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Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
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… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
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¿A cuánto ascenderá el déficit público?
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Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
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La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
Durante todo el mes de diciembre, los enfrentamientos entre un rey que creía haberlo dejado todo claro con su discurso y un parlamento al que dicho discurso no había sentado nada bien se hicieron más frecuentes, y peores. Los rumores eran cada vez más insistentes de que el Borbón estaba pensando en disolver el parlamento y exiliarlo en bloque. El 7 de diciembre Maupeou, ahora ya el hombre más poderoso del gobierno sin ambages, preparó una lit de justice por medio de la cual se prohibía a los parlamentos sostener correspondencia entre ellos, afirmar que eran todos un solo cuerpo, o ir a la huelga y negarse a trabajar.
La respuesta del Parlamento de París fue aprobar una resolución suspendiendo sus funciones, es decir, dejando París, de nuevo, sin justicia. El rey les intimó a continuar su trabajo, pero los parlamentarios se negaron. Los abogados, además, se declararon también en huelga. La situación se hizo tan difícil que la policía instruyó a los propietarios de los cafés en el sentido de que estaba absolutamente prohibido hablar del tema en su interior.
Finalmente, en la madrugada entre el 19 y el 20 de enero de 1771, grupos de mosqueteros recorrieron París, aporreando las puertas de las casas de los magistrados. Todos ellos llevaban una lettre de cachet emitida por el propio rey en la que el monarca conminaba a los magistrados a definir con claridad si estaban, o no, dispuestos a retomar su trabajo. La mayoría de los magistrados se negó. La noche siguiente, otro ejército de mosqueteros regresó a los domicilios de los relapsos para comunicarles que habían sido exiliados. En total, fueron 130 magistrados los afectados. En los días siguientes siguieron más expulsiones.
Hasta ahí, la cosa estaba jodida, pero todavía presentaba algunos elementos de cierta normalidad. No era la primera vez que rey y parlamento percutían como delantero y defensa de balonmano. Lo que vino después es lo que realmente dibujó los contornos exactos del golpe de Estado.
Maupeou, en las jornadas posteriores a las expulsiones, creó de la nada un nuevo parlamento. Un parlamento formado por conseillers d’Etat y maîtres des requêtes; es decir, un pequeño ejército de obedientes funcionarios.
Maupeou quería que la ceremonia de institución de este nuevo parlamento estuviese dotada de la pompa de las grandes situaciones. A la misma, además de los nuevos magistrados, asistieron todos los ministros y miembros del Consejo Real. Allí, se puede decir, estaba el Estado al completo. Toda esta gente se desplazó al palacio de Justicia en una larga caravana de un centenar de carruajes. Pero el ambiente entre los parisinos era tan encabronado que fue necesario formar, a ambos lados de la calle, dos largas filas de soldados guardando la procesión.
Gracias a esta protección que, diría Marlaska, fue la contra vigilancia más brutal jamás montada, todos los prohombres del borbonismo pudieron entrar en la Grand Chambre del palacio de Justicia; allí donde Maupeou solicitó solemnemente que fuese registrado el edicto por el cual los nuevos miembros del parlamento eran registrados como tales.
Maupeou y Luis XV, pues, habían llegado al sueño húmedo de gentes como Pedro Sánchez o Alberto Ruiz Gallardón: cuando la Justicia no es de mi agrado, la cambio y pongo otra. Los sucesos de 1771 en Francia demuestran bien a las claras que no hace falta enfrentarse con nadie ni pegar ningún tiro para dar un golpe de Estado. Las consecuencias de aquellos hechos en la conciencia de los franceses fueron muchas y, en el fondo, creo que debemos estar agradecidos. Pues la doctrina de la separación de poderes, que hoy es un cornerstone de las democracias modernas, es, en gran parte, hija de la enorme impresión que generó el golpe de Maupeou, y la conciencia que levantó sobre la importancia de que un país que se diga libre tenga, precisamente por ello, una Justicia que sea libre e independiente.
Las primeras sesiones de aquel parlamento siguieron produciéndose bajo la atenta mirada de un auténtico ejército de soldados y policías. A lo que no se atrevió Maupeou, básicamente porque no cuadraba con sus planes de hacer como que todo aquello era normal, fue a realizar las sesiones a puerta cerrada. El público podría entrar, y de hecho lo hacía en gran número, hasta petar las salas; y una vez allí se dedicaban, en la medida en que les dejaban las fuerzas del orden, a cachondearse de lo que lo que allí estaba pasando.
El dato es: fue la primera vez que en París se pudieron ver pósters clandestinos llamando a la ejecución del rey.
Hay que decir que la acción del súper ministro tuvo sus partidarios. Voltaire, por ejemplo. Un poco secuestrado por su propio personaje (éste fue siempre el problema de Voltaire: siempre quería ser un poco más Voltaire que el día anterior) el hecho de que, de alguna manera, se pudiera pensar que la reforma de Maupeou era medio anti religiosa, ya que debo recordaros que en el parlamento dabas un puñetazo a una pared y salían siete jansenistas; este hecho, digo, yo creo que movió al célebre polemista a colocarse del lado de la reforma. Maupeou, mientras tanto, siguió a lo suyo. Mediante dos edictos, uno de 23 de febrero de 1771 y otro de 13 de abril, se puede decir que designó una nueva clase judicial francesa. Voltaire saludó esa reforma con optimismo: por fin, la venalidad de los magistrados del parlamento se había acabado; había llegado la era de la justicia gratuita y para todos.
No le faltaba razón. En aquel París todo el mundo conocía las épices; así se llamaba a las coimas que, más temprano que tarde, tenías que terminar pagando para que tu asunto judicial se agilizase adecuadamente. El problema es que Voltaire realmente se creyó que la reforma del gobierno era para evitar estas prácticas cuando, en realidad, todo lo que buscaba era mantener la tiranía de un rey que había decidido que su poder absoluto era, además, inauditable.
Maupeou, las cosas como son, vendió muy bien su burra. La nueva justicia ya no obligaría a nadie a desplazarse grandes distancias para gestionar lo suyo. Los puestos magistrales, en buena medida hereditarios (bajo pago), dejarían de serlo. Los magistrados, por lo demás, comenzarían a cobrar un salario. Todas éstas son medidas racionalizadoras que le sirvieron al primer ministro para hacer aparecer su golpe de Estado como una reforma progresista. Los viejos miembros del parlamento recibieron un plazo de seis meses para solicitar el reembolso de sus puestos (puesto que habían pagado por ocuparlos).
La inmensa mayoría de las funciones que tenía encomendadas el parlamento de París en su área de influencia fueron asumidas por seis consejos superiores que se crearon. El parlamento retuvo su función de registrar edictos y poder, en consecuencia, emitir remostrances; pero le fueron retiradas sus funciones como Corte de apelación. Dado que ahora haría muchas menos cosas, el número de magistrados pasó de 167 a 75, organizados sólo en dos salas: la Grand Chambre y la Chambre des Enquêtes.
Inicialmente, Maupeou también quería sustituir los parlamentos provinciales por consejos superiores. Al final, sin embargo, los informes que recibió de provincias, especialmente de algunas donde estaba claro que iba a haber resistencias muy fuertes, le movieron a mantener todos estos parlamentos regionales con la excepción de Rouen, Metz, Provenza y Douai. Eso sí, estas cámaras perdieron el derecho a emitir remostrances, y los magistrados fueron convertidos en funcionarios asalariados. Luego, el primer ministro hizo una gran purga de magistrados rebeldes y, en París, cerró la Cour des Aides, una sala que entendía sobre todo de temas fiscales, y que le tocaba mucho los cojones en su deseo de recaudar lo que le saliese del pingo.
Hay que decirlo: la reforma de la Justicia de Maupeou fue una reforma fundamentalmente (aunque yo diría más bien superficialmente) ilustrada. Muchos de los principios por los que dijo regirse eran principios, que diríamos, progresistas para la época. Precisamente por eso, es un episodio que pone en solfa esa interpretación maniquea en plan “ilustrados progres buenos contra legitimistas fachas malos”. A la interpretación woke de la Historia siempre le costará mucho entender que los hombres, antes de que llegaran esos que ellos consideran regímenes de libertades, fuesen celosos, precisamente, de sus libertades. Pero eso es exactamente lo que tenemos aquí. El sistema judicial francés, vertebrado en sus parlamentos, podía ser un sistema anticuado, corrupto y no proporcional; todas estas cosas son ciertas. Pero era, en el sentir de los franceses del siglo XVIII, el sistema que ellos, o más concretamente sus ancestros, se habían querido dar. En el momento en que llegó un señor, dio un papirotazo en la mesa y lo tiró todo al suelo, lo que pasó es que muchos franceses comenzaron a preguntarse quién era ese señor para creer que podía hacer eso. Si se llamaba Borbón, como si se llamaba Bermejo.
El golpe de Estado de Maupeou colocó en el frontispicio de las tertulias, de las discusiones y de los ensayos políticos un concepto sin el cual (sin su cuestionamiento, quiero decir), la revolución francesa nunca habría ocurrido: el concepto de “la naturaleza del gobierno”. Porque primero es la pregunta de si un gobierno tiene derecho a hacer algo que nunca ha hecho nadie (cagarse y mearse sobre lo que un pueblo considera su tesoro jurídico); y la pregunta que va detrás, de consuno, es de dónde, realmente, viene ese gobierno. Quién lo ha permitido, quién lo ha nombrado; quién le insufla su legitimidad.
Maupeou, el Borbón y los legitimistas creían que el gobierno se insufla a sí mismo su poder; porque todo emana de Dios, y Dios está con él. Pero aquí es donde reside el problema, cuando menos en una sociedad de raíz cristiana: Dios es amor, Dios es un pastor que ama a sus ovejas. Pero, entonces, ¿qué legitimidad puede exhibir un gobierno que apalea a esas mismas ovejas, que las mata de hambre, que las despeña por un acantilado?
De alguna manera, incluso sin saberlo, muchos franceses, en 1771, estaban llegando a un callejón sin salida.
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