miércoles, septiembre 09, 2026

Restauración (5): Francia, siempre Francia

 




 


El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La varienta inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto 



La Francia pos Sedán estaba gobernada por un Ejecutivo formado por antiguos regalistas y republicanos moderados, que habían ganado las elecciones convocadas más o menos por orden de Bismarck, que era el hombre que verdaderamente mandaba en el país. En esto, sin embargo, el astuto canciller alemán, que tan fino se mostró en su capacidad analítica en otras cosas, se fijó únicamente en el trazo grueso del tema: que Francia tuviese un gobierno legitimado por las urnas. Le costó, sin embargo, entender hasta qué punto el país estaba dividido.

Francia, efectivamente, llevaba dividida desde la revolución francesa. Yo creo que la Historia del siglo XIX está todavía por completar; aunque también es cierto que, visto lo visto, no creo que sea esta generación de historiadores la que esté en condiciones de tomar ese testigo. Hay mucha historiografía que concibe el siglo XIX como un siglo de evolución permanente de las ideas liberales. El foco se pone donde se pone (más en concreto: donde se quiere poner), sobre todo porque es compatible con el objetivo número uno de los historiadores de los últimos cien años: salvar al soldado revolución francesa. Esta visión tiende a ver la revolución como un hecho, sí, hombre, exagerado y un tanto pasado de vueltas; pero que, al fin y al cabo, mediante un proceso de prueba y error, se fue refinando, para acabar brillando, a lo largo del siglo. De esta manera, surge la figura del graduado en Historia average, que en cuanto ve dos muertos que no le gustan ya está hablando de genocidio; pero que concibe la acción de los revolucionarios y sus herederos inmediatos como cosas que pasan; consecuencias lícitas de un proceso de libertad. Se olvidan, pues, pequeños detalles como que Europa, más de medio siglo después del estallido revolucionario francés, seguía siendo, en buena parte, un continente legitimista; lo cual no es sino la reacción a algo. Pero ese algo, por lo visto, fue poca cosa. Es el mismo tipo de ceguera que se aprecia con el franquismo: Franco duró cuarenta años porque era un dictador represor genocida y tal; la posibilidad de que fuese, más bien, el inteligente gestor de un sentimiento de miedo y prevención hacia lo ocurrido durante la II Repu no se plantea porque aquí, también, todo se trata de salvar a este otro soldado Ryan.

Pero en Francia, además de liberales, había legitimistas. Legitimistas que duraron todo el siglo, exactamente igual que pasó con el carlismo en España, y que a su manera también evolucionaron. Otro de los mantras de la historiografía española de los últimos cincuenta años es contemplar eso que se llama “las dos Españas” como un proceso que comenzó más o menos cuando lo vinieron a formular Antonio Machado o Miguel de Unamuno. Pero la cosa es que las dos Españas, exactamente igual que las dos Francias, se forjaron en el siglo XIX, no en el XX. Pero para estudiar esto adecuadamente hay que acercarse al legitimismo, y tratar de entenderlo; algo que muy poca gente está dispuesta a hacer, convencida como está de que el legitimismo era cosa de cuatro marquesas obesas. Comenzar por admitir que el legitimismo era, también, un proceso popular, es comenzar a entender algunas cosas; pero, esto es lo que no se quiere, supone desentender otras que, desde los aburridos tiempos de la prevalencia intelectual de la historiografía marxista, se tienen por verdades de fe.

La Francia vencida que gobernó Thiers era un país dividido en capas sociales profundamente anticlericales y capas sociales que prácticamente querían el regreso de los tiempos de Torquemada. Y este sector más reaccionario era, asimismo, el principal caldero donde se cocía el nacionalismo francés. Francia estaba en un Infierno; el principal diablo de ese infierno era Prusia, desde luego. Pero a ese diablo alguien le había abierto las puertas de Francia, y ese alguien eran los liberales, admiradores de la modernidad prusiana y enemigos de las esencias francesas (un proceso mental que regresará en tiempos tan lejanos como la Francia de Vichy). El fruto de este enfrentamiento, y de la convicción por ambas partes de que era, además, un enfrentamiento cainita, son las semanas de la Comuna, y el resultado de la brutal represión que la siguió. El resultado de la Comuna fue un viaje de la política francesa, incluidos los republicanos, hacia las posiciones moderadas.

La principal reacción del gobierno español a la Comuna, o más bien a su represión, fue impermeabilizar la frontera. Cristino Martos, que era ministro de Estado, recibió de los franceses la información de que muchos revolucionarios tratarían de librarse de la represión cruzando los Pirineos, y envió una instrucción específica a las fuerzas policiales para que los devolviesen. Esto es una muestra más de que la España de Amadeo y la Francia de Thiers tenían una relación formalmente cordial; ma non troppo. A los franceses, que habían ido a la guerra y a la perdición por el tema de la corona española, les parecía que la designación de Amadeo no podía ser sino una consecuencia más de la derrota. Contemplaban al rey italiano como la solución Hohenzollern, sólo que disfrazada de pitufo o, si lo preferís, de pituffini. Mala noticia para Isabel Satisfier fue que Salustiano Olózaga fuese confirmado como embajador en París, cosa que Madrid deseaba ardientemente, pues veía en el viejo zorro político la pieza ideal para reconstruir puentes con el Sena. En septiembre de 1871, España tuvo el gesto poco común de concederle a Thiers la orden del Toisón de Oro.

