viernes, noviembre 23, 2007

El general Melgarejo

No pocas veces, durante las lecturas e investigaciones que están en la trastienda de este blog, me entran ganas de abrir una sección que se llamase algo así como Freaks de la Historia. Verdaderamente, los hechos pasados están trufados de personajes extraños, impredecibles, a menudo grotescos, absurdos o patéticos. Y lo increíble es el enorme poder que algunos de estos freakys llegan a atesorar.

La cosa es que Tiburcio se me ha adelantado. Nos remite esta interesante y divertida pieza sobre uno de estos freaks: el general Melgarejo.

Se lo dedicados a nuestros lectores bolivianos (285 en lo que va de año, según las estadísticas).

Cuando estuve en Bolivia, la gente todavía recordaba como un chiste la dictadura del General Melgarejo. Recuerdo haber visto un libro que se titulaba Dichos y hechos del General Melgarejo. No recuerdo ahora si estaba en la sección de Historia o en la de humor. Para hacer una comparación que se entienda de este lado del océano, es como si los rusos se partieran de risa contando los años de Stalin y editaran un libro narrando como una gracieta cómo la Operación Barbarroja le pilló por sorpresa. O bien los bolivianos tienen un sentido del humor muy peculiar, o bien son masoquistas.

El General Melgarejo nació en 1820 en el departamento de Cochabamba. Su vida, antes de alcanzar la Jefatura del Estado, fue una sucesión de asonadas, batallas, borracheras y burdeles. En 1853 fue capturado en el curso de un cuartelazo fallido y condenado a muerte. El Presidente Belzu le indultó. Que no ejecutaran a Melgarejo en ese momento es uno de los pocos argumentos que conozco a favor de la pena de muerte.

En 1864 la vida política boliviana pasaba por un momento de tensión, o sea, lo habitual. La Presidencia de Achá estaba llegando a su fin y los políticos se preparaban para las elecciones. Había dos candidatos principales, la oficialista del General Sebastián Ágreda y la opositora del General Manuel Isidoro Belzu. A éstos vino a sumarse el Partido Rojo del Teniente Coronel Adolfo Ballivián. Como se ve, en aquellos tiempos, mirar la lista de candidatos a la presidencia boliviana era como mirar el escalafón de los oficiales del Ejército. Ballivián pensó aquello tan viejo de «¿para qué correr el riesgo de presentarme a unas elecciones que puedo perder, cuando puedo conquistar el poder de aquella manera?», y atrajo a su campo al General Melgarejo, al que las asonadas le gustaban tanto como el vino, o casi.

Significativamente, Melgarejo dio su golpe el 28 de diciembre de 1864; digo significativamente, porque su mandato fue una inocentada para Bolivia. En las primeras horas del golpe, todo el mundo asumió que Melgarejo lo estaba dando a favor de su mentor, Ballivián. Cuando uno de los coroneles conjurados le preguntó a Melgarejo a quién proclamaban como caudillo. La respuesta fue: «¡Qué bruto eres! ¿Quién ha de ser sino yo?». Otra versión de la historia cuenta que los ballivianistas le pidieron que proclamara a su jefe Presidente y Melgarejo les recordó que era la festividad de los Santos Inocentes y les dijo que eran unos inocentes por creer que él había organizado la revolución en beneficio ajeno, cuando en verdad la había hecho en provecho propio.

El régimen de Melgarejo se caracterizó por la arbitrariedad, rasgo que en los sobrios es grave y en los alcohólicos y megalómanos no digamos. El propio Melgarejo decía que gobernaba con «la Constitución en el bolsillo», que viene a equivaler al «La calle es mía» de Manuel Fraga algo más de 100 años después. Para Melgarejo el poder servía para satisfacer sus pasiones, sobre todo las más bajas, y hacer lo que le diera la real gana. Y una de las cosas que más le daba la real gana hacer era ejecutar a los enemigos e incluso a algunos de los amigos. La lista de ejecutados por el tirano es bastante larga y en algunos casos no se limitó a dar la orden, sino que la ejecutó el mismo, tal vez por aquello de que uno nunca está mejor servido que por sí mismo.

Un punto que todos los historiadores destacan es el inmenso desgobierno económico del período de Melgarejo. Melgarejo veía Bolivia como su finca y no dudó en entregar concesiones a diestro y siniestro a cambio de calderilla. Así, la Compañía de Salitres de Antofagasta acabaría llevando al país a la guerra con Chile en 1879. El contrato Church para el ferrocarril Madeira-Mamoré le costó al Estado un millón de libras. En el extranjero colocó dos empréstitos que rentaron la tercera parte de lo esperado.

El 20 de mayo de 1866 decretó que las tierras que las comunidades indígenas llevaban explotando desde tiempo inmemorial eran propiedad del Estado. Los comuneros que quisieran tener la propiedad legal de esas tierras deberían pagar una cantidad que variaba entre los 25 y los 100 pesos. Quienes no la hubiesen pagado, se verían privados de la tierra en el plazo de 60 días. La tierra sería entonces sacada a pública subasta, previa tasación legal. Dado que la tasa de analfabetismo entre los indígenas era elevadísima y que vivían en condiciones de mera subsistencia, donde el dinero apenas circulaba, cabe preguntarse cuántos de ellos llegaron a enterarse de que les iban a robar las tierras. Leer los nombres de las familias terratenientes que participaron en la rebatiña es como leer el nombre de los políticos que hicieron la Historia de Bolivia durante los siguientes cien años. Por cierto, que unos de los beneficiados fueron los Sánchez Melgarejo. El colofón de la expropiación fue que en algunas zonas los indígenas se levantaron y fueron duramente reprimidos. Tan duramente que se dio el caso de que algunos militares apostaron entre ellos quién mataba más indios.

Otra de las medidas desastrosas de Melgarejo fue la adulteración de la moneda en 1865, acuñando moneda de peor ley. De un plumazo Melgarejo se cargó todos los esfuerzos de sus predecesores para lograr la estabilidad monetaria.

La política exterior de Melgarejo fue de chiste. Debía de pensarse que la diplomacia existe para hacer amiguitos y que los territorios se intercambian como cromos en el recreo del colegio.

Fue en tiempos de Melgarejo que se produjo la guerra del Callao. Chile convenció a Melgarejo de que era imperativo que firmasen un tratado para defenderse del neocolonialismo español. Lo que no le dijeron era que ahora Bolivia tendría que defenderse del colonialismo chileno. El tratado establecía que la zona comprendida entre los grados 23 y 25 de latitud sería de explotación conjunta (la frontera estaba entonces en los 24 grados de latitud). Lo interesante es que la parte más próxima a Chile de ese territorio era precisamente la más pobre, o sea que Melgarejo cedió territorio a cambio de nada. Bueno, nada no exactamente. Chile le regaló un caballo, Holofernes, tan inteligente que sabía hasta cómo tomar cerveza.

En 1867 firmó con Brasil un tratado para delimitar la frontera entre los dos países. Melgarejo cedió a Brasil 300.000 kilómetros cuadrados y Bolivia perdió el acceso al río Madeira y toda la margen derecha del río Paraguay. Por más que he indagado, no he logrado descubrir qué logró Melgarejo a cambio de esta cesión. Me parece que los brasileños ni tan siquiera le regalaron un caballo.

Aparte de ceder terreno, en el campo de la política internacional Melgarejo intentó jugar al gran estadista. Reconoció la beligerancia de los insurrectos cubanos. Constituyó una misión diplomática especial para salvar la vida del Emperador Maximiliano de Habsburgo. Ofreció su ayuda a Napoleón III en la guerra franco-prusiana. Sería interesante saber cómo los 1.600 soldados bolivianos habrían cambiado la suerte del conflicto. Dado que lo de los soldados no pudo ser, Melgarejo expresó su deseo de enviarle a Napoleón III 10.000 pesos para que se tomase una taza de té en su nombre. Con ese dinero, una y trescientas.

Los últimos años del régimen de Melgarejo estuvieron salpicados de rebeliones contra el tirano. Finalmente fue la de enero de 1871 la que triunfó, gracias a la defección del batallón Colorados y de su Coronel, Hilarión Daza.

Melgarejo huyó a Perú, donde anduvo pobre y aislado, intentando que la familia de su concubina, Juana Sánchez, a la que tanto había enriquecido, le ayudara. El 23 de noviembre de 1872, el hermano de Juana, harto de los requerimientos de Melgarejo, le mató a la puerta de la casa de su hermana.

Melgarejo está enterrado en Perú. Ningún gobierno boliviano ha tenido ganas de pedir la repatriación de sus restos.

miércoles, noviembre 21, 2007

Mafiosos de leyenda: Dutch Schultz

El crimen organizado es una actividad que ha dado para tanto que atesora todo tipo de mitos. Existe el mito del mafioso listo y el del mafioso tonto, el del chico con suerte y el del desgraciado. Y existe, cómo no, el mito del mafioso brutal, echado para adelante. De entre este tipo de mafiosos, probablemente Arthur Flegenheimer, más conocido como Dutch Shultz, es el más famoso. Schultz era sanguíneo, impulsivo y falto de escrúpulos. Tenía muy claro lo que significaba ser un criminal y el tipo de cosas que has de hacer cuando te apuntas a esa movida. Lo curioso de su historia es que, finalmente, murió precisamente por sus actividades criminales, lo cual no es nada anormal; pero a manos de otros criminales, lo cual, creo yo, sí que merece una explicación.

En 1933, la estrella de Dutch Schultz parecía apagada para siempre. Meses atrás, el Holandés (Dutch significa precisamente eso: holandés) había tenido que salir por patas de Nueva York, perseguido por la más eficiente maquinaria antiMafia de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX: el IRS, Internal Revenue Service o, como lo llamamos aquí, la Agencia Tributaria. Ya sabemos bien que la evasión de impuestos fue la inesperada puerta para trincar a muchos mafiosos; así fue, por ejemplo, como los federales lograron meter en la trena a Alphonse Capone. Además, por lógica, el delito fiscal era mayor cuanto más grande era el mafioso, y el Holandés era un criminal king size.

Como todos los mafiosos de aquella época, Schultz había hecho mucho dinero con el contrabando de alcohol. Sólo entre 1929 y 1931, la policía calculó que la venta de cerveza le había dejado, después de gastos, 481.000 dólares limpios de la época, cifra que hoy deberíamos multiplicar bastante. Además de eso, la banda de Schultz se dedicaba al más viejo oficio mafioso, la protección, y a la lotería conocida como de los números.

Flegenheimer nació en 1900 y era hijo de un hombre que poseía un saloon en el Bronx. Su madre era extraordinariamente religiosa y, al parecer, nunca logró superar que su querido hijo se dejase seducir por el lado oscuro de la Fuerza. A los diecisiete años, Schultz ya dio con sus huesos en la cárcel durante quince meses a causa de un robo. Fue al salir de aquella trena, fogueado en el hampa y convertido en un matón, cuando la gente empezó a llamarle Dutch Schultz, que era asimismo el nombre de un matón de una especie de banda del Bronx, la de Frog Hollow, a quien la gente tenía por tipo especialmente cabrón.

Schultz formó su propia banda en compañía de un personaje muy parecido a él, Joey Rao, quien acabó implicado en uno de los asesinatos más impresionantes que recuerda la ciudad de Nueva York: el del comisario de elecciones Joseph Scottoriggio, quien fue apaleado hasta la muerte en Harlem, en plena calle y a la luz del día, en 1946. Preocupados por la cercanía del fin de la prohibición, que dejaba a estos como a otros mafiosos sin negocio, el Holandés y Rao se aliaron con los grandes magnates del juego en Nueva York, Dandy Phil Pastel y su jefe, el famoso mafioso Frank Costello. Además del juego, Dutch se introdujo en el negocio de extorsionar a los restaurantes y en la lotería de los números. Además, tenía un equipo de lucha libre y caballos, además de poseer clubs nocturnos. Su banda de matones era de lo mejorcito de Nueva York; podían partirle la cara a cualquiera sin problemas. Y, por supuesto, con tanto dinero, al Holandés no le faltaban amigos en los estamentos políticos.

Aún así, Schultz era famoso entre los mafiosos por ser un cabrón. Un cabrón entre cabrones. Cualquiera que haya visto buenas pelis de la Mafia o haya leído libros habrá descubierto que los mafiosos siempre quieren creer que propugnan un orden propio, una especie de estado de cosas que en el fondo controlan (aunque ese estado de cosas suponga cargarse de vez en cuando a alguien). En este terreno, Schultz encajaba mal porque era un estafador nato. Sus licores eran todos de garrafón e, incluso, hizo algo increíble como es tratar de manipular la lotería de los números.

