viernes, enero 12, 2007
De guerras napoleónicas
Mis fobias, sin embargo, no van por ahí. Las mías son la química, el dibujo y la gimnasia. La química nunca la entendí (y, si os pasa lo mismo, daros algún paseo por Historias de la Ciencia, que allí os curan); el dibujo porque siempre he pensado que es algo nato, que hay gente que sabe dibujar y gente que no y a mí, que soy de los que no, me jodía bastante tener que pasar por las horcas caudinas de los exámenes de dibujo, que cateaba sin remisión. Y la gimnasia, porque sudar para sacar un seis de nota me parecía, y me sigue pareciendo, una gilipollez.
Más allá de las rayadas genéricas están las rayadas concretas. Por ejemplo: la filosofía nunca se me dio demasiado mal; pero a Hegel no lo puedo tragar, qué le voy a hacer. Aquel trimestre estaría yo con el despertar de la sexualidad o con la fase de angustia vital adolescente o simplemente tenía un subidón de bilirrubina; pero el caso es que recuerdo las tardes estudiando a Hegel como unas horrendas jornadas en las que hubiera deseado ser cualquier otra cosa en la vida, periodista del corazón incluso, en lugar de estudiante del hegelianismo.
Otra de las rayadas fueron las guerras napoleónicas. Tuve que estudiarlas, si no recuerdo mal, en séptimo de EGB, que hoy es vaya usted a saber qué; nananiano de primaria. Me las tuve que estudiar con sus coaliciones incluídas, una detrás de otra, con indicación de los años que duraron, los países que las integraron y las batallas principales que se desarrollaron. Para mí, la expresión coaliciones antinapoleónicas es una expresión sinónima de pestiño coñazo, de labor superferolítica, de encabrone fijo. Es más: creo que si yendo por la calle me parase Paulina Rubio en paños menores y, humedeciéndose los labios con la lengua, me preguntase, provocona: «¿Tú qué opinas de la batalla de Wagram?», la mandaría a la mierda.
En La Coruña, de donde soy, esto no tiene mucha lógica, porque allí somos muy antinapoleónicos. Sí, ya sé que nuestra Agustina de Aragón, María Pita, a quien fundió fue a los ingleses. Pero es que nosotros tenemos nuestro propio general Wellington, el general sir John Moore, quien murió en La Coruña, durante la batalla de Elviña, protegiendo a las tropas británicas que estaban en el puerto. Su tumba es el epicentro de un pequeño jardín romántico, el jardín de San Carlos, donde tengo yo peladas muchas pavas y leídos muchos libros.
Todo esto lo cuento para que os podáis imaginar el gesto de mi rostro el día que abrí un documento que me enviaba Inasequible y comprobé que, esta vez, había escrito de las guerras napoleónicas. Mon Dieu! ¿Es que no tienes otra cosa de la que escribir, Ina? ¿Qué tal te sentaría que ahora me enrollase yo sobre la tesis, la antítesis y la síntesis, eh?
La lectura me ha convencido de una cosa: debí tener yo malos profesores el año que me enseñaron las guerras napoleónicas. Nunca pensé que haría esto pero, de verdad, y con el corazón en la mano, deseo recomendaros que paséis de las chorradas hasta ahora escritas en este post y sigais más abajo, donde aprenderéis muchas cosas.
Le cedo la palabra a Ina.
Nunca he podido entender la obsesión que algunos tienen con la batalla de Waterloo. En Waterloo no se jugó el destino de Europa ni nada que se le pareciera. El Napoleón que luchó en Waterloo era un hombre enfermo que había perdido mucho de su genio táctico y que tendía a delegar en sus subordinados. Desde la campaña contra Austria de 1809, no había vuelto a noquear a un adversario. En lugar de ese boxeador temible que derribaba al adversario en el primer asalto, se había convertido en un fajador que aguantaba bien los golpes y asestaba buenos puñetazos, aunque acababa perdiendo el combate a los puntos: así fueron las campañas de Rusia en 1812, de Alemania en 1813 y de Francia en 1814.
En la campaña de 1815 Napoleón invadió Bélgica con 128.000 hombres y 366 piezas de artillería. Frente a él, los angloholandeses tenían un Ejército de 106.000 y 216 piezas de artillería y los prusianos uno de 128.000 hombres y 312 piezas de artillería. Por si esa disparidad no bastase, los austriacos estaban preparando un Ejército para enviarlo contra Napoleón. El Ejército francés contaba con mejor artillería y una mayor proporción de veteranos que sus adversarios. Ahí terminaban sus ventajas. A la inferioridad numérica frente a sus enemigos se sumaba el problema de que en caso de derrota Napoleón no podría reunir otro Ejército de la misma calidad y posiblemente ni tan siquiera del mismo tamaño.
Si Napoleón hubiera vencido en Waterloo la Historia de Europa no habría cambiado. Aún habría tenido que derrotar a los 128.000 prusianos de Blücher y a los austriacos que hubieran llegado más adelante. Con la fama que le precedía, posiblemente las potencias europeas habrían levantado Ejército tras Ejército hasta derrotarle.
Entiendo algo más que los franceses estén obsesionados con Austerlitz. Fue la gran victoria de Napoleón, la batalla donde su genio táctico brilló a mayor altura. Pero vista con el beneficio de la distancia, vemos que no fue una batalla decisiva. Forzó a los austriacos a pedir la paz, pero tres años y medio después de su derrota, ya estaban volviendo a tocarle las narices a Napoleón, aprovechando que estaba envuelto en la guerra con los españoles. Napoleón derrotó a los austriacos en Aspern y Wagram en lo que sería su última campaña realmente victoriosa, pero la victoria también se revelaría efímera en esta ocasión. Cuatro años después de Wagram, viendo a los franceses derrotados en Rusia y enzarzados en Alemania, los austriacos volvieron a la carga con mejor fortuna en esta ocasión.
Ni Waterloo, ni Austerlitz. La batalla más transcendental de las guerras napoleónicas fue una en la que Napoleón ni tan siquiera estuvo presente: la batalla de Trafalgar.
En 1802 Francia e Inglaterra pusieron fin a casi una década de guerra con la Paz de Amiens. Ambas sabían que sería una paz provisional, que el conflicto que las enfrentaba sólo podía terminar con la derrota definitiva de una de las dos. Inglaterra no podía aceptar que Francia dictase el orden europeo y se erigiese en señora del continente. Francia, por su parte, sabía que mientras Inglaterra y su poderío naval y financiero no hubiesen sido quebrados, su predominio sobre Europa sería precario y siempre estaría al albur de las alianzas que en su contra pudiera crear el oro inglés. La Paz de Amiens fue tan ilusoria que desde un principio ambas potencias la violaron: ni Inglaterra abandonó Malta, ni Francia se retiró de los Países Bajos. El 18 de mayo de 1803, Francia e Inglaterra se dejaron de tonterías y volvieron a la guerra.
El plan que ideó Napoleón para poner a Inglaterra de rodillas no fue muy imaginativo: concentrar a sus tropas en los puertos del Canal de la Mancha y desembarcarlas en Inglaterra. Lo mismo que en su día había pretendido hacer la Armada Invencible de Felipe II y lo que casi 140 años después intentaría hacer Hitler.
El plan no era realmente descabellado. Para ejecutarlo, lo que necesitaba era conseguir superioridad naval sobre las aguas del Canal de la Mancha, aunque fuera de manera temporal. Para ello, primero, las flotas francesas y españolas debían romper los bloqueos a los que les tenían sometidos los ingleses. A continuación se unirían y marcharían sobre el Canal. Sobre el papel la tarea no parecía imposible. A finales de 1804 Inglaterra disponía de 83 navíos de guerra. Frente a ella, Francia contaba con 56 navíos, a los que había que sumar 15 que estaban en distintas etapas de construcción. Lo que vino a inclinar la balanza del lado francés fue la alianza con España, que con sus 31 navíos otorgaba la superioridad numérica al bando hispano-francés.
Como de costumbre, los números dicen una cosa y la realidad dice otra distinta. Numéricamente los hispano-franceses podían ser más, pero en casi todo lo demás los ingleses llevaban la ventaja: disponían de mejores almirantes y tripulaciones más entrenadas, utilizaban tácticas superiores que hacían hincapié en la ofensiva, sus cañones tenían mecanismos de ignición más desarrollados y, finalmente, los artilleros británicos solían apuntar al casco y no a las velas, con lo que daban en el blanco más a menudo y sus destrozos eran mayores. El único punto en el que los hispano-franceses llevaban ventaja era el del diseño naval. Los buques españoles San Juan Nepomuceno y San Ildefonso posiblemente fuesen de los más avanzados en su concepción de todos los que lucharon en Trafalgar.
Los barcos que pudieron escapar de los bloqueos ingleses se dieron cita en Cádiz el 21 de agosto de 1805: un total de 33 navíos con 2.632 cañones. Cuando la batalla se entablase finalmente el 21 de octubre, Nelson no les enfrentaría más que 27 navíos con 2.148 cañones. Sin embargo, los resultados serían demoledores: los hispano-franceses perdieron 18 navíos (más del 50% de su fuerza) y más de 4.000 hombres. Los ingleses no perdieron ningún barco, aunque varios quedaron muy dañados, y sus bajas anduvieron en torno a los 450 hombres.
Tras Trafalgar, Napoleón no volvió a intentar disputar a Inglaterra el dominio de los mares. No teniendo barcos para atacar las líneas comerciales británicas, intentaría dañar su comercio por la vía indirecta del bloqueo continental, la prohibición de que sus aliados comerciasen con Inglaterra. Esta política, que casi causaba más perjuicios a los aliados franceses que a los ingleses, sólo serviría para causar resentimiento contra la dominación francesa y sería una de las razones que llevaron a la ruptura entre Francia y Rusia y a la desastrosa campaña de 1812.
Tras Trafalgar, dueña de los mares, Inglaterra se dedicó a jugar el papel de mosca cojonera, sabiendo que disponía del oro para fomentar las alianzas antifrancesas que hicieran falta y que su flota podía situar en el continente al ejército británico allá donde se le necesitase, sin que los franceses pudiesen reaccionar. Tras Trafalgar, Inglaterra sólo tenía que esperar a que Francia tuviese problemas serios en el continente y eso fue lo que hizo.
jueves, enero 11, 2007
Humor dictatorial
A ver si alguno os hace sonreír.
En torno a Franco y al franquismo.
A Franco le presentan al hombre que se inventa los chistes sobre él.
- Así que usted es el que se inventa todos los chistes que circulan sobre mí- le dice Franco.
- Todos, no- responde el hombre.- El de ni un hogar sin lumbre, ni una mesa sin pan… ése no es mío.
(Ni un hogar sin lumbre ni una mesa sin pan fue un eslogan muy conocido del franquismo).
Dos loqueros se encuentran y el primero le dice al segundo. «Es tremendo. Tenemos en mi manicomio a Franco, que se cree Dios».
- Peor es lo nuestro- responde el segundo.- Nosotros tenemos a Dios, y se cree Franco.
(Estos dos están sacados del libro Autobiografía del General Franco, de Manuel Vázquez Montalbán)
Franco viaja a Francia y al regreso se encuentra con que en España todo el mundo le llama Señor Peseta.
(Ya sé que es muy malo, pero me trae buenos recuerdos. Fue el primer chiste político que oí. Me lo contaron en el colegio. Entonces no me hizo ninguna gracia porque no lo entendí. Ahora que lo entiendo, sigue sin hacerme ninguna gracia.)
Este chiste tiene un correlato en una viñeta, no recuerdo de qué periódico (sería La Codorniz,, probablemente), que, en los años sesenta, presentaba el general De Gaulle que le decía a un subordinado: Hay que ver lo que son capaces de hacer los españoles con un solo franco.
Otro chiste no lo es, sino que es leyenda urbana. Cuando yo era niño se decía en algunos lugares que un falsificador de moneda había llegado a fabricar monedas de 50 pesetas (que eran enormes) en las que la esfigie de Franco estaba rodeada por la expresión Francisco Franco, Caudillo de España por una gracia de Dios (la expresión auténtica era sin una, claro). Por increíble que pueda parecer, había gente que buscaba esas monedas con verdadero interés.
Por último, está la explicación que entonces se daba del lema franquista de España. Una, Grande y Libre. Es Libre porque en ella cualquiera puede criticar a la Unión Soviética; es Grande porque en ella caben todos los presos políticos que se quiera meter. Y es Una porque si hubiera Otra, allí estaríamos todos.
El comunismo soviéticoHay un desfile popular en la Rusia de los años 30 y un anciano de unos ochenta años pasa portando un letrero que dice: «Gracias, Stalin, por mi infancia feliz».
Un asistente le dice: «Pero, ¿qué dice, usted, si Stalin no había nacido cuando usted era niño?».
- Por eso.
(Tomado de The rise and fall of the Soviet Empire, de Dmitri Volkogonov).
Un jubilado en la Unión Soviética de finales de los 70 está rellenando los papeles de la pensión.
Funcionario: ¿Dónde nació?
