos defendamos [Aquí, macho, el que ha faltado a su palabra eres tú; y ya va siendo hora de que te demos una buena mano de hostias], é si no venciéremos, mucha merced nos hará Dios; é si la muerte pasáremos, nuestras ánimas serán en gloria, muriendo por servicio de Dios y de nuestro Rey, y en defensa de sus Reynos [y para qué pactar; cualquier cosa que pase porque mandéis vosotros nos la suda].

ENRIQUE: Pues que así es, pártalo Dios como a él le placerá [pues si a vosotros os la suda, no te digo a nosotros].

La entrevista, la leais en español medieval o en idioma malsonante jotadejotajiano, siempre os dará el mismo resultado: ninguno. Así pues, estaba escrito que, al amanecer del siguiente día, España habría de partirse en dos, quizá para siempre.

La cosa estaba tan jodida que ya ni la Iglesia podía arreglarla. Ya sólo quedaba una esperanza.



La mujer.

viernes, febrero 27, 2009

Rizar el rizo futbolero: la solución


Bueno, pues éste es el equipo de marras. De izquierda a derecha: Blasco, Zubieta, Muguerza, Lángara, Cilaurren, Egusquiza, Barcos, Roberto, Larrinaga, Aedo, Gorostiza y Areso.

Estos jugadores eran el tronco de la selección de Euskadi. Un equipo que, como os dije, hoy sigue existiendo; aunque en realidad no existe, porqueno tiene presencia federativa como para jugar competiciones internacionales.

El 24 de abril de 1937, apenas unas semanas antes de la caída definitiva del País Vasco en manos de franco, la denominada selección de la República de Euskadi tomó un avión con dirección hacia París, con la intención de hacer una gira que tenía tanto de política como de deportiva. En Francia no se les permitió jugar (cosas de la neutralidad), así que salieron hacia Checoslovaquia, donde sí jugaron varios partidos. Luego jugaron en Polonia, aunque al menos un partido previsto fue suspendido por presiones del gobierno alemán, hemos de suponer que conchabado con Franco.

Luego pasaron a Rusia, donde fueron muy bien recibidos y luego a Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca. En Copenhague, por cierto, se produjo la anécdota que vivimos hace bien poco en una competición de tenis, sólo que al revés. Hace cosa de un par de años, en un enfrentamiento de Copa Davis en Australia, hubo un error y, a la hora de tocar el himno español, los australianos tocaron el himno de Riego (el republicano). Pues bien: en Dinamarca lo que le tocaron a la selección de Euskadi fue... ¡la Marcha Real! O sea, el himno de España actual, entocnes himno de los franquistas. Se desconoce que si los jugadores vascos lo corearon a golpe de «Lo lo, lo lo , lo lo...»

Después de eso consiguieron jugar en Francia. Durante una serie de viajes sin partidos que hicieron después, fueron contactados por los franquistas, ofreciéndoseles desertar y pasar al bando nacional. Dos miembros de la expedición se apuntaron.

Después, a las Américas. Recalan y juegan en México, luego en Argentina. Luego jugaron en Chile y atravesaron el continente en tren hasta Centroamérica. Jugaron más de dos meses en Cuba e, inmediatamente después, regresaron a México, donde, y a causa de los problemas que estaba causando Franco con la FIFA y la connivencia prorrepublicana del país, se convirtieron en un equipo mexicano que jugó la liga del país 1938-1939, en la que quedaron segundos.

La mayoría de los jugadores que veis en la foto o que jugaron con el equipo no regresó a España. Ficharon por equipos mexicanos o argentinos. Así, Zubieta, Iraragorri, Emilín y Lángara ficharon por el San Lorenzo de Almagro; Areso fichó por el Racing de Avellaneda; Blasco, Aedo y Cilaurren ficharon por el River Plate. Eso sí, Lángara regresó a España en 1946, fichando por el Oviedo; y Zubieta, en 1953, fichó por el mejor equipo de España.

jueves, febrero 26, 2009

Rizar el rizo furbolero

De Historia sólo saben un par de mataos. Pero de fúbol sabe todo dios. Entre eso y que los lectores de estas adivinanzas han demostrado ya suficientemente que pueden con todo, no tengo muchas esperanzas de pillaros. Pero, bueno, por intentarlo que no quede.

Fútbol, pues. El deporte patrio. Un deporte en el que hemos hecho casi de todo, salvo ganar el mundial (aunque todo se andará). Las salas de trofeos de nuestros equipos son auténticos museos y a algunos de ellos no hay quien les supere. El Madrid es, dicen, el mejor equipo de la Historia. El Barcelona es un club que es más que un club (para lo cual tiene la ventaja de estar radicado en una ciudad que también es bastante más que una ciudad). El Valencia da miedo (o eso dicen los valencianistas). El Atlético de Madrid es una forma de entender la vida. Como el Athletic de Bilbao. El español medio puede no tener preferencias musicales, o cinéfilas, o políticas. Pero, sin dudarlo, tiene un equipo de sus amores. Yo recuerdo mi niñez coruñesa, en la que vivía al lado de la playa de Riazor. Fueron años en los que el Atlético de Madrid jugó varios torneos Teresa Herrera, en medio de la canícula veraniega. Y veía a los atléticos que, en la mañana, bajaban a la playa, plantaban sus sillas y, antes de sentarse en bañador en ellas a mirar el mar, plantaban en la arena, a su lado, la bandera rojiblanca.

El fútbol es una obsesión poliédrica, tan fácil de entender como inaprehensible. Sólo hay dos tipos de homo sapiens: el bético, y el sevillista. Si en Sevilla se encuentra uno solo que escape a esta taxonomía, ello servirá para demostrar que los extraterrestres existen.

He dicho: nuestros equipos patrios han hecho de todo. Y sé lo que escribo. Porque hay uno, uno solo que yo sepa, que ha conseguido rizar el rizo de lo imposible y participar, qué digo participar, quedar segundo, en una liga extranjera. Muy extranjera (y esto es una pista; la cosa no tiene nada que ver ni con Andorra, ni con Gibraltar, ni con cosas de ésas).

De vosotros espero que seais capaces de decirme cuál.

¿Pista? Bueno, os daré una un poco a lo oráculo de Delfos. Ese equipo existe aún en la actualidad; aunque, en realidad, no existe.

martes, febrero 24, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (3)

La defección y teórico control del infante Enrique de Aragón llevó a Castilla al convencimiento de que acababa de resolver el problema del incómodo vecino. Sin embargo, éste sólo era un espejismo que tendía a olvidar, con excesiva facilidad, cómo la casa real aragonesa establecía, dentro ya de los cánones de la política renacentista, una tupida tela de araña de poderes; una auténtica estrategia moderna de poder y penetración de la que se considera representante canónico a Fernando de Aragón, el marido de Isabel; consideración que, en mi opinión, es notablemente injusta con su padre Juan, de quien tendremos ocasión de hablar en estas notas.

Enrique estaba vencido, sí. Pero Juan, merced a su boda, ascendería a la categoría de rey consorte de Navarra, la tercera gran pieza del futuro puzzle español. La familia, además, tenía colocada a María, otra hermana, en el tálamo del variable Juan II de Castilla; y muy pronto, a través de otra hermana, Leonor, pondría una pica importante casándola con el rey de Portugal. En otras palabras, en aquella península ibérica, si se hablaba de legitimidad estricta, nadie discutía que Juan de Castilla era la hostia más hostia de todas las hostias. Pero, cuando la cosa iba de juntar parientes, los aragoneses le montaban al castellano un cuatripartito (Aragón, la corona consorte de Navarra, el princesado de Castilla y el de Portugal) que haría a cualquier persona medianamente lista dudar de esa pretendida prelación castellana.

Alonso, rey de Aragón, fue requerido por los castellanos para que entregase a los conjurados proenriquistas que habían huido a sus predios. El rey aragonés, no obstante, se negó, pretextando que sus fueros otorgaban a aquellas gentes plena cobertura (o sea, que no había tratado de extradición entre Aragón y Castilla) y ofreciéndose a entrar en Castilla para parlamentar con el castellano la situación. Eso sí, quería entrar armado y protegido pues, decía, en Castilla había gentes principales que querían matarlo. Para mostrarle los dientes al rey aragonés en este movimiento fue por lo que el monarca castellano se dirigió a Palenzuela con un huevo de paracaidistas y toda la artillería pesada que pudo juntar. Pero estando en Palenzuela ocurrió algo que ya hemos anunciado y que estaba destinado a cambiar radicalmente el mapa político de la zona: muerto el rey don Carlos de Navarra, Juan de Aragón heredó el mando en aquella nación.

El hecho de que Juan de Aragón se encuentre al frente de un reino y con Corte propia cambió radicalmente su actitud hacia su hermano Fernando. Si hasta entonces lo hemos visto enfrentado a él, juntando hombres de armas en Olmedo con la declarada intención de introducírselos a su hermanito, uno por uno, por el ano, ahora Juan se da cuenta de que, con su nueva posición, le trae más a cuenta aliarse con sus hermanos el rey de Aragón y el tocahuevos de Castilla. ¿Por qué? Pues porque, como explicamos en la primera toma de estas notas, Juan de Aragón, como Enrique, tenía enormes, pero enormes, intereses en Castilla, y de Juan II/Álvaro de Luna tiene la sensación, probablemente cierta, de que no va a sacar mucho. Pero sin embargo, de su derrotado hermano, derrotado y ávido de aliados, sí puede obtener compromisos jugosos.

