martes, junio 09, 2026

Franco y los EEUU (4): La cabeza caliente y los pies fríos




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La idea de Washington era comunicar la aproximación de NSC a Londres y París y, una vez obtenido el placet de las dos grandes capitales de referencia en Europa, extender el tema al ámbito de la OTAN. Por otra parte, en los medios militares estadounidenses, una vez informados de la disposición expresada por los españoles en el viaje de Sherman, la mayor parte de los analistas era partidaria de ir a ful con la cooperación, tan lejos como fuese posible (pero en el ámbito militar, no en el político). De hecho, el Estado Mayor Central adoptó una postura muy ambiciosa desde el punto de vista de la negociación, incluso antes de que el presidente se hubiera posicionado.

Los políticos, sin embargo, no estaban tan convencidos. Dean Acheson, desde su puesto de secretario de Estado, comandaba toda una tendencia dentro de la Administración estadounidense que era partidaria de una implicación modesta, embrionaria, que evitase las externalidades negativas de un compromiso excesivo con un país dictatorial e identificado con el Eje fascista. Así pues, se hablaba de ayudas militares de carácter bastante simbólico. Dicha ayuda embrionaria, desde este punto de vista, sólo podría superarse cuando no pusiera en peligro el rearme de la OTAN, es decir siempre y cuando los socios de la Alianza no la necesitasen también; y siempre si se obtenía del gobierno español el compromiso firme de que sería usada en la defensa común. Los estadounidenses, en consecuencia, recelaban de que España, todavía, pudiera convertirse en un enemigo o, de manera más realista, una pieza del tablero europeo que, en el caso de que se hiciese una llamada a la defensa solidaria, se haría el orejas.

Si en España hubo bases estadounidenses, y las hubo con la extensión que tuvieron, fue ello consecuencia de que los uniformados, en esta pelea, se impusieron a los políticos. Aquí tuvo mucho que ver, en mi opinión, el merdé de Grecia y la situación que se vivía en Italia, con un Partido Comunista con fuerza muy notable. El argumento que primó, pues, fue que Estados Unidos se estaba “quedando corto” a la hora de desarrollar infraestructuras de apoyo a la incipiente VI Flota. Eso, y el hecho de que la reacción a los primeros amagos de negociación bilateral generaron una reacción muy tibia por parte de Londres y París, lo cual convenció a los responsables estadounidenses de que la OTAN  no se iba a tensionar por aquello.

El planteamiento de Madrid era bien distinto. Los hombres de Franco, aunque no perdían de vista los elementos militares de la cooperación con el gigante estadounidense, tenían como prioridad equilibrar la situación, según ellos, injusta, que se había generado dejando a España fuera del Plan Marshall. Esto quiere decir que los gobiernos de Franco, sin dejar de otorgar a la cooperación militar una importancia grande, consideraban que el elemento fundamental de la cooperación entre ambos países debería ser la ayuda estadounidense al renacimiento económico español. Así lo expresó Martín Artajo en las primeras de cambio de la negociación. España incluso consideraba que la mejora de la economía española debía preceder a la ayuda militar.

Mientras Artajo actuaba en el plan más legal o formal, Lequerica también se movía en el suyo, más informal. Perfectamente informado de la marcha de las reflexiones sobre el tema en la cúpula de poder estadounidense, Lequerica tenía claro que el enemigo a batir era Acheson y los diplomáticos de sentir más liberal del Departamento de Estado. Su principal espadaña fue el senador McCarran, quien, en 1951, logró sacar adelante una enmienda en la Appropiations Bill que suponía la concesión de ayudas a España sin mediar negociación. El representante español, además, consiguió debilitar definitivamente la que había sido la posición de los políticos liberales no opuestos a que España recibiese ayuda; políticos que venían a decir: ayuda sí, pero a cambio de concesiones en forma de liberalización democrática. El tiempo y las acciones de relaciones públicas lograron que, cada vez más, tanto en la opinión pública estadounidense como entre su elite política se extendiese cada vez más la idea de que manejar ilusiones en forma de desalojo de Franco del poder era una tarea fútil.

Los españoles, sin embargo, carecían de topos uniformados. Esto quiere decir que, si durante todo aquel proceso pudieron estar razonablemente informados de lo que ocurría en los despachos civiles, sus informaciones sobre los posicionamientos del Estado Mayor Conjunto fueron pobrísimas. Los miembros del alto mando estadounidense, por otra parte, se comportaban con un gran secretismo, conscientes de que, cuanto más tardasen en descubrir sus cartas, menos probabilidades tendría España de influir en la negociación.

La delegación negociadora propiamente dicha estaba presidida por el embajador estadounidense Lincoln McVeagh y el general de la Fuerza Aérea August Kissner (recuérdese que una de las primeras necesidades de los estadounidenses era tener bases para bombarderos de largo alcance). El hecho de que estos dos negociadores fuesen obsesivamente cautos hizo que la parte española tuviese que imaginar, más que conocer, cuál iba a ser la oferta recibida de Washington. En El Pardo se contaba con un esquema basado en mejoras en infraestructuras susceptibles de tener un uso militar, y en un mejor equipamiento del ejército español.

La delegación estadounidense llegó a Madrid en abril de 1952. Las negociaciones se establecieron en dos flujos diferentes: por un lado, la ayuda económica. Esta parte fue asumida por George Francis Train (que, por lo tanto, se llamaba igual que el inspirador del libro La vuelta al mundo en ochenta días) por el lado estadounidense; y, de la coté spagnole, por el titular de la cartera de Comercio, Manuel Arburúa. El obvio segundo flujo fue el de la colaboración militar, y aquí los principales negociadores fueron Kissner y Vigón. Por encima de todos ellos, como grandes controladores de la movida, estaban McVeagh y Martin Artajo. Vigón trabajó incansablemente, sin duda siguiendo en esto órdenes de Franco, para no desviar las negociaciones militares de su propia persona. Todas las veces que Kissner sugirió que se creasen grupos y subgrupos de trabajo, se negó en redondo. El detalle nos sugiere con claridad que Franco no tenía en la cúpula militar demasiadas personas de suficiente confianza para una negociación que reputaba tan importante para el presente y el futuro de su régimen.

El avance de las negociaciones, que obviamente incluyó una mayor explicitud por parte estadounidense sobre lo que pensaban ofrecer, dejó a los españoles con la cabeza caliente y los pies fríos. Si una cosa quedó clara más pronto que tarde, ésa fue que el programa incluía una ayuda económica, ciertamente; pero quienes pensaban que aquello era Bienvenido Mr. Marshall, y que la ayuda se podría considerar en parangón con la prestada en otros países europeos, mejor se podía ir olvidando.

El Plan Marshall fue un plan de claro trasfondo militar (fue diseñado por un general) pero también presidido por objetivos políticos; sobre todo, evitar el crecimiento de partidos comunistas en los países europeos por la vía de elevar el nivel de vida de sus potenciales votantes. Pero éste es un aspecto en el que el general Franco murió de éxito. Cuando los estadounidenses llegaron a España para discutir el acuerdo, en España no quedaban más comunistas que los que pululan dentro de la cabeza de las gentes que hoy dicen tener memoria pero en realidad se hacen unas inventadas de puta madre. Paradójicamente, como digo, esta realidad le jugó en contra al general. Cuando los estadounidenses se avinieron a hablar de propuestas concretas de asistencia económica, quedó claro que, en el caso de España, estaban dispuestos a poner dinero sobre la mesa para garantizar el sostenimiento del programa militar. Pero no para elevar el nivel de vida del español medio.

No sólo eso. Es que, además, el MSP o Mutual Security Program estaría plenamente sometido a la legislación estadounidense. Esto quería decir, negro sobre blanco, que el cuánto y el para qué de las ayudas económicas estaría básicamente en manos del Congreso; algo que no había ocurrido con el Plan Marshall, cuyos fondos, en ocasiones, habían regado países y regiones donde los comunistas campaban por sus respetos.

En consecuencia, pues: los beneficiarios de la ayuda económica serían pocos; apenas los proveedores y sectores ligados al ejército. En segundo lugar, los estadounidenses no estaban pensando en transferir dinero hacia España, sino en afrontar el pago de determinados bienes y servicios que se necesitasen. El gobierno español debería depositar ese dinero, una vez convertido a pesetas, en una cuenta especial del Banco de España; y había de comprometerse a usar un 60% de aquella pasta para financiar la construcción de las bases americanas; un 30% para la mejora de los medios de transporte (hacia las bases) y de la producción de munición; y un 10% para gastos administrativos.

En otras palabras: Washington adelantó en diez años el famoso eslógan inventado por Manolo Fraga: Spain is different. Pero en un sentido más bien discriminatorio y, visto con los ojos de Franco, bastante hijoputa.

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