Jubilado: En San Petersburgo.
Funcionario: ¿Dónde cursó los estudios universitarios?
Jubilado: En Petrogrado.
Funcionario: ¿Dónde desarrolló su vida profesional?
Jubilado: En Leningrado.
Funcionario: ¿Dónde querría retirarse?
Jubilado: En San Petersburgo.
(San Petersburgo era el nombre de la capital de los zares hasta 1914. En ese año, con motivo de la guerra con Alemania, se le cambió el nombre por el más eslavo de Petrogrado. Posteriormente, tras la muerte de Lenin, Petrogrado pasó a ser Leningrado. Al caer el comunismo, Leningrado volvió a ser San Petersburgo. Si el viejito logró sobrevivir hasta entonces, debió de reírse mucho. Este chiste está tomado del Selecciones del Reader´s Digest que durante la Guerra Fría era una fuente inagotable de chistes antisoviéticos. Ahora supongo que publicará chistes anticastristas y anti-ayatolas).
Un ciudadano soviético entra en el concesionario de coches en 1987 y pide un “Lada”. Le responden que la lista de espera es muy larga y que no podrán entregárselo hasta el 14 de marzo del 2007. El ciudadano pregunta: «¿Por la mañana o por la tarde?» El hombre del concesionario le responde: «Estamos hablando del 2007, ¿qué importancia tiene que sea por la mañana o por la tarde?»
- Es que el 14 de marzo del 2007 me viene el fontanero a casa por la mañana.
(Este me lo contó un español al que conocí en un curso en la URSS. Era comunista y cuantos más días pasaba en Moscú, más se le helaba la sonrisa, y no por el frío).
Un tipo que vive en Moscú decide ir a visitar a su tía a Vladivostok y toma el Transiberiano. Cuando el tren lleva ya un montón de horas en marcha, de repente se para en medio de la estepa nevada.
- ¿Qué pasa? -pregunta el viajero al revisor.
- Oh, nada -contesta éste-. Están cambiando la locomotora.
A las dos horas, el tren vuelve a ponerse en marcha. Pero a las tres horas se para de nuevo.
- ¿Qué pasa ahora, oiga?
- ¡Qué va a pasar! -Contesta el revisor, seguro de sí mismo-. Que están cambiando la máquina.
- ¿Otra vez?
- Otra vez.
Tres horas después, el tren se pone de nuevo en marcha. Pero a las cinco horas, se para de nuevo. El viajero, muy mosqueado, se va a por el revisor.
- ¡Oiga! Cambiaron la máquina hace cinco horas, y hace ocho la cambiaron también. ¿Por qué cojones tienen que cambiar la locomotora ahora de nuevo?
- Camarada -le contesta el revisor-: es que esta vez les han ofrecido una botella de vodka a cambio.
Rumanía de Ceaucescu (contados por un diplomático rumano cuatro años después de la caída del dictador. El diplomático, por supuesto, nunca había sido comunista ni había pertenecido a la Securitate)
Un hombre entra en un estanco. Compra un sello. Le pone saliva, pero no se le queda pegado al sobre. Compra otro sello y lo mismo. El estanquero le pregunta lo que le sucede.
- Estos sellos no se quedan pegados. No tienen cola.
El estanquero coge un sello, le pone saliva y el sello se queda pegado al sobre.
- Pero, ¿qué dice?- señala el estanquero- Estos sellos sí que tienen cola.
- No por el lado que yo los escupo.
(Evidentemente, por ese lado llevaban la efigie de Ceacescu).
Cada mañana un hombre compra un periódico en el quiosco. Mira simplemente la primera página y luego lo tira a la papelera. Un día, extrañado, el quiosquero se dirige a él.
- ¿Por qué cada mañana compra el periódico y apenas lo lee, lo tira?
- Es que lo único que me interesa del periódico son las esquelas.
- Pero las esquelas aparecen en la página 36.
- No la que a mí me interesa.
Alemania nazi (tomados de «The Third Reich in Power», de Richard J. Evans).
Un alemán está riéndose de un suizo: «No entiendo cómo podéis tener un Ministerio de la Marina si no tenéis mar ni barcos».
El suizo replica: «Si es por ésas, yo no entiendo cómo podéis tener vosotros un Ministerio de Justicia».
...
Una mañana, una muchedumbre de conejos alemanes aparece en la frontera belga y dicen que son refugiados políticos.
- La GESTAPO ha declarado que las jirafas son enemigas del Estado alemán-dicen los conejos.
- Pero vosotros no sois jirafas- responde el policía belga.
- Eso ve y explícaselo a la GESTAPO.
Cuba castrista (ya no recuerdo quiénes me los contaron. Posiblemente amigos cubanos, conocidos fuera de Cuba)
Un balsero llega a Miami remando, montado en una lata de sardinas. Los periodistas van a recibirle, asombrados de la hazaña y le preguntan cómo lo hizo.
- Bueno, lo verdaderamente difícil fue encontrar una lata de sardinas.
Meten a un hombre en una celda y se encuentra con otro que tiene los hombros en carne viva, sangrando. Le pregunta qué le ha pasado.
- Estaba Fidel Castro pronunciando un discurso y dije a voz en grito: «¡Ese tío es un huevón!»
- Y entonces te torturaron, ¿no?
- ¿Qué me van a torturar? Todos los cubanos que estaban a mi alrededor empezaron a darme palmaditas en los hombros y a decirme: «Estoy contigo, chico».
No conocemos ningún chiste correspondiente a las dictaduras del Cono Sur, tal vez porque apenas hemos leído sobre aquella época y porque nunca nos hemos encontrado con ningún argentino, chileno, uruguayo, paraguayo o boliviano que tuviera muchas ganas de hablar de ese período.
Lo que nos llama la atención es que, a pesar de todo lo leído y la gente conocida, no sabemos ningún chiste sobre la China de Mao, sobre la Camboya de Pol Pot ni sobre la Corea del Norte de los dos Kim. Ni bueno ni malo.
miércoles, enero 10, 2007
¿Quién mató a Canalejas?
Hoy quiero hablaros de otro magnicidio, en la actualidad menos recordado: el de José Canalejas Méndez quien, al morir, en la madrileña Puerta del Sol, era también presidente del Gobierno, como Carrero. Su muerte, como espero explicaros, también está teñida de ciertas sospechas conspirativas.
Canalejas formó gobierno el 9 de febrero de 1910. Su llegada a la máxima magistratura fue consecuencia de la pérdida de confianza del rey, Alfonso XIII, en el anterior presidente, también liberal, Segismundo Moret, a quien ya hemos leído en estos comentarios interviniendo, como ministro, ante las Cortes para presentar la ley que acabó con la esclavitud humana en España. Moret había llegado a la jefatura del gobierno tras echar del mismo a los conservadores de Antonio Maura por la actuación de éstos en la Semana Trágica de Barcelona y, sobre todo, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia. Sin embargo, en muy poco tiempo Moret, que tenía algo de torpe, dilapidó su capital político, siendo necesario un cambio de gobierno sin que éste perdiese el tinte liberal (de izquierdas, para que nos entendamos).
En realidad, Canalejas no era, como cabría esperar, el número uno de su partido. La Restauración canovista partía de la base de que, en cada turno de gobierno entre los partidos conservador y liberal, gobernaría siempre el líder de cada formación; pero en 1910, así como en el Partido Conservador aún era indiscutido (por poco tiempo) el liderazgo de Antonio Maura, en el Liberal, sin embargo, la cosa ya no estaba tan clara. El partido liberal dinástico, en 1910, había ya olvidado los años del liderazgo único, que prácticamente se circunscriben a aquéllos en los que vivió el fundador de la formación, Práxedes Mateo Sagasta (el único político español que ahora mismo recuerdo con nombre de personaje de culebrón venezolano). El liberalismo dinástico, en los últimos años, acusaba de diversos e intensos personalismos y tenía, en realidad, no uno, sino cuatro líderes: Moret, el conde de Romanones, Canalejas y García Prieto. Tras la caída del primero, como hemos dicho, Canalejas maniobró y pactó con García Prieto su nombramiento como ministro de Estado (hoy Asuntos Exteriores, un destino muy suculento); y con Romanones su ingreso en Instrucción Pública, que llevaba añadida la presidencia de las Cortes algunos meses después (desde donde, como veremos pronto, el conde no tuvo reparo en tocarle los cojoncillos a su teórico jefe de partido).
Según algunos contemporáneos, fue el conde de Romanones, auténtico confidente de palacio en aquellos años, quien lubricó la llegada de Canalejas al poder, pues a Alfonso XIII aquel tipo no le gustaba demasiado por excesivamente, que diríamos hoy, progre. Sobre todo, anticlerical. Se dice que Doña María Cristina, la madre del rey, le dijo a Romanones, el día de la jura de Canalejas: «Por Dios, en usted confiamos». Cabe sospechar, por decirlo mal y pronto, que en Palacio estaban acojonados con la que les podría montar aquel carbonario ferrolano.
Tenemos, pues, a un presidente del gobierno que frisa los cincuenta años, en edad agraz para la política por lo tanto, de convicciones más demócratas que liberales (o sea, a la izquierda de la izquierda, aunque sin dejar de ser burgués). Por todo ello, candidato a entenderse más con la izquierda de su espectro político que con la derecha. Pero no será así. Todo el mundo sabe que la política hace extraños compañeros de cama. El problema de Canalejas no era la oposición, o sea el partido conservador; el problema de Canalejas era su propio partido, en el que había, por lo menos, dos o tres patricios que se sentían con tanto derecho y capacidad para liderar la formación como el propio Canalejas. Factor al que hay que unir su propia evolución, puesto que está bastante claro que, tanto más ejerció el poder Canalejas, más republicano avant la lettre se volvió, y más se convenció de que era necesario colaborar con las fuerzas conservadoras.
Quizá por eso Canalejas, nada más celebrarse las elecciones del 8 de mayo de 1910 (que ganó, claro, porque en aquel entonces las elecciones siempre las ganaba quien las convocaba) lanzó un discurso en el que aseguró al partido conservador que su ministerio se regiría por el riguroso respeto de la ley; afirmación que puede parecer inocente y fatua, pero que ante unos políticos que habían sido apeados del poder por haber, en su opinión, defendido la ley y el orden durante la Semana Trágica, tenía mucho significado.
Ante un parlamento mayoritariamente liberal, con elementos republicanos y aún socialistas, Canalejas dirá cosas tan propias del partido que teóricamente combatía como ésta: «Yo, que no he perdido la serenidad de juicio, hablo desde aquí a todos los obreros españoles y les digo: Os engañan conscientemente los que dicen que estamos preparando una campaña, una guerra. Estamos, sí, haciendo Ejército, robusteciendo instituciones militares, con el apoyo y la fuerza de las Cámaras, para que España no sea débil». El mismísimo José María Aznar firmaría estas palabras, a pesar de que, de haber existido en 1910, habría estado muy alejado de las bancadas de Canalejas en el Parlamento.
Así pues, las palabras de Canalejas, muchas veces, sonaban un poco como si Zapatero hubiese respondido a su victoria electoral del 2004 declarando… su compromiso con la invasión de Iraq.
Que Canalejas tendió una mano al partido conservador lo demuestra también que la afirmación de que sostendría el imperio de la ley recibió la respuesta del líder de la derecha, Antonio Maura, declarando: «Nosotros no somos de aquéllos que cuando les toca no gobernar impiden que los demás gobiernen».
Canalejas, aún así, no renunció a su política liberal. Dictó una real orden sobre libertad de cultos que escandalizó a las fuerzas católicas. Luego continuó con una ley, denominada «del candado», por la que limitaba el crecimiento de las órdenes religiosas, y que provocó la ira del Vaticano, ello a pesar de su moderación de base, pues se limitaba a impedir la creación de nuevas órdenes religiosas en un país, como aquella España, en el que dabas una patada en el suelo y salían veinte órdenes religiosas distintas.
De consecuencias de esta polémica, Canalejas hubo de retirar de Roma al embajador de España ante la Santa Sede, Emilio Ojeda; tan mal se pusieron las cosas. En el fondo de la cuestión estaba la voluntad de Canalejas de renegociar el Concordato entre España y el Vaticano, y ya se sabe que el Vaticano, en cuanto le quieren tocar los concordatos, se pone siempre muy nervioso.
La ley fue aprobada en una maratoniana sesión de las Cortes, de 18 horas, donde los carlistas, y muy especialmente el gallego Vázquez de Mella, practicaron cuanto obstruccionismo fueron capaces. Al final, por cierto, le metieron un gol por la escuadra: en medio de las negociaciones conciliadoras con el Vaticano, Canalejas aceptó una enmienda aparentemente inocente según la cual la ley perdería vigencia si en dos años no se aprobaba una nueva Ley de Asociaciones; cosa que, en una España tan convulsa como aquélla, fue imposible de cumplir.
