miércoles, octubre 21, 2026

El cabreo (16): La mujer más odiada de Francia

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


El asunto de las romans a clé escaló claramente con la publicación de Les amours de Zéokinizul, roi des Kofirans, en 1746. Aquí ya llegamos a la novela escrita con una clara intencionalidad política.

No sabemos a ciencia cierta quién escribió esta obra. Pudo ser Claude Prosper Jolyot de Crébillon, normalmente conocido Crébillon el Hijo. O pudo ser Laurent Angliviel de la Beaumelle. El objetivo del libro es el mismo que el del posible Pecquet, es decir, repasar la Historia reciente de Europa desde el punto de vista francés; esta vez, sin embargo, la acción se sitúa en África. Por lo demás, es una novela mucho más escandalosa, porque deja de lado los temas de política internacional para centrarse en los de tálamo.

Las claves de este libro están algo más claras, porque son anagramas. Kofirans = Français, Zéokinizul = Luis XV; Vorompdap = Pompadour. En 1789, cuando se lio parda, este libro iba por la octava edición. Este libro también provocó la publicación de listas de claves con soluciones diferentes; además, los ejemplares conservados suelen tener anotaciones a mano en los márgenes que ofrecen otras soluciones. Esto hace pensar que uno de los entretenimientos de los cafés parisinos, en aquel momento, era reunirse, leer páginas del libro, y luego discutir sobre la interpretación de los anagramas.

Lo realmente importante, en todo caso, es que el libro presenta el reino de los Korifans, sobre cuya filiación nadie podía dudar, como un lugar que había caído en manos de fakires y mulás, que hacen las veces de la Iglesia; y que es, además, gobernado por un rey asténico e incapaz; en realidad, estúpido. Lo que viene siendo un felpudo de toda la vida.

Los parisinos que sabían leer y que eran aficionados a los puzzles y pruebas misteriosas, que ya entonces publicaban como pasatiempos muchos de los periódicos, eran el público natural de las romans a clé. El otro público, el formado por los obreros no pocas veces iletrados, expresaba su opinión de una manera más directa: mediante las canciones o coplillas.

Las canciones sobre madame de Pompadour fueron tan frecuentes que acabaron creando una modalidad propia: las poissonnades, nombre que toma prestado el primer apellido de la apelada (Poisson); vendría a ser, pues, más o menos como si hoy la gente compusiera coplillas sobre la mujer del presidente del gobierno y se llamasen begoñadas. Las poissonnades no solían ser canciones políticas o, como diríamos hoy, revolucionarias; sino, simplemente, quejas más o menos ácidas del ambiente abiertamente inmoral que había adquirido la supuestamente ejemplarizante Corte versallesca.

Hay algunos elementos que hacen pensar que este proceso de generación de canciones no fue tan espontáneo como a veces se cree. Por ejemplo: no son pocas las coplas que se centran especialmente en el hecho de que madame de Pompadour era, de hecho, la primera mujer de origen burgués que alcanzaba el puesto de maîtresse en titre. En estas hablillas, pues, hay que sospechar que había elementos aristocráticos moviendo la silla. Hablamos de letras como:

Si la cour se ravale
pourquoi s'etonne-t-on
N'est ce pas de la Halle
que nous vient le poisson?

Es decir (traducción mía): Si la Corte se degrada/no hay de qué sorprenderse/¿Acaso no es del mercado/que nos viene el pescado?

Que al rey y a su churri aquella moda no les gustaba nada, y hubiesen querido arrasarla si hubieran podido, lo atestigua una de las canciones más populares del momento:

Il faut sans relâche
faire des chansons;
plus Poisson s'en fâche,
plus nous chanterons.

Esto es: hace falta sin descanso/hacer canciones/cuando más se cabree Poisson/más cantaremos nosotros.

Para la amante del rey, esta hostilidad generalizada (y, como digo, no pocas veces tele dirigida) era especialmente amarga, dado que, en sus inicios, cuando llegó a la posición de amante oficial del rey, las gentes la habían admirado. Se había hablado mucho de sus habilidades como danzarina, por ejemplo. La deriva autoritaria de su amante, que ya en parte hemos visto e iremos viendo más, le jugó, sin embargo, en contra.

El pueblo de París estaba hondamente interesado en todo lo que tuviese que ver con aquella relación. Desde que fue designada maîtresse en titre, comenzaron a surgir rumores según los cuales el rey proyectaba defenestrarla y sustituirla. Se habló mucho de Charlotte-Rosalie de Choiseul-Baupré, una mujer noble que efectivamente acabó en el tálamo de Luis XV con apenas 19 años, aunque moriría muy pronto. La Choiseul era muy joven y, además, aristócrata. Lo tenía todo para corregir la “irregularidad” que venía a suponer madame de Pompadour. Sin embargo, la amante del rey resultó tener muchos mejores contactos en Versalles, y en 1752 ya había conseguido que a la otra la echasen de la Corte (aunque, como digo, murió apenas meses después). En este movimiento, Pompadour contó con la alianza del entonces conde de Stainville, que acabaría siendo duque de Choiseul, de quien ya os he hablado.