Los números era, en aquellos años difíciles de la depresión, la gran distracción, y al mismo tiempo la gran ilusión, de la gente pobre de Nueva York. Para muchos desheredados, blancos y negros, aquella era la única oportunidad de dejar de ser una puta mierda. La lotería de los números funcionaba con las apuestas de las carreras de caballos. De esta manera, el boleto premiado salía de un hecho aleatorio, como era la dinámica de apuestas a caballo ganador, segundo y tercero de determinadas carreras.

Pues bien: Flegenheimer, no contento con ganar la parte normal de la banca, se puso a pensar sobre cómo conseguir que dicha parte fuese mayor. Dado que no era un tipo exento de inteligencia, dio en pensar que alguien que fuese una fiera en las matemáticas podría calcular de qué forma conseguir que el número final ganador resultase ser el que la gente había jugado menos. Así que contrató a un matemático, Abbadabba Berman, que era capaz, minutos antes de cerrarse las apuestas, de calcular a qué caballos había que meterle dinero para que las combinaciones de las apuestas se moviesen de forma que los números resultantes fuesen los menos frecuentes. Era, pues, una lotería amañada en la que el Holandés estafaba millones de dólares a un ejército de obreros y parados.

En eso llegó Hacienda.

A los señores de los impuestos los sufrimientos de los desempleados se la traían floja. Decidieron empurar a Schultz por la pastizara que había cobrado sin pagar un níquel al Tío Sam. Schultz se vio repentinamente obligado a huir. Contrató a un ejército de abogados cuyo principal objetivo sería conseguir que su cliente no fuese juzgado en la ciudad de Nueva York, donde mucha gente le conocía y se sabía de las palizas que tenía a bien regalar de cuando en cuando a todo aquél que no se avenía a sus deseos. Finalmente, los leguleyos consiguieron su objetivo, y la vista del caso el Pueblo contra Flegenheimer se trasladó a Siracusa. Una vez conseguido esto, y tras año y medio debajo de la tierra, Schultz reapareció en el mundo de los vivos, se fue a Siracusa, y se convirtió en una especie de ONG con sombrero. Si en Siracusa había un niño con muy buenas notas que no podía ir a la universidad, el Holandés le pagaba una beca; si había una farola rota, él la reparaba; si una iglesia que no tenía dinero para reparar la techumbre, por ahí aparecía el mafioso y apiolaba los dólares que hiciesen falta. Y los periódicos, también convenientemente enervados, lo publicaban todo. Corolario: cuando se vio el juicio, el jurado fue incapaz de alcanzar un veredicto.

Los abogados de Schultz, envalentonados, lograron enviar la revisión del proceso a donde Cristo perdió los palos de golf: a la pequeña localidad de Malona, en Nueva Jersey, en el límite del Estado. Lógicamente, Schultz repitió la jugada, gastó dinero a manos llenas, visitó hospitales, besó bebés y lo que hizo falta.

Y salió absuelto, claro.

Una vez libre como un pajarillo, Flegenheimer se estableció en Newark, cogió el teléfono y llamó a Bo Weimberg. Weimberg era uno de sus lugartenientes y la persona a la que el Holandés había dejado al cargo de la banda en su ausencia. Con voz temblona, Weimberg le informó de la verdad: su banda ya no existía. El Sindicato se la había quedado.

Ya hemos dicho que Schultz no era muy respetado entre los mafiosos. Esto es tan así que cuando los jefes mafiosos crearon el Sindicato del Crimen, es decir la organización dentro de la cual las bandas se repartían territorios y montaban un sistema para no matarse entre ellas, él no fue llamado a la reunión: lo consideraban demasiado impulsivo y rompehuevos como para formar parte de esa partida. Cuando Schultz tuvo que salir de Nueva York cagando virutas, todo el mundo pensó que no lograría volver. Así pues, los distintos mafiosos se repartieron su banda. Los hombres del Sindicato fueron a ver a Weimberg y le ofrecieron repartir todos los pistoleros de Schultz entre las bandas existentes, y éste aceptó. Los dos principales beneficiarios del reparto fueron Lepke, que quedó con el negocio de la extorsión; y el famosísimo Charles Lucky Luciano, que se quedó con las tiendas de apuestas en la lotería de los números.

El Holandés, sabiendo a quien se enfrentaba, apretó los dientes y empezó de nuevo. Pero, claro, como no le importaba rifar hostias, finalmente acabó saliendo adelante. Y así llegamos a los principios de 1935, cuando un escándalo sacude los juzgados de Manhattan. En los mismos, una investigación relativa a la lotería de los números parece llegar a acusaciones gordas para gente importante. Automáticamente el fiscal del distrito, William C. Dodge, retira del caso al fiscal que estaba obteniendo las pruebas y comienza a dedicarse a esa actividad que en España denominamos marear la perdiz. En un movimiento bastante poco habitual, el jurado reaccionó solicitando que Dodge fuese apartado del caso. Y así fue como llegó a su primer caso contra el crimen organizado un joven fiscal de prometedora carrera, tan prometedora que acabaría siendo nada menos que candidato a ocupar la Casa Blanca: Thomas E. Dewey.

Dewey y Schultz ya se conocían. El abogado había participado en el caso por evasión fiscal que casi escalabra al mafioso, y éste lo sabía. Ahora, Dewey quería meter la zarpa en el asunto de los números, que era, después del expolio que le había hecho el Sindicato, su gran fuente de pasta.

Otros criminales más sutiles habían pensado soluciones más sutiles. Pero no Flegenheimer. El Holandés era lo que era, así pues llegó a la conclusión más directa. ¿Me molesta Dewey? Pues, vale: me lo cargo.

Fue entonces cuando Schultz se acabó por enterar de que existía el Sindicato del Crimen. Porque una de las reglas del Sindicato era que nadie podía matar a nadie (entiéndase personas importantes y tal) sin permiso del Sindicato. Enterados los mafiosos de las intenciones del Holandés, se convocó una reunión en Nueva York para decidir si Schultz se podría cargar a Dewey. Al Holandés le sentó tan mal aquella historia que se presentó en la reunión, a pesar de que se celebró en Manhattan, un lugar que no podía pisar por orden judicial.

En el meeting no hubo fumata blanca. Algunos mafiosos querían cargarse al fiscal, otros no. Así pues, el consejo hizo lo que hacen todos los consejos cuando se empantanan: dar una patada a seguir, declarar que hace falta pensar más profundamente la cosa, y quedar para una semana después. Schultz estaba fuera de sí. Pero algo consiguió. Consiguió convencer al Sindicato de que, caso de que una semana después la decisión fuese matar a Dewey, deberían haberlo vigilado antes para apreciar la mejor ocasión para ello. Así pues, los mafiosos aprobaron que el fiscal fuese vigilado durante esos siete días.

La tarea le fue encomendada a Albert Anastasia, rey de los docks de Brooklyn. Anastasia colocó un hombre frente a la casa de Dewey paseando con un niño prestado. De esta manera, los mafiosos pudieron saber que el fiscal era hombre de costumbres muy fijas, de forma que salía de su casa todos los días a la misma hora, acompañado por dos guardaespaldas, y paraba dos manzanas más allá en un drugstore, donde se metía unos minutos en la cabina telefónica para llamar al despacho. No lo hacía desde casa porque sospechaba que, a causa del caso que llevaba, su teléfono podría estar pinchado por los mafiosos. Dado que entraba solo en la tienda, se decidió que ése sería el momento de matarle. El asesinato iba a cometerse con una pistola con silenciador, y el dependiente entraba en el lote. Una vez hecho el trabajo, el asesino tendría mogollón de tiempo para huir tranquilamente, antes de que los guardaespaldas comenzasen a mosquearse o entrase otro cliente.

La reunión aplazada, sin embargo, no salió como Schultz esperaba. Con gran pericia, Lepke y Luciano convencieron a sus correligionarios que de Dewey, al ser un fiscal con competencias en Manhattan, apenas podría tocar una pequeña parte de su negocio; así pues, era ilógico exponerse a un gran peligro matando a un fiscal de los Estados Unidos cuando lo que estaba en peligro no era tanto.

El Holandés era demasiado impulsivo para aceptar una decisión como ésta. Así pues, decidió matar a Dewey él solo, en cualquier caso. Y no sólo hizo eso, sino que fue por ahí contando lo que iba a hacer. Sí, era un chulo. A los chulos siempre les pierde lo larga que tienen la lengua.

Así las cosas, el Sindicato decidió que tenía que cargarse a Schultz, para con ello salvar al fiscal que estaba intentando empurarlos. Verdaderamente, el mundo al revés.

El trabajo fue encargado a dos pistoleros de Lepke, Charlie Bug Workman y Mendy Weis. El trabajo no era fácil porque Schultz se dejaba ver poco y casi siempre era en un lugar de Newark llamado Palace Chophouse, donde despachaba sus asuntos en una habitación con una sola entrada, muy sencilla de proteger. En la operación actuó un tercer hombre, que hizo de chófer, que al parecer tenía el mote de Piggy.

Schultz había decidido matar a Dewey en la mañana del 25 de octubre de 1935. La noche del 23, en un sedán negro, los tres asesinos del Sindicato se dirigieron a Newark en un sedán negro, que aparcaron delante del Palace Chophouse a eso de las diez de la noche.

Quien entró en el bar fue Bug Workman, un experimentado y frío pistolero. Recorrió el bar tranquilamente, espiando los lugares desde donde podría ser atacado una vez que comenzase la tangana. Dentro de sus comprobaciones, hizo algo que un asesino a sueldo siempre hace: entrar en los baños, para ver si hay alguien dentro (cuando empiezan los disparos, lo más difícil es controlar a alguien que salga del baño disparando, así que lo mejor es cerciorarse de que está vacío).

Dentro del baño, Workman encontró a un hombre meando. Se miraron. A Workman le pareció levemente familiar. Se mosqueó. Sabía que aquel bar estaba lleno de asesinos como él. En esas circunstancias, la mejor garantía era disparar primero. Así que Bug aprovechó que el otro tipo tenía aún prácticamente la chorra en la mano y le disparó.

Cuando salió del baño, el bar estaba vacío. El personal se había hecho agua al oír los disparos, con la excepción del barman, que se había metido debajo del mostrador. Tranquilamente, avanzó hacia la habitación de Schultz y abrió la puerta. Dentro encontró a tres personas. Le estaban esperando, y empezaron a disparar. Lo que distingue a un pistolero experimentado del resto de las personas es su sangre fría. A los demás, si nos disparan nos vamos de bareta; sólo alguien que ha matado mucho sabe conservar la calma, dar un paso atrás, apuntar tranquilamente. Y matar.

Por increíble que parezca, Workman mató a sus tres agresores. Eran Lulu Rosenkranz, chófer de Schultz; Ab Landau, matón de la banda; y Abbadabba Berman, el genio matemático.

Sólo cuando salía del bar, preocupado por no haber cumplido la orden, cayó Workman en la cuenta de que sí lo había hecho. De eso le sonaba el tipo del baño. El primer agredido era, efectivamente, Dutch Schultz.

Schultz vivió aún 24 horas tras los disparos. A lo largo de ese tiempo, en una ocasión, mientras era interrogado por la policía sobre quién le había disparado, informó, enigmáticamente: «el amo en persona». Todo parece indicar que murió sin tener ni puñetera idea de quién le había disparado.

Cosas curiosas que tiene la vida. Lepke fue uno de los mafiosos del Sindicato del Crimen que más porfió por conservar la vida de Thomas E. Dewey. Y, años después, sería en las manos de Dewey, como gobernador, donde estaría la vida de Lepke, condenado a muerte.

Pero la historia de aquel juicio, y de la decisión final de Dewey, es otra historia. Por hoy, basta de rollo.

sábado, noviembre 10, 2007

¡Fascista!

Hace ahora algunos días de la escena, que quedará para los anales audiovisuales, entre el rey de España, el presidente del Gobierno y el de Venezuela, durante la Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile. No pretendo yo con este post dar mi opinión sobre el evento o, cuando menos, darla por completo o sobre todos sus matices. Sólo me interesa destacar un aspecto de esa polémica; un aspecto que, curiosamente, no parece haber aflorado en los muchos dimes y diretes provocados por dicha discusión pero que es el más sustancial desde el punto de vista de la Historia, o así al menos lo veo yo.


Todo empezó porque Hugo Chávez se refirió por tres veces al ex presidente del Gobierno español, José María Aznar, motejándolo de fascista. Y este es el punto en el que el presidente venezolano sacó los pies del plato; porque ser fascista es algo muy concreto, tan concreto que hay países del orbe occidental donde serlo es delito. Y, por lo tanto, cuando se acusa a alguien de ser fascista, lo menos que se puede hacer es, al punto, demostrar la acusación con hechos y palabras indubitables.


El fascismo es una ideología tan efímera en la Historia como importante en las trazas que dejó. Sí, ya sé que el fascismo existe hoy en día, así pues no llevo razón al considerarlo efímero; pero hay una diferencia enorme entre existir y existir siendo una alternativa seria de gobierno, ejerciendo cuotas de poder, y es en este terreno del ejercicio del poder donde el fascismo ha perdido notablemente terreno en los tiempos actuales, como también le ha ocurrido al comunismo.