En todo caso, no son pocos los estudiosos de Canalejas que rechazan la imagen del político como un hombre rabiosamente anticlerical. En primer lugar, su entorno privado era profundamente religioso, a través de su mujer. En segundo lugar, está comprobado que no fueron pocas las iniciativas que tomó para amigarse con el Vaticano (una de ellas a través del líder catalanista, Françesc Cambó, que hizo un viaje a Roma sólo para eso). En tercer lugar, su ausencia de voluntad revanchista, tan usual entre los anticlericales, quedó clara cuando, tras aprobarse la ley del Candado, se negó a secundar la iniciativa de Moret para que se secularizaran los cementerios y la educación. Y cuarto, porque dijo en público cosas como no que no concebía Estado sin religión. Canalejas tiene toda la pinta de ser un político convencido de la esencia católica de España (al estilo de su oponente Cánovas del Castillo, que decía que el catolicismo formaba parte de la Constitución Natural de España), a la vez que empeñado en establecer una separación clara entre Iglesia y Estado. Suya fue la primera norma, si no me equivoco, que estableció la potestad de jurar o prometer en público (excepción hecha de los militares, que siguieron jurando sí o sí).
Una de las frases preferidas de José Canalejas era, me parece a mí, una gran verdad política: «Todo lo que sea forzar la evolución, es destruirla». Quería cambiar España, pero no pintarla de nuevo.
Pues bien: aún y con ésas, aún y a pesar de enfrentarse frontalmente con la bestia negra del progresismo español de inicios del XX, o sea el Vaticano, Canalejas no vio sino acrecer los problemas a su izquierda. En primer lugar, la oposición le llegaba de su propio partido, de Segismundo Moret, que había perdido la presidencia del gobierno y ahora le hostilizaba en las Cortes a través de sus partidarios. Cuando estaba en componendas con Moret para que no le tocase las narices, otro prohombre liberal, Montero Ríos, la emprendió con él por su decisión de facilitar la aprobación de la Mancomunidad Catalana, reivindicada por los nacionalistas de allí.
De hecho, el asunto de Cataluña fue la segunda gran piedra de toque para Canalejas, unida a la ley del Candado y al problema de Marruecos (que, dado que los que iban a la guerra eran los obreros, venía a mezclarse con la creciente movilización proletaria). No sé si porque su padre era oriundo de Barcelona o por convicción política, me parece evidente que los intentos de Canalejas por resolver la cuestión catalana fueron sinceros y hasta valientes. Prat de la Riba, cuando llegó a Madrid para entregarle el proyecto de Mancomunidad, se lo dijo bien claro: «Por la moderación de esta fórmula [la Mancomunidad, en la que el catalanismo se desdijo de sus veleidades soberanistas], por su gubernamentalismo, por su concordia con la opinión general de España, Cataluña ha concebido grandes esperanzas. Que no se conviertan en desengaños».
Por su parte, Cambó lloró la muerte de Canalejas aseverando que España perdía a un gran hombre de Estado y Cataluña a un gran amigo.
En el debate parlamentario, la oposición al proyecto fue orquestada por Romanones (o sea, para que lo pilléis bien: Zapatero se presenta en el Congreso con un proyecto de ley, al que le pone la proa un grupo de diputados … ¡azuzados desde la tribuna por Manuel Marín!). Según diversos relatos, los conspirados liberales llegaron al acuerdo de que, si veían a Canalejas débil, Romanones, que presidía la sesión, se rascaría el sobaco. En ese momento, otro liberal, el diputado Burell, pediría la palabra, que el presidente le otorgaría con generosidad, para atacar frontalmente y a degüello al presidente y a su proyecto de Mancomunidad. Al parecer, la intervención de Canalejas fue tan rotunda que Romanones, calculando la posibilidad de una derrota, se aguantó el picor de la axila sin rascarse. Probablemente, también ayudaron dos emisarios que el presidente del gobierno envió a la tribuna presidencial a decirle cositas al oído al siempre maniobrero conde.
El paroxismo anticanalejista llegó a tal punto que, en esa misma sesión, un diputado liberal demócrata (o sea, como hemos dicho, la izquierda de la izquierda burguesa) realizó un vibrante discurso en el que invocó a los Reyes Católicos, artífices, dijo, de la unidad de España que la Ley de Mancomunidades iba a poner en peligro. Poned Estatuto donde dice Ley de Mancomunidades y seguro que os suena. ¡Ah! ¿Que queréis saber qué diputado era? Pues era don Niceto Alcalá-Zamora, el futuro presidente de la República. Let’s tie this fly by the tail.
Como podéis ver, y ya cantaban los payasos de la tele, no hay nada más lindo que la familia unida...
Los llamados demócratas, gérmenes de los futuros republicanos, así como los socialistas, le reprochaban a Canalejas que se entendiese con los conservadores. Y es que la Semana Trágica había provocado un movimiento de aislamiento del conservadurismo, el famoso ¡Maura, no!, que recuerda mucho al Pacto del Tinell tras las penúltimas elecciones catalanas. Ahora, sin embargo, el ejecutor de dicho pacto parecía entenderse con la formación a la que se buscaba aislar. La actitud de las izquierdas fue violenta, hasta el punto de mediar en ella la convocatoria de tres huelgas generales (en Bilbao, Sevilla y Valencia) y la generación de un clima de agitación social que provocó sucedidos como la huelga de Cullera, que merece que cualquier día le dediquemos un post específico. La declaración por la UGT de la huelga general en toda España (18 de septiembre de 1911) hizo necesario suspender las garantías constitucionales.
En agosto de 1911, una fragata se había rebelado en Tánger, motín de resultas del cual el gobierno decretó (y llevó a cabo) el fusilamiento de un fogonero, Antonio Sánchez Moya. Por aquel entonces, en Barcelona se dieron mueras al rey.
Canalejas se comió el marrón. Por los mentideros periodísticos circuló el rumor de que, de no haber estado el rey en Inglaterra durante los sucesos, Sánchez Moya nunca había sido fusilado. Es decir, toda la responsabilidad recaía en Canalejas. A ello se unió la condena a muerte en la persona de Juan Jover, alias el Chato de Cuqueta, cabecilla de la insurrección de Cullera. A finales de año, Canalejas le dijo a Romanones: «no puedo continuar como un muñeco de pim-pam-pum». A todas luces, se creía, se sabía la piñata de las izquierdas. Y añadió algo muy inquietante a la luz de lo que luego pasó: «Los que inducen a mi asesinato, que lo hagan personalmente, pues sería más digno».
El problema de Marruecos estaba, en 1911, al rojo vivo. Si algo necesitaba, no Canalejas, sino el presidente del gobierno español, era apoyo interno para conseguir respeto externo. Pero no lo tenía. Le faltaba dicho apoyo y le faltaba, además, de los suyos. En no menos de cuatro discursos lo pudo decir más alto, pero no más claro.
El rey, claramente preocupado por la situación revolucionaria, solicita, en noviembre de 1911, su opinión al líder de la oposición conservadora, Antonio Maura. Maura, tal era su costumbre, le responde por escrito, con un papel, conocido como el Memorando de Maura, escrito en su estilo ampuloso y alambicado, pero en el que, sucintamente, repasa los errores que el sistema político ha cometido dando pábulo a las fuerzas más radicales y lejanas de la monarquía (a los que llama facciosos en el documento) y defendiendo, ante el rey, el regreso al viejo sistema de la Restauración, es decir el turno pacífico de dos grandes partidos dinásticos, insinuando la exclusión de los demás al solicitar el fin de «la situación de condescendencia para con las diversas especies de revolucionarios».
Según Juan de la Cierva, que era algo así como el Alfonso Guerra del Felipe González que fue Antonio Maura, por aquel entonces tanto él como su jefe tuvieron preparada una lista completa de ministros y gobernadores, pues les fue anunciado que Canalejas caería y ellos ocuparían el gobierno. El 22 de enero de 1912, el rey recibió a Maura en Palacio, entrevista de la que está comprobado que Canalejas no tenía ni zorra idea (se lo dijeron los periodistas mientras almorzaba en el Ritz con unos políticos santanderinos, y se quedó de piedra). Todo parece indicar que el rey apoyaba un cambio de orientación.
Y Canalejas, además, está cansado. En julio de 1912 se lo confesó a Eduardo Dato, político conservador que acabaría, como él, siendo presidente del gobierno; y acabaría, como él, asesinado. En mayo, en las Cortes, la conjunción republicano-socialista, por boca de Gumersindo de Azcárate, le ha dado la puntilla: en discurso público, los republicano-socialistas han aseverado que, de no ser por la Semana Trágica, el gobierno conservador de Antonio Maura habría sido considerablemente mejor que el de Canalejas.
O sea: Zapatero llega al gobierno. En el gobierno, saca a las tropas de Iraq, legaliza el matrimonio homosexual, elimina la asignatura de religión en las escuelas, aprueba una ley de la memoria histórica, saca adelante el Estatuto catalán, subvenciona siete millones de guarderías, aprueba la ley de dependencia y le declara la guerra a los Estados Unidos. Y todo lo que consigue, después de eso, es que el ala izquierda de su partido se levante en el Congreso y diga que, de no ser por la guerra de Iraq, ¡los gobiernos de Aznar habrían sido mucho mejores que el suyo!
No me digáis que no es como para pensar: que os den por el c…
A las nueve de la mañana del 12 de noviembre de 1912, José Canalejas está en su casa, afeitándose (o, más bien, le están afeitando) mientras departe con sus amigos y colaboradores los asuntos del día. A las diez menos algo, se traslada en automóvil al Palacio Real con el alcalde de Madrid, Ruiz Giménez. A las diez y media, estaba de nuevo en su casa, y se dirigió al ministerio de la Gobernación, a presidir el Consejo de Ministros. Eran otros tiempos: fue a pie, y sin escolta (no le gustaba); o, más exactamente, con una exigua escolta siguiéndolo a prudente distancia. Remontó Huertas hasta la plaza del Ángel, luego la calle de Espoz y Mina hasta la Puerta del Sol, donde se paró a estudiar el escaparate de la librería San Martín.
En la Puerta del Sol estaba también Manuel Pardinas, un anarquista llegado de América, según la policía, para matar a Alfonso XIII. Esa mañana, los reyes iban a ir al Retiro, a una exposición de crisantemos (sic) y tenían que pasar por ahí. Podría ser que Pardinas quisiera matar al rey (aunque, como veremos, también se consolidó la teoría de que siempre fue a por Canalejas), pero vio al presidente del gobierno ahí, tan cerca, y decidió llevárselo por delante. Le disparó en la sien, a quemarropa, y luego inició una corta huida, pues tras dar unos pasos se suicidó.
Hasta ahí la Historia. Más allá, quedan las dudas, las preguntas, y las teorías. Veamos.
¿Era común que un terrorista anarquista que matara con pistola se suicidase, inmolase decimos hoy, en el mismo lugar del crimen? Bueno, esto sí que tiene su lógica, porque lo cierto es que Pardinas disparó contra sí mismo cuando se vio medio rodeado y comprobó que un transeúnte (Víctor Galán, conserje de La Filarmónica) se le echaba encima y que un policía le daba caza. Quizá se mató para evitar un posible linchamiento.
¿Por qué hablaba Canalejas, antes de su muerte, de las personas que querían su asesinato, y les conminaba a que diesen la cara públicamente? No podía referirse a los anarquistas, pues la voluntad de los anarquistas de cargarse a los mandamases burgueses no era cosa que estuviese oculta al conocimiento de nadie, así pues no demandaba de publicidad alguna.
¿A quién quería dejar Canalejas el gobierno? ¿A Moret, que le había puesto todas las zancadillas posibles? ¿A Romanones, que le negó el apoyo a su Ley de Mancomunidades hasta que a la cuenta atrás no le quedan ni diez segundos? ¿A Montero Ríos, que había maniobrado para echarle? ¿A los republicano-socialistas, que le habían montado una tangana en 1911 de la que resultó la suspensión de garantías constitucionales y el fusilamiento de dos activistas y, además, le echaban flores a Maura?
¿O, tal vez, al partido conservador que, con la lógica excepción de la cuestión religiosa, se había mostrado más bien no beligerante con él, tratándole de dejar gobernar; al partido conservador, que, según todos los indicios, era el que estaba en el deseo del rey?
Y, por cierto: ¿quién gobernó tras el asesinato de Canalejas? Pues los liberales, es decir, el partido que iba a perder el poder, según todas las trazas.
A las preguntas cabe añadir las inquietantes cosas que con el tiempo destapó la investigación del asesinato. A todas luces, Canalejas se sabía amenazado, y amenazado además por la persona de Pardinas, pues algunos días antes de su muerte le confesó a su mujer que estaba cabreado porque la policía española le había perdido la pista. Sin embargo, como suele ocurrir en estas cosas, este tal Pardinas, a pesar de estar buscado por la policía en España y en el mundo, pudo colocarse sin problemas como pintor en las obras del hotel Palace e incluso, según le confesó a su amigo y casero Emilio Corona, unos días antes había estado en el Congreso, sin que se llegase a averiguar, a ciencia cierta, quién le franqueó el paso. Asimismo, también se supo que el día anterior, a las dos de la tarde, Pardinas fue visto vigilando la puerta del chalet que en la calle Abascal tenía el escultor Mariano Benlliure. Y es un hecho que aquel mediodía los Canalejas visitaron al artista; pero lo que no se pudo saber es cómo llegó a Pardinas, insistimos un anarquista sin oficio ni beneficio y, además, perseguido por la policía, una información tan precisa.