De tanto en tanto, además, y sobre todo conforme se acercaba la Semana Santa, las terminales eclesiales de Versalles distribuían el rumor de que el rey, asistido en ello por sus confesores, había decidido pedir perdón por sus pecados y guardar el pajarito para exclusivo uso de su señora esposa. El leonorito, sin embargo, a lo más que llegó fue a dejar de dormir en la misma cama que la Pompadour en 1752; pero sus prácticas adúlteras no las abandonó nunca.

De hecho, en París incluso se decía que la mayoría de las relaciones aquí-te-pillo-aquí-te-mato que tenía el rey, en realidad se las buscaba madame de Pompadour. La amante oficial del rey ya iba provecta y sabía bien que sus encantos estaban volando. Conocía el riesgo de que el rey la cambiase por otra, o por dos de quince como canta Luis Eduardo Aute; y, como remedio para ello, decidió hacerse útil en la búsqueda de mocitas que le pudiesen alegrar la vida al mandril, pero sin comprometer su propio, por así decirlo, status quo.

Así, se dice que fue ella la que colocó a una niña plebeya (porque era una niña que difícilmente tenía 16) en los jardines del castillo de Choisy; y lo hizo con la intención, cumplida, de que el rey la “cazase”. El Borbón Salidillo, efectivamente, se pulió a la niña, y le puso piso en Versalles, en el muy folladero distrito de Parc-aux-Cerfs, donde las alcantarillas, en lugar de agua, desaguaban un sospechoso líquido espeso y blanquecino. Pero no sólo fue una; luego el rey siguió desarrollando una vocación que ni Errol Flynn por las mujeres cuando más jóvenes, mejor; se llegó a rumorear que le había colocado un tirafondos a una niña de 12 años.

El carácter caprichoso y a la vez convencido de que todos sus deseos debían ser cumplidos se atestigua en la relación de Luis Felpudo con Louise O'Murphy. Luisa era hija de un zapatero irlandés y un día aceptó ser la modelo de un pintor, François Boucher, para un cuadro, Joven recostada, en el que aparece desnuda. Cuando Lui vio el cuadro, dijo al punto: “yo me tengo que tirar a ésa”. Inmediatamente, la petite Morphise, como la llamaban los franceses que eso de Murfi no lo pronuncian muy bien, pasó a repasar las sábanas del rey.

La Murfi, yo lo tengo por muy cierto, tenía la intención de ser la maîtresse en titre. Solía referirse a la Pompadour como “la vieja presumida”, y claramente quiso ocupar su puesto. Sin embargo, lo que le jugó en contra fue quedarse embarazada del rey. Antes había tenido un aborto (más que probablemente espontáneo); pero esta vez el muy prolífico esperma borbónico prendió en óvulo irlandés. Luisa parió una niña que, dicen las hablillas, era el vivo retrato de su padre; razón por la cual su padre, al parecer, nunca la quiso ver.

Si el hijo hubiese sido un varón, quizás la suerte de Luisa habría sido otra. Pero, siendo una niña, las cosas eran de otro color. Hacía falta tapar el escándalo como fuese. El rey, pues, ordenó el ingreso de su hija en un convento con el nombre mademoiselle de Saint-Antoine de Saint-André (aunque años después casaría muy bien). Y a la madre la casó con un oficial de su guardia, llamado Jacques de Beaufranchet. Para que ni madre ni hija le diesen por culo, dotó a la primera con 200.000 libras, y a la segunda con una pensión de 8.000.

Muchos parisinos tenían un doble problema con todos estos devaneos. El primer problema, que no eran muy morales tratándose de una familia que se suponía que estaba (y, en nuestro caso, todavía está) ahí para dar ejemplo. El segundo es que, al final, por unas cosas o por otras, siempre acababan por costar el dinero de todos.

Los Borbones, en efecto, siempre han sido muy de adscribir sus cacerías y sus folladeras al capítulo de Ajustes por Rendimientos Financieros de los Presupuestos Generales del Estado. La carrera de madame de Pompadour era seguida con precisión; y fue su ascensión meteórica la que acabó cambiando el ambiente respecto de su persona. La vagina del rey primero trincó el marquesado de Pompadour. Luego el marquesado de Crécy-en-Brie. Luego el marquesado de Ménars. Por el camino, pensiones, regalos, joyas y hasta un castillo, el de Bellevue.

Con todo, lo que peor llevaban los parisinos era el poder político de la amante del rey. Los franceses siempre han sido muy machistas y, la verdad, ahora que van a camino de ser más argelinos que franceses, probablemente van a recuperar las esencias. En este caso, sin embargo, llevaban razón. A aquella señora, la Pompadour, nadie la había nombrado nada, y nadie le exigía ningún resultado de gestión de gobierno. Pero ella, sin embargo, mientras acariciaba el pene borbónico, quitaba y ponía ministros según su conveniencia. Se decía, por ejemplo, que la caída en desgracia de Philibert Orry como controlador general de finanzas había sido orquestada por ella. Tras la caída de Maurepas, de la que ya hemos hablado y a la que, como os he dicho, probablemente ella no fue ajena, su control sobre los nombramientos gubernamentales pasó a ser total. Probablemente fue ella la que decidió que François-Joachim de Pierre de Bernis fuese ministro de Asuntos Exteriores. Suya fue también la decisión que el príncipe de Soubise comandase la tropa más nutrida del ejército francés en la guerra de los siete años. Parece ser que, tras la derrota de Soubise en Rossbach, el propio delfín acabó diciéndole a la Pompadour que se dejase de hacer conachadas. Sin embargo, para entonces muchos ministros la informaban a ella antes de los consejos de ministros. Dado que uno de los lógicos enemigos en la Corte de la madama era el confesor del rey, son muchos los que le atribuyen a ella la tenuidad real en el conflicto de los jesuitas, que terminó por permitir su expulsión.

Eso sí, madame de Pompadour tiene cierta buena prensa porque, las cosas como son, siempre fue una admiradora y un apoyo para los ilustrados. Nombró a Quesnay su doctor particular y siempre apoyó la obra de la Enciclopedia. Y, como ya se sabe que la moral humana es líquida y, por lo tanto, somos muy proclives a perdonar en los amigos las faltas que nos parecen escandalosas cuando las cometen nuestros enemigos, hay mucha gente por ahí que defiende a esta perica que, cuando menos en mi opinión, tiene una parte importante de responsabilidad en el gravísimo descrédito que sufrió la monarquía borbónica; descrédito sin el cual yo creo que la revolución francesa nunca habría ocurrido, al menos como ocurrió.

Los franceses de origen humilde y/o de ideas entonces avanzadas recibieron con alharaca la ejecución pública de una reina: María Antonieta. Cuando la ejecutaron, llevaban ya mucho tiempo hablando verdaderas barbaridades de ella, entre otras que era una especie de ninfómana lesbiana. A mi modo de ver, sin embargo, María Antonieta no fue sino esa típica reina importada de un territorio bastante lejano, con otras costumbres y eso. Le costó mucho adaptarse a lo francés, yo creo que en realidad nunca lo consiguió; pero hizo muchos esfuerzos por conseguirlo. Sufrió mucho con la incapacidad del rey de darle un hijo; pero, a su modo de reina absoluta (porque otra cosa no era) su deseo era conseguir el amor de los franceses. Los franceses le respondieron separándole la cabeza del cuerpo. Y, en parte, cuando menos en mi opinión, esa ejecución fue una patada a la Pompadour en el culo de María Antonieta. La mujer de la Corte que los franceses habían aprendido a odiar, y que se lo ganó sobradamente, fue la amante del rey. Una mujer que, empeñándose en superar el mero estatus de aquélla que alegra las noches del monarca, llevó a esa misma monarquía a negar los pocos elementos morales que le quedaban. Vaciado el huevo, ya sólo quedaba romper la cáscara. Pero es que romper una cáscara es lo más fácil del mundo.

Cuando los altos representantes gubernamentales franceses se plantearon el casorio del Delfín, en modo alguno se preguntaron si las candidatas elegidas serían populares entre los franceses. En aquel entonces, todo lo que importaba en un matrimonio real es que trajese buena dote y alianzas políticas interesantes y sólidas. Francia miraba hacia Viena con una mezcla de respeto y ambición; y por eso, cuando se planteó la posibilidad de verificar el himeneo del futuro rey francés con una austríaca, las dudas fueron pocas.

María Antonieta, empero, no tenía madera para caer bien. Para empezar, venía de un país a quien los franceses temían. Francia, acostumbrada en el siglo XVII a ser la primera potencia de Europa, ya se daba cuenta, en el XVIII, de que la hegemonía continental iba a hablar alemán; sólo había que decidir con qué acento. Los franceses no estaban por la labor de contemplar aquella nueva realidad con tranquilidad. En 1756, cuando se produjo lo que se conoce como “revolución diplomática” (Inglaterra abandonó la alianza con Francia para acercarse a Prusia, y Francia respondió acercándose a Austria), la opinión pública francesa puede decirse que no entendió gran cosa y que, desde luego, no desplegó ningún tipo de alharaca. El matrimonio del Delfín no hacía sino confirmar esas ideas: ahora Francia tenía a los Habsburgo por aliados.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario