viernes, enero 04, 2008

Nin

Andreu Nin nació en 1892 en El Vendrell, en una familia dedicada al negocio de la zapatería. Hijo pues de una familia con recursos modestos y, además, de extracción más bien rural, dándosele razonablemente bien eso de estudiar era bastante lógico que su destino tuviese que ver con el magisterio. Por eso estudió para ser profesor y, una vez terminados los estudios, se colocó en la Escuela Oraciana y en el Ateneo Obrero que, en 1911, estaba situado en el barrio de La Barceloneta. Sin embargo, el contacto con la cultura y el saber forjan rápidamente en él otra vocación: el periodismo. Cuando lleva tres años de maestro, abandona este trabajo para comenzar a escribir para publicaciones de corte progresista, tales como Justicia Social (socialista), Poble Catalá (nacionalista de izquierdas) y, por supuesto, la Revista Pedagógica.

Desde 1911, año de su primer trabajo como hemos visto, es miembro del Partido Socialista. Sin embargo, a partir de 1915 comienza a tener problemas con el partido, a causa de discrepancias ideológicas y, por qué no decirlo, también porque Nin, como casi todos los líderes, tenía madera de líder casi desde el primer minuto de su vida. En un primer momento, Nin intenta compaginar su actividad política con la generación de valor añadido, y se desplaza nada menos que a Egipto, donde colabora con la gestión de un negocio de importación y exportación. Sin embargo, vuelve a España en 1917, el año de la revolución rusa y de la huelga general revolucionaria (HGR) del PSOE (la que podríamos denominar HGR1, ya que la HGR2 es la mal llamada Revolución de Asturias). Estos hechos hacen hervir la sangre del joven ideólogo, quien se decide a convertirse en un revolucionario full time.

En 1920 lo encontramos siendo detenido por mogollón de policías, tal que fuese Jason Bourne, en su condición de dirigente del sindicato de profesiones liberales de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Este dato nos indica que, para entonces, Andreu Nin ha dejado de ser un socialista y ha pasado a creer en listones revolucionarios más altos, o sea más radicales. En mayo de dicho año será designado para representar a los anarcosindicalistas en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja. Trabaja de hecho para esta organización en Berlín, aunque es finalmente expulsado de Alemania tras el asesinato en Madrid del primer ministro Eduardo Dato (8 de marzo de 1921), en el que la policía cree ver clara la implicación de Nin, motivo por el cual solicita su extradición. Alemania no debía de ver tan claras las cosas porque no concedió dicha extradición, aunque sí expulsa a Nin a la URSS. Allí ingresa en el Partido Comunista, donde llegará a ser secretario del soviet de Moscú, lo cual no sé si daba mucho trabajo, pero tiene pinta de ser una credencial marxista de cierta enjundia.

En 1927, sin embargo, Nin fue expulsado del PCUS por sus inclinaciones troskistas. Para entonces ya había muerto Lenin, mandaba Stalin y ya se sabe lo que hizo Stalin con los troskistas e, incluso, con muchos que no lo eran. De todas formas, esta expulsión será oro molido para los comunistas en 1937, cuando monten su campaña contra el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) dirigido por Nin, a quien, echando mano de estos antecedentes, apelarán de troskista y de traidor a la causa de la II República Española. Sabido es que en esto de la República y la Guerra Civil hay muchos lugares comunes que han sido aceptados acríticamente durante décadas incluso por sesudos historiadores. El que aquí nos ocupa es ese que dice que el POUM era un partido troskista. Lo cierto es, o por lo menos eso pretendo exponer en este post, que el POUM no era troskista. Pero es que, además, hay un vicio de partida en toda esta historia, pues, ¿y si lo fuera? En una República en la que cabían la socialdemocracia, el socialismo marxista, el comunismo estalinista, el anarcosindicalismo, el anarquismo a secas, el radical-socialismo, la izquierda burguesa, el republicanismo conservador, el nacionalismo vasco católico, el aconfesional, el nacionalismo catalán burgués, el pequeño burgués, el independentismo y unas cuantas cosas más, ¿por qué extraña razón no cabía el troskismo?

Todo esto se resume en una pregunta: ¿por qué razón, exactamente, torturó y asesinó la URSS a Andreu Nin?

En fin, continuemos con la historia. Aún en su etapa troskista, nuestro aún joven Andreu Nin funda Izquierda Comunista, una formación con dicho corte. Pero aquí las cosas empiezan a no cuadrar, pues en fecha tan pronta como 1934, León Trosky rompe con IC, formación a la que considera claramente fuera de sus postulados. ¿Se puede ser troskista sin Trosky? Según los estalinistas, sí.

La IC de Nin, sin embargo, es una mierdecilla dentro del proceloso horizonte de organizaciones obreristas crecidas al amparo de la avenida de la República y de la democracia. Es por ello que acabará haciendo caso de las apelaciones de un colega suyo, Julián Gorkin, quien le convence de ir a una fusión con un grupúsculo liderado por quien, para mí, fue la auténtica materia gris de aquella formación: Joaquín Maurín. Maurín había fundado el Bloc Obrer y Camperol, o sea Bloque Obrero y Campesino, otra mierdecilla que, unida a IC, se fue convirtiendo en algo más oloroso. Luego se les unió Jordi Arquer, otro teórico marxista que tenía su propio grupo, ampulosamente denominado Partit Comunista Catalá. La suma de IC, BOC y PCC es el Partido Obrero de Unificación Marxista, o POUM, cuya creación se produjo el 29 de septiembre de 1935.
Las cosas con Trosky iban, ya lo he dicho, de puta pena desde 1934. Pero en 1936 fueron a peor, cuando el POUM tomó la decisión, sabia decisión en mi opinión, de entrar en el Frente Popular. Digo sabia porque, aunque el POUM era especialmente fuerte en algunas áreas de Cataluña, singularmente Lérida, presentando candidaturas propias difícilmente podía aspirar a nada en aquellas elecciones, e integrado en el Frente Popular consiguió tocar pelo y colocar algún diputado. A Trosky, sin embargo, estos matices le traían al fresco y por eso los denunció por traidores. Aún así Nin, que ya establecido en Barcelona se gana la vida traduciendo del ruso, se ocupará de verter al catalán la Historia de la Revolución Rusa de su otrora amigo político Lev Davidovich.

¿Por qué nunca llegaron a entenderse el POUM y los otros comunistas o, si se prefiere, los comunistas y los otros comunistas del POUM? Como ya he dicho, en no pocos libros de Historia y resúmenes varios se nos quiere vender la milonga de que aquello fue la exportación a España del conflicto surgido en la URSS entre dos tendencias bolcheviques: el estalinismo y el troskismo. A mí me parece más bien cierto que eso no tuvo demasiado que ver. La pugna entre Stalin y Trosky no afectó en España gran cosa, pues la izquierda marxista española tenía otras muchas cosas en las que pensar, bastante más cercanas.

El problema entre los partidos marxistas obreros, planteado prácticamente desde el primer día de la República, fue una suerte de competición a ver quién meaba, revolucionariamente hablando, más lejos. En el entorno del obrerismo patrio encontramos, como principales tendencias, al socialismo (PSOE), el comunismo (las Juventudes Socialistas y, luego, el Partido Comunista), el otro comunismo (sobre todo, el POUM) y los anarquistas (CNT y FAI). Cuatro viajeros en el mismo coche, tres de ellos marxistas y el cuarto aún más radical. En esas circunstancias, era sólo cuestión de tiempo que se plantease el conflicto entre pragmatismo y revolución.

En sus juicios autoexculpatorios de la guerra civil (es decir, la literatura sobre el asunto publicada en Moscú en los treinta años posteriores al conflicto), el Partido Comunista se declara culpable de no haberse dado cuenta, en 1931, de que la avenida de la República era una revolución de corte burgués, aunque terminó por darse cuenta de ello. Si tomamos un diccionario marxista-español, español-marxista, veremos que ese concepto quiere decir que el PC decidió defender una postura tendente más a apoyar la consolidación de la República que la consecución de la dictadura del proletariado en el corto plazo. Sin embargo, no fue ésta la postura de los anarquistas. La CNT llevaba ya años, desde los del pistolerismo, soñando con huelgas revolucionarias cuyo objetivo no era obtener mejoras salariales sino, pura y simplemente, cargarse el sistema para implantar el comunismo libertario.

Dentro de la izquierda obrerista republicana, pues, existen dos tendencias claras: la pragmática, que prefiere consolidar la República burguesa y deja los sueños de Engels para más adelante; y la nidecoña, que decía algo así como lo que diría, décadas después, Jim Morrison, el líder de los Doors: We want the World, and we want it, now!

La mal llamada Revolución de Asturias es un resultado de estas tensiones. Es la decisión por parte del PSOE (bueno, en realidad, de la UGT) por tratar de ocupar un espacio, el espacio revolucionario, que los anarcosindicalistas les estaban guindando por la jeró. Y, en todo este orden de cosas (más bien desorden), el POUM toma una decisión. El ticket Nin-Maurín decide que se apunta a lo de la revolución permanente. En febrero de 1936, pocas jornadas después de la victoria del Frente Popular, el mismísimo Andreu Nin escribirá estas palabras en la revista del partido Nueva Era: «La contradicción fundamental entre las aspiraciones históricas del proletariado y los partidos republicanos no tardará en manifestarse. Los dos sectores que han participado en la lucha se proponían contener el avance de la reacción; pero llegará indefectiblemente el momento en que la burguesía republicana se estacionará en un punto determinado, mientras la que clase obrera empujará la revolución hacia delante».

Éste fue el pecado de Nin y del POUM: apuntarse al bando nidecoña. Decisión en la que la opinión de Trosky pesó más o menos lo mismo que pesa la mía cuando se trata de que mi mujer y yo decidamos qué peli vamos a ver.

Los dos compromisarios del POUM en la elección del presidente de la República tras el cese de Alcalá-Zamora no votaron a Azaña, como hicieron las fuerzas del Frente Popular. Votaron a Ramón González Peña, líder sindicalista asturiano que se había destacado durante el golpe revolucionario del 34.

En enero de 1936, otro miembro del POUM, Ignacio Iglesias, escribía esta perla en la misma revista: «Nada más alejado del marxismo que el pacifismo. Un marxista jamás es pacifista. Estamos contra la guerra imperialista porque estamos por la guerra civil». Con un par.

De donde se deduce que el POUM fue anchamente satisfecho en sus aspiraciones.

El conflicto entre los partidos obreros existente en tiempos de paz (pragmáticos contra nidecoñas) se transmitió a la propia guerra civil, mutando en un conflicto ligeramente diferente en su superficie, pero igual en su base. La izquierda obrera se dividió entre los pocoapoco, partidarios de ganar la guerra y después hacer la revolución; y los nihartodevino, partidarios de hacer la revolución al mismo tiempo que trataban de ganar la guerra.

Fuerza fundamental de los nihartodevino fue, claramente, el anarcosindicalismo de la CNT y el anarquismo de la FAI. Pero no hay que olvidar al POUM. El POUM, desde apoyos populares más modestos ciertamente, hizo lo único que podía hacer en coherencia con sus actos, pues parece lógico que quien ha sido un nidecoña en tiempos de paz, sea un nihartodevino en tiempo de guerra.

Algún día hablaremos de esto más a fondo. En todo caso, baste con exponer aquí que el laboratorio en que la CNT-FAI-POUM pudieron poner en marcha sus ideas, Cataluña y Aragón, se sumió en un caos revolucionario de tal calibre que, por mucho que no nos guste a casi nadie reconocerlo, lo cierto es que cuando los franquistas llegaron a Barcelona la gente aplaudía con las orejas por las calles, porque en su mayor parte estaban, simple y llanamente, hartos. En el batiburrillo de la reacción contra los golpistas de Barcelona, la CNT se apropió de 30.000 fusiles que había en el cuartel de Sant Andreu; con esas armas blindó a sus militantes y creó un poder omnímodo de facto ante el cual las instituciones legales, es decir la Generalitat de Lluis Companys, mandaba menos que un gitano en un cuartelillo de la guardia civil.

Pero alguien dijo basta. Y ese alguien eran, además, los comunistas. Los que habían traído al primo de Zumosol del bando republicano, es decir las armas y los cooperantes rusos. Socialistas y comunistas, con la anuencia más o menos muda de los catalanistas, decidieron que ya estaba bien, y que a aquellos tipos había que darles en todo el bebe. Eso fueron los sucesos de mayo del 37, una auténtica miniguerra civil dentro de la guerra civil, que se merecen que los dejemos aquí, apenas formulados, para algún día, si hay tiempo y ganas, contarlos más a fondo. Dejémoslo por el momento en que, tras aquellos sucesos, el poder de la CNT quedó seriamente recortado en toda Cataluña y el POUM, como especie de franquicia marxista que era de estas fuerzas, cayó en picado.

El 16 de junio de 1937, en el crepúsculo de los sucesos de mayo pues, Andreu Nin fue detenido en la sede del Comité Ejecutivo del POUM por un grupo de policías llegados expresamente de Madrid para realizar la detención. Lo trasladan a Valencia, sede del gobierno central, donde pasa unas horas, tras las cuales es trasladado a Madrid. Pasa un par de días preso en una checa que había en el mismo paseo de la Castellana (entonces bastante más corto que hoy en día) para ser finalmente trasladado a Alcalá de Henares, donde llegará a hacer hasta cuatro declaraciones. Se desconoce hasta que punto lo habían dejado blandito a hostias durante las mismas.

El 25 de junio, el periódico del PC, Mundo Obrero, lanza una campaña al más puro estilo de Stalin. En un artículo titulado La fuga del bandido Nin, relata una presunta fuga del líder del POUM de Alcalá de Henares que no se la creería ni Peter Griffin después de haberse tragado un tripi. Según Mundo Obrero, Nin se había fugado de su prisión gracias a la ayuda de agentes de la Gestapo disfrazados de brigadistas internacionales. Unos activistas nazis, pues, que además de nazis eran tontos del culo puesto que, siempre según esta versión tan sólida, se habían dejado olvidada su documentación auténtica en el lugar del suceso (como todo el mundo sabe, cuando un espía se aventura en zona enemiga para realizar una operación secreta jamás olvida su carné, su pasaporte, su libro de familia y el certificado de penales). Cuando los comunistas ofrezcan esta misma versión al subsecretario de Justicia, Juan Simeón Vidarte, éste se limitará a preguntarles si es que piensan que él es retrasado mental o qué.

Tiene su lógica el cabreo del gobierno republicano. Nin, junto con José Calvo Sotelo y Antonio Sesé, pueden considerarse los tres crímenes más antijurídicos de la República y la guerra civil. Calvo Sotelo, porque era diputado cuando lo sacaron de su casa para matarlo; Sesé, porque era conseller de la Generalitat como tal nombrado cuando alguien se lo apioló a tiros (de hecho, lo mataron cuando ibaa tomar posesión); y Nin, porque había sido también conseller de la Generalitat, así pues era una persona aforada que, de ser condenada por algo, lo tenía que ser con la intervención del Tribunal de Garantías Constitucionales.

Lo que daría yo por tener una filmación del Consejo de Ministros en el que estalló este conflicto. En el gobierno republicano había entonces dos ministros comunistas, Uribe y Hernández. Medio gobierno (Indalecio Prieto, Irujo, Velao y Giner de los Ríos) se les tiró a degüello, exigiendo que revelasen el paradero de Nin. Los comunistas se defendieron como pudieron, o sea mal. A finales de junio, es Companys quien trata de presionar al primer ministro Negrín y al presidente Azaña. Claro que para entonces Azaña ya piensa de Companys que es una especie de mamón calzonazos, así pues no le hace ni puñetero caso.

Miguel Moreno Laguía, juez instructor del sumario de la desaparición, concluye la instrucción del mismo sin poder dirimir si Nin está preso, si ha huido, o siquiera si está vivo. El líder de POUM está cubierto por un sudario de oscuridad como sólo sabía ponerlos el padrecito Stalin, uno de los más afamados undertakers de la Historia Universal.

Hoy damos por hecho que Nin fue torturado hasta la muerte y/o ejecutado por la NKVD, antecedente de la KGB soviética. Así lo han venido a reconocer, tácitamente, algunos protagonistas de aquella época y, al parecer, llegó a averiguar el comisario especial que fue puesto tras las pistas.

Creo que el cuerpo de Nin nunca ha sido encontrado. Si es así, es uno de esos esqueletos que siguen esperando ser exhumados algún día. Lo que no sé es si su búsqueda cuadra o cuadraría mucho con el discurso de la Memoria Histórica. Al fin y al cabo, es un raro represaliado. Represaliado por sus coleguitas, cuando menos teóricos.

jueves, enero 03, 2008

Precios históricos

Hola, ¿qué tal? Feliz año a todos.

No, no vuelvo a asomarme a la ventana con la prometida tercera toma sobre la guerra de Cuba (que ya está, de todas formas, en máquinas). A veces incluso un blog sobre Historia debe ser tributario de la realidad, aunque parezca que no. O, al menos, a mí me lo parece.

Así que hoy voy a hacer un poco de intrusismo y a meterme en los terrenos más propios de Malaprensa, web en la que, para los que no lo saben, Josu Mezo y Wonka se dedican a sacarle los colores a los medios de comunicación patrios con alguna que otra cosa que publican. Evidentemente, zapatero a tus zapatos, lo mío es comentar cosas de Historia. Pero hoy esto de la prensa y de la Historia como que se juntan a causa del petróleo. Una de las cosas por las que está hoy revuelta la prensa es con esto del «máximo histórico» del petróleo. Resulta que los contratos de futuros sobre algunos tipos de petróleo han alcanzado en Estados Unidos los 100 dólares por barril, barrera psicológica y, ya digo, histórica.

O histérica.

La prensa tiene una responsabilidad muy elevada. Muchas personas piensan y sienten las cosas de determinadas formas, influidas por la prensa. Así pues, no es lo mismo que yo diga algo en la barra de un bar que lo diga la prensa en sus páginas. Por eso, los mensajes han de estar aquilatados y tener un poco de cuidado al mover al personal, bien a confianzas excesivas, bien a aspaventosos pánicos con poco o nulo sentido. La frase «el precio del petróleo alcanza un máximo histórico» puede entenderse (sobre todo si no se explica) como sinónima de «el petróleo nunca ha estado tan caro como ahora». Y ahí, lo siento, es donde la frase no es tan cierta.

He tomado dos ingredientes: por un lado, la última memoria estadística de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), accesible en su página web. Por otro, la aplicación, actualmente en pruebas, para la consulta de estadísticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Dos herramientas, pues, de público y notorio uso.

La OPEP publica un histórico del precio del barril de petróleo que comienza cuando dicho precio empieza a ser importante para todos nosotros, es decir allá por 1970. En aquellos años, se producirá la guerra del Yon Kippur entre árabes e israelíes en la que, como viene siendo costumbre, éstos le encenderán el pelo a aquéllos y los árabes, como fruto de ese mosqueo y viendo el apoyo generalizado del mundo occidental a los judíos, decidirán darle al mundo donde más le duele, esto es en la cartera. De esta forma, el barril de petróleo que costaba en 1970 1,67 dólares pasó a costar, en 1974, 10,73 dólares. Para que los lectores más yogurines, que no tenían en aquellos años uso de razón o uso a secas, puedan hacerse una idea del hostión que fue aquello, baste que piensen en su buga de hoy en día. Digamos que le metes cada diez días 30 litros de gasofa a tu coche, con un coste de 29,40 euros; y yo te pregunto: si en tres añitos de nada ese reposte pasara a costarte 188 euracos de vellón, ¿acaso no venderías el coche para comprarte unos patines?

Ésta, y no otra, fue la crisis del petróleo de los años setenta. Crisis que, además, en España se agravó, porque a lo largo del año 1974 y 1975 en todos los países europeos se tomaron medidas de ahorro y ajuste, mientras que en España el general Franco se obstinaba, un consejo de ministros tras otro, en exigir que los precios de la gasolina no se corrigiesen en exceso. Morir Franco y ser la crisis completamente insoslayable fue todo uno, y la que nos cayó encima en los años siguientes fue de aúpa. Aquellos de mis lectores que lo hayais vivido recordaréis bien aquella España tapizada de carteles con el eslógan Si usted puede, España no puede, alusivos al consumo de energía, en los que se nos conminaba a todos los españoles (de usted, eso sí; eran otros tiempos, también para la publicidad) a consumir sólo lo estrictamente necesario.

Hubo una segunda crisis del petróleo: la provocada por la guerra entre Irán e Irak, en los primeros años ochenta. En 1979, la OPEP dixit, el barril costaba unos 17 dólares, y tres años después había trepado a 32. Otra subidilla de gónadas, no tan bestia como la anterior, pero que también dejó fuertes secuelas en la economía.

Y ahora pasa un poco lo mismo. Si el precio medio del petróleo en el 2007 hubiera sido de 100 dólares (lo cual no es cierto, puesto que son precios medios y lo que ha pasado, de momento, es que el barril ha alcanzado ese precio un día), habría multiplicado su precio casi por tres desde el 2004. ¿Estamos, pues, ante algo de la magnitud de las crisis del Yon Kippur y la hostiada entre persas?

En economía hay una cosa muy graciosa que se llama inflación. Los precios suben en un proceso que está ligado a la actividad económica y su crecimiento, de forma que se generan, en realidad, dos precios para cada cosa: el precio nominal, expresado en pasta de cada año; y el precio real, en el que dicha pasta es deflactada en la proporción que lo hacen los precios, para hacer dicho precio comparable con el de años anteriores o posteriores. La deflactación supone, por lo tanto, tomar un año base y pasar todos los precios históricos a pasta de dicho año.

En el ámbito de la OCDE, según la ídem, la inflación, en el periodo 1970-2006, se ha multiplicado por 10. Es decir, que, cuando menos en términos estadísticos, para comprar en la OCDE hoy lo que en 1970 se compraba con un dólar, necesitamos 10 dólares. Hay, pues, que corregir los precios del petróleo de acuerdo con la inflación, tomar un año base y expresar todos los precios históricos por barril teniendo en cuenta la relación de precios entre dicho año base y cada uno de los demás.

He hecho ese ejercicio tomando como año base el 2007, asumiendo que la inflación en la OCDE el año pasado (aún no se ha publicado) haya sido del 3%, y asumiendo, cosa que como he dicho antes no es cierta, que en el 2007 el precio medio del barril de petróleo hubiese alcanzado los 100 dólares (cosa que, repito por tercias, no es verdad; el precio medio ha sido más bajo). Haciendo dicho ejercicio, resulta que hay tres años en la serie, 1980 a 1982, en los que el precio ajustado del barril de petróleo estuvo más alto que los 100 dólares del 2007. Expresado en dólares de hoy en día, el barril de petróleo costó 116,8 dólares en 1980, 118,9 en 1981, y 107,8 en 1982.

Pero aún hay más. ¿De dónde sale la pasta para pagar el petróleo? De la cartera. Y, ¿cuál es la cartera de la OCDE? Pues una cosa que se llama Producto Interior Bruto, esto es el valor añadido generado por la actividad económica. El PIB es un poco como el salario de las naciones, su renta. Y es importante ponerlo en comparación con los precios porque está definiendo la capacidad de pago. Si imaginamos un asalariado que sólo consume un bien (por ejemplo, patatas fritas), nos podemos encontrar con que en el año N, a ese consumidor las papas le cuestan 1 euro la bolsa y él tiene un salario de 100 euros; al año siguiente las patatas multiplican su precio por 5, pero eso no quiere decir estrictamente que nuestro consumidor sea más pobre, porque si su salario ha crecido más (por ejemplo, se ha multiplicado por 10) su capacidad de consumo es mayor. En el año N podía comprar 100/1 = 100 bolsas de patatas, mientras que en el año N+1 puede comprar 1.000/5 = 200 bolsas de patatas. Los precios han crecido mucho, pero él es doblemente rico (aparte de, probablemente, obeso, hipertenso e hipercolesterolémico).

¿Qué ha hecho el PIB de la OCDE en el periodo? En términos reales, se ha multiplicado por 1,6 (en términos nominales, por 16). Lo importante es que si antes habíamos convertido la curva de precios históricos del barril de petróleo deflactándola con la inflación, ahora tenemos que corregirla de acuerdo con la tasa de crecimiento del PIB porque, como acabamos de decir, además de saber que el barril valía en 1975 un equivalente a 72 dólares de hoy en día, también deberemos tener en cuenta que el valor añadido existente en dicho año para pagar dicha factura era de 30 billones de dólares de hoy en día (nuestro PIB actual, o sea la pasta que hoy tenemos para pagar, es de 37 billones).

Si hacemos esta doble corrección, encontraremos que el petróleo, sí, ha estado mucho más caro en el pasado. Tomando 2007 como valor 100, el índice alcanza 102,6 en 1974; 129,6 en 1980; 144,6 en el año siguiente; 146,8 en 1982; 127,3 en 1983; 118,1 en 1984; y 107,4 en 1985. Dicho de otra forma, para alcanzar una situación asumible a la del año de la primera victoria del PSOE (1982), una situación asumible en términos reales (libre de inflación) y relacionada con la renta disponible, el petróleo debería estar alcanzando un máximo histórico de 147 dólares por barril, no 100 (y todo esto, lo digo por cuarta vez, asumiendo que el precio medio del barril de petróleo ha sido de 100 dólares, cosa que no es cierta).

Hay un tercer factor: la cotización del dólar. Porque el petróleo se paga en dólares. Pero, bueno, por esto he hecho el truqui de tomar como base el conjunto de la OCDE, ya que sus estadísticas se formulan en dólares y me ahorro este paso. Pero, a la hora de nacionalizar este cálculo, vaya que la relación de cambio del dólar tiene su importancia. A finales de los setenta nuestra pela estaba machacada por el dólar, pero da la casualidad de que en estos tiempos actuales es nuestra moneda, el euro, la que le está arreando en las canillas a la todopoderosa divisa USA.

Así pues, ¿máximo histórico, o demasiada vagancia a la hora de buscar datos y enmarcar una noticia comme il faut?

Un consejo: mejor dejar a los historiadores la labor de definir qué es, y qué no es, histórico.

viernes, diciembre 21, 2007

53.801 felicitaciones

Este blog se toma hoy unas vacaciones. Ya sabéis, lo he comentado otras veces, que cuando dejo de trabajar también dejo de conectarme a internet, cuando menos por algunos días. La semana que viene es una de esas etapas, así pues el blog no se refrescará hasta el año que viene.

Dado que estamos a finales del año natural, me gustaría hacer algo de balance de esta experiencia que empezó hace cosa de año y medio y que, por lo tanto, ésta es la primera vez que cumple un año completo. Balance que debe comenzar con mi felicitación por el año a 53.801 personas. No conozco el nombre de más allá de diez o doce; el resto me son desconocidas. Según Analytics, 53.801 es el número de usuarios que se han conectado a este blog en el curso del año 2007 (alguien me escribió una vez que estas estadísticas no incluyen a quienes se conectan a través de programas de feed y tal, pero honradamente no lo sé).

No sé si os parecen muchos o pocos. A mí me parecen un mogollón. Este blog no tiene más objetivo que compartir; compartir algo que es, a la par que hermoso y hasta divertido, necesario, y es el conocimiento histórico. Cuando empecé a escribir mis post, jamás pensé que podría aspirar a haberle contado historietas a 53.801 personas; ese día de agosto del 2006, si alguien me hubiese preguntado, me habría conformado con 2.000 o 3.000 contertulios. Yo soy el primer sorprendido de esta visualización y debo decir que, con ella de por medio, esas cosas sobre las que leo de vez en cuando, eso de la pájara del blogger y tal, no me afectan. No encuentro razón para que me afecten.

Otro dato que me parece interesante es que el total de páginas vistas es de 101.019. Lo cual quiere decir que cada uno de los visitantes, como media, ha leído casi dos páginas. Esta sensación de que quien viene se queda es, quizá, la que más placer me provoca.

La página más vista (26.396) es, como cabe esperar, el escaparate. El personal entra, mayoritariamente, a ver qué hay, a ver cuál es la oferta del día. En segundo lugar, de largo, ha quedado el excelente post de Tiburcio sobre si Adolf Hitler pudo ganar la segunda mundial, que ha sido visitado 9.382 veces.

22.727 usuarios del año 2007, uno de cada tres, son usuarios recurrentes. Son, por así decirlo, el núcleo duro de este blog. Para ellos, doble felicitación.

Teniendo en cuenta el factor geográfico, de las 76.368 visitas de este año, 55.587 se hicieron desde España. Con 3.539, se ha situado en segundo lugar México, después Argentina (2.238), Perú (2.107), Colombia (1.679), Chile (1.675), Francia (1.240), Estados Unidos (1.234), Venezuela (1.082) y Alemania (863).

Las ciudades más activas son Madrid (23.134 visitas), Barcelona (3.440 visitas), Valencia (1.799), México D.F. (1.296), Santiago de Chile (1.211), Lima (1.192), Bogotá (988), Zaragoza (924) y Sevilla (911).

Otro hecho curioso que anotaré es la extraña composición de los orígenes que más tiempo invierten en el sitio. El líder es un usuario de las Islas Barbados, que se conectó una vez y estuvo 16 minutos. Al ser el único usuario ¿barbadense?, ésa resulta ser la media de las Barbados, motivo por el cual quedan los primeros. Luego están uno o varios usuarios que, desde Gabón, han entrado este año cuatro veces en el sitio, invirtiendo en cada visita como media 5 minutos 16 segundos, que también está muy bien. A corta distancia les siguen los usuarios conectados desde Austria y desde Polonia.

Este año ha habido 660 accesos desde mi tierra, La Coruña. Uf. Seis más y hubiera llegado la Apocalipsis. Sonia, si me estás leyendo, un bico y bon Nadal.

En mi propio nombre y en el de Tiburcio el elefante, os deseo un buen descanso a los que lo tengáis, que será la mayoría, aunque sólo sea durante uno o dos días. Por mi parte, me voy estos días de asueto en compañía de mi Play2 y mis libros; la vida se me distribuye, en porcentajes asimétricos eso sí, entre la lectura sobre la Historia y la inútil práctica de diversos juegos de habilidad y reflejos, de entre los cuales debo reconocer que mis preferidos son los shooters. El año que viene seguiré sin hablaros de las diferentes fases del Call of duty, que es al fin y al cabo un vicio privado, pero llegaré con nuevas historias sobre la Historia, amén de alguna que otra serie que sigue abierta. Y luego está Tiburcio, claro. El verdadero crack de este blog.

Hasta la próxima lectura, brothers.

martes, diciembre 18, 2007

El 98. 2: Y USA cogió su fusil

Si analizamos las cosas superficialmente, podemos llegar a la conclusión de que la celebérrima doctrina Monroe, «América para los americanos», es una teoría aislacionista. Lo es, pero sólo en parte. En realidad, es la base de un modelo expansionista o imperialista por el cual Estados Unidos reclama el papel mundial que cree merecer.

Poco después de iniciarse la segunda mitad del siglo XIX, los Estados Unidos vivieron su crisis más aguda, una crisis que estuvo a punto de terminar con el país tal y como lo conocemos. Sin embargo, tras una guerra de gran crueldad, consiguió pervivir, bien que con algunas tensiones en su seno que seguirían percibiéndose, con absoluta nitidez, cien años después e incluso hoy en día.

Solventado el problema de su secesión, los Estados Unidos, un país de dimensiones subcontinentales, decidió que había llegado su momento.

De alguna forma, el expansionismo había formado siempre parte del modo de ser americano. Al fin y al cabo, ¿acaso no había sido expansionismo la conquista del Oeste? Por otra parte, existe una razón económica para sustentar el expansionismo estadounidense: la grave crisis que afectó al país en la última década del siglo XIX, un país cuyo modelo de crecimiento se basaba en un aumento exponencial de la productividad que, por lo tanto, para sostenerse necesitaba encontrar mercados más allá de sus propias fronteras.

La elite gobernante y pensadora finisecular norteamericana sostuvo e impulsó el expansionismo. Hablamos de personas como el político John Hay, que llegaría a ser secretario de Estado, o Henry Cabot Lodge, un senador multicitado en aquella época. Pero, tal vez, donde con más claridad se puede ver trazado este viaje hacia el imperialismo es en el libro del marino Alfred Thayer Mahan, The influence of sea power upon History 1660-1783. En este análisis histórico, el capitán Mahan quiso demostrar la tesis de que el auge y la caída de los grandes imperios había tenido siempre una relación directa con la capacidad o incapacidad naval, tanto militar como comercial, de dichos imperios. El libro de Mahan era una llamada para la modernización de la flota naval estadounidense, consejo que no cayó en saco roto pues, de hecho, los últimos años del siglo XIX contemplaron la fabulosa construcción de un poderío naval tan elevado que Estados Unidos logró superar a Gran Bretaña, dueño tradicional de los mares, y todavía medio siglo después pudo soportar un ataque como el de Pearl Harbour y rehacerse en relativamente poco tiempo.

Pero el libro de Mahan va mucho más allá del simple consejo de construir más barcos; diseña, quizá por primera vez en la Historia americana, un sistema de aprovisionamientos y presencia militar/comercial de orden mundial. El capitán comienza argumentando que si se quiere tener una flota ganadora hace falta poder echarle carbón en cualquier punto del mundo, por lo que se necesitan estaciones de aprovisionamiento; y de esa idea va construyendo la de la amplia presencia internacional de los Estados Unidos, en territorios amigos o colonizados.

Esta evolución se produce, también, desde un profundo, intenso nacionalismo. Las gentes de Estados Unidos son un aluvión de gentes del mundo entero que, además, han masacrado a los americanos auténticos (los indios). Sin embargo, en un proceso sorprendente, las generaciones son rapidísimamente asimiladas a la idea de lo americano, hasta el punto de que los habitantes de Estados Unidos, o cuando menos los WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) se sienten superiores en términos casi racistas. Josiah Strong escribe en su libro Our Country, en 1885: «Can anyone doubt that this race, unless devitalized by alcohol and tobacco, is destined to disposess many weaker races, assimilate others, and mold de remainder, until, in a very true and important sense, it has Anglo-Saxonized mankind?» (¿Puede alguien dudar de que esta raza, aún debilitada por el alcohol y el tabaco, está destinada a desposeer a muchas razas débiles, asimilar otras y moldear al resto hasta que, en un sentido verdadero e importante, tenga una humanidad anglo-sajonizada?)

En este caldo de cultivo, en los años anteriores a la guerra hispano-estadounidense creció en el país todo un movimiento que se ha dado en llamar jingoísmo. Un famoso espectáculo musical inglés de la época incluía a un personaje, llamado Jingo, un tipo que nunca buscaba pelea pero que, sin embargo, era tremendamente susceptible, así pues respondía siempre que era tan sólo levemente provocado. Theodor Roosevelt, el machista y racista militar que llegará a la Casa Blanca cuando toda esta olla está hirviendo, será el mayor jingoísta del país, argumentando que Estados Unidos no quiere luchar con nadie pero que, si lo hace, «tenemos los barcos, tenemos los hombres y tenemos el dinero necesario». En ninguna de las tres cosas mentía.

En el fondo, el jingoísmo es una ideología un poco tramposa. Teóricamente, significa yo me voy a quedar quietecito mientras no me provoquen. Pero, con el tiempo, cada vez más el concepto de «no me provoquen» empezó a significar, cada vez más, «no hagan lo que yo quiero que hagan». A Estados Unidos, en todo caso, le ha costado muchas décadas asumir su papel de líder mundial y, todavía, Franklin Delano Roosevelt tuvo que enfrentarse, en la segunda guerra mundial, a una opinión pública que era más bien poco proclive a la idea de mandar a sus chicos a las playas de Normandía. De hecho, esta situación es la que ha provocado que la Historia se pregunte constantemente en qué condiciones se produjo la anexión japonesa de Pearl Harbour, hasta qué punto FDR lo sabía, y hasta qué punto dejó que ocurriese, porque sabía que era la forma de conseguir que el país entrase en la guerra.

Hay otro factor que explica notablemente la escalada que llevó a la guerra contra España: la prensa. El siglo XIX es el momento de los grandes inventores de la prensa sensacionalista, los editores William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer. Especialmente el primero, que inspiró el personaje de James Foster Kane en la inolvidable obra maestra de Orson Welles. Una anécdota de Hearst, no sé si cierta pero desde luego creíble, es que en cierta ocasión envió a un periodista a Cuba para que le enviase crónicas sobre la guerra de los mambises contra los españoles. El corresponsal, después de unos días de aclimatación, envió un telegrama que más o menos decía: «No guerra en Cuba. Puedo enviar poemas». Hearst le contestó: «Tú envía poemas. La guerra la pongo yo».

El gran chollo para la prensa amarilla estadounidense (que, por cierto, se llama amarilla por un personaje de una tira de los periódicos de Hearst, que era completamente amarillo como lo son hoy los Simpson) fue el general Weyler. Como ya hemos visto al analizar el punto de vista español, Weyler llegó a Cuba a aplicar la mano dura, y la aplicó. Esta política fue ampliamente recogida, y en ocasiones «creativamente amplificada», por la prensa amarilla estadounidense, creándose con ello una imagen de los españoles como invasores medievales que trataban a la insurgencia cubana con violencia inquisitorial.

Las presiones jingoístas y de la prensa fueron continuadas en el último cuarto de siglo. El presidente Grover Cleveland era un decidido pacifista, y consiguió evitarlas. Pero su sucesor, William McKinley, no tuvo tanta suerte.

A los americanos siempre les ha gustado tener presidentes que han luchado en la guerra. Hoy por hoy, sigue siendo de cierta importancia que los candidatos hicieran alguna cosita en Vietnam. McKinley llegó a la presidencia, entre otras cosas, porque había luchado en la guerra de secesión, algo que ya empezaba a estar lejano (de hecho, fue el último presidente de los EEUU que estuvo en esa guerra). Resultó elegido en 1896. Era un tipo muy religioso y más bien pacífico. De hecho, trató de enfriar la olla cubana convenciendo a España de alguna solución pactada, del tipo de dotar a Cuba con el estatus que entonces tenía Canadá en la Commonwealth o, como hemos visto, directamente venderle la isla a Estados Unidos. También sabemos el tipo de respuesta que le dio España. De hecho, lo que hicimos los españoles fue despreciar a McKinley, pues aquel metodista estaba muy lejos de dar la imagen de lo que entonces pensábamos que debía ser un hombre de Estado. España, de hecho, tenía muy poca idea del poder y la capacidad de Estados Unidos, pues seguía siendo un país eurocéntrico. En decisiones como la adopción de su horario oficial (que está extrañamente alineado con el de Berlín), la España de finales del siglo XIX está mostrando claramente que hace una lectura del poder mundial un poco aún de los tiempos de Napoleón, cuando las cosas han cambiado ya un poquito.

En febrero de 1898, por fin la prensa amarilla encontró lo que estaba buscando para prender la mecha. El New York Journal, propiedad de Hearst, publicó una carta confidencial del embajador español en Washington, Enrique Dupuy de Lome, a un amigo en La Habana, en la que ponía a McKinley de tonto para abajo. La cosa se puso chula.

Y entonces ocurrió lo del Maine.

Remenber the Maine, to the hell with Spain. Éste fue el pareado (en pronunciación inglesa, Maine y Spain riman) que la prensa amarilla repetiría machaconamente tras el incidente. El buque de guerra estadounidense Maine se encontraba el 15 de febrero surto en el puerto de La Habana tras haber sido enviado allí para proteger los intereses americanos en caso de que surgiesen problemas con los españoles. Ese día, el barco explotó, matando a 266 estadounidenses.

A día de hoy, lo cual casi seguro quiere decir para siempre, no sabemos exactamente qué pasó. La comisión española de investigación concluyó que la explosión tuvo un origen interno y, probablemente, accidental. La comisión estadounidense, por el contrario, concluyó que la explosión había sido externa y se había debido a una mina o un torpedo, por supuesto colocado o lanzado por España. Esta tesis permaneció inalterada por parte americana hasta 1911, cuando el caso se volvió a investigar, aunque la única variación que generó dicha investigación fue la teoría de que la mina, probablemente, era más pequeña de lo inicialmente estimado.

En 1976, un almirante estadounidense, Hyman G. Rickover, dirigió una nueva investigación sobre el asunto. Ya con casi cien años de distancia, los estadounidenses se mostraron más cercanos a las tesis españolas y, de hecho, este equipo de investigación tomó como la tesis más probable que la explosión fuese generada por un fuego en alguna de las calderas de carbón del barco. En febrero de 1998, coincidiendo con el centenario del evento, la revista National Geographic hizo su propia investigación, usando simulaciones por ordenador y esas cosas, y llegó a una conclusión que más parece gallega que estadounidense: lo mismo fue una explosión interior que exterior. Muy listos los del Geographic. Gracias a ellos, hemos podido descartar la tesis de que el Maine fuese impactado por la estrella que mató a los dinosaurios.

Sea la que sea la razón del estallido del Maine, lo cierto es que ejerció sobre la sociedad norteamericana exactamente el mismo efecto que el ataque de Pearl Harbour. Las encuestas de aquella época indican una opinión pública que se definía en un 90% por el odio a España; un nivel de consenso parecido al alcanzado en el 2004 en España contra la guerra de Iraq. Los jingoístas se sentaban en las escaleras del Capitolio, demandando guerra. McKinley, en realidad, seguía sin querer la guerra. Pero ya no pudo parar al Congreso, que la declaró el 25 de abril. Las peticiones de guerra eran constantes en la prensa y en las calles. Muchos historiadores estadounidenses suelen criticar a España por no querer vender Cuba a causa de nuestra acromegálica idea del honor, que nos hacía incapaces de aceptar un trato así. Y es cierto que España se creía en la necesidad de defender su reputación; pero lo cierto es que Estados Unidos también entró en la guerra por la misma razón. Para los americanos, la agresión del Maine fue un golpe en la reputación de lo americano y, por eso, exigieron venganza, acción. Y la tuvieron.

Como ya sabemos, fue una guerra corta y desigual; lo cual no evitó que la prensa amarilla siguiera haciendo de las suyas, afirmando cosas como que España tenía planes para invadir la costa Este por sitios como Newport o Rhode Island. Para mearse de risa.

En la conferencia de París, celebrada en diciembre de 1898 y en la que España dijo adiós a los restos de sus colonias, no estuvieron ni los insurgentes cubanos ni los filipinos (no olvidemos que la primera batalla de la guerra de Cuba es la de Cavite y que la dominación de Filipinas también está sobre la mesa). Con esto, Estados Unidos dejaba bastante claro lo que le importaban los movimientos independentistas, algo de lo que volveremos a hablar en la tercera toma de este coñazo, cuando hablemos desde el punto de vista cubano.

Dejando aparte Cuba de momento, lo que sí conviene decir aquí es que el gran problema de París no fue Cuba, sino Filipinas. Estados Unidos tenía miedo de abandonar las islas y dejarlas a su suerte sin dueño, porque no confiaba en Aguinaldo, el líder independentista, y sabía que Alemania andaba por esas aguas buscando islas para dominar (por ejemplo, las Carolinas que acabó afanándole a España). Por ello, McKinley y sus estrategas comenzaron a elaborar argumentos variados para justificar la anexión a los Estados Unidos, algunos de estos argumentos tan peregrinos como que los EEUU habían sido llamados a cristianizar Filipinas (un país ya entonces mayoritariamente católico, esto es, cristianizado by default). España, en un último intento de pillar algo, argumentó en París que Estados Unidos nunca había intentado invadir Filipinas, así pues no tenía derecho a anexionarse la isla así como así; ésta es la razón de que McKinley aceptase pagarnos 20 millones de dólares (por Filipinas, no por Cuba). El acuerdo fue aprobado por el Senado por un estrecho margen, teniendo en cuenta que la tentativa despertó en el país toda una campaña anti-imperialista en la que participó, entre otros, el célebre escritor Mark Twain. Este sector de la intelligentsia americana llegaba tarde. Sus pretensiones de quebrar el proceso imperialista era ya algo más naive que otra cosa. Aunque tampoco se vaya a creer nadie que era un movimiento democrático; a la mayoría de los contrarios a la anexión lo que les preocupaba es que, si Estados Unidos se dedicaba a pillar territorios por ahí, acabase por contaminarse su pureza WASP.

La decisión, en todo caso, inició una guerra de guerrillas en Filipinas en el mismo 1898. En cuatro años, le costó 4.000 vidas americanas. Filipinas no sería independiente hasta 1946.

En suma, la guerra de Cuba sirvió para que Estados Unidos tensara los músculos y se diese cuenta de que, ahora, era el matón del barrio. Aunque, como sabemos bien, sus bravuconadas, luego, no le han salido siempre bien.

sábado, diciembre 15, 2007

El 98. 1: El día que España descubrió que era una puta mierda

Quiero iniciar este post haciéndoos una pregunta: en vuestra opinión, ¿cuánto tarda el inconsciente colectivo de un país en olvidar una guerra que le causó, más o menos, un cuarto de millón de muertos? 250.000 fallecidos son muchos. Yo diría que es algo que tarda en olvidarse.

Este hecho es la razón de que, en la Historia de España, la guerra de Cuba tenga tanta importancia. Perder esa guerra nos sumió a los españoles en un proceso, conocido como el 98, en el cual nos sumergimos en un notable pesimismo sobre nosotros mismos, nuestras capacidades y modernidad, que dicen quienes saben de esto que fue notablemente creativo y animó las grandes líneas de evolución del país durante el siglo XX (aunque también, añado yo, alimentó los enfrentamientos). Ignoro sinceramente cuál es el tratamiento que dan las escuelas estadounidenses y cubanas a estos hechos, pero sí tengo muy claro que, hoy por hoy, la guerra de Cuba le importa tres narices a los currícula escolares españoles, lo cual es notablemente injusto, pues si estudiar los hechos históricos es estudiar aquéllos que influyen en la evolución del país, la guerra de Cuba está situada en la lista de los verdaderamente importantes, junto con cosas como la Reconquista o la propia guerra civil.

Para intentar convenceros de esto inicio hoy una corta serie de posts en la que pretendo analizar el mismo hecho desde tres puntos de vista diferentes, es decir los de las tres partes que se vieron implicadas en aquel follón: España, Estados Unidos y la propia Cuba. Vayamos por partes, pues.

Para España, Cuba era la última perla de un collar ya muy gastado. A lo largo del siglo XIX, y a pesar de intentos un poco lelos como la recuperación de Santo Domingo en 1861, el país ha ido perdiendo sus colonias hasta quedarse tan sólo con Filipinas, Puerto Rico y Cuba, territorios llamados de ultramar donde conserva mercados interesantes, pero que llevan la impronta de la escasa capacidad de evolución por parte de gobiernos que, en mchos casos, bastante tienen con pervivir. Así pues, en las colonias de ultramar la modernidad entra malamente y con retraso, hecho éste que es palmario a través del síntoma de que, en algunos de estos territorios, la esclavitud humana sigue siendo legal cuando el país habitualmente tenido por epítome de la crueldad hacia el ser humano, los Estados Unidos, ya ha aprobado esa asignatura.

Desde el primer cuarto del siglo XIX, España es consciente de que Estados Unidos se sabe potencia puntera en el área, hecho éste que se concreta en la famosísima doctrina Monroe, es decir «América para los americanos»; frase que, en realidad, viene a significar «donde mandan los Estados Unidos no manda ni Dios».

Sin embargo, no todos los intentos por eliminar la influencia de otras potencias, como España, en el continente, son violentos. En 1848, año en el que EEUU le birló a México unos cuantos metros cuadrados, el secretario de Estado norteamericano, James Buchanan, convence al presidente James Knox Polk para que haga una oferta a España de 100 millones de pesos a cambio de la isla de Cuba. Dicha oferta fue transmitida al gobierno de Madrid por el embajador en la plaza, M. Saunders. ¿Qué les contestamos? Pues, simple y llanamente, que preferíamos hundir la isla en el mar que vendérsela; una respuesta muy española.

En 1854, Estados Unidos volvió a plantearse seriamente la compra de la isla, tras el conocido como Manifiesto de Ostende, en el que tal fue el consejo que le dieron al presidente Franklin Pierce sus embajadores en Madrid, París y Londres (Solué, Manso y Buchanan). El Manifiesto de Ostende tiene importancia porque es la primera vez que los estadounidenses pusieron negro sobre blanco que, caso de no querer España vender la isla, a los Estados Unidos les quedaría la posibilidad de quitárnosla a hostias.

En 1868, coincidiendo con la revolución liberal en España, estalla también, con el grito de Yara, la insurrección cubana (que fue aplaudida ipso facto por el Congreso de Washington). En 1869 un agente cubano, de nombre Forbes, hace una nueva oferta de compra de la isla al gobierno español; de alguna forma, Cuba propone comprarse a sí misma. Aunque, en realidad, quien está detrás es Estados Unidos, que trata de vender la cosa del pago en forma de indemnizaciones del pueblo cubano a España por las molestias. Es el hombre fuerte de España en ese momento, el catalán Juan Prim, que era notablemente centralista. Ya sé que suena mal en un catalán; en un catalán, además, que ha dejado palabras en el diario de sesiones del Congreso bastante claras sobre la necesidad de comprender las aspiraciones del catalanismo; pero es lo cierto que a Prim la autonomía de Cuba le movía a reacciones parecidas a las que provoca en mí la sonrisa de Yola Berrocal. Y, como ya hemos tenido ocasión de contar, existe la posibilidad de que esta miopía, ausencia de seny o lo que fuese, le costara la vida.

Prim, pues, dice que y un huevo. A pesar de que trata de mostrar flexibilidad (ofrece un referendo sobre la independencia), no quiere que el tema de Cuba se trate en serio, mucho menos que lo mangoneen los yanquis. Su decisión sumirá a Cuba en una larguísima guerra insurreccional, de 1868 a 1878, en la que los soldados españoles morirán como chinches (no menos de 200.000; y piénsese que, en ese momento, España tiene aproximadamente 18,5 millones de habitantes. ¿Qué diríamos de Iraq si hubiese costado la vida de 485.000 españoles?) Esta, por así decirlo, primera guerra de Cuba, termina con la llamada Paz de Zanjón, alcanzada por el general Arsenio Martínez Campos, y que dará para que la cosa no se vuelva a torcer hasta 1895. Esta paz se consiguió a base de pactar reformas, sobre todo la apertura de elecciones a los ayuntamientos y para la designación de representantes cubanos en las Cortes españolas; reformas que nunca se llevaron a cabo, motivo por el cual las hostilidades acabaron por recomenzar.

¿Qué es lo que pasa entre 1878 y 1895? Pues varias cosas, pero sobre todo una: la inmensa labor filosófica y literaria que se produce en Estados Unidos por parte de personas que creen que su país está llamado (y lo estaba) a tener un papel más importante en la política mundial, así pues consideraban que era lícito que se implicase en enfrentamientos diversos. El maestro de la novela histórica Gore Vidal lo cuenta muy bien en su obra Empire; volveremos sobre ello cuando tratemos todo este rollo desde el punto de vista de los Estados Unidos.

España, mientras tanto, vivía los primeros años de la Restauración, con lo que tuvo estabilidad política para haberse planteado políticas diversas; pero no lo hizo, porque, en primer lugar, fue incapaz de comprender el poder emergente de los Estados Unidos; y, en segundo lugar, asumió que Cuba estaba dominada por las fuerzas conservadoras terratenientes proespañolas, es decir, infravaloró a los insurgentes. Eso sí, ante sus graves tensiones presupuestarias, fue reduciendo progresivamente su presencia militar en Cuba, de modo y forma que, en 1895, cuando vuelve el baile, hay en Cuba algo menos de 75.000 soldados del ejército español, de los cuales apenas 14.000 son realmente españoles. El conocido por la Historia como grito de Baire, es decir el comienzo de la guerra cubana que acabó con la independencia de la isla, pilló a los españoles en bragas. Y eso que ya se había producido en 1879 un conato, el conocido como Guerra Chiquita. El general Martínez Campos, encomendado nuevamente de la Capitanía General de Cuba tras la insurrección del 95, escribe al presidente Cánovas reconocimiento que lo español es odiado por la ciudadanía cubana entera, descontados tan sólo algunos de los burgueses de las grandes ciudades.

El grito de Baire se produjo el 24 de febrero de 1895 y, como he dicho, pilló a los españoles, entre ellos a su primer mando el general Calleja, con el pie cambiado. Por ello, la rebelión se extendió rápidamente y los rebeldes pudieron, pocos días después, desembarcar en el este de la isla, donde tenían más apoyo. El 19 de mayo, España asesta el primer golpe en una acción armada en la que muere la Gran Esperanza Blanca de los insurrectos, el notable poeta José Martí. Sin embargo, los cubanos no ceden y en septiembre llegarán incluso a aprobar una constitución (reunión de Jimaguayú).

En octubre, Gómez y Maceo, líderes militares de los insurrectos, comenzaron la invasión de la mitad oeste de la isla, acción que tenía como objetivo fundamental paralizar la zafra azucarera y, consiguientemente, estrangular la economía cubana (que, como vemos, dependía básicamente de lo mismo que básicamente depende hoy en día). Esta ofensiva comenzó en Baraguá y terminó, en tan sólo tres meses, con la toma de Mantua (22 de enero de 1896).

El gobierno español pudo pensar en negociar. Pero en lo que pensó fue en ganar la guerra, como fuese. Cesó a Martínez Campos, un militar de talante negociador (al fin y al cabo, había terminado la primera guerra con un pacto) y lo sustituyó por un halcón, un militar amigo de la mano dura: Valeriano Weyler. Prueba de que Martínez Campos no era el hombre para aplicar mano dura es la confesión que hace en una carta a Cánovas, en la que confiesa que «tengo creencias que son superiores a todo y me impiden los fusilamientos y otros actos análogos». No era el caso de Weyler.

Weyler se planteó endurecer la mano y, por primera vez desde el inicio de esta segunda guerra, obstaculizar de verdad la acción de los insurrectos; su dureza tuvo efectos colaterales, como alimentar las historias de la prensa sensacionalista americana, que se hizo de oro contando atrocidades ciertas y no tan ciertas que presuntamente estaría cometiendo Weyler. El general dividió la isla en tres zonas delimitadas por trochas, que así se llamaban a las líneas flanqueadas por fuertes que eran defendidos por pequeñas fuerzas de una veintena de hombres. Las trochas se podían comunicar por medio de reflectores (un poco el sistema de alarmas que utilizan los ejércitos de Rohan en El Señor de los Anillos). Militarmente, esta racionalización del ataque español dio sus frutos. Weyler consiguió hacer retroceder a los insurrectos del sector occidental y, el 7 de diciembre de 1896, incluso logró matar a Maceo.

Lo que no consiguió la insurrección, sin embargo, lo consiguieron los hechos internos de España. En agosto de 1897, el anarquista italiano Angiolillo asesinaba al presidente Cánovas. Este político conservador fue sustituido por su opositor liberal, Práxedes Mateo Sagasta, nada partidario de la política de Weyler, por lo que éste fue cesado y sustituido por el general Blanco. Siguiendo su orientación liberal, algo más abierta, el gobierno Sagasta, cuyo ministro de Ultramar era Segismundo Moret, anunció reformas y un gobierno autónomo para Cuba; España trataba de acabar con la guerra por medio del diálogo.

Y, sobre todo, tranquilizar a Estados Unidos.

En marzo de 1897 había llegado a la Casa Blanca el presidente McKinley, un hombre con el cual el nuevo imperialismo americano se terminaba de consolidar. El 20 de mayo, el Congreso de EEUU aprobó la llamada Propuesta de Morgan, por la cual se reconocía el derecho de los cubanos a hacerle la guerra a España. En septiembre, estalló la bomba: el embajador americano en Madrid, Woodford, anunció al gobierno Sagasta que, o la guerra con los cubanos terminaba el 1 de noviembre, o los Estados Unidos intervendrían. Los españoles contestaron recordando que habían prometido reformas. El 6 de diciembre, en su mensaje al Congreso, McKinley nos contestó diciendo claramente que las tales reformas eran insuficientes; que quería una paz, y una paz justa, es decir no una victoria militar (que, por otra parte, estábamos lejos de obtener).

Éste fue el momento, en el año 98, cuando se desarrolló en España el carpetovetónico orgullo hidalgo, idiota y miope. Se decía en la prensa que los americanos todo lo que tenían era un ejército capaz de matar indios, pero que cuando se enfrentasen a españoles les íbamos a dar la del pulpo. Se decía que no sabrían maniobrar sus barcos y luchar contra una armada gloriosa de siglos, formada por marinos que sí sabían navegar (la triste historia es que las restricciones presupuestarias de décadas habían dejado la Armada española bajo mínimos, y Estados Unidos era ya, entonces y de largo, la mayor potencia naval del mundo). Al gobierno no le faltaron advertencias, como la del almirante Cervera, quien en marzo de 1898 le advirtió que con nosotros los barcos americanos no tenían ni para empezar. Pero los ministros no hicieron ni puto caso.

En la isla las cosas no iban mejor. El ejército de Cuba totalizaba ya 200.000 efectivos (entre los cuales se cuenta, por cierto, un joven observador británico llamado Winston Churchill), pero de éstos casi 140.000 estaban enfermos o heridos. Esta tropa de soldados afiebrados tenía frente a sí a 50.000 mambises capaces de cualquier cosa en su selva y una potencia en el norte capaz de poner 100.000 hombres más en los campos de batalla en relativamente poco tiempo. ¿Teníamos alguna oportunidad de ganar la guerra de Cuba? No sé; quizá, si la hubiésemos comenzado en 1492…

En medio de todo esto ocurrió lo del Maine. Creo que lo lógico es desarrollar mejor esta parte cuando hablemos de la guerra desde el punto de vista americano. Pero, con todo, a mí me parece que el asunto del Maine tiene gran importancia, sin duda; pero, en todo caso, de lo que ya os he contado creo que se deduce que el ultimátum americano de 18 de abril se habría producido, en todo caso, con Maine o sin Maine. Había una dinámica, y esa dinámica era ya muy fuerte horas, días o semanas antes que, por causas que nunca sabremos con exactitud, este barco estadounidense estalló por los aires.

La guerra hispano-estadounidense se decidió en el mar. Los Estados Unidos sabían bien que España quedaba a tomar por culo de Cuba y que, por lo tanto, la guerra era para nosotros, sobre todo, un problema de aprovisionamiento; una vez cortada la línea de provisiones, guerra ganada. Y las provisiones llegaban por barco.

El almirante Dewey, jefe de la flota americana, se había situado en Hong-Kong en los días del ultimátum y, una vez iniciada la guerra, puso proa hacia Filipinas. El 1 de mayo, en la bahía de Cavite, no dejó ni los palillos de dientes. Al crepúsculo de aquel día, España había perdido 6 cruceros, 3 cañoneros, 167 marinos y tenía 214 heridos. Los americanos tenían 12 heridos. Sic.

Nos dieron hasta en el cielo de la boca.

Tenemos los españoles el mérito histórico de haber sido poco menos que los inductores de eso que se ve ahora en las pelis y series americanas que transcurren en la Casa Blanca, es decir esa sala secreta desde donde se siguen los conflictos. Fue precisamente para la guerra de Cuba donde por primera vez, en la mansión de la avenida de Pennsylvania, se montó esa sala operativa que coordinaba todas las noticias de enfrentamientos. Sólo que no se montó en el sótano, donde creo que está ahora, sino en la segunda planta (hemos de recordar que entonces no había aviones, así pues la Casa Blanca no podía estar amenazada por el aire).

De culo, cuesta abajo, sin frenos y contra el viento, lo que quedaba de la escuadra naval española, al mando del mismo almirante Cervera que había predicho que perderíamos por goleada, se atrincheró en el puerto de Santiago de Cuba. Una flota dirigida por el almirante Sampson bloqueó el puerto y se dedicó a esperar. Sabía que la liebre, tarde o temprano, tendría que salir de la madriguera. Que la guerra seguía su curso, los ejércitos necesitaban pertrechos y llegaría el momento que los españoles tendrían que salir a buscarlos.