Pardinas había llegado a España tras un amplio y costoso periplo por Europa y América, cuya financiación nunca quedó clara. Además, existen indicios de que el día antes de matar a Canalejas podría haber recibido una cantidad de dinero: a pesar de confesarse no fumador ni bebedor ni amigo de ningún vicio (algo típico de algunos anarquistas de la época, que querían ser puros como cartujos), la tarde-noche antes del asesinato se presentó en el café Mercantil, en la calle Ancha de San Bernardo, donde se apioló un vermú carísimo (francés, marca Susinis), varios coñás y, no contento con todo eso, amagó con invitar a copas a los 22 músicos de la banda que allí estaba tocando. Tampoco se sabe nada de la misteriosa mujer con que estuvo en el bar Sol, justo al lado del lugar donde mataría a Canalejas, pocos minutos antes de perpetrar el crimen.
Los indicios más claros hablaban de una reunión en Tampa, Florida, en la que elementos anarquistas y, diríamos hoy, antisistema, debatieron la posibilidad de matar al rey Alfonso. Decidieron que ese asesinato no serviría de nada, pues habría regencia, y por eso decidieron ir a por algún político principal, y eligieron a Canalejas.
Esa es la versión más o menos oficial. Pero, ¿quién mató a Canalejas? Otra preguntilla para el que quiera calentarse la cabeza.
sábado, enero 06, 2007
De gazapos
La errata periodística es una institución. Siempre ha existido y siempre existirá. Pero es un hecho que se da más en aquellos medios de comunicación donde la profesionalidad brilla por su ausencia.
El franquismo supuso el extrañamiento de media España que, como poco, tuvo dificultades para desarrollar sus capacidades. Esto afectó a nuestra ciencia, a la educación, al deporte incluso. Y el periodismo no iba a ser una excepción. Durante algunas décadas, yo diría que hasta que a mediados de los sesenta la formación del periodista comenzó a remontar el vuelo, los medios de comunicación, y sobre todo aquéllos de titularidad estatal (los periódicos y emisoras del Movimiento Nacional, y la tele, por supuesto pública) estaban repletos de profesionales difícilmente catalogables como tales; la combinación de este efecto con el hecho de que las técnicas entonces usadas para la realización de los periódicos propendían más a la errata que hoy en día, pues hoy, cuando menos, los procesadores de texto no nos dejan escribir cavallo; la combinación de todo esto, digo, multiplicó los errores.
Un escritor, Evaristo Acevedo, se dedicó durante años a ser implacable perseguidor de aquellas marcianadas. Fruto de dicho trabajo fue una serie de libros, que tituló El despiste nacional, que hoy se pueden encontrar en algunas librerías de viejo. Os los recomiendo. Lo que hoy me voy a aplicar a copiar es sólo una pequeñísima parte de las muchas y deliciosas risas que os va a provocar la lectura.
Las cursivas que leeréis a partir de ahora son, obviamente, mías.
Veamos, por ejemplo, el parte meteorológico que el periódico Falange, de Las Palmas de Gran Canaria, publicó el 1 de marzo de 1961:
«Un anticiclón canario suministra los polvos en el archipiélago. La presión atmosférica está descendiendo en Canarias por entrada de aire caliente en las capas bajas. Tiempo probable: seguirá el régimen de polvos en Canarias, con aire caliente».
Según algunas noticias, el régimen de polvos ha permanecido en Canarias no 24 horas, sino 45 años (y lo que te rondaré…). Lo que no sabía yo es que los polvos de los canarios dependen de los anticiclones. Dado que tienen muchos, será por eso que le llaman las Islas Afortunadas.
Otro periódico de ampuloso nombre, Patria, de Granada, publicó en 1960 una noticia que deja claro que hay personas que, por cambiar, hasta cambian, con la madurez, de padre:
«El mayor triunfo de la noche fue el éxito del español Eduardo Gamir, autor de la maravillosa decoración y adorno (para esa noche) de los salones y palacio de Versalles. Gamir, descendiente de diplomático hasta 1942, en que se dedicó por entero a su vocación artística (...)»
O esta otra del Diario de Barcelona de 1959, que demuestra que hay pueblos con costumbres muy distintas a las nuestras:
«En una ocasión, durante una recepción en el Kremlin, alguien brindó por la esposa de Kruschev y éste, levantando su cosa, dijo que se lo debía todo a su esposa.»
Y yo que creía que cuando se lo debes todo a tu esposa la cosa se levanta sola…
Otra muestra de las burradas que se pueden escribir cuando no se sabe escribir. Es del diario Córdoba, cuyo domicilio no tiene secreto, y se refiere a una concentración de ex combatientes (todos del mismo bando, claro) en 1961:
«DESFILE.- Formadas las unidades, se colocarán para oír la santa misa y estar presentes en la revista que efectuará el excelentísimo señor general gobernador militar, apoyando la cabeza en la esquina de la calle de la Concepción».
Hemos de suponer que los ex combatientes acabarían todos con una cefalea de campeonato.
Otra capullada, del mismo diario. Titular deportivo:
«Emocionante encuentro y reparto de goles en el Jaén-San Fernando: 0-0».
Excelente reparto: cero para ti, cero para mí…
La noticia que sigue es curiosa. ¿Es una errata? ¿Una broma? A saber. Yo la copio. Es de El Comercio de Gijón, octubre de 1965.
«En el barrio de la Luz y a consecuencia de las últimas lluvias se registraron diversas inundaciones a consecuencia de reventar un colector. Los bomberos sofocaron la inundación, que en algunas casas llegó a alcanzar medio metro de altura, especialmente en los portales. Pero la sorpresa fue grande al extraerse del mismo, entre otros objetos, más de sesenta bragas».
Hay que reconocer que, en esta noticia, hay muchos indicios de que su redactor era un perfecto ignorante. En la misma frase atribuye las inundaciones a dos causas distintas, luego dice que la inundación fue sofocada como si se tratase de un vulgar incendio, después dice que la inundación fue más severa en los portales, cuando, en realidad, allí se junto el agua no por ser portales, sino por estar a ras de suelo… Pero lo de las bragas... confieso que a lo de las bragas no le encuentro explicación.
Un redactor del Diario de Avisos de Santa Cruz de La Palma escribió, en 1963, que los agricultores habían reclamado «que en el Plan de Desarrollo se posterguen sus legítimos intereses»; con lo que demostró que no tenía ni puta idea de qué significa el verbo postergar.
Véase, también, esta semblanza de la actriz Liz Taylor publicada por La Nueva España de Oviedo en 1964. Que la lean especialmente los médicos, a ver si aprenden.
«En 1961, al principio del rodaje de Cleopatra en Londres, Liz pasó por una dolorosa experiencia que puso en peligro su vida. Fue preciso que le hiciesen la traqueotomía en una pierna para poder salvarla. Después de este accidente, ella había jurado no volver a poner los pies en Inglaterra».
Ni los pies ni, en consecuencia, la traquea…
Ésta se la dedico a mi amigo Omalaled, que me estará leyendo (espero): pecador: El Correo Español, 18 de octubre de 1960.
«En cuanto al control del cohete desde la Tierra, se hace destacar que la transmisión de los datos recogidos por radio desde ochenta kilómetros, que viene a ser la distancia que separa Marte de la Tierra, sería bastante difícil».
Vean ésta de Los Sitios, periódico de Gerona, publicada en 1962:
«Llegó la tarántula.
Ayer llegaron a la dehesa y se dirigieron hacia el paseo situado a continuación de la ronda de Fernando Puig, grandes camiones cargados con postes, lonas y demás enseres propios de las instalaciones desmontables y allí empezaron a levantar la “casa”, que nos enteramos se trata de un teatro.»
Tras atenta lectura de la noticia, lanzamos esta hipótesis: ¿no será que al redactor le informaron de la llegada a Gerona de la farándula, palabra que él, sólo por casualidad, desconocía?
En fin, por último, y para que se vea que no sólo la LOGSE hace estragos, ésta del ABC, de 1963, sacada de un artículo analítico sobre la situación de Hispanoamérica.
«Con mirada española no se puede contemplar sin emoción ese entrañable trozo de planeta que va desde el sur de río Grande hasta el cabo de Buena Esperanza».
Pues no. Lo que va desde el sur del río Grande al cabo de Buena Esperanza no es un trozo, sino un cacho enorme de planeta. Porque resulta que el cabo de Buena Esperanza no está en América, sino en África.
Ya sabéis: El despiste nacional. Si mercadeais cualquier día por ahí y lo veis, gastaros un par de euros. No os decepcionará.
martes, enero 02, 2007
Dillinger
Yo creo que en el mundo hay dos cosas que son mediáticas por excelencia, y esas cosas son el deporte y el crimen. No hay nadie a quien la gente guste de seguir más que a los deportistas de elite y a los enemigos públicos. El crimen ha despertado siempre en nosotros una suerte de fascinación que proviene, sobre todo, del mito de Robin Hood: la gente tiende a sentir simpatía, cuando no admiración, por las personas que están fuera de la ley porque las rodea de un aura de respeto hacia los menos favorecidos.
Hay muchos criminales famosos. De ellos, algunos consiguieron salir del ámbito de su propio país para hacerse internacionales. Entre estos se encuentra un español: Eleuterio Sánchez, alias El Lute, cuya rocambolesca historia de fugas y atracos le hizo tan famoso que hasta un grupo musical conocido en su momento, Boney M., le hizo una canción que fue hit parade en no pocos países. Con todo, los criminales mundialmente famosos por excelencia son los estadounidenses. De entre estos escojo uno, hoy quizá bastante olvidado pero que en su día fue la pera limonera, y que es mi preferido: John Dillinger.
¿Por qué me gusta más Dillinger que otros delincuentes? Bueno, en primer lugar, porque no era tan sanguinario como otros; no era, como lo podían ser aquella pareja de bestias pardas que se llamaron Clyde Barrow y Bonnie Parker, adicto a la violencia. Y, si tenemos en cuenta a la tercera gran banda criminal de la época (la de Ma Barker, también glosada, por cierto, por Boney M.), desplegó cierta conmiseración hacia las víctimas de sus atracos que otros, como los Barker, no hicieron, pues éstos se dedicaban al secuestro.
A no pocos americanos, en cualquier caso, Dillinger los enamoró durante el año, más o menos, que duró su resplandor. En el curso del atraco al First National Bank de East Chicago, cuando Dillinger entró en la sucursal, sacó su arma y declaró que estaba allí para robar el banco, un cliente que en esos momentos estaba cobrando un cheque, lo dejó en el mostrador y dio unos pasos atrás, con las manos alzadas. «Tranquilo, amigo», le dijo Dillinger; «cobre su cheque; no queremos su dinero, queremos el del banco».
En la América de 1933, sumida en el negro pozo de la gran depresión, esas cosas hicieron parecer a Dillinger un nuevo Jesse James. A él, por lo demás, esa identificación le encantaba.
John Dillinger nació en Oak Hill, Indianápolis, el 22 de junio de 1903. Su familia era de clase media y, de hecho, a lo largo de su vida su padre haría cosas (por ejemplo, el traslado familiar a Mooresville) que demostraron que tenía posibles. Sin embargo, la riqueza económica no lo es todo; a veces no es nada en lo absoluto. La madre de Dillinger murió siendo su hijo muy niño y su padre tuvo hacia él una actitud extraña. Por una parte, le preocupaba que su hijo se descarriase, y en gran parte el traslado a Mooresville fue producto del hecho de comprobar que su hijo se estaba haciendo pandillero. Por otra, sin embargo, el único momento en el que la frialdad entre padre e hijo cedió fue cuando el segundo fue un delincuente famoso. Todo parece indicar que Dillinger, más que un niño mal criado, fue un niño malamente criado.
Los coqueteos de Dillinger con el delito de poca monta cambiaron radicalmente la noche del 6 de septiembre de 1924 cuando, junto con Ed Singleton, otro punto filipino, Dillinger decidió darle el palo a B. F. Morgan, que tenía una tienda de ultramarinos y tenía la costumbre de bajar el sábado por la tarde a la ciudad a cortarse el pelo con la recaudación del día. Dillinger, borracho, abordó en solitario a Morgan con un revólver y una barra de hierro, arma ésta última con la que atizó en la cabeza a su víctima. Ladrón y robado focejearon y la pistola se disparó. Dillinger, creyendo que había herido a Morgan, salió echando leches del lugar camino del coche donde le esperaba Singleton. Pero Singleton no estaba.
