martes, enero 20, 2026

Ceaucescu (51): Qué mal va esto




Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez


La retórica elaborada por Ceaucescu ahora que la URSS, en su visión, se apartaba totalmente de donde debía estar supuso, en la práctica, sostener la idea de que los pactos alcanzados entre la URSS y Rumania podían ser revisados; lo cual, también en la práctica, venía a suponer revivir el tema de la reclamación de Besarabia. El tema enseguida provocó la curiosidad de los periodistas internacionales, y provocó un despacho de la agencia oficial soviética Tass, en el sentido de que nadie con dos dedos de frente se pondría ahora a cuestionar las fronteras surgidas de la segunda guerra mundial.

Ceaucescu, sin embargo, no lo veía así. Teniendo como tenía a una sociedad rumana a la que cada vez le exigía sacrificios peores, necesitaba resucitar el tema nacionalista para poder ganar algo de respiro; Ceaucescu, pues, era un Artur Mas inventando un prusés a toda hostia. Todo ello en medio de un ambiente en el que eran muchos los que temían que la URSS acabase interviniendo en los asuntos internos del país. La retórica de Ceaucescu hablaba entonces de la claudicación de Moscú ante el imperialismo. En un discurso público incluso citó el pacto Molotov-Ribentropp, añadiendo que tenía el temor racional de que Gorvachev y Bush, que precisamente en esos tiempos se estaban reuniendo en Malta, repitiesen la jugada.

Gorvachev y Ceaucescu se vieron de nuevo en el Kremlin el 4 de diciembre de 1989. Para entonces, las relaciones entre ambos eran muy frías. Ceaucescu, por lo demás, no las tenía todas consigo; por mucho que había impuesto una férrea censura de prensa en su país, eso obviamente no impedía que en Moldavia las tensiones soberanistas se estuviesen produciendo cada vez con más fuerza.

Como todos sabemos, en esos meses, como diría Fermín Trujillo, el Universo habló. Cayó el Muro. Cayeron, uno a uno, los regímenes comunistas de Polonia, Hungría y Checoslovaquia. Todor Zhikov, el líder búlgaro, fue desalojado de su poltrona. Para cualquier observador medianamente inteligente, había un patrón; un patrón que tenía que acabar llegando a Ceaucescu. Pero Ceaucescu, como el vasco del chiste, no era partidario.

El líder rumano consideraba, según todos los indicios, que las entonces denominadas “revoluciones de terciopelo” podían ser revertidas. Pero la cosa es que, para ello, contaba con una intervención soviética (que tendría que haber sido masiva) que nunca estuvo ni en el terreno de lo hipotético. En octubre de 1989, cuando Gorvachev se había visto con Honecker en Berlín y éste le había intimado a resolver el tema a hostias, ya le había dicho que se fuese olvidando. Luego, a principios de diciembre, se celebró la cumbre de Malta, y allí el líder soviético quedó totalmente comprometido con la ausencia de intervención militar en cualquier país comunista.

Muerta y enterrada la doctrina Breznev, Ceaucescu se agarró a otra idea: él había sido siempre un verso suelto en el entorno comunista; y esto le garantizaba la supervivencia mientras otros se quedaban por el camino. Pero parece que no era el único. Todavía el 20 de diciembre, cuando apenas quedaban horas para que los disturbios en Timisoara provocados por la expulsión del pastor Tokes acabasen con todo, los mensajes y la documentación existente de la parte soviética indican que ni Gorvachev ni Shevardnadze consideraban que el régimen estuviese en una situación terminal.

El 22 de diciembre, el embajador rumano en Moscú presentó una nota de protesta ante el gobierno soviético por la forma, en su opinión, tendenciosa con que los medios de comunicación soviéticos estaban presentando las noticias sobre los disturbios en Timisoara. Ceaucescu, en Rumania, fue bastante más allá, y pasó a culpar a los soviéticos de estar orquestando las movidas.

Para cuando se producían estos intercambios, el tema se había deteriorado muy deprisa. La vigilia en solidaridad con Lazslo Tokes había comenzado en Timisoara el 15 de diciembre; pero en apenas unas horas, como ya hemos visto, se convirtió en una manifestación de grandes proporciones. Algunos de los manifestantes trataron de okupar la sede local del Partido; pero se la encontraron cerrada a cal y canto, y totalmente vacía; fue entonces cuando la tomaron con las tiendas y, muy particularmente, con los volúmenes de libros de Ceaucescu, con los que hicieron varias hogueras.

Las movilizaciones no pararon. En la mañana del 17, una multitud que, en parte, estaba formada por nuevos efectivos que habían ido llegando a la ciudad en las últimas horas, volvió a manifestarse en dirección a la sede del Partido. Esta vez, se lo encontraron protegido por un doble cordón policial y militar. Las fuerzas de protección tenían mangueras de agua, que usaron contra los manifestantes; no fue muy buena idea, porque la verdad es que se cabrearon bastante.

Grupos de jóvenes consiguieron entrar en la planta baja del edificio, que asolaron a gusto hasta que la policía consiguió sacarlos de allí. En las últimas horas de aquel día se escucharon los primeros disparos, que produjeron las primeras víctimas.

Los disparos no traían causa de acciones aisladas. Había sido una orden cursada a las tropas presentes de que usasen munición real contra los manifestantes. La orden provenía de Vasile Milea, ministro de Defensa; pero, vamos, todo el mundo ha tenido claro que ese tipo de cosas no las decidía el ministro, sino más bien su jefe. El Conducator, por lo demás, estaba para entonces en constante hilo telefónico con Tudor Postelnicu, su ministro del Interior.

Sobre el terreno, Radu Balan, que era el líder del Partido en Timosoara; e Ilie Matei, secretario del Comité Central oriundo de la ciudad, telefonearon a Ceaucescu para explicarle lo jodido que estaba el mojo. Aquella tarde, a las cinco, se convocó una reunión de urgencia del Comité Ejecutivo Político del Partido. Ceaucescu, en esa reunión, acusó a “fuerzas revisionistas”, así como a agentes soviéticos y de occidente, de estar detrás de los disturbios. Y fue muy claro: “Lo que ha pasado es que no me habéis hecho caso; yo os dije que disparaseis primero tiros de advertencia y que, si no os hacían caso, les disparaseis, empezando por las piernas”. Suena un poco a los famosos “tiros a la barriga” que se dice que dijo Azaña.

Una hora después, Ceaucescu mantuvo una conferencia con la sede del Comité Central del Partido en Bucarest, donde estaban, fundamentalmente, los jefes regionales del Partido. Se presentó con su mujer, Elena, y escoltado por los miembros del Politburo.

La conferencia se vio seguida de una retransmisión a la nación. Pero ni de coña tuvo el efecto que buscaba Ceaucescu, sino justo el contrario. Alarmado, Ceaucescu envió a un ejército de militares y miembros de la Securitate a Timosoara, a parar aquello como puto fuese. Allí envió a un jefe del contraespionaje rumano, el general Emil Macri, quien se unió al teniente general Constantin Nuta y el general Mihalea Velicu.

La tarde del día 17, el también general Ion Coman, secretario del Comité Central responsable de los asuntos militares y de seguridad, llegó junto con otros altos mandos. Se distribuyó munición real, que comenzó a ser usada; comenzaron a quedar manifestantes en el suelo. La represión, de hecho, dejó 60 cadáveres en las calles y provocó dos centenares de heridos, con unos 700 arrestos.

