Cuando Harry encontró a Frankie
El Lequerica Team
Estar, pero no estar
La cabeza caliente y los pies fríos
¿Qué somos: lyons, or huevons?
Franco se apunta un tanto
Política en revisión
Amigos sí, pero no tanto
OTAN, no
¡Ah, la canallesca!
El engaño
Esto hay que mejorarlo
Decepción
Consíguenos un poco de dinero más
Dudas americanas
Girando el gobernalle
Más dinero, papá
Puertas cerradas
OTAN, de entrada, no
Franco amaga, pero sólo amaga
Marruecos como problema
Fuera de Marruecos
¿Oposición? ¿Qué oposición?
Un artículo
¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
La idea de Washington era comunicar la aproximación de NSC a Londres y París y, una vez obtenido el placet de las dos grandes capitales de referencia en Europa, extender el tema al ámbito de la OTAN. Por otra parte, en los medios militares estadounidenses, una vez informados de la disposición expresada por los españoles en el viaje de Sherman, la mayor parte de los analistas era partidaria de ir a ful con la cooperación, tan lejos como fuese posible (pero en el ámbito militar, no en el político). De hecho, el Estado Mayor Central adoptó una postura muy ambiciosa desde el punto de vista de la negociación, incluso antes de que el presidente se hubiera posicionado.
Los políticos, sin embargo, no estaban tan convencidos. Dean
Acheson, desde su puesto de secretario de Estado, comandaba toda una tendencia dentro
de la Administración estadounidense que era partidaria de una implicación modesta,
embrionaria, que evitase las externalidades negativas de un compromiso excesivo
con un país dictatorial e identificado con el Eje fascista. Así pues, se hablaba
de ayudas militares de carácter bastante simbólico. Dicha ayuda embrionaria, desde
este punto de vista, sólo podría superarse cuando no pusiera en peligro el rearme
de la OTAN, es decir siempre y cuando los socios de la Alianza no la necesitasen
también; y siempre si se obtenía del gobierno español el compromiso firme de que
sería usada en la defensa común. Los estadounidenses, en consecuencia, recelaban
de que España, todavía, pudiera convertirse en un enemigo o, de manera más realista,
una pieza del tablero europeo que, en el caso de que se hiciese una llamada a la
defensa solidaria, se haría el orejas.
Si en España hubo bases estadounidenses, y las hubo con la extensión
que tuvieron, fue ello consecuencia de que los uniformados, en esta pelea, se impusieron
a los políticos. Aquí tuvo mucho que ver, en mi opinión, el merdé de Grecia y la
situación que se vivía en Italia, con un Partido Comunista con fuerza muy notable.
El argumento que primó, pues, fue que Estados Unidos se estaba “quedando corto”
a la hora de desarrollar infraestructuras de apoyo a la incipiente VI Flota. Eso,
y el hecho de que la reacción a los primeros amagos de negociación bilateral generaron
una reacción muy tibia por parte de Londres y París, lo cual convenció a los responsables
estadounidenses de que la OTAN no se iba
a tensionar por aquello.
El planteamiento de Madrid era bien distinto. Los hombres de
Franco, aunque no perdían de vista los elementos militares de la cooperación con
el gigante estadounidense, tenían como prioridad equilibrar la situación, según
ellos, injusta, que se había generado dejando a España fuera del Plan Marshall.
Esto quiere decir que los gobiernos de Franco, sin dejar de otorgar a la cooperación
militar una importancia grande, consideraban que el elemento fundamental de la cooperación
entre ambos países debería ser la ayuda estadounidense al renacimiento económico
español. Así lo expresó Martín Artajo en las primeras de cambio de la negociación.
España incluso consideraba que la mejora de la economía española debía preceder
a la ayuda militar.
Mientras Artajo actuaba en el plan más legal o formal, Lequerica
también se movía en el suyo, más informal. Perfectamente informado de la marcha
de las reflexiones sobre el tema en la cúpula de poder estadounidense, Lequerica
tenía claro que el enemigo a batir era Acheson y los diplomáticos de sentir más
liberal del Departamento de Estado. Su principal espadaña fue el senador McCarran,
quien, en 1951, logró sacar adelante una enmienda en la Appropiations Bill
que suponía la concesión de ayudas a España sin mediar negociación. El representante
español, además, consiguió debilitar definitivamente la que había sido la posición
de los políticos liberales no opuestos a que España recibiese ayuda; políticos que
venían a decir: ayuda sí, pero a cambio de concesiones en forma de liberalización
democrática. El tiempo y las acciones de relaciones públicas lograron que, cada
vez más, tanto en la opinión pública estadounidense como entre su elite política
se extendiese cada vez más la idea de que manejar ilusiones en forma de desalojo
de Franco del poder era una tarea fútil.