Todo parece indicar que el sheriff y el juez le hicieron una encerrona. Ambos convencieron a Dillinger padre e hijo de que la condena sería leve si confesaba, así pues el juicio se celebró sin que el acusado hubiese designado abogado. Además, Dillinger se declaró culpable. Le cayeron de diez a veinte años, que debía cumplir en una institución llamada Pendleton. Cuando, no pocos años después, le fue además denegada una libertad bajo palabra, y sintiéndose por ello, muy probablemente, despechado con el objetivo de tratar de ser un hombre de bien, Dillinger decidió profundizar en su vida de hampón y, en una petición absolutamente sorprendente, solicitó ser trasladado del relativamente cómodo Pendleton a la cárcel de Michigan City.
A todas luces, quería jugar la Champions League del crimen.
En Michigan City, Dillinger hizo dos amistades fundamentales: Harry “Pete” Pierpont y Homer van Meter. Van Meter era un tipo con mucho sentido del humor, amigo de las humoradas. Pierpont era un ladrón en toda regla, que tenía su banda ya formada. Estaban con él John “Red” Hamilton, Charles Makley y Russell “Bobbie” Clark, todos ellos delincuentes experimentados, todos ellos puteros. En 1932, se les unió al grupo Walter Dietrich, un ladrón muy veterano que había estado en la banda del delincuente que inventó el asalto a bancos planificado, el prusiano Herman K. Lamm, conocido como Baron Lamm, y que fue, en efecto, la primera persona que se dio cuenta de que para robar un banco hay que hacer muchos deberes, estudiar el edificio, las salidas, las rutinas policiales, las rutas de escape, etc. Van Meter no era de la partida porque Pierpont lo consideraba un gilipollas. Pero no le perdáis de vista, porque volverá a aparecer desde la ventana del segundo piso del albergue de Little Bohemia, Wisconsin, disparando su metralleta.
Dillinger fue liberado el 10 de mayo de 1933 por razones humanitarias (su madrastra agonizaba) por el gobernador de Indiana, Paul V. McNutt. Antes, Pierpont, que lo quería captar para que le ayudase a escapar a él y a su banda, le había dado una lista con los bancos más lucrativos de robar. Dillinger decidió hacer carrera como ladrón de bancos, para lo cual se asoció con unos tales Noble Claycomb y William Shaw. Este trío atracó un supermercado en Indianápolis, con el increíble botín de 100 dólares, durante el cual Dillinger perdió los nervios y golpeó a un viejo en la boca con su pistola.
Animado por este primer éxito, Dillinger decidió robar su primer banco. Escogió New Carlisle, en Ohio, y su New Carlisle National Bank, que atracó el 10 de junio de 1933. En este caso, el botín fue de 10.600 dólares pero, aún así, Dillinger, un poco borracho de éxito, volvió a Indianápolis y convenció a Shaw para preparar dos robos más esa misma noche, aunque en ese caso se llevaron de conductor a un delincuente distinto, John “Lefty” Parker. Atracaron una farmacia y, al salir, descubrieron que Parker había aparcado el coche como un buen ciudadano; les costó dios y ayuda salir corriendo de allí. En el segundo atraco, un supermercado, se encontraron con que lo habían atracado tantas veces que ya no tenía apenas dinero en las cajas.
Después de pasar su cumpleaños (22 de junio), Dillinger y Shaw eligieron para su siguiente atraco el Marshall’s Fields Thread Mills, en Monticello, Indiana. Pensaron en atracar al gerente de la fábrica cuando llevaba la nómina al banco, pero un cambio en las costumbres de éste les llevó a atracar la fábrica. El atraco salió mal. De hecho, el gerente salió detrás de ellos, revolver en mano, y Dillinger tuvo que herirle en una pierna. Desesperados, atracaron un mercado de fruta unas horas después. Habían sacado 175 cochinos dólares.
Probablemente, Dillinger se dio cuenta de que le faltaba experiencia, así que decidió iniciar una corta vida de subalterno. En las siguientes tres semanas, participó en unos diez atracos a bancos realizados por tres bandas diferentes, entre ellas la de Homer van Meter. En julio, Dillinger decidió volver a liderar su propio atraco y eligió un banco de Daleville. El día anterior, la policía trincó a sus compinches (Shaw y Claycomb), pero no se arredró: en la fecha señalada, 17 de julio de 1933, había encontrado otros dos compañeros y estaba en el banco.
En el atraco de Daleville fue donde Dillinger hizo, por primera vez, un gesto que luego repetiría: saltar ágilmente, apoyándose en una sola mano, el mostrador del banco. De hecho, la primera fama, por así decirlo, de Dillinger, fue ser conocido como El Saltador.
Aquel verano llegó el amor. Dillinger se enamoró de Mary Longnaker, hermana de un compañero de la cárcel de Michigan City, Jim Jenkins.
A principios de agosto de 1933, Dillinger robó otro banco, el First National de Montpelier, Indiana. Para entonces, ya estaba sobre sus pasos el policía que le persiguió con más ahínco, Matt Leach, quien a pesar de su nombre era un croata emigrado, algo tartamudo, o sea un poco como el personaje del detective Gregory Medaboy en la soberbia serie televisiva Policías de Nueva York. El día 14 de agosto, Leach trincó a tres compinches de Dillinger, pero no a éste, que estaba en Blufton, Ohio, robando un banco, por supuesto. En los siguientes días, Leach intentó atrapar a Dillinger en una localidad llamada Fary y también en la casa de Mary Longnaker, pero en ambos casos al ladrón lo protegió su baraka: en el primer caso se acababa de ir y en el segundo no se presentó.
El 6 de septiembre, Dillinger robó el State Bank de Massachussets Avenue, en Indianápolis. Tras lo cual, y una vez que consiguió hacer algo de pasta, se planteó devolver favores: tenía que ayudar a Pierpont a huir de la prisión.
Contó con la ayuda de dos mujeres: Pearl Elliot y Mary Kinder; ésta última tenía un hermano en la misma prisión y, tras la fuga, se haría amante de Pierpont. La noche del 12 de septiembre, Dillinger tiró por la tapia de la cárcel un paquete con tres pistolas dentro, que Pierpont debería recoger al día siguiente. Cosa que no hizo porque alguien las recogió antes. Pero no se desanimó. Unos diez días después, sobornó al empleado de una empresa de hilados para que dejase colocar cuatro pistolas dentro de una caja de camisas destinada a la cárcel (algunos reclusos trabajaban dentro cosiendo cuellos) y marcó la caja con una equis. Este truco sí que funcionó, pero Dillinger no pudo, por así decirlo, disfrutarlo.
El 22 de septiembre, Dillinger decidió que ya era hora de echar un polvo con Mary Longnaker. Sin embargo, al llegar allí se encontró con dos policías que allí había apostado Leach, que lo detuvieron. Así pues, mientras Pierpont y los demás se fugaban de Michigan City, Dillinger entraba en la cárcel de Dayton. Allí, no se sabe muy bien cómo, se cansó de Mary y se lió con una mujer mestiza, Billie Fechette.
Dillinger quedó preso en Lima, Ohio, en una cárcel más bien pequeña, casi familiar, donde era vigilado por un policía bonachón por el que al parecer sentía bastante afecto, Jess Sarber. Pierpont se presentó allí acompañado por Makley y Clark. Tras encañonar al sheriff, éste presentó resistencia, así que Pierpont le disparó, además de golpearle en la cabeza. De resultas de aquellas heridas, el policía murió. Tras evadirse, la banda se proveyó de armas y chalecos antibalas asaltando dos comisarías de policía, una en Auburn, Indiana, y otra en Perú, Ohio.
Después de eso, la banda Dillinger propiamente dicha, es decir con Pierpont, empezó su labor delictiva. Atracaron el Central National Bank de Greencastle, Indiana, el 23 de octubre. Fue después de ese robo cuando Dillinger comenzó a tomar la costumbre de llamar por teléfono a Matt Leach, llamándole tartaja hijoputa y cachondeánse de que no era capaz de pillarle. Leach respondió montando un operativo para pillar a Dillinger a mediados de noviembre, a la salida de una visita al médico, pero Dillinger escapó gracias a su habilidad como conductor: hizo eso que se ve en muchas películas (y que no es nada fácil de hacer) de colarse a toda velocidad entre dos tranvías que están a punto de cruzarse, para dejar al perseguidor detrás sin poder seguirte.
A la banda le iban bien las cosas. Su núcleo duro, formado por Dillinger, Pierpont, Makley, Clark y Hamilton, estaba muy unido. Tenían, eso sí, problemas con dos miembros secundarios, pues uno de ellos, Copeland, bebía demasiado, y el otro, Shouse, parecía estar obsesionado con tirarse a Billie Frechette. Esto, sin embargo, no les detuvo a la hora de planificar su siguiente golpe, el 20 de noviembre, en Racine, Wisconsin. Fue en la sucursal del American Bank and Trust Company, y las cosas fueron medio mal. En primer lugar, Makley hirió en la cadera a un empleado, que aún así consiguió tocar el timbre de alarma. El policía que se presentó en el banco (pensando que era una falsa alarma) fue reducido por los atracadores. El segundo policía recibió disparos de Makley, aunque no mortales. Para entonces se había formado ya una gran multitud en la acera de enfrente del banco, así que los atracadores tomaron varios rehenes para salir. En la calle, tuvieron que defenderse con la ametralladora contra dos policías que estaban en un salón de billar cercano. Los coches de aquella época eran esos con enormes estribos que se ven en las pelis de gangsters. En dichos estribos era donde solían llevar a los rehenes (para evitar los disparos). Una mujer que se llevaron de rehén se quejó de frío y Dillinger la cubrió con su abrigo. Este es el tipo de detalles que lo hicieron tan famoso para la opinión pública.
El 5 de diciembre de 1933, se levantó la Ley Seca en Estados Unidos. Para entonces, ocho de los diez delincuentes más buscados de los Estados Unidos eran miembros de la banda de Dillinger, que se empezaba a conocer así a pesar de que Harry Pierpont era tan líder como John. Quizá por eso, o sólo por fastidiar, Matt Leach arrestó a la madre de Pierpont, detalle éste que enfureció al ladrón.
Aquella Navidad, los Dillinger se fueron a Florida, a esperar a que las cosas se calmasen y a pasar unos días de fiesta. Hay una película de Sergio Leone, Once upon a time in America, que narra la historia de una banda mafiosa judía. Siempre he pensado que hay ciertos paralelismos entre esa historia y la de Dillinger. En primer lugar, la trama gira alrededor de la competencia entre dos líderes, que son David “Noodles” Aaronson (Robert de Niro) y Maximilian “Max” Bercovicz (James Woods); Dillinger y Pierpont nunca compitieron, pero a este último no le hacía demasiada gracia que toda la fama fuese para el primero. En segundo lugar, en la película de Leone la banda también se va a Florida y recibe allí la noticia del final de la Ley Seca, y, de hecho, dicha decisión y la estancia de la banda Dillinger en Daytona Beach casi se produjeron al mismo tiempo. Ignoro, sin embargo, si hablamos de coincidencias, o existe algún tipo de identificación.
En Florida, los celos de Dillinger hacia Shouse estallaron, de forma que expulsó a Billie Frechette del grupo. También pasó otra cosa: estando en la playa, los periódicos siguieron publicando las fechorías de la banda de Dillinger. Habían cruzado una frontera jodida: ahora eran culpables de los crímenes que se cometían en el Medio Oeste sí o sí. Incluso aunque no los hubiesen cometido.
Visto lo visto, la banda decidió refugiarse en el culo del mundo y, para eso, escogieron una pequeña ciudad: Tucson, Arizona. Dado que andaban cortos de dinero, decidieron robar un banco más. Fue una decisión personal de Dillinger y Hamilton, muy precipitada. Escogieron el First National Bank de East Chicago y para la labor decidieron buscarse un conductor nuevo. Los empleados del banco lograron dar la alarma, motivo por el cual, cuando Dillinger quiso salir con el dinero, había cuatro policías fuera: necesitaba rehenes. Utilizó a un empleado del banco y a un policía que había logrado reducir por haber entrado en el banco sin precauciones (como podéis ver, en aquel entonces la policía no se tomaba nada en serio las alarmas de los bancos), llamado Hobart Wilgus.
A la salida del banco, Wilgus hizo otro movimiento típico de película: se echó a un lado, para dejar a la vista a Dillinger, que iba detrás de él, y que así su compañero, el patrullero Pat O’Malley, pudiera dispararle. Ocurrió así, pero Dillinger llevaba chaleco; el ladrón repelió la agresión y una de sus balas agujereó el corazón de O’Malley.
Al salir de Michigan City, Dillinger dijo bien claro que estaba dispuesto a matar para no volver a la cárcel. Ese día pagó su fielato.
Para entonces, la policía de las principales ciudades del Medio Oeste, y muy especialmente Chicago, tenía por obsesión principal trincar a Dillinger y los suyos. Pero fueron los bonachones polis de Tucson, Arizona, quienes lo hicieron. En realidad, hubo algunas casualidades que conspiraron para ello. En primer lugar, un incendio. Makley, Clark y la novia de éste, Opal Long (que debía de ser corpulenta, pues su alias era Mack Truck), se alojaron en un hotel que sufrió un incendio. El bombero William Benedict les ayudó a sacar sus cosas de la habitación (de hecho, estuvo a punto de bajar una caja llena de armas) y, dado aquel trato tan cercano, cuando se fijó en la comisaría en las fotos de los criminales más buscados, los reconoció. Siguiendo la pista del traslado de los huéspedes del hotel a un apartamento, la policía detuvo allí a Makley y Clark, a este último no sin oposición y tras una pelea un poco cómica en la que un policía, el sargento Frank Eyman, queriendo arrearle una hostia a Clark, en realidad se la dio a su compañero Chet Sherman. Después de eso, simplemente esperaron a que apareciese por la casa Pierpont. Cuando éste llegó, Eyman le contó una de indios (que le faltaba un papel para el coche que tenía que recoger en comisaría) y lo llevó a la boca del lobo, donde fue arrestado. Cuando se supo cogido, Pierpont trató de tragarse un papel que le obligaron a escupir. Era la dirección donde estaba Dillinger. El único daño que sufrió la policía fue un dedo de una mano del agente Dallas Ford, a quien se lo rompió la Camiona con la puerta cuando intentaba entrar en la casa de Makley y Clark.
Lo que sigue es muy americano. Una de las razones por las que en los años treinta floreció el crimen fue la Ley Seca; pero la otra fue el entonces escaso desarrollo de las leyes federales. Los delincuentes, de hecho, lo tenían fácil a la hora de delinquir si eran capaces de huir a otro estado (esto lo hemos visto también en muchas películas). El FBI, entonces, tenía 266 agentes para todo Estados Unidos. La policía no podía comprometerse a perseguir a alguien hasta el fin del mundo; apenas hasta la raya del condado o del Estado.
Esta situación provocó que, una vez detenida la banda, comenzase la feria sobre quién se lo llevaría. Nuestros delincuentes, hemos de recordarlo, están en Arizona, estado en el que no han hecho demasiadas putaditas. Leach e Indiana reclamaron inmediatamente la extradición; pero otro tanto hizo Ohio, y lo hizo, además, con el argumento, sólido, de que tenían prelación ya que en su seno se había producido un delito de sangre (el asesinato de Jess Sarber en Lima). Con todo, la discusión no era sólo legal. Para entonces, todos estos delincuentes tenían precio puesto a su cabeza y, en realidad, la policía de Tucson (y sólo la policía, porque al pobre bombero Benedict no le dejaron pillar cacho) quería extraditar a la banda a… el estado que pusiera más pasta sobre la mesa. Incluso contrataron un abogado para que llevase las negociaciones. Para que luego digamos que el Estatuto catalán es pesetero.
Aquella polémica (mejor diríamos puja) hizo de Dillinger un delincuente famoso en todo Estados Unidos y todo el mundo. Finalmente, hubo negociaciones políticas por parte del gobernador de Indiana, Paul McNutt, quien como veremos tenía razones para presionar en tal sentido. Finalmente, Indiana convenció a Ohio para que le dejasen quedarse con Dillinger si los otros detenidos eran extraditados a Ohio (acuerdo lógico, pues no era Dillinger, sino Pierpont, quien había matado a Sarber). La cosa parecía hecha, pero en esas apareció Wisconsin. La banda había hecho cosas allí y este estado ofrecía cosas interesantes: primero, más pasta que nadie. Segundo, un sistema procesal en el que era posible juzgar y condenar a alguien en 24 horas, lejos de los dilatados trucos de abogados listillos. Tercero, en Wisconsin no había pena de muerte. Así pues, la extradición a Wisconsin era un chollo para la policía de Tucson y para los propios delincuentes, que se salvaban de la silla eléctrica. Quizá en conexión con esta sorpresa de última hora, el abogado de los detenidos presentó un alegato de habeas corpus, con el objeto de ganar tiempo a favor de esta última oferta.
Indiana jugó fuerte. Envió a Tucson a un peso pesado, Robert Estill, acusador público, que ya había intentado condenar a muerte a Dillinger por la muerte del agente O’Malley. Estill estaba muy motivado. Su gobernador, McNutt, sonaba para candidato a la Casa Blanca, y él era su mano derecha. Ambos pensaban que Dillinger les abriría las puertas de la Presidencia. Y no se equivocaban: fue quien se las cerró, como veremos pronto.
Estill viajó acompañado de Hobart Wilgus, el policía a quien Dillinger tomó de rehen en Chicago, quien lo reconoció sin problemas como el asesino de O’Malley. Ahora que Indiana tenía una razón de peso para pujar por el detenido, presionó al gobernador de Arizona y consiguió de él un acuerdo para sacar a todos los detenidos de tapadillo. De hecho, Dillinger estaba en un avión antes incluso de que se viese el alegato de habeas corpus presentado en su favor. Luego hubo otro factor que ayudó a Estill: incomprensiblemente, cuando al resto de la banda se le ofreció elegir Wisconsin para la extradición, se negaron a firmarla hasta que la novia de Pierpont, Mary Kinder, fuese totalmente exculpada. En ese ínterin, el listillo Estill se coló y se los llevó a todos. Eso sí, se comprometía a que los tres detenidos que no eran Dillinger volverían a Indiana porque eran evadidos de una de sus prisiones, pero serían inmediatamente extraditados para ser juzgados por lo de Lima.
Mientras ocurría todo esto, no menos de 1.100 personas desfilaban, como en un zoo, por la cárcel de Tucson. Todo el mundo quería ver de cerca a la banda de Dillinger.
A la llegada a Indiana, en el aeropuerto había una multitud esperando al gran Dillinger. Por imposición de la prensa, Estill y la sheriff de Lake Country, Lillian Holey (guardiana de Dillinger), posaron para los fotógrafos. A petición de éstos, Dillinger apoyó el codo derecho en el hombro de Estill, y éste le pasó el brazo por la espalda. Tengo una copia de esa foto y puedo dar fe de que es escandalosa. Nadie diría que los tipos que están ahí son un fiscal y el tipo al que quiere freír en la silla. La actitud de Dillinger es confianzuda y chulesca. Cuando la foto se publicó, fue un escándalo, un escándalo que acabó salpicando a McNutt. Adiós a su carrera política.
Ya sé que no tiene nada que ver, pero hace algunos meses, cuando nuestro presidente Zapatero se dejó, torpemente, fotografiar con un pañuelo palestino, me acordé de Estill y de Dillinger. Los hombres públicos tienen que ser listos y darse cuenta de la imagen que van a dar ciertas fotos. Y lo mismo es una conexión forzada por mi parte. Lo mismo es que Eugene O’Neal tenía razón cuando decía que no existe en presente ni el futuro, sino sólo el pasado repitiéndose una y otra vez.
El 6 de febrero de 1934, en una pequeña sala atestada de gente, comenzó en Crown Point, Indiana, el juicio contra Dillinger, presidido por el juez William J. Murray. Para dicho juicio, Dillinger había contratado a un abogado, Louis Piquett, uno de esos abogados que es casi más delincuente que los delincuentes a los que defiende (o sin casi). De hecho, fue Piquett el encargado de organizar la fuga de Dillinger de Crown Point. Se citó con un juez de Indiana y le pagó varios miles de dólares para que introdujese en la cárcel un revólver (habéis leído bien: un juez. God bless America).
Una vez que se hizo con la pistola que el misterioso juez introdujo en la cárcel, Dillinger resolvió fugarse el 3 de marzo de 1934. Para ello, redujo primero al guardia Sam Cahoon, con el que descendió del segundo al primer piso de la cárcel y al que utilizó para engañar a otro policía, Ernest Blunk, y reducirlo también. Utilizó a éste para atraer a otros tres guardias e irlos encerrando, tras lo cual se aplicó a buscar armas. Sabiendo que el alcalde tenía ametralladoras en su oficina, bajó de nuevo con Blunk hasta la recepción, separada del despacho del alcaide por una puerta enrejada. A través de las rejas encañonó al guardia de la puerta, quien la abrió sin oposición. Tras reducir a un guardia nacional, Dillinger tomó dos ametralladoras. Estaba ya en la entrada de la cárcel, pero fuera había como treinta policías. Así que resolvió salir por detrás. Entregó una ametralladora a un convicto negro, Herbert Youngblood, y con dos presos más se desplazó a la parte posterior de la cárcel, donde tomaron a tres guardias desprevenidos y los metieron en el garaje. A este grupo acabó uniendo al cocinero de la cárcel, los pinches, algunos presos con condenas leves y la suegra del alcaide. Luego se le metió en la cabeza huir en un Buick que había en el garaje y, cuando le dijeron que las llaves las tenía el alcaide, ni corto ni perezoso volvió a entrar en la cárcel para reclamárselas. Para cuando se dio cuenta de que estaba perdiendo mucho tiempo, la alarma ya empezaba a correrse.
Youngblood y Dillinger salieron por la parte posterior de la cárcel (por donde, al parecer, la policía no había pensado que fuese necesario vigilar), donde abordaron a un mecánico, robaron un coche y se llevaron el mecánico de rehén (aunque, al parecer, este tipo, Ed Saager, en realidad pensaba que le estaban encalomando alguna labor policial), además del eterno Blunk, que como vemos se pasó toda la acción de aquí para allá, con la pistola de Dillinger en las costillas. Cuando Dillinger soltó a los rehenes, incluso les dio dinero. Un poco antes, por cierto, en el coche, les había enseñado la pistola auténtica que tenía y, no se sabe muy bien por qué, le dio por decir que era de madera; que había logrado escaparse de la cárcel con la sola ayuda de una pistola falsa. Aunque esto no es verdad, fue relatado por los testigos a la prensa y generó todo un mito que el propio Dillinger acabaría medio creyéndose (se hizo fotos en casa de su padre con una pistola de madera, afectando que era la de la fuga).
El 4 de marzo, recién huido, Dillinger reconstituyó su banda en Chicago con Hamilton, su antiguo amigo Homer van Meter y un tercer tipo, siniestro, llamado Lester Gillis, aunque era más conocido como Baby Face Nelson por su cara de niño. Baby Face era un sicópata amante de armarla y disparar a la primera de cambio, un poco al estilo del personaje que recrea Joe Pesci en Goodfellas. Al grupo se unió Billie Frechette, con la que Dillinger se había reconciliado, y un amigo de Van Meter, Eddie Green, que aportó al sexto miembro de la banda, Tommy Carroll. Esta fue la banda que, el 6 de marzo de 1934, atracó el Security National Bank and Trust Company de Sioux Falls, South Dakota. La cosa no iba mal hasta que se vio llegar al banco a un policía fuera de servicio, que se acercó movido por la curiosidad porque el atraco empezaba a tener público, momento que Baby Face escogió para subirse a un mostrador y empezar a disparar su metralleta. Eso sirvió para crear tanta expectación que se calcula que en la calle se juntaron 1.000 personas, por lo menos. Por ello, los atracadores comenzaron a acumular rehenes, más de diez. Los atracadores huyeron en n coche con cuatro mujeres y un hombre atestando los estribos. El botín animó a Dillinger, quien decidió que ahora atracarían el First National Bank de Mason City, Iowa. Fue una elección acertada, porque aquel día las cajas del banco tenían la fabulosa cantidad de 240.000 dólares.
Green, Hamilton y Van Meter entraron en el banco aullando como los indios de las películas de ídem. Luego entró Dillinger. Teóricamente, el banco tenía especiales elementos de protección (un tipo en una habitación con capacidad de disparar bombas de gas), pero fallaron parcialmente. Eso sí, un juez que estaba en un piso alto del edifico del banco vio a Dillinger y le disparó, hiriéndole en un hombro. Esto decidió al líder a ordenar la marcha, pero el fortunón seguía en la caja de seguridad. Hamilton fue encargado de recogerlo, pero lo cierto es que el cajero del banco, de nombre Fisher, le engañó. Primero, se las arregló para entrar primero en la caja acorazada, cuya pesada puerta de rejas se mantenía abierta con un saco de calderilla que se dejaba en el suelo. Fisher le ofreció a Hamilton el saco y éste lo cogió, momento en el que la puerta se cerró. A partir de ahí, Hamilton empezó a reclamar los billetes y Fisher a entregárselos muy lentamente, empezando por los más pequeños. Para cuando Dillinger gritó que había que irse, Hamilton no sólo tenía apenas 20.000 dólares sino que además tuvo que huir cargando con una pesada bolsa de calderilla.
Los atracadores salieron a la calle rodeados de rehenes. El juez disparó de nuevo, hiriendo en el hombro a Hamilton. Al llegar al coche de huida, decidieron llevarse todos los rehenes. Algunos tuvieron que subirse en los guardabarros. El coche parecía más bien una apuesta de borrachos de a ver cuántos nos subimos que la huida de una banda de delincuentes. Había entre 21 y 26 pasajeros, según las versiones.
La huida fue de coña. Unas pocas manzanas más allá del banco, una señora ya mayor, Minnie Piehm, gritó cuando el coche pasó delante de su casa, y los ladrones, como si fuera un taxi, pararon y la dejaron bajarse. A otro rehén le robaron una bolsa de bocadillos que llevaba y los gangsters se pusieron a comer. Otra mujer se mareó y también pararon para que se bajase. A otra le dio un ataque de histeria y también la liberaron.
Pero no les cogieron. Estuvieron a punto unos días después e incluso hirieron a Dillinger en una pierna, pero no les cogieron.
Para tratar de huir de tanta persecución, la banda acabó ocultándose en Wisconsin, en un albergue llamado Little Bohemia, puesto que su dueño, Emil Wanatka, era un austrohúngaro que había emigrado a Estados Unidos para participar en las obras de reconstrucción de San Francisco tras el terremoto de 1906. Al poco de llegar, Wanatka acabó descubriendo que sus huéspedes iban armados, juntó piezas, y se dio cuenta de que Dillinger era Dillinger. Se lo dijo, y el ladrón reaccionó con tranquilidad, pero sin quitarle un ojo de encima. Le dijo que estarían unos días y que luego se irían, y que no pasaría nada.
Sin embargo, Wanatka acabó decidiendo que era mejor informar a la policía, para lo cual escribió una carta. El problema era echar esa carta, claro. Se la dio a su esposa, Nan Wanatka, quien después pidió permiso para ir a una fiesta de cumpleaños que celebraba su familia. Dillinger la dejó ir pero, mientras conducía, Nan Wanatka se dio cuenta de que un coche la seguía (era Baby Face). Así que aceleró hasta la casa de su hermano, Lloyd la Porte, y lo hizo subir en el coche antes de que Nelson llegase a verlos y luego repitió la jugada para sacarlo del coche con la carta. A Nelson le justificó el extraño rodeo que había dado afirmando que había ido a comprar bombones para la fiesta. De todas formas, dado que era sábado y la carta no saldría hasta el lunes, y temiendo estar muertos para entonces, el entorno de los Wanatka se las arregló para llamar al FBI, que llegó casi cuando los Dillinger ya se habían ido.
La operación policial fue un fracaso. Cuando empezaron a gritar eso de FBI, salgan con las manos en alto, los que salieron fueron tres clientes del albergue y dos camareros y los policías, creyendo que eran la banda, los acribillaron (uno de ellos murió). Inmediatamente, Van Meter comenzó a disparar desde el segundo piso y Carroll desde el techo. Luego, los gangsters huyeron por la parte de atrás hacia un lago, donde la policía los persiguió; pero la información que tenían del terreno era tan pobre que una partida cayó en una zanja y otra tropezó con una valla de espino. Sólo pudieron detener a las novias. Unos agentes del FBI se acercaron por la casa del operador de la centralita telefónica, Alvin Koerner, donde fueron masacrados por Baby Face Nelson. Eso sí, el que salió herido fue Hamilton, que moriría algunos días después. Carroll cayó algún tiempo más tarde en Waterloo, Iowa.
Cinco estados pusieron cada uno 1.000 dólares para alimentar la recompensa por Dillinger. Un pastón. Ahora, ya no podía estar seguro de que quien le reconociese cerrase la boca.
En mayo, Dillinger se sometió a una operación de cirugía estética que, al parecer, no le dejó muy distinto de cómo era. El 22 de junio, día de su cumpleaños, el FBI lo declaró Enemigo Público Número 1 y el Departamento de Justicia subió su caché: 10.000 dólares. Dillinger decidió que tenía que marcharse a México, pero necesitaba dinero para empezar una nueva vida. Él y Van Meter seleccionaron el Merchants National Bank de South Bend, Indiana. Muy a su pesar, tuvo que admitir en la partida, de nuevo, al impredecible Baby Face. El atraco se produjo el 30 de junio.
En el curso de dicho atraco, Van Meter disparó sobre un policía que iba a entrar en el banco, pero los ladrones comenzaron a notar que el personal se les ponía en contra. Un joyero, Harry Berg, salió de su tienda y disparó a Baby Face, que vigilaba en la puerta del banco. Un joven, Joseph Pawlovsky, se le echó la espalda, y Nelson tuvo que dispararle en una mano para reducirlo. En la huida, Van Meter fue alcanzado en la cabeza.
Dillinger cada vez estaba más cercado. Pero fue, finalmente, una mujer quien le daría al FBI, más concretamente al agente especial Melvin Purvis que dirigía la caza, la ocasión de emboscarlo. Dado que Billie Frechette estaba en la trena, Dillinger se lió con una mocita de Chicago, Polly Hamilton, que tenía una amiga, Anna Sage, con graves problemas. Sage era rumana y estaba a punto de ser deportada. En realidad, lo que le movió a delatar a Dillinger no fue tanto el dinero como la promesa (por cierto, falsa) de que no sería deportada. El caso es que informó al FBI de una tarde en la que los tres iban a ir al cine. El FBI no quiso detener a Dillinger en la sala y le esperó a la salida. En el curso del enfrentamiento, el ladrón recibió un disparo mortal.
Un mes después de la muerte de Dillinger, Homer van Meter fue localizado; murió en el tiroteo que se montó. Dos semanas después, Pierpont era ajusticiado en la silla eléctrica, no sin antes intentar huir de la prisión estatal de Ohio en Columbus junto a su compañero Makley. Se creyeron la leyenda de Dillinger y construyeron dos pistolas de jabón, con las que no llegaron muy lejos. Makley murió en el tiroteo.
Clark, por su parte, fue condenado a cadena perpetua.
El 27 de noviembre de 1934, la policía siguió a un coche sospechoso en el que iban dos hombres y una mujer; los dos hombres eran Baby Face Nelson y un compinche, John Paul Chase. Al llegar a su altura, el hombre ordenó a la mujer que se agachase y ambos hombres comenzaron a disparar. Pero Nelson disparaba con la izquierda, así que no tenía precisión; y Chase, aunque podía apuntar, no se dio cuenta de que disparaba proyectiles dundún, que se abrían al atravesar el parabrisas del otro coche, con lo que su daño era escaso. El FBI respondió a la agresión. El coche logró huir, pero a la mañana siguiente el cuerpo de Baby Face apareció, desnudo y muerto, en una cuneta.
El fin de John Dillinger y de su banda. Y de una época, no mejor que la actual, desde luego. Pero, tal vez, más llena de historias.
Si has llegado hasta aquí, que sepas que te haces acreedor de que otro día te cuente la historia de Bonnie & Clyde.
viernes, diciembre 22, 2006
Hasta luego
Quiero advertíroslo porque en los próximos días el único servicio que os puedo ofrecer es el repaso de post antiguos que ya están publicados en el blog. No introduciré ninguno nuevo.
En el 2007 regresaré, no diré que con ánimos renovados; con los mismos. Hace ya algunos meses que empecé este blog y, la verdad, a pesar de que te disciplina, a pesar de que te obliga a regular tu presencia, a acopiar materiales, a leer con otro espíritu, no hago más que preguntarme por qué no lo iniciaría antes. Me encanta escribir estos artículos y cada vez que sé de alguien que los disfruta también, me siento retribuido. Hay algo en el contacto electrónico que sabe ser extremadamente cálido.
Cuando yo era un crío tenía unas mañanas de Nochebuena realmente intensas. Mi madre nos tenía prohibido, a mí y a mis hermanos, cabrearnos a partir de la tarde porque era Nochebuena, así pues aprovechábamos para pelearnos en la mañana absolutamente por todo; eso sí, en la tarde todo tenía que estar arreglado. Por eso creo que la Navidad se asemeja mucho al periodo de sueño; es ese momento de la existencia en el que recargamos pilas, apartando un poco los asuntos que nos angustian, que nos cabrean o que directamente nos amargan la vida.
Os transmito a todos el deseo de que podáis, en efecto, apartar los malos rollos y terminar, estas noches y todas las que traigan, con un beso.
Y hasta el año que viene.
jueves, diciembre 21, 2006
La muerte de Carrero
¿Alguien sabría decirme qué fue lo que hizo hace 33 años? Yo sí: el 20 de diciembre de 1973, me pasé la mañana jugando al fútbol. Era jueves y hasta el viernes, 21, no nos daban boleta en el colegio. Pero yo estaba en Sexto de Básica (lo cual es… ¿el último año de la actual primaria?) y ya habíamos hecho los exámenes. Así que los curas decretaron jornada deportiva, como le llamaban, y nos pasamos, los peques, todo el día haciendo deporte.
Eran días ilusionados para mí, como todos los previos a la Navidad de aquella época, porque siempre veníamos a Madrid, con mis abuelos, y resultaba agradable la gran ciudad tan iluminada y llena de juguetes.
Al correr de la mañana, sin embargo, el ámbito se ensombreció. En Madrid habían matado a Carrero. Yo, desde luego, no tengo conciencia de haber escuchado ese apellido hasta que me dijeron que lo habían matado. Tampoco entendía, desde luego, la sutil diferencia entre jefe del gobierno y jefe del Estado, aunque la había tenido que estudiar (como sabemos bien todos, una cosa es estudiar las cosas y otra muy distinta sabérselas y no digamos comprenderlas). Pero tengo el recuerdo vívido de mis padres, esa tarde, discutiendo por teléfono con mis abuelos la conveniencia o no de suspender el viaje a Madrid. Teníamos miedo. En una pequeña ciudad en una esquina del mapa de España, algunos pensaban que Madrid era algo así como el escenario de una guerra. El pensamiento tiene su lógica. Quien puede matar al presidente del gobierno, puede matar a cualquiera.
Yo no sé si habéis visto una película de Clint Eastwood que se llama Sin Perdón; ojito con hablar mal de ella que es una de mis dos o tres pelis preferidas. En ella, Richard Harris hace un excelente papel secundario, el de un pistolero matón de origen inglés que gusta de criticar a los Estados Unidos tras el asesinato de Lincoln porque, dice, un magnicidio de esas características no sería posible en Inglaterra a causa del respeto a la majestad (es obvio que no vivió para ver el atentado del IRA contra lord Mountbatten). Algo así pasó en España aquel día. Por mucho que ya existiese la ETA y que hubiesen muerto policías, el atávico carácter de intocable que tenía todo el entorno del general Franco hacía que, 24 horas antes del atentado, no hubiese ni un solo español normal que pudiese imaginar que aquello iba a ocurrir.
El almirante Luis Carrero Blanco había estado siempre a la sombra del caudillo, a pesar de que (o quizás por eso mismo) no fue un militar con un especial papel en la guerra civil. Franco nunca se fió mucho (o nada) de las estrellas rutilantes de la guerra, como el general Varela (a quien siempre defendió de la falange, pero mientras también defendía a la falange de él) o el general Muñoz Grandes, el de la División Azul. Aunque habría que preguntarle a Franco, todo parece indicar que la primera persona (militar, por supuesto) en la que pensó para que le sucediese fue el general Camilo Alonso Vega; el problema es que Alonso Vega era de su quinta y, ya en los años sesenta, estando Franco aún de relativa buena salud, ya estaba enfermo.
Carrero no se apartó nunca de la línea dura del franquismo y eso que hemos dado en llamar, con la perspectiva histórica, el nacionalcatolicismo. Siempre le fue fiel a Franco y por eso el general, cuando a finales de los años sesenta comenzó a sentir la presión combinada de su vejez y del creciente papel en el franquismo de los «azules», es decir los partidarios de una evolución del franquismo, desde el franquismo, hacia la democracia, pensó en él para que fuese su báculo. De esta manera, rompió la tendencia existente hasta el momento, pues durante treinta años Franco había acumulado las condiciones de jefe del Estado y del gobierno, otorgando esta segunda a su amigo almirante.
Enrique Tierno Galván, que fue un importante miembro de la oposición socialista del interior, fundó el Partido Socialista Popular, acabó integrado en el PSOE y llegó a la cumbre de su carrera política con la alcaldía de Madrid, dejó en su libro de memorias, Cabos sueltos, un retrato de Carrero, a quien vio una vez en la vida. Habla de un hombre alto y con demasiados kilos «que temía a los demás porque veía a los demás como se veía a sí mismo»; o sea, tremendamente desconfiado. Según Tierno, Carrero escuchaba siempre con esa media sonrisa en la boca que tiene quien tiene la sensación de que «está sobre aviso, es astuto y no le engaña a uno nadie».
Otras personas que conocieron a Carrero dicen que tenía un punto muy coloquial y campechano (lo cual casaría con esta impresión un poco rural que dejó en el viejo profesor). He tenido la ocasión de hablar con periodistas ya provectos que destilan de él la imagen de alguien con pocos oropeles. Probablemente, esta campechanía conspiró para acabar con él. No era una persona que tomase especiales medidas de seguridad y, sobre todo, era animal de costumbres, lo cual quiere decir lo peor que se puede tener cuando se está en peligro de atentado: hacía casi siempre los mismos itinerarios.
La bomba que la ETA colocó bajo el asfalto de la calle Claudio Coello le esperó de regreso de misa, pues tenía la costumbre de oírla y de hacer a la vuelta siempre ese trayecto. La bomba era tan potente que, con toda probabilidad, mató a Carrero y a su chófer en el acto. Era tan fuerte que el coche, un pesado vehículo oficial, creo que un Dodge, voló por los aires tan alto que, con el impulso, «saltó» la fachada del convento de los jesuitas de Serrano (o sea, la fachada que da a Claudio Coello) y fue a caer en el patio de dicho edificio. No sé ahora mismo los pisos que tiene ese inmueble, pero son unos cuantos. La bomba, pues, fue brutal.
Por increíble que pueda parecer, en los primeros momentos tras el atentado la inexistencia del coche (estaba en el patio anexo, no en la calle) disparó toda serie de especulaciones. La bomba generó un socavón enorme en la calle que se llenó de agua (rotura de tuberías). Algunos policías, al parecer, llegaron a pensar que Carrero podría encontrarse ahí, hundido. Se tardó algún tiempo es descubrir la verdad, cuando los jesuitas descubrieron el macabro regalo del cielo que había en su patio.
El día que murió Carrero no era cualquier día. El 20 de diciembre de 1973, se celebraba en Las Salesas la vista por el proceso 1.001, el escarmiento que el franquismo había diseñado contra las Comisiones Obreras de Marcelino Camacho, Julián Ariza, Julián Sartorius et altera, todos ellos comunistas. En la historia del franquismo, los dos grandes sindicatos de la República, la UGT y la CNT, fueron clandestinos y se alejaron del sistema. A principios de los años sesenta, sin embargo, surgió un movimiento impulsado por los comunistas, las Comisiones Obreras, que, sin dejar de estar frontalmente opuesto al franquismo, basó su estrategia en aprovechar los resortes de la propia dictadura; estar, por lo tanto, presente en la estructura de los sindicatos verticales falangistas, haciéndoles la guerra desde dentro.
La estrategia de CCOO minó poco a poco al franquismo, como una gota malaya; desde más o menos mediados de los años cincuenta, el régimen estuvo más o menos a la defensiva, viéndose obligado a bajarse de burras que le eran muy queridas (por ejemplo, permitiendo formas de negociación colectiva entre empresarios y trabajadores más allá del sindicato vertical); en los años sesenta, cuando a la resistencia sindical se unió la resistencia estudiantil, el franquismo comenzó a sentirse amenazado.
El proceso 1.001 de 1973 se concibió como un correctivo. Con él, Franco quería deshacer las ilusiones de las Comisiones Obreras y llevarse por delante a sus dirigentes. El día que mataron a Carrero había tensión en todo Madrid porque no se sabía si habría manifestaciones o algún tipo de acto clandestino en solidaridad con los procesados. La vista, sin embargo, no llegó a empezar; la noticia del asesinato llegó antes. A partir de ese momento, los activistas de izquierdas se aplicaron a buscar lugares donde dormir distintos de su propio domicilio. En realidad, no les pasó nada, pero eso no quiere decir que no estuviesen en peligro. Al parecer, uno de los elementos más radicales del fascismo español, el general Iniesta Cano, entonces director general de la Guardia Civil, quiso enviar un telegrama a sus comandancias ordenando detenciones masivas de izquierdistas, con empleo de armas de fuego por medio si había problema. Fue frenado por los oficios de Torcuato Fernández Miranda.
El gobierno tenía una reunión ese día. En Castellana 3, si no me falla la memoria. Era una reunión para tratar de discutir y coordinar algunas decisiones aperturistas, pues en aquel momento ya era totalmente aceptada la idea de la evolución del régimen; las diferencias estaban en lo que unos y otros entendían por evolución. Según nos cuenta un ministro falangista de aquel gobierno (José Utrera Molina, Sin cambiar de bandera, Madrid, Planeta, 1989), días antes del atentado, en una reunión del gobierno de materia económica, habían surgido discrepancias políticas que habían aconsejado a Carrero convocar una reunión política, monográfica, para aquel mismo día 20. Según le confesó a Utrera la mano derecha de Carrero, el ministro subsecretario de la Presidencia José María Gamazo, Carrero tenía la intención, en esa reunión, de soltar un speech que obrase como puñetazo encima de la mesa y obligase al gobierno, aperturistas incluidos, a cerrar filas en defensa del régimen y del franquismo. No pudo dar, sin embargo, tal discurso.
La mayor parte de los ministros llegaron a Castellana 3 sin saber lo que había ocurrido; todavía a las 10 de la mañana, a Utrera le cuenta su colega de Obras Públicas, Gonzalo Fernández de la Mora, que el presidente Carrero se encuentra muy grave a causa de una explosión de gas.
Por su parte, Franco, según los testimonios que tenemos, recibió la noticia sin querer creer que fuese un atentado. Por dos veces en la misma conversación, trató de «convencer» a Fernández Miranda (que fue quien le llamó pues era vicepresidente del gobierno) de que podría tratarse de una casualidad o un accidente. Al coronel de Artillería Antonio Galbis, una de las dos personas (junto con Vicente Gil, entonces su médico personal) que le dio al general la noticia, le sorprendió la insistencia con que Franco se empeñó en que le fuesen minuciosamente detalladas las heridas y lesiones sufridas por Carrero. Según Utrera, en la mañana del día 22, cuando se iba a producir el entierro de Carrero al que no asistió, Franco le confesaría a un ayudante suyo, el capitán de navío Antonio Urcelay: «me han cortado el último hilo que me unía al mundo».
Aquella Navidad, Franco sorprendería a los españoles con un recuerdo del atentado en el que pronunció su famoso «no hay mal que por bien no venga», cuya exégesis rompió muchas meninges en aquellos tiempos. Es el día de hoy y yo creo que aún no está muy claro qué quiso decir. Lo cierto es que se tomó tiempo para nombrar el nuevo presidente del gobierno. El día 24, Nochebuena, el caudillo y el presidente de las Cortes, Alejando Rodríguez de Valcárcel, manejaron aún una lista de 25 nombres que, tras algunas horas de tira y afloja, quedan reducidos a cinco:
* El propio Rodríguez de Valcárcel, de cuya fidelidad franquista no caben dudas.
* José Antonio Girón, de quien hablaremos enseguida.
* El almirante Nieto Antúnez, de la estirpe militar de los que ganaron la guerra.
* Manuel Fraga, el toquecito aperturista.
* Carlos Arias Navarro, a pesar de que era ministro de Gobernación en el gobierno Carrero y era, por lo tanto, el ministro del Interior al que la ETA le había metido un gol por toda la escuadra.
Con la muerte de Carrero, los azules desplegaron toda su capacidad de influencia. Consiguieron, de hecho, que Franco se olvidase de la tentación de contestar a los hechos buscando un sucesor de Carrero aún más bunkerizado que él. O sea: hoy en día, un búnker es una trampa de tierra que encontramos en los campos de golf. Pero entonces la palabra búnker llamaba a esas pequeñas fortalezas que se usan en las guerras, normalmente para defender posiciones atacables como las playas. El búnker, a principios de los setenta en España, significaba la fortaleza en la que estaba refugiados los franquistas irredentos, los ganadores de la guerra, los enemigos de la reconciliación.
El principal elemento del búnker franquista era, en mi opinión, José Antonio Girón de Velasco, falangista viejo que había ocupado diversos cargos en los gobiernos de Franco y, a principios de los setenta, representaba el No pasarán del más rancio guerracivilismo franquista.
El día 26, después de haber pasado la Navidad en familia, Franco se reúne de nuevo con Rodríguez de Valcárcel. En ese momento, el general considera que el propio Valcárcel o Girón deben presidir el gobierno (o sea: mantenella y no enmendalla). Sin embargo, ambos candidatos presentan un impedimento legal: al ser miembros del Consejo del Reino, deben dimitir de dicho cargo antes de poder presidir el gobierno, y eso supone dilatar un nombramiento que ya tarda (el plazo para nombrarlo expira el 28, día de los Inocentes). En esas circunstancias, Franco se decide por Nieto Antúnez. Sin embargo Ucelay, el ayudante de Franco, le convence de que Nieto Antúnez carece de apoyo y carisma y de que su nombramiento será mal recibido (o al menos esto es lo que nos cuenta Utrera Molina en sus memorias). Ante las dificultades de tiempo, Franco se decide por Carlos Arias (lo cual, si es cierta la versión de Utrera, vendría a significar, por eliminación, que no quiso que Fraga fuera presidente del gobierno).
El general, por lo tanto, se decidió por un civil con pedigree franquista, pero algo más acomodaticio: Carlos Arias Navarro (el de «Españoles, Franco ha muerto»). En realidad, para mí la figura importante del gobierno Arias no era tanto él como su vicepresidente Antonio Carro
Independientemente de versiones y relatos, que Girón esperaba tocar pelo y que quedarse fuera no le gustó un ídem lo demuestra, a mi modo de ver, el gironazo que protagonizó aprovechando la celebración falangista de Alcuberre, del que algún día hablaremos, si os apetece.
El 12 de octubre de 1974, ante las cortes, Carlos Arias Navarro pronunció un discurso que estaba llamado a hacer girar los goznes de la Historia del franquismo; un discurso que se anunció por el régimen como aperturista y democrático y que recibió el ampuloso nombre de El Espíritu del 12 de febrero. Lo cierto es que aquel Espíritu fue más bien un Fantasmilla. Una reforma con la boca pequeña y, sobre todo, lampedusiana, en la que todo se modificaba para que nada cambiase. Se anunciaba la puesta en marcha de asociaciones políticas, pero éstas debían estar dentro de la ortodoxia del régimen. En el fondo del Espíritu del 12 de febrero late la convicción por parte de Franco en el sentido de que los partidos políticos, la dicotomía entre derechas e izquierdas, era tóxica para cualquier país y para cualquier sociedad. El caudillo estaba dispuesto a aceptar una evolución del régimen, pero siempre respetando sus presupuestos básicos, que eran antipolíticos y antidemocráticos.
El Espíritu del 12 de febrero fue un fracaso. A los del búnker les cabreó, pues lo vieron como una muestra de innecesaria debilidad del régimen franquista. A las fuerzas democráticas, dentro y fuera de España, les convenció de que con Franco sería imposible una transición a la democracia. A partir de ese día, el antifranquismo, como en el refrán indio, se sentó en la puerta de su casa hasta ver pasar el cadáver de su enemigo. Que no tardó ni dos años en pasar.
Pero esto fue posible porque el enemigo, antes, había perdido a su lugarteniente. ¿Qué habría ocurrido de morir Franco en 1975 con un almirante Luis Carrero Blanco aún en plenitud de facultades y llevando la manija del gobierno y de las Cortes? Puede que nada: según, de nuevo, Utrera Molina (ibidem, página 83), el entonces príncipe Juan Carlos, en entrevista con Carrero cuando éste era presidente del gobierno, le dijo que, caso de morir Franco, esperaría de él que se retirase de su puesto para dejar paso a la evolución, y el almirante accedió.
Otro aspecto surgido del atentado fueron las muchas teorías conspirativas. Un comando de cuatro terroristas vascos fue capaz de construir un túnel por debajo de la calle Claudio Coello y colocar una bomba asombrosamente coordinada con el paso del coche de Carrero. Se ha dicho que algo de esta magnitud no se podría haber hecho sin el conocimiento de los Estados Unidos, pues su embajada está muy cerca y tenían que haber detectado las excavaciones; se ha dicho que no es posible que el túnel no fuese descubierto si algunas semanas antes visitó España el secretario americano de Estado, Henry Kissinger, lo que provocó los típicos controles de seguridad. Se ha dicho que tras el atentado se tardó, extrañamente, un montón de horas en poner controles en las carreteras. Se han dicho muchas cosas, pero yo creo que la mayor parte son imaginaciones.
Puede que los americanos tengan hoy sensores detectores del movimiento y cosas muy sofisticadas, pero en 1973, sinceramente, lo dudo. Con posterioridad a dicho año, en ocasiones mucha posterioridad, las embajadas de Estados Unidos han sufrido atentados catastróficos en países mucho más calientes de lo que era la España de 1973, un país en el que la CIA podemos apostar que no pensaba en una probabilidad de atentado contra su embajada superior al cero coma algo por ciento. En estas circunstancias, pretender que la embajada de la calle de Serrano tuviese complejísimos sistemas de detección de túneles (que alcanzasen más allá de sus puras inmediaciones, pues el lugar donde murió Carrero está cerca, pero no al lado) es un poco fatuo. De tener dicho sistema a punto, EEUU lo habría colocado en cincuenta embajadas del mundo antes que en la de Madrid.
No sé si este blog lo lee algún ingeniero que nos pueda alumbrar al respecto.
Por lo que se refiere a Kissinger, que yo sepa no pasó por la calle Claudio Coello.
En cuanto a las operaciones de control de carreteras, es fácil hacer reproches. Pero hay que entender que aquella España, aquella policía, no estaba acostumbrada a sufrir atentados, mucho menos magnicidios, en el mismo Madrid. Su lentitud pudo ser torpe, pero lo que no fue es ilógica.