A pesar de la situación, el día 18 Ceaucescu tomó el avión hacia Irán, donde tenía agendada una visita de Estado de tres días. En Bucarest quedó al cargo de la situación su mujer Elena, asistida por los politbureros Manea Manescu y Emil Bobu. Radio Macuto comenzó a contar que Ceaucescu se había llevado varias maletas de oro en el avión. Un grupo de cuerpos de personas muertas por las balas del ejército fue sacado del anatómico forense de Timisoara. Fueron transportados en un camión frigorífico a Bucarest, donde fueron cremados. Las órdenes de hacer esto siempre han sido atribuidas a Elena Ceaucescu.

Aquello no pintaba bien.

El 19 de diciembre murieron más manifestantes. En esa fecha, miles de trabajadores de diversas factorías que debían incorporarse al trabajo decidieron solidarizarse con las protestas. El 20 de diciembre, decenas de miles de trabajadores decidieron salir de las fábricas y se unieron en una marcha masiva. En una escena que también se vivió, por ejemplo, durante la caída de la dictadura portuguesa, los trabajadores en manifestación abrazaban a los militares que los vigilaban, y ponían flores en las bocanas de sus fusiles.

A partir de ahí, hay versiones diferentes. Unos dicen que fue un Claudiu Iordache quien hizo un discurso improvisado destinado a las Fuerzas Armadas, solicitándoles su retirada. Otros dicen que fue un profesor de Timisoara, llamado Lorin Fortuna, quien pronunció ese discurso desde un balcón, usando un megáfono. Sea como sea, el primer discurso se vio seguido por muchos otros, que se fueron desplegando conforme avanzaba la tarde.

Muy cerca de allí, más cerca de la sede central del Partido en la ciudad, había otro grupo de manifestantes. La gente sabía que Bobu, el miembro del Politburo, había llegado a Timisoara, como lo había hecho el jefe de gobierno, Constantin Dascalescu. Con buen criterio, tendían a pensar que estaban en el edificio, y se propusieron presionar para que saliesen y diesen la puta cara.

Finalmente, ambos políticos, sintiendo obviamente que no se podían hacer los orejas, salieron al balcón para hablarle a la multitud. Fueron recibidos por un abucheo monumental, por lo que fueron para dentro cagando hostias. Entonces se acordó que una delegación de los manifestantes entraría en el edificio a entrevistarse con ellos. Delante de aquellos dos devotos comunistas, así como toda una corte de uniformados petados de chapas en la guerrera que los escoltaban, los manifestantes dejaron clara cuál era su plataforma reivindicativa: dimisión de Ceaucescu, dimisión del gobierno, y convocatoria de elecciones libres. Dascalescu les contestó que eso él no lo podía conceder porque tenía que consultar con Bucarest, y contraofertó con una oferta de mierda: el regreso de los cadáveres que habían desaparecido (promesa que no podía cumplir, porque para entonces estaban en el microondas), liberación de las personas detenidas, e inmunidad para los miembros de la delegación.

Tras esta reunión, las gentes se fueron a sus casas. Pero los comunistas no estuvieron quietos. En la noche, entre 10.000 y 20.000 trabajadores de factorías de Oltenia recibieron uniformes de la guardia patriótica, y fueron traídos a Timisoara en trenes. Ceaucescu parecía ser ya consciente, después de que en la tarde de aquel día manfiestantes y soldados hubiesen confraternizado, que ya no podía fiarse del ejército. Necesitaba fuerzas nuevas. Los recién llegados llevaban órdenes de limpiar las calles de indeseables. Pero la mañana siguiente amaneció sin grandes problemas, por lo que no encontraron indeseables que limpiar. Así que pasaron horas paseando por la ciudad, hasta que se volvieron a sus casas.

La pelea ya no estaba en las calles. Lorin Fortuna, el hombre que probablemente se había dirigido a los manifestantes, creó aquella mañana el Frente Democrático Rumano, con él al frente. Como quiera que su programa era la dimisión de Ceaucescu, la convocatoria de elecciones libres, libertad de prensa y respeto a los derechos humanos, pronto todas las fuerzas que habían estado en la comisión negociadora de la tarde anterior estuvieron integradas en el Frente.

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