El 10 de junio, los marines desembarcan en Guantánamo (de donde, por cierto, ya no se han ido). El día 22, otro ejército desembarca en una localidad cubana cuyo nombre produce algún que otro mareo: Daiquirí. Con este desembarco, el general Shafter inicia una estrategia de pinza con los rebeldes, tratando de aislar Santiago de Cuba. Una división americana toma Siboney el día 23. Al día siguiente se produce el llamado combate de las Guásimas. 2.000 españoles tendieron una trampa a los americanos, pero éstos eran tantos que la cosa no salió muy bien.

El 1 de julio se producen las batallas de El Caney y de San Juan, con las que Shafter pretendía colocarse a las puertas de Santiago. Hasta siete oleadas de infantería rechazaron los españoles en El Caney, pero con la octava ya no pudieron, entre otras cosas porque habían registrado unas bajas del 90%, es decir, la tasa registrada en las unidades más expuestas del desembarco de Normandía. En la acción de San Juan brilló un teniente americano llamado Teddy Roosevelt, que pronto llegaría a presidente.

En El Caney, poco menos de 300 españoles mataron a 441 estadounidenses. En San Juan, las bajas están muy equilibradas. Fueron dos batallas de extremada dureza, hoy olvidadas.

Santiago estaba, pues, cercada. Había llegado el momento que Sampson esperaba, en el que la liebre tenía que salir de su madriguera. El 3 de julio de 1898, el buque insignia español, llamado María Teresa, se lanzó a toda máquina contra el acorazado Brooklyn, disparando, tratando de atraer hacia sí a los barcos americanos y permitir al resto de la flota salir de najas del puerto. Los americanos no cayeron en la trampa. Cuatro horas más tarde, se habían apiolado cuatro cruceros acorazados, habían hecho 323 muertos, 150 heridos y 1.720 prisioneros. En el lado americano, un muerto y un puñado de heridos.

Muchas veces he escuchado la historia de que, mientras se producía esta batalla (por llamarla de alguna manera), el gobierno español, en Madrid, estaba en los toros celebrando por adelantado una victoria que daba por segura. Jamás he encontrado un libro de Historia que diga cosa tal, así que doy en pensar que es una leyenda urbana histórica, que haberlas hainas.

El 18 de julio, el gobierno español inicia gestiones para solicitar un armisticio. El 10 de diciembre, en París, firmaba el fin de su presencia en el Pacífico, con la excepción de las islas Carolinas, Marianas y Palaos, que poco tiempo después vendería a Alemania (aunque la voluntariedad de esta acción no fue completa; pero ésa es otra historia).

Ese acuerdo fue, para España, el traumático momento en que se dio cuenta de que el que fue un día Imperio donde nunca se pone el sol, ahora era una puta mierda. Las huellas del 98 se dejan sentir aún hoy en día en tantos y tantos españoles siempre dispuestos a ponderar en mayor valor lo que viene de fuera que lo propio. El 98 alimentó la leyenda negra que quiere ver en España un país más atrasado que la media, anclado en el pasado, ineficaz y ególatra. De la noche a la mañana, descubrimos que, lejos de ser ya el niño más fuerte del patio, cualquier matón de medio pelo nos podía sacar la mugre sin problemas. En parte, las dos Españas nacen de las dos distintas formas de enfrentarse a ese problema.

Lo tenemos encima, aunque no lo veamos.

miércoles, diciembre 12, 2007

Usera

Por mucho que la Historia lo intenta, no consigue hacer justicia a todos quienes en ella destacan. El tiempo es un juez muy duro y, tarde o temprano, para la mayoría de las personas una vez recordadas llega el olvido. Su traza sigue ahí; dan nombre a tal o cual lugar, pero las personas pronuncian ese nombre sin tener realmente conciencia o información sobre a quién se están refiriendo.

El Madrid moderno ha tenido diversos constructores y uno más famoso que ninguno: el marqués de Salamanca. En realidad, yo creo que si le preguntasen a la mayoría de los madrileños, contestarían que Madrid, como ciudad, es mérito de Carlos III y del marqués más o menos a partes iguales. Pero Madrid es muy grande y en él hay sitio para otros constructores. Hoy os quiero hablar de uno que está en boca de muchos madrileños, aunque, en realidad, no sepan quien es: Marcelo Usera.

Nació Marcelo Usera en 1874, de una familia de posibles. Su padre era inspector de ingenieros de minas y ganaba sus peculios para poder pagar una vida y unos estudios a sus cinco hijos, aunque lo pagaba a base de prolongadas ausencias de casa. Ausencia que pronto se hizo extrañamiento, porque fue destinado a Cuba, que entonces aún era española.

En 1890, los buenos oficios del señor Usera padre le granjearon el nombramiento de inspector general del Cuerpo de Ingenieros, motivo por el cual regresó a España. Sin embargo, en ese momento, de gran felicidad para la familia, sobrevino la tragedia, pues el buen hombre falleció repentinamente en aquel viaje de regreso. Marcelo, que hace la carrera de Filosofía y Letras, tiene que empezar a ayudar a mantener a su familia a base de dar clases, lo cual no le impide también estudiar Derecho.

Ésta es la vida de Marcelo Usera, la vida pues de un burgués venido a menos, golpeado por la mala suerte, hasta que en 1904, con treinta años de edad, se casa con Carmen del Río. Su esposa posee algunas tierras de labrantío pasado el Manzanares, tocando Carabanchel, Villaverde y el propio término municipal de Madrid. Esto le permite a Usera penetrar en el mundo de la producción agropecuaria, donde destacará. En 1912, con ocasión de la Exposición Agrícola y Ganadera Internacional que se celebra en Madrid, recibe varios premios. Y no es ésta la única prueba del talento organizador de Marcelo. A los veinte años se había ido, como todos los pobres, a hacer el servicio militar, alcanzando el grado de oficial y adquiriendo una serie de experiencias que le permitieron redactar un trabajo titulado Suministros a un ejército en operaciones; obra que llamó la atención nada menos que del rey Alfonso XIII, el cual acabará pagándole la edición del estudio y los costes derivados de la expedición del título de abogado.

Es tras la primera guerra mundial cuando Usera comienza a madurar la idea de que Madrid va a crecer. Una idea ciertamente visionaria; ahora parecerá muy fácil creer en ella, pero lo cierto es que, en los primeros años del siglo pasado, Madrid era una ciudad provinciana que ejercía de capital administrativa, que no económica, de un país más bien poco productivo; nada parecía indicar que habría de crecer significativamente.

Marcelo Usera decide, como décadas antes el marqués de Salamanca, construir un pequeño Madrid dentro de Madrid. Pero no puede. Las tierras que posee tras su matrimonio, ya lo he dicho, están muy dispersas; hay parcelas por aquí y por allá. Así que él comienza una labor de concentración basada en la permuta; se deshace de tierras en Carabanchel y Villaverde, sectores que en ese momento quedan muy lejanos a las líneas de expansión que él imagina, a cambio de tierras en el área de Madrid.

Una vez conseguidas las tierras, Usera promueve y comienza a comercializar las casas de su nuevo barrio, que en su origen se denominó La Legión ya que aquel hombre, al parecer, tenía gran admiración por Millán Astray, el militar que la fundó; de hecho, las calles y plazas del nuevo barrio llevan nombres de distintos jefes legionarios (una calle, por cierto, se denomina del Comandante Franco). En realidad, los nombres del futuro barrio de Usera son muy curiosos; en la primera mitad del siglo XX, en una medida que por cierto me parece muy recomendable, los vecinos tenían la potestad de decidir los nombres de las calles de sus barrios. Por este motivo, las calles del barrio de Usera llevan, en muchos casos, los nombres de parientes o empleados de Usera que eran conocidos en el barrio.

Según la documentación que he podido leer, Usera vendió 300 parcelas de La Legión, a 30 céntimos el pie. Luego acometió una operación muy parecida en un barrio conocido como El Parador del Sol, más o menos donde hoy está el puente de Praga; y, por último, promovió la construcción del barrio que lleva su nombre.

Se dice que por una parcela que le faltaba en su barrio, que valía unas 125 pesetas, Usera pagó 5.000. La gente pensó que era gilipollas. Pero, una vez urbanizada, la vendió por 30.000.

Ideó un barrio para unos 10.000 pobladores en casas de una a tres plantas; un concepto muy rural que el crecimiento de Madrid acabó, digamos, «matizando». No sé muy bien cuántas personas viven hoy en el barrio de Usera, pero para que sean seis o siete veces la cifra inicial, no tiene que pasar nada.

Usera falleció el 29 de enero de 1955. En su barrio había donado el suelo para la construcción de un colegio, que al parecer consideraba su gran obra. Su testamento dejaba en herencia en nuda propiedad a dicho grupo escolar, con una riqueza equivalente a un millón y medio de pesetas; una pasta para la época.

Nadie duda que don Marcelo quería hacer dinero, y lo hizo. Pero su labor tiene el tufo de esas personas que, además de hacer dinero, hacen otras cosas. Las crónicas de la época dibujan a un Marcelo Usera conocido por sus vecinos, a la par que clientes, los cuales, como acabo de decir, nombraban las calles con personas de su entorno, como si de una especie de familia se tratase. Así pues, el barrio de Usera hoy existente, con su nombre quizá olvidado para muchos, sirve para recordarnos algo sobre lo que a menudo dudan muchas personas: nos viene a recordar que, para hacer dinero, no es estrictamente necesario ser un cabrón.

sábado, diciembre 08, 2007

La huelga de actores del 75

No sé si en otros países será igual, pero en España la implicación de los actores en política es bastante intensa. A mí es algo que no me parece ni bien ni mal; lo que no acabo de entender es la importancia que se le da. Comprendo que los actores son gente conocida y tal; pero también es conocido Chiquito de la Calzada, y no creo que sus opiniones políticas le importen demasiado a nadie. Me resulta difícil de entender por qué es tan importante la opinión política de Pilar Bardem. Yo, al fin y al cabo, desconozco lo que ha estudiado, lo que ha leído y lo que ha reflexionado esta persona. Así las cosas, en frío me parecen más atendibles las opiniones de mi vecino Raúl o de mi primo Rafa, personas a las que conozco y de las que sé, más o menos, cómo se han formado. Si Federico Luppi piensa que a no sé quién hay que rodearlo de un cordón sanitario, respeto su opinión; pero no tengo ninguna razón para pensar que sea una opinión sólida, o endeble. Simplemente, desconozco por completo si este señor es, en materia de cultura política, un mastuerzo o un premio Nobel; y me cuesta entender a la gente que le sigue, o le ataca, sin saberlo.

Por unas razones o por otras, ya lo he escrito, los actores siempre han sido espadaña política. También lo fueron en época de Franco. De hecho, y es el recuerdo del que me quiero ocupar hoy, el año 1975, uno de los años cruciales de la Historia de España porque al final del mismo moriría el general Franco, el año 75, digo, casi comenzó con una huelga de actores.

Una huelga muy sonada en un país sin huelgas. Esto es algo que tal vez sonará extraño a aquéllos de mis lectores que hoy tengan, digamos, menos de 35 o 40 años. Pero, sí, hubo un tiempo, en España, en el que las huelgas eran ilegales, no podían existir. Para desgracia del franquismo, sin embargo, las huelgas existían, en el sentido de que la gente dejaba de trabajar y tal. La cosa le había funcionado razonablemente bien a Franco mientras el miedo a la guerra continuó ahí, en el inconsciente colectivo. No obstante, desde los años sesenta, las cosas empezaron a cambiar, por dos razones principales: la primera, el intercambio generacional, pues, después de más de veinte años de paz, se habían incorporado a las plantillas laborales un montón de personas jóvenes que no tenían tanto miedo. La segunda razón fue la inteligente estrategia del Partido Comunista (la única oposición seria que tenía entonces el franquismo; lo demás eran guateques tortilleros), que se dio cuenta de que ni iba a poder invadir España, ni con el maquis había ido a ninguna parte, ni la comunidad internacional se iba a convencer de que tenía que echar a Franco. Así las cosas, los comunistas decidieron dinamitar el franquismo desde dentro y eso, en el ámbito de las relaciones laborales, supuso el nacimiento de las Comisiones Obreras, un movimiento diseñado para minar al sindicato único falangista desde dentro. Quizá algún día hablemos del año, 1962, en el que estas estrategias alcanzaron la mayoría de edad.

Ahora estamos bastante más tarde. En febrero de 1975. Hace entonces un año de un hecho entonces de gran trascendencia política y, se decía, histórica, que fue el llamado Espíritu del 12 de febrero, al que algún día, si tengo tiempo y vosotros paciencia, le dedicaré un post. En España se notan aires de apertura, pero de apertura al modo franquista: se abre la mano, pero sólo a quienes acepten las reglas de juego del régimen. Las fuerzas de oposición no tragan; no quieren participar en una apertura en la que no se dan las libertades objetivas que en una democracia se dan. Entre ellas la huelga. Y es por ello que el gobierno se está planteando permitir huelgas legales de alguna manera; una tentativa que le costará una crisis de gobierno pues el ministro de Trabajo, Licinio de la Fuente, dimitirá; y, en cualquier caso, no se llevará a cabo hasta 1976, con Franco ya muerto. La huelga, en ese momento, es ilegal y, cuando Franco se muera, seguirá siendo, cuando menos, cuasiilegal.

A pesar de esa ilegalidad, el día 4 de febrero, quince teatros de Madrid colocan en sus taquillas el siguiente letrero: «Por incomparecencia de los actores, se lamenta informar que la sesión de hoy queda suspendida». En la sesión de noche son ya veintiuno los teatros donde no se da sesión, es decir la totalidad de la oferta teatral de la capital. Pronto serán secundados por los actores que trabajan en Televisión Española (la única televisión de España entonces). Y para aquello sí que había que tener cataplines. Leer un manifiesto y encadenarse a un árbol es relativamente sencillo en democracia. Pero para montarle una huelga a Franco y dejarlo sin teatros, había que tenerlos bien puestos. Quizá por eso, en la lista de animadores de la huelga no faltaron las mujeres.

No obstante tener una lectura política obvia, el conflicto de los actores era en su inicio un conflicto plenamente laboral. La profesión de actor estaba regida por una ordenanza laboral que se había aprobado en 1972 pero que, según los actores, estaba siendo sistemáticamente incumplida por los empresarios de los teatros. En tal tesitura, los actores querían plantear un conflicto colectivo y negociar un convenio en el que estuviesen escritas las relaciones laborales del sector en Madrid. Algo como muy normal. Si ocurre hoy, no ocuparía ni un breve en las publicaciones económicas.

Entre función y función, los actores habían celebrado una asamblea el 15 de diciembre de 1974. Hicieron acopio de reivindicaciones: mejor salario (ésta, obviamente, nunca falta), pago por los empresarios de dietas y gastos de desplazamiento (parece lógico que si se hace una representación en otra ciudad, estas cosas se paguen), cobrar los ensayos (hay que tener jeta para sostener que para un actor un ensayo no es curro), función única diaria (para mí que esto no lo han conseguido todavía), pagas extraordinarias y cobro de sueldos incluso cuando se suspenda el espectáculo. Como se ve, ni pedían amnistía para los presos políticos, ni una solución para el pueblo vasco ni nada parecido. Tenían reivindicaciones laborales, y bastante racionales, a mi modo de ver.

En la asamblea, los actores decidieron elegir unos representantes que negociasen por ellos. Fueron once los elegidos, la entonces famosa «comisión de los once», formada por: José Francisco Margallo, Vicente Cuesta, Lola Gaos, Jesús Sastre, Luis Prendes, Pedro del Río, Alberto Alonso, Jaime Blanch, José María Rodero, José María Escuer y Gloria Berrocal. Algunos no podéis tener memoria y otros la habréis perdido, pero en esta lista están algunos de los grandes dinosaurios de la escena española; es más, está el para mí mejor actor de teatro español que al menos yo he podido ver (Rodero). Y eso era, precisamente, lo que el franquismo no podía permitir.

El montaje del franquismo se basaba en la existencia de un sindicato vertical único que englobaba a trabajadores y empresarios. La idea nació del sueño nacional-sindicalista de José Antonio Primo de Rivera y Ramiro Ledesma, fundadores de Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) respectivamente, quienes se fusionaron en tiempos de la República en Falange Española y de las JONS e imprimieron su ideario en un documento de 27 puntos que, entre otras cosas, definía España como un inmenso sindicato de productores. Una idea fuertemente centralizadora de corte fascista que había sobrevivido malamente a los tiempos, entre otras cosas porque, como ya hemos dicho, portaba en su interior el sorgo de las Comisiones Obreras de Marcelino Camacho.

Teóricamente, en la teoría del franquismo quiero decir, las huelgas no eran necesarias porque, al estar huelguista y huelgado en la misma organización, el sindicato, en su seno se pondrían de acuerdo. Pero eso, precisamente, al franquismo le salía sarna cada vez que alguien hablaba de algún cauce de negociación por fuera de las estructuras de dicho sindicato. Y eso es, precisamente, lo que hicieron los actores de Madrid en su asamblea. Su mensaje al franquismo fue: tus delegados del sindicato nos la pelan; queremos que negocien nuestros once.

Tanto el presidente del Sindicato Nacional de la cosa del espectáculo como el del sindicato provincial madrileño se opusieron, claro, a que la famosa comisión de los once tocase pito en las negociaciones. Aducían el artículo 7 de la vigente Ley de Convenios, que atribuía a los representantes del sindicato vertical el monopolio de la discusión de los convenios.

El día 2 de febrero, hubo otra asamblea de actores en la Delegación Nacional de Sindicatos, a la que asistieron los jefes sindicales. Hubo 900 actores en la sala, de donde cabe colegir que debieron de estar hasta los que hacían de estatuarios. En dicha asamblea, los jerifaltes sindicales persistieron en la posición de impedir la participación de la «comisión de los once». Negativa que llevó a los otros 900 a votar la huelga.

El día 5 de febrero, tras un día sin teatro en Madrid, el gobierno se dio cuenta de que aquella huelga era más visible que otras, así que intentó pararla. El ministro de Relaciones Sindicales, Alejandro Fernández Sordo, se entrevistó con un grupo de actores; no hubo acuerdo. Fue ese día cuando los actores de la tele se unieron. El Estudio 1, a tomar vientos. La cosa se ponía seria.

El día 8 de febrero se produjo el acto de mayor tensión dentro de esta huelga. En el teatro Bellas Artes, junto con un grupo de actores, se encontraban reunidos otros que no trabajaban en dicho teatro en aquel momento, y fueron detenidos por la policía. La lectura de la nota oficial que hizo pública la Dirección General de Seguridad el día 10 tiene sus vetas de cachondeo.

La policía, decía la nota, había tenido noticia de que había piquetes de actores que coaccionaban a los que querían trabajar para que no lo hiciesen; argumento que parece más bien inventado teniendo en cuenta que las asambleas fueron multitudinarias y sus decisiones bastante unánimes. Además, decía la policía, se había detectado la difusión por parte de dichos piquetes de panfletos de una denominada Unión Popular de Artistas, filial [sic] del Frente Revolucionario Antifascista Patriótico. Puede ser creíble lo de la distribución de propaganda, pues entre los actores los había muy significados políticamente como Lola Gaos. Que la propaganda fuese del FRAP, ya se me hace más difícil de creer; quizá la policía estaba aquí intentando echar mierda sobre los actores, ligándolos a un grupo tan radical.

Los detenidos, proseguía la nota, habían sido sorprendidos «amenazando de forma violenta a los actores y actrices que se disponían a intervenir en la representación».

Los ocho violentos huelguistas que, según la DGS, amenazaban con hostiar al que trabajase resultaron ser: Antonio Malonda Sánchez, que entonces tenía 42 años; Yolanda Monreal Cartón, de 38; María Fernanda Agustina Sainz Rubio, de 33; José Carlos Plaza Galán, de 32; María Enriqueta Carballeira Troteaga; María de los Ángeles Heras Ortiz, de 30 años; Flora María Álvaro Puig, de 26; y Pedro María Sánchez Tercero, de 21 años.

Supongo que algún actor más o menos conocido se me está escapando con eso de que las filiaciones reales no coinciden con los nombres artísticos (1). Pero a alguno sí conozco, y por eso pregunto. ¿Os imagináis a la seria empleada de hogar de Paz Padilla en Mis adorables vecinos, o sea Tina Saiz (María Fernanda Agustina) «amenazando de forma violenta a los actores y actrices que se disponían a intervenir en la representación»? ¿Y a Enriqueta Carballeira? ¿Y si os digo que el nombre artístico de María de los Ángeles Heras Ortiz era Rocío Dúrcal?

Los detenidos fueron puestos en libertad algunas horas después, tras las gestiones de una comisión, una vez más, de actores y autores, de la que al parecer formaron parte Adolfo Marsillach y el recientemente difunto Fernando Fernán Gómez. No obstante, antes se les aplicó la Ley de Orden Público, en virtud de la cual les fueron impuestas multas de cierta importancia, a saber:

- 500.000 pesetas (3.000 euros) a Antonio Malonda, Yolanda Monreal, Tina Saiz y José Carlos Plaza.

- 250.000 pesetas (2.700 euros) a Enriqueta Carballeira.

- 200.000 lúas (1.200 euros) a Rocío Dúrcal.

- 100.000 pelas (600 euros) a Flora María Álvaro Puig y Pedro Mari Sánchez.

No he logrado averiguar si pagaron las multas de su peculio, de alguna caja de resistencia, o si se las arreglaron para no pagar. A lo mejor alguno de vosotros ve algún día a alguno de los protagonistas de esta historia, que todavía andan por ahí, y se lo puede preguntar.

Quienes peor lo pasaron fueron Antonio Malonda y Yolanda Monreal, que fueron repetidamente interrogados por haberse encontrado sus nombres en el diario personal de otra actriz que estaba en ese momento metida en un marrón mucho más jodido: Genoveva Forrest, que había sido relacionada por la policía con el repugnante atentado de la calle del Correo.

La huelga, ya lo he dicho, terminó el día 12. Con una aparente, sólo aparente, derrota de los actores, los cuales aceptaron que la comisión de los once no estuviese presente en las negociaciones del convenio. Sin embargo, a cambio ganaron la opción de romper dichas negociaciones si no les gustaban, con lo que, de hecho, los negociadores oficiales sindicales perdían su principal función en el mundo.

Para muchos madrileños, y españoles, aquella huelga sirvió para enseñarles que los actores tenían conciencia. A Franco, probablemente, se la trajo floja, pues no tengo noticias de que le gustase ir al teatro.


PS: Ya que a menudo se me comenta por correo electrónico que si puedo comentar las lecturas de las que voy sacando estas notas, diré que el desarrollo de esta movida lo encontraréis en un libro muy interesante que se llama 1975, el año de la Instauración (Madrid, Ed. Tebas, 1977), debido a la pluma del periodista José Luis Granados. Eso sí, echadle paciencia: a mí me costó lo mío encontrarlo (es por esto que no suelo comentar las lecturas, porque muchas de ellas son libros descatalogados).

(1) Por lo que he podido averiguar en internet, Antonio Malonda es un reputado director de teatro que, en la época de los hechos que relato, ya debía de ser pareja de Yolanda Cartón, la cual también es directora de teatro y profesora de la cosa. José Carlos Plaza es también director de teatro. De Flora María Álvaro Puig no he conseguido tener noticia.

lunes, diciembre 03, 2007

El asesinato de Prim

El misterio es connatural a la Historia. A la Historia pasan los hechos importantes y también aquellos que despiertan la inquietud humana. Nos hacemos preguntas sobre el pasado y esas preguntas hacen al pasado famoso. Así, dentro de la literatura divulgativa de tema histórico no son inhabituales los libros dedicados al análisis de los grandes enigmas de la Historia.

Una de las grandes preguntas del pasado es quién mató a John Fitzgerald Kennedy. Hay teorías de muchos tipos y explicaciones para casi todas ellas. Los españoles no somos ajenos a esta polémica y yo diría que la conocemos bien y que no somos pocos los que, de hecho, tenemos nuestras propias teorías sobre quién se atrevió a dispararle en todo el cabolo al señor Presidente de los Estados Unidos. Y, sin embargo, con las mismas probablemente muchos españoles lo desconocen todo, o casi todo, del asesinato de Juan Prim, que se parece mucho al de Kennedy y, de lejos, tuvo mucho más importancia para nuestra Historia del que tuvo la muerte del mandatario estadounidense.

Juan Prim era de Reus y militar. Militar, catalán y liberal, consumió los inicios de su carrera en intentonas golpistas liberales que no llegaron a gran cosa, hasta que una sí que salió bien, en 1868. Fue la revolución llamada Gloriosa por la cual la reina Borbona, Isabel II, tuvo que salir por pies de España, tras lo cual se inició una inusitada subasta por el trono de España que ya hemos contado en este blog. De todo ello, el gran factótum era el general Prim, verdadero poder fáctico del gobierno, por encima de los conmilitones que le habían acompañado en el golpe como el general Serrano (llamado El General Bonito y que, al parecer, había sido amante de la reina a la que había puesto en la frontera) o el almirante Topete. Prim decía que tenía la fórmula para hacer de España una monarquía estable y democrática. Aunque no se la contó a nadie, y por eso no sabemos si, verdaderamente, la tenía. Porque Juan Prim fue muerto horas antes de la llegada del rey elegido, Amadeo de Saboya, a Madrid. Muerto en muy extrañas circunstancias.

Lo primero que hay que decir de los tiempos en que Prim fue muerto es que se había instaurado en España eso que llamamos crispación. Bueno, más que crispación, guerra, porque a lo que ahora vamos a contar hay que añadir los pequeños detallitos de que los carlistas se habían alzado en armas, poniendo al país contra las cuerdas; y que había en los campos de España 50.000 republicanos luchando a favor de la implantación de la República.



A La Gloriosa le pasa un poco como a la II República algunas décadas después: llegó con apoyos mayoritarios pero, una vez llegada, descubrió que esos apoyos mayoritarios eran de muy variada laya y que resultaba difícil colmarlos todos. El proceso iniciado con La Gloriosa tuvo su principal problema en las fuerzas radicales que querían una democratización más profunda y un régimen republicano; así como en las muy conservadoras, que querían el regreso del Antiguo Régimen. Estas fuerzas trataban de presionar lo más que podían, en algunos casos mediante sistemas no muy ortodoxos. Como ejemplo de esto tenemos la tristemente famosa Partida de la Porra, una especie de banda de Latin Kings liberales al mando de un personaje prominente, Felipe Ducazcal. Ducazcal, que como empresario había sido favorecido por el primismo, se dedicó a defender al gobierno por el curioso sistema de llevarse a sus aporreadores a las reuniones de la oposición, tanto monárquica como republicana, y liarse a hostias con el personal. Algunas de las víctimas de la estrategia de convicción de Ducazcal fallecieron como consecuencia de las caricias recibidas.

Una de las actividades preferidas de la Partida era el asalto de periódicos de la oposición; y en uno de ellos parece que podrían haber puesto la primera piedra del asesinato de Prim. Se trató del asalto a El Combate, un periódico de izquierda radical, que utilizaba un lenguaje muy tabernario y demagógico, y que estaba dirigido por un político liberal que había colaborado en el golpe de Estado contra Isabel II: José Paúl y Angulo. Un tipo temible este Paúl y Angulo que, en cierta ocasión, acusó en su periódico a un ministro del Gobierno, Nicolás María Rivero, de ser esto y aquello y de haber vendido la República por un cuartillo de vino. Conminado en el Congreso a retractarse (ambos, Rivero y Paúl, eran diputados), éste se limitó a decir que los insultos proferidos en el artículo no los retiraba porque eran verdad; aunque, en el caso del cuartillo de vino, había que admitir que era una figura retórica pues, concluyó, «todos sabemos que el señor Rivero necesita mucho más que un cuartillo».

El 3 de diciembre de 1870, algunos periódicos de corte gubernamental publicaron una carta de Ducazcal, en la que relataba cierto encuentro con Paúl y Angulo «en la calle de Isabel la Católica, inmediata a la de Flor Baja». En tono insinuante, Ducazcal evitaba contar lo que pasó en dicho encuentro, pero terminaba su descripción dirigiéndose a él e informándole de que «yo iba desarmado; el señor Paúl y Angulo, no; y, en prueba de ello, si quiere recuperar el arma que sacó, puede fácilmente pasarse por mi casa a recogerla». Negro sobre blanco: lo llamaba cobarde, flojo y mal peleador.

Paúl contestó con una carta en la que negaba conocer a Ducazcal, carta que éste contestó llamándole cobarde con todas sus letras. Hubo, pues, la convocatoria de un duelo, que en su primera intentona fue abortado por la policía pero que finalmente se celebró en el arroyo del Abroñigal (por Vallecas, si no me equivoco). Ducazcal disparó primero, y falló; luego Paúl y Angulo le acertó en la oreja y lo dejó seco. Ninguno de los contendientes falleció, pero la anécdota dejó la crispación en todo lo alto.

Ricardo Muñiz, un hombre de muchos contactos de aquel Madrid, se dirigió en esos días a Juan Prim para facilitarle una lista de diez individuos de la peor ralea que, según él, habrían sido contratados para matarlo. Y hay quien dice que Kennedy no era ajeno al hecho de que lo querían muerto. Al parecer, Prim acabó dándole la lista a un inspector de policía, pero nadie fue detenido.

El 28 de diciembre de 1872, Juan Prim, junto con otros miembros del gobierno, había de tomar un tren para ir a Cartagena a recibir a Amadeo de Saboya, el nuevo rey, quien llegaba a España. Dicen las crónicas que el día anterior, 27, nevaba suavemente en Madrid. Era la última tarde y la sesión de las Cortes había terminado, no sin antes aprobar la lista civil de 6.500.000 pesetas para el rey que llegaría en unos pocos días. En ese momento, mientras Prim salía del Congreso por la puerta de la calle de Floridablanca, un compacto grupo de individuos de mala pinta bebía en una taberna de la calle del Turco, hoy Marqués de Cubas. Cuando dio la hora del final de la sesión parlamentaria, esos hombres dejaron sus vasos y salieron a la calle, a lo largo de la cual se apostaron.

Prim ofreció a dos diputados, Práxedes Mateo Sagasta y Herreros de Tejada, llevarles en su landó. Pero ambos se excusaron, motivo por el cual al vehículo subieron los señores Naudín y Moya, asistentes de Prim. El primer ministro ordenó que se fuera primero al palacio de Buenavista, donde estaba su despacho y donde, dijo, tenía que hacer unas cosas; después iba a ir al Hotel de las Cuatro Naciones, en la calle Arenal, donde se celebraba un banquete del Gran Oriente.

¿Se dieron cuenta los integrantes del landó que a ambos lados de la calle había, cada diez o veinte metros, un tipo embozado que, casualmente, al pasar el landó por su altura encendía un fósforo? Nunca lo sabremos. ¿Se darían cuenta cuándo, casi en Alcalá, varios carruajes se cruzaron para detener el landó, que era una conspiración? Tampoco lo sabremos. Lo que sí es prácticamente seguro es que fue Moya el asistente que primero se dio cuenta de los bultos que, en la noche, se acercaban al landó, y gritó.

‑¡Mi general, nos hacen fuego!

El primer embozado que llegó golpeó con el arma el cristal de una ventana y, luego, los escasos testigos le oyeron gritar:

‑¡Prepárate, que vas a morir!

Los terroristas dispararon por ambos lados, con tanta violencia que acojonaron a los caballos, que salieron a la naja inmediatamente y se llegaron al lugar al que estaban acostumbrados a ir, es decir al palacio de Buenavista. Una vez allí, Prim descendió del landó y subió las escaleras con la levita chorreando sangre. El médico que acudió presto le extrajo siete balas del cuerpo, pero algunas más quedaron dentro. Poco tiempo después, Juan Prim soltaba el último suspiro.

¿Quién fue? Lo cierto es que Prim fue asesinado unos 100 años antes de Kennedy y todo lo que le puedo decir a quienes confían en que algún día se sepa quién mató al presidente estadounidense es que, en el caso del militar y político español, la pregunta sigue, más de un siglo después, sin una respuesta clara. Las investigaciones judiciales llenaron nada menos que 18.000 folios, pero ni el autor material ni el intelectual quedaron nunca esclarecidos.

La persona más señalada es Paúl y Angulo, motivo por el cual hemos traído a colación su especial relación con Ducazcal, significado primista. Esto es así porque Paúl ponía a Prim de cabrón para abajo en su periódico; pero hay una distancia muy grande entre hostigar a alguien en un periódico y pegarle veinte tiros. Paúl y Angulo huyó a París, donde escribió un opúsculo en el que, obviamente, negaba toda culpa. Falleció el 10 de abril de 1893, muerte que provocó el archivo del sumario.

Pero hay varios candidatos más. Tal vez recordéis al Duque de Montpensier, ese hombre de la familia real que, en los últimos años de Isabel II, conspiró contra los Borbones acariciando la idea de sucederles, y que dilapidó sus posibilidades de ser elegido rey de España en un absurdo duelo. Pues bueno: Montpensier, que tenía pasta como para sobornar asesinos como de aquí a Lima, sabía bien que Prim, decidido partidario del de Saboya, había sido uno de los principales enemigos de sus pretensiones dinásticas.

El cuadro de posibles asesinos de Prim se completa con uno que, curiosamente, también aparece en la nómina de los posibles asesinos de Kennedy: Cuba. En 1873, la isla, aún española, albergaba ya claros deseos independentistas que acabarían por sustantivarse en 1898. Prim había bloqueado ya algunos proyectos autonomistas de Cuba, por considerarlos excesivamente lesivos para los intereses de España, lo cual había provocado que los independentistas cubanos se colocasen frente a él. Pudieron ser también ellos los que pusieran el dinero para pagar a los asesinos del catalán.



Sin salir de Cuba están, además, los negreros españoles, pues entonces la esclavitud todavía era legal en Cuba y Puerto Rico y su abolición era uno de los objetivos políticos de Prim, lo que les había provocado ya conflictos con ellos.

Y aún nos queda un candidato más: Francia. Napoleón III, emperador de los franceses, había sido derrocado en 1870, en medio de una desastrosa guerra con Prusia que había colocado a los ejércitos prusianos casi a las puertas de París. En dicha circunstancia, un enviado de los franceses logró huir de la capital en globo y se vino a España para recabar nuestra ayuda. El 19 de octubre de aquel año, un tal Kératry, o sea el enviado, logró entrevistarse con Prim.

Según las crónicas, este conde de Kératry le solicitó al militar español la ayuda militar española contra Prusia, ofreciendo a cambio el apoyo de Francia a la proclamación de la República española, con Prim de presidente. Más concretamente: 50 millones de pesetas más una flota de buques para apiolarse a la resistencia cubana, a cambio de que 80.000 españoles se fuesen a París a hostiarse con los prusianos.

Prim le contestó al conde que perdía el tiempo pues España, y ésta era vieja teoría del militar, no era republicana sino monárquica. Kératry protestó con un tibio «pero… ¿y Cataluña, y Barcelona?»; a lo que Prim contestó con un lacónico «son precisamente las insurrecciones de Cataluña las que han alejado a los republicanos del ejército». Y zanjó con un histórico «no habrá en España República mientras yo viva»; frase que cumplió.

Es un hecho que Francia reaccionó a aquella entrevista dando todo tipo de facilidades a los carlistas que hacían la guerra sobre todo en el País Vasco y Cataluña, así pues tampoco es descabellado que se planteasen quitar de en medio a aquel político que les había ninguneado.

Así pues, ahí ha quedado, para la Historia, nuestro Kennedy. Al igual que el estadounidense, el nuestro iba a marcar una nueva época. Al igual que en su caso, eran sus tiempos nuevos, marcados por nuevos usos y actuaciones. Al igual que ocurre en el caso de Kennedy, Prim se buscó pronto muchos y poderosos enemigos, y no hizo gran cosa por cauterizarlos. Al igual que Kennedy, Prim murió en la calle, en un desplazamiento oficial, y no se sabe a ciencia cierta ni quiénes ni cuántos fueron sus asesinos. Por último, al igual que ocurre con Kennedy, la muerte de Prim tiene un culpable señalado, Paúl y Angulo, cuya acción nunca pudo demostrarse; y muchos posibles autores intelectuales, de todos los cuales se carece de pistas ciertas.

Eso, más la pregunta, sin respuesta, de qué habría sido de la Historia de España de no haber sido asesinado Juan Prim.