Hoy en día y para siempre, los politólogos, los sociólogos y los historiadores discuten interminablemente sobre los orígenes y la existencia del fascismo. Esto es así porque hay elementos del fascismo, como es el ultranacionalismo o la exaltación de la raza, que existen desde hace mucho tiempo; por citar dos pueblos alguna vez gobernados por fascistas, tanto alemanes como españoles nos hemos sentido superiores al resto desde mucho tiempo antes a la existencia del fascismo en nuestro seno. Y no digamos los italianos, en el punto y hora que resucitan su pasado imperial, truquito éste que explica que el saludo fascista sea el viejo saludo romano.


No obstante estas discusiones, el fascismo como tal estructurado, existente como una alternativa política cierta, como una doctrina de dominación del Estado, es un fenómeno propio de la primera posguerra mundial. En la llamada Gran Guerra muchas cosas del orden mundial vigente hasta entonces hicieron crisis, pero lo más importante de esa catarsis es que se resolvió malamente. Se habla mucho de los tratados de Versalles o de Trianon como caldos de cultivo de la deriva fascista en Italia y en Alemania, aunque yo creo que hay algún otro elemento de mayor importancia. Las potencias que ganaron la primera guerra mundial, que se la ganaron fundamentalmente a Alemania, cometieron un grave error del que aprenderían veintipocos años después. En la primera guerra mundial, las hostilidades se acabaron prácticamente antes de pisar tierra alemana, con lo que el prestigio de aquel país quedó intacto, presto, por así decirlo, a sentirse humillado, pero no vencido. Este hecho sería crucial para el renacimiento entre los alemanes de la idea de la Gran Alemania.


El fascismo de poder, en todo caso, no lo inventan los nazis. Lo inventa Benito Mussolini, un líder socialista italiano de quien, sin embargo, el sindicalista francés Georges Sorel vaticinó, nada menos que en 1912, que acabaría siendo «un condottiero del siglo XV». En 1914 Mussolini, hijo de un herrero y de una maestra, se separó del partido socialista por su antibelicismo; él, lejos de ser pacifista, veía en la guerra mundial una oportunidad de oro para realizar y perfeccionar la unidad de Italia. Tras la guerra, en la que fue herido de cierta consideración, creó un haz (o fascio) de excombatientes, cada vez más radicalizados a causa de la violencia de la extrema izquierda.


La filosofía de acción directa del fascismo italiano fue notablemente atractiva para los más jóvenes, igual que ocurrió en Alemania e igual que ocurrió en España, sobre todo con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma, que acabarían fusionándose (no sin problemas) con la Falange de José Antonio Primo de Rivera. Cuando el sistema parlamentario italiano cayó en el descrédito, Mussolini organizó una marcha sobre Roma que operó de presión sobre el rey Víctor Manuel, el cual le dio el poder.


A diferencia de Hitler, que es un fenómeno meramente alemán y cuyos seguidores en otros países lo son, sobre todo, por interés, Mussolini es el gran irradiador del fascismo. La FE de las JONS joseantoniana se sentía más mussoliniana que nazi, pero hay más ejemplos, tales como Averescu en Rumania, Stoyadinovich en la antigua Yugoslavia, Gömbös en Hungría, Tsankov en Bulgaria, Carmona en Portugal...


¿Qué es ser fascista? En primer lugar, y sobre todo, ser fascista supone superditar al individuo a una idea (que suele tener en un partido a su guardían sagrado) hasta el límite que sea necesario. En tal sentido, todo fascista es, por definición, antiliberal, entendiendo por liberalismo no las estrechas fronteras de una determinada doctrina política, sino la creencia genérica de que el individuo y su libertad han de ser la base de toda relación política y social. La máxima supeditación a una idea (el nacional-socialismo, el nacional-sindicalismo, la supremacía de la raza, etc.) hace que el fascismo sea, además, una ideología que aspire a la toma completa del poder sin alternativas; como ideología antiliberal y antiparlamentaria (de hecho, la mayoría de los fascistas ven en los sistemas de partidos políticos un cáncer social que hay que extirpar), el fascismo propugna, pues, sistemas de partido único o sin partido en los que el derecho al voto o bien es descafeinado, o bien no existe. Siempre ha de existir una organización monopolística que marque el paso de la vida pública; en algunos casos no es estrictamente un partido; por ejemplo, el fascismo español, al ser nacional-sindicalista, lo que propugnaba era el monopolio de la organización sindical y, de hecho, el lema del falangismo radical en los años cuarenta y cincuenta era «Estado sindical»


Es un error identificar siempre el fascismo con la extrema derecha, en el sentido de defensa de los intereses de las derechas, es decir de las clases sociales más pudientes. No pocos fascismos se dotan de tintes obreristas en los cuales el fascista es el auténtico liberador de la clase obrera. En las bases de fusión de Falange Española y las JONS (13 de febrero de 1934) figuran algunos puntos que podrían ser fácilmente suscritos por cualquier radical de izquierdas («Afirmación nacional-sindicalista en un sentido de acción directa revolucionaria»), amén de otros curiosos como la limitación de los mandos de la formación a personas menores de 45 años o la afirmación de «una línea económica revolucionaria que asegure la redención de la población obrera, campesina y de pequeños industriales». Más allá, en el falangismo español hay todo un mito sobre la elección de la camisa azul como uniforme (algunos testimonios hablan de que había bastantes partidarios de la camisa parda, al estilo nazi); aunque yo tiendo más a creer que José Antonio se limitó a copiar a los grupúsculos fascistas portugueses, que ya la usaban, se cuidó mucho de alimentar el mito de que la elección tenía que ver con que dicha camisa se parecía a la de los mecánicos de los talleres, pequeños obreros manuales, pues.


El racismo no es un elemento fundamental del fascismo, aunque suele aparecer. En realidad, la pimienta que suele figurar en todo fascismo es el nacionalismo. Se podría decir que no todo nacionalista es necesariamente un fascista, pero resulta difícil encontrar un fascista que no sea nacionalista. El fascismo, en tanto que ideología que sustenta una idea común supraindividual, genera inmediatamente el concepto de destino común (así lo decían los puntos programáticos de la Falange, que definían a España como una Unidad de Destino en lo Universal) y supremacía. A Mussolini le encantaba leer a Friedich Nietzsche, filósofo alemán que lo mismo vale para un roto marxista que para un descosido brazo en alto; una de las cosas de él que atrae a los fascistas es su afirmación del superhombre, donde quieren ver la confirmación de sus ideas.


La exaltación de lo propio trae prendida la denigración de los otros. La Alemania nazi consideraba escoria a determinadas nacionalidades y razas: judíos, gitanos, polacos... Eran untermenschen, menos que hombres, razón por la cual estaba justificado su asesinato, incluso cuando eran niños. El fascismo nazi comenzó siendo un nacionalismo muy radical que propugnaba el renacimiento de Alemania, fuertemente humillada tras la Gran Guerra, para pasar rápidamente a buscar enemigos (los judíos y otros) y defender, primero su aislamiento (existen no pocos testimonios de que los nazis estudiaron la posibilidad de encerrar a todos los judíos en la isla de Madagascar) y después su exterminio. El asesinato masivo de judíos, gitanos, alemanes izquierdistas y no pocos homosexuales fue posible por algo que hoy se ve con otros ojos: la eutanasia. De hecho, Hitler es probablemente el primer gobernante que apoyó decididamente la eutanasia, aunque a su fascista manera. La eutanasia hitleriana, repugnantemente aplaudida por la clase médica alemana (y algún día debería pedir perdón por ello, ciertamente) propugnaba la eliminación de los arios defectuosos. Puesto que la raza aria había de ser perfecta y dominar el mundo, era necesario hacer una selección de la misma eliminando las malas hierbas. Así pues, antes que a los judíos, la Alemania nazi gaseó a unos 40.000 esquizofrénicos, paranoides y oligofrénicos, y a otros los esterilizó para que no pudiesen reproducirse.

La gran humillación pública del racista Adolf Hitler se produjo en 1936. Para entonces los nazis gobernaban en Alemania y en Berlín se celebraban los juegos olímpicos. Hitler esperaba que dichos juegos sustantivasen la supremacía de los arios, pero comenzó a ver que los negros les superaban en las pruebas atléticas, especialmente en las relacionadas con la velocidad, para las que es bien sabido que las razas de origen africano están mucho mejor dotadas que los semíticos. Así pues, empezaron a pasar cosas raras. Durante las series de calificación para la final de salto de longitud, que se celebraría poco después de que el atleta negro Jesse Owens hubiese ganado la final de 100 metros lisos, todo se confabuló para que Owens no pudiera pasar a dicha final. De los tres saltos de cualificación, los jueces le cantaron nulo los dos primeros. Uno de dichos nulos ni siquiera fue un salto; siguiendo, probablemente, instrucciones del palco, los jueces consideraron que una carrerilla de prueba que había dado Owens por la pista del salto había sido un intento, y se lo calificaron como nulo.

En ese momento aparece el héroe de esta historia. Se llamaba Luz Long, era alto, rubio y de ojos azules, era alemán y era el segundo mejor saltador de longitud del mundo, después de Owens. O sea: era quien más podía ganar con las putadas que le estaban haciendo al puñetero negro. Y, sin embargo, Long no estaba hecho de la misma madera que Hitler; la suya podría ser, quizá, más blanda, pero era, con seguridad, más noble.

Long se acercó a Owens, que estaba un poco bloqueado con todo el asunto de las putadas, y le dio la solución: sólo era la calificación, así pues no tenía que hacer un record. Le aconsejó que dejase una marca (si no recuerdo mal, Owens dejo caer una toalla) algunos centímetros antes de la tabla de saltado, y que calculase el salto no desde la tabla, sino desde la marca. De esta forma, los jueces no podrían cantarle nulo. Owens le hizo caso y se clasificó.

Luz Long hizo algo más que eso. Al día siguiente, en la final, cuando Owens lo derrotó, felicitó a Owens. O sea: se abrazó a un negro que le había ganado ante los ojos de Hitler. Con un par.

Luz Long murió en la segunda guerra mundial, lo cual quiere decir que, lejos de disfrutar de los privilegios de que gozaban los deportistas de élite fue enviado, oh casualidad, al frente a pegar tiros (en el frente más duro, es decir el ruso). Sin embargo, pocas, muy pocas personas le recuerdan hoy, a pesar de que es un héroe. Ya que se habla tanto de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, quizá no habría demasiadas discusiones si consistiese en cosas como contarle a los niños la historia de Long.

Para mí, además, el mérito de personas como Long es mayor teniendo en cuenta que fue capaz de ir donde no llegaron otros que tuvieron una posíción más cómoda que la suya. Una de las cosas que tal vez sería bueno que algún día se explicasen bien es el porqué del cambio de última hora en el equipo estadounidense de 4x100 en aquellas Olimpiadas. Inicialmente, el relevo estaba formado por Martin Glickman (10,6 segundos en los trials), Sam Stoller (10,6), Foy Drapper (10,6) y Frank Wykoff (también 10.6). Con ello, EEUU renunciaba al propio Owens (10.4) y a Ralph Metcalfe (10.5), ambos negros. Esta decisión, en cualquier caso, podría no estar fundamentada en el racismo, sino en una política que EEUU ha seguido siempre de intentar que cuantos más atletas ganen medalla, mejor.

Días antes de la final, sin embargo, el entrenador estadounidense reunió a los relevistas y les contó la milonga de que el equipo alemán era fortísimo y que por eso había que jugar las mejores cartas, razón por la cual Owens y Metcalfe entraron en el cuarteto en sustitución de Glickman y Stoller.

Estaréis pensando: vaya cataplines, los americanos. Quitan a dos blancos para meter a dos negros ante las narices de Hitler. No obstante, vuestra valoración tal vez cambie un poquito si os cuento que Glickman y Stoller eran judíos.

Que yo sepa, nunca se ha aclarado del todo quién sacó a los judíos del 4x100. Como ya habéis leído, no existía razón específica para ello, pues tenían la misma marca que otros dos corredores que sí corrieron. Lo que no se sabe es si fueron los alemanes quienes presionaron o fueron los norteamericanos motu proprio. Ambas versiones son posibles.

Por cierto: en la final, los alemanes llegaron cuartos, aunque se clasificaron terceros porque el equipo que les precedió, Holanda, perdió el testigo. La medalla de plata, Italia, llegó a más de diez metros de los americanos. Queda claro, pues, que la milonga de que los alemanes tenían un superequipo resultó ser eso, una milonga, y que, aún cediendo las tres décimas de menos que tenían Owens y Metcalfe sobre los atletas judíos, el equipo americano habría ganado la final más o menos con un segundo de ventaja sobre su inmediato perseguidor.

Así pues, quienquiera que decidiera que dos judíos no recibiesen sus medallas de oro delante de Hitler, ése sí que era un fascista.

El paroxismo nazi llegó hasta tal punto que hubo médicos que acariciaron la idea de ayudar a construir la supremacía aria mediante la reducción del periodo de gestación; si conseguían que la mujer concibiese en menos de nueve meses, la capacidad de generar arios se multiplicaría. En sus experimentos, casi siempre carentes de base científica, utilizaron normalmente mujeres prisioneras, a menudo judías, a las que radiaron los ovarios en interminables sesiones hasta dejarlas, en el mejor de los casos, estériles. Aunque tampoco tenía demasiada importancia, pues su destino, en todo caso, era la cámara de gas.


Ser fascista, por lo tanto, es ser ultranacionalista, antiparlamentario, partidario del colectivo y no del individuo, exaltador de la violencia y de la dominación del diferente, racista y xenófobo. Para ser fascista hay que ser todo eso. Decir de alguien que es fascista, pues, es un insulto muy grave. Decirlo tres veces, tres insultos muy graves.


La confusión, en lo que a nosotros se refiere, comenzó en la República. Cuando en noviembre de 1933 las elecciones dan un vuelco al país y colocan a las derechas en el gobierno, las izquierdas reaccionan aseverando que en España va a pasar como en Austria y en Alemania, es decir que el fascismo va a tomar el poder legalmente pero luego va a quedárselo para siempre. No está claro si el gran líder de la derecha, Gil-Robles, se sentía o no fascista. El mandamás de la CEDA justifica plañideramente en sus memorias (No fue posible la paz) su asistencia a un congreso del NSDAP (el partido de Hitler) y pasa de puntillas por cosas que sabe que dijo en aquel entonces, como que si el Parlamento no entendía su mensaje, sometería al Parlamento (y someter es un verbo lo suficientemente polisémico para que cada uno se crea lo que le dé la gana). Se explaya, claro, en lo que le defiende: una vez que las izquierdas dieron un golpe de Estado revolucionario, y una vez que dicho golpe fue sofocado, el sistema democrático fue conservado, así pues la amenaza de dictadura, según Gil-Robles, nunca existió.


El caso es que ya en el bienio de las derechas comienza a construirse la dicotomía sencilla fascistas-antifascistas. Dicotomía que alcanza su máximo esplendor al estallar la guerra civil, pues en zona republicana todo aquel que está con los golpistas se convierte en un fascista (entonces se decía más fachista) y el bando contrario se convierte en el antifascismo. La ayuda de Hitler y Mussolini a Franco no hizo demasiado por destruir ese tópico, aunque a mí me parece sociológicamente insostenible. A Franco en el 36 le apoyaron grupos sociopolíticos que comienzan en la derecha del Partido Radical y engloban, por lo tanto, al maurismo, las derechas coligadas en la CEDA, elementos católicos, agrarios, monárquicos de muy variada laya y, por supuesto, el requeté y la Falange. En España, en julio del 36, no habría ni 50.000 fascistas, y con 50.000 pollos no se gana una guerra ni aunque venga la Legión Cóndor siete veces.

A ello hay que unir el hecho, quizás más allá de la temática de este post, de que tampoco todas las izquierdas antifascistas lo eran.


El tópico pervivió a la guerra, llevándonos a la dinámica de pensar que el franquismo fue fascista y, por lo tanto, la lucha contra el franquismo fue aquella vieja lucha contra el fascismo. Afortunadamente, la historiografía ha terminado por darse cuenta de que Franco desfascistizó su régimen desde el momento en que vio que Hitler podía perder la guerra, convirtiéndolo en una dictadura militar (porque no hace falta ser fascista para aplastar las libertades de los pueblos; ésta es otra confusión bastante común en el lenguaje actual).


Que Franco fue sinceramente fascista, yo creo que no lo duda ni la fundación que lleva su nombre. Que dejó de serlo y que, ítem más, al principal elemento fascista de su gobierno, su cuñado Serrano Súñer, se lo apioló comme il faut, es igual de cierto. Tras esto, ya digo, no hace falta elevar a Franco a los altares, porque se puede dejar de ser un fascista y seguir siendo un cabronazo. Yo, de hecho, conozco personalmente a muy pocos fascistas, apenas uno o dos. Pero cabronazos, los conozco a puñaos.


Una discusión interesante es, por ejemplo, si Stalin fue fascista. Yo creo que sí. Como lo fue Mao, o Pol Pot. Como ya he dicho, el fascismo no es una ideología ni de derechas ni de izquierdas. Es una forma muy concreta de entender la ideología o, si se prefiere, una tentación totalitaria. Y se puede llegar a experimentar lo mismo cantando Por Dios, por la Patria y el Rey que La Internacional.


Pero lo que ha de quedar meridianamente claro es que cuando alguien opina algo pero te permite discrepar, no es fascista. Cuando alguien no pretende imponer sus criterios mediante el uso de la violencia, no es fascista. Cuando alguien no propugna de todos los ciudadanos debieran supeditar su libertad, sus acciones y su albedrío a una Idea, no es fascista.


Y si no nos damos cuenta de esto, seguiremos usando la palabrita a humo de pajas, y todo lo que conseguiremos es que cada vez signifique más cosas distintas, o sea no signifique ninguna.


Y eso, es decir que la palabra fascista en el fondo no signifique nada, es, exactamente, lo que quieren los fascistas.

jueves, noviembre 08, 2007

La encuesta (3): Ellos y ellas

AVISO: Con este post se abre un periodo de silencio que durará unos cuantos días. Supongo que la próxima vez que podréis leer una nueva anotación será el lunes 19 de noviembre. El día 12 salgo para Santiago de Chile, donde pasaré unos días durante los cuales no creo que escriba (aunque todo puede pasar). Mientras tanto, esto es lo que hay, porque Tiburcio no está para muchos ruidos; ha pillado un contrato en prácticas en el Circo Americano y con las tres representaciones diarias anda como el culo; si por ventura vais al circo, fijaros que al salir la fila de elefantes hay uno, el tercero, que va como quien no quiere la cosa dándole tompazos en los cojones al que va delante. Ése es Tibur.

Hay una cosa que me gustaría dejar clara porque justo cuando iba a postear este comentario ha llegado el de Anónimo sobre el valor estadístico de la encuesta. A ver: el valor estadístico de la encuesta es nulo. Esto lo sé hasta yo que soy de letras. Cualquiera que se repase los post que he escrito al respecto verá que, entre otras lindezas, lo califico de juego de amiguetes, que es lo que es. Un estudio estadístico serio sobre la materia de la que trata esta consulta es algo absolutamente inútil. Si en abril del 2006 (según el CIS) un 43% de los españoles desconocía quién es Josu Jon Imaz, un 17% Josep Lluis Carod, y un 15,6% Gaspar Llamazares, que están todo el día dale que te pego en la tele, ¿qué porcentajes reales de conocimiento arrojarían Alejandro Lerroux o Indalecio Prieto? Aquí no se trata de otra cosa que de esparragar un rato.

Anyway, en esta tercera toma de la encuesta Ponle nota a los políticos de la República me voy a ocupar de las valoraciones de los votantes clasificados según su sexo.

¿Somos los hombres iguales que las mujeres? Lo dudo mucho. Machos y féminas tendemos a ver las cosas diferentes y a pensar diferente; ésta es una de las razones, aunque no la única, de que este mundo sea tan divertido. Si nos atenemos a la encuesta, los datos no hacen más que abonar esta tesis. O sea:

El premio Le Molo a Ellos se lo lleva Julián Besteiro, ganador ya de nuestro primer premio absoluto, con una calificación de 6,39. Sin embargo, no se lleva el premio Le Molo a Ellas. Este premio es, increíblemente, para Ángel Pestaña (8,5); y digo increíblemente porque en mi anterior post, en el que traté el asunto del nivel de conocimiento, ya dije que el de Pestaña era muy bajo; podemos concluir, por lo tanto, que no sólo lo conoce poca gente, sino que esa poca gente es básicamente femenina, y además le tiene en alta estima.

Inmediatamente después, y es quizá quien merece el premio dado que ha recibido más votos, se sitúa Federica Montseny (8 puntos de media). Ambos son, pues, de la misma cuerda. Las féminas que han contestado nuestra encuesta se decantan claramente por la bandería rojinegra; aunque quizá no les guste recordar que ésa es, también, la combinación de colores de la Falange.

El tercero en discordia, con una calificación de 7, es Dolores Ibárruri. Dicho de otra forma: de dos mujeres que había en la lista de 30, las dos son votadas entre las tres primeras por nuestras encuestadas. Ellas se votan a ellas. Y, ¿por qué no habrían de hacerlo, si nosotros también practicamos el mismo deporte?

Una diferencia fundamental entre hombres y mujeres es el nivel de exigencia: entre los hombres hay tan sólo cinco políticos que aprueban: el mentado Besteiro más Azaña (5,42), Alcalá-Zamora (5,22), Prieto (5,18) y Federica Montseny (5,08). Las chicas, sin embargo, aprueban a… ¡19 políticos! Caray con la diferencia, ¿no?

A los tres ya mentados (Pestaña, Montseny, Ibárruri), los aprobados femeninos son para: Azaña (6,71), García Oliver (6,67), Besteiro y Companys (6,57), Portela Valladares (6,33), Carrillo (6,14); Martínez Barrio, Domingo, Negrín y Casares (6 puntos); Prieto (5,57); Largo (5,29); Alcalá-Zamora (5,14); y Miguel Maura, Calvo Sotelo y José Díaz, cada uno con un 5 raspadito.

Pestaña es el político de la República en torno al cual más se diferencia la valoración de hombres y de mujeres: ellas le dan 4,3 puntos más de nota. Le sigue García Oliver, con una diferencia de 3,7 puntos. Bueno, Pestaña y García Oliver no compartieron partido, pero sí universo: el de la izquierda más radical. Todo parece indicar, por lo tanto, que es en esos predios donde se dirimen las diferencias de sexo en cuanto a juicio histórico.

Los hombres, por su parte, valoran mejor que las mujeres, aunque con diferencias muy pequeñas, a Gil Robles, a Andreu Nin (correligionario de García Oliver; o sea, no entiendo nada), Lerroux y Alcalá-Zamora.

Si observamos la desviación estándar de las calificaciones, que por lo tanto nos dicen qué personajes obtienen valoraciones más extremas, entre los hombres el premio Ellos no se Aclaran es para Juan García Oliver, con una desviación típica de 3,6 puntos, seguido del lehendakari Aguirre (3,24) y de Pasionaria (3,11 puntos).

¿Y entre ellas? ¡Pues se acabó la guerra de sexos! El premio Ellas no se Aclaran es también para Juan García Oliver, 3,51 puntos, seguido a muy corta distancia (3,46) por su correligionario Nin.

La parte baja de las desviaciones es más difícil de juzgar, porque en ella se encuentran, habitualmente, los poco votados. De entre los registros que veo correspondientes a políticos razonablemente votados, veo que en los hombres las opiniones son sólidas para los políticos de derecha, pues personajes como Gil-Robles, Calvo-Sotelo o Maura tienen bajas volatilidades; fenómeno que entre las mujeres está más repartido y ligeramente escorado a la izquierda. Especialmente remarcable es el caso de Juan Negrín, que con una desviación de 0,71 puntos revela haber recibido votaciones prácticamente homogéneas en el campo femenino.

Y hasta aquí hemos llegado de momento. Ya sólo nos quedan los tramos de edad. Nos vemos en diez días, o asín.

miércoles, noviembre 07, 2007

La encuesta (2). Manuel Azaña, premio al Más Conocido

En esta segunda toma de la encuesta me voy a ocupar, tal y como reclamaba Tiburcio, del problema del conocimiento. Como espero convenceros, la cosa tiene su intríngulis.

Recordaréis que la encuesta se realizó en torno a 30 políticos de la República. Pues bien, prácticamente la mitad de ellas (14) registran niveles de conocimiento inferiores al 50%. Los datos parecen demostrar que, en realidad, nuestros conocimientos del pasado, del pasado de nuestros abuelos, se circunscriben, en la mayoría de los casos, a juicios generales sobre la situación (esto me gusta, esto no me gusta) y el conocimiento de bastantes pocas personas de las que protagonizaron esos procesos.

He clasificado a los 30 de la fama en cuatro categorías: izquierda (PSOE, comunistas y anarquistas); centro-izquierda (partidos burgueses, incluido el radical); derecha (Renovación Española, CEDA, Falange, Bloque Nacional, agrarios, el partido de Maura y Chapaprieta, que era independiente pero de derechas); y nacionalistas (ERC y PNV). Para esta clasificación he tenido que tomar alguna decisión un poco polémica, como clasificar a Niceto Alcalá-Zamora dentro del grupo de centro-izquierda vista la hostilidad que mostró hacia no pocos miembros de la derecha. Y los resultados son curiosos.

El promedio de conocimiento de los personajes de la izquierda es el más alto: el 62,7%; le siguen los nacionalistas con un 59,6%, luego la derecha con un 51,6% y, finalmente, los políticos de centro-izquierda con un 48,5%. O sea, entre el grupo menos conocido y el más conocido hay nada menos que 14 puntacos, que ya le vale.

¿Qué conclusión saco de esto? Hombre, conclusión ninguna; esto es un juego de amiguetes. Lo que sí puedo decir es que estos resultados coinciden bastante con cosas que yo me barrunto que ocurren hoy en día con la República, a saber:

* Gentes que viven pensando que la II República española empieza en Azaña y
termina en los anarcosindicalistas; o sea, que no hubo más política en aquellos
años que la que va, en términos de hoy en día, entre una especie de PSOE liberal
no de clase y los grupos de izquierda radical. A la mayoría de las personas, al
ponerle nombres y apellidos a la República, sólo le sale los de las
izquierdas, hasta el punto de que no es inhabitual encontrar personas que,
preguntadas sobre el partido en que militaba Manuel Azaña, contestan muy ufanas
que en el PSOE.

* Como consecuencia de lo anterior, se produce un segundo efecto, por el cual las derechas son juzgadas sin que sus nombres se conozcan. Para mucha gente, las derechas en la República se identifican con Franco; pero cuando las derechas gobernaron, cosa que hicieron durante el 41% de la duración de la República, a lo más que llegó Franco fue a jefe de Estado Mayor del Ministerio de Defensa; anda que no tuvo gente por encima y, además, entre otras cosas, jamás pisó las Cortes republicanas (estuvo a punto de presentarse a diputado por Cuenca, pero finalmente se echó atrás).

Además, el conocimiento no se corresponde, o no se corresponde estrictamente, con la importancia del personaje en aquellos tiempos. Veamos.

Azaña es el político con mejor tasa y, por lo tanto, ganador del Premio al Más Conocido: 92,3% de conocimiento, especialmente entre las personas de treinta y tantos y las de más de 60 o así, y más entre los seres de género destrógiro (machos) que levógiro (hembras) . Nada hay que objetar a esto. Fue el gran arquitecto de la República, fue presidente del Gobierno, Presidente, ideólogo y muchas cosas más.

Pero es que detrás va Dolores Ibárruri (90,38%). Evidentemente, a Pasionaria le ayuda el hecho de haber vivido muchos años y haber regresado a España en la Transición y todo eso. Pero que sea el segundo personaje más conocido de la República es, a mi humilde entender, colocarla en un pedestal que no merece; y no me refiero a la calidad de sus actuaciones, sino a la importancia intrínseca que tuvo su persona en aquellos tiempos.

En consecuencia con lo antedicho, el tercer personaje más conocido de la República es Santiago Carrillo (86,5%), que tuvo un papel importantísimo en la España de la Transición, pero en los años republicanos era más bien poco importante, entre otras cosas porque era demasiado joven para tocar poder partidario.

A causa de esta invasión de los primeros puestos por parte de estos personajes del pasado que vivieron nuestro presente tenemos que esperar hasta el cuarto puesto para encontrar a otro arquitecto de la República, Francisco Largo Caballero (84,6%); curiosamente más conocido por las personas más jóvenes que por las de más edad, lo cual también me confirma en la idea que tengo de que Largo es un personaje en parte rescatado (y bien rescatado, dada su importancia) por los historiadores.

En el quinto puesto, ex aequo, encontramos a un batiburrillo de políticos, todos ellos conocidos por el 80,7% de los encuestados: Lluis Companys, Indalecio Prieto y José Antonio Primo de Rivera. Por deshacer el empate, el único que consigue un nivel de conocimiento del 100% en algún tramo de edad (descontado el tramo yogurín, donde sólo ha habido un voto y por eso no lo cuento) es Companys.

Y ya tenemos aquí otro desajuste: el político de derechas de la República más conocido es José Antonio Primo de Rivera. Si sostuviésemos esto, un suponer, ante un votante de derechas (o de izquierdas) en 1934, nuestro interlocutor, simple y llanamente, se descojonaría de la risa. Una vez más, se revela que los grandes personajes de la derecha son básicamente desconocidos.

Alejandro Lerroux, Niceto Alcalá-Zamora y José María Gil Robles arrojan un conocimiento del 76,9%. La nómina de los conocidos por más del 50% de los encuestados se completa con: Julián Besteiro y José Calvo Sotelo (75%); Juan Negrín (71,1%); Federica Montseny (65,4%) y Miguel Maura (55,8%).

No son conocidos ni por la mitad de los encuestados un montón de personajes que fueron nada menos que primeros ministros: Santiago Casares Quiroga (42,3%), Diego Martínez Barrio (36,5%), Portela Valladares (34,6%) y Joaquín Chapaprieta (26,9%). También podríamos contar a Giral (36,5%).

El resto de las notas que me quedan por dar son:

Andreu Nin: 42,3%.

José María Aguirre: 38,5%

Ángel Pestaña: 34,6%

José Díaz (¡el jefe de Ibárruri!); 32,7%.

Juan García Oliver: 26,9%.

Goicoechea: 26,9%.

Marcelino Domingo: 21,1%.

Félix Gordón Ordax: 19,2%

Martínez de Velasco: 19,2%.


Si consideramos los resultados por sexos, ocurre algo que es consecuencia de que han votado muchos más buitres que palomis. Los resultados en los hombres calcan bastante los resultados totales, como digo lógico teniendo en cuenta que ellos somos (sic) la mayoría de los votantes.

O sea: entre los chicos, Azaña gana como el más conocido, seguido de Pasionaria, Carrillo, Largo, Companys, Prieto y Primo de Rivera, igual que en los resultados generales. Pero entre las chicas no hay un ganador, sino… ¡once! Esos mismos siete políticos que acabo de citar, además de Alcalá-Zamora, Calvo Sotelo, Julián Besteiro y Federica Montseny, arrojan la misma calificación: 87,5%.

Todo parece indicar que el conocimiento entre las féminas es más homogéneo. Los hombres somos más anárquicos.

En fin, esta última afirmación no es muy feliz, teniendo en cuenta lo mucho que conocen y valoran las mujeres a Federica Montseny. Pero todo parece indicar que la conocen más por mujer que por anarquista. ¿Por qué digo esto? Pues porque el otro compañero anarquista de viaje de Montseny en esta encuesta, Ángel Pestaña, obtiene un putomiérdico ratio de conocimiento del 25% entre las mujeres. No parece, pues, que sea la acracia lo que atrae a las mujeres, sino más bien la condición femenina de la señora ministra.

En resumidas cuentas: a despecho de memorias históricas, histéricas y de otro tipo, todo parece indicar que vivimos bastante de espaldas, quizá no hacia lo que pasó, pero sí, desde luego, hacia quienes lo protagonizaron.

lunes, noviembre 05, 2007

El chungo asunto del Vita

Bueno, dado que la encuesta ya ha sido cerrada y está en trance de publicación, se levanta la censura sobre los artículos relacionados con la época. Esto me permite sacar a pasear éste mientras busco tiempo para seguir con los resultados de la encuesta.

Que lo disfrutéis.



Con los hechos históricos de por medio, la mistificación es algo que, más que ser habitual, es normal. El nacionalista mistifica negativamente los hechos en los que quiere ver agresión a su nación, y el antinacionalista realiza una mistificación inversa. El monárquico mistifica cualquier acción de la corona y el republicano mistifica la gestión republicana. Quizá por esto yo tengo por norma, cada vez que discuto, en persona o en internet, sobre algún aspecto histórico, abandonar la discusión cuando me encuentro con argumentos del tipo «como todo el mundo sabe», «es algo obvio», etc. En Historia hay muy pocas cosas obvias y si alguien las ve así, entonces debería pensar que está mistificando en exceso.

Uno de los mitos o mistificaciones que existen sobre nuestra Historia reciente, que yo quiero traer hoy aquí, es el relativo a la República en el exilio, es decir, al devenir de los grupos políticos que apoyaron el bando republicano en la guerra civil a partir del momento en que dicha guerra terminó hasta más o menos la instauración de la democracia. Puesto que existe una primera mistificación, merced a la cual se señala que todos los grupos políticos republicanos eran democráticos, la idea por fuerza ha de permanecer en el tiempo, así pues la mistificación quiere ver en los años del exilio una existencia muelle y sobre todo consensual que estuvo lejos de ser así. De hecho, las fuerzas republicanas comenzaron a tirarse los trastos a la cabeza casi desde el primer minuto tras el famoso parte de Franco en el que decía que cautivo y desarmado el ejército rojo bla, bla, bla.

En puridad, las leches comenzaron antes. No otra cosa es el golpe de Estado del coronel Casado, es decir la rebelión de un militar para tomar el poder de la República con el solo objetivo de rendirla ante Franco, ya triunfante (Franco ya había ganado la guerra, como poco, cinco o seis meses antes). A Casado lo apoyó el líder del PSOE Julián Besteiro a título personal y el cenetista Cipriano Mera con sus fusiles y sus columnas. Como quiera que los comunistas reaccionaron contra el golpe, por las calles de Madrid, y sobre todo en los aledaños de lo que hoy son los Nuevos Ministerios, se produjo una guerra dentro de la guerra, en la que comunistas por un lado, y anarquistas y restos del ejército de la República por otro, se tiraron a matar. Y siguieron haciéndolo durante décadas. Las librerías de viejo están repletas de memorias, casi todas publicadas en los años setenta, de viejos combatientes de izquierdas. La tesis de los comunistas es: si los anarquistas no hubiesen jodido la marrana, la guerra se habría ganado. La tesis de los anarquistas es exactamente la misma. Lo único que hay que hacer es cambiar comunistas y anarquistas de sitio.

Con todo, y es de esto de lo que va este post, la más agria polémica se produjo en los primeros años tras terminar la guerra, y se produjo en el seno del PSOE. Debemos recordar que el Partido Socialista ha protagonizado, durante los años de la guerra, la coordinación de la misma. Una vez que, finalizando el verano del 36, se hizo patente que los partidos de izquierda burguesa no eran capaces de movilizar a las masas republicanas, Largo Caballero accedió a la presidencia del Gobierno. Largo hizo más o menos lo que pudo, lo cual incluye un par de capulladas y muchos errores de cálculo, tal como echar de su despacho al embajador soviético. Enemistado con los comunistas, éstos lo hicieron saltar del gobierno para poner a otro miembro del partido, Juan Negrín, más proclive a entenderse con ellos. Hoy es el día que, en toda la parafernalia de la llamada memoria histórica, en esta España actual el PSOE habla de todo, pero jamás pronuncia el nombre de Juan Negrín. De hecho, jamás he escuchado a un solo político socialista declararse heredero de Negrín.

En el gobierno Largo primero y en el que le siguió de Negrín después brilló, como gran organizador bélico, un tercer miembro del PSOE, Indalecio Prieto. Prieto era un político de corte socialdemócrata que gustaba de significarse como no marxista aunque, en realidad, la característica que mejor se le aplicaba era la de maniobrero; era capaz de ser casi cualquier cosa si lo creía conveniente para su futuro político. Pero era un gran organizador, razón por la cual se le considera, yo creo que con bastante razón, uno de los mejores ministros de Obras Públicas que ha tenido España. En la guerra se encargó de la organización bélica y por ello, porque era Prieto quien leía los partes de verdad y conocía con exactitud la situación del ejército y las milicias republicanas, en 1937 fue cayendo en un estado de depresión nada conveniente para la persona que se supone que tiene que ganar una guerra, motivo por el cual fue apartado del gobierno y, en los últimos meses de la República, lo tenían de florón viajando por el mundo a hacerse bolos.

Negrín y Prieto. Prieto y Negrín. Dos correligionarios, como lo puedan ser hoy, un suponer, Zapatero y Pepiño Blanco, que acabaron a hostias. Discutiendo por la cosa más desagradable que se puede discutir entre hermanos: por dinero.

El Gobierno de la República declaró, durante la guerra, la obligatoriedad de que los ciudadanos entregasen los metales preciosos y las joyas que tuviesen al Banco de España. Además, decretó delito la posesión de más de 400 pesetas en moneda de peseta y procedió a incautaciones al amparo de estas leyes. A lo que hay que unir que partidos políticos y sindicatos, en algunas zonas de España, camparon por sus respetos, ocuparon edificios y se quedaron con un montón de cosas que encontraron en las casas de los que consideraban sus enemigos.

A día de hoy, año 2007, nadie sabe, y yo creo que no se sabrá nunca, a cuánto ascendieron aquellas incautaciones. Es uno de esos misterios de los que poca gente quiere hablar, una de esas memorias que nadie quiere recuperar. Pero lo que sí sabemos es que una parte, no sabemos cuál, de aquellas incautaciones aparece, muy poco antes de terminar la guerra, en las sentinas de un yate. El Vita.

El 23 de marzo de 1939, o sea a cosa de una semana o así del final de la guerra, el Vita atracó en el puerto mexicano de Veracruz. En su interior se acumulaban cerca de doscientos paquetes, bultos y baúles, conteniendo joyas y otros bienes valiosos incautados a particulares. Toda esa pasta había salido de España por orden del presidente del Gobierno, Juan Negrín, el cual, cotizando el final de la guerra, quería tener dinero en el extranjero para atender a los exiliados. Sin embargo, el hecho de que Francia reconociese a Franco y adoptase una actitud cada vez menos beligerante hacia los rebeldes le hizo temer que tal vez el país vecino cogiese las joyas y se las diese al general. Ésta fue la razón final de que ordenase cargarlas en un barco y enviarlas a México, pues tanto México como su presidente, Lázaro Cárdenas, tenían una posición prorrepublicana a prueba de bombas.

El rector de la Universidad de Valencia, José Puche, fue la persona encargada por Negrín para estar en Veracruz el día señalado para la recepción del Vita. Sin embargo, Puche se retrasó, motivo por el cual, al llegar el barco, no había nadie para hacerse cargo de él. Las gentes de la embarcación se pusieron nerviosas. No eran tontas y sabían que, llevando un barco cargado de riquezas, no podían confiar en el secreto; los puertos son sitios muy permeables donde todo, de una forma o de otra, se acaba sabiendo. Así las cosas, se buscó a un republicano de pro que se pudiera hacer cargo del cargamento. Asunto solucionado, porque en México se encontraba don Indalecio Prieto.

De acuerdo con su amigo el presidente mexicano Cárdenas, Prieto se llevó el barco a un puerto menos público, Tampico, y luego desde allí transportó las riquezas a Ciudad de México.

Es bastante claro que Prieto estaba pensando en encargarse de coordinar la ayuda económica a los exiliados. La cosa tiene su lógica: siempre había sido el hombre de las pelas en el PSOE (fue, por ejemplo, el financiero del golpe de Estado del 34); tenía una bien ganada fama de organizador infatigable; y, para colmo, en uno de los que se adivinaban principales destinos de la emigración forzada, México, tenía línea directa nada menos que con el Presidente de la República. Así las cosas, Prieto había solicitado, en las mismas semanas en que sucedía todo lo del Vita, ser colocado por el PSOE en México al frente del organismo de ayuda a los refugiados que había creado Negrín.

Pero Negrín dijo no.

Don Juan abrigaba la misma ambición. Quería ser él quien coordinase esa ayuda. Por altruismo o por alguna otra razón, eso no lo sé. Pero lo quería con mucha fuerza y, además, la razón parecía estar con él, porque él era el Presidente del Gobierno. Así lo había dictaminado, en efecto, la Comisión Permanente de las Cortes republicanas, reunida en París, el 31 de marzo de 1939 (unas horas antes del final oficial de la guerra, pues).

¿Cómo le sentó todo aquello a Prieto? Pues lo suficientemente mal como para no obedecer. Para cuando el pobre Puche llegó a México y exigió tomar los bienes del Vita, Prieto los había trasladado a algún lugar secreto.

Estamos en abril de 1939 y Prieto comienza con sus maniobras, técnica ésta en la que, como he dicho, era un consumado maestro. Lo primero que hace el político socialista es enviar a la Diputación Permanente del Congreso un informe sobre su gestión relacionada con el barco y sus bienes y ligando dicha gestión a su amistad con el presidente de México (primer mensaje: hace falta que la pasta la gestione yo). En segundo lugar, juega a las claras una carta que será, a la postre, la que le dará la victoria: la carta de demostrar que es dicha Diputación Permanente el único vestigio real de las instituciones republicanas que queda en pie (segundo mensaje: ya no existe el Gobierno Negrín; el señor Negrín es hoy un diputado mediopensionista más). Así lo dictaminó la Diputación permanente en una reunión el 26 de junio de 1939 (con lo que se puede apreciar lo que le duraban las convicciones a la mencionada Diputación, pues tomó, en dos meses, dos decisiones que se anulaban la una a la otra).



En todo caso, el dictamente de la Permanente suponía, como consecuencia, declarar la inexistencia del gobierno de la República, con lo que Negrín quedaba sin legitimidad para administrar la pasta. Se da la circunstancia de que ambos contendientes, Prieto y Negrín, viajaron a Francia desde México en julio, pocos días después de esa decisión, y lo hicieron en el mismo barco. Durante todo el viaje, Negrín hizo denodados esfuerzos por entrevistarse con Prieto; sin embargo, a pesar de que un barco es un espacio finito donde los encuentros son prácticamente imposibles de evitar, dicha entrevista jamás se celebró. Como poco, hay que reconocerle a Prieto que era un tipo hábil.

La JARE, siglas de la junta de ayuda a los refugiados de la que Prieto fue vicepresidente y principal valedor, nunca elaboró un inventario de los bienes del Vita, que fueron su principal fuente de recursos. Los responsables de administrar todos aquellos bienes nunca sintieron más labor fiscalizadora que la de la Diputación Permanente de las Cortes republicanas, organismo casi fantasmagórico que carecía de los medios mínimos para ejercer dicha labor. Por supuesto, de auditorías externas ni hablamos. Ésta es la razón, lógica en casos de silencio como éste, de que la rumorología se dispare notablemente. Según a quién leamos, sin salir del bando republicano, podemos leer que en el barco viajaban bienes por valor de entre 10 y 200 millones de dólares.

A despecho de mitos y leyendas varios, lo cierto es que la ayuda económica a los refugiados durante los primeros años de la posguerra, los más duros, se consumó en una especie de competencia entre la JARE y el CTARE, es decir el Comité Técnico de Ayuda a los Refugiados Españoles, que administraba los fondos del SERE fundado por Negrín. Ambos servicios fueron, en algún momento, acusados de sectarios, es decir de favorecer con más cariño a los exiliados de su cuerda ideológica (socialistas en el caso de la JARE, negrinistas y comunistas en el caso del CTARE); pero, sean estas discriminaciones o no ciertas, lo que sí lo es, es que actuaron separados. En ambos casos, los fondos dieron no sólo para subvencionar a muchas personas, sino para fundar empresas, comprar ranchos, etc.; iniciativas casi todas que tarde o temprano fueron cayendo en la ruina, en casos por la impericia de quienes decidían los proyectos, que no eran inversores profesionales; y en casos por el propio diseño de los proyectos, pues cuando se compra un rancho y se pretende convertirlo en explotación ganadera a base de meter a trabajar dentro a exiliados que en su vida han visto una vaca a menos de cien metros, lo más normal es que acabe quebrando; pues en esta vida para todo, absolutamente para todo, hay que valer.

A la ineficiencia cabe añadir la acusación de falta de transparencia. El exilio español era muy variado pero, en el fondo, muy fácil de definir: todo aquel al que Franco no dejaba entrar en España sin el correspondiente trinque y encarcelamiento, podía considerarse un exiliado. Sin embargo, es lo cierto que la pasta (o sea, los manejes de la JARE y del CTARE) sólo la controlaron unos pocos de ese exilio, los más organizados. Los demás pudieron ser, y lo fueron en miles de casos, beneficiarios de la cosa. Pero en materia de información, fiscalización y control, hubo más bien poco. Hubo organizaciones como la denominada Asociación de Inmigrados (una asociación mexicana, pues), que jamás pudo, a pesar de sus peticiones, colaborar con la JARE. La JARE, de hecho, tenía una comisión que hacía las veces de control, la llamada Comisión de Socorros; que, sin embargo, acabó por ser disuelta.

En estas condiciones, la Historia de la ayuda a los refugiados españoles, a pesar de tener su base en un importante volumen de acciones de gestión, compras, montaje de empresas, etc., apenas cuenta con contabilidades o balances para escribirse. La transparencia brilla por su ausencia.

En septiembre de 1940, dos organizaciones de exiliados españoles en México, ajenas a la JARE, presentaron un escrito ante el Gobierno mexicano quejándose de la situación de opacidad en que se gestionaban aquellos fondos. Según acabaría reconociendo José Giral, que tenía una posición importante dentro de aquel montaje, la JARE tenía frente a él a los socialistas negrinistas y largocaballeristas (o sea, sólo tenía a favor a los prietistas), a los anarcosindicalistas y a sectores de Izquierda Republicana y Unión Republicana. O sea, apoyarles, apoyarles, lo que se dice apoyarles, les apoyaban Manolo y el de la guitarra. Por ello ese mismo mes, los gestores de los fondos (Prieto, Giral y Andreu) dimitieron ante la Diputación Permanente; aunque esa dimisión fue como la de Felipe González de la secretaría general del PSOE: la hicieron tan sólo para que la Diputación Permanente les pidiera, que les pidió, que se quedasen.

El Gobierno mexicano, presionado por el descontento de los exiliados que no estaban tocando pelo, inició una movida, que le llevó dos años, para hacerse con el control de la JARE. Le costó dos años porque ahí estaba Prieto para maniobrar. Cuando se creó la empresa mixta hispano-mexicana que gestionaría los fondos, se las arregló para tener mayoría en el consejo. Cuando el Gobierno mexicano empezó a recibir más que evidentes notas de protesta del exilio, se las arregló para hacer creer que provenían siempre del pérfido comunismo (mentira y gorda: eran todos los que estaban cabreados).

La suerte de Prieto se acabó cuando un decreto publicado en México que prohibía la circulación de dólares (a causa de un intento de fraude cometido por los alemanes) obligó a la JARE a intentar canjear los que tenía, acción ésta que sirvió para que los mexicanos se enterasen de que tenía una pastizara colocada fuera del país. México se sintió engañado por la JARE pues, después de todos los favores que le había hecho, ésta había respondido deslocalizando beneficios. En este ambiente, el Gobierno mexicano tomó pleno control de la JARE. Sin embargo, la comisión creada por los mexicanos nunca pudo tener la constancia total de que la información que llegó a tener sobre el volumen de los bienes del Vita respondiese a la realidad. Como he dicho ya un poco más arriba, el monto real de las riquezas que transportaba aquel yate es uno de los misterios de la Historia que yo creo que jamás se aclarará, pues todo el mundo que gestionó esos recursos era bien consciente de su procedencia y de la posibilidad de que algún día hubiese reclamaciones, así pues las señales dejadas fueron mínimas.

En suma, el episodio que comienza con el atraque del yate Vita en el puerto de Veracruz es uno de los episodios más desconocidos, y a la vez más desagradables, de esa Historia dentro de la Historia que es la que se ocupa de las vicisitudes del exilio español tras la guerra civil. Y como con casi todo lo que tiene que ver con la guerra, puede ser visto a través de cristales de diferentes colores, con diferentes conclusiones por lo tanto. Quienes son más partidarios del bando republicano tienden a entender que el oscurantismo con el que se desenvolvió la gestión de aquellos fondos era natural, tratándose de una labor humanitaria realizada desde la clandestinidad. Quienes son más partidarios del bando franquista incluyen este episodio en el mismo baúl donde meten el oro de Moscú y otra serie de episodios, demostrativos, según ellos, de la propensión de los republicanos por la rapiña.

Lo cierto es que la pasta del Vita sirvió, mayoritariamente, para dar ayuda y un futuro a personas que se encontraban, en muchos casos, en situaciones muy comprometidas tras su expulsión del país donde vivían. Sin embargo, dicha labor, ciertamente, se realizó con un oscurantismo que tiene poca justificación. La República en el exilio hizo denodados esfuerzos durante décadas por aparecer ante el mundo como un auténtico gobierno en el exilio, un gobierno además democrático; y los gobiernos democráticos no gestionan con la falta de transparencia y el sectarismo con que ellos lo hicieron.

Ahora sólo nos queda esperar que en algún lugar, en algún cajón, duerma el sueño de los justos algún diario, alguna contabilidad, algún inventario ignoto, realizado quizás por alguna de las muchas personas que estuvieron ligadas a esta situación, en el que se detalle cuánto dinero había en el barco y en qué se gastó. Y que tal vez alguien encuentre algún día esos papeles y, además, entienda su importancia.



Son tres condiciones, y se tienen que dar las tres. La verdad es que la cosa está chunga.

miércoles, octubre 31, 2007

La encuesta (I): Notas globales

Lo fue todo, no sólo dentro del Partido Socialista, sino del socialismo en sí. Fue la demostración andante de que el hombre no debe nunca traicionar sus convicciones, y que esta verdad es tan cierta que debe defenderse incluso contra las convicciones propias. A diferencia de tantas y tantas figuras que vemos desfilar por la Historia pensando exactamente la misma cosa desde el primer minuto hasta el final, él cambió de ideas y de planteamientos siempre que sintió la necesidad de hacerlo.

Quizá por eso mandar, mandar, lo que se dice mandar, nunca mandó gran cosa. Su momento de mayor poder fue quizá 1917, cuando rigió con destreza la organización de una huelga general revolucionaria que tenía que acabar con el capitalismo y como acabó fue como el rosario de la aurora. Años después seguía siendo un revolucionario puro, hasta el punto de que mientras otros correligionarios suspiraban por un sitial en el gobierno de la República, él porfiaba por negar esa posibilidad porque, decía, un revolucionario proletario no colabora con un burgués.

Amante de las purezas revolucionarias, no le dolían prendas ni de soltar una flor tras otra hacia regímenes políticos tan poco amigos de la revolución como el británico, y de desplegar una ecuanimidad y equilibrio en sus juicios como presidente de las Cortes que hoy es el día que la palabra «sectario» está aún por estrenar cuando es a él a quien se juzga.

Fue su error tal vez alimentar el crecimiento y la radicalización de su partido hasta que aquello se le fue de las manos. A finales de 1933, en el seno de su querida UGT, en la que él se suponía que mandaba, los teóricos de la dictadura del proletariado se hicieron oír y, como quiera que se les enfrentó, fue descabalgado y condenado a un ostracismo partidario en el que resultó cegado por otras estrellas rutilantes. Cuando el golpe de Estado revolucionario del 34 fracasó, ni siquiera fue a la cárcel a visitar a sus compañeros presos; cada vez eran menos compañeros.

Su historia termina en 1939 cuando, abrumado por una guerra perdida y el espectáculo de las muertes masivas que nunca puede agradar a un catedrático de Ética, no le tembló la mano a la hora de apoyar un golpe de Estado para acabar con todo aquello, aunque acabar con todo aquello equivaliese a entregar el país a manos de Franco. El general, siempre tan dado a la generosidad, lo dejó luego morir en prisión, como un perro olvidado por sus antiguos dueños, viendo pasar, supersónicos, los autos de la Historia mientras se muere en el arcén de la autopista, poco a poco, probablemente preguntándose compulsivamente, una vez y otra, en qué fallé, en qué pude fallar yo.

Julián Besteiro Fernández, con una nota media de 6,26, es el ganador de nuestra encuesta Ponle nota a los políticos de la República.

La victoria de Besteiro es, desde algunos puntos de vista, por goleada. No sólo es el político mejor valorado de la República; es que, además, ello es así porque le aprueban incluso quienes le odian. Además de ganar nuestro premio absoluto, también ha ganado (entre otros, pues ya volveremos a citarlo) el premio El más valorado por quienes no le valoran. La cosa es tal que así: tomando todas las calificaciones recibidas para cada político he estudiado la nota media que corresponde al percentil 25. Esto quiere decir la nota que deja por debajo sólo a la cuarta parte de las valoraciones, y por encima a las otras tres cuartas partes.

La nota registrada por el percentil 25 puede, por lo tanto, identificarse como la nota media que recibe cada político por parte de quienes le odian, de quienes no le valoran, de quienes le han dado notas bajas. Pues bien: Besteiro vuelve a sacar la nota más alta en el percentil 25, y lo realmente impresionante es que dicha nota está por encima de 5: 5,50, un punto y medio por encima del grupo de políticos que se sitúan detrás de él con un 4 (Miguel Maura, Indalecio Prieto, Manuel Azaña y Federica Montseny). Dicho de otra manera: aprueba incluso entre aquellos que deberían suspenderlo.

Esto me hace pensar que, tal vez, Julián Besteiro simboliza hoy ese consenso que tirios y troyanos parecen incapaces de conseguir cuando cada uno habla de su República y de su guerra civil.

Este primer post, además de a Besteiro, está dedicado al estrecho elenco de políticos de la República que han aprobado en esta prueba, es decir han sacado notas medias superiores a 5.

Inmediatamente detrás de Besteiro se ha situado, con una nota media de 5,53, Federica Montseny. Esta militante anarquista que llegó a ministra de la República ha tenido un golpe de riñones impresionante en los últimos días de la encuesta, subida, sobre todo, a lomos de las de su sexo y condición, es decir de las mujeres. Como veremos el día que hable de los resultados por sexos, para las féminas que han contestado la encuesta la combinación perfecta es, sin duda, mujer y anarquista.

El rally de Federica ha dejado sin el segundo puesto que tuvo durante mucho tiempo Manuel Azaña, icono de la República donde los haya. Con una nota de 5,50, le han arrebatado la medalla de plata los adictos al Omega 3, es decir las personas en la segunda madurez, entre los cuales este hombre que lo presidió todo en la República, incluso la propia República, se ha hundido lo suficiente como para perder por un cortacabeza contra esa señora que probablemente no le caía ya demasiado bien en vida, así que ahora no sé si le soltará cuatro frescas en la muerte. Azaña, a mi modo de ver, es víctima de lo discutido de su figura que, quizá, se va haciendo más discutida con los años; lo digo más que nada porque concita sus principales viveros de votos entre los que son muy jóvenes o están en lo mejor de lo mejor.

Si es que hay otra vida y desde ella se pueden leer blogs, supongo que Indalecio Prieto estará dejando escapar una risita diabética al comprobar que él sí, él sí se ha librado (5,12), convirtiéndose así en el segundo socialista de la lista de los aprobados. Pero lo que le provocará la risa será pensar que le ha sacado 10 puestos (ahí es nada) a Largo Caballero, y 12 a Negrín. Estará pensando: ¡chuparos ésa!

Fue Prieto veleta al viento de la República, ora socialdemócrata de libro, ora comprador de armas para implantar la dictadura del proletariado; y parece que la jugada le ha servido ante la Historia. Supo explotar algunas de sus principales virtudes, una de ellas la de organizador, para dejar huellas incólumes como ministro de Obras Públicas, más una labor incansable como gran coordinador de la pelea contra Franco durante dos años que lo agotaron casi totalmente. No me cae demasiado bien este Prieto, pero debo reconocer su espíritu de superación y su capacidad de gestión, motivo por el cual tampoco me parece tan injusto este aprobado. A los que estudiamos la Historia siempre nos quedará la duda de qué habría sido de la República si alguna vez Prieto hubiese presidido su gobierno.

En quinto lugar, raspando ya el suspenso, don Niceto Alcalá-Zamora, un producto del antiguo régimen que se supo reciclar. Dicen los que conocieron aquellos tiempos que cada vez que don Niceto tomaba la palabra en las Cortes, el diccionario de la Real Academia se ponía cachondo. Ha habido y habrá pocos oradores más brillantes que él, aunque también le pasa un poco como las malas películas, que aguantan mal el paso del tiempo. Un mucho inteligente, no lo fue sin embargo a la hora de refrenar su natural maniobrero, y eso fue lo que, lamentablemente, le perdió. Alcalá-Zamora quiso ser el tropezón de todos los gazpachos republicanos, intentando inventar esa coña tan en boga ahora de la conquista del electorado de centro. Hizo un uso excesivo de sus prerrogativas como presidente de la nación durante el bienio de derechas, que petardeó todo lo que pudo; pero como Roma no paga traidores, se encontró a la vuelta de la esquina con la respuesta de sus otrora amiguitos, que lo cesaron por un truqui jurídico bastante basto. Era, ya, 1936, y don Niceto sobraba en la ecuación republicana. Sin embargo, la encuesta viene a demostrar que todavía tiene sus partidarios.

Y aquí se acabaron los aprobados. El resto, suspendidos. He aquí, en esta primera toma, las calificaciones globales.

Dolores Ibárruri, dirigente del Partido Comunista, icono de las izquierdas durante la guerra civil. Famoso se hizo su No pasarán (copiado de los franceses en la primera guerra mundial) y su es mejor morir de pie que vivir de rodillas. Sobrevivió al franquismo y llegó a presidir, como miembro de la mayor edad, una sesión de las Cortes democráticas. 4,87.

José Calvo Sotelo: ex ministro de la dictadura de Primo de Rivera, líder del Bloque Nacional de las derechas, asesinado pocos días antes de comenzar la Guerra Civil: 4,82.

José María Gil-Robles, líder de la Confederación Española de Derechas Autónomas (Ceda); ministro del gobierno durante el bienio de las derechas. De hecho, su ocupación de la cartera de Guerra es el motivo esgrimido por el PSOE y la UGT para llevar a cabo el golpe revolucionario de 1934, ante la sospecha de que Gil-Robles aprovecharía el puesto para dirigir una involución incluso de corte fascista. 4,8.

Miguel Maura, líder de los conservadores republicanos, ministro del Interior en el primer gobierno de la República; dimitió por la declaración de laicismo de la Constitución republicana. 4,66

Andreu Nin, dirigente de tendencias anarquistas que finalmente recaló en el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), enfrentado con el PC. Fue secuestrado durante los sucesos de mayo del 37 en Barcelona y trasladado a Alcalá de Henares, donde se supone que fue asesinado. Su muerte se atribuye a los servicios secretos soviéticos. 4,59.

Lluis Companys. Líder de Esquerra Republicana de Catalunya. Heredero político de Françesc Maciá, lo sucedió al frente de la Generalitat. Dirigió la defección de Cataluña contra el Estado español en octubre del 34. Tras la guerra, fue capturado en Francia, devuelto a Franco, quien lo fusiló. Acudió a su fusilamiento descalzo para morir en contacto con la tierra catalana. 4,55.

Manuel Portela Valladares. Político republicano gallego. Presidió el gobierno al final del bienio de las derechas, pilotando desde esa posición un proyecto para crear un partido de centro con Alcalá-Zamora. Tras las elecciones, visto el triunfo del Frente Popular, abandonó precipitadamente el gobierno, creando una situación en la que los propios vencedores eran quienes debían juzgar su victoria, propugnando con ello las escandalosas decisiones de la Comisión de Actas. 4,44.

Ángel Pestaña. Líder, junto con Salvador Seguí, de la vertiente sindicalista del anarquismo español, menos preocupada por acabar con el capitalismo que con obtener mejores condiciones para los obreros. Firmó el Manifiesto de los Treinta que defendía dicha política frente al revolucionarismo de la FAI. En 1934, fundó un partido, llamado Sindicalista, que murió con él. 4,44.

Francisco Largo Caballero. Líder carismático del PSOE, conocido como «el Lenin español». Uno de los mejores ministros de Trabajo que ha tenido España, posteriormente se sintió cada vez más presionado por la competencia de la izquierda más extrema, por lo que llevó al PSOE por una senda revolucionaria que radicalizó la República y llevó al propio PSOE a dirigir un golpe de Estado revolucionario, la mal llamada Revolución de Asturias. Fue presidente del Gobierno durante la guerra civil, aunque fue cesado por desavenencias con los comunistas (llegó a echar al embajador de la URSS de su despacho). 4,30.

Diego Martínez Barrio. Político radical-socialista, ocupó carteras ministeriales e incluso dos cortas presidencias del gobierno; una, en 1933, cuando los sucesos de Casas Viejas erosionaron el gobierno Azaña y se hizo preciso organizar las elecciones que ganarían las derechas; y otro tras el golpe de Estado, durante el cual Martínez Barrio trataría de convencer al general Mola, en célebre conversación telefónica, de que parase la sublevación a cambio de entrar en el gobierno de la República. En todo caso, la guerra le pilló siendo presidente de las Cortes, por lo que tuvo un papel muy importante en el exilio. 4,26.

Juan Negrín. Médico y diputado del PSOE, ocupó durante la guerra civil primero el Ministerio de Hacienda y después la Presidencia del Gobierno. Es el principal actor del traslado del oro español a Moscú y representó la República irredenta, aunque en la realidad trató de pactar con Franco algún final acordado para la guerra, aunque lo hizo tan tarde que para entonces el general se sabía ganador. Tanto durante la guerra como después, fue duramente acusado de ser un mero monigote de los comunistas. 4,24.

Santiago Casares Quiroga. Político republicano gallego, tiene el triste mérito de ser el presidente del Gobierno en el momento del golpe de Estado de 1936. Siempre se le ha reprochado que no se enteró de nada y que tampoco dio importancia a los hechos en las primeras horas. 4,18

Marcelino Domingo. Político radical-socialista catalán, ocupó varias carteras ministeriales. 4,00

Alejandro Lerroux. Líder del Partido Radical, al inicio de la República estaba al frente de la formación política más madura y hecha de todas las que apoyaban el nuevo régimen. Cinco años después, dicha formación ya no existía. Tiene fama de ser uno de los políticos más corruptos de la Historia; Miguel Maura llegó a decir de él que si le nombrasen ministro de Justicia las sentencias se venderían en la Puerta del Sol. 3,90.

