Cuando Harry encontró a Frankie
El Lequerica Team
Estar, pero no estar
La cabeza caliente y los pies fríos
¿Qué somos: lyons, or huevons?
Franco se apunta un tanto
Política en revisión
Amigos sí, pero no tanto
OTAN, no
¡Ah, la canallesca!
El engaño
Esto hay que mejorarlo
Decepción
Consíguenos un poco de dinero más
Dudas americanas
Girando el gobernalle
Más dinero, papá
Puertas cerradas
OTAN, de entrada, no
Franco amaga, pero sólo amaga
Marruecos como problema
Fuera de Marruecos
¿Oposición? ¿Qué oposición?
Un artículo
¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
1947 marcó un turning point silencioso. Conforme el polvo de la guerra se posaba y las cosas se iban organizando, cada vez más personas decían ser conscientes de que la Europa occidental necesitaba de cierta aportación militar y económica de España. El tema dejó de ser tan fácil como lo veían los exiliados republicanos. Aquel año, el secretario de Estado George C. Marshall le encargó a George Kennan la creación del Policy Planning Staff, un órgano encomendado de la planificación estratégica de la política exterior USA. George Frost Kennan era entonces un diplomático de 43 años que vivía convencido de que a la URSS había que pararla con todo lo posible; así las cosas, respecto de Franco desarrolló una posición medio “éste puede ser nuestro cabrón”, medio simple y pura aceptación pragmática del hecho de que en España no había nadie capaz de echarlo. De la mano de Kennan, pues, la indiferencia crítica de los norteamericanos se convirtió en voluntad de normalización. Kennan fue el “autor intelectual” del gesto de EEUU de votar, en noviembre de 1947, en contra de la renovación de la decisión de diciembre de 1946 en el seno de la incipiente ONU, por la cual España era apartada de las agencias internacionales, y se recomendaba la retirada de embajadores.
A principios de enero de 1948, Estados Unidos había cancelado
cualquier gesto, no ya activo, sino de mera simpatía, hacia la idea de echar a Franco.
No lucharían activamente contra las sanciones porque eso les parecía demasiada plancha;
pero irían normalizando conforme la opinión pública lo aceptase. En paralelo, Washington
confiaba en convencer a Franco de que tomase una senda más liberal y democrática.
Los primeros pasos fueron económicos. España fue autorizada a
recibir licencias de importación y, además, se le abrió el grifo del crédito privado.
España, sin embargo, se mantuvo, como bien decía su retórica
falangista, impasible el ademán. En abril de 1948, el diplomático franquista José
Félix de Lequerica se presentó en Washington ostentando un curioso y extraño cargo
(inspector de embajadas), ya que Madrid había sido informado de que el gobierno
estadounidense no tenía ningún interés en concederle el placet. Lequerica,
de todas formas, era un maniobrero que albergaba la ilusión de desalojar a Alberto
Martín Artajo del Ministerio de Asuntos Exteriores para volver a ocuparlo él. Así
que Franco, en una de sus típicas decisiones salomónicas, decidió enviarlo a Washington
a lidiar el toro americano. El anterior embajador, Juan Francisco de Cárdenas, había
dejado la legación en junio de 1947. Hasta la llegada formal de Lequerica, el país
fue representado por ministros plenipotenciarios (Germán Baraibar hasta septiembre
de 1949 y Eduardo Propper del Callejón hasta enero de 1951).
Dicho esto, el verdadero portavoz de España ante el Departamento
de Estado fue Lequerica desde su llegada. Los estadounidenses sabía que era un peso
pesado del franquismo y, consecuentemente, fue a él a quien intentaron comerle la
oreja con lo de la evolución liberal del régimen. Lequerica, sin embargo, les dejó
claro que eso no iba a pasar. El embajador sui generis se apoyaba en la caótica
situación de Grecia para demostrar que, en el ámbito mediterráneo, el comunismo
podía reavivarse en un pispás; y, consecuentemente argumentaba que al bloque occidental,
en realidad, lo que le convenía era un Francisco Franco sólidamente asentado en
sus convicciones. Lequerica, además, argumentaba, y lo cierto es que no le faltaba
razón, que el Departamento de Estado no tenía problemas en considerar a Portugal
y Turquía como países integrados en la grey democrática; cuando sus regímenes eran
tanto o más dictatoriales que el español.
Un gran servicio que prestó don José Félix al franquismo, y que
que yo sepa a día de hoy seguimos sin saber cuánto costó (porque barato no pudo
salir) fue la creación de un grupo de presión en el Congreso a favor del régimen
franquista. Lequerica supo usar con habilidad los movimientos de Stalin allende
el Telón de Acero (golpe de Estado en Checoslovaquia, primera crisis de Berlín en
1948) para aunar voluntades de congresistas de perfil conservador.
Como digo, todo parece indicar que Lequerica no tuvo problemas
de numerario. Para coordinar todo aquel lobby contrató los favores de un
especialista, Charles P. Clark; y de una firma de abogados: Cummings, Stanley, Truitt
& Cross. Estos lobistas locales pronto lograron atraer acólitos entre los políticos
y hombres de negocios católicos, anticomunistas, el Pentágono, políticos enemigos
de Truman, y muchos políticos del sur.
Clark le fue presentado a Lequerica por un sacerdote católico,
Joseph E. Thorning, que editaba una revista sobre relaciones internacionales. Asimismo,
los políticos sureños estaban muy vinculados a los intereses del sector algodonero,
que esperaba hacer su agosto exportando a España; a los que se unieron después productores
de bienes de equipo y de maquinaria, atraídos por las obvias necesidades de la reconstrucción
industrial del país.
En 1948, por lo demás, comienza a discutirse el andamiaje de
la OTAN. Desde el primer momento, yo creo que todo el mundo tuvo claro de que España
no iba a formar parte del club; algo que, por otra parte, remaba a favor de corriente,
pues en el ejército franquista, y yo diría que hasta sus últimos estertores, siempre
hubo conspicuos miembros que recelaban mucho de formar parte de un club básicamente
integrado por peligrosas democracias. Sin embargo, el hecho de que España no formase
parte de la OTAN, unido a que disponía de un ejército bastante dañado por la guerra,
afloró, rápidamente, la idea de que lo que había que hacer era conseguir la implantación
de bases americanas en suelo español.
De todas las armas, la Marina fue la primera que comenzó a presionar.
Muy influidos por lo que estaba pasando en Grecia, y que en ese momento nadie sabía
cómo podía acabar, los almirantes eran conscientes de que la posición del bloque
occidentalista en el Mediterráneo era muy feble. En realidad, sólo podían contar
con el enclave de Gibraltar (hecho éste que es el mejor argumento para explicar
por qué esta colonia no cayó como Hong Kong). Si bienalmente se iba a crear una
flota estadounidense con misión mediterránea (lo que se conocería, y se conoce,
como sexta flota) hacía falta más pico y pala. De la Marina, la idea saltó al Aire;
muy pronto se comenzaron a elaborar planes en el Pentágono dirigidos a la mejora
de los aeródromos madrileño, barcelonés y sevillano.
Las elecciones
de 1948 supusieron importantes cambios en la administración Truman. George Marshall,
un secretario de Estado mucho más limitadito de lo que nos dice el mito nacido del
plan que lleva su nombre, fue sustituido por Dean Acheson, un tipo más proclive
a algún tipo de entendimiento con los espániards. Pero, en una evolución más silenciosa
otra cosa que pasó fue que los miembros del lobby pro español en el Congreso,
el Lequerica Team, ganaron enorme peso dentro de la compleja estructura de
comités y ponencias de la Cámara.
El lobby
feroz trabajaba en una doble dirección: por un lado, trabajarse al gobierno.
Sabido es que la Casa Blanca es un lugar mucho más poroso que La Moncloa. Como en
democracias como la española se vota por bloques, no hace falta contar votos; y
esto hace que los diputados individuales visiten poco el agujero negro del poder,
como no sea para hacer mamadas. En un sistema como el americano las cosas cambian
y, como resultado, hay mucho tráfico de patri conscripti más allá del templo
de Bellona. Así que la primera labor de los congresistas pro españoles era comer
orejas en la Secretaría de Estado, el Pentágono y el Despacho-Huevo.
La segunda
labor era influir directamente en las votaciones del Congreso para engrasar las
propuestas de ayuda a España. La labor no era fácil porque, como ya hemos dicho
y es evidente, España se había quedado fuera del Plan Marshall. Pero para todo afán
hay un portillo. Como dicen los chinos: dī shuǐ chuān shí, es decir, la gota de agua, al fin y a la postre, horada la
piedra.
En marzo
de 1948, el Congreso recibió la propuesta de ley de cooperación económica ligada
al Plan Marshall. Ahí ya hubo un amago. El congresista Alvin Eduard O’Konski, representante
de Wisconsin y con cierto parecido al actor Victor Mature, planteó una enmienda
que, directamente, regulaba que España formaría parte del plan. Aquella enmienda
se aprobó por mayoría; pero fue posteriormente rechazada en una sesión conjunta
del Congreso y el Senado.
Los signos
de normalización, sin embargo, no se hicieron esperar. Aquel año de 1948, España,
Francia, Estados Unidos y Reino Unido firmaron un acuerdo multilateral para la regularización
de los activos alemanes en España. Aquel paso que alejaba a Franco de la imagen
de un fascista irredento favoreció, en el mismo año, la firma de acuerdos de normalización
comercial con Reino Unido y Francia, muy bien vistos en Washington. Meses después,
en agosto de 1949, uno de los mayores amigos de España, el senador por Nevada Patrick
Anthony McCarran, intentó que la Ley de Ayuda Exterior introdujese un artículo concediendo
a España 50 millones de dólares del fondos de la cooperación económica; pero el
Senado le devolvió el toro al corral.
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