Y, además, aunque eso en el Renacimiento no signifique gran cosa, son hermanos. Verde y con asas, pues.

De todas estas cosas, Juan de Castilla ni se cosca; y Álvaro de Luna, lejos de coscarse, está encantado con ellas, por confiar todavía en la confluencia de pareceres entre los dos juanes. Llegados a Palenzuela los embajadores, se le insta al rey castellano a liberar al infante Enrique, cosa que él acepta siempre y cuando el hasta ahora prisionero caiga en manos de un hombre bueno. Y es que aún confía en Juan de Aragón. Mala decisión. Tanto confiaban en él que, en realidad, en las negociaciones Juan de Navarra tuvo amplias representaciones del rey castellano, que utilizó, por cierto, para levantar embargos sobre bienes de su hermano.

Enrique fue liberado de su prisión en Mora. En la puerta se encontró con su hermano Juan y juntos cabalgaron hasta Tarazona, donde les esperaba su otro hermano, Alonso.

Perpetrado el engaño, los florentinos estadistas aragoneses se quitaron la careta y fueron a por el objetivo que en el fondo seguían, que no era otro que Álvaro de Luna.

Hallándose la corte en Zamora, en 1427, la situación se hizo explosiva. Los infantes afloraron su animadversión hacia el condestable, sin recato. Las resistencias de la Corte se hicieron tan fuertes que en dos meses fue imposible celebrar un solo consejo de notables. Allí estaba Juan de Navarra. Álvaro de Luna y los suyos se negaban a ir al palacio que ocupaba el rey navarro, por puro miedo a ser asesinados allí. Las pocas reuniones informales que hubo tuvieron que celebrarlas en el puto campo.

¿Quién falta en la historia? Pues quién va a faltar: el tocacojones. Kike Balls-Living Fly, que está en Ocaña quieto y parado por orden del rey castellano, lo cual significa que, en teoría, no puede moverse de ahí sin permiso, le hace una higa (una más) a la orden y se dirige a Zamora para presionar a Juan II. El rey castellano es, no lo olvidemos, el Centinela de Occidente peninsular del momento. Se le reconoce prevalencia y poder, siquiera teórico. Eso obliga mucho. Obliga, por ejemplo, a decirle a su vasallo que se esté quieto y que, si no se está quieto, lo va a sentir. Pero nada de eso hizo el debilucho Juan, no sabemos si siguiendo consejos de su condestable o a pesar de ellos. En lugar de plantar cara a Enrique, lo que hace es moverse de Zamora a Valladolid; un movimiento que se parece al de mi perro cuando no quiere salir a la calle y mete la cabeza debajo de las patas delanteras, como diciendo: «ya no estoy». Juan y Enrique, los dos hermanos, que ven a la pieza débil, se hacen un guiño y se dirigen los dos a la ciudad castellana.

Desde las cercanías de Valladolid, le mandan una carta a Juan II indicando que todo el problema es Álvaro de Luna y su excesivo poder en la Corte. Órdago a pares, pues.

¿Se negó el rey? ¿Dijo el rey aquí mando yo y se hace lo que yo digo? Pues va a ser que no. Para que luego digan los que, probablemente por saber apenas un par de cositas de una Historia que es muy compleja, venden la idea de una Castilla eternamente orgullosa y dominanta, aquí tenemos al rey castellano envainándosela por fases. La primera fase es admitir que eso que dicen los infantes es negociable. La segunda es no dirimir la negociación. La tercera es nombrar un tribunal arbitral para que decida. La cuarta es admitir una composición para el tribunal susceptible de decidir contra los deseos del rey (Luis de Guzmán, maestre de Calatrava; Pero Manrique; Fernán Alonso de Robles y Alonso Enríquez; con el prior del monasterio de San Benito, donde se reunieron, como último voto de calidad si no llegaban a un acuerdo).

En justicia hay que decir que este tribunal estaba teóricamente equilibrado, pues los dos primeros miembros eran partidarios del infante y los dos segundos del de Luna. Pero lo que también es un hecho es que, reunidos, votan por unanimidad (incluyendo al prior) por la expulsión de Álvaro de Luna de la Corte.

La estella del condestable se había apagado. Pero sólo por el momento.

No hemos dicho, ni de coña, la última palabra de esta historia.

sábado, febrero 21, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (2)

Enrique, infante de Aragón, ambicionaba quedarse con Castilla. Pretendía conseguir eso consumando una operación cruzada, complementaria con el matrimonio que ya había realizado el rey de Castilla con su hermana María. Pretendía Enrique casarse, asimismo, con Catalina, la hermana de Juan II. Es lo que se llama un concuñadismo radical.

Probablemente, a juzgar de los testimonios, Enrique intentó conseguir sus propósitos de formas más o menos taimadas, que quizá incluyeron tratar de ganar a Álvaro de Luna para su partido y que le ayudase a convencer al rey. Sin embargo, los cortesanos que no le eran afines pusieron pies en pared y, además, tenía el problema de que, al menos en ese momento, estaba a malas con su hermano, Juan de Aragón, por lo que tampoco podía aspirar a su apoyo. Es por esta razón que Enrique llega a la conclusión que la única forma de salir adelante es dar un golpe de Estado y secuestrar al rey.

Todo ocurrió en Tordesillas. Allí se encontraba el rey y allí, como quien no quiere la cosa, Enrique juntó 300 soldados. El 14 de julio de 1420, domingo, hizo entrada en la ciudad con esa tropa y oyó misa, tras lo cual, pretextando que se marchaba a Aragón y quería despedirse del rey, se dirigió al palacio con gran fanfarria. Dentro de ese grupo entraron los conjurados castellanos, es decir López Dávalos, Pero Manrique y Garci Manrique, junto con el obispo de Segovia, Juan de Tordesillas, todos ellos embozados en capas pardas para no ser reconocidos. De haberlo sido, alguien podría haberse preguntado qué hacían cortesanos castellanos acompañando a un infante en su viaje a Aragón.

Una vez dentro de palacio, cerraron las puertas, dejando a media Corte fuera. Tras prender a la gente que consideraron peligrosa, y el primero de todos Hurtado de Mendoza, los conjurados se dirigieron a la cámara real, la cual, gracias a la complicidad de Sancho Hervás, un ayo real, encontraron abierta. Dicen las crónicas que a los pies del rey dormía Álvaro de Luna, el cual presentó oposición a los conjurados en cuando dijeron estar ahí para liberar al rey de malas influencias, pues sabido es que todo golpista que se precie siempre se alza aseverando que lo hace por el bien del personal. No obstante, el de Luna poco podía hacer, pues los golpistas habían hecho una toma del palacio en toda regla.

Enrique de Aragón tenía un problema. Conocía a su hermano Juan y sabía que no iba a permitirle tan fácilmente dominar al rey. Así pues, sabía que en cuanto le llegaran noticias de la movida, y a esas horas podía dar por seguro que ya habían salido de Tordesillas mensajeros a todo galope, Juan tomaría el mando de sus tropas y se dirigiría a Tordesillas con la nada escondida intención de encenderle el pelo a su hermano. Así que resolvió sacar al rey de Tordesillas.

Juan II, que era una persona bastante cobarde por lo general salvo cuando tuviese el biorritmo disparado, no ofreció resistencia ni, que se sepa, pensó en ofrecerla. La que si dio mucho trabajo fue su hermana Catalina. Sabía bien que si Enrique pasaba a mandar en los designios de la Corte era sólo cuestión de tiempo que ella acabase en su tálamo haciéndole hijos; poco sabemos del aspecto de Kike Movidillas From Aragon, pero lo que sí sabemos es que a Catalina, la persectiva de casarse con él (al menos en ese momento) se le asemejaba en atractivo a la de colgarse una piedra de cien kilos de cada pezón. Así que se fue al monasterio de Tordesillas pretextando que iba a despedirse de la abadesa y, una vez dentro, dijo que de allí no la sacaban ni los geos. Hubo que negociar con ella y, muy especialmente, Enrique tuvo que prometerle que no le tocaría un pelo.

Tras intentar irse a Segovia, la Corte se dirigió a Ávila, con un ojito puesto en Olmedo, donde se decía que estaba Juan de Aragón con sus marines. Juan se acababa de casar con Blanca de Navarra pero, tal y como su hermano había columbrado, nada más saber de lo que había pasado se metió en Castilla y convocó a todos sus leales en Peñafiel. Leonor de Aragón, la madre de los dos contendientes, se pasó a Castilla para intentar una paz entre sus hijos; la logró, muy débil, pero al menos sirvió para que la guerra, que se daba ya por cantada en los campos que rodean Cuéllar, no se produjese.

Enrique dispuso un nuevo traslado, tratando de poner al secuestrado rey de Castilla au dessous de la melée, llevándolo a Talavera. Por el camino, consciente de que su situación era comprometida, debió de cambiar de táctica galante o tal vez se bañó o, quizá, es que Catalina era tan voluble y medio gil como su hermano. El caso es que, camino de Talavera, casi de forma súbita la resistencia de Catalina se convierte en enamoramiento pasional, y ambos son casados en presencia del rey.

Aquel casorio fue la oportunidad que buscaba Álvaro de Luna.

Todo parece indicar que, verdaderamente, lo de Catalina de Castilla fue un encoñe en toda regla. Casarse con Enrique y dejarle la barriga roma a base de roce fue todo uno. Dicen las crónicas de aquel tiempo que el infante aragonés, tras su boda, hubo de cambiar sus costumbres y, muy especialmente, levantarse más tarde. Lo cual tiene extremada importancia, no porque este blog se haya vuelto rijoso, sino por la simple razón de que, en relajando sus horarios, Enrique dejó al rey solo más tiempo del que acostumbraba.

El 28 de noviembre, el monarca y Álvaro de Luna se aliaron para escaparse de Talavera. Al amanecer siguiente, partieron, según le dijo De Luna al infante, para cazar una garza a la que le tenían ganas: el rey, Álvaro de Luna, su cuñado Pedro Portocarrero (ese año se había casado), Garci Álvarez, señor de Oropesa, Pero Suárez de Toledo y Diego López de Ayala. Ese exiguo equipo se escapó rodeando al tipo más valioso de Castilla y uno de los más valiosos del mundo.

El conde don Fabrique, otro conjurado, salió un poco más tarde solo. Sin haber avistado aún a la partida se encontró con otro cortesano, Fernando Manuel, partidario del infante, con quien cabalgó un rato hasta llegar al puente del Alberche. A Fernando Manuel le contó la versión oficial de que iba de cacería con el rey, y el otro la creyó. Pero volviendo a Talavera se cruzó con Garci Manrique el cual, nada más escucharle eso de que si el rey está cazando una garza y tal, debió de juntar piezas, se dio cuenta de lo que pasaba, se fue a toda hostia a Talavera, y sacó al infante de la misa donde estaba.

Los escapados, mientras tanto, llegaban al castillo de Villalba, a unas cuatro leguas de Talavera, pero lo desecharon por ser fácil de atacar y demasiado cercano a la ciudad. Decidieron hacerse fuertes en el castillo de Montalbán, algo más lejos. El sábado, 30 de noviembre, las tropas del infante Enrique lo cercaban, apresando de nuevo al monarca, cuando menos de facto.

El 5 de diciembre Juan de Aragón, que está en Olmedo con los suyos, parte hacia Montalbán. Para entonces, en el interior del castillo se daba una situación inusitada para un rey de Castilla, como es la escasez. Sitiados y viviendo de las pocas provisiones que encontraron dentro del castillo, el monarca y los suyos tuvieron que matar tres caballos para comer.

Conforme fueron pasando los días, para Enrique y los suyos empezaba a ser bastante claro que no eran los que caían más simpáticos en la fiesta. La gente común no escondía su simpatía por el rey y su oposición al sitio, aunque, lógicamente, se guardaban mucho de pasar de la lengua a la espada, más que nada porque casi ninguno tenía espada. Pasado el día 5, además, estaba el problemilla de que el Capitán América, aunque en realidad era el Capitán Navarra, venía de camino con intenciones no muy pacíficas. Así que Enrique trató de ganarse al rey de buen rollito, y el día 10 de diciembre permitió que todo cristo que quisiera entrase en el castillo a proveerlo de viandas. Aquello marcó el final. Más o menos entonces llegaron noticias de Fuensalida, donde estaba Juan de Aragón, quien pedía permiso para ir a ver al rey. Juan II, probablemente aconsejado por Álvaro de Luna, le dijo que no hacía falta que se acercase, que ya estaba todo arreglado. Al parecer, el valido y Enrique de Aragón habían parlamentado días atrás, y el infante había exigido, a cambio de levantar el campamento, que el rey no le diese cuartelillo a sus hermanos Juan y Pedro. Comerían juntos, sin embargo, el día de Navidad, en Villalba.

En todo caso, la conclusión principal del golpe de Estado de Tordesillas-Montalbán fue la definitiva consolidación de De Luna como valido del rey. Y De Luna, en el más puro estilo renacentista, habría de responder, muy pronto, a la traición de Enrique, con una traición. Pues la Historia del Renacimiento es, como bien se sabe, un constante donde las dan, las toman.

No tardó mucho Enrique de Aragón en volver a tomar las armas, pues el episodio de Montalbán no había servido para resolver nada. El motivo fue el marquesado de Villena, que formaba parte de la dote que el rey concediera a su hermana Catalina, pero sobre la que el propio monarca, a la vista de lo maniobrero que resultó ser su cuñado, había dado instrucciones precisas de que no se tomara posesión de las villas que contenía. Enrique pasó de esa orden como de comer mierda y levantó a su gente, que estaba en Ocaña por orden del rey sin poder teóricamente moverse de ahí, y se acercó a las dichas tierras con la intención de tomarlas con la espada. Raudo, el infante Juan, hermano suyo pero rival directo, se aprestó para enfrentársele. No fue sino tras que la reina Leonor, madre de los contendientes, alcanzó al díscolo Enrique a la altura de El Espinar, y le contó que con el ejército que habían reunido el rey y el infante Juan le iban a dar hasta en el yeyuno, que Enrique aceptó licenciar a su gente y olvidarse del asunto.

El rey, dándose cuenta de que no podía dejar las cosas colgando, convocó en Toledo una reunión con Enrique, los nobles de sus partido y otros cortesanos, con la intención de resolver el pleito del marquesado de Villena y otros más pendientes. Al principio Enrique se negó a ir, convencido de que el rey quería matarlo (hipótesis en modo alguno descartable al nivel de conocimiento que tenemos); pero finalmente, cuando el monarca salió de Toledo con un gran ejército para cazarlo, resolvió «fiarse», así pues quedaron en Madrid, un 14 de junio.

A la llegada a Madrid de Enrique de Aragón, el rey le mostró unas presuntas cartas escritas por Rui López Dávalos, en las que se venía a demostrar que Enrique y los suyos se habían concertado con el rey moro de Granada para que entrase en Castilla, inestabilizando la zona y favoreciendo con ello los planes del aragonés. Enrique, desde luego, negó toda implicación; pero aún así quedó en arresto domiciliario.

La verdad es que las cartas eran una invención. Entre otras cosas porque en el sumario contra López Dávalos, pues fue finalmente encausado, se le acusa de un huevo de cosas, pero no se dice una palabra de las cartas. Finalmente, se descubrió que el autor de la estafa había sido un tal Juan García, de Valladolid, que fue ajusticiado. Pero, por el camino, el rey había apresado a su enemigo y le había confiscado sus bienes. Operación especialmente lucrativa en el caso de López Dávalos, pues de él se decía, en aquel entonces, que podía ir de Toledo a Santiago de Compostela durmiendo cada noche en una villa de su propiedad.

Nada más culminar esta operación, Álvaro de Luna fue nombrado para un muy importante cargo, el de Condestable. Este detalle ha hecho pensar a muchos tratadistas, y a fe mía que piensan bien, que tamaña recompensa se hace por un gran favor. Cierto que el De Luna había hecho una gran labor quedándose con el rey en Montalbán, cuando parecía que iba a perder la partida, y forzándole, a buen seguro, a resistir, cuando es probable que su carácter veleidoso y débil quizá le llevaba a ceder ante sus sitiadores. Pero eso había ocurrido antes. La condestabilía más parece una prez relacionada con el asuntito de las cartas falsas y la detención de Enrique de Aragón.

Esta tesis tiene la ventaja de explicar la mala leche con que el infante se desplegaría, de aquí en adelante, respecto del flamante Condestable don Álvaro de Luna.

miércoles, febrero 18, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (1)

Álvaro de Luna, o el parto de España.


He pensado en titular así esta pequeña serie de artículos que comienza hoy porque pienso que don Álvaro, su vida bastante plena y su desgraciada muerte, son todas ellas consecuencia del tiempo que le tocó vivir; el tiempo en el que un proyecto geopolítico llamado España estaba gestándose. Un nacimiento que, como casi todos, fue doloroso y complicado. España es un engranaje de varias ruedas que costó mucho encajar, por mucho que la conciencia de lo hispano fuese algo evidente desde mucho tiempo atrás y ya Hispania fuese una realidad desde muchos siglos antes que aquél en que vivió el aristócrata protagonista de nuestra historia de hoy. En medio de esos engranajes quedó Álvaro de Luna y, muy especialmente, su cuello quebrado por el verdugo. Por lo demás, como ocurre con todos los seres poliédricos que protagonizan la Historia, la peripecia de Álvaro de Luna puede contarse muchas veces y de distintas formas. Ésta que hoy vas a comenzar a leer es, tan sólo, la mía. Y si lo haces, será por placer pues Álvaro de Luna, su historia, su circunstancias, no son cosas que, me da a mi la impresión, ni se cuenten hoy en día ni sean, faltaría más, motivo de examen.

El de Luna es hijo del siglo XV español. Un siglo en el que ocurrirán muchas cosas y que terminará de forma imperial, pues será en el tiempo de descuento de esta centuria, en 1492, cuando los reyes católicos, Isabel y Fernando, se marquen los dos innegables tantos históricos de terminar la Reconquista y descubrir América.

Pero en 1406, en Castilla, aún falta mucho para eso. En dicho año, en Castilla muere un rey, Enrique III, que es sucedido por su hijo Juan II. Juanito no tiene entonces ni dos años de edad, así pues es un niño apenas destetado. Son esas cosas que tienen las monarquías; puesto que puede más la sangre que el mérito, los destinos de países enteros se colocaban en manos de bebés casi recién nacidos. En el caso de Juan, el rey quedó al cuidado de su madre y del infante Fernando de Aragón, a quien no hay que confundir, desde luego, con ese Fernando que formará dúo dinámico monárquico precisamente con una hija de este niño al que, de momento, apenas vemos babear en su cuna.

Enrique III murió muy joven, a los 27 años. Por eso su hijo era apenas un proyecto de persona cuando comenzó a reinar. Lo cual fue oro molido para quienes, de verdad, estaban acostumbrados a mandar en Castilla. En el siglo XV apunta el Renacimiento, pero la sociedad es, en buena parte, medieval. Y, en lo que atañe al poder, eso quiere decir que la clase noble está acostumbrada a mandar, y mucho. Enrique intentó ponerle barreras a las ambiciones nobles y construir un poder centralizado basado en la prelación de la corona; pero murió, como hemos dicho, muy joven para conseguirlo. Su hijo menos parecía que lo fuese a conseguir, siendo como era un bebé.

Fernando de Aragón no fue un mal regente. A pesar de que en su apellido quedaba clara su procedencia, miró por los intereses de Juan y de Castilla e incluso continuó la Reconquista, tomando poblaciones como Antequera. Sin embargo, como todo lo bueno se acaba, llegó el día en que él mismo fue reclamado para ser rey de Aragón, que al fin y al cabo era su nación.

El rey tenía tres años y quedaba solo. Un día, estando la Corte en Guadalajara, llegó de Roma el arzobispo Pedro de Luna, trayendo consigo a Álvaro de Luna, que entonces tenía 18 años. Alvarito era hijo de un pariente de don Pedro, de nombre también Álvaro, y que tenía muy buena posición, aparte de sangre aragonesa muy principal, pues tío abuelo suyo fue el papa Luna, Benedicto XIII; era señor de Cañete, de Jubera y de Comargo. Pero el chico era bastardo, lo cual quiere decir que de todo aquello no podía aspirar a quedarse nada.

Obviamente, el pasado pesa como una losa al tratar de hacernos una idea cabal de este Álvaro de Luna. Dicen las crónicas que era más bien chaparro, que se quedó muy prontamente calvo y que era muy hábil en los torneos usando las lanzas. Pero lo que más nos importa para el momento en que estamos es que, nada más llegar a la Corte, consiguió ganarse el favor del rey. Juan II era un niño y a los niños, o por lo menos a algunos, es fácil embaucarlos. Claramente, el de Luna consiguió hacer que el chaval bebiese los vientos por él, desarrollando una dependencia que duraría muchos años, con los altibajos normales en una persona caprichosa y ciclotímica como Juan II, comenzando con ello a construir ese mito tan español del valido real.

Otra característica de la juventud de Álvaro de Luna fue su éxito con las mujeres. Es bastante probable que durante su mocedad se dedicase a matar a polvos a más de una (simultáneamente). De hecho, las crónicas nos relatan un suceso tras el cual quizá se adivina el torvo ogro de los celos.

Inés de Torres, mujer archiinfluyente en aquella Corte, era una de las desmayadas admiradoras del jovencito. Pero, sin embargo, en un determinado momento la vemos entrar en la estancia de la reina para contarle que otra mujer de la Corte, Costanza Barba, está liada con el bastardo, y sugiriéndole que les ordene casarse para así guardar el natural decoro. Pueden ser muchas cosas, cierto; pero huele de lejos a putada de pava despechada.

El final de la anécdota revela otra característica psicológica de Álvaro de Luna que debemos tener en cuenta al estudiar su vida: a todas luces, tenía las bragas muy, muy bien puestas. La reina convoca en su gabinete a la Barba y mamá Barba; las cuales parecen ser bastante proclives al casamiento. A Álvaro de Luna le dice que espere fuera. El de Luna se cosca de que lo van a casar. Muchos se habrían conformado con su destino: si la reina lo dice... Pero no Álvaro de Luna. Él, a pesar de no tener fortuna, a pesar de no tener más oficio que medrar en la Corte, coge el portante y se larga varios días de la misma, hasta que consigue deshacer el presunto casamiento. Es posible que obrase con esa seguridad porque para entonces ya tuviese bastante ganada la voluntad del niño Juan. Probablemente pensó que si no le dejaban volver a la Corte, sería él quien lo reclamase.

La muerte de Fernando de Aragón (1416) sirve para aflorar las tensiones en la Corte castellana y, sustancialmente, la existencia de dos partidos. Por un lado están Juan Velasco y Diego López de Estúñiga, dos nobles que aspiraban a dominar al rey y que ahora que éste queda al solo cuidado de su madre, se postulan para ser sus vigilantes (y de paso controladores, porque un rey niño es un chollo). Del otro lado está la nomenklatura cortesana del momento, formada sobre todo por Alonso Enríquez, Almirante de Castilla, el condestable Rui López Dávalos y el Adelantado Pero Manrique, los cuales son obviamente partidarios de mantener la situación.

En 1418 muere la reina doña Catalina, esposa del anterior rey Enrique. A partir de ese momento comienza la libertad del rey Juan, quien hasta entonces ha sido estrechamente vigilado por su madre, en medio de una Corte donde quien más quien menos mira por lo suyo y ve a Juan II como un metro instrumento para conseguir sus ambiciones. Ese mismo año, Juan se casa con María, hija de Fernando de Aragón.

En 1419, cuando el rey tiene ya 14 años, las tensiones entre las diferentes banderías de la Corte, en gran parte animadas por lo hijos de Fernando de Aragón que pretenden mangonear al rey, llevan a la necesidad inexcusable de que el rey empiece a reinar. Así pues Juan, que como he dicho es un tipo cuya voluntad es una montaña rusa y con un carácter caprichoso, se coloca a las riendas de Castilla en un momento de la vida en la que uno apenas piensa en otra cosa que en la Xbox y las cosas que se le ocurren a la vista de un póster de Angelina Jolie.

La cosa estaba tan hirviente que los nobles, tras protestar por el excesivo poder del mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza, fuerzan un acuerdo acojonante por el cual el gobierno de Castilla serán tres, y gobernarán por turnos. Algo así como si en la España actual gobernase medio año Zapatero y medio año, Rajoy (y Cayo Lara un par de días festivos). La leche, vamos.

Elemento fundamental de todas estas movidas son los infantes de Aragón, hijos de Fernando. Ya hemos dicho que este rey no era malo; pero hasta al más listo se le escapa un cuesco y la verdad es que a Fernando de Aragón, en el momento de la muerte, se le olvidaron bastantes lecciones de geopolítica. La familia real aragonesa poseía muchos predios y lugares en Castilla. Si Fernando hubiese querido dotar a su otrora pupilo Juan II de un entorno razonablemente pacífico para crecer, lo que habría hecho habría sido alejar a sus propios hijos, de cuyo natural ambicioso es de suponer estaba informado, de los terrenos castellanos, dotándolos por herencia con las también numerosas propiedades en Aragón. Pero hizo lo contrario. Pedro, Juan y Enrique de Aragón, los tres infantes de marras, fueron generosísimamente dotados con terrenos en Castilla, con lo que ahora tenían todos los motivos para andar por las tierras de Juan II dando por culo. Y velay que lo harían.

Enrique, el más maniobrero de los infantes, tenía como amiguitos a Rui López, a Pero Manrique y a Garci Fernández Manrique, todos ellos conspicuos cortesanos. Además de maniobrero, Enrique era muy echado para alante. En 1420, decidió que, ahora que no estaba su padre, lo mejor era dejarse de leches, y dar un golpe de Estado.

Aunque, probablemente, no contó con el de Luna.

Seguiremos informando.

domingo, febrero 15, 2009

Madrid, cien años [o así]

Pincha aquí. Espero que te guste.

jueves, febrero 12, 2009

Asilados (y 3)

El presidente de la República, don Manuel Azaña, estuvo con los embajadores en el papel que siguió casi desde el momento en que estalló la guerra: como queriéndose distanciar de su gobierno.

Los representantes diplomáticos estuvieron a verle a principios de octubre. Fueron los embajadores chileno y brasileño, éste último a pesar de que al parecer estaba enfermo. Fueron allí a pedir explicaciones de por qué el gobierno español no aceptaba el derecho de asilo. Y se encontraron, para su sorpresa, con que el Jefe del Estado español se descolgaba, si hemos de creer a Núñez Morgado, con una boutade de la leche.

-Soy tan partidario del derecho de asilo -parece que dijo- que si el general Franco me pidiese asilo, se lo proveería.

Azaña, según su opinión personal expresada en dicha entrevista, consideraba que la labor de las embajadas era encomiable y humanitaria, y les animó a que fuese tan amplia como les fuera posible.

Éste es otro síntoma, de los muchos, de que Azaña, ya en tan temprana fecha como octubre del 36, era un mero polichinela político que no contaba ni para nada ni para nadie. Cuando los embajadores le afearon el hecho de que España declarase en la Sociedad de Naciones que ampararía la salida de asilados del país pero luego la impidiese en la práctica, el presidente respondió mostrándose contrito, pero poco más. Por lo demás, los propios embajadores pudieron comprobar, el mismo día de la entrevista, cuán profunda era la sima del divorcio entre el gobierno y el jefe del Estado, pues tuvieron una breve entrevista con el ministro de Estado, Álvarez del Vayo; quien, lejos de apuntalar las ideas expresadas por Azaña, se limitó a insinuar que la postura del cuerpo diplomático no era la que expresaban sus representantes, pues al fin y al cabo el embajador de la URSS, Rosemberg, no era invitado a sus reuniones. Núñez Morgado se escudó en un formulismo para justificar que Rosemberg no hubiese sido convocado a las reuniones, aunque es más que probable que hubiese obviado al embajador soviético por incompatibilidad ideológica.

En todo caso, no era la URSS el único país, como sabemos, que disentía de la norma general. Estados Unidos, por ejemplo, informó en octubre de que no tenía ningún asilado en su legación, dada, dijo, su interpretación estricta del derecho de asilo (que muta en generosa cuando le conviene). Asimismo, Gran Bretaña tampoco se adhirió a ninguna de las comunicaciones del cuerpo diplomático al Ministerio de Estado porque, según dijo en la sesión de 28 de octubre de 1936, tenía órdenes terminantes de Londres de no mezclarse en nada relacionado con la guerra civil. Y velay que lo consiguieron.

A esta sesión de 28 de octubre asistió Rosemberg, el embajador de la URSS al que Largo Caballero acabaría expulsando de su despacho (gesto éste que le costaría el puesto). El embajador soviético trató de compartimentar el asunto del asilo. Argumentó que la interpretación generosa del derecho de asilo era algo propio de los países latinoamericanos, no los europeos, y que, por lo tanto, debían ser aquéllos los que se limitasen a aplicarlo. Aunque este movimiento está relacionado con la acción de varias embajadas, probablemente está muy relacionado con la de Noruega, cuyo representante, Félix Schlayer, se había mostrado muy activo en la aceptación de refugiados y, además, se había embarcado en un conflicto directo con el gobierno por la detención de De la Cierva (posteriormente sería asesinado) que había provocado incluso una protesta del gobierno español en Oslo.

Hay que romper una lanza en favor de la casi siempre insolidaria Francia, porque en este caso no lo fue. Lejos de amilanarse, el representante francés contestó a Rosemberg que eso que acababa de decir no respondía ni de coña al sentir de todos los países europeos. Pero, aún así, la URSS tuvo sus apoyos en la reunión. Fáciles de adivinar: Estados Unidos y Gran Bretaña, claro.

A principios de noviembre, conforme la presión de las tropas franquistas sobre Madrid se hace más opresiva, el gobierno decide, como es bien sabido, marcharse a Valencia. Y, siguiendo una norma lógica, se lo comunica al cuerpo diplomático. El traslado del gobierno supone un problema grave para los representantes diplomáticos, que no saben si marcharse o quedarse. Sobre todo los que tienen sus embajadas llenas de refugiados que, si ellos se marchan, quedarían en una situación más que embarazosa. Tanto el decano como otros embajadores latinoamericanos (Cuba, Guatemala), que son los más implicados en el asunto de los asilados, apoyan con vehemencia la necesidad de quedarse. A partir de ahí, en un Madrid en el que no ha quedado demasiado claro quién manda, el cuerpo diplomático y el Colegio de Abogados de Madrid iniciarán relaciones para tratar de garantizar la seguridad de las cárceles y de la ciudad en general. En estas gestiones, según los testimonios existentes, llegó a plantearse la posibilidad de generar una especie de zona internacional, libre de bombardeos, donde se pudiesen concentrar los civiles; incluso hubo una radio que, al parecer, distribuyó la noticia de que Franco aceptaría que el paseo de la Castellana y el barrio de Salamanca fuesen utilizados para ese fin. Sinceramente, me cuesta creerlo. Además de ser impacticable pues, como también comprobaron los miembros del cuerpo diplomático, nada más difundirse esta noticia, se colocaron metralletas en los altos de los edificios de la plaza del Marqués de Salamanca, signo inequívoco de que la eventual zona neutral, de haber existido, habría sido aprovechada por las tropas republicanas, eliminando con ello su significado.

El 19 de noviembre, llega al cuerpo diplomático la orden de desalojar las embajadas de Italia y Alemania, en las que hay refugiadas unas 65 personas, 20 alemanas y el resto españolas. El cuerpo diplomático exige, y obtiene, del general Miaja garantías para su traslado. Estos refugiados debían repartirse entre las legaciones de Chile, Rumanía, Noruega, Cuba, Holanda, Suiza, y otras.

El cuerpo diplomático acabó protestando por lo que consideró pasotismo de Miaja, contrario a sus promesas. El día del traslado de la embajada alemana, las tropas que el general había comprometido no aparecieron; los que sí aparecieron fueron milicianos, en varias decenas. Cuando menos de momento, no he podido establecer si hubo muertos por los disparos producidos. Los testimonios que he leído hablan de que se logró sacar a 22 personas de la embajada pero, dado que la cifra de 65 es conjunta con la italiana, no me es posible saber cuántos lo intentaron.

Madrid, en ese momento, está de los nervios. Es fácil de entender. Que nadie cree que vaya a resistir lo demuestra el valiente gesto del gobierno tomando las de Villadiego. Así que los que han quedado en la capital, o son vehementemente frentepopulistas (y revanchistas; de ahí los temores de los diplomáticos y los abogados sobre la seguridad de las cárceles), o están ahí obedeciendo órdenes y ligeramente encabronados por la perspectiva de palmarla. Es en este contexto en el que hay que entender el gravísimo incidente que se produce en la noche del 3 al 4 de diciembre, cuando la Delegación de Orden Público, al frente de la cual se encuentra Serrano Poncela, ordena que se entre en la embajada de Finlandia y se la desaloje.

Hay que tener mucho cuidado al juzgar estos hechos. La tentación fácil es cargar contra el gobierno español (más concretamente, contra las autoridades de Madrid) por tamaño atropello. Pero lo cierto es que el asunto es más complicado pues, al parecer, los refugiados en la embajada de Finlandia habían sido captados por un funcionario español que no tenía el estatus de jefe de misión y que, al parecer, cobraba por sus humanitarios servicios. A mi modo de ver, el hecho de que la medida tomada por Orden Público fuese tan casuística (es decir, se dirigió a la embajada de Finlandia, y no a las demás) sugiere que no hay detrás un intento general de sacar a todos los refugiados, sino algún tipo de desacuerdo, hay quien dice que incluso crematístico (pues parece que el asilador pagaba a fuerzas policiales para que le dejasen en paz) en la movida.

Pero hay otras interpretaciones. El embajador de un país tan poco sospechoso de profranquismo como México sostuvo, acerca de este evento, que se trataba de una llamada de atención de Serrano Poncela a todas las legaciones, pues quería solucionar lo de los refugiados a las bravas (recuérdese que no pocas personas pensaban en aquellos días que en unas pocas semanas Madrid sería de Franco).

Lo que sí quedó claro de todo este incidente, para desdoro de la República, es que una legación extranjera había sido violentada. La razón aportada por el gobierno, a través del Ministerio de Estado, es de chiste: en la legación había rebeldes armados que, al paso de unos milicianos, les tiraron bombas desde la terraza. En efecto, cuando has sentido el aliento de la muerte en la nuca; cuando has pensado que te van a llevar por ahí y te van a fusilar en cualquier arcén e, in extremis, consigues salir de casa, llegar a una embajada y ocultarte en ella, sin saber a ciencia cierta si algún día podrás salir vivo de allí, lo que más te apetece es salir a la ventana a tirarle lapos y bombas a los milicianos que pasen por la calle Fernando el Santo.

El año 37 estuvo ya presidido por la cuestión de la evacuación de los refugiados, una vez que la presión sobre las legaciones descendió cuando la situación de Madrid se estabilizó. En abril de 1937, por ejemplo, salieron dos expediciones de refugiados en la embajada chilena. El resto de las legaciones evacuaron a la mayoría de sus refugiados a lo largo de aquel año. Pero cuando Franco entra en Madrid, el 28 de marzo de 1939, todavía quedaban en la embajada chilena 700 personas.

El asunto de los refugiados en las embajadas de Madrid es un feo asunto para la República por muchas y variadas razones. La primera, su resistencia a aceptar el principio de asilo, que es un principio de lesa humanidad que, en realidad, lo que debemos sentir, a mi modo de ver, es que no se aplique más veces (en Ruanda, por ejemplo). Oponer tecnicismos de derecho internacional para amparar el hecho de que civiles desarmados puedan ser apresados, paseados y asesinados es, simple y llanamente, repugnante.

La segunda razón por la que fue un feo asunto para la República es por los daños que causaron a su imagen los diversos hechos con que se jalonó la polémica. El inexplicable (por estúpido) asesinato de los sacerdotes colombianos; el ofensivo (por simbólico) asesinato del descendiente del Almirante de la Mar Océana; y la inaceptable (por antijurídica) invasión de la legación finesa, son hechos que no ayudaron precisamente a construir la imagen de un gobierno puramente democrático agredido por unas fuerzas reaccionarias. Lejos de ello, a la luz de estas movidas, la República apareció más bien como un régimen incapaz de mantener el orden en su seno y, consecuentemente, poner en su sitio a la violencia obrerista. Claro que, probablemente, es que los hechos reales se acercaban bastante a esta descripción.

¿Se podrían haber hecho las cosas de otra manera? Sí, sin duda. De haber usado la República para sus relaciones exteriores a personas más moderadas y más, por así decirlo, jurídicas que las que utilizó, probablemente la actuación habría sido otra. Lamentablemente para la República, ésta no fue ni siquiera la peor torpeza que cometió.

domingo, febrero 08, 2009

Asilados (2)

En mi opinión, el feo, feísimo asunto del duque de Veragua, descendiente del almirante de la mar océana Cristóbal Colón, fue el incidente que acabó de divorciar a la República española con no pocos de los representantes diplomáticos radicados en Madrid, especialmente los sudamericanos.

En realidad, ese divorcio, o distancia, ya existía con anterioridad; no hay que olvidar que en el subcontinente americano había entonces no pocos gobiernos cuyas querencias políticas no eran precisamente prorrepublicanas; ello a pesar que, entonces como durante décadas después de la guerra, fue muy cerca, en México, donde la República contó con su mayor avalista internacional.
Pero a esta distancia, digamos ideológica, que se salvaba con el tradicional disimulo diplomático, se hizo abismal cuando se conoció que Cristóbal Colón, duque de Veragua; y su cuñado, el duque consorte de la Vega, habían desaparecido del domicilio del primero, en el número 7 de la calle San Mateo, al parecer llevados por unos milicianos.

El ministerio español, a través de su subsecretario Ureña, comunicó el 7 de septiembre su rauda disposición a arreglar el asunto e interesarse por los dos aristócratas desaparecidos. Por su parte, el secuestro del descendiente del descubridor de América movilizó a las embajadas de Chile, Argentina, Venezuela, Panamá, y otros países. Las naciones americanas, que profesaban admiración por su mitos, consideraban una eventual agresión al descendiente de Colón como algo propio, y así se lo hicieron saber al ministerio de Álvarez del Vayo. Tanto es así que el duque de Veragua había recibido como poco tres ofertas (de la República Dominicana, de Chile y de Bolivia) para ser asilado en esos países si lo consideraba pertinente.

El día 7, el cuerpo diplomático comunica al ministerio de Estado español, y más concretamente a su secretario el señor Ureña, que el gobierno argentino tiene reservado un camarote en el paquebote 25 de Mayo para los dos aristócratas en el momento en que el gobierno se los entregue. El ministerio español afirma que hará todo lo posible por localizarlos y defenderlos.
A los cuatro días de saltada la noticia, por conductos extraoficiales se tuvo información por los diplomáticos de que ambas personas se encontraban vivas y detenidas en la checa del Círculo Socialista del Sur, situada en el número 50 de la calle Velázquez (a un tiro de piedra, pues, de la casa del atribulado señor Hoo). Los embajadores y representantes exigieron del ministro una actuación inmediata, y éste, a decir de las fuentes diplomáticas, la comprometió.

Setenta y dos horas después, los cadáveres del duque y el duque consorte aparecieron en la carretera de Fuencarral, no sin que antes se hubiesen realizado las oportunas gestiones para causarles, como dicen hoy los del SAMUR en la tele, lesiones incompatibles con la vida.

El ministro que había prometido que en dos días tendría un total control de la calle no pudo hacer nada por dos personas que, además, tenían una significación política prácticamente nula.

La carta que el decano chileno envió al ministro español de Estado, y que fue distribuida a todos los países que se interesaron por la suerte de Veragua, es bastante clara aún a pesar de su educado lenguaje diplomático: «No he de insistir, repito, en la consternación unánime que producirá en todo el mundo civilizado la tremenda e irreparable desgracia acaecida, porque estoy cierto que también alcanza y en primer término a ese pueblo español y su gobierno, que serán, no lo dudo, los primeros en condenar ese hecho execrable que ofende a toda la Patria española».
Los franquistas se dieron un festín con esta carta en según que cancillerías del mundo. Y es que, a veces, los penaltis no los paran los porteros, sino que los fallan quienes los tiran.

La siguiente gestión en la que participó el cuerpo diplomático fue su intervención en favor de las mujeres y los niños que se encontraban en el Alcázar de Toledo. Aquí no fueron obstaculizados por el gobierno; todo lo contrario. Al gobierno republicano, que los sitiados de Moscardó se hubiesen encerrado con mujeres y niños no le beneficiaba en nada, pues suponía que los bombardeos podían matar civiles. Tanta fue la colaboración republicana que el primer ministro, Largo Caballero, puso como condición a la mediación diplomática que, si ésta tenía éxito, él debería estar presente en el momento de salir los civiles. Esa foto para el mundo no se la hubiera perdido don Francisco ni por todo el oro del mundo.

La gestión, en cambio, no salió bien. Y su desarrollo es una buena muestra del enorme Patio de Monipodio político en que se había convertido la República en aquellos meses de guerra. La primera sorpresa de la legación diplomática que viajó a Toledo un domingo fue que era imposible entrevistarse a solas con el coronel que llevaba el asedio (Barceló). Era estrictamente necesario que con él estuviese su comité de defensa, formado por un miembro de la FAI, otro de la CNT, otro de la UGT, otro de Unión Republicana, otro de Izquierda Republicana, otro del PSOE y otro del Partido Comunista. Los miembros del comité se negaron primero a la propia liberación pretextando que era dar alas al enemigo que estaba a punto de caer. Una vez que aceptaron el hecho en sí de la liberación, se encontraron con que la pretensión diplomática era llevarse a todas aquellas personas (en su mayoría, mujeres e hijos de los propios sublevados) bajo protección de las legaciones y darles asilo en las embajadas. Como la cosa no iba ni para delante ni para detrás, el embajador chileno, que como decano presidía la delegación, blandió el salvoconducto del propio Largo Caballero, primer ministro. Documento que, literalmente, ordenaba «a todas las autoridades civiles y militares y a las milicias populares, fuerzas sindicales y políticas afectas al Frente Popular y, en general, a cuantos cooperan en la acción en defensa del Régimen, guarden todo género de consideraciones y den toda clase de facilidades al citado señor Embajador».

La respuesta que recuerda Núñez Morgado es, como he dicho, todo un tratado histórico en sí mismo sobre cómo funcionaba el bando republicano aquellos días.

- Puede ser el señor Largo Caballero todo lo Presidente del Consejo y Ministro de la Guerra que usted quiera; pero aquí somos nosotros la única autoridad. Seguimos lo que nos dice Madrid cuando no se opone a lo que deseamos nosotros.

El siguiente problema insoluble se planteó cuando, algo más enfriados los ánimos del comité, uno de sus miembros preguntó bajo qué bandera quedarían amparados los refugiados. Al contestársele que la del cuerpo diplomático en pleno, los miembros del comité se dieron cuenta de que eso suponía que las mujeres e hijos de los sublevados franquistas saliesen del Toledo republicano bajo la bandera de, entre otros, Alemania e Italia. La verdad, en esto es lógico que pusieran pies en pared. Finalmente, se acordó que sólo apareciese la bandera de Chile.

La última barrera, sin embargo, la pusieron los sublevados. Vencidas todas las resistencias, cuando se entró en contacto con ellos, se limitaron a contestar que, si el cuerpo diplomático quería algo de ellos, era el prefijo telefónico de Burgos el que tenía que marcar.

A finales de septiembre, ya muchas embajadas están hasta las trancas de personal y siguen produciéndose conflictos. Destaca, por ejemplo, el relativo a Juan de la Cierva, teóricamente amparado por el hecho de que trabajaba como letrado para la embajada de Noruega, pero que fue detenido en el momento de tomar el avión para salir de España.

A mediados de octubre es el momento en que el gobierno español trata de fijar su posición relativa al derecho de asilo. Lo hace en una comunicación al cuerpo diplomático. Debo confesar que nunca he dado con un libro donde se reprodujese este escrito del Gobierno pero, por las referencias indirectas que he podido leer, tengo la sensación de que el principal punto de anclaje de la postura gubernamental es que el derecho de asilo es, en 1936, un derecho ya caduco consagrado como tal por la Convención de La Habana. A este argumento, los favorables a la aplicación de dicho derecho siguen oponiendo el argumento de su contenido humanitario, amén de la confusión que parece existir, en el caso de la guerra española, entre lucha política y lucha militar. Esto quiere decir que, en guerra, la libertad de una persona puede ser conculcada, y en un caso extremo incluso se le puede quitar la vida, por el hecho de ser un elemento bélico activo, bien militar (soldado), bien civil (espía, saboteador, etc.) en la contienda militar. Sin embargo, no es de recibo que una persona sea detenida, encarcelada o ejecutada por el solo hecho de ser de la misma cuerda ideológica de quienes luchan, si no lucha.

A todo esto hay que añadir que la posición del gobierno no es monolítica en el tiempo. En los primeros tiempos del conflicto bélico, cuando no había nadie en las embajadas salvo sus trabajadores, el cuerpo diplomático consultó con Augusto Barcia, entonces subsecretario del Ministerio de Estado, quien se mostró partidario de que practicasen el derecho de asilo, siempre que no beneficiase a enemigos declarados de la República. Asimismo, los representantes diplomáticos recordaron que Ángel Ossorio, en su puesto de representante español ante la Sociedad de Naciones, había expresado ideas distintas de las que ahora defendía el gobierno español.

Está, por último, el problema de la propia actuación de los partidarios del Frente Popular. Durante la represión del golpe de Estado revolucionario del 34, algunos fueron asilados en la legación cubana, y no parece que considerasen ese movimiento ilegal. Al igual que la embajada española había asilado pocos años antes, en 1919, a varias decenas de personas durante la sangrienta caída del presidente Estrada Cabrera en Guatemala.

Ya he dicho que nunca he leído la nota completa, pero todo parece indicar que es de una torpeza sólo posible cuando se está muy nervioso o se tienen muy pocas luces (o las dos cosas). Entre otras cosas, la nota acusa a las legaciones diplomáticas de realizar abusos notorios en su política de asilo; ignorando que ese tipo de acusaciones, entre estados soberanos, hay que probarlas (como hay que probar la posesión de armas de destrucción masiva, por poner otro ejemplo). Por último, la nota terminaba con un párrafo difícilmente tolerable, en el que el gobierno español se reservaba realizar acciones contra dichos abusos.

Días después, el mismísimo Manuel Azaña vendría a sumar algo más de desconcierto en todo este merdé.

Pero tendréis que esperar. Mis dedos se alejan del teclado por unos días.

jueves, febrero 05, 2009

Asilados (1)

Casi desde que existe el hombre, hay sociedades. Casi desde que hay sociedades, hay naciones. Caso desde que hay naciones, hay embajadas. Y casi desde que hay embajadas, existe algo parecido al derecho o la práctica de asilo.

Una embajada es una isla territorial. Geográficamente hablando está inmersa en un país; pero no es ese país, sino aquél al que representa. Un ciudadano de los Estados Unidos pone el pie en su nación cuando entra en la embajada de la calle Serrano de Madrid. Lo cual tiene como consecuencia inmediata que las autoridades españolas tienen que moverse, dentro de ese edificio, pidiendo permiso. O no actuar en lo absoluto.

Esta es la clave del asilo diplomático. Cuando el natural de un país siente que se encuentra en peligro dentro de él; cuando es perseguido por razones incompatibles con los derechos del hombre, es decir por pensar de una determinada manera, por tener la piel negra o por no querer ponerse un velo, el lugar más cercano y asequible donde huir es una embajada. La frontera real del país que nos persigue, que es el nuestro propio, puede llegar a estar muy lejos. Pero las embajadas y consulados están a un par de estaciones de Metro, o a una hora de autobús.

Nosotros, los españoles, hemos disfrutado muy recientemente de las bondades del asilo político. No pocos de nuestros exiliados del franquismo han tenido la consideración de asilados políticos, protegidos por lo tanto por su país de acogida contra el intento de España de detenerlos o incluso algo peor.

Pero también ha habido momentos en los que España no ha estado demasiado de acuerdo en que ciudeadanos españoles fuesen asilados. Y me refiero a nuestra guerra civil. La guerra, tras el primer golpe que delimitó las zonas de dominación de un bando y de otro, consolidó Madrid bajo el control de la República, como es bien sabido. En Madrid, como en otras muchas partes de la España republicana y la nacional, se desató, en ese momento, una gran represión en la persona de quienes eran considerados enemigos del régimen. Aunque había consulados en muchos sitios, lo cierto es que la situación existente en Madrid presenta elementos diferenciadores respecto de otras ciudades de España, con la excepción tal vez de Barcelona, por la presencia en la ciudad de las embajadas; la zona nacional, por su parte, tiene una triste e injusta ventaja en esto, pues en sus áreas de control escasa era la presencia diplomática y, por ello, los testimonios existentes son muchos menos.

Por las razones que ya he explicado, no fueron pocos los que, sintiéndose perseguidos, decidieron que el asilo en una legación era su mejor oportunidad de sobrevivir. Lo cual generó una muy tensa situación entre el gobierno republicano y algunas representaciones diplomáticas, en hechos que conforman una pequeña historia dentro de la Historia.

El 15 de julio de 1936, tres días antes del golpe de Estado nacional por lo tanto, se había constituido en San Sebastián, como era costumbre, el llamado Ministerio de Jornada, que era una especie de ministerio de verano destinado a servir de contacto entre el gobierno español y los embajadores en sus lugares de vacaciones (la razón de que el ministerio radicase en San Sebastián estriba en que la capital donostiarra era la Marbella de la época). Sin embargo, a pesar de ello, cuando estalla la guerra civil hay unos cuantos embajadores que siguen en Madrid. Para ser concretos, se trataba de: Aurelio Núñez Morgado, embajador de Chile y decano del cuerpo diplomático; y Alcibíades Pecanha, embajador de Brasil. Asimismo, había ministros plenipotenciarios, por lo tanto no embajadores pero con cierto poder de decisión, como Lasso de la Vega (Panamá), Daniel Castellanos (Uruguay), Juan de Osma (Perú), Karl Egger (Suiza), Tsien-Tai (China), Raúl Contreras (El Salvador), Tevfik Kamil Koperler (Turquía), Plácido Sánchez (Bolivia), César Tolentino (R. Dominicana), Kristoph Boeck (Dinamarca), Carlos Uribe (Colombia), Stanoyé Pelivanovitch (Yugoslavia); así como encargados de negocios como Virgilio Rodríguez Beteta (Guatemala) y Manuel Pichardo, de Cuba. Por último, en algunas embajadas los embajadores habían dejado consejeros al cargo de todo durante el verano. Era el caso de Hermann Voarckers, de Alemania; Edgardo Pérez Quesada, de Argentina; Nicolás Karastoyanov, de Bulgaria; Zdanko Formanek, de Checoslovaquia; Eric Wenjean, de Francia; George Ogilvy-Forbes, de Gran Bretaña; Teiichiro Takaoka, de Japón; Juan F. Urquidi, de México; D. R. Flaes, de Holanda; conde Leopoldo de Koziebrodzki, de Polonia; vizconde de Riba Támega, de Portugal; Constantino Zanesco, de Rumania; y monseñor Tito Crespi, de la Santa Sede, entre otros. Incluso habría otros diplomáticos de menor rango, como el vicecónsul noruego Félix Schlayer, que acabarían jugando un papel importante en el asunto de los refugiados. Schlayer se reivindicó, por cierto, como descubridor de los fusilamientos masivos de Paracuellos del Jarama.

La primera preocupación de esta caterva de representantes diplomáticos fue, naturalmente, abordar la protección de los intereses extranjeros en España, a los que ellos, al fin y al cabo, representaban. A tal efecto, se convocó una primera reunión el 24 de julio en el número 26 de la calle del Prado, donde estaba, y honradamente no sé si sigue, la embajada de Chile. En esa reunión ya se abordó el primer caso de amparo, aunque no en la persona de ciudadanos españoles, sino de unos sesenta austriacos a los que la guerra pilló en Madrid (y, teniendo en cuenta la deriva nazi de Austria, es de suponer que no serían muy bien vistos) sin tener representación diplomática que les atendiese.

El primer incidente del que tengo noticia con personas extranjeras se produce el día 20 de julio y es la muerte, desconozco las circunstancias (aunque el representante suizo habló de asesinato), del ciudadano suizo doctor Mathille. El segundo ocurre alrededor del día 30 de julio. Se trata de un grupo de monjas bolivianas que se encontraban en un convento en Carabanchel y que, raudas, viendo la que se estaba montando, o sea que ser monja empezaba a no ser ningún chollo en aquel Madrid, se dirigieron a su embajada para solicitar volver a casa. Los diplomáticos en servicio fueron a buscarlas al convento, pero sus coches fueron, siempre según el relato del representante boliviano, detenidos por milicianos, los cuales cachearon a las monjas hasta que se llevaron todo lo que llevaban de valor. También murió en esos días un ciudadano británico que vivía en la Gran Vía y que se asomó al balcón durante una manifestación. Mala decisión.

Los reportes se suceden, hasta el punto de dejar bastante claro, al menos según mi opinión, que es absolutamente cierto que el gobierno de la República no mandaba una mierda en esos primeros días y los grupos de milicianos actuaban cada uno a su bola y a placer. En Barcelona y Santander, mueren dos súbditos alemanes. En el convento de las Reparadoras de Madrid, en el que entran las milicias, la monja uruguaya hermana Doussinague es molestada y vejada por los milicianos. La esposa del cónsul finlandés en San Sebastián muere a causa de unos disparos. Un desconocido dispara y hiere al canciller de Egipto. El apartamento del secretario de la embajada china, señor Hoo, es tiroteado, con lo que cabe imaginar que el señor secretario debió declamar su apellido a voz en grito. Míster Hoo vivía en Velázquez, 71; era, pues, prácticamente vecino de José Calvo Sotelo, quien para entonces ya no estaba en condiciones de oírle gritar. Otro tanto, y me refiero al tiroteo, le pasa al apartamento del agregado de prensa alemán.

A todos estos problemas se une el derivado de que los domicilios de ciudadanos extranjeros están siendo revisados como los de cualquier nacional. En caso de guerra resulta difícil sostener que el domicilio sea inviolable (como dijo Groucho Marx, ¡es la guerra!); pero en el caso de los extranjeros la cosa cambia. Sin embargo, esta queja del cuerpo diplomático deja bastante claro algo que es fácil de intuir, y es que las partidas de milicianos que tomaron el poder efectivo de las calles de Madrid en esas jornadas no dominaban las sutilezas del derecho internacional de extraterritorialidad.

El problema del asilo se plantea en la reunión del cuerpo diplomático de 4 de agosto.

El representante de Yugoslavia es quien lo pone sobre la mesa, indicando que hay que partir de la base de que el gobierno español va a velar por la vida y la integridad de todos sus ciudadanos y que, por lo tanto, no compete conceder a españoles derecho de asilo en las embajadas. Otros representantes, como el de Dinamarca, se inclinan por una interpretación distinta y defienden que el gobierno español debe respetar las acciones de asilo que realicen las embajadas. Esta posición es apoyada por el decano, el embajador chileno, quien basa su defensa del derecho de asilo en elementos humanitarios. Finalmente, los diplomáticos hicieron lo que hacen siempre cuando no están de acuerdo: prometieron pensárselo un poco más, y le dieron al asunto una elegante patada a seguir. Las discusiones prosiguen durante los siguientes días. Básicamente, los contrarios al asilo, al parecer liderados por Yugoslavia, argumentan que el derecho de asilo es algo que ha caído en desuso en Europa; idea que supongo se basada en considerar la doctrina de los derechos humanos plenamente consolidada en el continente, algo que un tal Adolfo se estaba ya empeñando en desmentir con vehemencia. Las razones de los partidarios estaban, como he dicho, en el contenido humanitario del asilo.

En esos primeros días de agosto, el gobierno republicano comete su primer error gordo, su primera gran cagada, con el cuerpo diplomático. En puridad, no es el gobierno quien comete ese error; pero resulta ser igualmente responsable a causa del escaso control efectivo que ejerce sobre los hombres armados en el bando republicano.

Siete religiosos colombianos que trabajaban en el manicomio de San Juan de Dios de Ciempozuelos solicitan a su embajada el regreso al país. La legación les facilita papeles compulsados por el Ministerio español de Estado en los que figuran como enfermeros de profesión. Los siete sacerdotes, vestidos ya de civil, son llevados al tren de Barcelona, para poder tomar allí un barco.

El cónsul colombiano en la ciudad condal los esperó inútilmente en la estación. Unas horas después, los siete cadáveres aparecieron en el depósito.

El crimen de los siete sacerdotes colombianos fue, si cabe, más estúpido que la media, además de premeditado, si hemos de creer al testimonio del propio representante colombiano en Madrid, el cual relató al cuerpo diplomático que, cuando estaban embarcando en el tren para Barcelona, se le acercó alguien preguntándole si algún viajero venía de Ciempozuelos. Los colombianos, pues, habrían salido ya de Madrid «marcados».

La cagada del gobierno español tiene que ver con el cambio de actitud del cuerpo diplomático. Hasta ese momento lo vemos dividido y, aunque las discusiones seguirán, adoptará la clara unanimidad (como no podía ser de otra manera) a la hora de repugnar estos hechos. Bueno, no total, porque el representante francés, en uno de esos arabescos raros que tiene la diplomacia, se aviene a apoyar la nota de protesta ante el gobierno español en lo que se refiere a protestar porque al cónsul colombiano en Barcelona no se le están dando seguridades para su integridad; pero se niega a respaldarla en lo que se refiere a la protesta por el asesinato de los siete religiosos.

A mediados de agosto prosigue la discusión en torno a la aplicación del derecho de asilo, pero en parte es una discusión baladí, porque quienes son partidarios de aplicarlo han ido a una política de hechos consumados. Sabemos, por ejemplo, que para entonces cuando menos la embajada de Chile estaba ya llena de refugiados. Por parte de los países menos proclives a meterse en ese jardín, las posturas se van definiendo. La embajada de Estados Unidos, por ejemplo, aseveró, desde el primer momento, que su política sería dar asilo a quien se lo pidiese, y entregárselo después al gobierno español una vez recibidas de él las oportunas garantías de integridad para los refugiados; lo cual es una de esas soluciones tan propias de la diplomacia, que no solucionan nada. El representante francés comunicó en agosto que tenía autorización de París para irse de España. Y el de Gran Bretaña (los ingleses, siempre tan implicados en todo lo que no es inglés) informó de que tenía autorización de Londres para cerrar la embajada y pirarse.

Otro campo en el que las disensiones entre los diplomáticos se hicieron patentes fue la propia actitud ante los hechos que se estaban produciendo. Algunos diplomáticos, los menos proclives a la República, defendían la idea de marcharse; pero, conscientes de que esa decisión tomada individualmente apenas tendría significado, defendían que la decisión, si se tomaba, debía ser mancomunada. La intención de quedarse de diversos representantes, tales como el argentino, el mexicano o el turco, hizo que, de hecho, la decisión consensuada fuese la de quedarse.

Es en ese momento cuando el gobierno español mueve ficha.

A finales de agosto (la reunión se trató en la sesión del cuerpo diplomático del día 20) Núñez Morgado, en su calidad de decano del cuerpo, fue recibido por el ministro de Estado, quien le ofreció todas las garantías de que las peticiones de las embajadas serían atendidas. Eso sí, el gobierno de la República fue firme, dentro de los típicos circunloquios educados que presiden todo diálogo entre diplomáticos, al advertir a los embajadores y representantes que consideraría su marcha como un gesto hostil.

En esa reunión se habló de que había españoles asilados en las embajadas. No es que hiciera falta informar al gobierno español, que lo sabía bien. Pero es el caso que se citó. Pero, por lo que sé, no parece que se iniciase una discusión abierta sobre si procedía o no aplicar el derecho de asilo.

Los problemas continuaron. En esas semanas, Vicente Noguera, español por lo tanto pero al mismo tiempo cónsul honorario de Polonia en Valencia, fue asesinado mientras embarcaba para marcharse de España. Asimismo, en esos días la embajada de Venezuela y la de Gran Bretaña reportaron sendas visitas de milicianos quienes, buscando a alguien, pretextaron tener pleno derecho a entrar y revisar las legaciones.

El día 21 de agosto, el cuerpo diplomático decide comunicar al gobierno de Madrid su protesta por un hecho que parece, como poco, curioso: la correspondencia a algunas embajadas llega abierta por la censura. El 1 de septiembre, los representantes de Portugal, Alemania, Dinamarca y Uruguay comunican su traslado a Alicante por razones de seguridad personal. En el caso, sobre todo, del representante alemán, no nos cuesta entender los porqués de la medida.

A principios de septiembre se produce un hecho casi anecdótico pero que es muy revelador a la hora de mostrar la actitud , más que la actitud la preocupación, de la República por la postura de los diplomáticos extranjeros. Se acaba de nombrar nuevo gobierno, el famoso «de la victoria» que presidiera Francisco Largo Caballero, en el que fue nombrado ministro de Estado el socialista casi comunista, y cada vez menos socialista y más comunista, Álvarez del Vayo. Lo que un ministro de Asuntos Exteriores tiene que hacer es esperar a que el cuerpo diplomático le cumplimente; no es normal que se adelante él. Pero eso fue lo que hizo Álvarez. Sin esperar a que el decano chileno le pidiese audiencia, se la concedió. En la misma, el ministro ofreció (again) todas las garantías para las legaciones diplomáticas y aseguró el pleno control por parte del gobierno de las acciones de las masas y grupos políticos. En consecuencia, remachó Álvarez del Vayo, el gobierno español espera que el cuerpo diplomático permanezca en Madrid.

El motivo de tan apresurada entrevista es muy fácil de adivinar. En septiembre, los muchos que en el bando republicano habían especulado con una guerra civil de unos días en la que los alzados serían vencidos fácilmente, ya han sido desmentidos. La guerra se consolida y, además, tiene muchos frentes. Y uno de ellos es el diplomático. El anuncio de cuatro representantes en el sentido de abandonar Madrid (aunque sea, en principio, para permanecer en zona republicana) no debió sentar nada bien en el gobierno. Era preciso dejar bien claro que los embajadores seguían viendo a la República como el gobierno de España.

Otra cosa que dijo en esa entrevista Álvarez del Vayo, si hemos de creer las actas de las reuniones del cuerpo diplomático, fue que el gobierno haría todo lo posible para que cesasen loos crímenes y atropellos de personas. Más aún: se dio un plazo de dos días para demostrar fehacientemente que controlaba la situación.

Días después de esta promesa, un grupo de milicianos se presentó en la embajada de Chile exigiendo la entrega de una persona que decían estaba dentro. Ante la negativa del embajador a dejarles entrar, no insistieron, pero montaron un puesto de guardia paralelo que cacheaba a todas las personas que pretendían entrar en la embajada.

La situación, con todo, empeoraría más. Para ser más concretos, con el asesinato de Colón.