Santiago Carrillo. Militante de las Juventudes Socialistas, fue derivando poco a poco, como toda esta organización, a favor del Partido Comunista. Tuvo y tiene una larga vida en la política española pues es uno de los escasísimos miembros de esta lista que sobrevivió al general Franco. 3,89

José Giral. Político radical-socialista cuyo principal papel en la Historia de España fue presidir un brevísimo gobierno tras el golpe de Estado del 36. 3,68.

José María Aguirre y Lecube. Político del PNV, presidió el gobierno vasco ya en la guerra civil, cuando la autonomía vasca fue concedida. 3,60.

Joaquín Chapaprieta. Político independiente, en su inicio gassetista, llegó a presidir el gobierno durante el bienio de las derechas. Aplicó recetas tecnócratas, pero el país no estaba para esas cosas. 3,57.

Juan García Oliver. Dirigente del POUM, jugó un papel muy importante en la relación de fuerzas de Cataluña tras el golpe del 36 hasta los sucesos de mayo del 37. 3,50.

José Antonio Primo de Rivera. Líder de Falange Española y de la Falange Española y de las JONS tras la fusión con la organización de Ramiro Ledesma. Considerado representante del fascismo español, en 1936 fue encarcelado a causa de las acciones violentas de sus militantes. Fue fusilado en Alicante el 20 de noviembre de 1936. 3,10.

Félix Gordón Ordax. Político radical-socialista, factótum de sus fuerzas parlamentarias durante buena parte de la República. 3,10.

José Díaz. Líder del Partido Comunista durante la República. 2,88.

José Martínez de Velasco. Político del viejo Partido Liberal dinástico, en la República fundó el llamado Partido Agrario, que respondía fundamentalmente a los intereses de los terratenientes de la meseta norte. Fue ministro en los bienios derechistas. Al estallar el golpe de Estado fue encarcelado en la Modelo, por lo que fue uno de los políticos asesinados en los sucesos que siguieron al incendio del establecimiento penitenciario. 2,40.

Antonio Goicoechea. Líder de Renovación Española, el partido monárquico alfonsino de corte claramente conservador. 1,50.

martes, octubre 30, 2007

¿Era Hitler homosexual?

Bueno, la espera ya no lo va a ser tal. Ya tengo los resultados de la encuesta procesaditos y en cuanto tenga un rato los colgaré, no sé en cuántas tomas. Puedo decir que a mí hay cosas que me han sorprendido, lo cual no es extraño con muestras tan pequeñas; esto hace los resutlados bastante divertidos, a mi modo de ver. Un poco de paciencia, que el próximo post ya debería de cerrar esta historia de la encuesta. Una vez más, gracias a todos los que habéis contestado.

Mientras tanto, os dejo con una lectura de Tiburcio, no exenta de interés. No haré más apostillas a su post que la general de que yo no me encuentro entre la personas que creen en la tesis defendida por el libro que recensiona. Yo creo que Hitler tenía bastante más de eremita, de tío raro, que de homosexual. El hecho de que se confundiese la rareza con la homosexualidad es un producto de los tiempos.

Pero el espacio de hoy es de Tibur, y a él cedo la palabra.

A Hitler se le han aplicado muchos epítetos, desde «salvador de Alemania» hasta «genocida», pero pienso que nunca se le había aplicado el de homosexual. Eso es precisamente lo que hace Lothar Machtan en su libro El secreto de Hitler (Planeta, 2001).

Machtan comienza su libro criticando que la historiografía se haya ocupado tanto del Hitler dictador carismático, que se haya olvidado del Hitler persona. Durante su vida logró que en la Alemania nazi sólo se conociera su imagen pública y no la persona real que había por debajo. Tras su muerte, la práctica historiográfica ha ofrecido el revés de esa imagen idílica y en el proceso, como antes hicieran los panegiristas nazis, se ha olvidado del personaje real.

Para Machtan, un elemento clave de la personalidad de Hitler era una homosexualidad no completamente asumida y ferozmente ocultada. El problema es que al haber estado oculta, Machtan tiene que jugar al detective e ir buscando pistas, interpretando indicios y atando cabos sueltos. Al final la acumulación de pruebas es tanta, que el lector acaba rindiéndose y piensa: «Pues, sí, realmente Hitler era una loca».

Machtan empieza haciendo hincapié en que Hitler solía estar rodeado de hombres y que con algunos de ellos tuvo relaciones largas e intensas, aunque no necesariamente sexuales: Ernst Röhm, Emil Maurice, Rudolf Hess, Albert Speer… En cambio hay una curiosa ausencia de mujeres en su biografía. Prácticamente sólo aparecen dos: Geli Raubal y Eva Braun. Hay dos más, Magda Quandt y Leni Riefenstahl, donde parece fuera de duda que el amor sólo circuló en una dirección.

La biografía de Hitler arranca con su etapa de artista, a mitad de camino entre la bohemia y la miseria. Aquí tuvo a su primera amistad masculina intensa, August Kubizek, otro aspirante a artista, en este caso a músico. Curiosamente en una ciudad tan alegre como la Viena anterior a la I Guerra Mundial, no consta que Hitler tuviera ningún romance. Podría deberse a esa faceta austera y ascética que cultivaba… o a que los romances que tuvo no eran confesables.

El relato de la vida de Hitler entre 1914 y 1919, cuando empieza a adquirir notoriedad pública es interesante. Lo presenta como un soldado caprichoso, maniático e impopular, del que muchos en la compañía sospechaban que mantenía relaciones homosexuales con otro de los soldados, un tal Ernst Schmidt. Curiosamente no trató de hacer carrera militar y rechazó las oportunidades de ascenso. Machtan presenta algunos indicios de que tal vez Hitler no hubiera recibido ascensos por sus peculiares gustos sexuales. Socialmente era un resentido y parecía inclinarse más bien por el comunismo. El bandazo hacia el ultranacionalismo probablemente fuera debido al puro oportunismo: los comunistas no le daban el liderazgo al que aspiraba y encontró su hueco en el bando de los ultranacionalistas de derechas. ¿Quién sabe? Tal vez si los partidos marxistas le hubieran dado bolilla, habría sido asesinado como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y no habríamos tenido II Guerra Mundial.

Machtan apunta a que tres homosexuales fueron los que dieron los primeros espaldarazos a Hitler en política: el General von Epp, Ernst Röhm y Dietrich Eckart. También señala que el Cuerpo de Voluntarios, creado por el General von Epp y al que se adhirió Hitler, era un nido de homoerotismo, con toda su exaltación de la masculinidad y las virtudes guerreras. Machtan describe a un Hitler desconocido para la biografía habitual: un Hitler que hacía propaganda política a jóvenes menesterosos y luego se los follaba. Fueron esos contactos homosexuales los que dieron a Hitler acceso a círculos a los que no hubiera tenido acceso por sus orígenes oscuros. Lo único que realmente Hitler tenía que ofrecer era su retórica y su capacidad para encarnar las frustraciones de la Alemania vencida; no lo suficiente para ascender sin apoyos.

La primera actividad heterosexual de Hitler que Machtan documenta, se remonta a 1925, cuando tenía 36 años. Había salido de la cárcel, tras el fracaso del putsch de Munich y estaba aprendiendo a ser un político más tradicional, que no asustase innecesariamente a las clases burguesas y que supiese cómo ocultar los aspectos más radicales de su ideología. Hizo algunas aproximaciones a mujeres, pero todas quedaron en nada. Su trato con las mujeres era forzado y no conseguía fingir una pasión erótica que no sentía.

En 1927 se cruzó en su camino su sobrina Geli Raubal. Machtan altera un poco la historia tal y como se ha contado. Geli se enamoró de Emil Maurice del cual a su vez estaba enamoriscado Hitler. El bisexual Maurice se dejaba querer. Todo terminó en un ataque de celos y en el despido de Maurice, no porque, como se ha dicho, Hitler tuviera celos de él. Era de Geli de quien estaba celoso.

El despido de Maurice fue acompañado de rumores sobre la sexualidad de Hitler e incluso de presiones (¿chantaje?) por parte de Maurice. Hitler hizo lo que tantos homosexuales dentro del armario han hecho a lo largo de la Historia. No, no es encender la luz para ver mejor; es echarse una novia. La mujer que tenía más a mano era Geli y a ella recurrió. Durante casi dos años, Geli fue su acompañante y corrió el bulo de que eran amantes. La realidad es que Hitler había encerrado a Geli en una jaula dorada a la que no dejaba que se acercase ningún moscón. En septiembre de 1931 Geli se suicidó y Hitler se encontró con la excusa perfecta para justificar su ausencia de relaciones con las mujeres: el suicidio le había dejado desolado e incapaz de amar ya, ahora estaba casado con Alemania.

El siguiente episodio en el que Machtan se detiene es el de la purga de Ernst Röhm y las SA, donde se mezclaron política y homosexualidad. Las SA habían aparecido como un grupo de asalto, destinado a dominar las calles mediante una mezcla de propaganda y terror. Cuando a partir de 1930 el partido nazi empieza a convertirse en una fuerza política votada, Hitler comprende que necesita dotarse de una respetabilidad y para ello las SA con sus desmanes eran un obstáculo. Es entonces que llama a su antiguo conocido Ernst Röhm para que las discipline. Röhm cumplió con su cometido a la perfección: disciplinó a las SA y las vinculó más estrechamente al partido. También las convirtió en una apoteosis gay: llenó todos los mandos con amigos, amantes y ex-amantes. Si entonces hubiera existido la Guía Espartaco, todos los locales de las SA habrían aparecido reseñados.

La relación entre Hitler y Röhm, según la describe Machtan, era mucho más que el enfrentamiento entre dos ambiciosos. Hitler temía todo lo que Röhm sabía sobre su pasado homosexual. Otros que también lo sabían, o bien no eran lo suficientemente poderosos (caso de Emil Maurice) o bien le tenían una lealtad tan perruna (caso de Rudolf Hess), que no había nada que temer. Con Röhm era diferente. La noche de los cuchillos largos en la que Hitler se cepilló figuradamente (literalmente ya lo había hecho muchos años antes) a toda la plana mayor de las SA fue entre otras cosas un intento de parar el golpe que se proponía dar Röhm de airear el pasado homosexual de Hitler. La decapitación de las SA sirvió para quitar de en medio a multitud de testigos incómodos y destruir las pruebas comprometedoras que tenían en su poder. Ni suscribo ni disiento de esa opinión. La dice Machtan, que sabe más que yo, y que la apoya en una serie de indicios.

Tras la noche de los cuchillos largos, parece que Hitler pasó a vivir su homosexualidad de una forma sublimada. Machtan apunta que hay indicios de que su estrecha relación con Albert Speer fue vivida como homoerótica por parte de Hitler.

Finalmente está Eva Braun, que desde 1936 fue la compañera de Hitler. Machtan la presenta como una mujer dependiente, con la autoestima muy baja, poco inteligente y sin carácter. El tipo de mujer que podía avenirse al papel de concubina platónica del Führer. Bueno, a cambio de aceptar una vida limitada sin amor verdadero ni sexo (a ver quién hubiese sido el guapo que se habría atrevido a ponerle los cuernos a Hitler), tenía una existencia regalada, donde podía satisfacer casi todos sus caprichos (que cada uno decida si merece la pena renunciar a ese «casi» a cambio de todo lo demás).

Una pregunta que uno podría hacerse es: si Eva Braun existía para darle una “respetabilidad” heterosexual, ¿por qué ocultarla? ¿Por qué no se casó con ella inmediatamente? En realidad, Hitler no la ocultó completamente; dejó que su relación con Eva Braun fuese un secreto a voces. Es posible que con ese conocimiento público de que el Führer tenía una amante le bastase. Casarse con ella y asumir, aunque sólo fuera en público, el papel de amante esposo era más de lo que podía soportar.

La boda final con Eva Braun en 1945 fue muchas cosas. Primero fue un regalo de consolación para su fiel compañera, que al menos moriría como esposa del Führer (puestos a hacer regalos de consolación, yo habría escogido un anillo de brillantes, pero afortunadamente no soy Hitler). En segundo lugar, se aseguraba que a su muerte no habría una Eva Braun viva para contar la realidad de su relación. Por último, muriendo como marido, redondeaba la imagen de hombre heterosexual normal que había estado toda la vida intentando dar.

El libro está bien estructurado y los indicios que presenta tan apabullantes, que el lector acaba rindiéndose ante la evidencia. La pregunta es: vale, me has convencido, Hitler era homosexual ¿y…? Desde un punto de vista psicológico puede ser apasionante. Desde un punto de vista humorístico, puede ser desternillante la imagen de Hitler vestido de drag queen bailando con Rudolf Hess. Pero desde un punto de vista histórico uno se queda un poco frío. Después de terminar el libro sigo sin entender mejor que antes por qué Hitler invadió la URSS en el verano de 1941 o por qué declaró la guerra a Estados Unidos en diciembre de 1941. Y esas son las cuestiones que realmente me interesan.