miércoles, marzo 14, 2007

Breve historia de una gilipollez

Algunos de vosotros, supongo, habéis escuchado a vuestras abuelas cantar una copla que comienza:

Una dalia cuidaba Sevilla
en el parque de los Monpensier…
O, quizá, os suene más por el estribillo:

María de las Mercedes
no te vayas de Sevilla
que el nardo trocar te puede
la color de tus mejillas
Esta copla la popularizó, años después de haberse inventado, la más grande, la Shakira de su tiempo: Celia Gámez. Y España entera la cantó, porque, lo mismo que el Barça es más que un club, aquella canción era mucho más que una canción. Era la expresión del dolor de un país por una tragedia prematura, la muerte de María de las Mercedes de Orleáns, reina de España, a la tierna edad de 18 años. La historia de María de las Mercedes, de su boda por amor con el rey Alfonso y su muerte casi inmediata, es conmovedora, como conmovedoras fueron las tonadas que se compusieron para glosar su tragedia. No puede ser más amarga la letra de la también famosísima canción ¿Dónde vas, Alfonso XII?, donde se cantaba:

Los caballos de Palacio
ya no quieren pasear;
porque se ha muerto Mercedes
y luto quieren llevar.

La muerte de María de las Mercedes llenó de dolor a toda España. Aunque, obviamente, hubo personas, muy allegadas a la finada, que sentirían dicho dolor con mayor intensidad. Entre ellas estaba su padre, Antonio de Orleáns, duque de Montpensier. Sin duda sufrió la muerte de la hija; pero también, seguro, sufrió por más cosas. Al fin y al cabo, la boda de María de las Mercedes había supuesto para Antonio de Orleáns una especie de pedrea: consiguió ser suegro de una reina, ya que no consiguió lo que realmente quería, que era ser, él mismo, rey de España.

La historia de este Antonio de Orleáns, y de la gilipollez por la que dilapidó sus posibilidades de reinar España, es la que hoy nos ocupa.

El duque de Montpensier nació en 1824 en Francia, que es donde debe nacer un Orleáns que de ello se precie. Era el quinto hijo de Luis Felipe de Orleáns-Borbón y María Amelia de las Dos Sicilias. Quiere ello decir que estaba en el mismo meollo de una de las grandes casas nobles de Francia, que entonces era aún una monarquía. Más aún: en 1830, siendo pues Antonio un niño, su padre, Luis Felipe, se alzó, con mañas un poco arteras, al trono de Francia, con lo que los Orleáns pasaron a ser príncipes. Resulta fácil adivinar que si Antonio tenía veleidades de poder, su situación le jodería bastante, pues estaba inmerso en una familia real, pero ocupaba un lugar, el quinto, que no movía, precisamente, al optimismo.

Luis Felipe era, desde muchos puntos de vista, un rey a la antigua; razón por la cual los franceses no tardarían nada más que unos años en saltar el trono por los aires. Una de las tendencias medievales de aquel Orleáns era esa costumbre tan en boga hace siglos entre reyes y nobles de casar a los hijos por razones políticas. Y, cada vez que un Orleáns, familia francesa, oteaba el horizonte en busca de oportunidades, no podía sino en fijarse en sus primos, los también franceses de origen borbones, que reinaban en España. Tenía la reina borbona de España, Isabel II, una hermana, María Luisa Fernanda de Borbón; y a por ella que se fue el taimado Orleáns, buscando, a todas luces, una carambola.

La tal carambola: todo el mundo en Europa se hacía lenguas sobre el marido de la reina Isabel, el infante Don Francisco de Asís. A veces he leído que si decían que era impotente, otras que si estaba en el armario; lo cierto es que mucha gente estaba convencida de que el matrimonio isabelino jamás engendraría heredero pues para ello hacen falta ciertos acoplamientos que, por fas o por nefas, no se producían en la regia pareja. Así las cosas, de no haber descendencia directa, la línea sucesoria debería desviarse, alcanzando a la hermana: María Luisa. Y, si ella estaba casada con un Orleáns…

Aquel matrimonio fue, en otras palabras, una OPA hostil dinástica. Así lo entendieron los ingleses, por ejemplo, los cuales, temiendo un excesivo poder de Francia en el continente, partieron peras con España tras la boda de la reina Isabel.

Del matrimonio Montpensier-Borbón se dicen muchas cosas, entre ellas que, para estar forrados, eran tirando a cutres. Los sevillanos, sus convecinos, que históricamente han sido dados a reinventar el nombre de hombres y cosas y, por ello, al portero ruso del Sevilla Dasaev le llamaban Rafaé, y a la coalición abertzale Euskal Herritarrok llamaban La Escalerita Rock, bautizaron al duque Mesié Combián (Monsieur Combien), porque siempre estaba preguntando el precio de todo.

Otra cosa que se dice de marido y de mujer es que ambos perdían el culo por ser rey y reina.

En 1848, las cosas comenzaron a torcerse. En Francia hubo una revolución y a Luis Felipe le encendieron el pelo, amén de colocarlo en la frontera. Así que la pareja Montpensier-Borbón hace caso de Josele y su famoso ¡Vente p’a España, tío!, y para aquí que se vienen. La reina Isabel II los quiere tanto y tiene tan claro que le quieren quitar la corona que les dice que se vayan a Sevilla y que Madrid ni lo pisen. Allí los duques se establecen, compran fincas, empiezan a vender naranjas, a hacer dinero, y… a financiar, con ese dinero, a los grupos revolucionarios que quieren acabar con la monarquía borbónica. Movimientos que cristalizan en Alcolea, donde Topete y Prim, en compañía de otros, dan un golpe que acaba con la monarquía.

El país quedó en manos de Prim, un militar liberal que decía, a quien le quería oír, que él tenía la solución mágica para hacer que la monarquía funcionase en España. Lo malo es que no la escribió, porque en 1870, cuando el rey elegido, Amadeo de Saboya, aún no había llegado a España, Paul y Angulo se apiolaron (coña es) al bueno de Prim, y nos quedamos sin saber cuál era esa fórmula mágica a la par que infalible. En aquel entonces, muchos fueron los que dijeron que la pasta necesaria para que Prim fuera muerto la puso Montpensier, mosqueado porque él había financiado la Gloriosa de 1868 y cuando, en justa contraprestación, exigió ser el elegido para reinar en España, Prim le mandó a tomar por donde amargan los pepinos.

Sin embargo, esto no es tan cierto. Montpensier fue un candidato serio a reinar en España y, si perdió su oportunidad, no fue, o no fue solo, por Prim, sino por él mismo, y por hacer el gilipollas. Y, si no, juzgad vosotros mismos.

Entra en nuestra escena el infante don Enrique, hermano de don Francisco de Asís y, por lo tanto, cuñado de la reina destronada, Isabel II. A pesar de ser de familia regia y tal, Enrique era un liberal. Más que eso: era, según todos los indicios, masón y republicano, lo cual tiene cierto mérito llamándose Borbón en alguna parte de la larga ristra de apellidos. Tampoco podemos olvidar que, si sospechamos que las relaciones entre la pareja Antonio-María Luisa y Francisco de Asís-Isabel no fueron lo que se dice buenas, es probable que en ello hubiese albergado cierta inquina contra el personaje que había querido joder a su hermano.

En los meses previos a la elección del nuevo rey, Montpensier repartió dinero a manos llenas entre los grandes personajes de España, logrando ganar para su partido voces tan notables como la del general Serrano o el propio Topete que había dado el golpe con Prim. El infante don Enrique, mosqueado por esta ofensiva, publicó en el diario La Época un manifiesto gravemente injurioso contra el duque.

En el tal manifiesto, entre otras lindezas, el infante decía «que soy, y seré mientras viva, el más decidido enemigo político del duque francés»; también aseveraba que lo despreciaba, «sentimiento justificado que, por su truhanería política, experimenta todo hombre digno en general, y todo buen español en particular». Para terminar vituperando a «este príncipe, tan taimado como el jesuitismo de sus abuelos, cuya conducta infame tan claramente describe la Historia de Francia». Como colofón, lo calificaba de «hinchado pastelero francés».

Tras un intercambio de esquelitas entre injuriado e injuriador, tan sólo para confirmar que las palabras escritas lo habían sido ciertamente por quien aparecía firmándolas, Montpensier llamó a los generales Fernández de Córdoba y Alaminos, así como a su también amigo el coronel Felipe Solís, para que exigiesen del infante una retractación pública o la reparación por las armas.

Sí: le conminó a batirse en duelo.

Bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, en España los duelos eran ya más viejos que, con perdón, mear de pie. Eso de los duelos quedaba para las novelas de Dumas y las exaltaciones de los almas de cántaro. No obstante Montpensier, por cabreo o porque era un antiguo o por ambas cosas, tiró para delante. Es probable que el infante intentase no batirse; utilizó la estratagema de elegir como padrino al general Baldomero Espartero, quien entonces tenía 76 años y vivía en Logroño, enfermo. Ante la insistencia de los monpensieristas, acabó, sin embargo, designando otros padrinos: los diputados republicanos Federico Rubio y Ernigdio [sic] Santamaría.

Hubo negociaciones entre padrinos por ver de alcanzar un acuerdo sin duelo; pero la negativa del infante a todo lo que pudiese oler a retractación hizo inevitable el enfrentamiento. El duque, como ofendido, tenía derecho a elegir arma, y escogió la pistola. Ambos contendientes se situarían a nueve metros de distancia el uno del otro, y dispararían. Si fallaban, se acortaría el espacio un metro y, luego, volverían a disparar, las veces que fuera, ya sin moverse del sitio, hasta la primera sangre. Los disparos, por último, no serían simultáneos, sino consecutivos.

El duelo se celebró a las diez de la mañana del 12 de marzo de 1870, en el antiguo portazgo de las Ventas de Alcorcón, que algún día tengo que averiguar dónde leches estaba. Fueron testigos los padrinos y los médicos Luis Leiva y José Sumsi. Las pistolas se compraron en una tienda llamada Hormaechea, sita en el número 5 de la calle Alcalá.

Se sortearon las pistolas, y el turno. El infante dispararía primero.

¿Está chupado acertarle a un hombre a nueve metros? No sé, nunca lo he intentado. Las crónicas dicen que el infante disparó con mano firme; pero entonces quizá fuese miope, porque falló completamente. Le tocó el turno al duque, quien disparó con gran aplomo. Y falló. Mientras se recargaban las pistolas los padrinos, visiblemente nerviosos porque veían que aquello no paraba, pactaron, cuando menos, que la distancia no fuese acortada un metro como se había previsto. Supongo que pensaron: si no son capaces de darse, les dejamos aquí disparando hasta que se cansen o hasta que alguien haga un poco de sangre.

De nuevo disparó don Enrique, y falló de nuevo. Disparó luego Montpensier, y su bala acertó de lleno en la llave de la pistola de su oponente, partiéndose en dos. Los médicos acudieron a toda leche para certificar que dicho percance hubiera producido en el duelista alguna herida; primera sangre es primera sangre, así pues, si aquel chicotazo hubiese provocado una hemorragia, por pequeña que fuese, el duelo podría haberse dado por terminado. Sin embargo, comprobaron desanimados que el infante estaba impoluto, así pues el duelo debió proseguir.

Según un testigo, mientras recargaba su pistola, el infante masculló:

‑No lo digo por eludir el encuentro, que no sería digno de mí; pero dentro de breves instantes seré cadáver. El último disparo y el sitio en que me ha dado la bala me dan la medida de las intenciones del francés; tiene el ojo certero, lo saben sus amigos y por eso insisten en que se repita la maniobra. Pero descuiden ustedes, que quedaré con honor.

Esta confesión nos da luz sobre algunos aspectos. ¿Mala puntería? Ni de coña. Ambos eran capaces de acertarse a nueve metros. Lo que pasa es que era un duelo a primera sangre, un duelo que terminaba en cuando alguno de los contendientes fuese herido, y eso es lo que procuraban los duelistas: no disparaban a dar, sino a no dar, a dar de refilón. Sin embargo, por alguna razón, a la luz de los hechos, Montpensier decidió, en algún momento, tirar a dar.

Disparó una vez más el infante, y falló. Disparó Montpensier, y su contrincante cayó al suelo, a plomo. El tiro le perforó el hueso temporal y le desparramó los sesos por la tierra. Lo que se dice un tiro en todo el cabolo. Si hemos de creer las crónicas contemporáneas el duque, al ver lo que había hecho, mordió su pañuelo, asustado y, volviéndose a sus padrinos, chilló:

‑¿Por qué quisieron ustedes que apuntásemos?

Lo cual abre la posibilidad de que alguien, a saber por qué intereses, le hubiese calentado los cascos.

Aquel suceso acabó con las posibilidades de Montpensier. España nunca elegiría a un rey que se batía en duelo y, no sólo eso, sino que aprovechaba dicho duelo para matar a un adversario. En el momento de caer don Enrique a la dura tierra de las Ventas de Alcorcón, se tendía junto a él otro cadáver: el cadáver político de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.

Exiliados a Francia por no acatar a Amadeo de Saboya, los Montpensier-Borbón acaban pactando el matrimonio de una de sus hijas con Alfonso de Borbón. En 1877, siendo ya rey, Alfonso conoce a la bella María de las Mercedes, esa niña que, como canta la copla,

Su carita era de cera
y sus manos de marfil,
y el velo que la cubría
de color carmesí.
Así pues, al final, el ambicioso Antonio había medio conseguido su sueño. Volvería a España y el personal tendría que llamarle Alteza.

Pero el destino es el destino y, como canta Rubén Blades,

Si nasiste p’a martillo
del cielo te llueven los clavos.