Los españoles, sin embargo, carecían de topos uniformados. Esto
quiere decir que, si durante todo aquel proceso pudieron estar razonablemente informados
de lo que ocurría en los despachos civiles, sus informaciones sobre los posicionamientos
del Estado Mayor Conjunto fueron pobrísimas. Los miembros del alto mando estadounidense,
por otra parte, se comportaban con un gran secretismo, conscientes de que, cuanto
más tardasen en descubrir sus cartas, menos probabilidades tendría España de influir
en la negociación.
La delegación negociadora propiamente dicha estaba presidida
por el embajador estadounidense Lincoln McVeagh y el general de la Fuerza Aérea
August Kissner (recuérdese que una de las primeras necesidades de los estadounidenses
era tener bases para bombarderos de largo alcance). El hecho de que estos dos negociadores
fuesen obsesivamente cautos hizo que la parte española tuviese que imaginar, más
que conocer, cuál iba a ser la oferta recibida de Washington. En El Pardo se contaba
con un esquema basado en mejoras en infraestructuras susceptibles de tener un uso
militar, y en un mejor equipamiento del ejército español.
La delegación estadounidense llegó a Madrid en abril de 1952.
Las negociaciones se establecieron en dos flujos diferentes: por un lado, la ayuda
económica. Esta parte fue asumida por George Francis Train (que, por lo tanto, se
llamaba igual que el inspirador del libro La vuelta al mundo en ochenta días)
por el lado estadounidense; y, de la coté spagnole, por el titular de la
cartera de Comercio, Manuel Arburúa. El obvio segundo flujo fue el de la colaboración
militar, y aquí los principales negociadores fueron Kissner y Vigón. Por encima
de todos ellos, como grandes controladores de la movida, estaban McVeagh y Martin
Artajo. Vigón trabajó incansablemente, sin duda siguiendo en esto órdenes de Franco,
para no desviar las negociaciones militares de su propia persona. Todas las veces
que Kissner sugirió que se creasen grupos y subgrupos de trabajo, se negó en redondo.
El detalle nos sugiere con claridad que Franco no tenía en la cúpula militar demasiadas
personas de suficiente confianza para una negociación que reputaba tan importante
para el presente y el futuro de su régimen.
El avance de las negociaciones, que obviamente incluyó una mayor
explicitud por parte estadounidense sobre lo que pensaban ofrecer, dejó a los españoles
con la cabeza caliente y los pies fríos. Si una cosa quedó clara más pronto que
tarde, ésa fue que el programa incluía una ayuda económica, ciertamente; pero quienes
pensaban que aquello era Bienvenido Mr. Marshall, y que la ayuda se podría
considerar en parangón con la prestada en otros países europeos, mejor se podía
ir olvidando.
El Plan Marshall fue un plan de claro trasfondo militar (fue
diseñado por un general) pero también presidido por objetivos políticos; sobre todo,
evitar el crecimiento de partidos comunistas en los países europeos por la vía de
elevar el nivel de vida de sus potenciales votantes. Pero éste es un aspecto en
el que el general Franco murió de éxito. Cuando los estadounidenses llegaron a España
para discutir el acuerdo, en España no quedaban más comunistas que los que pululan
dentro de la cabeza de las gentes que hoy dicen tener memoria pero en realidad se
hacen unas inventadas de puta madre. Paradójicamente, como digo, esta realidad le
jugó en contra al general. Cuando los estadounidenses se avinieron a hablar de propuestas
concretas de asistencia económica, quedó claro que, en el caso de España, estaban
dispuestos a poner dinero sobre la mesa para garantizar el sostenimiento del
programa militar. Pero no para elevar el nivel de vida del español medio.
No sólo eso. Es que, además, el MSP o Mutual Security Program
estaría plenamente sometido a la legislación estadounidense. Esto quería decir,
negro sobre blanco, que el cuánto y el para qué de las ayudas económicas estaría
básicamente en manos del Congreso; algo que no había ocurrido con el Plan Marshall,
cuyos fondos, en ocasiones, habían regado países y regiones donde los comunistas
campaban por sus respetos.
En consecuencia, pues: los beneficiarios de la ayuda económica
serían pocos; apenas los proveedores y sectores ligados al ejército. En segundo
lugar, los estadounidenses no estaban pensando en transferir dinero hacia España,
sino en afrontar el pago de determinados bienes y servicios que se necesitasen.
El gobierno español debería depositar ese dinero, una vez convertido a pesetas,
en una cuenta especial del Banco de España; y había de comprometerse a usar un 60%
de aquella pasta para financiar la construcción de las bases americanas; un 30%
para la mejora de los medios de transporte (hacia las bases) y de la producción
de munición; y un 10% para gastos administrativos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario