martes, septiembre 08, 2026

Restauración (4): Los Borbones parias




 


El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La varienta inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto 



Como ya os he dicho, el austríaco era un imperio de capa caída, y su geminación magiar no mejoró las cosas. El Imperio, como maquinaria económica, carburaba cada vez menos, puesto que para mucho capital centroeuropeo, cada vez más Alemania resultaba mucho más atractiva y rentable. Al Imperio le acabó pasando lo que a veces pasa (véase España 1992): que el año diseñado para ser el cénit del triunfo nacional, el año de la Exposición Universal, sea, sin embargo, el año que te das, que diría Antonio Recio, una hostia terrible.

1873, en efecto, era el año en el que Austria se tenía que salir. Habían conseguido organizar una Exposición Universal. Los austríacos contemplaban la oportunidad como una especie de Congreso de Viena 2.0; no, desde luego, en lo que suponía de conformación sociopolítica, como de reunión en un sola ciudad de todos y cada uno de los hombres y mujeres que eran algo en Europa. La Exposición tenía que ser la demostración de que Viena era el centro del mundo; seguía siéndolo, más bien.

El 9 de mayo, sin embargo, todo se derrumbó. En una sesión negra, la Bolsa de Viena sufrió unas pérdidas de crash; los capitales y ahorros de miles de emprendedores y ahorradores, tanto humildes como millonarios, se evaporaron. Siguieron días de pánico en las calles y en las oficinas; el tipo de pánico de quien es consciente de que se enfrenta a un mundo que ya nunca será el que fue. Apenas unos días después, el Kreditanstaltbank, el auténtico monolito financiero austríaco, el Banco Santander local al que nunca le habían afectado ni las malas cosechas, ni las inflaciones ni leches, se declaró en quiebra. A partir de ese momento, Austria entró en el tipo de pánico que te entra a la mitad de Alien, el octavo pasajero: aquí no hay puto nadie que esté a salvo. 

El Kredit, por lo demás, era eso que hoy se llama un banco sistémico; era tan grande que resultaba imposible entender que su quiebra podría ser solo suya. En sus cajas reposaban muchos capitales de empresarios alemanes, lo cual convirtió la crisis en multinacional. Pero, sobre todo, el virus se extendió por las arterias del sistema bancario, es decir lo que normalmente se conoce como mercado interbancario. El Kredit era, en buena medida, el provisor de la liquidez de los bancos más pequeños, cuya existencia se basaba en tener en cada momento balances muy ajustados en los que se procuraba que todo pasivo captado fuese también un activo en marcha. Esto hacía que muchos bancos menores fuesen bancos que, más que dinero, tuviesen papeles. Cuando en el mercado interbancario desapareció el respaldo del mayor banco del país, es decir el actor de dicho mercado que podía poner billetes, todas esas instituciones estaban condenadas. El 28 de mayo, eran ya más de 150 las quiebras.

Como ya he dicho, apenas una semana antes del crack bursátil, el 1 de mayo, se había inaugurado la Exposición Universal de Viena. Se cumplió, pues, con la fecha comprometida, aunque había pabellones, como el español, que estaban todavía manga por hombro. La España de 1873, o España de Amadeo-pos Amadeo, estaba respecto a la Exposición Universal como muchos años está TVE respecto del festival de Eurovisión: si por ella fuera, no iría; pero el prestigio es el prestigio. En la Exposición Universal de 1873, además, se dio el agravante, de que, como Israel no invadió a nadie, no había disculpa para dar la espantá. 

España, veramente, no estaba en su mejor momento económica y, políticamente hablando, era un puto congreso de mantis religiosas. Lorenzo Alvarez y Capra, diseñador de nuestra presencia, fue el arquitecto de la antigua plaza de toros de Madrid o de la iglesia de La Paloma en la capital, era, no hay más que ver estos resultados, un convencido admirador del estilo neomudéjar que, las cosas como son, gustaba mucho en Europa y era, además, visto como algo muy español. Mariano Francisco de Borja José Justo Téllez-Girón y Beaufort-Spontin, duque de Osuna, fue el presidente de la comisión española de la Exposición. La elección no fue baladí: con ella, España buscaba trasladar en la Exposición una sensación de normalidad tras la revolución del 68; volver a ganarse el puesto en los salones respetables. Téllez-Girón había sido embajador en San Petesburgo, la Corte más rancia de Europa, donde daba unas famosas fiestas (que pagaba de su bolsillo; murió arruinado) al viejo estilo de la grandeur española. Téllez, además, escogió como lema de la exposición española: La España cristiana, caballeresca y productiva, que yo creo que apenas deja lugar a dudas de qué imagen quería proyectar; le propones un eslógan así a Urtasun, y no tienes desierto para correr. Aparentemente, en la España republicana nadie puso pies en pared a un lema tan poco moderno (la verdad, estaban a otras cosas).

En la inauguración de la Exposición Universal, sin embargo, apenas hubo representación de la familia real española. Viena, ya os lo he dicho, no quería selfies con los borbones depuestos. Sólo estuvo la infanta Isabel de Borbón al cuadrado (o 2Borbón; sobre si los apellidos se multiplican o se suman, hay teorías), a quien casi todos conocemos como La Chata, acompañada de su marido, Cayetano de Borbón dos Sicilias, normalmente conocido como el conde Girgenti. Guillermo Morphy se pasó meses antes de la inauguración tratando de que se le enviase una invitación al príncipe Alfonso como quería la madre de éste, pero no lo consiguió.

La reina no sólo quería que Alfonso hubiera estado en la inauguración; es que quería ir ella también. Sin embargo, se encontró con una fortísima resistencia. Los austríacos no la querían en la capital; ni siquiera el Papa la había invitado a ir a Roma, como ella habría querido. La figura de Isabel II, en ese momento, quemaba. Era como tomarte hoy un café con Zapatero en un bar de Ceuta. Para bien o para mal, en ese momento para todo el mundo en Europa era evidente que España había intentado cambiar de dinastía. Mostrarse cercano a la borbona expulsada de su trono sería un paso muy arriesgado en el marco de unas relaciones geopolíticas europeas en las que nadie sabía a ciencia cierta si algún día iba a necesitar la anuencia o el apoyo de Madrid. 

Un tema era especialmente delicado: el emperador alemán, obviamente, tenía previsto visitar la Exposición; y de ninguna manera en Viena querían que la reina depuesta de España coincidiese físicamente en la ciudad con él. Los propios miembros del entourage de Isabel, como Morphy, la intimaron para evitar esta circunstancia a toda costa. Pero Isabel II era una persona muy terca, estaba básicamente acostumbrada a hacer lo que le saliese del coño y, a más a más, estaba petada de midiclorianos borbónicos, por lo que le costaba captar la finesse de las situaciones. Así pues, a principios de junio, contra el consejo de todos, viajó a Viena de semi incógnito, como condesa de Toledo. Como aquel que dice: dando por culo.

Casi inmediatamente, se dejó ver en el Prater en carruaje descubierto, junto a la infanta Isabel y su hijo. Francisco José, hemos de entender que arrastrando su imperial escroto, la visitó al día siguiente de su llegada. Isabel visitó a la emperatriz y ésta le devolvió la visita en el Hotel Britannia, donde se alojaba; pero en un momento en que Isabel no estaba (Sissi, o sea Isabel de Baviera, era una tía muy lista; siempre he pensado que fue un gesto muy calculado de la empe). Finalmente, fue invitada a comer en un lugar a una hora de Viena (a tomar por culo, pues); y, para colmo, cuando llegó se encontró con que los emperadores se hacían representar por el archiduque Raniero de Austria y su mujer, María Carolina de Austria-Teschen. Isabel se cogió un globo del cuarenta y dos, sobre todo porque sabía que la disculpa que le dieron (la emperatriz estaba indispuesta) era mentira.

El vacío más gordo, por pura lógica, no se lo hizo la Corte austríaca; sino España. Con sus dos cojones morenos, que no los tenía pero los ejercitaba, la reina depuesta se cogió a La Chata, al niño y a un pequeño séquito de personas, y se fue a visitar el pabellón español en la Exposición. Fue un gesto totalmente salido de madre, en el que esta señora, que a veces era más tonta que Abundio, pareció no darse cuenta de que, más que a ella misma, a quien comprometía era a su hijo. A su llegada al pabellón, como era de esperar en cualquier mentalidad mínimamente equilibrada, allí, que diría José Luis Ábalos, no había naaaaadie. Ni un solo miembro de la Comisaría española de la Exposición; ni un solo miembro o funcionario del gobierno.

En todo este tema cabe adivinar la larga mano de Otto von Bismarck. En 1873, Austria-Hungría habría perdido casi por completo su capacidad de manejarse sola en el teatro europeo; se había convertido en una potencia diplomática altamente dependiente de Berlín. Bismarck no quería una toma de posición favorable a los Borbones en España; no porque bloquease la candidatura Hohenzollern, que yo creo que en 1873 ya daba por amortizada; como por rechazo a su perfil excesivamente católico. Bismarck sabía bien que cualquier decisión que tomase habría de enfrentarse a la auditoría y valoración del pueblo alemán; y en Alemania un apoyo excesivo a unas personas rabiosamente católicas era dar un paso en falso. De hecho, un ejemplo de lo impolítica que se había vuelto en el exilio Isabel II fue que su viaje a Viena fuese diseñado como un viaje doble, con parada previa en Roma. En defensa de la reina hay que decir que tenía sus intereses: el carlismo era muy bien visto en la Curia, y pretendía contraprogramar ese sentimiento. Pero lo cierto es que su pretensión de ir a Roma y, delante de todo el mundo, besar las cinchas de las sandalias del pescador y toda esa mierda, venía a ser una declaración de intenciones que la extrañaba de los objetivos de su siguiente parada, donde lo que se buscaba era ser aceptada por una Corte austríaca que todo lo hacía ya con el nihil obstat de Berlín. En este sentido, Isabel II aparece como un interesante precedente de la clase política moderna, cuya praxis, demasiado a menudo, se basa en el concepto de que es posible sorber y soplar a la vez.

Conforme los hechos se fueron desarrollando, la actitud germanoparlante hacia España se fue civilizando un poco. Meses antes de innaugurar la Exposición, Amadeo se había hecho un SinCo (rona) y se había pirado. Tras su marcha, España se había convertido en una República, aunque más propiamente cabría decir que se había convertido en un cachondeo que se veía obligado a declarar piratas sus propios barcos. Los alemanes, sin embargo, no entendían el tema de la forma de Estado como un pie forzado. No tenían problema con mostrar cierta comprensión hacia la República; lo que no les gustaba, era el caos y el cachondeo. Así las cosas, cuando se superó la etapa cantonal y España comenzó a avanzar hacia lo que en Europa se conocía como “la República de los duques”, en el sentido de un régimen nuevo dominado por los de siempre, el tema se fue tranquilizando. A mediados de 1874, Alemania restableció relaciones plenas con España, y detrás de ella fueron muchos países más. 

Los dos versos sueltos de todo aquello, sin embargo, fueron San Petesburgo y Viena. En los dos imperios se sentía simpatía por la causa de Don Carlos, y bastante repugnancia por la idea de reconocer un régimen no monárquico. Austria sabía que se enfrentaría a sus propios problemas si se mostraba proclive a entender que el sudoku del gobierno de una gran nación europea puede resolverse mediante una solución no monárquica; para Viena, era un casus belli no pasar por ese aro. En lo tocante a Rusia, su perfil ultraconservador hacía las cosas mucho más difíciles. Ambas cortes, conscientes de que la prevalencia de la causa carlista era compleja, apostaban por un amigamiento entre los rivales, un acuerdo entre Don Carlos y Alfonso, que presentase una candidatura unida.

¿Y Francia? Bueno, Francia, en el momento en que Isabel II fue desalojada del trono, había cambiado mucho. En el mismo periodo de tiempo que más o menos separa éste en el que escribo estas notas y aquél en el que los Beatles surgieron como fenómeno musical y social, las relaciones franco españolas, como concepto, habían pasado por una montaña rusa. De la situación inicial, basada en un pacto de familia que de alguna manera trataba de garantizar la solidaridad borbónica para así apuntalar la supervivencia de ambas ramas, se había pasado a la invasión de uno por el otro, luego el regreso borbónico en Francia, luego el regreso del bonapartismo y, finalmente, la caída borbónica en España. Las relaciones franco españolas, pues, eran una partida de dados en la que, cada pocos años, se jugaba una mano nueva. La que estaba sobre la mesa cuando llegó La Gloriosa no era, que se diga, muy pro borbónica. En este sentido, Luis Napoleón no era, precisamente, el Macron ideal para estar en las Tullerías en el momento en que sus primos españoles hubieran necesitado una chustilla para animarse. El emperador francés hizo que sus gendarmes se fuesen a Biarritz y coleccionasen a los varios militares y políticos que estaban allí, como esperando que La Gloriosa colapsase en el corto plazo, y los “invitó” a trasladarse a la Dordoña; o sea, los mandó a tomar por culo de la frontera. A pesar de que Luis estaba casado con una española muy española y muy católica, siempre le dejó claro a su churri que las relaciones que pudiera tener con la emérita residente en París serían personales, nunca políticas. Así las cosas, la Euge visitó a la Isa de cuando en cuando y se dijeron amigas; pero de ese tipo de amigas que lo son porque se necesitan para hacer un trabajo de Cono. Alfonso jamás se entrevistó con el hijo del emperador. Alguna vez, cuando había carreras en Longchamps, los Bonaparte invitaban a los españoles expulsados a ir al palco imperial a ver trotar a la yeguada. La suya, pues, era una diplomacia de canapés y comentarios insulsos. El típico trato que te depara un tipo que, si pudiera, te invadiría mañana por la tarde. El tipo de trato que hoy le daría Mojamé a Feijóo si éste visitase Marruecos.

Con estos mimbres, lo mismo puedes pensar que el día que Francia fue derrotada en Sedán, Isabel II petó el satisfier. Pero no creas. Para la borbona tampoco fue tan buena noticia. Para empezar, el París de la capitulación, es bien sabido, se convirtió en un sitio poco amable para todo aquél que no se llamase Iglesias Turrión. Y luego, para seguir, el gobierno de defensa nacional le dejó claro a Isabel que no la quería en el llamado Palacio Castilla. Los franceses lo hicieron a su manera, invitándola con palabras corteses y dándole todo tipo de salvoconductos y facilidades para que abandonase, no ya París, sino el teatro francés. Isabel II, exiliada por segunda vez, eligió Ginebra, donde estuvo un año y medio aproximadamente. En medio del viaje, el alcalde de una de las villas francesas por las que pasaban inspeccionó el equipaje y, cuando se encontró con varios baúles de plata, los embargó y le telegrafió al embajador español, Salustiano Olózaga, informándole de que consideraba todo aquello un bien de la nación española, así que cuando quería podía enviar un Glovo para recogerlo. En mi opinión, este alcalde hizo lo que tenía que hacer y tenía toda la razón. Un rey verdaderamente legítimo no posee nada, salvo las cosas que el Estado le permita poseer, normalmente por razones sentimentales. Es una justa contraprestación a cambio de no tener que dar un puto palo al agua, y una buena vacuna contra virus tipo Corinna, Abu Dhabi, y tal. El embajador Olózaga, sin embargo, contestó que aquella plata era de la borbona, y que se la devolviesen.

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