En febrero de 1873, cuando Amadeo de Saboya se cansó de no entender nada, de la clase política española y de todas las mierdas y desplantes en que consistía su vida, Francia reaccionó de forma florentina.

Era embajador en Madrid René, marqués de Bouillé, descendiente, supongo, del más famoso marqués de lo mismo, François Claude Amour. Thiers, nada más conocer la noticia de las intenciones de Amadeo, le escribió instruyéndole para que fuese a palacio a decirle al rey que se lo pensase mejor; pero también le dijo que no se pasase. Francia, al fin y al cabo convencida de que Amadeo era una sub piña de la piña prusiana, veía aquella abdicación como una ventaja. Thiers veía como cosa probable la llegada de la república y no la veía mal, siempre y cuando fuese una república moderada y conservase a Olózaga en París. Los franceses, las cosas como son, nunca han entendido a los españoles.

La familia borbónica formó parte de esta corrección en las relaciones. El gobierno francés tuvo contactos con el entorno de Isabel II; pero de todos ellos informó inmediatamente por Whatsapp a Madrid.

¿Dónde estaba la jugada de la caída de Amadeo para Francia? Pues, aparte del principio que ya os he dicho: retirar un presunto peón bismarckiano de la ecuación española, estaba el hecho de que muchos franceses moderados estimaban que el camino lógico para Francia era regresar a la monarquía. Un movimiento constitucional que serviría de acicate para el legitimismo español que, demás, se podría ver incluso tácticamente apoyado desde el otro lado de los Pirineos (en este sentido, cierto legitimismo francés conceptuaba que Francia podía jugar el mismo papel que jugó en los años de hierro de la ETA respeto de ésta; por mucho que los franceses digan que fueron legalistas, y todas esas mierdas). Por supuesto, igual que en España, el legitimismo resurgió aliado con las ideas ultracatólicas, representadas, sobre todo, por la figura de monseñor Felix Antoine Philibert Dupanloup, obispo de Orléans. Aunque todavía había gente más ultramontana que él, monseñor Louis-Edouard-François-Désiré Pie o Louis Veuillot, que poseía un periódico, L'Univers, que se devoraba, sobre todo, en las sacristías de provincias. La clase clerical francesa operó como una auténtica red de influencers, moviendo a los franceses, sobre todo los de provincias, a una vida de piedad y de peregrinaciones. Se hizo común la peregrinación al santuario de Paray-le-Monial, es decir su basílica del Sagrado Corazón de Jesús. En la peregrinación de 1873, participaron 50 diputados, y durante la misma Francia se consagró al Sagrario Corazón. Esta presión clerical generó, en 1873, el proyecto de la construcción de la conocida como basílica del Sagrado Corazón de Montmartre de París, hoy en día uno de los monumentos más aparentes de la ciudad.

Un factor importante era el hecho de que uno de los resultados de la Comuna había sido el acercamiento táctico de las dos ramas del legitimismo francés: la borbónica y la orleanista. Esta unión vino a coincidir con algunos planes de reeditar el episodio de Elba; en el palacio ginebrino de Napoleón Jerónimo se conspiró para recuperar la figura de Napoleón III y comenzar desde Lyon una marcha parecida a la de Napoleón cuando llegó a Francia desde Elba, que reinstaurase el Imperio. Napoleón, sin embargo, falleció a principios de 1873, frustrando este plan.

Como he dicho, durante 1873 el conde de Chambord, o Enrique V como lo llamaban sus seguidores, se acercó todo lo que pudo al conde de París, nieto de Luifilí de Orléans. Pero aquélla era una relación asimétrica pues, las cosas como son, el orleanismo estaba perdiendo la batalla a marchas forzadas, fuertemente afectado por el hecho de que el legitimismo francés hubiese decidido echarse al monte ideológico.

Louis Philippe Albert d'Orléans, como os he dicho la parte perdedora del legitimismo francés, tuvo claro que necesitaba visitar a su contendiente Henri Charles Ferdinand Marie Dieudonné d'Artois, duque de Bordó (o sea, Burdeos) y conde de Chambord. Lo hizo en la queli de éste, en Frohsdorf, cerca de Viena. En dicha entrevista ambas partes sabían que tenían que sacar un acuerdo, y lo sacaron, aunque no fue gran cosa. Chambord reconocía a su nuevo amigo como heredero del trono de Francia, mientras que Luifilí se comprometía a convertirse en un legitimista pata negra; nada de las veleidades liberales de su puta familia. En junio de 1873 terminaron de clavar ese clavo, aprovechando la circunstancia propicia de que Henri no tenía descendencia. Ambos, pues, reconocieron el derecho de éste al trono de Francia, y la condición de Orléans como heredero. Sin embargo, ambas partes no consiguieron un acuerdo en un asunto que parece baladí, pero no lo es tanto: el de la bandera. La cosa es que el legitimismo total de Chambord había mantenido siempre que la bandera de Francia debería ser la blanca de toda la vida; sin embargo, una de las consecuencias de que los Orléans hubiesen coqueteado con el liberalismo, y hubiesen tendido puentes con el bonapartismo, era que habían aceptado la bandera tricolor. Por muchas veces que a Chambord lo intentaron convencer de que ser rey de Francia bien merecía una cesión tricolor, el hombre permaneció impasible el francés. A finales de aquel mismo año de 1873 publicó una carta en la que renunciaba a la corona si no se daban ciertas condiciones, entre otras la banderita. A partir de ahí, quedando el legitimismo en manos de un líder en el que los legitimistas no creían (un Orléans al frente del legitimismo venía a ser, efectivamente, como nombrar lehendakari a un tipo de Huelva), la idea monárquica comenzó a perder momento. Y hay que decir que esto es de gran importancia para la Historia de España; pues para la ucronía queda la cuestión de cuál habría sido el resultado de la tercera guerra carlista si se hubiera producido con los carlistas pudiendo refugiarse en santuarios franceses. De nuevo, ahí está el ejemplo de lo que ETA duró mientras a Paco Mitterrand le salió de los cojones.

El legitimismo francés, sin embargo, tenía un enemigo muy poderoso; y no era el presunto poderoso tsunami liberal que algunos te cuentan. Era Bismarck. El proyecto de Bismarck, que obviamente no consiguió perfeccionar, era convertir a Francia en una nación de segundo grado para la eternidad. Nosotros, los no germanos, nos podemos sentir seducidos por la idea de que lo que ha jodido la Historia moderna de Europa han sido las pretensiones alemanas; pero deberéis conceder que, evidentemente, la visión de un alemán tiene que ser diferente, y lo era. En la cabeza de Bismarck, era la capacidad sempiterna de los franceses de colocar al frente de sus tropas a personajes exentos de límites como Napoleón, o personajes de moral limitada como Napoleón III, lo que suponía un problema permanente para Europa. Y su idea era resolver aquello once and for all. Pero si Francia regresaba a una monarquía legitimista, en medio de una Europa en la que el legitimismo todavía tenía mucha cuerda, cosa que Rusia y Austria demostraban cada día, eso supondría el regreso de Francia al primer plano geopolítico. Y eso no podía pasar.

Esta forma de pensar en Berlín es importante para estas notas, porque ponía plomo en las alas de Alfonso de Borbón. Bismarck temía una restauración borbónica que viniese a coincidir en ambos países, por lo que podía suponer de pinza mediterránea. Si España y Francia se convertían en monarquías borbónicas y a España se le ocurría encontrar un modo de abrir la lata de Gibraltar y recuperar el peñón, las potencias nor europeas iban a tener menos papel en el Mediterráneo que Ione Belarra en el sermón de las siete palabras.

Obviamente, en Madrid, la naciente República se tomó las aspiraciones de Enrique V de Francia como un ultraje y una gravísima amenaza, por lo que tenía de preludio del regreso de la Lalachús borbónica. Y no sólo eso. La Prensa y los círculos políticos también especularon con que quien, realmente, estuviese complotando para cargarse la república fuese Austria, quien podría tener el proyecto de imponer por la fuerza de las armas a Carlos VII. Para los analistas españoles, el anuncio de que las dos ramas del legitimismo francés eran ahora un acicate, tanto para el carlismo, como para los borbónicos.

Ni qué decir tiene que los monárquicos españoles veían las cosas de otra manera. Los carlistas lo tenían muy claro: Enrique V era tío de Carlos VII; así pues, si lograba prevalecer en el Sena, el tema estaba hecho. Los borbónicos, por su parte, veían la presencia de Luis Felipe en la ecuación como una garantía de que la nueva monarquía francesa debería tener fuertes elementos de constitucionalismo; lo que veían como un espaldarazo para su proyecto, distinguido del legitimismo carlista. Los borbónicos, de hecho, movilizaron a Isabel II, quien estuvo presente en los cabildeos entre chambordistas y orleanistas todo lo que pudo; que tampoco fue mucho, porque aquella señora era un peñazo y además bastante bocachancla, así que nadie la quería en los conciliábulos importantes. De hecho, durante su viaje a Viena, uno de los objetivos era ir a ver a Chambord, quien como ya os he contado residía muy cerca, para hacerse presente en el tema. Se encontró, sin embargo, con que, igual que los emperadores austríacos la ninguneaban, Enrique V hacía lo mismo. Las simpatías del pretendiente francés hacia su sobrino Carlos eran más que evidentes, así pues no tenía ningunas ganas de verse con esa señora que se arrastraba por Europa como la paria que era.

Francia, sin embargo, no regresó a la monarquía. Lo cual puso a Cánovas de los nervios, cual estratega electoral al que lo bloqueasen una Ley de Nietos. 

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